Continente Salvaje: Europa Después De La Segunda Guerra Mundial — Keith Lowe / Savage Continent: Europe in the Aftermath of World War II by Keith Lowe

Imaginemos un mundo sin instituciones. Es un mundo en el que las fronteras entre países parecen haberse disuelto, dejando un único paisaje infinito por donde la gente viaja buscando comunidades que ya no existen. Ya no hay gobiernos, ni a nivel nacional ni tan siquiera local. No hay escuelas ni universidades, ni bibliotecas ni archivos, ni acceso a ningún tipo de información. No hay cines ni teatros, ni desde luego televisión. La radio funciona de vez en cuando, pero la señal es remota, y casi siempre en una lengua extranjera. Nadie ha visto un periódico durante semanas. No hay trenes ni vehículos a motor, teléfonos ni telegramas, oficina de correos, comunicación de ningún tipo excepto la que se transmite a través del boca a boca.
No hay bancos, pero esto no constituye una gran adversidad porque el dinero ya no tiene ningún valor. No hay tiendas, porque nadie tiene nada que vender. Aquí nada se produce: las grandes fábricas y negocios que solía haber han sido destruidos o desmantelados como lo ha sido la mayoría de los edificios. No hay herramientas, guardad lo que se pueda extraer de los escombros. No hay comida.
La ley y el orden prácticamente no existen, porque no hay fuerzas policiales ni judiciales. En algunas zonas ya no parece haber un claro sentido de lo que está bien y lo que está mal. La gente coge lo que quiere sin tener en cuenta a quién pertenece… No hay vergüenza. No hay moralidad. Sólo la supervivencia.
El hecho de que Europa se las arreglara para salir de este fango, y luego pasar a convertirse en un continente próspero y tolerante, parece poco menos que un milagro. Rememorando la proeza de la reedificación que tuvo lugar —la reconstrucción de las carreteras, los ferrocarriles, las fábricas, hasta ciudades enteras— resulta tentador no ver más que progreso. El renacer político que aconteció en Occidente es asimismo impresionante, sobre todo la rehabilitación de Alemania que pasó de ser una nación paria a un miembro responsable de la familia europea en sólo unos pocos años. Durante los años de posguerra nació también un nuevo deseo de cooperación internacional que no sólo llevaría prosperidad, sino paz. Las décadas posteriores a 1945 han sido ensalzadas como el periodo más largo de paz internacional en Europa, sin excepción, desde los tiempos del Imperio romano.
Igualmente dudosa es la idea del Stunde null. Sin duda no hubo borrón y cuenta nueva, por mucho que los estadistas alemanes lo hubieran deseado con ahínco. En el periodo posterior a la guerra, oleadas de venganza y castigo inundaron todos los ámbitos de la vida europea. El territorio y los bienes de las naciones eran saqueados, los gobiernos y las instituciones sufrían depuraciones, y la percepción de lo que habían hecho durante la guerra aterrorizaba a comunidades enteras. Algunas de las peores venganzas se infligían a los individuos. La población civil alemana repartida por Europa fue golpeada, arrestada, utilizada como mano de obra esclava o sencillamente asesinada. Los soldados y los policías que habían colaborado con los nazis fueron arrestados y torturados.
Tampoco el fin de la guerra significó el nacimiento de una nueva era de armonía étnica en Europa. De hecho, en algunas partes de Europa las tensiones étnicas empeoraron. Siguieron discriminando a los judíos, al igual que durante la guerra misma. Una vez más, por todas partes las minorías se convirtieron en objetivos políticos, y en algunas zonas ello condujo a atrocidades exactamente igual de repugnantes que las cometidas por los nazis. El periodo de posguerra contempló también el lógico final de los esfuerzos de los nazis por clasificar y segregar las distintas razas. Entre 1945 y 1947, decenas de millones de hombres, mujeres y niños fueron expulsados de sus países en unas de las mayores acciones de limpieza étnica que el mundo ha visto nunca. Este es un tema que los admiradores del «milagro europeo» rara vez discuten.
La historia de Europa en el periodo inmediato de posguerra no es por lo tanto, y sobre todo, una de reconstrucción y rehabilitación —es en primer lugar una historia de la caída en la anarquía.

Continente Salvaje: Europa Después De La Segunda Guerra Mundial de Keith Lowe es un libro excelente y un estudio innovador de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.
He leído muchos libros sobre la guerra y los campos de concentración y la violencia y las atrocidades que tuvieron lugar en Europa en ese momento.
En realidad, nunca había leído un libro sobre las secuelas de la guerra, aunque a menudo me había preguntado acerca de este período de la historia.
La Guerra Mundial dejó a Europa en el caos. Paisajes habían sido devastados, ciudades enteras arrasadas y más de 35 millones de personas muertas. En la mayor parte del continente, las instituciones que ahora damos por sentadas, como la policía y los medios de comunicación, el transporte y el gobierno nacional, estaban ausentes o comprometidas irremediablemente. Las tasas de criminalidad se dispararon, las economías colapsaron y la población europea estuvo al borde de la inanición.
Este libro está dividido en 4 secciones que tratan sobre el legado de la guerra, la venganza, la limpieza étnica y la guerra civil.
La mayoría de nosotros tenemos la impresión de que el fin de la Guerra significó el fin de la matanza y el sufrimiento. Pero la verdad es que la matanza y el sufrimiento siguieron y continuaron. Lo que siguió al final de la guerra fue tan malo como mucho de lo que sucedió durante ella y continuó durante casi 10 años. Y los responsables no eran nazis sin corazón; en muchos casos eran los buenos, los Aliados victoriosos.
Inmediatamente después, la crueldad, incluso el salvajismo, de lo que se perpetró no solo a los soldados alemanes sobrevivientes sino también a los civiles y colaboradores en varios países que habían sido ocupados fue impactante. Me sorprendió mucho cómo las mujeres en particular sufrieron terriblemente después de la guerra.
Este es ciertamente un libro minuciosamente investigado y Keith Lowe realmente pinta los hechos muy claramente y documenta sus fuentes al final del libro. Lowe no toma partido en esta dolorosa historia, pero trata de llevar los hechos y la información al lector en cada capítulo y realmente creo que tuvo éxito en su tarea.
Esta no es la lectura más fácil, pero sin duda es educativo y aprendí tanto que me encontré tomando notas mientras leía este libro.
El libro ofrece una visión general del colapso social, económico, físico y moral de Oriente y Occidente, desde la crisis de las personas desplazadas hasta la incapacidad de los aliados (especialmente, al parecer, los estadounidenses) para hacer frente a la afluencia de prisioneros de guerra y menos aún para procesarlos realmente; de la limpieza étnica de alemanes de Polonia, polacos de Ucrania…
Las tres partes más impresionantes de la escritura son la forma en que Lowe muestra cómo los eventos descritos llevaron a la creación de mitos nacionales (esos pobres viejos alemanes que son tratados tan mal por los desagradables polacos, como se mencionó) y luego los muestra al «vacío», «Espejo de guerra», mostrando que nada ocurrió en el vacío, y colocándolos en el contexto adecuado.
Dada la cantidad de terreno cubierto, es un poco breve, pero está bien escrito y vale la pena echarle un vistazo como un comienzo para analizar los problemas del período inmediato de la posguerra.

