Deep In A Dream. La Larga Noche De Chet Baker — James Gavin / Deep in a Dream: The Long Night of Chet Baker

Estados Unidos su muerte no despertó muchas simpatías. La necrológica del New York Times, que atribuía a Baker una edad equivocada (cincuenta y nueve años en lugar de cincuenta y ocho), lo presentaba como un sensiblero marchito, cuya «fenomenal suerte» se había «echado a perder» por culpa de las drogas. «Algunos críticos dijeron que tal vez se le había sobreestimado al principio», comentaba el periódico acerca de un músico considerado en otro tiempo la Gran Esperanza Blanca de los trompetistas de jazz. A pesar de los anuncios publicados en Los Angeles Times y en Hollywood Reporter, solo unas treinta y cinco personas asistieron al entierro. «Fue triste, no fue una celebración —dijo el clarinetista Bernie Fleischer, compañero de Baker en la banda del instituto—. Pero nadie esperaba que Chet fuera a durar tanto, la verdad.
Baker había provocado una simpatía similar en el fotógrafo Bruce Weber, que pagó el entierro. Se dice que entre 1986 y 1989 Weber gastó un millón de dólares de su propio dinero en realizar el documental Let’s Get Lost, una fantasía orgásmica acerca de un hombre cuya imagen de los años cincuenta había contribuido a inspirar los anuncios homoeróticos de Weber para la ropa interior de Calvin Klein. Su cámara se recreaba con igual arrebato en el Baker de finales de los ochenta, una figura a la que los críticos de cine llamaron «cadáver que canta».
Diane Vavra, que fue amante de Baker durante años, asistió al entierro, pero se quedó detrás de la gente, lo más lejos posible de la primera fila, donde se sentaban Carol, los tres hijos de Baker y Vera, su madre. La obsesión mutua de Baker y Vavra había sido tan furiosa e intensa que ella la describía como «una enfermedad». El trompetista no podía vivir sin ella, pero al final sus malos tratos habían hecho que en febrero de ese mismo año ella huyera para salvar la vida.

La vida del trompetista Chet Baker, con su inmenso talento para el jazz, sus adicciones, su personalidad cool, su largo trayecto a la deriva, es recogida con ayuda de multitud de testimonios por James Gavin, que ofrece un retrato minucioso y descarnado del genio. Un libro triste, amargo, imprescindible para cualquier amante de la música y de los personajes autodestructivos.
Sagrada Metadona-, Chet Baker, qué vida. Qué vida tan implacablemente sombría, triste y llena de bofetadas. Hay libros como «Life» de Keith Richards, lleno de historias de un drogadicto y una vida de exceso, pero también con algo de redención y algunas lecciones de vida que se encuentran en las páginas. Este libro, nada de eso. Sin madurez ganada, sin lecciones de vida (excepto quizás «las drogas son malas»), y absolutamente ninguna redención. Sin embargo, el libro estaba muy bien escrito y la historia era lo suficientemente convincente como para hacerme querer seguir leyendo, aunque sabía cómo terminaba.
Mis discos de Chet Baker siguen siendo importantes para mí, y su genio musical era innegable, pero escuchándolos ahora siempre estaré consciente de la vida que había detrás de ellos y de la vida que podría haber sido.
El conflicto en Deep in a Dream se debe a que soy un gran fanático de Chet Baker; Mi interés inicial se basó en mi amor por su música, la forma en que canta exactamente como toca la trompeta, además de haber visto el documental de 1988 Let’s Get Lost, después del cual simplemente sentí lástima por él. Mientras que el documental lo pintaba como un hombre arrepentido con una adicción a las drogas que esencialmente no tenía nada, alguien con quien simpatizaba fácilmente, Deep in a Dream muestra que fue el creador de su propio fin. Lo pinta con una luz increíblemente poco halagadora, en términos de la forma en que engañó y abusó de las mujeres en su vida, robó para obtener dinero de la droga, destruyó su cuerpo con agujas y abandonó a sus hijos. Es un retrato completo de Baker y entra en detalles ridículos, en casi 400 páginas, y sin embargo, cada página parece absolutamente necesaria. Y también va detrás de ese documental de 1988, que, según el libro, no fue más que un halagador homenaje de un fan.
Terminé este libro odiando a Baker como persona, sintiéndome tonto por ser un fan que lo veía como un hombre débil y misterioso que hacía música con un tono tan suave como lo imaginaba; esto me alinea con la mayor parte de su base de fanáticos, que es como lo hubiera querido. Pero James Gavin hizo un trabajo impecable al convertir la vida de Baker en una historia completa.

