Prisioneros De La Historia: Monumentos Y Segunda Guerra Mundial — Keith Lowe / Prisoners of History: What Monuments to World War II Tell Us About Our History and Ourselves by Keith Lowe

En el verano de 2017, algunos legisladores de Estados Unidos empezaron a retirar las estatuas de héroes confederados que se hallaban en calles y plazas frente a edificios públicos. Figuras del siglo XIX como Robert E. Lee y Jefferson Davis, que había luchado por el derecho a tener esclavos negros, dejaron de ser considerados modelos adecuados para los estadounidenses del siglo XXI, por lo que empezaron a ser derruidas. Por todo Estados Unidos, en medio de un coro de protestas y contraprotestas, un monumento tras otro fue cayendo.
Lo que ocurría en América no tenía nada de único: en todas partes se estaban derribando también otros monumentos. En 2015, a raíz de la retirada de una estatua de Cecil Rhodes del campus de la Universidad de Ciudad del Cabo, se produjeron llamamientos a la eliminación de todos los símbolos del colonialismo en Sudáfrica. En poco tiempo, la campaña «Rhodes Must Fall» [«Rhodes debe caer»] se extendió a otros países del mundo, incluido el Reino Unido, Alemania y Canadá. El mismo año, algunos fundamentalistas comenzaron a destruir cientos de estatuas antiguas en Siria y en Irak, alegando que fomentaban la idolatría. Mientras, los gobiernos nacionales de Polonia y Ucrania anunciaron la retirada total de todos los monumentos al comunismo. Una oleada de iconoclastia se extendía por el mundo entero.
En mi opinión son varias cosas las que a la vez concurren en este punto. Los monumentos reflejan nuestros valores, y todas las sociedades se engañan pensando que estos valores son eternos: esta es la razón por la que convertimos dichos valores en piedra y los colocamos sobre un pedestal. Pero, cuando el mundo cambia, nuestros monumentos –y los valores que representan– quedan congelados en el tiempo. El mundo actual está cambiando a un ritmo sin precedentes, y los monumentos erigidos hace décadas, o incluso siglos, ya no representan los valores que hoy apreciamos.
Los debates que actualmente tienen lugar sobre nuestros monumentos casi siempre tratan de la identidad. En los días en los que el mundo estaba dominado por hombres ancianos de raza blanca, tenía sentido levantar estatuas en su honor; pero en el mundo de hoy, caracterizado por el multiculturalismo y una mayor igualdad de género, no resulta sorprendente que la población esté empezando a hacerse preguntas. ¿Dónde están todas las estatuas de mujeres? …

Prisioneros de la Historia de Keith Lowe echa un vistazo a 25 monumentos de la Segunda Guerra Mundial en todo el mundo y su lugar en nuestra memoria colectiva. Con personas de todo el mundo que se dan cuenta de los monumentos conmemorativos más problemáticos (por ejemplo, estatuas confederadas en los EE.UU.), este libro es bastante oportuno.
El autor da historias muy detalladas de los eventos que ocurrieron y que están siendo conmemorados. Aprendí muchas cosas que no sabía. Explica estos eventos de una manera fácil de leer y no demasiado complicada.
Sin embargo, cuando se trata de su argumento de que somos «prisioneros de nuestra historia», tengo algunos problemas. Por momentos parecía que se contradecía y que no estaba en sintonía con muchas de las culturas de los países donde se encuentran los monumentos.
Por ejemplo, el autor analiza el monumento del Cuerpo de Marines en Virginia. Si bien la escultura representa una fotografía icónica de la Segunda Guerra Mundial, el izado de la bandera estadounidense en Iwo Jima, el monumento en sí está dedicado a TODOS los miembros del Cuerpo de Marines a lo largo de la historia. En su crítica de este memorial, el autor no pareció comprender esto e hizo generalizaciones sobre los estadounidenses y el patriotismo que son simplemente falsas para todos los estadounidenses.
En general, recomendaría este libro basado únicamente en la información histórica. Es fascinante y no se empantana en absoluto. En cuanto a su argumento, eso depende de cada lector individual para decidir.
El análisis de Lowe de estos sitios es directo, se basa en una investigación personal y no tiene tapujos. Es interesante que muchos de estos memoriales y monumentos se hayan construido recientemente y, en ocasiones, por motivos políticos. Hablan de la mentalidad actual del país, del, quizás, del pueblo, y en otros momentos, del partido en el poder. Algunos lugares se han convertido en atracciones turísticas que parecen adormecer el propósito del lugar.
En la atmósfera actual de decapitación y destronamiento de monumentos del pasado, es importante considerar la razón del monumento, el propósito y cómo podemos lidiar con las partes incómodas y horribles de nuestro pasado. ¿Es a través de la eliminación? ¿Humor? ¿Poner el monumento en un lugar ridículo que lo desnude de su poder y mensaje? ¿Y estos monumentos de la Segunda Guerra Mundial sufrirán lo mismo en algún momento? Sólo el tiempo podrá decirlo.

Hoy vivimos en la era del escándalo. Nuestros medios de comunicación están a menudo tan dominados por historias de corrupción entre nuestros políticos, nuestros líderes empresariales y religiosos y nuestras estrellas del deporte e ídolos de la pantalla, que a veces puede resultar difícil creer ya en los héroes.
No siempre ha sido así. Según nuestra memoria compartida, al menos, una vez supimos exactamente quiénes eran nuestros héroes. En 1945 construimos monumentos a los hombres y mujeres que lucharon por nosotros en la Segunda Guerra Mundial, e incluso actualmente seguimos construyendo este tipo de monumentos, que nos hablan de una época menos compleja, cuando la gente sabía diferenciar el bien del mal y estaba dispuesta a hacer lo que debía, en aras de un bien mayor.
La Segunda Guerra Mundial fue probablemente la mayor catástrofe humana que el mundo ha vivido. Los historiadores siempre se han esforzado por encontrar palabras que transmitan siquiera una mínima idea de toda su dimensión. Ofrecemos interminables estadísticas –más de 100 millones de soldados movilizados, más de 60 millones de muertos, más de 1,6 billones de dólares desperdiciados–, pero las cifras son tan enormes que a la mayoría de nosotros no nos dicen nada.
Los monumentos, espacios conmemorativos y museos no se basan en las estadísticas: encuentran otras maneras de sugerir la escala de lo acaecido durante la guerra. Un símbolo único y bien elegido a menudo puede darlo a entender mucho más que las palabras.

