Obra Maestra — Juan Tallón / Masterpiece by Juan Tallón (spanish book edition)

No encontré en nuestro archivo una sola fotografía decente de la escultura perdida. Simplemente, no la había. Y eso añadía, o casi añadía, más misterio, más atractivo al suceso. La obra llevaba tanto tiempo sin ser expuesta que todo lo que guardábamos en el periódico era una imagen sin apenas calidad de 1986. Entonces yo era solo una adolescente, y el museo un centro de arte recién nacido. Fuera de ese contratiempo, fue una semana emocionantísima. Era tan increíble que se hubiese perdido una escultura de treinta y ocho toneladas que la sola idea de contarlo hacía que se me acelerase el pulso, como si las exclusivas me produjesen taquicardias. En las páginas de Cultura, y más en la sección de arte, no hay muchas oportunidades de contar algo así.
Confirmé la desaparición de la escultura a través de tres fuentes, que me ayudaron también a completar la historia de aquella obra. Era alucinante: una obra de Richard Serra se había pasado la mayor parte de su vida abandonada en almacenes, hasta que al fin llegaba su desaparición total, el truco de magia definitivo, pero sin truco.
Las grandes obras lo son por muchas razones, también porque saben perdurar. No se acaban así como así. Antes o después aparecen.

Un libro que narra la «desaparición» de una escultura de Serra desde múltiples puntos de vista, y que podía haber dado mucho más juego pero que queda lastrado por varios aspectos.
Para empezar el misterio policiaco y los «personajes» que hablan sobre él son muy aburridos: Jueces, vigilantes del Reina Sofía, policías, no aportan nada emocionante o interesante y son más de un tercio del libro describiendo aspectos sobre la Brigada del Patrimonio, los juzgados, etc.
La parte en la que hablan «personajes» relativos a la génesis del libro, y personajes «auxiliares» (transportistas, taxistas…) es algo más corta, tampoco aporta demasiado y, aunque es curiosa, peca de repetitiva y algo banal (por ejemplo, el último capítulo en el que el propio Tallón nos cuenta, a lo largo de varias páginas, algo que ya habíamos oído de otras bocas -su periplo por los juzgados)
Por todo ello la parte más interesante es en la que hablan los artistas y galeristas, los comisarios de exposición, etc.: en esta parte los protagonistas aportan muchos matices sobre el arte minimal, qué es el arte, como interpretar nuevas propuestas, qué es un museo…
El autor intercala estos tres aspectos a lolargo de la novela, y consigue que la narración sea fluida, pero me he pasado todo el libro deseando que volvieran a hablar de arte, en lugar de leer como se usa una grúa pluma, o como se funde metal en grandes hornos, o como se eleva una petición a un juzgado, o…
Por otro lado, otro de los grandes hándicaps del libro es que todos los personajes, absolutamente todos, hablan igual, que en el fondo, claro, es la voz del propio autor. Da igual un juez que un taxista, un periodista que un fundidor, todos hablan igual…
Bueno, todos no. Hay un capítulo en el que habla un personaje chatarrero gitano en el que hay un tufillo a tópico y a racismo que tira de espaldas, y todo su discurso está lleno de «furgonetas», «primos» y «se muera mi madre».
Que digo yo que, si todos los personajes han sido capaces de usar la ironía y un lenguaje más o menos formal, quizá debería haber mantenido ese tono con este chatarrero, para no parecer un racista, más que nada…
En fin, que si te interesa el arte contemporáneo y sus mecanismos y no tienes mucha idea sobre ellos y te interesa leer algo introductorio sobre el tema.

A mí me interesa mucho el mercado, me parece una cosa saludable. Lo que no me gusta es ese otro mercado, el de los artistas oficiales y sus encargos públicos, que nació con Duchamp y hoy se mantiene. Es lo que yo llamo la «sovietización del sistema», o sea, la proliferación de artistas que trabajan para el Estado exclusivamente. Prefiero la brutalidad de las ferias de arte, donde montones de obras se exhiben al público al mismo tiempo, porque rápidamente pone en su sitio las vanidades de los autores. También estoy a favor de las subastas, ya que uno tiene que aceptar que se licite una obra suya y que no haya nadie que levante la mano. En realidad, mi desencanto con el mundo del arte contemporáneo llega al punto de pensar que si ahora tuviera veinte años no sería artista.
Antes nos regíamos solo por la oferta y la demanda, pero ahora hay un segundo mercado, el institucional, y existe una serie de artistas que trabajan solo para los gobiernos, porque no podrían, por la naturaleza de su obra, meterla en un apartamento. Pensemos en Richard Serra, por ejemplo. No niego su calidad, faltaría más, pero el destinatario de sus obras es o el director de un museo o el Estado, que le hacen un encargo y le dicen «aquí tienes esta sala», u «organízame esta instalación». Hay más artistas, incluidos pintores, que no han pasado por una venta pública en subasta, y que solo crean para las administraciones públicas, ya que su producción se basa únicamente en encargos. No atraviesan el filtro terrible y doloroso de la ley de la oferta y la demanda.

