El Médico De Himmler: El Hombre Que Salvó A Miles De Personas Del Holocausto — François Kersaudy / La Liste De Kersten (Divers Histoire) by François Kersaudy

Felix Kersten logró una proeza mayor que la de Oskar Schindler. La presente obra habría podido titularse Las listas de Kersten, ya que sus listas fueron más de cien, ¡y eso sin tener en cuenta que la inmensa mayoría de hombres y mujeres que se salvaron gracias a él ni siquiera figuraban en ellas! En 1947, un memorando del Congreso Judío Mundial establecía que Felix Kersten había salvado en Alemania a «cien mil personas de distintas nacionalidades, de las que unas sesenta mil eran judías, […] poniendo en riesgo su propia vida». De hecho, al acabar el relato que presentamos veremos que esas cifras se quedan cortas.
Nació en el seno de una familia alemana que vivía en una provincia estonia del Imperio ruso, se convirtió en finlandés sin dejar realmente de ser alemán, y los años treinta hicieron de él un holandés de corazón, antes de que el final de la guerra lo indujera a optar por la nacionalidad sueca. Sus memorias están repartidas en cuatro volúmenes escritos en distintas lenguas a lo largo de diez años. Sus diarios, que se buscaron durante setenta y cinco años, en realidad nunca existieron como tales. Las cartas, pruebas, testimonios, declaraciones e investigaciones que los componen están escritos en alemán, inglés, sueco, danés, noruego, finlandés y holandés. El anonimato necesario para que sus acciones llegaran a buen puerto durante la guerra persistió en la inmediata posguerra y, con algunas raras excepciones, los cientos de miles de personas que salvó nunca supieron a quién debían su salvación. Por último, debido a la extrema confusión de los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial…

Afortunadamente, François Kersaudy es un historiador confiable y nunca deja de citar sus fuentes con gran precisión, de lo contrario, ¡sería como leer una novela de ficción que tiene lugar durante la Segunda Guerra Mundial!
Esta es una «extensión» del autor Jospeh Kessel. El «pequeño gran plus» que aprecié especialmente fue saber cómo (el conde sueco Bernadotte) intentó tirar de la tapa para recuperar los méritos de Félix. Kersten, llegando incluso a permitirse las maniobras más odiosas para desacreditarlo.
Sin embargo, sin esperar ninguna gratificación personal, este médico había logrado obtener increíbles concesiones de su paciente: el siniestro Himmler.
Este libro es un excelente documento sobre la 2ª Guerra Mundial y una especie de valoración tanto de la generosidad como de las bajezas de las que es capaz el ser humano.
El personaje es extraordinario y merece que conozcamos su historia. Obviamente, hay un lado dudoso en la vida de esta persona, pero todavía parece haber hecho muchas buenas obras por estas desafortunadas víctimas del nazismo. Su asociación con Himmler no era obvia y tomó muchos riesgos para obtener buenos resultados. Es una lástima que este personaje no se destaque más.

Kersten se dedica a completar su formación: asiste a las clases de la facultad de Medicina, a la vez que sigue las enseñanzas prácticas de algunas celebridades que le habían recomendado en Helsinki: el profesor Binswanger, de Leipzig; el doctor Cornelius, especialista en masaje de los puntos neurálgicos, y el profesor Bier, famoso cirujano vascular. Es precisamente en casa de este último donde se producirá un encuentro que será decisivo en su vida; el profesor le presenta a un tal doctor Kô, un asiático bajito de edad avanzada y con un pasado notable: nacido en China, se educó desde los siete años en un monasterio tibetano, lugar en el que fue sucesivamente novicio, monje y después lama, y se había iniciado durante catorce años en las ciencias médicas chinas y tibetanas. A los veintiuno lo enviaron a Gran Bretaña para descubrir la medicina occidental, se matriculó en la facultad de Medicina de Londres, donde obtuvo el título y abrió una consulta. Pero su reputación se extendió rápidamente más allá de las fronteras y, después de la guerra, fue invitado a ejercer su profesión en Berlín.
Kersten no se olvida de los pacientes alemanes, ya que conserva su consulta de la Rüdesheimer Platz, y vuelve a Alemania todos los años, de enero a abril. Luego pasa seis meses en La Haya y el resto del tiempo en Suiza, en Austria o en la Riviera, sin olvidarse nunca de volver a Estonia para visitar a sus padres. Por supuesto, la fiel Elisabeth Lüben es la que sigue encargándose de los apartamentos y de las consultas. A La Haya acuden pacientes procedentes de las Indias holandesas, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña; y Kersten, que es recibido en el palacio real, cena en las mesas más variadas y no deja indiferentesa las damas…
Felix Kersten, que sigue alternando su trabajo en las consultas de La Haya y Berlín. En la capital alemana, sus pacientes, convertidos en su mayoría en fieles amigos, le explican todo lo que se murmura en el mundo de los negocios berlinés: Joachim von Ribbentrop, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, cuya petulancia es solo igualada por su incompetencia, pretende arrastrar al Führer a una guerra contra Inglaterra; el mariscal Göring, morfinómano barrigudo y comisario del Plan Cuatrienal, quiere monopolizar el conjunto de la industria alemana al servicio de un rearme desmesurado; Joseph Goebbels, enano venenoso, orador fanático y primer sátiro del Reich, es el organizador de los peores desmanes del régimen, desde el incendio del Reichstag hasta la Noche de los Cristales Rotos; el Reichsleiter Robert Ley, jefe intensamente alcoholizado del Arbeitsfront, ha convertido la corrupción en una industria de alto rendimiento.

