Los Hombres De Putin: Cómo El KGB Se Apoderó De Rusia Y Se Enfrentó A Occidente — Catherine Belton / Putin’s People: How the KGB Took Back Russia and Then Took On the West by Catherine Belton

Escrito en un estilo furioso e implacable que se lee como un informe encubierto de 640 páginas, me atrapó de principio a fin. Cubre el mismo territorio que muchos libros anteriores sobre el ascenso de Putin y ahora el gobierno de veinte años, desde sus días trabajando en la inteligencia extranjera en Dresde, su ascenso meteórico en la década de 1990 de teniente de alcalde de la segunda ciudad de Rusia a primer ministro y luego presidente, su acorralamiento de la clase oligárquica y la posterior reestructuración y reasignación de los altos mandos de la economía en manos de sus conocidos personales y de confianza, hasta la anexión de Crimea y la relación de estado cercana a la guerra fría que Rusia tiene con Occidente hoy.
El elenco es operístico en su alcance, desde oligarcas exiliados que se esconden en villas secretas hasta agentes de la KGB, gángsteres de Nueva York conocidos, Donald Trump, etc. y el estilo de escritura es más fascinante, las revelaciones y los argumentos son más sensacionales que cualquier libro sobre este tema. antes de.
Pero también advertiría al lector que tenga en cuenta que el análisis objetivo paga un precio por la narrativa clave que está tratando de transmitir al lector. En resumen, magnífico en legibilidad, menos en precisión.
Donde Belton es especialmente fuerte es en economía, que es algo que la mayoría de los libros de Putin del pasado han evitado. La corrupción en los extremos superiores del ecosistema político y económico ruso es difícil de imaginar, tan grande es su alcance, y para los analfabetos económicos, ella desenvuelve y explica cuidadosamente la miríada de esquemas que se han empleado para desviar el dinero. la mayor parte de la riqueza de Rusia en el extranjero. Ella es excelente cuando explica cómo nada de este robo sería posible sin la facilitación proporcionada por las instituciones financieras occidentales.
Sin embargo, en el aspecto político, no todo en el libro suena cierto. La premisa clave de Belton es que el ascenso de Putin y su permanencia en el poder es el resultado de una captura planificada y sigilosa del condado por parte de la KGB, que su aparición fue la parte superior visible de una lucha mucho más profunda pero oculta de la KGB para recuperar el control sobre de los oligarcas como Berezovsky, los titiriteros políticos que lograron que Yeltsin fuera reelegido en 1996.
Sin embargo, no hay evidencia concreta de esta captura estatal planificada, y tuve la sensación de que las fuentes se estaban utilizando para encajar en esta narrativa que se adapta a una visión occidental popular y fácil de entender de Putin como el jefe de una fuerza oscura y maligna (KGB) cuyo objetivo principal es intrigar sobre causar estragos en todo el mundo.
La evidencia que he leído a lo largo de los años apunta a una imagen mucho menos ordenada y más compleja del desarrollo político. Creo que es más exacto ver a Putin como alguien que nunca ha tenido una lealtad completa a ningún clan (una de las razones por las que fue seleccionado inicialmente para el cargo de presidente por la administración de Yeltsin en primer lugar), y se debe precisamente a a su posición como árbitro final de los conflictos entre élites (incluso entre los servicios de seguridad y los principales empresarios) que ha podido mantenerse en el poder durante tanto tiempo. Aunque el séquito de apparatchiks de Putin incluye muchos ex miembros de la KGB, está lejos de ser exclusivamente de los servicios de seguridad, y los patrones de política y cambio político en los últimos veinte años reflejan menos las acciones de un inconformista cuidadosamente planificado que un judo-judo reactivo jugador (como Mark Galeotti lo ha llamado acertadamente en el pasado), usando los eventos a su favor a medida que surgen.
Además, veo a casi todo el liderazgo político y económico de Rusia hoy como hijos de la década de 1990. Esta fue una década especialmente anárquica, cuando ganar y mantener el poder y el control, ya sea en los negocios o en la política, requería un alto nivel de crueldad, violencia, secretismo y protección. La mentalidad (y la riqueza) de muchos de los que hoy ocupan posiciones de poder, desde los jefes de las principales corporaciones estatales hasta las diversas ramas del gobierno, se formó en ese período, fueran o no miembros de la KGB. Por lo tanto, no sorprende que la relación entre la élite (tanto de la antigua KGB como de otros) y los ciudadanos del país sea tan disfuncional en la Rusia de hoy.
En segundo lugar, hay un problema con una fuente. La política del Kremlin es particularmente turbia, plagada de rumores, casi totalmente carente de transparencia, por lo que cualquier analista de Rusia tendrá dificultades para obtener una imagen totalmente objetiva de exactamente «lo que sucedió». Sin embargo, una parte importante del libro se basa en citas de Sergey Pugachev, un ex multimillonario que solía ser un aliado cercano de Putin antes de que se separaran, y se exilió en Francia mientras el estado ruso atacaba agresivamente los activos que había acumulado. Por lo que he visto y oído de Pugachev, es un hombre con una profunda vendetta contra el gobierno ruso y un carácter bastante excéntrico, propenso a la hipérbole. Sus palabras deben ser tratadas con cautela. Por ejemplo, afirma que cuando llevó a Putin a la iglesia y le explicó que aquí podía pedirle perdón a Dios, Putin aparentemente respondió: “Soy el presidente de Rusia, ¿por qué debería pedirle perdón a Dios?”. Citas como estas sugieren el interés de Pugachev en usar el libro para lanzar ataques teatrales contra Putin para promover su propia agenda de cambio político en la cima del gobierno ruso.
Entonces, en general, es una lectura fantástica, pero tal vez un poco demasiado fantástica a veces.
Por supuesto, Belton a veces menciona que las potencias occidentales han permitido algunas de las tácticas de Putin o incluso se han beneficiado de ellas, pero esto no es suficiente: la pérdida del Imperio Soviético tuvo consecuencias de gran alcance que han dado forma a la política de la vida real. Esta dinámica entre Occidente y Oriente y, en consecuencia, cómo Occidente también le ha fallado a Oriente, es un espectáculo secundario en el libro de Belton, cuando en realidad sigue siendo un factor central en los acontecimientos actuales (como alemán, puedo asegurarles que más de 30 años después de la reunificación, las heridas en el Este no han sanado, y que hay todo un mundo de experiencia al que yo, como alemán occidental, no puedo acceder). Y luego, por supuesto, Occidente tendió a pasar por alto las travesuras cada vez mayores de Putin para asegurar sus propios intereses en (por ejemplo) el sector de la energía, que, como resultado, no aseguró nada en absoluto y se convirtió en una de las raíces de una culpa histórica que Occidente nunca podrá compensar: la guerra de Ucrania.
Putin ha ayudado a crear un régimen terrible, cínico y egoísta al que no podría importarle menos el bienestar del pueblo ruso, pero el hecho de que Occidente tienda a aislar el problema, retratándolo como algo exclusivamente «ruso» es demasiado fácil si realmente tiene la intención de construir un futuro mejor. Occidente tiene que enfrentarse a sus propios errores en su comportamiento con Rusia para no repetirlos (por cierto, lo que ha hecho Trump en EE.UU. imita lo que pasó en Rusia). Es un poco complaciente escribir un libro que simplemente comienza y concluye con: «Putin = malo».
Aún así, este libro está repleto de información meticulosamente investigada y hace un gran trabajo al armar un rompecabezas muy difícil, porque la KGB se ha esforzado bastante para ocultar las piezas centrales. Entonces, como base para una discusión posterior, este es un gran libro, pero necesita una reflexión adicional sobre el esquema general de las cosas.

El Krem­lin se había interesado por su imperio empresarial y se lo había apropiado. Pugachev había abandonado Rusia y se había instalado primero en Francia y posteriormente en Inglaterra, mientras el Kremlin lanzaba su ataque. Los hombres de Putin se habían apoderado del proyecto de hotel que el presidente le había otorgado en la Plaza Roja, a un tiro de piedra del Krem­lin, sin la menor compensación. Después, sus astilleros, dos de los mayores de Rusia, valorados en 3.500 millones de dólares, fueron adquiridos por uno de los más estrechos aliados de Putin, Ígor Sechin, a cambio de una ínfima parte de esa suma. Posteriormente, su proyecto relacionado con el carbón —el mayor depósito de coque del mundo, ubicado en la región siberiana de Tuvá y valorado en 4.000 millones de dólares—, se lo quedó un socio de Ramzán Kadírov, el presidente y hombre fuerte de Chechenia, por 150 millones de dólares.
Durante todo el proceso, los hombres de Putin lo culparon del hundimiento del Mezhprombank, el banco fundado hacía muchos años, en la década de 1990, que en su día constituyó la clave de su poder. Las autoridades del Kremlin presentaron una querella criminal afirmando que Pugachev aseguraba que ese dinero era suyo. Parecía importar poco que la adquisición por parte de Sechin de los astilleros por una mínima parte de su valor fuera la causa principal del déficit en los fondos del banco ante los acreedores.
Parecía claro que detrás estaba la mano del Kremlin. «Hubo personas del Estado que manipularon las reglas en contra de él para causar la quiebra del banco, lo que, como era de esperar, las beneficiaba a ellas», comentó Richard Hainsworth, experto de larga trayectoria en banca rusa.
Desde que Pugachev abandonó Rusia, el Kremlin había ido tras él. Había recibido las amenazas de unos secuaces del liquidador del Mezhprombank en su residencia de Francia. Tres miembros de un grupo mafioso de Moscú se lo habían llevado a un yate frente a las costas de Niza y le habían exigido el pago de 350 millones de dólares para preservar la integridad física de su familia. Era, según le informaron, «el precio de la paz», la suma que debía pagar para que la querella criminal presentada en Rusia contra él por la quiebra del Mezhprombank se retirase, según muestran pruebas documentales.
En los tribunales británicos, Pugachev era un pez fuera del agua, incapaz de operar según unas normas y procedimientos que le resultaban del todo ajenos. Estaba demasiado acostumbrado a los pactos de trastienda tan comunes en el Kremlin de su pasado, demasiado acostumbrado a colarse por entre la red de normas y reglamentos gracias a su posición y su poder. Él no se había concedido favores a sí mismo.
El Kremlin fue perfeccionando sus operaciones en el sistema judicial británico con la persecución contra Mujtar Abliázov, un multimillonario kazajo que resultó ser el enemigo político número uno del presidente kazajo y aliado clave del Kremlin Nursultán Nazarbáyev. Abliázov fue demandado por una agencia estatal de seguros de depósitos, que le acusaba de la apropiación indebida de más de 4.000 millones de dólares del banco kazajo BTA, que había presidido y que contaba con sucursales por toda Rusia. La agencia rusa en cuestión contrató a un equipo de abogados del prestigioso bufete londinense Hogan Lovells, que presentó once querellas civiles por fraude contra Abliázov en el Reino Unido, así como una orden de congelación de sus activos. Unos detectives privados habían seguido el rastro de los 4.000 millones hasta una red de empresas offshore controladas por el magnate kazajo.

Putin escogió para que le ayudara a transmitir una revelación muy especial, el hombre que divulgará al mundo el hecho de que Putin sirvió como funcionario en el temido y odiado KGB. Eran todavía los albores del movimiento democrático, un momento en el que admitir algo así podía perjudicar a su jefe, Sobchak, un vibrante orador que había llegado a la alcaldía montado sobre la marea de condena de los secretos del antiguo régimen, de los abusos perpetrados por el KGB. Aún hoy, Shadjan sigue preguntándose si la decisión de Putin formaba parte de un cuidadoso plan de rehabilitación. «Siempre pregunto por qué me escogió a mí. Entendió que se me necesitaba, y estaba dispuesto a contarme que era del KGB. Quería demostrar que la gente del KGB también era progresista.» Putin escogió bien. «Un crítico me comentó en una ocasión que yo siempre humanizo a las personas con las que trabajo, sean quienes sean —recuerda Shadjan—. Y a él lo humanicé. Quería saber quién era y lo que él veía. Yo era alguien que siempre había criticado a las autoridades soviéticas. Había soportado muchas cosas de ellos. Pero con él fui comprensivo. Nos hicimos amigos. Me parecía una persona que llevaría el país adelante, que realmente podría hacer algo. La verdad es que a mí me captó.»
A lo largo del documental, Putin aprovecha hábilmente la ocasión para hacer hincapié en las cualidades positivas del KGB. En respuesta a una pregunta delicada sobre si se valió de su posición para aceptar sobornos, insiste en responder que, donde él servía, ese tipo de acciones se consideraban «una traición a la patria» y que eran castigadas con todo el peso de la ley. En cuanto al hecho de ser un funcionario, un chinovnik, aquella palabra no tenía por qué tener una connotación negativa, defiende. Él había servido a su país como chinovnik militar; ahora era un funcionario civil que servía a su país —como lo había hecho antes— «al margen del ámbito de la competición política».
La historia que cuenta cómo y en qué momento renunció Putin realmente, y de qué manera empezó a trabajar para Sobchak, sirve para explicar cómo el cuadro de mando del KGB comenzó a metamorfosearse ante la transformación democrática del país y a vincularse a los nuevos liderazgos. Es la historia de cómo una facción del KGB, en concreto parte del sector de la inteligencia extranjera, llevaba ya un tiempo preparándose en secreto para cambiar a la vista de la agitación causada por las reformas de la perestroika en la Unión Soviética. Al parecer, Putin habría formado parte de dicho proceso cuando residía en Dresde. Posteriormente, tras la reunificación de Alemania, los servicios de seguridad del país sospecharon que había formado parte de un grupo que trabajaba en una operación especial, conocida como «Operación Luch» («rayo» o «haz»), que se estaba preparando al menos desde 1988 por si el régimen de la Alemania del Este se desmoronaba.
Dicha operación consistía en reclutar a una red de agentes que pudieran seguir operando para los rusos después del hundimiento del régimen.

Mientras Putin se desenvolvía sin ser detectado, el trasfondo era que el suelo empezaba a abrirse bajo sus pies. Algunos en la cúpula del KGB eran cada vez más conscientes de la menguante capacidad de la Unión Soviética en su lucha contra Occidente y, con discreción, ya habían empezado a prepararse para la fase siguiente. Las arcas soviéticas se vaciaban, y en la batalla para hacerse con tecnología occidental, a pesar de los grandes esfuerzos del KGB y la Stasi, el bloque del Este siempre iba por detrás, siempre debía ponerse al día y siempre quedaba rezagada con respecto a los avances tecnológicos de Occidente. En una era en la que el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, había anunciado una nueva iniciativa para lanzar lo que se conoció como «La guerra de las galaxias», con la idea de defender a su país de un ataque con misiles nucleares, el bloque soviético llevó a cabo esfuerzos aún mayores para conseguir la tecnología occidental, pero solo consiguió ser más consciente de su propio retraso.
Desde principios de la década de 1980, unos pocos miembros progresistas del KGB habían trabajado para propiciar una tímida transformación. Desde su refugio del Instituto para la Economía Mundial de Moscú, empezaron a preparar reformas que pudieran introducir ciertos elementos del mercado en la economía soviética a fin de generar competitividad, sin que ello supusiera dejar de mantener el control general. Cuando Mijaíl Gorbachov asumió el cargo de Secretario General del Partido Comunista en 1985, aquellas ideas recibieron un nuevo impulso. Gorbachov aplicó las reformas políticas y económicas de la glasnost y la perestroika, con las que pretendía suavizar gradualmente el control sobre el sistema político y económico del país.

Cada vez más consciente de los riesgos de un hundimiento del comunismo, a mediados de la década de 1980 el KGB puso en marcha discretamente la Operación Luch con el objetivo de prepararse para un posible cambio de régimen. A Wolf lo mantuvieron plenamente informado de ella, pero no así a su sucesor como director del Departamento de Inteligencia Exterior de la Stasi.
En agosto de 1988, el KGB envió a un agente de alto rango, Borís Laptev, a la imponente embajada soviética de Berlín Este para supervisarla.
Oficialmente, la misión de Laptev era crear un grupo de operativos que trabajarían secretamente, en paralelo con el equipo permanente del KGB, para infiltrarse en los grupos opositores de la Alemania del Este. «Debíamos recabar información sobre el movimiento opositor y frenar cualquier avance, así como impedir todo movimiento tendente a la reunificación alemana», explicaría más tarde.
Muchos años después, cuando Putin llegó a la presidencia de Rusia, Markus Wolf y los que habían sido sus colegas del KGB hicieron hincapié en el hecho de que, durante su estancia en Dresde con el KGB, era un donnadie. Putin era «bastante irrelevante», declaró Wolf en una ocasión a una revista alemana, e incluso las «mujeres de la limpieza» habían recibido la medalla de bronce con la que lo habían galardonado a él.
El colega del KGB con el que Putin compartió despacho a su llegada a Dresde, Vladímir Usoltsev, al que por algún motivo se le autorizó a escribir un libro sobre aquella época, se cuidó mucho de destacar lo normal y corriente que era su trabajo, al tiempo que no revelaba ni un solo detalle sobre sus operaciones. Aunque admitía que Putin y él habían trabajado con «ilegales», que era como se conocía a los agentes durmientes infiltrados, afirmaba que se pasaban el 70 % de su tiempo redactando «informes sin sentido».
Según él, Putin solo había conseguido reclutar a dos agentes durante los cinco años enteros que pasó en Dresde, y en determinado momento había dejado de buscarlos porque se dio cuenta de que era una pérdida de tiempo. La ciudad era un rincón tan provinciano que «el hecho mismo de que estuviéramos destinados allí indicaba que nuestra carrera no tenía futuro», escribió Usoltsev.