Chesney encontró su primer consuelo en el incipiente arte del jazz. El jazz, una música improvisada nacida del gospel, los espirituales, los blues y el ragtime, consistía en dejar volar la imaginación y moldear las inspiraciones del instante en declaraciones personales, salidas del corazón. Chesney necesitaba una vía de escape, y el jazz parecía el vehículo perfecto para ello. Además de Teagarden, cuya habilidad para tocar el trombón con infinita inventiva fue definitoria para esta forma musical, había otra estrella que fascinaba a Chesney: Bix Beiderbecke, un cornetista de ricas tonalidades, ejecución escueta y una intensidad poco frecuente en el jazz de los primeros tiempos, que tendía a sonar como música para fiestas.
Chesney aprendió de forma autodidacta a tocar el banjo, un instrumento popular en el jazz tradicional, y de este modo se buscó su propio modo de salir de Snyder. El todavía minúsculo circuito de jazz parecía fuera de su alcance, de modo que se unió a una serie de bandas de country and western que actuaban en bailes por todo Oklahoma y otros estados del Medio Oeste.
Chet también reveló que la música no fue la única cosa que le descubrio su padre. En un artículo aparecido en una revista de los años sesenta, «The Trumpet and the Spike: A Confession by Chet Baker», recordaba que una noche, estando en la cama de madrugada, oyó que su padre charlaba con sus amigos al otro lado de la puerta cerrada del cuarto de estar. Curioso, el niño se acercó a mirar por el ojo de la cerradura. Su descripción de la escena era casi surrealista: «Mi viejo y sus amigos estaban recostados en sus asientos con los ojos cerrados. Pensé que se habían quedado dormidos y que estaban soñando cosas extrañas y maravillosas. La habitación estaba llena de humo blanco, y su olor picante me llegaba a través de la puerta y me mareaba».
Cuando se supo que era heroinómano, circularon rumores de que Baker solía fumar marihuana con sus padres. «No sé cómo se inventó y se divulgó ese rumor —le dijo Baker, indignado al periodista Jerome Reece en 1983, tras años de convertir su vida en una fantasía para los periodistas—. Mi padre fumaba con otros músicos en casa unas cuantas veces a la semana, pero yo era muy pequeño entonces. Qué historia más ridícula. Mi madre era muy estricta y estaba en contra de todo eso.»
Durante el resto de su vida, Baker defendió obstinadamente a su padre, aunque tenía razones para no hacerlo. Su relación dio un giro desagradable cuando Chesney perdió su empleo en la radio. No volvió a tocar profesionalmente. Fracasado como músico y cada vez más como proveedor del hogar, empezó a beber en exceso.
Baker casi nunca le hablaba a nadie de aquellas palizas de la infancia. La propia Ruth Young, que le arrancó las confidencias más íntimas, solo tenía vagas nociones de la relación infantil del músico con su padre. «Chet siempre quería intimar con su padre, pero le tenía miedo —dijo. Y añadió—: Estaban separados por las riendas de la madre.» Hasta que Chesney murio en 1967, Baker no dejó de buscar la aprobación de su padre; dado que en aquel momento su propia carrera parecía acabada, se identificaba aún más con el dolor del viejo al tener que renunciar a la música.

“Los compañeros de Baker en la orquesta de baile del ejército estaban deslumbrados por Kenton, que anunciaba grandes y apasionantes cambios en el jazz. Down Beat y Metronome, las principales revistas de jazz de la época, publicaban reportajes sobre todos los músicos de Kenton que se iban convirtiendo en celebridades por derecho propio: los trompetistas Shorty Rogers y Al Porcino, los saxofonistas Art Pepper y Bob Cooper, el trombonista Kai Winding, el batería Shelly Manne, el arreglista Pete Rugolo. Baker estaba siempre sintonizado con la AFRS para oír otros sonidos de vanguardia: los de la banda dirigida por Woody Herman, cuyos arreglistas, Ralph Burns y Neal Hefti, empleaban armonías complejas y colores tonales para crear una ambiciosa variedad de jazz de concierto.
Un músico fascinaba y desconcertaba a Baker por encima de todos los demás: Dizzy Gillespie, un trompetista negro residente en Manhattan que estaba contribuyendo a desencadenar lo que Phil Leshin, un joven bajista del mundillo, llamaba «una revolución completa: social, personal y, desde luego, musical».
Sea como sea, los amigos de Baker se maravillaban de lo fácilmente que lo aprendía todo. Su talento parecía un regalo del cielo, de los que no se adquieren con la práctica. «Cuando Chettie era joven, era como un águila —decía Jack Sheldon—. Estaba dispuesto a todo. Íbamos a Palos Verdes a escalar precipicios. Una vez estábamos escalando y yo iba detrás de él. Yo estaba muerto de miedo y él trepaba como una cabra.» A Baker le gustaba hablar de música, pero solo podía discutir «en los términos más simples».

Baker fumaba hierba desde que se levantaba de la cama hasta que se iba a dormir. «Cualquier cosa que hiciera, Chettie la hacía al límite, al cien por cien —decía Hersch Hamel—. Era así de decidido, de competitivo y de impulsivo.»
Pero eso no se aplicaba a los estudios. Obtuvo aprobados justitos en inglés (asignatura secundaria), psicología y ciencias políticas, y aunque era muy bueno en la banda le suspendieron en solfeo, a pesar de lo elemental que era el curso de Maddaford. «Tenías que ser especialmente torpe para sacar menos de un ocho», decía el profesor. Baker seguía pensando que no tenía sentido aprender a leer música, y sus trabajos eran chapuceros e incompletos. «Si quieres ser profesional —le advertía Maddaford—, tienes que tener dominados estos principios fundamentales.»

Baker utilizó la leyenda de Bird para mitificarse a sí mismo. En los años sesenta, Baker empezó a contar una historia apócrifa sobre cómo había sido «descubierto» por Parker, un relato que fue puliendo durante el resto de su vida. Según Baker, un día de abril de 1952 encontró un telegrama que le habían metido por debajo de la puerta. Dick Bock, futuro productor de sus discos, quería hacerle saber que Parker hacía una prueba de trompetistas aquel día a las tres de la tarde, en el club Tiffany de Hollywood. Allá fue Parker. Entró en una sala «negra como la pez» y se encontró entre «cuarenta trompetistas… todos los trompetistas de Los Ángeles», mientras su ídolo improvisaba en el escenario. Al cabo de cinco minutos, Parker —que, según suponía Baker, debía de saberlo ya todo sobre él— dejó de tocar de repente y preguntó si Chet Baker estaba allí. «Sí, Bird, aquí estoy», dijo el trompetista, avanzando a zancadas para unirse a Parker en un tema, y después en otro. Tras aquello, Bird mandó a casa a todos los demás; ya había encontrado a su hombre.
Baker contaba esto con tanta sinceridad que los entrevistadores se tragaban hasta la última palabra de una historia que Bob Whitlock calificó de «mentira cochina».
Aunque nunca se acercó al superestrellato de Louis Armstrong, Baker al menos reunía las condiciones de una figura ejemplar de los cincuenta. Un chico campesino de la América profunda que había servido a su país en el ejército dos veces y después había volado hacia la fama con las alas de su trompeta, cuyo sonido era la pureza misma. Desde luego, no se parecía nada a la ruina humana que había interpretado Kirk Douglas en El trompetista, una película de 1950 acerca de un trompetista alcohólico e intratable que destroza los sueños de construir un hogar de su mujer, interpretada por Doris Day. Tampoco era un chulo excéntrico como Dizzy Gillespie, que bailaba por el escenario con su boina. Baker seguía sin fumar cigarrillos, bebía grandes vasos de leche y para actuar se vestía correctamente, con un traje. Su nombre parecía el de un atleta universitario, en una época en la que muchos músicos de jazz se llamaban «Buck y Lockjaw y Peanuts y Dizzy», como comentaba el guionista de cine Lawrence Trimble en Let’s Get Lost. «Y aquí teníamos este nombre, Chet, que tiene un sonido más bien suave… Su modo de tocar, su aspecto, su nombre… todo conjuntaba.

