La Casa Herida — Horst Krüger / The Broken House: Growing up under Hitler (Das Zerbrochene Haus. Eine Jugend In Deutschland) by Horst Krüger

La casa herida no es un libro nuevo, la mayor parte de esta se escribió en la década de 1960, la palabra después de una década más tarde.
Lo que hace que la casa herida sea tan poderosa es que cuenta testigo de los ojos de los episodios perturbadores de 1930 y 1940, Alemania. Nacido en el trabajo de Horst Krüger como periodista que cubre las pruebas de Auschwitz en Frankfurt, se remonta a su juventud en los suburbios de Berlín Occidental. Me sorprendió lo lejos que las casas sombrías y desordenadas en Eichkamp parecían ser de Berlín; Un mundo fuera en lugar de menos de diez millas.
Sus padres son descritos como socios y poco imaginativos, aparentemente convirtiéndose en miembros de la Parte sin intención: «El Butter Warden vino y recogió nuestras dos marcas de cincuenta y nos dieron una insignia». No es sorprendente que el adolescente Horst estuvo fascinada por su escuela carismática, Wanja y, casi por accidente, se encontró ayudando a los disidentes políticos, ni que más tarde fue arrestado. El capítulo que se ocupa de su hechizo en el centro de detención de Moabit se cuenta en un lenguaje simple, pero se está enfriando. El juez de investigación puede ser pequeño y gris ratón, pero el poder que sostiene es inmenso. El ritmo es implacable para que me parezca imposible detener la lectura; Se siente como si Krüger tuviera que obtener las palabras lo más rápido posible para acortar el tiempo dedicado a recordar. Me pregunto si eso es parte de la razón por la que eligió no incluir sus experiencias entre 1941 y 1945. ¿Cuándo, en los últimos jadeos de la guerra, se rindió a las tropas estadounidenses, no tenía idea de cómo serían, habiendo conocido? Sólo el Reich desde la edad de catorce años.
Recomiendo la casa herida a cualquier persona interesada en descubrir cómo era la vida para un hombre aparentemente ordinario bajo la Alemania nazi y sus consecuencias.
Este libro comienza con el autor que regresa a su antiguo barrio en Berlín durante la década de 1960. Llegó allí como un niño de 3 años con sus padres y su hermana mayor en 1923 y la vio por última vez en 1944. Creció allí, ya que Hitler se levantó al poder y la casa rota es una cuenta de cómo llegó a Alemania. La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Era un barrio de clase media baja que estaba compuesta por familias como la suya. Los padres de Kruger eran apolíticos, pero su madre leía Mein Kampf en 1933. Kruger ahora se encuentra frente a donde solía estar su casa. Ahora es un terreno vacante después de ser bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial. La última vez lo vio en 1944 cuando era un corporal de lanza. Cuando sus padres lo saludaron adiós en la estación de tren cuando regresó al servicio, sabía que nunca los volvería a ver. Él es el único miembro de su familia viva cuando sus padres fueron asesinados durante la guerra y su hermana mayor, Ursula, se mató en 1938. Es un shock que descubre que la tumba de Ursula ya no existe. La sección donde discute el suicidio de su hermana es muy triste, ya que no repara ningún detalle en su muerte horrible y dolorosa. Es su error que hace que su tumba sea perturbada y que haga que alguien más enterrado en su lugar. Ella no ha dejado rastro.
Durante la acumulación de la guerra, el suburbio cambió gradualmente. Las familias judías se fueron todas, pero apenas se notó. Todos estaban ocupados continuando con sus vidas. Hitler llega a los grandes desfiles animados y antorchas. Todo iba a cambiar y Alemania estaría en aumento nuevamente. Pero lentamente, insidiosamente sus vidas se enredan con el aumento de Hitler. Son pequeños pasos con las banderas de Swastika que comienzan a aletear en las casas del vecindario y las peleas de la calle entre comunistas y camisetas marrondas. Los ambiciosos planes de Hitler lo hacen parecer un mesías. Los principales proyectos de infraestructura pronto aliviaron a los 4 millones de alemanes desempleados. Nuevas casas de ópera! Enormes nuevos edificios oficiales! Los signos más perturbadores, como Kristellnacht y las tarjetas de racionamiento de alimentos, eran advertencias de lo que era venir. Pero nadie vio nada.
Kruger tiene una vida acontecida. Se une a una pequeña pandilla que trabajaba contra Hitler en medio de Alemania en 1939, es arrestada y condenada por la alta traición. En la liberación, se une al ejército y se rinde a los aliados a medida que el Reich cae. Como periodista en la década de 1960, cuando este libro se publicó por primera vez, informa sobre el juicio de Auschwitz de 22 guardias. Los ‘asesinos de escritorio’ que solo estaban haciendo su deber habían desaparecido en silencio a la vida normal después, como si simplemente hubieran borrado sus horrores de sus mentes.
Este es un libro extraordinario, ya que, en cierta medida, explica cómo Hitler sedujo al pueblo alemán. Habían probado una amarga derrota después de la Primera Guerra Mundial, ahora estaban en una depresión severa y luego vienen a un hombre que iba a levantarlos de nuevo y serían jugadores mundiales. Siempre me pareció extraño que estas personas pudieran afirmar que nadie era un nazi, no sabían nada sobre Auschwitz o los otros campamentos, y parecía haber una amnesia colectiva en el país. Como la mayoría de las adquisiciones, comienza con pequeños pasos, uno tras otro, las banderas, la animación, la actitud optimista hasta que fue demasiado tarde.
Esta es una advertencia para nosotros a todos cómo se puede tomar un país. Ninguna de estas personas se convirtió en nazis y, sin embargo, eran la base para que los nazis hicieran su trabajo «.
Se ha dicho que Alemania cayó bajo el hechizo de Hitler y pude ver cómo sucedió. El libro pregunta lo que hace que las personas acepten lo impensable, mientras que otros se resisten.

