Breve Historia De La Superstición — Stuart Vyse / Superstition: A Very Short Introduction by Stuart Vyse

Nuestra fascinación por la superstición viene dada por el misterio y la paradoja que la acompañan. Ya solamente por pertenecer a determinada cultura, todas las personas aprendemos una serie de rituales encaminados a atraer la buena suerte; pero a menudo no está claro cómo empezaron tales supersticiones, muchas de las cuales son bastante elaboradas. El cuarto capítulo incluye un catálogo de algunas de las supersticiones más comunes y sus orígenes.
La paradoja de la superstición consiste, por su parte, en que haya tanta gente con creencias supersticiosas. En un mundo donde los frutos de la ciencia están todos a nuestro alrededor, ¿por qué hay gente que sigue poniendo su fe en fuerzas mágicas?.

Una breve y completa introducción a la historia, presente y futuro de la superstición. Descubrí que Vyse encontró un ángulo interesante y usó una definición estable, respetuosa y convincente de superstición, al mismo tiempo que brinda mucha información sobre la práctica a lo largo de los siglos. ¡Definitivamente lo recomendaría!.
La mayor parte del libro describe el desarrollo histórico del concepto de “superstición” en el mundo occidental. Principalmente, se suele utilizar como herramienta política para denigrar y perseguir a personas con otros sistemas de creencias. Está relacionado con algo más que las creencias «no científicas» que suele denotar su significado moderno, y está profundamente conectado con todos nuestros principales sistemas de creencias, incluidas la religión y la ciencia, lo que hace que la lectura sea esclarecedora y entretenida.
La superstición no siempre se ha asociado negativamente con la religión o algo «no científico» como hoy. Antes de la Ilustración, la religión o las creencias dominantes lo usaban principalmente de manera despectiva contra otros. Los griegos lo usaban para creencias de la clase baja, para creencias extranjeras consideradas exóticas o para lo que consideraban mágico. Los romanos lo usaron para el cristianismo hasta que se hizo popular. Luego, los cristianos tomaron ese concepto por paganos y herejes. Muchas de las acusaciones de prácticas supersticiosas, como la adoración de demonios, se utilizaron para luchas políticas, en lugar de cualquier cosa sustancialmente desviada. Irónicamente, la Iglesia cristiana toleraba rituales y creencias basados en la fe cristiana, pero por lo demás no eran muy diferentes de otras “supersticiones” definidas por ellos. Esto duró siglos, hasta que los rebeldes religiosos volvieron la noción de superstición contra el cristianismo mismo, dando inicio a la Reforma protestante. En la Era de la Razón, el significado de superstición pasó de mala religión a cualquier cosa considerada mala ciencia, acercándose más a su significado actual. En particular, se ha utilizado mucho con el auge del espiritismo en Estados Unidos desde el siglo XIX.
Contrariamente a la afirmación de desencanto de Weber, proclamó Vyse, la superstición y la religión nunca desaparecieron. Dio ejemplos de las supersticiones que todavía existen en todo el mundo ahora y aclaró el uso contemporáneo de la palabra: no es religión ni enfermedad mental, y es inconsistente con la ciencia, instrumental y pragmática, y culturalmente justa. Discutió su asociación con el estrés de las personas y con su necesidad de control. También hay algunas especulaciones sobre cómo podría surgir la superstición y explicaciones de lo que tiene de malo.
Muchas de las prácticas culturales se basan en creencias que los lugareños (al menos solían) consideran la verdad y la realidad (al igual que la ciencia se considera verdad y realidad para muchos), y enumerarlas no hace que la encuesta sea imparcial si se les llama supersticiones, a pesar de que las propias culturas ya podrían estar influenciadas por Occidente.

