Homo Relativus: Del Iluminismo A Matrix. Una Historia Del Relativismo Moderno — Iñaki Domínguez / Homo Relativus: From Illuminism to Matrix. A History of Modern Relativism by Iñaki Domínguez (spanish book edition)

Todos percibimos lo mismo, solo que subjetivamente. Se trata de una «generalidad subjetiva», aquello que hoy denominamos intersubjetividad. Y, ¿qué es esto? Pongamos un ejemplo: puede que tú y yo percibamos el cielo como «azul», pero no sabemos si ese cielo es de veras azul en sí mismo. Quizás otro ser perciba el cielo de otro modo. El color del cielo es deudor de nuestros sentidos a la hora de percibirlo. Dicho en otras palabras, el color del cielo, tal y como lo percibimos, depende, en parte, de nuestro aparato cognitivo. La intersubjetividad es una subjetividad compartida, colectiva. La «cosa en sí» del mundo nos es, pues, inaccesible.

Interesante ensayo brillantemente escrito, que va desde Kant a nuestros días pasando por Nietzsche, Unamuno, Oscar Wilde, Matrix, La fuga de Logan, etc… Hacía mucho que no disfrutaba con un ensayo, teniendo en cuenta que demanda tanta atención al lector como disfrute le proporciona. Este libro es la prueba de que pensar críticamente sobre nuestra realidad vale siempre la pena. Sin duda es lo esencial del libro.

El poder de sugestión que poseen las formas artísticas se debe, principalmente, al hecho de que sus mensajes son menos explícitos, más subliminales y sugerentes, que los de otros tipos de discurso. Se trata, en última instancia, del poder del mito y las narraciones fijadas en relatos populares. De todos es sabido cómo la Ilíada y la Odisea –referentes del folclore oral arcaico– fueron la base de la pedagogía griega en la Antigüedad, donde el teatro, a su vez, era utilizado también para educar la ciudadanía. Luego, en el siglo XX, Carl G. Jung entendió que los mitos sirven para transmitir al lector u oyente, de modo inconsciente, una serie de fórmulas para afrontar la vida. Este tipo de enseñanza intuitiva está vinculada, a su vez, al símbolo. El símbolo, en la cultura griega, era el «enigma». Como ocurría en el oráculo de Delfos, el enigma «no bloquea el entendimiento, sino que lo provoca». La expresión explícita ofrece un conocimiento muy sesgado y reducido.
Lutero, además, rechaza la adoración de reliquias y objetos físicos, como una forma de idolatría, en la que el creyente confunde al dios con un objeto material. Para el protestante estaría prohibido venerar objetos físicos, algo que sí ocurre actualmente en el mundo católico, por ejemplo, en las procesiones de Semana Santa, en las que son adoradas figuras de madera (una inclinación detectable en los tiempos más remotos del pasado antropológico). De acuerdo con un modelo evolutivo de la cultura, esta sería una costumbre más propia de pueblos primitivos que confunden la cosa material (la escultura de madera como representación) con el dios mismo (en sí). Lutero rechaza el objeto en pos de un dios espiritual al cual ha de venerar el fiel al margen de toda materialidad. Como iremos viendo con innumerables ejemplos a lo largo de este libro, desde la Modernidad el ser humano se irá desprendiendo poco a poco de lo tangible en favor de la pura representación. Del mismo modo, los protestantes rechazan la transubstanciación. Según esta, el pan y el vino de la eucaristía son el cuerpo mismo y la sangre de Cristo, es decir, que los católicos creen, en este rito, estar ingiriendo al Cristo «en sí». Dicha ingesta, tras la Reforma, pasaría a ser puramente simbólica, representacional; al menos entre protestantes y evangélicos que hablarían del «símbolo sagrado», sin confundir el pan y el vino con el cuerpo y la sangre mismas de Cristo.
Con la decadencia de la religión dominante surge un antropocentrismo humanista que reverencia la Antigüedad y fija su atención obsesivamente en la figura humana y el arte apolíneo. El sujeto cobra una importancia capital frente a la «objetividad» construida hasta entonces por el entramado eclesiástico, quien detentaba el poder de definir y diseñar lo «real». Este antropocentrismo, surgió también en la Antigüedad, para luego desvanecerse, entre sofistas como el griego Protágoras, según quien: «El hombre es la medida de todas las cosas». Es el ser humano quien ha de comprender el cosmos de acuerdo con unos parámetros propios, por lo que la realidad es relativa a aquel que la interpreta.