Himmler nunca hace lo que querría hacer, sino lo que cree que el Führer querría que hiciese. De ahí esa primera conclusión de nuestro terapeuta:
Sus severas convulsiones abdominales no se debían, como él suponía, a una constitución frágil o a un exceso de trabajo, sino que eran más bien la manifestación de toda una vida de contradicciones y de tensiones psíquicas. Por eso enseguida me di cuenta de que, si bien podía aliviarle momentáneamente, y hasta ayudarle durante largos periodos, nunca podría curarle del todo.
Las sesiones de masaje terapéutico siguen siendo para Kersten ocasiones únicas para la formación política y la observación psicológica, mientras que para Himmler son un auténtico desahogo: el hijo del profesor Gebhard Himmler tiene auténtica necesidad de pontificar, está encantado de tener un interlocutor ajeno a su círculo habitual donde imperan la desconfianza, la competencia y la delación, y, como ocurre a menudo en las relaciones entre terapeuta y paciente, el alivio que le proporcionan los cuidados de su bienhechor le incita a las confidencias. La sesión del 6 de febrero de 1940 es un ejemplo de ello; en ella, Himmler habla una vez más de Inglaterra, un tema de preocupación recurrente en Alemania en medio de esta «extraña guerra» que parece eternizarse:
Hoy —anota Kersten— Himmler estaba de muy buen humor. Me ha dicho que el Führer había recibido muy buenas noticias sobre las disposiciones del pueblo inglés. Ese pueblo no quería la guerra, y todo indicaba que Inglaterra presentaría muy pronto una propuesta de paz, que no sería rechazada, sino aceptada por nosotros como una expresión de solidaridad de gran germanismo. «El Führer será magnánimo en su trato con Inglaterra. Alemania no tiene ninguna intención de debilitar la posición de Inglaterra como gran potencia. Al contrario, Inglaterra ha de ser uno de los ejes de la nueva Europa germánica. […] Un conflicto entre ambos pueblos no puede justificarse desde el punto de vista del gran germanismo. El mundo es suficientemente grande para que ambos pueblos puedan vivir juntos en paz.

Es fácil imaginar el estado de desmoralización de Felix Kersten en aquel mes de mayo de 1940. Estar prisionero en Alemania con su familia ya es deplorable, pero sentirse cinco veces apátrida tal vez es todavía peor. Veámoslo en detalle: la santa Rusia de su nacimiento ha sido sustituida por una feroz dictadura, que se dispone a absorber la Estonia de su infancia. Alemania, patria de sus padres, está dominada por un régimen criminal y depredador. Finlandia, su país de adopción amenazado por dos dictaduras, le ha rogado que se quede en Alemania. Holanda, convertida en su país de elección, acaba de ser invadida por las hordas hitlerianas. Y Francia, el país que le había dado su nombre y al que tanto quería su madre, también ha sido invadido y a duras penas puede defenderse.
Es terrible, pero ¿qué puede hacer? Felix Kersten descubre que está realmente maniatado cuando el 15 de mayo Himmler, que al día siguiente tiene que partir hacia la zona de combate, le ordena que se prepare para acompañarlo: es posible que el Reichsführer necesite sus cuidados durante la campaña.
Felix Kersten no quiere limitarse a prestar ayuda, sino que quiere además construir una red de información. Por otra parte, ¿cómo se puede prestar ayuda sin disponer de información? De hecho, Jacobus Nieuwenhuis no es el único antiguo paciente a quien se le hizo esta proposición: está también el abogado Reyers y el profesor Schijf, quien dirá ocho años más tarde: «Todos los pacientes de Kersten en los que confió habrían hecho cualquier cosa por él».