Baker llegó a Nueva York en agosto de 1957 sin tener sitio donde vivir, ni dinero, y con pocas perspectivas. Aparte de unos cuantos traficantes de Harlem, casi nadie se enteró de su llegada. Casi todos los músicos locales lo habían descartado ya, considerándolo un clon de segunda fila de Miles Davis, que ya vivía en Manhattan y acababa de publicar el álbum más comentado de la última ola del jazz, Miles Ahead. La historia se estaba desarrollando en el club Five Spot, al este de Greenwich Village, donde John Coltrane y Thelonius Monk tocaron a dúo durante una larga temporada. Según Nat Hentoff, Coltrane había dejado de ser un brillante y prometedor saxofonista tenor para convertirse en «uno de los más persistentes e incansables multiplicadores de posibilidades… de la historia del jazz»,y nadie parecía discutirlo. Los jazzmen abarrotaban el Five Spot para ver el futuro de su música, y ese panorama no incluía a Chet Baker.
El trompetista llegó a la ciudad en un peligroso momento de redadas antidroga, otro intento a escala local de restaurar la ilusión de pureza y bondad en la sociedad de los cincuenta. El 28 de mayo de 1957, ciento sesenta agentes de narcóticos habían peinado la ciudad durante veinticuatro horas, deteniendo a 131 personas (entre ellas, el saxofonista alto de bop Jackie McLean), por cargos relacionados con las drogas. Dos años después, el New York Post dedicaría páginas enteras al declive de Billie Holiday, que murio a los cuarenta y cuatro años en el Hospital Metropolitano de Harlem. La policía la había detenido en su lecho de muerte por posesión de heroína. La revista Time dio la alarma a la nación, diciendo que Manhattan era «una ciudad donde los traficantes venden su mercancía casi con tanta naturalidad como un vendedor callejero de globos, donde los niños esnifan heroína hasta en las clases, donde un bar o una cafetería de aspecto inocente pueden ser un centro de reunión de adictos».
El trompetista había caído por debajo de Miles Davis y Dizzy Gillespie en las votaciones de los lectores de Down Beat, y se precipitó mucho más abajo en la encuesta de los críticos. Desapareció de la categoría de cantantes masculinos, después de haber abierto esta puerta a muchos instrumentistas, como su antiguo inspirador, el trompetista Kenny Dorham, que grabaron sus propios álbumes vocales. En un artículo a toda página en Metronome, titulado «Chet Baker, un gran talento venido a menos», Jack McKinney criticaba los últimos discos de Baker, tachándolos de «nacidos muertos» y «completamente vacíos».
Todas estas críticas venían a decir que Baker había defraudado a todo el mundo, arrastrando por el fango un sueño americano. «En los años cincuenta, Chet tenía el mundo a sus pies —dijo Jon Burr, uno de sus bajistas posteriores—. Él le dio la espalda conscientemente y utilizó las drogas como medio para hacerlo. Eso era lo que él decía.» Baker no pedía disculpas. «Tantos intentos durante tantos años para dejar la heroína… él no quería dejar la heroína —dijo Gerry Mulligan—. Eso, por supuesto, es una herejía en el mundo moderno. Se supone que tienes que decir “Mea culpa, mea maxima culpa, Dios mío, ayúdame”. A Chet todo eso le importaba un pimiento.»
La excusa de Baker era simple: «El mundo es un asco».

A Baker ya no lo querían en Alemania, Italia, Suiza y Francia; su reputación estaba manchada en toda Europa. Estados Unidos no tenía más opción que acogerlo. Para entonces, había perdido contacto con su principal cómplice, Donald Brown, que más tarde se suicidó. A los músicos que habían conocido al joven e inmensamente prometedor Chet Baker su autodestrucción les parecía un suicidio en toda regla. Era el acto de rebelión definitivo, un grito de «Ahí os pudráis» dirigido a todas las puertas que su belleza y su talento le habían abierto. Pero no pedía disculpas. «Nunca he molestado a nadie –le dijo poco después al crítico de jazz Ira Gitler–. Nunca he vendido drogas a nadie. Todo lo que hice me lo hice a mí mismo.»
A Baker ya no lo querían en Alemania, Italia, Suiza y Francia; su reputación estaba manchada en toda Europa. Estados Unidos no tenía más opción que acogerlo. Para entonces, había perdido contacto con su principal cómplice, Donald Brown, que más tarde se suicidó. A los músicos que habían conocido al joven e inmensamente prometedor Chet Baker su autodestrucción les parecía un suicidio en toda regla. Era el acto de rebelión definitivo, un grito de «Ahí os pudráis» dirigido a todas las puertas que su belleza y su talento le habían abierto. Pero no pedía disculpas. «Nunca he molestado a nadie –le dijo poco después al crítico de jazz Ira Gitler–. Nunca he vendido drogas a nadie. Todo lo que hice me lo hice a mí mismo.»