Don Quijote es un idealista en las dos acepciones del término: se ve impulsado por altos ideales y nobles pasiones, al tiempo que prepondera en él su imagen mental del mundo frente a los hechos tal y como se presentan. Don Quijote conforma y moldea el paisaje que le rodea desde su mirada. En él es el sujeto el que define la realidad, algo típicamente moderno.
Una de sus más célebres aventuras tiene lugar al toparse con «treinta o cuarenta molinos de viento» que confunde con «treinta, o pocos más, desaforados gigantes», pues es «gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra». Su lucha, como todos saben, acaba mal, con su lanza rota y don Quijote «rodando muy maltrecho por el campo». Queda de manifiesto con esta anécdota –como con tantas otras relatadas hasta la saciedad a lo largo del libro– que un mismo dato de la experiencia es interpretado de modo distinto por don Quijote que por otros de los presentes.
La alucinación colectiva que domina el relato (lo llamado objetivo) resulta una visión desencantada de la realidad, y es compartida por Cervantes como autor de la novela. Se puede decir que es desencantada en dos sentidos fundamentales. Por un lado, la realidad desencantada lo es por ser propiamente moderna.
Pero Cervantes se siente, a su vez, desencantado, en otro sentido: por la multitud de fracasos personales que supuso su vida, repleta de amargas derrotas. Lo cierto es que el Quijote encierra un profundo pesimismo y las obras y acciones fallidas del héroe (que nos recuerdan a los fracasos reiterados que su padre literario tuvo que padecer) dan a entender al lector que aspirar a la gloria es una gran pérdida de tiempo que nos pone, además, en ridículo.
Los límites entre subjetividades, entre la cordura y la locura son difusos en la novela misma, pues don Quijote hace a Sancho Panza partícipe de sus ambiciones. Sancho acepta su posición de escudero al prometerle el caballero gobernar la ínsula Barataria, que Sancho de hecho dirige ya en la segunda parte del libro. Dicho gobierno, sin embargo, no es sino un simulacro o vivencia virtual provocada por unos duques, marido y esposa, que, al enterarse de las andanzas de don Quijote y Sancho tras haber leído el primer tomo de la novela, quieren reírse a costa de ellos. Ya no es solo don Quijote quien confunde sus deseos con la realidad, sino que Sancho, voz que representa al pueblo llano como «objetividad», también lo hace.

El doppelgänger no sirve solo para ilustrar esa multiplicidad de operaciones que realiza el cerebro humano, sino, que refleja también, estados mentales propios de la locura, como puede ser la esquizofrenia, en la que se da un desdoblamiento de la personalidad en el que ciertos elementos internos a la propia psique cuentan con un funcionamiento autónomo (por ejemplo, oír voces), lo que en pueblos menos civilizados es considerado como una forma de posesión por espíritus. Lo cierto es que contemplar la mirada propia en un «otro» es algo aterrador, razón por la cual el doppelgänger se ha convertido en un recurso muy empleado en géneros cinematográficos como el thriller psicológico. Roman Polanski emplea el doble que se mira a sí mismo desde una ventana en El quimérico inquilino (1976), todo ello para ilustrar los síntomas de una esquizofrenia incipiente.

Según Borges, la causa «de tales inversiones sugieren que, si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios». Curiosamente, este cuestionamiento es sumamente actual, siendo la consecuencia extrema del relativismo de toda experiencia como construcción social. Actualmente esta noción se expresa, por poner un ejemplo, en las ideas del multimillonario Elon Musk quien afirma que lo más probable es que nuestra experiencia del mundo pertenezca a un programa de realidad virtual. Según su estimación del progreso histórico de las tecnologías asociadas a los videojuegos, en un tiempo no muy lejano los gráficos y ambientación de tales artefactos deberían llegar a ser «indistinguibles de la realidad». De todo ello, Musk deduce que la realidad misma (nuestra vida), con casi toda probabilidad, no es más que una simulación diseñada por computador. ¿Quién sabe? Quizás fuese Kant uno de los primeros en percatarse de que algo no encajaba, que la percepción no accedía a la verdad última de las cosas, y, poco a poco, hemos ido tomando conciencia de nuestra posición en lo que finalmente puede llegar a descubrirse es una simulación virtual gobernada por entes de otro universo.
Debemos tener en cuenta la importancia que la ciencia ficción tuvo a mediados del siglo XX, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo occidental, entre amplios sectores de la juventud. Durante los años cincuenta y sesenta fue un género favorito de muchísimos jóvenes a lo largo y ancho del mundo, también en países de habla hispana. De hecho, gran parte de los activistas políticos de izquierdas del momento, afines a ideas marxistas y a los valores de la contracultura fueron ávidos lectores de ciencia ficción. Con la llegada de los años sesenta, siendo la zona de San Francisco –en la que Dick residía– uno de los epicentros del cambio, Philip K. Dick sentía estar en perfecta sintonía con el zeitgeist, cuyos valores parecían reflejar nítidamente muchas de las ideas que poblaban su obra literaria.
Podemos identificar la ideología con esa ilusión colectiva que el héroe trata de desenmascarar a toda costa.
Si, desde hace cien años, cualquier cosa puede ser arte y el arte puede ser cualquier cosa, ¿el arte como categoría habría simplemente desaparecido? El objeto artístico, de este modo, lo es por una mera convención o consenso social, no a causa de su naturaleza intrínsecamente artística, o «en sí». Es evidente que el devenir histórico de Occidente de los últimos siglos cuenta con elementos desintegradores que destruyen o des-absolutizan valores tradicionalmente propios de un arte en el que –como ocurre en tantos otros terrenos culturales– pasa a imperar el elemento subjetivo, la abolición de referencias al mundo tangible y, como consecuencia, la instauración de un relativismo al margen de todo valor o identidad absolutos.

