En Tierra De Hombres — Adrienne Miller / In the Land of Men: A Memoir by Adrienne Miller

A los veinticinco años me convertí en la primera mujer editora literaria y de ficción de la revista Esquire. Era 1997 y, durante décadas, la publicación había sido una de las más significativas de Estados Unidos, así como hogar de autores que definían el concepto de «masculinidad» (si me permiten el término), para el siglo XX: Ernest Hemingway, Norman Mailer, Raymond Carver y bastantes practicantes del denominado Nuevo Periodismo.
Mi cometido era contribuir a que la revista encontrase su nueva voz. Yo era consciente de que, en mi cargo, seguía los pasos de dos editores legendarios, Gordon Lish y Rust Hills, ambos hombres extraordinariamente visionarios y dotados de un gusto exquisito.
Cuando ocupé el puesto, en 1997, ningún grupo de comunicación podía aspirar a la autoridad literaria, de alcance universal, que Esquire había intentado atribuirse a sí misma en la década anterior. ¿Seguía existiendo siquiera algo remotamente parecido a un «centro candente», o incluso a un universo literario general? Y, en caso de haberlo, era yo, de alguna manera —a mis veinticinco años, y en tanto que editora literaria de la revista— su más que improbable guardiana?…

El libro empezó genial. La autora es una niña del medio oeste a la que le encantaba leer cuando era niña, consiguió un trabajo en NYNY trabajando para una revista. ¡Guau! Consiguió el trabajo que pensé que quería cuando era un joven graduado universitario. Sus experiencias en la ciudad fueron interesantes. Sus interacciones con colegas masculinos fueron acertadas con respecto a la forma en que funcionaba el mundo en la década de 1990 (esto es anterior al movimiento «yo también»). Ella vivía en Nueva York. Salía con escritores y agentes literarios. Conoció a David Foster Wallace. Y entonces… el libro giró a la izquierda.
Lo que comenzó como una memoria interesante sobre Adrienne Miller se convirtió en un elogio en honor a David Foster Wallace. David Foster Wallace era un escritor talentoso que ya no está. Miller tuvo una relación laboral con él que impactó su vida. Esto podría haberse resumido en párrafos, no en páginas. Miller no necesitaba David Foster Wallace para que su historia fuera interesante. No sé quién editó este libro, pero parece que debido al estado anterior de Miller, el editor dudó en decirle que el libro había perdido drásticamente el rumbo.
Pensé que estas memorias iban a ser la historia de una mujer que trabaja en una tierra dominada por hombres. En cambio, se trataba de la relación del autor con un genio literario mentalmente inestable. Adrienne Miller tiene un don con las palabras. Desafortunadamente, ese no es el libro que quería leer.
Este libro podría haber sido brillante. Declaró tan fuerte y realmente disfruté la historia del ascenso meteórico de Adrienne para convertirse en la editora de ficción literaria de Esquire a los veinticinco años. Habló mucho sobre cómo estaba rodeada de hombres y sexismo. Y luego estaba la parte en la que solo había una lista de todo el acoso con el que había lidiado, desparramado sin rodeos. En sólo unas pocas páginas. El resto del libro fue solo una oda a David Foster Wallace. Editó algunas historias con él y tuvo una vaga relación romántica a larga distancia con él. Esa es la parte con la que luché. Él era terrible y abusivo con ella, pero ella a menudo excusaba su comportamiento y hablaba sobre todo de lo brillante que era. Simplemente me entristeció. Me hubiera gustado leer más sobre la carrera de Adrienne que su relato de cada palabra de aburridas conversaciones telefónicas con David Foster Wallace. Pero me encantaba su escritura. Fue realmente hermoso y cautivador.