El origen del concepto se encuentra en la antigua Grecia –como mínimo, ya en el siglo IV a. C., y durante los siguientes dos mil años la superstición se consideró lo contrario de las prácticas religiosas que las élites recomendaban–. La palabra a menudo se ha aplicado a prácticas que, todavía hoy, consideraríamos mágicas o paranormales. Y sin embargo, en la actualidad se siguen cultivando versiones de la mayoría de tales prácticas.
En muchas culturas antiguas, los chamanes, magos, hechiceros y profetas ofrecían al público artes adivinatorias y otros servicios mágicos. Como parte de su trabajo, algunos de aquellos chamanes alcanzaban estados de trance mediante sangrías, fumando tabaco o ingiriendo setas alucinógenas.
Durante la dinastía Shang –ca. 1560-1050 a. C.–, e incluso antes, la adivinación chamánica era asunto de miembros de la familia gobernante que estaban en contacto con los espíritus del más allá. El chamán recibía ofrendas de comida y vino. Lo que se quería preguntar a los espíritus del otro mundo se grababa en huesos de animales o en caparazones de tortugas que se calentaban hasta que se resquebrajasen. A menudo se creía que quien transmitía el mensaje era un espíritu animal que se elevaba hasta el cielo para hablar con los ancestros y los dioses. Las grietas en el objeto que se calentaba ofrecían pistas sobre qué depararía el futuro y cómo había de actuar el suplicante.
El más famoso de todos los métodos adivinatorios chinos se describe en el I Ching, también conocido como Libro de las transformaciones.
Nuestra actual palabra «mago» deriva del persa antiguo maguš, voz que se encuentra asimismo en el origen de la palabra castellana «magia» o de la inglesa magic. En la antigua Persia, los magos eran sabios profesionales que se dedicaban a diversas formas de adivinación, por ejemplo la interpretación de los sueños, la astrología, la lectura del vuelo de los pájaros y la nigromancia (práctica consistente en vaticinar mediante la invocación de los muertos).
En el antiguo Egipto, la magia estaba bien integrada en el gobierno y la religión. La mayor parte de los magos egipcios antiguos pertenecían, en efecto, a la casta sacerdotal; es decir, que no eran magos o chamanes independientes. Los templos en que se rendía culto a los dioses estaban a cargo de los correspondientes sacerdotes, que a menudo se dedicaban a la magia. Los textos mágicos egipcios que han llegado hasta nosotros apuntan a que estos magos-sacerdotes ofrecían conjuros que a menudo procuraban la ayuda de los dioses. Uno de los profesionales egipcios de la magia más eminentes fue el príncipe Caemuaset, el cuarto hijo de Ramsés II (1279-1213 a. C.) y la reina Isis-Nefert. Caemuaset fue un famoso sacerdote y coleccionista de objetos mágicos, entre ellos muchos poderosos amuletos. También reunió una biblioteca de libros de conjuros.
La mitología y la historia griegas están llenas de profetas, oráculos y videntes que poseían diversos poderes sobrenaturales.
Además de la magia que requería de un intermediario profesional, en el mundo antiguo también era frecuente que la gente llevase a cabo sus propias prácticas sobrenaturales privadas. Y como las maldiciones y los hechizos implicaban diversos materiales que se han conservado hasta nuestros días, tenemos una idea bastante aproximada de en qué consistían aquellas prácticas. El primer hechizo que conservamos data del siglo VI a. C., y este uso de maldiciones encaminadas a conjurar o restringir los actos de un individuo determinado se mantuvo hasta los primeros siglos de nuestra era.
El soporte más habitual de los hechizos que han llegado hasta nosotros son las tablillas de plomo. El plomo era dúctil, no era caro y podía estirarse sin dificultad, de modo que formase una delgada hoja que ofrecía una buena superficie sobre la que escribir. El hechizo se grababa en el plomo con un punzón de bronce –a menudo sobre ambos lados de la hoja–, y luego lo normal era enrollar la tablilla y atravesarla con agujas. Muchas de las tablillas parecen obra de escribas o magos profesionales, pero también las hay que parecen hechas por aficionados.
Como los cementerios eran una especie de puerta al inframundo, las tablillas de maldición y este tipo de figurillas se solían colocar en tumbas o ataúdes. Los mensajes que se escribían en las tablillas a menudo invocaban a dioses –generalmente Hermes o Perséfone–, a espíritus o a ancestros de los que se esperaba que llevasen a cabo lo que se les pedía.

Dada la cantidad de mito, adivinación y magia que encontramos en la Antigüedad, uno de entrada pensaría que el concepto de superstición surgió para referirse a aquellas prácticas religiosas o mágicas que se salían de madre. Es decir, que las formas comúnmente aceptadas de adoración religiosa habrían pasado a constituir formas de devoción socialmente bien vistas incluso en aspectos que hoy se nos antojan supersticiosos, mientras que otras formas de religiosidad heterodoxas se habrían visto con recelo.
Y sin embargo, aunque parezca extraño, no fue así como empezó la idea de superstición. Porque es verdad que en el mundo antiguo la magia se solía ver como algo anómalo y amenazante, pero el primer concepto de superstición no se refería a ella. Se originó, antes bien, como un término desdeñoso para referirse a cierto tipo de adoración religiosa.
La palabra «superstición» dio muchas vueltas hasta llegar al sentido que le damos hoy. Deriva del latín superstitio, que se compone de las raíces stare (‘estar’) y super (‘encima’). Juntas significan ‘estar encima’, y la palabra a veces se interpreta en el sentido de estar por encima de algo en shock. Lo que va implícito es el hecho de atribuir demasiado poder o reverencia a algo que no lo merece. Pero me temo que nos estamos adelantando un poco, pues el concepto de superstición empezó con la palabra griega deisidaimonía (δεισιδαιμονία), que, si bien en el siglo IV a. C. tenía el significado positivo de ‘escrúpulo en asuntos religiosos’, un siglo después ya había adquirido un matiz más despectivo, acercándose a nuestra visión moderna de la superstición.
La transformación del sentido de la voz latina superstitio supone el primer ejemplo claro de un concepto de superstición que ya no alude simplemente a una piedad religiosa excesiva, sino directamente a una religión mala; y semejante concepto de superstición siguió vigente durante siglos. Desde que este cambio de concepción se produjo, las religiones calificadas de supersticiosas y de no supersticiosas se alternaron, en efecto, varias veces; hasta la época que llamamos Ilustración, la etiqueta de superstición siguió adscribiéndose siempre a las religiones de grupos rivales.

