Democracia. La Última Utopía — Manuel Cruz / Democracy. The Last Utopia by Manuel Cruz (spanish book edition)

Ha sido una interesante lectura en los tiempos que corren.
Los puntos débiles de la democracia no se localizan en las instituciones. Ya no da más de sí el cansino discurso que intentaba ubicar en las élites o en alguna casta poco representativa del real sentir de los ciudadanos la causa del malestar de estos. A quienes manejan una idea extremadamente pobre y simplista de la democracia les parece que nada hay más democrático que adular de manera permanente a la ciudadanía, sea cual sea el rumbo que esta pueda emprender, las acciones que pueda respaldar o los líderes a los que pueda apoyar. Aunque, eso sí, cuando no se comporta como ellos desearían, de inmediato pasan a considerarla una criatura inocente que ha resultado ser víctima de un engaño por parte de algún político desaprensivo. No debería resultar casual que acostumbren a ser estos mismos los que más interés suelan tener en estar muy presentes en los medios y, a poco que puedan, en controlarlos.
El resumen de la línea de argumentación utilizada por los medios clásicos desde hace bastante tiempo bien podría ser este: rechazaban cualquier intromisión en su actividad replicando que lo deseable era ir hacia una autorregulación nunca concretada (en realidad, ni tan siquiera emprendida) y, en el momento en que han irrumpido en escena las redes sociales, han pasado a declarar que la tal autorregulación es ya directamente imposible. Pero ello, de ser así, nos devuelve a la casilla de salida y muestra con claridad la necesidad de tomar las medidas que impidan que tales medios puedan convertirse en un factor de erosión de la democracia, como hemos visto que han podido llegar a ser.
Los argumentos de las redes sociales para sortear cualquier forma de control tampoco van a la zaga en lo tocante a contradicciones. El planteamiento en su caso es de análoga naturaleza que el que acabamos de ver: se presentan como el último bastión de la libertad de expresión de los individuos, sin jerarquías ni autoridad alguna. Twitter, por ejemplo, se vanagloria de ofrecer un servicio que permite a la gente escuchar sin intermediarios a cargos electos y líderes mundiales, interactuando directamente con ellos. No deja de ser paradójico entonces que fuera la iniciativa de los propietarios de estas redes sociales (añadamos ahora Facebook, Instagram y YouTube) la que silenciara a Donald Trump, cerrando sus cuentas, sin que se produjera un clamor de protesta entre los usuarios.

La cuestión más importante no sea la de pensar local o globalmente, sino la de pensar bien o mal. Lo que es como decir que se trata de optar entre poner el pensamiento al servicio de la comprensión o al de la agitación. Lo primero habilita para intervenir en lo real, mientras que lo segundo allana el camino a la manipulación. Aunque el enunciado de la opción pueda parecer exagerado, no lo es en absoluto, a pesar de su rotundidad: de hecho, ha quedado argumentado a lo largo de lo precedente.
El asalto al Capitolio por parte de seguidores del entonces presidente estadounidense el Día de Reyes de 2021, lejos de constituir un episodio preocupante pero aislado y que, por añadidura, ya empieza a quedar atrás en el tiempo, debe ser considerado un auténtico parteaguas. Y debe ser considerado así porque ha comportado un cambio cualitativo notable sobre la percepción de los políticos que veníamos comentando ahora mismo, incluso en su versión más extrema, la de considerarlos odiosos. Ahora generan algo más que odio: generan miedo. La representación teatral se ha interrumpido: la realidad ha invadido el escenario. Trump en concreto dejó de ser el personaje ridículo, vanidoso y engreído que hacía, en su exageración, las delicias de la izquierda pero al que, finalmente, el aparato del Estado tenía bajo control en la medida en que le obligaba a jugar dentro de una determinada cancha y bajo unas determinadas reglas. Un personaje cuyas desmesuras transcurrían fundamentalmente en el ámbito de la virtualidad de las redes sociales, con sus incendiarios tuits. De pronto, el entonces presidente apareció como alguien temible y del que, por tanto, había que defenderse.
En definitiva, ni lo que nos pasa parece mostrar sentido alguno, ni somos capaces de ofrecer ninguna variante del mismo como alternativa al curso que está siguiendo lo real. No procede ahora entrar en demasiados detalles, que quedan para lo que sigue, pero una última consideración, relacionada con el qué hacer o, tal vez mejor, con el por dónde buscar, convendrá dejar planteada. Porque, en efecto, es un hecho que nada queda fuera de la lógica y del radio de acción de nuestro modo de producción, incluidas las supuestas dimensiones más íntimas del ser humano. El capitalismo ha desertizado el presente (o lo ha colonizado por completo, si se prefiere formularlo husserlianamente) y han desaparecido las utopías de nuestro horizonte de futuro.
Se trata de la segunda gran derrota de la utopía. La primera se produjo en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando las terra incognita dejaron de existir y se consumó la ocupación del planeta. Perdió sentido esperar que ese buen lugar sin lugar (eu topos/ou topos) apareciera en algún lugar todavía desconocido, puesto que ya no había manchas blancas sobre el mapa.

