El Pensamiento Conspiranoico: Terraplanismo, Illuminati, Ufología o Cómo La Paranoia Se Ha Convertido En La Herramienta Perfecta Para Pensar El Mundo — Noel Ceballos / Conspiranic Thinking: Emblarges, Illuminati, Uphology Or How Paranoia Has Become The Perfect Tool To Think The World by Noel Ceballos (spanish book edition)

El problema de su lectura es que quizás tenía excesivas expectativas. Hablar, y destapar, los intereses y motivaciones para que unas teorias conspiranoicas proliferen, absorban todo lo cuestionable, o se exploten, a tiempo pasado, es mucho más sencillo, hay mucha más información para justificar y rebatir, se les ve más el plumero, y así lo hace Ceballos en su primera mitad, con la erudición que le caracteriza, y su fantástico sentido del humor. Pero la cosa cambia cuando nos acercamos a la actualidad, ahi ya no tenemos perspectiva, no hay datos suficientes para confirmar, y sí hay muchísimos más (internet tiene la culpa) para dudar, para cuestionar, para que cueste separar el grano de la paja, aquí Noel se nos vuelve más humano, o quizás fue abducido,y pierde seguridad, pero nos quedamos con su semilla, y confiamos en que, pasadas unas decadas, seamos capaces de hacernos responsables, como especie, de nuestra evolución, y no endilguemos la culpa de nuestros tremendos errores a un grupillo de poderosos eternos y maquiavélicos.
Su libro acaba siendo una mera enciclopedia de casos conspiranoicos que, realmente, poco o nada tiene que ver con el terrible momento por el que está pasando nuestra sociedad. El ensayo acaba siendo una mera enumeración de casos que, como digo de nuevo, solo le interesan a él. Me ha parecido diferenciar los momentos en los que el autor se lo estaba pasando *realmente bien* escribiendo sobre la conspiranoia en su forma más pura y aquellos en los que se limitaba a hacer de historiador pesimista.

En 2015, nuestro hombre Bill Gates, concedió una TED Talk en la que aseveraba que «si algo mata a unos diez millones de personas durante las próximas décadas, es más probable que se trate de un virus infeccioso que de una guerra». Durante los primeros compases de la crisis del coronavirus, esta charla comenzó a circular por internet como prueba, quizá concluyente, de que Gates tenía una bola de cristal en alguna de sus casas. Pero eso no era todo: a mediados de marzo de 2020, la Bill y Melinda Gates Foundation donó cien millones de dólares a la Coalition for Epidemic Preparedness Innovations (CEPI). Lanzada en Davos tres años atrás, la CEPI es una alianza de fondos públicos, privados y filantrópicos dedicada a financiar el desarrollo de vacunas para combatir enfermedades infecciosas emergentes, así como a mejorar los niveles de respuesta colectiva en caso de crisis sanitaria. La fundación empezó también a trabajar, junto a Wellcome Trust y Mastercard, en la creación de una aceleradora terapéutica para mejorar la forma de detectar, aislar y tratar la covid-19 en todo el mundo, iniciativa a la que también se sumaron donantes privados de la talla de Madonna, Mark Zuckerberg, Priscilla Chan o Zhang Yiming, el fundador de TikTok. El matrimonio Gates llevaba años anticipando un posible escenario pandémico y preparando las respuestas inmediatas que deberían darse si finalmente se desarrollaba, luego eso explica por qué pasaron por su fundación la inmensa mayoría de iniciativas para atajar el virus que surgieron en las primeras semanas de alarma.
El tipo lo advirtió en su charla: la próxima catástrofe humana no iba a ser bélica, sino microscópica.
El caso de Bill Gates es, en realidad, una entre las muchas puertas de acceso al fenómeno de la conspiración que podríamos haber elegido. Uno de esos casos en los que la verdad aparente, o el mundo tradicional que experimentábamos hasta el momento, empieza a tambalearse dejando a la vista lo que muchos creen entender como una verdad inherente y, qué decir, oculta. A partir de entonces, cada cual debe decidir si quedarse en el sendero conocido o, como la Alicia de Lewis Carroll, dar un paso a través del espejo y enfrentarse a lo que sea que se encuentre allí.
La conspiranoia puede ser un interés o una forma de vida (a menudo arranca como lo primero para, poco a poco, terminar convirtiéndose en lo segundo). Dilucidar qué mecanismos históricos y sociológicos se pusieron en marcha hacia finales de la década de 2010 para que el planeta entero viviese ese lento e inexorable proceso de transformación del pensamiento conspiranoico, de interés a forma de vida, sin darse apenas cuenta. Un mundo en el que cantantes pop de primera línea comparten en público teorías recién extraídas de los márgenes, extrañas iniciativas populares son instrumentalizadas por movimientos ideológicos de difícil categorización, ciudadanos aparentemente razonables se ven empujados a la acción a través de hashtags en redes sociales y cada nuevo ciclo de noticias parece llevar incorporadas nuevas narrativas de sospecha, sin importar lo excéntricas o delirantes que puedan parecer a simple vista.