En la batalla por el dominio entre el Este y el Oeste, los servicios de seguridad soviéticos llevaban tiempo desplegando lo que llamaban sus propias «medidas activas» para alterar y desestabilizar a su rival. Atrapados en la Guerra Fría, pero conscientes de que iban muy por detrás tecnológicamente como para ganar cualquier guerra militar, ya desde la década de 1960 la Unión Soviética había descubierto que su fuerza radicaba en la desinformación, en sembrar rumores falsos en los medios de comunicación para desacreditar a líderes occidentales, en asesinar a opositores políticos y en dar apoyo a organizaciones pantalla que fomentaran guerras en el Tercer Mundo y socavaran y sembraran la discordia en Occidente. Entre esas medidas estaba el apoyo a organizaciones terroristas. Por todo Oriente Próximo, el KGB había creado lazos con numerosos grupos terroristas de tendencia marxista, sobre todo el FPLP, el Frente Popular por la Liberación de Palestina, una escisión de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que llevó a cabo una serie de secuestros de aviones y atentados con bomba a finales de la década de 1960 y a lo largo de la siguiente.
Fiel a su formación en el KGB, Putin, como un espejo, había devuelto el reflejo de las opiniones de todos: primero las de su denominado maestro democrático, después las del establishment
de la vieja guardia, con la que también trabajaba. «Cambiaba de chaqueta tan deprisa que no podías saber nunca quién era en realidad», comentó Sedelmayer.

El dinero que el PCUS enviaba directamente para financiar las actividades de los partidos comunistas no era nada comparado con las cantidades que se hacían llegar a través de las empresas amigas, según Antonio Fallico, un alto cargo de la banca italiana estrechamente vinculado a la cúpula de la élite soviética, y posteriormente también con el régimen de Putin. Las donaciones oficiales que el Partido Comunista italiano recibía anualmente de la Unión Soviética eran de «solo unos 15-20 millones de dólares. Eso no llega siquiera a dinero». En sus palabras, la verdadera financiación procedía de intermediarios. «Todas las empresas italianas que querían hacer negocios en la Unión Soviética debían pagar dinero a esas otras firmas… El movimiento de dinero era colosal.»
Los fiscales que rastreaban aquellos archivos hicieron pública una lista con 45 de esas empresas. Entre las menos transparentes de todas las dedicadas a la importación-exportación figuraba al menos un nombre muy conocido: Pergamon Press, de Robert Maxwell, una gran editorial que llevaba tiempo siendo el canal de venta de libros científicos soviéticos en Occidente.
Para los fiscales rusos que intentaban investigar las finanzas del partido, los rastros dejados por esas estrategias eran los más reveladores. Fortunas no declaradas en petróleo, metales, algodón, productos químicos y armas se habían sacado de la Unión Soviética, bien a través de planes de intercambio, bien mediante acuerdos de exportación, y se habían vendido a precios de saldo a empresas amigas intermediarias en Occidente. Por medio de esos acuerdos de exportación, las empresas amigas compraban materias primas a precios internos soviéticos, que se fijaban por debajo de las reglas de la economía planificada, lo que les permitía obtener inmensos beneficios cuando, a su vez, las vendían a precios de mercado mundial; el precio global del petróleo, por ejemplo, era casi diez veces superior que el precio soviético para uso interno en aquella época.
Así, después podían sacar los fondos a través de una maraña de cuentas en bancos amigos de Europa, como el Banco del Gottardo de Suiza, y de paraísos fiscales de Chipre, Liechtenstein, Panamá, Hong Kong y las Islas del Canal británicas. Las fortunas que amasaban podían usarse para actividades del Partido Comunista en el extranjero, para adoptar medidas activas con la que desestabilizar Occidente. Lo más importante era que el proceso en su totalidad lo supervisaba el KGB, cuyos colaboradores dirigían las empresas amigas y controlaban gran parte del Ministerio de Comercio soviético. «Las empresas amigas vendían a precio global lo que habían adquirido. El beneficio nunca regresaba a la Unión Soviética —escribió Valentin Stepankov, el fiscal general encargado de supervisar la investigación—. Todos los contactos con las empresas amigas se llevaban a cabo a través del KGB.»

La historia de aquella búsqueda de la riqueza desaparecida del partido llevada a cabo por los fiscales se perdió enseguida en el tumulto del hundimiento. Pero lo que los fiscales encontraron entonces era un modelo de todo lo que estaba por llegar. Los planes para el contrabando, las empresas amigas y los apoderados se convertirían en el modelo con el que operaría el régimen de Putin y sus operaciones de influencia. El hecho era que partes de aquella élite de la inteligencia exterior del KGB habían empezado a a prepararse para la transición a una economía de mercado ya desde que el anterior director del KGB, Yuri Andrópov, se convirtió en líder soviético en 1982. A principios de la década de 1980, un puñado de economistas soviéticos habían empezado a abordar discretamente la necesidad de acercarse a la economía de mercado, criticando en susurros, en la intimidad de sus hogares, la ineficacia crónica de la economía soviética y publicando clandestinamente tratados sobre la necesidad de reformas. Simultáneamente, existía una creciente conciencia entre el círculo cerrado al mando de los servicios de inteligencia de que la economía soviética se hallaba sumida en una espiral mortal, que resultaba imposible mantener el imperio del bloque del Este, y mucho menos aún ejercer una mayor influencia ni llevar a cabo campañas de desestabilización en Sudamérica, Oriente Próximo, África y Occidente. «Si uno pretende aplicar las políticas propias de un gran imperio, ha de ser capaz de invertir grandes sumas de dinero —comentó una persona que, en aquella época, trabajó estrechamente con altos mandos de la inteligencia exterior de mentalidad reformista—. No estaba a nuestro alcance competir con Estados Unidos. Resultaba muy costoso y muy difícil, quizá imposible.»

A finales de la década de 1990, los jóvenes magnates empezaron a revertir el legado soviético de una producción en descenso, grandes deudas y negligencia. Pero para los miembros de los servicios de seguridad que habían contribuido a crear a aquellos nuevos multimillonarios, el momento de las acciones a cambio de préstamos sería algo que nunca olvidarían ni perdonarían, y constituiría el meollo de la posterior revancha del KGB. Antes, entre bastidores, los hombres de la agencia soviética aún habían sido capaces de controlar gran parte de los flujos de efectivo de la riqueza del país debida al petróleo. Pero ahora los habían adelantado e incluso superado, y en gran medida les habían arrebatado de las manos las riendas económicas. «Ese fue el punto de inflexión en que [los jóvenes magnates] se hicieron con el control —explicó Rair Simonian, aliado de Yevgueni Primakov que había trabajado en las reformas iniciales de la perestroika—. Cambió completamente el paradigma.»
Pero, en aquellos días, los magnates del nuevo orden ruso se sentían embriagados con su nueva riqueza. Se convertían rápidamente en oligarcas que ejercían un dominio considerable sobre el debilitado Gobierno de Yeltsin. Los miembros restantes de los servicios de seguridad de la vieja guardia que habían servido en el Gobierno habían sido expulsados con gran escándalo en el periodo previo a las elecciones presidenciales, y reformadores de tendencia prooccidental como Chubáis tenían vía libre para hacerse con el control. Recién culminado con éxito su plan de ventas de empresas basado en acciones a cambio de préstamos, Potanin asumió el cargo de viceprimer ministro de Yeltsin, mientras que Berezovski fue nombrado secretario del Consejo de Seguridad. Chubáis pasó a ser jefe de la administración del Kremlin de Yeltsin. Se diría que el país era suyo. Las fuerzas del KGB parecían retirarse a un segundo plano.
Uno de los pecados originales de la transición de Rusia hacia la economía de mercado: lo contaminó todo y abrió la puerta a constantes amenazas sobre la legalidad de las posesiones que los jóvenes magnates adquirieron en aquel momento. Pasó a conocerse como la privatización de acciones a cambio de préstamos, un pacto de unos pocos por el que se transfirió la riqueza en recursos del país a manos de los jóvenes banqueros a precio de saldo. Mucho más ágiles financieramente y sobre todo más capaces de acceder a bolsas de efectivo gracias al rápido crecimiento de sus bancos y de los depósitos gubernamentales que custodiaban, los jóvenes magnates superaron a los que habían sido sus mentores en el KGB. La fuerza combinada del KGB y los exdirectores soviéticos consiguió ganar apenas dos de las subastas de acciones en empresas petroleras: el 5 % de una compañía petrolera llamada Lukoil, y el 40 % de Surgutneftegaz, cuyos gestores hicieron todo lo posible por mantener alejados a los jóvenes banqueros. Se cerró el aeropuerto más cercano a la ciudad petrolera de Surgut, en Siberia, donde tenía lugar la venta, y unos guardias armados bloquearon los principales accesos por carretera.
El resto de la industria soviética, en su mayoría, pasó a manos de los jóvenes banqueros, en subastas mayoritariamente consideradas actos amañados. Potanin se llevó el premio tan largamente codiciado por él: la participación mayoritaria en la mayor productora mundial de níquel y platino, Norilsk Nickel, una extensa planta muy por encima del Círculo Polar Ártico cuyos beneficios en 1995 eran de 1.200 millones de dólares. Lo logró ampliando un préstamo de apenas 170 millones de dólares al Gobierno; y cuando, como era de esperar, este, que seguía sin efectivo, no pudo devolver el préstamo una vez que Yeltsin obtuvo la victoria electoral, Potanin tuvo vía libre para hacerse con la empresa en una subasta por poco más del importe del préstamo. Jodorkovski llevaba tiempo detrás de Yukos, una productora de petróleo de la Siberia Occidental que controlaba algunas de las mayores reservas de crudo de Rusia. Se hizo con su control después de prestar al Gobierno 159 millones de dólares a cambio de una participación del 45 %, y pagando después otros 150 millones en inversiones a cambio de un 33 % adicional…

En el extremo suroeste de San Petersburgo, donde el golfo de Finlandia empieza a unirse al Mar Báltico, una maraña de grúas y contenedores destaca frente a las elegantes fachadas de los palacios prerrevolucionarios que se alzan al otro lado de la bahía. En una isla pequeña, montañas de chatarra retorcida y pilas de madera aguardan los contenedores, mientras al otro lado del canal, unas construcciones de ladrillo rojo que en otro tiempo fueron aduanas y almacenes de los primeros barcos mercantes anteriores a la época soviética siguen en pie, medio abandonados entre la maquinaria pesada. A lo lejos, más al oeste aún, un muelle de hormigón conduce al lugar que a veces se conoce como «Golden Gates», una extensión de cemento que acoge las instalaciones de almacenamiento de petróleo y que constituye el destacamento más estratégico de la ciudad, la terminal petrolera que fue el campo de batalla en algunas de las guerras entre malhechores más crueles de la década de 1990.
El archipiélago de islas alberga el puerto marítimo de San Petersburgo, y, a través de sus canales, la historia tumultuosa de Rusia siempre ha transcurrido profunda. Cuando Pedro el Grande fundó la ciudad a principios del siglo XVIII, lo hizo con la esperanza de que se convirtiera en el mayor puerto marítimo de Rusia, un vínculo vital entre las vastas extensiones de tierra eurasiáticas del país con los mercados de Occidente. Miles de siervos se deslomaron hasta morir para materializar su visión de unas mansiones barrocas imponentes y unos canales elegantes que se abrieran paso entre ciénagas gélidas y embarradas. Siempre se pretendió que San Petersburgo fuera la «ventana a Occidente» de Rusia, una ciudad portuaria que sacaría al país a marchas forzadas de su pasado medieval y asiático, al precio que fuera.
A principios de la década de 1990, el puerto era uno de los lugares más oscuros de una ciudad desgarrada por los tiroteos entre bandas y violentas batallas por hacerse con efectivo. «La historia del puerto marítimo es una historia muy sucia y muy criminal», comentó un ex alto funcionario del consistorio de San Petersburgo.
«El puerto estaba totalmente tomado por la criminalidad. Se producían muchos tiroteos», según palabras de un exmiembro de la mayor banda criminal de la ciudad, el grupo de Tambov.
El grupo que finalmente acabó haciéndose con el control formaba parte de la unión entre hombres del crimen organizado y el KGB que llegaron a manejar el cotarro en San Petersburgo durante los años noventa del siglo pasado; y Vladímir Putin se encontraba en su centro.
Lo que salió de ese caos y ese hundimiento —y de la ineficacia de Sobchak— fue una alianza entre Putin, sus aliados del KGB y el crimen organizado que quería dirigir gran parte de la economía de la ciudad en beneficio propio. En lugar de buscar imponer el orden por el bien de la población de la ciudad, el único orden que imponían era, básicamente, el que les beneficiaba a ellos. Sobre todo, el hundimiento soviético se traducía en más oportunidades para su propio enriquecimiento, y más concretamente para que Putin y sus aliados del KGB creasen una especie de «caja B» estratégica con la que mantener sus redes y asegurar su posición en los años venideros. Ese fondo para la extorsión hundía sus raíces en los planes de intercambio de las empresas amigas dirigidas por el KGB. Posteriormente se extenderían hasta el puerto y más tarde aun a la propia terminal petrolífera. Recorriéndolo todo estaba el grupo de Tambov, la organización criminal establecida en San Petersburgo. Según un exagente local del FSB, se trataba de un negocio que consistía en «asesinar y saquear»: «Las manos del grupo de Tambov estaban manchadas de sangre».
Cuando el ayuntamiento empezó a privatizar parte de sus participaciones en el puerto marítimo, Ilia Traber, supuesto mafioso al que posteriormente la fiscalía española citaría como miembro del grupo criminal de Tambov, no desaprovechó la oportunidad.
Sus hombres adquirieron acciones de los trabajadores del puerto, que las habían recibido en forma de vales, tan pronto como se inició su venta. El proceso fue violento. «Se produjeron flagrantes violaciones en la privatización del puerto. Pero todo se tapó», contó un excolaborador de Traber.

Cuando a Putin lo ascendieron de pronto a un cargo de responsabilidad en el Kremlin de Moscú en verano de 1996, uno de los altos mandos del KGB que había observado de cerca su carrera en San Petersburgo se manifestó públicamente satisfecho con él. «Empezó de cero, como funcionario —declaró posteriormente el general Guennadi Belik—. Por supuesto que cometió errores. Para él las cuestiones eran totalmente nuevas… Las únicas personas que no cometen errores son las que no hacen nada. Pero cuando puso fin a sus actividades en San Petersburgo, Vladímir Vladimírovich había crecido mucho.»
Los acontecimientos que acompañaron el ascenso al poder de Putin no auguraban nada bueno. Pero el país se encaminaba rápidamente hacia otra crisis financiera, aunque al parecer nadie se daba cuenta de las señales de alarma. La salud de Yeltsin hacía aguas, y si hay que creer al menos una de las versiones de lo sucedido, los generales del KGB estaban preparando su regreso. Una noche, en Moscú, poco después del crash financiero que arrasó la economía rusa en agosto de 1998, un reducido grupo de agentes del KGB y un estadounidense se reunieron para cenar en privado. Entre ellos se encontraba el exdirector del KGB Vladímir Kriuchkov; Robert Eringer, ex jefe de seguridad de Mónaco, que también hacía de informante del FBI; e Ígor Prelin, asistente de Kriuchkov y uno de los profesores más destacados de Putin en la academia de espías Bandera Roja. Según Eringer, Prelin informó al resto de los invitados de que el KGB regresaría pronto al poder. «Dijo: “Conocemos a alguien. No habéis oído hablar nunca de él. No vamos a deciros quién es, pero es de los nuestros, y cuando sea presidente, nosotros volveremos.»

