Sola — Carlota Gurt Daví / Alone (Sola) by Carlota Gurt Daví

Cuando el camino se ha adentrado en el bosque, el viento ha empezado a empujarme como si tuviera prisa por hacerme llegar a la casa. He avanzado bajo una locura de nubes y hojas, flanqueada por los árboles sin ojos que me vieron nacer. En el retrovisor, solo la gran polvareda que levantaba mi máquina a su paso. En este lugar, los coches son fábricas de nebulosas que te impiden ver lo que vas dejando atrás y, con cada bache, el mundo entero tiembla.
Por fin, ha aparecido en la cima de la colina, más pequeña y abandonada de lo que la recordaba. Me hubiera gustado aparcar allí mismo e ir corriendo, con los brazos abiertos, desnuda incluso, subir descalza los quince escalones de piedra…

Me ha costado mucho empatizar con la protagonista. Pero quizás esa desazón que me ha creado sea la prueba de que es un libro bien logrado.
A ratos me recordaba Un amor de Sara Mesa. Y no le encontra sentido. Pero se repiten varios escenarios y personajes: la tendera del pueblo, el hippy, el casero desagradable, y la protagonista con cierta dificultades para saber si lo que piensa es real o paranoia…
Es un libro lento que habla sobre un proceso un proceso hacia una crisis psicótica. Al menos es lo que saco de su lectura. Bien escrito pero advierto que no es la típica novela de la gente que se va a un entorno rural.
No entiendo la moda de los coños, pollas y palabrotas que ocupan páginas y páginas.
Puedo ser el más ordinario y tener un lenguaje desenfadado diariamente, pero jamás se me ocurriría plasmar esto en mi trabajo… Al final todo acaba siendo una vorágine de locura y paranoia.

Cada vez que abría los ojos, me tropezaba con algún rincón que se me había pasado por alto en mis trayectos en coche. Una roca escupiendo un chorro de agua cristalina que no me he atrevido a probar, una pendiente que desembocaba en un hoyo extrañamente geométrico, como si lo hubiera creado una nave extraterrestre hace un montón de años.

La vida se empeña en continuar. Tengo que mear, tengo que cagar, tengo que comer, tengo que dormir. Es tan obvio que ofende.
El calvario ha empezado en el súper. Los fluorescentes matan las sombras y te impiden esconderte de la vida, la luz te deja expuesto hasta que solo eres una bandeja de carne más, es casi un escarnio. He recorrido el laberinto de los pasillos sin buscar la salida, arrastrando la cesta con el ánimo de una condenada a vivir.
Leche, papel de váter, mantequilla, manzanas, una docena de huevos, tomates de untar, aceite, queso curado de oveja, más manzanas. No he visto el estante de las ilusiones ni la nevera de los optimismos azucarados.
El ruido repetitivo de las sirenas me angustia, se me clava dentro, las oigo desde la cama y temo que alguien esté a punto de morir en una ambulancia, o me imagino a unos policías persiguiendo a un violador, uno de esos hijos de puta reincidentes que la ley no permite encerrar para siempre.
Y pienso otra vez en la masía y en el bosque, en la ley del bosque, que es otra y no tiene sirenas ni zombis, ni siquiera espectros.
Y ya ha pasado una semana desde que te quemaron y te pusieron en una urna.
Y ya han pasado seis días desde que me empezó a chorrear la vagina, expulsando lo que tenía dentro. O lo que no tenía. Nunca lo sabré.
Se me ha terminado el pan de payés, pero no quiero volver a salir. De momento tiraré con los restos que tengo en casa. Manzanas, tostadas reblandecidas, tristeza a la plancha.
Ya tengo toda tu ropa limpia y ordenada, no abro demasiado el armario para no verte. Por la mañana he entrado en el estudio y lo he ordenado, voy borrando tus rastros más evidentes, quitándote de en medio para que no me asaltes con tanta violencia a cada momento. Pero la urna sigue en la mesilla del comedor y cada día me pongo tus gafas un ratito para mirar el mundo con tus ojos.
Mañana toca notario, ir a firmar mi viudedad.

Hoy hubieras cumplido cuarenta y cuatro. Felicidades.
Hubieras venido a verme a la masía y te hubiera cabalgado sobre el laberinto de la alfombra. Te hubiera llevado a la poza. Hubiéramos bajado a cenar a Vilamedia. Me hubieras hecho reír.
Pero estás muerto, cabrón.
He terminado la bufanda y me he imaginado que te la regalaba. Pero a ti no te gustaban las bufandas. Estorban, te quejabas.

