Mujeres Valientes — Txell Feixas Torras / Brave Women (Dones Valentes) by Txell Feixas Torras (spanish book edition)

Historias desgarradoras de mujeres que en pleno siglo XXI tuvieron la desdicha de nacer en sociedades donde el ser mujer es una maldición.
Sin duda un libro que nos hace reflexionar sobre la idiosincracia de las sociedades, el valor que tenemos los seres humanos independientemente de nuestro género.
Trece mujeres de medio oriente que nos retrata el dolor de sus vidas día a día. Desde el matrimonio infantil, la dolorosa vida de las mujeres y niños refugiados, las violaciones y explotación laboral así como las razones de los altos porcentajes de suicidios de mujeres y de mortandad infantil.
Aun en el dolor es admirable ver como reúnen valor y muchas de ellas son la luz que salva otras vidas.
Al mismo tiempo nos queda reconocer la gran labor de todas las asociaciones civiles que hacen lo humanamente posible por ayudar en condiciones terribles a las mujeres de medio oriente.
«Se han acortado las distancias pero no las diferencias».

Si eres un niño, vienes al mundo; si eres una niña… ya veremos. Así de simple. Creo que trabajo en el peor país en el que nacer y crecer siendo mujer; donde vivir o morir es, también, una cuestión de género.
Después de esta durísima reflexión, Laia, desde Afganistán, y yo, desde el Líbano, colgamos. Entonces todavía no era consciente de ello, pero esa última llamada, así como el contenido de otros mensajes y correos intercambiados semanas antes, hicieron que le diera una vuelta al inicio de este libro, que justo entonces estaba empezando a escribir.
Impactada por las luchas diarias a las que hacen frente muchas mujeres en el mundo árabe, desde que nacen y hasta que mueren, quería poner en valor sus pequeñas grandes victorias.
El problema es que en Afganistán las madres no tienen ni voz ni voto. No tienen derechos. Tampoco reproductivos, concluye Laia frustrada. Y me pregunto en qué se traduce eso en el trato con las embarazadas. Le escribo y pulso «enviar». Asumo que no me podrá contestar hasta el día siguiente, pero recibo un mensaje de voz enseguida. Supongo que, en determinados momentos, en el hospital se le hace más fácil hablar que teclear.
…Para que se las asista aquí, todas las mujeres necesitan el permiso del marido. Y, una vez en el centro, sin autorización masculina tampoco puedo llevar a cabo ninguna actuación por iniciativa propia. Además, casi nunca tengo la posibilidad de consultar los pasos a seguir con el padre, ¡porque no aparece! Delante tengo, en muchos casos, al suegro o a un cuñado, con los que cuesta hacerse entender por una cuestión idiomática y cultural. ¡A veces vivo en la paradoja de tener que debatir con un hijo si le practico una cesárea a su madre! Son los hombres los que mandan. Incluso después de conseguir convencer a alguna mujer de que lo mejor es hacerle una ligadura de trompas para evitar nuevos embarazos de riesgo, la familia se ha acabado negando. Para ellos, cuantos más hijos, mejor.
…Mientras Jadiya sigue dilatando en la camilla del quirófano, Laia me explica que, si muriera en ese parto complicado, su marido no tardaría en casarse. Quien dice casarse dice comprarse a otra mujer para que le haga de esposa. Si, en cambio, fuera el hombre el que perdiese la vida, Jadiya debería pasar cuarenta días encerrada en casa, de duelo estricto, sin hacer absolutamente nada, y, después, quizá debería acceder a casarse con un cuñado o con otro hombre del entorno del difunto, al que ha pasado a pertenecer para siempre, para toda la eternidad. La ruptura de la mujer con sus parientes de sangre, que empieza con el matrimonio.