Mamáyev Kurgán no es el enclave de un solo monumento, sino un complejo de monumentos, a cuál más gigantesco. La primera vez que fui allí, sentí como si estuviera entrando en el reino de los titanes. Al pie de la colina encontramos una enorme escultura de un hombre con el torso desnudo con una metralleta en una mano y una granada en la otra. Su torso musculado parece emerger de la roca misma, alcanzando la altura de un edificio de tres pisos. Más allá de él, a ambos lados de los escalones que conducen a la cima, encontramos esculturas en relieve de soldados gigantescos surgiendo de los derruidos muros, como si estuvieran en mitad de la batalla. Si seguimos subiendo la colina, hallamos la descomunal figura de una madre que llora la muerte de su hijo, cuyo tamaño es el doble de mi casa. Su cuerpo se encorva sobre el de su hijo muerto, volcando su llanto sobre un gran estanque llamado el Lago de las Lágrimas.
Este monumento, que lleva por nombre La Madre Patria Te Llama, es una de las estatuas más emblemáticas de Rusia. Fue creada por el escultor soviético Yevgueni Vuchétich, que pasó años diseñándola y construyéndola. Contiene alrededor de 2.500 toneladas métricas de metal y 5.500 toneladas de hormigón. Solamente la espada pesa catorce toneladas. La estatua era tan enorme que Vuchétich se vio obligado a colaborar con un ingeniero de estructuras, Nikolái Nikitin, para garantizar que no se hundiera bajo su propio peso. Hubo que taladrar agujeros en la espada para reducir el peligro de que el viento, a través de ella, hiciera oscilar toda la estructura.
Si bien este monumento habría parecido absurdamente grandioso en Italia o en Francia, a orillas Volga, en la ciudad que un día se llamó Stalingrado, resulta discretamente apropiado. La batalla que aquí tuvo lugar en 1942 no tiene parangón con ningún otro hecho acaecido en Occidente. La dimensión de la guerra en Rusia es una de las razones por la que los monumentos de Mamáyev Kurgán son tan grandes, pero no la única; de hecho, ni siquiera la principal. Las estatuas de héroes musculosos y madres que lloran son enormes, pero esta gigantesca mujer en la cumbre de la colina destaca sobre todos. Es importante recordar que se trata de una representación, no de la guerra, sino de la Madre Patria. Su mensaje es muy simple: por dura que sea la batalla, y por grande que sea el enemigo, la Madre Patria es más grande aún. Su colosal tamaño está pensado para infundir ánimo a los soldados que combaten y a las madres que lloran, y para recordar que, pese a todo su sacrificio, al menos ellos son parte de algo poderoso y magnífico. Este es el verdadero sentido de Mamáyev Kurgán.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el pueblo de la Unión Soviética tenía poco con lo que consolarse.

El pueblo ruso está justificadamente orgulloso de sus héroes de la Segunda Guerra Mundial, pero no hace falta alejarse mucho de Rusia para encontrar un relato muy distinto del papel desempeñado por este país durante el conflicto. En países cercanos, como Ucrania y Polonia, a los rusos a menudo no se los considera héroes, sino colonizadores. Esta narrativa está también presente en la historia de los monumentos de Europa. Y un monumento en concreto muestra hasta qué punto han llegado a polarizarse nuestras diferentes versiones de la historia.
El Monumento a la Fraternidad de las Armas fue construido en 1945, y erigido en Varsovia a finales del mismo año. Su diseño fue obra de un ingeniero del ejército soviético, el comandante Alexánder Nienko, aunque lo construyeron un grupo de escultores polacos. Sobre un pedestal de seis metros, representaba a tres soldados de grandes dimensiones, avanzando con las armas en la mano. En las esquinas del pedestal había otras cuatro estatuas, dos soldados soviéticos y dos soldados polacos, de pie, con la cabeza inclinada hacia adelante en actitud de sombría contemplación. A consecuencia de las escaseces del tiempo de guerra, las estatuas originales se hicieron en escayola pintada; pero dos años más tarde fueron sustituidas por otras de bronce procedente de la fundición de munición alemana. En el pedestal, se grabó esta inscripción: «Gloria a los héroes del ejército soviético, camaradas de armas, que entregaron sus vidas por la libertad y la independencia de la nación polaca».
Este monumento pretendía describir la nueva era de amistad entre Polonia y la Unión Soviética. Los dos países habían compartido una historia extremadamente difícil, que se remontaba hasta la época de los zares. En realidad, ambos países habían iniciado la guerra en bandos contrarios: la Unión Soviética se había aliado en un principio con Hitler, y había tomado parte en la invasión de Polonia en 1939. Pero dos años más tarde, cuando los nazis se volvieron contra ellos, los soviéticos trataron de promover una nueva relación con los polacos.
¿Qué es un héroe? ¿Para qué sirve? Los rusos ven la deconstrucción de sus héroes de guerra como una afrenta personal, pero los héroes son mucho más que meras representaciones de personas reales; también representan ideas. Si ya no estás de acuerdo con esas ideas, entonces quizás los héroes también deban caer.
Para los rusos, estatuas como los Cuatro Durmientes representan valentía, liberación, fraternidad –y, por supuesto, grandeza–. Pero para los polacos y otros europeos del Este, representan algo totalmente diferente: sometimiento, humillación, represión. Lo cierto es que representan ambos marcos de ideas a la vez, pero las emociones que suscitan estos monumentos son tan fuertes que mucha gente simplemente no está dispuesta a aceptar esta ambigüedad.

La brecha en el entendimiento entre europeos y estadounidenses se hace evidente en cuanto uno se fija en sus monumentos de guerra. Estados Unidos dedica monumentos a sus héroes; Europa suele hacerlos a sus víctimas. Los monumentos estadounidenses son triunfantes; los europeos, en cambio, melancólicos; los monumentos estadounidenses son idealistas, mientras que los europeos –al menos de vez en cuando– tienden a ser moralmente ambiguos.
Si Estados Unidos no entiende a Europa, es porque Estados Unidos nunca ha sufrido lo que padecieron Europa o Asia. La inmensa mayoría de los estadounidenses solo han experimentado la guerra a través de las imágenes que les han llegado de los equipos de filmación y los fotógrafos de guerra, que no siempre ofrecían la visión más realista o completa de lo que estaba pasando. Algunos de los más famosos monumentos estadounidenses a la guerra se basan en estas fotografías, por lo que no es de extrañar que transmitan una visión bastante idealizada.
Si Europa no entiende a Estados Unidos, sin embargo, es debido a razones muy distintas. Los europeos no han sabido captar el hecho de que la profundidad del sentimiento americano hacia la guerra no obedece a un sentido histórico, sino a un sentido de la identidad. La guerra no es más que una pantalla sobre la que han proyectado ideas y emociones mucho más profundas, que radican en el centro mismo de la psique estadounidense. En otras palabras, cuando las figuras públicas de Estados Unidos se refieren con elocuencia lírica a la guerra, en realidad no es de la guerra de lo que están hablando. Esto, como veremos, se hace obvio en cuanto uno se para a analizar más de cerca sus monumentos de guerra.
Uno de los monumentos al heroísmo americano durante la Segunda Guerra Mundial más queridos es el Monumento al Cuerpo de Infantería de Marina en Arlington, Virginia. Se encuentra en el mismo corazón del poder americano, no lejos del edificio del Pentágono, con una vista panorámica sobre el Monumento a Lincoln, el Monumento a Washington y el Capitolio, a lo largo del río Potomac. Constituye, indudablemente, uno de los monumentos más importantes del país.
En sentido estricto, este no es en absoluto un monumento conmemorativo de la Segunda Guerra Mundial; es un monumento en memoria de todos los infantes de Marina (marines) caídos desde la formación de este cuerpo militar en 1775.
Si existe una brecha en el entendimiento entre europeos y estadounidenses respecto al recuerdo de la Segunda Guerra Mundial, esta es una de las cuestiones que la explican. Europa y Estados Unidos aprendieron lecciones muy distintas de la guerra. En la década de 1930, Europa estuvo expuesta a todos los peligros que entraña el ondear de banderas. En los violentos años que siguieron, experimentó de primera mano lo que ocurre cuando el nacionalismo fanático se descontrola. A consecuencia de ello, hoy en día las banderas son símbolos que deben tratarse con enorme cuidado. En la posguerra, en la Europa poscolonial, cualquiera que muestre una pasión excesiva por su bandera nacional despierta, en general, sospechas. La idea de un monumento que glorifique la colocación de una bandera nacional en tierra extranjera sería absolutamente impensable.
En Estados Unidos, en cambio, hay banderas por todas partes: a la puerta de los juzgados, de las escuelas y edificios del Gobierno, en parques públicos, delante de las casas de la gente, en sus coches, adornando sus ropas. El himno nacional, que es nada menos que un himno a la bandera, se canta antes de cada partido de la Liga Nacional de Fútbol Americano; y todos los niños aprenden el juramento de lealtad a la bandera en el momento en que empiezan a ir a la escuela. Así lleva siendo desde mucho antes de la Segunda Guerra Mundial; pero la guerra afianzó aún más el sagrado vínculo entre los americanos y su bandera.
Lo que los europeos no entienden es que, para la mayoría de los estadounidenses, la bandera significa mucho más que su nacionalidad. Simboliza unas virtudes que ellos creen universales: la esperanza, la libertad, la justicia y la democracia.