Estamos, pues, ante una paradoja que contiene un anuncio, o tal vez resulte más preciso decir una amenaza. Y es que el peligro que hoy nos acecha es el de que haya fuerzas políticas, o líderes, que extraigan de esta doble circunstancia (la masiva decepción respecto a los políticos tradicionales y la sentida necesidad de un Estado que los proteja) la conclusión de que deben ser otro tipo de políticos los que se encarguen de dicha protección. Es claro que el discurso que, fuera de nuestras fronteras, planteaba la usurpación de los poderes del Estado por parte de las élites («de Washington», según la expresión favorita de Donald Trump) o, ya en nuestro país, deslegitimaba primero al ejecutivo y al legislativo por completo (esto es, a la totalidad de los representantes de los ciudadanos) calificándolos de casta y, más tarde, al judicial con el argumento de la condición reaccionaria de sus miembros, estaba contribuyendo a crear el caldo de cultivo para una gran desafección de la que solo podía beneficiarse una propuesta que se presentara como absolutamente ajena a lo existente y no contaminada por él.
Tal vez en situaciones como la que estamos viviendo se pueda predicar de los pueblos en general lo que se predica de los individuos que los componen. Porque, sin duda, cada uno de nosotros es mejor de lo que cree en sus ratos de abatimiento y peor de lo que fantasea en sus momentos de euforia.

¿Qué ocurre una vez que nos hemos adentrado en el nuevo milenio? Un par de cosas, fundamentalmente. De un lado, que el momento fundacional del Estado del Bienestar empieza a quedar muy atrás, y la ciudadanía europea se ha acostumbrado a convivir con él, a dar por descontadas la universalización de derechos esenciales como la sanidad, la educación, las prestaciones sociales de carácter económico, las pensiones o la cobertura de desempleo. Logros todos ellos que no cabe desdeñar, en la medida en que han evitado la exclusión social de millones de familias. Logros inimaginables para quienes, en el primer tercio del siglo XX, luchaban por la generalización de los derechos económicos y sociales.
Sin embargo, los efectos de las crisis económicas de 2008 y 2020 también dieron lugar a otra reacción de signo muy diferente al irritado que acabamos de señalar. Porque no cabe olvidar, respecto a la primera, que ese Estado del Bienestar en dificultades como consecuencia del descenso sustancial de la recaudación beneficiaba en mayor medida, como es lógico, a quienes disponen de menores recursos y no pueden destinar sus escasos ingresos a educación o sanidad privadas. Es ese sector de la ciudadanía el que, mientras se iniciaban los recortes y se ahondaba en la desigualdad, asistía, escandalizada, a lo que creía percibir como la persistencia de unas estructuras económicas injustas. Es cierto que en la crisis del coronavirus algunas de las enseñanzas de la crisis anterior hicieron reaccionar a los Gobiernos de diferente manera, y la consigna de no dejar a nadie atrás pareció imponerse. Pero bien pronto, en cuanto la situación volvió a normalizarse un poco, sectores intermedios, como el pequeño comercio o los autónomos, empezaron a manifestar su malestar por el hecho de que el coste de una protección social generalizada (según ellos, sin criterio: así juzgaban algunos el ingreso mínimo vital) estuviera recayendo sobre sus espaldas.
Lo realmente importante, en efecto, no es la dimensión cuantitativa, sino la cualitativa, precisamente porque es la que nos permite entender los efectos políticos más relevantes que se vienen produciendo en los últimos tiempos. Así, por una parte, la masiva irrupción de las nuevas tecnologías en los centros de trabajo (lo que se ha llamado la uberización de los sistemas productivos o la robotización), además del conocido efecto sobre el mercado laboral en términos de precarización y bajos sueldos al que se ha hecho referencia, ha venido a constituir la puntilla para el sentimiento de pertenencia a una clase social, ya muy dañado tras la crisis del modelo fordista del trabajo, sin que quepa menospreciar este elemento de conciencia. A fin de cuentas, el viejo antagonismo entre capitalistas y proletarios —últimamente sustituido por la loa generalizada de la figura del emprendedor, que en muchas ocasiones no es otra cosa que el rótulo embellecedor de la externalización del trabajo asalariado— constituye un factor fundamental para entender la hegemonía de la izquierda durante los años dulces de la socialdemocracia.