Es difícil transmitir en términos elocuentes la magnitud de la ruina que causó la Segunda Guerra Mundial. Varsovia era simplemente un ejemplo de ciudad destruida —sólo en Polonia hubo docenas más. En el conjunto de Europa cientos de ciudades fueron parcial o totalmente arrasadas. Las fotografías tomadas después de la guerra pueden dar una idea del calibre de la destrucción de ciudades en particular, pero cuando se intenta multiplicar esta desolación por todo el continente escapa por fuerza a toda comprensión. En algunos países —sobre todo Alemania, Polonia, Yugoslavia y Ucrania— aplastaron un milenio de cultura y arquitectura en el intervalo de unos pocos años. Más de un historiador ha vinculado la violencia que provocó semejante devastación total con Armagedón.
Al otro lado del canal de La Mancha el daño no fue tan generalizado, sino mucho más concentrado. Caen, por ejemplo, fue prácticamente barrida del mapa cuando los Aliados desembarcaron en Normandía en 1944: el 75% de la ciudad fue arrasado por las bombas aliadas. Saint-Lô y El Havre sufrieron aún más, con un 77% y un 82% de los edificios destruidos. Cuando los Aliados desembarcaron en el sur de Francia, más de 14.000 edificios de Marsella estaban destrozados en parte o en su totalidad. Según los registros gubernamentales de las reclamaciones de indemnización y préstamos por las pérdidas debidas a la guerra, 460.000 edificios franceses fueron destruidos y 1,9 millones más dañados.
Cuanto más al este se viajaba después de la guerra, mayor era la devastación. En Budapest, el 84% de los edificios estaban dañados, y el 30% de ellos en tan mal estado que eran totalmente inhabitables.
Mientras que la devastación en las ciudades había alcanzado su punto más dramático, las comunidades rurales sufrían a menudo tanto como ellas. Por todo el continente las granjas eran saqueadas, incendiadas, inundadas o simplemente abandonadas a causa de la guerra. Las marismas del sur de Italia, drenadas tan asiduamente por Mussolini, fueron de nuevo inundadas adrede por los alemanes en retirada, lo que motivó un rebrote de la malaria. Más de medio millón de acres de Holanda (219.000 hectáreas) se arruinaron cuando las tropas alemanas abrieron aposta los diques que mantenían el mar a raya. El alejamiento de los principales escenarios de la guerra no protegía de semejante trato.
La devastación física de Europa fue más allá de la mera pérdida de sus edificios e infraestructuras. Fue más allá, incluso, de la destrucción de siglos de cultura y arquitectura. Lo que verdaderamente tenían las ruinas de perturbador era lo que simbolizaban. Como expresó un militar británico, los montones de escombros constituían «un monumento al poder de autodestrucción del hombre». Para cientos de millones de personas era un recordatorio diario de la barbarie que presenció el continente y que podría resurgir en cualquier momento.

Si la destrucción física de Europa resulta muy difícil de comprender, el coste humano de la guerra lo es aún más.
En algunos aspectos, el bombardeo de Hamburgo puede considerarse un microcosmos de lo que ocurrió en Europa durante la guerra. Como en el resto del continente, las bombas transformaron la ciudad en un paisaje de ruinas —y sin embargo, hubo sectores que se encontraron serena y milagrosamente intactos. Al igual que ocurrió en otras muchas partes de Europa, se evacuaron suburbios enteros tras el bombardeo, y prácticamente continuaron desiertos durante los años siguientes. De nuevo y como en todos lados, las víctimas eran de muchas nacionalidades y de todo tipo de profesiones y condiciones sociales.
No obstante, también existen marcados contrastes entre la suerte de esta ciudad y la del resto del continente. Por muy terrorífico que fuera el bombardeo de Hamburgo, en realidad mató a menos del 3 % de la población mientras que la tasa de mortalidad en Europa en su conjunto fue más del doble. La cantidad de gente que murió como consecuencia directa de la Segunda Guerra Mundial en Europa es verdaderamente impresionante: entre 35 y 40 millones de personas en total. Es decir, el equivalente entre la población total antes de la guerra de Polonia (35 millones) y la de Francia (42 millones).
El mayor número absoluto de muertos en la guerra corresponde a la Unión Soviética: aproximadamente 27 millones de personas. Una vez más, esta cifra incomprensible oculta por fuerza enormes variaciones regionales. No existen cifras fiables para las regiones de Bielorrusia o Ucrania, por ejemplo, las cuales en aquella época no se consideraban internacionalmente países aparte —pero la mayor parte de los cálculos de muertos en combate ucranianos eleva la cifra a 7-8 millones. Si esta cifra es correcta, a uno de cada cinco ucranianos lo mató la guerra. La lista de víctimas bielorrusa está considerada la mayor de todas, pues murió una cuarta parte de la población.
En la actualidad, como en 1945, es casi imposible captar lo que esta estadística significa en la práctica, y todo intento de dar vida a las cifras está condenado al fracaso. Podría decirse que el número total de víctimas arroja un promedio de una muerte cada cinco segundos durante casi seis largos años —pero tales cosas son inimaginables. Hasta los que sufrieron la guerra, los que presenciaron masacres, los que vieron campos atestados de cuerpos sin vida y fosas comunes rebosantes de cadáveres son incapaces de comprender la verdadera magnitud de la matanza que tuvo lugar en toda Europa durante la guerra.
Quizá la única forma de acercarse a la comprensión de lo sucedido es dejar de imaginar que Europa es un lugar poblado de muertos, y en cambio pensar que es un lugar que se caracteriza por la ausencia. Casi todos los que sobrevivieron a la guerra habían perdido amigos y familiares en ella. En efecto, pueblos enteros, localidades enteras y hasta ciudades enteras habían sido borrados, y con ellos sus poblaciones. Zonas extensas de Europa en las que una vez residieron comunidades bulliciosas y prósperas estaban ahora totalmente vacías de gente. Lo que definió la atmósfera de la Europa de posguerra no fue la presencia de la muerte, sino más bien la ausencia de aquellos que habían ocupado las salas de estar de Europa, sus tiendas, sus calles, sus mercados.

Si la Segunda Guerra Mundial mató más europeos que cualquier otra guerra de la historia, fue también la causa de algunos de los mayores movimientos de población que el mundo ha visto nunca. En la primavera de 1945, Alemania estaba atestada de trabajadores extranjeros. Al final de la guerra el país tenía casi ocho millones de obreros forzados traídos de todos los rincones de Europa para trabajar en las fábricas y granjas alemanas. Sólo en el oeste de Alemania, la UNRRA, la Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción, atendió y repatrió a más de 6,5 millones de desplazados. La mayoría de ellos procedía de la Unión Soviética, Polonia y Francia, aunque también había un número importante de italianos, belgas, holandeses, yugoslavos y checos. Una gran proporción de estos desplazados eran mujeres y niños. Uno de los muchos aspectos que hacen que la Segunda Guerra Mundial sea única entre las guerras modernas es el hecho de que se hizo prisionera a una gran cantidad de civiles además de los prisioneros militares tradicionales. En efecto, las mujeres y los niños, así como los hombres, fueron tratados como botín de guerra. Fueron esclavizados de un modo que no se había visto en Europa desde la época del Imperio romano.
El programa paneuropeo de expulsiones étnicas que tendría lugar después de la guerra sólo fue posible porque el concepto de comunidades estables, inalterado durante generaciones, fue erradicado de una vez por todas. La población de Europa ya no era una constante fija. Ahora era inestable, volátil —pasajera.