El diagnóstico que el doctor Kersten formula a distancia es el más fiable: la enfermedad de Adolf Hitler es básicamente psíquica. Y eso que nuestro médico no conoce todas las fobias de ese Führer, que tiene miedo a los ascensores, a la noche, a la soledad, a la inmovilidad, a la traición, al tabaco, al alcohol, a la altura, al calor, a los atentados, a los gatos, al deporte, a los microbios, a la anestesia, al contacto físico, al estreñimiento, a la obesidad, a los periodistas, al sol, a la carne, a la natación, a la navegación, a los caballos y, por supuesto, al envenenamiento.
Kersten mentía solo parcialmente al describir a Himmler como «amable y simpático». Es un aspecto del Reichsführer que conoce bien, el del anfitrión perfecto, del invitado alegre, del buen padre de familias, del amigo de los animales, del apasionado por la historia medieval, las religiones y las ciencias ocultas. Pero también conoce los aspectos más oscuros del ejecutor servil, del ideólogo fanático, del político retorcido, del funcionario torpe, del sátrapa temeroso, del militar por delegación, del potentado indeciso y del verdugo implacable: todos ellos confundiéndose siempre y contradiciéndose a menudo.

Kersten adjunta la lista de las siete «propuestas» elaboradas conjuntamente con Hewitt y Graffman que, como mínimo, calificaríamos de audaces:
1. Evacuación de todos los territorios ocupados por Alemania y restablecimiento de su soberanía.
2. Supresión del partido nazi y elecciones democráticas bajo la supervisión estadounidense y británica.
3. Cese de la dictadura de Hitler.
4. Restablecimiento de las fronteras alemanas de 1914.(205)
5. Reducción del ejército y de la aviación alemanes a dimensiones que excluyan cualquier nueva posibilidad de agresión.
6. Control total de la industria armamentística alemana por parte de los estadounidenses y los británicos.
7. Destitución de todos los jefes nazis, que deberán comparecer ante un tribunal de justicia encargado de juzgar los crímenes de guerra.

El Führer oscila constantemente entre la negación, el miedo y el optimismo. En enero de 1944, después de haber nombrado al mariscal Rommel inspector de las fortificaciones del Muro del Atlántico, le da el mando del grupo de ejércitos B, encargado de la defensa de las costas del canal de la Mancha. El celo del mariscal desde su toma de posesión parece tener un efecto tranquilizador en Berlín, y Goebbels anota el 18 de abril: «El Führer está absolutamente convencido de que la invasión fracasará, e incluso de que será repelida con grandes pérdidas y estruendo. […] Rommel se dispone a infligir una gran derrota a los ingleses y a los estadounidenses». Pero las bravuconadas de Hitler solo le tranquilizan a medias, puesto que en su Estado Mayor reina la mayor incertidumbre en cuanto al lugar del desembarco. El propio Führer contempla sucesivamente la posibilidad de que sea el Pas-de-Calais, Normandía, Bretaña y hasta el estuario del Gironda, y de vez en cuando piensa incluso en Bélgica, en los Países Bajos y sobre todo en Noruega, cuyas fortificaciones costeras ha mandado reforzar urgentemente.
El 6 de junio, al amanecer, los Aliados desembarcan en Normandía.