Clandestina. Es la opción que Melissa escogió hace casi tres años y que impregna, desde entonces, gran parte de su vida en el Líbano. Cuando entra en su habitación, forrada de carteles de adolescentes, procura que la puerta quede bien cerrada para que no oigan lo que hace. Por si acaso, esta joven de veintitrés años se coloca unos grandes auriculares, que envuelven sus rizos y que la aíslan, para escuchar, sin distracciones, el material sonoro con el que trabaja conectada a su Mac. Parece haberse mimetizado con la discreción que la mueve. Es pequeña, ligera, fugaz. Tiene una presencia esquiva. Pared con pared, su madre hace la comida mientras imagina que su hija está estudiando para los exámenes de la Academia de las Artes en la que está a punto de graduarse. Ajeno también al proyecto que la ocupa, el padre trajina por el jardín de casa, haciendo tiempo, a la espera de que su mujer grite el habitual «¡A la mesa!» de cada mediodía.
Melissa ha vulnerado el artículo 541 del código penal del país. Según esa normativa —de 1943, y jamás actualizada—, el supuesto delito puede costarle hasta tres años de cárcel y miles de dólares de multa. A ella y a los que, con su consentimiento, hayan colaborado con ella de alguna manera. Por eso, en un primer momento, no lo compartió ni con su pareja. Escogió a un amigo íntimo para que la acompañara a ejecutar el supuesto crimen. Y, hasta hace muy poco, no ha hecho partícipe a su padre de lo ocurrido.
Pero ¿qué delito ha cometido Melissa? Pues el de ejercer su derecho, como mujer, de interrumpir su embarazo. Una opción libre en muchos países, pero perseguida aquí. El aborto está estrictamente restringido y solo se permite cuando un médico certifica que la vida de la madre corre serio peligro. También se aplican atenuantes si el embarazo es fruto de una violación. El caso de Melissa no respondía a ninguna de esas dos hipótesis. La regulación libanesa la empujó, con solo veinte años, a adentrarse prácticamente sola en un submundo que desconocía.
La decisión de interrumpir un embarazo en el Líbano no solo coloca a la mujer en una disyuntiva peligrosa. También sitúa a los ginecólogos ante un dilema que demasiadas veces los lleva a practicar intervenciones por la puerta de atrás, operaciones que se llevan a cabo a través de vías soterradas, a golpe de talonario y haciendo uso de la agenda de contactos.
Miles de mujeres sufren la paradoja criminal de la que es cómplice el país en el que viven. Las libanesas no pueden abortar porque, por ley, es un crimen. Pero, entretanto, se obliga a centenares de refugiadas a someterse a interrupciones del embarazo para poder seguir ejerciendo la prostitución.
«La maldición del cromosoma X», la llaman en la región. Las mujeres vistas como una alteración genética que las relega a ser ciudadanas de segunda a las que no se permite tomar ninguna decisión.

La imagen era hipnótica: decenas de adolescentes vestidas de novia concentradas en una pequeña plaza de la capital libanesa. Fui hacia allí por curiosidad, pensando que se trataba de alguna iniciativa escolar o festiva. Pero, al acercarme, en aquellos trajes impolutos y blancos iba distinguiendo manchas rojas. Era sangre. Y trozos de tela de color carne que cubrían partes de su cuerpo. Eran vendajes. Y algunas de las chicas cojeaban al caminar. Llevaban muletas. De lejos, la estampa irradiaba una gran pureza, pero de cerca era esperpéntica. Mi sonrisa inicial se rasgaba, como los vestidos de novia andrajosos que tenía delante. Como las vidas que aquellas mujeres intentaban rehacer.
Un gran cartel escrito en árabe encabezaba la marcha. No entendía lo que decía y se lo pregunté a una de las jóvenes que gritaba indignada.
«¡No queremos que ninguna mujer más tenga que casarse, como nos ha pasado a algunas de nosotras, con su violador!».
Sin saberlo, estaba siendo testigo de uno de los actos de campaña más importantes que se habían hecho jamás en Beirut contra esa anomalía legal, y que Naciones Unidas premió por su gran impacto. Aquellas adolescentes —algunas víctimas de una violación, otras activistas— salían a la calle para exigir al Gobierno libanés la derogación del artículo 522 del código penal. Una disposición que, me explican a pie de manifestación, permite a un violador quedar en libertad sin juicio si se casa con su víctima. Una aberración a la que habían sobrevivido muchas de aquellas chicas y que se reproducía también en otros países árabes.
La denuncia del abuso sexual es un tema tabú en muchas escuelas, pero está empezando a introducirse con tacto. Una de las iniciativas pone al servicio de la causa una de las tradiciones culturales más queridas en Oriente Próximo: los títeres y las sombras chinescas. En habitaciones oscuras, proyectados sobre telas de seda, cobran vida personajes de la cultura libanesa y siria. Ahmad y Rasha, dos jóvenes artistas, se vuelcan en su trabajo y se convierten en la voz de mil y una historias. Adaptan cuentos que educan en temas tan sensibles como los abusos sexuales, los matrimonios infantiles forzados o la violencia doméstica. Los activistas viajan con sus títeres por todo el país y enseñan sus técnicas al profesorado de una quincena de escuelas libanesas, para que la sensibilización pueda llegar a más niños.
Muchos subestiman, por ignorancia, la utilidad de estas actuaciones y campañas. Otros las temen, y amenazan a quien tiene el coraje y la visión necesarios para ponerlas en marcha.