Una de las pocas cosas que unió a Europa durante la guerra fue la omnipresencia de la hambruna. El comercio internacional de alimentos se tambaleó casi en cuanto estalló la guerra, y cesó por completo cuando los diversos bloqueos militares empezaron a tomar fuerza en todo el continente. Los primeros alimentos en desaparecer fueron las frutas importadas. En Gran Bretaña, el público intentó tomárselo con buen humor. En los escaparates de las tiendas de frutas y verduras empezaron a aparecer carteles afirmando «Sí, no tenemos plátanos», y en 1943 el largometraje Millions Like Us (Millones como nosotros) empezaba con la definición irónica de una naranja sobre la pantalla, supuestamente para aquellos que no recordaban qué aspecto tenía. Una de las carencias que se hizo sentir con mayor rapidez fue la del café, que se volvió tan escaso que la población se vio obligada a beber diversos sucedáneos hechos de achicoria, raíces de dientes de león o bellota.
El hambre era uno de los problemas más difíciles y apremiantes del periodo inmediatamente posterior a la guerra. Los gobiernos aliados comprendieron esto ya en 1943, e hicieron de la distribución de alimentos su principal prioridad. Pero hasta los políticos y administradores más ilustrados solían considerar la comida como una necesidad puramente física. A los de la vanguardia, que tenían un contacto directo con la gente que pasaba hambre, les quedó admitir que la comida también tenía una dimensión espiritual.

La infracción más común después de la guerra era comprar o vender artículos en el mercado negro. Una vez más, la gente consideraba que el comercio ilegal durante la guerra era un acto de resistencia: todas las mercancías, y en particular los alimentos que se vendían en el mercado negro se les negaba a los ocupantes alemanes. En Francia, por ejemplo, se entregaban al matadero 350.000 animales menos al año de lo que se registraba oficialmente: esos animales acababan en la mesa de los franceses en lugar de la del ocupante. Los productores de leche se veían forzados a menudo a recurrir al mercado negro para sobrevivir: en un continente donde los sistemas de transporte estaban tan dañados no podían confiar en una recogida de leche diaria, y no tuvieron más remedio que crear redes locales oficiosas para asegurarse la venta de sus productos. En toda la Europa occidental las redes oficiosas llegaron a ser tan amplias como el mercado oficial. En la Europa oriental, donde la intención de los nazis era requisar tantos alimentos como fuera posible, ocurría lo mismo.
Mientras que el comercio ilegal pudo haber sido inevitable, y hasta algunas veces comprensible en tiempos de guerra, una vez finalizadas las hostilidades resultó ser un hábito difícil de romper. En efecto, tras el hundimiento de todos los sistemas administrativos y de transportes así como el quebranto de la ley y el orden, el problema realmente se agudizó. Para el otoño de 1946 las actividades en el mercado negro eran tan comunes que la mayoría de la gente ni siquiera lo consideraba un delito. «No es exagerado decir que todos los hombres, mujeres y niños de Europa occidental se dedican en mayor o menor medida al comercio ilegal de uno u otro tipo», afirmaba el jefe de la UNRRA para Alemania occidental en una carta al Foreign Office británico. «De hecho, en grandes zonas de Europa no es posible ganarse la vida sin hacerlo.»
Era imposible respetar la ley cuando toda la población se burlaba de ella cada día.
El robo y el comercio ilegal suponían un grave problema en toda Europa, la amenaza omnipresente de la violencia constituía una situación crítica. Como ya he dicho, la violencia extrema era para muchos un hecho cotidiano. Para el final de la guerra, los alemanes se habían acostumbrado a que les bombardearan día y noche: la presencia de cadáveres en los escombros era bastante normal. En menor medida podría decirse lo mismo de Gran Bretaña, norte de Francia, Holanda, Bélgica, Bohemia y Moravia, Austria, Rumania, Hungría, Yugoslavia e Italia. Más al este, la población había visto sus ciudades pulverizadas por la artillería, y con ellas a seres humanos. Para millones de soldados ésta era también una experiencia cotidiana.
Fuera de la zona de combate la violencia era igual de brutal e incesante, aunque a un nivel más personal. En miles de campos de trabajos forzados y campos de concentración en Europa los internos eran golpeados salvajemente todos los días. Por toda Europa oriental se cazaba y asesinaba a los judíos. En el norte de Italia, a los disparos de los colaboracionistas les seguía un periodo interminable de represalias y contrarrepresalias que algunas veces adoptaba un clima de vendettas.
La violación siempre se ha asociado a la guerra: en general, cuanto más brutal sea, más probable es que conlleve la violación de las mujeres enemigas. En las etapas finales de la Segunda Guerra Mundial los peores casos de violación sucedieron sin duda en las zonas donde el combate era más intenso, y los casos que se conocen indican que las propias mujeres se daban cuenta de que corrían más peligro durante y justo después de periodos intensos de lucha.43 Incluso algunos testigos de la época daban a entender que la violación era inevitable, dada la ferocidad de las batallas en las que participaban esos soldados: «¿Qué se puede hacer?», dijo un oficial ruso. «Es la guerra; la gente se embrutece.»
Los peores casos tuvieron lugar en la Europa del Este, en las zonas de Silesia y Prusia Oriental en las que los soldados soviéticos pisaron suelo alemán por primera vez. Pero la violación no se limitaba a las zonas en torno al lugar donde se producían los combates. Ni mucho menos —de hecho la violación aumentó en todas partes durante la guerra, incluso en zonas donde no se combatía. En Gran Bretaña e Irlanda del Norte, por ejemplo, los delitos sexuales, entre ellos la violación, aumentaron casi un 50% entre 1939 y 1945 —un hecho que causó enorme preocupación en esa época.
El gran aumento de las violaciones que se produjeron en Europa durante la etapa final de la guerra y posteriormente no tiene una explicación fácil, pero hay tendencias concretas que son comunes a todo el continente. Como siempre, el problema era muchísimo peor en el frente oriental que en el occidental. Aunque de vez en cuando la población civil masculina era la responsable de cometer el delito, la inmensa mayoría de las veces era un problema militar: cuando los ejércitos de los Aliados se reunieron en Alemania desde todas partes, les acompañó una ola de violencia sexual, además de otros delitos.
Los horrores del régimen nazi encontraron por fin un reflejo en el pensamiento y los escritos de los Aliados. En un periódico británico convencional se propuso el exterminio como solución moral a la maldad que Hitler había desatado en Europa. No hay nada que distinga estas ideas de algunos de los artículos alemanes más furibundos de Goebbels en el Völkischer Beobachter. La diferencia —y es enorme— es que en Gran Bretaña los hombres con semejantes ideas no llevaban las riendas del poder, y por lo tanto tales propuestas nunca se llevaron a cabo. Pero el mero hecho de que estos pensamientos pudieran expresarse en los medios de comunicación nacionales demuestra lo dañada que estaba la moralidad incluso en los países que no habían sido ocupados durante la guerra.

A pesar de que la vida de las personas y su entorno físico habían sido destruidos, el fin de la guerra también trajo consigo una gran cantidad de optimismo. Cuando en mayo de 1945 los europeos miraron a su alrededor, descubrieron que en realidad había mucho de lo que sentirse orgullosos. No todos los cambios que les habían impuesto eran del todo negativos. La eliminación de las dictaduras había dejado un continente más libre, más seguro y más justo de lo que había sido antes de la guerra, y por fin se habían podido restablecer los gobiernos democráticos —incluso, durante un tiempo, en gran parte del este de Europa. Había una sensación universal de que trajera lo que trajese el futuro, sería como mínimo más prometedor que el periodo por el que acababan de pasar.
Los años de posguerra contemplaron una explosión de actividad e idealismo en todos los niveles de la sociedad. El arte, la música y la literatura volvieron a florecer, y cientos de nuevos periódicos y revistas se fundaron por todo el continente. Nacieron nuevas filosofías, que anticipaban un mundo de optimismo y acción, en el que la condición humana.

