Tiempo De Cuidados: Otra Forma De Estar En El Mundo — Victoria Camps / Care Time: Another Way Of Being In The World by Victoria Camps (spanish book edition)

Hay cosas que tienen valor pero no son reconocidas, una de ellas el cuidado. No todo lo que es valioso tiene un precio.
Con su ética del cuidado, Victoria hace un doble click en las personas invisibles, así nos descubre a esas cuidadoras que dan su tiempo, su compañía, su afecto, su disponibilidad, empatía, respeto, en una palabra su cuidado a otros.
Desde los usos y costumbres de la autonomía, lo útil y lo individual de nuestros tiempos surge el paradigma del cuidado rompiendo esquemas , la lectura hace un giro de 360 grados: la vulnerabilidad, la interdependencia, la responsabilidad entre personas.
Históricamente invisibilizados, despreciados, reservados a las mujeres y los inmigrantes… Y sin embargo fundamentales para el sistema. Un buen libro para reflexionar en demasía.

La pandemia de la covid-19, como todas las crisis, tiene algunos elementos positivos que conviene aprovechar. Yo misma quizá no me hubiera decidido a escribir este libro sobre la ética del cuidado si los varios confinamientos que estamos sufriendo no me hubieran regalado un montón de horas extras con las que no contaba para poder leer y escribir sobre el tema. Un tema que, por otra parte, se ha convertido en más central y perentorio a raíz de la pandemia. La conciencia de fragilidad y vulnerabilidad del ser humano ha sido uno de los rasgos más comentados, debatidos e interiorizados por todos en este tiempo catastrófico que nos ha tocado vivir. Un virus inesperado ha puesto al mundo entre paréntesis, ha trastocado las formas de vivir, nos ha obligado a aceptar limitaciones que nunca hubiéramos imaginado, nos ha hecho un poco menos arrogantes y seguros de nosotros mismos.
La ética del cuidado exige que nos veamos a nosotros mismos, nuestras relaciones con los demás y con la naturaleza en general desde una perspectiva nueva. No contraria a la que ha sido prevalente por lo menos desde la modernidad, sino tendente a atacar todas aquellas disfunciones que han puesto a la dominación y a la depredación por delante de la cooperación y la reciprocidad.
Vivimos un «tiempo de cuidados». Un tiempo en que los enormes avances científicos y tecnológicos contrastan con desigualdades lacerantes, exclusiones, pobrezas y marginaciones incomprensibles. La esperanza de vida aumenta pero no sabemos si lo hace de la manera adecuada.

Que los cuidados son un valor a tener en cuenta no solo ha sido un descubrimiento del pensamiento económico. También del pensamiento ético. El cuidado es una obligación y responsabilidad compartida entre profesionales y no profesionales. A dilucidar esta diferencia para poner de manifiesto el alcance que ha de tener el cuidado si queremos tomárnoslo en serio.
No es raro que el homo economicus y el sujeto de la ética o de la política tengan idénticas características. Nacen junto a los fundamentos del liberalismo económico y también ético-político que, en un principio, representó un progreso indiscutible, en la medida en que se afirmaba y se partía de la definición de la persona como un ser radicalmente libre. El tiempo fue poniendo de manifiesto el reduccionismo implícito en la concepción del sujeto moderno. Reduccionismo, porque no se tuvieron en cuenta rasgos del ser humano no del todo racionales, rasgos que se habían venido atribuyendo no a toda la humanidad, sino a aquella parte que permanecía invisible precisamente porque no era partícipe, ni falta que le hacía, del prototipo de un ser definido desde Aristóteles como «animal racional» sin más atributos. Lo que ese ser tenía de vulnerable, material y corpóreo permanecía oculto y debía ser reprimido, no era más que un impedimento para la plena realización de la persona.
Traer a colación la importancia de la ética del cuidado que viene de la mano del feminismo no debe implicar en absoluto una ratificación complaciente de la división sexual del trabajo. Considerar el cuidado un valor ético conlleva de por sí una pretensión de universalidad, como ocurre con todos los valores éticos.
El cuidado ha sido ya aceptado como un valor ético importante.