¿Te imaginas que Estado Islámico te secuestrara con poco más de dieciséis años? ¿Que te vendiera como esclava sexual hasta tres veces? ¿Que te violaran y te golpearan todos los días? ¿Quedarte embarazada de uno de los yihadistas que te ha comprado? ¿Te imaginas verte obligada a dejar a tu hijo a una ONG porque, cuando finalmente consigues escaparte, tu comunidad te acepta a ti, pero no al niño? ¿Oír que algunos vecinos te critican a tus espaldas y te culpan por ser víctima de la barbarie? ¿Te imaginas tener que pasar por este calvario en un campo de refugiados, porque los que te han maltratado también arrasaron tu pueblo? ¿Y vivir sin más ayuda que un cóctel explosivo de pastillas que a duras penas te permite levantarte? ¿Te imaginas tener además el coraje de explicar tu testimonio a una sociedad que no ha movido ni un dedo para ayudarte, pero a la cual presupones todavía un mínimo de humanidad y justicia?.
Cuando, en agosto de 2014, los extremistas irrumpen en el poblado, todos salen corriendo hacia las montañas para evitar que los capturen. Pero, después de conseguir huir con poco más que lo que llevaban puesto, el hambre y la sed los obligan a bajar a la ciudad, momento en el que aquella panda de bárbaros aprovecha para secuestrarlos. Hiyam hacía solo cuatro meses que se había casado con el hombre del que aún está enamorada. Se emociona por un instante, pero continúa con su relato. Con el secuestro, los pierde a todos de vista. El infierno que vivirá, con truculentas variantes, se repite en las poblaciones por las que se extiende la mancha negra de Estado Islámico. Los yihadistas separan a los hombres de las mujeres. A los primeros los asesinan en masa. Los queman vivos en grandes hogueras, a las que también lanzan a las mujeres que se atreven a levantar la voz mientras se las obliga a presenciar la masacre. En otros lugares, los hombres son fusilados en hilera al lado de fosas cavadas en las afueras de los núcleos urbanos y se remata a los heridos con un tiro de gracia. Eso explica por qué en entornos yazidíes vemos a muchas mujeres y niños, pero poca presencia masculina.
Le esperan cuatro años de cautiverio durante los que la venderán hasta tres veces. Cada nuevo propietario era peor que el anterior. El primer comprador tenía mujer e hijos. Estuvo con él cerca de cuatro meses. De esa familia nos cuenta muy poco. Lo que para mí ya es cruel e insoportable no era nada frente a lo que se le venía encima. Después —sin que nadie le explicara el motivo—, este combatiente la vende a un segundo hombre. De este yihadista sí que destaca que era imán de una mezquita. La obligó a aprender árabe y a recitar textos del Corán, y le pegaba si no recitaba los versos con voz fuerte y clara. Esta nueva situación duró casi un año. A continuación volvió a cambiar de manos. La vendieron por unos 1.200 dólares, un precio supuestamente elevado, e indicativo —nos explica— de que era una chica que se disputaban en este macabro intercambio en el que la mujer quedaba reducida a una mercancía. A otras jóvenes directamente las regalaban y las humillaban todavía más, diciéndoles que ni como esclavas sexuales eran lo suficientemente buenas o atractivas. A las que no quería nadie las ataban en la calle y las dejaban morir de hambre y de sed, abandonadas como animales, lamenta Hiyam, sabiéndose, en comparación, afortunada.
El tercer comprador la obligó a firmar un acuerdo similar a un matrimonio. Pasaba a ser una esposa más del extremista. Pero a ella le tocaba servir a todas las demás mujeres y hacerse cargo de las tareas domésticas de la casa en la que convivían todas juntas. Cada día le pegaban ellas y la violaba él.

