Las Inquietudes De Shanti Andía — Pío Baroja / The Restlessness of Shanti Andía by Pío Baroja

Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos.
Yo, en cierta época de mi existencia, he pasado por algunos momentos difíciles, y el recordarlos, sin duda, despertó en mí la gana de escribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresión de hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona en narrador y lector me indujo a continuar.
Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines y melodramas, y de mí no hay que esperar los perfiles literarios de un profesor de retórica.

Hablando un día con Blanca, por cierto os recomiendo su blog, me dijo que esta era su obra de Pío Baroja. No tiene mal gusto… Releído.
Una novela sobre el mar. En la obra, que es un recuento de la vida del marino vasco-español Shanti Andía, se entremezclan historias de diferentes personajes que aportan a la obra distintos matices de melancolía marinera, de aventura, de amor y odio, todo ello traído a la memoria de este Baroja amante del mar y de su villa marinera en la costa vasca. Es muy recomendable su lectura, por distintos motivos: porque el idioma es rico, impresionista, nostálgico; la acción es continua, no se para en filosofías o ejercicios de narcisismo; las imágenes son bellas; y sobre todo porque la melancolía de la obra es tal que contagia deliciosamente al lector.
El paisaje es el alter ego de Baroja, refleja constantemente el estado de ánimo del autor. Esta obra no puede decepcionar a nadie. Si un punto en contra se le puede encontrar es, quizá, el no haber conseguido dar impresión de autenticidad a las distintas voces que intervienen, pues parecen todas la misma voz del autor, aportando distintos matices de expresión de un mismo alma. También debo decir que el autor evita justo a tiempo que la obra derive demasiado hacia el melodrama telenovelesco.
Recuerdo que la novela picaresca se inventó en España, pero sea cual sea la verdad del asunto, la historia de Shanti Andía ciertamente entra en esa categoría. Está llena de aventuras — en el mar, entre piratas y esclavistas, en prisión, en un pequeño pueblo costero vasco — y romance. Esta novela está ambientada en el siglo XIX cuando todavía predominaba la vela. Es un cambio de página y está lleno de las descripciones más hábilmente hermosas. A medida que Shanti Andía crece y se hace a la mar, se encuentra con un misterio familiar que le lleva muchos años resolver. Se trata de un tío que se cree que murió en el mar. ¿Pero lo hizo? Al mismo tiempo, esta es también la saga de una búsqueda de satisfacción. ¿ Shanti Andía será feliz algún día, podrá sentar cabeza o su inquietud lo mantendrá eternamente en movimiento ? El mar lo llama, pero él ama a su pueblo natal. Tormentas, rescates audaces, escapes audaces, la búsqueda de un tesoro enterrado, bombas en el correo (!), motines a bordo de un barco y un elenco de personajes de un pequeño pueblo hacen de esta una novela maravillosa. Murió en 1956. Es una pena que nunca haya ganado un premio Nobel, pero bueno, quizás favorecen a los escritores más cerebrales. Debería ser mucho más conocido en el mundo de habla inglesa.

Según la gente de mi pueblo, la indolencia mía ha sido de esas extraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logrado sacarme de mi pasividad habitual.
Se han inventado anécdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia.
La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los hombres, aun a los más desaprensivos, aun a los más indolentes, y yo, por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en cada minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.
Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicureísmo y de la decantada indolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla y exagera la vida del marino.
Realmente, el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía y nuestra voluntad. Su infinita monotonía, sus infinitos cambios, su soledad inmensa nos arrastran a la contemplación.
Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla con la Naturaleza.
Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una razón, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible; muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación de la constante inquietud.

Soy también patriota a mi modo, sin sentido tradicional alguno. No conozco la historia de España, y realmente no me preocupa gran cosa. Si me preguntaran quién fue Wamba o Atanagildo, me vería en un gran aprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mi país, cuando después de un largo viaje he visto desde lejos la costa de España, he sentido siempre una gran impresión.
El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lúzaro, de este rincón de la costa vasca donde he nacido y donde vivo, ha estado siempre presente en mi espíritu. No lo considero como un mérito; no tengo esa tendencia exclusivista de las gentes de mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar para el marino. Discutir si esto es mejor que aquello, me parece una tontería.

