¡Harpo Habla! — Harpo Marx / Harpo Speaks! by Harpo Marx

No sé si mi vida ha sido un éxito o un fracaso. Pero como no tengo ninguna prisa en convertirme en una de las dos cosas y dejar de ser la otra, y puesto que me tomo simplemente las cosas tal como vienen, me sobra mucho tiempo para disfrutar de la vida.
Lo que no soy ahora y no he sido nunca es una Celebridad. No me paran desconocidos en la calle para pedirme autógrafos. La gente no me reconoce sin mi disfraz. El público nunca ha oído mi voz. En este sentido, soy muy diferente de mi hermano Groucho, que es una auténtica Celebridad de catorce quilates.
No serviría de nada que os describiera mi aspecto; seguiríais sin reconocerme.
La única mujer de la que he estado enamorado todavía está casada conmigo.
Mi único Problema Alcohólico es que el brebaje no me gusta demasiado.
Así que, ¿qué puedo confesar? Tengo en efecto una debilidad suficientemente grande como para escribir un libro sobre ella. Mi debilidad es la gente. Dado que nunca he seguido la ruta directa de ninguna parte a ninguna parte, he tenido tiempo de conocer y escuchar a mucha gente.

Esta autobiografía es exactamente lo que se espera de un humorista, de un actor de comedias, de un hombre del espectáculo, de un artista. Después de haber leído la de Woody Allen, la de Harpo Marx, muy anterior, cumple todo lo que se podía esperar de ella y de su autor y no sólo eso, sino mucho más. Toda una vida, y qué vida, plasmada por escrito.
El problema es que terminó rodeado de snobs (no me refiero a sus hermanos) del mundillo del espectáculo en USA y, entre que son de los años veinte-cuarenta, y en España no los conoce nadie.
Me encantó este libro de la página uno. A pesar de que es una novela bastante gruesa, estoy tan triste de despedirme de Harpo, pero no puedo esperar a leerlo una y otra vez. Ha habido alguna discusión, ya sea que el genio de este libro proviene del autor o de Harpo, o un esfuerzo combinado. Sospecho que Harpo se debe un poco más de crédito de lo que se le da. Desde que era un animador cómico, y (de lo que revela el libro) un contador de historias buscado, sospecho que muchas de las palabras son genuinamente suyas. Especialmente ya que hay muchos elementos cómicos dentro de las historias.
Sin embargo, también reconozco la narración del libro, el flujo perfecto de historias de que todo fluya perfectamente. Es muy difícil decir dónde comienza Harpo y Barber, cual es la forma en que debería ser. Evidentemente, fueron una combinación perfecta para crear esta maravillosa novela.
Creo que lo que más me encantó sobre este libro fueron las perspectivas y filosofías únicas de Harpo, seguidas de cerca por el gerencial de «personajes» interesantes y complejos, se hace amigo. Lo que me quedé fue que no importa dónde estés en tu vida, rico o indigente, deprimido o eufórico, no te tomes ni la vida demasiado en serio, y no importa lo que haga, puede divertirse mucho.

Circula por ahí la leyenda de que yo no fui mucho a la escuela. Por tanto, tal vez sorprenda a mucha gente oír la declaración siguiente, que es cierta: «Harpo oyó cátedra en el Hamilton College de Clinton, Nueva York, durante seis años; se le dio completa libertad para moverse por el colegio y fue celebrado como el alumno más joven que jamás asistiera a clases en la historia de tan venerada y antigua institución».
Bueno, más vale que diga toda la verdad. El Harpo que fue a la universidad no era yo. El Harpo que fue a la universidad era un perro, un caniche de color ciruela. Le fue ofrecido en adopción a un profesor por el alumno más famoso de Hamilton, Alexander Woollcott, autor de la declaración citada. Me temo que la leyenda es cierta. No fui mucho a la escuela. La triste verdad es que nunca terminé el segundo curso.
Sin embargo, de alguna manera, he conseguido educarme a mí mismo. No soy el escritor ni el erudito que es, por ejemplo, Groucho Marx. No pretendo serlo. Pero puedo leer sin mover los labios y puedo seguir una conversación literaria bastante ágil sin desentonar demasiado.
La casa del 179 fue el primer hogar verdadero que puedo recordar. Hasta que nos mudamos allí, habíamos vivido como gitanos, sin viajar muy lejos —de hecho, sin salir nunca del barrio— pero siempre en movimiento, atormentados y perseguidos por los avisos del desahucio, los embargos y los ojos penetrantes de los agentes del propietario. Los Marx eran pobres, muy pobres. Siempre teníamos hambre. Y éramos numerosos. Pero gracias al asombroso espíritu de mi padre y mi madre, la pobreza nunca nos deprimió ni encolerizó Mi recuerdo de mis primeros años es vago pero agradable, lleno del rumor de las risas y las canciones y lleno de gente querida.
Al parecer, cuanta menos comida teníamos, más gente teníamos que alimentar.
Mi hermano Chico sólo era año y medio mayor que yo, pero había progresado más de lo que su edad haría prever en cuanto al funcionamiento de este mundo. Tenía una enorme confianza en sí mismo, como Minnie, y como ella entraba a saco allí donde Frenchie o yo habríamos tenido miedo de aventurarnos.
Me sentía muy halagado cuando la gente decía que yo era la viva imagen de Chico. Supongo que lo era.
Los tranvías eran la forma más fácil de viajar sin pagar. Simplemente había que saltar a la plataforma trasera cuando el tranvía ya había arrancado y despistar al cobrador. Si el cobrador lo pescaba a uno, había que saltar al suelo y volver a trepar en el siguiente tranvía que pasara. Era más deportivo colgarse por fuera del vehículo, pero se corría el riesgo de caer en manos de un policía.
Los trenes elevados eran más difíciles. No se podía subir en ellos sin darle un billete o tarjeta de transbordo al revisor de la plataforma de entrada. Eludir al revisor requería mucho ingenio y el uso de viejas tarjetas de transbordo, de las tarjetitas en que venía la goma de mascar (y que casualmente eran del mismo tamaño que los billetes), algunas falsificaciones notables y, para mí —gracias al adiestramiento del abuelo—, toda mi habilidad de prestidigitador.
Una vez al año, el ayuntamiento cambiaba su sistema de billetes y transbordos, para reducir el número de viajeros que no pagaban. Pero nunca encontraron un sistema que los chicos no pudiésemos resolver de alguna manera.