Todo lo que tiene que ver con los animales siempre me ha fascinado; el cuadro de Chagall Yo y el pueblo (un niño y una vaca, o quizá sea un cordero, se miran mutuamente, y una débil línea de puntos conecta sus ojos) capta con tanta belleza la profundidad del vínculo entre seres humanos y animales que siempre se me saltan las lágrimas cuando lo veo en el museo, y mientras mis padres y yo pedaleábamos junto al canal, ahora cuajado de hierba verde, fina, nos íbamos encontrando con garzas azules, y castores, y ranas.
Pensaba en los animales, todos tan hermosos y peculiares, y en los barcos, y en la gente, en la gente cuya vida era el canal… En las voces perdidas para nosotros, en las voces que nunca oímos, enterradas en la historia. Mis padres y yo íbamos en una línea recta, tensa, intentando ocupar, como siempre, el mínimo espacio —mi padre delante, mi madre en medio, yo detrás—, y yo les veía las piernas, que pedaleaban, y pensaba que ya no volvería a vivir en casa, con ellos, nunca más (aunque de hecho, desde que tenía dieciocho años ya no vivía con ellos), y pensaba en que todo cambiaba y cambiaba y volvía a cambiar. Durante aquellos regresos a casa, aquellos primeros dos años, me ponía siempre muy sensible.

Al parecer, me gustaba el dinero, por desgracia, y posiblemente me gustaba bastante. (Mis gustos eran, y siguen siendo, ruinosamente palladianos.) Sin embargo, al mismo tiempo, no quería arrimarme demasiado a nadie que tuviera como divisa central de su carácter un deseo de rodearse de dinero; siempre he desdeñado ostensiblemente a los hombres que exigen «lujo», a esos que vuelan en primera clase, a esos que hablan sin parar de restaurantes y de la calidad del servicio en los hoteles, de los hoteles de cinco estrellas. Aunque tener dinero parecía ser algo agradable, yo no me imaginaba haciendo nada de lo que había que hacer para ganarlo. Así sucedía con muchas de las cosas que queríamos en la vida: las queríamos, pero no queríamos ser la clase de personas que las querían.

Había empezado a aprender yo sola a convertirme en lectora profesional. Tenía que adoptar una actitud estética y, además, saber equilibrar intereses contrapuestos. Ya no leía para complacerme a mí misma, al menos no del todo. Leía para cierta idea de lo que era la revista pero, también, en la práctica, leía con un ojo puesto en lo que creía que a mis jefes les gustaba. De no haber sido así, de haber dado rienda suelta a la sensibilidad propia de mi idiosincrasia, me habría pasado los días reimprimiendo fragmentos de la novela El malogrado, de Thomas Bernhard.

En invierno de 1997, Ed Kosner, jefe de redacción de Esquire, canceló la publicación de un relato breve programado para el número siguiente, titulado «The Term Paper Artist», del escritor David Leavitt, supuestamente por temor a que el contenido homosexual del texto pudiera ofender a un anunciante estadounidense de automóviles especialmente conservador. (Por cierto, Kosner lo negaría al justificar las razones de la cancelación.) Will Blythe, respetado editor literario de Esquire que llevaba mucho tiempo en su puesto, dimitió en señal de protesta, y el asunto estalló y causó un revuelo considerable en lo que, educadamente, se conoce como «mundo literario». (¡Relatos breves de revistas llegando a los titulares de prensa!) No mucho después de aquello, Kosner también se fue de Esquire.
Ya entendía que no iba a ser la primera opción de nadie para convertirme en editora literaria de Esquire. Ya entendía que no iba a ser la opción número 10.000 de nadie para convertirme en editora literaria de Esquire. Sí, ya pillaba que no estaba «cualificada» para asumir ese empleo, pero al mismo tiempo pensaba: ¿y quién lo está? No hay doctorados en «edición literaria». El instinto, el buen gusto, el buen juicio, son cosas que no se enseñan. Y yo sabía que tenía instinto, buen gusto y buen juicio. Yo era mi propia primera opción, y eso era lo único que importaba.
Lo que sabía era esto: tenía veinticinco años y había conseguido el empleo de mis sueños. Era la editora literaria de Esquire. Era responsable de encontrar, adquirir y publicar todos los relatos breves que aparecían en Esquire. No había junta editorial, no había círculo de lectores; ahí estaba solo yo y mi criterio, y Granger.
También controlaba la elección de libros —debía decidir sobre qué libros se redactaban reseñas, y a quién asignar su redacción— y también podía editar reportajes en profundidad, textos de apertura y cualquier otra cosa que aportara. Como me repetía constantemente, tenía un trabajo por el que otros serían capaces de matar. (Los editores y autores de sexo masculino y de cierto tipo son proclives a sus metáforas marciales.)