Entre las cuentas del Banco del Gottardo que revisó, Turover había descubierto tarjetas de crédito de Yeltsin y su familia. Las había emitido el fundador de Mabetex, un belicoso albano-kosovar llamado Behdjet Pacolli, que había trabajado en los bajos fondos de las finanzas y la construcción para el régimen soviético desde la década de 1970.
Según Turover, Pacolli, que había sido ayudante del presidente del Partido Comunista yugoslavo, llevaba mucho tiempo implicado en planes de financiación de dinero negro mediante la venta al régimen soviético de bienes militares de uso dual sujetos a embargo.
A primera vista, las tarjetas de crédito parecían un soborno en toda regla de Pacolli, que había ido directamente a los bolsillos de Yeltsin y su familia y, además, el hecho de que se hubiera ingresado en la cuenta de un banco extranjero era algo que quebrantaba claramente la ley según la cual se prohibía a los cargos rusos la posesión de dichas cuentas. Tatiana, la hija de Yeltsin, se había gastado la mayoría, y existían facturas que ascendían a entre 200.000 y 300.000 dólares todos los años.
Al parecer, Yeltsin habría gastado otro millón de dólares durante una visita oficial a Budapest.
Para los estándares de lo que hoy son los multimillonarios escándalos de corrupción, esas cifras resultan casi irrisorias. Pero en aquella época, la ecuación era totalmente distinta. El equilibrio de poder había virado rápidamente, alejándose del Kremlin y acercándose a la Casa Blanca de Primakov. La vieja guardia y los comunistas ascendían. Después del crash
financiero, los índices de popularidad de Yeltsin estaban más bajos que nunca, en el 4 %. El Partido Comunista, que seguía dominando la Duma, sacó adelante una propuesta de reprobación para llevar a Yeltsin a juicio por todo lo que consideraba como pecados de su mandato, que había sido una montaña rusa constante: la desastrosa guerra de Chechenia que había costado la vida de tantos soldados rusos; la disolución de la Unión Soviética; y lo que según ellos era el «genocidio» de la población rusa: las reformas de mercado que habían causado una caída en picado de los niveles de vida y, en su opinión, la muerte prematura de millones de rusos.
Serguéi Pugachev, el banquero del Kremlin que posteriormente huiría a Londres y después a París. Hombre alto y sociable, experto en el arte de los acuerdos extraoficiales, se había aliado con Borodín al tiempo que el banco que había cofundado, el Mezhprombank, era el principal acreedor del Departamento de Patrimonio del Kremlin.
En aquella época, el Departamento de Patrimonio era un feudo en expansión que controlaba miles de millones de dólares en propiedades retenidas por el Estado tras la caída de la Unión Soviética.
Con la ayuda de Pugachev, repartía apartamentos y dachas, servicios médicos y hasta vacaciones a miembros del Gobierno de Yeltsin. Se trataba de una red de financiación al estilo soviético que, según todos los indicios, se extendía también a la Familia Yeltsin: Pugachev afirmaba que había adquirido un apartamento para Tatiana, la hija de Yeltsin, a través de Mezhprombank.
Los salarios oficiales seguían siendo insignificantes comparados con lo que podía ganarse en la empresa durante el boom de la transición de Rusia a la economía de mercado, y Pugachev insistía en que lo que hacía el Departamento de Patrimonio era la única manera de conseguir que los funcionarios del Estado siguieran siendo honrados, de impedirles aceptar sobornos. Pero, básicamente, ese departamento era la caja B máxima del Kremlin, y otorgaba a Borodín una posición de gran poder, que incluía la potestad de crear o destruir carreras.
Durante años, Pugachev había desarrollado su propia red en el interior de la fiscalía rusa. Como cualquier institución poderosa, era un nido de víboras en la que sus representantes se daban codazos por conseguir puestos y recopilaban kompromat los unos de los otros. El aliado particular de Pugachev era Nazir Japsirokov, el astuto jefe del Departamento de Patrimonio de la fiscalía, una especie de versión en miniatura del departamento del Kremlin dirigido por Borodín. Con el poder de asignar apartamentos y otros beneficios a los fiscales, Japsirokov, que era un maestro de la intriga, exhibía la misma capacidad para hacer o deshacer carreras en la fiscalía que Borodín y Pugachev en el Kremlin. «Básicamente, era mi contacto en la fiscalía —explicó Pugachev—. Él me traía toda la información. Me contó que se estaba organizando un levantamiento contra Yeltsin.

Las fricciones entre Primakov y la Familia Yeltsin fueron inmediatas. Primakov les había puesto la carne de gallina a todos cuando, horas antes de que Skurátov fuera convocado al Kremlin y se le planteara la posibilidad de dimitir por la cinta comprometida, había pedido que se dejara espacio libre en las cárceles de Rusia para que cupieran los empresarios y los funcionarios corruptos.
Pero en el Kremlin eran muchos a quienes aún preocupaba que Yeltsin hubiera ido demasiado lejos al nombrarlo como su sucesor preferido. «Muchos de nuestros colegas consideraban categóricamente que Yeltsin no debía hacerlo, porque Putin era un ente desconocido y Yeltsin contaba solo con el 5 % de apoyo político. Pensaban que, tras ese anuncio, Putin nunca ganaría», explicó Yumashev.
Al mundo exterior le parecía que la Familia Yeltsin estaba asumiendo un riesgo enorme. Pero se habían puesto en marcha otros planes. La escalada en la ofensiva militar rusa contra Chechenia ya estaba sometida a debate, según diría Stepashin más tarde.
Para los burócratas y agentes de prensa del Kremlin era más importante transformar al candidato que se les había presentado en una fuerza a tener en cuenta. A primera vista, el material no parecía demasiado prometedor. La gente aún hablaba de Putin en las reuniones. El plan era modelarlo a imagen y semejanza de los héroes televisivos de ficción más populares en la época soviética.
Pugachev tampoco tenía noción de que Putin pudiera representar algo parecido al Plan B del KGB, una vez que fracasó la toma del poder por parte de Primakov. Él siempre aseguró que veía en Putin a alguien al que podía controlar. No se dio cuenta de que podía estar engañando a la Familia cuando aparentemente los apoyaba. Putin «los engañó», comentó Turover. «La guerra se basa en el engaño. Esa es la estrategia de Sun Tzu, que escribió El arte de la guerra hace 2.600 años», en referencia al antiguo tratado militar chino. «Putin aprovechó muy bien sus lecciones de judo.

Las consecuencias de la decisión de la Familia Yeltsin de apoyar a Putin, de salvarse a sí misma de los ataques de Primakov y los fiscales, se dejarían sentir durante las décadas siguientes en Rusia y por todo el mundo. Nunca sabremos qué habría ocurrido si Primakov hubiera asumido la presidencia. Pero no es arriesgado afirmar que su versión de la revancha del KGB nunca habría durado tanto como la de Putin, ni él, en último extremo, habría actuado tan despiadadamente en el escenario internacional. Su vínculo con la era comunista lo habría convertido en blanco de una reacción en su contra. Habría parecido un dinosaurio del pasado, mientras que una presidencia de Stepashin habría sido mucho más blanda, y habría sido menos probable que se diera el retroceso en las libertades que trajo consigo el régimen de Putin.
La Familia Yeltsin se sentía segura en la creencia de que Putin protegería su seguridad y sus fortunas de un posible ataque. Cuando Yeltsin había acordado despedirse antes de tiempo, entre bastidores habían llegado a un pacto con su sucesor, según un aliado próximo a Putin y un ex alto cargo gubernamental.
Uno de los primeros actos de Putin como presidente en funciones había sido aprobar un decreto que otorgaba inmunidad a Yeltsin. Pero es que por debajo de la mesa también se había llegado a un acuerdo mucho más general. «Las negociaciones que tuvieron lugar para la llegada de Putin al poder y la renuncia de Yeltsin tenían que ver con el patrimonio —explicó Andréi Vavílov, viceministro primero de Finanzas de la época—. El tema de aquellas negociaciones tenía que ver con el patrimonio, y no con la estructura de la sociedad… Todos se olvidaron. Todos creían que la democracia seguiría donde estaba, sin más. Todo el mundo pensaba solamente en sus intereses personales.

Mientras Vladímir Putin avanzaba, solo, por los salones abovedados del Gran Palacio del Kremlin, parecía empequeñecido por lo majestuoso de la ceremonia de toma de posesión presidencial. Solemne, esbozando apenas una sonrisa, con la mirada baja y una ligerísima cojera, vestía un traje oscuro que se distinguía poco del atuendo de un oficinista cualquiera en un día de trabajo. Lo habían adiestrado para parecer discreto y pasar desapercibido, para encajar en cualquier parte. Pero ese día, unos heraldos ataviados con el uniforme imperial, de blanco y oro, anunciaban con trompetas su entrada, mientras los altos funcionarios del Estado que atestaban los salones dorados del palacio aplaudían todos y cada uno de los pasos que daba sobre la alfombra roja que lo conducía hasta el Salón Andréyevski.
Era 7 de mayo de 2000, y el kandidat-rezident había llegado al Kremlin. El exagente del KGB que apenas ocho meses antes era uno más de los muchos burócratas sin rostro, estaba a punto de asumir la presidencia de Rusia. El oro que recubría paredes y lámparas era testigo tanto del plan de los hombres del KGB para recuperar el esplendor de la Rusia imperial como de los fraudulentos contratos de Mabetex que habían devuelto al Kremlin algo más que grandeza prerrevolucionaria y habían ayudado a aupar a Putin al poder.
Nunca hasta entonces se había visto tanto esplendor en una ceremonia de toma de posesión: era la primera vez que los recién restaurados salones del palacio se abrían para una ceremonia de Estado; y nunca, en la historia del país, se había producido un traspaso pacífico de poderes de un presidente a otro. Debió de ser una píldora difícil de tragar para Borís Yeltsin verse rodeado de todo aquel brillo y aquel oro que habían acabado siendo su perdición.
Cuando Putin asumió la presidencia, el poder de los oligarcas de la era Yeltsin aún era mucho. Los empresarios de Moscú que habían sido catapultados gracias a los primeros experimentos de mercado de la perestroika con el apoyo del KGB se habían independizado hacía mucho de sus antiguos mentores y habían llegado a lo más alto del poder ruso. Ya se habían apoderado de una porción considerable de la economía del país cuando se aprovecharon de la vulnerabilidad de Yeltsin en vísperas de las elecciones de 1996 y lo convencieron para que entregara las joyas de la corona de la industria del país. Las subastas de acciones a cambio de préstamos consolidaron prácticamente el 50 % de la riqueza de Rusia en manos de siete empresarios, al tiempo que Yeltsin se volvía cada vez más dependiente y débil. Para asegurarse su reelección de 1996 había dependido, en parte, de financiación procedente de los oligarcas, y estos se habían acostumbrado a desempeñar un papel en el que no solo apoyaban algunas de las normas del régimen, sino que las dictaban.
Se estima que unos 20.000 millones de dólares en efectivo habían inundado cuentas bancarias de Occidente desde 1994, mientras las arcas del Estado durante los mandatos de Yeltsin se vaciaban.
Los fondos que oligarcas como Jodorkovski y Berezovski habían almacenado en el extranjero habían debilitado hasta tal punto el Estado ruso que los hombres del KGB defendían que el país se encontraba al borde de la debacle.

Borís Berezovski representaba el oligarca arquetípico de la era Yeltsin a ojos de los hombres de Putin, que lo denigraban, lo detestaban y lo temían a partes iguales. Era el paradigma del que conseguía acuerdos gracias al trato de favor recibido durante los años de Yeltsin, en que un reducido círculo de empresarios negociaba entre bastidores los mejores activos y puestos en el Gobierno. Los vínculos que cultivaba con los líderes separatistas de Chechenia lo hacían detestable a ojos de los hombres del KGB, especialmente de Pátrushev, que odiaba a todo el que se relacionara con los chechenos. Berezovski había apoyado al líder separatista Aslán Masjádov, y había colaborado en alcanzar un acuerdo de paz tras la primera y desastrosa guerra de Chechenia del Gobierno de Yeltsin, durante la que miles de soldados rusos —y muchos más civiles chechenos— habían perdido la vida.
Putin y sus hombres estaban poniendo en práctica las tácticas más que contrastadas de los días en San Petersburgo, cuando lo único que tenían que hacer para apoderarse del puerto de la ciudad y de la Flota del Mar Báltico era meter en la cárcel a sus directores. Pero en aquella etapa inicial de su mandato, habrían podido hacer muy poco sin la ayuda de los cargos del Kremlin que aún quedaban de la era Yeltsin. «Ellos [la Familia Yeltsin] fueron los que pensaron los planes para poner a todos los medios de comunicación en manos del Estado, lo que llevó a la práctica destrucción de todos los medios independientes —explicó Leonid Nevzlin, el que había sido magnate de Menatep y observaba atentamente todo lo que ocurría desde la banda—. Ellos se lo entregaron a Putin… Deberíamos haber visto a dónde conduciría todo aquello en el primer año de mandato de Putin. Pero queríamos seguir viendo las cosas de color de rosa, porque económicamente todo lo demás parecía ir bien.»

La industria petrolera, en manos privadas, iba a plantear una mayor dificultad y un reto mucho mayor. En San Petersburgo, los silovikí
habían conseguido doblegar a su antojo a las fuerzas del orden y expulsar a sus rivales. Pero enfrentarse a los oligarcas de Moscú era otra cosa completamente distinta. Por más poder que tuvieran a través del FSB, los seguidores de Putin aún no habían consolidado su control en todo el sistema de las fuerzas del orden, y además los magnates de Moscú eran figuras bien establecidas, muy conocidas en Occidente, que habían creado empresas con las que se comerciaba en los mercados occidentales. Estaba en juego la capacidad del país de atraer inversiones extranjeras, algo que el pragmático Putin entendía aún como fundamental para acelerar la recuperación económica rusa tras el hundimiento de los años noventa.
Los silovikí iniciaron entonces, de manera discreta, lo que acabó conociéndose como «Operación Energía». La Familia Yeltsin seguía sintiéndose segura en su creencia de que Putin era un defensor de la economía de mercado. Para ellos se trataba de un presidente en formación que aún estaba aprendiendo el manejo del Gobierno. Durante el primer año de su mandato, recibía clases intensivas inglés, de lectura rápida de documentos y de administración e historia del Estado ruso, según un banquero vinculado al KGB que estaba familiarizado con la cuestión y que explicó: «El sistema de preparación de líderes se había venido abajo».
La Familia Yeltsin seguía creyendo firmemente en la lealtad de Putin y en su obediencia a ellos. Al parecer, también creía que, durante el primer mandato del nuevo presidente, podría seguir manejando la mayor parte de la economía, al tiempo que Putin, en un primer momento, parecía dar a entender que no pretendía ir más allá. La Familia se sentía tan cómoda, y era tan poco consciente de cualquier ambición que los hombres del KGB de San Petersburgo pudieran albergar en relación con la industria petrolera, que empezó a diseñar planes para privatizar la gran petrolera estatal que quedaba, Rosneft. Román Abramóvich se había fijado en ella hacía tiempo.
La batalla había llegado a un punto en que al KGB le parecía que podía justificar su toma de activos diciéndose a sí mismo que estaban impidiendo la entrega de los mayores recursos petrolíferos a Occidente. «Yukos tenía la intención de entregar la mayor parte de sus activos a Occidente —expresó uno de ellos—. La capitalización que [Jodorkovski] creó como un rayo, todos esos activos se habrían ido volando al extranjero a través de empresas offshore falsas. Si no lo hubiéramos impedido, no habríamos mantenido el control de nuestras industrias petrolera y gasística. Nos habríamos convertido en sirvientes de los industriales occidentales por mucho tiempo.
Y así, en los días que siguieron a la detención de Jodorkovski, el resto de los multimillonarios del país asistieron horrorizados a la confiscación, por parte de la fiscalía, de su participación de 15.000 millones en YukosSibneft. Putin les expuso con firmeza que no dialogaría sobre el arresto, y el mercado de valores inició una caída libre. El lunes inmediatamente posterior a la detención, Putin hizo pública una respuesta brusca e inequívoca a la petición de claridad solicitada por los oligarcas: «No habrá más reuniones ni negociaciones sobre las actividades de las fuerzas del orden siempre y cuando estas se mantengan dentro de la legalidad. Todo el mundo ha de ser igual ante la ley, independientemente de los miles de millones de dólares que alguien pueda tener en su cuenta personal o corporativa. Si no, nunca enseñaremos ni podremos obligar a nadie a pagar impuestos ni derrotaremos al crimen organizado y la corrupción».
Era una nueva era. Putin se había desprendido de gran parte de las dudas que habían marcado los dos primeros años de su presidencia. Los nuevos señores del Kremlin estaban listos para repartirse los recursos estratégicos del país. Ya no había marcha atrás, ni para Putin ni para sus hombres.

Los discursos de Putin sobre el estado de la nación se habían centrado casi por completo en la economía, en medidas para duplicar el PIB, para crear una vida «cómoda» para los ciudadanos rusos, y en una mayor integración del país a la economía global y a Europa. «La expansión de la Unión Europea no debería acercarnos más solo geográficamente, sino también económica y espiritualmente», había declarado en su discurso del año anterior.
Pero en el de ese año había un giro distinto: «Rusia debe proseguir en su misión civilizadora del continente euroasiático. Consideramos de vital importancia el apoyo internacional al respeto de los derechos de los rusos en el extranjero, respeto que no puede estar sujeto a intercambios políticos o diplomáticos».
Rusia delimitaba su esfera de influencia, aunque con retraso, en las antiguas repúblicas soviéticas. Había emprendido una nueva trayectoria: construir un puente hacia su pasado imperial.

Cuando, en 2004, Mijaíl Jodorkovski entró esposado en una sala de vistas llena a rebosar, estaba a punto de iniciarse un juicio que cambiaría el rumbo de la economía rusa y subvertiría el sistema judicial del país en beneficio de los hombres de Putin. Nadie había visto a Jodorkovski desde que había sido detenido un amanecer en aquella pista de aterrizaje siberiana. Pero ahora se encontraba ahí, tras los barrotes de una jaula metálica en que las draconianas reglas judiciales de Rusia dictaban que debían sentarse los acusados. Así, su caída en desgracia era visible a ojos de todos. Las juezas eran tres mujeres de altos peinados altos, que observaban con rostro grave desde la tribuna de tarima a los guardias armados que rodeaban la jaula.
El derribo de Jodorkovski daría carta blanca a los hombres de la seguridad de Putin, hasta el punto de que en 2012 más del 50 % del PIB de Rusia se encontraba bajo el control directo del Estado y de unos empresarios estrechamente vinculados a Putin, en lo que constituía un cambio de tendencia de gran alcance y rapidez desde la celebración del juicio de Jodorkovski, cuando más del 70 % de la economía se hallaba en manos privadas.
Además, propició una economía oculta de dinero negro en los renacidos servicios de seguridad, obtenido en parte de los sobornos de aquellas extorsiones, un dinero que permitió a una legión de agentes del FSB y otros cuerpos policiales poseer todoterrenos personalizados y pisos palaciegos muy por encima del poder adquisitivo dictado por sus salarios. Los agentes de seguridad tuvieron acceso ilimitado a informaciones privilegiadas gracias a las cuales cerraban tratos que les hicieron ganar billones de rublos en efectivo, que sacaban del país y posteriormente blanqueaban en cuentas de Occidente.

