Vox S.A.: El Negocio Del Patriotismo Español — Miguel González / Vox Inc.: The Business of Spanish Patriotism by Miguel González (spanish book edition)

Este libro es sobre el nuevo partido político de la ultraderecha española, donde si se ha leído tampoco aporta gran cosa aun siendo un libro interesante para seguir profundizando en la nueva situación de la política española.

El despertar a la conciencia de Santiago Abascal Conde se produjo muy pronto, con apenas nueve años. El 26 de junio de 1985 se hallaba en casa de sus abuelos en Sevilla cuando se enteró por televisión del asesinato del cartero de su pueblo, Estanislao Galíndez Llano. «¡Han matado a mi amigo!», rompió a llorar desconsolado. Los verdugos de ETA acusaron de chivato al humilde empleado de Correos; una condena a muerte sin juicio ni apelación posible (del mismo modo que hicieron con su hermano Félix, ejecutado cuatro años antes).
El 31 de diciembre de 1994, recién estrenada la mayoría de edad, Santiago Abascal júnior recibió el carné de afiliado del PP y menos de un mes después, el 24 de enero de 1995, asistió a su primer acto político: el funeral por Gregorio Ordóñez, diputado vasco y primer teniente de alcalde de San Sebastián, asesinado por ETA.
Con solo veintitrés años, Santiago Abascal Conde empezó a llevar escolta y obtuvo su primera licencia de arma corta: una Smith & Wesson 9 mm Parabellum.
El 25 de noviembre de 2000, fue elegido presidente de Nuevas Generaciones del País Vasco. Ese día, el comando Gaua de ETA planeaba hacer estallar una jardinera-bomba en el restaurante Zeppelin de Vitoria, donde cenaba con 200 jóvenes del PP, pero Abascal no lo supo hasta pasados cuatro meses, cuando los etarras fueron detenidos.
Al frente de los cachorros del PP vasco, aprendió el oficio de diseñar acciones efectistas, capaces de atraer el foco de los medios de comunicación, estrategia que luego aplicaría en Vox.
Tras la victoria de Rajoy, en noviembre de 2011, su amigo Carlos Urquijo es nombrado de nuevo delegado del Gobierno en el País Vasco y, al correr la lista, le toca sustituirlo otra vez, pero el presidente del PP vasco, Antonio Basagoiti, le pide que renuncie al acta. Para entonces, Abascal lleva dos años en Madrid, donde la presidenta regional, Esperanza Aguirre, le ha brindado refugio y lo ha colocado al frente de un chiringuito autonómico perfectamente inútil: la agencia madrileña de protección de datos.
La generosidad de Aguirre, a costa del erario autonómico, se tradujo para Abascal en dos espléndidos nombramientos: en febrero de 2010 lo hizo director de la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad de Madrid y, tras la supresión de este organismo en abril de 2013, fue designado director gerente de la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social por Ignacio González (heredero de Aguirre en la Presidencia regional). Quizá por casualidad, el sueldo asignado a ambos cargos era el mismo: 82.491 euros anuales brutos y 11.363 euros de productividad, más de lo que cobraba entonces el presidente del Gobierno.
No estuvo mucho tiempo en el paro. Nombrado secretario general de Vox en la asamblea fundacional del 8 de marzo de 2014, comenzó de inmediato a cobrar una retribución mensual de 3.500 euros netos. Que una formación política que acaba de nacer y apenas cuenta con afiliados tuviera ya cargos a sueldo resulta insólito, pero el primer presidente del partido, Alejo Vidal-Quadras, lo justifica alegando que «Abascal pasaba por una mala racha». Acababa de ser padre por tercera vez y debía pagar pensión a los dos hijos de su primer matrimonio.

A lo que dedicó sus mayores desvelos fue a la presidencia de Defensa de la Nación Española (DENAES). Esta fundación privada, creada en 2006, tenía como fines primordiales, según sus estatutos, «el cultivo del patriotismo y la afirmación de España como nación».
Entre 2008 y 2014, la Comunidad de Madrid la subvencionó con 389.483 euros, mediante adjudicaciones a dedo y sin concurso público, a pesar de que su sede estaba en un polígono industrial de Cantabria.
Como las incubadoras de start-ups, DENAES fue el laboratorio donde se gestó Vox…
La ruptura definitiva de Abascal con el PP se consumó en diciembre de 2013, pero el distanciamiento ya se inicia en 2008. Tras la derrota en las elecciones del 9 de marzo de aquel año —la segunda ante el socialista José Luis Rodríguez Zapatero—, Mariano Rajoy, inicialmente inclinado a tirar la toalla, decide seguir al frente del partido y convoca un congreso para el mes de junio en Valencia.

