Piratas. Una Historia Desde Los Vikingos Hasta Hoy — Peter Lehr / Pirates: A New History, from Vikings to Somali Raiders by Peter Lehr

Los veintitrés miembros de la tripulación se ocupaban de sus quehaceres sin prestar atención a las decenas de barcos pesqueros más pequeños que faenaban en las proximidades. De pronto, varios hombres bien armados salieron de la nada y subieron a bordo, empuñando cuchillos largos y pistolas. No tardaron en reducir a los atemorizados tripulantes antes de encerrarlos en la bodega. Poco después, los cautivos volvieron a ser arrastrados por la fuerza hasta la cubierta. Los alinearon a lo largo de la barandilla con los ojos vendados y después les apalearon, apuñalaron o dispararon; el destino de todos ellos fue el mismo: los veintitrés fueron arrojados al mar, algunos todavía vivos, para borrar todo rastro del horrible crimen. Se ha dicho que rara vez «en la llamada edad de oro de la piratería, en los siglos XVII y XVIII, se cometió en alta mar un asesinato más brutal y despiadado que el perpetrado por quienes se apoderaron de este barco». Sin embargo, este ataque no tuvo lugar en un pasado lejano, sino el 16 de noviembre de 1998, y el objetivo fue el granelero MV (buque de motor) Cheung Son.
La matanza del Cheung Son y otros sucesos similares ocurridos durante los años noventa tuvieron una cosa en común: pese a su brutalidad, pasaron casi inadvertidos. Cuando la piratería ha atraído la atención del público, lo ha hecho, en general, a través de las historias de ficción: la novela, como La isla del tesoro (1883) de Robert Louis Stevenson, o una película de Hollywood, como El pirata negro (1926) con Douglas Fairbanks, El capitán Blood (1935) con Errol Flynn y, en fecha más reciente, la exitosa serie Piratas del Caribe con Johnny Depp. Los piratas de ficción no son más que estereotipos románticos de individuos gallardos muy alejados de la realidad.
La piratería está en alza, no solo en los titulares de las noticias y en las enormes franquicias de entretenimiento, sino también en un aluvión de documentales, artículos y libros publicados sobre el tema y en una serie de conferencias académicas celebradas en todo el mundo. Sobre todo se han centrado en la cuestión de por qué a partir de los años ochenta aumentaron los ataques, y según estos estudios, el comienzo de la globalización y la liberalización del comercio a finales de los años setenta, que se tradujeron en un aumento significativo del tráfico marítimo, junto con la caída de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría unos diez años más tarde, que ocasionó la desaparición de buques de guerra en muchas de las zonas por las que habían patrullado.
La piratería tiene una larga tradición y se ha documentado en varias regiones marítimas de todo el mundo: no podemos hablar de una «trayectoria pirata típica». Así pues, para dilucidar las continuidades y discontinuidades de la piratería en diferentes culturas y diversos períodos, el periplo de los piratas estará subdividido atendiendo a su ámbito geográfico: el Mediterráneo, los mares del norte y los mares de oriente.
Es necesario mencionar aquí dos conceptos que aparecerán con frecuencia en este libro: piratas y corsarios. Como veremos, estos dos depredadores marítimos utilizan las mismas tácticas y llevan a cabo operaciones muy similares; la diferencia estriba en que los piratas actúan por cuenta propia, mientras que los corsarios (el término proviene del latín cursarius) actúan bajo una autoridad legítima, provistos de una patente. La definición de la piratería que recoge el Oxford English Dictionary refleja muy bien esta diferencia crucial: el «acto de cometer robos, secuestros o actos de violencia en el mar o desde el mar sin una autorización legal». Por ende, el corso se puede definir como la acción de cometer robos, secuestros o actos de violencia en el mar o desde el mar con una autorización legal.

¿Lo que motiva a ciertos individuos a convertirse en piratas hoy es lo mismo que en el pasado?
¿Cómo se comparan las actividades de los piratas modernos con las de épocas anteriores?
¿Hay alguna lección que se pueda aprender de los intentos históricos de frenar la piratería que nos ayuden a acabar con ella hoy?
Si el poder naval es hoy mayor que nunca, ¿por qué no hemos podido acabar con la piratería de una vez por todas?
¿Por qué persiste la piratería, aparentemente contra todo pronóstico?
Divide el libro en tres períodos de la historia y dentro de cada uno de ellos examina tres regiones marítimas. Este último está compuesto por el Mediterráneo, los mares del norte y los mares del este. El primero consta de 700-1500, 1500-1914 y 1914 hasta la actualidad. ¿Por qué estas divisiones particulares? El primero es un momento en el que las regiones geográficas están separadas y son distintas y cada área está aislada de las demás. El segundo período de tiempo es testigo del surgimiento de las naciones occidentales y la expansión de su esfera de influencia sobre las potencias del período anterior (el Imperio Otomano, la India Mughal y la China Qing). Al comienzo del próximo período de tiempo, Europa controla el 84% de la tierra en el mundo y, a partir de 1914, las interconexiones entre las naciones se vuelven globales. A lo largo de estas divisiones cronológicas, Lehr examina las similitudes piratas y las diferencias entre las diversas culturas piratas.
La narrativa es a la vez esclarecedora y fascinante. Cuanto más se lee, más se descubre que existen distintas similitudes entre las regiones a lo largo del tiempo, a pesar de que los piratas de una región no tuvieron contacto con los piratas de otra. Independientemente del período de tiempo, dos factores motivan a las personas a perseguir la piratería: la codicia o las quejas. Como muestra Lehr, otros componentes mejoran o restan valor a estos, ya que nada es tan simple o en blanco y negro como parece a primera vista. La religión y la política también juegan un papel, ya que sin la corrupción no habría refugios seguros para los piratas. No solo explora varios aspectos de convertirse en pirata y ser pirata, también analiza los intentos de frustrar o acabar con la piratería.
Los mapas regionales presentan cada uno de los períodos de tiempo. Las ilustraciones de vasijas están esparcidas por el libro, que también contiene láminas en color y en blanco y negro en el centro. A medida que avanza la narración, Lehr incluye referencias de páginas a eventos discutidos anteriormente con mayor detalle. También se incluyen un glosario, notas al final, una bibliografía y un índice.
La mayoría de los lectores estarán familiarizados con algunos de los piratas mencionados (Stede Bonnet, Bartholomew Roberts, Zheng Yi Sao y John Ward, por ejemplo), mientras que otros son menos conocidos, como Don Pero Niño, Martin Wintergerst y los piratas Iranun y Malay. . Louis Le Golif es citado varias veces, aunque no se menciona que hay dudas sobre si realmente existió o no. Según Lehr, Bartholomew Roberts murió en un naufragio; su muerte real ocurrió cuando fue herido de muerte en la batalla con la Royal Navy.
Si hay una debilidad en este libro, se encuentra en la tercera parte del libro. Aunque hay algunos ejemplos de piratería en los primeros años del siglo XX, el foco principal está en la piratería somalí y nigeriana. Esto deja un vacío en la comparación histórica.
Independientemente de si los lectores conocen bien la historia de los piratas o si son novatos en lo que respecta a los piratas, Piratas es un examen profundo e interesante de la piratería a lo largo de la historia y en todo el mundo. Todos los que se aventuren a profundizar en este análisis aprenderán algo nuevo y obtendrán una mejor comprensión de quiénes eran o son los piratas, por qué recurrieron a la piratería y por qué son tan difíciles de erradicar por completo.

