Los Amantes Extranjeros: Viajes Por España Con Los Escritores Guiris Que Se Enamoraron De Ella — Ana R. Cañil / Foreign Lovers: Travels Around Spain With The Foreigner Writers Who Fell In Love With Her by Ana R. Cañil (spanish book edition)

El neerlandés Cees Nooteboom —vive medio año en Menorca y el otro medio en su país—, que explica las razones por las que acabó en España: «Tengo la sensación —es muy difícil hablar sobre estas cosas sin caer en una terminología mística y extraña— de que el carácter y el paisaje españoles están en consonancia con “aquello que me incumbe”, con cosas conscientes e inconscientes de mi ser, con quien yo soy. España es brutal, anárquica, egocéntrica, cruel; España está dispuesta a ponerse la soga al cuello por disparates, es caótica, sueña, es irracional. Conquistó el mundo y no supo qué hacer con él, está enganchada a su pasado medieval, árabe, judío y cristiano, y está allí con sus caprichosas ciudades acostadas en esos infinitos paisajes vacíos como un continente que está unido a Europa y no es Europa. Quien haya hecho solo los itinerarios obligados no conoce España. Quien no haya intentado perderse en la complejidad laberíntica de su historia no sabe por dónde viaja. Es un amor para toda la vida, nunca termina de sorprenderte».

Recorrer España de la mano de los escritores extranjeros que se enamoraron de ella es posible en este libro de Ana Cañil. La Alhambra, El Escorial, Vigo o La Maragatería son algunos de los rincones que se ha pateado y que ha observado a través de los ojos de una larga lista de autores guiris que nos visitaron, como Washington Irving, Julio Verne, George Orwell, Edith Wharton o Jan Morris…
La grandeza del libro es ser “ideal” para meter sólo uno en la mochila y recorrer el país. Lectura recomendadísima.

España era solo para los osados, para los iniciados en la aventura gracias al norteamericano Washington Irving. Durante el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, preparar un viaje a España y no incluir la Alhambra era como ir a Italia y no pasar por Roma. Como escribió Irving, «para el viajero inspirado en lo histórico y en lo poético, la Alhambra de Granada es un objeto de tanta veneración como la Kaaba o Casa Sagrada de la Meca para los devotos peregrinos musulmanes». Él fue uno de esos veneradores y, desde luego, el extranjero que más ha influido en la imagen de este palacio real, ciudad palatina y «antigua fortaleza o palacio amurallado de los reyes moros de Granada, desde donde ejercían dominio sobre este ensalzado paraíso terrenal».
Desde que el diplomático y escritor norteamericano redactara sus Cuentos de la Alhambra en 1829, entre las paredes rojas de las murallas y sus aposentos, los cuentos de Las mil y una noches se hicieron realidad para el mundo occidental en la colina de la Sabika, sobre la cual se asienta esta ciudad palatina.
Por la noche, la ciudad palatina entra en un silencio que se cuela por cada una de las esquinas del palacio de Carlos V; brota de los Palacios Nazaríes y se extiende por los jardines, la Alcazaba, la Puerta del Vino, la Calle Real… Sigue más allá de las murallas que miran al frente, hacia el Albaicín. Allí el silencio se rompe, se cruza y se adormece con las voces de las terrazas y alguna música, aunque hay que pararse para buscar el rasguear de una guitarra —todos esos viajeros tan internacionales dicen que lo escucharon—. Ya no se oye el río Darro, que corre a los pies de la Sabika, y en este final de febrero e inicio de marzo apenas tiene caudal. Sin embargo, con la brisa moviendo hojas y sombras entre los árboles de la cuesta de la Puerta de las Granadas y el murmullo de las fuentes, es fácil evocar a poetas, godas esclavas y sultanes entristecidos.
A primera hora de la mañana, los pájaros que anidan en la buganvilla del hotel ya han organizado su particular despertador. Y comienza el primer día completo de la aventura, de la mano de dos franceses y un danés, cuyas páginas sobre este lugar a veces compiten con las de Irving.
El Salón de Comares, Salón de los Embajadores o Salón del Trono aplasta al visitante por su grandeza, aunque uno acabe de llegar al Patio de los Arrayanes. Eso era lo que quería transmitir el sultán. «La Alhambra es única. No hay otro palacio de dinastía desde el norte de la India hasta aquí que quede en pie. Ni en Córdoba —el imaginado Medina Azahara— ni en Damasco ni en Topkapi, que es posterior. Aquí, Las mil y una noches que querían imaginar los románticos están servidas. ¿Cómo no les iban a influir estos azulejos, que incluyen la forma de la estrella de David, evocan a los sabios del rey Salomón y tienen clara influencia en Gaudí?», se pregunta el periodista-guía, mientras sigue traduciendo: «El palacio que habla en todas sus estancias». El mismo Patio de Comares tiene una frase que resume el sentir de la vida en la Alhambra: «Que el éxtasis sea contigo».
Pese a la fama del Patio de los Leones, esta es la sala más importante del conjunto de la Alhambra. Para arquitectos como Owen Jones o, después, Leopoldo Torres Balbás o, actualmente, Juan Calatrava o el sabio Jesús Bermúdez (arqueólogo del sitio y quizá el hombre que más sabe de la Alhambra), es un ejemplo de proporción y una cumbre del arte. Este techo de Comares —«decoración ataujerada o de difícil engarce»— alcanza la categoría de obra maestra de la carpintería islámica.
En cuanto a los leones, tan poco atractivos para los románticos, todos en postura de alerta, orejas levantadas y colas replegadas, la restauración de inicios de este siglo, modélica y premiada, muestra el mimo elegido por el tallista en el mármol de cada pieza de león. La fuente —que estuvo policromada, aunque se ha perdido cualquier resto de color durante las agresivas limpiezas realizadas durante varios siglos— tiene un hermoso poema del visir y poeta Ibn Zamrak bendiciendo a Mohamed V por engalanar sus casas. Algunos de los versos de la fuente dicen: «¿No ves cómo el agua se derrama en la taza, pero sus caños la esconden enseguida?», «Es un amante cuyos párpados rebosan lágrimas que esconde por miedo a un delator».
El olor del mirto envuelve la Alhambra al amanecer y al anochecer. Aunque las higueras y los granados aún están encerrados en su invierno, la sensación de que desde el Generalife llegan aromas que solo se anuncian con sensualidad, como los perfumes de la televisión, invade la habitación al abrir la ventana sobre la Calle Real. Ya suben desde la ciudad los funcionarios de la Alhambra: guardias de seguridad, guías, vendedoras de entradas, todos ligeramente abrigados porque el relente que lanza Sierra Nevada es engañoso, pese a que luce el sol.
El lugar más desconcertante en estos momentos de los Jardines del Generalife es el que acoge la leyenda más popular, el Ciprés de la Sultana, donde se supone que la mujer de Boabdil y un caballero arrayán engañaban al desdichado último rey de Granada. La leyenda mantiene que, tras ser «pillados» bajo el ciprés, se desencadenó la matanza de los arrayanes, jamás probada, pero que volvió locos a los escritores románticos. Y para los visitantes de este siglo XXI, en la era de Tinder o de Meetic, es fácil imaginar que en un lugar tan bello se siguen viviendo momentos de amor y de arrumacos sin prisas. Es desconcertante observar el enorme ciprés seco, sujeto con un aro de hierro para que no se caiga. Más bien parece que se le intenta mantener prisionero con la gran argolla, como si fuera castigado por ser el último resto que recuerda la historia de los amantes infieles.

La Alhambra es Granada. La ciudad se lo debe todo a los nazaríes, pero Granada no solo es la Alhambra y la colina de la Sabika. Enfrente, sobre las otras dos colinas, están el Sacromonte y el Albaicín, donde se ubicó el primer palacio árabe. Los dos lugares fueron bien paseados por los escritores, tanto como las cantadas orillas del Darro y del Genil.
Es el Sacromonte uno de esos sitios que atrajo, una tarde tras otra, al pintor, dibujante y grabador Gustave Doré, el compañero del barón Davillier. Aquí realizó muchos de los dibujos que han exportado la mirada sobre Granada más allá de los Pirineos. Ha pasado de «cuartel general de los gitanos», peligroso hasta la segunda mitad del siglo XX, a ser el lugar donde los guiris se alquilan cuevas y donde los gitanos integrados entregan su jondo con alma a quien sabe encontrar dónde se esconde el duende, una mezcla que recuerda a los orígenes multiculturales que le adjudica la historia.
«El Sacro Monte es hoy el cuartel general de los gitanos de Granada. Es, para hablar con propiedad, una ciudad dentro de la ciudad con una población que tiene costumbres y lenguas particulares […], las faldas de la colina están socavadas por infinitos agujeros o grutas que sirven de vivienda a los gitanos». En 1862, el escritor Charles Davillier veía así la colina de Valparaíso, donde se asienta uno de los seis barrios del Albaicín de Granada. Cuentan que los judíos y los moriscos expulsados por los Reyes Católicos dejaron tras de sí a su servidumbre; una parte se instaló en el Sacromonte, hoy limpio, encalado hasta la pulcritud. Su blancura daña la mirada del paseante cuando el sol rebota en sus casas.