El manifiesto fundacional de Vox, redactado por el exministro de UCD Ignacio Camuñas, retrata a un partido liberal-conservador, nacionalista español, jacobino y regeneracionista. «Queríamos ser», en palabras de Vidal-Quadras, «el PP que el PP había renunciado a ser.»
El 16 de enero de 2014, Vox se presenta como «un proyecto para la renovación y el fortalecimiento de la democracia» frente a «los escándalos de corrupción». Un partido que pone en su frontispicio la «unidad nacional» y censura a los que «prefieren aliarse con quienes trabajan para destruir la nación en vez de cerrar filas para preservarla».
Las diferencias son de fondo: Vidal-Quadras teje una red de alianzas con pequeños partidos regionalistas que podrían haberle dado los sufragios que le faltaron para sacar el escaño, pero Abascal la desbarata. En contra del criterio de este último, Vidal-Quadras anuncia que, si es eurodiputado, se integrará en el Grupo Popular Europeo, donde se sienta el PP, y rechaza una oferta de los conservadores británicos para que se una a sus filas a cambio de financiación y de la vicepresidencia del Parlamento que pueda corresponderles.
Abascal reprocha a Vidal-Quadras que «se empeñara en no dimitir [hasta el último momento] de su escaño europeo», que ganó con el PP, lo que en su opinión restó credibilidad a la candidatura.
El posicionamiento de Vox en tres de los temas que habían movilizado a los sectores conservadores contra el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (el matrimonio homosexual, la ley de plazos del aborto —o ley Aído— y la Ley Orgánica de Educación) sirve de carta de presentación para que grupos provida, contrarios al movimiento LGTBIQ+ y defensores de la educación privada consideren al nuevo partido «uno de nosotros». Lo que le falta a Vox es pasar de las palabras a los hechos, ya que estas mismas posiciones las mantuvo el PP cuando estaba en la oposición, recurriendo incluso la ley del matrimonio gay al Constitucional, sin derogarla sin embargo cuando llegó al poder.
Lo primero que hace Abascal al día siguiente de ser elegido presidente del partido, en la asamblea del 20 de septiembre de 2014, es acudir a una marcha contra el aborto en Madrid.

El posicionamiento de Vox en tres de los temas que habían movilizado a los sectores conservadores contra el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (el matrimonio homosexual, la ley de plazos del aborto —o ley Aído— y la Ley Orgánica de Educación) sirve de carta de presentación para que grupos provida, contrarios al movimiento LGTBIQ+ y defensores de la educación privada consideren al nuevo partido «uno de nosotros». Lo que le falta a Vox es pasar de las palabras a los hechos, ya que estas mismas posiciones las mantuvo el PP cuando estaba en la oposición, recurriendo incluso la ley del matrimonio gay al Constitucional, sin derogarla sin embargo cuando llegó al poder.
Lo primero que hace Abascal al día siguiente de ser elegido presidente del partido, en la asamblea del 20 de septiembre de 2014, es acudir a una marcha contra el aborto en Madrid.
El planteamiento de Vox sobre el pin parental era mucho más ambicioso. En su programa «100 medidas urgentes para España», presentado en el multitudinario mitin de Vistalegre, el partido reclamaba la «autorización expresa de los padres para cualquier actividad [docente] con contenidos de valores éticos, sociales, cívicos, morales o sexuales». Es decir, no se limitaba a talleres o charlas, sino que incluía cualquier actividad educativa, fuese reglada, complementaria o extraescolar, que enseñara a diferenciar el bien del mal.
Para Abascal, las asociaciones de víctimas no eran suficientes. Defendían los derechos humanos y la aplicación de la ley, lo que estaba bien, pero se limitaban a «un discurso meramente constitucionalista; y a aquello le faltaba algo». ETA era una organización terrorista, alegaba, «pero también separatista»; y el fin de la violencia no suponía el final de la guerra, sino solo el inicio de una nueva etapa. «Parecía que defendíamos la unidad de España porque lo ponía en la Constitución o porque era útil para la convivencia. Pero a nadie se le ocurría decir que la defendíamos porque España es nuestra Patria. Con esa idea fundó DENAES primero, y Vox después.