Yo no quiero escribir thrillers. Por lo general detesto las epifanías en ficción, y sobre todo detesto las epifanías cuando están dramatizadas en un escenario, así que lo que he intentado hacer con esta ha sido escribir algo urgente pero formalmente extraño.
Añadió que quería hacer algo raro y fracturado, pero a la vez algo redentor, conmovedor. Yo no lo sabía aún, pero esas eran las palabras de moda de David Wallace.
Esquire no era tan «club» literario como pudiera pensarse. Una propuesta de relato de un joven fenómeno cultural como era, por ejemplo, David, no se veía como un regalo de los dioses literarios; en realidad, muchos de los nombres de los autores de los manuscritos que yo proponía podrían haberse tachado con un marcador. Se trataba de un enfoque editorial liberador y democrático, sin bien francamente excéntrico.
Pero posiblemente también era, para preocupación mía, antiintelectual e iliterario: si no demostrábamos una reverencia real, o ni siquiera interés (¿o no teníamos siquiera conciencia?) del conjunto de la obra de un autor o de sus logros, ¿no era posible que estuviéramos descuidando a nuestros artistas más esenciales?…
Esquire tenía una historia legendaria de veinte años con Wolfe.

¿Existe una profesión más endeble, más insegura, más imposible que la de escritor? ¿Hay juicios más implacables que los juicios literarios? ¿Por qué insistimos o insistíamos (cuando, para bien o para mal, nos preocupábamos un poco más que actualmente) en valorar la carrera de un autor —la carrera que es la vida— mucho más despiadadamente de lo que hacemos con otros trabajos? De una ingeniera no decimos: «Está claro que no es muy brillante: nunca ha sido capaz de combinar la física cuántica y la relatividad general en una sola teoría unificada». O de un maestro de escuela: «Pobrecillo, nunca será Aristóteles». No nos hace falta que nuestro fontanero haya obtenido el trofeo al Fontanero más famoso del mundo. Pero consideramos totalmente aceptable rechazar toda la vida y la carrera de un autor con un «su obra no va a sobrevivir dentro de cincuenta años». El listón del logro literario está altísimo, sin el menor remordimiento, y lo que hay en juego es mucho.
Yo tenía veintiocho años. Llevaba tres en Esquire. Todavía se me recordaba con frecuencia que había gente que mataría (¿que me mataría?) por ocupar mi puesto. Todavía se me recordaba con frecuencia que tenía el trabajo soñado. Pero estaba ocurriendo algo. Notaba que el mundo cambiaba a mi alrededor.
Los trabajos de ficción que publicábamos eran muchas veces imponentes e importantes, pero mi gran secreto era que, en realidad, no confiaba demasiado en que mucha gente los leyera. La gente seguía leyendo, por supuesto, e incluso hablaba sobre la ficción publicada en The New Yorker. Pero ¿la de Esquire? Y cuando empecé a trabajar en la revista, adquiría un relato y se publicaba en relativamente poco tiempo. Ahora tardaba más en programar mis textos. También me costaba más conseguir que publicaran críticas de libros largos en la revista, y en Esquire el interés por la mayoría de los críticos literarios era limitado… Pero debo decir que lo que ocurría era que yo ni siquiera discrepaba de aquellos planteamientos: empezaba a parecerme que los críticos ya no tenían gran cosa que decir. Quizá ahora todo estuviera siguiendo los pasos del star system, un mundo gobernado por tablas de clasificación con más o menos puntos. Quizá a la gente ya no le pareciera que le hacía falta una autoridad que les dijera qué pensar, y quizá la cultura de la experiencia estuviera en decadencia.
Yo era racionalista, realista (al menos en ciertos aspectos), e intentaba adoptar una visión pragmática: la industria estaba evolucionando y los presupuestos menguaban. ¿Qué valor práctico aportaban mis secciones a la revista?…

