Miel Para Los Osos — Anthony Burgess / Honey for the Bears by Anthony Burgess

En la Unión Soviética -dijo Lukerya- no tenemos todavía de estas cosas, pero pronto las tendremos. Lo primero, las cosas importantes -dijo acariciando el vestido respetuosamente-. Atención médica y pan gratis y la conquista del espacio -dijo no demasiado convencida-. Y después, cosas mejores que éstas. Aunque ésta -añadió, sacucliéndose de encima aquel sueño oficial- es muy bonita.

Paul Hussey y su esposa estadounidense viajan a Leningrado para vender algunos vestidos en el mercado negro para la viuda de un amigo muerto, solo para que las cosas salgan mal desde el principio cuando se enfrenta a un par de policías secretos y ella cae en las garras de un hospital inusualmente atento.
Cuando Burgess escribió esta entretenida aunque en última instancia endeble novela, Rusia probablemente estaba en el apogeo de su prestigio en la Guerra Fría, con el fornido Kruschev en Cuba y Yuri Gagarin en el espacio («en Occidente todavía no has puesto a un hombre en órbita»).
Paul conoce todo tipo de personajes sombríos, bebe más de lo que debería (aunque no tanto como el ruso medio), tiene motivos para cuestionar su propia sexualidad y aprende algunas lecciones sobre las diferencias entre Rusia y Occidente, si las hay.
Suceden cosas locas relacionadas con dentaduras postizas, doctoras lesbianas y travestis corpulentos, pero Burgess también tiene algunas cosas importantes que decir sobre la naturaleza de la libertad y cómo el individuo y el estado siempre están en desacuerdo, independientemente del espíritu político:
‘Ah, tonterías. El estado era una corona de alambre retorcido que un niño llevaría en la cabeza. Las personas eran personas.
También tiene el descaro descriptivo de un verdadero showman, por lo que la escritura está llena de efervescencia y energía.
Sátira que involucra a un contrabandista de ropa no demasiado bueno, ambientada principalmente en Leningrado durante la Guerra Fría, con temas subyacentes de orientación sexual. Es un poco difícil encontrar simpatía por un protagonista con enfoques tan formulados para las mujeres, y nadie va a poner esto entre lo mejor del trabajo de Burgess, pero prácticamente logra la disonancia cultural y tiene sus momentos.

Tengo un presentimiento -dijo Belinda, todavía echada en la litera-. Lo tengo desde hace tiempo y ahora más fuerte que nunca. Me arrepiento de haber venido. No debíamos haber quedado en hacerlo. Estoy segura de que va a suceder algo horrible.

En la Gran Terminal Marítima, la vieja y la nueva Rusia se daban la mano amistosamente: desde las paredes del Ermitage, los carteles ofrecían chasse en bosques civilizados compartiendo el espacio con un carnoso Rafael, un bodegón de caza sin desplumar, una monstruosa asamblea de burgueses pintada por Rembrandt. Las jarras de agua y las copas de cristal que se veían sobre las mesas al lado de los brillantes folletos eran, no cabía duda, vasos sagrados robados. Las desenvueltas chicas de Intourist llamaban tovarisch a los acobardados y serviles mozos de cuerda vestidos de azul; bonitas y mal vestidas, con un tintineo de pendientes, caminaban a zancadas por entre las multitudes desembarcadas.

Leningrado era un planeta de otra galaxia que, sin embargo, reproducía, por ejemplo, un barrio de St. Pancras fenecido hacía ya mucho tiempo: ladrillos sucios, escalones de piedra erosionados, pasillos desangelados.
– La culpa la tiene el Estado -dijo Alexei Prutkov-. Es el Estado el que quiere eliminar a todos los de dentro aunque sólo sea para demostrar que es el más fuerte.
– Bah, tonterías –dijo Paul-. Además: no debes hablar así; por lo menos aquí, en Rusia. -Rusia o Norteamérica -dijo Alexcí Prutkov-. ¿Qué más da? Todo pertenece al Estado; sólo hay un Estado. Lo que tenemos que hacer es reunirnos en grupitos y empezar a vivir.
– ¿Y aquí podéis hacerlo? -preguntó Belinda.
– Tenemos que intentarlo -dijo Alexci Prutkov-. La vida es lo único que importa, ¿no? -dijo, melancólico-. Vino, mujeres, música, pasar un buen rato. Mientras tengamos tiempo para pasar un buen rato…

Hay un par de cosas que sí quiero que me mandes pero todo depende de cuánto me quede en la CCCP (ya he empezado a aprender el alfabeto y ya sé escribir mi nombre en ruso). Lo que importa es que no te preocupes por mí por- que no me va a pasar nada, ya lo verás. A lo mejor suena muy raro, pero me siento como si por fin hubiera llegado a casa. No la que yo tenía, sino la que debería haber tenido.