Es posible que los investigadores no consigan hilar el relato completo y no puedan explicar cómo pudo ir a parar allí la obra de Richard Serra, pero qué demonios, todos estamos contentos porque la obra ha aparecido y eso es lo único importante. El escándalo queda enterrado, es historia, y vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Normalidad en el Reina Sofía.

El 5 de octubre el gerente del Reina Sofía me llamó por teléfono. Pero yo no quiero saber nada del Reina Sofía, ni del Ministerio de Cultura, ni del Estado en general. Lo despedí con cajas destempladas. No hubiese tratado mejor a una pulga de lo que lo traté a él. No sé nada de ninguna escultura, chao, le dije, y colgué. Sus problemas y los de su museo ya no me incumben. No quiero llegar a la situación de decir que me alegra que el museo tenga problemas. Eso no. Y tengo muchas razones para aborrecer a los gestores del museo y el ministerio, pero yo no soy así. Mi rencor tiene límites. No les deseo el mal, aunque en su día provocaron la quiebra de mi empresa. En su momento hice lo que tenía que hacer. Tampoco voy a fingir y decir que me alegraría que les fuese bien.
A mediados de octubre el gerente del Reina Sofía compareció ante notario para instarme, vía requerimiento, a poner «en el plazo improrrogable de tres días a disposición del Museo la escultura en cuestión», con la advertencia expresa de que en caso contrario ejercerían las acciones legales oportunas contra mí. Eso sí, añadían que a la entrega de la obra se procedería a la liquidación de los gastos que hubieran devengado del depósito constituido en su día. ¡Je! ¡Me tomaban el pelo! Son unos cachondos mentales. ¿Ahora se mueren de ganas por pagarme? ¡A menudas horas! ¡Hace ocho años que no existe Macarrón! Por supuesto, dejé expirar el plazo sin ponerme en contacto de forma alguna con el notario.
El dinero que el Reina Sofía nos debía era casi testimonial en comparación con otras cifras. Pero supuse que era lo que más interesaba a la Policía. Cuando quebramos, el museo nos debía ocho años completos por la custodia y el seguro de la escultura de Richard Serra. No podía recordar cuándo llegaron a pagarme por la escultura de Serra. Quizá nunca. La escultura estuvo bajo nuestra responsabilidad desde finales de 1990.

¿La belleza? La belleza es una noción que me resulta muy difícil de entender. Parece ser algo que la gente encuentra en cualquier periodo histórico. Diría que los criterios con que se determina parecen estar atrasados. Creo que, en su mayor parte, los artistas no se involucran en la búsqueda expresa de la belleza. Se involucran en el lenguaje del arte, en la ampliación de ese lenguaje. Y si la belleza aflora, lo hace como un efecto de los esfuerzos del artista por comunicarse con el público a través de su lenguaje.
El público puede obtener la impresión de que los artistas están siempre dispuestos, o encaminados, a hacer cosas hermosas, pero si hablas con ellos en serio, queda claro que eso no es lo que están haciendo. La función del arte, la aspiración de los creadores, es hacerte pensar. Básicamente, ver es pensar, y pensar es ver.
En el mundo existen más millonarios excéntricos de lo que somos capaces de imaginar. A menudo me toca trabajar con ellos. No es algo que me ponga triste, tengo que admitir. Me hacen ganar montones de dinero. Y sí, una parte de ellos es capaz de hacer casi cualquier cosa por dar satisfacción a un gusto o una fantasía, o de lo contrario quizá serían pobres. ¿Hacer desaparecer una enorme escultura sin dejar rastro del robo, y depositarla a miles de kilómetros en una mansión enorme, pongamos que situada en Suiza, Alemania o Croacia? Me cuesta mucho sostener esa teoría. Para empezar, si quieres sumar una obra de Serra a tu primorosa colección es porque conoces su trayectoria y los conceptos de su trabajo, y entonces sabes que sus esculturas dejan de ser arte en el mismo momento en que se alejan del sitio que Serra eligió para ellas. El espacio y el tiempo son también la escultura.