¿Por qué elige alguien convertirse en pirata o corsario y decide hacer una carrera del saqueo en el mar? La mayoría de las sagas de Hollywood y de las novelas románticas sobre piratas enmascaran de forma sistemática la triste realidad de que ser pirata era, y en muchas regiones marítimas del mundo lo sigue siendo, una ocupación muy arriesgada, algo que puede resultar bastante peligroso para la salud. Quien en el pasado elegía esta profesión, lo hacía posiblemente con la esperanza de enriquecerse de forma rápida. Sin embargo, tenían muchas más probabilidades de ahogarse, morir de inanición o a causa del escorbuto, la malaria, la peste o alguna de las enfermedades exóticas por entonces desconocidas; de quedar mutilado de por vida como consecuencia de un accidente o una pelea; de caer en combate o ser torturado hasta morir de diversas maneras horribles y desagradables; de ser ejecutado por las autoridades o simplemente de acabar pudriéndose en la cárcel. Por tanto, es importante señalar que la piratería como opción profesional no nace necesariamente del romanticismo y el amor por la aventura.
La decisión de dedicarse a la piratería solía estar motivada por uno de dos factores: por una parte, por problemas como la miseria más absoluta, el desempleo, las duras condiciones de vida y la perspectiva de un futuro en general sombrío; y, por otra, por la codicia o la fascinación por el dinero fácil. Otro factor poderoso era la huida de la justicia: el «mar siempre había servido de refugio para elementos al margen de la ley y criminales».
En las aguas del norte de Europa, las duras condiciones de vida también fueron determinantes para que aparecieran flotillas poco organizadas de piratas y corsarios, conocidos primero como «Hermanos de las vituallas» y más tarde como «Likedeelers», que operaron en el mar Báltico y el mar del Norte en la última década del siglo XIV y los primeros años del siglo XV. En esta región, las incesantes guerras marítimas causaron estragos en muchas zonas costeras, mientras que el opresivo orden feudal en tierra mantenía a los campesinos sometidos a un control férreo e intrusivo; durante los siglos XIII y XIV, muchos campesinos y trabajadores sin tierra se trasladaron a las ciudades con la esperanza de lograr allí una vida mejor solo para descubrir que la miseria se agravaba en el relativo anonimato de la vida urbana. Esto fue especialmente cierto en el Estado monástico de los Caballeros Teutónicos, un territorio que incluía partes de lo que hoy son Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Rusia y Suecia, formado por una orden militar católica que estuvo enzarzada en cruzadas contra reinos y principados tribales no cristianos hasta principios del siglo XV.
Los actos de piratería ya eran bastante frecuentes en aguas del Báltico y por las mismas razones que en otros lugares: el tráfico marítimo era denso, lo que permitía conseguir suculentos botines.
Eustaquio el Monje, también conocido como «el Monje Negro», nació en torno a 1170 con el nombre de Eustaquio Bousquet en el seno de una familia noble en el Boulonnais francés: su padre Balduino era uno de los principales barones de esta zona costera y, al parecer, Eustaquio había recibido una buena formación en las artes de la caballería y la navegación; sus posteriores hazañas como corsario y pirata indican que es probable que adquiriera experiencia en el Mediterráneo como corsario.16Se desconoce por qué decidió hacerse monje y recluirse en un monasterio benedictino.
No solo este monje cristiano rompió sus solemnes votos para dedicarse a la piratería: en el otro extremo del planeta también lo hizo un monje budista. Xu Hai (o Hsü Hai), por ejemplo, fue un monje cultivado y muy respetado que llevó una vida tranquila en el famoso monasterio del Tiger Haunt, situado a las afueras de la ciudad de Hangzhou durante muchos años.18Sin embargo, en 1556, decidió de pronto y por razones desconocidas abandonar el monasterio y unirse a los piratas wakō, activos en los mares de la China Oriental y Meridional entre los años cuarenta del siglo XV y los años sesenta del siglo XVI.
Resultaba mucho más fácil ser pirata si no iba acompañado de ningún estigma social. En algunas culturas marítimas, como la de los vikingos que saquearon las costas de las Islas Británicas, Irlanda y la Europa continental en la Alta Edad Media a partir del siglo VIII o, en el otro extremo del mundo aproximadamente por la misma época, la de los orang laut («pueblo del mar») que atacaban las costas del estrecho de Malaca, los saqueadores eran considerados guerreros nobles que merecían admiración y respeto. En estas culturas, la participación en una incursión pirata era una de las maneras aceptadas de granjearse una reputación, así como de conseguir cierta riqueza.
Para quienes pertenecían a una sociedad guerrera y tenían la intención de establecerse como señores feudales por derecho propio, había tres elementos de importancia capital: granjearse la reputación de ser un guerrero feroz, conseguir mano de obra obteniendo esclavos y acumular riqueza.
En el lado musulmán, la mecánica era similar. Aunque el corso era considerado una extensión marítima de la yihad («guerra santa») en tierra y quienes participaban en él eran en teoría guerreros del islam o ghazis, también muchos griegos, calabreses, albaneses, genoveses e incluso judíos renegados se unieron a sus filas y no necesariamente debido a un fervor religioso recién descubierto tras convertirse al islam (de hecho, la mayoría no lo hicieron), sino por motivos económicos: la codicia y la fascinación por el dinero fácil. Un caso especialmente revelador fue el del temido «pirata-emir» del siglo XIV Umur Pachá. Sus credenciales como guerrero del islam eran impecables: era conocido por preferir «enviar las almas de los francos capturados al infierno» en lugar de retenerlos para exigir un rescate, y el papa Clemente VI proclamó una cruzada contra él en persona debido al peligro que representaba. No obstante, esto no le impidió a Umur Pachá dedicarse al corso para el emperador bizantino greco-ortodoxo Andrónico III.