Mi abuela daba importancia extraordinaria a cosas, que yo creía que eran del dominio común, y que las hazañas de mi bisabuelo eran tan conocidas como las de Napoleón o las de Nelson.
Había también en la sala una brújula, un barómetro, un termómetro, un catalejo y varios daguerrotipos pálidos, sobre cristal, de primos y parientes lejanos.
Tardé bastante tiempo en ir a la escuela. De chico tomé un golpe en una rodilla, y no sé si por el tratamiento del curandero, que me aplicó únicamente emplastos de harina y de vino, o por qué, el caso es que padecí, durante bastante tiempo, una artritis muy larga y dolorosa.
Quizá por esto me crié enfermizo, y el médico aconsejó a mi madre que no me llevara a la escuela. Mi infancia fue muy solitaria. Tenía, para divertirme, unos juguetes viejos que habían pertenecido a mi madre y a mi tío. Estos juguetes que pasan de generación en generación, tienen un aspecto muy triste.
Tanto me habían hablado de la maldad de los chicos, que fui a la escuela como un borrego que llevan al matadero. Yo estaba dispuesto a luchar…

Nos decía que en el fondo del mar hay, como en la tierra, bosques, praderas, desiertos, montañas, volcanes, islas madrepóricas, barcos sumergidos, tesoros sin cuento y un cielo de agua casi igual al cielo de aire.
A todo esto, muy verdad, unía las invenciones más absurdas.
Comenzamos a acercarnos al Stella Maris. El aspecto de la goleta con los mástiles rotos, tumbada sobre una banda como un animal herido en el corazón, era triste, lastimoso.
El mar chocaba contra las peñas y sobre el costado del barco, produciendo un ruido violento como el de un trueno, las gaviotas comenzaban a revolotear en derredor nuestro, lanzando gritos salvajes.

Salimos de Cádiz y comenzamos el enorme viaje por el Atlántico hasta el Cabo de Buena Esperanza, y después por el Océano Índico al Estrecho de la Sonda y a Filipinas.
Por exigencias comerciales, en vez de volver a Europa directamente, tuvimos que atravesar el Estrecho de San Bernardino y dirigirnos por el Pacífico a buscar el de Magallanes. Por cierto que antes de llegar a las Palaos encontramos dos islas de coral que no aparecían en los mapas, y a una le llamamos con el apellido de don Ciríaco, isla Andonaegui, y a la otra, isla de Santiago Andía.
Dos años y medio después de la salida llegamos a Cádiz. Yo recuerdo que marqué el punto con la brújula con una gran emoción. Mentiría si dijera que no me acordaba de Dolorcitas; pero me acordaba de una manera vaga, remota.
En el barco supe que se había casado; pero por más esfuerzos que hice para desesperarme no lo pude conseguir.

Mi madre quería que, aprovechando mi licencia, me casara. Me tenía destinada la hija de un propietario de Lúzaro, más vieja que yo, feúcha, flacucha y mística. Yo, la verdad, no estaba muy decidido. Sabido es que los marinos no somos modelo de amabilidad ni de sociabilidad. La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias, que me prometía el destino, de unirme con Barbarita, así se llamaba la candidata de mi madre, no me sonreía. Mayormente, las mujeres de Lúzaro, a pesar de su dulzura, tienen bastante afición a hacer su voluntad. Como son casi todas hijas y mujeres de marinos, el vivir mucho tiempo solas les ha dado decisión y energía, y las ha acostumbrado a no obedecer a nadie.
Hoy no debe pasar esto, no porque las mujeres se hayan hecho más humildes, sino porque apenas quedan en Lúzaro marinos de altura, con lo cual las mujeres tendrán, de grado o por fuerza, que soportar a sus respectivos esposos, todos los días del año.

He sido educado con una gran severidad de principios. Mi madre me inculcó la idea de que mi posición me obligaba a ser más rígido que los demás. Yo, en el fondo, era un muchacho atolondrado, de buen corazón, aunque un tanto violento.
Muy joven comencé a navegar, y en el barco tuve que ir olvidando cuantas enseñanzas me dio mi madre.
Mi vida, en los primeros años de navegación, fue muy intensa. Formaba parte de la tripulación del Asia, un bergantín que recorría los mares de la China…

Dos extranjeros de aspecto sospechoso. Bajaron de las diligencias, entraron en la cocina de la posada, y, mientras cenaban, preguntaron con gran interés por don Santiago Andía. La posadera les dijo que hacía mucho tiempo que yo no vivía en Lúzaro, sino en Izarte, y al saberlo se informaron de la distancia a que se hallaba nuestra aldea del pueblo.
Respecto de mí, siento un poco de vergüenza al decir que soy feliz, muy feliz. Es verdad que no lo he merecido, pero así es.
Yo soy el vagabundo de la familia.
Cuando cambia el tiempo experimento la nostalgia de sentir la paz profunda del mar, de su abandono y soledad. Entonces voy a pasearme por la playa de las Animas, y contemplo, como si fuera por primera vez en mi vida, las tres rayas de espuma de las olas que rompen en la arena.
En la primavera me produce una gran alegría; en el otoño, una gran tristeza; pero una tristeza tan extraña, que me parece que sería muy desgraciado si no la sintiera alguna vez.