El hombre que por primera vez me inspiró la idea de convertirme en actor fue un tipo llamado Gookie. Gookie no tenía nada que ver con el teatro. Liaba puros en el escaparate de una tienda de puros de Lexington Avenue.
Era la tienda en cuyo cuarto trasero se celebraban partidas de cartas y se hacían apuestas para las carreras, lo más parecido a un club social que teníamos en nuestro barrio. Era el hogar de Frenchie fuera del hogar y, junto con el salón de billar, también el de Chico. Dado que las apuestas nunca constituyeron para mí el tipo de obsesión que eran para Chico, no pasé mucho tiempo en la trastienda. Donde yo me divertía más era en la calle, frente a la tienda.
Gookie trabajaba en una mesa baja, mirando a la Avenida a través del aparador. Era un hombrecillo apelmazado, con la piel como la de las hojas que usaba para liar puros, como si se hubiera vuelto de ese color debido a la sobreexposición al tabaco. Siempre llevaba una camisa rayada sucia y sin cuello, con puños de cuero y bandas elásticas. Lo mismo cuando estaba sentado a la mesa frente al escaparate que cuando hacía recados para los jugadores de cartas, Gookie siempre estaba gruñendo.
A los trece años alcancé la edad viril de acuerdo con la fe judaica. Fui bar mitzvah. admitido como miembro adulto de la sinagoga.
Convertido en pianista (con un repertorio de dos piezas para un solo dedo) y actor (con un repertorio de una mueca cómica), empecé a prestar más atención al mundo del espectáculo.

Uno de los apetitos más apasionados de los primeros años de mi vida (tenía muchos otros, pero ninguno tan devorador) era por los caramelos de regaliz. En el surtido de caramelos que daban entonces por un centavo no había más que uno de regaliz, y aquel único manjar no hacía más que intensificar mi avidez. Los surtidos de a un centavo eran escasos y espaciados para mí. Las vitrinas de caramelos en el East Side eran a prueba de ladrones, como las bóvedas de los bancos. Los caramelos figuraban entre las pocas cosas que no podía agenciarme. Si no había centavo, no había caramelos.
Siempre me prometía a mí mismo reservar para el final esa exquisitez que era el caramelo de regaliz, como un postre, pero nunca lo lograba. Era como la adicción a los cacahuetes, a los cigarrillos o a la pipa de opio. Uno nunca bastaba. Lo primero que haría cuando fuese rico, me juraba, sería comprar todos los caramelos de regaliz que pudiera comerme.
Cuando en efecto empecé a ganar bastante dinero, aquel deseo infantil había entrado en una cierta latencia.

Mi madre decidió, una noche del año 1910, tras todo un día de batallas arduas y estériles con los agentes de contratación de Nueva York, que debíamos trasladarnos a la región central del país. Nueva York no era el lugar adecuado para nosotros. Demasiada competencia entre famosos. Nosotros debíamos situarnos en el centro del vodevil menor, de sus circuitos y engranajes, donde un espectáculo como el nuestro tendría posibilidades… Nos fuimos a Chicago con los abuelos.
Pronto pasamos de los teatros de tercera y ninguna categoría, a la nada. No nos quedaba más posibilidad que lanzarnos a la carretera.
Los circuitos del vodevil, que garantizaban a un número treinta semanas de trabajo por temporada, no querían saber nada de nosotros. Nos conformábamos con lo que podíamos encontrar por nuestra cuenta: actuaciones de una noche, convenciones, paseos campestres, fiestas de beneficiencia, cualquier cosa que nos garantizara un mínimo para la cena y el billete de tren. Cuando miro atrás, simplemete no comprendo cómo sobrevivimos. Aquellos primeros tiempos en la carretera fueron un puro infierno sin atenuantes. Hicieron que recordara mis primeros años en las calles del East Side como una larga etapa de recreo.
Tuvimos que dar la cara y abrirnos camino en extrañas poblaciones del Medio Oeste y del Sur, donde sabíamos que teníamos tres grandes inconvenientes en contra. Uno: éramos cómicos y la gente nos consideraba como a los gitanos y otros vagabundos. Dos: éramos judíos. Tres: teníamos acento neoyorkino. Y, bueno, el cuarto inconveniente: los Cuatro Ruiseñores no éramos demasiado buenos.
En cualquier caso, para ofrecer aquí la información correcta, he cotejado los datos con el libro de Chichton y con Groucho, y descubro que éstas fueron las etapas de la evolución de nuestro número teatral:
Groucho Marx como solista: niño soprano y actor.
Dúo sin nombre: Groucho y Gummo.
Los Tres Ruiseñores: Groucho, Gummo y Lou Levy.
Los Cuatro Ruiseñores: Groucho, Gummo, Lou Levy y Harpo.
Las seis Mascotas: Groucho, Gummo, Harpo, más cantante bajo y dos cantantes femeninas …