El Vox que Fernando Moya ha descubierto por dentro, en el que cada vez tienen más peso exdirigentes de formaciones xenófobas y neofascistas, no es el que le sedujo en el mitin del hotel de Sants, cuando lo vio como el último baluarte para frenar el avance del independentismo. El 11 de noviembre de 2019, en su condición de portavoz provincial de la campaña, comparece ante la prensa para valorar los resultados obtenidos por Vox el día anterior. «Todo un éxito», subraya: casi 185.000 votos y dos diputados por Barcelona. Lo que entonces no dice, y ahora reconoce, es que entre esos votos no estaba el suyo, porque él no había votado a su propio partido. Una vez cumplido el encargo al que se comprometió, devuelve el carné.
De Le Pen y Salvini le separa también su proximidad a Putin. Tras las elecciones andaluzas de 2018, el presidente ruso comunica, a través de un exagente del KGB en Madrid, su interés por conocer personalmente al líder de Vox. El encuentro empieza a prepararse pero, en el último momento, Abascal da marcha atrás «por prudencia», según diría después. Aunque descarta reunirse con Putin, evita criticarlo públicamente (mientras no tiene empacho en cargar contra Obama, Biden, Merkel o Macron). Parece que no se decide a cruzar el puente que le lleva a Moscú, pero tampoco quiere volarlo. «Nunca he dicho que le tenga manía», se limita a contestar cuando se le pregunta por el líder ruso.
En el patronato de CitizenGO, el brazo internacional de HazteOír, se sienta Alexey Komov, representante de Moscú en el Congreso Mundial de Familias y mano derecha del oligarca ultraortodoxo Konstantin Malofeev. Este último, fundador de la banca de inversión Marshal Capital y promotor de webs de extrema derecha en varios idiomas, es un magnate próximo al Kremlin a quien Washington incluyó en su lista negra por financiar a grupos paramilitares prorrusos en Ucrania. En 2013, Arsuaga remitió una carta a Malofeev en la que le pedía una aportación de 100.000 euros para lanzar CitizenGO, cuyo contenido fue filtrado por Wikileaks. La respuesta nunca se filtró.
No obstante, las relaciones con Moscú son un tema sensible para los nuevos aliados de Abascal.
El aterrizaje en las instituciones europeas obliga a Vox a tragarse algún sapo, como compartir grupo parlamentario con los diputados de la Nueva Alianza Flamenca (N-VA), principales aliados de Puigdemont en Bélgica, pero eso forma parte de la «realpolitik» de un neófito en política internacional como Abascal.

El revisionismo histórico no es un invento de Vox. El fundador del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, no ocultaba su admiración por el mariscal Pétain, jefe del régimen de Vichy, quien colaboró con los ocupantes nazis en la persecución de los judíos. Por su parte, Gianfranco Fini, líder del neofascista Movimiento Social Italiano (MSI), calificó a Mussolini como «el más grande estadista del siglo».
Incluso en Japón hay una corriente que pretende rehabilitar la imagen del imperialismo nipón que sembró la destrucción en el sureste de Asia y capituló bajo las ruinas de Hiroshima y Nagasaki.
El líder de Vox se expresa en nombre de una derecha sin complejos, sin atisbo de autocrítica por haberse aliado con el fascismo y sostenido una dictadura militar durante casi cuatro décadas. «La izquierda juega con ventaja, pues en una esquina del cuadrilátero se ha encontrado con el PP, esa derechita cobarde y acomplejada, que no se atreve a hablar de nada, no sea que la llamen franquista.»
La derecha española tenía una alternativa: desembarazarse de la herencia de Franco y entroncar con la tradición liberal que arranca con las Cortes de Cádiz; o con la alternancia política de la Restauración, que, aunque estaba lejos de ser una democracia, al menos no abrazaba el caudillismo militar. Fraga lo intentó con la Fundación Cánovas del Castillo, antecedente de la futura FAES, y Aznar fue incluso más lejos, al evocar la figura del presidente de la Segunda República Manuel Azaña.