Ya no estamos en un escenario en el pensábamos que otros seres humanos, ajenos a nosotros, en un lugar desconocido del planeta habían materializado una sociedad perfecta. Como tampoco lo estamos en aquel otro en el que confiábamos que la construcción de una forma radicalmente distinta de organizar la vida en común alumbraría lo que en su momento se denominaba el hombre nuevo. No, ahora se trata de que fueron nuestros propios antepasados los que estuvieron cerca de poder emprender el camino correcto. Lo que equivale a reconocer las virtualidades de la realidad en la que vivían, las posibilidades que les ofrecía de mejora profunda y completa de su sociedad. Que finalmente no supieran o no atinaran a desarrollarlas, y prefirieran el camino que hoy sabemos equivocado, no altera un dato incontrovertible, a saber, el carácter contingente de lo histórico y la función que, frente a ello, pueden jugar los planteamientos utópicos.

El lenguaje hace tiempo que dejó de ser un instrumento de utilidad en el combate político para transformarse en el escenario mismo de la batalla. Es cierto que nos lo venían anunciando desde hace casi un siglo, como poco desde que Goebbels se hizo famoso por detectarlo. Pero no es menos cierto que lo que entonces era apenas tendencia, o incipiente dirección de la corriente, ha terminado por consagrarse como realidad, con la transformación de los medios de comunicación clásicos y la irrupción de unas redes sociales máximamente eficaces para vehicular consignas y del todo inútiles para transmitir razonamientos.
Es esta pérdida de conciencia, con los efectos políticos a ella asociados, la que explica en gran medida la situación en la que nos encontramos. Y que explica asimismo la búsqueda, emprendida por la izquierda, de un nuevo sujeto histórico que tome el relevo de la derrotada clase obrera. En ocasiones dicha búsqueda ha seguido un camino directamente errático, como cuando hubo quien desde la izquierda llegó a celebrar la aparición del movimiento zapatista, a principios de los años noventa, calificándolo de nuevo sujeto étnico. Pero habría que plantearse, desarrollando el argumento dibujado antes, hasta qué punto el empeño en atribuir al movimiento feminista el mismo papel histórico hegemónico que en su momento asumió el movimiento obrero en búsqueda de la emancipación de toda la sociedad es, en realidad, más la expresión de una impotencia (teórica y real) que el anuncio de una auténtica posibilidad.

