Contra Apocalípticos: Ecologismo, Animalismo, Posthumanismo — Jesús Zamora Bonilla / Against Apocalyptics: Environmentalism, Animalism, Posthumanism by Jesús Zamora Bonilla (spanish book edition)

En el imaginario colectivo prevalece la idea de que nuestra civilización está condenada a desaparecer muy pronto. Las razones últimas de este inevitable colapso, según numerosos intelectuales, serían de carácter moral: los valores del humanismo, nos dicen, han convertido en verdad suprema los deseos y caprichos del ser humano, sacrificando el equilibrio del planeta en el altar del beneficio económico, y pisoteando los derechos del resto de los seres vivos. Sobre la base de este diagnóstico se nos exhorta a cambiar urgentemente nuestra forma de vida y a abandonar de una vez los engañosos ideales de la Ilustración, si no queremos perecer en un inminente apocalipsis climático, o terminar esclavizados por los sistemas de inteligencia artificial, o continuar legitimando la explotación de los animales. Lo único que podrá salvarnos, de acuerdo con esta corriente de pensamiento, será sustituir el caduco humanismo por un refrescante posthumanismo.

J.Zamora empieza estableciendo/explicando distintos términos filosóficos, así como el marco teórico sobre el cual basa sus posturas en el resto del libro. Adicionalmente, todos los capítulos vienen acompañados de una vasta bibliografía para aquellos que deseen ahondar más en ciertos temas. He de admitir que algunas de las corrientes que se mencionan en el libro nunca las había escuchado (y que parecen broma, pero no, son bastante reales), pero J. Zamora siempre da una explicación de todas las corrientes/posturas que refuta.
Contra apocalípticos es un libro recomendable que, si bien es corto, debe leerse con detenimiento debido a los múltiples conceptos y respectivos análisis (la gran mayoría con un toque sarcástico). Pero no al grado de que se pierda el interés.
Divide el libro en 4 grandes bloques, con sus correspondientes capítulos.
-En el primer bloque, de tipo introductorio, analiza el relativismo y la ética y va a mostrar su opinión al respecto, que básicamente consiste en afirmar que es difícil que exista una moral absoluta. Es un bloque un poco más filosófico y denso de lo deseado, aunque un lector de cultura media, si mantiene la atención, lo puede leer sin problemas.
-En el segundo bloque analiza el calentamiento global. Es un bloque muy fácil de seguir, y en el mismo critica la manía apocalíptica de los ecologistas, al crear alarmismos sin base real. En su análisis va desmontando esa estrategia, de manera razonada, sensata y convincente.
-En el tercer bloque analiza el animalismo. Aunque el problema está bastante bien tratado y expuesto, sin embargo no muestra claramente las posiciones extremas del animalismo, por lo que su crítica acaba siendo algo descafeinada. En realidad, tampoco es que se vea mucha crítica.
-En el cuarto bloque analiza el posthumanismo. Tras hacer un pequeño resumen de las ideas principales con las que está de acuerdo, pasa a analizar las posturas con las que diverge. En concreto se para a analizar en detalle las ideas de Yuval Harari (en su obra Homo Deus), las de Raymond Kurzweil y su teoría de la singularidad y las de Bostrom y su teoría de que vivimos en una realidad virtual. También dedica unos capítulos, al final, a la posverdad y al derecho poshumano, pero hay mucha elucubración filosófica y son capítulos prescindibles para mi gusto.
En resumen, es un libro más de tipo filosófico, pero que se puede leer bastante bien; solo hay que tener una cultura/formación media y un poco de interés. Lo único malo es que es algo irregular: hay capítulos interesantes y pertinentes (respecto a lo que indica el título) y las críticas que expone son sensatas, razonables y para nada extremistas; pero hay capítulos que se va mucho por las ramas, se enreda en temas filosóficos que pueden ser hasta cierto punto interesantes, pero que se alejan mucho de lo que nos propone el título del libro, por lo que se hacen algo tediosos y, por ello, prescindibles.

Charles Dickens, vivimos en el mejor o en el peor de los tiempos (o en las dos cosas a la vez). No cabe ninguna duda de que si comparamos la situación actual de casi cada sociedad con la de hace cincuenta, doscientos o quinientos años, la humanidad ha progresado y continúa haciéndolo en casi cualquiera de los sentidos en los que nos parezca razonable definir el progreso.
Según el humanismo (o eso se le critica), el ser humano es algo así como el soberano del universo, el único sujeto que posee auténtica dignidad moral, verdaderos derechos y, por lo tanto, libertad, capacidad y legitimidad para poner al resto de la naturaleza a su servicio.
Tanto el ecologismo extremo como el animalismo extremo comparten con la mayor parte de los autores enmarcados en el posthumanismo (del cual, por el contrario, no tengo reservas en admitir que me parece rechazable en casi todos sus puntos filosóficos fundamentales) la visión de que los problemas que cada uno de ellos denuncia son, en el fondo, problemas morales, causados por «la perversidad intrínseca de los valores humanistas» denunciados desde dichas corrientes.
Digamos que ser relativista funciona como una especie de vacuna (tenue quizá, pero no inerte) contra los extremos del dogmatismo y del fanatismo éticos, que han causado mucho más sufrimiento y muchas más víctimas a lo largo de la historia que el más bien candoroso relativismo.

