La Revancha De Los Poderosos: Cómo Los Autócratas Están Reinventando La Política En El Siglo XXI — Moisés Naím / The Revenge of Power: How Autocrats Are Reinventing Politics for the 21st Century by Moisés Naím

En todo el mundo las sociedades libres se enfrentan a un enemigo nuevo e implacable. Este no tiene ejército ni armada; no procede de ningún país que podamos señalar en un mapa; está en todas partes y en ninguna, porque no está ahí fuera , sino aquí dentro . En lugar de amenazar a las sociedades libres con la destrucción desde el exterior, como hicieron los nazis y los soviéticos, las amenazan con corroerlas desde el interior.
Un peligro que está en todas partes y en ninguna es esquivo, es difícil de identificar, de distinguir, de describir.
• El catastrofismo: los populistas son destacados pesimistas sobre la situación en la que se encuentran. El mundo que los rodea es corrupto, caótico y fallido. Hay que limpiar los establos de Augías para poder empezar de cero. En un pasado dominado por la élite antipopular no hay nada redimible.
• La criminalización de los rivales políticos: los adversarios políticos no son conciudadanos con distintas opiniones, sino delincuentes que deben ir a prisión. Los populistas son propensos a trasladar el enfrentamiento con sus rivales políticos del terreno electoral a los tribunales.
• La utilización de las amenazas externas: además de la amenaza interna, está la externa. Es una práctica muy antigua; el líder populista afirma que la nación está amenazada por un enemigo exterior. Se trata de una emergencia nacional que exige unidad y el apoyo incondicional de la población al Gobierno. En esas circunstancias, oponerse a los gobiernos equivale a una traición. Los enemigos extranjeros pueden ser naciones, inmigrantes que roban puestos de trabajo o empresas extranjeras abusivas que están explotando la patria.
• La militarización y paramilitarización: los populistas tienen un largo historial de glorificación de la imaginería militar y de utilizar a las fuerzas armadas y a los grupos paramilitares para intimidar a los disidentes.
• El argumento del desmoronamiento de las fronteras nacionales: dicen que las fronteras son «demasiado abiertas» y «porosas» y, por tanto, es urgente reforzarlas para detener la invasión de «los inmigrantes que nos roban el trabajo».
• El desprecio a los expertos: los expertos y los científicos, por definición, pertenecen a la élite intelectual y, por tanto, son cómplices de las humillaciones que sufre el noble pueblo al que representa el líder populista. Además, los expertos recogen datos y pruebas que demuestran realidades nada convenientes para el gobernante populista. El populismo vive en un mundo de fe e instinto, no de datos y ciencia.
• Los ataques a los medios de comunicación: los medios (hostiles) son unos enemigos tan encarnizados como los expertos. También ellos disponen de datos y muchas veces sacan a la luz la corrupción y la incompetencia de los gobiernos. Y son aficionados a denunciar actuaciones que el Gobierno preferiría mantener en secreto.
• La erosión del sistema de pesos y contrapesos: todas las instituciones capaces de contener y controlar la voluntad desenfrenada del populista son objeto de desconfianza y, a veces, de ataques descarados y de intentos de desautorizarlas.
• El mesianismo: la respuesta a todos estos enemigos comunes está en la fuerte personalidad de quien dirige la causa populista. La encarnación del populismo suele ser un líder carismático que encabeza la lucha contra las élites que oprimen al pueblo.

Interesante libro en cuanto a los problemas que nos acontecen en las sociedades actuales, el problema es que existen muchísimos libro sobre el tema pero es interesante su lectura para generar debate.

El problema fundamental al crear un Gobierno que verdaderamente rinda cuentas al pueblo es tan antiguo que su formulación más conocida viene del latín: quis custodiet ipsos custodes? ¿Quién vigila a los vigilantes? Un Gobierno necesita tener el poder para hacer cosas, pero ese poder debe limitarse de alguna forma para que no se descontrole y domine a toda la sociedad. Alguien tiene que vigilar a los vigilantes, observar con ojo atento aquellos en cuyas manos se deposita la autoridad para que no abusen ni puedan abusar jamás de ella.
Para ello, las sociedades modernas recurren a un inteligente diseño institucional integrado en el consenso liberal: un sistema interconectado de órganos de Gobierno que se vigilan entre sí para garantizar que ninguno pueda amasar todo el poder y lo utilice para sus propios fines en vez de para el bien público.
Las limitaciones de mandato son un problema habitual para los autócratas actuales, tanto para los ya establecidos como para los nuevos. Por lo menos 134 países cuentan con algún tipo de limitación formal de mandatos o, como mínimo, prohíben ejercer mandatos consecutivos, así que es una cuestión con la que seguramente los aspirantes a autócratas tienen que acabar lidiando en algún momento. En todos los casos, su máxima prioridad es conservar el poder ejecutivo. Sin embargo, las formas de hacerlo varían en función de las circunstancias políticas e institucionales de cada país.
La Constitución rusa ofrecía a Putin una posibilidad interesante. En el esquema organizativo del Kremlin, justo por debajo del todopoderoso presidente, se encontraba el cargo de primer ministro, en teoría un cargo claramente inferior, similar al papel del jefe de gabinete de la Casa Blanca en el sistema estadounidense. Aun así, era una oportunidad para Putin: con un personaje lo bastante dócil en la presidencia, el puesto de primer ministro sería un lugar estupendo en el que mantener un perfil discreto durante un tiempo. Además, la constitución solo limitaba el número de mandatos consecutivos, pero nada impedía que Putin volviera a la presidencia cuatro años después, en 2012.
En general, los autócratas preferirían no tener que convocar elecciones, y es lo que hacen en cuanto esto resulta políticamente factible. Dado que los electorados son imprevisibles, no siempre es posible impedir una derrota. No obstante, en la mayoría de lugares, el poder no cambia de manos el instante después de las elecciones, sino que tarda semanas o meses. En ese periodo denominado «del pato cojo» [lame-duck ], los legisladores siguen legislando y los ejecutivos continúan tomando decisiones, aunque ya hayan perdido en las urnas.
En muchos países ricos y pobres, en democracias recién nacidas y asentadas, reaparecen una y otra vez los mismos métodos para tratar de vaciar de contenido los controles democráticos y reforzar la hegemonía política de los autócratas. Es una tendencia mundial: el poder absoluto sobrevive, con disimulo, mediante la imitación de las instituciones que corrompe. A veces se conforma con quedarse en este espacio intermedio; pero con frecuencia lo considera una etapa más en el camino hasta la total autocracia.