Vox rechaza la política de cuotas, la paridad obligatoria y la preferencia de un sexo sobre el otro en la contratación pública. Solo por imperativo legal cumple la norma que obliga a que ningún sexo tenga más del 60 % de puestos en las listas electorales (aunque su grupo en el Congreso es el que menos mujeres tiene, un 27 %) y se propone derogarla. También niega la existencia de la brecha salarial (11,95 % en 2019 en España, según Eurostat) y solo admite que hay una «brecha maternal»: la que sufren las mujeres que relegan su carrera profesional para ser madres.
El rechazo de Vox a la política de cuotas es compartido por un buen número de mujeres, que consideran que la llamada «discriminación positiva» pone en duda que sus éxitos profesionales sean fruto de su propio mérito y capacidad. Y también tiene eco su demanda de ayudas a la maternidad, en un momento en el que muchas mujeres tienen que renunciar a tener hijos por su precaria situación laboral. Sin embargo, el objetivo de las medidas de Vox no es facilitar el acceso de la mujer al mundo del trabajo, sino incentivarlas a quedarse en el hogar. Entre las famosas 100 medidas presentadas en Vistalegre en 2018, figuraba una prestación de 100 euros mensuales por hijo a cargo «para las mujeres que sean madres […] mientras el hijo sea menor de edad, si previamente no tienen un trabajo retribuido».
El empeño por eliminar el derecho al aborto confluyen las dos almas de Vox: la católica —que considera al embrión un ser humano que debe ser protegido incluso en contra de la voluntad de la embarazada— y la nacionalista —que ve en la mujer a la gestante del pueblo—. La gran preocupación de Abascal no es el nasciturus, sino el «invierno demográfico», la caída de la natalidad que pone en riesgo el relevo generacional y abre la posibilidad de que los españoles de origen acaben siendo minoría en su propio país: «Defiendo el incremento de la natalidad en España, no en otras partes. Me da igual lo que procreen los europeos, pero me preocupa que los españoles lo hagan poco», confiesa.
Para la ultraderecha europea, la mujer es «el vientre de la Patria».

La receta de Vox para los sindicatos era muy clara. «España necesita una ley de huelga que permita poner coto a la capacidad de los sindicatos de hacer lo que les dé la gana», proclamaba Abascal. Su propuesta: prohibir los piquetes informativos en los días de huelga, para que nadie se sienta coaccionado a secundar un paro por quienes «actúan como una turba mafiosa».
El programa con el que Vox se presentó a las elecciones de abril de 2019 era un torpedo contra la libertad sindical. Tras reclamar una Ley de Huelga «que no lesione los derechos del resto de ciudadanos» (limitando, por ejemplo, su ejercicio en servicios públicos), dinamitaba la negociación colectiva, al proponer no solo que las empresas pudieran autoexcluirse de los convenios de ámbito superior (provincial o sectorial), sino que cada trabajador pudiese «descolgarse de cualquier convenio y acordar con el empleador su [propia] remuneración y condiciones de trabajo». Es decir, el empresario negociaría uno a uno con sus empleados el sueldo y la jornada laboral, incluso por debajo de lo pactado en su sector o empresa.
El esquema organizativo de Vox se parece cada vez menos al de un partido y más al de una compañía, con una dirección centralizada y una red de agentes comerciales. La Asamblea General de marzo de 2020 tiene aires de convención empresarial: los responsables de los distintos departamentos de la dirección pasan por la tribuna exponiendo sus logros y planes de crecimiento entre aplausos del auditorio. Ortega Smith se marca como objetivo llegar a los 100.000 afiliados —casi el doble que los que Vox declara en ese momento— y Tomás Fernández planea alcanzar los 4.500 cargos orgánicos, frente a los 1.853 con los que cuenta. Se habla de la necesidad de tener una «imagen de marca sólida, unificada» y de «prestar a afiliados y simpatizantes un servicio de igual calidad, residan donde residan»,
como cualquier empresa que quiera ser competitiva.
Vox tiene el objetivo estratégico de vender su producto (su discurso político y sus candidatos) a un segmento cada vez más amplio del mercado (el electorado).