A partir de entonces, los Hermanos Marx en School Days era una pieza fija de nuestro espectáculo. Funcionó de maravilla por todo el Sur y el Suroeste, y pasábamos más de la mitad de las noches en hoteles. En las poblaciones grandes (grandes para el vodevil de segunda división) como Alexandria, Louisiana o Lubbock, nos retenían dos y hasta tres noches. Frenchie volvió a Chicago con el dinero que debíamos de la hipoteca, y con ideas vagas para emprender un negocio propio: el primer restaurante alsaciano del Medio Oeste.
La gira duró año y medio. Ahora hacíamos auténtico teatro. Mirábamos con desdén los números que aún se arrastraban por el vodevil de dos o tres funciones diarias. Nosotros sólo hacíamos funciones vespertinas los miércoles y los sábados.
En consecuencia, teníamos más tiempo libre que nunca antes. Mientras actuábamos en Filadelfia, me dio tiempo de aprender a jugar al golf. También pude dedicar más tiempo a la música. Aprendí media docena de piezas nuevas para el arpa. Mi viejo clarinete estaba hecho polvo, de modo que lo sustituí por uno de ocho dólares, que encontré en una tienda de segunda mano de Filadelfia.

Vivir era fácil en 1928. La vida se componía principalmente de diversiones, y el mundo era nuestro campo de juegos privado y millonario. Todos nosotros teníamos, de algún modo, los medios para hacer lo que queríamos. Los impuestos eran una molestia —como el cambio anual de matrícula del coche—, pero no una carga.
No éramos mercenarios ni íbamos locos por los dólares. La pasta era simplemente una mercancía que nos gustaba tener y por tanto la quemamos, lo mismo que el aire para respirar, el café del desayuno y un cuarto jugador para el croquet. F. P. A. resumía nuestra actitud diciendo que «El dinero no interesa mucho pero la falta de dinero no interesa nada».

El viaje de vuelta en el île de France se presentaba como una travesía tranquila y aburrida. Y así habría sido, de no desbaratarla una de mis hazañas.
Todo el mundo parecía haberse gastado los últimos cuartos en el Continente, aquel verano, y no había mucha pasta a bordo. Yo por suerte aún tenía algo, pero lo único que ocurría en el barco era un poker individual entre un anciano agente inmobiliario de Connecticut y un guapo y joven brasileño. Dejaron bien claro que no me querían en el juego.
Así que me dediqué a mirar. En seguida vi que el brasileño estaba engordando al norteamericano para luego matarlo. Le dejó ganar un poco al póker y luego le persuadió de cambiarlo por los dados. Permitió que el viejo hiciera unos cuantos pases y luego empezó a cambiar los dados en su favor y empezó a dejarlo limpio. Era muy interesante verlo. El brasileño era diestro pero no demasiado rápido para mí.
En la cena, me llevé al anciano aparte y le dije que le estaba saqueando el peor tipo de tiburón, uno que usaba dados cargados. Me dio las gracias y se dirigió al brasileño y le acusó de ser un tramposo. El brasileño le retó a duelo. Nunca había sido insultado de aquella manera en su vida. Hizo tal escena que el viejo acabó disculpándose y volviéndose contra mí. Dijo que yo tendría que ser denunciado ante el capitán por ser una influencia perturbadora en el barco.
Al día siguiente, volvieron a jugar y la pasta siguió corriendo más rápido que nunca en una sola dirección: de Norteamérica a Sudamérica. Aquello me recordó un hecho que conocía desde hacía tiempo: a nadie le molesta más que le digan que está haciendo el primo que al que está haciendo el primo.

Los Hermanos Marx acababan de ser contratados por la Paramount Pictures para filmar tres películas —nada menos que habladas— por sesenta y cinco mil dólares cada película. La primera, Cocoanuts (Los cuatro cocos), se filmó en Nueva York aquella primavera, entre las representaciones de Animal Crackers. Sería mejor decir que la «dispararon». Lo único que hicieron fue apuntar la cámara hacia nosotros mientras nosotros repetíamos nuestra vieja versión teatral de Cocoanuts.
Pero no fue tan simple como podría parecer para el productor, Walter Wanger, ni para los directores, Joseph Santley y Robert Florey. Hubo muchas demoras en la filmación, en su mayoría debidas a las ausencias injustificadas de Chico en el set. Como nadie había comprado entradas para verle, Chico se imaginaba que nadie se quejaría si se escapaba un rato a consultar con su corredor de apuestas o a jugar un par de manos de pinacle. El problema era que si la cosa se ponía bien Chico se olvidaba de volver. Entonces Groucho, Zeppo y yo salíamos de expedición a buscarle.
A continuación, Wanger resolvió el problema de Chico. Hizo que atornillaran al suelo del estudio las cuatro celdas que utilizábamos en la escena de la cárcel. Hizo poner cuatro letreros a la puerta de las celdas: CHICO, HARPO, GROUCHO y ZEPPO, e hizo instalar un teléfono en la que le tocaba a CHICO. Ahora Chico podía llamar a su corredor de apuestas cuando quisiera, sin detener por ello la producción.
Entre toma y toma, nos encerraban en las celdas, y los directores podían salir de la jaula. Cuando se reemprendía la filmación, los directores eran devueltos a su jaula y las estrellas salían de sus calabozos. Lástima que no se filmó la filmación de Cocoanuts; habría sido mucho más divertida que la película.