– Eclosión de la filosofía griega (desde el siglo VI a. C. hasta el siglo III a. C.): decadencia religiosa, ciencia antigua, democracia, perspectiva pictórica (skenographia) en Agatarco y Euclides, sofistas y epicureístas (relativismo moral y cultural), estoicos (relativismo cognitivo), Biblioteca de Alejandría.
– El Renacimiento (siglo XIV a XVII): decadencia religiosa, imprenta, proliferación de universidades, Humanismo, antropocentrismo, perspectivismo en pintura, desarrollo científico, Don Quijote de la Mancha .
– La Ilustración y sus descendientes (siglo XVII, XVIII y XIX): liberalismo, parlamentarismo, democracia, secularización, relativismo cultural (Locke, Montesquieu, Franz Boas), Kant (subjetivismo), Marx (concepto de ideología).
– Años sesenta del siglo XX: democracia, marxismo, pedagogía de los desfavorecidos, feminismo, ciencias sociales, post­modernismo, cuestionamiento de los valores tradicionales, multiculturalismo, desmaterialización, preponderancia de lo simbólico.

En los sesenta el activismo político no fue el producto de unas terribles condiciones materiales, sino de una satisfacción plena de necesidades primarias. Los escalones últimos de la pirámide fueron los que sirvieron de acicate a las protestas: el reconocimiento y la autorrealización. En el caso de la población afroamericana, el reconocimiento resultaba fundamental, puesto que dicha población aspiraba a ser admitida como igual a otras identidades étnicas mayoritarias. Por otra parte, el marxismo se convierte en una herramienta política que expresa esa necesidad última de trascendencia, de sacrificar los intereses e incluso la vida propia por objetivos más amplios. Si algo caracteriza al espíritu del marxismo en su dimensión política es el anhelo y lucha por unos intereses que van más allá de lo individual. Así pues, en un tiempo irreligioso, el marxismo representaba el ideal sustituto de la religión tradicional, como vía para la trascendencia, y, en el tiempo concreto de los sesenta, sirvió como último peldaño en la pirámide de necesidades psicológicas de sujetos integrados en sociedades en las que los bienes materiales habían sido adecuadamente satisfechos.
La gente consume hoy, principalmente, para transformar su identidad y adherir a su imagen ciertos valores «elevados» (elevados, al menos a juicio de la sociedad). El consumo, desde los años sesenta, opera principalmente en el plano simbólico, intangible e inmaterial. Y, como suele decirse, el consumidor contemporáneo «no juzga tanto el producto como el atractivo del en­vol­torio».
La revolución simbólica a la que hago referencia tuvo lugar simultáneamente en muy distintos campos. De hecho, los años sesenta representaron el origen del mundo de la publicidad como una industria cool o hip. Dicho cambio fue fruto de esa transición simbólica, de donde surge el arquetipo de la persona que «transgrede las convenciones», sin transgredirlas, es decir, consumiendo: aquel que imagina ser rebelde comprando, es decir, precisamente siguiendo las reglas. Se trata, en última instancia, de venta de simulacros. En palabras de un especialista en el mundo publicitario, a las que ya he hecho referencia, hablamos de un mercado que «se ha desmaterializado, pero sigue siendo concreto».

Una palabra que se ha tornado prominente en nuestras vidas: la deconstrucción. Aunque el término surge a finales del siglo XIX en el mundo anglosajón para referirse a operaciones vinculadas a la arquitectura, su relevancia actual viene del mundo de la filosofía, en particular, de la obra de Jacques Derrida. A pesar de ello, el uso cotidiano que hacemos de este concepto no es en absoluto el mismo que emplea dicho filósofo.
En su obra La muerte del autor (1967), Roland Barthes postula que los lectores crean sus propios significados a la hora leer un texto, sin tener en cuenta la intención original del autor o autora. Es decir, de nuevo, no existe un texto «en sí», sino una interpretación del relato que es construida por el propio observador, o intérprete. El contenido, pues, depende aquí de la mirada del sujeto. Barthes trata, además, de distanciar el texto de todo dato biográfico, vida y contexto social e histórico del autor, para entender este por sí solo. La obra literaria, pues, ha de ser segregada de su substrato material para «liberar» al texto de la tiranía de un significado único («en sí»); de lo cual se derivan, naturalmente, una multitud de interpretaciones posibles.

Un fenómeno fascinante de gran actualidad que coloca lo representacional en primer término en detrimento de lo material son las políticas de la identidad. Estamos hablando de esas políticas cuyo germen son los años sesenta, y que son transferidas desde Estados Unidos al resto del mundo con especial eficiencia en los últimos años, gracias a internet, el capitalismo «líquido» y los omnipresentes dispositivos móviles. Las políticas de la identidad hablan de personas consideradas oprimidas ya sea por su sexo, su raza, sus preferencias o identidades sexuales. Este fenómeno sigue, como veremos, los mismos derroteros y patrones culturales que dominan otros tantos casos analizados. De acuerdo con sus planteamientos, no existen las identidades «en sí», sino que estas serían únicamente constructos culturales.
En los años sesenta el aspecto identitario cobra un desaforado protagonismo a todos los niveles. Surgen entonces las identidades de consumo global (tribus urbanas masivas) y diferentes grupos sociales, antaño impotentes, cobran un nuevo estatus en la sociedad.
El activismo de la izquierda identitaria o simbólica actúa siempre desde una posición protegida, al menos en contraste con las luchas de generaciones anteriores, que tuvieron que confrontar hambrunas, guerras, violencia material y agresiones de todo tipo. Estas nuevas generaciones otorgan gran importancia a lo simbólico, entre otras razones, porque viven inmersas en mundos representacionales, desligados de la materialidad y de lo inmediato, gracias a la proliferación de internet y otras formas de tecnología. Lo material resulta secundario a estos activistas por el hecho de no haber padecido graves carencias materiales, siendo principalmente estadounidenses nacidos en la segunda mitad del siglo XX, o incluso en los albores del XXI.