La revancha del poder se sustenta en una paradoja. Por un lado, otorga la máxima importancia al sigilo; los autócratas necesitan ocultar en gran medida sus métodos antidemocráticos y de concentración de poder, sobre todo durante las primeras fases. Eso nos puede llevar a creer que sus dirigentes son personajes huraños, recluidos en palacios remotos, que se conforman con gobernar tras una cortina. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
De hecho, aunque los autócratas sean precavidos a la hora de utilizar la pseudoley para disimular las artimañas que emplean como forma de obtener y conservar el poder, eso no quiere decir que se escondan.
Donald Trump entendía el poder del espectáculo. Lo sentía en lo más hondo de su ser. Inmerso durante cuatro decenios en la cultura de la fama y de la industria del espectáculo, había desarrollado un inimitable sexto sentido sobre lo que había que hacer para llamar la atención, para que se escribiera sobre él, para que se hablara de él, para que se informara sobre él.
En su mundo, imbuido de los valores del espectáculo, las audiencias lo son todo. Años después, en plena pandemia de la COVID-19 , iba a someter esta idea a una prueba de resistencia, al presumir sin reparos sobre los índices de audiencia que tuvieron durante algún tiempo sus ruedas de prensa sobre el coronavirus en abril de 2020. Es la mentalidad del que sabe que lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal. Cuando debutó en la política nacional, en 2015, los profesionales miraron con desprecio a aquel advenedizo que se creía capaz de trasladar los métodos del mundo del espectáculo a un ámbito tan distinto.
Lo que no comprendimos fue que, a medida que el poder se degradaba en su territorio tradicional, estaba encontrando nuevas maneras de reagruparse en otros sitios y con formas nuevas. Los aspirantes a autócratas estaban reaccionando a un paisaje nuevo con nuevas estrategias.
El liderazgo carismático contiene en sí las semillas de la reacción en su contra: a quienes no están dispuestos a aceptar que un líder es sobrehumano o casi divino les alarma, como es natural, que otros sí lo estén. Cuando esta dinámica se consolida, no queda ya ningún margen en el centro: las fuerzas de la polarización nos obligan a escoger a uno de los bandos.

El populismo, la polarización y la posverdad son estrategias. Sin embargo, hace falta algo más concreto que unos principios organizativos y unas grandes estrategias para alcanzar el poder. Los autócratas actuales necesitan también herramientas, técnicas psicológicas, comunicativas, tecnológicas, legales, electorales, financieras y organizativas para reafirmar su poder y protegerse de las fuerzas que los limitan.
Son lo que llamamos las «herramientas del poder» . Los medios con los que los autócratas adquieren, ejercen y retienen el poder. Aquí vamos a ir a lo esencial del modo de reaccionar que ha tenido el poder ante las fuerzas centrífugas que empezaban a dispersarlo y a debilitarlo. Algunas de estas herramientas son nuevas, mientras que otras son versiones actualizadas de las armas que siempre han estado presentes en el arsenal de todos los demagogos; todas ellas han duplicado su eficacia gracias a la división de nuestros debates políticos y a la tóxica expansión mundial de la desconfianza en las instituciones públicas y de las nuevas tecnologías digitales, que multiplican la potencia de esas herramientas.
El caso más claro fue quizá el de Yevgeny Prigozhin, «el chef de Putin», el restaurador y empresario de catering de Moscú cuyo negocio creció gracias a su estrecha relación con Putin. Prigozhin es conocido, sobre todo, por ser el supuesto dueño de la infame Agencia de Investigación sobre Internet, una empresa con sede en San Petersburgo que, en realidad, es un instrumento del Kremlin para desestabilizar la política mundial y favorecer los intereses geopolíticos del presidente ruso. El caso de Prigozhin es el más visible, pero no es en absoluto el único. Personajes como él, a caballo entre la economía legal y el crimen organizado, parecen florecer siempre que una autocracia está asentando su poder.
En Venezuela, el equivalente fue el magnate colombiano del transporte Alex Saab, que convirtió sus contratos con el régimen de Caracas en una inmensa fortuna personal a base de estafar al Estado venezolano miles de millones mediante cobros abusivos por la importación de alimentos y que después empleó su dinero para respaldar el régimen de Maduro. En Filipinas fue Dennis Uy…
Tanto si abren nuevos caminos como si reinventan otros ya más que trillados, la nueva generación de autócratas ha desarrollado una serie especial de técnicas y herramientas para eludir los pesos y contrapesos en su afán por obtener el poder y mantenerse en él. Ya sea infringiendo las normas para presentarse como heterodoxos o saciando la sed de venganza de sus seguidores, han aprendido a incitar la rabia de la gente contra las élites para utilizarla como un instrumento de su poder. Eso significa explotar el escepticismo de la gente hacia los expertos al tiempo que le impiden el acceso a las informaciones que los critican. Y, cuando falla todo lo demás, desempolvar los poderes extraordinarios para eludir los controles formales sobre sus poderes.
Cada una de estas técnicas, por sí sola, sería un peligro para la salud de una democracia libre. Desplegadas a la vez, crean grandes oportunidades para sustituir una democracia real por otra falsa, con todos los adornos de la vieja democracia, pero sin su eficacia para limitar el poder del principal ejecutivo del país.