Una de las bases del pensamiento conspiranoico es que todo está conectado, luego es muy difícil encontrar un complot insidioso de alcance internacional que se produzca en el vacío. En realidad, todo podría tener su origen en el movimiento antivacunas, bautizado a principios de 2019 por un estudio del Dartmouth College de Hanover (Estados Unidos) con el nombre de «histéresis», pero que realmente tiene sus raíces en el siglo XVIII, cuando diferentes eminencias religiosas del Reino Unido comenzaron a oponerse a la inoculación por considerarla pecaminosa. Si las enfermedades eran enviadas por Dios como castigo por nuestros pecados, cualquier intento de frenar esa injerencia divina a través de la ciencia debía ser, por definición, inmoral y obsceno. El virus antivacunas fue evolucionando con el paso de los siglos, adaptándose a diferentes coyunturas socioculturales hasta llegar a su forma actual, en la que el principal aliado de la histéresis ya no es el diablo (en estrecha asociación con la comunidad científica), sino la nanotecnología.
Internet es, como se ha visto en el caso de Bill Gates, la principal vía de transmisión actual de muchas de estas ideas excéntricas, pero no siempre fue así.
En el mundo poscovid-19, estas narrativas pasan de forma clara por el aislamiento, así como por sus consecuencias psicológicas a medio y largo plazo. Se ha dicho por activa y por pasiva que el peor momento para que estalle una pandemia es uno donde la verdad no es un elemento absoluto, así que es sencillo imaginar la escena: gente cada vez más sola, consumida por la distancia social y la pérdida devastadora de sus seres queridos, que, al mismo tiempo, se expone a elaboradísimas teorías que detallan cómo, en realidad, todo esto no es consecuencia inevitable de un mundo fuera de control, por muy irracional que pueda parecernos desde nuestras respectivas atalayas, sino un plan de dominación a gran escala que nos utiliza a nosotros, los ciudadanos de a pie, como peones inconscientes.

La diferencia fundamental entre la conspiración de los jacobinos y cualquiera de las que existieron en la antigüedad fue que ese papel de villano tenebroso capaz de manejar todos los hilos ya no se podía atribuir a un grupo perfectamente identificable de individuos, sino que la naturaleza caótica, confusa e increíblemente compleja de la Revolución hacía necesaria la creación de un constructo moderno: una red altamente compleja de la Revolución hacía necesaria la creación de un constructo moderno: una red altamente coordinada de enemigos.