Para Abascal, el islam es la anti-España y los musulmanes, antiespañoles. En sus redes sociales, Vox hace suya la iconografía de «Santiago Matamoros» —según el mito medieval, el apóstol intervino en la supuesta batalla de Clavijo del rey Ramiro I de Asturias contra los árabes en 844—; y, en su programa, pide que el día del apóstol, patrón de España, vuelva a ser festividad nacional.
En un libro editado por la fundación DENAES, Abascal aseguraba que el yihadismo «cuenta con la complicidad en España de buena parte (por supuesto, no toda) de la población musulmana, natural y residente, algunos de ellos, una parte muy activa, de origen converso».
Con cuatro siglos de retraso, repetía el argumento que se utilizó para la última limpieza étnica ejecutada en España: la expulsión de los moriscos por Felipe III.
Vox defiende la enseñanza de la religión católica en la escuela pública, pero rechaza que se impartan clases de religión musulmana,
lo que vulnera la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980, ya que el islam, con más de dos millones de fieles en España, está reconocido como confesión de «notorio arraigo». La paradoja radica en que es precisamente en la enseñanza donde la concepción nacionalcatólica de Vox y la versión más conservadora del islam, lejos de resultar incompatibles, convergen en su inmovilismo.
Vox defiende la enseñanza de la religión católica en la escuela pública, pero rechaza que se impartan clases de religión musulmana,
lo que vulnera la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980, ya que el islam, con más de dos millones de fieles en España,
está reconocido como confesión de «notorio arraigo». La paradoja radica en que es precisamente en la enseñanza donde la concepción nacionalcatólica de Vox y la versión más conservadora del islam, lejos de resultar incompatibles, convergen en su inmovilismo.

Vox ha perdido la ocasión de aclarar si los parlamentarios de la tercera fuerza política del Congreso tienen vínculos con la secta mexicana El Yunque o alguna de sus tapaderas; algo que, como dijo Abascal en el debate de investidura de Pedro Sánchez, «los españoles tienen derecho a saber».
Por higiene democrática.

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This book is about the new political party of the Spanish extreme right, where if it has been read it does not contribute much, even though it is an interesting book to continue delving into the new situation of Spanish politics.

The awakening to the conscience of Santiago Abascal Conde occurred very early, when he was barely nine years old. On June 26, 1985, he was at his grandparents’ house in Seville when he found out on television about the murder of the postman from his town, Estanislao Galíndez Llano. “They have killed my friend!” He broke down in tears. The ETA executioners accused the humble Post Office employee of being a sneak; a death sentence without trial or possible appeal (in the same way they did with his brother Felix, who was executed four years earlier).
On December 31, 1994, just after coming of age, Santiago Abascal júnior received his PP membership card and less than a month later, on January 24, 1995, he attended his first political act: the funeral for Gregorio Ordóñez , Basque deputy and first deputy mayor of San Sebastián, assassinated by ETA.
At just twenty-three years old, Santiago Abascal Conde began to lead an escort and obtained his first handgun license: a Smith & Wesson 9mm Parabellum.
On November 25, 2000, he was elected president of New Generations of the Basque Country. That day, the Gaua commando of ETA planned to set off a planter-bomb in the Zeppelin restaurant in Vitoria, where he was having dinner with 200 young people from the PP, but Abascal did not find out about it until four months later, when the ETA members were arrested.
At the head of the puppies of the Basque PP, he learned the trade of designing sensational actions, capable of attracting the focus of the media, a strategy that he would later apply in Vox.
After Rajoy’s victory in November 2011, his friend Carlos Urquijo was reappointed Government delegate in the Basque Country and, as the list ran, he had to replace him again, but the president of the Basque PP, Antonio Basagoiti, asks you to renounce the act. By then, Abascal has been in Madrid for two years, where the regional president, Esperanza Aguirre, has given him refuge and placed him in charge of a perfectly useless regional beach bar: the Madrid data protection agency.
Aguirre’s generosity, at the expense of the regional treasury, translated for Abascal into two splendid appointments: in February 2010 he was made director of the Data Protection Agency of the Community of Madrid and, after the suppression of this body in April In 2013, he was appointed managing director of the Foundation for Patronage and Social Sponsorship by Ignacio González (Aguirre’s heir in the regional Presidency). Perhaps by chance, the salary assigned to both positions was the same: 82,491 euros per year gross and 11,363 euros of productivity, more than what the President of the Government received at the time.
He was not long unemployed. Appointed general secretary of Vox at the founding assembly on March 8, 2014, he immediately began to collect a monthly salary of 3,500 euros net. That a political formation that has just been born and barely has members already had paid positions is unusual, but the first president of the party, Alejo Vidal-Quadras, justifies it by claiming that «Abascal was going through a bad patch.» He had just become a father for the third time and had to pay alimony to his two children from his first marriage.