Baker todavía confiaba en poder llevar una vida satisfactoria sin la heroína. Pero yendo y viniendo entre Europa y América, sin un verdadero hogar, con su mujer, su amante, sus niños, sus amigos y los moscones, todos tirando de él, pisaba siempre arenas movedizas. Como se sentía culpable respecto a sus obligaciones domésticas, trasladó a su familia a Ruppert Towers, un rascacielos en el cruce de la Tercera Avenida y la calle Noventa. Con sus suelos de parquet, su cocina moderna y varias habitaciones, el piso era tan caro que estuvo mucho tiempo sin poder permitirse tener teléfono. Alquilar un sitio así «fue como una especie de pensamiento positivo a ciegas por parte de Chet».
La mayoría de los críticos norteamericanos opinaba que Baker estaba tocando con apenas una sombra de su anterior brillo. Esta opinión le hacía hervir de rabia. Le avergonzaba pensar en todas las encuestas que había ganado, por encima de virtuosos de la trompeta como Kenny Dorham; sentía que solo ahora había dominado de verdad su instrumento. Pero seguía poniéndose en ridículo en público. El 27 de agosto de 1975, CTI presentó a algunos de sus artistas en un concierto en Central Park, ante un público de miles de personas ansiosas de juerga. El guitarrista y cantante de funk-jazz George Benson hizo que entrasen en calor, y después salió Baker. En su segunda canción, marcó un tempo de paso de caracol y empezó a susurrar «My… funny… valentine…», como si fuera medianoche en el Stryker’s. «La gente empezó a abuchear y sisear –contó Bob Mover–. Creo que vi que tiraban algunos objetos al escenario.» La banda se retiró humillada.
Anhelando mantenerse en activo, Baker aceptaba cualquier oferta de trabajo, preferiblemente en la lejana Europa. Jamás vaciló en firmar múltiples contratos «exclusivos» con managers y agentes; era difícil demandarle por incumplimiento de contrato, porque cuando lo localizaban ya se había ido.
Lo cierto es que sus ingresos seguían siendo bajos, lo que le obligaba a contratar músicos locales baratos en cada ciudad. La música sufría las consecuencias. «Esa es la diferencia entre Chet y Miles –decía Richie Beirach–. Chet no tenía suficiente vista para darse cuenta de que la calidad de los acompañantes es fundamental.» Sin embargo, no tenía paciencia con sus deficiencias. «Si había algún problema musical –recordaba Jeff Brillinger–, se ponía paranoico con mucha facilidad y pensaba que los músicos estaban intentando confundirle, y estallaba.» Se acercaba otra gira por Europa, y Harold Danko ya no podía aguantar la perspectiva de seguir soportando el caos. Se cancelaban actuaciones en el último minuto, el repertorio estaba estancado, y, dado que Baker utilizaba pianistas de más renombre en casi todos sus álbumes, Danko tenía claro que aquel trabajo no estaba haciendo avanzar su carrera. Aceptó una oferta de unirse a la big band de Thad Jones y Mel Lewis, que había ganado un Grammy. Al finalizar su última noche juntos, Baker se despidió de él con un gélido «Bien, buena suerte».

En enero de 1979, Baker se encontraba pasando una breve temporada en Nueva York. Como Young había subarrendado el estudio de la calle Setenta y uno, utilizó el apartamento de Jon Burr en Queens. Por el momento, Baker limitaba su consumo de heroína casi exclusivamente a esnifar; Young, que estaba casi siempre con él, no le vio inyectarse hasta unos meses más tarde. Esnifando por la nariz solo se obtenía una fracción del subidón habitual; Jerry Stahl comentaba que si lo que se sentía al inyectarse era como el lanzamiento de un cohete, esnifar podía compararse a una subida en ascensor. Semejante moderación no era típica de Baker, pero parecía decidido a demostrar que mantenía el control, y reanudó su programa de metadona.
Pero ninguna droga sintética podía darle el coraje necesario para enfrentarse a su familia. Carol estaba intentando mantener a sus tres hijos trabajando como secretaria en una empresa de bienes raíces de Manhattan.

Una de las últimas aventuras musicales de Baker tuvo lugar en agosto de 1985, cuando debutó en Brasil en el primer Free Jazz Festival que se organizó en el país. Patrocinado por la marca de cigarrillos Free, se celebraba en São Paulo y Río de Janeiro. En los conciertos de Río participaban varios prestigiosos músicos norteamericanos –Sonny Rollins, McCoy Tyner, Phil Woods–, pero Baker fue el elegido como estrella de la última noche.
Para muchos de los mejores músicos y cantantes de Brasil, su nombre era sagrado. El disco original Chet Baker Sings había triunfado allí en los años cincuenta, circulando entre pioneros de la bossa nova como Carlos Lyra, Roberto Menescal, Nara Leão, Oscar Castro-Neves y João Gilberto. Todos ellos eran jóvenes y estaban ansiosos por crear su propio sonido, por romper con los ritmos salvajes de la samba y las lacrimosas canciones del pasado. Fue Francisco Pereira, un fotógrafo brasileño de la época, el que los invitó a su casa a oír Chet Baker Sings. Quedaron cautivados por la ligerísima ejecución, la leve pulsación de jazz, la frescura… cualidades que también se podían encontrar en otro álbum norteamericano muy apreciado en Brasil, Julie Is Her Name, con la sugerente voz de la cantante y actriz Julie London acompañada suavemente por el guitarrista Barney Kessel y el bajista Ray Leatherwood.