Para los líderes, esa mezcla de desestructuración económica y empoderamiento tecnológico, con el trasfondo de la sensación general de peligro, constituye un coto de caza idóneo. Tiene todos los ingredientes del caldo de cultivo de Huntington, aunque en una encarnación contemporánea que él no podía imaginar en los años sesenta del sigo pasado.
A la hora de la verdad, el orden político es verdadera y endiabladamente difícil de mantener en unas sociedades cambiantes. Eso es tan cierto hoy como hace cincuenta años. La diferencia es que la velocidad de los cambios, en la actualidad, es mucho mayor.

El tamaño de las grandes empresas tecnológicas, sus enormes reservas de capital, el atractivo de sus marcas, las tecnologías exclusivas y los codiciados productos y servicios que ofrecen constituyen una barrera comercial infranqueable para quienes aspiran a competir con ellas. El poder que ejercen estas cinco empresas en las distintas actividades a las que se dedican, su tendencia a la innovación y la influencia política que compra su dinero invitan a pensar que su dominio se mantendrá. Sería un error defender esa opinión, que contradice las enseñanzas de la historia, la dinámica de la competencia y los cambios de poder que hemos observado en los tres últimos decenios.
La realidad resulta más compleja. Es cierto que los gigantes tecnológicos actuales han adquirido una dimensión abrumadora y una nueva forma de poder empresarial. Pero también lo es que dicho poder tan desmesurado tiene pocas esperanzas de perdurar ahora que los gobiernos empiezan a tratar de contener a las grandes empresas del sector.
Sin embargo, al tiempo que unas empresas gigantescas y emblemáticas se hundían, otras se encontraban en un proceso de plena expansión. La pandemia aumentó la demanda de, entre otras cosas, programas informáticos, transporte y logística, comunicaciones, dispositivos médicos y farmacéuticos, y medios de pago sin contacto. En varios de estos sectores, la competencia era feroz, mientras que las empresas que estaban protegidas por enormes barreras comerciales se hallaban a salvo de los posibles rivales.
No obstante, esta situación no es estable ni permanente. En el mundo actual, el poder empresarial tiene una esperanza de vida corta y cada vez más reducida. La demanda popular de que se ponga freno al poder de las grandes empresas, las consiguientes intervenciones estatales y la competencia continuada acabarán minando la preponderancia de los gigantes tecnológicos. Seguirán existiendo, controlando cuotas de mercado importantes y ejerciendo un enorme poder; pero también estarán sujetos a más restricciones sobre lo que pueden hacer con el poder que consigan conservar.
Las empresas nuevas, la competencia extranjera, un mayor activismo contra los monopolios , unas normas más estrictas y una imparable innovación tecnológica son factores que imponen límites a los líderes del mercado desde hace generaciones y resulta razonable pensar que sus efectos centrífugos en la concentración empresarial determinarán el poder de esas grandes compañías.
Aunque el uso de las redes sociales para influir en la política adopta formas muy diferentes en otros países, todas estas intervenciones suelen compartir un mismo objetivo: sembrar informaciones malintencionadas que agraven la polarización y las divisiones de las sociedades.

Cuando se ha corroído la fe en las instituciones, son necesarias, para reconstruir el consenso político, unas aptitudes que nadie parece haber descubierto todavía. El furioso menosprecio hacia las instituciones y las élites se metastatiza. Y, por desgracia, cuando esta dinámica arranca, el paso siguiente más probable es caer en la kakistocracia: el Gobierno de los peores elementos de la sociedad.
Esa es la razón de que la antipolítica sea una de las amenazas más peligrosas que se ciernen sobre la democracia actual: es una poderosa fuerza centrífuga, destruye la base de la política democrática y crea espacios de los que se apoderan los aspirantes a autócratas. Por eso sus peligros son sistémicos, porque la antipolítica mina la capacidad de la sociedad de tomar decisiones colectivas, de resolver las diferencias de forma sosegada e institucional y de construir estructuras que nos incluyan a todos. Deja tras de sí una esfera política que solo se puede gobernar por imposición. En este sentido, su capacidad de corroer las instituciones carece casi de parangón.
Las sociedades en las garras de la antipolítica suelen descubrir que ya no pueden ponerse de acuerdo sobre unos hechos objetivos. Esta tendencia se amplía y se intensifica con la intervención de la posverdad.