What he devoted his greatest efforts to was the Presidency of Defense of the Spanish Nation (DENAES). This private foundation, created in 2006, had as its primary goals, according to its statutes, «the cultivation of patriotism and the affirmation of Spain as a nation.»
Between 2008 and 2014, the Community of Madrid subsidized it with 389,483 euros, through hand-picked awards and without public competition, despite the fact that its headquarters were in an industrial estate in Cantabria.
Like start-up incubators, DENAES was the laboratory where Vox was conceived…
Abascal’s final break with the PP was completed in December 2013, but the distance began in 2008. After the defeat in the elections of March 9 of that year —the second against the socialist José Luis Rodríguez Zapatero—, Mariano Rajoy, initially inclined to throw in the towel, decides to continue leading the party and calls a congress for the month of June in Valencia.

Vox’s founding manifesto, written by the former UCD minister Ignacio Camuñas, portrays a liberal-conservative, Spanish nationalist, Jacobin and regenerationist party. «We wanted to be», in the words of Vidal-Quadras, «the PP that the PP had given up being».
On January 16, 2014, Vox presents itself as «a project for the renewal and strengthening of democracy» in the face of «corruption scandals». A party that puts «national unity» on its frontispiece and censors those who «prefer to ally themselves with those who work to destroy the nation instead of closing ranks to preserve it».
The differences are deep: Vidal-Quadras weaves a network of alliances with small regionalist parties that could have given him the votes he lacked to get the seat, but Abascal disrupts it. Contrary to the latter’s criteria, Vidal-Quadras announces that, if he is an MEP, he will join the European Popular Group, where the PP sits, and rejects an offer from the British Conservatives to join their ranks in exchange for financing and the vice-presidency of Parliament that may correspond to them.
Abascal reproaches Vidal-Quadras for «being determined not to resign [until the last moment] from his European seat», which he won with the PP, which in his opinion detracted from the credibility of the candidacy.
Vox’s position on three of the issues that had mobilized the conservative sectors against the Government of José Luis Rodríguez Zapatero (homosexual marriage, the law of abortion terms -or Aído law- and the Organic Law of Education) serves as a letter of presentation so that pro-life groups, against the LGTBIQ + movement and defenders of private education consider the new party «one of us». What Vox lacks is to move from words to deeds, since these same positions were maintained by the PP when it was in opposition, even resorting to the constitutional law of gay marriage, without repealing it when it came to power.
The first thing Abascal does the day after being elected president of the party, in the assembly of September 20, 2014, is to attend a march against abortion in Madrid.

Vox’s position on three of the issues that had mobilized the conservative sectors against the Government of José Luis Rodríguez Zapatero (homosexual marriage, the law of abortion terms -or Aído law- and the Organic Law of Education) serves as a letter of presentation so that pro-life groups, against the LGTBIQ + movement and defenders of private education consider the new party «one of us». What Vox lacks is to move from words to deeds, since these same positions were maintained by the PP when it was in opposition, even resorting to the constitutional law of gay marriage, without repealing it when it came to power.
The first thing Abascal does the day after being elected president of the party, in the assembly of September 20, 2014, is to attend a march against abortion in Madrid.
Vox’s approach to the parental pin was much more ambitious. In its program “100 urgent measures for Spain”, presented at the massive Vistalegre rally, the party demanded the “express authorization of parents for any [teaching] activity with content of ethical, social, civic, moral or sexual values”. In other words, it was not limited to workshops or talks, but included any educational activity, whether regulated, complementary or extracurricular, that taught to differentiate between good and evil.
For Abascal, the victims’ associations were not enough. They defended human rights and the application of the law, which was fine, but they limited themselves to «a merely constitutionalist discourse; And there was something missing in that.» ETA was a terrorist organization, he argued, «but also a separatist»; and the end of the violence did not mean the end of the war, but only the beginning of a new stage. «It seemed that we defended the unity of Spain because it was put in the Constitution or because it was useful for coexistence. But it never occurred to anyone to say that we defended it because Spain is our homeland. With that idea he founded DENAES first, and Vox later.