Berlín es un mar infinito de edificios en el que desemboca sin cesar un torrente de aviones. Es un desierto de piedra vasto y gris que me conmueve cada vez que vuelo a su encuentro: Magdeburgo, Dessau, Brandeburgo, Potsdam, Zoo. Están construyendo nuevas autopistas urbanas y líneas de metro rápidas, ingeniando intercambiadores viales sofisticados y erigiendo audaces torres de televisión. Todo eso es el nuevo y moderno Berlín, el carrusel técnico de la ciudad-isla que gira impulsado desde dentro por el humor áspero y lacónico de sus habitantes y alimentado por el capital desde fuera. Qué espléndido y radiante es ese nuevo Berlín, aunque yo no me siento en casa hasta que no estoy en el suburbano que traquetea por el Oeste, prácticamente vacío a estas horas y con el aire raído de la RDA. Este es mi Berlín, el trauma de mi infancia que suena atronador de fondo, un juguete destartalado de hojalata que, con su golpeteo rápido e insistente, parece decir: «Estás aquí, estás aquí de verdad, siempre ha sido así y siempre lo será».
Regreso convertido en ciudadano de la República Federal. Hoy he dejado al otro lado mi trabajo, mi automóvil y mi mundo. Regreso solo, y no lo hago porque me resulte conmovedor y hermoso rastrear los pasos de mi infancia siendo adulto. Detesto la nostalgia de los hombres que, al envejecer, anhelan refugiarse en sus primeros años; qué obscenos los ancianos que pasan el rato en parques infantiles con el corazón desbocado, como si fueran a descubrir allí paraísos que los acojan. Eichkamp no fue para mí ningún paraíso, ni mi niñez, un sueño acogedor. Eichkamp solamente fue el lugar donde crecí en tiempo de Hitler y quiero volver a verlo para hacerme por fin idea de cómo eran las cosas con él. Ya ha pasado más de una generación. Todo lo que era el Tercer Reich —las marchas de antorchas en Unter den Linden, los gritos de júbilo por la radio y el éxtasis por la renovación— ha pasado, ha quedado atrás y olvidado. También quedaron olvidados hace mucho los cupones para el pan, las bombas sobre Eichkamp y los hombres de la Gestapo que llegaban a veces del centro de la ciudad en coches negros. Creo que ahora sería preciso entenderlo de una vez.
Qué sensación tan extraña la de llegar en tren a la estación de Eichkamp. Guardar en la memoria, olvidar y recordar de nuevo, los tiempos se metamorfosean: ¿eso qué es? Lo que está pasando no es nuevo, lo que estás haciendo ya lo has hecho y siempre ha sido igual. Levántate del banco amarillo y reluciente, coge tus cosas de la redecilla, ábrete paso entre desconocidos, agarra la manija de latón y presiona con el pulgar, gira despacio hacia la derecha, tira y abre. Un arranque de valor. Mientras el tren corre a toda velocidad junto al andén, te asomas y notas el viento en la cara, y, cuando la velocidad aminora, sientes la deliciosa tentación de bajar de un salto. Sé que está prohibido, lo pone en la puerta. Ya estaba prohibido con Hitler…
En Eichkamp, todos teníamos al menos a un buen judío. Mi madre, por ejemplo, prefería a los médicos judíos. «Son muy sensibles», nos decía. En aquella época, Arnold Zweig vivía en Eichkamp. Su casa tenía un moderno tejado plano, contrario al carácter alemán, que hubo que convertir a dos aguas al poco de su huida. Ludwig Marcuse vivía a tres casas de nosotros y también huyó en 1933.
Mi padre no hizo carrera con los estudios. Como para tantos alemanes, su oportunidad le vino con la guerra. No es que fuera militarista, de hecho, era una persona pacífica y de buen corazón, pero la guerra lo facilitó todo. Debió de ser disciplinado y valiente, puesto que resultó herido ya en 1916, a las puertas de Verdún. Desde entonces, su discreta carrera de servicio fue en continuo ascenso. Primero, la herida en la cabeza —que fue como un golpe de suerte—; luego, la Cruz de Hierro; después, lo nombraron sargento; al tiempo, brigada, y terminó de alférez. En 1918 volvió de la guerra con un sable de oficial y un documento que lo autorizaba a comenzar su carrera pública. Lo hizo desde cero, acarreando documentos de un lado para otro; después, se dedicó a arrastrar un carrito por los largos pasillos del Ministerio de Cultura de Prusia y, con el tiempo, se convirtió en asistente auxiliar, asistente, supervisor y, por fin, inspector.

