La Mujer De Terracota — Zen Cho, Qu Lan (Ilustraciones) / The Terracotta Bride by Zen Cho, Qu Lan (Illustrator)

La llegada al infierno fue todo un impacto. Siew Tsin había sido educada en un colegio de monjas, por religiosas de ojos azules, con sus voces suaves y su religión implacable. Sus clases, impartidas en aulas demasiado caldeadas durante las tardes soleadas y soporíferas, habían hecho que imaginase el más allá como algo mullido, lleno de nubes, ángeles y amorosos Padres.
Desde luego, no la habían preparado para la realidad. La muerte era extrañamente parecida a la vida. El infierno era un lugar caluroso lleno de gente desagradable y apresurada, había muchísima burocracia y todos los funcionarios eran corruptos en extremo.

Las diez cortes del infierno en el más allá chino se ven a través de los ojos de una niña que fue arrebatada de la vida demasiado pronto y enviada a vivir allí. Está casada con un hombre que no la ama. Su protección la salva, pero ella es una criatura infeliz y solitaria. Es decir, hasta que su esposo tome una nueva esposa que sea perfecta en todo sentido que una esposa debe ser. Ella es perfecta porque nunca vivió en plenitud, su nueva novia de terracota.
¡No esperaba tal belleza o conmoción de este cuento de 50 páginas! La autora logró impartir mucho conocimiento sobre la décima corte del infierno, así como crear personajes auténticos, incluso cuando no estaban vivos y respirando. Hubo una pequeña y encantadora inclusión sáfica que no vi venir, así como un final agridulce que me hizo desear más.
La mujer de terracota es un gran ejemplo de todo lo que puede aportar una buena historia de fantasía si se adereza con el folclore de un país tan rico en creencias y supersticiones milenarias como es China.
En esta historia de amor sáfica, con una curiosa ambientación que mezcla steampunk y tradición, se nos brinda una crítica a la burocracia y a un sistema político más que corrupto.
Zen Cho en ningún momento pierde el equilibrio al conjugar la más absoluta modernidad con creencias y supersticiones milenarias. La autora, originaria de Malasia, se sirve del personaje de Siew Tsin para mostrar la importancia de afrontar nuestra propia vida, de participar en ella y tomar decisiones sin dejarnos arrastrar por la corriente, como si no nos importara ya el paso del tiempo. Pero quizás lo que más llama la atención del relato es su peculiar ambientación, esa décima corte del infierno en la que conviven espíritus que una vez fueron humanos, demonios, sirvientes de papel e incluso los famosos guerreros de terracota.
Este infierno que Cho imagina resulta reconocible y al mismo tiempo misterioso.
El infierno al que llega Siew Tsin forma parte de los conocidos como diez palacios o cortes del infierno, cuyo origen en las tradiciones de China se remonta a la Edad Media. Aunque las leyendas difieren según la tradición budista y la taoísta, todas coinciden en la existencia de este lugar similar al purgatorio cristiano que representa una parte del ciclo de la vida para los seres humanos, un lugar de tránsito que deben cruzar en su camino hacia la reencarnación.
Según la leyenda, este lugar, conocido como Di Yu (prisión terrenal) está dominado por Yama, el dios de la muerte, y se encuentra dividido en diez palacios, cada uno con su propio señor y propósito (desde el palacio de la vida y la muerte hasta la ciudad de la muerte no deseada).
El décimo palacio o décima corte, en la que se sitúa nuestra historia, es el espacio en el que tiene lugar la reencarnación.
Otra de las viejas costumbres que más importancia tienen en La mujer de terracota es la de la cuerda roja. Al final del relato, vemos cómo esta cuerda puede unir a dos personas más allá de la vida, la muerte e incluso de la reencarnación. En las leyendas populares, el Anciano de la Luna utiliza un hilo rojo para atar a un hombre y una mujer en matrimonio. Si una mujer lleva una cuerda roja en el pie derecho, significa que está esperando a que aparezca su verdadero amor y compañero para toda la vida.