La Unión Soviética y Estados Unidos no fueron los únicos grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial: Gran Bretaña también formó parte de este club de héroes de élite. De los llamados Tres Grandes, Gran Bretaña fue la única que participó en la guerra desde el principio. Por tanto, ostenta un lugar especial en la historia de los Aliados.
La capital de Gran Bretaña, Londres, fue durante muchos años el epicentro de los esfuerzos de guerra aliados. En consecuencia, se convirtió en la sede de docenas de diferentes monumentos conmemorativos de la guerra dedicados a diversos pueblos y nacionalidades. Encontramos monumentos a los civiles que murieron en el Blitz, a los bomberos de la ciudad, a sus empleados ferroviarios y sus vigilantes encargados de protegerlos ante los ataques aéreos. Existen también grandes instalaciones dedicadas a los soldados canadienses que lucharon por Gran Bretaña, a los australianos, a los neozelandeses y a los soldados de la India y del resto del Imperio británico. Cada rama del ejército parece tener su monumento aquí, desde los pilotos de cazas, pasando por las tripulaciones de los tanques, hasta los gurkas y los chindits. Hay estatuas de generales, almirantes y oficiales del Ejército del Aire. Existe incluso un monumento a los animales que prestaron servicio durante la guerra.
Sin embargo, un monumento de Londres destaca sobre todos los demás. El Monumento al Mando de Bombarderos de la Real Fuerza Aérea (RAF), situado en Green Park, es uno de los más nuevos de Londres: fue inaugurado en 2012, mucho después que todos los demás. También es, con diferencia, el monumento a la Segunda Guerra Mundial más grande de la ciudad: con sus más de ocho metros de alto y ochenta metros de largo, su tamaño es probablemente el doble que el de su competidor más próximo. Pero lo que realmente convierte en único a este monumento es su diseño. Al contrario que otros monumentos de guerra de Londres, situados todos en el exterior, este se encuentra semicubierto. Su mensaje se halla oculto tras una elaborada estructura de columnas dóricas y balaustradas clásicas: parece más un templo griego que un monumento de guerra. Dentro, en lugar de Marte o Apolo, se hallan las estatuas de un grupo de siete aviadores que parece que acaban de regresar de una misión. Por su tamaño, postura y la forma en que uno de ellos mira confiadamente lejos, se supone que estos hombres son héroes. Cuando se entra en esta estructura similar a un templo, uno tiene que levantar la vista para verlos, como si fueran objetos de culto. Sobre sus cabezas el techo está abierto, para que nada se interponga entre ellos y el cielo. Si alguna vez ha existido un templo al heroísmo británico, sin duda es este.
El Monumento al Mando de Bombarderos es uno de los más importantes de Londres, pero, también, uno de los más problemáticos. Aunque las estatuas tienen una pose heroica, no está claro por qué estos hombres deberían ser considerados héroes. A diferencia de otras muchas estatuas dedicadas a la guerra, estas no están izando una bandera o blandiendo una espada, o desembarcando en una playa para liberar a una nación. De hecho, la postura no es en absoluto dinámica: solo están ahí de pie. En el muro, grabada profundamente en la piedra, una inscripción nos dice que durante la guerra mataron a 55.573 hombres como ellos. Pero esto tampoco explica su actitud heroica: las grandes cifras de muertos hablan de víctimas, no de heroísmo.

El Monumento a los Caídos de Bolonia, Italia, es mucho más íntimo que ninguno de los que he descrito hasta ahora. Basado en una idea muy simple, consiste en 2.000 retratos y nombres de los combatientes de la resistencia local fijados en la pared del edificio del Ayuntamiento, sito en la Plaza de Neptuno, justo en el centro de la ciudad. Se trata del lugar donde se ejecutaba públicamente a los partisanos capturados durante la guerra. Desde 1945, se ha convertido en un enclave conmemorativo no solo de los que murieron allí, sino también de los que murieron luchando contra los nazis y los fascistas italianos en toda la región.
A diferencia de cualquier otro de los monumentos de este libro, este no fue erigido por el Estado, ni por un museo o cualquier otro tipo de organización relativa a la memoria. Lejos de ser planificado con antelación, nació de un estallido de emoción espontáneo por parte de los ciudadanos locales para conmemorar las vidas y las muertes de personas a las que habían conocido y amado.

Los héroes son como los arcoíris: solo pueden apreciarse bien desde cierta distancia. En cuanto nos acercamos demasiado, las cualidades que les hacen brillar tienden a desaparecer.

Si la relación entre China y Japón de vez en cuando se tensiona, lo que ocurre entre Corea del Sur y Japón puede parecer a veces casi peor. Corea fue colonia japonesa entre 1910 y 1945, explotada sin compasión por los colonizadores, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy, sin embargo, los políticos surcoreanos a menudo utilizan el pasado como arma para atacar al Japón actual. En años recientes, las protestas y contraprotestas entre ambos países han degenerado en otro ciclo aparentemente interminable de mutuas acusaciones.
En el centro de esta tormenta de indignación mutua se yerguen dos monumentos. En Japón, gran parte del sentimiento nacionalista sobre los años de la guerra se concentra en el santuario Yasukuni –un lugar que en Corea del Sur solamente provoca indignación; comentaré las diversas controversias en torno a esta institución más adelante, en el capítulo 14–. Para los coreanos, los dolorosos recuerdos del pasado se ven expresados en una estatua de bronce situada en el centro de Seúl, una estatua que muchos japoneses, especialmente los de derechas, han llegado a odiar.
A primera vista, es difícil ver qué podría tener de ofensivo una estatua de la paz. Es una escultura de bronce de una mujer joven –casi una niña, en realidad– sentada en una silla, con los puños apretados. Lleva puesto un vestido tradicional coreano. Sobre su hombro está posado un pajarito, en representación de la paz y la libertad. Está mirando fijamente al frente, con una expresión de determinación en el rostro. A su lado hay una segunda silla, vacía: una invitación a sentarse a su lado, quizás, o un símbolo de otra persona, ausente.
En principio, la estatua no debería tener nada de controvertido. La niña no parece especialmente enfadada o triste; no muestra el ceño fruncido, ni ningún gesto que pueda considerarse ofensivo. Incluso el título del monumento parece bastante inocuo: ¿qué podría tener de malo una «estatua de la paz»?
Es solo cuando se sabe a quién representa esta niña cuando uno empieza a comprender por qué provoca tales emociones. Ella es, en efecto, la representación de una «mujer de solaz» –el eufemismo japonés para una prostituta al servicio de los soldados japoneses durante la guerra–.
En Corea siempre ha habido un fuerte trasfondo de sentimiento antijaponés. Con anterioridad al siglo XX, el país había estado frecuentemente en conflicto con su vecino, y a menudo tuvo que recurrir a China o Rusia para contrarrestar el poder japonés. A partir de 1905, sin embargo, cuando Japón ya había derrotado al último de sus rivales en la región, Corea entera cayó dentro de la esfera de influencia japonesa. El país fue oficialmente anexionado al Imperio japonés en 1910; y aquí comenzaron 35 años de explotación colonial.
El cénit de esta explotación se produjo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el Gobierno japonés empezó a inmiscuirse en todos los aspectos de la vida coreana. Entre 1939 y 1945, unos 200.000 hombres coreanos fueron reclutados por el Ejército Imperial japonés, y al menos 1,5 millones más fueron obligados a trabajar en fábricas japonesas. Las mujeres también se vieron forzadas a realizar todo tipo de trabajos para los japoneses.