El Patio de los Reyes de Judá, forrado de granito de arriba abajo y por donde desde hace cinco siglos entran las visitas, que sienten las corrientes de la Sierra de Guadarrama cuando barren sus cuatro ángulos dejando tras de sí un halo de fino cristal helado y transparente —algunos lo atribuyen a las propiedades del gas radón que el granito deja filtrar—, sí que da para comprender reflexiones dolorosas y tristes, como las que vertía la británica Jan Morris al inicio mismo de su libro tras la visita a esta fortaleza: «En los interminables pasillos y patios puede sentirse el gusto español por lo grandioso y lo abrumador, forjado en el falso amanecer de una plenitud imperial y con frecuencia vulgarizado ampulosamente. En la frialdad y soledad de este edificio puede detectarse el aristocrático estoicismo de España, algo noblemente ascético en el carácter del país, que con frecuencia le presta un sentir de ultramundo, retirado. En la inevitable presencia de Felipe II, que vaga por todos los rincones de El Escorial, puede que percibas el eterno anhelo de esta nación por tener un hombre fuerte en el centro, su recurrente instinto de autocracia. En la nítida estructura del edificio, que tiene forma de parrilla como tributo al martirio de san Lorenzo, quizá veas reflejada la claridad y la precisión que tan bien caracterizan a un aspecto de la vida española.
La entrada a la que seguramente es la biblioteca más hermosa de España conmueve. Las pinturas del techo, los frisos, los anaqueles dorados, las esferas…, todo transporta a la extraña mezcla del mundo que esconden los libros: racionalidad y magia. Al señor Gautier, al menos, le pareció que los frescos de «Carducho y Pellegrini son de buen tono fresco, claro y luminoso; la composición es rica y los arabescos que se entrelazan son del mejor gusto […] presenta la particularidad de que los libros están colocados en los anaqueles con el lomo contra la pared y el canto del lado del visitante. Ignoro la razón de esta singularidad. Esta biblioteca es rica en tesoros inestimables y completamente desconocidos», reconoce el escritor francés en un ejercicio sorprendente de generosidad tras todo lo que ha despotricado sobre El Escorial en su conjunto.
En la actualidad, la biblioteca cuenta con más de cuarenta mil ejemplares, con seiscientos incunables y casi cuatro mil manuscritos en griego, latín, árabe y hebreo. Nadie tiene especial entusiasmo en recordar las razones por las que, en 1671, «más de cinco mil códices, entre ellos unos dos mil quinientos árabes, latinos unos dos mil; seiscientos cincuenta griegos, noventa franceses, cuarenta hebreos, etc., algunos de inmenso valor, como el Lucense, célebre códice de los concilios visigóticos; un griego iluminado que contenía las obras de Dioscórides; la voluminosa Historia natural de las Indias, en diecinueve volúmenes, del toledano Francisco Hernández, que comprendía la fauna, la flora y costumbres de México, iluminadas con sus propios colores, etc.», alcanzaron los 451 grados Fahrenheit —la temperatura a la que arde el papel— durante tres días. Fue el incendio más pavoroso que sufrió el edificio.
En el centro de la preciosa sala, astrolabios, códices en vitrinas de mesa y la Esfera Ptolomeica de Felipe II. Fue un regalo de Fernando de Médici y en ella se muestra la Tierra como centro del universo, tal y como defendía Ptolomeo hasta que el genio de Galileo desmontó la teoría geocéntrica. Las cinco mesas de mármol con marcos de bronce y las pilastras de jaspe y mármol también tienen enorme valor, pero no bastan para muchos visitantes… Porque lo que se echa de menos en la visita es la magia de los libros que encierra, la puesta en valor de todos los secretos, herejes o cristianos —cuentan que nunca se destruyó ningún libro prohibido—, que intentaron desvelar según sus creencias los dos hombres que presiden la sala: Felipe II y su padre, el emperador Carlos V.
Uno de los libreros del lugar en este siglo XXI, Luis Sánchez, lo tiene claro: «No creo en nada de los secretos espiritistas que se cuentan sobre El Escorial». No obstante, reconoce que las veces en que tuvo el privilegio de quedarse solo, al inicio del día o al atardecer, uno puede imaginar allí las mejores historias y novelas del mundo. Y los libros, códices y joyas singulares crean una atmósfera especial.
Ni la grandeza de la cúpula, una vez más emulando a la Sixtina, ni el altar deben desviarnos de algunas piezas asombrosas. En la entrada de la iglesia, a la izquierda, está el deslumbrante Cristo de Cellini. En mármol de Carrara, «en un solo bloque, cabeza, tronco y piernas, mientras los brazos son de otra pieza. La cruz es mármol negro», relata con admiración Miguel Ángel —pese a las veces que lo debía de hacer cada día—, subrayando que se trata de un regalo de Cosme de Médici, duque de Toscana, y de Francisco I de Médici a Felipe II. Es tan bello, sin las marcas de los clavos en pies y manos y sin corona de espinas, que «parecía una figura paganizante». Por ello el rey no lo puso en un lugar primordial. Y, además, le añadieron un paño que tapara «sus partes».
La impresión causada por la belleza del Cristo crece delante del magnífico Tiziano del Martirio de san Lorenzo, ante el cual el personal se siente más pequeño que la mismísima Margarita Ruiz. Pero es con El Greco y su Martirio de san Mauricio donde cuesta más trabajo entender a Felipe II. El cuadro, una de las más logradas del pintor griego, no fue del agrado del monarca, porque la decapitación del santo y sus 6.666 compañeros de la falange egipcia sacrificados no quedan bien a la vista del observador. La escena necesitaba más drama.
En el Panteón de los Infantes se acogen los restos de don Carlos, el heredero frustrado de Felipe II, muerto a los veintitrés años. Fue un joven agresivo y cruel, parece que víctima de una trepanación que le hicieron en la adolescencia. Su padre lo acusó de conspirar contra él después de que Juan de Austria advirtiera al rey. De esta historia han corrido ríos de tinta, especialmente extendidos por la leyenda negra. «Ya se sabe cuántas fábulas se han hecho alrededor del hijo de Felipe II. Este niño, de índole extraña y enfermiza, que se dice mordía el seno de sus nodrizas, mostró después un carácter salvaje e indomable», escribe el barón Davillier, mientras Gautier da por hecha la implicación del rey de Felipe II en la muerte de su hijo.

Un sentimiento de recompensa ante tanta belleza elegante y austera es lo que recorre el ánimo viajero a los pies de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, dos pequeñas y hermosísimas iglesias del románico asturiano capaces de empañar la mirada de la norteamericana Edith Wharton y del holandés Cees Nooteboom. Ambos escritores, rumoreados candidatos al Premio Nobel de Literatura en algún momento de sus vidas, sin nada más en común que la escritura y su amor por la Europa del Sur, cayeron rendidos ante las faldas pétreas de estos lugares mientras recorrían la costa del Cantábrico.
Dos ilustres protestantes británicos, uno llegado a finales del siglo XVIII y otro en la primera mitad del XIX, también esbozan en sus textos ese reparto de responsabilidades. Se trata del recién mencionado Joseph Townsend y de George Borrow, que también acompañan el viaje hasta Oviedo, ciudad a la que dedicaron bastantes páginas en sus libros. Como buenos protestantes que eran, adjudican la mayor parte de las culpas por la situación atrasada de España al papel desempeñado por los curas y las autoridades eclesiásticas, si bien Townsend es bastante más elegante que Borrow… Atentos a «Jorgito el Inglés» (así le llamaban sus contemporáneos). Le seguiremos en más aventuras, pero ¡menudo personaje!
Las andanzas y opiniones de estos dos ingleses, junto con las notas de Nooteboom y Wharton, convierten la ruta por la costa cántabra a Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, y a la catedral de Oviedo, en una lección de belleza y misterio sazonada de interrogantes sobre lo que pudo haber sido y no fue, aunque sin descartar el soplo de autoestima que nos invade por lo que hemos logrado recuperar en los últimos cuarenta y cinco años.
La visión de la fachada de Santa María del Naranco cae sobre el visitante sin aviso. Sus dos pisos, que parecen tres gracias a la destreza de un desconocido arquitecto —usó para lograr ese efecto las tres últimas ventanas—, sobrecogen al pensar que llevan ahí mil doscientos años azotados por el viento, el agua y el salitre del mar Cantábrico, que está a unos treinta kilómetros de distancia. Conmueve comprobar cómo se defiende la belleza contra los elementos naturales, aunque lo peor sea la contaminación propiciada por la mano del hombre.
En la cara oeste del palacio-iglesia está el lugar de la venta de entradas para la visita. Juan Manuel, que también es guía, las vende esta mañana y advierte que en San Miguel está prohibido hacer fotos por las pinturas, que están en proceso de restauración desde hace meses. No sabe qué historiador es el mejor para estudiar el edificio, pero defiende que la parte de abajo parece más unas termas copiadas a los romanos que un aljibe.
En su origen, Santa María era un palacio real, aunque la residencia habitual de los reyes astures estaba en Oviedo. San Miguel de Lillo se levantó como la iglesia del palacio, pero cuando, en el siglo XI, San Miguel se derrumbó, Santa María se transformó también en iglesia. «Tiene dos miradores, por primera vez abovedados en piedra, no en madera. En las paredes laterales, idénticas, se ve un arco central más grande y luego los que están a los lados van disminuyendo de tamaño para generar un efecto óptico; las paredes tienen acanaladuras (de canal) y huecos para apoyar andamios cuando había que reparar; las columnas están sogueadas, con una soga que las envuelve, clásico del arte asturiano», dice la guía, cuya voz se diluye con la búsqueda de la luz para fotografiar los medallones que tanto impactaron a Wharton: «El interior de Santa María, que todavía se usa como iglesia parroquial, es totalmente sublime, con columnas pareadas en forma de flauta helicoidal, medallones en las paredes sobre los capiteles, arcos bajos en los extremos oriental y occidental formando el coro y el atrio. Unos ochenta años más antigua que San Miguel». Las cosas son distintas ahora; Santa María no es más antigua que San Miguel, atestiguan guías e historiadores. Tampoco se usa ya como iglesia parroquial, pero el atractivo sigue estando presente.
Hoy, desde la cima del monte, a tres kilómetros —coronado por la estatua de un Cristo que ha sido motivo de debate; basta con subir a verlo para entenderlo—, lo que baja es un ciclista eufórico, cantando a voz en grito, sembrando la sonrisa entre los visitantes que recorren los doscientos metros que separan Santa María de San Miguel de Lillo (también conocida como Liño), más interesados en Ramiro y en el origen del Reino de Asturias que en los mineros que se batieron por la República frente al general rebelde.
El paseíto entre Santa María y San Miguel merece la pena, aunque el «hermoso paisaje boscoso con castaños españoles, turba, helechos y moras», que describe la norteamericana, o la leve niebla «que se balancea sobre la llanura» pierden la atención del visitante, enganchada la mirada en el lomo blanco y rayado del palacio de Congresos de la capital, obra de Santiago Calatrava, uno de esos arquitectos e ingenieros experto en litigios judiciales por sus acabados, y cuya obra estará siempre vinculada a los megaproyectos que reventaron con la crisis económica, con problemas de materiales y mantenimiento. El coste de este palacio de Congresos, presupuestado en 76 millones de euros, a finales de 2011 ascendía a 360 millones. Los ovetenses lo llaman el centollu, y es una escandalosa muestra de la etapa de la adoración al becerro de oro preludio de la Gran Crisis de 2008.