La sensación de estar ante un mercadeo absoluto del género femenino culmina cuando nos muestra un catálogo. Está disponible online y en papel. Páginas y páginas con fotografías de chicas y sus respectivas descripciones: edad, peso, altura, procedencia, color de piel, religión, idiomas que dominan, puntos fuertes, observaciones, tarifa… Esta última oscila en función, sobre todo, del país de origen. Las filipinas, nos explica Hisham, son las más codiciadas. Por lo general tienen un buen nivel de inglés, experiencia y son «menos oscuras», argumenta. Eso las «encarece» hasta los 250 dólares mensuales. Para que nos situemos: menos de la mitad de lo que debería ser el salario mínimo libanés. Pero las etíopes, como Benchymer, son las más contratadas porque en términos de calidad-precio son las más baratas y «solventes»: unos 150 dólares al mes. Aún mejor de precio, pero menos solicitadas porque «el nivel baja demasiado», salen las jóvenes de Bangladés o Sri Lanka. Un detalle no menor: nos cuenta que las «feas» —me pregunto cuál es el criterio para determinarlo— son más caras que las «guapas». La razón: las mujeres que las contratan para trabajar en su casa quieren evitar que tienten a sus maridos, entendiendo —por supuesto— que la criada es la culpable de todos los posibles problemas y que el hombre será una pobre víctima. Así que, concluye, «las quieren feas y no demasiado jóvenes».
Las redes sociales no solo hacen de altavoz de las víctimas, sino que a menudo rompen el aislamiento forzoso. Es lo que les enseñan en los talleres especializados en formar a este colectivo vulnerable. Aprenden a utilizar Facebook o WhatsApp de forma discreta y segura, estableciendo redes de asistencia entre ellas. Incluso, aprovechando que las familias están fuera de casa, piden comida para llevar para algunas trabajadoras a las que les hacen pasar hambre.

Parece que la emergencia de las mujeres como sujeto político también ha sorprendido a la prensa con el pie cambiado. Estos días leo titulares como: «Todas las bellezas son revolucionarias» o «Caras bonitas en la calle», y artículos de una superficialidad ridícula obsesionados con la estética del movimiento. Los hay que casi convierten en una caricatura que una mujer con velo se manifieste al lado de una que lleva falda. ¡Ya ves, les parece exótico! Acabas el artículo y ves que han obviado todas y cada una de las reivindicaciones del colectivo, que no son pocas en un Líbano con más mujeres que hombres y en el que ellas tienen un sesenta por ciento menos de derechos; un Líbano que ocupa la décima posición por la cola en igualdad de género y que tiene un triste cinco por ciento de representación femenina en el Parlamento. ¡Claro que se sienten ciudadanas de segunda! ¿O no es de segunda que sea legal que te casen siendo una niña de tal vez nueve años? ¿O que si te violan dentro del matrimonio no sea delito porque se entiende que el acto sexual siempre es consentido entre las partes?
El Día de la Mujer en el Líbano fue histórico, nadie se esperaba aquel pulso en una sociedad tan machista. Miles de mujeres salieron a la calle sin instrucciones religiosas ni políticas, juntas por primera vez. «Distintos motivos, la misma ira», gritaban al unísono. Durante la marcha, pasamos por los barrios más conservadores de la ciudad. Algunos hombres nos escupían desde los balcones mientras exclamaban «Haram!». Te escupían sin ningún tipo de vergüenza, mirándote como si te estuvieran dando una bofetada. Otros seguían el inusual desfile negando con la cabeza y recitando por lo bajo una especie de mantra satánico. También estaban los que hacían entrar a sus mujeres en casa cuando se daban cuenta de que asomaban la nariz por la ventana o espiaban detrás de las cortinas, ¡no fuera que se animaran a participar! Algunas de ellas, con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas, señalaban los carteles desafiantes en un país sexualmente reprimido, al menos de puertas afuera. La pancarta que hizo más ruido resumía la jornada con un «¡Clítoris, uníos!». ¡Enorme! Pensé en la valiente que se había atrevido a escribir aquello sabiendo cuáles eran los barrios por los que se pasearía aquel lema.

Todas ellas están hartas de esperar su momento, el momento de las mujeres. Desde que tienen conciencia se les ha dicho que ese momento no llegará nunca. Ahora no, que hay guerra. Ahora no, que hay crisis. Ahora no, que hay pobreza. Ahora no, que estamos de duelo. Ahora no, que hay pandemia. Ahora tampoco. Hasta ahora. Ya no quieren que nadie hable por ellas. Y nos toca, a nosotros, escucharlas.