Probablemente, la pandemia del coronavirus de 2020 ejemplifique muy bien lo que se está pretendiendo señalar. Que una especie se vea infectada por un virus procedente de otra es algo que viene sucediendo desde siempre, y si nos limitamos a la historia humana parece claro que todas las epidemias y pestes de las que nos ha llegado noticia tienen su origen en este trasvase. Pero la diferencia entre estas y el caso que nos ha tocado sufrir pasa por el tipo de intervención que ha llevado a cabo la especie humana ahora.
Como es obvio, en general, la existencia de un horizonte no es una garantía de que nos dirijamos hacia él. Eso puede ocurrir en ocasiones, como cuando, por poner un caso, somos capaces de ir completando la primera relación de derechos humanos que aparece en su declaración universal con posteriores generaciones de los mismos que la enriquecen. Pero también, qué duda cabe, pueden producirse retrocesos, cosa a la que ya se han hecho sobradas referencias en lo precedente. Para no reiterar las ya mencionadas, podríamos añadir la que plantean quienes han interpretado la caída del Muro como la derrota del proyecto ilustrado por entero. Es obvio que no compartimos semejante interpretación, pero, en todo caso, la peor de las hipótesis no le haría perder a la democracia su condición de última utopía. Si acaso, le añadiría la de único espacio de resistencia a nuestro alcance o, por formularlo con otra imagen, como un dique de contención. Aunque quizá habría que recordar, para terminar con esto de una vez, que la utopía no es el lugar hacia el que vamos, sino el lugar hacia el que queremos ir.

Estamos, pues, ante un conflicto de calado entre dos valores, conflicto cuya onda expansiva llega hasta nuestros días. En el fondo, los dos elementos a los que aludimos desde el principio calificándolos como la herencia, en gran medida no resuelta, del siglo XX; a saber, el Estado del Bienestar y el anhelo de democracia están íntimamente relacionados con dichos valores. En todo caso, si alguna lección parece desprenderse de cuanto hemos examinado hasta aquí es que ninguno de los dos, ni la libertad ni la igualdad, puede ser reivindicado separadamente, sin una correcta vinculación con el otro. Es lo que se esforzaron en pensar tanto algunos de los y las liberales mencionados, sensibles ante las injusticias estructurales de nuestra sociedad y decididos partidarios de una intervención pública en el seno de la misma para corregirlas, como los socialistas que valoraron la arraigada convicción de orden ético y político que subyace al mejor liberalismo y que sin dificultad creían poder compartir.

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It has been an interesting read in these times.
The weak points of democracy are not located in the institutions. The tiresome discourse that tried to place in the elites or in some caste that is not very representative of the real feelings of the citizens is no longer the cause of their discomfort. It seems to those who handle an extremely poor and simplistic idea of democracy that there is nothing more democratic than to permanently flatter the citizenry, whatever the course it may take, the actions it may support, or the leaders it may lead. support. Although, yes, when she does not behave as they would like, they immediately consider her an innocent creature who has turned out to be the victim of a deception on the part of some unscrupulous politician. It should not be by chance that they tend to be the ones who tend to have the most interest in being very present in the media and, as little as they can, in controlling them.
The summary of the line of argument used by the classical media for quite some time could well be this: they rejected any interference in their activity, replying that the desirable thing was to go towards a self-regulation that was never concretized (in reality, not even undertaken) and, in fact, the moment social networks have burst onto the scene, they have gone on to declare that such self-regulation is now directly impossible. But this, if so, returns us to the starting box and clearly shows the need to take the measures that prevent such media from becoming a factor in the erosion of democracy, as we have seen that they have been able to become.
The social media arguments to circumvent any form of control are also not lagging behind when it comes to contradictions. The approach in their case is of a similar nature to the one we have just seen: they present themselves as the last bastion of freedom of expression for individuals, without hierarchies or any authority whatsoever. Twitter, for example, prides itself on offering a service that allows people to listen to elected officials and world leaders without intermediaries, interacting directly with them. It is still paradoxical then that it was the initiative of the owners of these social networks (now add Facebook, Instagram and YouTube) that silenced Donald Trump, closing his accounts, without producing a clamor of protest among users .