David era escandalosamente desconsiderado. Él no debía estar en presencia del alcohol. En tanto que adicto en fase de recuperación, el mantenimiento de la abstinencia era el componente central de su vida. David nunca era capaz de ofrecerme una muestra de apoyo, ni siquiera de mostrar un interés impostado en mi escritura. Era demasiado competitivo. Poder. Todo tenía que ver con el poder. Mi papel consistía en estar al servicio de su obra. Yo sabía que él funcionaba así, claro, pero supongo que pensaba que ahora, quizá, tendríamos una relación distinta. Hacía poco había cometido el mismo error, por cierto, al mencionarle a otro famoso novelista (mayor, hombre), que yo había empezado a trabajar en un libro.
Habíamos conseguido lo impensable, y redujimos «Extinción» casi a la mitad. David me ayudó a comprender, más profundamente de lo que lo había comprendido hasta ese momento, que el arte tiene que ver con el rigor y la precisión. Él era un perfeccionista y un visionario, y creaba arte exactamente tal como quería, y yo lo amaba por ello.
Unos meses después, Esquire canceló «Extinción». Nunca nos dieron una verdadera explicación, pero supongo que incluso con solo quince mil palabras, el relato debía de resultarles demasiado largo. La decisión me llegó en un correo electrónico, sin más. Me enfurecí tanto que ni siquiera fui capaz de hablarlo con nadie del trabajo. Seguiría trabajando unos años más en la revista, pero el destino de «Extinción» fue una injusticia que se me quedó clavada como las púas de un erizo vengativo.

¿Llegué a conocerlo en absoluto? Estoy bastante segura de que no. Ya sabéis cómo es eso… Tan pronto como crees que has cantado victoria y has resuelto algo, ese algo se desmorona y se disuelve y desaparece de tu vista, se desvanece como un sueño.
—Somos misterios los unos para los otros —le dije yo una vez
—. Nunca profundizamos mucho en los demás.
—Es verdad —dijo él—. No lo hacemos. Pero debemos intentarlo.
Lo único que tenemos de los demás son sus sombras. Su verdad —quiénes son— es algo que solamente entrevemos, palpamos. Nadie se nos aparece nunca nítidamente.

————————–

At twenty-five, I became Esquire magazine’s first female fiction and literary editor. It was 1997, and for decades the publication had been one of the most significant in America, as well as home to authors who defined «masculinity» (if I may use the term) for the 20th century: Ernest Hemingway, Norman Mailer, Raymond Carver and quite a few practitioners of the so-called New Journalism.
My job was to help the magazine find its new voice. I was aware that, in my position, I was following in the footsteps of two legendary publishers, Gordon Lish and Rust Hills, both men of extraordinary vision and gifted with exquisite taste.
When I took office in 1997, no media group could claim the universal literary authority that Esquire had attempted to ascribe to itself over the previous decade. Did anything even remotely resembling a ‘hot spot’, or even a general literary universe, still exist? And, if there was, was I, in some way—at twenty-five, and as the magazine’s literary editor—its most unlikely guardian?…

The book started out great. The author, she’s a girl from the Midwest who loved reading as a child. She got a job in NYNY working for a magazine. Wow! She got the job I thought I wanted when I was a young college graduate. Her experiences in the city were interesting. Her interactions with male colleagues was spot-on with regards to the way the world worked in the 1990s (this is pre- «me too» movement). She lived in NY. She hung out with writers and literary agents. She met David Foster Wallace. And then… the book took a left turn.
What started out as an interesting memoir about Adrienne Miller turned into a eulogy honoring David Foster Wallace. David Foster Wallace was a talented writer who is now gone. Miller had a working relationship with him that impacted her life. This could have been summed up in paragraphs, not pages. Miller didn’t need DFW to make her story interesting. I do not know who edited this book but it seems that due to Miller’s former status the publisher/editor was hesitant to tell her that the book had drastically lost direction.
I thought this memoir was going to be the story of a woman working in a land dominated by men. Instead it was about the author’s relationship with a mentally unstable literary genius. Adrienne Miller has a gift with words. Unfortunately, that is not the book I wanted to read.
This book could have been brilliant. It stated out so strong and I was really enjoying the story of Adrienne’s meteoritic rise to becoming the literary fiction editor of Esquire at twenty five. She talked a lot about how she was surrounded by men and sexism. And then there was the part where there was just a list of all the harassment she had dealt with spilled baldly out. In just a few pages. The rest of the book was just an ode to David Foster Wallace. She edited a few stories with him and had a vague romantic long distance relationship with him. That’s the part I struggled with. He was terrible and abusive to her but she often excused his behavior away and mostly talked about how brilliant he was. It just made me sad. I would have liked to read more about Adrienne’s career than her recounting every word of boring phone conversations with DFW. But I did love her writing. It was really beautiful and captivating.