Conforme el cristianismo empezaba a consolidar su poder durante los siglos IV y V, fueron apareciendo una serie de teólogos que crearon importantes obras doctrinales; el cometido de algunas de ellas consistía en distinguir las prácticas religiosas aceptadas frente a la magia y la superstición. Uno de aquellos autores fue Agustín de Hipona.
La palabra superstitio siguió asumiendo sentidos diversos en función de las necesidades de las distintas zonas, como podemos ver en los indiculi superstitionum (‘pequeñas listas de supersticiones’) que empezaron a aparecer en los siglos VI y VII. Un ejemplo que ha llegado hasta nosotros es el Indiculus superstitionum et paganiarum (‘Pequeña lista de supersticiones y paganismos’) conservado en el Códice Palatino Latino 577; se trata de un documento eclesiástico compuesto probablemente a mediados o finales del siglo VIII en algún punto del territorio de los francos o de los germanos, en el norte de Europa. Este Indiculus enumera 30 prohibiciones distintas que, sin embargo, únicamente se describen brevemente, sin que haya una introducción o una explicación adicional. Entre las prácticas vedadas figuran ejemplos de supersticiones comunes y de vestigios de la religión romana, así como actividades que eran cristianas en su origen, pero que habían pasado a considerarse heréticas o contenían elementos paganos o supersticiosos. Entre las supersticiones que más se prohibían estaban los hechizos y toda una serie de prácticas adivinatorias, como el vaticinio a través de la observación de las aves (auguración), los caballos o los excrementos del ganado. La “La palabra superstitio siguió asumiendo sentidos diversos en función de las necesidades de las distintas zonas, como podemos ver en los indiculi superstitionum (‘pequeñas listas de supersticiones’) que empezaron a aparecer en los siglos VI y VII. Un ejemplo que ha llegado hasta nosotros es el Indiculus superstitionum et paganiarum (‘Pequeña lista de supersticiones y paganismos’) conservado en el Códice Palatino Latino 577; se trata de un documento eclesiástico compuesto probablemente a mediados o finales del siglo VIII en algún punto del territorio de los francos o de los germanos, en el norte de Europa. Este Indiculus enumera 30 prohibiciones distintas que, sin embargo, únicamente se describen brevemente, sin que haya una introducción o una explicación adicional. Entre las prácticas vedadas figuran ejemplos de supersticiones comunes y de vestigios de la religión romana, así como actividades que eran cristianas en su origen, pero que habían pasado a considerarse heréticas o contenían elementos paganos o supersticiosos.
La magia meteorológica fue objeto de especial preocupación a comienzos del siglo IX. En torno al año 820, el arzobispo Agobardo de Lyon describía el pánico que la gente experimentaba al creer que las granizadas u otros fenómenos meteorológicos que destruían las cosechas habían sido suscitadas por medios mágicos. (Aquellos temores de la población solían desembocar en linchamientos de personas sospechosas de ejercer la magia meteorológica, los llamados tempestarii). Pero la inquietud por la magia meteorológica no es exclusiva del siglo IX. En un concilio eclesiástico celebrado en Pavía en el año 850, la magia y la superstición seguían suponiendo problemas importantes, sobre todo los conjuros amorosos encaminados a herir o matar. En un caso de conjuros amorosos se vio implicado nada menos que el rey Lotario II, bisnieto de Carlomagno.

La pandemia era si cabe más terrible por la falta de consenso sobre qué la había provocado. La Facultad de Medicina de París ofreció una explicación astrológica, y afirmó que aquella enfermedad era producto de una conjunción de tres planetas de la constelación de Acuario que producía una «corrupción mortal del aire». En Francia y Alemania se acusó a los judíos de envenenar los pozos, por lo que el gentío cargó enfurecido contra ellos. Miles de judíos que aún no habían sucumbido a la enfermedad murieron a manos de cristianos atemorizados.
Durante esta época también hubo muchos cambios en la organización y las actividades de la Iglesia, cuyo poder se siguió institucionalizando debido, en buena parte, a las cruzadas en curso. El emperador Constantino I ya incorporó la Iglesia al gobierno del Imperio, pero cuando Urbano II puso en marcha la primera cruzada, elevó el combate militar al supremo fin de una lucha entre el bien y el mal, lo que contribuyó, como decimos, a institucionalizar ulteriormente el poder de la Iglesia.
A mediados del siglo XII, Graciano, un monje de Bolonia, escribió la obra conocida como Concordia discordantium canonum (‘Concordia de los cánones discordes’) o Decretum Gratiani (‘Decreto de Graciano’), obra que, como el primer título mencionado indica, trataba de reconciliar en un único tratado todas las fuentes existentes del derecho canónico. El texto no tardó en convertirse en una referencia en su materia, y varias secciones estaban dedicadas a la condena de la magia negra, la hechicería y la astrología. A quienes se encontrara culpables de tales prácticas prohibidas se los excomulgaba… o cosas peores.
La creencia popular en brujas había estado presente en la cultura europea ya desde la Circe de la Odisea homérica e incluso antes, pero entre los años 900 y 1400 la Iglesia no reconocía la existencia de brujas, y mucho menos organizaba juicios contra ellas. Durante esta época de inquietud en alza por la magia demoníaca, no obstante, la postura oficial empezó a cambiar, y en el siglo XV se publicaron una serie de textos que contribuyeron a difundir el conocimiento de este fenómeno tan temido. El más importante fue, de lejos, el Malleus maleficarum (‘Martillo de las brujas’), publicado en 1486 por el monje dominico Heinrich Kramer y el estudioso Jacob Sprenger (ambos eran inquisidores alemanes). El subtítulo de la obra reza: «Que destruye a las brujas y su herejía cual espada de doble filo», y el texto incluía métodos para investigar a sospechosos de brujería y determinar su inocencia o culpabilidad.
Kramer y Sprenger propusieron una teoría en torno a las brujas que pasó a considerarse la doctrina cristiana aceptada sobre la materia. Estos autores afirmaban, en efecto, que la brujería era herética y que había que matar a sus cultores. De hecho, ya simplemente dudar de la existencia era considerado herejía. El Malleus proporcionaba una explicación del auge de la brujería, y se basaba en un elaborado sistema demonológico. Se postulaba que los demonios eran ángeles caídos del cielo, los cuales poseían diversos poderes que trascendían las capacidades humanas. Por sí mismos eran incapaces de procrear, pero los súcubos e íncubos solían practicar sexo con personas.

