Azúcar Quemado — Avni Doshi / Burnt Sugar by Avni Doshi

Mentiría si dijera que nunca he sentido placer cuando a mi madre le ocurre una desgracia. Sufrí por su culpa siendo una niña, y todos los males que la asolaron después me parecieron una especie de redención, un reequilibrio del universo destinado a restaurar el orden racional de causa y efecto. Pero ahora no puedo igualar el marcador entre nosotras.
La razón es simple: mi madre está perdiendo la memoria y no hay nada que yo pueda hacer para remediarlo. No hay forma de que se acuerde de todo lo que hizo en el pasado, no hay forma de ahogarla en la culpa. Antes, sacaba a colación ejemplos de su crueldad, como si nada, mientras tomábamos el té y veía contraerse su rostro. Ahora, casi no es capaz de recordar las cosas de las que le hablo; tiene la mirada perdida, perpetuamente alegre. Cualquiera que esté presente me aprieta la mano y susurra: «Déjalo ya. No se acuerda, pobrecilla».

El debut de Avni Doshi es una novela feminista ambientada en la India moderna que reflexiona sobre la maternidad, la memoria y el cambio de roles de ser una hija a convertirse en cuidadora de una madre anciana. El personaje principal y narrador es Antara, quien se enfrenta al hecho de que la memoria de su madre Tara está empezando a fallarle. Mientras la joven trata de averiguar si su carrera como artista visual alguna vez despegará y hacia dónde se dirige su matrimonio, reflexiona sobre qué hacer con su madre, una mujer de voluntad fuerte, de espíritu libre y a menudo egoísta con quien ella siempre ha tenido una relación tensa. Cuando Antara finalmente da a luz a una hija, lucha contra la depresión posparto…
Doshi ha dividido su libro en dos historias alternas, una sobre los eventos descritos anteriormente y otra que vuelve a contar cronológicamente la infancia de Antara, especialmente el tiempo que pasó en un ashram después de que su madre dejara a su padre para convertirse en amante de un gurú. La autora hace un gran trabajo al evocar un clima cultural y social particular, y muestra hábilmente a una protagonista que sufrió bajo la versión egocéntrica de autorrealización de su madre sin declarar que un enfoque más conservador es la solución; de hecho, no hay solucion general. Ninguno de estos personajes es perfecto; incluso diría que ninguno de los personajes es particularmente simpático (lo cual no es un déficit del texto: a menudo son los personajes menos simpáticos los que pueden ser profundamente interesantes).
Aún así, la historia no logró cautivarme por completo y, aproximadamente a la mitad, el texto comenzó a arrastrarse. El ritmo es desigual, la construcción no es particularmente elegante (las dos historias simplemente se alternan) y la historia se basa en una miríada de temas bien conocidos: ¿clasismo?. ¿Tensión religiosa en la India?. ¿Mendigos y gurús en la India?. ¿La suegra autoritaria?. ¿El esposo emocionalmente tacaño?.
Sin embargo, lo que realmente aprecié fue la representación audaz de los sentimientos complicados que un cuidador puede experimentar si trata de cuidar a una persona con la que tiene una relación difícil, y la ira y la impotencia que surgen del sentimiento de ser inadecuado en este rol o de ser se da por hecho mientras se colma de comprensión y piedad al enfermo (muchos cuidadores empiezan a sufrir de depresión y agotamiento porque sus necesidades tienden a ser ignoradas). Además, la descripción de la depresión posparto es desgarradora en su franqueza (desafortunadamente, la propia autora ha sufrido esta condición).
Así que, en general, este es un debut prometedor e interesante y me alegro de haberlo leído, pero no estoy seguro de si debería ser preseleccionado y para mí, definitivamente no es un ganador de Booker.