The most important question is not to think locally or globally, but to think right or wrong. Which is like saying that it is a matter of choosing between putting thought at the service of understanding or that of agitation. The former enables one to intervene in the real, while the latter paves the way for manipulation. Although the statement of the option may seem exaggerated, it is not at all, despite its emphaticness: in fact, it has been argued throughout the foregoing.
The assault on the Capitol by followers of the then US president on Kings Day 2021, far from constituting a worrying but isolated episode and which, in addition, is already beginning to be left behind in time, must be considered a true watershed. And it should be considered that way because it has brought about a notable qualitative change in the perception of the politicians that we have been commenting on right now, even in its most extreme version, that of considering them hateful. Now they generate something more than hate: they generate fear. The theatrical performance has been interrupted: reality has invaded the stage. Trump in particular stopped being the ridiculous, vain and conceited character who, in his exaggeration, made the delights of the left but who, finally, the state apparatus had under control to the extent that it forced him to play within a certain court and under certain rules. A character whose excesses occurred mainly in the field of virtuality of social networks, with his inflammatory tweets. Suddenly, the then president appeared as someone fearsome and from whom, therefore, it was necessary to defend oneself.
In short, neither what happens to us seems to show any meaning, nor are we capable of offering any variant of it as an alternative to the course that the real is following. It is not appropriate now to go into too many details, which remain for what follows, but one last consideration, related to what to do or, perhaps better, to where to look, should be left raised. Because, in effect, it is a fact that nothing is outside the logic and scope of our mode of production, including the supposedly most intimate dimensions of the human being. Capitalism has deserted the present (or completely colonized it, if you prefer to formulate it Husserlian) and the utopias of our future horizon have disappeared.
This is the second great defeat of utopia. The first occurred in the second half of the 18th century, when the terra incognita ceased to exist and the occupation of the planet was consummated. It was no use waiting for that good place without a place (eu topos / ou topos) to appear somewhere still unknown, since there were no longer white spots on the map.

We are, therefore, before a paradox that contains an advertisement, or perhaps it is more accurate to say a threat. And it is that the danger that haunts us today is that there are political forces, or leaders, who draw from this double circumstance (the massive disappointment with respect to traditional politicians and the felt need for a State to protect them) the conclusion that other types of politicians must be in charge of such protection. It is clear that the speech that, outside our borders, proposed the usurpation of the powers of the State by the elites («from Washington», according to Donald Trump’s favorite expression) or, already in our country, first delegitimized the executive and the entire legislature (that is, the totality of the citizens’ representatives), qualifying them as caste and, later, the judicial, arguing the reactionary condition of its members, was helping to create the breeding ground for a great disaffection from which only a proposal that presented itself as completely alien to what already existed and not contaminated by it could benefit.
Perhaps in situations like the one we are experiencing, it is possible to preach about the peoples in general what is preached about the individuals that compose them. Because, without a doubt, each one of us is better than he believes in his moments of despondency and worse than he fantasizes in his moments of euphoria.

What happens once we have entered the new millennium? A couple of things, fundamentally. On the one hand, that the founding moment of the Welfare State is beginning to be left far behind, and European citizens have become accustomed to living with it, taking for granted the universalization of essential rights such as health, education, social benefits of economic nature, pensions or unemployment coverage. All of these achievements that cannot be overlooked, insofar as they have avoided the social exclusion of millions of families. Unimaginable achievements for those who, in the first third of the 20th century, fought for the generalization of economic and social rights.
However, the effects of the economic crises of 2008 and 2020 also gave rise to another reaction of a very different sign than the irritated one that we have just indicated. Because it should not be forgotten, with respect to the first, that this Welfare State in difficulties as a result of the substantial decrease in collection benefited to a greater extent, of course, those who have fewer resources and cannot allocate their scarce income to education or private health. It is this sector of the citizenry that, while the cuts began and inequality was deepening, attended, scandalized, what they believed to perceive as the persistence of unjust economic structures. It is true that in the coronavirus crisis some of the lessons of the previous crisis made governments react differently, and the slogan of leaving no one behind seemed to prevail. But very soon, as soon as the situation returned to normal a little, intermediate sectors, such as small businesses or the self-employed, began to express their discomfort over the fact that the cost of generalized social protection (according to them, without criteria: thus some judged the minimum vital income) was falling on their shoulders.
What is really important, in effect, is not the quantitative dimension, but the qualitative one, precisely because it is what allows us to understand the most relevant political effects that have been taking place in recent times. Thus, on the one hand, the massive irruption of new technologies in the work centers (what has been called the uberization of production systems or robotization), in addition to the known effect on the labor market in terms of precariousness and low salaries to which reference has been made, has come to constitute the last straw for the feeling of belonging to a social class, already very damaged after the crisis of the Fordist model of work, without this element of consciousness being underestimated. After all, the old antagonism between capitalists and proletarians – lately replaced by the general praise of the figure of the entrepreneur, which on many occasions is nothing more than the embellishing label of the outsourcing of wage labor – constitutes a fundamental factor to understand the hegemony of the left during the sweet years of social democracy.