Hace tiempo que el cuidado salió de la casa familiar para ser dispensado desde distintas organizaciones: hospitales, residencias geriátricas, centros de día, guarderías, escuelas. Lo que, sin embargo, no ha hecho que el cuidado pase a ser considerado no solo una obligación privada sino pública. Una obligación de la polis, además del oikos, para recordar la antigua distinción aristotélica. Los ejercicios del cuidado se han extendido mucho más allá de lo que es la crianza de los hijos y la asistencia a los enfermos y dependientes. Los servicios de limpieza, provisión de alimentos, restauración, cuidado del cuerpo forman un complejo y una industria que da empleo a mucha gente.
Los cuidados se han profesionalizado en gran medida y se han extendido a ámbitos ajenos al hogar. Lo que apenas ha cambiado es el sexo de las personas que suelen hacerse cargo de cuidar. Ni el sexo ni la remuneración. Siguen siendo mujeres que, o bien trabajan gratuitamente en sus casas ocupándose de los suyos, o bien ocupan puestos de trabajo cuya esencialidad no se corresponde con el precio que se paga por mantenerlos funcionando incluso en las peores situaciones. El trabajo de cuidar no es reconocido como trabajo porque el tiempo dedicado a cuidar es un tiempo que carece de valor.

La actividad cuidadora que en principio compete a la familia la han ido acompañando una serie de medidas que hacen más llevadera, incluso más eficaz, la función de atender a la infancia cuando requiere vigilancia y asistencia constantes. Para llevar a cabo algunas de dichas medidas existen desde hace siglos instituciones adecuadas. Una de ellas, la más antigua, es la escuela. De otra forma a como lo hace la familia, la escuela realiza la misión de educar y socializar cuidando a los alumnos que tiene a su cargo. Desentenderse del aspecto del cuidado como algo que no compete propiamente a los educadores es un error sobre el que conviene reflexionar con una cierta detención.
La palabra «maestro» ha caído en desuso a favor de la más neutra y supuestamente rigurosa que es «docente». Llamar «docente» al educador o maestro es una reducción que pretende eliminar jerarquías entre los distintos estamentos que forman el sistema educativo.

El destino de los mayores en nuestras sociedades, el especial cuidado que se les debe, es uno de los problemas pendientes que hay que abordar sin dilación. Hay que plantearse muchas cosas: los modelos de centros residenciales que tenemos, públicos y privados, dependientes en muchos casos de intereses económicos y muy deficientes en la función asistencial por mor del lucro. La solución de las residencias, si puede llamarse así, no es buena si no es aceptada con gusto por quienes son recluidos en ellas. No es la mejor forma ni la más justa de cuidar a quienes, especialmente en el caso de las mujeres, dedicaron gran parte de su vida a cuidar de los suyos. El cuidado de los mayores debiera estar motivado por la reciprocidad, una compensación de lo recibido que tiene muchas dimensiones. Una de las cuestiones que deben discutirse al respecto, y sobre la que volveré, es la tendencia a medicalizar el cuidado de los ancianos. Sufren patologías varias y la medicina ayuda a paliarlas, ya que la mayoría de ellas no son curables, pero cuidar a un ser humano es, sobre todo, tenerlo en cuenta, no expulsarlo del espacio común de los que todavía no necesitan cuidados.
Las residencias geriátricas son, en teoría, lugares de cuidados, pero son al mismo tiempo el lugar donde transcurre el final de la vida. Ese tramo final no tiene por qué ser un tiempo de simple espera de la muerte porque no hay otra cosa que hacer.
Habrá que analizar cómo se compaginan la ética del cuidado y las éticas tradicionales, que son más bien éticas de la justicia.
Justicia y cuidado son valores complementarios. Carece de sentido discutir sobre cuál de los dos es más importante para fundar la moralidad de una sociedad. Ninguno de los dos es dispensable. En realidad, el cuidado humaniza una concepción de la justicia que se parece demasiado a la que Hume admite con recelo. Y puesto que la ética del cuidado nos ha obligado a revisar la separación de lo público y lo privado, como lo hizo también el eslogan feminista de que «lo personal es político», es una equivocación mantener que solo la justicia ocupa el ámbito público mientras el cuidado sigue estando en el ámbito privado. El cuidado es un deber universal, debe ser accesible a cuantos lo solicitan justamente, no puede ser visto solo como una responsabilidad privada.