Hay que valorar el éxito que representa el acuerdo que finalmente le arrancan al Reichsführer aquella tarde:
1. Himmler no transmitirá la orden de Hitler de volar los campos de concentración al aproximarse los Aliados. Todos han de permanecer intactos y no hay que matar a ningún prisionero.
2. Al acercarse los Aliados, los campos de concentración izarán la bandera blanca y serán entregados de forma ordenada.
3. Se suspende y prohíbe cualquier nueva ejecución de judíos. Los judíos recibirán el mismo trato que los otros prisioneros.
4. Los campos de concentración no serán evacuados. Los prisioneros permanecerán en ellos y recibirán paquetes de comida.
¿Realmente firmó Heinrich Himmler un documento tan comprometedor? ¿Realmente firmó Kersten «en nombre de la humanidad»? Nuestro Medizinalrat lo afirmará en un libro escrito en 1952, pero no lo mencionaba para nada en las dos obras que escribió cinco años antes. Lo más probable es que el acuerdo fuera verbal, pero que existió y que Himmler se comprometió a respetarlo ese 12 de marzo de 1945 es un hecho corroborado por al menos cinco testigos difícilmente recusables. Ahora bien, si el Reichsführer verdaderamente se abstiene de transmitir la orden fatal de Hitler, la implacable máquina de matar hitleriana se detendrá y se salvarán así unos ochocientos mil desdichados… Kersten, que ha comprobado en numerosas ocasiones que el Reichsführer mantiene su palabra una vez que se ha comprometido, se muestra confiado en el resultado de este día decisivo.
Sin embargo, nada parece justificar su seguridad: Kaltenbrunner, Bormann y «Gestapo Müller» no harán nada para facilitarle la labor. Himmler sigue dominado por ese miedo que todavía puede hacerle cometer lo irreparable. Hitler tiene medios para intervenir en cualquier momento y cuestionarlo todo de nuevo. Los bombardeos angloamericanos amenazan constantemente con acabar con todos los protagonistas de esta tragedia, incluido el propio Kersten.

El 17 de agosto de 1950, ante el asombro de los neerlandeses que no habían podido seguir estos tres años de investigaciones discretas y de sesiones a puerta cerrada, el príncipe Bernardo, esposo de la reina Juliana, condecora solemnemente a Felix Kersten con la cruz de Gran Oficial de la Orden de Orange-Nassau, una reparación tan tardía como merecida. El príncipe le dice en esta ocasión: «No tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por los Países Bajos».
Felix Kersten no desdeña los honores, pero su ambición es otra, y siempre la misma: obtener la nacionalidad sueca para él y su familia. Hace más de cinco años que vive con su esposa en Estocolmo, sus hijos están escolarizados en esa ciudad, donde también vive su fiel amiga Elisabeth Lüben, y ha adquirido una pequeña propiedad al sudoeste de la capital, Stensäter, cerca de Strängnäs. En los Países Bajos y en Suecia, hay algunas personalidades dispuestas a defender sus intereses, como el barón Van Nagell, Hillel Storch, Norbert Masur, Ottokar von Knieriem, Maurits de Beaufort, Christian Günther, Arvid Richert, Jacob Wallenberg y Nicolaas Posthumus. Este último incluso escribe el 24 de noviembre de 1950 al ministro de Asuntos Exteriores sueco Östen Undén para informarle de los resultados de los dos años de investigación, que han permitido establecer que el Medizinalrat Kersten había sido «un salvador de hombres y un gran bienhechor». Las investigaciones también habían permitido refutar todas las acusaciones formuladas contra él y afirmar que, en vez de aprovecharse económicamente de su situación durante la guerra, había utilizado una buena parte de su fortuna personal para llevar a cabo sus misiones de salvamento.
“A principios de 1960, con tan solo quince años de retraso, Francia tomó conciencia de los eminentes servicios prestados por el terapeuta de Himmler a sus ciudadanos prisioneros, y decidió concederle la Legión de honor. Kersten, junto con su esposa, emprende el viaje a París, pero a la altura de la ciudad alemana de Haam, sufre un gravísimo infarto seguido de una embolia, y muere el 16 de abril de 1960. Tras una emocionante ceremonia celebrada en Düsseldorf, a la que asisten muchos de sus antiguos pacientes, las cenizas de Felix Kersten son trasladadas al cementerio de Länna, muy cerca de la finca de Stensäter, su segundo Hartzwalde.
El abogado y filósofo judío Gerhart Riegner dirá treinta y seis años más tarde: «Kersten era sin duda alguna un hombre extraordinario, y el hecho de que tuviera ese poder de influir en Himmler ¡fue un presente del Altísimo! No veo que pueda explicarse de otra manera». Una afirmación verosímil, pero difícilmente verificable, y lo seguirá siendo mientras los archivos del Señor permanezcan impenetrables…