Durante el regreso a casa, Vavra se fue poniendo nerviosa. «Gary, tengo una sensación muy extraña», dijo cuando aparcaban delante de la casa. Entraron, y Howe se retiró a su habitación.
Ella abrió la puerta de la suya. En la oscuridad vio la silueta de un hombre. Se le escapó un grito ahogado. Un instante después, apareció el rostro de Chet Baker. Al ver que avanzaba hacia ella, Vavra retrocedió al cuarto de estar. «Siento mucho haber sido tan gilipollas –dijo él, abrazándola–. No volveré a drogarme.»
«Los dos sabíamos que estaba mintiendo –recordaba Vavra–. Yo pensé: “Dios mío, todo empieza otra vez”. Pero lo único que pude hacer fue abrazarle.
Las presiones de una vida sin drogas lo estaban consumiendo, y tuvo feroces peleas con Vavra. «Chico, en aquellas giras por Japón más valía que no te cruzaras en su camino, porque era cuando su mal genio estallaba de verdad. Tío, era terrible», contaba Vavra. El 17 de junio, salieron de Japón. Mientras esperaban en el aeropuerto, Peter Huijts habló entusiasmado de la gira, intentando hacerle ver a Baker lo bella que podía ser su vida sin drogas. «Sí –gruñó el trompetista–. ¡Ya estoy deseando volver a París para ponerme hasta el culo!.
En 1987, los amigos de Baker percibieron su creciente preocupación por la muerte. En una carta a Lisa Galt Bond, hacía un comentario sobre los muchos seres queridos que había perdido. La muerte, decía, puede llegar muy inesperadamente. Durante un desayuno en Japón, le había dicho muy serio a Peter Huijts:
«Peter, espero que me recuerdes cuando ya no esté». Parecía empeñado en atar los cabos sueltos, y en julio, estando de paso en Estados Unidos, alquiló una motocicleta y fue a Oklahoma a hacer la que iba a ser su última visita a su familia. Intentando tal vez quemar el último cartucho para «mantenerlos» y aliviar sus remordimientos, instó a Carol a suscribir un seguro de vida a su nombre. A Dean le dio la moto como regalo de despedida.
Baker llevaba tanto tiempo avisando a la gente de su inminente deceso que había llegado a parecer uno más de sus trucos para ganarse la simpatía de los demás. Por muy destruido que aparentara estar, parecía poseer poderes mágicos de regeneración.

La cocaína, combinada con barbitúricos, empujó a Baker más allá de los límites de la locura. «La cocaína es, sin duda, lo que causa peores problemas», decía Stilo.
Después de muerto, Baker yacía cerca de donde había estado el Trade Winds, el club de jazz donde había tocado con Charlie Parker en 1952. En cierto sentido, había vuelto a casa. Y el lugar de su descanso final era tan deprimente como sus raíces. La lápida, vulgar y de serie, tenía tallado un libro abierto en cuya página izquierda figuraban las palabras:

HIJO, MARIDO Y PADRE
CHESNEY H. BAKER JR.
CHET
1929-1988

En el mundo del jazz creció el número de trompetistas jóvenes que cultivaban la imagen, el sonido y el sentimiento de Baker. El que más éxito tuvo fue Till Brönner, un músico alemán nacido en 1971, cuyo lirismo al tocar y cantar, sumado a su aspecto de ídolo de las adolescentes, le convirtió en el niño mimado del jazz alemán. La pasión de Brönner por Baker era de tal calibre que posó para una réplica de la foto de William Claxton Chet y Halema; en 2000 publicó su álbum más vendido, Chattin’ with Chet. «Para mí fue un momento verdaderamente grande oír a un tío que solo tocaba melodías –declaró Brönner–. Para mí, todos los viejos trompetistas procuraban tocar lo más alto y fuerte posible. Y de repente aparece este tío, que hace justo lo contrario. Probablemente, el sonido de su trompeta es lo más cerca que se puede llegar de la voz humana. Es conmovedor. Chet Baker era un tío muy romántico, y yo creo que debió de sufrir mucho. Seguro que vivió en una constante búsqueda de amor y comprensión; de otro modo, no me explico que pudiera tocar como tocaba.

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The United States did not arouse much sympathy for his death. The New York Times obituary, which gave Baker the wrong age (fifty-nine instead of fifty-eight), portrayed him as a withered maudlin whose «phenomenal luck» had been «spoiled» by the drugs. «Some critics said he might have been overrated at first,» the newspaper commented of a musician once considered the Great White Hope of jazz trumpeters. Despite announcements in the Los Angeles Times and the Hollywood Reporter, only about thirty-five people attended the funeral. «It was sad, it wasn’t a celebration,» said clarinetist Bernie Fleischer, Baker’s classmate in the high school band. But no one expected Chet to last that long, really.
Baker had elicited similar sympathy from photographer Bruce Weber, who paid for the burial. Between 1986 and 1989 Weber is said to have spent a million dollars of his own money making the documentary Let’s Get Lost, an orgasmic fantasy about a man whose 1950s image had helped inspire Weber’s homoerotic advertisements for clothing. Calvin Klein interior. His camera was recreated with equal frenzy in the Baker of the late 1980s, a figure that film critics called a «singing corpse.»
Diane Vavra, who was Baker’s lover for years, attended the funeral but stayed behind the crowd, as far as possible from the front row, where Carol, Baker’s three children, and Vera, their mother sat. Baker and Vavra’s mutual obsession had been so furious and intense that she described it as «a disease.» The trumpeter could not live without her, but in the end her mistreatment had caused her to flee to save her life in February of that same year.

The life of the trumpeter Chet Baker, with his immense talent for jazz, his addictions, his cool personality, his long drifting journey, is collected with the help of many testimonies by James Gavin, who offers a meticulous and stark portrait of the genius . A sad, bitter book, essential for any lover of music and self-destructive characters.
Holy Methadone-y, Chet Baker, what a life. What a relentlessly grim, sad, smack-filled life. There are books like Keith Richards’s «Life,» full of the stories of a junkie and a life of excess, but also with some redemption and some life lessons to be found in the pages. This book–none of that. No maturity gained, no life lessons (except maybe «drugs are bad, mmmmkay»), and absolutely no redemption. Yet the book was beautifully written, and the story compelling enough to make me want to keep reading, even though I knew how it ended.
My Chet Baker records are still important to me, and his musical genius was undeniable, but hearing them now I will always be aware of the life that lay behind them and the life that could have been.
The conflict in Deep in a Dream stems from my being a giant Chet Baker fan; my initial interest was based on my love of his music — the way he sings exactly like he plays trumpet — as well as having watched the 1988 documentary Let’s Get Lost, after which I simply felt sorry for him. Whereas the documentary painted him as a sorry man with a drug addiction who essentially had nothing, someone easily sympathized with, Deep in a Dream shows him to have been the creator of his own end. It paints him in an incredibly unflattering light, in terms of the way he cheated on and abused the women in his life, robbed for drug money, destroyed his body with needles, abandoned his kids. It’s a thorough portrait of Baker and goes into ridiculous detail, at nearly 400 pages, and yet, every page seems absolutely necessary. And it also goes behind that 1988 documentary, which, according to the book, was nothing more than a flattering tribute by a fan.
I finished this book hating Baker as a person, feeling foolish for being a male fan who saw him as a weak, mysterious man who made music as soft-spoken as I imagined him to be — this aligns me with the bulk of his fanbase, which is how he’d have wanted it. But James Gavin did an impeccable job of turning Baker’s life into a complete story.