Las variantes del cuidado que merecen una cierta cualificación profesional y se materializan en empleos remunerados son las que se vinculan a la enfermedad y requieren asistencia médica. Es un hecho que la atención a la salud y a la enfermedad forman parte del cuidado, pues el tratamiento de cualquier patología ha de incluir cuidados además de medicamentos. En especial cuando las patologías ya no se curan y lo único que el paciente puede esperar es no perder del todo el bienestar que proporciona estar sano.

a)Un declive sentido como irreversible y desfavorable. Quizá sea la conciencia de ese declive la que determina para cada persona que el proceso ha comenzado y es imparable. Las deficiencias físicas y mentales empiezan pronto —pérdida de memoria, dolor muscular, falta de resistencia, dificultad para manipular objetos—, pero solo importan desfavorablemente cuando se constatan como irremediables y el cuerpo siente que los fallos son irreversibles.
b)La curiosidad y la admiración decrecen. Un rasgo que se puede combatir, aunque también es posible verlo como una cierta forma de sabiduría. De algún modo, en la indiferencia y falta de interés por lo nuevo que sienten los viejos hay no solo una especie de cansancio vital, sino la convicción de que el final se acerca: cuando la muerte está cerca, el cuerpo deja de interesarse por la vida. Améry llama a esa característica «dejar de ser contemporáneo», pues, en efecto, los años desconectan de lo que está más vivo en el entorno que discurre ajeno a lo que la vejez supone.
c)Se busca refugio en la rutina y en los hábitos. Como consecuencia de la falta de curiosidad, lo nuevo produce más inquietud que ilusión.
d)Desconfianza hacia los demás. Por causa de la inseguridad, que no solo es física, el anciano teme caerse, enfermar, quedarse solo, ser abandonado, y ve cómo sus amigos se van yendo. Teme sobre todo la penuria económica, que los ahorros no le alcancen para lo que aún puede sobrevenirle, un temor que crece paralelo a la mayor esperanza de vida.
e)Miedo por la inminencia de la muerte y el sufrimiento. Diría que más lo segundo que lo primero. No es morir lo que uno teme, sino morir mal, sufriendo demasiado. Al envejecer, el cuerpo es una carga, la energía decrece; uno se siente extraño ante sí mismo. Mientras la autonomía para moverse aguanta y la cabeza se mantiene clara, sumar años puede ser gozoso; deja de serlo cuando la ayuda de otros es imprescindible, cuando la consulta médica es la ocupación más persistente y el futuro solo significa un empeoramiento progresivo.
f)Ambivalencia en relación con sus coetáneos. Los ancianos no se reconocen, o no quieren reconocerse, en la imagen de los que son como ellos; lo evitan, sobre todo las mujeres.
g)Invisibilidad social. Sin llegar a afirmar que la sociedad es gerontofóbica, lo cierto es que en el imaginario social los ancianos no están presentes. Ni los medios de comunicación, ni el mercado, ni la publicidad, ni las políticas públicas prestan una gran atención a los mayores. Carecen de poder adquisitivo y solo son receptores de servicios y ayudas. El mito de que hay en la vejez una sabiduría y una experiencia que las generaciones sucesivas deberían aprovechar no tiene ningún encanto.

Envejecer no es agradable, es triste y deprimente. Es absurdo ocultarlo. Pero se vive de diferente manera debido tanto a las condiciones externas como a la reacción de cada uno ante su propia vulnerabilidad. Aunque parezca difícil aceptarlo, afrontar el envejecimiento de una forma positiva es una elección. La sociedad ayuda a hacerlo si honra a los ancianos y no los margina o los trata como si volvieran a ser niños. La medicina puede ayudar si no medicaliza en exceso el proceso de envejecimiento.
Generalizar es lo más fácil y es inevitable si nos proponemos hacer ciencia del tipo que sea, ya lo dijeron los clásicos. Pero cuando de las consideraciones estadísticas o científicas tratamos de derivar normas y prescripciones, la generalización se queda corta y es inexacta. Los hoy llamados «mayores» no son en absoluto un grupo homogéneo, como en parte sí lo son los niños escolarizables.
Planificar la última etapa de la vida, que puede ser una larga etapa, es una obligación individual imposible de ejecutar sin el apoyo de la comunidad. Cuando faltan lazos comunitarios, como ocurre en las grandes urbes, las administraciones deben esmerarse en recomponer lo que no existe. Además de pensar en un urbanismo accesible, agradable, cómodo y adaptado a las necesidades de los mayores, es imperativo potenciar las herramientas comunitarias para facilitar la conexión entre generaciones y sensibilizar hacia las necesidades de una etapa de la vida de la que nadie escapa si tiene la suerte de no morir joven. Frente al modelo neoliberal de ceder los cuidados a empresas de servicios que definen los objetivos y actividades que hay que llevar a cabo, el modelo comunitario implica a toda la comunidad en la responsabilidad frente a los mayores.