A partir del siglo III, los anglos, los sajones y los jutos del norte de Europa se hicieron a la mar como piratas cuando el constante aumento del nivel del mar fue inundando paulatinamente las tierras de cultivo que hasta entonces habían arado como agricultores. Es evidente que el bandidaje y la piratería tendían a volverse endémicos en épocas de empobrecimiento y eran sobre todo «una forma de autoayuda para escapar de la pobreza en circunstancias particulares». A veces, no había otra elección. Y es aún más evidente en otras sociedades situadas en ubicaciones vulnerables. La sociedad nórdica en la que surgieron los vikingos es un ejemplo ilustrativo.
Para dedicarse a la vida pirata se necesita en primer lugar disponer de un barco desde el que robar y saquear. En la época medieval, cuando se trataba de una banda de piratas de nueva creación, este problema se solía resolver instigando un motín a bordo de un barco mercante o un buque de guerra, o robando un navío apropiado pero desprotegido que estuviera fondeado. Muchos piratas comenzaron a operar siguiendo uno de estos dos métodos. Lamentablemente, sin embargo, las fuentes que cubren la Edad Media no explican con detalle los inicios de las bandas de piratas: la información disponible tiende a centrarse en piratas que ya se habían labrado una reputación, como Klaus Störtebeker o Godeke Michel, miembros de los Hermanos de las vituallas y los Likedeelers, o en corsarios como Eustaquio el Monje o don Pero Niño, que consiguieron sus barcos de sus respectivos soberanos.
De vez en cuando, si un pirata tenía la mala suerte de topar con navíos de guerra en una misión contra la piratería, el cazador se convertía en presa. Otro riesgo que corrían los piratas de cacería era quedarse sin agua potable y víveres lejos de costas propicias. Las galeras que navegaban durante períodos prolongados eran especialmente vulnerables debido a sus enormes tripulaciones, que solían incluir a más de un centenar de remeros, además de un número considerable de marineros y soldados a los que había que aprovisionar.
Los ataques de los piratas no solo se producían en el mar; también existía una piratería de alto nivel en forma de verdaderas flotas piratas, grandes y pequeñas, que llevaban a cabo operaciones anfibias a gran escala contra objetivos en tierra. Los piratas sarracenos en tiempos de los califatos abasí y fatimí (750-1258) realizaron a menudo incursiones organizadas en las costas mediterráneas de la cristiandad, desde las islas griegas hasta Francia y España.
Los saqueadores vikingos y wakō tenían ventaja sobre los defensores, ya que podían elegir dónde atacar. Llevaban a cabo operaciones de vigilancia en el litoral, realizaban desembarcos anfibios para asegurar las cabezas de playa y después avanzaban aún más hacia el interior, sorprendiendo por la retaguardia y dominando con astucia a las fuerzas defensivas. Siempre que era posible, los invasores hacían uso de los sistemas fluviales navegables. Los vikingos navegaron con frecuencia por el Rin, el Sena, el Loira y el Guadalquivir para atacar núcleos de población como Colonia, Tréveris, París, Chartres y Córdoba. Asimismo, las flotas de los wakō se aventuraron hasta el centro de China, utilizando los grandes sistemas fluviales y las redes de canales para atacar las ciudades del interior. El testigo presencial Xiu Jie contaba que, al principio, «los piratas solo secuestraban a las personas y obligaban a sus parientes a acudir a su guarida para pagar el rescate. Luego ocuparon nuestro interior, se quedaron donde estaban, mataron a nuestros oficiales al mando, atacaron nuestras ciudades y crearon en la práctica una situación irreversible». Las hazañas de los vikingos y los wakō eran claramente algo muy distinto a los enfrentamientos marítimos que se asocian con la piratería. Sus operaciones incluso suscitan la cuestión de cuándo los piratas dejaban de ser piratas y se convertían en otra cosa: constructores de imperios, por ejemplo. No obstante, si se define la piratería como la acción de cometer robos, secuestros o actos violentos en el mar o desde el mar sin la autoridad legal, es evidente que los vikingos y los wakō estuvieron a la vanguardia de su desarrollo operativo durante el período medieval y la edad moderna.