Era marzo de 1938. En Alemania, las cosas iban bien, pero nosotros no éramos de los que gustan lanzarse a primera línea en momentos así. Esos son siempre los mismos y ya se sabe que no siempre son los mejores. No iba con nosotros armar ruido. En muchos hogares burgueses, el regocijo de la Gran Alemania terminó en contemplación, y en Eichkamp, el grito pangermano se transformó en lealtad de forma callada. En aquel entonces, nosotros debíamos de ser algo así como una familia alemana decente, una entre los muchos millones que participaron en el ascenso impetuoso de nuestro pueblo con gratitud y diligencia.

Praga está repleta de palacetes y mansiones nobiliarias, ciertamente, pero en ese momento me tenían sin cuidado porque todos conspiraban en mi contra, con ventanas y portones cerrados a cal y canto para impedirme llegar a lo de dentro. La ciudad estaba vacía y espantosamente despejada de trabajo, vida y comercio, tan hermosa y aburrida como una habitación de invitados, la mejor pieza de la casa reservada para otros, con cubiertas de encaje y llena de fruslerías. Allí tenía mi Praga: el tacto de muros y piedra, espacio vacío y serpenteante y el sabor de la decepción y del absurdo. Fue una sensación bastante desquiciada y enfermiza.
¿Conoce la tentación sutil y sublime de cultivar ese estado de decepción hasta lo desagradable? Por supuesto, llevamos mucho tiempo siendo prisioneros de nuestros abismos particulares.
La guerra es una celebración colosal de la victoria que se extiende por toda Europa. Alemania cubre el continente convertida en nube de guerra y se ocupa en construir la nueva Europa de esplendor germánico. También Bellevuestrasse es un campo de batalla, el de la guerra en el frente interior, la que se libra contra los traidores, espías y saboteadores. Al entrar en la sala de sesiones de la tercera planta del Tribunal del Pueblo, me salen al paso colores escarlata, banderas, insignias y uniformes. Yo también llevo un uniforme, el de nuestros paracaidistas. Soy un soldado alemán.
Wanja, somos una generación malograda. No tuvimos un hogar de verdad. Por eso, tú elegiste al Partido por madre y al Ejército Rojo por padre y yo no tengo más que mis recuerdos, mi ironía y mis neurosis recientes. Yo estoy en Fráncfort y escribo para el Oeste —naturalmente— y tú estás en El Cairo y escribes para el Este —naturalmente—. Pero ¿realmente es eso lo natural? Nuestra historia, seamos sinceros, es verdaderamente penosa, una novelucha rosa barata de la división de Alemania, de esas que ya no le interesan a nadie. ¿Por qué la vida escribe unas historias tan flojas? Dos colegiales de Berlín, que en su día se unieron contra el señor Focken y contra Hitler y que acabaron separados durante la gran guerra de los alemanes, corrieron la misma suerte que Alemania: no pudieron volver a estar juntos.