Las bases ideológicas del N.O.M. son muy sencillas y se encuentran resumidas a la perfección en las palabras del primer ministro británico Benjamin Disraeli: «El mundo está gobernado por personas muy diferentes de las que se imaginan aquellos que no se mueven entre bastidores». Es necesario tener en cuenta, a modo de pequeño matiz, que el político no acuñó este aforismo en uno de sus discursos oficiales, sino que se trata de una cita extraída de su novela Coningsby (1844). Es decir, de una obra de ficción. A los entusiastas del pensamiento conspiranoico esto no parece importarles demasiado y, a día de hoy, siguen considerando a Disraeli como argumento de autoridad a la hora de hablar de un posible gobierno dentro del gobierno, o una élite global y secreta destinada a minar la credibilidad del poder desde las propias instituciones para, con el tiempo, precipitar su caída e imponer su propio sistema autoritario a escala internacional. El Nuevo Orden Mundial nunca suele ser cosa de una única sociedad secreta.
La conspiración convierte algo complejo en causa-efecto pura y dura, nos libera de toda culpa al colocarnos en manos de supervillanos todopoderosos y moldea ansiedades abstractas hasta encontrar símbolos de nuestra propia paranoia por todas partes, desresponsabilizándonos de seguir indagando en los hechos: han sido ellos. Por supuesto que sí. Siempre son ellos, aunque su definición precisa vaya cambiando y actualizándose con el paso del tiempo. Lo más importante, o lo único importante en realidad, es que no hemos sido nosotros.

El globalismo (entendido como un hipotético esfuerzo intercontinental para acabar con la idea de estado-nación y tender puentes hacia un contexto de cooperación entre países interconectados) sirve como bestia negra a ambos lados del espectro político: ciertos movimientos de izquierda se identifican con un sentimiento antiglobalización desde, al menos, las protestas a la cumbre del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en 1988, mientras que la derecha estadounidense, sobre todo a partir de Trump, suele identificarlo con una especie de cosmopolitismo destinado a cuestionar su soberanía nacional, tan íntimamente relacionado con el concepto de excepcionalismo.

Aunque ahora parezca difícil de creer, hubo un tiempo en que albergar sentimientos antisemitas no tenía por qué implicar necesariamente una visión conspiranoica del mundo.
Una de las indiscutibles claves de los Protocolos consiste en su habilidad para ser, al mismo tiempo, un documento lleno de detalles y, a la vez, lo suficientemente vago como para trascender el momento histórico concreto y la realidad nacional en las que fue creado. No hay referencias directas a nada que pudiera impedir su eventual traducción a otro idioma, pues toda teoría de la conspiración pierde más fuerza cuanto más reduce el campo de acción de ellos. En El péndulo de Foucault (1988), Umberto Eco escribe que «la gran importancia de los Protocolos reside en que permite a los antisemitas acceder más allá de sus círculos internacionales y encontrar una audiencia internacional más grande, un proceso que continúa hasta nuestros días. La falsificación envenenó la vida pública allí donde apareció: se perpetuaba a sí misma, como unos planos maestros que migraban de una conspiración a otra».

En 2020, el Washington Post resumió los cinco mitos principales que rodean a su figura en tiempos de pandemia:
a) Soros ayudó a los nazis (una forma de difamarlo y poner en duda su condición de superviviente del Holocausto, cuyos horrores fueron alimentados por la misma clase de bulos conspiranoicos que hoy planean sobre él).
b) Soros paga a la gente para manifestarse (incidiendo así en su condición de puppet master y deslegitimando causas como, por ejemplo, el movimiento Black Lives Matter, que sería solo una tapadera para los intereses de un multimillonario con ambiciones megalómanas).
c) Soros, en realidad, no es judío (esta fue acuñada por Rudolph Giuliani, abogado de Donald Trump, quien defiende que es un «enemigo de Israel» como forma de esquivar acusaciones de antisemitismo).
d) Soros quebró él solo el Banco de Inglaterra (su Quantum Fund estuvo detrás del Miércoles Negro, sí, pero digamos que lo que hizo fue, más bien, beneficiarse enormemente de un proceso que ya estaba más que avanzado, en lugar de tramarlo desde el principio).
e) Soros está trabajando por la destrucción de Estados Unidos o, al menos, para acabar con su posición de dominancia en la esfera internacional (quizá sea más sensato hablar de procesos históricos complejos, en lugar de recurrir a las acciones de una sola persona).
Estas cinco leyendas urbanas, especialmente las dos últimas, no solo acercan a George Soros a los Protocolos, sino a un arquetipo de la cultura popular que podría haber sido influido en origen por los mitos acerca de sociedades secretas y planes para la dominación global: el supervillano.
Si aceptamos que QAnon es la versión pop y posmoderna de los Protocolos de los Sabios de Sión, entonces está claro que George Soros es el supervillano que una teoría así necesitaba.

