Golpes De Luz — Ledicia Costas / Luz Keepsakes by Ledicia Costas (spanish book edition)

Llevo toda la vida oyendo cosas que no quiero oír. Mierdas. Eso es, llevo toda la vida oyendo mierdas. Y qué quieres que te diga, con casi ochenta años estoy hasta las narices. Lo que peor llevo es aguantar a mi hija. Ya sé que nos pasa a todas cuando empezamos a envejecer, que nadie se vaya a pensar que me las estoy dando de especial. Pero es que es una cruz. Se creen que tienen el cielo ganado por hacerse cargo de nosotras, pero la verdad es que son pesadísimas, no hay Dios que las soporte. Menos mal que llega un momento en que acaban hartas y desisten. Se rinden, dejándonos por imposibles. Yo estoy esperando ansiosa por ese momento en que pasen de mí y me dejen a monte de una puñetera vez. Julia, mi hija, aún no entró en esa fase y estamos echando una especie de pulso.

Contada la historia por sus 3 protagonista a la vez te da una visión completa de los hechos, difícil de ver en otros libros. Entrañable, dura, divertida, aunque parezca contradictorio. Me reí con las contestaciones de Luz y con su manera de ver las cosas.
Esta es una novela de esas que parece que no cuenta nada, que no sabes resumir muy bien de que va, pero al mismo tiempo dentro de esa sencillez, nos cuenta muchas, muchísimas cosas.
Tres generaciones, tres voces contándonos la misma historia desde sus diferentes puntos de vista.
La inocencia de un niño, que tiene que enfrentarse a un cambio radical tras el divorcio de sus padres, un nuevo entorno y colegio, bullying y una abuela con evidentes síntomas de demencia pero con la que consigue conectar de maravilla.
El agobio de una madre, una mujer que tiene que cargar a sus espaldas con todo el peso del mundo; sacar adelante sola a su hijo, cuidar de su madre dependiente y ajustar cuentas con su pasado traumático.
La locura-lucidez de esa abuela a punto de perder el control de su mente y que guarda tantos secretos (secretos que forman parte del origen de su demencia)
Retrato de las consecuencias del narcotráfico en la Galicia de los 80, de las consecuencias del exceso de exigencias a una generación que es a la vez hija y madre, del abandono psicológico al que sometemos a los niños hoy en dia mientras los padres estamos agobiados todo el día resolviendo nuestras cuentas.
Una novela que lo mismo te hace reír como llorar porque la vida es así.
Julia recién separada abandona Madrid y vuelve a Galicia con su hijo Sebas, de 10 años, a casa de su madre Luz.
Y son los tres personajes, a tres voces quien nos cuentan la historia.
Sebas nos cuenta su día a día, su integración en el colegio, su relación con sus amigos y la confusión que le producen los secretos familiares de los que no se hablan.
Julia, preocupada por su madre, por su hijo, por su divorcio… Por todo y que se vuelca en descubrir el por qué de la desaparición de su padre hace muchísimos años y que no volvió a dar señales de vida y en un reportaje sobre el narcotrafico en Galicia.
Y Luz, anciana de gran carácter, rebelde, gamberra, mentirosa, fuerte, cargada de secretos pero también enferma, a quien le cuesta reconocer que necesita ayuda y para quien su nieto Sebas lo es todo y de quien Sebas dice que es la diosa Thor porque va siempre cargado con un martillo.

Mi abuela está un poco mal de la cabeza. No es una locura que la vaya a llevar a liarse a tiros en el supermercado, ni a pegarle fuego a la casa de un vecino. O eso espero, tampoco puedo asegurarlo al cien por cien porque tenemos un vecino con el que se lleva fatal. Sería terrible que la abuela hiciese algo así. Aunque saldría en la televisión y en los periódicos, y eso me haría ganar puntos en la escuela. Voy a quinto de primaria. Ser el nieto de una psicópata es algo que da un estatus y, sobre todo, un respeto.
Si mi abuela es Thor, yo soy el nieto de una diosa bastante poderosa, y eso es una responsabilidad. Desde entonces, no le quito ojo. Creo en la teoría de Guerrero con todas las células de mi cuerpo, es lo único que explica la obsesión de la abuela Luz con el martillo. Me gustaría tener más pruebas. Necesito conseguirlas.