El monumento más controvertido de Europa probablemente sea el dedicado a las víctimas de la ocupación alemana de Budapest. Fue erigido en 2014 por el Gobierno del Fidesz-Unión Cívica Húngara con el fin de conmemorar el momento en que, setenta años antes, el ejército alemán tomó el control del país. Durante la ocupación alemana, cientos de miles de húngaros perdieron la vida: o fueron deportados a campos de concentración o murieron en el campo de batalla combatiendo bajo el mando alemán. Se supone que este monumento se erigió en memoria de todos ellos.
El diseño consiste en dos figuras principales situadas ante una columnata clásica. En primer plano está el arcángel Gabriel, un símbolo de Hungría, con los brazos extendidos. Tiene una de las alas rota, quedando solo el extremo ondeante de su túnica para indicar el lugar donde estuvo. Su rostro muestra una expresión de sereno sufrimiento, con los ojos cerrados. En su mano sujeta con cierto descuido un orbe dorado con una cruz doble –otro símbolo de Hungría–, aparentemente ignorante de que están a punto de arrebatárselo.
Sobre él, abalanzándose desde lo alto de la columnata, vemos la segunda figura de la alegoría: un águila que representa a Alemania. En contraste con el sereno e inocente ángel que tiene abajo, todo en el águila es agresivo. Sus desplegadas garras son afiladas; las plumas no tienen nada de suave, a diferencia de las de las alas del ángel, sino que más bien parecen cuchillas. Una anilla de metal rodea su tobillo, con una fecha grabada: 1944.
El mensaje de esta escultura no es difícil de adivinar. La serena y pacífica Hungría está siendo atacada por una despiadada y agresiva Alemania. Hungría queda retratada como una víctima inocente, un ángel herido. Alemania, y solo Alemania, es culpable de violencia.

Eslovenia no es el único lugar donde la línea entre héroes, mártires y monstruos resulta borrosa. Muchas naciones, incluida la mía, rehúyen prestar demasiada atención a algunos hechos de su pasado. Sencillamente, está en la naturaleza humana. Cuando resulta demasiado difícil dibujar una línea clara entre las acciones de las que nos sentimos culpables o inocentes, o cuando se corre el riesgo de que nos sintamos demasiado incómodos, cada nación trata de refugiarse en las zonas grises existentes entre lo que está bien y lo que está mal.
Estas zonas grises no están ahí por casualidad. Cumplen una función muy útil para la sociedad: nos permiten acercarnos a la idea de que hemos actuado mal, sin forzarnos a reconocer del todo nuestra culpa. Son, en realidad, como un cojín que amortigua nuestra caída.
Tomemos por ejemplo el legado del colonialismo británico. El pueblo británico sabe, en el fondo, que el sometimiento y la explotación de otros países era moralmente indefendible; pero descarga su conciencia con la idea de que el Imperio también proporcionó algún que otro beneficio a las colonias británicas, como el ferrocarril, el críquet y la educación de estilo occidental. «Es posible que hiciéramos mal», pueden decirse a sí mismos, «pero no fuimos unos monstruos».
Algunas naciones no pueden permitirse ese lujo. En 1945, Japón y Alemania sufrieron una derrota tan aplastante que no tuvieron la oportunidad de construir su propio relato sobre los crímenes que habían cometido durante la guerra. En los juicios de Núremberg y de Tokio, estos crímenes quedaron expuestos a la vista de todo el mundo. Entre ellos se incluían algunos de los peores atentados contra la humanidad: esclavitud en masa, violación en masa, asesinato en masa, genocidio. Ambos regímenes obligaron a sus prisioneros a trabajar hasta la muerte. Ambos llevaron a cabo experimentos médicos con seres humanos vivos. No había forma de ocultar el hecho de que quienes habían cometido esos crímenes sí se habían comportado como monstruos.
Son tantos los malentendidos en torno al santuario Yasukuni, especialmente en Occidente, que es importante aclarar algunos de ellos como punto de partida. En primer lugar, el santuario no está dedicado exclusivamente a los que murieron en la Segunda Guerra Mundial, como algunos dan por hecho, sino a todos los soldados japoneses caídos en batalla desde la Restauración meiji en 1868. Ya se había venerado a decenas de miles de almas en el santuario mucho antes de 1937: los que habían muerto en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, por ejemplo, o en la Primera Guerra Mundial, o en las diversas guerras contra los chinos, los taiwaneses o los coreanos. Si la Segunda Guerra Mundial es la que parece dominar, es solo porque esa guerra fue de una magnitud diferente. Como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, el número de almas a quienes se honraba aquí se multiplicó por diecisiete. Hoy en día existen más de 2.466.000 nombres en la lista del registro simbólico de deidades; el 94 % pertenecen a personas que murieron entre 1937 y 1945.

El Parque de la Paz. Es aquí, en el extremo norte del parque, donde se halla la Estatua de la Paz.
Este es seguramente el monumento más importante de Nagasaki al bombardeo. En la base de la estatua hay una caja de mármol negro que contiene los nombres de las víctimas de la bomba atómica. Al igual que los representantes de la ciudad de Hiroshima celebran su Ceremonia de la Paz frente al cenotafio que está delante de la Cúpula de la Bomba Atómica, los de Nagasaki se reúnen cada año ante esta estatua. Al igual que la cúpula, la estatua es, simbólicamente, un santuario dedicado a los muertos.
La Estatua de la Paz fue diseñada por el escultor Seibo Kitamura e inaugurada por la ciudad de Nagasaki en el décimo aniversario del bombardeo, en agosto de 1955. Muestra una figura viril, como de un dios, de diez metros de alto, sentada sobre una roca. Una de sus piernas, enorme, musculada, permanece doblada sobre sí misma, en señal de serena meditación, pero la otra pisa firmemente el suelo, lista para dar un salto si es necesario, en auxilio de la humanidad. Con la mano derecha apunta al cielo, señalando la amenaza de las armas nucleares. Sin embargo, la izquierda, que está estirada, simboliza la tranquilidad y la paz mundial. Tiene los ojos cerrados «en solemne oración por las víctimas de la guerra». Según el artista, la estatua quiere simbolizar un deseo de armonía global y el rechazo a la guerra.
Aquí acuden muchos menos visitantes que al más grande y más céntrico Parque de la Paz de Hiroshima; pero se percibe la misma atmósfera de piadoso peregrinaje.
En el Parque de la Paz de Nagasaki, a escasa distancia de la colosal Estatua de la Paz, se encuentra la Zona de Símbolos de la Paz Mundial. Fue instaurada en 1978 por las autoridades municipales, que invitaron a otras naciones del mundo a donar monumentos. Aquí encontramos esculturas procedentes de varios países europeos, así como de China, la Unión Soviética, Argentina, Brasil, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y otros muchos. Si cada escultura representa a una nación distinta, esto plantea una cuestión: ¿a qué nación representa la Estatua de la Paz principal? ¿Es posible que, después de todo, no simbolice la armonía internacional, como postulaba su escultor? ¿Representa, tal vez, al propio Japón?
Tras la guerra, Japón sabía que tenía que cambiar sus métodos, y lo hizo rápidamente.