Estamos en Segovia, y esta calle de Juan Bravo que baja desde la Plaza Mayor hasta el ensueño que es el acueducto, repleta de luces que anuncian la Navidad —cada año empieza antes— y de turistas ya cenados fascinados con los escaparates repletos de figuras de cochinillos en cazuela de barro, ristras de ajos colgando a los lados y fondo de manteles rojos, aleja cualquier fantasma decapitado. Y eso que Segovia tiene muchos fantasmas, incluidos los judíos errantes descendientes del dueño de la Casa del Judío, más conocida como la Casa de los Picos, o el de la joven que vendió su alma al diablo para no poner la última piedra del acueducto… Son esas historias las que embrujan a los guiris que han tomado la ruta de las cuatro capitales castellanas —Salamanca, Segovia, Ávila y Toledo— y que no tienen preocupación por el día de la semana en que viven, pendientes en el restaurante del crujir de la piel del cochinillo partido por el plato. Se les ve a través de las cristaleras en cualquiera de los tres o cuatro lugares tradicionales que marcan las guías turísticas. Los de siempre.
Desde la calle Calvario, pasando por el cementerio judío que Jan Morris no vio —aún no estaba excavado— y bajando por la Cuesta de los Hoyos, el Alcázar adquiere esa vista de palacio a las orillas del Loira que al personal le hace olvidar que apenas ha pasado poco más de un siglo desde su última reconstrucción, tras un terrible incendio en 1862. Cuenta la escritora que los responsables fueron los cadetes de su Escuela de Artillería porque «querían que se trasladara a Madrid». Da igual que la realidad intente arruinar el momento, porque la princesa con sombrero en forma de cucurucho y velo de cuento de hadas que el personal se imagina asomando por la ventana sirve no solo para alimentar la fantasía de los niños, sino también la de los adultos. Siempre necesitados de cuentos.
A Morris, ya en el Alcázar, le impacta que aquí fue donde Isabel de Castilla, recién proclamada reina, «se vio asediada por una turba enfurecida, pero se adentró a caballo entre ella, con bravura tal —sola sobre su corcel— que la multitud se apartó acallada con su sola presencia». Es otra forma de verlo, y al visitante nacional a lo primero que le recuerda es a las imágenes de una exitosa serie televisiva bastante reciente en la que una Isabel mucho más bella que la de hace siete siglos termina de afianzar su mito en nuestra historia.
La Casa de los Picos, como representación de la cultura hebrea en Segovia, queda completada en la actualidad por el barrio que se abre a la espalda de la catedral: la Judería, recuperada entre finales de los años noventa e inicios de este siglo, es interesantísima —quizá no tanto como la de Toledo— y merece la pena perderse por sus estrechas calles, entre la catedral y la muralla. Hoy es una zona cuidada, bien restaurada y uno de los lugares de atracción turística.
Fue Catalina de Lancaster, esposa de Enrique III de Castilla y madre de Juan II, quien ordenó a los judíos de Segovia que se instalaran en las manzanas que hay detrás de la catedral. La Casa de Trastámara no fue tan dura como lo fueron los Reyes Católicos, que, unos años después, antes de la expulsión definitiva, les obligaron a encerrarse detrás de siete puertas con arcos de ladrillos. La parada que más vale la pena para quienes tienen tiempo es la de la sinagoga Mayor, la actual iglesia del Corpus Christi y Centro Didáctico de la Judería.

Hay ciudades en las que nunca se está por primera vez. Deambulas por sus calles desconocidas y sientes como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, te llamaran voces amigas. Su rostro —porque las ciudades pueden ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas— te suena de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, una canción, un sueño. Y Sevilla es así. En cierta forma es cariñosa y resulta familiar; y, como caído del cielo, te viene a la cabeza el nombre de Salzburgo […]. Salzburgo y Sevilla son ciudades gemelas. Hay en ambas una energía poética tal que lo provinciano adquiere un carácter plácido y seductor». Es al escritor vienés Stefan Zweig a quien se le ocurre hermanar a Sevilla con Salzburgo tras una visita a la ciudad andaluza en 1907.
En Sevilla, el sentido musical no se materializa en una forma concreta y perdurable, pero en todas sus calles suena la música, buena y mala, siempre hay alguien que tararea una melodía al aire, o que rasga una guitarra. La vida parece tener aquí un ritmo más veloz y las personas, la sangre más viva; en ningún lugar hay más estómagos hambrientos que en Andalucía y, aun así, Sevilla brilla con su portentoso colorido, resplandece de alegría y nos saluda con miles de banderas. Aquí se puede ser feliz», sentencia el austriaco.
En la plaza de la Puerta de Jerez ya no queda nada construido de la muralla romana que vio Zweig —la última puerta, que no era original, fue derribada en 1928 por las obras para la Exposición Universal de 1929—, pero un grupo de flamenco con guitarra, cajón y cantaor bate palmas para que dos muchachas, por turnos, taconeen sobre el cajón que hace de tablao. A juzgar por los rostros felices de los muchos turistas que, sentados y de pie, rodean a los flamencos, se diría que los sentimientos no han cambiado tanto. Parecen satisfechos, divertidos y dejan sus abanicos en el regazo o el helado para aplaudir a las bailaoras, una de las cuales cumple con el prototipo exigido por los románticos: morena, de pelo largo, ojos negros rasgados, clavel rojo en el pelo, flaca…
Pasear por el parque de María Luisa y las orillas del Guadalquivir para hacerse la foto o el selfi ante la Torre del Oro es un comienzo del día interesante, sobre todo si es a primera hora, aún hace fresco y se ha dormido en un hotel o en un apartamento decente de la vieja Hispalis. Es obvio que las «casas de pupilos», donde Richard Ford recomendaba a sus compatriotas que se alojaran, son difíciles de encontrar y las habitaciones de alquiler que hay las ocupan los estudiantes. Normalmente eran casas de viudas que atendían huéspedes y el sistema era apreciado por los viajeros extranjeros un poco inquietos, que encontraban en estas viudas y sus hijas una fórmula para husmear y un poco de chismorreo y pintoresquismo local. El resto de sus contactos se limitaban a los conductores de diligencias, arrieros o posaderos, junto a alguna amistad esporádica y breve en las casas de comidas con otros viajeros. Algunos, además de escritores, eran diplomáticos o tenían relación con la política y traían cartas de representación para embajadores y cónsules.
Cruzar el Guadalquivir por el Puente de Triana para empezar el día, viendo cómo se baten el cobre las piraguas contra la corriente del río y con alguno de los párrafos de Ford aún en la memoria, es un inmenso placer: «La Sevilla moderna es una ciudad puramente mora. Los musulmanes, durante su dominio en ella de cinco siglos, la reconstruyeron enteramente, utilizando edificios romanos como material de construcción. El clima es tan seco y tan adecuado para la conservación que las mejores casas siguen siendo las edificadas por los moros, o bien las que han sido hechas según su modelo […]. Los sevillanos aseguran que las murallas y la Torre del Oro fueron construidas por Julio César, lo que es una solemnísima tontería, porque son indudablemente moras, tanto por la forma como por la construcción». Que la Torre del Oro es mora lo explica el guía que se dirige al grupo de turistas de varias nacionalidades que están a sus pies, a la sombra.
El primer edificio de esa Sevilla árabe que selecciona el aristócrata británico, practicante de la displicencia para con los españoles ante sus muchos defectos y atrasos, es la «torre de la catedral, la Giralda, llamada así a causa de la veleta, que gira. Sobre este campanario, único en Europa, se han diseminado muchos errores. Fue construido en 1196 por Abu Yusuf Yakub, que lo añadió a la mezquita que había sido erigida por su ilustre padre, del mismo nombre». Más adelante recuerda que la construcción de las torres en aquella época era una moda, y por eso ahí están la Torre Asinelli, en Bolonia, o la de San Marcos, en Venecia.
Hay cientos de lugares donde detenerse en esta catedral, que semeja un parque temático, mientras esperamos abajo a los que insisten en subir a la Giralda. Los mismos textos turísticos que allí se reparten —en trípticos o postales— dan una lista para hacer el lugar manejable: los órganos, el rosetón de Vicente Menardo, del siglo XVI; más obras de Murillo, como San Fernando o la Inmaculada Concepción; el Goya de Santa Justa y Santa Rufina, varias de Montañés, el coro, el trascoro, la Sala Capitular, la sacristía de los Cálices y la de los Católicos, el Altar Mayor… Como sucede en estos monumentos, cuya principal característica es «la grandiosidad y la solemnidad», a veces los trastos más absurdos son los más exitosos. Ni el gran coro, ni los retablos, ni los cuadros de Murillo, ni los órganos, ni la biblioteca Columbina —según Ford, así llamada por haber sido dejada a los canónigos y a los ratones de biblioteca por Fernando, el hijo de Colón»—. Aquí, quien triunfa es un cocodrilo disecado.
Una curiosidad que compite con el cocodrilo del egipcio rechazado es una Virgen barbuda y crucificada, santa Librada. Su presencia no se recoge en los trípticos de la catedral y hay que pedirle al guía que la muestre y relate su historia. Librada era «nonelliza», esto es, nació en un parto con otros ocho hermanos del vientre de una mujer romana que los rechazó y entregó a una esclava cristiana.