La tensión dialéctica entre creación y destrucción lleva impulsando la historia de la filosofía desde hace más de veinticinco siglos, y se pone de manifiesto en el ímpetu con el que, tanto los críticos como los creadores, se aplican a llevar sus argumentos mucho más allá de lo que las «personas normales» nos molestamos en hacer en la vida diaria.
En las últimas cuatro décadas, cientos de filósofos han intentado ofrecer alguna teoría sobre cuál es la decisión correcta en un dilema, pero todas ellas se enfrentan a la misma dificultad: no existe «la decisión correcta», sino que cada paquete de «una decisión junto con sus consecuencias» dispara en nosotros (directamente o debido a alguna deliberación) múltiples emociones, sentimientos contrarios unos a otros, y dichos sentimientos tienen más peso en ciertos casos en una dirección, y en otros casos en la dirección contraria. Utilizamos nuestra capacidad de razonamiento para intentar poner algo de claridad en ese maremágnum de sentimientos enfrentados, procurando considerar con la mayor nitidez las posibles consecuencias de una acción y su posible coherencia o incoherencia con otras decisiones que hayamos tomado o podamos tomar en otros contextos.

Fenómenos como el negacionismo del cambio climático antropogénico, el rechazo a las vacunas y la oposición al evolucionismo biológico son ejemplos característicos. Un problema que padecen, por lo general, los movimientos sociales que están en los extremos es su tendencia a moralizar sus posiciones, a considerar sus propias ideas no como una mera opción, sino como la única verdad moralmente legítima.
La solución a la crisis ecológica (que, como vemos, sería en realidad la misma crisis que la económica, social, ética, cultural, etcétera) vendrá necesariamente, según el pontífice, de una transformación espiritual del ser humano, que adopte las virtudes cristianas de la humildad y la sobriedad, el amor fraterno, sin olvidar el «valioso hábito» de «detenerse a dar gracias a Dios antes y después de las comidas» o la conveniencia de recuperar el sentido religioso del descanso dominical y, naturalmente, hay que olvidarse de cualquier medida que suene a «control de la natalidad» y a «salud reproductiva».

Pensar que el mundo, o al menos el «nuestro», está a punto de acabarse no es nada nuevo: desde hace más de dos mil años, casi siempre ha habido gente convencida de estar a las puertas del «fin de los tiempos». Ahora son pocos los que aguardan un inminente apocalipsis en su más genuina versión teológica, con su parafernalia de ángeles y demonios, pero crecen, en cambio, los que están muy seguros de que nuestra civilización galopa desbocada hacia un colapso medioambiental. Lo cierto, y en alguna medida reconfortante, es que este desenlace «a fuego lento» resulta un poco menos terrorífico que algunos otros cataclismos que han sido populares a lo largo de mis ya casi seis décadas de vida. La palma se la llevó el holocausto nuclear.
Ahora bien, sea inevitable o no el apocalipsis, ¿por qué nos resulta tan fascinante la idea de que la civilización va a llegar a su fin a corto o medio plazo? Tal vez otros autores, más ambiciosos en sus construcciones teóricas, se atrevan a elaborar alguna conjetura según la cual esas creencias apocalípticas poseen una función social, ya sea en defensa del sistema vigente (generando la sensación de que no merece la pena esforzarse para cambiarlo, o mediante algún otro mecanismo más enrevesado), ya sea estimulando su eliminación…
Todos los apocalípticos de nuestros días piensan que la vida humana está a punto de desaparecer total o casi totalmente de la faz de la Tierra. Hoy en día, la visión más habitual del apocalipsis es más bien la idea de que estamos a las puertas «del final de la civilización, tal y como la conocemos». Pero ¿qué significa en realidad esa frase? A lo largo de mis cincuenta y seis años de vida, he pasado ya por el fin de varias civilizaciones «tal y como las conocía». El mundo de los años noventa no era como el de los setenta, la época posterior al 11-S se parecía muy poco a la de los Beatles y, si nos permitimos retroceder aún más, la verdad es que 2020 recuerda en muy pocas cosas a 1920: la civilización del cine mudo también llegó a su fin. Las sociedades de comienzos del siglo XXII, ¿se parecerán más a las actuales de lo que estas se parecen a las de principios del siglo XX? Es difícil de saber, pero casi seguro que las diferencias serán enormes, tanto si han ocurrido entre medias varias catástrofes ecológicas o de otro tipo como si no. Si alguna enseñanza nos ofrece la historia, es que todas las sociedades, culturas y civilizaciones cambian, se transforman y son reemplazadas por otras y, además, cada vez lo hacen más deprisa. Por supuesto, todo depende de qué criterios utilicemos para determinar cuándo un conjunto de personas y cachivaches constituyen «la misma» civilización o si son ya otra.