Había cientos de objetos, que en muchos casos no tenían una existencia definida, plena, una forma, y por tanto un nombre por el que llamarlos. Eran obras a medio hacer, abandonadas. Y después estaban las herramientas, innumerables, con toda la belleza que despiertan. Allí dentro, en cierto sentido, vivían multitudes, y mirar las cosas para distinguirlas y clasificarlas se volvía una acción densa. El caos de hierros, plásticos, madera, la ocupación que los objetos inconclusos hacían del espacio, la inexistencia de huecos, por supuesto la suciedad absoluta e irreparable, volvían la atmósfera de la nave asfixiante. Si no ponías algo de tu parte, podías ser absorbido y desaparecer, como en unas tierras movedizas.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/20/rewind-juan-tallon-rewind-by-juan-tallon-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/17/obra-maestra-juan-tallon-masterpiece-by-juan-tallon-spanish-book-edition/

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I did not find a single decent photograph of the lost sculpture in our archive. There simply wasn’t. And that added, or almost added, more mystery, more appeal to the event. The work hadn’t been exhibited for so long that all we kept in the newspaper was a poor quality image from 1986. I was then just a teenager, and the museum was a newborn art center. Apart from that setback, it was a very exciting week. It was so unbelievable that a thirty-eight-ton sculpture had been lost that the mere thought of telling about it made my pulse race, as if the exclusives gave me tachycardias. In the pages of Culture, and more so in the art section, there are not many opportunities to tell something like that.
I confirmed the disappearance of the sculpture through three sources, which also helped me to complete the history of that work. It was amazing: a work by Richard Serra had spent most of its life abandoned in warehouses, until finally its total disappearance had come, the ultimate magic trick, but without a trick.
Great works are great for many reasons, also because they know how to last. They don’t end just like that. Sooner or later they appear.

A book that narrates the «disappearance» of a sculpture by Serra from multiple points of view, and that could have given much more play but that is weighed down by several aspects.
To begin with, the police mystery and the «characters» who talk about it are very boring: Judges, security guards at the Reina Sofía, policemen, they do not contribute anything exciting or interesting and they are more than a third of the book describing aspects of the Heritage Brigade, the courts, etc
The part in which «characters» related to the genesis of the book speak, and «auxiliary» characters (carriers, taxi drivers…) is somewhat shorter, does not contribute much either and, although it is curious, it is repetitive and somewhat banal ( for example, the last chapter in which Tallón himself tells us, over several pages, something that we had already heard from other mouths – his journey through the courts)
For all these reasons, the most interesting part is where the artists and gallery owners, exhibition curators, etc. speak: in this part, the protagonists provide many nuances about minimal art, what art is, how to interpret new proposals, what it is a museum…
The author interweaves these three aspects throughout the novel, and manages to make the narration fluid, but I have spent the entire book wishing they would talk about art again, instead of reading how a jib crane is used, or how it melts metal in large furnaces, or as a petition is submitted to a court, or…
On the other hand, another of the great handicaps of the book is that all the characters, absolutely all of them, speak the same, which basically, of course, is the author’s own voice. It doesn’t matter a judge or a taxi driver, a journalist or a founder, they all speak the same…
Well, not all of them. There is a chapter in which a gypsy junk character speaks in which there is a whiff of cliché and racism that pulls back, and his whole speech is full of «vans», «cousins» and «may my mother die».
What do I say that, if all the characters have been able to use irony and a more or less formal language, maybe I should have kept that tone with this scrap dealer, so as not to seem like a racist, more than anything…
In short, if you are interested in contemporary art and its mechanisms and you don’t have much idea about them and you are interested in reading something introductory on the subject.