El uso por los piratas de la violencia estaba determinado principalmente por su «modelo de negocio»: si lo que se pretendía era secuestrar a la tripulación y a los pasajeros para obtener una recompensa, como era el caso de los corsarios del Mediterráneo, los orang laut y los wakō, entonces los cautivos recibían un trato bastante bueno: eran «dinero andante». En cambio, si el objetivo principal era el saqueo y el pillaje, las vidas de los cautivos corrían grave peligro, sobre todo si no se habían rendido sin luchar y habían enfurecido con ello a los piratas. Las mujeres se enfrentaban al riesgo añadido de ser violadas. Sin embargo, aunque había quienes disfrutaban con lo que hacían porque sí, la mayoría de los piratas empleaban la violencia de una manera instrumental: por ejemplo, la tortura era un medio para extraer información sobre objetos de valor escondidos.
Los actos de crueldad tenían un objetivo adicional que iba más allá de la maximización del botín. También tenían por objeto enviar un mensaje a diferentes destinatarios: en primer lugar, a los propios piratas; en segundo, a todos los que navegaban por las aguas de los piratas…
La caza de piratas también dependía de la suerte, de un profundo conocimiento de los posibles escondites y de una estrecha familiaridad con las condiciones marítimas locales, como los arrecifes y bajíos, las corrientes, y el clima y los vientos. También se requería mucha paciencia, como es evidente en el caso de la primera gran expedición en 1404 de don Pero Niño, realizada por orden de su rey, con el propósito de eliminar a los poderosos piratas castellanos que estaban acosando indiscriminadamente a los buques mercantes que hacían la ruta entre España y el Levante. Mientras estaba fondeado en Cartagena, Pero Niño se enteró de que dos célebres piratas castellanos, don González de Moranza y otro llamado Arnaymar acababan de atacar a unos barcos mercantes en las costas de la Corona de Aragón.
Por último, es interesante que, debido a causas comunes, como las duras condiciones de vida, la pobreza extrema y la guerra endémica, la piratería se manifestara de manera muy similar en las tres regiones marítimas examinadas más arriba (el Mediterráneo, los mares del norte y los mares del este), aunque durante este período estos tres focos de la piratería seguían estando muy aislados entre sí. Hay algunas excepciones: algunos corsarios, como don Pero Niño, realizaron de vez en cuando incursiones en el mar del Norte desde sus principales zonas de operaciones en el Mediterráneo, mientras que las flotas vikingas bajaron algunas veces hasta el Mediterráneo desde el norte. No obstante, en estas aguas surgieron por sí solas todas las formas posibles de piratería, desde los piratas a tiempo parcial que por lo común se dedicaban a la pesca, pero de manera esporádica atacaban barcos más frágiles que los suyos, hasta las flotas organizadas: los sarracenos en el Mediterráneo, los vikingos en el norte y los wakō en el este. Por consiguiente, aunque es justo decir que la piratería ya era un fenómeno mundial, en realidad sus orígenes fueron locales. Se trata de algo que conviene tener en cuenta al examinar el período siguiente, los años transcurridos entre 1500 y 1914.

Es importante recordar que la profesión de pirata o corsario era peligrosa y que las probabilidades de morir eran mayores que las de hacerse rico. Aunque cabe pensar en que había al menos cierto romanticismo o amor por la aventura entre quienes decidían dedicarse a la piratería, también solía intervenir una serie de factores de atracción y rechazo mucho más mundanos. Esto, como ya hemos visto, fue lo que ocurrió entre los años 700 y 1500, y también fue el caso durante los cuatro siglos siguientes que examinaremos en esta parte.
El factor de «atracción» es fácil de explicar: la esperanza de enriquecerse, pese a todos los riesgos asociados de morir de forma prematura. De hecho, la mayoría de quienes eligieron esta trayectoria profesional probablemente habrían estado de acuerdo con el capitán pirata Bartholomew Roberts «Black Bart» (que nació en Casnewydd Bach, Gales, el 17 de mayo de 1682, y murió antes de cumplir cuarenta años durante un naufragio en aguas de Cabo López, en Gabón, el 10 de febrero de 1722) quien dijo bromeando que «una vida alegre y breve será mi lema».
Si bien la idea de convertirse en pirata resultaba a veces bastante atractiva para los marineros de agua dulce, debió de ser aún más tentadora para los hombres de mar. En la Inglaterra de finales del siglo XVI, un navegante con experiencia que navegara a bordo de un barco de guerra de la Marina Real podía esperar ganar en torno a 1,10 libras por tres meses de trabajo, mientras que un corsario podía ingresar la friolera de 15 libras o más. No es de sorprender que marineros experimentados, que constituían una subclase marginal propia en los márgenes de la «respetable» sociedad terrestre, representaran el grueso de los reclutas de barcos corsarios y piratas por igual. La trayectoria del pirata y corsario inglés de principios del siglo XVII John Ward (c. 1552-1622) es un buen ejemplo de ello. De orígenes desconocidos, trabajó como pescador de bajura frente a las costas de Kent antes de unirse al corso. Ward fue ascendiendo y acabó siendo recompensado con una capitanía.
No obstante, no solo la nobleza inglesa coqueteó con la piratería: también lo hicieron los comerciantes. Los límites entre el comercio lícito y el contrabando combinado con la piratería, ambos ilícitos, eran bastante difusos: si se presentaba la oportunidad, un buque mercante podía pasar a convertirse rápidamente en un barco pirata. Por ejemplo, en 1592, un tal capitán Thomas White vio como algo normal capturar dos grandes navíos españoles con los que se cruzó, pese a encontrar una fuerte resistencia de sus tripulaciones, durante el viaje de regreso de una travesía comercial hasta entonces legítima desde Londres hasta la costa berberisca. El valor del botín (azogue, vino, misales dorados e incluso una serie de bulas papales) ascendió a unas 20.000 libras o 2,6 millones de libras en dinero actual.
Con la llegada del colonialismo y el imperialismo, se añadió otro factor: el sentimiento de superioridad cultural de los colonizadores cristianos, de ser «modernos» y «civilizados» en contraposición a los autóctonos, «atrasados» e «incivilizados» que pronto serían conquistados. Por tanto, conviene ser cautelosos cuando se examinan las fuentes occidentales de la época: con frecuencia utilizan la religión e incluso hacen un excesivo hincapié en ella como un factor de «alterización» y como justificación del derecho de los colonizadores occidentales a conquistar y gobernar, un relato que incorpora el tema del «nosotros» (comerciantes europeos honrados) contra «ellos» (piratas malayos sanguinarios y salvajes).

