Viajeros: De Jonathan Swift A Alan Hollinghurst (1726-2017) — Marta Salís (Editora) / Travelers: From Jonathan Swift to Alan Hollinghurst (1726-2017) by Marta Salís (Editor)

Viajeros de la editorial Alba te invita a recorrer en el imaginario distintas etapas surrealistas de la vida , una lectura sencilla, ligera y algo fantasiosa.
A favor, podría decir que me gustó la diferencia de temas que se aborda en cada relato; pienso que al haber tanta variedad entre ellos mantuvo mi atención e interés para continuar con la lectura del libro hasta el final. Además, el conocer autores de los que había escuchado pero que por una razón u otra no había tenido la oportunidad de leer, como Voltaire, Katherine Mansfield, Ray Bradbury, Clarín, Joseph Conrad, James Joyce, Philip K. Dick, entre otros, me dio la experiencia que estaba buscando para poder acercarme a su obra, así sea a través de un relato, y continuar con ella en el futuro, lo cual estoy seguro que con muchos autores así sucederá.
Por otro lado, en contra, un punto que toqué al principio y me parece totalmente certero, es la calidad narrativa de los relatos en general; me atrevo a decir que al menos la mitad de los cuentos no lograron cumplir mis expectativas como me habría gustado. Autores que para mí destacaron por mucho en esta antología como Jonathan Swift, James Joyce, Willa Cather, Amelia Edwards, Somerset Maugham, Luigi Pirandello, entre otros, dejan ocultos en las sombras a un gran número de autores cuyos relatos no están a la misma altura y no dieron lo que tenían que dar.
¿Vale la pena leer este libro? En principio diría que sí, vale la pena. Tendrás la posibilidad de conocer autores que quizá no hayas leído antes; conocer nuevas historias, y por qué no, hallar algún nuevo favorito.

Curioso paseo
Johann Peter Hebel
(1811)
Un hombre va a casa montado en un burro y lleva a su hijo andando al lado. Aparece un caminante y dice:
–Padre, no está bien que vayáis montado y dejéis que vuestro hijo vaya andando; tenéis las piernas más fuertes.
Entonces el padre se bajó del burro y dejó montar a su hijo. Aparece otro caminante y dice:
–Chico, no está bien que vayas cabalgando y dejes a tu padre ir a pie. Tú tienes las piernas más jóvenes.
Entonces los dos se montaron y cabalgaron un trecho. Aparece un tercer caminante y dice:
–Pero ¡qué disparate es este! ¿Dos hombres en un animal tan débil? ¿No habría que coger un palo y bajaros de ahí a los dos?
Entonces los dos se bajaron y los tres siguieron a pie, el padre y el hijo a izquierda y derecha y en el medio el burro. Aparece un cuarto caminante y dice:
–¡Qué tres tipos tan curiosos! ¿No basta con que dos vayan a pie? ¿No será más fácil si uno de vosotros va cabalgando?
Entonces el padre le ató al burro las patas delanteras y el hijo le ató las traseras, pasaron entre ellas una buena vara de árbol que había junto a la carretera y llevaron el burro a hombros a casa.
Hasta ese extremo se puede llegar si uno pretende satisfacer a todo el mundo.