Los Aliados no estaban en absoluto preparados para lidiar con los problemas complejos y generalizados a los que se enfrentaron inmediatamente después de la guerra. Sus soldados y administradores eran superados en número por millones y millones de desplazados a quienes tenían que alimentar, vestir, alojar y repatriar de alguna manera. Era de esperar que distribuyeran alimentos y medicinas a decenas de millones de civiles del país, muchos de los cuales se habían quedado sin hogar, estaban hambrientos y traumatizados por el conflicto. Tuvieron que crear e impulsar administraciones civiles, en muchos casos desde cero, de un modo que tuviera en cuenta las sensibilidades de una población cuya lengua y costumbres no entendían la mayoría de los soldados aliados. Se vieron obligados a actuar como una fuerza policial en un continente que estaba sumido en el caos y la anarquía, y donde las armas se conseguían gratis. Y de algún modo debían motivar a un pueblo desmoralizado para que recogiera los escombros y reconstruyera las vidas destrozadas.
Todo esto tuvo que realizarse en una atmósfera de odio y rencor. En todas partes odiaban a los alemanes por generar la guerra en primer lugar, pero también por la forma en que los nazis la habían conducido. Los acontecimientos de los seis años anteriores también habían inflamado, o reavivado en algunos casos, otros odios nacionales: griegos contra búlgaros, serbios contra croatas, rumanos contra húngaros, polacos contra ucranianos. Empezaron a estallar conflictos fratricidas en el interior de las naciones basados en las distintas concepciones sociales y políticas de cómo debería ser una nueva sociedad después de la guerra.

Palestina les dio la esperanza de un estado judío en el que no les persiguieran, porque ellos mismos eran los amos. Por lo tanto, hicieron lo que pudieron por salir de forma ilegal de la Europa continental y unirse a sus hermanos tratando de encontrar la nueva tierra de Israel. A los judíos no les interesaba a largo plazo vengarse de Alemania o causar problemas a los Aliados que, en definitiva, les salvaron de una completa extinción. Por eso, la venganza se dejó muchas veces en manos de otros antiguos prisioneros a quienes los nazis habían perseguido. Sin duda no faltaban grupos que tenían también un interés en ello.

Si después de los primeros días de la liberación no se produjo una venganza a gran escala de los antiguos trabajadores esclavos, es en gran parte porque los desplazados en Alemania no se encontraron nunca en una situación de auténtico poder. Si les hubieran puesto a cargo de campos donde los alemanes se hubieran convertido en prisioneros —como ocurrió en otras partes de Europa— la situación hubiera sido distinta.
Así las cosas, los únicos que lograron una verdadera supremacía en Alemania —cuyo poder, en efecto, podría decirse que era absoluto en algunas circunstancias— fueron los militares aliados. Los ejércitos de ocupación tuvieron muchas más oportunidades de venganza después de la guerra de las que alguna vez tuvieron los desplazados.
Desde entonces, la reacción de los soldados aliados y sus jefes a estas oportunidades ha sido objeto de polémica.
Si la venganza es una función del poder, entonces la verdadera venganza sólo se consigue cuando la relación de poder entre el agresor y la víctima se invierte por completo. El que carece de poder debe tornarse todopoderoso, y el sufrimiento infligido debe ser en cierto modo equivalente al padecido.
Esto no ocurrió a gran escala dentro de Alemania porque la presencia de los Aliados lo impidió. Los trabajadores esclavos liberados no podían encabezar la esclavización de sus antiguos amos. Los supervivientes de los campos de concentración no tenían que encargarse de los prisioneros alemanes. Pero hubo otros países en los que sí se presentaron tales circunstancias, tanto a nivel individual como colectivo.
En especial en Polonia y Checoslovaquia, pero también en Hungría, los Estados Bálticos e incluso en Rusia, había grandes poblaciones de expatriados de habla alemana establecidas desde hacía mucho tiempo y conocidas en su conjunto como el Volksdeutsch (pueblo alemán). Estas personas, que habían recibido todo tipo de privilegios durante la guerra, se convirtieron entonces en el blanco de la furia popular.

Los movimientos de resistencia en los países ocupados presentan todo tipo de excusas por el comportamiento de sus mujeres y chicas. A las mujeres que se acostaban con alemanes las catalogaban de ignorantes, pobres, y hasta de deficientes mentales. Afirmaban que eran violadas y que sólo se acostaban con alemanes por una necesidad económica. Si bien éste era sin duda el caso de algunas, unos estudios recientes muestran que las mujeres que se acostaban con soldados alemanes procedían de todas las clases y condiciones sociales. En toda Europa las mujeres se acostaban con alemanes no porque se vieran obligadas a ello, o porque sus propios hombres estuvieran ausentes, o porque necesitaran dinero y comida —sino sencillamente porque encontraban tremendamente atractiva la imagen fuerte, «caballeresca» de los soldados alemanes, sobre todo comparándola con la débil impresión que tenían de sus propios hombres. En Dinamarca, por ejemplo, los encuestadores en tiempo de guerra se quedaron asombrados al descubrir que el 51 % de las danesas admitían con toda franqueza que encontraban a los alemanes más atractivos que a sus propios compatriotas.

Rumania era uno de los pocos países del este de Europa que se había visto relativamente poco afectado por la Segunda Guerra Mundial. Los Aliados habían bombardeado exhaustivamente algunas zonas, y el avance del Ejército Rojo había devastado el noroeste —pero en comparación con Polonia, Yugoslavia y Alemania oriental, donde la guerra había barrido casi por completo las estructuras de poder tradicionales, las instituciones rumanas permanecieron en gran parte intactas. Por lo tanto, para los comunistas, hacerse con el poder absoluto aquí no era simplemente cuestión de imponer un nuevo sistema partiendo de cero —primero habría que desmantelar el viejo sistema. La forma brutal y amenazadora con la que fueron liquidadas y reemplazadas las antiguas instituciones rumanas es una clase magistral sobre métodos totalitarios.
La historia de la Rumania de posguerra comienza el verano de 1944 con un cambio de régimen repentino y dramático. Hasta ese momento, el país había estado gobernado por una dictadura militar encabezada por el mariscal Ion Antonescu, y englobado dentro de una férrea alianza con Alemania. Había entrado en la guerra con bastante entusiasmo, y las tropas rumanas habían luchado junto a la Wehrmacht hasta la batalla de Stalingrado. Sin embargo, tras la derrota del ejército nazi en esa batalla resultaba cada vez más evidente que Alemania iba a perder la guerra. Muchos rumanos se dieron cuenta de que la única forma de evitar que el Ejército Rojo les aplastara era cambiar de bando. Se formó en secreto una gran alianza de partidos de la oposición y, convencidos de que Antonescu seguiría al lado de Hitler hasta el final, decidieron derribarle.
El motor del golpe fue el dirigente del Partido Nacional Campesino, Iuliu Maniu. Él fue el primer instigador del complot, y el que más participó en las conversaciones de paz secretas con los Aliados. Su partido fue con mucho el más popular de la oposición durante y después de la guerra, y era de esperar que ocupase la mayor parte de los principales cargos de gobierno si el golpe triunfaba. Los demás conspiradores importantes eran políticos del Partido Socialdemócrata, el Partido Nacional Liberal, el Partido Comunista y —como figura decorativa del grupo— el joven monarca del país, el rey Miguel.
La transformación por la que pasó Rumania entre los años 1944 y 1949 es bastante asombrosa. En esos pocos años el país cambió de una floreciente democracia a una dictadura estalinista en toda regla. Es extraordinario que los comunistas fueran capaces de lograrlo mediante un proceso en gran medida político, si bien no exento de manipulación, y no por medio de cualquier clase de revolución violenta. Pero el hecho de que Rumania no se hundiera en el mismo tipo de guerra civil en el que se sumió Grecia no debe llevarnos a interpretar que el proceso fuera en absoluto pacífico. Desde la intimidación de los sindicalistas al arresto de políticos, desde las manifestaciones masivas y a menudo turbulentas en las ciudades a la represión de los campesinos y agricultores en el campo, la violencia o la amenaza de violencia, era algo omnipresente en Rumania después de la guerra.
Y directamente detrás de dicha amenaza de violencia, como la sombra del Partido Comunista Rumano, se encontraba el poderío de la Unión Soviética.