.Colapso de la circulación oceánica del Atlántico (la corriente del Golfo): muy improbable.
.Liberación del metano de los caltratos submarinos: muy improbable.
.Desaparición de los bosques tropicales y boreales: baja confianza.
.Desaparición del hielo ártico: probable, pero solo en caso de escenarios con altas emisiones.
.Megasequías: baja confianza.
.Cambio en la circulación de los monzones: baja confianza.
Parece, por tanto, que el propio IPCC no da mucho crédito a las previsiones de un colapso medioambiental tan súbito y violento que pueda terminar a medio plazo con nuestra civilización, o sea, algo a lo que sería imposible adaptarse poco a poco a través de medidas tecnológicas o económicas. En todo caso, lo cierto es que el calentamiento global tiene otras consecuencias que, aunque no son literalmente apocalípticas, sí que son inequívocas y preocupantes (acidificación del océano, inundaciones en zonas costeras, mayor frecuencia de episodios climáticos extremos como sequías, huracanes, olas de calor y grandes incendios, menor disponibilidad de agua en algunas regiones…).
El concepto que suele encontrarse asociado a las amenazas catastrofistas relacionadas con el cambio climático, y con el que se intenta dar a esas amenazas un aire de mayor verosimilitud científica, es el de «Antropoceno», la supuesta nueva era geológica que está marcada por la actividad industrial humana. No todo lo que se dice sobre el Antropoceno (aportaré más detalles enseguida) tiene directamente algún cariz apocalíptico, pero el término posee claras resonancias de esa idea que discutimos más arriba, «el final de la civilización tal y como la conocemos», pues de su uso parece desprenderse como una consecuencia trivial la idea de que estamos haciendo cambiar tanto el planeta que no es solo la civilización lo que va a transformarse de manera irreconocible, sino la propia dinámica planetaria.
El Antropoceno no es, por lo tanto, un «hecho científico», aunque fueron científicos quienes originalmente propusieron el concepto a finales del siglo pasado y también lo son muchos de los que han contribuido a popularizarlo después. El Antropoceno es más bien un concepto con el que algunos investigadores han querido advertirnos de que las actividades humanas están generando consecuencias tan intensas a nivel global que es posible que en el futuro nuestra huella sobre la columna de los estratos geológicos resulte tan evidente como lo son ahora las de otros cambios importantes en la historia del planeta.

A menudo se dice que una población más numerosa y, sobre todo, concentrada en ciudades más grandes, es preferible para el progreso porque fomenta el ritmo de innovación social y tecnológica, pero tengo mis dudas de que a partir de dos o tres mil millones de habitantes no hayamos entrado en una fase de claros «rendimientos marginales decrecientes» en la influencia del número de habitantes sobre esas tasas de innovación. Es cierto que la mayoría de nosotros, como meros individuos, tenemos poca responsabilidad en las alteraciones de la faz del planeta, pero, como especie, y solo por los números brutos, yo diría que tenemos un poco más de culpa que el bueno de Cthulhu.

El representante más conocido de la «ética animal utilitarista» es el filósofo Peter Singer. Según este autor, puesto que el utilitarismo nos dice que el bien moral consiste en reducir lo máximo posible el sufrimiento que hay en el mundo, aplicar esa idea «hasta sus últimas consecuencias» exige que tengamos en cuenta por igual el sufrimiento de los seres humanos y el de los animales, pues, en cuanto a dolor, el de los primeros no es menos intenso que el de los segundos. Solo está justificado causar un sufrimiento a un ser vivo cuando gracias a ello vayamos a proporcionarle un bienestar mayor, como, por ejemplo, cuando le ponemos una inyección para curar una enfermedad, o tal vez cuando los beneficios que el sufrimiento de un ser causa a otros lo compensan con creces.

Quienes se autoconsideran «defensores de los animales» suelen acusar de especismo a las personas que no aceptan todos y cada uno de sus dogmas y conclusiones. ¿Sería legítimo acusarles entonces a ellos de reinismo, pues solo se preocupan de defender los derechos de los organismos que pertenecen a uno de los seis reinos en los que se dividen los seres vivos, los Animalia ? Los otros cinco reinos serían, con sus nombres latinos: Plantae, Fungi, Protista, Archaea y Bacteria. Al fin y al cabo, el argumento de que los especistas no respetamos a los animales porque no los reconocemos como sujetos, ¿no podría aplicarse del mismo modo a quienes hacen lo mismo con las plantas, los hongos, las bacterias, etcétera? Naturalmente, el razonamiento tradicional en defensa de los animales es que estos poseen la capacidad de sentir (en particular, sentir dolor), algo que no tendrían los otros seres vivos, incluidos algunos animales con sistema nervioso muy simple, o incluso sin él.
Naturalmente, no podemos saber si las plantas (o, para el caso, los organismos unicelulares) son capaces de experimentar sufrimiento, pero tampoco es algo que podamos descartar del todo. En cualquier caso, si fuera así, no tendríamos más remedio que incluirlas en los cálculos utilitaristas o malthusianos que hemos comentado en capítulos anteriores, aunque probablemente hacerlo así no nos lleve a cambiar ninguna de nuestras conclusiones morales sobre el consumo de animales. O tal vez sí, quién sabe.