La primera parada obligada es Castrillo de los Polvazares, imagen de la Maragatería, donde abundan las casas rurales «con encanto» que, a base de competir unas con otras, algunas han llegado a convertirse en posadas al borde de la cursilería, pero agradables por eso de que lo cursi en casa propia no gusta, pero en ajena y para unos días puede resultar tan romántico como habrían exigido los viajeros del siglo XIX.
Aunque la capital económica de la zona es Astorga, villa en la que residen tres maragatos clave, Pedro Mato y los dos del reloj, allí nunca hubo arrieros, oficio que trajo miles de doblones de oro a la comarca. Castrillo es el pueblo modelo de la cultura maragata, tan mimado que parece de cuento y del que se pueden escribir todos los tópicos sin temor a equivocarse. A saber: en sus calles se ha parado el tiempo; en sus casas, bien cuidadas, queda claro que hubo maragatos ricos, influyentes y cultos. Y no solo el famoso diputado Santiago Alonso Cordero (era de Santiago Millas, otra cuna de arrieros de postín), que, según Richard Ford, «se presentó en las Cortes con su traje regional».
Castrillo es lo que Santillana del Mar a Cantabria, o Pedraza a Segovia, un pueblo para mirar y disfrutar de sus calles y casas teñidas con la tierra ocre y naranja, ese color que da el óxido de hierro y que cambia según la estación de año y el grado de humedad. Con los colores tostados de los suelos destacando contra el verde y el azul de las puertas, todo subido de gracia y color en la retina, se dobla la esquina de la plaza, donde una capillita atestigua la fe del pueblo, hasta llegar a una de las casonas de alojamientos.
La ruta de la Maragatería coincide con la ruta francesa del Camino de Santiago. Ni en noviembre descansan los peregrinos, aunque el frío aprieta. Hace quinientos años se cruzaban con los maragatos y sus reatas, que marchaban a toda prisa, sin siquiera «ceder el camino. Sus caballerías no se mueven de su sitio, y como la carga sobresale a uno y otro lado, igual que los remos de un barco, ocupan toda la vereda», escribía Richard Ford. Por esos caminos que llevan a A Coruña o a la ría de Arousa, los que hoy se cruzan son los todoterrenos y furgonetas de familias maragatas, que han cambiado los «machos» por las pescaderías y las carnicerías, las fábricas de legumbres, las hilanderías, y pelean por conservar sus casas en los lugares que los vieron nacer.
Después de Pedro Mato, Gaudí y la catedral, uno puede optar por seguir con el grueso del recorrido turístico clásico, como la visita al Museo Romano (interesante) o la Casa Museo de los Panero, un lugar que por sí solo justifica la visita a Astorga. La casa de Leopoldo Panero —el escritor y poeta oscurecido por sus hijos y la película de Jaime Chávarri, para muchos de forma injusta— se ha convertido en un centro literario y de cinéfilos que intenta mantenerse activo.
La otra forma de rematar la jornada es el paseo por las calles de la villa en busca de los chocolates Santocildes, que deben de ser parientes directos del militar que reina en la plaza. O la búsqueda de las mantas o chales de la otra Maragatería, la de Val de San Lorenzo. Arrebujarse por la noche, delante de la chimenea de la casa rural, con el chal enorme —casi manta de lana— echado sobre los hombros, con un buen vino y un buen libro, casi hace que una se sienta como una viajera guiri de hace un siglo.

Antes de llegar al hospital de leprosos de San Lázaro, los paisajes ya se han colado por las ventanillas. En estos tramos, Rufin acelera, estimulado por la ansiedad de atravesar la frontera con Galicia. En Padraira, preciosa aldea, los escasos quinientos metros caminados hasta el viejo hospital de leprosos son el contacto imprescindible para reencontrar a los peregrinos.
Las casas están bien restauradas y abiertas las ventanas, por donde se escapa el olor del puchero y el sonido de la televisión. Qué lejano queda eso desde aquí, como «el parte» de las infancias del siglo XX. Una mujer con mandil y un cazo en la mano se asoma a la puerta para curiosear a los curiosos. Que espere la sopa no tiene importancia.
El alto del Puerto del Acebo y sus nieblas regresan con los molinos aerogeneradores marcando la ruta al conductor. A Rufin le parecen «puntos de sutura situados entre el cielo y la tierra», pero desde el coche semejan brazos de gentes altas y largas, blancas presencias que hacen señales para que les sigamos, en vez de apostar por la cinta negra del asfalto. Son elegantes, o eso parecen a muchos de los viajeros, quizá ayudados por la idea de que generan una energía limpia. ¡Viva el verde, el aire transparente y azulado! La adrenalina que sube con un chute de naturaleza.
Entre serbales —que ya lucen sus racimos de hermosas bolas naranjas o rojizas—, fresnos y pinos que se resisten a ser escondidos por la niebla, queda atrás Bustelo del Camín, y el cartel de bienvenida a Galicia es un hecho. Y se confirma que esta ruta, la iniciada en Oviedo por Alfonso II, El Casto, hace mil doscientos años, es de las más bellas.
En Fonsagrada huele a peregrinos más que a turisperegrinos. Nada más aparcar en la plaza del ayuntamiento se topa una con ellos, comiendo en las terrazas, bajo los toldos que les protegen del orballo (ahora en gallego). Botas y deportivas machacadas y polvorientas, algún pie en calcetines color chocolate. Alguien nos confiesa que, entre los caminantes, pasada la primera semana de peregrinaje, es una honra el olor a sudor, las ampollas en camino de curación, la cara quemada por una jornada de descuido. Son las heridas de los auténticos jacobeos frente a los turistas, nosotros.
Al atardecer, la entrada en Lugo, después de dos días intensos de montañas, valles, aldeas y pueblos, resulta sorprendente. Aturde. Es la última tarde de agosto y asombra la cantidad de marcha en las calles, sin distinción de edad. Las terrazas de dentro de las murallas están repletas y el ruido —esos decibelios en los timbres de voz de los españoles— es desagradable tras el silencio de montañas y valles. Tatuajes bajo camisetas de tirantes sobre músculos mazados, cabezas rapadas como los jugadores de primera división, vestidos de tirantes que lucen las influencers del momento en Instagram, morritos pintados en morado o rojo intenso, tacones para calles empedradas, barrigas cerveceras y ruido, mucho ruido. Si en tres días esto chirría, ¿qué sentirá al peregrino auténtico?
Lugo es una hermosa ciudad, con la muralla romana mejor conservada de Europa, según Turismo; ochenta y cinco torres «de la antigua ciudad romana de Lucus Augusti, fundada por Paulo Fabio en nombre del emperador Augusto en el año 13 antes de Cristo», rezan las guías. Rufin escribe que «pocas ciudades en el mundo pueden enorgullecerse de tales fortificaciones, tanto más cuanto que en Lugo están prácticamente intactas».
Llega el momento de la Gloria, la sublimación de las emociones de cuatro días sobre ruedas, persiguiendo a los caminantes del Camino Primitivo, robándoles unas pocas de sus muchas impresiones. Estamos bajo el Pórtico de la Gloria. El Maestro Mateo nos espera.
Una cierta decepción invade a los presentes cuando se enteran de que al santo dos croques, ese que desde hace siglos se cree que es el mismísimo Maestro Mateo, el artífice de tanta perfección, ya no recibirá más cabezazos de estudiantes, peregrinos y turistas. Este hueco que luce en su frente permanecerá intocable para evitar más desgaste. Tampoco millones de dedos podrán horadar los cinco agujeros del parteluz, el árbol de Jesé. Según la tradición, la costumbre de dejar las yemas de los dedos sobre la pilastra que representa el árbol genealógico de Jesús proviene de las primeras peregrinaciones, cuando el viajero decía aquello de «al fin he llegado». En la Edad Media había peregrinos «que llegaban aquí con los pies encadenados», escribe Wharton.
Entre los años 1168 y 1211, el Maestro Mateo desarrolló un ambicioso proyecto en la catedral, que supuso la conclusión del templo románico iniciado en 1075. A él se deben su adaptación del espacio y el concepto. Se sabe que disfrutó de una pensión vitalicia concedida por Fernando II de Galicia y León, fechada el 23 de febrero de 1168. En los dinteles del Pórtico está la fecha del 1 de abril de 1188, donde consta que Mateo dirigió la obra desde los cimientos». La voz de la guía no impide el momento de intimidad. Soy una privilegiada. Estoy en un lugar en el que me las arreglo para regresar cuando hay poca gente.