Chesney found his first consolation in the fledgling art of jazz. Jazz, an improvised music born of gospel, spirituals, blues and ragtime, consisted of letting the imagination soar and shaping the inspirations of the moment into personal statements, coming from the heart. Chesney needed an escape route, and jazz seemed like the perfect vehicle for it. In addition to Teagarden, whose ability to play the trombone with infinite inventiveness was defining for this musical form, there was another star that fascinated Chesney: Bix Beiderbecke, a cornetist of rich tones, lean execution, and an intensity rare in early jazz. times, which tended to sound like party music.
Chesney taught himself to play the banjo, a popular instrument in traditional jazz, and thus found his own way out of Snyder. The still-tiny jazz circuit seemed out of reach for him, so he joined a number of country and western bands that performed at dances throughout Oklahoma and other Midwestern states.
Chet also revealed that music wasn’t the only thing his father discovered for him. In an article that appeared in a 1960s magazine, «The Trumpet and the Spike: A Confession by Chet Baker,» he recalled that one night, as he was in bed at dawn, he heard his father chatting with his friends on the other side of the closed door of the living room. Curious, the boy approached to look through the keyhole. His description of his scene was almost surreal: ‘My old man and his friends were lying in their seats with their eyes closed. I thought they had fallen asleep and were dreaming strange and wonderful things. The room was full of white smoke, and its pungent smell came through the door and made me dizzy.
When it became known that he was a heroin addict, rumors circulated that Baker used to smoke marijuana with his parents. «I don’t know how that rumor was invented and spread,» Baker told journalist Jerome Reece in 1983, outraged, after years of turning his life into a journalist fantasy. My father smoked with other musicians at home a few times a week, but I was very young then. What a ridiculous story. My mother was very strict and she was against all that».
For the rest of his life, Baker stubbornly defended his father, although he had reasons not to. His relationship took a nasty turn when Chesney lost his job with him on the radio. He did not play professionally again. Failed as a musician and increasingly as a home provider, he began to drink heavily.
Baker hardly ever told anyone about those childhood beatings. Ruth Young herself, who wrested her most intimate confidences, had only vague notions of the musician’s childhood relationship with her father. «Chet always wanted to be intimate with his father, but he was afraid of him,» she said. And he added, «They were separated by the mother’s reins.» Until Chesney died in 1967, Baker did not stop seeking approval from his father; Since at that moment his own career seemed over, he identified even more with the old man’s pain at having to give up music.

Baker’s teammates in the Army dance band were dazzled by Kenton, heralding great and exciting changes in jazz. Down Beat and Metronome, the leading jazz magazines of the time, featured stories on all the Kenton musicians who were becoming celebrities in their own right: trumpeters Shorty Rogers and Al Porcino, saxophonists Art Pepper and Bob Cooper, the trombonist. Kai Winding, drummer Shelly Manne, arranger Pete Rugolo. Baker was always tuned to the AFRS for other cutting edge sounds: those of the band led by Woody Herman, whose arrangers, Ralph Burns and Neal Hefti, employed complex harmonies and tonal colors to create an ambitious variety of concert jazz.
One musician fascinated and baffled Baker above all others: Dizzy Gillespie, a black trumpeter based in Manhattan who was helping to unleash what Phil Leshin, a young bass player from the world, called «a complete revolution: social, personal and, certainly musical ».
Be that as it may, Baker’s friends marveled at how easily he learned everything. His talent seemed like a godsend, the kind you can’t get with practice. «When Chettie was young, he was like an eagle,» said Jack Sheldon. He was ready for anything. We were going to Palos Verdes to climb cliffs. Once we were climbing and I was behind him. I was scared to death and he was climbing like a goat. » Baker liked to talk about music, but he could only argue «in the simplest terms.»

Baker smoked weed from the time he got out of bed until he went to sleep. «Whatever he did, Chettie did it to the limit, one hundred percent,» Hersch Hamel said. He was that determined, competitive, and impulsive. »
But that didn’t apply to studies. He got fair passes in English (a high school), psychology, and political science, and although he was very good in band he was suspended in music theory, elementary as Maddaford’s course was. «You had to be especially clumsy to get less than an eight,» said the teacher. Baker still thought there was no point in learning to read music, and his assignments were sloppy and incomplete. «If you want to be a professional,» Maddaford warned him, «you have to have mastered these fundamental principles».

Baker used the Bird legend to mythologize himself. In the 1960s, Baker began to tell an apocryphal story about how he had been «discovered» by Parker, a tale that he honed throughout the rest of his life. According to Baker, one day in April 1952 he found a telegram that had been shoved under his door. Dick Bock, the future producer of his records, wanted to let him know that Parker was auditioning for trumpeters that day at three in the afternoon at the Tiffany Club in Hollywood. There it was Parker. He walked into a «black as fish» room and found himself among «forty trumpeters … all the trumpeters in Los Angeles,» while his idol improvised on stage. After five minutes, Parker — who Baker assumed must already know everything about him — suddenly stopped playing and asked if Chet Baker was there. «Yes, Bird, here I am,» said the trumpeter, striding forward to join Parker on one song, then another. After that, Bird sent everyone else home; he had already found his man.
Baker told this so honestly that interviewers swallowed every last word in a story that Bob Whitlock called a «filthy lie.»
Although he never came close to a Louis Armstrong superstardom, Baker at least qualified for an exemplary figure from the 1950s. A peasant boy from deep America who had served his country in the army twice and then flown to fame on the wings of his trumpet, the sound of which was purity itself. It certainly was nothing like the human ruin that Kirk Douglas had portrayed in The Trumpeter, a 1950 film about an alcoholic and intractable trumpeter who shatters his wife’s dreams of building a home, played by Doris Day. He wasn’t an eccentric pimp like Dizzy Gillespie, who danced across the stage in his beret, either. Baker still did not smoke cigarettes, drank large glasses of milk, and dressed properly in a suit to perform. His name sounded like a college athlete, in a time when many jazz musicians called themselves «Buck and Lockjaw and Peanuts and Dizzy,» as screenwriter Lawrence Trimble put it in Let’s Get Lost. «And here we had this name, Chet, which has a rather soft sound… His way of playing, the way he looked, his name… it all came together.