The Vox that Fernando Moya has discovered from the inside, in which former leaders of xenophobic and neo-fascist formations have more and more weight, is not the one that seduced him at the Sants hotel rally, when he saw it as the last bastion to stop the advance of independence. On November 11, 2019, in his capacity as provincial spokesperson for the campaign, he appeared before the press to assess the results obtained by Vox the day before. «A complete success», he underlines: almost 185,000 votes and two deputies for Barcelona. What he does not say then, and now he acknowledges, is that his was not among those votes, because he had not voted for his own party. Once the task to which he committed himself has been fulfilled, he returns the card.
Le Pen and Salvini are also separated by their proximity to Putin. After the Andalusian elections of 2018, the Russian president communicates, through a former KGB agent in Madrid, his interest in personally meeting the leader of Vox. The meeting begins to prepare but, at the last moment, Abascal backs down «out of prudence», as he would later say. Although he rules out meeting with Putin, he avoids publicly criticizing him (while he has no qualms about charging Obama, Biden, Merkel or Macron). He seems he can’t bring himself to cross the bridge that takes him to Moscow, but he doesn’t want to blow it up either. “I have never said that he has a hobby for him”, he limits himself to answering when asked about the Russian leader.
On the board of CitizenGO, the international arm of HazteOír, sits Alexey Komov, Moscow’s representative at the World Congress of Families and right-hand man of the ultra-Orthodox oligarch Konstantin Malofeev. The latter, founder of the investment bank Marshal Capital and promoter of far-right websites in several languages, is a tycoon close to the Kremlin who was blacklisted by Washington for financing pro-Russian paramilitary groups in Ukraine. In 2013, Arsuaga sent a letter to Malofeev in which he asked for a contribution of 100,000 euros to launch CitizenGO, the content of which was leaked by Wikileaks. The answer never leaked.
However, relations with Moscow are a sensitive issue for Abascal’s new allies.
Landing in the European institutions forces Vox to swallow some frog, such as sharing a parliamentary group with the deputies of the New Flemish Alliance (N-VA), Puigdemont’s main allies in Belgium, but that is part of the «realpolitik» of a neophyte in international politics like Abascal.

Historical revisionism is not an invention of Vox. The founder of the National Front, Jean-Marie Le Pen, did not hide his admiration for Marshal Pétain, head of the Vichy regime, who collaborated with the Nazi occupiers in the persecution of the Jews. For his part, Gianfranco Fini, leader of the neo-fascist Italian Social Movement (MSI), called Mussolini «the greatest statesman of the century.»
Even in Japan there is a current that seeks to rehabilitate the image of Japanese imperialism that sowed destruction in Southeast Asia and capitulated under the ruins of Hiroshima and Nagasaki.
The leader of Vox expresses himself on behalf of a right without complexes, without a hint of self-criticism for having allied himself with fascism and sustained a military dictatorship for almost four decades. «The left plays with an advantage, because in one corner of the ring it has met the PP, that cowardly and self-conscious right-wing, who does not dare to speak of anything, lest they call her a Francoist.»
The Spanish right had an alternative: get rid of Franco’s legacy and connect with the liberal tradition that started with the Cortes of Cádiz; or with the political alternation of the Restoration, which, although it was far from being a democracy, at least did not embrace military caudillismo. Fraga tried it with the Cánovas del Castillo Foundation, the forerunner of the future FAES, and Aznar went even further, by evoking the figure of the President of the Second Republic, Manuel Azaña.