Durante el siglo XVI y buena parte del XVII, Europa era un lugar oscuro y mortífero. Los conflictos, miedos y supersticiones de la época crearon la atmósfera perfecta para que las creencias supersticiosas pudieran mantenerse. Pero al mismo tiempo se produjo una visión de la magia, los demonios y lo sobrenatural mucho más moderna.
Con el tiempo, los europeos terminaron cansándose de matarse entre sí por no profesar la religión correcta. La paz de Westfalia, firmada en 1648, puso fin a la Guerra de los Treinta Años y estableció una serie de principios generales de autonomía de las naciones, así como un marco para la coexistencia religiosa. Cada soberano podía determinar la religión de sus territorios –catolicismo, luteranismo o calvinismo–, pero a los cristianos cuya creencia no coincidiera con la religión estatal se les permitiría seguir profesando su fe en relativa paz y libertad. En parte, esta tolerancia religiosa fue una reacción directa al absurdo de las Guerras de religión.

Hay toda una serie de trastornos mentales que conllevan a un pensamiento irracional, pero la patología psíquica que más se asemeja a la superstición es el trastorno obsesivo-compulsivo (en adelante TOC). El TOC es un trastorno de ansiedad caracterizado por pensamientos obsesivos y actos compulsivos. Quienes lo padecen pueden obsesionarse con los microbios y lavarse las manos constantemente, o bien pasarse el día mirando que todo esté en orden, yendo, por ejemplo, cada dos por tres a la cocina para asegurarse de que el horno y los fogones están apagados. Pues bien: este tipo de comportamiento se asemeja, sin duda, al de aquel hombre supersticioso de Teofrasto, ese que necesitaba lavarse las manos en la fuente de «Los tres caños» antes de empezar el día. De manera que parecería razonable pensar que ambas cosas están relacionadas. ¿Acaso la superstición forma un continuum con el TOC, siendo así que el exceso de superstición deriva en una enfermedad mental?…

El viernes 13 no se propuso como día especialmente temible hasta comienzos del siglo XX. Nathaniel Lachenmeyer encontró unas pocas menciones previas de la ominosa coincidencia del Viernes Santo con el décimo tercer día del mes, pero, por una cuestión de puras matemáticas, aquello sucedía muy raramente. En 1907, sin embargo, el financiero bostoniano Thomas W. Lawson publicó una novela titulada Friday, the Thirteenth (‘Viernes 13’), en la que un agente bursátil trataba de manipular el mercado precisamente un viernes 13. Lawson publicitó muchísimo su libro, sobre todo en el mes de septiembre de aquel año, cuyo decimotercer día resulta que caía en viernes. Hizo el resto el hecho de que la policía detuviera a un hombre por tratar de manipular la bolsa de Filadelfia… usando el mismo método que aquella novela describía. Lachenmeyer sostiene que la novela de Lawson y su adaptación cinematográfica de 1916 –hoy perdida– instituyeron la idea de que el viernes 13 era un día especialmente aciago.
En la actualidad, la sencilla idea de que el número 13 trae sin más mala suerte ha hecho desaparecer, en conjunción con la creencia de que el viernes 13 es un día particularmente funesto, la superstición relativa a individuos sentados a la misma mesa.

El número 3
Hay un amplio consenso sobre que el 3 es un número mágico, pero cuya influencia puede ser tanto buena como mala. A la tercera va –así suele decirse– la vencida. Si a la primera no te sale, prueba… y vuelve a probar. El pensamiento de que el 3 es un número perfecto viene de las ideas mágicas de Pitágoras sobre el triángulo equilátero, así como de la Santísima Trinidad cristiana. Pero también pueden pasar cosas malas con treses.
Una de las supersticiones más interesantes sobre el número 3 es la idea de que encender 3 pitillos con el mismo fósforo atrae la mala suerte. Los orígenes de esta superstición son objeto de debate, pero la teoría más extendida apunta a que deriva de una cautela –por lo demás, bastante razonable– que los soldados se tomaban en la Guerra de Crimea o en la Primera Guerra Mundial. Parece ser que por la noche, en el campo de batalla, si dejaban encendida una cerilla demasiado tiempo corrían el peligro de atraer la atención de los francotiradores enemigos; y este tabú de encender 3 cigarros con la misma cerilla sobrevivió a la guerra y a las trincheras.

El número 7
Hay diversas explicaciones de por qué se considera que el 7 es un número de la suerte. A menudo se asocia a la decisión que los babilonios tomaron de establecer un calendario con una semana de 7 días en referencia a los 7 planetas entonces conocidos. (De hecho, algunos de nuestros actuales días de la semana conservan sus apelativos planetarios; piénsese en el martes –por Marte–, en el miércoles –por Mercurio– o en el viernes, por Venus). Por otro lado, según nos relata el libro del Génesis, Dios creó el mundo en 7 días. Añadamos a ello que la suma de los correspondientes valores numéricos de los caracteres que integran la palabra hebrea (gad), cuyo significado es ‘fortuna’, da 7. Y por si fuera poco, si sumamos los componentes de (mazal), que también significa ‘suerte’, sale 77.
Supersticiones relativas a los colores de las cosas

Gatos negros
La idea de que los gatos negros traen mala suerte, o que es un mal presagio que le pasen a alguien por delante, es un remanente de la época en que Europa estaba bajo la psicosis de la existencia de brujas, que supuestamente en sus reuniones se juntaban con gatos negros, y, de hecho, podrían convertirse en gatos negros ellas mismas. O sea, que ese gato negro que se le cruzaba a uno podía ser perfectamente una bruja.

Vestidos de boda rojos
En la cultura china, el color rojo se asocia a la prosperidad y a la buena fortuna. En la publicidad de ese país abundan, por tanto, los productos rojos, y es tradición que las novias chinas vistan de ese color cuando se van a casar para atraer de esta manera la suerte.