Mecanópolis
Miguel de Unamuno
(1913)
Llegó un momento en que me vi perdido en medio del desierto; mis compañeros, o habían retrocedido, buscando salvarse, como si supiéramos hacia dónde estaba la salvación, o habían perecido de sed y de fatiga. Me encontré solo y casi agonizando de sed. Me puse a chupar la sangre negrísima que de los dedos me brotaba, pues los tenía en carne viva por haber estado escarbando con las manos desnudas al árido suelo, con la loca esperanza de alumbrar alguna agua en él. Cuando ya me disponía a acostarme en el suelo y cerrar los ojos al cielo, implacablemente azul, para morir cuanto antes y hasta procurarme la muerte conteniendo la respiración o enterrándome en aquella tierra terrible, levanté los desmayados ojos y me pareció ver alguna verdura a lo lejos: «Será un ensueño de espejismo», pensé; pero fui arrastrándome.
Fueron horas de agonía; mas cuando llegué, encontreme, en efecto, en un oasis. Una fuente restauró mis fuerzas, y después de beber comí algunas sabrosas y suculentas frutas que los árboles brindaban liberalmente. Luego me quedé dormido.
No sé cuántas horas estaría durmiendo, y si fueron horas, o días, o meses, o años. Lo que sé es que me que me levanté otro, enteramente otro.
Vi en un soberbio edificio un rótulo que decía: Hotel, escrito así, como lo escribimos nosotros, y allí me metí. Completamente desierto. Llegué al comedor. Había en él dispuesta una muy sólida comida. Una lista sobre la mesa, y cada manjar que en ella figuraba con su número, y luego un vasto tablero con botones numerados. No había sino que tocar un botón y surgía del fondo de la mesa el plato que se deseara.
Después de haber comido salí a la calle. Cruzábanla tranvías y automóviles, todos vacíos. No había sino que acercarse, hacerles una seña y paraban. Tomé un automóvil y me dejé llevar. Fui a un magnífico parque geológico, en que se mostraba los distintos terrenos, todo con sus explicaciones en cartelitos. La explicación estaba en español, solo que con ortografía fonética. Salí del parque; vi que pasaba un tranvía con este rótulo: «Al Museo de Pintura», y lo tomé. Había allí todos los cuadros más famosos y en sus verdaderos originales. Me convencí de que cuantos tenemos por acá, en nuestros museos, no son sino reproducciones muy hábilmente hechas.
No pude ya resistir esto de verme compadecido por aquellos misteriosos seres invisibles, ángeles o demonios –que es lo mismo–, que yo creía que habitaban Mecanópolis. Pero de pronto me asaltó una idea terrible, y era la de que las máquinas aquellas tuviesen su alma, un alma mecánica, y que eran las máquinas mismas las que me compadecían. Esta idea me hizo temblar. Creí encontrarme ante la raza que ha de dominar la tierra deshumanizada.
Salí como loco y fui a echarme delante del primer tranvía eléctrico que pasó. Cuando desperté del golpe me encontré de nuevo en el oasis de donde partí. Eché a andar, llegué a la tienda de unos beduinos, y al encontrarme con uno de ellos, le abracé llorando. ¡Y qué bien nos entendimos aun sin entendernos! Me dieron de comer, me agasajaron, y a la noche salí con ellos, y tendidos en el suelo, mirando al cielo estrellado, oramos juntos. No había máquina alguna en derredor nuestro.
Y desde entonces he concebido un verdadero odio a eso que llamamos progreso, y hasta a la cultura, y ando buscando un rincón donde encuentre un semejante, un hombre como yo, que llore y ría como yo como yo río y lloro, y donde no haya una sola máquina y fluyan todos los días con la dulce mansedumbre cristalina de un arroyo perdido en el bosque virgen.

En la estación
Esbozo del natural
Isaak E. Bábel
(1918)
Fue hará dos años ahora, en una estación olvidada de Dios, no muy lejos de Penza.
En un rinconcillo del edificio de la estación se había congregado un grupo. Yo también me acerqué. Resulta que habían ido a despedir a un soldado que partía a la guerra.
Alguien, bebido, con la cabeza hacia el cielo, tocaba el acordeón. Un muchacho con hipo –con aire de menestral–, con temblores en el cuerpo enjuto, tendió las manos hacia el que tocaba y susurró:
–Adórnalo un poco, Vania, con sentimiento…
Después se alejó y, dando la espalda a la gente, concentrado, vertía gotas de colonia en un vaso sucio con vodka casero.
Una botella con un líquido turbio iba de mano en mano. Todos habían bebido más de la cuenta. El padre del soldado estaba sentado en el suelo, en un lado, pálido y silencioso. El hermano del que iba a partir devolvía todo el tiempo. Se derrumbó, clavó la cara en su vomitona y, así, se quedó dormido.
Se acercaba el tren. Empezaron a despedirse. El padre del soldado seguía sin querer moverse, ni abrir los ojos, ni ponerse de pie.
–Levanta, Semiónych –le dijo el menestral–. Bendice a tu hijo.
El viejo no respondió. Empezaron a tirar de él. El botoncito en el gorro de piel se quedó colgando. Se acercó un gendarme.
–Menudos groseros –profirió–, el hombre ha muerto y estos ahí dándole tirones.
Resultó estar en lo cierto: se había quedado dormido y murió. El soldado miraba a su alrededor con aire de desconcierto. El pequeño acordeón le temblaba en las manos y, de las sacudidas, siguió tocando un tiempo.
–Hay que ver –dijo–, hay que ver…
Y añadió extendiendo el acordeón:
–El acordeón, para Petka.
El jefe de estación salió al andén.
–Vaya con la fiesta… –musitó–. Bien que han encontrado un sitio para juntarse… Prójor, tú, hijo de perra, venga el segundo…
Con la gran llave de hierro del retrete de la estación el gendarme golpeó dos veces la campana (el badajo de la campana lo habían arrancado hacía mucho).
–Despídete al menos de tu padre –le dijeron al soldado–, ¿qué haces ahí plantado como un tonto?
El soldado se inclinó, besó la mano muerta del padre, se santiguó y echó a andar con torpeza hacia el vagón. Mientras, su hermano seguía durmiendo sobre la vomitona.
Se llevaron al viejo. La gente empezó a dispersarse.
–Ahí tienes la sobriedad –dijo un anciano mercader que estaba cerca de mí–, mueren como moscas los hijos de perra…
–En fin, hermano, tanto empeño en la sobriedad… –observó con dureza un aldeano barbudo, acercándose–. Nuestro pueblo es un pueblo bebedor. Necesita el ojo turbio…
–¿Cómo? –El mercader no terminaba de entenderlo.
–Mira –dijo el aldeano, y señaló el campo con una mano–, negro e infinito.
–¿Y?
–Nada de «y». ¿Ves la turbiedad? Pues así necesita el pueblo su ojo: turbio.