Poner en práctica los fines de la medicina en el sentido amplio requiere más imaginación y más atención a la situación peculiar de cada persona, que simplemente curar un órgano enfermo. Supone considerar qué tipo de relación hay que establecer entre el sanitario y el paciente de forma que se revierta la relación «clientelar» que ha venido a sustituir a la relación paternalista de otros tiempos. La intención era buena: había que evitar la asimetría existente entre el médico o la enfermera y el paciente ofreciéndole a este la oportunidad de participar en decisiones que, a fin de cuentas, tenían que ver con su salud. Respetar la autonomía del paciente ha venido a ser una de las condiciones éticas de la medicina de nuestro tiempo. La primera medida destinada a preservar la autonomía del paciente fue la obligación de informarle y pedir su consentimiento con respecto a cualquier tipo de intervención de la que pudieran derivarse consecuencias adversas. Sin embargo, y como suele ocurrir con las normas que cuentan con un procedimiento fijado con el objetivo de proporcionar seguridad jurídica, el llamado «consentimiento informado», hoy un requisito implantado en todos los hospitales, es un trámite rutinario y solo formalmente informativo, como puede serlo el prospecto de cualquier medicamento.
Informar a una persona frágil, vulnerable, atemorizada por lo que le pueda ocurrir y el calvario que se le viene encima, tiene que ser algo más que dispensar un documento prefabricado para todos los casos similares. Al profesional le corresponde, si de verdad quiere informar, subsanar todas las inquietudes e interrogantes que le sobrevienen al paciente. No lo hará bien si no cuenta con las peculiaridades de cada paciente cuando se enfrenta a una enfermedad grave. No todo el mundo quiere estar igualmente informado ni quiere saberlo todo.
Hay que insistir en lo que ya vio Epicuro: la muerte no es nada terrible ni temible; lo es el dolor que precede a la muerte y la pérdida que sufren los que ven desaparecer a los seres queridos. Ese dolor y esa pérdida también son parte de nuestra condición. Son males que el mito interpretó como un castigo divino bien merecido por la insumisión humana. Aun cuando nos hayamos liberado de la idea de castigo, seguimos percibiéndolos como males inevitables. Los cuidados paliativos y la ayuda al suicidio son medidas destinadas a hacer ese trance más liviano y pacífico.

El humanismo que nació como la afirmación y predominio del sujeto contra la sumisión a un poder divino, ahora no es pensable separado de la interdependencia que nos une en un destino común. Más que nunca se hace necesaria la urgencia de actuar juntos, precisamente ahora, cuando la comunidad humana se encuentra más dividida y polarizada que nunca.

La máxima del autocuidado pone de manifiesto la necesidad de tener en cuenta dos frentes a la hora de abordar cuestiones morales, como lo es el derecho de todas las personas a ser tratadas con igual dignidad. Por vaga e indeterminada que parezca, lo cierto es que la afirmación de la dignidad del ser humano se ha ido concretando en una serie de principios y derechos que dan contenido a nuestras obligaciones morales. Esos derechos han de respetarse, para lo cual confiamos en que el Estado y sus instituciones hagan bien su trabajo y se empeñen de veras en garantizar los derechos fundamentales. El otro frente es el de los individuos que no son solo sujetos de derecho, sino sujetos de deberes. En un Estado de derecho, los individuos son ciudadanos que deben asumir una serie de responsabilidades. Si ambos frentes no actúan en consonancia, si no se reconocen en el desempeño de unos mismos fines, seguiremos dando palos de ciego en uno u otro sentido sin mejorar ni reformar nada que merezca la pena.
De los tres valores modernos, libertad, igualdad y fraternidad, este último quedó en seguida disuelto en el olvido y la indeterminación. Hoy es el valor que más necesitamos: la fraternidad es el vínculo que une a todos sin distinciones y, porque une, mueve a corregir las desigualdades y a ejercer la libertad con más responsabilidad.