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Felix Kersten achieved a greater feat than Oskar Schindler. This work could have been called Kersten’s Lists, since his lists numbered more than a hundred, and that’s without taking into account that the vast majority of men and women who were saved thanks to him were not even on them! In 1947, a memorandum from the World Jewish Congress stated that Felix Kersten had saved «one hundred thousand people of various nationalities, of whom about sixty thousand were Jews, in Germany, … putting his own life at risk.» In fact, at the end of the story we present we will see that these figures fall short.
Born into a German family living in an Estonian province of the Russian Empire, he became a Finn without really ceasing to be German, and the 1930s made him a Dutchman at heart, before the end of the war induced to opt for Swedish nationality. His memoirs are divided into four volumes written in different languages over ten years. His diaries, which were searched for seventy-five years, never really existed as such. The letters, exhibits, testimonies, statements and investigations that compose them are written in German, English, Swedish, Danish, Norwegian, Finnish and Dutch. The anonymity necessary for his actions to come to fruition during the war persisted into the immediate postwar period and, with a few rare exceptions, the hundreds of thousands of people he saved never knew to whom they owed their salvation. Lastly, due to the extreme confusion of the last months of World War II…

Fortunately, François Kersaudy is a reliable historian and never fails to cite his sources with great precision, otherwise it would be like reading a fictional novel that takes place during World War II!.
This is an «extension» from the author Jospeh Kessel. The «little big plus» that I especially appreciated was knowing how (Swedish Count Bernadotte) tried to pull the lid to win back Felix’s merits. Kersten, even going so far as to indulge in the most odious maneuvers to discredit him.
However, without expecting any personal gratification, this doctor had managed to extract incredible concessions from his patient: the sinister Himmler.
This book is an excellent document on the 2nd World War and a kind of evaluation of both the generosity and the baseness of which the human being is capable.
The character is extraordinary and deserves that we know the history of him. Obviously, there is a dubious side to this person’s life, but he still seems to have done a lot of good deeds for these unfortunate victims of Nazism. His association with Himmler was not obvious and he took many risks to get good results. It’s a shame this character doesn’t stand out more.

Kersten is dedicated to completing his training: he attends classes at the medical school, while following the practical teachings of some celebrities who had recommended him in Helsinki: Professor Binswanger, from Leipzig; Dr. Cornelius, a specialist in massage of the neuralgic points, and Professor Bier, a famous vascular surgeon. It is precisely in the house of the latter where an encounter will take place that will be decisive in his life; the professor introduces him to a certain Dr. Kô, a short, elderly Asian with a remarkable past: born in China, he was educated from the age of seven in a Tibetan monastery, where he was successively a novice, a monk and then a lama, and had been initiated for fourteen years in Chinese and Tibetan medical sciences. At twenty-one, sent to Britain to discover Western medicine, he enrolled at London Medical School, where he qualified and opened a practice. But his reputation quickly spread beyond the borders and, after the war, he was invited to practice his profession in Berlin.
Kersten does not forget about German patients, as he keeps his practice at Rüdesheimer Platz, and returns to Germany every year from January to April. He then spends six months in The Hague and the rest of the time in Switzerland, Austria or the Riviera, never forgetting to return to Estonia to visit his parents. Of course, the faithful Elisabeth Lüben is the one who continues to take care of the apartments and the practices. Patients come to The Hague from the Dutch Indies, the United States, France and Great Britain; and Kersten, who is received at the royal palace, dines at the most varied tables and does not leave the ladies indifferent…
Felix Kersten, who continues to alternate his work at the Hague and Berlin consultations. In the German capital, his patients, most of whom have become faithful friends, explain to him everything that is whispered in the Berlin business world: Joachim von Ribbentrop, the new foreign minister, whose petulance is matched only by his incompetence. , intends to drag the Führer into a war against England; Marshal Göring, potbellied morphine addict and commissioner of the Four Year Plan, wants to monopolize the whole of German industry in the service of disproportionate rearmament; Joseph Goebbels, poisonous dwarf, fanatical orator and first satyr of the Reich, is the organizer of the worst outrages of the regime, from the Reichstag fire to the Night of Broken Glass; Reichsleiter Robert Ley, intensely drunken boss of the Arbeitsfront, has turned corruption into a high-yield industry.