Cualquier política ecológica que decidamos seguir, en cualquier punto del continuo entre el máximo conservacionismo y la máxima explotación del medioambiente, va a terminar afectando de forma negativa a billones de seres vivos, a millones de especies y a cientos de ecosistemas, pero afectando de forma positiva a cantidades muy parecidas, tanto en el presente y el futuro inmediato como en el futuro lejano. Y me parece que es del todo imposible encontrar una fórmula que nos permita calcular con suficiente objetividad, para cada una de esas políticas alternativas, cuál sería el «beneficio ecológico neto» o el «bienestar animal agregado» que resultaría de su aplicación. Podemos jugar con diversos criterios y variables, pero en el fondo solo estaremos ofreciendo respuestas especulativas entre las que no tenemos ninguna forma de discriminar. Ante una situación de tal incertidumbre, el conservacionismo tiene a su favor que los ecosistemas actuales son los que sabemos que favorecen más la supervivencia y el bienestar de los seres humanos y, por lo tanto, es perfectamente posible ser conservacionista, en el sentido ecológico del término, sin necesidad de entrar en ningún debate sobre si los animales, las especies y los ecosistemas tienen derechos morales propios. Basta, para esforzarse en protegerlos, con que seamos coherentes humanistas.

El posthumanismo es la filosofía de moda. Como todas las tendencias intelectuales que alcanzan un elevado nivel de popularidad, ello se debe en parte a que es un concepto lo bastante flexible como para poder ser encajado en muchos moldes diferentes, a menudo irreconciliables entre sí, pero con el suficiente parecido de familia entre unos y otros como para que todos sus defensores se sientan más o menos a gusto en el fragmento de clasificación que les ha tocado. En una de las interpretaciones más extremas, se lo suele confundir con el llamado «transhumanismo».
1.Ha quedado claro que los humanos no son ya las entidades más importantes del universo. Esto es algo que los humanistas todavía deben aceptar.
2.Todo el progreso tecnológico de la sociedad humana se dirige hacia la redundancia de la especie humana tal y como la conocemos.
3.En la era posthumana, muchas creencias se hacen redundantes, en especial la creencia en el ser humano.
4.Los seres humanos, igual que los dioses, solo existen en la medida en que creemos que existen.
5.El futuro nunca llega.

Según Harari, el motivo por el que el humanismo habría considerado que los seres humanos poseen, y los poseen en exclusiva, esta autonomía y este valor únicos, es porque se supone que tienen a su vez una propiedad que no comparten con ninguna otra entidad de la naturaleza: el libre albedrío, o sea, la capacidad de elegir conscientemente, sin ser forzados por circunstancias o causas exteriores, solo determinados por lo que de manera racional prefiramos en cada momento. Pero el conocimiento científico actual parece llevar de modo casi inevitable a la conclusión de que una cosa como el «libre albedrío» no puede existir. Y no puede porque es incompatible con las leyes de la física (¿qué es eso de que un evento natural, como por ejemplo la decisión de votar a un partido en vez de a otro, o de comprar manzanas en vez de plátanos, pueda no estar causado por los procesos físicos que tienen lugar en las células de nuestro cerebro, y por todos los demás procesos físicos que influyen sobre aquellos?), y porque los experimentos psicológicos parecen poner de manifiesto que nuestra conciencia de tomar una decisión es algo que ocurre después de que la hayamos tomado inconscientemente. Así que el «libre albedrío» sería también una simple entidad mitológica, como lo pueden ser los dioses, el cielo, el infierno y los ángeles. ¿Va a resultar que Harari está en lo cierto al decir que el humanismo es una religión?.
Según Harari, el humanismo es una ideología herida de muerte, precisamente porque el libre albedrío está cada vez más cuestionado. No se trata solo de que sea poco defendible científicamente aceptar la existencia del libre albedrío: al fin y al cabo, no se acudió a argumentos científicos sobre la naturaleza de nuestra mente para llegar a la conclusión de que era importante defender los derechos humanos y, por lo tanto, no parece que «demostrar científicamente» la inexactitud de nuestra creencia en el libre albedrío vaya a tener mucho peso a la hora de hacer que la gente ponga en duda la validez de aquellos derechos. Lo importante, destaca Harari, es el hecho de que la ciencia y la tecnología contemporáneas están consiguiendo que las decisiones individuales cada vez sean menos importantes. La autonomía y espontaneidad de nuestra mente, antes vistas como la fuente originaria de aquello en lo que consiste ser humano, son cada vez más consideradas como aspectos falibles de nuestra psicología, y susceptibles, por lo tanto, de ser «mejorados» tecnológicamente.