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There are things that have value but are not recognized, one of them care. Not everything that is valuable has a price.
With her ethics of care, Victoria makes a double click on invisible people, thus she discovers us those caregivers who give their time, their company, their affection, their availability, empathy, respect, in a word their care for others.
From the uses and customs of autonomy, the useful and the individual of our times, the paradigm of care emerges, breaking schemes, the reading makes a 360 degree turn: vulnerability, interdependence, responsibility between people.
Historically invisible, despised, reserved for women and immigrants … And yet fundamental to the system. A good book to ponder too much.

The covid-19 pandemic, like all crises, has some positive elements that should be exploited. I myself might not have decided to write this book on the ethics of care if the various confinements that we are experiencing had not given me a lot of extra hours that I did not have to be able to read and write on the subject. An issue that, on the other hand, has become more central and peremptory as a result of the pandemic. The awareness of human fragility and vulnerability has been one of the most commented, debated and internalized features by all in this catastrophic time that we have had to live. An unexpected virus has put the world in parentheses, it has disrupted the ways of living, it has forced us to accept limitations that we could never have imagined, it has made us a little less arrogant and sure of ourselves.
The ethics of care requires that we see ourselves, our relationships with others and with nature in general from a new perspective. Not contrary to what has been prevalent at least since modernity, but tending to attack all those dysfunctions that have put domination and predation ahead of cooperation and reciprocity.
We live in a «time of care.» A time when enormous scientific and technological advances contrast with lacerating inequalities, exclusions, poverty and incomprehensible marginalization. Life expectancy is increasing but we do not know if it is doing so properly.

That care is a value to take into account has not only been a discovery of economic thought. Also of ethical thought. Care is an obligation and responsibility shared between professionals and non-professionals. To clarify this difference to show the extent to which care must be taken if we want to take it seriously.
It is not uncommon for homo economicus and the subject of ethics or politics to have identical characteristics. They are born together with the foundations of economic and also ethical-political liberalism that, at first, represented an indisputable progress, to the extent that it was affirmed and started from the definition of the person as a radically free being. Time gradually revealed the implicit reductionism in the conception of the modern subject. Reductionism, because not entirely rational traits of the human being were not taken into account, traits that had been attributed not to all humanity, but to that part that remained invisible precisely because it was not a participant, nor did it need to, of the prototype of a being defined since Aristotle as a «rational animal» without further attributes. What that being was vulnerable, material and corporeal remained hidden and had to be repressed, it was nothing more than an impediment to the full realization of the person.
Bringing up the importance of the ethics of care that comes hand in hand with feminism should in no way imply a complacent ratification of the sexual division of labor. Considering care as an ethical value carries in itself a claim to universality, as is the case with all ethical values.
Care has already been accepted as an important ethical value.

Care has long since left the family home to be dispensed from different organizations: hospitals, geriatric residences, day centers, nurseries, schools. What, however, has not caused care to be considered not only a private but a public obligation. An obligation of the polis, in addition to the oikos, to remember the ancient Aristotelian distinction. The exercises of care have extended far beyond what is raising children and caring for the sick and dependent. Cleaning services, catering, catering, pampering form a complex and an industry that employs many people.
Care has been largely professionalized and extended to areas outside the home. What has hardly changed is the gender of the people who usually take care of it. Neither sex nor remuneration. They remain women who either work for free at home taking care of their own, or they occupy jobs whose essentiality does not correspond to the price paid to keep them working even in the worst situations. Caring work is not recognized as work because time spent caring is worthless time.