Conocí el mundo de los prisioneros, el idioma de la cárcel, los rituales de la resignación y la esperanza, los ritos de los presos: aprendí a moldear piezas de ajedrez con pan, a fumar sin dejar olor, a hacer toques en clave, a pasar mensajes secretos, a fabricar naipes con bolsas viejas de papel, a sacar información mientras me afeitaba y a hablar sin mover los labios dando un paseo por el patio. El idioma de los prisioneros es un arte depurado y de miseria, construido con señales grabadas en puertas y paredes y con sonidos casi inaudibles, que mezcla briznas de tabaco y de paja, que no se cansa de escuchar junto a las puertas de las celdas, que aprende a distinguir los tonos más sutiles y se abalanza sobre los recién llegados para exprimirlos, como si llevaran los secretos del mundo guardados bajo el abrigo. «Dinos, ¿qué está pasando? Vamos, habla, ¿cómo están las cosas ahí fuera?». Los nuevos son una esperanza que se enciende por un momento para ir apagándose en aburrimiento. El nuevo en realidad viene de otro bloque, lleva casi un año por aquí y tiene cara de sabérselas todas.
Has sobrevivido a Hitler. Un día podrás salir de Cherburgo. Después, comenzarás a vivir. Estudiarás, trabajarás, harás carrera, envejecerás y poco a poco irás olvidando que fuiste joven en tiempo de Hitler. Lo que no olvidarás nunca será esta hora en la que, estando en Cherburgo, triunfó la justicia. Has visto con tus propios ojos que el sueño de las naciones, la justicia que nos prometían desde hace tanto, existe. Díselo a los demás. Cuéntales que mil novecientos cuarenta y cinco años después de Cristo, hubo un año en el que la historia de la humanidad casi se convirtió en el juicio final del hombre.

Voy de camino al juicio de Auschwitz porque quiero verlo. Al ver algo con tus propios ojos, se supone que te libras de los fantasmas, y Auschwitz es uno de ellos. La palabra se ha convertido en una extraña metáfora, la del mal de nuestra época. Sangre, miedo y horror resuenan en ella; carne humana desollada y quemada, chimeneas humeantes y un sinfín de contables alemanes esmerados en anotarlo todo. Auschwitz es como una estrofa nueva para una danza macabra medieval; hace pensar en esqueletos y calaveras, en la parca y en sudarios, y en gas, la nueva mecánica para la muerte.
Por primera vez, entiendo por qué hay judíos que no regresan a esta segunda república alemana que tan decente y tolerable vuelve a ser. Lo hacen por miedo, un miedo íntimo. Miedo al conductor del tranvía, al empleado de la oficina de correos o al del mostrador de la estación, al farmacéutico e incluso al buen enfermero de Berlín Occidental. Claro, podría haber sido cualquiera de ellos, nunca se sabe. En Nueva York o en Tel Aviv están más seguros. Cuando en este país no se tiene otra cosa que muertos por los que llorar, ¿no es razonable, o incluso inevitable, que se tenga en lo más íntimo un miedo de muerte a todos los alemanes?.

Escribí este libro en el invierno de 1964 a 1965 y se publicó en 1966 en la editorial Rütten & Loening de Múnich, ya desaparecida. Pero ¿lo escribí realmente? ¿No se escribió solo? Fue un comienzo, una partida, un primer intento de liberación personal. Tales comienzos —especialmente cuando se llevan a cabo a edad avanzada— tienen algo de violento y explosivo. Sobrevienen como un imperativo. Actúa la compulsión, una dinámica inconsciente, la urgencia por liberarse de una vez de una pesada carga llamada pasado, juventud y trauma de la infancia: una historia muy personal y política al mismo tiempo. Al principio, no se quiere escribir; el deseo es el de escapar de unas presiones sistémicas que se han vuelto insoportables. Lo extraño de la literatura es que, con este tipo de salvación personal, siempre se consigue salvar también a otros. En este sentido, este libro se convirtió en todo un éxito, aclamado por la crítica y por los lectores.