Cualquier acontecimiento que polariza y divide a las sociedades democráticas se convierte en una oportunidad para la propaganda, y la pandemia de la COVID-19 no ha sido ninguna excepción. A mediados de 2020, unos investigadores del Instituto de Internet de Oxford descubrieron que varios medios subvencionados por el Estado en China, en Irán, en Rusia y en Turquía se dedicaban a difundir informaciones falsas sobre la crisis entre los usuarios de redes sociales de habla francesa, alemana y española. Los órganos de propaganda de cada país se centraban en un tipo distinto de desinformación: los medios chinos y turcos tenían más interés en destacar el papel de sus respectivos países en la lucha contra el virus, mientras que los rusos e iraníes querían agitar las aguas, sembrar la discordia en los países receptores y propagar teorías de la conspiración sobre la pandemia.
Las ultrafalsificaciones no son el único problema. También lo es la normalización de la mentira. Con una alarmante regularidad, los aspirantes a autócratas de todo el mundo llegan a una solución parecida para el problema de devolver cierta eficacia a su poder. Destruir la verdad se ha vuelto demasiado habitual.
La revolución de la mendacidad es un elemento esencial del enfrentamiento de los autócratas contra el statu quo . El hecho de que muchas de sus tácticas procedan de la propaganda soviética nos ofrece una preocupante pista sobre el tipo de enfrentamiento que es y el carácter autocrático de quienes lo emprenden. Sin embargo, es importante comprender, además de las semejanzas, lo que ha cambiado en el paso a un sistema de información que se apoya en internet. Cuando había pocos medios y estos estaban firmemente controlados por guardianes profesionales, los autócratas tenían miedo de los datos objetivos y se esforzaban de manera febril en ocultarlos. Hoy, como hemos visto, practican «la censura mediante el ruido», una manguera de falsedades para ahogar la verdad en un miasma de incertidumbre. Donald Trump aprendió bien la lección y consiguió que su aluvión de tuits fuera un factor importante en la política estadounidense.
Sin embargo, el problema no es solo que los estados mafiosos se beneficien del acceso a la información de la Interpol, sino que el principal Estado mafioso del mundo, Rusia, lleva a cabo desde hace años una campaña para volver del revés la Interpol y utilizarla como instrumento para extender el poder de Putin más allá de las fronteras rusas.
En la práctica, la presidencia de la Interpol es un cargo más bien ceremonial. Sin embargo, la propuesta de que Prokopchuk lo ocupara fue una valiosa señal. El circo que se organizó por su nominación erosionó todavía más la confianza de las fuerzas de seguridad de todo el mundo en la Interpol. Y el mal funcionamiento de la Interpol resulta muy conveniente para los estados mafiosos de todo el mundo.

Son los pioneros de una nueva forma de colaboración internacional, que consiste en crear redes formales e informales con el fin de consagrar su legitimidad, obtener dinero, reforzar su seguridad nacional y personal, y sobre todo asegurar su control del poder. Muchas de sus operaciones conjuntas, alianzas y actividades en común con otros líderes que utilizan estrategias se llevan a cabo con el máximo secreto. Y el propósito de esta nueva modalidad de diplomacia ultrasecreta es crear lazos de solidaridad entre unos gobernantes que, aunque tengan ideologías muy distintas, comparten una concepción particular del poder como algo permanente y consideran inaceptables y evitables los controles que tratan de limitarlo.
Las alianzas entre naciones son básicas en las relaciones internacionales. Así que no debería tener nada de especial que unos líderes que se apoyan en el populismo, la polarización y la posverdad para permanecer en el poder forjen alianzas con otros estados, al igual que hacen otros dirigentes. La diferencia es que las alianzas que buscan los líderes no defienden los intereses nacionales, sino que pretenden impulsar y proteger sus propios intereses.
Los gobernantes comprenden enseguida que no pueden sobrevivir aislados.
ONGOG: LA PLAGA DE LAS FALSAS ONG.
Las ONGOG son útiles para los autócratas 3P porque, en el actual mundo mediático, la distinción entre diferentes tipos de medios y diferentes tipos de fuentes se ha difuminado. Apelar a la autoridad moral de una ONG es un poderoso mecanismo para manipular la opinión. En los capítulos anteriores hemos visto que los autócratas 3P compran medios de comunicación para colocarlos fuera del alcance de sus detractores. Esta es una fórmula que triunfa a escala nacional, pero, cuando el objetivo de un autócrata es exhibir el poder más allá de sus fronteras, las ONGOG pueden desempeñar una función similar.
Las ONGOG triunfan mediante la misma clase de imitación isomórfica que hace tan difícil descubrir la seudoley. Estas falsas ONG aprovechan la legitimidad de las organizaciones de la sociedad civil para impulsar los valores contrarios.
El panorama se emborrona sobre todo cuando las ONGOG se revisten de una pátina de periodismo. En este caso, enunciar las diferencias entre una emisora legítima subvencionada por el Estado y un instrumento de propaganda que la imita resulta un ejercicio muy complicado. Al fin y al cabo, si Reino Unido tiene la BBC, Alemania tiene Deutsche Welle y Japón tiene NHK, ¿por qué Rusia no va a tener Rusia Today, Venezuela y sus aliados latinoamericanos Telesur, e Irán Press TV? La respuesta sincera («porque aquellas son verdaderos órganos dedicados a buscar información y estas no son más que medios de propaganda») es cierta y, al mismo tiempo, increíblemente fácil de desmontar con la acusación de que «yo no difundo bulos, el que difunde bulos eres tú».