El feminismo mediático actual, uno entre tantos otros feminismos, está imbuido de ideas y actitudes postmodernas. Recordemos que para los postmodernos no existe una identidad en sí como realidad fija y absoluta, sino que la identidad es una construcción cultural. Lacan, por ejemplo, entiende que el yo es, no ya una representación, sino una ficción. La identidad no es considerada ya una «certeza autoevidente» como antaño.
Es fácil comprender el uso que el omnipresente feminismo queer –estadounidense, aunque inspirado en el pensamiento francés– habrá de hacer partiendo de estos enfoques: el género es un constructo cultural y no hay una identidad femenina como tal. Todo está abierto a ser modificado ad infinitum o, en términos capitalistas, «puedes ser todo aquello que te propongas». No existe una esencia del ser mujer, una realidad femenina inamovible.
Lo cierto es que todo este empoderamiento simbólico, virtual, de la «izquierda», incluso jurídicamente respaldado, es el síntoma de un desempoderamiento económico de facto. Este es el truco de magia de la ideología: hacernos mirar en una dirección mientras lo verdaderamente importante acontence en otra.

Todo es relativo» es una expresión que muchos hemos oído alguna vez como consejo a la hora de abordar un problema. Ese problema, como dato de la experiencia, cobraría una u otra dimensión dependiendo de cómo lo mires o cómo te lo tomes. Este enfoque te hace, de algún modo, responsable de lo desgraciado o feliz que seas dependiendo de tu actitud a la hora de enfrentar un asunto, en principio, doloroso. De nuevo el dato de la experiencia, aquello que te ocurre, no es «en sí» bueno o malo, sino que todo depende de cómo interpretes ese hecho. Es decir, que el sufrimiento, trauma o carencia de él, depende de la subjetividad del que mira. Este esquema de pensamiento lo hallamos hoy en la psicología cognitiva, en la autoayuda, en el coaching, y en tazas de café, cursos empresariales y campañas de marketing.
Dicho esto, no se trata de un fenómeno nuevo. Es, en realidad, una readaptación de principios presentes en la filosofía estoica de la Antigüedad griega y romana.
Eslóganes muy en boga serían «Carpe Diem», «escucha tu corazón» y todas esas fórmulas alienantes que parecen dar preminencia a un sujeto que solo piensa en sí y en su autosatisfacción inmediata. De este modo, uno se siente culpable solo cuando se falla a sí mismo, no cuando falla a otros. El remordimiento no emana de una falta con respecto al colectivo, sino cuando uno es incapaz de satisfacer sus caprichos. Este tipo humano no se siente culpable por haber lastimado a otros (que es el fundamento de toda conducta moral), sino por haberse lastimado a sí mismo. Todo su mundo, en definitiva, gira en torno al yo y sus necesidades. La comunidad se convierte en una entidad abstracta completamente ajena a su mundo. El superego se halla aquí invertido.

– No debemos confiar, ni un poco, en esas elaboraciones simbólicas que, generalmente, aspiran a retorcer los hechos del mundo a través de una manipulación del lenguaje y de esos marcos simbólicos que nada dicen de lo real. Sería necesaria una vuelta a la intuición, a la experiencia directa, no alegremente moldeable ni manipulable como ocurre con la representación. Ocurre, cada vez con más insistencia, que se da una inversión de la realidad, en dos sentidos: en el sentido de que la representación cobra más importancia que el objeto, y que, en consecuencia, se elaboran representaciones para la vida que encierran contenidos contrarios a la verdad. Es decir, que se vende como real, precisamente lo contrario de lo que el mundo verdaderamente es. Hoy la realidad mayoritaria sería una película no basada en hechos reales. Ya se sabe, una de esas en las que al inicio puede leerse: «cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia» o «todas las personas y acciones que en ella aparecen son inventadas»
Actualmente, se da una lucha entre sistemas de representación rivales, lo que nos lleva a elegir una representación frente a otra para poder vivir nuestra propia fantasía.
– La gran tarea de nuestro tiempo consiste en permanecer insomnes, como los hijos de las élites de Silicon Valley, que son educados sin tablets, smartphones, televisiones ni dispositivos tecnológicos por el estilo. Y esto con el propósito, entre otros, de que permanezcan despiertos mientras el resto duerme. Los ricos no quieren para sí aquello que desean para otros. Los retoños de los altos ejecutivos de grandes empresas tecnológicas son educados en instituciones «donde la tecnología no tiene cabida». Los hijos de Steve Jobs, por ejemplo, no tenían iPad. Se sabe que Jobs, a la hora de la cena, gustaba de hablar con ellos sobre libros e historia. Como suele decirse en el mundo del narcotráfico: «Don’t get high on your own supply» (no te coloques con tu propio producto). Los más grandes narcotraficantes han sido, generalmente, aquellos que no han tocado la droga.
– Resulta necesario enfatizar que la omnipotencia de las ideas o la creencia en la transformación del mundo a través de una manipulación de lo representacional refleja una infantilización de la sociedad que se manifiesta de muy distintas maneras. Tratamos de modificar las ideas y el lenguaje (el mapa, el GPS) para transubstanciar el mundo físico. Debemos decir que la lucha material para transformar la realidad distingue a la persona madura de la pueril (que vive inmersa en sus propias ensoñaciones, otorgando validez primordial a estas). Esta infantilización tendría como causa, entre otras, la propia naturaleza precaria y líquida de nuestras sociedades, en las que jóvenes y no tan jóvenes se ven obligados a depender parcial o completamente de sus progenitores, a modo de eternos postadolescentes. A causa de ello, contarían todavía con una conciencia infantil que reclama, exige (e incluso imagina que el «universo conspira a su favor» o que sus ideas se materializan como por arte de magia), y recibe recursos materiales como si estos emanasen de su voluntad. A esto habríamos de añadir la demanda de «espacios seguros», reminiscentes de hogares de clases medias y altas como microcosmos gobernados por aquellos que nos quieren y protegen, espacios virtuales que nada tienen que ver con el mundo real.
– Los tiempos actuales, y los que vienen, están marcados por el signo de lo virtual: aquello que es aparente pero no real. Gracias a internet, por ejemplo, las personas de a pie empleamos distintos filtros para comprender el mundo. Y a causa de ello, en muchos casos, el diálogo entre personas queda cercenado por completo puesto que muchos «están viviendo realidades paralelas cuya “verdad” es mutuamente excluyente, y los dos piensan genuinamente que el otro miente o manipula la realidad». Esto se debe, en parte, al llamado filtro burbuja, un «resultado de una búsqueda personalizada en el que el algoritmo de una página web selecciona, a través de predicciones, la información que al usuario le gustaría ver, basándose en información sobre él mismo».

