Cazar Leones En Escocia — Cruz Sánchez De Lara / Hunting Lions In Scotland “A nod to Hithcock” by Cruz Sánchez de Lara (spanish book edition)

Ha sido una agradable lectura, seria muy fácil resumir la lectura como un elogio de la maternidad, la felicidad y el amor sin condiciones que dos generaciones de mujeres se atrevieron a sentir contra viento y marea en un tiempo y un lugar lleno de prohibiciones.
Hitchcock fue el primero en llamar mcguffins a los mcguffins. Aparecen en bastantes de sus películas y en los agradecimientos por parte de la autora, al leerlo me ha hecho gracia.
Miranda Herrera ha perdido a su madre, Cata Arce, hace apenas seis meses. Ha de recibir su herencia, pero antes de nada debe instalarse en su casa durante tres meses y seguir las indicaciones de seis misteriosas cartas. Entre los cometidos que deberá cumplir Miranda está viajar a París para conocer a la familia del que fuera el amante y gran amor de su madre, Paul Dombasle.
Al tiempo que Miranda va descubriendo a una madre desconocida para ella en muchos aspectos, el lector también va conociendo a la abuela paterna, Silvana.

El testamento de mamá era tan excéntrico como ella. Ordenaba que me instalara tres meses en su casa con lo que cupiera en dos maletas y mi ordenador. Manifestaba su voluntad de que durante esos noventa días no me deshiciera de ninguna de sus cosas, salvo que, una vez que estuviera allí, recibiera instrucciones en otro sentido. Había pasado ya tiempo y no había tenido fuerzas siquiera para planear cuándo mudarme. De hecho, ni recordaba los términos concretos. Me moría de pena, de miedo y de asfixia cada vez que procuraba asumir su última voluntad. El mandato estaba como ella lo dejó. Todo quedaba por hacer. No había prestado la más mínima atención a sus indicaciones. Las había abandonado en un duelo aislante, congelador y paralizante de mis actos y mis emociones.

Lo lógico y lo previsible no encajaba en sus esquemas. Tras ese informe demoledor con la certeza de que 2019 supondría el fin, en una familia de dos personas que viven en la misma ciudad, sin ocupaciones invasivas y una de ellas, en una casa de alquiler, lo lógico, lo previsible era pasar el proceso de la enfermedad juntas. Aunque en este caso, se trataba de Cata Arce: ni lógica ni previsión.
El día que salimos del oncólogo, con la cuenta atrás recién anunciada, vinimos aquí. Intenté adoptar el papel de hija perfecta y el de cuidadora. Di por hecho que me instalaría con ella, en Serrano, para poder acudir a todos los tratamientos necesarios para su mejoría.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.

La influencia de mi abuela en mi madre me impresionaba. Sin embargo, de mi abuela Magdalena no sabía prácticamente nada. No fui capaz de hablarlo nunca abiertamente con ella, pero siempre tuve la idea de que no había gestionado bien la pérdida de sus padres. Estaba enfadada con ellos por haber muerto de aquella manera. Como si ellos lo hubieran elegido. Tenía una actitud tan pueril hacia ese acto traumático de su vida que, en alguna ocasión, le sugerí que fuera a un psicólogo. Aún recuerdo sus expresiones cortantes.

El sexo con Ciro nunca fue apasionado, pero tampoco traumático. Fue decoroso y tierno, respetuoso. Imagino que muchas mujeres no han conocido otra cosa en la vida y podría bastarles. La técnica del apareamiento es mecánica y animal. Solo los humanos esperamos más. Sin pasión, es pura gimnasia. Fui educada con el catecismo en una mano y el libro de la Sección Femenina en la otra. Aprendí a soñar con la familia, el cariño, el bienestar y el amor. Y la verdad, no pensé en otra cosa. Con Ciro nunca hubo química, pero tampoco me generaba rechazo y siempre le quise, sin amarle, pero le quise.