Hasta ahora, las principales redes sociales se habían enorgullecido de sus raíces libertarias o de su política de no intervención. Tanto Twitter como Facebook confiaron desde el primer momento en la autoregulación, pues consideraban que intentar ponerle puertas al campo no solo era inútil a medio plazo, sino que también supondría una clara violación de la libertad de expresión. Quizá sea una teoría válida, pero la práctica ha demostrado una y otra vez sus nefastas consecuencias:
Elementos extremistas utilizaron estas plataformas para vehicular un mensaje de odio basado en libelos, fake news, ataques personales e incluso amenazas directas. La moderación llegaba siempre tarde y mal. Hasta que el gobierno estadounidense no empezó, allá por 2019, a tomar cartas en el asunto, la permisividad de las redes sociales con sus usuarios más tóxicos y altamente organizados fue uno de los mayores desafíos a la democracia jamás perpetrados en todo el siglo XXI.

La desconfianza es un virus mental que se las apaña para viajar con suma sencillez entre las sociedades informativamente avanzadas, haciendo dudar a sus habitantes de una serie de verdades compartidas que parecían, en principio, intocables. Esto lleva siendo así desde el mundo antiguo, cuando un pueblo podía amanecer con una pintada difamatoria en las paredes de algún edificio público: ni siquiera hacía falta que esa calumnia, normalmente dirigida contra una persona poderosa, tuviera algún viso de realidad para que la duda ya estuviera sembrada. Lícitos o no, todo lo que hemos visto hasta ahora han sido interrogantes muy concretos sobre aspectos de la vida social. Una cosa es utilizar internet para, por ejemplo, manipular la opinión pública a favor de un candidato en los meses anteriores a unas elecciones presidenciales, y otra muy distinta sería asegurar que la conspiración no llega hasta el plano político, sino que va más allá: que la gran conspiración de nuestra era arranca, de hecho, en lo temporal, convirtiendo, así, a la propia cronología es una mentira, una burda manipulación asumida dócilmente como verdad a lo largo de siglos y siglos de oscurantismo.
De hecho, es posible que toda teoría de la conspiración se deba enfrentar tarde o temprano a la ciencia, ya que su método, en el que la observación experimental precede a la formulación de hipótesis, es completamente contrario al de la conspiranoia. Es una guerra entre la clasificación de un conocimiento compartido y la proposición de dudas que atentan contra las bases mismas de dicho conocimiento. Es inevitable, pues, que estos dos viejos enemigos sigan enfrentándose hoy por temas como el 5G o el cambio climático, pues su batalla empezó a mediados del siglo XIX.

El efecto Greta es doble: significa esperanza para sus partidarios, sí. Pero su mera existencia también le quita el sueño a aquellos que no pueden seguir manteniendo, durante mucho más tiempo, que el cambio climático es una conspiración globalista, del mismo modo que los terraplanistas tampoco van a poder posponer demasiado ese viaje a la Antártida. Saben que, de producirse, el juego se habría acabado, de modo que el estado de cosas actual se antoja mucho más cómodo para ellos: seguir sembrando la desconfianza en la ciencia… precisamente en el momento que más necesitamos ponernos en sus manos para evitar una catástrofe.

El «Punto Omega» de la conspiranoia. Uno nunca olvida, porque es imposible hacerlo, el preciso instante en que alberga por primera vez en su corazón la duda razonable de que todo —y nos referimos a todo— fuese real. Lo que se produce es un silencio equivalente al que escucharíamos a nuestro alrededor, en el momento de leer la última frase de un libro dedicado por completo al estudio de la mente conspiranoica.