El Kremlin ya había empezado a actuar con considerable astucia. Entre bastidores, banqueros de inversión occidentales, como Charles Ryan, el ciudadano estadounidense que dirigía otra agencia de correduría en Moscú, el United Financial Group, asesoraban al Gobierno sobre la adquisición de Yukos. Cuando, a mediados de septiembre, Putin anunció que revertía uno de los mayores logros de la transición de Rusia hacia la democracia, la elección de gobernadores, en respuesta a la tragedia de Beslán, la noticia podría haberse leído como un mal presagio en el contexto del creciente e indudable empeño del Estado de desmembrar y apoderarse de Yukos.
Pero Putin recibió una agradable sorpresa por parte de algunos inversores extranjeros. Un día después de que el Kremlin anunciara la suspensión de las elecciones a gobernador, comunicó a los mercados que tenía la intención de crear la mayor compañía energética del mundo con la fusión de Gazprom, el gigante gasístico controlado por el Estado, y la última empresa petrolera estatal que quedaba, Rosneft, para concebir un mastodonte que controlaría las segundas mayores reservas de todo el mundo, solo por detrás de las de la saudí Aramco, y cinco veces mayor que su equivalente más cercano en Occidente, ExxonMobil. A diferencia de Aramco, se abriría a la inversión extranjera para que participara de ella.
El pacto propuesto era testimonio de la audaz ambición global de Putin y su círculo en una época en la que crecía el interés occidental por el papel de Rusia como suministrador de energía a causa de los conflictos en Oriente Próximo. Se trataba de un gran cambio de rumbo respecto a lo que ocurría hacía apenas seis meses, cuando el primer ministro Mijaíl Kasiánov expresó su voluntad de fraccionar Gazprom, a la luz de unas reformas de inspiración liberal, a fin de reducir su control monopolístico del sector del gas. Putin lo había rechazado de plano, y el nuevo proyecto de fusión del monopolio gasístico con Rosneft era un símbolo claro de las intenciones gubernamentales, que eran de dominio estatal del sector energético.
En todo caso, para los inversores occidentales, aquello era una buena noticia. El fortalecimiento del control estatal sobre la economía, que habían temido desde hacía tanto tiempo, se combinaba con la interesante perspectiva de obtener una porción de ese nuevo gigante de la energía. El trato haría aumentar la participación estatal en la fusionada GazpromRosneft hasta un mayoritario 51%, y de manera automática se levantarían las restricciones sobre el número de acciones que los inversores extranjeros podían poseer en Gazprom. El Gobierno de Putin llevaba mucho tiempo contemplando aquellos planes de supresión de las restricciones, conocidas como «cerca protectora»; ahora parecía que finalmente habían conseguido la luz verde, lo que hizo que el precio de la acción se disparara. Los inversores occidentales salivaban pensando en el dinero que podían ganar haciendo negocios con ese nuevo mastodonte estatal.
Todo estaba preparado ante la que prometía ser la venta del nuevo siglo para el Kremlin: la subasta por medio de la cual uno de los mayores premios de la industria petrolera había de volver a manos del Estado con la aprobación y la participación de instituciones bancarias occidentales y, para colmo, de las grandes compañías petroleras. Pero apenas cuatro días antes de la fecha prevista para la venta de Yugansk, la cúpula directiva de Yukos, aún liderada por Theede y Misamore desde el exilio de Londres, dio un paso al frente en un último acto de desafío. El golpe llegó sin previo aviso. Sin hacer ruido, habían presentado en un tribunal de Houston la quiebra de Yukos, acogiéndose a lo que en Estados Unidos se conoce como «Capítulo 11», y se les concedió una paralización temporal de la venta.
De pronto, las instancias occidentales que apoyaban a Gazprom se retiraron. Los directivos de Yukos habían defendido que la empresa quedara bajo la protección del sistema judicial estadounidense porque los inversores minoritarios norteamericanos poseían un 10 % de las acciones, además de porque la gran compañía petrolera tenía «negocios significativos» en Estados Unidos.
Aquel movimiento de última hora enfureció sobremanera a Putin. «No estoy seguro de que [el juez] sepa siquiera dónde está Rusia», soltó.
Insistiendo en que los tribunales estadounidenses no eran competentes para juzgar lo que ocurría en Rusia, el Kremlin siguió adelante con la venta. Pero para Gaz­prom los riesgos de pujar en la subasta eran demasiado altos. Su posesión de una maraña de activos en Occidente —instalaciones de almacenaje, nudos de intercambio y empresas mixtas para la distribución de gas en Europa— la hacía vulnerable a querellas si decidía participar en la venta violando así la orden judicial estadounidense. Pero en cambio la vía quedaba expedita para que Ígor Sechin, el silovik al que muchos, en el mundo de la banca, habían empezado a apodar «el señor oscuro» por su propensión a las intrigas y su despiadada ambición, presentara otra oferta por Yugansk. Rosneft, su gran petrolera, no contaba con activos en Occidente. Se suponía que la venta de Yuganskneftegaz había de ser lo contrario a aquellas subastas de trastienda en las que se concedían acciones a cambio de préstamos, con que se habían transferido a precios de saldo las joyas de la corona de la industria soviética a manos de un puñado de magnates bien conectados. Aunque Yukos la había considerado un robo, el Gobierno ruso buscaba presentar la venta como un procedimiento acorde a las reglas normales del mercado. Como si quisieran recalcar la diferencia entre las ventas a puerta cerrada de los noventa, habían invitado a periodistas a observar el desarrollo de la subasta, que se transmitía en directo a través de dos pantallas en la lujosa sala de prensa del Fondo Federal Ruso de la Propiedad.
Se suponía que sentaría un nuevo precedente de transparencia.

Los efectos colaterales de la venta de Yugansk habían ayudado a Putin a encontrar un punto débil crucial en la armadura de Occidente: los intereses económicos siempre acabarían pesando más que las dudas sobre el respeto a la ley y a la democracia de su régimen. Formaba parte de una extendida complacencia —y hasta cierto punto arrogancia— de Occidente la creencia de que Rusia ya no representaba un peligro, que tras el desmembramiento de la Unión Soviética, la caída había sido tan profunda que lo único que le quedaba por hacer a Occidente era encontrar la manera de llevarse una parte de sus riquezas energéticas, al tiempo que la integración del país a los mercados europeos haría que, con el tiempo, Rusia se convirtiera en parte de una globalización dominada por Occidente en la que se regiría por las mismas reglas que otros países. Pero para Temerko, Estados Unidos parecía haber llegado a un pacto de no agresión con Rusia que había dado luz verde a Putin y a sus hombres para actuar como quisieran.
Se abría la puerta para que el Kremlin controlara unos movimientos de efectivo cada vez mayores, algo que algún día le permitiría desafiar a Occidente. Su apropiación del sector petrolero recibió otro visto bueno occidental en verano de 2006, cuando Rosneft lanzó una oferta pública de acciones por un valor de salida de 10.400 millones de dólares en mercados occidentales. Para entonces el valor de la compañía se había tasado en 80.000 millones, un gigantesco incremento desde los 6.000 millones antes de la adquisición de Yugansk. BP se llevó una participación de 1.000 millones, y otras grandes empresas petroleras internacionales también adquirieron paquetes significativos de acciones.
Inversores de todo el mundo apostaban por un apoyo sostenido del Kremlin a la apropiación, por parte del gigante petrolero, del resto de Yukos, así como por un gran incremento en los precios del petróleo a nivel global. Todo ello servía para legitimar el régimen de Putin y para permitir su cada vez mayor integración en los mercados occidentales, expandiendo la influencia del Kremlin.

El Kremlin de Putin maniobró rápidamente para sellar su control. Ese fue el principio de lo que llegaría a conocerse ampliamente como ruchnoye upravleniye, o régimen manual, por el que la mecánica de cada proceso iba a ser estrictamente gobernada por los hombres del Kremlin. Putin siempre había insistido en que el juicio por el caso Yukos no tenía nada que ver con él, ni con el Kremlin. Pero desde el principio, cada decisión, cada movimiento, había sido supervisado desde cerca. El asalto al sistema judicial se había iniciado con acusaciones y murmuraciones de que los jueces habían aceptado sobornos de los opositores al Kremlin. Los jueces, entonces, intentaban contrarrestar aquellas insinuaciones y demostrar su lealtad dictando unas sentencias que estuvieran en perfecta consonancia con las órdenes del Kremlin, según un patrón que se remontaba a los tiempos soviéticos, cuando los colegas se espiaban y se delataban entre ellos, cuando todo el mundo estaba bajo sospecha y bajo estricta vigilancia.
En realidad, la paranoia nunca se había ido del todo. Y ahora el país regresaba a la época en la que todo el mundo se dividía en «nosotros y ellos», en que existía el temor a un enemigo exterior que trabajaba para corromper el sistema. Pero, en un nuevo giro de los acontecimientos, ahora serían los jueces los que resultarían manchados por el Kremlin.
El país regresaba a las épocas del gulag. Se instauraba de nuevo el sistema soviético de la «ley del teléfono». El Kremlin se había hecho con el control del poder judicial. Se afianzaba el poder de los servicios secretos. Jodorkovski, el que hasta hacía poco había sido el hombre más rico del país, se pudría en un centro penitenciario de Krasnokamensk. Y Occidente había sido cómplice en todo el proceso.

Mientras Moscú vivía consternada por el asalto a Yukos aquel verano de 2004, diversas transacciones en la bolsa de la ciudad pasaban desapercibidas. Se habían vendido acciones de Sogaz, una aseguradora poco conocida que pertenecía a Gazprom, y la operación se había llevado a cabo en tres tramos: primero, un 49,9 %, después otro 26 % y finalmente el 12,1 %.
En un primer momento la operación no despertó interés. Resultó que aquellas acciones las habían vendido a precio de descuento tres oscuras empresas relacionadas con el Banco Rossiya, la entidad financiera de San Petersburgo que en su día había sido vehículo para fondos del Partido Comunista y, posteriormente, para aliados de Putin vinculados al KGB.
Las transacciones habían tenido lugar discretamente, lejos del ruido de las discusiones gubernamentales y los edictos que solían acompañar las ventas de aquellos activos del Estado. Durante años, el Gobierno había abordado lo que debía hacer con Sogaz y los demás activos financieros que había acumulado Gaz­prom. Pero en lugar de plantear una subasta, en vez de que bancos de inversión occidentales se llevaran activos hinchados, tal como Kasiánov y otros en su Gobierno habían debatido, la venta se había producido sin avisar, en la bolsa.
Cuando Putin asumió la presidencia, Petromed se convirtió en un centro en el que se recaudaban centenares de millones de dólares en donaciones, teóricamente para adquirir equipos médicos de Siemens y General Electric con las que poner al día la Academia Médica Militar de San Petersburgo.
Aquellas donaciones eran vistas por algunos, básicamente, como tributos que pagaban los oligarcas al nuevo zar ruso, y según Kolésnikov algunas de aquellas donaciones, posteriormente, se convirtieron en parte de una «caja B» para el mandato de Putin. Un gran porcentaje de ese dinero se usó para financiar la rápida expansión del Banco Rossiya. A este le proporcionó efectivo con el que adquirir la compañía aseguradora de Gazprom, y sirvió también para que Gorelov y Shamalov se hicieran con acciones del Banco Rossiya. Para entonces, Matthias Warnig, el exagente de la Stasi con el que Putin también había colaborado estrechamente en las transferencias de tecnología, ya se había convertido en presidente de la entidad financiera. Se trataba de una señal clara de que las antiguas redes del KGB de Putin no solo estaban siendo preservadas: se estaban resucitando para después inyectarles decenas de miles de millones de dólares desviados de Gazprom.
Gazprom entregaba decenas de miles de millones de dólares en activos industriales y de medios de comunicación a cambio de nada. En primer lugar, estaba el imperio de comunicación federal que Gazprom había acumulado, y que incluía la NTV, que en otro tiempo había sido el canal televisivo indomablemente independiente de Gusinski. Un año antes de culminarse el intercambio de activos, Gazprom había vendido sus acciones en medios de comunicación a Gazprombank por 166 millones de dólares. Apenas dos años después, una vez que ese imperio mediático ya se encontraba bajo el control firme de Kovalchuk y el Banco Rossiya, Dmitri Medvédev, jefe de gabinete de Putin de San Petersburgo, estimó que el valor de esos mismos activos en medios de comunicación era de 7.500 millones de dólares, lo que convertía a Kovalchuk en el magnate mediático más importante del país, a la cabeza del mayor conglomerado de medios de comunicación «en manos privadas». El imperio se había expandido e incluía Channel One, en otro tiempo propiedad de Berezovski, y dos canales más pequeños, Ren TV y STS, así como uno de los periódicos más respetados del país, Izvestia, y su tabloide más leído, Komsomolskaya Pravda…

Cada vez más, Londres era conocida como Londongrado, o Moskva-na-Thames [La Moscú del Támesis], y dos de los multimillonarios más ricos de Rusia, Román Abramóvich y Alisher Usmánov, magnate uzbeko de los metales cuyo negocio siempre había ido de la mano del Estado ruso, se instalaron en la ciudad y pasaron a ocupar los primeros puestos en las listas de personas más acaudaladas del Sunday Times. En representación de los dos magnates, se negó categóricamente que ninguno de los dos hubiera buscado corromper a la élite política británica ni infiltrarse en ella en modo alguno.
A un magnate ruso ese proceso le recordaba a una vieja anécdota soviética que circulaba muchos años atrás. En aquella época, cuando la Unión Soviética se precipitaba hacia la quiebra, el KGB se disponía a enviar a un agente a Estados Unidos. Ese agente se había inventado una historia muy atractiva para pasar desapercibido: a su llegada a América se haría pasar por un hombre rico, dueño de una flota de yates y de una imponente mansión. La alta sociedad estadounidense le rendiría pleitesía. Le contó a su jefe del KGB lo bien que funcionaría ese plan, y el jefe lo apoyó con absoluta convicción. Pero cuando llegó el momento de buscar la aprobación del Departamento de Finanzas del KGB, la idea hubo de modificarse. Al agente le informaron de que no había dinero para semejante plan. Así pues, lo que tendría que hacer sería llegar a Estados Unidos como persona sin techo y sin dinero. «Esa era la situación —contó el magnate—. Y ahora el sueño se ha hecho realidad. Ahora tienen grandes yates y aviones privados. Y aquí poseen sus grandes casas. Es todo un grupo el que ha desembarcado en Occidente. La infiltración en el Reino Unido ha funcionado.

Nada de todo ello habría importado si los hombres del KGB que dirigían Rusia hubieran pretendido usar la riqueza del país para fortalecer el mercado y las instituciones democráticas en vez de perpetuar y aumentar su propio poder. No habría constituido un problema si los silovikí de la línea dura que rodeaban a Putin hubieran visto Occidente como un posible socio, y no cada vez más como un enemigo decidido a debilitar a Rusia en tanto que potencia mundial.
Pero provenían de un mundo en que la Guerra Fría nunca había terminado del todo, en el que lo único que importaba era recuperar el poderío geopolítico de Rusia. El suyo era un universo en el que, desde los inicios de la transición del país hacia una economía de mercado, facciones del KGB habían visto el capitalismo como instrumento mediante el cual, algún día, ajustar cuentas con Occidente, un mundo en el que Putin creía que podía comprar a cualquiera. Para la gente de Putin, la penetración de Occidente, a través de una OTAN que cada vez estaba más cerca de las fronteras rusas, suponía una amenaza para su existencia misma, mientras que los movimientos democráticos que habían derrocado a los Gobiernos prorrusos de Ucrania y Georgia se veían como revoluciones financiadas por Estados Unidos y no como la expresión de la libre voluntad popular.
Esas paranoias habían nacido del hundimiento del imperio, se habían afianzado en la amarga derrota del sistema comunista. El problema era que quienes las padecían eran un grupo de hombres del KGB que cada vez se mostraban más despiadados en su afán de poder.
Putin había dejado muy clara su postura durante su primera alocución ante los líderes mundiales, en la Conferencia Anual de Seguridad de Múnich de febrero de 2007. Muchos creían que ese sería su último año de presidencia. Pronto concluiría su segundo mandato, y según la Constitución debería dar un paso al lado. Pero desde el primer momento advirtió combativamente a quienes lo escuchaban que quizás a algunos de ellos no les gustaría lo que estaba a punto de decir.

Mientras crecían las fortunas de los hombres de Putin en el KGB que formaban parte de su séquito, hombres como Serguéi Pugachev preparaban su salida. Pugachev se había convertido en un anacronismo, en el símbolo de una era diferente, de los años de Yeltsin y la transición hacia Putin, del tiempo en que los negocios eran mucho más libres. Tras el ataque a Jodorkovski, Pugachev se había visto gradualmente relegado. «Tras esa toma del poder por parte del KGB, yo ya no podía seguir ejerciendo ninguna influencia —dijo—. Llegaron como un tsunami.»
En cierto momento del segundo mandato de Putin, abandonó su despacho en el Kremlin. Parecía no necesitarlo ya, y llamaba demasiado la atención. Siguió manteniéndose cerca de Putin hasta cierto punto; le ayudó a organizar unas vacaciones junto al príncipe Alberto de Mónaco en verano de 2007 en la remota región de Tuvá, cercana a la frontera con Mongolia, que Pugachev representaba como senador. Allí, rodeados del esplendor de los montes siberianos, los dos hombres pescaron en el río Yenesei, y fue allí donde Putin posó por primera vez sin camisa, en una imagen que se ha hecho célebre, presentándose como macho heroico.
Hacía tiempo que el sistema de dinero negro usado para corromper a funcionarios había ido más allá de los primeros apoderados de régimen de Putin, más allá de Timchenko, Kovalchuk y Rotenberg, y se había extendido a todos los multimillonarios rusos que actuaban como pantallas a instancias del Kremlin. «Todos reciben llamadas para que envíen dinero para esto o aquello. Todos dicen: “Lo daremos. ¿Qué más necesitáis?”. Así funciona el sistema. Todo depende de la primera persona, porque tiene un poder ilimitado. Todos están dispuestos a trabajar con esas reglas. Y los que no lo están, o se encuentran en la cárcel o en el extranjero.»
Si la Unión Soviética había llevado a cabo operaciones de influencia en las profundidades de Oriente Próximo y África, ahora el capitalismo del KGB de Putin había penetrado en Europa. «Ese dinero negro es como una bomba atómica sucia —comentó Pugachev—. En ciertos sentidos está ahí, en otros sentidos no lo está. Hoy en día resulta mucho más difícil de rastrear.»
Para el Gobierno ucraniano, lo que el Kremlin le estaba haciendo a su país era un aviso de que Rusia podía pretender ampliar sus actividades para alterar y dividir Occidente. «Rusia intenta crear turbulencias en la UE apoyando movimientos políticos de extrema derecha —expuso Arseni Yatseniuk, primer ministro ucraniano prooccidental a principios de 2015—. Se trata de una copia exacta de lo que hicieron en Ucrania.»