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Heartbreaking stories of women who in the 21st century had the misfortune of being born in societies where being a woman is a curse.
Undoubtedly a book that makes us reflect on the idiosyncrasies of societies, the value that human beings have regardless of our gender.
Thirteen women from the Middle East who portray us the pain of their lives every day. From child marriage, the painful life of refugee women and children, rape and labor exploitation as well as the reasons for the high rates of female suicides and infant mortality.
Even in pain it is admirable to see how they gather courage and many of them are the light that saves other lives.
At the same time, it remains for us to recognize the great work of all civil associations that do what is humanly possible to help women in the Middle East in terrible conditions.
«The distances have been shortened but not the differences».

If you are a child, you come into the world; if you’re a girl … we’ll see. Simple as that. I think I work in the worst country in which to be born and grow up as a woman; where to live or die is also a question of gender.
After this very hard reflection, Laia, from Afghanistan, and I, from Lebanon, hung up. So she was still not aware of it, but that last call, as well as the content of other messages and emails exchanged weeks before, made her turn to the beginning of this book, which she was just beginning to write.
Shocked by the daily struggles faced by many women in the Arab world, from birth to death, she wanted to value her small great victories.
The problem is that in Afghanistan, mothers have neither voice nor vote. They have no rights. Not reproductive either, concludes Laia in frustration. And I wonder what that translates into in dealing with pregnant women. I write and hit «send.» I assume she won’t be able to answer me until the next day, but I get a voicemail right away. I guess, at certain times, it is easier for him to talk than to type in the hospital.
… To be assisted here, all women need the permission of the husband. And, once in the center, without male authorization, I cannot carry out any action on my own initiative. In addition, I hardly ever have the possibility to consult the steps to follow with the father, because he does not appear! In front of me I have, in many cases, the father-in-law or a brother-in-law, with whom it is difficult to make themselves understood due to an idiomatic and cultural issue. Sometimes I live in the paradox of having to debate with a son if I perform a caesarean section on her mother! It is the men who rule. Even after being able to convince a woman that it is best to have a tubal ligation to avoid new risk pregnancies, the family has ended up refusing. For them, the more children the better.
… While Khadija continues to expand on the operating table, Laia explains to me that, if she died in that complicated delivery, her husband would soon marry. Whoever claims to marry claims to buy another woman to make him a wife. If, on the other hand, it was the man who lost his life, Khadija would have to spend forty days locked up at home, in strict mourning, doing absolutely nothing, and then perhaps she should agree to marry a brother-in-law or another man from the environment of the deceased, to whom he has come to belong forever, for all eternity. The rupture of the woman with her blood relatives, which begins with the marriage.

Clandestine. It is the option that Melissa chose almost three years ago and that she has permeated, since then, much of her life in Lebanon. When she enters her room, lined with teenage posters, she makes sure that the door is tightly closed so that they do not hear what she is doing. Just in case, this twenty-three-year-old girl wears large headphones, which wrap her curls and isolate her, to listen, without distractions, to the sound material with which she works connected to her Mac. move. She is small, light, fleeting. She has an elusive presence. Wall to wall, her mother makes the food while she imagines that her daughter is studying for the exams at the Academy of the Arts from which she is about to graduate. Also oblivious to the project that occupies her, her father bustles around the garden at home, stalling, waiting for her wife to shout the usual «To the table!» every noon.
Melissa has violated article 541 of the country’s penal code. According to these regulations – from 1943, and never updated – the alleged crime can cost you up to three years in jail and thousands of dollars in fines. To her and to those who, with her consent, have collaborated with her in any way. For this reason, at first, she did not share it with her partner. She chose a close friend of hers to accompany her to carry out the alleged crime. And, until very recently, she has not told her father about what happened.
But what crime has Melissa committed? Well, to exercise her right, as a woman, to interrupt her pregnancy. A free option in many countries, but pursued here. Abortion is strictly restricted and is only allowed when a doctor certifies that her mother’s life is in serious danger. Extenuations are also applied if the pregnancy is the result of rape. Melissa’s case did not respond to either of those two hypotheses. Lebanese regulation pushed her, at only twenty years old, to enter an underworld that she did not know, practically alone.
The decision to terminate a pregnancy in Lebanon not only places women in a dangerous dilemma. It also places gynecologists faced with a dilemma that too often leads them to perform interventions through the back door, operations that are carried out through underground routes, at the stroke of a checkbook and making use of the contact list.
Thousands of women suffer from the criminal paradox of which the country in which they live is complicit. Lebanese women cannot abort because, by law, it is a crime. But, in the meantime, hundreds of refugee women are being forced to undergo pregnancy terminations in order to continue prostitution.
«The curse of the X chromosome,» they call it in the region. Women seen as a genetic alteration that relegates them to being second-class citizens who are not allowed to make any decisions.