En conclusión, si la perspectiva de que no vamos a ser destruidos en las próximas décadas por un apocalipsis climático había dejado hueco en tu cabeza para la pesadilla de ser depredados a medio plazo por una superinteligencia implacable, la verdad es que puedes dormir tranquilamente: ninguna de las dos cosas tiene visos de ir a suceder. La realidad posthumana tendrá que esperar todavía un poco más…

Es imprescindible que el debate acerca del papel de las humanidades en el sistema educativo y en la sociedad se lleve a cabo a partir de una reflexión completamente realista, en lugar de idealista, sobre: a) las posibilidades reales de la enseñanza (es decir, con los profesores, estudiantes, entornos sociales y medios económicos que realmente podemos esperar tener), y b) sobre el grado de interés (por lo general, no muy alto) que es razonable esperar que estos temas despierten en la inmensa mayoría de la población. No me cabe ninguna duda de que las humanidades tienen un papel importantísimo y nada utópico que desempeñar en las sociedades del futuro, en las que seguiremos siendo vulgares humanos, en vez de posthumanos sublimes y oblicuos. Pero cómo llegarán a tenerlo y a través de qué medios es una discusión que ya va más allá.

La principal idea que quiero defender es que el progreso científico, tecnológico y social terminará muchísimo antes de que lo haga la propia humanidad.
El escenario que me parece más probable para el futuro humano a larguísimo plazo consiste en que:
1.dentro de unos cuantos cientos de años, o como mucho unos pocos milenios, habrá llegado definitivamente a su fin lo que podemos llamar la Edad del Progreso;
2.para entonces existirá en la Tierra (y probablemente en algunos asentamientos «terradependientes» de otros rincones del sistema solar) una sociedad con un nivel de bienestar tan elevado en comparación con el nuestro, como este lo es con el de la época de (pongamos) Cristóbal Colón, pero no mucho más; y
3.la humanidad seguirá existiendo en ese mismo estado durante millones de generaciones (lo que no quiere decir que las sociedades no vayan a cambiar, sino que, aunque haya diferencias entre unas y otras en el curso del tiempo, no serán diferencias sustanciales en cuanto a sus niveles de bienestar y desarrollo tecnológico; o sea, las sociedades cambiarán, pero no sustancialmente ni a mejor ni a peor).
Naturalmente, las principales diferencias entre los hombres de la prehistoria y los metaprodéuticos consistirán, en primer lugar, en que los primeros no tenían «la vida resuelta», y tenían que luchar con denuedo día tras día por sobrevivir y encontrar el sustento, mientras que para los metaprodéuticos el reto principal que les planteará el universo será el de cómo evitar aburrirse ; y, en segundo lugar, que los seres humanos del futuro profundo tendrán a su disposición todo el conocimiento científico posible para explicarse el universo en el que viven, sin necesidad de recurrir a mitos (salvo en aquellos cultos a los que a veces puedan recurrir a modo de pasatiempo). Pero, dejando al margen esas dos grandes diferencias, quizá resulte iluminador imaginar las sociedades del futuro lejano como una especie de cazadores-recolectores que de pronto se hubieran encontrado viviendo la vida que ellos imaginaban para sus antepasados difuntos: una continua serie de fiestas y cacerías sin riesgo por las verdes praderas celestiales, una vida en la que no hay preocupación alguna por el futuro ni por el pasado, en la que la voluntad es más importante que el pensamiento lógico, porque la tecnología y las instituciones (si es que para entonces es posible mantener esa diferencia) ya usan la lógica por ti.

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In the collective imagination prevails the idea that our civilization is doomed to disappear very soon. The ultimate reasons for this inevitable collapse, according to many intellectuals, would be of a moral nature: the values of humanism, they tell us, have made the desires and whims of the human being the supreme truth, sacrificing the balance of the planet on the altar of economic benefit, and trampling the rights of the rest of the living beings. On the basis of this diagnosis, we are urged to urgently change our way of life and abandon the deceptive ideals of the Enlightenment once and for all, if we do not want to perish in an imminent climate apocalypse, or end up enslaved by artificial intelligence systems, or continue legitimizing the exploitation of animals. The only thing that can save us, according to this current of thought, will be to replace outdated humanism with a refreshing post-humanism.