Coventry es hoy el equivalente más cercano que tiene Gran Bretaña a Dresde en Alemania, o a Hiroshima en Japón, y todavía se la sigue mencionando frecuentemente en el mismo contexto que estas otras ciudades. No es porque la destrucción fuera aquí ni mucho menos tan grande –en el bombardeo de Dresde murieron cuarenta veces más personas, y unas 250 veces más en el caso de Hiroshima–, sino porque el de Coventry ocurrió primero, lo que la convirtió en precursora de la devastación que había de venir. En el imaginario popular británico y estadounidense, la destrucción de Coventry y su famosa catedral han venido a representar un modelo a pequeña escala de toda la guerra de bombardeos.
La resurrección que tuvo lugar en esta ciudad también es en parte un mito. El renacimiento de Coventry nunca fue tan glorioso como prometían los folletos y postales de las décadas de 1950 y 1960. El centro de la ciudad experimentó un gran boom durante esos años, pero en las siguientes décadas su aspecto empezó a resultar cansado y gris. En la década de 1990 se reformó en parte y, todavía hoy, mientras escribo estas líneas, está pasando por una nueva fase de regeneración. Pero ninguna planificación urbanística moderna, por grande que sea, podrá sustituir nunca la pintoresca ciudad medieval que quedó destruida tanto por los bombardeos alemanes como por los propios urbanistas británicos de las décadas de 1930, 1940 y 1950. Las ruinas de la catedral son un recordatorio de exactamente lo que se ha perdido.
La ciudad ya no es el próspero lugar que fue durante los años del boom de mediados del siglo XX. Las docenas de fábricas que en su día atrajeron la ira de la Luftwaffe hace tiempo que desaparecieron, al igual que muchas otras por toda Gran Bretaña. En la década de 1980 alcanzó uno de los índices de desempleo más altos del país, e incluso hoy en día el desempleo es mucho más alto allí que la media del Reino Unido. Por muy a menudo que las instituciones civiles y religiosas de la ciudad aboguen por la idea de renacimiento, sigue percibiéndose la sensación de que la Segunda Guerra Mundial se cobró un precio muy alto en la ciudad y de que el consenso europeo de la posguerra defraudó al pueblo de Coventry. Esta desilusión se reflejó en el referéndum de 2016 sobre el Brexit, en el que la mayoría de los votantes de Coventry votaron a favor de salir de la Unión Europea.

Los creadores de la Ruta de la Liberación se han dado cuenta de que, para que sobreviva a largo plazo, no tienen más elección que hacerla de esta manera. Los viejos monumentos, esculpidos en metal y piedra, a menudo son derribados porque pierden su relevancia para generaciones posteriores. La historia cambia, y si sus monumentos no se acompasan con esos cambios, a veces tienen que desaparecer.
Tal vez la mejor manera de evitar futuras oleadas de iconoclastia sea aceptar los matices y mantenerse lo más fiel posible a los hechos históricos. Porque los monumentos, al igual que los pueblos, siempre serán prisioneros de la historia.

Vivimos en una era en la que la gente cuestiona, cada vez con más frecuencia, los símbolos del pasado. Los monumentos que representan ideas ya no nos resultan tan atractivos, y los que parecen demasiado obsoletos o disonantes para las sensibilidades modernas a menudo se retiran.
Destruir monumentos no resuelve nuestra historia; simplemente la mete bajo tierra. Mientras un monumento sigue en pie, siempre tendrá que ser confrontado, debatido. De esta forma, nuestros monumentos nos obligan a rendir cuentas. Son objetos que hacen que nunca podamos olvidar nuestra deuda con la historia –o que somos esclavos de ella–.
Hasta ahora, la mayoría de los monumentos que hemos levantado en memoria de la Segunda Guerra Mundial parecen haber resistido esta oleada de iconoclastia. A diferencia de ciertos monumentos de eras anteriores, la mayoría de los erigidos en memoria de la Segunda Guerra Mundial aún se ven con mucho respeto. Esto se debe en parte a que la guerra todavía está relativamente reciente –es difícil justificar la demolición de un monumento cuando algunas de las personas a las que rinde homenaje siguen vivas–.
Sin embargo, en general, nuestros monumentos conmemorativos de la guerra han sobrevivido porque continúan contando algo importante acerca de quiénes somos –o, al menos, de quiénes nos gustaría creer que somos–. Interpelan tanto a nuestros deseos del presente como a nuestros recuerdos del pasado. Responden a una necesidad que no está siendo cubierta por el mundo contemporáneo.

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In the summer of 2017, some US lawmakers began removing statues of Confederate heroes from streets and squares in front of public buildings. Nineteenth-century figures like Robert E. Lee and Jefferson Davis, who had fought for the right to own black slaves, were no longer considered adequate role models for 21st-century Americans, and so began to be torn down. Across the United States, amid a chorus of protests and counter-protests, monument after monument fell.
There was nothing unique about what was happening in America: other monuments were being torn down everywhere as well. In 2015, following the removal of a statue of Cecil Rhodes from the University of Cape Town campus, there were calls for the removal of all symbols of colonialism in South Africa. Before long, the «Rhodes Must Fall» campaign spread to other countries around the world, including the UK, Germany and Canada. The same year, some fundamentalists began destroying hundreds of ancient statues in Syria and Iraq, claiming that they encouraged idolatry. Meanwhile, the national governments of Poland and Ukraine announced the complete removal of all monuments to communism. A wave of iconoclasm spread throughout the world.
In my opinion there are several things that simultaneously concur at this point. Monuments reflect our values, and all societies are deluded into thinking that these values are eternal: this is why we turn these values into stone and place them on a pedestal. But when the world changes, our monuments – and the values they represent – are frozen in time. Today’s world is changing at an unprecedented rate, and monuments erected decades, or even centuries ago, no longer represent the values we hold dear today.
The debates that currently take place about our monuments are almost always about identity. In the days when the world was dominated by elderly white men, it made sense to erect statues in their honor; But in today’s world of multiculturalism and greater gender equality, it is not surprising that people are beginning to ask questions. Where are all the statues of women? …

Prisoners of History by Keith Lowe takes a look at 25 World War II monuments around the world and their place in our collective memory. With people around the world taking notice of the more problematic memorials (e.g. Confederate statues in the U.S.), this book is rather timely.
The author gives very detailed histories of the events that took place that are being memorialized. I learned a great deal of things I didnt know. He explains these events in a way that is easy to read and isn’t too complicated.
However, when it comes to his argument that we are «prisoners of our history,» I have some issues. At times it seemed as though he was contradicting himself and that he isn’t in tune with many of the cultures of the countries where the monuments are located.
For example, the author discusses the Marine Corps monument in Virginia. While the sculpture depicts an iconic photograph from World War II, the raising of the American flag at Iwo Jima, the memorial itself is dedicated to ALL Marine Corps members throughout history. In his critique of this memorial, the author didn’t seem to grasp this and made generalizations about Americans and the patriotism that are simply untrue for all Americans.
Overall, I would recommend this book based on the historical information alone. It is fascinating and doesn’t get bogged down at all. As far as his argument goes, that’s up to each individual reader to decide.
Lowe’s analysis of these sites is pointed, rooted in personal research, and holds no punches. It is interesting that many of these memorials and monuments have been built rather recently, and sometimes, for political reasons. They speak about the current mindset of the country, of, perhaps, the people, and at other times, the party in power. Some locations have become tourist attractions that seem to numb the purpose of the place.
In the current atmosphere of beheading and dethroning monuments to the past, it is important to consider the reason of the monument, the purpose, and how we could actually deal with the uncomfortable and horrible parts of our past. Is it through removal? Humor? Setting the monument in a ludicrous location that denudes it of its power and message? And will these WWII monuments suffer the same at some point? Only time will be able to tell.