No sé a quién se le ocurrió esa norma sagrada que tenemos que seguir las madres separadas: tus hijos no pueden verte llorar. Nunca, en ninguna circunstancia. Parece que no nos está permitido mostrarnos vulnerables. Si recibes la visita de una amiga, empiezas a contarle novedades y se te escapa una lágrima, alerta roja. Siempre sucede lo mismo: se pone nerviosa y busca la manera de alejar a tu hijo de allí lo antes posible para evitarle el mal trago. Esa es la prioridad, que los niños no sean testigos del sufrimiento. Las madres no lloramos, las madres construimos diques. Intento luchar contra esa idea porque creo que no hay nada más tóxico que contenerse permanentemente. Pero reconozco que sigo llevando a cabo las mismas estrategias que imagino son comunes a otras mujeres en mi situación.

En los ochenta la droga estrella era la heroína. La vida en aquella época se hacía en las calles. Lo recuerdo perfectamente porque lo viví. Las plazas y alamedas estaban llenas de chavales que cada vez estaban más flacos. Al principio disimulaban delante de nosotros, los niños, pero al final ya parecía darles igual y se pinchaban a la vista de todos. Disolvían la heroína en una cuchara con agua y zumo de limón delante de nuestros ojos. En los alrededores de la casa de mis padres aparecían limones hasta debajo de las piedras. Los chicos escalaban por las telas metálicas de las fincas para robarlos. Recuerdo que varias vecinas acabaron por arrancar sus limoneros. Muchos ya se pinchaban allí mismo y dejaban la cuchara tirada en el suelo. Algunas amigas de mi madre bromeaban con que tenían una colección de cucharas usadas. Limones y jeringas. Era una invasión. En los colegios nos enseñaron un protocolo, por si encontrábamos una. Aparecían en los parques, en los descampados, en los caminos, en los cuartos de baño de los bares, en las puertas de los colegios, en los lavaderos, en las playas, en las paredes de nuestra casa…
Los cementerios se llenaron de chicos a los que les quedaba todo por delante. Pandillas enteras de tíos que apenas llegaban a los treinta años ocupando nichos que no les correspondían. Pero, antes de eso, pasaban de ser seres humanos a convertirse en una tribu de marginados. Perdían la identidad. Ya nadie los llamaba por sus nombres. Eran el yonqui que aparca coches en el descampado del hospital, el yonqui que pide en la puerta del estanco, el yonqui del parque… Todo el mundo quería pensar que eran personas en una situación marginal, hijos de familias desestructuradas, y eso no era cierto. La heroína atacó indiscriminadamente. Y mientras esto sucedía, mientras aquellos chicos se convertían en muertos vivientes que se arrastraban por las calles como almas en pena, los narcos estrenaban coches de lujo, construían chalés, compraban obras de arte, recibían el abrazo y el reconocimiento de sus pueblos porque muchos vecinos llegaban a fin de mes gracias a las descargas. Qué espiral tan perversa.

Hoy cumplo ochenta años. Me pregunto cuánto tiempo me queda. Cuántos años más hasta acabar bajo tierra, condenada a ser solo una voz martillando dentro de la cabeza de Julia, como me pasa a mí con la de mi madre. Supongo que eso es algo que se transmite de madres a hijas.
Rompo a llorar y escucho cómo Xoana dice que va a llamar a una ambulancia, y entonces sé que mi madre tiene razón y que me van a llevar para dentro del asilo porque es imposible vivir con alguien como yo sin acabar loca perdida. Que no me separen de Sebas, que sin él yo no sabría qué hacer. Preferiría coger el martillo y abrirme la cabeza antes de volver a estar sola, sin ese niño que es la luz de mi corazón. Ahora siento de nuevo ese frío interior que me recuerda las cosas malas que están enterradas y nunca jamás deben salir para fuera.

Mamá se ha transformado en estos últimos minutos. Ya no es un cordero a la intemperie. Ahora es una leona abrazando a su hija pequeña. Protegiéndola de todo mal.