Pasar por debajo de una escalera
Algunas supersticiones tienen un fundamento racional que, con el tiempo, se ha perdido. Por ejemplo, el tabú teatral de no silbar entre bastidores viene de una época en la que los decorados los subía y bajaba un equipo que manejaba cuerdas y poleas. Aquellos operarios, que a menudo habían sido marineros, se entendían entre ellos mediante silbidos. Así, si un actor silbaba entre bastidores, se exponía a que le cayera algún elemento del decorado en la cabeza.
De igual modo, siempre he tenido la sensación de que evitar pasar por debajo de una escalera tiene su sentido, especialmente si hay alguien subido en ella. De hecho, aunque no haya nadie, las escaleras tampoco es que sean las estructuras más sólidas del mundo. En cualquier caso, a esta superstición se le suele atribuir un origen de tipo religioso. Antaño se consideraba, en efecto, que la forma triangular simbolizaba la Santísima Trinidad, y mancillarla pasando por debajo de una escalera era un acto blasfemo que traía mala suerte.

Tréboles de cuatro hojas
Una antigua leyenda, a menudo asociada a Irlanda, sugiere que encontrar un trébol de cuatro hojas es un buen presagio. El origen de esta superstición está en el simple hecho de que, si los tréboles de tres hojas abundan, los de cuatro son bastante raros. Es decir, que, por definición, encontrar un trébol de cuatro hojas quiere decir que se ha tenido suerte. Ahora bien: la concepción popular de la suerte como algo que puede ir asociado a determinada planta –o, más en general, como una fuerza que viene y se va– no tiene ninguna base científica.

Cruzar los dedos y tocar madera
Estos dos gestos son de algún modo especiales en el sentido de que, a diferencia de la mayoría de las supersticiones, se suelen hacer en público. Cuando alguien quiere que algo bueno ocurra –o que no se produzca algo malo–, expresa esa esperanza cruzando los dedos o tocando madera. Mientras que los dedos cruzados son una invocación de la cruz cristiana, el origen de la superstición de tocar madera no está claro, si bien puede que derive de alguna antigua creencia en espíritus arbóreos.

La afirmación más verosímil que puede hacerse sobre el futuro de las superstición es que nos va a acompañar siempre. Las mismas fuerzas psicológicas que llevaban al hombre supersticioso de Teofrasto a lavarse las manos en la fuente de «Los tres caños» antes de empezar el día, siguen motivando a los actuales jugadores de bingo que confían en figurillas de la suerte, así como a los solícitos enamorados que recurren al horóscopo. La civilización humana ha eliminado muchas de las incertidumbres a las que se enfrentaban los pueblos antiguos, pero incontables fenómenos de la vida siguen escapando a nuestro control, y cuando hay incertidumbre, la magia encuentra el terreno abonado. Cabría preguntarse, de todas formas, qué tipo de superstición nos depara el futuro.
A diferencia de la religión organizada, la ciencia no es dogmática. El nuevo conocimiento a menudo destierra viejas ideas que se demuestran equivocadas. Además, el mundo natural, el que la ciencia nos descubre, prosigue su antiguo camino con independencia de que queramos creerlo o no. Si un número lo suficientemente grande de personas abandona, sin embargo, el pensamiento científico y desdeña el conocimiento acumulado por la ciencia, corremos el peligro de perder los beneficios de la Ilustración. Si nos movemos en esa dirección, unos niveles de superstición en alza serán el síntoma de un problema más básico. Podemos agarrarnos a muchos de los frutos tecnológicos de la ciencia, pero si abandonamos la razón y el método probatorio en nuestro esfuerzo por resolver problemas sociales, corremos el riesgo de retroceder a los brutales mundos del pasado.

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Our fascination with superstition stems from the mystery and paradox that accompany it. Just because we belong to a certain culture, all of us learn a series of rituals aimed at attracting good luck; but it is often unclear how such superstitions began, many of which are quite elaborate. The fourth chapter includes a catalog of some of the most common superstitions and their origins.
The paradox of superstition, for its part, is that there are so many people with superstitious beliefs. In a world where the fruits of science are all around us, why are there people who continue to put their faith in magical forces?

A short and comprehensive introduction to the history, present and future of superstition. I found that Vyse found an interesting angle and used a stable, respectful and convincing definition for superstition, while still giving a lot of insight into the practice throughout the ages. Would definitely recommend!.
The majority of the book describes the historical development of the concept of “superstition” in the Western world. Mainly, it is often used as a political tool to denigrate and persecute people with other belief systems. It’s related to more than just the “unscientific” beliefs that its modern meaning usually denotes, and is deeply connected to all our major belief systems, including religion and science, which makes the reading both enlightening and entertaining.
Superstition has not always been negatively associated with religion or anything “unscientific” like today. Before the Enlightenment, it was mainly used derogatorily by the mainstream religion or beliefs against others. The Greeks used it for beliefs by the lower class, for foreign beliefs deemed exotic, or for what they considered magic. The Romans used it for Christianity until it became popular. Then, the Christians took that concept for pagans and heretics. Many of the accusations of superstitious practices, such as demon worshipping, were used for political struggles, instead of anything substantively deviant. Ironically, the Christian Church tolerated rituals and beliefs based on the Christian faith, but were otherwise not much different from other “superstitions” as defined by them. This lasted for centuries, until religious rebels turned the notion of superstition against Christianity itself, starting the Protestant Reformation. In the Age of Reason, the meaning of superstition shifted from bad religion to anything considered bad science, becoming closer to its meaning today. Notably, it’s been used a lot with rise of spiritualism in America since the 19th century.
Contrary to Weber’s claim of disenchantment, Vyse proclaimed, superstition and religion never went away. He gave examples of the superstitions that still exist around the world now and clarified the contemporary usage of the word: it’s not religion and not mental illness, and is inconsistent with science, instrumental and pragmatic, and culturally fair. He discussed its association with people’s stress and with their need for control. There are also some speculations of how superstition could come about and explanations of what’s bad about it.
Many of the cultural practices are based on beliefs that the locals (at least used to) consider truth and reality (just like science is considered truth and reality for many), and listing those out does not make the survey unbiased if they’re called superstitions, even though the cultures themselves might already be influenced by the West.