En marzo de 2012, abatieron a tiros a un banquero ruso en plena calle en el momento en que se disponía a entrar en su domicilio de las inmediaciones de Canary Wharf, una de aquellas tramas empezó a aflorar. El banquero, German Gorbuntsov, era copropietario de una cadena de bancos a través de los cuales grandes contratistas, junto con los Ferrocarriles Rusos estatales de Yakunin, habían desviado miles de millones de dólares en contratos en efectivo y, posteriormente, habían blanqueado las ganancias.
Gorbuntsov se había visto atrapado en un fuego cruzado entre poderosos funcionarios del Estado y grupos del crimen organizado en disputa por el dinero que había desaparecido en el crash financiero de 2008.
El alto cargo ruso que dirigía Ferrocarriles Rusos en la época en que el dinero de los contratos se desviaba a través de la trama moldava llevaba mucho tiempo activo en Occidente, creando una red de alianzas y think tanks que alcanzaba a las altas esferas de los servicios de seguridad en Alemania, el Parlamento británico y los círculos superiores de la política francesa. Vladímir Yakunin, el ex alto cargo del KGB del círculo íntimo de Putin, había dejado ser director de Ferrocarriles Rusos dos años antes de que al hijo de un estrecho aliado, Andréi Krapivin, le encontraran 277 millones de dólares de la Lavandería Moldava en sus cuentas bancarias. Yakunin asegura que no tenía ningún conocimiento de esas maquinaciones financieras.

A diferencia de Soros, que era una figura pública, Maloféyev operaba en la sombra. Nunca hacía público su presupuesto ni cuáles eran sus pretensiones. Y a diferencia de la apertura liberal propugnada por la Open Society de Soros, los hombres de Putin querían promover una ideología basada en los valores eslavos compartidos de la ortodoxia rusa, que predicaban casi lo contrario a los valores occidentales de tolerancia. La ortodoxia rusa se consideraba a sí misma la única fe verdadera, y para ella todo lo demás era herejía. Defendía que los derechos individuales debían subordinarse a la tradición y al Estado, y que la homosexualidad era pecado. Los hombres de Putin en el KGB habían escogido, para impulsar el retorno del imperio ruso, una lógica ideológica que atraía a aquellos que se sentían dejados de lado en el tumulto de la globalización, así como a las personas con vulgares prejuicios innatos. Recurrían a filósofos antes marginados, como Aleksánder Duguin, pensador político barbudo que parecía salido de las páginas de una novela de Dostoyevski, para proponer teorías sobre el destino de Rusia en tanto que imperio euroasiático que asumiría el lugar que por derecho le correspondía como verdadera y única potencia, como la Tercera Roma. Hacía tiempo que buscaban una ideología que uniera a sus aliados contra el Occidente liberal, y Putin llevaba años debatiendo aquellas ideas, así como los planteamientos de otros imperialistas exiliados de la Rusia Blanca, con De Pahlen y el resto de los financieros de Ginebra.
Los esfuerzos de Rusia no se basaban solo en el establecimiento de lazos empresariales, ni en el empeño de romper la unidad de Occidente sobre las sanciones. A través de agencias estatales como Rossotrudnichestvo y Ruski Mir, una red de think tanks
había empezado a echar raíces en París. El ruso Instituto para la Democracia y la Cooperación abrió sucursal en una calle tranquila del 7e arrondissement en 2008. Pretendía ser la respuesta rusa al Legado Carnegie para la Paz Internacional, con la que contrarrestar las visiones occidentales negativas sobre Rusia y poner fin a lo que, según uno de sus fundadores, era el «monopolio occidental» sobre la definición de los derechos humanos y su observancia por parte de Rusia. Aquello formaba parte de una campaña de imagen que se inició cuando el Gobierno de Rusia creó Russia Today, la televisión global en lengua inglesa pensada para desafiar la hegemonía de canales occidentales como la CNN y la BBC.

La creciente preocupación por la fusión del crimen organizado ruso con los máximos niveles del Gobierno coincidía con una conciencia cada vez mayor de las actividades de la inteligencia rusa en Occidente. En 2010, el FBI identificó a diez rusos a los que acusaba de ser agentes que actuaban para la inteligencia exterior rusa, entre ellos una femme fatale pelirroja llamada Anna Chapman que había dirigido una agencia inmobiliaria online en Nueva York al tiempo que buscaba contactos políticos al más alto nivel. Ocho de ellos fueron acusados de actuar como infiltrados «ilegales», asumiendo identidades falsas y llevando vidas «americanas» en apariencia normales.

Persistían los rumores de más apoyo financiero de Moscú a través del Deutsche Bank, que ofreció a Trump más de 4.000 millones de dólares en compromisos de préstamo y ofertas potenciales de obligaciones en los años posteriores a su declaración de quiebra, a principios de la década de 1990. El banco alemán se convirtió en el prestador de último recurso para Trump cuando los otros bancos de Wall Street lo excluyeron por constituir un riesgo financiero demasiado elevado. Después de 2011, su división de banca privada le proporcionó más de 300 millones de dólares en préstamos para proyectos Trump, incluido el Trump International Hotel and Tower de Chicago y el Doral Golf Resort and Spa de Florida. Ello causó una gran controversia en el seno del banco, porque Trump ya había dejado de liquidar un pago de 334 millones de dólares de un préstamo total de 640 millones de la división comercial del Deutsche concedido a la Trump Tower de Chicago. Deutsche siempre había mantenido una relación especial con el Kremlin de Putin.
Putin y sus hombres del KGB habían llegado lejos. Las redes que habían creado en vísperas del hundimiento soviético para canalizar activos a Occidente se habían conservado y se habían llenado de dinero nuevo. Supuestos socios del crimen organizado, como Borís Birshtein, seguían activos y disponibles, mientras que otros empresarios aparentemente más respetables que los habían seguido, como Shalva Chiguirinski, también estaban plenamente alineados con el Estado ruso. Si, durante un breve periodo, durante el mandato de Yeltsin, existió el riesgo de que esas redes se descontrolaran, con Putin los servicios de seguridad habían afianzado una vez más su primacía. En el caso de Chiguirinski, por ejemplo, los hombres de la seguridad de Putin ejercían control sobre él. Su hermano Aleksánder siguió en Moscú cuando él volvió a abandonar Rusia después de la crisis financiera de 2008.
Los rusos parecían encantados con el caos, aunque, a la vez, temerosos del resultado del impeachment. El escándalo ponía en evidencia tanto la fragilidad del sistema político estadounidense como el hecho de que este se hubiera erosionado desde dentro. «Pareciera que toda la política estadounidense está en venta —comentó un importante exbanquero ruso vinculado a los servicios de seguridad—. Nosotros creíamos en los valores occidentales… Pero resultó que todo dependía del dinero y que todos aquellos valores eran pura hipocresía.»
Pero, desde el principio, las redes de dinero negro ruso se habían incrustado en parte en el sistema para erosionarlo y potenciar la corrupción en Occidente. Para un destacado empresario ruso, la Rusia de Putin suponía una amenaza creciente para la democracia liberal occidental. Durante el proceso de destitución y la contienda electoral a las presidenciales de 2020, el choque entre los valores liberales y el orden corrupto y autoritario al estilo de Putin llegó a su desenlace. «Putin entiende que Rusia puede gastar todo el dinero que quiera [para sembrar el caos en Occidente]. El obschak, la caja B de dinero negro, ha llegado a ser del tamaño de todo el presupuesto, y ahora también pueden dar órdenes a los oligarcas. Es una mafia que se ha hecho con el poder, y el Estado actúa como la mafia.»
El sistema del capitalismo del KGB seguía funcionando. Las redes seguían en su sitio.

Si, más allá de sus fronteras, Rusia suponía una amenaza creciente para el orden liberal occidental, dentro de ellas el sistema del capitalismo del KGB parecía estar calcificándose y, quizá, volviéndose insostenible. El sistema mafioso de control férreo y corrupción penetraba todos los resquicios de la sociedad, todas las decisiones políticas y todos los acuerdos empresariales. Después abatir a Yukos y a Mijaíl Jodorkovski, el poder de los hombres de la seguridad había aumentado hasta tal punto que el FSB influía sobre casi todos los empresarios y todos los políticos regionales, por baja que fuera su posición en la cadena trófica. Se trataba de un sistema de clanes en guerra entre sí —incluidas distintas ramas de las fuerzas del orden— que competían por las porciones de la riqueza del país, y en que para sobrevivir había que cooperar. Los que se rebelaban acababan en la cárcel. La historia de un burócrata comparativamente modesto ejemplifica el funcionamiento del sistema.
A los funcionarios rusos parecía importarles tan poco la inversión occidental tras las sanciones que llegaron a detener a uno de los pocos inversores occidentales que permanecían en Rusia, Michael Calvey, en febrero de 2019, tras lo que congelaron sus bienes y los dejaron listos para que los hombres de la seguridad de Putin pudieran hacerse con ellos.
Pero las sanciones, las luchas internas y la influencia de los hombres de Putin, casi monopolística, suponían un lastre incesante para la economía. Un abogado occidental observó con ironía que, antes de la campaña de Crimea, Rusia iba camino de convertirse en la quinta economía mundial en 2020.
La historia reciente de Rusia ya estaba escrita desde mucho antes. La suerte ya estaba echada. El KGB seguía metido en todas las élites gobernantes de Rusia. La idea de la «purificación» —la prohibición de ocupar cargos a los que hubieran trabajado en el KGB— la planteó Yeltsin, pero los altos cargos de su administración la descartaron al momento, pues todos ellos eran hombres del KGB de distintos rangos y con distintos grados de experiencia. «Le dijeron que algo así sería imposible —explicó Pugachev—. No quedaría nadie que se ocupara del trabajo. Habría afectado al 90 % de la élite gobernante. Era muy poca la gente que no había colaborado de un modo u otro.»
El círculo de la Revolución rusa se había cerrado. Los reformistas que, treinta años atrás, proclamaron al mundo la promesa de que el país avanzaba por el camino nuevo del mercado hacia una integración global tuvieron pronto que hacer concesiones, o bien habían trabajado desde el principio con el KGB para la transición del país. Los que creían que estaban trabajando para introducir el libre mercado habían subestimado el poder resistente de los hombres de la seguridad. «Esa es la tragedia de Rusia en el siglo XXI
—concluyó Pugachev—. La revolución no se ha completado nunca.» Desde el principio, los hombres de la seguridad habían ido sembrando las raíces de la revancha. Pero al parecer, también desde el principio estaban condenados a repetir los errores del pasado.

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Written in a furious and unrelenting style that reads like 640 page-long undercover report, it had me gripped from start to finish. It covers the same territory as many past books on Putin’s rise and now twenty-year rule, from his days working in foreign intelligence in Dresden, his meteoric rise in 1990s from Deputy Mayor of Russia’s 2nd city to Prime Minister and then President, his corralling of the oligarchic class and later re-structuring and re-assignment of the commanding heights of the economy into the hands of his personal and trusted acquaintances, through to Crimean annexation and the near cold-war status relationship that Russia has with the West today.
The cast is operatic in its scope, from exiled Oligarchs hiding in secret villas, to KGB operatives, well-known New York gangsters, Donald Trump etc. and the writing style more enthralling, the revelations and arguments more sensational than any book on this subject before.
But I would also caution the reader to bare in mind that objective analysis pays a price to the key narrative that it is trying to get across to the reader. In short, 5* for readability, 3* for accuracy.
Where Belton is especially strong is on economics, which is something that most Putin books of the past have avoided. The corruption at the top ends of the Russian political and economic eco-system is hard to imagine, so great is its scope, and for the economically illiterate, she neatly unwraps and explains the myriad schemes that have been employed to siphon the majority of Russia’s wealth offshore. She is excellent when explaining how none of this theft would be possible without the facilitation provided by Western financial institutions.
On the political side, though, not everything in the book rings true. Belton’s key premise is that Putin’s rise and hold on power is the result of a planned and stealthy capture of the county by the KGB, that his emergence was the visible top of a much deeper but hidden fight back of the KGB to take control back over from the Oligarchs like Berezovsky, the political puppet masters who got Yeltsin re-re-elected in 1996.
However, there is no concrete evidence of this planned state capture, and I had a sense of sources being used to fit this narrative that suits a popular and easy to grasp Western view of Putin as the head of a dark and malign force (KGB) whose main focus is scheming about wreaking havoc around the world.
The evidence I have read over the years points to a much less tidy , more complex picture of political development. I think it is more accurate to see Putin as someone who has never had complete loyalty to any one clan (one of the reasons he was initially selected for the role of President by the Yeltsin administration in the first place), and it is precisely due to his position as the ultimate arbiter of conflicts between elites (including between the security services and major businessmen) that he has been able to hang on to power for so long. Although Putin’s entourage of apparatchiks does include many former KGB members, it is far from exclusively drawn from the security services, and the patterns of policy and political change over the last twenty years reflects less the actions of a carefully planning maverick than a reactive judo-player (as Mark Galeotti has aptly termed it in the past), using events to his advantage as they arise.
Further, I see almost the whole political and economic leadership of Russia today as the children of the 1990s. This was an especially lawless decade, when winning and maintaining power and control, whether in business or politics, required a high level of ruthlessness, violence, secrecy and protection. The mindset (and wealth) of many of those in positions of power today, from the heads of major state corporations to the various arms of the government, was made in that period, whether they were from the KGB or not. It is therefore not surprising that the relationship between the elite (both former KGB and otherwise) and the country’s citizens is so dysfunctional in today’s Russia.
Secondly, there is an issue with a source. Kremlin politics is particularly murky, rife with rumor, almost totally lacking transparency, and so any Russia analyst will struggle to get a total objective picture of exactly «what happened.» However, a significant part of the book relies on quotes from Sergey Pugachev, a former billionaire who used to be a close Putin ally before they fell out, exiling himself in France whilst the Russian state came aggressively after the assets he had amassed. From what I have seen and heard reported of Pugachev, he is a man with a deep vendetta against the Russian government and quite an eccentric character, prone to hyperbole. His words need to be treated cautiously. For example, he claims that when he took Putin to church and explained that here he could ask for forgiveness from God, Putin apparently replied “I am the President of Russia, why should I ask for any forgiveness?” Quotes like these suggest Pugachev’s interest in using the book to launch theatrical attacks on Putin to advance his own agenda of political change at the top of Russian government.
So overall a fantastic read, but maybe just a little too fantastical at times.
Granted, Belton does sometimes mention that Western powers have enabled some of Putin’s tactics or even profited from them, but this is not enough: The loss of the Soviet Empire had far-reaching consequences that have shaped real-life politics. These dynamics between West and East, and, consequently, how the West has also failed the East, is a sideshow in Belton’s book, when indeed it is still a core factor in current events (as a German, I can re-assure you that more than 30 years after re-unification, the wounds in the East have not healed, and that there is a whole world of experience that I as a West German cannot access). And then, of course, the West tended to overlook Putin’s ever-growing antics to secure its own interests in (e.g.) the energy sector – which, as it turns out, didn’t secure anything at all and became one of the roots of a historic guilt the West can never make up for: The Ukrainian war.
Putin has helped create a terrible, cynic, self-serving regime that couldn’t care less about the well-being of the Russian people – but the fact that the West tends to isolate the problem, portraying it as being solely «Russian» is just way to easy if you really intend to build a better future. The West has to face its own mistakes regarding its behavior towards Russia in order to not repeat them (btw, what Trump has done in the US imitates what happened in Russia). It’s a little complacent to write a book that simply starts and concludes with: «Putin = bad».
Still, this book is filled to the brim with meticulously researched information and does a great job putting together a very difficult puzzle, because the KGB has put in quite some effort to hide core pieces. So as a basis for further discussion, this is a great book, but it needs some extra reflection about the greater scheme of things.