Vox rejects the quota policy, mandatory parity and the preference of one sex over the other in public contracting. Only by legal imperative does it comply with the norm that requires that neither sex have more than 60% of positions on electoral lists (although its group in Congress is the one with the fewest women, 27%) and proposes to repeal it. It also denies the existence of the salary gap (11.95% in 2019 in Spain, according to Eurostat) and only admits that there is a «maternal gap»: the one suffered by women who relegate their professional career to be mothers.
Vox’s rejection of the quota policy is shared by a good number of women, who consider that the so-called «positive discrimination» questions whether their professional successes are the result of their own merit and ability. And her demand for maternity aid is also echoed, at a time when many women have to give up having children due to their precarious employment situation. However, the objective of the Vox measures is not to facilitate women’s access to the world of work, but to encourage them to stay at home. Among the famous 100 measures presented in Vistalegre in 2018, there was a benefit of 100 euros per month per dependent child «for women who are mothers […] while the child is a minor, if they previously do not have a paid job».
The effort to eliminate the right to abortion brings together the two souls of Vox: the Catholic —which considers the embryo a human being that must be protected even against the will of the pregnant woman— and the nationalist —who sees in women the village steward. Abascal’s great concern is not the nasciturus, but the «demographic winter», the fall in the birth rate that puts the generational change at risk and opens the possibility that the Spaniards of origin end up being a minority in their own country: «I defend the increase in the birth rate in Spain, not elsewhere. I don’t care what the Europeans procreate, but I’m worried that the Spaniards don’t do so much », he confesses.
For the European extreme right, women are «the womb of the homeland.»

Vox’s recipe for the unions was very clear. «Spain needs a strike law that allows to limit the ability of unions to do what they want,» Abascal proclaimed. His proposal: prohibit informational pickets on strike days, so that no one feels coerced into supporting a strike by those who «act like a mafia mob.»
The program with which Vox ran for the April 2019 elections was a torpedo against freedom of association. After demanding a Strike Law «that does not harm the rights of other citizens» (limiting, for example, their exercise in public services), it dynamited collective bargaining, by proposing not only that companies could exclude themselves from higher-level agreements (provincial or sectoral), but rather that each worker could «reject himself from any agreement and agree with the employer on his [own] remuneration and working conditions.» That is, the employer would negotiate one by one with his employees the salary and working hours, even below what was agreed in his sector or company.
Vox’s organizational scheme looks less and less like that of a party and more like that of a company, with a centralized management and a network of commercial agents. The General Assembly of March 2020 has the air of a business convention: the heads of the different management departments pass through the gallery exposing their achievements and growth plans to applause from the audience. Ortega Smith sets himself the goal of reaching 100,000 affiliates —almost double what Vox declares at that time— and Tomás Fernández plans to reach 4,500 organic positions, compared to the 1,853 he has. There is talk of the need to have a «solid, unified brand image» and to «provide affiliates and supporters with a service of the same quality, wherever they reside»,
like any company that wants to be competitive.
Vox has the strategic objective of selling its product (its political discourse and its candidates) to an ever-widening segment of the market (the electorate).

For Abascal, Islam is anti-Spain and Muslims, anti-Spanish. In its social networks, Vox endorses the iconography of «Santiago Matamoros» —according to medieval myth, the apostle intervened in the supposed battle of Clavijo of King Ramiro I of Asturias against the Arabs in 844—; and, in its program, it asks that the day of the apostle, patron saint of Spain, be a national holiday again.
In a book published by the DENAES foundation, Abascal assured that jihadism «has the complicity in Spain of a large part (of course, not all) of the Muslim population, natural and resident, some of them, a very active part, of converted origin.
With four centuries of delay, he repeated the argument that was used for the last ethnic cleansing carried out in Spain: the expulsion of the Moors by Philip III.
Vox defends the teaching of the Catholic religion in public schools, but rejects the teaching of Muslim religion,
which violates the Organic Law of Religious Freedom of 1980, since Islam, with more than two million faithful in Spain, is recognized as a confession of «notorious roots». The paradox lies in the fact that it is precisely in education where the national-Catholic conception of Vox and the most conservative version of Islam, far from being incompatible, converge in their immobility.
Vox defends the teaching of the Catholic religion in public schools, but rejects the teaching of Muslim religion,
which violates the Organic Law of Religious Freedom of 1980, since Islam, with more than two million faithful in Spain,
it is recognized as a confession of «notorious roots». The paradox lies in the fact that it is precisely in education where the national-Catholic conception of Vox and the most conservative version of Islam, far from being incompatible, converge in their immobility.

Vox has lost the opportunity to clarify whether the parliamentarians of the third political force in Congress have links with the Mexican sect El Yunque or any of its covers; something that, as Abascal said in Pedro Sánchez’s investiture debate, «the Spanish have the right to know».
In order to democratic hygiene.

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