La polarización de Europa, y en definitiva del mundo entero en estos dos campos, iba a convertirse en la característica determinante de la segunda mitad del siglo XX. La guerra fría fue diferente a cualquier conflicto librado con anterioridad. Su magnitud fue tan grande como cualquiera de las dos guerras mundiales, y sin embargo no se combatió con armas de fuego ni tanques, sino mediante los corazones y las mentes de la población civil. Para ganárselos, ambos bandos se mostraron dispuestos a emplear todos los métodos necesarios, desde la manipulación de los medios de comunicación a la amenaza de la violencia o incluso el encarcelamiento de jóvenes griegas en campos de prisioneros políticos.
Esta nueva guerra iba a mostrarles a Europa y los europeos al mismo tiempo la importancia y la impotencia del continente en la escena mundial. Al igual que en las dos guerras mundiales de los 30 años anteriores, Europa seguía siendo el principal escenario del conflicto. Pero por primera vez en su historia, los europeos no serían los que tensaran las cuerdas: a partir de ahora serían meros peones en manos de super-potencias que estaban fuera de las fronteras de su propio continente.
El odio fue la clave del éxito del comunismo en Europa, como ponen de manifiesto infinidad de documentos que instan a los activistas del partido a fomentarlo. El comunismo no sólo alimentó la animosidad contra los alemanes, los fascistas y los colaboracionistas; también incitó a una nueva aversión hacia la aristocracia y las clases medias, los terratenientes y los kulaks. Después, a medida que la guerra mundial se convertía poco a poco en la guerra fría, estas pasiones se tradujeron en inquina hacia Estados Unidos, el capitalismo y Occidente. A cambio, todos esos grupos también aborrecieron al comunismo en igual medida.
Los comunistas no fueron los únicos que vieron una oportunidad en la violencia y el caos. Los nacionalistas también comprendieron que las tensiones producidas durante la guerra podían ser utilizadas para promover un programa alternativo, en su caso la limpieza étnica de sus países. Muchas naciones explotaron el nuevo odio hacia los alemanes en el periodo de posguerra para expulsar a las antiguas comunidades Volksdeutsch que habían vivido por todo el este de Europa durante cientos de años. Polonia aprovechó el odio hacia los ucranianos para lanzar un programa de expulsión e integración forzosa. Eslovacos, húngaros y rumanos emprendieron una serie de intercambios de población, y los grupos antisemitas utilizaron la violencia que se respiraba para hacer que los pocos judíos que quedaban se marcharan del continente. Dichos grupos aspiraban nada menos que a crear una serie de naciones-estado étnicamente puras en el centro y el este de Europa.
Los nacionalistas nunca alcanzaron sus objetivos después de la guerra, en parte porque la comunidad internacional no les dejó, pero también porque las necesidades de la guerra fría tenían prioridad sobre todo lo demás. Pero cuando la guerra fría tocó a su fin, las viejas tensiones nacionalistas empezaron a resurgir.
Recordar los pecados del pasado no es lo que provoca nuestro odio, sino la manera en que los recordamos. Lo habitual es que el periodo inmediato de posguerra haya sido descuidado, mal recordado y mal utilizado por todos nosotros. La versión de la historia de Berlusconi y Fini omite cualquier reconocimiento serio de la maldad italiana; la visión de la historia de los tártaros de Crimea pasa por alto la colaboración de sus gentes con los nazis; los expatriados alemanes pretenden equiparar la historia de su propio sufrimiento al sufrimiento de los judíos.
Aquellos que deseen aprovecharse del odio y el rencor en beneficio propio, siempre tratarán de deformar el debido equilibrio entre una versión de la historia y otra. Sacan los hechos de contexto; la culpa es para ellos un juego unilateral; e intentan convencernos de que los problemas históricos son los problemas de hoy. Si queremos poner fin al ciclo de odio y violencia, tenemos que hacer precisamente lo contrario. Debemos demostrar que las ideas contrapuestas de la historia pueden coexistir. Debemos mostrar que las atrocidades del pasado encajaban en su contexto histórico, y que la culpa no sólo va unida a una de las partes, sino a una gran variedad de partes. Debemos esforzarnos en descubrir la verdad, en especial cuando se trata de estadísticas, y entonces esa verdad estará lista para distribuirla. Después de todo se trata de historia, y no hay que permitir que envenene el presente.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/28/prisioneros-de-la-historia-monumentos-y-segunda-guerra-mundial-keith-lowe-prisoners-of-history-what-monuments-to-world-war-ii-tell-us-about-our-history-and-ourselves-by-keith-lowe/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/29/continente-salvaje-europa-despues-de-la-segunda-guerra-mundial-keith-lowe-savage-continent-europe-in-the-aftermath-of-world-war-ii-by-keith-lowe/

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Imagine a world without institutions. It is a world in which the borders between countries seem to have dissolved, leaving a single infinite landscape where people travel in search of communities that no longer exist. There are no governments anymore, neither at the national level nor even at the local level. There are no schools or universities, no libraries or archives, no access to any kind of information. There are no cinemas or theaters, nor of course television. The radio works from time to time, but the signal is remote, and almost always in a foreign language. No one has seen a newspaper for weeks. There are no trains or motor vehicles, telephones or telegrams, post office, communication of any kind except that which is transmitted through word of mouth.
There are no banks, but this does not constitute a great adversity because the money no longer has any value. There are no shops, because nobody has anything to sell. Nothing is produced here: the big factories and businesses that used to be there have been destroyed or dismantled as have most buildings. There are no tools, save what can be extracted from the rubble. There’s no food.
Law and order practically do not exist, because there are no police or judicial forces. In some areas there no longer seems to be a clear sense of what is right and what is wrong. People take what they want regardless of who it belongs to… There is no shame. There is no morality. Just survival.
The fact that Europe managed to climb out of this mire, and then go on to become a prosperous and tolerant continent, seems little short of a miracle. Looking back on the feat of rebuilding that has taken place — the rebuilding of roads, railways, factories, even entire cities — it is tempting to see nothing but progress. The political renaissance that has taken place in the West is also impressive, especially the rehabilitation of Germany from a pariah nation to a responsible member of the European family in just a few years. During the post-war years there was also a new desire for international cooperation that would bring not only prosperity, but peace. The decades after 1945 have been hailed as the longest period of international peace in Europe, without exception, since the days of the Roman Empire.
Equally dubious is the idea of Stunde null. There was certainly no clean slate, much as German statesmen might have wished for it. In the aftermath of the war, waves of revenge and punishment flooded all walks of European life. The territory and assets of nations were looted, governments and institutions were purged, and the perception of what they had done during the war terrified entire communities. Some of the worst revenge was inflicted on individuals. The German civilian population scattered across Europe was beaten, arrested, used as slave labor or simply killed. Soldiers and policemen who had collaborated with the Nazis were arrested and tortured.
Nor did the end of the war mean the birth of a new era of ethnic harmony in Europe. In fact, in some parts of Europe ethnic tensions worsened. They continued to discriminate against Jews, just as during the war itself. Once again, minorities everywhere became political targets, and in some areas this led to atrocities just as disgusting as those committed by the Nazis. The post-war period also saw the logical end of the Nazis’ efforts to classify and segregate different races. Between 1945 and 1947, tens of millions of men, women and children were expelled from their countries in some of the largest acts of ethnic cleansing the world has ever seen. This is a subject that admirers of the «European miracle» rarely discuss.
The history of Europe in the immediate post-war period is therefore not, and above all, one of reconstruction and rehabilitation—it is primarily a history of falling into anarchy.