Quizás sea preferible conservar la poca autonomía de la que gozamos, o, al menos, disfrutar del simulacro más logrado: la vida real, alejada de un dispositivo que filtre la experiencia. Todo parece indicar que nos encontramos a las puertas de una nueva realidad, virtual. Como afirma Baudrillard, de algún modo ya somos partícipes de ella, pero las nuevas tecnologías, sin duda, van a exacerbar el proceso. Hablamos de un proceso que se acelera a pasos agigantados. Un exceso de representación, reinterpretada esta como Primera Causa de lo real, amenaza con deglutir nuestras conciencias –el tesoro biológico y cultural más preciado– para gobernarnos de modo más íntimo, produciendo seres post-humanos subyugados desde su nacimiento por tecnologías que suplantan lo fáctico por universos simbólico-virtuales.
¿Qué son los ya referidos espacios seguros, sino pequeñas matrices a modo de Matrix? Son espacios en los que cada uno de nosotros nos vemos encapsulados para que «vivir» nuestras fantasías y solo escuchar el eco de nuestra propia voluntad y deseos. Se trata de una herramienta para la opresión y explotación de la ciudadanía, que se ve obligada a vivir sus sueños de modo meramente virtual, al tiempo que es despojada de su dignidad material; la dignidad para luchar, confrontar y lidiar con los hechos. Y lo mismo ocurre con conceptos como la autodeterminación, el pensamiento positivo, la realidad como constructo cultural o el lenguaje inclusivo.

La verdad ya no existe y vivimos cada vez más aislados y ensimismados.

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We all perceive the same, only subjectively. It is a «subjective generality», that which today we call intersubjectivity. And what is this? Let’s give an example: You may and I perceive heaven as «blue,» but we do not know if that heaven is really blue in itself. Maybe another being perceived heaven otherwise. The color of the sky is debtor of our senses when it comes to perceiving it. In other words, the color of heaven, as we perceive, depends, in part, of our cognitive device. Intersubjectivity is a shared, collective subjectivity. The «thing in itself» of the world is, therefore, inaccessible.

Interesting as brilliantly written essay book, which goes from Kant to our days going through Nietzsche, Unamuno, Oscar Wilde, Matrix, Logan’s escape, etc … I had not really enjoyed with an essay, considering that demands so much attention to the reader As an enjoyment it provides you. This book is proof that to think critically about our reality is always worth it. It is certainly the essentials of the book.

The power of suggestion that the artistic forms are due, mainly, the fact that their messages are less explicit, more subliminal and suggestive, than those of other types of discourse. It is, ultimately, the power of the myth and the narrations set at popular stories. Everyone is known how the iliad and the odyssey-repentors of archaic oral folklore – were the basis of Greek pedagogy in antiquity, where the theater, in turn, was also used to educate citizenship. Then, in the twentieth century, Carl G. Jung understood that the myths serve to transmit the reader or listener, unconsciously, a series of formulas to face life. This type of intuitive education is linked, in turn, to the symbol. The symbol, in the Greek culture, was the «enigma». As happened in the Oracle of Delphi, the enigma «does not block understanding, but causes it.» Explicit expression offers a very biased and reduced knowledge.
Luther, in addition, rejects the worship of relics and physical objects, as a form of idolatry, in which the believer confuses the God with a material object. For the Protestant it would be forbidden to venerate physical objects, something that is currently happening in the Catholic world, for example, in Easter processions, in which wooden figures are worshiped (a detectable inclination in the most remote times of the anthropological past) . According to an evolutionary model of culture, this would be a custom more of primitive peoples that confuse the material thing (the wooden sculpture as a representation) with the God Himself (itself). Luther rejects the object by a spiritual God to which he has to venerate the faithful outside of any materiality. As we will see with innumerable examples throughout this book, from modernity the human being will be detached little by little from the tangible in favor of pure representation. In the same way, Protestants reject transubstantiation. According to this, the bread and wine of the Eucharist are the body itself and the blood of Christ, that is, that Catholics believe, in this rite, to be ingesting the Christ «itself». Said intake, after the reform, would be purely symbolic, representational; At least between Protestants and evangelicals who would speak of the «sacred symbol», without confusing bread and wine with the body and blood themselves of Christ.
With the decadence of the dominant religion, a humanistic anthropocentrism arises that reverences antiquity and fixes its attention obsessively in the human figure and the apoline art. The subject charges a capital importance against «objectivity» built until then by the ecclesiastical framework, who discussed the power to define and design the «real». This anthropocentrism, also arose in antiquity, and then fade, among sophists like Greek Protagoras, according to who: «Man is the measure of all things.» It is the human being who has to understand the cosmos according to their own parameters, so that reality is relative to the one who interprets it.