Ha venido en sueños. El fantasma hamletiano de mi padre. Suerte que el bardo no está en mi panteón. Pero lo que me ha dicho mientras dormía, a pesar de que ya sé que no es verdad, me ha dejado desencajada. Hablaba como si susurrara a gritos, con una afonía desesperada: Tu madre me puso el agua y el bocadillo en la mochila de escalada. ¿Te das cuenta? La mochila con la cuerda, el talabarte, los mosquetones. Su bocadillo, mi material, sus manos revolviéndolo todo. ¿Lo entiendes, Mei? ¿Lo entiendes?.

Abro los ojos, tengo a la raposa a dos palmos, estudiándome, se me acerca, me lame las manos que se me hunden en el barro. Le muerdo el cuello y pega un aullido. La zorra huye: sí, la zorra. Tengo pelos en la boca, los escupo, las sacudidas frenéticas entrando y saliendo, el dolor furioso que me quema el recto, la lluvia que jarrea para apagarlo, las voces se me mezclan, Tú lo echaste, me lo dijo él, niña, qué flaca estás, tienes que comer, pollas, reina, ven que haremos zub-zub, tienes que comer pollas jugosas hasta atragantarte, de dos en dos, como en aquel vídeo porno que tanto me gustaba tienes que comer pollas jugosas hasta atragantarte, de dos en dos, como en aquel vídeo porno que tanto me gustaba, Monda.
Una mano en la cabeza y la otra ordeñándome la teta, movimientos convulsos, ojos en blanco, los búhos chillan, el lamento del bosque en espiral va y viene como una sirena que constata la catástrofe.
La verga me defeca dentro y se retira, al acto, sin decir palabra.
Ya oigo la leyenda corriendo de boca en boca.
Parece que enloqueció, dirán, corría por el bosque desnuda con un hacha en la mano, nadie se atrevía a pisar aquella zona. Mandaron a los perros a buscarla. Aquí enmudecerán, se asegurarán de que no haya críos cerca, para que no oigan lo que les hice, cómo los troceé con el hacha y colgué patas y cabezas de las ramas de mis árboles.
La historia mutará igual que un virus, y tal vez sea Manel a quien trocee y cuelgue de los árboles, o humillaré a mi madre paseándola desnuda por el pueblo, con los colgajos a la vista de todo el mundo, sin maquillaje, con el pelo sucio; la exhibiré como a un animalillo de feria, atada con una correa, una bufanda verde le estrangulará el cuello, y la obligaré a contar en medio de la plaza, gimoteando, cómo Manel se la follaba contra la pared del sótano. O secuestraré a Flavio y lo obligaré a alimentarse solo de mi coño hasta morir.
Podría quemar la masía y hacer desaparecer la alfombra, la cama, el sótano, el suelo que me vio nacer. Calcinar mis orígenes para borrar las huellas.
¡Tantas ideas, tantas posibilidades!
Cuando llegó ya estaba loca, dirán unos. No, asegurarán los otros, fue el bosque, el agua de la fuente, la novela, el amor, la soledad.
¿No conoces la leyenda de la loca?, preguntarán.

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When the road has entered the woods, the wind has begun to push as if in a hurry to send me home. He advanced under crazy clouds and leaves, flanked by trees without eyes that gave birth to me. In the mirror, only large dust cloud raised my machine in its path. Here, cars are nebulae factories that stop you from seeing what you’re leaving behind and, with every bump, the whole world trembles.
Finally, he has appeared at the top of the hill, and abandoned smaller than I remembered. He would have liked to park right there and go running with open arms, even naked, barefoot up fifteen stone steps …

It has been difficult to me a lot to empathize with the protagonist. But perhaps that uneasiness that has created me is proof that it is a well-achieved book.
At times I reminded me «a love» by Sara Mesa. And she did not find a sense. But several scenarios and characters are repeated: the shopping of the people, the hippy, the unpleasant homemade, and the protagonist with some difficulties to know if what she thinks is real or paranoia …
It is a slow book that talks about a process towards a psychotic crisis. At least it is what I take from reading. Well written but I warn that it is not the typical novel of the people who go to a rural environment.
I do not understand the fashion of pussies, cocks and swearwords that occupy pages and pages.
I can be the most ordinary and have a daily casual language, but I would never occur to me to capture this in my work … In the end everything ends up being a vortex of madness and paranoia.