Today we live in the age of scandal. Our media is often so dominated by stories of corruption among our politicians, our business and religious leaders, and our sports stars and screen idols, that it can sometimes be hard to believe in heroes anymore.
It hasn’t always been this way. According to our shared memory, at least once we knew exactly who our heroes were. In 1945 we built monuments to the men and women who fought for us in the Second World War, and even today we continue to build these types of monuments, which speak to us of a less complex era, when people knew how to differentiate between good and evil and were willing to do what he should, for the greater good.
World War II was probably the greatest human catastrophe the world has ever experienced. Historians have always struggled to find words that convey even the slightest idea of its full dimension. We offer endless statistics – more than 100 million soldiers mobilized, more than 60 million dead, more than 1.6 trillion dollars wasted – but the numbers are so enormous that they tell most of us nothing.
Monuments, memorials and museums are not based on statistics: they find other ways to suggest the scale of what happened during the war. A single, well-chosen symbol can often mean much more than words.

Mamayev Kurgan is not the enclave of a single monument, but a complex of monuments, each one more gigantic. The first time I went there, I felt like I was entering the realm of the titans. At the foot of the hill we find a huge sculpture of a bare-chested man with a submachine gun in one hand and a grenade in the other. His muscular torso seems to emerge from the rock itself, reaching the height of a three-story building. Beyond it, on either side of the steps leading to the top, are relief sculptures of gigantic soldiers emerging from the crumbling walls, as if in the midst of battle. If we continue up the hill, we find the enormous figure of a mother mourning the death of her child, whose size is twice the size of my house. Her body bends over that of her dead son, pouring out her tears over a large pool called the Lake of Tears.
This monument, which bears the name The Motherland Calls You, is one of the most emblematic statues in Russia. It was created by the Soviet sculptor Yevgeny Vuchetich, who spent years designing and building it. It contains about 2,500 metric tons of metal and 5,500 tons of concrete. The sword alone weighs fourteen tons. The statue was so huge that Vuchetich was forced to collaborate with a structural engineer, Nikolai Nikitin, to ensure that it would not collapse under its own weight. Holes had to be drilled in the sword to reduce the danger of wind blowing through it causing the entire structure to sway.
While this monument would have seemed absurdly grandiose in Italy or France, on the banks of the Volga, in the city that was once called Stalingrad, it is discreetly appropriate. The battle that took place here in 1942 is unparalleled by any other event in the West. The dimension of the war in Russia is one of the reasons why the Mamayev Kurgan monuments are so large, but not the only one; in fact, not even the main one. The statues of muscular heroes and weeping mothers are huge, but this gigantic woman on top of the hill towers over them all. It is important to remember that this is a representation, not of war, but of the Motherland. Her message is very simple: no matter how hard the battle is, and no matter how great the enemy, the Motherland is greater still. Her colossal size is meant to give courage to fighting soldiers and mourning mothers, and to remind them that for all her sacrifice, at least they are part of something powerful and magnificent. This is the true meaning of Mamayev Kurgan.
After World War II, the people of the Soviet Union had little to comfort them with.

The Russian people are justifiably proud of their World War II heroes, but you don’t have to go far from Russia to find a very different account of Russia’s role during the conflict. In nearby countries, such as Ukraine and Poland, Russians are often seen not as heroes, but as colonizers. This narrative is also present in the history of the monuments of Europe. And one monument in particular shows how polarized our different versions of history have become.
The Monument to the Fraternity in Arms was built in 1945, and erected in Warsaw at the end of the same year. Its design was the work of a Soviet Army engineer, Commander Alexander Nienko, although it was built by a group of Polish sculptors. On a six-meter pedestal, it represented three large soldiers, advancing with weapons in hand. In the corners of the pedestal were four other statues, two Soviet soldiers and two Polish soldiers, standing with their heads bent forward in somber contemplation. As a result of wartime shortages, the original statues were made in painted plaster; but two years later they were replaced by others made of bronze from the German ammunition foundry. On the pedestal, this inscription was engraved: «Glory to the heroes of the Soviet Army, comrades-in-arms, who gave their lives for the freedom and independence of the Polish nation.»
This monument was intended to describe the new era of friendship between Poland and the Soviet Union. The two countries had shared an extremely difficult history, dating back to the time of the Tsars. In reality, both countries had entered the war on opposite sides: the Soviet Union had initially allied itself with Hitler, and had taken part in the invasion of Poland in 1939. But two years later, when the Nazis turned against them , the Soviets tried to promote a new relationship with the Poles.
What is a hero? What is he for? The Russians see the deconstruction of their war heroes as a personal affront, but the heroes are much more than mere representations of real people; they also represent ideas. If you no longer agree with those ideas, then perhaps the heroes should fall as well.
For Russians, statues like the Four Sleepers represent bravery, liberation, brotherhood – and, of course, greatness. But for the Poles and other Eastern Europeans, they represent something totally different: subjugation, humiliation, repression. The truth is that they represent both frames of ideas at the same time, but the emotions that these monuments arouse are so strong that many people are simply not willing to accept this ambiguity.

The gap in understanding between Europeans and Americans becomes apparent as soon as one looks at their war memorials. The United States dedicates monuments to its heroes; Europe usually does them to its victims. American monuments are triumphant; the Europeans, on the other hand, melancholy; American monuments are idealistic, while European ones – at least from time to time – tend to be morally ambiguous.
If the United States does not understand Europe, it is because the United States has never suffered what Europe or Asia suffered. The vast majority of Americans have only experienced war through the images that have come to them from film crews and war photographers, which did not always offer the most realistic or complete view of what was happening. Some of America’s most famous war memorials are based on these photographs, so it’s no wonder they convey a rather idealized vision.
If Europe does not understand the United States, however, it is for very different reasons. Europeans have failed to grasp the fact that the depth of American sentiment towards the war is not due to a sense of history, but to a sense of identity. The war is nothing more than a screen onto which they have projected much deeper ideas and emotions, which lie at the very core of the American psyche. In other words, when public figures in the United States lyrically refer to the war, it is not really the war they are talking about. This, as we shall see, becomes obvious as soon as one stops to take a closer look at its war memorials.
One of the most beloved monuments to American heroism during World War II is the Marine Corps Memorial in Arlington, Virginia. It is located in the very heart of American power, not far from the Pentagon building, with a panoramic view of the Lincoln Memorial, the Washington Monument and the Capitol along the Potomac River. It is undoubtedly one of the most important monuments in the country.
Strictly speaking, this is not a World War II memorial at all; It is a monument in memory of all the fallen Marines since the formation of this military body in 1775.
If there is a gap in the understanding between Europeans and Americans regarding the memory of the Second World War, this is one of the questions that explains it. Europe and the United States learned very different lessons from the war. In the 1930s, Europe was exposed to all the dangers of flag waving. In the violent years that followed, he experienced firsthand what happens when fanatical nationalism runs amok. As a result, today flags are symbols that must be treated with great care. In post-war, post-colonial Europe, anyone showing excessive passion for their national flag is generally suspected. The idea of a monument glorifying the placement of a national flag on foreign land would be absolutely unthinkable.
In the United States, on the other hand, there are flags everywhere: outside courthouses, schools and government buildings, in public parks, in front of people’s homes, on their cars, adorning their clothes. The national anthem, which is nothing less than a hymn to the flag, is sung before every game in the National Football League; and all children learn the Pledge of Allegiance to the flag the moment they start school. This has been the case since long before the Second World War; but the war further cemented the sacred bond between Americans and their flag.
What Europeans don’t understand is that for most Americans, the flag means much more than their nationality. It symbolizes virtues that they believe are universal: hope, freedom, justice and democracy.