La historia de la vida de mi madre no está en viejos álbumes de fotos. Está guardada en un armario metálico y polvoriento en su piso. Nunca cierra la puerta con llave, tal vez porque no valora nada de lo que hay dentro, o tal vez porque espera que algún día el contenido desaparezca. Aun así, cuesta abrir el armario, incluso haciendo palanca. Pune no es lo suficientemente húmedo para que se oxide, pero las bisagras apenas giran y están prácticamente marrones, y una ligera capa de podredumbre cubre el interior de la puerta. Parece un armario rescatado del fondo del mar.
Dentro hay un montón de saris, metros de tela doblada cuidadosamente con papel entre los pliegues, una tela de otra época: banarasis tejidos con hilo resplandeciente. Hay uno que es particularmente hermoso y particularmente pesado: el que mi madre llevó en su boda, y está guardado de tal forma que los pliegues siguen marcados y bien definidos. La tela es rígida, casi crujiente, y huele a bolas de naftalina y a yodo, pero el oro no se ha oscurecido ni opacado, señal de que es auténtico, precioso, una pequeña fortuna que mis abuelos se gastaron en su única hija. El rojo lo hace más rico, casi opresivo, es un rojo de novia auténtico. Debajo, el resto del ajuar: saris cuidadosamente seleccionados y telas con sedas brillantes y brocados ornamentados; prendas para acompañarla en su nueva vida de mujer casada, su rol más importante, tela suficiente para todo un año para que su marido no sienta la carga de su nueva esposa, al menos no de inmediato. Hay sedas de Tussar en tonos vivos, una dupatta bordada cubierta de nudos franceses, saris de Kanchipuram en colores pastel, incluso un sari Patola verde loro asoma entre las pilas de tela.
Y después, un estante más abajo, están las otras prendas.
Cuando había luna llena, mi madre quemaba incienso de sándalo por todo el piso con las ventanas cerradas. Kali Mata le había dicho que lo hiciera para combatir a los espíritus malignos y a los mosquitos. Paramos durante un año, cuando el médico dijo que me estaba provocando asma. Mamá cree que ese fue el año en el que todo se torció.

Dicen que cuando la memoria comienza a fallar se agudizan otras facultades.
—¿Qué tipo de facultades?
—Hay mujeres que pueden ver vidas pasadas, que pueden hablar con los ángeles. Algunas mujeres se vuelven clarividentes.
—Estás loca.

He visto casos, especialmente cuando la enfermedad es de inicio temprano, en que la degeneración ocurre a un ritmo más rápido.
—¿Es eso lo que está pasando?
—No podemos estar seguros.
—Entonces, ¿qué quiere decir?
—En realidad, que los estudios al respecto no son concluyentes.

Pego con cinta adhesiva en la pared fichas blancas con nombres y números de emergencia en letras mayúsculas, encima del teléfono de mamá. La pintura se está descascarillando y algunas de las fichas caen flotando al suelo. Persevero. Mamá está sentada en el sofá, mirándome.
Ahora se producen incidentes con mamá casi a diario.
No sabe quién ha puesto las judías en remojo. Aun así, ahí están, cada mañana. ¿Por qué? A veces recuerda haberlas puesto en remojo, pero no recuerda para qué. ¿Para hacer chila? ¿Para hacer dal?
Lo mismo pasa con la ropa del cesto de la ropa sucia. Se pregunta si hay alguien viviendo en su casa, usando sus cosas. ¿Quién es esa otra mujer? ¿Es una o son varias? Le paga a la criada el sueldo dos veces el primero del mes. La criada está inusualmente alegre hasta que corrijo el error.

El mundo estaba cambiando, él lo había sabido antes que nadie: en el futuro, la violencia se captaría nítida y minuciosamente. Estábamos paralizadas porque no entendíamos lo que ocurría, y él se burlaba de nosotras, nos llamaba estúpidas y nos decía que necesitábamos ver la situación como una oportunidad.
Unos días más tarde se fue para no volver.
A veces pienso que mamá empezó a degenerar después de ese día.
Siempre me pregunté qué es lo que mi madre amaba tanto de él y por qué sigue amándolo. Puede que el sentimiento sea lo que cale, más que la persona. Él la hizo feliz durante un tiempo, y como ella recuerda solo el grueso de las cosas, los detalles ya no importan.
Reza Pine nunca fue un mentor para mí. Era descuidado y nunca tuvo la disciplina necesaria para hacer arte.
En cualquier caso, yo era quien soy mucho antes de que él apareciera.