Himmler never does what he would like to do, but what he thinks the Führer would want him to do. Hence that first conclusion of our therapist:
His severe abdominal convulsions were not due, as he supposed, to a frail constitution or to overwork, but were rather the manifestation of a lifetime of psychic contradictions and tensions. So I quickly realized that while he could relieve him momentarily, and even help him for long periods, he could never fully cure him.
Therapeutic massage sessions remain for Kersten unique occasions for political education and psychological observation, while for Himmler they are a real release: Professor Gebhard Himmler’s son has a real need to pontificate, he is delighted to have an interlocutor outside his habitual circle where mistrust, competition and denunciation prevail, and, as often happens in the relationship between therapist and patient, the relief provided by the care of his benefactor encourages him to confide. The session of February 6, 1940 is an example of this; in it, Himmler once again speaks of England, a recurring theme of concern in Germany in the midst of this «strange war» that seems to go on forever:
Today, Kersten notes, Himmler was in a very good mood. He told me that the Führer had received very good news about the dispositions of the English people. That people did not want war, and everything indicated that England would very soon present a peace proposal, which would not be rejected, but accepted by us as an expression of solidarity of great Germanism. «The Führer will be magnanimous in his dealings with England. Germany has no intention of weakening England’s position as a great power. On the contrary, England must be one of the axes of the new Germanic Europe. […] A conflict between the two peoples cannot be justified from the point of view of great Germanism. The world is big enough for both peoples to live together in peace.

It is easy to imagine the demoralized state of Felix Kersten in that month of May 1940. Being a prisoner in Germany with his family is already deplorable, but feeling stateless five times is perhaps even worse. Let’s take a closer look: the holy Russia of his birth has been replaced by a ferocious dictatorship, which is set to absorb the Estonia of his childhood. Germany, the homeland of his parents, is dominated by a criminal and predatory regime. Finland, his adopted country threatened by two dictatorships, has begged him to stay in Germany. Holland, converted into the country of her choice, has just been invaded by the Hitlerite hordes. And France, the country that had given her name and that her mother loved so much, has also been invaded and can hardly defend itself.
It’s terrible, but what can you do? Felix Kersten discovers that he is really tied up when on May 15 Himmler, who has to leave for the combat zone the next day, orders him to prepare to accompany him: it is possible that the Reichsführer will need his care during the campaign.
Felix Kersten doesn’t just want to help, he also wants to build an information network. On the other hand, how can help be given without having information? In fact, Jacobus Nieuwenhuis is not the only former patient to whom this proposition was made: there is also the lawyer Reyers and Professor Schijf, who will say eight years later: «All of Kersten’s patients whom he trusted would have done anything.» for him».

The diagnosis that Dr. Kersten formulates from a distance is the most reliable: Adolf Hitler’s illness is basically psychological. And that our doctor does not know all the phobias of that Führer, who is afraid of elevators, at night, loneliness, immobility, betrayal, tobacco, alcohol, heights, heat, to attacks, to cats, to sports, to microbes, to anesthesia, to physical contact, to constipation, to obesity, to journalists, to the sun, to meat, to swimming, to navigation, to horses and, of course, to poisoning.
Kersten was only partially lying when she described Himmler as «kind and sympathetic.» He is an aspect of the Reichsführer that he knows well, that of the perfect host, the cheerful guest, the good father of families, the friend of animals, the one with a passion for medieval history, religions and the occult sciences. But he also knows the darkest aspects of the servile executioner, the fanatical ideologue, the crooked politician, the clumsy official, the fearful satrap, the proxy military man, the indecisive potentate and the implacable executioner: all of them always confusing and often contradicting each other.

Kersten encloses the list of seven «proposals» co-authored with Hewitt and Graffman that we would call bold, to say the least:
1. Evacuation of all territories occupied by Germany and restoration of its sovereignty.
2. Suppression of the Nazi party and democratic elections under American and British supervision.
3. End of Hitler’s dictatorship.
4. Reestablishment of the German borders of 1914.(205)
5. Reduction of the German army and air force to dimensions that exclude any new possibility of aggression.
6. Total control of the German arms industry by the Americans and the British.
7. Removal of all Nazi leaders, who must appear before a court of justice charged with judging war crimes.