Don Quixote is an idealist in the two meanings of the term: it is driven by high ideals and noble passions, while preponder on it its mental image of the world in front of the facts as presented. Don Quijote forms and molds the landscape that surrounds him from his eyes. In it is the subject who defines reality, something typically modern.
One of his most famous adventures takes place at the top of «thirty or forty windmills» that confuses «thirty, or few more, unfortunate giants», because it is «great service of God to take such a bad seed of on the face of the Earth». The struggle of him, as everyone knows, ends up, with his broken spear and Don Quixote «rolling very battered through the countryside.» It remains clear with this anecdote – as with so many others related to the satiety throughout the book – that the same data of experience is interpreted differently by Don Quixote than by others of those present.
The collective hallucination that dominates the story (what is called objective) is a disenchanted vision of reality, and is shared by cervantes as author of the novel. It can be said that it is disenchanted in two fundamental senses. On the one hand, the disenchanted reality is because it is properly modern.
But Cervantes feels, in turn, disenchanted, in another sense: by the multitude of personal failures that supposed his life, full of bitter defeats. The truth is that Don Quixote encloses a deep pessimism and the crazy works and actions of the hero (who remind us of repeated failures that his literary father had to suffer) give to understand the reader who aspiring glory is a great loss of time It puts us, in addition, ridicule.
The limits between subjectivities, between sanity and madness are diffuse in the novel itself, because Don Quixote makes Sancho Panza participant in his ambitions. Sancho accepts him the escudero position of him by promising the gentleman to govern the Baratary Insula, which Sancho in fact directs already in the second part of the book. This Government, however, is nothing but a virtual simulation or experience caused by Dukes, husband and wife, who, upon learning of Don Quixote’s wanderings and Sancho after having read the first volume of the novel, they want to laugh at the cost of they. It is no longer only Don Quixote who confuses the wishes of him with reality, but that Sancho, voice that represents the plain people as «objectivity», so does it.

The Doppelgänger does not work alone to illustrate that multiplicity of operations that performs the human brain, but also reflects, mental states of madness, such as schizophrenia, in which there is a split of the personality in which certain Internal elements to the psyche itself have an autonomous functioning (for example, hearing voices), which in less civilized peoples is considered as a form of possession for spirits. The truth is that contemplating his own look at an «other» is something terrifying, which is why Doppelgänger has become a very used resource in cinematographic genres such as psychological thriller. Roman Polanski uses the double that looks at himself from a window in the tenant chimeric (1976), all this to illustrate the symptoms of an incipient schizophrenia.

According to Borges, the cause «of such investments suggest that, if the characters of a fiction can be readers or spectators, we, their readers or spectators, can be fictitious.» Interestingly, this questioning is extremely current, being the extreme consequence of relativism of all experience as a social construction. Currently this notion is expressed, for an example, in the ideas of the Multimillionaire Elon Musk who affirms that it is most likely that our experience of the world belongs to a virtual reality program. According to the estimate of the historical progress of the technologies associated with video games, in a not too distant, graphics and ambience of such artifacts should become «indistinguishable from reality». Of all this, Musk deduces that reality itself (our life), with almost all likelihood, is nothing more than a computers designed simulation. Who knows? Maybe it was Kant one of the first to realize that something did not fit, that perception did not agree to the ultimate truth of things, and, little by little, we have been aware of our position in what can eventually be discovered is A virtual simulation governed by entities of another universe.
We must take into account the importance that science fiction had in the mid-twentieth century, both in the United States and in the rest of the Western world, among broad sectors of youth. During the fifties and sixties was a favorite genre of many young people throughout the world, also in Spanish-speaking countries. In fact, a large part of the left-hand political activists of the moment, related to Marxist ideas and the values of the counterculture were avid science fiction readers. With the arrival of the sixties, being the San Francisco area – in which Dick resided – one of the epicenter of change, Philip K. Dick felt in perfect tune with the zeitgeist, whose values seemed clearly reflect many of the ideas who populated his literary work.
We can identify the ideology that collective illusion that the hero tries to unmask all costs.
If, in a hundred years anything can be art and art can be anything, does art as a category have simply disappeared? The art object, thus it is a mere convention or social consensus, not because of its intrinsic artistic nature, or «in itself». It is clear that the historical development of the West in recent centuries has disintegrative elements that destroy or de-absolutist traditional values of an art in which, as happens in many other cultural grounds passes imperar the subjective element, the abolition of references to the tangible world and, therefore, the establishment of a relativism margin of any value or absolute identity.