La pandemia de la COVID-19 también sirvió para que volviéramos a fijarnos en la capacidad tecnológica de varios países a la hora de producir y distribuir una vacuna. Hábitos mentales largamente olvidados de proteccionismo rancio y chovinismo científico volvieron a saltar a primera fila cuando Estados Unidos, la Unión Europea, Reino Unido, Rusia y China emprendieron una carrera para responder con más rapidez y fiabilidad que los demás. En los primeros meses de 2021, las prioridades de las vacunas se convirtieron en una especie de obsesión mundial. China y Rusia, aprovechando al máximo la carta blanca de sus autoridades, dieron preferencia a la exportación de vacunas a los países satélites, a veces incluso por delante de sus propias poblaciones vulnerables. Los aliados occidentales, sometidos a furiosas exigencias para que se acelerase la vacunación, no iban a desviar sus propios y limitados suministros en un momento así.
Unas veces la realidad encajaba con los estereotipos y otras, no. Nadie se sorprendió de que Israel, con una población pequeña, unas instalaciones de investigación en ciencias de la vida avanzadísimas y una militarización permanente, fuera el primer país en alcanzar la inmunidad de grupo. Sin embargo, la Unión Europea, a pesar de sus enormes recursos científicos y de sus investigadores, así como de su fama de eficacia tecnocrática, partió con mal pie, sin haber asegurado suficientes dosis para su vasta población y muy por detrás de los primeros países en materia de vacunación.
Con el tiempo, es probable que la carrera de las vacunas de 2020 se recuerde sobre todo por proveer de la «prueba de concepto» sobre la viabilidad de las terapias de ARNm. Los novedosos procedimientos utilizados para fabricar las vacunas de Moderna y Pfizer-BioNTech, sorprendentemente sofisticados, señalan el camino para una generación totalmente nueva de fármacos que nos permiten tener la esperanza de obtener tratamientos sin precedentes para un gran abanico de enfermedades.
Tenemos, pues, un futuro posible —uno entre varios— en el que se recordará el coronavirus por ser el momento en el que el mundo superó a los nuevos autócratas. Si, dentro de unos años, se confirma que a los países que respetaron los conocimientos científicos y la libre circulación de información les fue sistemáticamente mejor que a los que permanecieron aferrados a la posverdad, la legitimidad de los ignorantes autócratas habrá sufrido un serio golpe.

Entre las muchas que nos aguardan, creo que estas cinco son las más importantes:
1. La batalla contra la Gran Mentira.
2. La batalla contra los gobiernos convertidos en criminales.
3. La batalla contra las autocracias que tratan de debilitar a las democracias.
4. La batalla contra los cárteles políticos que ahogan a la competencia.
5. La batalla contra los relatos iliberales.
La primera línea de defensa contra la Gran Mentira la forman unos ciudadanos informados y sensibles. Cuando los ciudadanos no poseen las herramientas para ejercer sus obligaciones, existen más posibilidades de que los autócratas 3P se afiancen. El precio de no hacer nada al respecto es demasiado alto para poder consentirlo.
Es imprescindible que aceleremos el desarrollo y la adopción de nuevas leyes, instituciones y tecnologías, así como nuevos estímulos, que den a los ciudadanos la oportunidad de rechazar el aluvión de mentiras que los autócratas o los que aspiran a serlo despliegan contra ellos. Es muy posible lograrlo.
El hecho de que la democracia haya sobrevivido desde hace tres siglos no garantiza en absoluto que vaya a volver a vencer a sus enemigos. Ahora bien, si conseguimos derribar las Grandes Mentiras, marginar a los gobiernos criminales, eludir los intentos de subversión extranjera contra elementos democráticos, enfrentarnos a los cárteles políticos que impiden la competencia y hacer retroceder los relatos iliberales en los que se sostienen los ataques autocráticos, habremos ganado la guerra para preservar la democracia.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/04/30/el-fin-del-podercomo-el-poder-ya-no-es-lo-que-era-moises-naim/

https://weedjee.wordpress.com/2018/02/18/repensar-el-mundo-111-sorpresas-del-siglo-xxi-moises-naim-rethink-the-world-111-surprises-of-the-21st-century-by-moises-naim/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/28/la-revancha-de-los-poderosos-como-los-autocratas-estan-reinventando-la-politica-en-el-siglo-xxi-moises-naim-the-revenge-of-power-how-autocrats-are-reinventing-politics-for-the-21st-cent/

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All over the world, free societies face a new and implacable enemy. It has no army or navy; he does not come from any country that we can point to on a map; he is everywhere and nowhere, because he is not out there, but in here. Instead of threatening free societies with destruction from without, as the Nazis and Soviets did, they threaten to corrode them from within.
A danger that is everywhere and is elusive nowhere, is difficult to identify, to distinguish, to describe.
• Catastrophism: populists are outspoken pessimists about the situation in which they find themselves. The world around them is corrupt, chaotic and flawed. You have to clean the stables of Augeas to be able to start from scratch. In a past dominated by the anti-popular elite there is nothing redeemable.
• The criminalization of political rivals: political opponents are not fellow citizens with different opinions, but criminals who should go to prison. Populists are prone to shifting the confrontation with their political rivals from the electoral arena to the courts.
• The use of external threats: in addition to the internal threat, there is the external one. It is a very old practice; the populist leader claims that the nation is threatened by an external enemy. This is a national emergency that requires unity and the unconditional support of the population for the Government. In these circumstances, opposing governments amounts to treason. Foreign enemies can be nations, immigrants stealing jobs, or abusive foreign companies that are exploiting the homeland.
• Militarization and paramilitarization: Populists have a long history of glorifying military imagery and using the armed forces and paramilitary groups to intimidate dissidents.
• The argument of the collapse of national borders: they say that the borders are «too open» and «porous» and, therefore, it is urgent to strengthen them to stop the invasion of «immigrants who steal our jobs».
• Contempt for experts: experts and scientists, by definition, belong to the intellectual elite and, therefore, are complicit in the humiliations suffered by the noble people represented by the populist leader. In addition, the experts collect data and evidence that show realities that are not convenient for the populist ruler. Populism lives in a world of faith and instinct, not data and science.
• Attacks on the media: the (hostile) media are as bitter enemies as the experts. They also have data and often bring to light the corruption and incompetence of governments. And they are fond of denouncing actions that the Government would prefer to keep secret.
• The erosion of the system of checks and balances: all institutions capable of containing and controlling the unbridled will of the populist are subject to mistrust and sometimes to outright attacks and attempts to undermine them.
• Messianism: the answer to all these common enemies lies in the strong personality of those who lead the populist cause. The embodiment of populism is often a charismatic leader who leads the fight against the elites who oppress the people.