-Nuestros héroes no son ciudadanos corrientes y molientes que un buen día se dan de bruces con la conspiración de manera completamente accidental, sino creyentes de antemano que dan rienda suelta a sus fijaciones para, con suerte, escapar de algo.
-Las teorías de la conspiración nos seducirán y afectarán más de lo que estamos dispuestos a admitir.
-El futuro de la ficción conspiranoica oscila, por tanto, en algún lugar entre el hiperrealismo de Rubicon y el psicodrama «pynchoniano». Ambas historias nos sirven para hacer un retrato robot del conspiranoico moderno, una figura trágica (incluso ridícula) que se sienta cada noche en su cocina a decodificar mensajes… sin estar del todo seguro de si solo existen dentro de su cabeza.
-El asalto al Congreso supuso, también, el único final posible para una presidencia que elevó ciertas teorías excéntricas nacidas en los márgenes del pensamiento político a la primera línea de actualidad. Tiene sentido, pues el nacimiento de Donald Trump como figura política con un mínimo de relevancia estuvo íntimamente ligado a la mentira xenófoba de que su antecesor en el cargo, Barack Obama, no era realmente ciudadano estadounidense. La derecha mediática tomó buena nota de las toneladas de entusiasmo que este movimiento logró levantar entre sus bases y, en consecuencia, apoyó a Trump en todas y cada una de sus iniciativas demagógicas y, sí, conspiranoicas: desde la necesidad de construir un muro con México para evitar que sus narcotraficantes/violadores/hombres del saco invadieran la frontera hasta la demonización (en los sectores de QAnon, francamente literal) de sus rivales políticos.
-Tras la derrota electoral de Trump en noviembre de 2020, muchos de sus partidarios más acérrimos se sintieron como los miembros de la Iglesia adventista cuando un tipo con sandalias y pelo largo decidió no presentarse en nuestro planeta. ¿Gran chasco, pues? Para algunos lo fue: las profecías anunciaban una segunda victoria similar a la segunda venida, pero las profecías fallaron. Hora de reconocer el poder de la democracia y pasar a otra cosa. Sin embargo, Trump había estado meses preparándose para esta eventualidad: desde que puso en duda la validez del voto por correo… Hay incluso quien afirma que sigue siendo líder del mundo libre en la sombra, y que todo esto de Joe Biden no es más que una pantomima para conseguir que las élites satánicas y pedófilas que componen el Nuevo Orden Mundial se relajen un poco. Así será más sencillo capturarlas, ¿verdad? ¿Verdad? Cuando le has dado tanto a la mente conspiranoica, sencillamente ya no puedes volver atrás.
-Bob Dylan lo dijo mejor que nadie: «No sigas a los líderes y vigila los parquímetros». Nada más que añadir a mis inconclusiones sobre la cuestión parecida que se ha infiltrado en el tejido de nuestros días hasta volverse parte de lo cotidiano.
Como una integración secreta. Como una colonización. Como un virus para la mente.

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The problem of reading is that perhaps it had excessive expectations. Talk, and uncover, interest and motivations so that conspiracy theories proliferate, absorb everything questionable, or exploit, at a long time, is much simpler, there is much more information to justify and refute, you see more the duster, And so it does ceballos in his first half, with the erudition that characterizes him, and his fantastic sense of humor. But the thing changes when we approach today, there we no longer have a prospect, there is no enough data to confirm, and there are many more (the Internet is to blame) to doubt, to question, for it to be offered to separate the grain from straw , here Noel becomes more human, or perhaps was abducted, and loses security, but we stayed with her seed, and we trust that, past a few decades, we are able to make us responsible, as a species, of our evolution, and do not end The fault of our tremendous errors to a group of powerful eternal and Machiavellians.
His book ends up being a mere encyclopedia of conspiranic cases that, really, little or nothing has to do with the terrible moment by which our society is happening. The essay ends up being a mere listing of cases that, as I say again, is only interested in him. It has seemed to me to differentiate the moments in which the author was happening * really well * writing about the conspirania in its purest form and those in which he was limited to making pessimistic historian.