The author begins by establishing / explaining different philosophical terms, as well as the theoretical framework on which he bases his positions in the rest of the book. Additionally, all chapters are accompanied by a vast bibliography for those who wish to delve further into certain topics. I have to admit that some of the currents mentioned in the book I had never heard of (and they seem like a joke, but no, they are quite real), but the author always gives an explanation of all the currents / positions that he refutes.
Against apocalyptic is a recommended book that, although it is short, should be read carefully due to the multiple concepts and respective analyzes (the vast majority with a sarcastic touch). But not to the degree that interest is lost.
He divides the book into 4 large blocks, with their corresponding chapters.
-In the first block, of an introductory type, he analyzes relativism and ethics and is going to show his opinion on the matter, which basically consists of affirming that it is difficult for an absolute morality to exist. It is a bit more philosophical and dense than desired, although a reader of average culture, if he keeps his attention, can read it without problems.
-In the second block he analyzes global warming. It is a very easy block to follow, and in it it criticizes the apocalyptic mania of environmentalists, by creating scaremongering without any real basis. In his analysis, he dismantles that strategy, in a reasoned, sensible and convincing way.
-In the third block he analyzes animalism. Although the problem is fairly well treated and exposed, it nevertheless does not clearly show the extreme positions of animalism, so the criticism of it ends up being somewhat decaffeinated. Actually, it is not that you see much criticism.
-In the fourth block he analyzes posthumanism. After making a short summary of the main ideas with which he agrees, he goes on to analyze the positions with which he diverges. Specifically, he stops to analyze in detail the ideas of Yuval Harari (in his work Homo Deus), those of Raymond Kurzweil and his theory of singularity and those of Bostrom and his theory that we live in virtual reality. He also dedicates some chapters, at the end, to post-truth and post-human law, but there is a lot of philosophical speculation and they are dispensable chapters for my taste.
In summary, it is a more philosophical book, but it can be read quite well; You just have to have a medium culture / training and a little interest. The only bad thing is that it is somewhat irregular: there are interesting and pertinent chapters (with respect to what the title indicates) and the criticisms it exposes are sensible, reasonable and not at all extreme; But there are chapters that go around the bush a lot, get entangled in philosophical topics that can be interesting to a certain extent, but that are far removed from what the title of the book proposes, so they become somewhat tedious and, therefore, expendable.

Charles Dickens, we live in the best or the worst of times (or both at the same time). There is no doubt that if we compare the current situation of almost every society with that of fifty, two or five hundred years ago, humanity has progressed and continues to do so in almost any of the senses in which it seems reasonable to define progress.
According to humanism (or that is criticized), the human being is something like the sovereign of the universe, the only subject who has authentic moral dignity, true rights and, therefore, freedom, capacity and legitimacy to put the rest of nature at your service.
Both extreme environmentalism and extreme animalism share with most of the authors framed in posthumanism (of which, on the contrary, I have no reservations in admitting that it seems to me to be rejected in almost all its fundamental philosophical points) the view that the Problems that each of them denounce are, at bottom, moral problems, caused by «the intrinsic perversity of humanist values» denounced from these currents.
Let’s say that being a relativist works as a kind of vaccine (perhaps tenuous, but not inert) against the extremes of ethical dogmatism and fanaticism, which have caused much more suffering and many more victims throughout history than the rather naive relativism. .

The dialectical tension between creation and destruction has been driving the history of philosophy for more than twenty-five centuries, and it is evident in the impetus with which critics and creators alike apply themselves to take their arguments far beyond what «normal people» bother to do in everyday life.
In the last four decades, hundreds of philosophers have tried to offer some theory about what is the right decision in a dilemma, but all of them face the same difficulty: there is no «right decision», but each package of «one decision together with its consequences ”it triggers in us (directly or due to some deliberation) multiple emotions, feelings contrary to each other, and these feelings carry more weight in certain cases in one direction, and in other cases in the opposite direction. We use our reasoning skills to try to put some clarity in this tidal wave of conflicting feelings, trying to consider with the greatest clarity the possible consequences of an action and its possible coherence or inconsistency with other decisions that we have taken or may take in other contexts.

Phenomena such as denial of anthropogenic climate change, rejection of vaccines, and opposition to biological evolutionism are typical examples. A problem generally suffered by social movements at the extremes is their tendency to moralize their positions, to consider their own ideas not as a mere option, but as the only morally legitimate truth.
The solution to the ecological crisis (which, as we see, would actually be the same crisis as the economic, social, ethical, cultural, etc.) will necessarily come, according to the pontiff, from a spiritual transformation of the human being, which adopts the Christian virtues humility and sobriety, brotherly love, without forgetting the «valuable habit» of «stopping to give thanks to God before and after meals» or the convenience of recovering the religious sense of Sunday rest and, of course, we must forget about anything that sounds like «birth control» and «reproductive health».

Thinking that the world, or at least «ours», is about to end is nothing new: for more than two thousand years, there have almost always been people convinced that they are on the verge of the «end of time.» Now there are few who await an imminent apocalypse in its most genuine theological version, with its paraphernalia of angels and demons, but those who are growing, on the other hand, are very sure that our civilization is galloping towards an environmental collapse. The truth, and to some extent comforting, is that this «simmering» outcome is a little less terrifying than some of the other cataclysms that have been popular throughout my nearly six decades of life. The palm was taken by the nuclear holocaust.
Now, whether the apocalypse is inevitable or not, why is the idea that civilization will come to an end in the short or medium term so fascinating to us? Perhaps other authors, more ambitious in their theoretical constructions, dare to elaborate some conjecture according to which these apocalyptic beliefs have a social function, either in defense of the current system (generating the feeling that it is not worth trying to change it, or through some other more convoluted mechanism), either by stimulating its elimination …
All the apocalyptics of our day think that human life is about to disappear totally or almost totally from the face of the Earth. Today, the most common view of the apocalypse is rather the idea that we are at the gates «of the end of civilization, as we know it.» But what does that phrase actually mean? Throughout my fifty-six years of life, I have already passed through the end of various civilizations «as I knew them.» The world of the 1990s was not like the world of the 1970s, the post-9/11 era looked very little like the Beatles and, if we allow ourselves to go back even further, the truth is that 2020 very little reminds us of 1920: the silent film civilization also came to an end. The societies of the beginning of the XXII century, will they resemble the current ones more than they are similar to those of the beginning of the XX century? It’s hard to tell, but the differences will almost certainly be huge, whether or not a number of ecological or other catastrophes have occurred in between. If history offers us any teaching, it is that all societies, cultures and civilizations change, transform and are replaced by others and, moreover, they do so more and more quickly. Of course, it all depends on what criteria we use to determine when a set of people and gadgets constitute «the same» civilization or if they are already another.