Interesting book regarding the problems that befall us in today’s societies, the problem is that there are many books on the subject but it is interesting to read it to generate debate.

The fundamental problem in creating a government that is truly accountable to the people is so old that its best-known formulation comes from the Latin: quis custodiet ipsos custodes? Who watches the watchers? A government needs to have the power to do things, but that power must be limited in some way so that it doesn’t get out of control and dominate the whole of society. Someone has to keep an eye on the watchmen, keep a watchful eye on those in whose hands authority is placed so that they don’t abuse it and can never abuse it.
To do this, modern societies resort to a clever institutional design embedded in the liberal consensus: an interconnected system of government bodies that monitor each other to ensure that no one can amass all the power and use it for their own purposes instead of the public good.
Term limitations are a common problem for today’s autocrats, both established and new. At least 134 countries have some form of formal term limitation or at the very least prohibit consecutive terms, so it’s an issue that would-be autocrats will surely have to grapple with at some point. In all cases, their top priority is to retain executive power. However, the ways of doing this vary depending on the political and institutional circumstances of each country.
The Russian Constitution offered Putin an interesting possibility. In the organizational scheme of the Kremlin, just below the almighty president, was the position of prime minister, in theory a clearly inferior position, similar to the role of the White House chief of staff in the American system. Still, it was an opportunity for Putin: with a tame enough figure in the presidency, the prime ministerial post would be a great place to keep a low profile for a while. Furthermore, the constitution only limited the number of consecutive terms, but nothing prevented Putin from returning to the presidency four years later, in 2012.
In general, autocrats would rather not have to hold elections, and do so as soon as this is politically feasible. Since electorates are unpredictable, it is not always possible to prevent defeat. However, in most places, power does not change hands the instant after the election, but takes weeks or months. In this so-called «lame-duck» period, legislators continue to legislate and executives continue to make decisions, even if they have already lost at the polls.
In many rich and poor countries, in newly born and established democracies, the same methods reappear again and again to try to empty democratic controls and reinforce the political hegemony of autocrats. It is a worldwide trend: absolute power survives, covertly, by imitating the institutions it corrupts. Sometimes he is content to stay in this in-between space; but he often sees it as just another stage on the road to full autocracy.

The revenge of power is based on a paradox. On the one hand, it places the utmost importance on stealth; autocrats need to largely conceal their anti-democratic and power-concentration methods, especially during the early stages. That can lead us to believe that its leaders are sullen characters, secluded in remote palaces, who are content to rule behind a curtain. However, nothing is further from reality.
In fact, even if autocrats are cautious about using pseudo-law to disguise the tricks they employ as a way of gaining and keeping power, that doesn’t mean they hide.
Donald Trump understood the power of spectacle. He felt it in the depths of his being. Immersed in the culture of fame and entertainment for four decades, he had developed an inimitable sixth sense about what to do to get noticed, to be written about, to be talked about, to be be informed about him.
In his world, imbued with the values of the show, audiences are everything. Years later, in the midst of the COVID-19 pandemic, he was going to put this idea to an endurance test, bragging unashamedly about the audience ratings that his press conferences on the coronavirus had for some time in April 2020. It is the mentality of one who knows that the important thing is that they talk about one, even if it’s bad. When he debuted in national politics, in 2015, professionals looked with contempt at that upstart who believed himself capable of transferring the methods of show business to such a different field.
What we didn’t understand was that as power degraded in its traditional territory, it was finding new ways to regroup elsewhere and in new ways. Would-be autocrats were reacting to a new landscape with new strategies.
Charismatic leadership contains within it the seeds of backlash: those unwilling to accept that a leader is superhuman or quasi-divine are naturally alarmed that others are. When this dynamic is consolidated, there is no longer any margin in the center: the forces of polarization force us to choose one of the sides.

Populism, polarization and post-truth are strategies. However, something more concrete than organizational principles and grand strategies is needed to achieve power. Today’s autocrats also need psychological, communicative, technological, legal, electoral, financial, and organizational tools and techniques to reassert their power and protect themselves from the forces that limit them.
They are what we call the “tools of power”. The means by which autocrats acquire, exercise, and retain power. Here we are going to go to the essentials of the way power has reacted to the centrifugal forces that were beginning to disperse and weaken it. Some of these tools are new, while others are updated versions of weapons that have always been present in every demagogue’s arsenal; all of them have doubled their effectiveness thanks to the division of our political debates and the toxic global expansion of mistrust in public institutions and new digital technologies, which multiply the power of these tools.
The clearest case was perhaps that of Yevgeny Prigozhin, «Putin’s chef,» the Moscow restaurateur and caterer whose business grew thanks to his close relationship with Putin. Prigozhin is known, above all, for being the alleged owner of the infamous Internet Research Agency, a company based in St. Petersburg that, in reality, is an instrument of the Kremlin to destabilize world politics and favor the geopolitical interests of the president. Russian. Prigozhin’s case is the most visible, but he is by no means the only one. Characters like him, straddling the legal economy and organized crime, seem to flourish whenever an autocracy is establishing its power.
In Venezuela, the equivalent was the Colombian transport tycoon Alex Saab, who turned his contracts with the Caracas regime into an immense personal fortune by defrauding the Venezuelan state of billions through abusive charges for food imports and who later used their money to support the Maduro regime. In the Philippines it was Dennis Uy…
Whether breaking new ground or reinventing well-trodden ones, the new generation of autocrats has developed a special set of techniques and tools to circumvent checks and balances in their quest to gain and stay in power. Whether it’s breaking the rules to present themselves as unorthodox or quenching their followers’ thirst for revenge, they have learned to incite the anger of the people against the elites and use it as an instrument of their power. That means exploiting people’s skepticism toward experts while denying them access to information that criticizes them. And, when all else fails, dusting off extraordinary powers to bypass formal checks on their powers.
Each of these techniques, by itself, would be a danger to the health of a free democracy. Deployed at the same time, they create great opportunities to replace a real democracy with a fake one, with all the trappings of the old democracy, but without its effectiveness in limiting the power of the country’s main executive.