La partida
Franz Kafka
(1922)
Ordené que me trajeran el caballo del establo. El criado no me entendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y lo monté. A lo lejos oí el toque de una trompeta y le pregunté qué significaba. No lo sabía y tampoco había oído nada. En la puerta me detuvo y preguntó:
–¿Adónde vas, señor?
–No lo sé –dije–, solo quiero marcharme de aquí, solo marcharme de aquí. Nada más que marcharme de aquí, solo así podré alcanzar mi meta.
–Entonces ¿sabes cuál es tu meta? –preguntó.
–Sí –respondí–, ya lo he dicho. «Marcharme de aquí»: esa es mi meta.
–No llevas provisiones –dijo.
–No las necesito –dije yo–, el viaje es tan largo que moriré de hambre si no encuentro nada por el camino. Las provisiones no me salvarán. Por suerte es un viaje auténticamente descomunal.

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Travelers published by Editorial Alba invites you to travel in the imaginary different surreal stages of life, a simple, light and something fantasy reading.
In favor, I could say that I liked the difference of topics that is addressed in each story; I think that there being so much variety among them maintained my attention and interest to continue with the reading of the book until the end. In addition, knowing authors who had heard but that for one reason or another he had not had the opportunity to read, like Voltaire, Katherine Mansfield, Ray Bradbury, Clarín, Joseph Conrad, James Joyce, Philip K. Dick, among others, He gave me the experience he was looking to approach his work, so it is through a story, and continue with her in the future, which I am sure that with many authors it will happen.
On the other hand, cons, a point that touched me at the beginning and it seems totally accurate, it is the narrative quality of the stories in general; I dare to say that at least half of the stories did not manage to fulfill my expectations as I would have liked. Authors who for me highlighted by much in this anthology as Jonathan Swift, James Joyce, Willa Cather, Amelia Edwards, Somerset Maugham, Luigi Pirlandello, among others, leave hidden in the shadows to a large number of authors whose stories are not to it Height and did not give what they had to give.
Is it worth reading this book? In principle I would say yes, it’s worth it. You will have the possibility of knowing authors that you may not have read before; Know new stories, and why not, find some new favorite.

Curious walk
Johann Peter Hebel.
(1811)
A man goes home mounted on a donkey and leads to his son walking next door. A hiker appears and says:
-Padre, it’s not good that you’re assembled and let your child walk; You have the strongest legs.
Then the father got off the donkey and let riding his son. Another hiker appears and says:
-Chico, it’s not good that you’re riding and let your father go on foot. You have the youngest legs.
Then the two were mounted and ridden a stretch. A third walker appears and says:
-But what too much is this! Two men in such a weak animal? Should not I have a stick and download them from there to both?
Then the two got off and the three followed on foot, the father and the son left and right and in the middle the donkey. A fourth hiker appears and says:
-What three curious guys! Is not it enough for two to go on foot? Will not it be easier if one of you is riding?
Then the father tied to the donkey the front legs and the son tied him the rear, went between them a good tree rod that had next to the road and took the donkey at home.
Until that extreme can be reached if one intends to satisfy everyone.