The Kremlin had taken an interest in his business empire and appropriated it. Pugachev had left Russia and settled first in France and then in England, while the Kremlin launched its attack. Putin’s men had seized the hotel project that the president had given him on Red Square, a stone’s throw from the Kremlin, without the slightest compensation. Later, his shipyard, two of the largest in Russia, valued at 3,500 million dollars, were acquired by one of Putin’s closest allies, Igor Sechin, in exchange for a tiny part of that sum. Later, his coal-related project – the world’s largest coke deposit, located in the Siberian region of Tuva and valued at $4 billion – was taken by an associate of Ramzan Kadyrov, the president and strongman of Chechnya, for 150 million dollars.
Throughout the process, Putin’s men blamed him for the collapse of Mezhprombank, the bank founded many years ago in the 1990s, which was once the key to his power. The Kremlin authorities filed a criminal complaint claiming that Pugachev claimed that the money was his. It seemed to matter little that Sechin’s acquisition of the shipyards for a fraction of their value was the main cause of the bank’s shortfall in funds to creditors.
It seemed clear that the hand of the Kremlin was behind it. «There were people in the state who manipulated the rules against him to cause the bank to fail, which unsurprisingly benefited them,» said Richard Hainsworth, a longtime expert on Russian banking.
Ever since Pugachev left Russia, the Kremlin had been after him. He had received threats from henchmen of the liquidator of the Mezhprombank at his residence in France. Three members of a Moscow mafia group had taken him to a yacht off the coast of Nice and had demanded the payment of 350 million dollars to preserve the physical integrity of his family. It was, he was informed, «the price of peace», the sum he had to pay so that the criminal complaint filed in Russia against him for the bankruptcy of the Mezhprombank would be withdrawn, documentary evidence shows.
In the British courts, Pugachev was a fish out of water, unable to operate according to rules and procedures that were entirely foreign to him. He was too used to the back room deals so common in the Kremlin of his past, too used to slipping through the web of rules and regulations because of his position and his power. He had done no favors for himself.
The Kremlin was perfecting its operations in the British judicial system with the persecution against Mukhtar Abliázov, a Kazakh billionaire who turned out to be the number one political enemy of the Kazakh president and key Kremlin ally Nursultan Nazarbayev. Abliázov was sued by a state deposit insurance agency, which accused him of the misappropriation of more than 4,000 million dollars from the Kazakh bank BTA, which he had chaired and which had branches throughout Russia. The Russian agency in question hired a team of lawyers from the prestigious London law firm Hogan Lovells, which filed eleven civil fraud lawsuits against Abliázov in the United Kingdom, as well as an order to freeze his assets. Some private detectives had followed the trail of the 4,000 million to a network of offshore companies controlled by the Kazakh tycoon.

Putin chose to help deliver a very special revelation, the man who will divulge to the world the fact that Putin served as an official in the feared and hated KGB. It was still the dawn of the democratic movement, a time when admitting such a thing could hurt his boss, Sobchak, a vibrant speaker who had risen to the mayor’s office riding the tide of condemnation of the secrets of the old regime, of the abuses perpetrated by the KGB. Even today, Shadjan continues to wonder if Putin’s decision was part of a careful rehabilitation plan. “I always ask why he chose me. He understood that I was needed, and he was willing to tell me that he was from the KGB. He wanted to show that the KGB people were also progressive. » Putin chose well. «A reviewer once told me that I always humanize the people I work with, whoever they are,» recalls Shadjan. And I humanized him. She wanted to know who he was and what he saw. I was someone who had always criticized the Soviet authorities. He had put up with a lot of things from them. But with him I was understanding. We became friends. He seemed to me like a person who would take the country forward, who could really do something. The truth is that he captured me.»
Throughout the documentary, Putin cleverly uses the occasion to emphasize the positive qualities of the KGB. In response to a delicate question about whether he used his position to accept bribes, he insists on answering that, where he served, such actions were considered «treason against the country» and were punished to the fullest extent of the law. . As for the fact of being an official, a Chinovnik, that word did not have to have a negative connotation, he defends it. He had served his country as a military Chinovnik; he was now a civil servant serving his country—as he had done before—»outside the realm of political competition.»
The story that tells how and when Putin really resigned, and how he began to work for Sobchak, serves to explain how the KGB command cadre began to metamorphose in the face of the democratic transformation of the country and to link up with the new leaderships. It is the story of how a faction of the KGB, specifically part of the foreign intelligence sector, had been secretly preparing for some time to change in the face of the turmoil caused by perestroika reforms in the Soviet Union. Apparently, Putin would have been part of said process when he lived in Dresden. Later, after the reunification of Germany, the country’s security services suspected that he had been part of a group working on a special operation, known as «Operation Luch» (“lightning” or “beam”), which had been in preparation since at least 1988 in case the East German regime collapsed.
This operation consisted of recruiting a network of agents who could continue to operate for the Russians after the collapse of the regime.

As Putin unfolded undetected, the background was that the ground was beginning to open up under his feet. Some in the KGB leadership were increasingly aware of the Soviet Union’s diminishing ability to fight the West, and had already quietly begun to prepare for the next phase. The Soviet coffers were being emptied, and in the battle to seize Western technology, despite the best efforts of the KGB and the Stasi, the Eastern Bloc was always lagging behind, always having to catch up, and always falling behind the Soviets. Western technological advances. In an era in which the president of the United States, Ronald Reagan, had announced a new initiative to launch what became known as «Star Wars», with the idea of defending his country from an attack with nuclear missiles, the Soviet bloc made even greater efforts to secure Western technology, but only became more aware of its own backwardness.
Since the early 1980s, a few progressive members of the KGB had worked to bring about a timid transformation. From their refuge in the Moscow Institute for the World Economy, they began to prepare reforms that could introduce certain elements of the market into the Soviet economy in order to generate competitiveness, while maintaining overall control. When Mikhail Gorbachev took office as General Secretary of the Communist Party in 1985, those ideas received a new impetus. Gorbachev applied the political and economic reforms of glasnost and perestroika, with which he intended to gradually loosen control over the country’s political and economic system.

Increasingly aware of the risks of a collapse of communism, the KGB quietly launched Operation Fight in the mid-1980s to prepare for possible regime change. Wolf was kept fully informed of her, but his successor as director of the Stasi Foreign Intelligence Department was not.
In August 1988, the KGB sent a high-ranking agent, Boris Laptev, to the imposing Soviet embassy in East Berlin to supervise it.
Officially, Laptev’s mission was to create a group of operatives who would secretly work, in parallel with the permanent KGB team, to infiltrate opposition groups in East Germany. «We had to gather information about the opposition movement and stop any advance, as well as prevent any movement aimed at German reunification,» he would explain later.
Many years later, when Putin became president of Russia, Markus Wolf and his former KGB colleagues emphasized the fact that, during his time in Dresden with the KGB, he was a nobody. Putin was «quite irrelevant,» Wolf once told a German magazine, and even the «cleaning women» had received the bronze medal he had been awarded.
The KGB colleague with whom Putin shared an office on his arrival in Dresden, Vladimir Usoltsev, who for some reason was authorized to write a book about that time, was very careful to emphasize how normal and ordinary his work was, while not revealing a single detail about its operations. Although he admitted that he and Putin had worked with «illegals», as the infiltrated sleeper agents were known, he claimed that they spent 70% of their time writing «meaningless reports».
According to him, Putin had only managed to recruit two agents during the entire five years he spent in Dresden, and at a certain point he had stopped looking for them because he realized it was a waste of time. The city was such a provincial corner that «the very fact that we were stationed there indicated that our career had no future,» Usoltsev wrote.

In the battle for dominance between East and West, the Soviet security services had long been deploying what they called their own «active measures» to disrupt and destabilize their rival. Caught up in the Cold War, but aware that they were too far behind technologically to win any military war, the Soviet Union had already discovered since the 1960s that its strength lay in disinformation, in spreading false rumors in the media. to discredit Western leaders, assassinate political opponents, and support front organizations that foment wars in the Third World and undermine and sow discord in the West. Among those measures was support for terrorist organizations. Throughout the Middle East, the KGB had forged ties with numerous Marxist-leaning terrorist groups, most notably the PFLP, the Popular Front for the Liberation of Palestine, an offshoot of the Palestine Liberation Organization (PLO), which carried out a series of plane hijackings and bombings in the late 1960s and throughout the next.
True to his training in the KGB, Putin, like a mirror, had returned the reflection of everyone’s opinions: first those of his so-called democratic master, then those of the establishment.
of the old guard, with whom he also worked. «He changed jackets so fast you never knew who he really was,» Sedelmayer said.

The money that the CPSU sent directly to finance the activities of the communist parties was nothing compared to the amounts that were sent through friendly companies, according to Antonio Fallico, a senior Italian bank official closely linked to the leadership of the Soviet elite, and later also with the Putin regime. The official donations that the Italian Communist Party received annually from the Soviet Union were “only about 15-20 million dollars. That doesn’t even amount to money.» In his words, the real financing came from intermediaries. «All Italian companies that wanted to do business in the Soviet Union had to pay money to those other firms… The movement of money was colossal.»
Prosecutors tracking those files released a list of 45 of those companies. Among the least transparent of all import-export companies was at least one household name: Robert Maxwell’s Pergamon Press, a major publisher that had long been the Western channel for Soviet science books.
For Russian prosecutors trying to investigate the party’s finances, the trails left behind by such strategies were the most revealing. Unreported fortunes in oil, metals, cotton, chemicals, and weapons had been taken out of the Soviet Union, either through trade schemes or export deals, and sold at bargain prices to friendly middlemen in the West. Through these export agreements, friendly companies bought raw materials at internal Soviet prices, which were set below the rules of the planned economy, allowing them to make huge profits when, in turn, they sold them at prices of World Market; the global price of oil, for example, was almost ten times higher than the Soviet price for domestic use at the time.
Thus, they could then withdraw the funds through a tangle of accounts in friendly banks in Europe, such as the Bank of the Gotthard in Switzerland, and from tax havens in Cyprus, Liechtenstein, Panama, Hong Kong and the British Channel Islands. The fortunes they amassed could be used for Communist Party activities abroad, to take active steps to destabilize the West. Most importantly, the entire process was overseen by the KGB, whose collaborators ran the friendly companies and controlled much of the Soviet Ministry of Commerce. “Friendly companies sold what they had acquired at a global price. The profit never returned to the Soviet Union, wrote Valentin Stepankov, the attorney general tasked with overseeing the investigation. All contacts with friendly companies were conducted through the KGB.»

The story of the prosecutors’ search for the party’s missing wealth was quickly lost in the tumult of the collapse. But what prosecutors found then was a blueprint for all that was to come. Schemes for smuggling, friendly companies and proxies would become the model by which the Putin regime and its influence operations would operate. The fact was that parts of that KGB foreign intelligence elite had begun to prepare for the transition to a market economy ever since the former KGB director, Yuri Andropov, became Soviet leader in 1982. By the 1980s, a handful of Soviet economists had quietly begun to address the need to move closer to the market economy, whispering in the privacy of their homes to criticize the chronic inefficiency of the Soviet economy and clandestinely publishing treatises on the need for market economics. reforms. Simultaneously, there was a growing awareness among the inner circle at the helm of the intelligence services that the Soviet economy was in a death spiral, that it was impossible to maintain the empire of the Eastern Bloc, let alone exert greater influence or influence. carry out destabilization campaigns in South America, the Middle East, Africa and the West. “If you want to pursue the policies of a great empire, you have to be able to invest large sums of money,” commented one person who, at the time, worked closely with reform-minded foreign intelligence officials. It was not within our reach to compete with the United States. It was very expensive and very difficult, perhaps impossible.”

In the late 1990s, young tycoons began to reverse the Soviet legacy of declining production, heavy debt and neglect. But for the members of the security services who had helped create these new billionaires, the moment of stock-for-loans would be something they would never forget or forgive, and it would be at the heart of the KGB’s subsequent revenge. Before, behind the scenes, the Soviet agency men had still been able to control much of the cash flow of the country’s oil wealth. But now they had been overtaken and even surpassed, and the economic reins had largely been wrested from their hands. “That was the turning point where [the young tycoons] took control,” explained Rair Simonian, an ally of Yevgeny Primakov who had worked on the initial perestroika reforms. He completely changed the paradigm.»
But in those days the tycoons of the new Russian order were intoxicated with their new wealth. They quickly became oligarchs, exercising considerable sway over Yeltsin’s weakened government. The remaining members of the old-guard security services who had served in government had been ousted in a scandal in the run-up to the presidential election, and pro-Western reformers like Chubais had a free hand to seize control. Having just successfully completed his plan to sell companies based on shares in exchange for loans, Potanin took over as deputy prime minister from Yeltsin, while Berezovski was appointed secretary of the Security Council. Chubais became head of Yeltsin’s Kremlin administration. It would be said that the country was his. The KGB forces seemed to be receding into the background.
One of the original sins of Russia’s transition to a market economy: it polluted everything and opened the door to constant threats about the legality of the possessions that young tycoons acquired at that time. It became known as the privatization of shares in exchange for loans, a pact of a few by which the country’s wealth in resources was transferred to the hands of young bankers at bargain prices. Much more agile financially and, above all, better able to access pockets of cash thanks to the rapid growth of their banks and the government deposits they guarded, the young tycoons outperformed their mentors in the KGB. The combined might of the KGB and former Soviet directors managed to win just two of the auctions of shares in oil companies: 5% of an oil company called Lukoil, and 40% of Surgutneftegaz, whose managers did their best to keep the young bankers. The airport closest to the Siberian oil town of Surgut, where the sale was taking place, was closed, and main road access was blocked by armed guards.
The rest of the Soviet industry, for the most part, passed into the hands of young bankers, in auctions mostly considered rigged acts. Potanin won the prize he had long coveted: a majority stake in the world’s largest producer of nickel and platinum, Norilsk Nickel, a sprawling plant high above the Arctic Circle with 1995 profits of $1.2 billion. He achieved it by extending a loan of just 170 million dollars to the Government; and when, unsurprisingly, the still-strapped-out cashless loan was unable to be repaid after Yeltsin’s electoral victory, Potanin was given free rein to take over the company at auction for little more than the amount of the loan. Khodorkovsky had long been after Yukos, a West Siberian oil producer that controlled some of Russia’s largest oil reserves. He took control of it after lending the government $159 million in exchange for a 45% stake, and then paying another $150 million in investments for an additional 33%…

On the southwestern edge of St. Petersburg, where the Gulf of Finland begins to join the Baltic Sea, a tangle of cranes and shipping containers stands out against the elegant facades of pre-revolutionary palaces across the bay. On one small island, mountains of twisted scrap metal and piles of lumber await the containers, while across the canal, red brick buildings that were once customs houses and warehouses from early pre-Soviet merchant ships still stand. , half abandoned among the heavy machinery. In the distance, further west, a concrete wharf leads to what is sometimes known as the «Golden Gates», a concrete expanse that houses oil storage facilities and is the city’s most strategic outpost. the oil terminal that was the battleground in some of the cruelest rogue wars of the 1990s.
The archipelago of islands is home to the seaport of Saint Petersburg, and through its channels, Russia’s tumultuous history has always run deep. When Peter the Great founded the city in the early 18th century, he did so with the hope that it would become Russia’s largest seaport, a vital link between the country’s vast Eurasian landmasses and the markets of the West. Thousands of serfs broke their backs to death to realize their vision of imposing baroque mansions and graceful canals winding their way through frigid, muddy swamps. St. Petersburg was always intended to be Russia’s ‘window on the West’, a port city that would force the country out of its medieval and Asian past, whatever the cost.
In the early 1990s, the port was one of the darkest places in a city torn by gang shootouts and violent battles for cash. «The history of the seaport is a very dirty and very criminal history,» commented a former high-ranking official of the St. Petersburg consistory.
“The port was totally taken over by criminality. There were a lot of shootings,” according to a former member of the city’s largest criminal gang, the Tambov group.
The group that finally took control was part of the union between organized crime men and the KGB that came to run the roost in St. Petersburg during the nineties of the last century; and Vladimir Putin was at its center.
What came out of that chaos and collapse—and Sobchak’s ineffectiveness—was an alliance between Putin, his KGB allies, and organized crime who wanted to run much of the city’s economy for their own benefit. Instead of seeking to impose order for the good of the city’s population, the only order they imposed was, basically, the one that benefited them. Above all, the Soviet collapse translated into more opportunities for their own enrichment, and more specifically for Putin and his KGB allies to create a kind of strategic «B-box» with which to maintain their networks and secure his position in the world. coming years. This extortion fund had its roots in the exchange plans of friendly companies run by the KGB. Later they would extend to the port and later even to the oil terminal itself. Running through it all was Tambov’s group, the criminal organization based in St. Petersburg. According to a local former FSB agent, it was a business of «murder and looting»: «The hands of the Tambov group were stained with blood.»
When the city council began to privatize part of its holdings in the seaport, Ilia Traber, an alleged mafioso whom the Spanish prosecutor would later cite as a member of the Tambov criminal group, did not miss the opportunity.
His men bought shares from the port workers, who had received them in the form of vouchers, as soon as their sale began. The process was violent. “There were flagrant violations in the privatization of the port. But everything was covered up, ”said a former collaborator of Traber.

When Putin was abruptly promoted to a senior position in the Moscow Kremlin in the summer of 1996, one of the top KGB officials who had closely watched his career in St. Petersburg was publicly pleased with him. «He started from scratch, as an official,» General Guennadi Belik later declared. Of course he made mistakes. For him the issues were totally new… The only people who don’t make mistakes are those who don’t do anything. But when he put an end to his activities in St. Petersburg, Vladimir Vladimirovich had grown a lot. »
The events that accompanied Putin’s rise to power did not bode well. But the country was fast heading for another financial crisis, though no one seemed to notice the warning signs. Yeltsin’s health was failing, and if at least one version of what happened is to be believed, the KGB generals were preparing for his return. One night in Moscow, shortly after the financial crash that swept through the Russian economy in August 1998, a small group of KGB agents and an American met for a private dinner. Among them was former KGB director Vladimir Kryuchkov; Robert Eringer, former head of security for Monaco, who also served as an FBI informant; and Igor Prelin, Kryuchkov’s assistant and one of Putin’s most prominent professors at the Red Flag spy academy. According to Eringer, Prelin informed the rest of the guests that the KGB would soon return to power. «He Said:“ We know someone. You have never heard of him. We are not going to tell you who he is, but he is one of us, and when he is president, we will return.»