Savage Continent-Europe in the Aftermath of World War II by Keith Lowe is an excellent book and a ground breaking study of the years that followed the Second World War.
I have read a lot of books about the war and the concentrations camps and the violence and atrocities that took place in Europe at this time.
I had never actually read a book about the aftermath of the war although I had often wondered about this period in history.
The World War left Europe in chaos. Landscapes had been ravaged, entire cities razed and more that 35 million people killed. Across most of the continent the institutions that we now take for granted such as the police and the media, transport, national government were either absent or hopelessly compromised. Crime rates soared, economies collapsed and the European population hovered on the brink of starvation.
This book is divided into 4 sections dealing with The Legacy of War , Vengeance, Ethnic Cleansing and Civil War.
Most of us have the impression that the end of the War meant the end of the killing and suffering. But the truth is the killing and suffering went on and on. What followed the end of the war was as bad as much of what happened during it and continued for almost 10 years. And those responsible were not heartless Nazis; in many cases they were the good guys, the victorious Allies.
In the immediate aftermath, the cruelty, even savagery, of what was perpetrated not only on surviving German soldiers but on civilians and on collaborators in various countries which had been occupied was shocking. I was really shocked at how women in particular, suffered dreadfully in the aftermath of the war.
This is certainly a thougrouglhly researched book and Keith Lowe really paints the facts very Cleary and documents his sources at the end of the book. Lowe does not take sides in this painful story but tries to get the facts and the information to the reader in every chapter and I really think he succeded in his task.
This is not the easiest of reads but it is certainly an education and I learned so much that I found myself jotting notes down as I read this book.
The book takes an overview of the social, economic, physical and moral breakdown from both East and West, from the crisis of displaced persons to the inability of the allies (especially, it seems, the Americans) to deal with the influx of PoWs – and even less so to actually process them; from the ethnic cleansing of Germans from Poland, Poles from the Ukraine…
Three most impressive bit of the writing is the way that Lowe shows how the events described led to the creation of national myths (those poor old Germans being treat so meanly by the nasty Poles, as mentioned) and then holds them up to the ‘Cold War mirror’, showing that nothing occurred in a vacuum, and placing them in proper context.
Given the amount of ground covered,it’s a bit of a whistle stop but a well written one and worth a look as a start at looking at the issues of the immediate post war period.

It is difficult to convey in eloquent terms the magnitude of the ruin caused by the Second World War. Warsaw was just one example of a destroyed city—in Poland alone there were dozens more. In the whole of Europe hundreds of cities were partially or totally razed. Photographs taken after the war can give an idea of the scale of the destruction of particular cities, but when one tries to multiply this desolation across the continent it is necessarily beyond comprehension. In some countries—notably Germany, Poland, Yugoslavia, and the Ukraine—they crushed a millennium of culture and architecture in the space of a few years. More than one historian has linked the violence that caused such total devastation to Armageddon.
Across the English Channel the damage was not as widespread, but much more concentrated. Caen, for example, was practically wiped off the map when the Allies landed in Normandy in 1944: 75% of the city was leveled by Allied bombs. Saint-Lô and Le Havre suffered even more, with 77% and 82% of buildings destroyed. When the Allies landed in the south of France, more than 14,000 buildings in Marseilles were partially or completely destroyed. According to government records of claims for compensation and loans for losses due to the war, 460,000 French buildings were destroyed and 1.9 million more damaged.
The further east one traveled after the war, the greater the devastation. In Budapest, 84% of the buildings were damaged, and 30% of them in such a bad state that they were totally uninhabitable.
While the devastation in the cities had reached its most dramatic point, rural communities often suffered as much as they did. All over the continent farms were looted, burned, flooded or simply abandoned because of the war. The marshes of southern Italy, so assiduously drained by Mussolini, were again deliberately flooded by the retreating Germans, causing a resurgence of malaria. More than half a million acres of Holland (219,000 hectares) were ruined when German troops deliberately opened the dikes that kept the sea at bay. Distance from the main theaters of war did not protect against such treatment.
The physical devastation of Europe went beyond the mere loss of its buildings and infrastructure. It went beyond even the destruction of centuries of culture and architecture. What was truly disturbing about the ruins was what they symbolized. As one British military man put it, the piles of rubble were «a monument to man’s power of self-destruction.» For hundreds of millions of people it was a daily reminder of the barbarism that the continent witnessed and that could resurface at any moment.

If the physical destruction of Europe is very difficult to understand, the human cost of the war is even more so.
In some respects, the bombing of Hamburg can be seen as a microcosm of what happened in Europe during the war. As in the rest of the continent, the bombs transformed the city into a landscape of ruins – and yet, there were sectors that were found serenely and miraculously intact. As in many other parts of Europe, entire suburbs were evacuated after the bombardment, remaining virtually deserted for years to come. Again and as everywhere, the victims were of many nationalities and from all kinds of professions and social conditions.
However, there are also stark contrasts between the fate of this city and that of the rest of the continent. As terrifying as the bombing of Hamburg was, it actually killed less than 3% of the population while the death rate in Europe as a whole was more than double. The number of people who died as a direct result of the Second World War in Europe is truly impressive: between 35 and 40 million people in total. That is, the equivalent between the total population before the war of Poland (35 million) and that of France (42 million).
The largest absolute number of dead in the war corresponds to the Soviet Union: approximately 27 million people. Once again, this incomprehensible figure perforce hides huge regional variations. There are no reliable figures for the regions of Belarus or Ukraine, for example, which were not considered separate countries internationally at the time—but most estimates of Ukrainian combat deaths put the figure at 7-8 million. If this figure is correct, one in five Ukrainians was killed by the war. The list of Belarusian victims is considered the largest of all, since a quarter of the population died.
Today, as in 1945, it is almost impossible to grasp what this statistic means in practice, and any attempt to bring the figures to life is doomed to failure. The total number of victims arguably averages one death every five seconds for nearly six long years—but such things are unimaginable. Even those who suffered from the war, those who witnessed massacres, those who saw fields littered with dead bodies and mass graves overflowing with corpses, are unable to understand the true scale of the carnage that took place throughout Europe during the war.
Perhaps the only way to get closer to understanding what happened is to stop imagining that Europe is a place populated by the dead, and instead to think that it is a place characterized by absence. Almost everyone who survived the war had lost friends and family in it. Indeed, entire villages, entire towns and even entire cities had been wiped out, and with them their populations. Large areas of Europe that once housed bustling and prosperous communities were now totally empty of people. What defined the atmosphere of post-war Europe was not the presence of death, but rather the absence of those who had occupied Europe’s living rooms, its shops, its streets, its markets.

If World War II killed more Europeans than any other war in history, it was also the cause of some of the largest population movements the world has ever seen. In the spring of 1945, Germany was swarming with foreign workers. At the end of the war the country had almost eight million forced laborers brought from all corners of Europe to work in German factories and farms. In western Germany alone, UNRRA, the United Nations Relief and Reconstruction Administration, cared for and repatriated more than 6.5 million displaced people. Most of them came from the Soviet Union, Poland and France, although there were also a significant number of Italians, Belgians, Dutch, Yugoslavians and Czechs. A large proportion of these displaced were women and children. One of the many aspects that makes World War II unique among modern warfare is the fact that a large number of civilians were taken prisoner in addition to the traditional military prisoners. In effect, women and children, as well as men, were treated as spoils of war. They were enslaved in a way not seen in Europe since the days of the Roman Empire.
The pan-European program of ethnic expulsions that would take place after the war was only possible because the concept of stable communities, unchanged for generations, was eradicated once and for all. The population of Europe was no longer a fixed constant. Now it was unstable, volatile—temporary.