Una de las razones por las que yo era bien recibido en el Rancho consistía, sin duda, en que yo era un ardiente partidario del New Deal, como también —en 1933— William Randolph Hearst. Pero ninguno de los dos éramos tan fanáticos de Franklin Roosevelt como Aleck Woollcott. Aleck se tomó el New Deal como si hubiera sido idea suya desde el principio. Era muy amigo de la señora Roosevelt y entraba y salía de la Casa Blanca.

Entrar en Rusia en otoño de 1933 no era fácil, a menos que conocieras a alguien que conociera a alguien en el gobierno soviético. En mi caso, Woollcott tenía amigos reporteros en Moscú que estaban en buenas relaciones con Maxim Litvinov, el Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética. Conocer a alguien que conociese a alguien en la Casa Blanca tampoco sobraba, y mi visado llegó dos semanas después de mi llegada a Nueva York.
Entre tanto, yo había estado muy ocupado agenciándome un conjunto completo de disfraces y decorados —dado que no sabía cuál de mis números les gustaría en Rusia—.
Mi espectáculo se presentó en un teatro estatal pequeño pero bien equipado y, gracias a Dios, con buena calefacción. Hicimos un preestreno para la prensa internacional, los peces gordos del Comisariado de Cultura Popular y la «familia oficial» norteamericana en Moscú. El embajador Bullitt fue el invitado de honor. Tuvimos tanto éxito que tuvimos que hacer un segundo preestreno.
Luego hicimos el estreno para el público ruso (en este caso «público» significa los miembros del Partido que estaban en buena posición y podían obtener entradas del Comisariado). Fue un gran éxito. Salió dos veces mejor que en los preestrenos. A la mañana siguiente, Melacrino me leyó la crítica del Izvestia. Era la cosa más elogiosa que jamás habían escrito sobre mí desde la reseña de Woollcott en el Sun de Nueva York, en 1924.
Yo sabía que lo había hecho bastante bien. Mi tipo de comedia ya había resultado infalible con el público de Londres y desde Broadway hasta L. A., y había descubierto que la gente se reía de la misma manera en todo el mundo con la pantomima. Tenía confianza en mí mismo y estaba bien preparado.
Pero no estaba preparado para una cosa. Nunca había topado con gente que se riera tan fácilmente como los rusos. Tal vez la risa representaba para ellos un lujo, más que para nadie. Tal vez se morían de sed de ella.
El espectáculo se presentó durante seis semanas en Rusia. Hicimos dos semanas en Moscú, una semana en Leningrado, una semana de funciones únicas en ciudades pequeñas y dos semanas finales en Moscú. Los números de variedades que llenaban el programa cambiaban cada semana, junto con los actores de mi «obra», pero dos permanentes siguieron conmigo: la cantante y el actor de réplica. Éste no era Groucho, pero hablaba Alto Alemán tan bien como yo hablaba Plattdeutsch, y podíamos comunicamos, en cierto modo.
Actuásemos donde actuásemos, los públicos rusos nunca me defraudaron.
El espectáculo se presentó durante seis semanas en Rusia. Hicimos dos semanas en Moscú, una semana en Leningrado, una semana de funciones únicas en ciudades pequeñas y dos semanas finales en Moscú. Los números de variedades que llenaban el programa cambiaban cada semana, junto con los actores de mi «obra», pero dos permanentes siguieron conmigo: la cantante y el actor de réplica. Éste no era Groucho, pero hablaba Alto Alemán tan bien como yo hablaba Plattdeutsch, y podíamos comunicamos, en cierto modo.
Actuásemos donde actuásemos, los públicos rusos nunca me defraudaron.

La tribu que frecuentaba el Hillcrest Club era más mi estilo. Varios de nosotros almorzábamos allí con tanta regularidad que nos organizamos como Mesa Redonda.
Entre los miembros de la Mesa Redonda del Hillcrest se contaban Al Jolson, Eddie Cantor, George Jessel, Jack Benny, George Burns, Lou Holtz, Milton Berle, Danny Thomas, Danny Kaye y cuatro o cinco Hermanos Marx. El hermano Marx dudoso era Chico. Chico sólo acudía de vez en cuando, y nunca por mucho rato, según como fuesen sus asuntos. El asunto de Chico en aquel momento era una partida diaria de pinacle en el Friars Club. Cuando escribo esto, unos veinte años después, sigue siéndolo.
Con frecuencia me han pedido que compare las dos Mesas Redondas, la del Algonquin y la del Hillcrest, ya que soy el único individuo afortunado que ha pertenecido a ambas. En realidad, no es posible establecer una comparación justa. Eran diferentes en todos sentidos.
En el Algonquin, cualquiera que se presentara, hombre o mujer, y fuese aceptado en la conversación, «pertenecía» a la Mesa Redonda. Contra lo que afirma la leyenda, la charla del Algonquin no era un continuo popurrí de destellante ingenio. Había largos trechos de conversación seria y de charla exclusivamente literaria, y cuando los algonquinitas contaban chistes o hacían juegos de palabras no competían por ver quién tenía más gracia. Era su forma de relajarse.
En el Hillcrest, el número de miembros era fijo. Era estrictamente para hombres.