The Soviet Union and the United States were not the only great winners of World War II: Great Britain was also part of this club of elite heroes. Of the so-called Big Three, Great Britain was the only one that participated in the war from the beginning. Therefore, it holds a special place in the history of the Allies.
Britain’s capital, London, was for many years the epicenter of the Allied war effort. Consequently, it became the site of dozens of different war memorials dedicated to various peoples and nationalities. We find monuments to the civilians who died in the Blitz, to the city’s firefighters, its railway employees and its vigilantes charged with protecting them from air raids. There are also large facilities dedicated to Canadian soldiers who fought for Britain, Australians, New Zealanders, and soldiers from India and the rest of the British Empire. Every branch of the military seems to have its monument here, from fighter pilots to tank crews to Gurkhas and Chindits. There are statues of generals, admirals and officers of the Air Force. There is even a monument to the animals that served during the war.
However, one London landmark stands out above all others. The Royal Air Force (RAF) Bomber Command Monument, located in Green Park, is one of the newest in London: it was opened in 2012, long after all the others. It is also by far the largest World War II memorial in the city: at more than eight meters high and eighty meters long, it is probably twice the size of its nearest competitor. But what really makes this monument unique is its design. Unlike other war memorials in London, which are all located outdoors, this one is partially covered. Its message is hidden behind an elaborate structure of Doric columns and classical balustrades: it looks more like a Greek temple than a war memorial. Inside, instead of Mars or Apollo, are the statues of a group of seven airmen who look like they’ve just returned from a mission. From their size, posture, and the way one of them looks confidently away, these men are supposed to be heroes. When entering this temple-like structure, one has to look up to see them, as if they were objects of worship. Above their heads the roof is open, so that nothing comes between them and the sky. If ever there was a temple to British heroism, this is it.
The Bomber Command Monument is one of the most important in London, but also one of the most problematic. Although the statues strike a heroic pose, it is unclear why these men should be considered heroes. Unlike many other statues dedicated to war, these are not raising a flag or brandishing a sword, or landing on a beach to liberate a nation. In fact, the posture is not dynamic at all: they are just standing there. On the wall, carved deep into the stone, an inscription tells us that during the war 55,573 men like them were killed. But this does not explain his heroic attitude either: the large numbers of dead speak of victims, not of heroism.

The War Memorial in Bologna, Italy, is much more intimate than any I’ve described so far. Based on a very simple idea, it consists of 2,000 portraits and names of local resistance fighters posted on the wall of the City Hall building, located in Neptune Square, right in the center of the city. It is the place where partisans captured during the war were publicly executed. Since 1945, it has become a memorial site not only for those who died there, but also for those who died fighting the Nazis and Italian Fascists throughout the region.
Unlike any of the other monuments in this book, this one was not erected by the state, nor by a museum or any other type of organization related to memory. Far from being planned in advance, it was born out of a spontaneous outburst of emotion on the part of local citizens to commemorate the lives and deaths of people they had known and loved.

Heroes are like rainbows: they can only be seen well from a distance. As soon as we get too close, the qualities that make them shine tend to disappear.

If the relationship between China and Japan becomes tense from time to time, what happens between South Korea and Japan can sometimes seem almost worse. Korea was a Japanese colony between 1910 and 1945, ruthlessly exploited by the colonizers, especially during World War II. Today, however, South Korean politicians often use the past as a weapon to attack Japan today. In recent years, protests and counter-protests between the two countries have degenerated into another seemingly endless cycle of mutual accusations.
At the center of this storm of mutual outrage stand two monuments. In Japan, much of the nationalist sentiment about the war years is centered around the Yasukuni Shrine – a place that in South Korea only provokes outrage; I will comment on the various controversies surrounding this institution later, in chapter 14. For Koreans, painful memories of the past are expressed in a bronze statue in central Seoul, a statue that many Japanese, especially those on the right, have come to hate.
At first glance, it is difficult to see what could be offensive about a statue of peace. It is a bronze sculpture of a young woman – almost a girl, actually – sitting on a chair, her fists clenched. She is wearing a traditional Korean dress. A little bird is perched on her shoulder, representing peace and freedom. She is staring straight ahead of her, a determined expression on her face. Next to her is a second chair, empty: an invitation to sit next to her, perhaps, or a symbol of someone else, absent.
In principle, the statue should not have anything controversial. The girl doesn’t seem particularly angry or sad; she does not show a frown, nor any gesture that could be considered offensive. Even the title of the monument seems innocuous enough: what could be wrong with a «statue of peace»?
It is only when one knows who this girl represents that one begins to understand why she provokes such emotions. She is, in effect, the representation of a “comfort woman” – the Japanese euphemism for a prostitute in the service of Japanese soldiers during the war.
In Korea there has always been a strong undercurrent of anti-Japanese sentiment. Prior to the 20th century, the country had frequently been in conflict with its neighbor, often having to turn to China or Russia to counter Japanese might. Beginning in 1905, however, when Japan had already defeated the last of its rivals in the region, all of Korea fell within the Japanese sphere of influence. The country was officially annexed to the Japanese Empire in 1910; and here began 35 years of colonial exploitation.
The height of this exploitation came during World War II, when the Japanese government began to interfere in all aspects of Korean life. Between 1939 and 1945, some 200,000 Korean men were drafted into the Imperial Japanese Army, and at least 1.5 million more were forced to work in Japanese factories. Women were also forced to do all kinds of jobs for the Japanese.

The most controversial monument in Europe is probably the one dedicated to the victims of the German occupation of Budapest. It was erected in 2014 by the Fidesz-Hungarian Civic Union Government to commemorate the moment when, seventy years earlier, the German army took control of the country. During the German occupation, hundreds of thousands of Hungarians lost their lives: they were either deported to concentration camps or died on the battlefield fighting under German command. It is supposed that this monument was erected in memory of all of them.
The design consists of two main figures standing before a classical colonnade. In the foreground is the Archangel Gabriel, a symbol of Hungary, with his arms outstretched. He has one of his wings broken, leaving only the billowing end of his robe to indicate where he was. His face shows an expression of serene suffering, his eyes closed. In his hand he carelessly holds a golden orb with a double cross – another symbol of Hungary – apparently unaware that they are about to take it from him.
Above him, swooping down from the top of the colonnade, we see the second figure of the allegory: an eagle representing Germany. In contrast to the serene and innocent angel below, everything about the eagle is aggressive. His outstretched claws are sharp; the feathers are not soft at all, unlike those on the angel’s wings, but more like blades. A metal ring surrounds his ankle, engraved with the date: 1944.
The message of this sculpture is not difficult to guess. Serene and peaceful Hungary is under attack by a ruthless and aggressive Germany. Hungary is portrayed as an innocent victim, a wounded angel. Germany, and only Germany, is guilty of violence.