For the leaders, this mixture of economic destructuring and technological empowerment, against the background of the general sense of danger, constitutes an ideal hunting ground. It has all the ingredients of Huntington’s breeding ground, albeit in a contemporary incarnation he couldn’t have imagined in the 1960s.
When push comes to shove, political order is truly fiendishly difficult to maintain in changing societies. That is as true today as it was fifty years ago. The difference is that the speed of change, at present, is much greater.
The size of the big technology companies, their enormous reserves of capital, the attractiveness of their brands, the exclusive technologies and the coveted products and services they offer constitute an insurmountable commercial barrier for those who aspire to compete with them. The power that these five companies wield in the different activities in which they are engaged, their tendency to innovate and the political influence that their money buys suggest that their dominance will continue. It would be a mistake to defend such a view, which contradicts the teachings of history, the dynamics of competition, and the shifts in power that we have seen in the last three decades.
The reality is more complex. It is true that today’s tech giants have taken on an overwhelming size and a new form of corporate power. But it is also true that such excessive power has little hope of lasting now that governments begin to try to contain the big companies in the sector.
However, while some gigantic and emblematic companies were going under, others were in the process of full expansion. The pandemic increased demand for, among other things, software, transportation and logistics, communications, medical and pharmaceutical devices, and contactless payment methods. In several of these sectors, competition was fierce, while companies that were protected by huge trade barriers were safe from potential rivals.
However, this situation is neither stable nor permanent. In today’s world, corporate power has a short and shrinking life expectancy. Popular demand to curb the power of big business, the consequent state interventions, and continued competition will ultimately undermine the dominance of the tech giants. They will continue to exist, controlling significant market shares and wielding enormous power; but they will also be subject to more restrictions on what they can do with whatever power they manage to retain.
Start-ups, foreign competition, increased antitrust activism, stricter regulations, and relentless technological innovation have been limiting market leaders for generations, and it stands to reason that their centrifugal effects on business concentration will determine the power of those big companies.
Although the use of social networks to influence politics takes very different forms in other countries, all these interventions often share the same goal: to sow malicious information that aggravates polarization and divisions in societies.

When faith in institutions has corroded, skills that no one seems to have yet discovered are needed to rebuild political consensus. The furious contempt for institutions and elites metastasizes. And, unfortunately, when this dynamic starts, the most likely next step is to fall into kakistocracy: the Government of the worst elements of society.
That is why anti-politics is one of the most dangerous threats to democracy today: it is a powerful centrifugal force, destroying the foundation of democratic politics and creating spaces for would-be autocrats to take over. That is why its dangers are systemic, because anti-politics undermines society’s ability to make collective decisions, to resolve differences in a calm and institutional manner, and to build structures that include us all. It leaves behind a political sphere that can only be governed by imposition. In this sense, its ability to corrode institutions is almost unparalleled.
Societies in the grip of anti-politics often find that they can no longer agree on objective facts. This trend widens and intensifies with the intervention of post-truth.

Any event that polarizes and divides democratic societies becomes an opportunity for propaganda, and the COVID-19 pandemic has been no exception. In mid-2020, researchers at the Oxford Internet Institute discovered that several state-sponsored media outlets in China, Iran, Russia and Turkey were spreading false information about the crisis among French-speaking social media users. , German and Spanish. The propaganda organs of each country focused on a different type of disinformation: the Chinese and Turkish media were more interested in highlighting the role of their respective countries in the fight against the virus, while the Russians and Iranians wanted to stir the waters, sow discord in recipient countries and propagate conspiracy theories about the pandemic.
Ultra-counterfeits are not the only problem. So is the normalization of lying. With alarming regularity, would-be autocrats around the world come up with a similar solution to the problem of restoring some effectiveness to their power. Destroying the truth has become all too common.
The revolution of mendacity is an essential element of the autocrats’ confrontation with the status quo. The fact that many of its tactics come from Soviet propaganda offers us a worrying clue as to the type of confrontation it is and the autocratic nature of those who undertake it. However, it is important to understand, in addition to the similarities, what has changed in the transition to an information system based on the Internet. When the media were few and tightly controlled by professional gatekeepers, autocrats were afraid of hard data and worked feverishly to hide it. Today, as we have seen, they practice «noise censorship,» a hose of falsehoods to drown the truth in a miasma of uncertainty. Donald Trump learned his lesson well and made his barrage of tweets a major factor in American politics.
However, the problem is not only that the mafia states benefit from access to information from Interpol, but that the world’s leading mafia state, Russia, has been waging a years-long campaign to turn Interpol upside down and use it as an instrument to extend Putin’s power beyond Russian borders.
In practice, the presidency of Interpol is a rather ceremonial position. However, the proposal that Prokopchuk occupy it was a valuable signal. The circus that was organized by his nomination further eroded the confidence of security forces around the world in Interpol. And Interpol’s malfunction is very convenient for mafia states around the world.