Estados Unidos entró en guerra. Yo me hallaba dispuesto a luchar en el frente desde hacía ocho años, desde mi siniestro viaje por Alemania de camino hacia Rusia. Estaba inflamado de patriotismo y lleno de belicosidad. Me ofrecí a las fuerzas armadas.
Las fuerzas armadas no querían saber nada de mí. Me recordaron, con mucho tacto, que era demasiado viejo, demasiado bajito y que carecía de cualquier clase de adiestramiento militar. No tenía nada que hacer vestido de verde oliva o de azul marino. El único uniforme para el que estaba calificado era un sombrero de copa, una peluca roja, un impermeable y unos pantalones bombachos. Las únicas armas que podían confiárseme eran una bocina de goma, un arpa, un clarinete y dos mangas llenas de cuchillos.
Acepté la sugerencia y así fue cómo fui a la guerra.

Para mí lo más gratificante es la forma en que los niños aceptan nuestro delirante estilo de celebración y hacen suyo el espíritu del día.
La actuación mejor pagada que hicimos Chico y yo (o por lo menos así lo creímos en aquel momento) fue para el petrolero tejano Glenn Mac-Carthy, en su deslumbrante hotel Shamrock de Houston. MacCarthy nos dio a elegir entre diecisiete mil quinientos dólares por semana, durante dos semanas, o acciones de su nuevo yacimiento de gas natural. Chico ni siquiera calculó las probabilidades. La única cifra importante a considerar era la deducción del 27,5 por ciento de derechos de explotación. Le dijimos a MacCarthy que se guardara su dinero en efectivo, porque nos interesaba más la otra opción.
Naturalmente, empezaron a llegar cheques con los dividendos de la Texas Gas Corporation a finales del mismo año. Aún siguen llegando, al final de cada trimestre.

Sentí un dolor a la altura del ombligo. La fuerza huyó de mis dedos. Me sentía mal, muy mal.
Llamé a Susan. Ella vino hasta el umbral, me miró y salió corriendo a su habitación a llamar al médico.
El médico me dio golpecitos y me palpó y comprobó todas mis vibraciones. Le dije que me sentía como un timbal cuando lo afinan para un concierto. Miró debajo de mis párpados y en otros lugares secretos.
El médico me dijo:
—Harpo, el mejor consejo médico que puedo darle es ése: vaya a hacer volar su cometa.
No lo comprendí hasta que el médico se hubo marchado y empecé a reflexionar sobre la decisión que había tomado.
Significaba despedirme: adiós a la compañera más cercana que había tenido, una compañera que me había dado miles de horas de exasperación, molestias y alegría pura: mi arpa.
¿Y qué pasaría con mi nombre? Tal vez ahora tendría que cambiármelo
Yo firmé un contrato para un club nocturno de Chicago y tres apariciones en televisión y le dije a Bill que más valía que me agenciara algunos nuevos arreglos. Volví a pintar al óleo. Todo lo que pintaba parecía un payaso, pero ésa era una rutina en la que ya llevaba algún tiempo y no me molestaba.
En esos tres programas de televisión, logré hacer las tres cosas que me habían advertido que no hiciera nunca más. En el primero, toqué el arpa; en el segundo, jugué una partida de golf con Sam Snead, y en el tercero, no sólo salté arriba y abajo sino que salté arriba y abajo durante tres días, en la nieve.

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I do not know if my life has been a success or failure. But since I am no hurry to become one of the two things and stop being the other, and since I have simply take things as they come, I have plenty of time to enjoy life.
What I am not now and I have never been a celebrity. They do not stop unknown to me on the street to ask for autographs. People do not recognize me without my disguise. The public has never heard my voice. In this sense, I am very different from my brother Groucho, which is an authentic celebrity of fourteen carats.
It would not serve anything that I describeed my appearance; You would continue without recognizing me.
The only woman I’ve been in love is still married to me.
My only alcoholic problem is that the brew I do not like too much.
So, what can I confess? I am in effect a weakness great enough to write a book about it. My weakness is people. Since I have never followed the direct route from nowhere to nowhere, I have had time to meet and listen to many people.

This autobiography is exactly what is expected of a comedian, a comedy actor, a man of the show, an artist. After having read that of Woody Allen, the Harpo Marx, very earlier, he fulfills everything that could be expected from her and his author and not only that, but much more. A lifetime, and what life, embodied in writing.
The problem is that he ended up surrounded by snobs (I do not mean his brothers) from the world of show in the USA and, among which are the twenty-forty years, and in Spain nobody knows them.
I loved this book from page one. Even though its a rather thick novel, I am so sad to say goodbye to Harpo, but can’t wait to read it again and again. There has been some discussion whether the genius of this book comes from the author or Harpo, or a combined effort. I suspect Harpo is due a little more credit than he is given. Since he was a comic entertainer, and (from what the book reveals) a sought after storyteller, I suspect a lot of the words a genuinely his. Especially since there is a lot of comedic elements within the stories.
However, I also recognize the craft of the book, the seamless flow of stories that Barber certainly had to have his hand in. It is really hard to tell where Harpo ends and Barber begins, which is the way it should be. Evidently, they were a perfect match for creating this wonderful novel.
I think what I loved most about this book was Harpo’s unique perspectives and philosphies, closely followed by the managerie of interesting and complex «characters» he befriends. What I took away was that no matter where you are in your life, rich or destitute, depressed or elated, don’t take yourself or life too seriously, and no matter what your doing, you can make it a lot of fun.