Es un pecado habitual dejarse cegar por Cibeles y Neptuno, abandonando a Apolo y sus Cuatro Estaciones, enfrente de la estatua de Velázquez, en la puerta principal del Museo. La plazoleta del paseo central que rodea a este dios de las artes, y también de la guerra, tiene bancos que dan para sentarse un rato y examinar las Cuatro Estaciones que la sujetan. La primavera, el verano, el otoño y el invierno se merecen unos minutos, e incluso una hora. Y, según los expertos, la figura de Apolo es una pieza única. Aunque de las fuentes pensadas por Ventura Rodríguez esta fue la última en terminarse (sobre 1802), está deteriorada, pese a algunas restauraciones recientes. Los sabios mantienen que es el mejor ejemplo del clasicismo español que hay en el Paseo y que Manuel Álvarez y Alfonso Giraldo, los escultores, hicieron un trabajo maravilloso.
De las tres, es la única a la que se puede admirar sin ser importunado, ya que no está en una glorieta. A Apolo miraban —en su origen— Cibeles y Neptuno, pero a finales del siglo XIX fueron levantadas sobre el pedestal y giradas. En la actualidad, el hermoso dios se dedica solo a observar El Prado. En invierno, abrigados, es un lugar para románticos a los que no les importa serlo. Si las máscaras de Ceres y Medusa, debajo de las Cuatro Estaciones, echan agua, el cuento mitológico que allí te puedes montar —solo o con niños y mayores— da para bastante. Aunque muchos se quejan de que no luce como debiera, otros preferimos que Apolo permanezca ahí, guardado por unos alrededores magníficos que le protegen.
En la actualidad, ya sea una mañana de primavera, de verano o de fantástico invierno nevado, pararse o patear el Paseo del Prado, el corazón de la milla de oro de la pintura española —el Prado, el Thyssen, el Reina Sofía y las exposiciones de CaixaForum— para contemplar el lugar con la mirada de estos personajes acarrea un revoltijo de sensaciones. Un circo bulle en nuestras cabezas con la imaginación ocupada por los carruajes pintorescos de la aristocracia de Fernando VII, aguadores y horchateros, amas de cría pasiegas —Ford dice que son asturianas, otro desliz—, chisteras y levitas, vestidos de cintura estrecha y larga con botín de corchete al tobillo… Estamos en un escenario del teatro televisivo Estudio 1, solo que ahora no es en blanco y negro y avanza demasiado rápido ante nuestros ojos.
Un suspiro, una mirada alrededor desde Cibeles al palacio de Correos —hoy sede del ayuntamiento—, Recoletos, la esquina del Ejército que esconde al palacio de Villahermosa, el Banco de España… y ahí, en ese punto desde donde ahora parpadea la llama de las víctimas de la pandemia, levantar la vista y observar la Gran Vía de Antonio López. Y recordarla blanca hace unos meses, con esquiadores; en blanco y negro tomada por los camiones milicianos y un «no pasarán»; repleta de más de un millón de españoles aquel 27 de febrero de 1981 manifestándose contra los golpistas del 23-F, que nos devolvían al pasado que tanto asombraba que soportáramos a estos escritores guiris… Y entonces llega un suave ensanchamiento del pecho, una subida de la autoestima y un deseo casi infantil de que estos queridos amantes —a veces «impertinentes» y clasistas, pero muy realistas— levantaran la cabeza para ver lo que hemos hecho. Y en menos de medio siglo.
Cae el sol sobre Alcalá y la Gran Vía, y el Salón del Prado, ya Patrimonio de la Humanidad, recobra sus imágenes, estatuas, rincones y partículas que flotan en el aire e impregnan de esa atmósfera del pasado solo a quienes tienen imaginación. Sigue siendo de lo más bonito del mundo.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/25/los-tyrakis-ana-r-canil-joaquin-estefania/

https://weedjee.wordpress.com/2022/07/01/los-amantes-extranjeros-viajes-por-espana-con-los-escritores-guiris-que-se-enamoraron-de-ella-ana-r-canil-foreign-lovers-travels-around-spain-with-the-foreigner-writers-who-fell-in-love/

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The dutchman Cees Nooteboom —lives half a year in Menorca and the other half in his country—, who explains the reasons why he ended up in Spain: “I have the feeling —it is very difficult to talk about these things without falling into a mystical and strange terminology — that the Spanish character and landscape are in line with “what concerns me”, with conscious and unconscious things of my being, with who I am. Spain is brutal, anarchic, egocentric, cruel; Spain is willing to put the rope around its neck for nonsense, it is chaotic, it dreams, it is irrational. It conquered the world and did not know what to do with it, it is hooked on its medieval, Arab, Jewish and Christian past, and it is there with its capricious cities lying on those infinite empty landscapes like a continent that is united to Europe and is not Europe. Whoever has done only the obligatory itineraries does not know Spain. Whoever has not tried to get lost in the labyrinthine complexity of its history does not know where it travels. It is a lifelong love, it never ceases to surprise you.

Touring Spain hand in hand with foreign writers who fell in love with it is possible in this book by Ana Cañil. The Alhambra, El Escorial, Vigo or La Maragatería are some of the corners that have been visited and that have been observed through the eyes of a long list of foreign authors who visited us, such as Washington Irving, Jules Verne, George Orwell, Edith Wharton or Jan Morris…
The greatness of the book is to be «ideal» to put only one in the backpack and travel the country. Highly recommended reading.

Spain was only for the daring, for those initiated in the adventure thanks to the American Washington Irving. During the 19th century and well into the 20th, preparing a trip to Spain and not including the Alhambra was like going to Italy and not passing through Rome. As Irving wrote, «To the historically and poetically inspired traveller, Granada’s Alhambra is an object of as much veneration as the Kaaba or Sacred House of Mecca is to devout Muslim pilgrims.» He was one of those venerators and, of course, the foreigner who has most influenced the image of this royal palace, palatial city and «ancient fortress or walled palace of the Moorish kings of Granada, from where they exercised dominion over this exalted earthly paradise ».
Ever since the North American diplomat and writer wrote his Tales of the Alhambra in 1829, between the red walls of the walls and his chambers, the tales of The Thousand and One Nights became a reality for the Western world on the Sabika hill, above which sits this palatine city.
At night, the palatial city enters a silence that seeps through each of the corners of the palace of Carlos V; It springs from the Nasrid Palaces and extends through the gardens, the Alcazaba, the Puerta del Vino, the Calle Real… It continues beyond the walls that look straight ahead, towards the Albaicín. There the silence is broken, crossed and lulled to sleep by the voices from the terraces and some music, although you have to stop to look for the strum of a guitar —all those international travelers say they heard it—. You can no longer hear the Darro River, which runs at the foot of the Sabika, and at the end of February and beginning of March it hardly has any flow. However, with the breeze moving leaves and shadows among the trees on the slope of the Puerta de las Granadas and the murmur of the fountains, it is easy to evoke poets, Gothic slaves and saddened sultans.
First thing in the morning, the birds that nest in the hotel’s bougainvillea have already organized their particular alarm clock. And the first full day of the adventure begins, led by two Frenchmen and a Dane, whose pages on this place sometimes compete with Irving’s.
The Salón de Comares, Salón de los Embajadores or Salón del Trono overwhelms the visitor with its grandeur, even if one has just arrived at the Patio de los Arrayanes. That was what the sultan wanted to convey. «The Alhambra is unique. There is no other dynasty palace from North India to here left standing. Neither in Córdoba —the imagined Medina Azahara— nor in Damascus nor in Topkapi, which is later. Here, The thousand and one nights that the romantics wanted to imagine are served. How could these tiles, which include the shape of the Star of David, evoke the wise men of King Solomon and have a clear influence on Gaudí, not influence them?” asks the journalist-guide, while continuing to translate: “The palace that speaks in all its rooms». The Patio de Comares itself has a phrase that sums up the feeling of life in the Alhambra: «May the ecstasy be with you.»
Despite the fame of the Patio de los Leones, this is the most important room in the Alhambra complex. For architects such as Owen Jones or, later, Leopoldo Torres Balbás or, currently, Juan Calatrava or the wise Jesús Bermúdez (archaeologist of the site and perhaps the man who knows the most about the Alhambra), it is an example of proportion and a pinnacle of art. This Comares ceiling —“decoration with cobblestones or difficult to crimp”— attains the category of a masterpiece of Islamic carpentry.
As for the lions, so unattractive to romantics, all in an alert posture, ears raised and tails folded, the restoration from the beginning of this century, exemplary and awarded, shows the care chosen by the carver in the marble of each piece of Lion. The fountain -which was polychrome, although any trace of color has been lost during the aggressive cleaning carried out over several centuries- has a beautiful poem by the vizier and poet Ibn Zamrak blessing Mohamed V for decorating his houses. Some of the verses of the fountain say: «Don’t you see how the water spills into the cup, but its spouts immediately hide it?», «It is a lover whose eyelids brim with tears who hides for fear of an informer.»
The scent of myrtle envelops the Alhambra at dawn and dusk. Although the fig and pomegranate trees are still locked up in their winter, the feeling that aromas are arriving from the Generalife that are only announced sensually, like the perfumes on television, invades the room when you open the window on Calle Real. The officials of the Alhambra are already coming up from the city: security guards, guides, ticket sellers, all slightly sheltered because the mist released by the Sierra Nevada is misleading, despite the fact that the sun is shining.
The most disconcerting place at the moment in the Generalife Gardens is the one that hosts the most popular legend, the Ciprés de la Sultana, where it is assumed that Boabdil’s wife and a myrtle knight cheated on the unfortunate last king of Granada. The legend maintains that, after being «caught» under the cypress, the slaughter of the myrtles was unleashed, never proven, but that drove the romantic writers crazy. And for the visitors of this 21st century, in the era of Tinder or Meetic, it is easy to imagine that in such a beautiful place moments of love and unhurried cuddles continue to be experienced. It is disconcerting to observe the enormous dry cypress, held in place with an iron ring so that it does not fall. Rather it seems that he is being held prisoner with the big ring, as if he were punished for being the last remnant that remembers the story of unfaithful lovers.