Tendrán ustedes que buscar el sol y sólo con nosotros o con las gentes del otro lado del Atlántico podrán encontrar el calor y la luz que necesitan para seguir viviendo. Los grandes países, los estados modernos. Pronto habrá un único estado.
Paul reconoció la música. Era el último movimiento de la Quinta Sinfonia de Sibelius. Y súbitamente le invadió, como una borrachera, la confianza; después de todo no era tan floja la cerveza finesa.
– Me han echado ustedes casi desnudo -dijo-. Sin dientes, sin mujer, bah, no se preocupen. Ni siquiera sé ya lo que soy, sexualmente hablando quiero decir. Aun así no se puede olvidar que tampoco se sabe gran cosa de la orientación sexual de Shakespeare. Y también está Sócrates. Me vuelvo a mi tienda de antigüedades, pero alguien debe conservar lo bueno del pasado, antes de que el norteamericanismo o el sovietismo terminen por construir un mundo de plástico. Todavía queda mucho verano por delante. Escuchen la música de un pequeño país. -El movimiento entraba en la recapitulación del coro de las trompas mientras por encima flotaba una noble melodía-. Todavía les queda mucho que aprender de nosotros sobre la libertad-. Y no bien lo hubo dicho, comenzó a dudarlo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/10/1985-anthony-burgess-1985-by-anthony-burgess/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/24/miel-para-los-osos-anthony-burgess-honey-for-the-bears-by-anthony-burgess/

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In the Soviet Union, Lukerya said, we don’t have these things yet, but soon we will. The first thing, the important things -she said caressing the dress respectfully-. Medical attention and free bread and the conquest of space -she said not too convinced-. And then better things than these. Although this one – she added, shaking off that official dream – is very pretty.

Paul Hussey and his American wife take a trip to Leningrad to sell some dresses on the black market for a dead friend’s widow, only for things to go awry from the outset as he runs up against a pair of secret policemen and she falls into the clutches of an unusually attentive hospital.
When Burgess wrote this entertaining if ultimately flimsy novel Russia was probably at the height of her Cold War prestige, with burly Kruschev in Cuba and Yuri Gagarin in space (‘in the West you still haven’t put a man into orbit’).
Paul meets all sorts of shady characters, drinks more than he should (though not as much as your average Russian), is given cause to question his own sexuality, and learns a few lessons about the differences between Russia and the West, if any.
Crazy things happen involving false teeth, lesbian doctors and burly cross-dressers, but Burgess also has some important things to say about the nature of freedom, and how the individual and the state are always at odds, regardless of the political ethos:
‘Ah, nonsense. The state was a twisted wire coronal a child would wear on its head. People were people.’
He also has the descriptive chutzpah of a real showman, so the writing is full of fizz and energy.
Satire involving a not-terribly-good clothing smuggler, set primarily in Leningrad during the Cold War, with undercurrent themes of sexual orientation. It’s a little tough to find sympathy for a protagonist with such formulaic approaches to women, and nobody’s going to put this toward the top of Burgess’s work, but it does pretty much nail cultural dissonance and has its moments.

I have a feeling,” Belinda said, still lying on the bunk. I’ve had it for a long time and now it’s stronger than ever. I regret having come. We shouldn’t have agreed to do it. I’m sure something horrible is going to happen.

In the Grand Maritime Terminal, the old and the new Russia shook hands amicably: from the walls of the Hermitage, the posters offered chasse in civilized forests sharing space with a meaty Raphael, a still life of unplucked game, a monstrous assembly of bourgeois painted by Rembrandt. The water jugs and crystal goblets on the tables beside the glittering brochures were clearly stolen holy vessels. The brash Intourist girls called the cowering, subservient blue-clad porters tovarisch; pretty and poorly dressed, with clinking earrings, they strode through the disembarked crowds.

Leningrad was a planet from another galaxy that, however, reproduced, for example, a neighborhood of St. Pancras long dead: dirty bricks, eroded stone steps, soulless corridors.
«It’s the state’s fault», Alexei Prutkov said. It is the State that wants to eliminate all insiders if only to show that it is the strongest.
«Bah, nonsense,» said Paul. Also: you shouldn’t talk like that; At least here in Russia. «Russia or North America», said Alexcí Prutkov. What difference does it make? Everything belongs to the State; there is only one state. What we have to do is get together in small groups and start living.
– And here you can do it? Belinda asked.
«We have to try», Alexci Prutkov said. Life is the only thing that matters, right? he said wistfully. Wine, women, music, having a good time. As long as we have time to have a good time…

There are a couple of things I do want you to send me but it all depends on how long I stay at CCCP (USSR) (I’ve already started learning the alphabet and I already know how to write my name in Russian). What matters is that you don’t worry about me because nothing is going to happen to me, you’ll see. It may sound weird, but I feel like I’ve finally come home. Not the one I had, but the one I should have had.

You will have to look for the sun and only with us or with the people on the other side of the Atlantic will you be able to find the warmth and light you need to continue living. The great countries, the modern states. Soon there will be a single state.
Paul recognized the music. It was the last movement of Sibelius’s Fifth Symphony. And he suddenly came over him, like a drunken stupor, with confidence; Finnish beer was not so weak after all.
«You have thrown me out almost naked», he said. No teeth, no woman, bah, don’t worry. I don’t even know what I am anymore, sexually speaking I mean. Even so, it cannot be forgotten that not much is known about Shakespeare’s sexual orientation. And there is also Socrates. I go back to my antique shop, but someone must preserve the good of the past, before North Americanism or Sovietism end up building a world of plastic. There is still a lot of summer ahead. Listen to the music of a small country. The movement entered the recapitulation of the horn choir while a noble melody floated above. They still have a lot to learn from us about freedom. And no sooner had she said it than he began to doubt it.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/10/1985-anthony-burgess-1985-by-anthony-burgess/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/24/miel-para-los-osos-anthony-burgess-honey-for-the-bears-by-anthony-burgess/

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