Every time he opened his eyes, stumbled me somewhere that I had overlooked in my car journeys. A rock spewing a jet of crystalline water that I have not dared to try, a slope that led to a strangely geometric hole, as if he had created an alien spaceship makes a lot of years.

Life strives to continue. I have to pee, I have to shit, I have to eat, I have to sleep. Is so obvious that offends.
The ordeal has begun on the super. Fluorescent kill you from the shadows and hide from life, light leaves you exposed until only a tray of meat are more, it is almost a mockery. I walked the labyrinth of corridors without looking for the exit, dragging the basket with the mind of a condemned to live.
Milk, toilet paper, butter, apples, a dozen eggs, tomatoes spreads, oil, cheese from sheep, more apples. I have not seen the shelf of the fridge illusions or sugary optimism.
The repetitive sound of sirens distresses me, my nails inside, hear them from the bed and I fear that someone is about to die in an ambulance, or I imagine policemen chasing a rapist, one of those sons of recidivists puta the law allows not lock forever.
And I think again in the farmhouse and in the woods, in the law of the forest, which is another and has no sirens or zombies, even ghosts.
And it has been a week since you burned and put you in a box.
And it’s been six days since I started squirting vagina, driving out what was inside. Or what he did not. I will never know.
I have run the country bread, but do not want to leave. For now I’ll throw the remains that I have at home. Apples, toast softened, sadness grilled.
And I have all your clothes clean and tidy, do not open too the closet to not see you. In the morning I went into the studio and I commanded, I’m erasing your most obvious traces, quitándote of the way so I do not asaltes so violently at every moment. But the urn is still on the table of the dining room and every day I get your glasses a moment to look at the world with your eyes.
Tomorrow is a notary, go sign my widowhood.

Today had turned forty-four. Congratulations.
You had come to see the farmhouse and I had ridden on the labyrinth of the carpet. I had carried the pool. We had gone down to dinner at Vilamedia. I had made her laugh.
But you’re dead, you bastard.
I finished scarf and I have imagined that gave you the. But you do not you liked scarves. Clogged, you complained.

He came in a dream. The Hamletian ghost of my father. So that the bard is not in my pantheon. But what he told me in his sleep, even though I know it’s not true, has left me haggard. He spoke as if whispering loudly, with a desperate hoarseness Your mother put me water and snack in the backpack climbing. You realize? Backpack with rope, sword belt, carabiners. The sandwich it, my material, the hands of her rummaging around. Do you understand, Mei? Do you understand?.

I open my eyes, I have the raposa at two palms, studying me, it approaches me, licks my hands that sink into my mud. I bite my neck and stick a howl. The slut flee: Yes, the slut. I have hairs in the mouth, I spit them, the frantic jolts entering and going out, the furious pain that burns the rectum, the rain that Jarrea to turn it off, the voices are mixed, you kicked it, he told me, he, girl, what skin you are, you have to eat, cocks, queen, see that we will do Zub-Zub, you have to eat juicy cocks until you praise you, from two in two, as in that porn video that I liked you have to eat juicy cocks until you have to eat juicy cocks until you have to pant In two, as in that porn video that I liked so much, Monda.
A hand on the head and the other milking the teta, convulsive movements, blank eyes, the shriek owls, the spiral forest lament goes and comes like a siren that contends the catastrophe.
The cock defecates inside and retires, the act, without saying a word.
I already hear the legend running from word of mouth.
She seems that she crawled, they will say, she ran through the nude forest with an ax in her hand, nobody dared to step on that area. They sent the dogs to look for it. Here they will be muted, they will make sure that there are no crosses nearby, so they do not hear what I did to them, how I chopped them with the ax and hung up and heads of the branches of my trees.
The story will mutate just like a virus, and maybe it’s manel to whoever trochees and hang from the trees, or humiliate my mother walking her naked by the town, with the flaps in sight of the whole world, without makeup, with hair dirty; I will exhibit it as a fair animal, tied with a strap, a green scarf strangle your neck, and I will force it to count in the middle of the square, whimpering, how Manel was fucked against the wall of the basement. Or I will kidnap Flavio and I will force him to feed himself only from my pussy until he died.
I could burn the farmhouse and make the carpet disappear, the bed, the basement, the floor that saw me born. Calcinate my origins to erase the traces.
So many ideas, so many possibilities!
When she arrived she was already crazy, some will say. No, they will ensure the others, it was the forest, the water of the source, the novel, love, loneliness.
Do not you know the legend of the crazy? They will ask.

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