The Alhambra is Granada. The city owes everything to the Nasrids, but Granada is not only the Alhambra and the Sabika hill. Opposite, on the other two hills, are the Sacromonte and the Albaicín, where the first Arab palace was located. The two places were well visited by the writers, as well as the famous banks of the Darro and the Genil.
Sacromonte is one of those places that attracted, one afternoon after another, the painter, draftsman and engraver Gustave Doré, the companion of Baron Davillier. Here he made many of the drawings that have exported views of Granada beyond the Pyrenees. It has gone from being a «gypsy headquarters», dangerous until the second half of the 20th century, to being the place where foreigners rent caves and where integrated gypsies deliver their jondo with soul to those who know how to find where the goblin is hiding, a mix reminiscent of the multicultural origins attributed to it by history.
«The Sacro Monte is today the headquarters of the gypsies of Granada. It is, to speak properly, a city within a city with a population that has particular customs and languages […], the slopes of the hill are undermined by infinite holes or caves that serve as homes for the gypsies». In 1862, the writer Charles Davillier saw the hill of Valparaíso in this way, where one of the six neighborhoods of the Albaicín of Granada is located. They say that the Jews and Moors expelled by the Catholic Monarchs left behind their servants; a part was installed in Sacromonte, today clean, whitewashed to neatness. Its whiteness damages the look of the passer-by when the sun bounces off their houses.

The Patio de los Reyes de Judá, lined with granite from top to bottom and through which visitors have entered for five centuries, feeling the currents of the Sierra de Guadarrama when they sweep its four corners, leaving behind a halo of fine frozen glass and transparent —some attribute it to the properties of the radon gas that granite allows to filter—, it does make it possible to understand painful and sad reflections, such as those made by the British Jan Morris at the very beginning of her book after a visit to this fortress: « In the endless corridors and courtyards you can feel the Spanish taste for the grandiose and the overwhelming, forged in the false dawn of an imperial plenitude and often bombastically vulgarized. In the coldness and solitude of this building one can detect the aristocratic stoicism of Spain, something nobly ascetic in the country’s character, often lending it an otherworldly, withdrawn feel. In the inevitable presence of Felipe II, who roams every corner of El Escorial, you may sense this nation’s eternal longing for a strong man at its center, its recurring instinct for autocracy. In the neat structure of the building, which is shaped like a grill as a tribute to the martyrdom of Saint Lawrence, you may see reflected the clarity and precision that so well characterize one aspect of Spanish life.
The entrance to what is surely the most beautiful library in Spain is moving. The ceiling paintings, the friezes, the gilded shelves, the spheres…, everything transports us to the strange mixture of the world that books hide: rationality and magic. To Mr. Gautier, at least, it seemed that the frescoes of «Carducho and Pellegrini are in a good fresh tone, clear and luminous; the composition is rich and the intertwined arabesques are in the best taste […] it has the particularity that the books are placed on the shelves with their spines against the wall and the edge on the visitor’s side. I do not know the reason for this singularity. This library is rich in priceless and completely unknown treasures », recognizes the French writer in a surprising exercise of generosity after everything he has raved about El Escorial as a whole.
Currently, the library has more than forty thousand copies, with six hundred incunabula and almost four thousand manuscripts in Greek, Latin, Arabic and Hebrew. No one is particularly enthusiastic about recalling the reasons why, in 1671, “more than five thousand codices, including some two thousand five hundred Arabs, Latins about two thousand; six hundred and fifty Greeks, ninety French, forty Hebrews, etc., some of immense value, such as the Lucense, the famous codex of the Visigoth councils; an illuminated Greek containing the works of Dioscorides; the voluminous Natural History of the Indies, in nineteen volumes, by the Toledan Francisco Hernández, which included the fauna, flora and customs of Mexico, illuminated with their own colors, etc.”, reached 451 degrees Fahrenheit —the temperature at which the paper burns—for three days. It was the most terrifying fire that the building suffered.
In the center of the beautiful room, astrolabes, codices in showcases and the Ptolemaic Sphere of Philip II. It was a gift from Fernando de Médici and it shows the Earth as the center of the universe, just as Ptolemy defended until the genius of Galileo dismantled the geocentric theory. The five marble tables with bronze frames and the jasper and marble pilasters are also of enormous value, but they are not enough for many visitors… Because what is missed in the visit is the magic of the books it contains, the staging value of all the secrets, heretics or Christians —they say that no forbidden book was ever destroyed—, which the two men presiding over the room tried to reveal according to their beliefs: Felipe II and his father, Emperor Carlos V.
One of the local booksellers in this 21st century, Luis Sánchez, is clear about it: «I don’t believe in any of the spiritualist secrets that are told about El Escorial». However, he recognizes that the times when he had the privilege of being alone, at the beginning of the day or at sunset, one can imagine the best stories and novels in the world there. And the unique books, codices and jewels create a special atmosphere.
Neither the grandeur of the dome, once again emulating the Sistine, nor the altar should divert us from some amazing pieces. At the entrance to the church, to the left, is Cellini’s dazzling Christ. In Carrara marble, «in a single block, head, trunk and legs, while the arms are from another piece. The cross is black marble », relates Michelangelo admiringly —despite the number of times he had to do it every day—, emphasizing that it is a gift from Cosme de’ Medici, Duke of Tuscany, and from Francis I de’ Medici to Philip II. It is so beautiful, without the marks of the nails in the feet and hands and without the crown of thorns, that «it seemed a pagan figure». That is why the king did not put it in a primordial place. And, in addition, they added a cloth that covered «his parts of him» from him.
The impression caused by the beauty of the Christ grows in front of the magnificent Titian of the Martyrdom of San Lorenzo, before which the staff feels smaller than Margarita Ruiz herself. But it is with El Greco and his Martyrdom of Saint Maurice where it is more difficult to understand Philip II. The painting, one of the most successful of the Greek painter, was not to the liking of the monarch, because the beheading of the saint and his 6,666 sacrificed companions of the Egyptian phalanx do not look good to the observer. The scene needed more drama.
The Panteón de los Infantes houses the remains of Don Carlos, the frustrated heir to Felipe II, who died at the age of twenty-three. He was an aggressive and cruel young man, it seems that he was the victim of a trepanation that they did to him in adolescence. His father accused him of plotting against him after John of Austria warned the king. Rivers of ink have flowed from this story, especially extended by the black legend. «It is already known how many fables have been made around the son of Felipe II. This child, of a strange and sickly nature, who is said to have bitten the breasts of his nurses, later showed a wild and indomitable character, ”writes Baron Davillier, while Gautier takes for granted the involvement of the King of Philip II in the death of his son.

A feeling of reward in the face of so much elegant and austere beauty is what runs through the traveling spirit at the foot of Santa María del Naranco and San Miguel de Lillo, two small and extremely beautiful Asturian Romanesque churches capable of blurring the gaze of the North American Edith Wharton and of the Dutch Cees Nooteboom. Both writers, rumored candidates for the Nobel Prize for Literature at some point in their lives, with nothing more in common than writing and their love for Southern Europe, fell in love with the rocky slopes of these places while touring the Cantabrian coast.
Two illustrious British Protestants, one who arrived at the end of the 18th century and the other in the first half of the 19th, also outline this distribution of responsibilities in their texts. These are the recently mentioned Joseph Townsend and George Borrow, who also accompany the trip to Oviedo, a city to which they have devoted many pages in their books. Like the good Protestants that they were, they attribute most of the blame for the backwardness of Spain to the role played by the priests and the ecclesiastical authorities, although Townsend is considerably more elegant than Borrow… called his contemporaries). We will follow him in more adventures, but what a character!
The wanderings and opinions of these two Englishmen, together with the notes of Nooteboom and Wharton, turn the route along the Cantabrian coast to Santa María del Naranco and San Miguel de Lillo, and to the cathedral of Oviedo, in a seasoned lesson in beauty and mystery. of questions about what could have been and was not, although without ruling out the breath of self-esteem that invades us for what we have managed to recover in the last forty-five years.
The vision of the façade of Santa María del Naranco falls on the visitor without warning. Its two floors, which look like three thanks to the skill of an unknown architect —he used the last three windows to achieve this effect—, startle when you think that they have been there for twelve hundred years whipped by the wind, water and saltpeter of the Cantabrian Sea, which is about thirty kilometers away. It is moving to see how beauty defends itself against natural elements, although the worst is the pollution caused by the hand of man.
On the west side of the palace-church is the place where tickets are sold for the visit. Juan Manuel, who is also a guide, sells them this morning and warns that in San Miguel it is forbidden to take photos because of the paintings, which have been in the process of being restored for months. He does not know which historian is the best to study the building, but he defends that the lower part looks more like a bath copied from the Roman ones than a cistern.
Originally, Santa María was a royal palace, although the habitual residence of the Asturian kings was in Oviedo. San Miguel de Lillo was built as the palace church, but when San Miguel collapsed in the 11th century, Santa María was also transformed into a church. «It has two viewpoints, for the first time vaulted in stone, not in wood. On the side walls, which are identical, you can see a larger central arch and then those on the sides decrease in size to generate an optical effect; the walls have grooves (channel) and holes to support scaffolding when it was necessary to repair; the columns are roped, with a rope that wraps them, a classic of Asturian art», says the guide, whose voice is diluted with the search for light to photograph the medallions that made such an impact on Wharton: «The interior of Santa María, which still used as a parish church, it is totally sublime, with paired columns in the shape of a helical flute, medallions on the walls above the capitals, low arches at the eastern and western ends forming the choir and atrium. About eighty years older than San Miguel». Things are different now; Santa María is not older than San Miguel, guides and historians attest. It is also no longer used as a parish church, but the attraction is still present.
Today, from the top of the mountain, three kilometers away —crowned by the statue of a Christ that has been the subject of debate; it is enough to go up to see it to understand it—, what comes down is a euphoric cyclist, singing at the top of his voice, sowing smiles among the visitors who travel the two hundred meters that separate Santa María from San Miguel de Lillo (also known as Liño), more interested in Ramiro and in the origin of the Kingdom of Asturias than in the miners who fought for the Republic against the rebel general.
The little walk between Santa María and San Miguel is worthwhile, although the «beautiful wooded landscape with Spanish chestnut trees, peat, ferns and blackberries», described by the North American, or the slight fog «that sways over the plain» lose the attention of the visitor. visitor, gaze hooked on the white and striped back of the Congress Palace in the capital, the work of Santiago Calatrava, one of those architects and engineers expert in legal litigation for its finishes, and whose work will always be linked to the megaprojects that burst with the economic crisis, with problems of materials and maintenance. The cost of this Palace of Congresses, budgeted at 76 million euros, at the end of 2011 amounted to 360 million. The people of Oviedo call it the centollu, and it is a scandalous example of the stage of the worship of the golden calf, a prelude to the Great Crisis of 2008.