The image was hypnotic: dozens of teenagers in wedding dresses concentrated in a small square in the Lebanese capital. I went there out of curiosity, thinking that it was some school or holiday initiative. But, as I got closer, in those pristine white suits I was making out red spots. It was blood. And pieces of flesh-colored cloth that covered parts of his body. They were bandages. And some of the girls were limping when walking. They were carrying crutches. From afar, the picture radiated great purity, but up close it was grotesque. My initial smile was torn, like the tattered wedding dresses in front of me. Like the lives those women were trying to remake.
A large sign written in Arabic led the way. I did not understand what he was saying and I asked one of the young women who was screaming indignantly.
«We don’t want any more woman to have to marry, as some of us have had, to her rapist!»
Unknowingly, he was witnessing one of the most important campaigning events ever held in Beirut against this legal anomaly, and one that the United Nations rewarded for its great impact. Those teenagers – some rape victims, other activists – took to the streets to demand that the Lebanese government repeal article 522 of the penal code. A provision that, they explain to me at the foot of the demonstration, allows a rapist to be released without trial if he marries his victim. An aberration that many of those girls had survived and that was also reproduced in other Arab countries.
Reporting sexual abuse is a taboo subject in many schools, but it is beginning to be tactfully introduced. One of the initiatives puts one of the most beloved cultural traditions in the Middle East at the service of the cause: puppets and Chinese shadows. In dark rooms, projected on silk fabrics, characters from Lebanese and Syrian culture come to life. Ahmad and Rasha, two young artists, turn to their work and become the voice of a thousand and one stories. They adapt stories that educate on sensitive topics such as sexual abuse, forced child marriage or domestic violence. The activists travel with their puppets across the country and teach their techniques to teachers in about fifteen Lebanese schools, so that awareness can reach more children.
Many ignorantly underestimate the usefulness of these actions and campaigns. Others fear them, and threaten those who have the courage and vision to set them in motion.

Can you imagine that the Islamic State kidnapped you when you were just over sixteen? Sell you as a sex slave up to three times? That they rape and beat you every day? Get pregnant by one of the jihadists who bought you? Can you imagine being forced to leave your child to an NGO because, when you finally manage to escape, your community accepts you, but not the child? Hear some neighbors criticize you behind your back and blame you for being a victim of barbarism? Can you imagine having to go through this ordeal in a refugee camp, because those who have mistreated you also devastated your town? And living with no more help than an explosive cocktail of pills that barely allows you to get up? Can you imagine also having the courage to explain your testimony to a society that has not lifted a finger to help you, but to which you still presuppose a minimum of humanity and justice?
When extremists stormed the village in August 2014, they all ran into the mountains to avoid capture. But, after managing to flee with little more than what they were wearing, hunger and thirst force them to go down to the city, at which point that gang of barbarians takes the opportunity to kidnap them. Hiyam was only four months since she had married the man she is still in love with. She gets emotional for an instant, but continues with her story. With her kidnapping, she loses them all from sight. The hell that she will live, with gruesome variations, is repeated in the towns through which the black mark of the Islamic State spreads. Jihadists separate men from women. The former are murdered en masse. They are burned alive in large bonfires, at which they also throw women who dare to raise their voices as they are forced to witness the massacre. In other places, men are shot in a row next to graves dug on the outskirts of urban centers and the wounded are shot with a coup de grace. That explains why in Yazidi settings we see many women and children, but little male presence.
Four years of captivity await him, during which they will sell it up to three times. Each new owner was worse than the last. The first buyer had a wife and children. She was with him for about four months. He tells us very little about that family. What for me is already cruel and unbearable was nothing compared to what was coming to him. Later – without anyone explaining why – this fighter sells her to a second man. Of this jihadist it does stand out that he was an imam of a mosque. He forced her to learn Arabic and recite texts from the Qur’an, and beat her if she did not recite the verses in a loud and clear voice. This new situation lasted almost a year. Then he changed hands again. They sold her for about 1,200 dollars, a supposedly high price, and indicative – she explains – that she was a girl who disputed in this macabre exchange in which the woman was reduced to a commodity. Other girls were directly given away and humiliated even more, telling them that not even as sex slaves they were good enough or attractive enough. Those who were not wanted by anyone were tied up in the street and left to die of hunger and thirst, abandoned like animals, Hiyam laments, knowing that she was fortunate in comparison.
The third buyer forced her to sign an agreement similar to a marriage. She happened to be one more wife of the extremist. But it was her turn to serve all the other women and take charge of the household chores in the house where they all lived together. Every day they beat him and he raped her.