Among the Bank of the Gottardo accounts he checked, Turover had discovered credit cards belonging to Yeltsin and his family. They had been issued by the founder of Mabetex, a bellicose Kosovar Albanian named Behdjet Pacolli, who had worked in the finance and construction underworld for the Soviet regime since the 1970s.
According to Turover, Pacolli, who had been an aide to the chairman of the Yugoslav Communist Party, had long been involved in schemes to finance dirty money by selling embargoed dual-use military assets to the Soviet regime.
At first glance, the credit cards looked like a full-fledged bribe from Pacolli, which had gone straight into the pockets of Yeltsin and his family, and furthermore, the fact that it had been credited to a foreign bank account was something to behold. it clearly broke the law that Russian officials were prohibited from possessing such accounts. Yeltsin’s daughter, Tatiana, had spent most of it, with bills amounting to between $200,000 and $300,000 every year.
Yeltsin reportedly spent another million dollars during an official visit to Budapest.
By the standards of what are now multimillion-dollar corruption scandals, those figures are almost ridiculous. But back then, the equation was totally different. The balance of power had rapidly shifted away from the Kremlin and toward the Primakov White House. The old guard and the communists were on the rise. after the crash
In financial terms, Yeltsin’s popularity ratings were lower than ever, at 4%. The Communist Party, which continued to dominate the Duma, put forward a reprobation proposal to put Yeltsin on trial for all that it considered to be the sins of his mandate, which had been a constant roller coaster: the disastrous war in Chechnya that had cost the life of so many Russian soldiers; the dissolution of the Soviet Union; and what they claimed was the «genocide» of the Russian population: the market reforms that had caused living standards to plummet and, in their view, the untimely death of millions of Russians.
Sergei Pugachev, the Kremlin banker who would later flee to London and then to Paris. A tall, gregarious man, skilled in the art of backroom deals, he had allied himself with Borodin at the time that the bank he had co-founded, the Mezhprombank, was the main creditor of the Kremlin’s Wealth Department.
At the time, the Heritage Department was a sprawling fiefdom controlling billions of dollars in property held by the state after the fall of the Soviet Union.
With the help of Pugachev, he distributed apartments and dachas, medical services and even vacations to members of the Yeltsin government. It was a Soviet-style financing network that, by all accounts, extended to the Yeltsin Family as well: Pugachev claimed that he had purchased an apartment for Yeltsin’s daughter, Tatiana, through Mezhprombank.
Official salaries were still paltry compared to what could be earned in the company during the boom of Russia’s transition to a market economy, and Pugachev insisted that what the Heritage Department did was the only way to get officials to pay. of the State remained honest, to prevent them from accepting bribes. But basically, that department was the top B-box in the Kremlin, giving Borodin a position of great power, including the power to make or break careers.
Over the years, Pugachev had developed his own network within the Russian prosecution service. Like any powerful institution, it was a pit of vipers in which its representatives elbowed each other for positions and collected kompromat from one another. Pugachev’s particular ally was Nazir Japsirokov, the cunning head of the prosecution’s Property Department, a kind of miniature version of the Kremlin department run by Borodin. With the power to assign apartments and other benefits to prosecutors, Japsirokov, who was a master of intrigue, exhibited the same ability to make or break careers in the prosecution as Borodin and Pugachev in the Kremlin. «Basically, he was my contact in the prosecution,» Pugachev explained. He brought me all the information. He told me that an uprising was being organized against Yeltsin.

The frictions between Primakov and the Yeltsin Family were immediate. Primakov had given everyone goosebumps when, hours before Skuratov was summoned to the Kremlin and given the possibility of resigning over the compromised tape, he had asked for free space in Russian prisons to accommodate the corrupt businessmen and officials.
But many in the Kremlin still worried that Yeltsin had gone too far in naming him as his preferred successor. “Many of our colleagues strongly believed that Yeltsin should not do it, because Putin was an unknown entity and Yeltsin had only 5% political support. They thought that after that announcement, Putin would never win,» Yumashev explained.
It seemed to the outside world that the Yeltsin Family was taking a huge risk. But other plans had been set in motion. The escalation of the Russian military offensive against Chechnya was already under discussion, Stepashin would say later.
For the Kremlin bureaucrats and press agents, it was more important to transform the candidate presented to them into a force to be reckoned with. At first glance, the material did not seem too promising. People still talked about Putin in meetings. The plan was to model him in the image and likeness of the most popular fictional television heroes in Soviet times.
Pugachev also had no notion that Putin might represent something like the KGB’s Plan B, once the Primakov takeover failed. He always claimed that he saw in Putin someone he could control. He didn’t realize that he could be fooling the Family when he was apparently supporting them. Putin «misled» them, Turover commented. «War is based on deception. That is the strategy of Sun Tzu, who wrote The Art of War 2,600 years ago,» referring to the ancient Chinese military treatise. “Putin took very good advantage of judo lessons from him.

The consequences of the Yeltsin Family’s decision to support Putin, to save themselves from attacks by Primakov and the prosecutors, would be felt for decades to come in Russia and throughout the world. We will never know what would have happened if Primakov had assumed the presidency. But it is safe to say that his version of KGB revenge would never have lasted as long as Putin’s, nor would he ultimately have acted as ruthlessly on the international stage. His link to the communist era would have made him the target of a backlash against him. It would have looked like a dinosaur from the past, while a Stepashin presidency would have been much softer, and less likely to see the rollback in freedoms that the Putin regime brought.
The Yeltsin Family felt secure in the belief that Putin would protect his safety and fortunes from possible attack. When Yeltsin had agreed to say goodbye early, behind the scenes they had struck a deal with his successor, according to a close Putin ally and a former senior government official.
One of Putin’s first acts as acting president had been to pass a decree granting Yeltsin immunity. But it is that under the table a much more general agreement had also been reached. “The negotiations that took place for the arrival of Putin to power and the resignation of Yeltsin had to do with assets,” explained Andréi Vavílov, First Deputy Minister of Finance at the time. The subject of those negotiations had to do with the patrimony, and not with the structure of society… Everyone forgot. Everyone believed that democracy would continue where it was, without further ado. Everyone thought only of their personal interests.

As Vladimir Putin walked alone through the vaulted halls of the Grand Kremlin Palace, he seemed dwarfed by the majesty of the presidential inauguration ceremony. She solemn, barely outlining a smile, with downcast eyes and a very slight limp, she wore a dark suit that was little distinguished from the attire of any office worker on a work day. He had been trained to appear inconspicuous and inconspicuous, to fit in anywhere. But that day, heralds dressed in the imperial uniform, white and gold, announced his entrance with trumpets, while the high officials of the state that thronged the gilded halls of the palace applauded each and every one of the steps he took on the red carpet. that led him to the Andreyevsky Hall.
It was May 7, 2000, and the kandidat-rezident had arrived at the Kremlin. The former KGB agent, who just eight months earlier was one of many faceless bureaucrats, was about to assume the presidency of Russia. The gold lining the walls and lamps bore witness both to the KGB men’s plan to restore the splendor of imperial Russia and to the fraudulent Mabetex contracts that had restored the Kremlin to more than just pre-revolutionary grandeur and had helped lift Putin into the can.
Never before had such splendor been seen at an inauguration ceremony: it was the first time that the newly restored halls of the palace had been opened for a state ceremony; and never, in the country’s history, had there been a peaceful transfer of power from one president to another. It must have been a hard pill for Boris Yeltsin to swallow to be surrounded by all that glitter and gold that had ended up being his downfall.
When Putin assumed the presidency, the power of the oligarchs of the Yeltsin era was still great. The Moscow businessmen who had been catapulted by the early market experiments of perestroika with the support of the KGB had long since become independent from their former mentors and had risen to the top of Russian power. They had already seized a sizable chunk of the country’s economy when they took advantage of Yeltsin’s vulnerability on the eve of the 1996 elections and convinced him to hand over the crown jewels of the country’s industry. Share-for-loan auctions consolidated nearly 50% of Russia’s wealth in the hands of seven businessmen, while Yeltsin grew increasingly dependent and weak. To secure his 1996 re-election he had relied, in part, on funding from the oligarchs, and the oligarchs had grown accustomed to playing a role in not only supporting some of the regime’s rules, but dictating them.
An estimated $20 billion in cash had flooded Western bank accounts since 1994, as state coffers emptied under Yeltsin.
The funds that oligarchs like Khodorkovsky and Berezovsky had stored abroad had weakened the Russian state to such an extent that KGB men argued that the country was on the verge of collapse.

Boris Berezovski represented the archetypal oligarch of the Yeltsin era in the eyes of Putin’s men, who denigrated, loathed and feared him in equal measure. It was the paradigm of the one who got agreements thanks to the favorable treatment received during the Yeltsin years, in which a small circle of businessmen negotiated behind the scenes for the best assets and positions in the Government. The links he cultivated with Chechen separatist leaders made him obnoxious in the eyes of KGB men, especially Patrushev, who hated anyone associated with Chechens. Berezovsky had supported the separatist leader Aslan Maskhadov, and had helped reach a peace agreement after the Yeltsin government’s disastrous first war in Chechnya, during which thousands of Russian soldiers—and many more Chechen civilians—had lost their lives.
Putin and his men were practicing the tried-and-tested tactics of the days in St. Petersburg, when all they had to do to seize the city’s port and the Baltic Sea Fleet was throw their managers in jail. But at this early stage of his term, they could have done very little without the help of Kremlin officials left over from the Yeltsin era. «They [the Yeltsin Family] were the ones who came up with the plans to put all the media in the hands of the state, which led to the virtual destruction of all independent media,» explained Leonid Nevzlin, the former Menatep tycoon. and watched carefully everything that happened from the side. They handed it over to Putin… We should have seen where it would all lead in Putin’s first year in office. But we wanted to continue seeing things in the rosy color, because economically everything else seemed to be going well.»

The oil industry, in private hands, was going to pose a greater difficulty and a much greater challenge. In Saint Petersburg, the siloviki
they had managed to bend the forces of order to their will and expel their rivals. But taking on the Moscow oligarchs was something else entirely. As much power as they had through the FSB, Putin’s supporters had not yet consolidated their control over the entire law enforcement system, and furthermore the Moscow tycoons were well-established figures, well known in the West, who had created companies with which it was traded in Western markets. At stake was the country’s ability to attract foreign investment, something that the pragmatic Putin still understood as fundamental to accelerating Russia’s economic recovery after the collapse of the 1990s.
The silovikí then quietly began what became known as «Operation Energy.» The Yeltsin Family continued to feel secure in their belief that Putin was a defender of the market economy. For them, he was a president in training who was still learning how to run the government. During the first year of his term, he received intensive classes in English, document speed reading, and administration and history of the Russian state, according to a KGB-linked banker familiar with the matter, who explained: «The system of preparing leaders It had collapsed.»
The Yeltsin Family continued to firmly believe in Putin’s loyalty and his obedience to them. He also apparently believed that, during the new president’s first term, he could continue to run most of the economy, while Putin, at first, seemed to imply that he did not intend to go further. The Family was so comfortable, and so unaware of any ambitions that the KGB men in St. Petersburg might harbor in relation to the oil industry, that they began hatching plans to privatize the remaining state oil major, Rosneft. Roman Abramovich had noticed her for a long time.
The battle had reached a point where the KGB felt it could justify its asset seizure by telling itself that they were preventing the major oil resources from being given to the West. «Yukos intended to hand over most of his assets to the West,» one of them said. The capitalization that [Khodorkovsky] created like a bolt of lightning, all those assets would have been flown abroad through bogus offshore companies. If we hadn’t stopped it, we wouldn’t have maintained control of our oil and gas industries. We would have become servants of Western industrialists for a long time.
And so, in the days following Khodorkovsky’s arrest, the rest of the country’s billionaires watched in horror as the prosecution seized their $15 billion stake in YukosSibneft. Putin told them firmly that he would not discuss the arrest, and the stock market went into a free fall. On the Monday immediately after the arrest, Putin issued a sharp and unequivocal response to the oligarchs’ call for clarity: «There will be no more meetings or negotiations on the activities of law enforcement as long as they remain within the legality. Everyone must be equal before the law, regardless of the billions of dollars that someone may have in their personal or corporate account. If not, we will never teach or be able to force anyone to pay taxes or defeat organized crime and corruption.»
It was a new era. Putin had shed much of the doubts that had marked the first two years of his presidency. The new lords of the Kremlin were ready to divvy up the country’s strategic resources. There was no turning back, neither for Putin nor for his men.

Putin’s state-of-the-nation speeches had focused almost entirely on the economy, on measures to double GDP, create a «comfortable» life for Russian citizens, and further integrate the country into the global economy. and to Europe. «The expansion of the European Union should not only bring us closer geographically, but also economically and spiritually,» he had declared in his speech the previous year.
But in that year there was a different twist: «Russia must continue its civilizing mission of the Eurasian continent. We consider international support for the respect of the rights of Russians abroad to be of vital importance, respect that cannot be subject to political or diplomatic exchanges.
Russia delimited its sphere of influence, albeit belatedly, in the former Soviet republics. She had embarked on a new path: to build a bridge to her imperial past.

When Mikhail Khodorkovsky walked into a packed courtroom in handcuffs in 2004, a trial was about to begin that would change the course of the Russian economy and subvert the country’s judicial system to the benefit of Putin’s men. No one had seen Khodorkovsky since he had been arrested one dawn on that Siberian airstrip. But now he was there, behind the bars of a metal cage in which Russia’s draconian judicial rules dictated that the accused must sit. Thus, his fall from grace was visible to everyone. The judges were three women with high hairdos, who watched with serious faces from the podium gallery at the armed guards who surrounded the cage.
The shooting down of Khodorkovsky would give Putin’s security men a free hand, to the point that in 2012 more than 50% of Russia’s GDP was under the direct control of the state and businessmen closely linked to Putin, in what which was a far-reaching and rapid turnaround from the Khodorkovsky trial, when more than 70% of the economy was in private hands.
In addition, it fueled a hidden economy of black money in the reborn security services, obtained in part from the bribes of those extortion, money that allowed a legion of FSB agents and other police forces to own customized SUVs and palatial floors high above of the purchasing power dictated by their salaries. The security agents had unlimited access to privileged information thanks to which they closed deals that earned them trillions of rubles in cash, which they took out of the country and later laundered in Western accounts.

The Kremlin had already begun to act with considerable cunning. Behind the scenes, Western investment bankers, such as Charles Ryan, the US citizen who ran another Moscow-based brokerage firm, the United Financial Group, were advising the government on the Yukos takeover. When, in mid-September, Putin announced that he was reversing one of the greatest achievements of Russia’s transition to democracy, the election of governors, in response to the Beslan tragedy, the news could have been read as a bad omen in the context of the growing and unquestionable determination of the State to dismember and seize Yukos.
But Putin was pleasantly surprised by some foreign investors. A day after the Kremlin announced the suspension of the gubernatorial elections, it told the markets that it intended to create the world’s largest energy company by merging Gazprom, the state-controlled gas giant, and the last remaining state oil company, Rosneft, to conceive a behemoth that would control the world’s second largest reserves, behind only those of Saudi Aramco, and five times larger than its closest Western counterpart, ExxonMobil. Unlike Aramco, it would be open to foreign investment to participate in it.
The proposed pact was testimony to the bold global ambition of Putin and his circle at a time when Western interest in Russia’s role as an energy provider was growing due to conflicts in the Middle East. This was a major change of course from just six months ago, when Prime Minister Mikhail Kasyanov expressed his willingness to break up Gazprom, in light of liberal-inspired reforms, in order to reduce his monopoly control of the sector. of gas. Putin had flatly rejected it, and the new project to merge the gas monopoly with Rosneft was a clear symbol of the government’s intentions, which were state control of the energy sector.
In any case, for Western investors, this was good news. The strengthening of state control over the economy, which they had feared for so long, was combined with the exciting prospect of getting a piece of this new energy giant. The deal would increase the state’s stake in the merged GazpromRosneft to a majority 51%, and would automatically lift restrictions on the number of shares foreign investors could own in Gazprom. The Putin government had long contemplated such plans to lift the restrictions, known as a «protective fence»; now it looked like they had finally gotten the green light, sending the share price skyrocketing. Western investors salivated at the money they could make doing business with this new behemoth of the state.
Everything was prepared before what promised to be the sale of the new century for the Kremlin: the auction through which one of the biggest prizes in the oil industry would return to the hands of the State with the approval and participation of Western banking institutions. and, to top it off, the big oil companies. But just four days before the planned sale of Yugansk, the Yukos leadership, still led by Theede and Misamore from exile in London, stepped forward in a final act of defiance. The blow came without warning. Quietly, they had filed for Yukos bankruptcy in a Houston court, filing for what is known in the United States as «Chapter 11,» and they were granted a temporary halt on the sale.
Suddenly, the western instances that supported Gazprom withdrew. Yukos managers had argued for the company to be placed under the protection of the US court system because minority US investors owned 10% of the shares, as well as because the big oil company had «significant business» in the US.
That last-minute move infuriated Putin greatly. «I’m not sure [the judge] even knows where Russia is,» he blurted out.
Insisting that US courts were not competent to judge what was happening in Russia, the Kremlin went ahead with the sale. But for Gazprom the risks of bidding at the auction were too high. Its possession of a tangle of assets in the West – storage facilities, exchange nodes and joint ventures for the distribution of gas in Europe – made it vulnerable to lawsuits if it decided to participate in the sale in violation of the US court order. But instead the way was open for Igor Sechin, the silovik whom many in the banking world had begun to nickname «the dark lord» for his propensity for intrigue and ruthless ambition, to present another offer for Yugansk. . Rosneft, his big oil company, had no assets in the West. The sale of Yuganskneftegaz was supposed to be the opposite of those back-room stock-for-loan auctions, whereby the crown jewels of Soviet industry had been transferred at bargain prices into the hands of a handful of well-connected tycoons. Although Yukos had considered it a theft, the Russian government sought to present the sale as a procedure in accordance with normal market rules. As if to emphasize the difference between closed-door sales in the 1990s, they had invited journalists to watch the auction unfold, which was broadcast live on two screens in the luxurious press room of the Russian Federal Fund of the Property.
It was supposed to set a new precedent for transparency.

