Casi Nunca — Daniel Sada / Almost Never by Daniel Sada

El sexo, como pretexto válido para romper con la monotonía; el sexo-motor; el sexo-ansiedad; la costumbre del sexo, como un hartazgo cualquiera que se volverá lastre; el sexo colosal, incontenible, frenético, ambiguo como un juego que confunde y luego aclara y vuelve a confundir; el sexo-simulacro, el sexo-obviedad. El placer, al fin, como un encomio que vaya justo en sentido inverso a lo que se vive. Conjeturas truncas durante una caminata, bajo una tarde descolorida. Cuadras de calles en declive y en ascenso. Dificultades al paso, y también en la mente. El sujeto era un tal Demetrio Sordo, flaco y alto, casi a punto de cumplir treinta años, afecto a las cosas del campo, donde residía a medias su felicidad laboral, pero su solaz: ¿cuáles emociones? La cotidianeidad nocturna del juego de dominó en una cantina de mala muerte, o los paseos, pocos, sin chiste, de apenas tres kilómetros, o menos; o cafeteadas vespertinas, siempre solitarias y sin para qué; o la escritura de cartas dirigidas a entes conocidos pero ya fantasmales.
El sexo como dilatación corrosiva; el sexo como empuje de algo distante; un impulso que exasperaba porque escocía. Ese onanismo primerizo en el rancho, por mor de una angustia, ya que durante tres meses no se tentó, siquiera de rozón, allá abajo, mero juego ¡nunca!, ni cuando se bañaba a cubetazos: que la enjabonadura efectuada desde su ombligo: bajante la espuma a fuerzas hasta el escroto ¿lo posible siempre?, acción que de producir cosquilleo excitante: ah, para tal problema estaba el cubetazo (final) salvador: el agua como solución y ya. Así la santidad debía ser entendida como abstinencia de rutina, abstinencia que encendió su espíritu como para transformarlo en una suerte de follaje, o también en un nudo más o menos floreciente; sensación de obstinado control benéfico, traducida en una riña contra sí, de continuo.

Si alguna vez se preguntó cómo sería una versión masculina contemporánea de una novela de Jane Austen sobre cómo casar a una mujer joven, con la interferencia concomitante de madres y tías, malentendidos, cartas, altibajos financieros, maniobras, etc., podría ser este. . Pero, con el sexo. Mucho sexo. Y reconocimiento de las consecuencias de un acto cobarde en el camino. Ambientado en el México rural de la década de 1940, el libro analiza la soledad, la distorsión moral, la autenticidad, los problemas de clase, el papel de la mujer en la sociedad mexicana y más.
El estilo experimental utiliza una secuencia muy escrita de palabras y frases la mayor parte del tiempo. Muy interesante y eficaz en pequeñas dosis, pero bastante cansado de leer durante períodos prolongados.
La trama es un terreno más o menos trillado (romance, amor no correspondido, lujuria, matrimonio, drama familiar), aunque enfatiza el placer y la sensualidad quizás más que la mayoría de las historias convencionales de este tipo. En general, encontré al narrador, una especie de narrador jocoso, “real nosotros” que también recuerda la alegría de la narración en El Quijote, el personaje más llamativo de la novela y el aspecto más llamativo del libro en general.
Aparte de mi falta de interés en la historia en sí, disfruté del estilo de Sada: cinemático en alcance y detalle, repleto de juegos de palabras, bromas, aliteraciones, neologismos y una atención a la maleabilidad del lenguaje, lo que hizo que la lectura fuera más placentera. Esta obra ganó el XXVI Premio Herralde de Novela.

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Sex, as a valid pretext to break monotony; sex-motor; sex-anxiety; the habit of sex, like any satiety that will become ballast; colossal, irrepressible, frenetic sex, ambiguous like a game that confuses and then clarifies and confuses again; the simulacrum sex, the obvious sex. The pleasure, finally, as a compliment that goes just in the opposite direction to what is experienced. Truncated guesses during a walk, under a faded afternoon. Downhill and uphill blocks of streets. Difficulties in walking, and also in the mind. The subject was a certain Demetrio Sordo, skinny and tall, almost about to turn thirty, fond of things in the countryside, where he half resided his work happiness, but his solace: what emotions? The nightly routine of the game of dominoes in a seedy canteen, or the walks, few, without a joke, of just three kilometers, or less; or afternoon coffee, always lonely and without what for; or the writing of letters addressed to known but already ghostly entities.
Sex as corrosive dilation; sex as a push from something distant; an urge that exasperated because it stung. That first-time onanism at the ranch, for the sake of anguish, since for three months he was not tempted, even by rubbing, down there, mere game, never !, not when he bathed with buckets: that the soaping made from his navel: force the foam down to the scrotum, what is possible always? an action that produces exciting tingling: ah, for such a problem there was the saving (final) bucket: water as a solution and that’s it. Thus, sanctity had to be understood as routine abstinence, abstinence that kindled his spirit as if to transform it into a kind of foliage, or also into a more or less flourishing knot; feeling of stubborn beneficial control, translated into a fight against himself, continuously.

If you ever wondered what a contemporary male version of a Jane Austen novel about getting a young woman married would be like, with the attendant interference of mothers and aunts, misunderstandings, letters, financial ups and downs, maneuverings, etc , this might be it. But, with sex. Lots of sex. And recognition of the consequences of a cowardly act along the way. Set in rural Mexico in the 1940s, the book looks at solitude, moral distortion, authenticity, class issues, women’s roles in Mexican society, and more.
The experimental style uses a very dijointed sequence of words and phrases much of the time. Very interesting and effective in small doses, but quite tiring to read for extended periods.
The plot is more or less well-trod terrain—romance, unrequited love, lust, marriage, family drama—although it emphasizes pleasure and sensuality perhaps more than most mainstream stories of this kind would. Overall, I found the narrator—a jocular, “royal we” sort of teller that also brings to mind the playfulness of narration in el Quijote—the most striking character in the novel and the most striking aspect of the book in general.
Aside from my lack of interest in the story itself, I did enjoy Sada’s style: cinematic in scope and detail, replete with puns, jokes, alliteration, neologisms, and an attention to language’s malleability, which made for more pleasurable reading. This book won the XXVI Herralde Novel Prize.

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