Everything that has to do with animals has always fascinated me; Chagall’s painting I and the People (a boy and a cow, or perhaps it is a lamb, look at each other, and a faint line of dots connects their eyes) so beautifully captures the depth of the bond between human beings and animals that has always Tears come to my eyes when I see it in the museum, and while my parents and I pedaled along the canal, now covered in fine green grass, we ran into blue herons, and beavers, and frogs.
I thought of the animals, all so beautiful and peculiar, and of the boats, and of the people, of the people whose life was the canal… Of the voices lost to us, of the voices we never heard, buried in history . My parents and I were going in a straight line, tense, trying to occupy, as always, the minimum space —my father in front, my mother in the middle, me behind—, and I saw their legs, which were pedaling, and I thought that they no longer I would live at home with them, never again (although in fact, since I was eighteen I no longer lived with them), and I thought that everything changed and changed and changed again. During those homecomings, those first two years, I was always very emotional.

Apparently I liked money, unfortunately, and possibly I quite liked it. (My tastes were, and still are, ruinously Palladian.) At the same time, though, I didn’t want to get too close to anyone whose central character motto was a desire to surround themselves with money; I have always blatantly disdained men who demand «luxury,» those who fly first class, those who talk endlessly about restaurants and the quality of service in hotels, about five-star hotels. Although having money seemed like a nice thing, I couldn’t imagine myself doing anything that had to be done to earn it. That’s how it was with many of the things we wanted in life: we wanted them, but we didn’t want to be the kind of people who wanted them.

I had begun to teach myself how to become a professional reader. He had to adopt an aesthetic attitude and, in addition, know how to balance conflicting interests. I no longer read to please myself, at least not completely. I read for some idea of what the magazine was but, also, in practice, I read with an eye on what I thought my bosses liked. Had it not been so, had I given free rein to my own idiosyncratic sensitivity, I would have spent my days reprinting fragments of Thomas Bernhard’s novel The Failed One.

In the winter of 1997, Ed Kosner, Esquire’s managing editor, canceled publication of a short story scheduled for the next issue, titled «The Term Paper Artist,» by writer David Leavitt, allegedly fearing that the homosexual content of the text might offend a particularly conservative American car advertiser. (By the way, Kosner would deny this by justifying the reasons for the cancellation.) Will Blythe, Esquire’s respected and longtime literary editor, resigned in protest, and the affair blew up and caused a considerable stir in what , politely, is known as the «literary world.» (Magazine short stories making headlines!) Not long after that, Kosner also left Esquire.
I already understood that I wasn’t going to be anyone’s first choice to become Esquire’s literary editor. I already understood that I wasn’t going to be anyone’s 10,000th choice to become Esquire’s literary editor. Yes, she already understood that she wasn’t “qualified” to take on that job, but at the same time she thought: who is? There are no doctorates in «literary editing.» Instinct, good taste, good judgment, are things that are not taught. And I knew he had instinct, good taste, and good judgment. I was my own first choice, and that was all that mattered.
What I knew was this: I was twenty-five years old and had landed my dream job. She was the literary editor at Esquire. He was responsible for finding, acquiring, and publishing all the short stories that appeared in Esquire. There was no editorial board, no book club; there was just me and my judgment, and Granger.
She also controlled the choice of books—she had to decide which books were reviewed, and who to assign their writing to—and she could also edit in-depth reports, opening essays, and whatever else she contributed. As she constantly repeated to me, she had a job that others would kill for. (Male editors and authors of a certain type are prone to martial metaphors of her.)