They are the pioneers of a new form of international collaboration, which consists of creating formal and informal networks in order to consecrate their legitimacy, obtain money, reinforce their national and personal security, and above all ensure their control of power. Many of their joint operations, alliances and activities in common with other leaders who use strategies are carried out with the utmost secrecy. And the purpose of this new form of top-secret diplomacy is to create bonds of solidarity between rulers who, although they have very different ideologies, share a particular conception of power as something permanent and consider the controls that try to limit it unacceptable and avoidable.
Alliances between nations are basic in international relations. So it should be nothing special that leaders who rely on populism, polarization and post-truth to stay in power forge alliances with other states, just like other leaders do. The difference is that the alliances that leaders seek do not defend national interests, but rather seek to promote and protect their own interests.
The rulers quickly understand that they cannot survive in isolation.
ONGOG: THE PLAGUE OF THE FAKE ONG.
ONGGOs are useful to 3P autocrats because, in today’s media world, the distinction between different types of media and different types of sources has become blurred. Appealing to the moral authority of an NGO is a powerful mechanism for manipulating opinion. In previous chapters we have seen that 3P autocrats buy media outlets to place them beyond the reach of their detractors. This is a formula that succeeds on a national scale, but when an autocrat’s goal is to display power across borders, ONGOs can play a similar role.
ONGOGs succeed through the same kind of isomorphic mimicry that makes pseudolaw so difficult to discover. These fake NGOs take advantage of the legitimacy of civil society organizations to promote contrary values.
The panorama becomes blurred especially when the ONGOG are covered with a patina of journalism. In this case, enunciating the differences between a legitimate station subsidized by the State and a propaganda instrument that imitates it is a very complicated exercise. After all, if the UK has the BBC, Germany has Deutsche Welle, and Japan has NHK, why shouldn’t Russia have Russia Today, Venezuela and its Latin American allies Telesur, and Iran Press TV? The honest answer («because those are true organs dedicated to seeking information and these are nothing more than means of propaganda») is true and, at the same time, incredibly easy to dismantle with the accusation that «I do not spread hoaxes, whoever spread hoaxes are you».

The COVID-19 pandemic also served to refocus our attention on the technological capacity of various countries to produce and distribute a vaccine. Long-forgotten habits of mind of stale protectionism and scientific chauvinism came back to the fore as the United States, the European Union, the United Kingdom, Russia and China raced to respond faster and more reliably than anyone else. In the early months of 2021, vaccine priorities became something of a global obsession. China and Russia, taking full advantage of their authorities’ carte blanche, gave preference to exporting vaccines to satellite countries, sometimes even ahead of their own vulnerable populations. The Western Allies, under furious demands for expedited vaccination, were not about to divert their own limited supplies at such a time.
Sometimes reality fit the stereotypes and other times it didn’t. No one was surprised that Israel, with a small population, state-of-the-art life sciences research facilities, and ongoing militarization, was the first country to achieve herd immunity. However, the European Union, despite its enormous scientific resources and researchers, as well as its reputation for technocratic efficiency, started off on the wrong foot, without having secured sufficient doses for its vast population and far behind the first countries regarding vaccination.
In time, the 2020 vaccine race will likely be remembered most for providing «proof of concept» on the feasibility of mRNA therapies. The surprisingly sophisticated novel procedures used to manufacture Moderna and Pfizer-BioNTech vaccines point the way to an entirely new generation of drugs that give us hope of unprecedented treatments for a wide range of diseases.
So we have a possible future—one of several—in which the coronavirus will be remembered as the moment when the world outgrew the new autocrats. If, in a few years, it is confirmed that the countries that respected scientific knowledge and the free flow of information did systematically better than those that remained clinging to post-truth, the legitimacy of the ignorant autocrats will have suffered a serious blow.

Among the many that await us, I think these five are the most important:
1. The battle against the Big Lie.
2. The battle against governments turned into criminals.
3. The battle against autocracies that try to weaken democracies.
4. The battle against the political cartels that stifle the competition.
5. The battle against illiberal narratives.
The first line of defense against the Big Lie is informed and sensitive citizens. When citizens do not have the tools to carry out their duties, 3P autocrats are more likely to gain a foothold. The price of doing nothing about it is too high to indulge.
It is imperative that we accelerate the development and adoption of new laws, institutions and technologies, as well as new stimulus, that give citizens the opportunity to reject the barrage of lies that autocrats or would-be autocrats unleash against them. It is very possible to achieve it.
The fact that democracy has survived for three centuries is no guarantee that it will again defeat its enemies. Now, if we can bring down the Big Lies, sideline criminal governments, fend off attempts at foreign subversion against democratic elements, confront political cartels that impede competition, and roll back the illiberal narratives that underlie autocratic attacks, we will have won the war to preserve democracy.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/04/30/el-fin-del-podercomo-el-poder-ya-no-es-lo-que-era-moises-naim/

https://weedjee.wordpress.com/2018/02/18/repensar-el-mundo-111-sorpresas-del-siglo-xxi-moises-naim-rethink-the-world-111-surprises-of-the-21st-century-by-moises-naim/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/28/la-revancha-de-los-poderosos-como-los-autocratas-estan-reinventando-la-politica-en-el-siglo-xxi-moises-naim-the-revenge-of-power-how-autocrats-are-reinventing-politics-for-the-21st-cent/

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