In 2015, our man Bill Gates granted a Ted Talk in which he was assertive that «if something kills about ten million people during the next decades, it is more likely to be an infectious virus than a war.» During the first raises of the crisis of the coronavirus, this talk began to circulate on the Internet as evidence, perhaps conclusive, that Gates had a crystal ball in some of him. But that was not all: in mid-March 2020, the Bill and Melinda Gates Foundation donated one hundred million dollars to the Coalition for Epidemic Preparedness Innovations (CEPI). Launched in Davos three years ago, CEPI is an alliance of public, private and philanthropic funds dedicated to financing the development of vaccines to combat emerging infectious diseases, as well as to improve collective response levels in case of health crisis. The Foundation also began to work, together with Wellcome Trust and MasterCard, in the creation of a therapeutic accelerator to improve the way of detecting, isolating and treating the Covid-19 throughout the world, initiative to which private donors of The carving of Madonna, Mark Zuckerberg, Priscilla Chan or Zhang Yiming, the founder of Tiktok. The Gates marriage had been anticipating a possible pandemic scenario for years and preparing the immediate responses that should occur if it was finally developed, then that explains why they passed by their foundation the virtue of initiatives to tackle the virus that emerged in the first weeks of alarm.
The guy warned it in the talk of him: the next human catastrophe was not going to be a war, but microscopic.
The case of Bill Gates is, in fact, one among the many gates of access to the phenomenon of the conspiracy that we could have chosen. One of those cases in which the apparent truth, or the traditional world we experienced so far, begins to stagger by leaving at sight what many believe to understand as an inherent truth and, what to say, hidden. From then on, everyone must decide whether to stay on the known path or, like Lewis Carroll Alicia, take a step through the mirror and face whatever is there.
The conspirania can be an interest or a way of life (often starts as the first thing for, little by little, end up becoming the second). Dilucidating which historical and sociological mechanisms were launched towards the end of the 1920s so that the whole planet lived that slow and inexorable process of transformation of conspiranic thought, of interest in the way of life, without barely an account. A world in which first-line pop singers share in public theories freshly extracted from the margins, strange popular initiatives are instrumentalized by ideological movements of difficult categorization, seemingly reasonable citizens are pushed into action through hashtags in social networks and each New news cycle seems to carry new narratives of suspicion incorporated, regardless of the eccentric or delirious that may seem at first glance.

One of the bases of conspiranic thought is that everything is connected, then it is very difficult to find an insidious complot of international reach that occurs in a vacuum. Actually, everything could have its origin in the antivacunas movement, baptized at the beginning of 2019 by a study by the Dartmouth College of Hanover (United States) with the name of «Hysteresis», but that really has its roots in the eighteenth century, when Different religious eminences of the United Kingdom began to oppose inoculation as it considers it sinful. If the diseases were sent by God as punishment for our sins, any attempt to stop this divine interference through science should be, by definition, immoral and obscene. The antivacuni virus was evolving over the centuries, adapting to different sociocultural conjunctures until they reach their current form, in which the main ally of hysteresis is no longer the devil (in close association with the scientific community), but the Nanotechnology.
The Internet is, as has been seen in the case of Bill Gates, the main route of current transmission of many of these eccentric ideas, but it was not always like that.
In the world postcovid-19, these narratives pass clearly by isolation, as well as by its psychological consequences in the medium and long term. It has been said by active and passive that the worst moment for a pandemic to be one where the truth is not an absolute element, so it is simple to imagine the scene: people increasingly alone, consumed by social distance and loss devastating of his loved ones, which, at the same time, is exposed to elaborate theories that detail how, in reality, all this is not an inevitable consequence of a world out of control, by very irrational that may seem from our respective watchtowers, but a Large-scale domination plan that uses us, the citizens of on foot, as unconscious pawns.

The fundamental difference between the conspiracy of the Jacobins and any of those who existed in antiquity was that that role by centurly villain capable of managing all threads could no longer be attributed to a perfectly identifiable group of individuals, but that chaotic nature, Confused and incredibly complex the revolution made the creation of a modern construct needed: a highly complex network of the revolution required the creation of a modern construct: a highly coordinated network of enemies.