Tres meses después de su boda, Siew Tsin se fugó de casa de Junsheng. Todavía creía, como los niños queridos por sus padres, que no podía pasarle nada demasiado malo. Según su plan, le explicaría a un dios o a un amable funcionario lo que le había ocurrido y estos de alguna manera la devolverían a sus padres. Quizás pudieran hacer que fueran bendecidos con un hijo aun siendo ancianos, como Isabel en la Biblia; y, por supuesto, el bebé sería su hija muerta, que les era devuelta.

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The arrival to hell was quite an impact. Siew Tsin had been educated in a convent school, by nuns with blue eyes, with their soft voices and her unrelenting religion. Her classes, taught in overheated classrooms on sunny, sleepy afternoons, had caused her to imagine the afterlife as soft, full of clouds, angels, and loving Parents.
She certainly hadn’t been prepared for reality. Death was strangely similar to life. Hell was a hot place full of unpleasant and rushing people, there was a lot of bureaucracy and all the officials were extremely corrupt.

The ten courts of hell in the Chinese afterlife are seen through the eyes of a girl who was taken from life too soon and consigned to live there. She is married to a man who doesn’t love her. His protection saves her, but she is an unhappy and lonely creature. That is, until her husband takes a new wife who is perfect in every way a wife should be. She is perfect because she never lived at all, his new terracotta bride.
I was not expecting such beauty or poignancy from this 50 page short story! Cho managed to impart so much knowledge about the tenth court of hell as well as crafting authentic characters, even when they weren’t living, breathing ones. There was a lovely little sapphic inclusion I did not see coming as well as a bitter-sweet ending that had me longing for more.
The Terracotta Bride is a great example of everything a good fantasy story can bring if it is seasoned with the folklore of a country as rich in ancient beliefs and superstitions as China.
In this sapphic love story, with a curious setting that mixes steampunk and tradition, we are offered a critique of bureaucracy and a more than corrupt political system.
Zen Cho never loses its balance by combining the most absolute modernity with ancient beliefs and superstitions. The author, originally from Malaysia, uses the character of Siew Tsin to show the importance of facing our own life, of participating in it and making decisions without letting ourselves be carried away by the current, as if the passage of time no longer mattered to us. But perhaps what is most striking about the story is its peculiar setting, that tenth court of hell in which spirits that were once human, demons, paper servants and even the famous terracotta warriors coexist.
This hell that Cho imagines is recognizable and at the same time mysterious.
The hell that Siew Tsin arrives at is part of what is known as the ten palaces or courts of hell, whose origin in Chinese traditions dates back to the Middle Ages. Although the legends differ according to the Buddhist and Taoist traditions, they all agree on the existence of this place similar to the Christian purgatory that represents a part of the cycle of life for human beings, a place of transit that they must cross on their way to death. reincarnation.
According to legend, this place, known as Di Yu (earthly prison), is ruled by Yama, the god of death, and is divided into ten palaces, each with its own lord and purpose (from the palace of life and death to the city of unwanted death).
The tenth palace or tenth court, in which our story takes place, is the space in which reincarnation takes place.
Another of the most important old customs in The Terracotta Bride is that of the red rope. At the end of the story, we see how this rope can bind two people together beyond life, death, and even reincarnation. In popular legends, the Old Man of the Moon uses a red thread to bind a man and a woman in marriage. If a woman wears a red rope on her right foot, it means that she is waiting for her true love and lifelong companion to appear.

Three months after her wedding, Siew Tsin ran away from Junsheng’s house. She still believed, like the children her parents loved, that nothing too bad could happen to her. According to her plan, she would explain to a god or a kind official what had happened to her and they would somehow return her to her parents. Perhaps they could make them blessed with a son even when they are old, like Elizabeth in the Bible; and, of course, the baby would be his dead daughter, returned to them.

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