Ayer vi llorar a mamá. Se le escapó una lágrima mientras le contaba las cosas geniales que hice con papá el fin de semana:
—Comimos hamburguesas, fuimos a pescar y vimos una peli en el cine. Te echamos de menos.
En ese momento fue cuando se le escapó la lágrima, pero solo fue una, nada más. Tardaría décadas en llenar una botella de un litro si solo suelta una lágrima cada vez. Me pregunto si las lágrimas se evaporan. Alguien debería escribir un libro con todas esas respuestas.
Si alguien me preguntase a cuál de los dos quiero más, contestaría que igual pero distinto. Como sucede con mamá y la abuela. Y con papá, que está lejos pero cada vez más cerca. Y si alguien me preguntase dónde me gustaría pasar las vacaciones, contestaría que en Asgard. Porque yo sé que el martillo de la abuela tiene que estar allí. Y aunque finge no echarlo de menos, es su arma. Lo necesita para sentirse segura. Como yo a mamá y papá.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/12/16/infamia-ledicia-costas-infamy-by-ledicia-costas-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/29/golpes-de-luz-ledicia-costas-luz-keepsakes-by-ledicia-costas-spanish-book-edition/

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All my life I’ve been hearing things I don’t want to hear. shit. That’s right, I’ve been hearing shit all my life. And what do you want me to tell you, at almost eighty years old I’m fed up. The worst thing I have is putting up with my daughter. I know what happens to all of us when we start to get old, that no one is going to think that I am being special. But it is a cross. They think they have earned heaven for taking care of us, but the truth is that they are very heavy, there is no God who can support them. Fortunately, there comes a time when they get fed up and give up. They give up, leaving us for impossible. I’m anxiously waiting for that moment when they pass me by and leave me alone once and for all. Julia, my daughter, has not yet entered that phase and we are having a kind of pulse.

Told the story by its 3 protagonists at the same time, it gives you a complete vision of the facts, difficult to see in other books. Endearing, hard, funny, even if it seems contradictory. I laughed at Luz’s answers and at her way of seeing things.
This is one of those novels that seems to say nothing, that you don’t know how to summarize very well what it is about, but at the same time within that simplicity, it tells us many, many things.
Three generations, three voices telling us the same story from their different points of view.
The innocence of a child, who has to face a radical change after the divorce of his parents, a new environment and school, bullying and a grandmother with obvious symptoms of dementia but with whom he manages to connect wonderfully.
The burden of a mother, a woman who has to carry all the weight of the world on her back; raise her son alone, take care of her dependent mother and settle accounts with her traumatic past.
The madness-lucidity of that grandmother about to lose control of her mind and that she keeps so many secrets (secrets that are part of the origin of her dementia)
Portrait of the consequences of drug trafficking in Galicia in the 1980s, of the consequences of excessive demands on a generation that is both daughter and mother, of the psychological abandonment to which we subject children today while parents are overwhelmed by everything the day settling our accounts.
A novel that makes you laugh as well as cry because life is like that.
Julia, recently separated, leaves Madrid and returns to Galicia with her 10-year-old son, Sebas, at the home of her mother, Luz de Ella.
And it is the three characters, in three voices, who tell us the story.
Sebas tells us about his day-to-day life, his integration at school, his relationship with his friends and the confusion caused by family secrets that are not talked about.
Julia, worried about her mother, about her son, about her divorce… For everything and who turns to discover the reason for the disappearance of her father many years ago and that he did not show signs of life again and in a report on drug trafficking in Galicia.
And Luz, an old woman with a great character, rebellious, hooligan, liar, strong, full of secrets but also sick, who finds it hard to admit that she needs help and for whom her grandson Sebas is everything and whom Sebas says is the goddess Thor because he is always loaded with a hammer.

My grandmother is a little sick in the head. She is not crazy that he is going to take her to shoot each other in the supermarket, or to set fire to the house of a neighbor of hers. Or so I hope, I can’t be one hundred percent sure either because we have a neighbor with whom she gets along terrible. It would be terrible if Grandma did something like that. Although she would be on TV and in the papers, and that would earn me points in school. I’m in fifth grade. Being the grandson of a psychopath is something that gives status and, above all, respect.
If my grandmother is Thor, I am the grandson of a pretty powerful goddess, and that is a responsibility. Since then, I haven’t taken my eyes off him. I believe in Guerrero’s theory with all the cells in my body, it’s the only thing that explains Grandma Luz’s obsession with the hammer. I would like to have more evidence. I need to get them.