The origin of the concept can be found in ancient Greece – at least as early as the 4th century BC. C., and for the next two thousand years superstition was considered the opposite of the religious practices that the elites recommended. The word has often been applied to practices that, even today, we would consider magical or paranormal. And yet versions of most such practices continue to be cultivated today.
In many ancient cultures, shamans, magicians, sorcerers, and prophets offered divinatory arts and other magical services to the public. As part of their work, some of those shamans achieved trance states through bloodletting, smoking tobacco, or ingesting hallucinogenic mushrooms.
During the Shang dynasty –ca. 1560-1050 BC C.–, and even before, shamanic divination was the business of members of the ruling family who were in contact with the spirits of the afterlife. The shaman received offerings of food and wine. What one wanted to ask the spirits of the other world was engraved on animal bones or turtle shells that were heated until they cracked. It was often believed that the one who transmitted the message was an animal spirit that rose to the sky to speak with the ancestors and the gods. Cracks in the heating object offered clues as to what the future held and how the supplicant was to act.
The most famous of all Chinese divinatory methods is described in the I Ching, also known as the Book of Transformations.
Our current word “magician” derives from the old Persian maguš, a voice that is also found at the origin of the Spanish word “magic” or the English magic. In ancient Persia, magicians were professional sages who engaged in various forms of divination, such as the interpretation of dreams, astrology, reading the flight of birds, and necromancy (the practice of prophesying by invoking the gods). dead).
In ancient Egypt, magic was well integrated into government and religion. Most of the ancient Egyptian magicians did indeed belong to the priestly caste; that is, they were not independent magicians or shamans. The temples in which the gods were worshiped were in charge of the corresponding priests, who often dedicated themselves to magic. The Egyptian magical texts that have come down to us suggest that these magician-priests offered spells that often sought the help of the gods. One of the most eminent Egyptian practitioners of magic was Prince Caemwaset, the fourth son of Ramses II (1279-1213 BC) and Queen Isis-Nefert. Kaemwaset was a famous priest and collector of magical items, including many powerful amulets. He also amassed a library of spell books.
Greek mythology and history are full of prophets, oracles, and seers who possessed various supernatural powers.
In addition to magic that required a professional intermediary, it was also common in the ancient world for people to engage in their own private supernatural practices. And since curses and spells involved various materials that have survived to this day, we have a pretty good idea of what those practices consisted of. The first spell that we keep dates back to the 6th century BC. C., and this use of curses aimed at conjuring or restricting the acts of a certain individual was maintained until the first centuries of our era.
The most common support for spells that have come down to us are lead tablets. Lead was ductile, inexpensive, and could be easily stretched into a thin sheet that provided a good writing surface. The spell was carved into the lead with a bronze punch – often on both sides of the blade – and then it was normal to roll up the tablet and pierce it with needles. Many of the tablets appear to be the work of professional scribes or magicians, but there are also some that appear to be made by amateurs.
As cemeteries were a kind of door to the underworld, curse tablets and these types of figurines were usually placed in tombs or coffins. The messages written on the tablets often invoked gods – usually Hermes or Persephone – spirits or ancestors who were expected to carry out what was asked of them.

Given the amount of myth, divination and magic that we find in Antiquity, one would initially think that the concept of superstition arose to refer to those religious or magical practices that got out of hand. In other words, the commonly accepted forms of religious worship would have come to constitute socially well-regarded forms of devotion, even in aspects that seem superstitious today, while other heterodox forms of religiosity would have been viewed with suspicion.
And yet, strange as it may seem, that was not how the idea of superstition began. Because it is true that in the ancient world magic used to be seen as something anomalous and threatening, but the first concept of superstition did not refer to it. Rather, it originated as a derogatory term to refer to a certain type of religious worship.
The word «superstition» went around many times until it reached the meaning we give it today. It derives from the Latin superstitio, which is made up of the roots stare (‘to be’) and super (‘on top’). Together they mean ‘to be on top’, and the word is sometimes interpreted to mean standing on top of something in shock. What is implied is the fact of attributing too much power or reverence to something that does not deserve it. But I am afraid that we are getting ahead of ourselves a bit, since the concept of superstition began with the Greek word deisidaimonia (δεισιδαιμονία), which, although in the 4th century BC. C. had the positive meaning of ‘scruple in religious matters’, a century later it had already acquired a more derogatory nuance, approaching our modern vision of superstition.
The transformation of the meaning of the Latin word superstitio is the first clear example of a concept of superstition that no longer simply refers to excessive religious piety, but directly to a bad religion; and such a concept of superstition remained in force for centuries. Since this change of conception took place, the religions qualified as superstitious and non-superstitious have alternated, in fact, several times; Until the age we call the Enlightenment, the label of superstition was always attached to the religions of rival groups.