The legend that I did not go much to school circulates out there. Therefore, perhaps surprise many people to hear the following statement, which is true: «Harpo heard Chair at the Hamilton College of Clinton, New York, for six years; He was given complete freedom to move around school and he was celebrated as the youngest student who ever attended classes in the history of such venerated and ancient institution. »
Well, it’s better if you say the whole truth. The Harpo that went to college was not me. The Harpo that went to college was a dog, a poodle of plum color. He was offered for an adoption to a professor for the most famous student of Hamilton, Alexander Woollcott, author of the aforementioned statement. I’m afraid that legend is true. I did not go to school a lot. The sad truth is that I never finished the second course.
However, somehow, I have managed to educate myself. I am not the writer or scholar who is, for example, Groucho Marx. I do not pretend to be. But I can read without moving my lips and I can follow a pretty agile literary conversation without desensing too much.
The house of 179 was the first real home I can remember. Until we moved there, we had lived as gypsies, without traveling far away, without ever leaving the neighborhood, but always in motion, tormented and persecuted by the announcers of eviction, embargoes and penetrating eyes of the owner’s agents . The Marx were poor, very poor. We always were hungry. And we were numerous. But thanks to the amazing spirit of my father and my mother, poverty never depressed us or launched my memory of my first years is vague but nice, full of rumor of laughter and songs and full of beloved people.
Apparently, the less food we had, more people had to feed.
My brother boy was only year and a half older than me, but he had progressed more than what he agreed to foresee about the functioning of this world. He had enormous confidence in himself, like Minnie, and as she entered a bag where Frenchie or I would have been afraid to venture.
I felt very flattered when people said that I was the vivid image of boy. I suppose he was.
The trams were the easiest way to travel without paying. You just had to jump to the back platform when the tram had already ripped and misleading the collector. If the collector fished it to one, we had to jump to the ground and return to climb on the next tram that passed. It was more sporty hang on the outside of the vehicle, but the risk of falling into the hands of a policeman was ran.
The elevated trains were more difficult. You could not upload on them without giving you a ticket or transfer card to the revisor of the entrance platform. Eluding the reviewer required a lot of wit and the use of old transshipment cards, from the cards in which chewing gum was coming (and that casually were the same size as tickets), some notable fakes – thanks to the training of the Grandpa – all my skill of prestidigitator.
Once a year, the City Council changed its system of tickets and transbords, to reduce the number of travelers that did not pay. But they never found a system that the boys could not solve somehow.

The man who for the first time inspired me the idea of becoming actor was a guy named Gookie. Gookie had nothing to do with the theater. He wiped pure in the showcase of a pure store of Lexington Avenue.
It was the store in whose back of cards, cards were celebrated and were betting for careers, the closest thing to a social club we had in our neighborhood. It was the home of Frenchie outside the home and, along with the Billiard Hall, also the boy’s. Since betting were never constituted for me the kind of obsession that they were for boy, I did not spend much time in the back room. Where I had more fun was on the street, in front of the store.
Gookie worked at a low table, looking at the avenue through the sideboard. He was a whipped little man, with his skin like the leaves he used to pure pure, as if he had become of that color due to overexposure to tobacco. He always wore a dirty striped shirt and no neck, with leather fists and elastic bands. The same when he was sitting at the table in front of the showcase that when he took place for card players, Gookie was always growling.
At thirteen years I achieved virile age according to Judaic faith. I was Bar Mitzvah. admitted as an adult member of the synagogue.
Become a pianist (with a two-piece repertoire for a single finger) and actor (with a repertoire of comic grimace), I started paying more attention to the world of show.

One of the most passionate appetites of the first years of my life (had many others, but none so devourer) was by licorice candies. In the assortment of candies that were then there was nothing more than a licorice, and that only handle did nothing but intensify my avidity. The assortments of a penny were scarce and spaced for me. The candy cabinets in the East Side were thievesproof, such as the vaults of the banks. The candies were among the few things that I could not score. If there was no penny, there were no candies.
I always promised myself to book for the end that exquisiteness that was licorice candy, like a dessert, but never achieved it. It was like addiction to peanuts, cigarettes or opium pipe. One was never enough. The first thing I would do when it was rich, it swore, would be to buy all the candy candies that I could eat.
When in effect I began to earn a lot of money, that childhood desire had entered a certain latency.

My mother decided, a night of the year 1910, after a day of arduous and sterile battles with the recruitment agents of New York, which should be transferred to the Central Region of the country. New York was not the right place for us. Too much competition between famous. We should place ourselves at the center of the minor Vodevil, its circuits and gears, where a show like ours would have possibilities … We went to Chicago with the grandparents.
Soon we went from the third-party theaters and no category, at all. We did not have more chance than to throw us on the road.
The circuits of the Vodevil, who guaranteed a number thirty weeks of work per season, did not want to know anything about us. We met with what we could find on our own: a night’s performance, conventions, country rides, beneficiary parties, anything that guarantees us a minimum for dinner and the train ticket. When I look back, I can not understand how we survive. Those early on the road were a pure hell without attenuating. They made me remember my first years in the streets of the East Side as a long recreational stage.
We had to face and open our way in strange populations of the Middle West and South, where we knew that we had three great inconvenience against. One: We were comedians and people considered us like Gypsies and other vagabonds. Two: We were Jews. Three: we had a New York accent. And, well, the fourth inconvenience: the four nightingales were not too good.
In any case, to offer the correct information here, I have collected the data with the book of Chichton and Groucho, and I discover that these were the stages of the evolution of our theatrical number:
Groucho Marx as a soloist: child soprano and actor.
Duo Unnamed: Groucho and Gummo.
The three nightingales: Groucho, Gummo and Lou Levy.
The four nightingales: Groucho, Gummo, Lou Levy and Harpo.
The six pets: Groucho, Gummo, Harpo, more singer under and two female singers …