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The Broken House is not a new book – the bulk of it was written in the 1960s, the afterword a decade later –.
What makes The Broken House so powerful is its eye-witness account of disturbing episodes from 1930s and 1940s Germany. Born out of Horst Krüger’s work as a journalist covering the Auschwitz trials in Frankfurt, it goes back to his youth in the west Berlin suburbs. It struck me how far away the grim and unornamented houses in Eichkamp appeared to be from Berlin; a world away rather than less than ten miles.
His parents are described as staid and unimaginative, seemingly becoming party members without intention: ‘the block warden came and collected our two marks fifty and we were given a badge’. It’s not surprising that the teenage Horst was entranced by his charismatic schoolfriend Wanja and, almost by accident, found himself assisting political dissidents, nor that he was later arrested. The chapter dealing with his spell in Moabit detention centre is told in simple language but it is chilling nonetheless. The investigating judge may be small and mouse-grey but the power he holds is immense. The pace is relentless so that I found it impossible to stop reading; it feels as though Krüger had to get the words out as quickly as possible to shorten the time spent remembering. I wonder if that is part of the reason he chose not to include his experiences between 1941 and 1945. When, in the very last gasps of the war, he surrendered to American troops, he had no idea what they would be like, having known only the Reich since the age of fourteen.
I recommend The Broken House to anyone interested in finding out what life was like for one seemingly ordinary man under Nazi Germany and its aftermath.
This book begins with the author returning to his old neighbourhood in Berlin during the 1960’s. He arrived there as a 3 year old with his parents and his older sister in 1923 and last saw it in 1944. He grew up there as Hitler rose to power and The Broken House is an account of how he came of age as Germany prepared for World War 2 and the Holocaust. It was a lower middle class neighbourhood which was composed of families like his. Kruger’s parents were apolitical but his mother did read Mein Kampf in 1933. Kruger now stands in front of where his house used to be. It’s now a vacant lot after being bombed during the Second World War. He last saw it in 1944 when he was a lance corporal. As his parents waved him goodbye at the train station when he returned to duty, he knew that he would never see them again. He is the only member of his family left alive as his parents were killed during the war and his older sister, Ursula, killed herself in 1938. It is with a shock that he discovers that Ursula’s grave no longer exists. The section where he discusses his sister’s suicide is very sad as he spares no details in her horrible and painful death. It’s his mistake that causes her grave to be disturbed and to have someone else buried in her place. She has left no trace.
During the build-up to war, the suburb gradually changed. The Jewish families all left but it was hardly noticed. Everyone was busy getting on with their lives. Hitler arrives to great cheering and torchlight parades. Everything was going to change and Germany would be on the rise again. But slowly, insidiously their lives become enmeshed with Hitler’s rise. It’s little steps with swastika flags beginning to flutter on neighbourhood houses and the street fights between Communists and brownshirts. Hitler’s ambitious plans make him seem like a Messiah. Major infrastructure projects soon alleviate the 4 million unemployed Germans. New opera houses! Huge new official buildings! The more disturbing signs such as Kristellnacht and food ration cards were warnings of what was to come. But no one saw anything.
Kruger has an eventful life. He joins a small gang who were working against Hitler in the middle of Germany in 1939, is arrested and sentenced for high treason. On release he joins the Army and surrenders to the Allies as the Reich falls. As a journalist in the 1960’s when this book was first published, he reports on the Auschwitz trial of 22 guards. The ‘deskbound murderers’ who were just doing their duty had quietly faded into normal life afterwards as if they had simply erased its horrors from their minds.
This is an extraordinary book as, to some extent, it explains how Hitler seduced the German people. They had tasted a bitter defeat after the First World War, were now in a severe depression and then along comes a man who was going to raise them up again and they would be world players. It always seemed strange to me that these people could claim that no one was a Nazi, they knew nothing about Auschwitz or the other camps and there seemed to be a collective amnesia in the country. Like most takeovers it begins with little steps, one after the other, the flags, the cheering, the upbeat attitude until it was too late.
This is a warning to us all of how a country can be taken over. None of these people became Nazis and yet they ‘were the foundation for the Nazis to do their work.’
It has been said that Germany fell under Hitler’s spell and I could see how it happened. The book questions what makes people accept the unthinkable while others resist.