The caregiving activity that is primarily the responsibility of the family has been accompanied by a series of measures that make the role of caring for children more bearable, even more effective, when they require constant vigilance and assistance. Adequate institutions have existed for centuries to carry out some of these measures. One of them, the oldest, is the school. Unlike the family, the school carries out the mission of educating and socializing by taking care of the students under its charge. Disregarding the aspect of care as something that is not properly the responsibility of educators is an error that should be reflected on with some delay.
The word «teacher» has fallen into disuse in favor of the more neutral and supposedly rigorous word «teacher.» Calling the educator or teacher «teacher» is a reduction that aims to eliminate hierarchies between the different levels that make up the educational system.

The fate of the elderly in our societies, the special care due to them, is one of the pending problems that must be addressed without delay. Many things have to be considered: the models of residential centers that we have, public and private, in many cases dependent on economic interests and very deficient in the care function for the sake of profit. The residential solution, if it can be called that, is not good if it is not accepted with pleasure by those who are confined in them. It is not the best or fairest way to care for those who, especially in the case of women, dedicated a large part of their lives to taking care of their own. The care of the elderly should be motivated by reciprocity, a compensation for what is received that has many dimensions. One of the issues that must be discussed in this regard, and to which I will return, is the tendency to medicalize the care of the elderly. They suffer from various pathologies and medicine helps to alleviate them, since most of them are not curable, but taking care of a human being is, above all, taking it into account, not expelling it from the common space of those who do not yet need care.
Nursing homes are, in theory, places of care, but they are at the same time the place where the end of life takes place. That final stretch does not have to be a time of simple waiting for death because there is nothing else to do.
It will be necessary to analyze how the ethics of care and traditional ethics, which are rather ethics of justice, are combined.
Justice and care are complementary values. It makes no sense to argue about which of the two is more important in founding the morality of a society. Neither is dispensable. In fact, caring humanizes a conception of justice that is too much like the one Hume admits with suspicion. And since the ethics of care has forced us to review the separation of the public and the private, as did the feminist slogan that «the personal is political», it is a mistake to maintain that only justice occupies the public sphere while care remains in the private sphere. Care is a universal duty, it must be accessible to those who fairly request it, it cannot be seen only as a private responsibility.

The variants of care that deserve a certain professional qualification and are materialized in paid employment are those that are linked to the disease and require medical assistance. It is a fact that health care and disease are part of care, since the treatment of any pathology must include care in addition to medications. Especially when the pathologies are no longer cured and the only thing the patient can hope for is not to completely lose the well-being that being healthy provides.

a) A decline felt as irreversible and unfavorable. Perhaps it is the awareness of that decline that determines for each person that the process has begun and is unstoppable. Physical and mental deficiencies start early — memory loss, muscle pain, lack of stamina, difficulty manipulating objects — but they only matter unfavorably when they are found to be irremediable and the body feels that the failures are irreversible.
b) Curiosity and admiration decrease. A trait that can be fought, although it is also possible to see it as a certain form of wisdom. Somehow, in the indifference and lack of interest in the new that the old feel there is not only a kind of vital weariness, but the conviction that the end is near: when death is near, the body ceases to be interested in life. life. Améry calls this characteristic «ceasing to be contemporary», since, in effect, the years disconnect from what is most alive in the environment that runs oblivious to what old age supposes.
c) Refuge is sought in routine and habits. As a consequence of the lack of curiosity, the new produces more restlessness than illusion.
d) Distrust of others. Because of the insecurity, which is not only physical, the old man fears falling, getting sick, being left alone, being abandoned, and sees his friends leave. He fears above all the economic hardship, that the savings will not reach him for what may still befall him, a fear that grows parallel to the greater life expectancy.
e) Fear of the imminence of death and suffering. He would say that more the second than the first. It is not dying that one fears, but dying badly, suffering too much. As we age, the body is a burden, energy decreases; you feel strange to yourself. As long as the autonomy to move holds and the head remains clear, adding years can be joyous; It ceases to be so when the help of others is essential, when the medical consultation is the most persistent occupation and the future only means a progressive deterioration.
f) Ambivalence in relation to his contemporaries. The elderly do not recognize themselves, or do not want to recognize themselves, in the image of those who are like them; they avoid it, especially women.
g) Social invisibility. Without going so far as to affirm that society is gerontophobic, the truth is that in the social imaginary the elderly are not present. Neither the media, nor the market, nor advertising, nor public policies pay much attention to the elderly. They lack purchasing power and are only recipients of services and aids. The myth that there is wisdom and experience in old age that successive generations should take advantage of has no charm.