From then on, the Brothers Marx in School Days was a fixed piece of our show. It worked wonders throughout the south and southwest, and spent more than half of the nights in hotels. In large populations (large for Second Division Vodevil) like Alexandria, Louisiana or Lubbock, we were held two and up to three nights. Frenchie returned to Chicago with the money we had of the mortgage, and with vague ideas to undertake an own business: the first Alsatian restaurant of the Midwest.
The tour lasted a year and a half. Now we made authentic theater. We watched with disdain the numbers that were still crawling through the voweville of two or three daily functions. We only made evening functions on Wednesdays and Saturdays.
Consequently, we had more free time than ever before. While we acted in Philadelphia, he gave me time to learn to play golf. I could also dedicate more time to music. I learned half a dozen pieces for the harp. My old clarinet was made dust, so I replaced it by one of eight dollars, which I found in a second-hand store of Philadelphia.

Living was easy in 1928. Life consisted mainly of amusements, and the world was our private and millionaire playground. All of us had, somehow, the means to do what we wanted. The taxes were a nuisance – as the annual change of registration of the car – but not a burden.
We were not mercenaries or we were crazy for the dollars. The pasta was simply a merchandise that we liked to have and therefore we burn it, the same as the air to breathe, breakfast coffee and a fourth player for croquet. F. F. A. summed up our attitude saying that «money does not interest much but lack of money does not interest anything.»

The trip back in the Île de France showed up as a quiet and boring journey. And so it would have been, not to disrupt her one of my feats.
Everyone seemed to have spent the last rooms on the continent, that summer, and there was not much pasta on board. Luckily I still had something, but the only thing that happened on the boat was an individual poker between an elderly Connecticut real estate agent and a handsome Brazilian. They were very clear that they did not love me in the game.
So I dedicated myself to look. He immediately saw that the Brazilian was fattening the American and then killing him. He let him gain a bit of poker and then persuaded him to change it for the dice. He allowed the old man to do a few passes and then began to change the dice in favor of him and began to leave him clean. It was very interesting to see him. The Brazilian was right but not too fast for me.
At dinner, I took the old man aside and told him that he was looting the worst kind of shark, one who used loaded dice. He thanked me and went to the Brazilian and accused him of being a cheat. The Brazilian challenged him. He had never been insulted in that way in his life. He made such a scene that the old man ended up apologizing and turning against me. He said that I would have to be denounced before the captain for being a disturbing influence on the ship.
The next day, they played again and the greenbacks continued to run faster than ever in a single direction: from North America to South America. That reminded me of a fact that I had known for some time: nobody bothers him more to tell him that he is doing the unwise who is doing the unwise.

The Marx brothers had just been hired by the Paramount Pictures to film three films -nate less than spoken- for sixty-five thousand dollars each movie. The first, Cocoanuts (the four coconuts), was filmed in New York that spring, among the Animal Crackers’ representations. It would be better to say that «they shot». The only thing they did was point the camera towards us while we repeated our old theatrical version of Cocoanuts.
But it was not as simple as it might seem for the producer, Walter Wanger, nor for the directors, Joseph Santley and Robert Florey. There were many delays in filming, mostly due to unjustified absences of boy on the set. As nobody had bought tickets to see him, boy imagined that no one would complain if he escaped for a while to consult with his betting runner or play a pair of Pinacle’s hands. The problem was that if the thing put well a boy he forgot to go back. Then Groucho, Zeppo and I went out of expedition to look for him.
Next, Wanger solved the boy’s problem. He made them screw up the four cells to the floor that we used in the prison scene. He made four signs to the door of the cells: boy, Harpo, Groucho and Zeppo, and made him install a phone in which he was playing a boy. Now boy could call the betting corridor of him when he wanted, without stopping production for it.
Between take and take, they locked us in the cells, and the directors could leave the cage. When the filming was resumed, the directors were returned to their cage and the stars came out of their dungeons. Too bad the filming of Cocoanuts was not filmed; It would have been much more fun than the movie.

One of the reasons why I was well received at the ranch consisted, without a doubt, that I was a fiery supporter of the New Deal, as well as – in 1933- William Randolph Hearst. But neither of the two were so fans of Franklin Roosevelt as Aleck Woollcott. Aleck took the New Deal as if it had been his idea from the beginning. He was a very friend of Mrs. Roosevelt and entered and left the White House.