En aguas del este de Asia, los piratas también recurrieron al disimulo y la astucia para capturar los juncos de alta mar bien armados y bien defendidos que constituían su presa. No obstante, no se limitaron a imitar el comportamiento de inofensivos buques mercantes en el mar y también asaltaron barcos en los puertos y navegaron por los principales sistemas fluviales chinos, y a menudo incluso saquearon poblaciones ribereñas desprevenidas, para lo que se vestían como funcionarios, tropas de la milicia, barqueros o mercaderes itinerantes y se comportaban como tales. Esta burda estratagema funcionó muchas veces a la perfección, y los piratas saquearon el tráfico fluvial o las ciudades, a las que tomaban por sorpresa sin encontrar en ningún momento resistencia.
Otra táctica utilizada con frecuencia consistía en arremolinarse alrededor de una nave más grande y mejor armada, al estilo de una manada de lobos, con varios barcos actuando juntos. Los primeros bucaneros (en su mayoría franceses) activos en aguas caribeñas en el siglo XVII empleaban este sistema, ya fuera conjuntamente con la táctica del disimulo y la astucia o mediante ataques relámpago desde posiciones bien elegidas para tender emboscadas. Utilizando como embarcaciones preferidas sencillas canoas y piraguas más grandes, hacían buen uso de su renombrada puntería, rodeando al barco atacado y eligiendo a los miembros de la tripulación uno a uno, apuntando sobre todo a los oficiales de cubierta y el timonel para destruir la cadena de mando, haciendo que el barco fuera ingobernable. Los ataques en enjambre similares también fueron la táctica preferida en aguas orientales: las embarcaciones de los piratas locales eran inferiores en cuanto a tamaño y potencia de fuego a los barcos chinos y occidentales con los que se encontraban. Las tribus malayas del mar, como los iranun de Mindanao, los balanguingui del archipiélago de Joló y los iban de Borneo tenían fama de atacar sin piedad de esta manera, si el disimulo y la astucia no funcionaban, a casi todos los barcos con los que tropezaran y de no tener nunca clemencia con los europeos que hallaban en esas naves, opusieran o no resistencia.
Mucho mejor que combatir a los piratas individuales en el mar o en ensenadas, pero también más peligroso, era llevar la lucha a sus bases para cerrarlas de una vez por todas. Las guerras que libraron desde el siglo XVI hasta principios del siglo XIX varias potencias navales occidentales (al principio España y sus aliados Génova y los caballeros hospitalarios y, más tarde, también los Países Bajos, Francia e Inglaterra / Gran Bretaña) contra los corsarios berberiscos de Argel, Trípoli y Túnez permiten entender mejor las dificultades que acompañaron a esas campañas.
Como demuestran los infructuosos esfuerzos de Gran Bretaña para formar una alianza combinada anglo-holandesa-española contra Argel, la lucha contra la piratería no fue solo un problema táctico, también fue un problema político. Como ocurre con la guerra contra el terrorismo mundial actual, para tener éxito las guerras contra la piratería dependían de una «coalición de voluntarios». Movidas por su propio interés, las potencias marítimas del momento podían andarse con jugadas muy cínicas: un cónsul inglés en Siria en 1611 diría que «había dificultades para unir a los soberanos a fin de acabar con la piratería, ya que a algunos no les desagrada que existan piratas y se alegran de ver acosados determinados mercados».La actitud de los franceses hacia las operaciones multinacionales contra los piratas berberiscos es reveladora: en 1729, un memorándum anónimo afirmaba sin rodeos que «estamos convencidos de que no nos conviene que todos los corsarios berberiscos sean destruidos, ya que entonces estaríamos a la par de todos los italianos y los pueblos del mar del Norte». Esta fue también una de las principales razones por las que incluso las grandes potencias militares europeas toleraron durante tanto tiempo el sistema de tributos: pagar tributos a los Estados de Berbería seguía siendo más barato que equipar una expedición naval, al tiempo que les confería una ventaja comercial sobre los Estados competidores más pobres que no podían permitirse pagar el tributo, con el resultado de que sus barcos sufrieran ataques regularmente.

¿Cómo había cambiado y evolucionado la piratería durante el período en el que se produjo el auge del poder marítimo europeo? Los principales factores que impulsaron a optar por la piratería siguieron siendo la pobreza, el desempleo y las duras condiciones de vida, por un lado, y la codicia o la fascinación por el dinero fácil, por otro, a lo que se añadía ocasionalmente la religión. Lo que propició las conversiones siguió siendo una compleja mezcla de factores de atracción y rechazo, cuya composición exacta dependía de las circunstancias locales. Muchas veces cierto grado de coincidencia forzó la mano de individuos como Zheng Yi Sao, Contreras, Le Golif o Exquemelin, y en ocasiones incluso un espíritu aventurero, como en el caso de Stede Bonnet o William Dampier. Sin embargo, estos fueron pocos casos y alejados entre sí: incluso los «caballeros aventureros» de Isabel I estaban motivados principalmente por la codicia.
Unas formas de piratería persistieron y otras desaparecieron. El corso en el Mediterráneo continuó sin interrupción desde la Edad Media hasta el final de este período, al tiempo que oleadas de piratas siguieron hostigando las costas de China y frecuentando las aguas del mar de la China Meridional. En las aguas del norte, la piratería y el corso a pequeña escala continuaron sin remitir, pero las incursiones a gran escala realizadas por enormes flotas piratas como la de los Hermanos de las vituallas, o las grandes incursiones costeras de los vikingos, ya eran cosa del pasado. No se trata de que la piratería hubiera pasado de moda en las aguas del Norte; más bien, algunos cambios profundos desencadenados por el colonialismo y el imperialismo occidental atrajeron (casi se podría decir «exportaron») a muchos exploradores, aventureros y, por supuesto, piratas occidentales a las lejanas costas del Nuevo Mundo. Las de América Central y del Sur ofrecían inmensos tesoros de oro, plata y perlas; las del Lejano Oriente, productos como las especias; las de China, sedas y porcelana, así como oro, plata, diamantes, esmeraldas y otras piedras preciosas.

Se ha de tener en cuenta que la codicia y los agravios pueden explicar las decisiones individuales que subyacen al auge de la piratería moderna, pero, al igual que en siglos anteriores, esto solo es parte de la respuesta a por qué se convierten en piratas y no siempre es muy convincente.
En Nigeria, donde existe este nexo entre los piratas y las autoridades, los intentos «de explicar el problema desde el ángulo de la pobreza son insuficientes en vista de la mala gobernanza en los estados costeros nigerianos»: detrás del constante aumento de la piratería en el golfo de Guinea están la «criminalización de la política y la politización del delito».
La diferencia final entre nuestra época y los períodos anteriores de la piratería es, simplemente, que, como consecuencia de los cambios sociales que se han producido a lo largo de los siglos, sociedades tribales guerreras y temibles como los vikingos o los iranun y los balanguingui ya no surcan los mares. La historia y la tradición no se han olvidado, pero ahora se conmemoran principalmente en actos y celebraciones, en lugar de inspirar a las personas a dedicarse a esta profesión.
La amenaza por parte del ISIS de extender su yihad terrestre al mar muestra que la religión sigue siendo un poderoso instrumento para la «alterización», es decir, para dividir entre «nosotros» y «ellos», y con ello continúa confiriendo a la piratería una apariencia de respetabilidad, como en los períodos anteriores. En la actualidad, organizaciones como el famoso Grupo Abu Sayyaf (ASG, por sus siglas en inglés), con base en el sur de Filipinas, se describen a sí mismos como islamistas militantes: luchan aparentemente por una causa mucho más noble que el mero enriquecimiento personal y, por tanto, parecen más un movimiento guerrillero respetable que una brutal banda criminal que también realiza incursiones piratas como parte de su modelo de negocio. Asimismo, aunque, como ya hemos visto, para los propios piratas somalíes cualquier barco puede ser un objetivo legítimo, independientemente del pabellón que enarbole o de la afiliación religiosa de su tripulación, al-Shabaab glorifica a estos piratas como defensores de las aguas somalíes frente a una nueva generación de «cruzados occidentales». Es interesante que el secular tema de «cruzados frente a yihadistas» siga teniendo cierta fuerza: un método muy útil para justificar los actos del propio bando mientras se denigran los del contrario.