As Christianity began to consolidate its power during the fourth and fifth centuries, a series of theologians appeared who created important doctrinal works; the task of some of them was to distinguish accepted religious practices from magic and superstition. One of those authors was Augustine of Hippo.
The word superstitio continued to assume different meanings depending on the needs of the different areas, as we can see in the indiculi superstitionum (‘small lists of superstitions’) that began to appear in the 6th and 7th centuries. An example that has come down to us is the Indiculus superstitionum et paganiarum (‘Small list of superstitions and paganisms’) preserved in the Latin Palatine Codex 577; It is an ecclesiastical document probably composed in the middle or end of the eighth century somewhere in the territory of the Franks or the Germans, in northern Europe. This Indiculus lists 30 different prohibitions which, however, are only briefly described, without any further introduction or explanation. Prohibited practices include examples of common superstitions and vestiges of the Roman religion, as well as activities that were Christian in origin, but which had come to be considered heretical or contained pagan or superstitious elements. Among the most prohibited superstitions were spells and a whole series of divinatory practices, such as prophesying through the observation of birds (augury), horses or cattle droppings. “The word superstitio continued to assume different meanings depending on the needs of the different areas, as we can see in the indiculi superstitionum (‘small lists of superstitions’) that began to appear in the 6th and 7th centuries. An example that has come down to us is the Indiculus superstitionum et paganiarum (‘Small list of superstitions and paganisms’) preserved in the Latin Palatine Codex 577; It is an ecclesiastical document probably composed in the middle or end of the eighth century somewhere in the territory of the Franks or the Germans, in northern Europe. This Indiculus lists 30 different prohibitions which, however, are only briefly described, without any further introduction or explanation. Prohibited practices include examples of common superstitions and vestiges of the Roman religion, as well as activities that were Christian in origin, but which had come to be considered heretical or contained pagan or superstitious elements.
Meteorological magic was the subject of special concern at the beginning of the 9th century. Around the year 820, Archbishop Agobard of Lyons described the panic that people experienced when they believed that hailstorms or other meteorological phenomena that destroyed crops had been caused by magical means. (Those fears of the population used to lead to lynchings of people suspected of exercising weather magic, the so-called tempestarii). But the concern for meteorological magic is not exclusive to the 9th century. At an ecclesiastical council held in Pavia in 850, magic and superstition continued to pose major problems, especially love spells aimed at hurting or killing. In a case of love spells none other than King Lothair II, great-grandson of Charlemagne, was implicated.

The pandemic was even more terrible due to the lack of consensus on what had caused it. The Faculty of Medicine in Paris offered an astrological explanation, stating that the illness was the product of a conjunction of three planets in the constellation of Aquarius, producing a «deadly corruption of the air.» In France and Germany the Jews were accused of poisoning the wells, causing the mob to charge at them in a rage. Thousands of Jews who had not yet succumbed to the disease died at the hands of frightened Christians.
During this time there were also many changes in the organization and activities of the Church, whose power continued to be institutionalized due in large part to the ongoing crusades. Emperor Constantine I already incorporated the Church into the government of the Empire, but when Urban II launched the first crusade, he elevated military combat to the supreme goal of a struggle between good and evil, which contributed, as we say, to institutionalize subsequently the power of the Church.
In the middle of the twelfth century, Gratian, a monk from Bologna, wrote the work known as Concordia discordantium canonum (‘Concord of the discordant canons’) or Decretum Gratiani (‘Decree of Gratian’), a work which, as the first mentioned title indicates , tried to reconcile in a single treatise all existing sources of canon law. The text soon became a reference in its field, and several sections were devoted to the condemnation of black magic, sorcery and astrology. Those found guilty of such forbidden practices were excommunicated…or worse.
The popular belief in witches had been present in European culture since Circe in the Homeric Odyssey and even before, but between the years 900 and 1400 the Church did not recognize the existence of witches, much less organize trials against them. During this time of growing concern about demonic magic, however, the official stance began to change, and a number of texts were published in the 15th century that helped spread awareness of this much-feared phenomenon. By far the most important was the Malleus maleficarum (‘Witches’ Hammer’), published in 1486 by the Dominican monk Heinrich Kramer and the scholar Jacob Sprenger (both German inquisitors). The subtitle of the work reads: «That destroys witches and their heresy like a double-edged sword», and the text included methods to investigate suspected witches and determine their innocence or guilt.
Kramer and Sprenger proposed a theory about witches that became accepted Christian doctrine on the subject. These authors affirmed, in effect, that witchcraft was heretical and that its followers had to be killed. In fact, simply doubting existence was already considered heresy. The Malleus provided an explanation for the rise of witchcraft, and was based on an elaborate demonological system. Demons were postulated to be angels fallen from heaven, possessing various powers that transcended human capabilities. By themselves they were incapable of procreation, but succubi and incubi used to have sex with people.

During the 16th century and much of the 17th, Europe was a dark and deadly place. The conflicts, fears and superstitions of the time created the perfect atmosphere for superstitious beliefs to be sustained. But at the same time there was a much more modern view of magic, demons and the supernatural.
Over time, Europeans grew tired of killing each other for not professing the correct religion. The Peace of Westphalia, signed in 1648, put an end to the Thirty Years’ War and established a series of general principles of autonomy of nations, as well as a framework for religious coexistence. Each sovereign could determine the religion of his territories – Catholicism, Lutheranism or Calvinism – but Christians whose beliefs did not coincide with the state religion would be allowed to continue professing their faith in relative peace and freedom. In part, this religious tolerance was a direct reaction to the absurdity of the Wars of Religion.