The fallout from the sale of Yugansk had helped Putin find a crucial weak spot in the West’s armor: economic interests would always outweigh doubts about his regime’s rule of law and democracy. Part of a widespread complacency – and to some extent arrogance – in the West was the belief that Russia no longer represented a danger, that after the dismemberment of the Soviet Union, the fall had been so deep that the only thing left for Russia to do was The West was to find a way to take away some of its energy wealth, while the country’s integration into European markets would eventually make Russia part of a Western-dominated globalization governed by the Same rules as other countries. But to Temerko, the United States appeared to have struck a non-aggression pact with Russia that had given Putin and his men the green light to act as they pleased.
The door was open for the Kremlin to control ever-increasing cash flows, something that would one day allow it to challenge the West. Its takeover of the oil sector received another Western go-ahead in the summer of 2006, when Rosneft launched a $10.4 billion IPO in Western markets. By then the value of the company had been appraised at 80 billion, a huge increase from 6 billion before the Yugansk acquisition. BP took a $1 billion stake, and other major international oil companies also bought significant blocks of shares.
Investors from around the world were betting on sustained Kremlin support for the oil giant’s takeover of the rest of Yukos, as well as a large increase in global oil prices. All of this served to legitimize the Putin regime and to allow its ever-increasing integration into Western markets, expanding the Kremlin’s influence.

Putin’s Kremlin moved quickly to seal his grip. That was the beginning of what would come to be widely known as the ruchnoye upravleniye, or manual regime, whereby the mechanics of each process were to be strictly governed by the men of the Kremlin. Putin had always insisted that the Yukos trial had nothing to do with him, or with the Kremlin. But from the beginning, every decision, every move, had been closely watched. The assault on the judicial system had begun with accusations and gossip that judges had taken bribes from opponents of the Kremlin. The judges, then, tried to counter such insinuations and demonstrate their loyalty by handing down sentences that were perfectly in line with the Kremlin’s orders, following a pattern that dated back to Soviet times, when colleagues spied on and ratted on each other, when everyone was under suspicion and under strict surveillance.
Actually, the paranoia had never really gone away. And now the country was returning to the time when the whole world was divided into «us and them,» when there was fear of an outside enemy working to corrupt the system. But, in a new turn of events, it would now be the judges who would be smeared by the Kremlin.
The country returned to the times of the gulag. The Soviet system of «telephone law» was reinstated. The Kremlin had gained control of the judiciary. The power of the secret services was strengthened. Khodorkovsky, who until recently had been the richest man in the country, was rotting in a Krasnokamensk prison. And the West had been complicit in the whole process.

While Moscow lived in dismay over the assault on Yukos that summer of 2004, various transactions on the city’s stock exchange went unnoticed. Shares of Sogaz, a little-known insurer belonging to Gazprom, had been sold, and the operation had been carried out in three tranches: first 49.9%, then another 26% and finally 12.1%.
At first the operation did not arouse interest. It turned out that those shares had been sold at a discount price by three obscure companies related to the Rossiya Bank, the St. Petersburg financial institution that had once been a vehicle for funds from the Communist Party and, later, for Putin allies linked to the KGB.
The transactions had taken place quietly, away from the noise of government bickering and edicts that usually accompanied the sale of such state assets. For years, the government had been grappling with what to do with Sogaz and the other financial assets that Gazprom had accumulated. But instead of an auction, instead of Western investment banks taking bloated assets, as Kasyanov and others in his government had argued, the sale had taken place unannounced, on the stock exchange.
When Putin became president, Petromed became a hub for hundreds of millions of dollars in donations, ostensibly to purchase medical equipment from Siemens and General Electric to bring the St. Petersburg Military Medical Academy up to date.
Those donations were seen by some basically as tributes paid by the oligarchs to the new Russian tsar, and according to Kolésnikov some of those donations later became part of a «B box» for Putin’s mandate. A large percentage of that money was used to finance the rapid expansion of Bank Rossiya. He provided him with cash with which to acquire the Gazprom insurance company, and also served for Gorelov and Shamalov to acquire shares in the Rossiya Bank. By then, Matthias Warnig, the former Stasi agent with whom Putin had also collaborated closely on technology transfers, had already become president of the financial institution. This was a clear signal that Putin’s former KGB networks were not only being preserved: they were being resurrected and then injected with tens of billions of dollars siphoned from Gazprom.
Gazprom gave away tens of billions of dollars in industrial and media assets for nothing. First, there was the federal media empire that Gazprom had amassed, including NTV, once Gusinski’s indomitably independent television channel. A year before the asset swap was completed, Gazprom had sold its media shares to Gazprombank for $166 million. Barely two years later, with that media empire firmly under the control of Kovalchuk and Bank Rossiya, Dmitry Medvedev, Putin’s chief of staff from St. Petersburg, estimated the value of those same media assets to be of 7,500 million dollars, which made Kovalchuk the most important media mogul in the country, at the head of the largest media conglomerate «in private hands». The empire had expanded to include Channel One, once owned by Berezovski, and two smaller channels, Ren TV and STS, as well as one of the country’s most respected newspapers, Izvestia, and its most widely read tabloid, Komsomolskaya Pravda. ..

Increasingly, London was known as Londongrado, or Moskva-na-Thames [Moscow on the Thames], and two of Russia’s richest billionaires, Roman Abramovich and Alisher Usmanov, an Uzbek metals tycoon whose business had always gone from hand in hand with the Russian state, they settled in the city and went on to occupy the top positions in the lists of wealthiest people in the Sunday Times. Representing the two tycoons, he categorically denied that either had sought to corrupt or infiltrate the British political elite in any way.
To a Russian tycoon, this process reminded him of an old Soviet anecdote that circulated many years ago. At that time, when the Soviet Union was hurtling towards bankruptcy, the KGB was preparing to send an agent to the United States. That agent had invented a very attractive story to go unnoticed: upon his arrival in America he would pose as a rich man, owner of a fleet of yachts and an imposing mansion. American high society would pay homage to him. He told his boss at the KGB how well such a plan would work, and the boss wholeheartedly supported him. But when it came time to seek approval from the KGB Finance Department, the idea had to be modified. The agent was informed that there was no money for such a plan. So, what he would have to do would be to arrive in the United States as a homeless person with no money. «That was the situation,» the tycoon said. And now the dream has come true. Now they have big yachts and private planes. And here they have their great houses. It is a whole group that has landed in the West. The UK infiltration has worked.

None of this would have mattered if the KGB men who ran Russia had intended to use the country’s wealth to strengthen the market and democratic institutions rather than perpetuate and increase their own power. It would not have been a problem if the hardline siloviki around Putin had seen the West as a possible partner, and not increasingly as an enemy determined to weaken Russia as a world power.
But they came from a world where the Cold War had never quite ended, where the only thing that mattered was regaining Russia’s geopolitical might. Theirs was a universe in which, from the very beginning of the country’s transition to a market economy, factions of the KGB had seen capitalism as a tool by which to one day settle accounts with the West, a world in which Putin I thought I could buy anyone. For Putin’s people, the penetration of the West, through a NATO that was ever closer to Russia’s borders, was a threat to its very existence, while the democratic movements that had overthrown the pro-Russian governments of Ukraine and Georgia were seen as revolutions financed by the United States and not as the expression of popular free will.
Those paranoias had been born from the collapse of the empire, they had been entrenched in the bitter defeat of the communist system. The problem was that those who suffered from them were a group of KGB men who were becoming increasingly ruthless in their quest for power.
Putin had made his position very clear during his first address to world leaders, at the Munich Annual Security Conference in February 2007. Many believed that this would be the last year of his presidency. He would soon complete his second term, and according to the Constitution he should step aside. But from the start he combatively warned his listeners that some of them might not like what he was about to say.

As the fortunes of Putin’s men in the KGB who were part of his entourage grew, men like Sergei Pugachev were preparing for his departure. Pugachev had become an anachronism, the symbol of a different era, of the Yeltsin years and the transition to Putin, of a time when business was much freer. After the attack on Khodorkovsky, Pugachev had been gradually pushed into the background. «After that KGB takeover, I couldn’t exert any influence anymore,» he said. They came like a tsunami.”
At a certain point in Putin’s second term, he left his office in the Kremlin. He didn’t seem to need it anymore, and he drew too much attention to himself. He continued to stay close to Putin up to a point; he helped him organize a vacation with Prince Albert of Monaco in the summer of 2007 in the remote region of Tuva, close to the Mongolian border, which Pugachev represented as a senator. There, surrounded by the splendor of the Siberian mountains, the two men fished in the Yenesei River, and it was there that Putin posed for the first time shirtless, in an image that has become famous, presenting himself as a heroic macho.
The system of black money used to corrupt officials had long since gone beyond the early proxies of the Putin regime, beyond Timchenko, Kovalchuk and Rotenberg, and had spread to all the Russian billionaires who acted as fronts at the behest. of the Kremlin. “Everyone gets calls to send money for this or that. They all say, “We’ll give it. What more do you need? This is how the system works. Everything depends on the first person, because he has unlimited power. Everyone is willing to work with those rules. And those who are not, are either in jail or abroad.
If the Soviet Union had carried out influence operations deep in the Middle East and Africa, now Putin’s KGB capitalism had penetrated Europe. «That black money is like a dirty atomic bomb,» Pugachev commented. In some senses it is there, in other senses it is not. Nowadays it is much more difficult to trace.”
For the Ukrainian government, what the Kremlin was doing to their country was a warning that Russia might seek to expand its activities to disrupt and divide the West. “Russia tries to create turmoil in the EU by supporting far-right political movements,” said Arseni Yatseniuk, a pro-Western Ukrainian prime minister in early 2015. This is an exact copy of what they did in the Ukraine.»

In March 2012, a Russian banker was shot dead in the street as he was about to enter his home near Canary Wharf, one of those plots began to surface. The banker, German Gorbuntsov, was part owner of a chain of banks through which large contractors, along with Yakunin’s state-owned Russian Railways, had siphoned off billions of dollars in contract cash and subsequently laundered the proceeds.
Gorbuntsov had been caught in a crossfire between powerful state officials and organized crime groups in a dispute over money that had disappeared in the 2008 financial crash.
The senior Russian official who ran Russian Railways at the time when contract money was siphoned through the Moldovan plot had long been active in the West, building a network of alliances and think tanks that reached to the upper echelons of the services. security in Germany, the British Parliament and the highest circles of French politics. Vladimir Yakunin, the former top KGB official from Putin’s inner circle, had stepped down as director of Russian Railways two years before the son of a close ally, Andrei Krapivin, was found to have $277 million from the Moldovan Laundry in his accounts. banking. Yakunin claims that he had no knowledge of these financial machinations.

Unlike Soros, who was a public figure, Malofeyev operated in the shadows. He never made public his budget or what his claims were. And unlike the liberal openness espoused by Soros’s Open Society, Putin’s men wanted to promote an ideology based on the shared Slavic values of Russian Orthodoxy, which preached almost the opposite of Western values of tolerance. Russian Orthodoxy considered itself the only true faith, and for it everything else was heresy. He argued that individual rights should be subordinated to tradition and the state, and that homosexuality was a sin. Putin’s men in the KGB had chosen an ideological logic to push for the return of the Russian empire that appealed to those who felt left out in the tumult of globalization, as well as people with vulgar innate prejudices. They turned to previously marginalized philosophers like Alexander Dugin, a bearded political thinker who seemed to have stepped out of the pages of a Dostoyevsky novel, to propose theories about Russia’s destiny as a Eurasian empire that would assume its rightful place as true and single power, like the Third Rome. They had long been searching for an ideology that would unite their allies against the liberal West, and Putin had spent years debating those ideas, as well as the approaches of other exiled imperialists from White Russia, with De Pahlen and the rest of the financiers in Geneva.
Russia’s efforts were not based solely on establishing business ties, nor on trying to break the West’s unity on sanctions. Through state agencies such as Rossotrudnichestvo and Ruski Mir, a network of think tanks
he had begun to take root in Paris. The Russian Institute for Democracy and Cooperation opened a branch on a quiet street in the 7th arrondissement in 2008. It was intended to be Russia’s answer to the Carnegie Legacy for International Peace, to counter negative Western views of Russia and end what , according to one of its founders, was the «Western monopoly» on the definition of human rights and their observance by Russia. That was part of an image campaign that began when the Russian government created Russia Today, the English-language global television designed to challenge the hegemony of Western channels such as CNN and the BBC.

Growing concern about Russian organized crime merging with the highest levels of government coincided with a growing awareness of Russian intelligence activities in the West. In 2010, the FBI identified 10 Russians whom it accused of being agents acting for Russian foreign intelligence, including a red-haired femme fatale named Anna Chapman who had run an online real estate agency in New York while seeking political contacts by highest level. Eight of them were charged with acting as «illegal» infiltrators, assuming false identities and leading seemingly normal «American» lives.
Rumors persisted of further financial support from Moscow through Deutsche Bank, which offered Trump more than $4 billion in loan commitments and potential bond offerings in the years after his bankruptcy filing in the early 1990s. 1990. The German bank became Trump’s lender of last resort when other Wall Street banks shut it out as too high a financial risk. After 2011, his private banking division provided more than $300 million in loans for Trump projects, including Chicago’s Trump International Hotel and Tower and Florida’s Doral Golf Resort and Spa. This caused a great controversy within the bank, because Trump had already failed to liquidate a payment of 334 million dollars of a total loan of 640 million from the commercial division of Deutsche granted to Trump Tower in Chicago. Deutsche had always had a special relationship with Putin’s Kremlin.
Putin and his men from his KGB had come a long way. The networks they had created on the eve of the Soviet collapse to funnel assets to the West had been preserved and filled with new money. Suspected associates of organized crime, such as Boris Birshtein, were still active and available, while other apparently more respectable businessmen who had followed them, such as Shalva Chigyrinski, were also fully aligned with the Russian state. If, for a brief period, during Yeltsin’s mandate, there was a risk that these networks would get out of control, with Putin the security services had once again asserted his primacy. In the case of Chigyrinsky, for example, Putin’s security men exercised control over him. His brother Alexander was still in Moscow when he left Russia again after the 2008 financial crisis.
The Russians seemed delighted with the chaos, although, at the same time, fearful of the result of the impeachment. The scandal exposed both the fragility of the American political system and the fact that it had been eroded from within. «It seems that all American politics is for sale,» commented a senior Russian ex-banker with ties to the security services. We believed in Western values… But it turned out that everything depended on money and that all those values were pure hypocrisy.»
But from the beginning, Russian black money networks had been partly embedded in the system to erode it and fuel corruption in the West. For a prominent Russian businessman, Putin’s Russia posed a growing threat to Western liberal democracy. During the impeachment process and the 2020 presidential election contest, the clash between liberal values and the Putin-style corrupt and authoritarian order came to a head. «Putin understands that Russia can spend as much money as it wants [to sow chaos in the West]. The obschak, the black money box B, has become the size of the entire budget, and now they can also give orders to the oligarchs. It is a mafia that has seized power, and the state acts like the mafia.”
The KGB system of capitalism continued to function. The nets were still in place.

If, beyond its borders, Russia posed a growing threat to the Western liberal order, within them the system of KGB capitalism seemed to be calcifying and, perhaps, becoming untenable. The mafia system of iron control and corruption penetrated all the cracks in society, all political decisions and all business agreements. After Yukos and Mikhail Khodorkovsky were shot down, the power of the security men had increased to such an extent that the FSB had influence over almost all regional businessmen and politicians, no matter how low they were in the food chain. It was a system of warring clans—including different branches of law enforcement—competing for portions of the country’s wealth, and in which survival required cooperation. Those who rebelled ended up in jail. The story of a comparatively modest bureaucrat exemplifies how the system works.
Russian officials seemed to care so little about Western investment in the wake of sanctions that they went so far as to detain one of the few Western investors remaining in Russia, Michael Calvey, in February 2019, freezing his assets and leaving them ready for sale. Putin’s security men could get hold of them.
But sanctions, infighting and the almost monopolistic influence of Putin’s men were a constant drag on the economy. A Western lawyer wryly observed that, before the Crimea campaign, Russia was on track to become the world’s fifth largest economy by 2020.
The recent history of Russia was already written long before. The fate was already set. The KGB was still involved in all the ruling elites of Russia. The idea of «purification» – the banning of those who had worked in the KGB from holding positions – was raised by Yeltsin, but was immediately dismissed by senior officials in his administration, as they were all KGB men of varying ranks and with different degrees of experience. «He was told that something like that would be impossible,» Pugachev explained. There would be no one left to take care of the work. It would have affected 90% of the ruling elite. There were very few people who had not collaborated in one way or another.»
The circle of the Russian Revolution had come full circle. The reformers who, thirty years ago, proclaimed to the world the promise that the country was moving along the new market path towards global integration soon had to make concessions, or else they had worked with the KGB for the country’s transition from the beginning. Those who believed they were working to introduce the free market had underestimated the enduring power of security men. “That is the tragedy of Russia in the 21st century Pugachev concluded. The revolution has never been completed. From the beginning, the security men had been planting the roots of the revenge. But apparently, from the beginning they were also doomed to repeat the mistakes of the past.

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