Enter Russia in the autumn of 1933 was not easy, unless you knew someone who knew someone in the Soviet government. In my case, Woollcott had reporters in Moscow who were in good relations with Maxim Litvinov, the Minister of Foreign Affairs of the Soviet Union. Knowing someone who met someone in the White House Nor was there, and my visa arrived two weeks after my arrival in New York.
Meanwhile, I had been very busy focusing on a complete set of costumes and decorated -Dand who did not know which of my numbers would like in Russia.
My show was presented at a small, well-equipped state theater and, thank God, with good heating. We did a preview for the international press, the fat fish of the Popular Culture Commission and the American «Official Family» in Moscow. Ambassador Bullitt was the guest of honor. We had so much success that we had to do a second preview.
Then we made the premiere for the Russian audience (in this case «public» means the members of the party that were in good position and could get entries from the curated). It was a success. He went out twice as much as in the pre-stars. The next morning, Melacrino read me the criticism of Izvestia. It was the most complimentary thing they had ever written about me since the review of Woollcott at the Sun of New York, in 1924.
I knew he had done it quite well. My type of comedy had already been infallible with the audience of London and from Broadway to L. A., and had discovered that people laughed in the same way around the world with pantomime. He had confidence in myself and was well prepared.
But I was not prepared for one thing. He had never met people who laugh as easily as Russians. Maybe the laughter represented a luxury for them, more than anyone. Maybe they were dying of it.
The show was presented for six weeks in Russia. We did two weeks in Moscow, a week in Leningrad, a week of unique functions in small cities and two final weeks in Moscow. The numbers of varieties that filled the program changed each week, together with the actors of my «work», but two permanent followed with me: the singer and the actor of replica. This was not groucho, but he spoke Alto German as well as I spoke Plattdeutsch, and we could communicate, in a way.
We performed where we performed, Russian audiences never disappointed me.
The show was presented for six weeks in Russia. We did two weeks in Moscow, a week in Leningrad, a week of unique functions in small cities and two final weeks in Moscow. The numbers of varieties that filled the program changed each week, together with the actors of my «work», but two permanent followed with me: the singer and the actor of replica. This was not groucho, but he spoke Alto German as well as I spoke Plattdeutsch, and we could communicate, in a way.
We performed where we performed, Russian audiences never disappointed me.

The tribe that frequented the Hillcrest Club was more my style. Several of us had lunch there with as much regularity that we organized as a round table.
Among the members of the Hillcrest Round Table counted on Jolson, Eddie Cantor, George Jessel, Jack Benny, George Burns, Danny Thomas, Danny Kaye and four or five Marx brothers. The Doubtful Marx Brother was a boy. Chico only came from time to time, and never for a long time, depending on how he was. The boy’s issue at that time was a daily game of Pinacle at Friars Club. When I write this, about twenty years later, he continues to be.
They have often asked me to compare the two round tables, that of Algonquin and Hillcrest, since I am the only lucky individual who has belonged to both. Actually, it is not possible to establish a fair comparison. They were different in all senses.
In the Algonquin, anyone who was presented, man or woman, and was accepted in the conversation, «belonged» to the round table. Against what the legend affirms, the algonquin talk was not a continuous potpourrity of flashing wit. There were long stretches of serious conversation and chatting exclusively literary, and when the algonquinites counted jokes or made words of words did not compete for who was more grace. It was his way of relaxing.
In the Hillcrest, the number of members was fixed. It was strictly for men.

The United States entered into war. I was willing to fight on the front for eight years, from my sinister trip through Germany on the way to Russia. He was inflamed with patriotism and full of bellicosity. I offered me to the armed forces.
The armed forces did not want to know anything about me. They reminded me, with a lot of touch, that it was too old, too short and that lacked any kind of military training. He had nothing to do olive green or navy blue dress. The only uniform for which he was qualified was a top hat, a red wig, a raincoat and pants. The only weapons that could be confirmed were a rubber horn, a harp, a clarinet and two sleeves full of knives.
I accepted the suggestion and that was how I went to war.

For me the most rewarding is the way the children accept our delirious style of celebration and make their spirit of the day.
The best paid acting we did boy and me (or at least we believe it at that time) was for the tanker Texan Glenn Mac-Carthy, in his dazzling Houston Shamrock Hotel. MacCarthy gave us a choice between seventeen thousand five hundred dollars per week, for two weeks, or actions of the new natural gas field. Boy did not even calculate the odds. The only important figure to consider was the deduction of 27.5 percent of exploitation rights. We told MacCarthy to keep the money from him in cash, because he was more interested in the other option.
Naturally, checks began to arrive with the dividends of Texas Gas Corporation at the end of the same year. They are still coming, at the end of each trimester.

I felt a pain at the height of the navel. The force fled my fingers. I felt bad, very bad.
I called Susan. She came to the threshold, looked at me and ran to her room to call the doctor.
The doctor tapped me and felt and checked all my vibrations. I told him that I felt like a timbal when they affine it for a concert. She looked under my eyelids and in other secret places.
The doctor told me:
-Harpo, the best medical advice I can give is that: Go fly your comet.
I did not understand until the doctor had left and started to reflect on the decision he had taken.
It meant saying goodbye: Goodbye to the nearest companion I had had, a companion who had given me thousands of hours of exasperation, discomfort and pure joy: my harp.
And what would happen with my name? Maybe now I would have to change it
I signed a contract for a Chicago nightclub and three apparitions on television and I told Bill that was more worth it to emerge some new arrangements. I returned to paint oil. All he painted seemed like a clown, but that was a routine in which he had been some time and it did not bother me.
In those three television programs, I managed to do the three things that I had been warned that I never did. In the first, I touched the harp; In the second, I played a game of golf with Sam Snead, and in the third, I not only jumped up and down but I jumped up and down for three days, in the snow.

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