We are no longer in a scenario in which we thought that other human beings, alien to us, in an unknown place on the planet had materialized a perfect society. Nor are we in that other in which we trusted that the construction of a radically different way of organizing life in common would illuminate what was called the new man at the time. No, now it’s about our own ancestors who came close to being able to take the right path. Which is equivalent to recognizing the virtualities of the reality in which they lived, the possibilities it offered them for a profound and complete improvement of their society. That they finally did not know or did not manage to develop them, and preferred the path that we now know to be wrong, does not alter an incontrovertible fact, namely, the contingent nature of the historical and the role that utopian approaches can play against it.

Language has long ceased to be a useful instrument in political combat to become the scene of the battle itself. It is true that they have been announcing it to us for almost a century, at least since Goebbels became famous for detecting it. But it is no less true that what was then just a trend, or incipient direction of the current, has ended up being consecrated as a reality, with the transformation of the classic media and the emergence of maximum effective social networks to convey slogans and the all useless to convey reasoning.
It is this loss of consciousness, with its associated political effects, that largely explains the situation in which we find ourselves. And that also explains the search, undertaken by the left, for a new historical subject to take over from the defeated working class. Sometimes this search has followed a directly erratic path, as when there were those from the left who came to celebrate the appearance of the Zapatista movement in the early 1990s, calling it a new ethnic subject. But it would be necessary to consider, developing the argument drawn above, to what extent the effort to attribute to the feminist movement the same hegemonic historical role that the labor movement assumed at the time in search of the emancipation of the entire society is, in reality, more the expression of an impotence (theoretical and real) than the announcement of a real possibility.

The 2020 coronavirus pandemic probably exemplifies very well what is being purported to point out. That one species is infected by a virus from another is something that has been happening forever, and if we limit ourselves to human history it seems clear that all the epidemics and plagues of which news has reached us have their origin in this transfer. But the difference between these and the case that we have suffered passes through the type of intervention that the human species has carried out now.
Obviously, in general, the existence of a horizon is not a guarantee that we are heading towards it. This can happen on occasions, such as when, for example, we are able to complete the first relationship of human rights that appears in its universal declaration with subsequent generations of the same that enrich it. But also, no doubt, there may be setbacks, something to which there have already been plenty of references in the foregoing. In order not to reiterate those already mentioned, we could add the one posed by those who have interpreted the fall of the Wall as the defeat of the fully illustrated project. It is obvious that we do not share such an interpretation, but, in any case, the worst of the hypotheses would not make democracy lose its status as the last utopia. If anything, I would add the only space of resistance within our reach or, to formulate it with another image, like a containment dam. Although perhaps we should remember, to end this at once, that utopia is not the place we are going, but the place we want to go.

We are, therefore, before a conflict of depth between two values, a conflict whose expansive wave continues to this day. In the end, the two elements to which we alluded from the beginning qualifying them as the inheritance, largely unresolved, of the 20th century; namely, the Welfare State and the desire for democracy are closely related to these values. In any case, if any lesson seems to emerge from what we have examined so far, it is that neither of the two, neither freedom nor equality, can be claimed separately, without a correct connection with the other. This is what some of the liberals mentioned, sensitive to the structural injustices of our society and determined supporters of a public intervention within it to correct them, as well as the socialists who valued the deep-rooted conviction of order, tried to think about it. ethical and political that underlies the best liberalism and that without difficulty they believed they could share.

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