Hay al menos algunas buenas noticias con respecto al apoyo estatal a la piratería: tras haber desempeñado un papel tan prominente permitiendo la piratería en el pasado, actualmente ningún Estado apoya activamente a los piratas para que acosen el tráfico marítimo de sus vecinos. Sin embargo, la palabra clave aquí es «activamente».
Aunque existen en la actualidad algunas regiones marítimas en disputa, son cada vez menos las zonas grises en la que se diputa el control y la soberanía, mientras que la capacidad de los Estados para hacer cumplir la ley y el orden no solo en tierra, sino también en el mar, ha ido aumentando.

Los grupos de piratas activos en la actualidad en el mar de la China Meridional y el estrecho de Malaca, en el mar Arábigo y en el golfo de Guinea, también parecen haber aprendido la lección de que «más grande» no significa necesariamente «mejor»: en una época de vigilancia no solo por mar, sino por aire mediante helicópteros, aeronaves de patrullaje marítimo e incluso drones, el arte de ocultarse a plena vista es más importante que nunca. Imitar el comportamiento de los innumerables barcos de pesca de bajura y los pequeños arrastreros siempre presentes en las aguas costeras de estas regiones marítimas es fácil: la única diferencia entre un barco pirata y una embarcación de pesca es que el primero está equipado con rezones y escalerillas, accesorios que revelan la intención de cometer actos piratas, y su tripulación suele ir armada con rifles de asalto y lanzagranadas. La similitud entre los barcos hace que resulte bastante difícil apresar a los piratas si no son capturados en el acto: todo lo que necesitan para transformarse en inofensivos pescadores es tirar las escalerillas y los rezones por la borda. Y en determinadas zonas, como la costa somalí.
La inclinación de los piratas nigerianos por la violencia letal (incluidos los tiroteos con guardias de seguridad y buques militares nigerianos), en contraposición a los piratas somalíes, que tienden a evitar esta clase de enfrentamientos, indica la diversidad de tácticas utilizadas por los piratas modernos. Como en los períodos anteriores, el que se ejerza una violencia letal y gratuita o no depende en gran medida de lo que persigan los piratas: sobre todo la carga de la nave y los objetos valiosos de la tripulación y los pasajeros, como ocurría, por ejemplo, con los Hermanos de las vituallas o los piratas de la edad de oro, o principalmente a los pasajeros y a los miembros de la tripulación, bien para pedir un rescate por ellos o para venderlos como esclavos, como era el caso de los corsarios del Mediterráneo o los piratas malayos.
Existen diferentes maneras de clasificar las variantes de la piratería utilizadas por los piratas modernos, pero, en general, se pueden dividir en las siguientes categorías (en orden ascendente de violencia): el simple robo de un barco fondeado; el robo armado / violento de barcos en ruta; el secuestro de barcos en ruta para tomar rehenes y pedir un rescate; y, por último, el secuestro de barcos para convertirlos en «barcos fantasmas » (es decir, naves «sin registro legal que surcan los mares con fines ilícitos»).

La persecución de los piratas activos en el mar parecía haberse visto obstaculizada siempre por un desequilibrio en los números: demasiados pocos buques de guerra encargados de patrullar regiones marítimas muy extensas para perseguir a demasiados piratas. Aunque la llegada de los barcos de vapor dio a los cazapiratas una enorme ventaja tecnológica, fue imposible salvar esta diferencia numérica. El mismo desajuste inicial entre unos y otros entorpeció las medidas contra la piratería que a principios del siglo XX pusieron en marcha varios organismos multinacionales, como la Operación Atalanta de la Unión Europea, la Operación Escudo del Océano de la OTAN y la Fuerza Combinada de Operaciones 151 (CTF 151, por sus siglas en inglés).