Todos necesitamos que nos quieran, aunque no a cualquier precio. Para todas las personas, en todos los procesos vitales, son precisas catarsis permanentes y periódicas. Por eso, me encanta mi nombre, Cata Arce, porque su sonido me lo recuerda continuamente. La vida es un viaje en un autobús que conduce cada uno. Unas personas están todo el trayecto, otras suben al principio y se bajan en una parada intermedia, otras suben y bajan con distinta permanencia a lo largo del trayecto y las más importantes, después de haber subido, a cualquier altura, ya no se bajan hasta que el autobús se queda sin combustible.
Todas las personas deberían tener un amor platónico. Soñar con lo inalcanzable, lo irrealizable, mantiene el espíritu ardiente de deseo y crea el decorado necesario para un buen guion de vida. He cometido muchos errores, tal vez demasiados. Pero siempre tuve una cosa presente: todas las historias no convencionales que he conocido se convirtieron en ruptura porque no merecían la pena, porque uno de los dos quería más que el otro o porque sus protagonistas han intentado volverlas convencionales y la magia se esfumó.
Tenía fama de ser ambiciosa. Era una fama merecidísima, si descartamos la acepción de la codicia. Mi ambición consistía en no querer perder lo que tenía. He vivido siempre con esa obsesión y no se ha tratado, jamás, de una cuestión material. Tenía cierto desapego y morir rica nunca fue un objetivo para mí. Eso sí, una vez que subía un peldaño, me negaba a bajar. Nunca me he puesto metas y he vivido el presente sin otra aspiración que la de querer ser feliz.
Cata íba con frecuencia al cine. A ella le encantaban las películas de amor. Decía que en el mundo faltaban guionistas. Comentaba con frecuencia que, si ella lo hubiera sido, solamente habría hecho películas de amor y lujo, porque la gente necesitaba soñar, ya sufría bastante en la vida real.

Como mujer, no como madre, no tuve una vida fácil. Cubría la parte familiar y estaba con Paul cuando la situación lo requería, pero ambos éramos conscientes de nuestra farsa. Yo salté de cama en cama en busca de una versión adulterada de cualquiera de mis dos Paul y no encontré sino frustración. Bebí y consumí drogas, siempre entre cuatro paredes y con un hombre. Fui una madre preciosa de foto de familia, una madre apenas correcta en casa y he estado frustrada en el resto de facetas de mi vida.
Cata, la perfecta Cata, la que lo amó, lo cuidó, le aconsejó y lo quiso, había quedado relegada a un cuadro y unas limosnas. Yo era la vencedora. Había ganado la partida. Con mi frialdad intachable, había conseguido que una parte de su patrimonio fuera para la hija de una estrella del rock.
Y ellos dos, infelices, solo querían estar juntos bajo un baobab.

«Si te encuentras un baobab en el corazón, arráncalo de raíz, porque sus semillas albergan el miedo, la decepción, la rabia».
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito.

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It has been a pleasant read, it would be very easy to summarize the reading as a praise of motherhood, happiness and unconditional love that two generations of women dared to feel against all odds in a time and place full of prohibitions.
Hitchcock was the first to call mcguffins to mcguffins. They appear in many of his films and in the acknowledgments by the author, reading it made me laugh.
Miranda Herrera has lost her mother, Cata Arce, just six months ago. She is to receive her inheritance from her, but first of all she must settle in her house for three months and follow the directions of six mysterious letters. Among the tasks that Miranda will have to fulfill is traveling to Paris to meet the family of the one who was the lover and great love of her mother, Paul Dombasle.
As Miranda discovers a mother unknown to her in many ways, the reader also gets to know her paternal grandmother, Silvana.

Mom’s will was as eccentric as she was. She ordered me to stay in her house for three months with what could fit in two suitcases and my computer. She expressed her will that during those ninety days she would not get rid of any of her things, unless, once she was there, she would be instructed otherwise. Time had passed and I hadn’t even had the strength to plan when to move. In fact, she didn’t even remember the exact terms. She was dying of grief, fear and suffocation every time she tried to assume her last will. The mandate was as she left it. Everything remained to be done. She hadn’t paid the slightest attention to her directions. She had abandoned them in an isolating, freezing and paralyzing mourning of my actions and my emotions.