Slovenia is not the only place where the lines between heroes, martyrs and monsters are blurred. Many nations, including mine, shy away from paying too much attention to some facts of their past. It is simply in human nature. When it becomes too difficult to draw a clear line between actions for which we feel guilty or innocent, or when there is a risk of making us feel too uncomfortable, each nation tries to take refuge in the gray areas between what is right and wrong. it’s wrong.
These gray areas are not there by chance. They fulfill a very useful function for society: they allow us to get closer to the idea that we have acted wrong, without forcing us to fully admit our fault. They are, in fact, like a cushion that breaks our fall.
Take for example the legacy of British colonialism. The British people know, deep down, that the subjugation and exploitation of other countries was morally indefensible; but it relieves his conscience with the idea that the Empire also provided some other benefit to the British colonies, such as the railway, cricket, and Western-style education. «We may have done wrong,» they may say to themselves, «but we weren’t monsters.»
Some nations cannot afford that luxury. In 1945, Japan and Germany suffered such a crushing defeat that they did not have the opportunity to build their own narrative about the crimes they had committed during the war. At the Nuremberg and Tokyo trials, these crimes were exposed to the full view of the world. They included some of the worst attacks on humanity: mass slavery, mass rape, mass murder, genocide. Both regimes forced their prisoners to work to death. Both carried out medical experiments on living human beings. There was no way to hide the fact that those who had committed these crimes had indeed behaved like monsters.
There are so many misunderstandings surrounding Yasukuni Shrine, especially in the West, that it is important to clear up some of them as a starting point. First of all, the shrine is not dedicated exclusively to those who died in World War II, as some assume, but to all Japanese soldiers who have fallen in battle since the Meiji Restoration in 1868. Tens of thousands had already been venerated of souls in the shrine long before 1937: those who had died in the Russo-Japanese War of 1904-1905, for example, or in the First World War, or in the various wars against the Chinese, the Taiwanese, or the Koreans. If World War II is the one that seems to dominate, it is only because that war was of a different magnitude. As a consequence of World War II, the number of souls honored here increased seventeenfold. Today there are more than 2,466,000 names on the list of the symbolic register of deities; 94% belong to people who died between 1937 and 1945.

The Peace Park. It is here, at the north end of the park, that the Statue of Peace stands.
This is surely Nagasaki’s most important monument to the bombing. At the base of the statue is a black marble box containing the names of the atomic bomb victims. Just as the representatives of the city of Hiroshima celebrate their Peace Ceremony in front of the cenotaph in front of the Atomic Bomb Dome, those of Nagasaki gather each year before this statue. Like the dome, the statue is symbolically a shrine to the dead.
The Statue of Peace was designed by sculptor Seibo Kitamura and inaugurated by the city of Nagasaki on the 10th anniversary of the bombing in August 1955. It depicts a virile, godlike figure ten meters tall, seated on a rock. One of her legs, enormous, muscular, remains folded on itself, as a sign of serene meditation, but the other firmly steps on the ground, ready to jump if necessary, to the aid of humanity. With her right hand she points to the sky, pointing out the threat of nuclear weapons. However, the left, which is stretched out, symbolizes tranquility and world peace. She has her eyes closed «in solemn prayer for the victims of war.» According to the artist, the statue wants to symbolize a desire for global harmony and rejection of war.
Far fewer visitors flock here than the larger and more central Hiroshima Peace Park; but the same atmosphere of pious pilgrimage is perceived.
In the Nagasaki Peace Park, a short distance from the colossal Statue of Peace, is the World Peace Symbols Zone. It was established in 1978 by the municipal authorities, who invited other nations of the world to donate monuments. Here we find sculptures from various European countries, as well as from China, the Soviet Union, Argentina, Brazil, the United States, Australia, New Zealand and many others. If each sculpture represents a different nation, this raises a question: which nation does the main Peace Statue represent? Is it possible that, after all, it does not symbolize international harmony, as its sculptor postulated? Does he represent, perhaps, Japan itself?
After the war, Japan knew that it had to change its methods, and it did so quickly.

Coventry is today Britain’s closest equivalent to Dresden in Germany, or Hiroshima in Japan, and is still frequently mentioned in the same context as these other cities. It is not because the destruction here was nearly as great – forty times as many people died in the bombing of Dresden, and about 250 times as many in the case of Hiroshima – but because Coventry happened first, which made it a pioneer of the devastation that was to come. In the British and American popular imagination, the destruction of Coventry and its famous cathedral has come to represent a small-scale model of the entire bombing war.
The resurrection that took place in this city is also partly a myth. Coventry’s renaissance was never as glorious as the brochures and postcards of the 1950s and 1960s promised. The city center experienced a great boom during these years, but in the following decades it began to look tired and grey. In the 1990s it was partially renovated and, even today, as I write these lines, it is going through a new phase of regeneration. But no modern urban planning, no matter how great, can ever replace the picturesque medieval city that was destroyed both by German bombing and by British planners in the 1930s, 1940s and 1950s. The ruins of the cathedral are a reminder of exactly what has been lost.
The city is no longer the prosperous place it was during the boom years of the mid-20th century. The dozens of factories that once drew the ire of the Luftwaffe are long gone, as are scores of others across Britain. In the 1980s it achieved one of the highest unemployment rates in the country, and even today unemployment is much higher there than the UK average. As often as the city’s civil and religious institutions advocate the idea of renaissance, there is still a sense that World War II took a heavy toll on the city and that the post-war European consensus let the world down. Coventry town. This disillusionment was reflected in the 2016 Brexit referendum, in which the majority of Coventry voters voted to leave the European Union.

The creators of the Liberation Route have realized that in order for it to survive in the long run, they have no choice but to make it this way. Old monuments, carved from metal and stone, are often torn down because they lose their relevance for later generations. History changes, and if its monuments do not keep up with those changes, sometimes they have to disappear.
Perhaps the best way to avoid future waves of iconoclasm is to embrace nuance and stay as true to historical fact as possible. Because monuments, like towns, will always be prisoners of history.

We live in an era where people are increasingly questioning the symbols of the past. Monuments that represent ideas no longer appeal to us as much, and those that seem too outdated or dissonant for modern sensibilities are often retired.
Destroying monuments does not solve our history; it just sticks it underground. As long as a monument stands, it will always have to be confronted, debated. In this way, our monuments hold us accountable. They are objects that make us never forget our debt to history – or that we are slaves to it.
Until now, most of the monuments we have erected in memory of the Second World War seem to have resisted this wave of iconoclasm. Unlike certain monuments of earlier eras, most of those erected in memory of World War II are still viewed with much respect. This is partly because the war is still relatively recent – it’s hard to justify demolishing a monument when some of the people it honors are still alive.
By and large, though, our war memorials have survived because they continue to tell something important about who we are – or, at least, who we’d like to believe we are. They question both our desires of the present and our memories of the past. They respond to a need that is not being covered by the contemporary world.

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