Si los Estados quieren reducir de verdad el azote de la piratería, tendrán que empezar en tierra: «Puesto que los piratas, como el resto de la gente, deben vivir en tierra, es en tierra donde hay que pararlos; el poder naval por sí solo no es suficiente para combatir la piratería». El primer paso lógico es establecer (en el caso de Estados débiles como Filipinas o Indonesia) o restablecer (en el caso de Estados fallidos como Somalia) el orden público en tierra. Pese a que no es tarea fácil, en el caso de Somalia existe un atisbo de esperanza: la provincia secesionista de Somalilandia y la provincia semiautónoma de Puntlandia han restablecido con éxito un grado razonable de orden, frenando eficazmente la piratería que emana de sus costas. Sin embargo, el orden público en tierra no es la única respuesta. En cuanto a las comunidades pesqueras marginadas, es necesario desarrollar programas de bienestar especializados para mejorar sus vidas y ofrecerles una verdadera opción en cuanto a qué carrera seguir: en la década de 1970, Malasia puso en marcha un programa de erradicación de la pobreza dirigido a los pequeños pescadores por esa misma razón. Pese a las muy debatidas deficiencias del programa, como la malversación de fondos o las rivalidades entre diversas autoridades gubernamentales, la piratería desapareció de las costas de Malasia.
La lucha contra la piratería no es solo un problema táctico y operativo, es también un problema político. Como en el caso de la guerra actual contra el terrorismo mundial, las guerras contra la piratería dependen de que una «colación de voluntarios» tenga éxito.
Por el momento, el cometido de las empresas privadas de seguridad marítima es más bien limitado: proporcionar guardias de seguridad armados a los buques con cargas de alto valor que navegan en aguas propensas a la piratería o a las plataformas petrolíferas y las FPAD ubicadas en esas aguas. En el marco actual de la piratería en el golfo de Guinea, el estrecho de Malaca y el mar de la China Meridional, y del riesgo que representan los piratas somalíes que aún existen y que mantienen un perfil bajo, el sector privado de la seguridad marítima está en auge.
Al observar la piratería en todo el mundo y a través del tiempo podemos discernir las amplias trayectorias del «ciclo de la piratería», es decir, la aparición, el crecimiento, la madurez y el declive de la piratería en una región determinada. Como demuestran las operaciones a gran escala de los vikingos, los iranun, los balanguingui y las flotas piratas chinas, la piratería suele empezar de forma modesta pero, dada la oportunidad, crece en fuerza y tamaño hasta convertirse en algunas ocasiones en una fuerza política realmente formidable. En cierto sentido, esto también recuerda al lema de sir Francis Drake: Sic parvis magna («La grandeza nace de pequeños comienzos»). Si sigue sin controlarse la piratería en su fase inicial, lo que empezó siendo oportunismo puede escalar rápidamente hasta convertirse en incursiones marítimas organizadas. Una vez que las fuerzas defensivas se debilitan, y las sedes del poder político y militar están al borde del colapso, los merodeadores que antes eran estacionales se convierten en ocupantes durante mucho tiempo y en constructores de Estados por propio derecho, como los vikingos.
Y lo que es más importante: para hacer frente a los piratas en tierra y en el mar, en todos los actuales focos de piratería, es necesario un régimen de orden en el mar que funcione, que incremente los riesgos para los piratas al tiempo que reduzca sus beneficios. Por supuesto, para ello se requiere la voluntad política de los Estados costeros, así como una cierta capacidad marítima en forma de buques y personal adecuados. Como ponen de relieve los casos de la piratería somalí y en el golfo de Guinea, nada de eso se puede dar por sentado.
Tampoco existe una verdadera voluntad política de abordar la pesca ilegal, la otra cara de la moneda de la piratería, muy visible en el caso de la piratería somalí y también una de las causas de la piratería en el mar de la China Meridional. Mientras esto no cambie, la piratería seguirá existiendo, lo que también significa que durante años o incluso décadas, personas de diferentes regiones decidirán dedicarse a la piratería por las mismas razones de siempre.

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The twenty-three members of the crew went about their chores without paying attention to the dozens of smaller fishing boats operating in the vicinity. Suddenly several well-armed men came out of nowhere and climbed aboard, holding long knives and pistols. They soon reduced the frightened crew members before locking them in the hold. Soon after, the captives were again forcibly dragged onto the deck. They were lined up along the railing blindfolded and then beaten, stabbed or shot; the fate of all of them was the same: the twenty-three were thrown into the sea, some still alive, to erase all traces of the horrible crime. It has been said that rarely «in the so-called golden age of piracy, in the seventeenth and eighteenth centuries, was a more brutal and ruthless murder committed on the high seas than that perpetrated by those who seized this ship.» However, this attack did not take place in the distant past, but on November 16, 1998, and the target was the MV bulk carrier (motor ship) Cheung Son.
The Cheung Son massacre and similar events in the 1990s had one thing in common: despite their brutality, they went almost unnoticed. When piracy has attracted public attention, it has generally done so through fictional stories: the novel, such as Robert Louis Stevenson’s Treasure Island (1883), or a Hollywood film, such as The Pirate. Negro (1926) with Douglas Fairbanks, Captain Blood (1935) with Errol Flynn and, more recently, the hit series Pirates of the Caribbean with Johnny Depp. Fictional pirates are nothing more than romantic stereotypes of dashing individuals far removed from reality.
Piracy is on the rise, not only in the news headlines and in huge entertainment franchises, but also in a barrage of published documentaries, articles and books on the subject and in a series of academic conferences held around the world. Above all, they have focused on the question of why attacks increased from the 1980s onwards, and according to these studies, the beginning of globalization and trade liberalization in the late 1970s, which resulted in a significant increase of maritime traffic, along with the fall of the Soviet Union and the end of the cold war some ten years later, which caused the disappearance of warships in many of the areas through which they had patrolled.
Piracy has a long tradition and has been documented in various maritime regions around the world: we cannot speak of a ‘typical pirate trajectory’. Thus, to elucidate the continuities and discontinuities of piracy in different cultures and different periods, the pirates’ journey will be subdivided according to their geographical scope: the Mediterranean, the northern seas and the eastern seas.
It is necessary to mention here two concepts that will appear frequently in this book: pirates and corsairs. As we will see, these two maritime predators use the same tactics and carry out very similar operations; the difference is that pirates act on their own account, while privateers (the term comes from the Latin cursarius) act under legitimate authority, provided with a patent. The Oxford English Dictionary’s definition of piracy reflects very well this crucial difference: the ‘act of committing robbery, kidnapping or acts of violence at sea or from the sea without legal authorization’. Therefore, privateering can be defined as the act of committing robberies, kidnappings or acts of violence at sea or from the sea with legal authorization.