The logical and the predictable did not fit into her schemes. After that devastating report with the certainty that 2019 would be the end, in a family of two people who live in the same city, without invasive occupations and one of them, in a rental house, the logical thing, the foreseeable thing was to pass the process of the disease together. Although in this case, it was Cata Arce: neither logic nor foresight.
The day we left the oncologist, with the countdown just announced, we came here. I tried to adopt the role of the perfect daughter and the caretaker. I took it for granted that I would settle with her, in Serrano, to be able to go to all the necessary treatments for her improvement.

If you can dream without dreams dominating you;
if you can think and not make your thoughts your only goal;
If you can meet with Triumph and Disaster,
and treat those two impostors the same way.

My grandmother’s influence on my mother impressed me. However, I knew practically nothing about my grandmother Magdalena. I was never able to talk about it openly with her, but I always had the idea that she had not handled the loss of her parents well. She was angry with them for dying that way. As if they had chosen him. She had such a childish attitude towards that traumatic act in her life that, on one occasion, I suggested that she go to a psychologist. I still remember her sharp expressions.

Sex with Ciro was never passionate, but neither was it traumatic. He was decorous and tender, respectful. I imagine that many women have not known anything else in life and it could be enough for them. The mating technique is mechanical and animal. Only humans expect more. Without passion, it’s pure gymnastics. I was raised with the catechism in one hand and the Women’s Section book in the other. I learned to dream of family, affection, well-being and love. And the truth is, I didn’t think of anything else. There was never any chemistry with Ciro, but he didn’t reject me either and I always loved him, without loving him, but I loved him.

We all need to be loved, but not at any price. For all people, in all vital processes, permanent and periodic catharsis are necessary. That’s why I love my name, Cata Arce, because the sound of her continually reminds me of it. Life is a journey on a bus that everyone drives. Some people are the whole route, others go up at the beginning and get off at an intermediate stop, others go up and down with different permanence throughout the route and the most important, after having gone up, to any height, they no longer get off until The bus runs out of fuel.
All people should have a platonic love. Dreaming of the unattainable, the unrealizable, maintains the burning spirit of desire and creates the necessary scenery for a good life script. I have made many mistakes, perhaps too many. But I always had one thing in mind: all the unconventional stories I’ve known became breakups because they weren’t worth it, because one of the two wanted more than the other or because their protagonists tried to make them conventional and the magic vanished.
She had a reputation for being ambitious. It was a well-deserved fame, if we discard the meaning of greed. My ambition was not to want to lose what I had. I have always lived with that obsession and it has never been a material issue. I had a certain detachment and dying rich was never a goal for me. Of course, once I went up a step, I refused to go down. I have never set goals for myself and I have lived the present with no other aspiration than wanting to be happy.
Cata often went to the movies. She loved love movies. She said that the world lacked screenwriters. She often commented that, if she had been, she would only have made movies about love and luxury, because people needed to dream, they suffered enough in real life.

As a woman, not as a mother, I did not have an easy life. I covered the family part and was with Paul when the situation required it, but we were both aware of our charade. I jumped from bed to bed looking for a doctored version of either of my two Pauls and found nothing but frustration. I drank and used drugs, always between four walls and with a man. I was a beautiful family photo mom, a barely proper mom at home, and I’ve been frustrated in every other facet of my life.
Cata, the perfect Cata, the one who loved him, took care of him, advised him and loved him, she had been relegated to a painting and some alms. I was the winner. He had won the game. With my irreproachable coldness, I had arranged for a portion of her estate to go to the daughter of a rock star.
And the two of them, unhappy, just wanted to be together under a baobab tree.

«If you find a baobab tree in your heart, uproot it, because its seeds harbor fear, disappointment, anger.»
Antoine de Saint-Exupéry, The Little Prince.

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