We are in Segovia, and this street of Juan Bravo that goes down from the Plaza Mayor to the dream that is the aqueduct, full of lights that announce Christmas -every year it starts earlier- and tourists already dined fascinated with the shop windows full of figures of suckling pigs in a clay pot, strings of garlic hanging on the sides and a background of red tablecloths, drive away any decapitated ghost. And that Segovia has many ghosts, including the wandering Jews descendants of the owner of the Casa del Judío, better known as the Casa de los Picos, or that of the young woman who sold her soul to the devil so as not to put the last stone of the aqueduct… It is these stories that bewitch the foreigners who have taken the route of the four Castilian capitals —Salamanca, Segovia, Ávila and Toledo— and who have no worries about the day of the week they live in, waiting in the restaurant for the creaking of the skin of the split suckling pig on the plate. They can be seen through the windows in any of the three or four traditional places marked by tourist guides. The usual ones. From Calle Calvario, passing through the Jewish cemetery that Jan Morris did not see —it had not yet been excavated— and going down Cuesta de los Hoyos, the Alcázar acquires that view of a palace on the banks of the Loire that makes the staff forget that it was barely Little more than a century has passed since its last reconstruction, after a terrible fire in 1862. The writer says that those responsible were the cadets of her Artillery School because «they wanted it to be moved to Madrid.» It doesn’t matter if reality tries to ruin the moment, because the princess with the cone-shaped hat and fairytale veil that the staff imagines peeking out of the window serves not only to fuel the fantasy of the children, but also that of the children. Adults. Always in need of stories.
Morris, already in the Alcázar, is struck by the fact that this was where Isabella of Castile, recently proclaimed queen, «was besieged by an angry mob, but she entered on horseback among them, with such bravery —alone on her steed— that the The crowd fell silent at his mere presence.» It is another way of seeing it, and the first thing that reminds the national visitor is of the images of a fairly recent successful television series in which an Isabel much more beautiful than the one of seven centuries ago ends up establishing her myth in our history.
The Casa de los Picos, as a representation of Jewish culture in Segovia, is currently completed by the neighborhood that opens up behind the cathedral: the Jewish Quarter, recovered between the end of the 1990s and the beginning of this century, is Very interesting —perhaps not as much as the one in Toledo— and it is worth getting lost in its narrow streets, between the cathedral and the wall. Today it is a well-kept, well-restored area and one of the places of tourist attraction.
It was Catherine of Lancaster, wife of Henry III of Castile and mother of John II, who ordered the Jews of Segovia to settle in the blocks behind the cathedral. The House of Trastámara was not as harsh as the Catholic Monarchs, who, a few years later, before their definitive expulsion, forced them to lock themselves behind seven doors with brick arches. The most worthwhile stop for those who have time is the Mayor Synagogue, the current Corpus Christi Church and the Jewish Quarter Didactic Center.

There are cities where you are never for the first time. You wander through its unknown streets and feel as if memories were coming to you from all corners, friendly voices were calling you. His face —because cities can be like people: sad and old, smiling and young, menacing and graceful, sweet and afflicted— sounds like a sister city, or an image, a book, a song, a dream. And Seville is like that. In a way it is affectionate and familiar; and, as if dropped from the sky, the name of Salzburg comes to mind […]. Salzburg and Seville are twin cities. There is such a poetic energy in both that the provincial acquires a placid and seductive character». It is the Viennese writer Stefan Zweig who came up with the idea of twinning Seville with Salzburg after a visit to the Andalusian city in 1907.
In Seville, the musical sense does not materialize in a concrete and lasting way, but in all its streets music sounds, good and bad, there is always someone humming a melody to the air, or strumming a guitar. Life seems to have a faster rhythm here and the people, the liveliest blood; nowhere are there more hungry stomachs than in Andalusia and, even so, Seville shines with its prodigious color, shines with joy and greets us with thousands of flags. Here you can be happy, «says the Austrian.
In the Plaza de la Puerta de Jerez there is no longer anything built of the Roman wall that Zweig saw —the last door, which was not original, was demolished in 1928 for the works for the Universal Exhibition of 1929—, but a group of flamenco with guitar, box drum and cantaor he claps his hands so that two girls, in turn, tap on the box drum that acts as a tablao. Judging by the happy faces of the many tourists sitting and standing around the flamingos, it seems that feelings haven’t changed all that much. They seem satisfied, amused and leave their fans in their laps or ice cream to applaud the dancers, one of whom meets the prototype required by romantics: brunette, long hair, slanted black eyes, red carnations in her hair, skinny …
Strolling through the María Luisa park and the banks of the Guadalquivir to take a photo or a selfie in front of the Torre del Oro is an interesting start to the day, especially if it’s early in the morning, it’s still cool and you’ve slept in a hotel or in a decent apartment in old Hispalis. It is obvious that the «boarding houses», where Richard Ford recommended his compatriots to stay, are difficult to find and the rooms for rent are occupied by students. They were usually widows’ houses that entertained guests and the system was appreciated by the slightly restless foreign travellers, who found in these widows and their daughters a formula for nosing and a bit of gossip and local picturesqueness. The rest of his contacts were limited to stagecoach drivers, muleteers or innkeepers, together with some sporadic and brief friendships in the eating houses with other travelers. Some, in addition to writers, were diplomats or related to politics and brought letters of representation for ambassadors and consuls.
Crossing the Guadalquivir by the Triana Bridge to start the day, seeing how the canoes beat the copper against the current of the river and with some of Ford’s paragraphs still in memory, is an immense pleasure: «Modern Seville is a purely Moorish city. The Muslims, during their five-century rule, completely rebuilt it, using Roman buildings as construction material. The climate is so dry and so suitable for conservation that the best houses are still those built by the Moors, or those that have been made according to their model […]. The Sevillians assure that the walls and the Torre del Oro were built by Julius Caesar, which is very solemn nonsense, because they are undoubtedly Moorish, both in form and construction». That the Torre del Oro is Moorish is explained by the guide who addresses the group of tourists of various nationalities who are at his feet, in the shade.
The first building in that Arab Seville selected by the British aristocrat, practicing indifference towards the Spaniards in the face of their many defects and backwardness, is the “cathedral tower, the Giralda, so called because of the weathervane, which rotates. About this bell tower, unique in Europe, many errors have been spread. It was built in 1196 by Abu Yusuf Yakub, who added it to the mosque that had been erected by his illustrious father of the same name. Later he recalls that the construction of towers at that time was a fashion, and that is why there is the Torre Asinelli, in Bologna, or that of San Marco, in Venice.
There are hundreds of places to stop in this cathedral, which resembles a theme park, while we wait below for those who insist on climbing the Giralda. The same tourist texts that are distributed there —in triptychs or postcards— give a list to make the place manageable: the organs, the rose window by Vicente Menardo, from the 16th century; more works by Murillo, such as San Fernando or the Immaculate Conception; the Goya of Santa Justa and Santa Rufina, several of Montañés, the choir, the retrochoir, the Chapter House, the sacristy of the Chalices and that of the Catholics, the High Altar… As happens in these monuments, whose main characteristic is «the grandiosity and solemnity”, sometimes the most absurd junk is the most successful. Neither the great choir, nor the altarpieces, nor the paintings by Murillo, nor the organs, nor the Columbina library —according to Ford, so called because it was left to the canons and the bookworms by Fernando, the son of Columbus»— . Here, who triumphs is a stuffed crocodile.
A curiosity that competes with the crocodile of the rejected Egyptian is a bearded and crucified Virgin, Saint Librada. Her presence is not included in the triptychs of the cathedral and you have to ask the guide to show her and tell her story. Librada was «nonelliza», that is, she was born in childbirth with eight other siblings from the womb of a Roman woman who rejected them and gave them to a Christian slave.