I don’t want to write thrillers. I generally hate epiphanies in fiction, and I especially hate epiphanies when they’re dramatized on stage, so what I’ve tried to do with this one has been to write something urgent but formally strange.
She added that she wanted to do something weird and fractured, but at the same time something redemptive, moving. I didn’t know it yet, but those were David Wallace’s buzzwords.
Esquire was not such a literary «club» as one might think. A narrative proposal of a young cultural phenomenon such as, for example, David, was not seen as a gift from the literary gods; in fact, many of the names of the authors of the manuscripts I proposed could have been crossed out with a marker. It was a liberating and democratic editorial approach, if not downright eccentric.
But possibly it was also, to my concern, anti-intellectual and illiterary: if we showed no real reverence, or even interest (or were we even unaware?) of an author’s overall work or achievements, was it not possible that we were neglecting our most essential artists?…
Esquire had a legendary twenty-year history with Wolfe.

Is there a weaker, more insecure, more impossible profession than that of a writer? Are there judgments more implacable than literary judgments? Why do we insist or insist (when, for better or worse, we cared a little more than we do today) in valuing an author’s career—the career that is life—so much more ruthlessly than we do other works? Of an engineer we do not say: «It is clear that he is not very bright: he has never been able to combine quantum physics and general relativity in a single unified theory.» Or from a school teacher: «Poor boy, he will never be Aristotle.» We do not need our plumber to have obtained the trophy for the most famous Plumber in the world. But we find it entirely acceptable to dismiss an author’s entire life and career with a «His work isn’t going to survive fifty years from now.» The bar for literary achievement is extremely high, without the slightest regret, and the stakes are high.
I was twenty-eight years old. Had three at Esquire. I was still frequently reminded that there were people who would kill (kill me?) to take my place. I was still frequently reminded that I had the dream job. But something was happening. I noticed that the world changed around me.
The works of fiction that we published were often impressive and important, but my big secret was that I really didn’t trust too many people to read them. People kept reading, of course, and even talked about the fiction published in The New Yorker. But the Esquire? And when I started working on the magazine, I would acquire a story and it would be published in a relatively short time. Now it took longer to schedule my texts. I also had a harder time getting reviews of long books published in the magazine, and at Esquire the interest in most literary critics was limited… But I must say that what happened was that I didn’t even disagree with those approaches: I started It seemed to me that the critics no longer had much to say. Perhaps now everything was following the footsteps of the star system, a world governed by leaderboards with more or less points. Perhaps people no longer felt they needed an authority to tell them what to think, and perhaps the culture of experience was in decline.
I was rationalistic, realistic (at least in some respects), and tried to take a pragmatic view: the industry was evolving and budgets were shrinking. What practical value did my sections bring to the magazine?…

David was scandalously inconsiderate. He was not to be in the presence of alcohol. As a recovering addict, staying abstinent was the central component of his life. David was never able to offer me a show of support, or even show an assumed interest in my writing. He was too competitive. Can. It all had to do with power. My role was to be at the service of his work. I knew he worked that way, of course, but I guess he thought maybe now we’d have a different relationship. I had recently made the same mistake, by the way, by mentioning to another famous (older, male) novelist that I had started work on a book.
We had achieved the unthinkable, and cut «Extinction» almost in half. David helped me understand, more deeply than I had understood up to that point, that art is about rigor and precision. He was a perfectionist and a visionary, and he created art exactly the way he wanted, and I loved him for it.
A few months later, Esquire canceled «Extinction.» They never gave us a real explanation, but I suppose that even with only fifteen thousand words, the story must have been too long for them. The decision came to me in an email, without further ado. I got so mad I couldn’t even talk to anyone at work about it. I would continue working on the magazine for a few more years, but the fate of «Extinction» was an injustice that stuck with me like the quills of a vengeful hedgehog.

Did I get to know him at all? I’m pretty sure not. You know how it is… As soon as you think you’ve claimed victory and resolved something, that something crumbles and dissolves and disappears from your sight, vanishes like a dream.
«We are mysteries to each other,» I told him once.
—. We never delve too deeply into others.
«It’s true,» he said. We do not do it. But we must try.
The only thing we have of others are their shadows. Their truth—who they are—is something we can only glimpse, touch. No one ever appears clearly to us.

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