Baker arrived in New York in August 1957 with no place to live, no money, and few prospects. Apart from a few dealers from Harlem, hardly anyone knew of his arrival. Almost all the local musicians had already written him off, considering him a second-rate clone of Miles Davis, who already lived in Manhattan and had just released the most talked about album of the latest wave of jazz, Miles Ahead. The story was unfolding at the Five Spot club, east of Greenwich Village, where John Coltrane and Thelonius Monk played a duet for a long season. According to Nat Hentoff, Coltrane had grown from a brilliant and promising tenor saxophonist to «one of the most persistent and tireless multipliers … in the history of jazz,» and no one seemed to dispute it. Jazzmen flocked to the Five Spot to see the future of their music, and that scene didn’t include Chet Baker.
The trumpeter came to town at a dangerous time of drug raids, another local attempt to restore the illusion of purity and goodness in 1950s society. On May 28, 1957, one hundred and sixty narcotics agents had combed the city for twenty-four hours, arresting 131 people (including bop alto saxophonist Jackie McLean) on drug-related charges. Two years later, the New York Post would devote entire pages to the decline of Billie Holiday, who died at the age of forty-four at the Metropolitan Hospital in Harlem. The police had arrested her on her deathbed for heroin possession. Time magazine sounded the alarm to the nation, saying that Manhattan was «a city where drug dealers sell their wares almost as naturally as a street vendor of balloons, where children snort heroin even in class, where a bar or coffee shop innocent-looking can be a gathering place for addicts».
The trumpeter had fallen below Miles Davis and Dizzy Gillespie in Down Beat readers ‘votes, and he fell much lower in the critics’ poll. He disappeared from the category of male singers, having opened this door to many instrumentalists, such as his former inspirer, trumpeter Kenny Dorham, who recorded his own vocal albums. In a full-page article on Metronome, titled «Chet Baker, A Great Talent Faded,» Jack McKinney criticized Baker’s latest records, calling them «stillborn» and «completely empty.»
All these criticisms came to say that Baker had let everyone down, dragging an American dream through the mud. «In the 1950s, Chet had the world at his feet,» said Jon Burr, one of his later bassists. He consciously turned his back on her and used drugs as a means to do so. That was what he said. » Baker was unapologetic. «So many attempts over so many years to quit heroin … he didn’t want to quit heroin,» Gerry Mulligan said. That, of course, is heresy in the modern world. You’re supposed to say «Mea culpa, mea maxima culpa, my God, help me.» Chet didn’t give a damn about all that. »
Baker’s excuse was simple: «The world sucks.»

Baker was no longer wanted in Germany, Italy, Switzerland, and France; his reputation was tainted throughout Europe. The United States had no choice but to embrace it. By then, he had lost contact with his main accomplice, Donald Brown, who later committed suicide. To musicians who had met the young and immensely promising Chet Baker, his self-destruction seemed like full-blown suicide. It was the ultimate act of rebellion, a cry of «There you rot» directed at all the doors that his beauty and his talent had opened for her. But he was unapologetic. «I’ve never bothered anyone,» he told jazz critic Ira Gitler shortly after. I have never sold drugs to anyone. Everything I did I did to myself. »
Baker was no longer wanted in Germany, Italy, Switzerland, and France; his reputation was tainted throughout Europe. The United States had no choice but to embrace it. By then, he had lost contact with his main accomplice, Donald Brown, who later committed suicide. To musicians who had met the young and immensely promising Chet Baker, his self-destruction seemed like full-blown suicide. It was the ultimate act of rebellion, a cry of «There you rot» directed at all the doors that her beauty and his talents had opened for her. But he was unapologetic. «I’ve never bothered anyone,» he told jazz critic Ira Gitler shortly after. I have never sold drugs to anyone. Everything I did I did to myself. »

Baker was still confident that he could lead a satisfying life without heroin. But going back and forth between Europe and America, without a real home, with his wife, his lover, his children, his friends and the moscones, all pulling him, he was always on quicksand. Because he felt guilty about his domestic obligations, he moved his family to Ruppert Towers, a skyscraper at the junction of Third Avenue and Ninth Street. With its parquet floors, modern kitchen and several bedrooms, the apartment was so expensive that she could not afford a telephone for a long time. Renting such a place «was kind of like a blind positive thinking on Chet’s part».
Most American critics were of the opinion that Baker was playing with barely a shadow of his earlier brilliance. This opinion made him boil with rage. He was ashamed to think of all the polls he had won, above trumpet virtuosos like Kenny Dorham; he felt that only now he had truly mastered his instrument. But he kept making a fool of himself in public. On August 27, 1975, CTI presented some of its artists at a concert in Central Park, before an audience of thousands of people eager to party. Funk-jazz guitarist and singer George Benson warmed up, and then Baker came out. On his second song, he punched in a snail’s tempo and began whispering «My … funny … valentine …», like it was midnight at the Stryker’s. «People started booing and hissing,» Bob Mover said. I think I saw some objects being thrown on the stage. » The band withdrew in humiliation.
Longing to stay active, Baker accepted any job offer, preferably in distant Europe. He never hesitated to sign multiple «exclusive» contracts with managers and agents; It was difficult to sue him for breach of contract, because when he was located he was already gone.
The truth is that his income was still low, forcing him to hire cheap local musicians in each city. Music suffered the consequences. «That’s the difference between Chet and Miles,» Richie Beirach was saying. Chet didn’t have enough eyesight to realize that the quality of the escorts is essential. » However, he had no patience with his shortcomings. «If there was a musical problem,» Jeff Brillinger recalled, «he would get paranoid very easily and thought that the musicians were trying to confuse him, and he would explode.» Another tour of Europe was coming up, and Harold Danko could no longer bear the prospect of continuing to endure the chaos. Performances were canceled at the last minute, the repertoire was stagnant, and since Baker used more renowned pianists on almost all of his albums, it was clear to Danko that the job was not advancing his career. He accepted an offer to join Thad Jones and Mel Lewis’ big band, which had won a Grammy. At the end of their last night together, Baker said goodbye to him with an icy «Okay, good luck.»