One of the few things that united Europe during the war was the pervasiveness of famine. The international food trade faltered almost as soon as the war broke out, and ceased altogether when the various military blockades began to take hold across the continent. The first foods to disappear were imported fruits. In Britain, the public tried to take it in good humor. Signs began to appear in the windows of fruit and vegetable stores stating «Yes, we don’t have bananas», and in 1943 the feature film Millions Like Us (Millions like us) began with the ironic definition of an orange on the screen, supposedly to those who did not remember what it looked like. One of the shortcomings that made itself felt most quickly was that of coffee, which became so scarce that the population was forced to drink various substitutes made from chicory, dandelion roots or acorns.
Hunger was one of the most difficult and pressing problems of the immediate post-war period. Allied governments understood this as early as 1943, and made food distribution their top priority. But even the most enlightened politicians and administrators used to regard food as a purely physical necessity. Those at the forefront, who had direct contact with hungry people, were left to admit that food also had a spiritual dimension.

The most common offense after the war was to buy or sell items on the black market. Once again, people saw the illegal trade during the war as an act of resistance: all goods, and in particular food, that were sold on the black market were denied to the German occupiers. In France, for example, 350,000 fewer animals were delivered to the slaughterhouse each year than was officially recorded: those animals ended up on the French table instead of the occupant’s. Dairy farmers were often forced to turn to the black market to survive: on a continent where transport systems were so damaged they could not rely on a daily milk collection, and had no choice but to set up informal local networks to ensure the sale of their products. Throughout Western Europe, informal networks became as extensive as the official market. In Eastern Europe, where the Nazis’ intention was to requisition as much food as possible, the same thing happened.
While the illegal trade may have been unavoidable, and sometimes even understandable in times of war, once hostilities ended it proved to be a difficult habit to break. Indeed, after the collapse of all administrative and transport systems as well as the breakdown of law and order, the problem really became more acute. By the fall of 1946, black market activity was so common that most people didn’t even consider it a crime. «It is no exaggeration to say that all the men, women and children of Western Europe are engaged to a greater or lesser extent in illegal trade of one kind or another,» the UNRRA chief for West Germany said in a letter to the British Foreign Office. “In fact, in large parts of Europe it is not possible to make a living without doing it.”
It was impossible to respect the law when the entire population mocked it every day.
Theft and illegal trade were a serious problem throughout Europe, the ever-present threat of violence was a critical situation. As I have already said, extreme violence was for many a daily occurrence. By the end of the war, the Germans had gotten used to being bombed day and night: the presence of corpses in the rubble was quite normal. To a lesser extent the same could be said of Great Britain, northern France, Holland, Belgium, Bohemia and Moravia, Austria, Romania, Hungary, Yugoslavia and Italy. Farther east, the population had seen their cities pulverized by artillery, and with them humans. For millions of soldiers this was also a daily experience.
Outside the combat zone the violence was just as brutal and relentless, though on a more personal level. In thousands of labor camps and concentration camps in Europe, inmates were savagely beaten every day. Throughout Eastern Europe, Jews were hunted down and killed. In northern Italy, shootings by collaborators were followed by an endless period of retaliation and counter-retaliation that sometimes took on a climate of vendettas.
Rape has always been associated with war: in general, the more brutal it is, the more likely it is to involve the rape of enemy women. In the final stages of the Second World War the worst cases of rape undoubtedly occurred in the areas where the fighting was most intense, and the known cases indicate that the women themselves realized that they were in more danger during and just after. of intense periods of fighting.43 Even some witnesses at the time implied that rape was inevitable, given the ferocity of the battles in which these soldiers participated: “What can be done?” said a Russian officer. “It is war; people get dumbed down».
The worst cases were in Eastern Europe, in the areas of Silesia and East Prussia where Soviet soldiers first set foot on German soil. But the rape was not limited to the areas around the site of the fighting. Far from it—in fact rape increased everywhere during the war, even in areas where there was no fighting. In Great Britain and Northern Ireland, for example, sexual offences, including rape, increased by nearly 50% between 1939 and 1945—a development that caused enormous concern at the time.
The large increase in rape that occurred in Europe during the final stage of the war and afterwards is not easily explained, but there are specific trends that are common to the entire continent. As always, the problem was far worse on the Eastern Front than on the Western. Although from time to time the male civilian population was responsible for committing the crime, the vast majority of the time it was a military problem: when the armies of the Allies converged on Germany from all sides, they were accompanied by a wave of sexual violence, in addition to other crimes.
The horrors of the Nazi regime at last found a reflection in the thinking and writings of the Allies. Extermination was proposed in a mainstream British newspaper as a moral solution to the evil that Hitler had unleashed on Europe. There is nothing to distinguish these ideas from some of Goebbels’s most furious German articles in the Völkischer Beobachter. The difference – and it is enormous – is that in Britain men with such ideas did not hold the reins of power, and therefore such proposals were never carried out. But the mere fact that these thoughts could be expressed in the national media shows how damaged morality was even in countries that had not been occupied during the war.

Even though people’s lives and their physical environment had been destroyed, the end of the war also brought with it a great deal of optimism. When Europeans looked around them in May 1945, they discovered that there was indeed much to be proud of. Not all the changes that had been imposed on them were entirely negative. The removal of dictatorships had left a continent freer, safer, and fairer than it had been before the war, and democratic governments had finally been restored—even, for a time, in much of eastern Europe. There was a universal feeling that whatever the future brought, it would be at least more promising than the period they had just passed through.
The postwar years saw an explosion of activity and idealism at all levels of society. Art, music, and literature flourished again, and hundreds of new newspapers and magazines were founded across the continent. New philosophies were born, anticipating a world of optimism and action, in which the human condition.

The Allies were totally unprepared to deal with the complex and pervasive problems they faced in the immediate aftermath of the war. Their soldiers and administrators were outnumbered by millions and millions of displaced people whom they had to feed, clothe, house and somehow repatriate. They were expected to distribute food and medicine to tens of millions of civilians in the country, many of whom had been left homeless, hungry and traumatized by the conflict. They had to create and run civil administrations, in many cases from scratch, in a way that took into account the sensitivities of a population whose language and customs were not understood by most Allied soldiers. They were forced to act as a police force on a continent that was in chaos and anarchy, and where weapons were freely available. And somehow they had to motivate a demoralized people to pick up the rubble and rebuild shattered lives.
All this had to be done in an atmosphere of hatred and rancor. Everywhere they hated the Germans for causing the war in the first place, but also for the way the Nazis had conducted it. The events of the previous six years had also inflamed, or in some cases reignited, other national hatreds: Greeks against Bulgarians, Serbs against Croats, Romanians against Hungarians, Poles against Ukrainians. Fratricidal conflicts began to break out within nations based on different social and political conceptions of what a new society should look like after the war.

Palestine gave them the hope of a Jewish state in which they would not be persecuted, because they themselves were the masters. Therefore, they did what they could to illegally leave mainland Europe and join their brothers in trying to find the new land of Israel. The Jews had no long-term interest in taking revenge on Germany or causing trouble for the Allies who ultimately saved them from complete extinction. For this reason, revenge was often left to other former prisoners whom the Nazis had persecuted. Certainly there was no lack of groups that also had an interest in it.