Sí, yo me alegro de que mis hijos no quieran ser marinos…, y, sin embargo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/01/el-arbol-de-la-ciencia-pio-baroja-the-tree-of-knowledge-by-pio-baroja/

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/20/las-inquietudes-de-shanti-andia-pio-baroja-the-restlessness-of-shanti-andia-by-pio-baroja/

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The conditions in which current life slides make most people dull and uninteresting. Today, almost nobody has something worth telling about. The generality of men swim in the ocean of vulgarity. Neither our loves, nor our adventures, nor our thoughts have enough interest to be communicated to others, unless they are exaggerated and transformed. Society is standardizing life, ideas, aspirations of all.
I, at a certain time of my existence, have gone through some difficult moments, and remembering them, without a doubt, awakened in me the desire to write. Seeing my memories fixed on paper gave me the impression of being written by someone else, and this unfolding of my person as narrator and reader led me to continue.
I am an uneducated sailor, a rude sailor, as they say in serials and melodramas, and one should not expect the literary profiles of a professor of rhetoric from me.

Speaking one day with Blanca, by the way I recommend her blog, she told me that this was her book by Pío Baroja. She doesn’t have bad taste… Re-read book.
A novel about the sea. In the work, which is an account of the life of the Basque-Spanish sailor Shanti Andía, stories of different characters are intertwined that bring to the work different shades of seafaring melancholy, adventure, love and hate, all of which are brought to mind of this sea-loving Baroja and his fishing village on the Basque coast. Its reading is highly recommended, for different reasons: because the language is rich, impressionistic, nostalgic; the action is continuous, it does not stop at philosophies or exercises of narcissism; the images are beautiful; and above all because the melancholy of the work is such that it deliciously infects the reader.
The landscape is Baroja’s alter ego, it constantly reflects the author’s state of mind. This work cannot disappoint anyone. If one point against it can be found, it is, perhaps, not having managed to give an impression of authenticity to the different voices that intervene, since they all seem to be the same voice of the author, contributing different nuances of expression of the same soul. I must also say that the author avoids just in time that the work drifts too much towards soap opera melodrama.
I remember the picaresque novel was invented in Spain, but whatever the truth of the matter, Shanti Andía’s story certainly falls into that category. It is full of adventures—at sea, among pirates and slavers, in prison, in a small Basque seacoast town–and romance. This novel is set in the 19th century when sail still predominated. It is a page-turner as well as full of the most skillfully-beautiful descriptions. As Shanti Andía grows up and puts to sea, he encounters a family mystery which takes him many years to solve. It concerns an uncle who is believed to have died at sea. But did he? At the same time, this is also the saga of a search for contentment. Will Shanti Andía ever be happy, will he be able to settle down or will his restlessness keep him eternally on the move ? The sea calls him, but he loves his home town. Storms, daring rescues, daring escapes, a search for buried treasure, bombs in the mail (!), mutinies aboard ship, and a small town cast of characters all make this a most wonderful novel. Baroja, who died in 1956. It’s a shame that he never got a Nobel Prize, but then, perhaps they favor more cerebral writers. He should be much more widely-known in the English-speaking world.

According to the people of my town, my indolence has been one of those extraordinary: storms, storms, lightning, thunder, nothing has managed to get me out of my usual passivity.
Anecdotes have been invented about my coldness and indifference.
The concern to achieve an end unsettles all men, even the most unscrupulous, even the most indolent, and I, for my part, would have liked to live even more in each hour, in each minute, without the nostalgia of the past. nor anxiety about the future.
This desire is a consequence of my background of Epicureanism and of the decanted indolence that I have been reproached for so much, and that, without a doubt, develops and exaggerates the life of the sailor.
Really, the sea annihilates us and consumes us, exhausts our fantasy and our will. His infinite monotony, his infinite changes, his immense loneliness drag us into contemplation.
Those gentle green waves, those whitish foams where our pupil rocks, go as if brushing against our soul, wearing down our personality, until making it purely contemplative, until identifying it with Nature.
We want to understand the sea, and we do not understand it; we want to find a reason for it, and we can’t find it. It is a monster, an incomprehensible sphinx; dead is the laboratory of life, inert is the representation of constant restlessness.

I am also a patriot in my own way, without any traditional meaning. I don’t know the history of Spain, and it really doesn’t bother me much. If they asked me who was Wamba or Atanagildo, I would be in a big bind; but, despite knowing nothing or almost nothing about the history of my country, when after a long trip I have seen the coast of Spain from afar, I have always felt a great impression.
The memory of the homeland, and above all of Lúzaro, of this corner of the Basque coast where I was born and where I live, has always been present in my spirit. I don’t consider it a merit; I don’t have that exclusive tendency of the people of my town. The land for the farmer, the sea for the sailor. Discussing whether this is better than that seems silly to me.