Si dar de comer es una forma de amor, comer es una especie de sumisión. Las comidas son conversaciones, y lo que no decimos se queda en la comida. En estudios científicos, los ratones que siguen una dieta baja en calorías empiezan a comerse entre sí.
En entornos de laboratorio, las ratas encerradas con un pedazo de tela ignífuga mueren irremediablemente en menos de una semana.
Los ojos de mamá se mueven por la habitación de vez en cuando, pero enseguida vuelven al suelo. Me pregunto si es capaz de asimilar todo lo que está viendo frente a ella. Las conversaciones probablemente van demasiado rápido. ¿Percibe el tono en el que habla la gente? ¿Es capaz de captar todas las palabras?
Me pregunto si reconoce a mi padre. No ha cruzado ni una palabra con él. ¿Sabe que esa mujer lanuda es su esposa y que el chico es su hijo de encaje? Quiero decírselo, pero para qué.

Mi propia madre. Cuanto más perturbada está, más claro es su objetivo, como una foto hecha con la mínima apertura: el fondo se desdibuja conforme se intensifica la singularidad del foco.

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I would be lying if I said that I have never felt pleasure when something bad happens to my mother. I suffered from her guilt as a child, and all the ills that befell her after her seemed to me to be a kind of redemption, a rebalancing of the universe designed to restore the rational order of cause and effect. But now I can’t even the score between us.
The reason is simple: my mother is losing her memory and there is nothing I can do about it. There is no way for her to remember everything she did in the past, no way to drown her in guilt. Before, she would bring up examples of her cruelty, casually, over tea and watch her face clench. Now, she is hardly able to remember the things I tell her about; she has a lost look, perpetually cheerful. Anyone present squeezes my hand and whispers, “Stop it. She does not remember, poor thing».

Avni Doshi’s debut is a feminist novel set in modern-day India that ponders motherhood, memory, and the change of roles from being a daughter to becoming a caregiver for an elderly mother. The main character and narrator is Antara who is faced with the fact that her mother Tara’s memory is starting to fail her. While the young woman is trying to figure out whether her career as a visual artist will ever take off and where her marriage is going, she ponders what to do with her mother, a strong-willed, free-spirited and often selfish woman with whom she has always had a strained relationship. When Antara finally gives birth to a daughter of her own, she struggles with post-partum depression…
Doshi has split her book in two alternating storylines, one about the events outlined above and one chronologically re-telling Antara’s childhood, especially the time she spent in an ashram after her mother left her father to become the lover of a guru. The author does a great job evoking a particular cultural and social climate, and she cleverly shows a protagonist who suffered under her mother’s self-centered version of self-actualization without declaring that a more conservative approach is the solution – in fact, there is no general solution. None of these characters are flawless; I would even claim that none of the characters are particularly likeable (which is not a deficit of the text: It’s often the less likeable characters who can be deeply interesting).
Still, the story failed to completely captivate me and about halfway through, the text started to drag. The pacing is uneven, the construction is not particularly elegant (the two storylines simply alternate) and the story relies on a myriad of well-known themes: Classism? Check. Religious tension in India? Check. Beggars and gurus in India? Check. The overbearing mother-in-law? Check. The emotionally stinted husband? Check.
What I really appreciated though was the fearless portrayal of the complicated feelings a caregiver can experience if trying to care for a person they have a difficult relationship with, and the anger and helplessness that stems from the feeling of being inadequate in this role or from being taken for granted while the sick person is showered with understanding and pity (many caregivers start to suffer from depression and exhaustion because their needs tend to get ignored). Also, the portrayal of post-partum depression is effectively harrowing in its directness (unfortunately, the author herself has suffered from this condition).
So all in all, this is a promising and interesting debut and I’m glad that I read it, but I’m not sure whether this should be shortlisted and for me, it’s definitely not a Booker winner.