The Führer constantly oscillates between denial, fear and optimism. In January 1944, after having appointed Marshal Rommel as inspector of the fortifications of the Atlantic Wall, he gave him command of Army Group B, charged with the defense of the English Channel coasts. The marshal’s zeal since his inauguration seems to have a calming effect on Berlin, and Goebbels notes on April 18: «The Führer is absolutely convinced that the invasion will fail, and even that it will be repelled with great loss and din.» . […] Rommel is preparing to inflict a great defeat on the British and the Americans.” But Hitler’s bravado only half reassures him, since in his General Staff the greatest uncertainty reigns as to the place of landing. The Führer himself successively contemplates the possibility that it is the Pas-de-Calais, Normandy, Brittany and even the Gironde estuary, and from time to time he even thinks of Belgium, the Netherlands and above all Norway, whose coastal fortifications has urgently ordered reinforcement.
On June 6, at dawn, the Allies landed in Normandy.

We must value the success represented by the agreement that they finally wrested from the Reichsführer that afternoon:
1. Himmler will not pass on Hitler’s order to blow up the concentration camps as the Allies approach. All must remain intact and no prisoner must be killed.
2. As the Allies approach, the concentration camps will raise the white flag and be handed over in an orderly manner.
3. Any further execution of Jews is suspended and prohibited. The Jews will receive the same treatment as the other prisoners.
4. The concentration camps will not be evacuated. Prisoners will stay in them and receive food packages.
Did Heinrich Himmler really sign such a compromising document? Did Kersten really sign «on behalf of humanity»? Our Medizinalrat will state it in a book written in 1952, but he did not mention it at all in the two works he wrote five years earlier. It is most likely that the agreement was verbal, but that it existed and that Himmler undertook to respect it on March 12, 1945 is a fact corroborated by at least five witnesses that are difficult to refute. Now, if the Reichsführer truly refrains from transmitting Hitler’s fatal order, the relentless Hitlerian killing machine will stop and some eight hundred thousand unfortunates will be saved… Kersten, who has verified on numerous occasions that the Reichsführer keeps his word once committed, is confident in the outcome of this decisive day.
However, nothing seems to justify his security: Kaltenbrunner, Bormann and «Gestapo Müller» will do nothing to make his job easier. Himmler is still dominated by that fear that can still make him commit the irreparable. Hitler has the means to intervene at any time and question everything again. Anglo-American bombing constantly threatens to kill all the protagonists of this tragedy, including Kersten himself.

On August 17, 1950, to the astonishment of the Dutch who had not been able to follow these three years of discreet investigations and closed-door sessions, Prince Bernard, husband of Queen Juliana, solemnly decorated Felix Kersten with the cross of Grand Officer of the Order of Orange-Nassau, a reparation as late as it is deserved. The prince tells him on this occasion: «I have no words to thank him for everything he has done for the Netherlands».
Felix Kersten does not disdain honors, but his ambition is different, and always the same: to obtain Swedish citizenship for himself and his family. He has lived with his wife in Stockholm for more than five years, his children attend school in that city, where his faithful friend Elisabeth Lüben also lives, and he has acquired a small property southwest of the capital, Stensäter, near Strängnäs. In the Netherlands and Sweden, there are some personalities willing to defend his interests, such as Baron Van Nagell, Hillel Storch, Norbert Masur, Ottokar von Knieriem, Maurits de Beaufort, Christian Günther, Arvid Richert, Jacob Wallenberg and Nicolaas Posthumus. . The latter even writes on November 24, 1950 to the Swedish Foreign Minister Östen Undén to inform him of the results of the two years of investigation, which have established that the Medizinalrat Kersten had been «a savior of men and a great benefactor» . The investigations had also made it possible to refute all the accusations made against him and to affirm that, instead of taking financial advantage of his situation during the war, he had used a good part of his personal fortune to carry out the rescue missions of he.
“In the early 1960s, only fifteen years late, France became aware of the eminent services rendered by Himmler’s therapist to its imprisoned citizens, and decided to award him the Legion of Honour. Kersten, together with his wife, undertakes the trip to Paris, but at the height of the German city of Haam, he suffers a very serious heart attack followed by a stroke, and dies on April 16, 1960. After an emotional ceremony held in Düsseldorf, attended by many of his former patients, Felix Kersten’s ashes are transferred to the Länna cemetery, very close to the Stensäter estate, his second Hartzwalde.
The Jewish lawyer and philosopher Gerhart Riegner would say thirty-six years later: «Kersten was without a doubt an extraordinary man, and the fact that he had such power to influence Himmler was a gift from the Most High! I don’t see how it can be explained any other way.» A plausible statement, but hardly verifiable, and it will continue to be as long as the Lord’s archives remain impenetrable…

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