The ideological bases of N.W.O. They are very simple and are summarized to perfection in the words of British Prime Minister Benjamin Disraeli: «The world is governed by people very different from those who imagine those who do not move behind the scenes.» It is necessary to take into account, as a small Matiz, that the politician did not colect this aphorism in one of the official speeches of him, but it is an appointment extracted from the novel by him Coningsby (1844). That is, a work of fiction. To the enthusiasts of conspiranic thought this does not seem to care too much and, today, they continue to consider Disraeli as an argument of authority when speaking of a possible government within the Government, or a global and secret elite destined to undermine credibility From power from the institutions themselves, over time, precipitating their fall and imposing their own authoritarian system at an international scale. The New World Order is never a matter of a single secret society.
The conspiracy turns something complex into pure and hard cause-effect, it frees us from all blames to place ourselves in the hands of Almighty Supervillanes and molds abstract anxieties until they find symbols of our own paranoia everywhere, adoping us from continuing to inquiring in the facts: have been they. Of course yes. They are always them, although its precise definition will change and update with the passage of time. The most important thing, or the only important thing really, is that we have not been us.

Globalism (understood as a hypothetical intercontinental effort to end the idea of nation-state and tend bridges towards a context of cooperation between interconnected countries) serves as a black beast on both sides of the political spectrum: certain left movements are identified with a feeling antiglobalization from, at least, the protests at the Summit of the International Monetary Fund and the World Bank in 1988, while the American right, especially from Trump, usually identifies it with a kind of cosmopolitism destined to question its national sovereignty, so Intimately related to the concept of exceptionalism.

Although now it seems hard to believe, there was a time when harboring anti-Semitic feelings did not have to necessarily imply a conspiracy vision of the world.
One of the indisputable keys of the protocols consists of its ability to be, at the same time, a document full of details and, at the same time, vague enough to transcend the concrete historical moment and the national reality in which it was created. There are no direct references to anything that could prevent its eventual translation into another language, because all the theory of conspiracy loses more strength the more it reduces the field of action. In the pendulum of Foucault (1988), Umberto Eco writes that «the great importance of the protocols resides in that it allows the anti-Semites to access beyond their international circles and find a larger international audience, a process that continues to this day. The counterfeiting poisoned public life where it appeared: he perpetuated herself, as a master plans that migrated from one conspiracy to another. »

In 2020, the Washington Post summarized the five main myths surrounding its figure in times of pandemic:
A) Soros helped the Nazis (one way to defame and question his survivor status of the Holocaust, whose horrors were fed by the same kind of conspiranoic Bulls that today plan on him).
b) Soros pays people to manifest themselves (thus affecting their status as Puppet Master and delegiting causes such as, for example, the Black Lives Matter movement, which would be only a cover for the interests of a billionaire with Megalomanian ambitions).
c) Soros, in fact, is not Jewish (this was coined by Rudolph Giuliani, a lawyer of Donald Trump, who defends him is an «enemy of Israel» as a way to avoid accusations of anti-Semitism).
d) Soros broke only the Bank of England (his Quantum Fund was behind Black Wednesday, yes, but let’s say that what he did was, rather, greatly benefit from a process that was more than advanced, instead of Tamarlo from the beginning).
e) Soros is working on the destruction of the United States or, at least, in order to end its position of dominance in the international sphere (perhaps more sensible to talk about complex historical processes, instead of resorting to the actions of a single person) .
These five urban legends, especially the last two, not only closer George Soros to the protocols, but to an archetype of popular culture that could have been influenced origin by myths about secret societies and plans for global domination: the Super villain.
If we accept that Qanon is the pop and postmodern version of the sages protocols of Zion, then it is clear that George Soros is the supervillain that a theory so needed.

Until now, the main social networks had been proud of the libertarian roots of him or the non-intervention policy. Both Twitter and Facebook entrusted from the first moment in self-regulation, because they considered that trying to put doors to the field not only was useless in the medium term, but would also be a clear violation of freedom of expression. Maybe it’s a valid theory, but the practice has shown again and again its nefarious consequences:
Extremist elements used these platforms to vehiculate a hate message based on libelos, Fake News, personal attacks and even direct threats. Moderation arrived always late and bad. Until the US government did not begin, back in 2019, to take letters in the matter, the permissiveness of social networks with its most toxic and highly organized users was one of the greatest challenges to democracy ever perpetrated throughout the 21st century.