I don’t know who came up with that sacred rule that we separated mothers have to follow: your children can’t see you cry. Never, under any circumstances. It seems that we are not allowed to be vulnerable. If you receive a visit from a friend, you start telling her news and a tear escapes, red alert. The same thing always happens: she gets nervous and looks for a way to get your son away from there as soon as possible to avoid the bad experience. That is the priority, that children are not witnesses to suffering. We mothers don’t cry, we mothers build dams. I try to fight against that idea because I believe that there is nothing more toxic than permanently holding back. But I recognize that I continue to carry out the same strategies that I imagine are common to other women in my situation.

In the eighties the star drug was heroin. Life at that time was in the streets. I remember it perfectly because I lived it. The squares and malls were full of kids who were getting skinnier. At first they hid in front of us, the children, but in the end they didn’t seem to care and they pricked themselves in full view of everyone. They dissolved heroin in a spoon with water and lemon juice in front of our eyes. In the surroundings of my parents’ house lemons appeared even under the stones. The boys climbed the wire mesh of the farms to steal them. I remember that several neighbors ended up uprooting their lemon trees. Many already pricked themselves right there and left the spoon lying on the ground. Some of my mother’s friends joked that they had a collection of used spoons. Lemons and syringes. It was an invasion. In schools they taught us a protocol, in case we found one. They appeared in the parks, in the wastelands, on the roads, in the bathrooms of the bars, at the doors of the schools, in the laundries, on the beaches, on the walls of our house…
The cemeteries were filled with boys who had everything ahead of them. Entire gangs of guys barely in their thirties occupying niches that didn’t belong to them. But, before that, they went from being human beings to becoming a tribe of outcasts. They lost their identity. No one called them by their names anymore. They were the junkie who parks cars in the hospital yard, the junkie who begs at the door of the tobacconist, the junkie in the park… Everyone wanted to think that they were people in a marginal situation, children of broken families, and that was not it was true. The heroine attacked indiscriminately. And while this was happening, while those boys became the living dead who dragged themselves through the streets like souls in pain, the drug traffickers were brandishing luxury cars, building chalets, buying works of art, receiving the embrace and recognition of their towns because many neighbors reached the end of the month thanks to downloads. What a wicked spiral.

Today I am eighty years old. I wonder how much time I have left. How many more years until I end up underground, condemned to be just a voice hammering inside Julia’s head, like I am with my mother’s. I guess that’s something that is passed down from mothers to daughters.
I start to cry and listen to how Xoana says that she is going to call an ambulance, and then I know that my mother is right and that they are going to take me into the asylum because it is impossible to live with someone like me without ending up crazy. That they don’t separate me from Sebas, because without him I wouldn’t know what to do. I would prefer to take the hammer and open my head before being alone again, without that child who is the light of my heart. Now I feel that cold inside again that reminds me of the bad things that are buried and should never come out.

Mom has transformed in these last few minutes. She is no longer a lamb in the open. She is now a lioness hugging her little daughter. Protecting her from all harm.

Yesterday I saw mom cry. She shed a tear as she told him about the cool things I did with dad over the weekend:
“We ate hamburgers, went fishing, and watched a movie at the theater. We miss you.
At that moment it was her when the tear escaped her, but she was only one, nothing more. It would take decades to fill a liter bottle if you only shed one tear at a time. I wonder if the tears evaporate. Someone should write a book with all those answers.
If someone asked me which of the two I love more, I would answer the same but different. Just like mom and grandma. And with dad, who is far away but getting closer. And if someone asked me where I would like to spend my vacation, I would say Asgard. Because I know that Grandma’s hammer has to be there. And though she pretends not to miss him, he is her weapon. She needs it to feel safe. Like me to mom and dad.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/12/16/infamia-ledicia-costas-infamy-by-ledicia-costas-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/29/golpes-de-luz-ledicia-costas-luz-keepsakes-by-ledicia-costas-spanish-book-edition/

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