I am very interested in the market, it seems to me a healthy thing. What I don’t like is that other market, that of official artists and their public commissions, which was born with Duchamp and continues today. It is what I call the “sovietization of the system”, that is, the proliferation of artists who work exclusively for the State. I prefer the brutality of art fairs, where lots of works are exhibited to the public at the same time, because it quickly puts the vanities of the authors in their place. I am also in favor of auctions, since one has to accept that one of their works is put up for auction and that there is no one to raise their hand. Actually, my disenchantment with the world of contemporary art reaches the point of thinking that if I were twenty now I wouldn’t be an artist.
Before we were governed only by supply and demand, but now there is a second market, the institutional one, and there are a number of artists who work only for governments, because they could not, due to the nature of their work, put it in an apartment. Take Richard Serra, for example. I do not deny its quality, it would be lacking more, but the recipient of his works is either the director of a museum or the State, who commissions him and tells him “here you have this room”, or “organize this installation for me”. There are more artists, including painters, who have not gone through a public auction sale, and who only create for public administrations, since their production is based solely on commissions. They don’t go through the terrible and painful filter of the law of supply and demand.

Researchers may not be able to piece together the whole story and may not be able to explain how Richard Serra’s work could have ended up there, but what the hell, we are all happy that the work has appeared and that is the only important thing. The scandal is buried, it is history, and the rich man returns to his wealth and the man cures his masses. Normality in the Reina Sofía.

On October 5, the manager of the Reina Sofía phoned me. But I don’t want to know anything about Reina Sofía, or the Ministry of Culture, or the State in general. I fired him with intemperate boxes. I couldn’t have treated a flea better than I treated him. I don’t know anything about any sculpture, bye, I told him, and hung up. His problems and those of his museum no longer concern me. I don’t want to get into the position of saying that I’m glad the museum is in trouble. Not that. And I have many reasons to hate the managers of the museum and the ministry, but I’m not like that. My grudge has limits. I don’t wish them harm, although in their day they caused the bankruptcy of my company. At the time I did what I had to do. I’m also not going to pretend and say that I’d be glad if they did well.
In mid-October, the manager of the Reina Sofía museum appeared before a notary public to urge me, via request, to make «the sculpture in question available to the Museum within a non-extendable period of three days», with the express warning that otherwise they would take legal action. appropriate legal proceedings against me. Of course, they added that upon delivery of the work, the expenses that had accrued from the deposit constituted at the time would be settled. Heh! They teased me! They are mental jerks. Now they’re dying to pay me? Often hours! Macarrón hasn’t existed for eight years! Of course, I let the deadline expire without contacting the notary in any way.
The money that the Reina Sofía owed us was almost testimonial compared to other figures. But I figured that was what the police were most interested in. When we went bankrupt, the museum owed us a full eight years for the custody and insurance of the Richard Serra sculpture. I couldn’t remember when they came to pay me for the Serra sculpture. Maybe never. The sculpture was under our responsibility since the end of 1990.

The beauty? Beauty is a notion that I find very difficult to understand. It seems to be something that people find in any historical period. I would say that the criteria with which it is determined seem to be backward. I think, for the most part, artists don’t engage in the express pursuit of beauty. They get involved in the language of art, in the extension of that language. And if beauty emerges, it does so as an effect of the artist’s efforts to communicate with the public through his language.
Audiences may get the impression that artists are always ready, or on the way, to make beautiful things, but if you talk to them seriously, it’s clear that’s not what they’re doing. The function of art, the aspiration of creators, is to make you think. Basically, seeing is thinking, and thinking is seeing.
There are more eccentric millionaires in the world than we can imagine. I often get to work with them. It’s not something that makes me sad, I have to admit. They make me lots of money. And yes, a part of them is capable of doing almost anything to satisfy a taste or a fantasy, or else they might be poor. Make a huge sculpture disappear without a trace of the theft, and deposit it thousands of miles away in a huge mansion, say in Switzerland, Germany or Croatia? I have a hard time sustaining that theory. To begin with, if you want to add a work by Serra to your exquisite collection, it is because you know his career and the concepts of his work, and then you know that his sculptures cease to be art the moment they move away from the site that Serra chose for they. Space and time are also sculpture.

There were hundreds of objects, which in many cases did not have a defined, full existence, a form, and therefore a name by which to call them. They were half-done works, abandoned. And then there were the tools, innumerable, with all the beauty they awaken. In there, in a sense, crowds lived, and looking at things to distinguish and classify them became a dense action. The chaos of iron, plastic, wood, the occupation that unfinished objects made of space, the lack of holes, of course the absolute and irreparable dirt, made the atmosphere of the ship suffocating. If you didn’t put something on your side, you could be sucked in and disappear, like on a shifting land.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/20/rewind-juan-tallon-rewind-by-juan-tallon-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/17/obra-maestra-juan-tallon-masterpiece-by-juan-tallon-spanish-book-edition/

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