Aging is not pleasant, it is sad and depressing. It is absurd to hide it. But it is lived differently due to both external conditions and the reaction of each one to his own vulnerability. Although it may seem difficult to accept it, facing aging in a positive way is a choice. Society helps to do this by honoring the elderly and not marginalizing them or treating them as if they were children again. Medicine can help if it doesn’t over-medicalize the aging process.
Generalizing is the easiest thing and it is inevitable if we intend to do science of any kind, the classics have already said. But when we try to derive norms and prescriptions from statistical or scientific considerations, the generalization falls short and is inaccurate. The so-called «older» are not at all a homogeneous group, as in part the school children are.
Planning the last stage of life, which can be a long stage, is an individual obligation impossible to carry out without the support of the community. When community ties are lacking, as is the case in large cities, administrations must strive to rebuild what does not exist. In addition to thinking about an accessible, pleasant, comfortable urban planning adapted to the needs of the elderly, it is imperative to promote community tools to facilitate the connection between generations and raise awareness of the needs of a stage of life from which no one escapes if they have lucky not to die young. Faced with the neoliberal model of handing over care to service companies that define the objectives and activities to be carried out, the community model involves the entire community in responsibility towards the elderly.

Putting the aims of medicine into practice in the broad sense requires more imagination and more attention to the peculiar situation of each person, than simply curing a diseased organ. It involves considering what type of relationship must be established between the health worker and the patient in such a way as to reverse the «clientelistic» relationship that has come to replace the paternalistic relationship of other times. The intention was good: the asymmetry between the doctor or nurse and the patient had to be avoided by offering the latter the opportunity to participate in decisions that, in the end, had to do with his health. Respecting the autonomy of the patient has become one of the ethical conditions of medicine in our time. The first measure aimed at preserving the autonomy of the patient was the obligation to inform her and request her consent with respect to any type of intervention from which adverse consequences could arise. However, and as is often the case with regulations that have a procedure established with the aim of providing legal certainty, the so-called «informed consent», today a requirement implemented in all hospitals, is a routine procedure and only formally informative, such as it can be the package insert of any medicine.
Informing a fragile, vulnerable person, afraid of what may happen to him and the ordeal that is coming upon him, has to be something more than dispensing a prefabricated document for all similar cases. It is up to the professional, if he really wants to inform, to correct all the concerns and questions that the patient has. He will not do well if he does not have the peculiarities of each patient when faced with a serious illness. Not everyone wants to be equally informed or wants to know everything.
We must insist on what Epicurus already saw: death is nothing terrible or fearsome; it is the pain that precedes death and the loss suffered by those who see their loved ones disappear. That pain and that loss are also part of our condition. They are evils that the myth interpreted as a well-deserved divine punishment for human insubordination. Even when we have freed ourselves from the idea of punishment, we still perceive them as unavoidable evils. Palliative care and suicide assistance are measures designed to make this trance lighter and more peaceful.

Humanism that was born as the affirmation and predominance of the subject against submission to a divine power, is now not thinkable apart from the interdependence that unites us in a common destiny. More than ever the urgency to act together is necessary, precisely now, when the human community is more divided and polarized than ever.

The maxim of self-care highlights the need to take into account two fronts when addressing moral issues, such as the right of all people to be treated with equal dignity. As vague and indeterminate as it may seem, the truth is that the affirmation of the dignity of the human being has been concretized in a series of principles and rights that give content to our moral obligations. These rights must be respected, for which we trust that the State and its institutions will do their job well and make a real effort to guarantee fundamental rights. The other front is that of individuals who are not only subjects of law, but subjects of duties. In a rule of law, individuals are citizens who must assume a series of responsibilities. If both fronts do not act in consonance, if they do not recognize each other in the performance of the same goals, we will continue to blink in one direction or another without improving or reforming anything worthwhile.
Of the three modern values, liberty, equality, and fraternity, the latter was immediately dissolved into oblivion and indeterminacy. Today it is the value we most need: fraternity is the bond that unites everyone without distinction and, because it unites, moves us to correct inequalities and to exercise freedom with more responsibility.

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