There is a whole series of mental disorders that lead to irrational thinking, but the psychic pathology that most resembles superstition is obsessive-compulsive disorder (henceforth OCD). OCD is an anxiety disorder characterized by obsessive thoughts and compulsive acts. Those who suffer from it can become obsessed with microbes and constantly wash their hands, or spend the day checking that everything is in order, going, for example, every two or three to the kitchen to make sure the oven and stove are off. Well, this type of behavior is undoubtedly similar to that of that superstitious man in Theophrastus, the one who needed to wash his hands in the fountain of «The Three Spouts» before starting the day. So it would seem reasonable to think that both things are related. Does superstition form a continuum with OCD, given that excess superstition leads to mental illness?…

Friday the 13th was not proposed as a particularly fearsome day until the early 20th century. Nathaniel Lachenmeyer found a few previous mentions of Good Friday’s ominous coincidence with the thirteenth day of the month, but, as a matter of pure mathematics, that happened very rarely. In 1907, however, the Bostonian financier Thomas W. Lawson published a novel called Friday, the Thirteenth (‘Friday the 13th’), in which a stockbroker tried to manipulate the market precisely on Friday the 13th. Lawson heavily publicized his book, especially in the month of September of that year, whose thirteenth day happened to fall on a Friday. He made the rest the fact that the police arrested a man for trying to tamper with the Philadelphia stock market…using the same method that novel described. Lachenmeyer argues that Lawson’s novel and its now-lost 1916 film adaptation instituted the idea that Friday the 13th was a particularly dark day.
Today, the simple idea that the number 13 simply brings bad luck has, in conjunction with the belief that Friday the 13th is a particularly disastrous day, banished the superstition regarding individuals sitting at the same table.

number 3
There is a broad consensus that 3 is a magic number, but whose influence can be both good and bad. Third time goes –as they say– the charm. If you don’t get it at first, try… and try again. The thought that 3 is a perfect number comes from the magical ideas of Pythagoras about the equilateral triangle, as well as from the Christian Holy Trinity. But bad things can happen with threes too.
One of the most interesting superstitions about the number 3 is the idea that lighting 3 cigarettes with the same match attracts bad luck. The origins of this superstition are the subject of debate, but the most widespread theory is that it stems from an otherwise quite reasonable caution that soldiers took in the Crimean War or the First World War. It seems that at night, on the battlefield, if they left a match burning too long they risked attracting the attention of enemy snipers; and this taboo of lighting 3 cigarettes with the same match survived the war and the trenches.

number 7
There are various explanations as to why 7 is considered a lucky number. It is often associated with the Babylonians’ decision to establish a calendar with a 7-day week in reference to the 7 planets then known. (In fact, some of our current days of the week retain their planetary nicknames; think of Tuesday –for Mars–, Wednesday –for Mercury– or Friday, for Venus). On the other hand, as the book of Genesis tells us, God created the world in 7 days. Let us add to this that the sum of the corresponding numerical values of the characters that make up the Hebrew word (gad), whose meaning is ‘fortune’, gives 7. And as if that were not enough, if we add the components of (mazal), which also means ‘luck’, comes out 77.
Superstitions related to the colors of things

black cats
The idea that black cats bring bad luck, or that it is a bad omen that they pass someone by, is a remnant of the time when Europe was under the psychosis of the existence of witches, who supposedly at their meetings they hung out with black cats, and, in fact, could become black cats themselves. In other words, that black cat that crossed one could perfectly be a witch.

red wedding dresses
In Chinese culture, the color red is associated with prosperity and good fortune. Therefore, red products abound in advertising in that country, and it is traditional for Chinese brides to wear that color when they are getting married to attract luck in this way.

go under a ladder
Some superstitions have a rational foundation that has been lost over time. For example, the theatrical taboo against backstage whistling comes from a time when sets were raised and lowered by a crew pulling ropes and pulleys. These workers, who had often been sailors, understood each other by whistling. Thus, if an actor whistled backstage, he was exposed to having something from the set fall on his head.
Similarly, I’ve always had the feeling that avoiding going under a ladder makes sense, especially if someone is on it. In fact, even if there is no one, the stairs are not the most solid structures in the world. In any case, this superstition is usually attributed a religious origin. In the past, it was considered, in fact, that the triangular shape symbolized the Holy Trinity, and staining it by passing under a ladder was a blasphemous act that brought bad luck.

four leaf clovers
An ancient legend, often associated with Ireland, suggests that finding a four-leaf clover is a good omen. The origin of this superstition lies in the simple fact that, if three-leaf clovers abound, four-leaf clovers are quite rare. That is, by definition, finding a four-leaf clover means that you have been lucky. Now, the popular conception of luck as something that can be associated with a certain plant –or, more generally, as a force that comes and goes– has no scientific basis.

Cross your fingers and knock on wood
Both of these gestures are somewhat special in that, unlike most superstitions, they are usually done in public. When someone wants something good to happen—or something bad not to happen—he expresses that hope by crossing his fingers or knocking on wood. While the crossed fingers are an invocation of the Christian cross, the origin of the knocking on wood superstition is unclear, though it may stem from some ancient belief in tree spirits.

The most plausible statement that can be made about the future of superstition is that it will always be with us. The same psychological forces that led the superstitious man Theophrastus to wash his hands in the «Three Spouts» fountain before starting the day continue to motivate today’s bingo players who rely on lucky figurines, as well as the solicitous lovers who turn to the horoscope. Human civilization has eliminated many of the uncertainties that ancient peoples faced, but countless phenomena of life are still beyond our control, and when there is uncertainty, magic finds the fertile ground. One might wonder, however, what kind of superstition the future holds.
Unlike organized religion, science is not dogmatic. New knowledge often overthrows old ideas that are proven wrong. Furthermore, the natural world, the one that science reveals to us, goes on its old way regardless of whether we want to believe it or not. If a large enough number of people, however, abandon scientific thought and disdain the knowledge accumulated by science, we are in danger of losing the benefits of the Enlightenment. If we move in that direction, rising levels of superstition will be a symptom of a more basic problem. We can cling to many of the technological fruits of science, but if we abandon reason and the evidentiary method in our efforts to solve social problems, we risk regressing to the brutal worlds of the past.

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