– Hatching of Greek philosophy (from the sixth century BC to the third century BC..): Religious decay, ancient science, democracy, pictorial perspective (skenographia) in Agatharchos and Euclid, Sophists and Epicureans (moral relativism and cultural) Stoics (cognitive relativism), Bibliotheca Alexandrina.
– The Renaissance (XIV century XVII): religious decline, printing, proliferation of universities, humanism, anthropocentrism, perspectivismo in painting, scientific, Don Quixote.
– The Enlightenment and its descendants (XVII century XVIII and XIX): liberalism, parliamentarism, democracy, secularism, cultural relativism (Locke, Montesquieu, Franz Boas), Kant (subjectivism), Marx (concept of ideology).
– Sixties of the twentieth century: democracy, Marxism, education of disadvantaged, feminism, social sciences, postmodernism, questioning of traditional values, multiculturalism, dematerialization, preponderance of the symbolic.

In the sixties political activism was not the product of terrible material conditions, but a full satisfaction of basic needs. The last steps of the pyramid were the ones who served as a spur to the protests: recognition and self-realization. For African Americans, the recognition was essential, since this population aspired to be admitted as equal to other ethnic identities majority. Moreover, Marxism becomes a political tool that expresses the ultimate need for transcendence, to sacrifice the larger interests and even their lives for goals. If anything characterizes the spirit of Marxism in its political dimension it is the yearning and struggle for interests that go beyond the individual. Thus, in an irreligious time, Marxism represented the substitute ideal of traditional religion, as a way to transcendence, and, in the specific time of the sixties, served as the last step in the pyramid of psychological needs of integrated subject in societies in which material goods had been properly satisfied.
People today consume mainly to transform their identity and their image adhere to certain values «high» (high, at least according to the society). Consumption, since the sixties, mainly in the symbolic, intangible and immaterial plane. And, as they say, the contemporary consumer «does not judge both the product and the attractiveness of the package.»
The symbolic revolution to which I refer took place simultaneously in very different fields. In fact, the sixties represented the origin of the advertising world as a cool or hip industry. That change was the result of this symbolic transition, where the archetype of the person who «transgresses the conventions’ arises, without transgressing, ie, consuming: he who imagines being rebellious buying, that is precisely following the rules. It is, ultimately selling drills. In the words of a specialist in the advertising world, which I have already mentioned, we are talking about a market that «it has been dematerialized, but still concrete».

A word that has become prominent in our lives: the deconstruction. Although the term emerges at the end of the 19th century in the Anglo-Saxon world to refer to operations linked to architecture, its current relevance comes from the world of philosophy, in particular, of the work of Jacques Derrida. In spite of this, the daily use we make of this concept is not at all the same one that uses said philosopher.
In the work of him the death of the author (1967), Roland Barthes postulates that readers create their own meanings at the time reading a text, without taking into account the original intention of the author or author. That is, again, there is no text «itself», but an interpretation of the story that is built by the observer itself, or interpreter. The content, then, depends here on the look of the subject. Barthes treats, in addition, to distance the text of all biographical data, life and social and historical context of the author, to understand this by itself. The literary work, then, has to be segregated from its material substrate to «free» the text of the tyranny of a unique meaning («in itself»); of which a multitude of possible interpretations are derived, naturally.

A fascinating phenomenon of great actuality that places the representational first-term to the detriment of the material are the policies of identity. We are talking about these policies whose germ is the sixties, and that are transferred from the United States to the rest of the world with special efficiency in recent years, thanks to the Internet, «liquid» capitalism and omnipresent mobile devices. Identity policies speak of persons considered oppressed either by their sex, their race, their preferences or sexual identities. This phenomenon continues, as we will see, the same defeats and cultural patterns that dominate other cases analyzed. According to his approaches, there are no identities «in themselves», but these would be only cultural constructs.
In the sixties, the identity aspect charges an unlocking prominence at all levels. Then arise the identities of global consumption (massive urban tribes) and different social groups, once impotent, charge a new status in society.
Activism of the identity or symbolic left always acts from a protected position, at least in contrast to the anticipated generation struggles, who had to confront famines, wars, material violence and aggressions of all kinds. These new generations grant great importance to the symbolic, among other reasons, because they live immersed in representational worlds, detached from materiality and immediately, thanks to the proliferation of the Internet and other forms of technology. The material is secondary to these activists by the fact of not having severe material deficiencies, being mainly Americans born in the second half of the 20th century, or even at the dawn of the XXI.

The current media feminism, one among so many other feminisms, is imbued with postmodern ideas and attitudes. Recall that for postmodernos there is no identity in itself as a fixed and absolute reality, but identity is a cultural construction. Lacan, for example, understands that the self is, not already a representation, but a fiction. Identity is not considered a «self-evident certainty» as once.
It is easy to understand the use that the omnipresent Feminism Queer – Standard, although inspired by French thought – will have to do behind these approaches: Gender is a cultural construct and there is no female identity as such. Everything is open to be modified ad infinitum or, in capitalist terms, «you can be everything that you propose». There is no essence of being a woman, an immovable female reality.
The truth is that all this symbolic, virtual, «left» empowerment, even legally supported, is the symptom of de facto economic desire. This is the magic trick of ideology: make us look at an address while the truly important event in another.