My mother’s life story is not in old photo albums. She is kept in a dusty metal cabinet on her floor. She never locks the door, perhaps because she doesn’t value anything inside, or perhaps because she hopes that one day the contents will disappear. Still, she struggles to open the cabinet, even prying it open. Pune isn’t humid enough for it to rust, but the hinges barely turn and are practically brown, and a light layer of rot covers the inside of the door. It looks like a wardrobe rescued from the bottom of the sea.
Inside are a heap of saris, yards of cloth folded neatly with paper between the folds, a cloth from another age: banarasis woven from shimmering thread. There is one that is particularly beautiful and particularly heavy: the one that my mother wore to her wedding, and it is stored in such a way that the folds remain sharp and well defined. The fabric is stiff, almost crisp, and smells of mothballs and iodine, but the gold hasn’t tarnished or tarnished, a sign that it’s real, precious, a small fortune my grandparents spent on their only daughter. The red makes it richer, almost oppressive, it’s a true bridal red. Below, the rest of the trousseau: carefully selected saris and fabrics with shimmering silks and ornate brocades; clothes to accompany her in her new life as a married woman, her most important role, enough cloth for a whole year so that her husband does not feel the burden of her new wife, at least not right away . There are vivid Tussar silks, an embroidered dupatta covered in French knots, pastel Kanchipuram sarees, even a parrot-green Patola sari peeks out from among the piles of fabric.
And then, one shelf below, are the other clothes.
When there was a full moon, my mother would burn sandalwood incense all over the floor with the windows closed. Kali Mata had told her to do it to fight evil spirits and mosquitoes. We stopped for a year, when the doctor said it was giving me asthma. Mom thinks that was the year everything went wrong.

They say that when memory begins to fail other faculties are sharpened.
«What kind of faculties?»
“There are women who can see past lives, who can talk to angels. Some women become clairvoyant.
-You are crazy.

I have seen cases, especially when the disease is early onset, where the degeneration occurs at a faster rate.
«Is that what’s happening?»
“We can’t be sure.
«Then what does it mean?»
—Actually, the studies on the matter are not conclusive.

I tape white index cards with names and emergency numbers in block letters to the wall above Mom’s phone. The paint is chipping and some of the chips float to the ground. I persevere. Mom is sitting on the couch, looking at me.
Now there are incidents with mom almost every day.
She doesn’t know who soaked the beans. Still, there they are, every morning. Why? She sometimes remembers soaking them, but she doesn’t remember why. To make chili? To make dal?
The same goes for the clothes in the laundry basket. She wonders if there is someone living in her house, using her things. Who is that other woman? Is she one or are they several? She pays the maid her salary twice on the first of the month. The maid is unusually cheerful until she corrects the mistake.

The world was changing, he had known before anyone else: in the future, violence would be captured sharply and minutely. We were paralyzed because we didn’t understand what was happening, and he made fun of us, called us stupid and told us that we needed to see the situation as an opportunity.
A few days later he left, never to return.
Sometimes I think that mom started to degenerate after that day.
I always wondered what my mom loved so much about him and why she still loves him. It may be that the feeling is what permeates, more than the person. He made her happy for a while, and since she remembers only the gist of things, the details don’t matter anymore.
Reza Pine was never a mentor to me. He was careless and never had the discipline to make art.
In any case, I was who I am long before he came along.

If giving food is a form of love, eating is a kind of submission. Meals are conversations, and what we don’t say stays in the food. In scientific studies, mice on a low-calorie diet begin to eat each other.
In laboratory settings, rats enclosed in a piece of fire retardant cloth die irretrievably in less than a week.
Mom’s eyes dart around the room from time to time, but then they return to the floor. I wonder if he is able to take in everything he is seeing in front of her. Conversations are probably going too fast. Do you perceive the tone in which people speak? Is she able to catch all the words?
I wonder if she recognizes my father. She has not exchanged a word with him. Does he know that that shaggy woman is his wife and that the boy is his lacy son? I want to tell him, but why?

My own mother. The more disturbed she is, the clearer her lens becomes, like a photo taken with the minimum aperture: the background blurs as the singularity of focus intensifies.

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