The feeling of being in the face of an absolute marketing of the female gender culminates when she shows us a catalog. It is available online and on paper. Pages and pages with photographs of girls and their respective descriptions: age, weight, height, origin, skin color, religion, languages they speak, strengths, observations, rate … The latter varies depending, above all, on the country originally. The Philippines, Hisham explains, are the most coveted. They generally have a good level of English, experience and are «less obscure,» he argues. That «makes them more expensive» up to $ 250 a month. For our position: less than half of what the Lebanese minimum wage should be. But Ethiopians, like Benchymer, are the most hired because in terms of value for money they are the cheapest and «solvent»: about $ 150 a month. Even better in price, but less in demand because «the level goes down too low», come the young people from Bangladesh or Sri Lanka. Not a minor detail: he tells us that the «ugly ones» – I wonder what the criteria are for determining this – are more expensive than the «pretty ones.» The reason: the women who hire them to work at home want to avoid being tempted by their husbands, understanding — of course — that the maid is to blame for all possible problems and that the man will be a poor victim. So, he concludes, «they want them ugly and not too young.»
Social media not only acts as a loudspeaker for victims, but often breaks the enforced isolation. This is what they are taught in specialized workshops to train this vulnerable group. They learn to use Facebook or WhatsApp discreetly and safely, establishing support networks between them. Even taking advantage of the fact that the families are away from home, they ask for take out food for some workers who are starved.

It seems that the emergence of women as political subjects has also surprised the press with a different foot. These days I read headlines like: «All beauties are revolutionary» or «Pretty faces in the street», and articles of a ridiculous superficiality obsessed with the aesthetics of the movement. There are those who almost turn it into a caricature that a veiled woman manifests herself next to one wearing a skirt. You see, it seems exotic to them! You finish the article and you see that they have obviated each and every one of the demands of the group, which are not few in a Lebanon with more women than men and in which they have sixty percent fewer rights; a Lebanon that ranks 10th from the tail for gender equality and has a dismal five percent female representation in Parliament. Of course they feel like second-class citizens! Or isn’t it second-rate that it’s legal to be married as a girl of maybe nine? Or that if they rape you within the marriage it is not a crime because it is understood that the sexual act is always consensual between the parties?
Women’s Day in Lebanon was historic, no one expected that pulse in such a macho society. Thousands of women took to the streets without religious or political instructions, together for the first time. «Different motives, the same anger,» they shouted in unison. During the march, we passed through the most conservative neighborhoods of the city. Some men spat at us from the balconies while shouting «Haram!» They spit at you without any shame, looking at you like they were slapping you. Others followed the unusual parade, shaking their heads and quietly reciting a kind of satanic mantra. There were also those who brought their wives into the house when they noticed that they were poking their noses out of the window or peeking behind the curtains, lest they dare to participate! Some of them, with their mouths open and their eyes popping out of their sockets, pointed to the defiant posters in a sexually repressed country, at least out of doors. The banner that made the most noise summed up the day with a «Clitoris, unite!» Enormous! I thought of how brave she had dared to write that, knowing which neighborhoods were the slogan would pass through.

All of them are tired of waiting for their moment, the moment of women. Since they have a conscience they have been told that that moment will never come. Not now, that there is war. Not now, there is a crisis. Not now, that there is poverty. Not now, that we are in mourning. Not now, there is a pandemic. Neither now. Up to now. They no longer want anyone to speak for them. And it’s up to us to listen to them.

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