The distrust is a mental virus that is shown to travel with great simplicity between informatively advanced societies, doubting their inhabitants of a series of shared truths that seemed, in principle, untouchable. This has been thus from the ancient world, when a people could dawn with a defamatory painted on the walls of a public building: it did not even need that slander, usually directed against a powerful person, had a reality viso for doubt that doubt I was already sown. Licito or not, all we have seen so far have been very specific questions about aspects of social life. One thing is to use the Internet for, for example, manipulate public opinion in favor of a candidate in the months prior to presidential elections, and another very different would be to ensure that the conspiracy does not reach the political level, but goes beyond: That the great conspiracy of our era starts, in fact, on the temporary, converting, thus, the chronology itself is a lie, a crude manipulation assumed docilely as truth over centuries and centuries of obscurantism.
In fact, it is possible that all the theory of conspiracy should be faced late or early on science, since its method, in which experimental observation precedes the formulation of hypotheses, is completely contrary to that of conspirania. It is a war between the classification of a shared knowledge and the proposition of doubts that anticipate the foundations of this knowledge. It is inevitable, then, that these two old enemies continue to face today by topics such as 5G or climate change, because their battle began in the mid-nineteenth century.

The Greta effect is double: it means hope for your supporters, yes. But his mere existence also takes away the dream to those who can not continue maintaining, for much longer, that climate change is a globalist conspiracy, in the same way that emblagrars will not be able to postpone too much that trip to Antarctica. They know that, of producing, the game would have been finished, so that the current state of affairs seems to be much more comfortable for them: To continue sowing the distrust in science … precisely at the time we need to put ourselves in their hands to avoid a catastrophe.

The «omega point» of the conspirania. One never forgets, because it is impossible to do it, the precise moment in which it has a reasonable doubt for the first time that everything – and we refer to everything – was real. What is produced is a silence equivalent to that we would listen around us, at the time of reading the last sentence of a book dedicated completely to the study of the conspiranic mind.

-Our Heroes are not ordinary citizens that a good day give themselves with the conspiracy in a completely accidentally, but believers in advance that they give free rein to their fixations for, hopefully, to escape something.
-The theories of the conspiracy will seduce us and affect more than we are willing to admit.
«The future of conspiranic fiction ranges, therefore, somewhere between Rubicon’s hyperrealism and the» pynchonian «psychodrama. Both stories serve us to make a robot portrait of the modern conspiranic, a tragic figure (even ridiculous) that sits every night in its kitchen to decode messages … without ever being sure if they only exist inside the head of it.
-The assault on Congress meant, too, the only possible final for a presidency that raised certain eccentric theories born in the margins of political thought to the first line. It makes sense, because the birth of Donald Trump as a political figure with a minimum of relevance was intimately linked to the Xenófoba lie that the predecessor of him in office, Barack Obama was not really a US citizen. The media right took good note of tons of enthusiasm that this movement managed to raise between its bases and, consequently, supported TRump in each and every one of its demagogic and, yes, conspiranic initiatives: from the need to build a wall with Mexico to prevent their drug traffickers / rapists / men from the sack to invade the border to demonization (in the sectors of Qanon, frankly literal) of their political rivals.
-Before the electoral defeat of Trump in November 2020, many of his most staunch supporters felt like members of the Adventist Church when a guy with sandals and long hair decided not to appear on our planet. Great Chasco, then? For some it was: the prophecies announced a second victory similar to the Second Coming, but the prophecies failed. Time to recognize the power of democracy and move on to something else. However, Trump had been months preparing for this eventuality: since he questioned the validity of the vote by mail … there is even who affirms that he is still a leader of the free world in the shade, and that all this by Joe Biden is not More than a pantomime to get the satanic and pedophile elites that make up the new world order relax a little. This will be easier to capture them, right? Truth? When you have given you both the conspiranic mind, you simply can not go back.
-Bob Dylan said better than anyone else: «Do not follow the leaders and watch the parking meters.» Nothing more than adding to my inconclusions on the similar issue that has infiltrated the tissue of our days until it becomes part of the daily life.
As a secret integration. As a colonization. Like a virus for the mind.

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