Everything is relative »is an expression that many have ever heard as advice when approaching a problem. That problem, as a data of experience, would charge one or another dimension depending on how you look at it or how you take it. This approach makes you, somehow, responsible for the unfortunate or happy that you are depending on your attitude when facing a matter, in principle, painful. Again the data of experience, what happens to you, is not «in itself» good or bad, but everything depends on how you interpret that fact. That is, that suffering, trauma or lack of it, depends on the subjectivity of the Look. This thought scheme we are today in cognitive psychology, on self-help, in coaching, and coffee cups, business courses and marketing campaigns.
That said, it is not a new phenomenon. It is, in reality, a readaptation of principles present in the stoic philosophy of Greek and Roman antiquity.
Slogans very in vogue would be «Carpe Diem,» he listens to your heart «and all those alienating formulas that seem to give premice to a subject who only thinks of himself and in the immediate self-satisfaction of him. In this way, one feels guilty only when he fails himself, not when he fails to others. The remorse does not emanate from a fault with respect to the collective, but when one is unable to satisfy the whims of him. This human type does not feel guilty for hurting others (which is the foundation of all moral behavior), but because it has hurt itself. Everyone of him, in short, revolves around the self and the needs of him. The community becomes an abstract entity completely alien to their world. The superego is here inverted.

– We should not trust, not a little, in these symbolic elaborations that, generally, aspire to twist the facts of the world through a manipulation of language and those symbolic frameworks that nothing say about the real. It would be necessary a return to intuition, direct experience, not cheerfully moldable or manipulable as it happens with representation. It happens, each time with more insistence, that an investment of reality is given, in two senses: in the sense that the representation becomes more important than the object, and that, consequently, representations for the life that enclose content are elaborated Contrared to the truth. That is, it is sold as real, precisely the opposite of what the world is truly. Today the majority reality would be a film not based on real events. It is already known, one of those in which at the beginning can be read: «Any similar thing with reality is pure coincidence» or «all the people and actions that appear in it invented»
Currently, there is a struggle between rival representation systems, which leads us to choose a representation in front of another to be able to live our own fantasy.
– The great task of our time is to remain insomnants, such as the children of the elites of Silicon Valley, who are educated without tablets, smartphones, televisions or technological devices by style. And this with the purpose, among others, that they remain awake while the rest sleeps. The rich do not want for him that they want for others. The shoots of the senior executives of large technological companies are educated in institutions «where technology has no room». The sons of Steve Jobs, for example, did not have iPad. It is known that Jobs, at dinner time, liked to talk to them about books and history. As it is usually said in the world of drug trafficking: «Do not get Get High On Your Own Supply» (Do not Colore your own product). The greatest drug traffickers have generally been those who have not touched the drug.
– It is necessary to emphasize that the omnipotence of the ideas or belief in the transformation of the world through a manipulation of the representational reflects a childhood of the society that manifests itself of very different ways. We try to modify ideas and language (the map, GPS) to transubstance the physical world. We must say that the material struggle to transform reality distinguishes the mature person from the pueril (who lives immersed in his own dreams, granting primordial validation to these). This infantilization would have as a cause, among others, the very precarious and liquid nature of our societies, in which young people and not so young are forced to depend partially or completely from their parents, as an eternal post-teenses. Because of this, they would still have a child conscience that claims, demands (and even imagines that the «universe conspires in their favor» or that their ideas materialize as by magic art), and receive material resources as if they emanate from his will. To this we would have to add the demand for «safe spaces», reminiscent of households of medium and high classes as microcosm governed by those who love us and protect us, virtual spaces that have nothing to do with the real world.
– The current times, and those who come, are marked by the sign of the virtual: that which is apparent but not real. Thanks to the Internet, for example, people on foot use different filters to understand the world. And because of this, in many cases, the dialogue between people is completely coupled since many «are living parallel realities whose» truth «is mutually exclusive, and the two genuinely think that the other lies or manipulates reality.» This is due, in part, to the so-called Bubble Filter, a «Result of a personalized search in which the algorithm of a web page selects, through predictions, the information that the user would like to see, based on information about himself ».

It may be preferable to preserve the little autonomy of which we enjoy, or, at least, enjoy the most achieved simulation: real life, away from a device that filters the experience. Everything seems to indicate that we are at the doors of a new reality, virtual. As Baudrillard says, somehow we are already partakers of her, but the new technologies, no doubt, will exacerbate the process. We talked about a process that is accelerated by leaps and bounds. An excess of representation, reinterpreted is as the first cause of the real, threatens to deglutir our consciences – the most precious biological and cultural treasure – to govern us in a more intimate way, producing subjugated post-human beings since its birth by technologies that supplant the factual for symbolic-virtual universes.
What are the already referred safe spaces, but small matrices as a matrix? They are spaces in which each of us we are encapsulated so that «to live» our fantasies and just listen to the echo of our own will and desires. It is a tool for the oppression and exploitation of citizenship, which is forced to live their dreams merely virtually, while it is stripped of its material dignity; The dignity to fight, confront and deal with the facts. And the same goes for concepts such as self-determination, positive thinking, reality as a cultural construct or inclusive language.

The truth no longer exists and we live more and more insulated and absorbed.

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