Collapse of the Atlantic ocean circulation (the Gulf Stream): highly unlikely.
.Release of methane from submarine caltrates: highly unlikely.
Disappearance of tropical and boreal forests: low confidence.
Disappearance of Arctic ice: likely, but only in high emission scenarios.
Mega-droughts: low confidence.
.Change in monsoon circulation: low confidence.
It seems, therefore, that the IPCC itself does not give much credence to the forecasts of an environmental collapse so sudden and violent that it could end our civilization in the medium term, that is, something to which it would be impossible to adapt little by little through technological or economic measures. In any case, the truth is that global warming has other consequences that, although they are not literally apocalyptic, they are unequivocal and worrying (ocean acidification, flooding in coastal areas, greater frequency of extreme weather events such as droughts, hurricanes, waves heat and large fires, less water availability in some regions …).
The concept that is usually associated with catastrophic threats related to climate change, and with which it is tried to give these threats an air of greater scientific credibility, is that of «Anthropocene», the supposed new geological era that is marked by the human industrial activity. Not everything that is said about the Anthropocene (I will provide more details soon) has some apocalyptic aspect directly, but the term has clear resonances of that idea that we discussed above, «the end of civilization as we know it», because of Its use seems to come off as a trivial consequence of the idea that we are making the planet change so much that it is not only civilization that is going to be transformed in an unrecognizable way, but the planetary dynamics itself.
The Anthropocene is not, therefore, a «scientific fact», although it was scientists who originally proposed the concept at the end of the last century and so are many of those who have helped to popularize it later. The Anthropocene is rather a concept with which some researchers have wanted to warn us that human activities are generating such intense consequences at a global level that it is possible that in the future our footprint on the column of geological strata will be as evident as they are now those of other important changes in the history of the planet.

It is often said that a larger population and, above all, concentrated in larger cities, is preferable for progress because it fosters the pace of social and technological innovation, but I have my doubts that from two or three billion Inhabitants have not entered a phase of clear «diminishing marginal returns» in the influence of the number of inhabitants on these innovation rates. It is true that most of us, as mere individuals, bear little responsibility for the alterations to the face of the planet, but, as a species, and just for the raw numbers, I would say that we have a little more to blame than good old Cthulhu. .

The best known representative of the «utilitarian animal ethic» is the philosopher Peter Singer. According to this author, since utilitarianism tells us that the moral good consists in reducing the suffering in the world as much as possible, applying this idea «to its last consequences» requires that we take into account the suffering of human beings equally and that of animals, then, in terms of pain, that of the former is no less intense than that of the latter. It is only justified to cause suffering to a living being when thanks to it we are going to provide a greater well-being, such as, for example, when we give an injection to cure a disease, or perhaps when the benefits that the suffering of a being causes to others more than make up for it.

Those who consider themselves «animal defenders» often accuse people of speciesism who do not accept each and every one of their dogmas and conclusions. Would it then be legitimate to accuse them of reignism, since they only care about defending the rights of the organisms that belong to one of the six kingdoms into which living beings are divided, the Animalia? The other five kingdoms would be, with their Latin names: Plantae, Fungi, Protista, Archaea and Bacteria. After all, the argument that we speciesists do not respect animals because we do not recognize them as subjects, could it not be applied in the same way to those who do the same with plants, fungi, bacteria, etc.? Naturally, the traditional reasoning in defense of animals is that they have the ability to feel (in particular, feel pain), something that other living beings would not have, including some animals with a very simple nervous system, or even without it.
Naturally, we can’t know if plants (or, for that matter, single-celled organisms) are capable of experiencing suffering, but it’s also not something we can completely rule out. In any case, if this were the case, we would have no choice but to include them in the utilitarian or Malthusian calculations that we have discussed in previous chapters, although doing so will probably not lead us to change any of our moral conclusions about the consumption of animals. Or maybe yes, who knows.

Any ecological policy that we decide to follow, at any point on the continuum between maximum conservationism and maximum exploitation of the environment, will end up negatively affecting billions of living beings, millions of species and hundreds of ecosystems, but positively affecting at very similar amounts, both in the present and the immediate future and in the distant future. And it seems to me that it is completely impossible to find a formula that allows us to calculate with sufficient objectivity, for each of these alternative policies, what would be the «net ecological benefit» or the «aggregate animal welfare» that would result from their application. We can play with various criteria and variables, but deep down we will only be offering speculative answers between which we have no way of discriminating. Faced with a situation of such uncertainty, conservationism has in its favor that current ecosystems are those that we know most favor the survival and well-being of human beings and, therefore, it is perfectly possible to be a conservationist, in the ecological sense of the world. term, without the need to enter into any debate on whether animals, species and ecosystems have moral rights of their own. It is enough, to strive to protect them, that we be consistent humanists.