The first obligatory stop is Castrillo de los Polvazares, the image of the Maragatería, where there are many «charming» rural houses that, based on competing with each other, some have become inns on the verge of kitsch, but pleasant for that you don’t like cheesy in your own home, but outside and for a few days it can be as romantic as nineteenth-century travelers would have demanded.
Although the economic capital of the area is Astorga, a town where three key maragatos reside, Pedro Mato and the two of the clock, there never were muleteers there, a trade that brought thousands of gold doubloons to the region. Castrillo is the model town of the Maragata culture, so pampered that it seems like a fairy tale and about which all the topics can be written without fear of being wrong. Namely: time has stopped in its streets; In their well-kept houses, it is clear that there were rich, influential and cultured maragatos. And not only the famous deputy Santiago Alonso Cordero (he was from Santiago Millas, another cradle of posh muleteers), who, according to Richard Ford, «appeared in Parliament with his regional costume.»
Castrillo is what Santillana del Mar is to Cantabria, or Pedraza to Segovia, a town to look at and enjoy its streets and houses dyed with ocher and orange earth, that color that iron oxide gives and that changes according to the season of the year. and the degree of humidity. With the toasted colors of the floors standing out against the green and blue of the doors, everything rising with grace and color on the retina, the corner of the square is turned, where a small chapel testifies to the faith of the people, until reaching one of the lodging houses.
The Maragatería route coincides with the French route of the Camino de Santiago. Not even in November do the pilgrims rest, although the cold is pressing. Five hundred years ago they came across the maragatos and their ropes, who were marching at full speed, without even “giving way. His horses do not move from their place, and since the load protrudes to one side and the other, like the oars of a ship, they occupy the entire sidewalk, ”wrote Richard Ford. On those roads that lead to A Coruña or the Arousa estuary, those who cross today are the SUVs and vans of Maragata families, who have exchanged «males» for fishmongers and butchers, vegetable factories, spinning mills, and they fight to keep their homes in the places where they were born.
After Pedro Mato, Gaudí and the cathedral, one can choose to continue with the bulk of the classic tourist route, such as a visit to the Roman Museum (interesting) or the Casa Museo de los Panero, a place that alone justifies the visit to Astorga. The house of Leopoldo Panero —the writer and poet obscured by his children and Jaime Chávarri’s film, unfairly for many— has become a literary and moviegoer center that tries to stay active.
The other way to finish off the day is to stroll through the streets of the town in search of Santocildes chocolates, which must be direct relatives of the military man who reigns in the square. Or the search for blankets or shawls from the other Maragatería, that of Val de San Lorenzo. Snuggling up at night, in front of the chimney of the rural house, with the enormous shawl —almost a woolen blanket— draped over one’s shoulders, with a good wine and a good book, almost makes one feel like a foreigner traveler from long ago in a century.

Before arriving at the San Lázaro leper hospital, the landscapes have already slipped through the windows. In these sections, Rufin accelerates, stimulated by the anxiety of crossing the border with Galicia. In Padraira, a beautiful village, the scarce five hundred meters walked to the old leper hospital are the essential contact to rediscover the pilgrims.
The houses are well restored and the windows are open, through which the smell of cooking and the sound of the television escape. How far is that from here, like «the part» of the childhoods of the 20th century. A woman with an apron and a saucepan in her hand leans out of the door to peek at the onlookers. That she waits for the soup doesn’t matter.
The top of Puerto del Acebo and its mists return with the wind turbines marking the route for the driver. To Rufin they look like “stitches between heaven and earth”, but from the car they look like the arms of tall and long people, white presences that make signs for us to follow them, instead of betting on the black tape of the asphalt. They are elegant, or so they seem to many of the travellers, perhaps helped by the idea that they generate clean energy. Long live the green, the transparent and bluish air! The adrenaline that rises with a shot of nature.
Between rowan trees —which already show off their clusters of beautiful orange or reddish balls—, ash and pine trees that refuse to be hidden by the fog, Bustelo del Camín is left behind, and the welcome sign to Galicia is a fact. And it is confirmed that this route, the one started in Oviedo by Alfonso II, El Casto, twelve hundred years ago, is one of the most beautiful.
In Fonsagrada it smells more like pilgrims than tourist pilgrims. As soon as you park in the town hall square, you bump into them, eating on the terraces, under the awnings that protect them from the orballo (now in Galician). Crushed and dusty boots and trainers, a few feet in chocolate-colored socks. Someone confesses to us that, among the walkers, after the first week of pilgrimage, the smell of sweat, the blisters on the way to healing, the face burned by a day of carelessness is an honor. They are the wounds of the authentic Jacobeans in front of the tourists, us.
At sunset, the entrance to Lugo, after two intense days of mountains, valleys, villages and towns, is surprising. Stun. It is the last afternoon of August and the amount of march in the streets is amazing, regardless of age. The terraces inside the walls are full and the noise —those decibels in the timbre of the Spanish voice— is unpleasant after the silence of mountains and valleys. Tattoos under tank tops on bruised muscles, shaved heads like first division players, strappy dresses worn by the influencers of the moment on Instagram, pouts painted in purple or intense red, heels for cobblestone streets, beer bellies and noise, lots of noise . If in three days this squeaks, what will the authentic pilgrim feel?
Lugo is a beautiful city, with the best preserved Roman wall in Europe, according to Tourism; Eighty-five towers «of the ancient Roman city of Lucus Augusti, founded by Paulo Fabio on behalf of the Emperor Augustus in the year 13 BC,» say the guides. Rufin writes that «few cities in the world can be proud of such fortifications, all the more so since in Lugo they are practically intact.»
The moment of Glory arrives, the sublimation of the emotions of four days on wheels, chasing the walkers of the Primitive Way, robbing them of a few of their many impressions. We are under the Portico de la Gloria. Master Mateo awaits us.
A certain disappointment invades those present when they learn that the saint dos croques, the one who for centuries has been believed to be Master Mateo himself, the architect of such perfection, will no longer receive head butts from students, pilgrims and tourists. This hole that shines on his forehead will remain untouched to prevent further wear. Nor will millions of fingers be able to pierce the five holes in the mullion, the Jesse tree. According to tradition, the custom of leaving the fingertips on the pilaster that represents the family tree of Jesus comes from the first pilgrimages, when the traveler said that «I have finally arrived». In the Middle Ages there were pilgrims «who arrived here with their feet chained,» writes Wharton.
Between the years 1168 and 1211, Master Mateo developed an ambitious project in the cathedral, which meant the conclusion of the Romanesque temple begun in 1075. The adaptation of the space and the concept is due to him. It is known that he enjoyed a lifetime pension granted by Fernando II of Galicia and León, dated February 23, 1168. On the lintels of the Portico is the date of April 1, 1188, where it is stated that Mateo directed the work from the foundations ». The voice of the guide does not prevent the moment of intimacy. I am privileged. I am in a place where I manage to return when there are few people.

It’s a common sin to be blinded by Cybele and Neptune, abandoning Apollo and his Four Seasons, in front of the statue of Velázquez, at the main door of the Museum. The square of the central promenade that surrounds this god of the arts, and also of war, has benches where you can sit down for a while and examine the Four Seasons that support it. Spring, summer, fall and winter deserve a few minutes, and even an hour. And, according to experts, the figure of Apollo is a unique piece. Although this was the last of the fountains designed by Ventura Rodríguez to be finished (about 1802), it is deteriorated, despite some recent restorations. The wise maintain that it is the best example of Spanish classicism in the Paseo and that Manuel Álvarez and Alfonso Giraldo, the sculptors, did a marvelous job.
Of the three, it is the only one that can be admired without being bothered, since it is not in a roundabout. Apollo was originally looked at by Cibeles and Neptune, but at the end of the 19th century they were raised on the pedestal and rotated. Currently, the beautiful god is dedicated only to observing El Prado. In winter, bundled up, it’s a place for romantics who don’t mind being romantic. If the masks of Ceres and Medusa, under the Four Seasons, spew water, the mythological story that you can create there —alone or with children and adults— goes a long way. Although many complain that it does not look as it should, others prefer that Apollo remains there, guarded by magnificent surroundings that protect him.
Nowadays, whether it is a spring, summer or a fantastic snowy winter morning, stopping or walking around the Paseo del Prado, the heart of the golden mile of Spanish painting – the Prado, the Thyssen, the Reina Sofía and the CaixaForum exhibitions— to contemplate the place through the eyes of these characters brings about a jumble of sensations. A circus bustles in our heads with our imagination occupied by the picturesque carriages of the aristocracy of Fernando VII, water carriers and horchateros, pasiega nurses —Ford says they are Asturian, another slip—, top hats and frock coats, dresses with narrow waists and long with ankle-hook boots… We are on a stage at the television theater Estudio 1, only now it is not in black and white and it moves too quickly before our eyes.
A sigh, a look around from Cibeles to the Palacio de Correos —today the seat of the town hall—, Recoletos, the corner of the Ejército that hides the Palacio de Villahermosa, the Bank of Spain… and there, at that point from where the flame of the victims of the pandemic, look up and observe the Gran Vía de Antonio López. And remember it white a few months ago, with skiers; in black and white taken by the militia trucks and a «they will not pass»; full of more than a million Spaniards that February 27, 1981 demonstrating against the coup plotters of 23-F, who took us back to the past that was so astonishing that we put up with these foreign writers… And then comes a gentle enlargement of the chest, a rise in self-esteem and an almost childlike wish that these dear lovers—sometimes «impertinent» and classist, but very realistic—would raise their heads to see what we have done. And in less than half a century.
The sun sets over Alcalá and the Gran Vía, and the Salón del Prado, already a World Heritage Site, recovers its images, statues, corners and particles that float in the air and impregnate only those with imagination with that atmosphere of the past. It is still the most beautiful in the world.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/25/los-tyrakis-ana-r-canil-joaquin-estefania/

https://weedjee.wordpress.com/2022/07/01/los-amantes-extranjeros-viajes-por-espana-con-los-escritores-guiris-que-se-enamoraron-de-ella-ana-r-canil-foreign-lovers-travels-around-spain-with-the-foreigner-writers-who-fell-in-love/

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