My grandmother gave extraordinary importance to things, which I believed were in the common domain, and that the exploits of my great-grandfather were as well known as those of Napoleon or Nelson.
There was also in the room a compass, a barometer, a thermometer, a spyglass, and several pale daguerreotypes, on glass, of distant cousins and relatives.
It took me a long time to go to school. As a boy I took a blow to one knee, and I don’t know if it was because of the healer’s treatment, who applied only flour and wine plasters, or why, the fact is that I suffered, for quite some time, a very long and painful arthritis .
Perhaps this is why I grew up sick, and the doctor advised my mother not to take me to school. My childhood was very lonely. I had, to amuse myself, some old toys that had belonged to my mother and my uncle. These toys that pass from generation to generation, look very sad.
They had told me so much about the wickedness of the boys, that I went to school like a sheep being led to the slaughterhouse. I was ready to fight…

He told us that at the bottom of the sea there are, as on earth, forests, meadows, deserts, mountains, volcanoes, Madreporic islands, submerged ships, endless treasures and a sky of water almost equal to the sky of air.
To all this, very true, he joined the most absurd inventions.
We begin to approach the Stella Maris. The appearance of the schooner with broken masts, lying on a band like an animal wounded in the heart, was sad, pitiful.
The sea crashed against the rocks and on the side of the ship, producing a violent noise like thunder, the seagulls began to flutter around us, letting out wild cries.

We left Cádiz and began the enormous journey across the Atlantic to the Cape of Good Hope, and then across the Indian Ocean to the Sunda Strait and the Philippines.
Due to commercial requirements, instead of returning to Europe directly, we had to cross the Strait of San Bernardino and head across the Pacific to look for the Strait of Magellan. By the way, before reaching Palau we found two coral islands that did not appear on the maps, and we called one with the surname of Don Ciríaco, Andonaegui Island, and the other, Santiago Andía Island.
Two and a half years after leaving we arrived in Cádiz. I remember that I marked the point with the compass with great emotion. I’d be lying if I said I didn’t remember Dolorcitas; but I remembered in a vague, remote way.
On the boat I found out that he had married; but no matter how hard I tried to despair, I couldn’t get it.

My mother wanted me, taking advantage of my leave, to get married. She had destined me for the daughter of a landlord from Lúzaro, older than me, ugly, skinny and mystical. I really wasn’t very determined. It is known that sailors are not a model of friendliness or sociability. The prospect of Fridays with vigils and abstinence, which fate promised me, of uniting with Barbarita, as she was called my mother’s candidate, did not smile on me. For the most part, Lúzaro’s women, despite their sweetness, are quite fond of doing their bidding. Since they are almost all daughters and wives of sailors, living alone for a long time has given them determination and energy, and has accustomed them to not obeying anyone.
Today this should not happen, not because the women have become more humble, but because there are hardly any seafarers left in Lúzaro, with which the women will have, willingly or by force, to put up with their respective husbands, every day of the year. anus.

I have been brought up with a great severity of principles. My mother instilled in me the idea that my position forced me to be more rigid than others. Deep down, I was a reckless boy, with a good heart, although a little violent.
Very young I started sailing, and on the ship I had to forget how many lessons my mother gave me.
My life, in the first years of navigation, was very intense. He was part of the crew of the Asia, a brigantine that traveled the seas of China…

Two suspicious-looking foreigners. They got off the stagecoach, entered the kitchen of the inn, and while they were having dinner, they asked with great interest about Don Santiago Andía. The innkeeper told them that I hadn’t lived in Lúzaro for a long time, but in Izarte, and when they found out, they were informed of the distance our village was from the town.
As for me, I feel a little ashamed to say that I am happy, very happy. It’s true that I didn’t deserve it, but that’s the way it is.
I am the tramp of the family.
When the weather changes, I experience the nostalgia of feeling the deep peace of the sea, of its abandonment and solitude. Then I go for a walk along Las Animas beach, and I contemplate, as if for the first time in my life, the three lines of foam from the waves that break on the sand.
In the spring it gives me great joy; in the fall, a great sadness; but a sadness so strange, that it seems to me that I would be very unhappy if I did not feel it at some time.

Yes, I’m glad my children don’t want to be sailors… and yet.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/01/el-arbol-de-la-ciencia-pio-baroja-the-tree-of-knowledge-by-pio-baroja/

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/20/las-inquietudes-de-shanti-andia-pio-baroja-the-restlessness-of-shanti-andia-by-pio-baroja/

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7 pensamientos en “Las Inquietudes De Shanti Andía — Pío Baroja / The Restlessness of Shanti Andía by Pío Baroja

  1. Ahí va mi libro favorito de Pío Baroja. Definitivamente tengo que volver a leerlo, las segundas lecturas siempre permiten apreciar muchísimos más detalles.

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