Berlin is an infinite sea of buildings in which a torrent of aircraft unexcides. It is a vast and gray stone desert that moves me every time I fly to meet your meeting: Magdeburg, Dessau, Brandenburg, Potsdam, Zoo. They are building new urban highways and fast metro lines, witness sophisticated road exchangers and by erecting audacious television towers. All this is the new and modern Berlin, the technical carousel of the city-island that turns driven from within by the rough and laconic humor of its inhabitants and fueled by the capital from outside. What a splendid and radiant is that new Berlin, although I do not feel at home until I am in the suburban rattling in the west, practically empty at this time and with the RDA Air. This is my Berlin, the trauma of my childhood that sounds thunderous in the background, a scorched tinplate toy that, with his quick and insistent pounding, seems to say: «You are here, you are really here, it has always been like that and it will always be ».
Return converted into a citizen of the Federal Republic. Today I have left my job on the other side, my car and my world. Return alone, and I do not do it because I find it moving and beautiful to track the steps of my childhood being adult. I hate the nostalgia of men who, in aging, yearn to take refuge in their early years; What a obscene the elders who spend their time in playgrounds with an unbound heart, as if they were to discover there paradises that welcome them. Eichkamp was not for me any paradise, nor my childhood, a welcoming dream. Eichkamp was only the place where I grew up in Hitler’s time and I want to see him again to make a question of how things were with him. It has already been more than one generation. Everything that was the third Reich – the torch marches at Unter den Linden, the shouts of joy by radio and ecstasy for renovation – has passed, has been left and forgotten. They were also forgotten ago coupons for the bread, the pumps on Eichkamp and the men of the Gestapo who sometimes arrived from the city center in black cars. I think now it would be necessary to understand it at once.
What a strange feeling the one of reaching the Eichkamp station. Save in memory, forget and remember again, times are metamorphose: What is that? What is happening is not new, what you are doing already done and has always been the same. Get up from the yellow and gleaming bench, take your things from the redecilla, open yourself between unknown, grab the brass handle and press with your thumb, turn slowly to the right, strip and open. A value starter. While the train runs at full speed next to the Andén, you peer and notes the wind in the face, and, when the velocity, you feel the delicious temptation to go out of a jump. I know it’s forbidden, put it on the door. I was already prohibited with Hitler …
In Eichkamp, we all had at least a good Jew. My mother, for example, preferred Jewish doctors. «They are very sensitive,» she told us. At that time, Arnold Zweig lived in Eichkamp. His house had a modern flat roof, contrary to the German character, which had to be converted into two waters after the escape of him. Ludwig Marcuse lived to three houses of us and also fled in 1933.
My father did not care with the studies. As for so many Germans, the opportunity of him came with the war. It is not that he was a militarist, in fact, he was a peaceful and good heart, but the war facilitated everything. He must have been disciplined and courageous, since he was already injured in 1916, at the doors of Verdun. Since then, the discreet service race of him was in continuous ascent. First, the wound in the head – that was like a stroke of luck -; Then, the iron cross; later, sergeanto was named; At the time, Brigade, and he finished Ensign. In 1918 he returned from the war with an officer saber and a document authorized him to start his public career. He did it from scratch, carrying documents from one side to another; Afterwards, he devoted himself to dragging a cart by the long corridors of the Ministry of Culture of Prussia and, over time, became auxiliary assistant, assistant, supervisor and, finally, inspector.

It was March 1938. In Germany, things went well, but we were not there to throw themselves on the front line at such times. Those are always the same and it is already known that they are not always the best. I did not go with us assemble noise. In many bourgeois households, the rejoicing of the Great Germany ended up in contemplation, and in Eichkamp, the Pangermano scream was transformed into loyalty in a silent way. At that time, we should be something like a decent German family, one among the many millions who participated in the impetuous ascent of our people with gratitude and diligence.