Mechanopolis
Miguel de Unamuno.
(1913)
It was a time when I saw myself lost in the middle of the desert; My colleagues, or had receded, seeking to be saved, as if we knew where salvation was, or had perished as thirst and fatigue. I found myself alone and almost dying of thirst. I started sucking the black blood that from the fingers sprouted me, because he had them in alive for having been digging with his hands bare to the arid soil, with the crazy hope of illuminating some water in him. When I was already about to sleep on the ground and close my eyes to heaven, relentlessly blue, to die as soon as possible and even try to death containing breathing or burying in that terrible land, I looked up the fainted eyes and seemed to see some vegetable to what Far: «It will be a dream of mirage,» I thought; But I was crawling.
They were agony hours; But when I arrived, I am, in effect, in an oasis. A fountain restored my strength, and after drinking ate some tasty and succulent fruits that the trees gave liberally. Then I fell asleep.
I do not know how many hours I would be sleeping, and if they were hours, or days, or months, or years. What I know is that I got myself another, entirely another.
I saw in a superb building a sign that said: Hotel, written like that, as we write, and there I got. Fully deserted. I arrived at the dining room. There was a very solid food in it. A list on the table, and every delicacy that listed with the number of it, and then a vast board with numbered buttons. There was nothing but to touch a button and emerged from the bottom of the table the desired dish.
After having eaten I went out into the street. They crossed her trams and automobiles, all empty. There was nothing but approaching, making a sign and stopped. I took a car and let myself be taken. I went to a magnificent geological park, which showed the different lands, all with their explanations in posters. The explanation was in Spanish, only with phonetic spelling. I left the park; I saw that a tram was passing with this label: «To the painting museum,» and I took it. There were all the most famous pictures and in their true originals. I was convinced that how many have here, in our museums, they are nothing but reproductions very skillfully done.
I could not resist this to see me compayed by those mysterious invisible beings, angels or demons – which is the same – that I thought they lived mechanisms. But suddenly I assaulted a terrible idea, and it was that the machines had their soul, a mechanical soul, and that they were the machines themselves that they wanted me. This idea made me tremble. I thought I am facing the race that has to dominate the dehumanized land.
I left like crazy and I went to start in front of the first electric tram that happened. When I woke up from the blow I found myself back in the oasis from where I left. I started walking, I arrived at the store of Bedouin, and finding me with one of them, I hugged him crying. And what good we understood even without understanding us! They fell to me, I entertained me, and at night I went out with them, and lying on the floor, looking at the starry sky, prayed together. There was no machine in our deride.
And since then I have conceived a true hatred of what we call progress, and even to culture, and I am looking for a corner where you find a similar one, a man like me, who cries and laugh like me as I river and cry, and where not There is a single machine and flow every day with the sweet crystalline meekness of a lost stream in the Virgin Forest.

At the station
Outline of the natural
Isaak E. Bábel
(1918)
It was two years ago now, in a forgotten season of God, not far from Penza.
In a little corner of the station building he had gathered a group. I also approached. It turns out that had gone to dismiss a soldier who started the war.
Someone, drunk, head skyward, played the accordion. A boy with hypo-with air menestral- with wiry body tremors, held out his hands toward playing and whispered:
-Adórnalo a little Vanya, with feeling …
Then he turned away and giving back to people, concentrated, poured drops of cologne in a dirty glass with homemade vodka.
A bottle with a cloudy liquid going from hand to hand. All had drunk more than usual. The father of the soldier was sitting on the ground, on one side, pale and silent. Brother that he was returned from all the time. He collapsed, stuck his face in her vomit and thus fell asleep.
the train approached. They began to leave. The soldier’s father still would not move or open his eyes, or stand.
He raises, he said the menestral- Semiónych. Bless your son.
The old man replied. They started to pull it. The little button in the fur cap was hung. a gendarme approached.
-Slights – rude, man has died and there giving these jerks.
It turned out to be right: he had fallen asleep and died. The soldier looked around with an air of bewilderment. The small accordion trembling hands and, shaking, he kept playing time.
There you see, ‘he said, must see …
And he added extending the accordion:
-The accordion, for Petka.
The station went on the platform.
-Go to the party … he mused. Well you have found a place to get together … Prokhor, you son of a bitch, come the second …
With the large iron key from the toilet of the gendarme station twice he hits the bell (the clapper of the bell had started long).
-Despídete to the least of your father ‘I told the soldier, what are you doing there like a fool?
The soldier leaned down, kissed the dead hand of the father, crossed himself and walked awkwardly toward the car. Meanwhile, his brother was still sleeping on the puke.
They took the old. People began to disperse.
There’s your sobriety said an elderly merchant who was close to me, ‘die like flies the bastards …
‘Well, brother, much effort into sobriety … he remarked harshly a bearded villager closer. Our people are a drinker people. You need the murky eye …
-How? The merchant did not quite understand.
Look villager said, noting the field with a hand, black and infinite.
-Y?
Nothing of ‘and’. You see the haze? As well as the people need his eye: turbid.

Depart
Franz Kafka
(1922)
I ordered to bring my horse to the stable. The servant did not understand me. I myself went to the stable, saddled his horse and rode. In the distance I heard the sound of a trumpet and asked what it meant. He did not know and had not heard anything. At the door he stopped me and asked:
Where are you going, sir?
I said I do not know, I just want to leave here, just leave here. Nothing but away from here, just so I can reach my goal.
Then you know what your goal? He asked.
I said yes, as I said. «Leave here»: that’s my goal.
No carry provisions he said.
No need them I said, the journey is so long that’ll starve if I can not find anything on the way. Provisions not save me. Luckily it is a truly extraordinary journey.

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