In January 1979, Baker was spending a brief stint in New York. Because Young had subleased the studio on Seventy-first Street, he used Jon Burr’s apartment in Queens. At the moment, Baker limited his heroin use almost exclusively to snorting; Young, who was almost always with him, didn’t see him inject himself until a few months later. Sniffing through the nose would only get a fraction of the usual high; Jerry Stahl commented that if what he felt when injecting himself was like a rocket launch, then sniffing could be compared to going up in an elevator. Such restraint was not typical for Baker, but he seemed determined to show that he was in control, and he resumed his methadone program.
But no synthetic drug could give her the courage to face his family. Carol was trying to support her three children by working as a secretary at a Manhattan real estate company.

One of Baker’s last musical adventures took place in August 1985, when he made his debut in Brazil at the first Free Jazz Festival that was organized in the country. Sponsored by the Free cigarette brand, it was held in São Paulo and Rio de Janeiro. Several prestigious American musicians participated in the Rio concerts –Sonny Rollins, McCoy Tyner, Phil Woods–, but Baker was chosen as the star of the last night.
For many of the best musicians and singers in Brazil, his name was sacred. The original Chet Baker Sings album had triumphed there in the 1950s, circulating among bossa nova pioneers such as Carlos Lyra, Roberto Menescal, Nara Leão, Oscar Castro-Neves and João Gilberto. They were all young and eager to create their own sound, to break away from the wild rhythms of samba and the tearful songs of the past. It was Francisco Pereira, a Brazilian photographer of the time, who invited them to his house to hear Chet Baker Sings. They were captivated by the very light execution, the slight jazz pulsation, the freshness … qualities that could also be found in another North American album highly appreciated in Brazil, Julie Is Her Name, with the suggestive voice of the singer and actress Julie London gently accompanied by guitarist Barney Kessel and bassist Ray Leatherwood.

During the return home, Vavra grew nervous. «Gary, I have a very strange feeling,» she said as they parked in front of the house. They entered, and Howe retired to her room.
She opened the door to hers. In the dark she saw the silhouette of a man. She gasped. An instant later, Chet Baker’s face appeared. Seeing him advance toward her, Vavra backed into her living room. «I’m sorry I was such an asshole,» he said, hugging her. I will not use drugs again.
«We both knew she was lying,» Vavra recalled. I thought: «My God, everything starts again.» But all I could do was hug him.
The pressures of a life without drugs were consuming him, and he had fierce fights with Vavra. Boy, on those tours of Japan you had better not cross his path, because that’s when his temper really exploded. Uncle, it was terrible, ”she told Vavra. On June 17, they left Japan. As they waited at the airport, Peter Huijts raved about the tour, trying to make Baker see how beautiful his life could be without drugs from him. «Yes,» growled the trumpeter. I’m already looking forward to going back to Paris to get up my ass !.
In 1987, Baker’s friends sensed his growing concern about death. In a letter to Lisa Galt Bond, he made a comment about the many loved ones he had lost. Death, he said, can come very unexpectedly. During a breakfast in Japan, he had said very seriously to Peter Huijts:
Peter, I hope you remember me when I’m gone. He seemed hell-bent on tying up loose ends, and in July, while passing through the United States, he rented a motorcycle and went to Oklahoma to make what was to be his last visit to his family. Trying perhaps to burn the last cartridge to «keep» them and ease his remorse, he urged Carol to write life insurance in her name. He gave Dean the bike as a parting gift.
Baker had been warning people of his impending death for so long that it had come to seem like one of his tricks to win the sympathy of others. As destroyed as he appeared to be, he seemed to possess magical powers of regeneration.

Cocaine, combined with barbiturates, pushed Baker beyond the limits of insanity. «Cocaine is without a doubt what causes the worst problems,» Stilo said.
After he died, Baker lay near where the Trade Winds had been, the jazz club where he had played with Charlie Parker in 1952. In a sense, he had come home. And his final resting place was as depressing as his roots. The tombstone, common and standard, had an open book carved on the left page of which were the words:

SON, HUSBAND AND FATHER
CHESNEY H. BAKER JR.
CHET
1929-1988

In the jazz world, the number of young trumpeters grew who cultivated the image, sound and feeling of Baker. The most successful was Till Brönner, a German musician born in 1971, whose lyricism when playing and singing, added to his appearance as a teenage idol, made him the darling of German jazz. Brönner’s passion for Baker was of such caliber that he posed for a replica of the photo of William Claxton Chet and Halema; in 2000 he released his best-selling album, Chattin ‘with Chet. «It was a really great moment for me to hear a guy who only played melodies,» declared Brönner. For me, all the old trumpeters tried to play as loud and loud as possible. And suddenly this guy appears, doing just the opposite. His trumpet sound is probably the closest you can get to a human voice. He is moving. Chet Baker was a very romantic uncle, and I think he must have suffered a lot. Surely he lived in a constant search for love and understanding; otherwise, I do not understand that he could play as he played.

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