Posthumanism is the philosophy of fashion. Like all intellectual trends that reach a high level of popularity, this is partly due to the fact that it is a concept flexible enough to be able to fit into many different molds, often irreconcilable with each other, but with enough family resemblance between them. both so that all its defenders feel more or less comfortable in the fragment of classification that has touched them. In one of the most extreme interpretations, it is often confused with so-called «transhumanism.»
1. It has become clear that humans are no longer the most important entities in the universe. This is something that humanists have yet to accept.
2. All the technological progress of human society is directed towards the redundancy of the human species as we know it.
3. In the posthuman era, many beliefs become redundant, especially the belief in the human being.
4. Human beings, like gods, only exist to the extent that we believe they exist.
5. The future never comes.

According to Harari, the reason why humanism would have considered that human beings possess, and possess them exclusively, this unique autonomy and value, is because they are supposed to have in turn a property that they do not share with any other entity of nature: free will, that is, the ability to choose consciously, without being forced by circumstances or external causes, only determined by what we rationally prefer at all times. But current scientific knowledge seems almost inevitably to lead to the conclusion that such a thing as «free will» cannot exist. And it cannot because it is incompatible with the laws of physics (what is it that a natural event, such as the decision to vote for one party instead of another, or to buy apples instead of bananas, cannot be caused by the physical processes that take place in the cells of our brain, and by all the other physical processes that influence those?), and because psychological experiments seem to show that our consciousness of making a decision is something that happens after we have taken it unconsciously. So «free will» would also be a simple mythological entity, as can the gods, heaven, hell, and angels. Is it going to turn out that Harari is correct in saying that humanism is a religion?
According to Harari, humanism is a mortally wounded ideology, precisely because free will is increasingly being questioned. It is not only that it is not scientifically defensible to accept the existence of free will: after all, scientific arguments about the nature of our minds were not used to reach the conclusion that it was important to defend human rights and, therefore, it does not appear that «scientifically proving» the inaccuracy of our belief in free will is going to weigh heavily in causing people to question the validity of those rights. What is important, Harari points out, is the fact that contemporary science and technology are making individual decisions less and less important. The autonomy and spontaneity of our mind, previously seen as the original source of what it is to be human, are increasingly considered as fallible aspects of our psychology, and therefore susceptible to being «improved» technologically.

In conclusion, if the prospect that we will not be destroyed in the coming decades by a climate apocalypse had left room in your head for the nightmare of being predated in the medium term by a relentless superintelligence, the truth is that you can sleep peacefully: none of the two things it has the appearance of going to happen. The posthuman reality will have to wait a little longer …

It is imperative that the debate about the role of the humanities in the educational system and in society is carried out from a completely realistic, rather than idealistic, reflection on: a) the real possibilities of teaching (that is, with the professors, students, social environments and economic means that we can really expect to have), and b) on the degree of interest (generally, not very high) that it is reasonable to expect these topics to arouse in the vast majority of the population. I have no doubt that the humanities have a very important and not utopian role to play in the societies of the future, in which we will continue to be vulgar humans, rather than sublime and oblique posthumans. But how they will come to have it and through what means is a discussion that goes further.

The main idea that I want to defend is that scientific, technological and social progress will end long before humanity itself does.
The scenario that seems most likely for the human future in the very long term is that:
1. Within a few hundred years, or at most a few millennia, what we can call the Age of Progress will have finally come to an end;
2.By then there will exist on Earth (and probably in some «terradependent» settlements in other corners of the solar system) a society with a level of well-being as high in comparison with ours, as this is with that of the time of ( Let’s say) Christopher Columbus, but not much else; and
3. Humanity will continue to exist in that same state for millions of generations (which does not mean that societies will not change, but that, although there are differences between them in the course of time, they will not be substantial differences in terms of to their levels of well-being and technological development; that is, societies will change, but not substantially for the better or for the worse).
Naturally, the main differences between the men of prehistory and the metaprodeutics will consist, in the first place, in that the former did not have «a settled life», and had to fight with courage day after day to survive and find a livelihood, while for metaprodeutics, the main challenge that the universe will pose to them will be how to avoid getting bored; and, secondly, that the human beings of the deep future will have at their disposal all possible scientific knowledge to explain the universe in which they live, without the need to resort to myths (except in those cults to which they can sometimes resort to hobby mode). But these two major differences aside, it is perhaps enlightening to imagine the societies of the far future as some sort of hunter-gatherer who suddenly found themselves living the life they envisioned for their deceased ancestors: an ongoing series of parties and hunts. safely through the green heavenly prairies, a life in which there is no concern for the future or the past, in which the will is more important than logical thinking, because technology and institutions (if at all by then it is possible to keep that difference) they already use logic for you.

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