If after the first days of liberation there was no large-scale revenge of the former slave workers, it is largely because the displaced in Germany never found themselves in a situation of real power. If they had been put in charge of camps where Germans had become prisoners – as happened in other parts of Europe – the situation would have been different.
Thus, the only ones who achieved true supremacy in Germany —whose power, in fact, could be said to be absolute in some circumstances— were the Allied military. The occupying armies had far more opportunities for revenge after the war than the displaced ever did.
Since then, the reaction of Allied soldiers and their commanders to these opportunities has been controversial.
If revenge is a function of power, then true revenge is only achieved when the power relationship between the aggressor and the victim is completely reversed. He who is powerless must become all-powerful, and the suffering inflicted must be in some way equal to that suffered.
This did not happen on a large scale within Germany because the Allied presence prevented it. Freed slave workers could not lead the enslavement of their former masters. Concentration camp survivors did not have to deal with German prisoners. But there were other countries in which such circumstances did arise, both individually and collectively.
In Poland and Czechoslovakia especially, but also in Hungary, the Baltic States, and even Russia, there were large, long-established German-speaking expatriate populations collectively known as the Volksdeutsch (German people). These people, who had received all kinds of privileges during the war, then became the target of popular fury.

The resistance movements in the occupied countries make all kinds of excuses for the behavior of their women and girls. Women who slept with Germans were classified as ignorant, poor, and even mentally deficient. They claimed that they were raped and that they only slept with Germans out of economic necessity. While this was certainly the case for some, recent studies show that women who slept with German soldiers came from all classes and walks of life. All over Europe women slept with Germans not because they were forced to, or because their own men were away, or because they needed money and food—but simply because they found the strong, «gentlemanly» image of German soldiers tremendously attractive. especially compared to the dim impression they had of their own men. In Denmark, for example, wartime pollsters were astonished to find that 51% of Danish women candidly admitted that they found Germans more attractive than their own compatriots.

Romania was one of the few Eastern European countries relatively unaffected by World War II. The Allies had extensively bombed some areas, and the advancing Red Army had devastated the northwest—but compared to Poland, Yugoslavia, and East Germany, where the war had almost completely wiped out traditional power structures, Romanian institutions remained largely untouched. part intact. So for the communists, seizing absolute power here was not simply a matter of imposing a new system from scratch—the old system would have to be dismantled first. The brutal and menacing way in which the old Romanian institutions were liquidated and replaced is a master class in totalitarian methods.
The story of post-war Romania begins in the summer of 1944 with a sudden and dramatic regime change. Until then, the country had been governed by a military dictatorship headed by Marshal Ion Antonescu, and included in a strong alliance with Germany. He had entered the war quite enthusiastically, and Romanian troops had fought alongside the Wehrmacht until the Battle of Stalingrad. However, after the defeat of the Nazi army in that battle it became increasingly clear that Germany was going to lose the war. Many Romanians realized that the only way to avoid being crushed by the Red Army was to change sides. A grand alliance of opposition parties was secretly formed and, convinced that Antonescu would remain on Hitler’s side to the end, they decided to bring him down.
The engine of the coup was the leader of the National Peasant Party, Iuliu Maniu. He was the first instigator of the plot, and the one who participated the most in the secret peace talks with the Allies. His party was by far the most popular in the opposition during and after the war, and it was to be expected that he would hold most of the top government posts if the coup succeeded. The other major conspirators were politicians from the Social Democratic Party, the National Liberal Party, the Communist Party, and—as a figurehead for the group—the country’s young monarch, King Michael.
The transformation that Romania went through between the years 1944 and 1949 is quite amazing. In those few years the country changed from a flourishing democracy to a full-fledged Stalinist dictatorship. It is remarkable that the communists were able to achieve this through a largely political process, albeit not without manipulation, and not through any kind of violent revolution. But the fact that Romania did not plunge into the same kind of civil war that Greece did should not lead us to interpret the process as peaceful at all. From the intimidation of trade unionists to the arrest of politicians, from the massive and often turbulent demonstrations in the cities to the repression of peasants and farmers in the countryside, violence or the threat of violence was omnipresent in post-war Romania. .
And directly behind that threat of violence, like the shadow of the Romanian Communist Party, was the might of the Soviet Union.

The polarization of Europe, and ultimately of the entire world in these two fields, was to become the defining characteristic of the second half of the 20th century. The cold war was unlike any conflict fought before. Its magnitude was as great as any of the two world wars, and yet it was fought not with guns or tanks, but with the hearts and minds of civilians. To win them over, both sides were willing to use whatever methods were necessary, from manipulating the media to the threat of violence or even imprisoning young Greek girls in political prison camps.
This new war was to show Europe and Europeans alike the importance and powerlessness of the continent on the world stage. As in the two world wars of the previous 30 years, Europe remained the main theater of conflict. But for the first time in their history, the Europeans would not be the ones to tighten the ropes: from now on they would be mere pawns in the hands of super-powers that were outside the borders of their own continent.
Hate was the key to the success of communism in Europe, as evidenced by countless documents that urge party activists to promote it. Communism not only fueled animosity against the Germans, the fascists, and the collaborators; it also incited a new aversion to the aristocracy and the middle classes, the landlords and the kulaks. Later, as the world war gradually turned into the cold war, these passions translated into resentment toward the United States, capitalism, and the West. In return, all those groups also hated communism in equal measure.
The communists were not the only ones who saw an opportunity in the violence and chaos. The nationalists also understood that the tensions produced during the war could be used to promote an alternative program, in their case the ethnic cleansing of their countries. Many nations exploited the new hatred of the Germans in the postwar period to expel the old Volksdeutsch communities that had lived throughout eastern Europe for hundreds of years. Poland took advantage of the hatred towards the Ukrainians to launch a program of expulsion and forced integration. Slovaks, Hungarians, and Romanians engaged in a series of population exchanges, and anti-Semitic groups used the violence to drive the few remaining Jews off the continent. These groups aspired to nothing less than to create a series of ethnically pure nation-states in central and eastern Europe.
The nationalists never achieved their goals after the war, partly because the international community would not let them, but also because the needs of the cold war took precedence over everything else. But when the cold war came to an end, the old nationalist tensions began to resurface.
Remembering the sins of the past is not what provokes our hatred, but the way we remember them. Typically, the immediate postwar period has been neglected, misremembered, and misused by all of us. Berlusconi and Fini’s version of the story omits any serious acknowledgment of Italian evil; the vision of the history of the Crimean Tatars overlooks the collaboration of its people with the Nazis; German expatriates seek to equate the history of their own suffering with the suffering of the Jews.
Those who wish to exploit hatred and rancor for their own benefit will always try to distort the proper balance between one version of history and another. They take facts out of context; blame is for them a one-sided game; and they try to convince us that the historical problems are the problems of today. If we want to end the cycle of hate and violence, we have to do just the opposite. We must show that conflicting ideas of history can coexist. We must show that the atrocities of the past fit their historical context, and that the blame is attached not just to one party, but to a wide variety of parties. We must strive to discover the truth, especially when it comes to statistics, and then that truth will be ready for distribution. This is history, after all, and it must not be allowed to poison the present.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/28/prisioneros-de-la-historia-monumentos-y-segunda-guerra-mundial-keith-lowe-prisoners-of-history-what-monuments-to-world-war-ii-tell-us-about-our-history-and-ourselves-by-keith-lowe/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/29/continente-salvaje-europa-despues-de-la-segunda-guerra-mundial-keith-lowe-savage-continent-europe-in-the-aftermath-of-world-war-ii-by-keith-lowe/

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