Prague is full of palace and noble manns, certainly, but at that time they had me without care because they all conspired against me, with windows and gates closed at lime and singing to prevent me from inside. The city was empty and frighteningly unobscured, life and commerce, as beautiful and boring as a guest room, the best piece of the house reserved for others, with lace covers and full of frusteries. There I had my Prague: the touch of walls and stone, empty space and meandering and the taste of disappointment and the absurdity. It was a feeling quite deranged and sick.
Do you know the subtle and sublime temptation to cultivate that state of disappointment to the unpleasant? Of course, we have been prisoners for a long time from our particular abysses.
War is a colossal celebration of victory that extends throughout Europe. Germany covers the continent converted into war cloud and deals with building the new Europe of Germanic splendor. Bellevuestrasse is a battlefield, that of war on the inner front, which is pounded against traitors, spies and saboteurs. Upon entering the session room of the third floor of the People’s Court, scarlet colors, flags, badges and uniforms. I also have a uniform, that of our parachuteists. I am a German soldier.
Wanja, we are a bad generation. We did not have a real home. That’s why you chose the party by mother and the red army by father and I have no more than my memories, my irony and my recent neurosis. I am in Frankfurt and I write for the west -naturally- and you are in Cairo and you write for the east -naturally. But is that really natural? Our history, let’s be honest, is truly painful, a cheap rose novel of the German division, of those that no longer interest you. Why life writes such loose stories? Two schoolboys of Berlin, who in his day joined against Mr. Focken and against Hitler and who ended up separated during the Great War of the Germans, ran the same fate as Germany: they could not be together again.

I met the world of prisoners, the language of prison, rituals of resignation and hope, the rites of prisoners: I learned to mold pieces of chess with bread, smoking without leaving smell, to make touches in key, to Passing secret messages, to make playing cards with old paper bags, to take information while shaving and talking without moving the lips taking a walk through the yard. The language of the prisoners is a refined and misery art, built with signals recorded on doors and walls and with almost inaudible sounds, which blends brizas of tobacco and straw, which does not tire of listening next to the doors of the cells, That he learns to distinguish the most subtle tones and be eased on the newcomers to squeeze them, as if they took the secrets of the world saved under the coat. «Tell us, what’s going on? Come on, talk, how are things out there? » The new ones are a hope that goes on for a moment to go out of boredom. The new one actually comes from another block, he has been here for almost a year and he has a face of knowing them all.
You have survived Hitler. One day you can leave Cherbourg. Then, you will begin to live. You will study, you will work, you will make a career, you will grow old and little by little you will forget that you were young in Hitler’s time. What you will not forget will never be this hour in which, being in Cherbourg, justice triumphed. You have seen with your own eyes that the dream of nations, the justice that promised us so much, it exists. Tell others. Tell them one thousand nine hundred and forty-five years after Christ, there was a year in which the history of humanity almost became the final judgment of man.

I’m on my way to Auschwitz’s judgment because I want to see it. Seeing something with your own eyes, you’re supposed to get rid of ghosts, and Auschwitz is one of them. The word has become a strange metaphor, that of the evil of our time. Blood, fear and horror resonate in it; Dewed and burned human flesh, steaming chimneys and endless alematic accountants in scoring everything. Auschwitz is like a new verse for a medieval macabre dance; He makes think of skeletons and skulls, in La Parca and in Sudados, and in gas, the new mechanics for death.
For the first time, I understand why there are Jews who do not return to this second German Republic that so decent and tolerable returns to be. They do it out of fear, an intimate fear. Fear of the driver of the tram, the employee of the post office or to the station counter, the pharmacist and even to the good Berlin nurse western. Sure, it could have been any of them, you never know. In New York or Tel Aviv are safer. When in this country you do not have anything else than deaths to cry, is not it reasonable, or even inevitable, that you have in the most intimate a fear of death to all the Germans?

I wrote this book in the winter from 1964 to 1965 and was published in 1966 in the publisher Rütten & AMP; Loening de Munich, already disappeared. But did I really write it? Did not you write alone? It was a start, a departure, a first attempt at personal liberation. Such beginnings – especially when they are carried out at elderly – have some violent and explosive. They are survived as an imperative. Acts compulsion, an unconscious dynamics, urgency to be released from once from a heavy load called past, youth and childhood trauma: a very personal and political history at the same time. At first, you do not want to write; Desire is to escape systemic pressures that have become unbearable. The strangeness of literature is that, with this kind of personal salvation, it is always possible to save others. In this sense, this book became a success, acclaimed by criticism and readers.

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