Is what motivates certain individuals to become pirates today the same as in the past?
How do the activities of modern pirates compare to those of earlier epochs?
Are there any lessons that could be learned from historical attempts to curb piracy which could help us end it today?
If naval power is greater today than ever before, why have we not yet been able to put an end to piracy once and for all?
Why does piracy persist, seemingly against all odds?
He separates the book into three periods of history and within each of these he examines three maritime regions. The latter is comprised of the Mediterranean, Northern seas, and Eastern seas. The former consists of 700-1500, 1500-1914, and 1914-today. Why these particular divisions? The first is a time when the geographical regions are separate and distinct and each area is isolated from the others. The second time period witnesses the rise of Western nations and the spread of their sphere of influence over the powerhouses of the previous period (the Ottoman Empire, Mughal India, and Qing China). By the start of the next time frame, Europe controls 84% of land in the world, and from 1914 onward the interconnections between nations become global. Throughout these chronological divisions, Lehr examines piratical commonalities and differences between the diverse pirate cultures.
The narrative is both enlightening and enthralling. The further one reads, the more one discovers that there are distinct similarities between the regions throughout time, even though the pirates of one region had no contact with pirates of another. Regardless of the time period, two factors motivate people to pursue piracy: greed or grievances. As Lehr shows, other components enhance or detract from these since nothing is as simple or black-and-white as it first seems. Religion and politics also play roles, for without corruption there would be no safe havens for pirates. Not only does he explore various aspects of becoming a pirate and being a pirate, he also discusses attempts to thwart or end piracy.
Regional maps introduce each of the time periods. Illustrations of vessels are scattered through the book, which also contains color and black-and-white plates in the center. As the narrative progresses, Lehr includes page references to events discussed earlier in greater detail. A glossary, endnotes, a bibliography, and an index are also included.
Most readers will be familiar with some of the pirates mentioned – Stede Bonnet, Bartholomew Roberts, Zheng Yi Sao, and John Ward, for example – while others are less well known, such as Don Pero Niño, Martin Wintergerst, and Iranun and Malay pirates. Louis Le Golif is cited several times, although no mention is made that there is some question as to whether or not he actually existed. According to Lehr, Bartholomew Roberts died in a shipwreck; his actual demise occurred when he was fatally wounded in battle with the Royal Navy.
If there is a weakness in this book, it comes in the third part of the book. Although there are a few examples of piracy in the early years of the twentieth century, the main focus is on Somali and Nigerian piracy. This leaves a gap in the historical comparison.
Regardless of whether readers are well-versed in pirate history or are novices when it comes to pirates, Pirates is a thought-provoking and insightful examination of piracy throughout history and around the world. Everyone who ventures to delve into this analysis will learn something new and will come away with a much better understanding about who the pirates were/are, why they turned to piracy, and why they are so difficult to completely eradicate.

Why does someone choose to become a pirate or corsair and decide to make a looting career at sea? Most Hollywood sagas and romance novels about pirates systematically mask the sad reality that being a pirate was, and in many maritime regions of the world still is, a very risky occupation, something that can be quite dangerous for you. health. Whoever chose this profession in the past, did it possibly with the hope of getting rich quickly. However, they were much more likely to drown, starve, or from scurvy, malaria, the plague, or one of the then unknown exotic diseases; of being mutilated for life as a result of an accident or a fight; of falling in combat or being tortured to death in various horrible and disgusting ways; to be executed by the authorities or simply to end up rotting in jail. Therefore, it is important to note that piracy as a career option is not necessarily born out of romance and love of adventure.
The decision to pursue piracy used to be motivated by one of two factors: on the one hand, by problems such as utter misery, unemployment, harsh living conditions, and the prospect of a generally bleak future; and, on the other, by the greed or fascination for easy money. Another powerful factor was the flight from justice: the «sea had always served as a refuge for outsiders and criminals.»
In the waters of northern Europe, the harsh living conditions were also decisive for the appearance of loosely organized fleets of pirates and corsairs, known first as «Brothers of the victuals» and later as «Likedeelers», who operated in the Baltic Sea. and the North Sea in the last decade of the 14th century and the first years of the 15th century. In this region, incessant maritime wars ravaged many coastal areas, while the oppressive feudal order on land kept the peasants under tight and intrusive control; During the thirteenth and fourteenth centuries, many landless peasants and laborers moved to the cities in the hope of a better life there, only to find that misery was compounded in the relative anonymity of urban life. This was especially true in the monastic state of the Teutonic Knights, a territory that included parts of what are now Estonia, Latvia, Lithuania, Poland, Russia and Sweden, made up of a Catholic military order that was involved in crusades against kingdoms and principalities. non-Christian tribes until the early 15th century.
Acts of piracy were already quite frequent in Baltic waters and for the same reasons as elsewhere: the maritime traffic was dense, which allowed to obtain succulent loot.
Eustace the Monk, also known as «the Black Monk», was born around 1170 with the name of Eustace Bousquet into a noble family in the French Boulonnais: his father Baldwin was one of the main barons of this coastal area and Eustace had apparently been well trained in the arts of chivalry and navigation; His subsequent exploits as a privateer and pirate indicate that he likely gained experience in the Mediterranean as a privateer.16 It is unknown why he decided to become a monk and seclude himself in a Benedictine monastery.
Not only did this Christian monk break his solemn vows to engage in piracy: on the other end of the planet, so did a Buddhist monk. Xu Hai (or Hsü Hai), for example, was a highly respected and cultivated monk who led a quiet life in the famous Tiger Haunt Monastery, located outside of Hangzhou city for many years.18 However, in 1556, He decided suddenly and for unknown reasons to leave the monastery and join the Wakō pirates, active in the East and South China seas between the 1940s and 1960s.
It was so much easier to be a pirate if he wasn’t accompanied by any social stigma. In some maritime cultures, such as the Vikings who plundered the shores of the British Isles, Ireland and mainland Europe in the early Middle Ages from the 8th century or, at the other end of the world around the same time, that of the orang laut («people of the sea») who raided the shores of the Straits of Malacca, the looters were considered noble warriors who deserved admiration and respect. In these cultures, participating in a pirate raid was one of the accepted ways of earning a reputation, as well as gaining some wealth.
For those who belonged to a warrior society and intended to establish themselves as feudal lords in their own right, there were three elements of paramount importance: earning a reputation as a fierce warrior, obtaining labor by obtaining slaves, and accumulating wealth.
On the Muslim side, the mechanics were similar. Although the privateering was considered a maritime extension of the jihad («holy war») on land and those who participated in it were in theory warriors of Islam or Ghazis, also many Greeks, Calabrians, Albanians, Genoese and even renegade Jews joined their ranks and not necessarily because of a newfound religious fervor after converting to Islam (in fact, most did not), but for financial reasons: greed and fascination for easy money. A particularly revealing case was that of the dreaded 14th-century «pirate-emir» Umur Pasha. His credentials as a warrior of Islam were impeccable: he was known for preferring to «send the souls of captured Franks to hell» rather than holding them for ransom, and Pope Clement VI proclaimed a crusade against him in person because of the danger he posed. . However, this did not prevent Umur Pasha from dedicating himself to privateering for the Greek-Orthodox Byzantine Emperor Andronicus III.

Starting in the 3rd century, the Angles, Saxons and Jutes of northern Europe set sail as pirates when the constant rise in sea level gradually flooded the farmlands that they had previously plowed as farmers. It is clear that banditry and piracy tended to become endemic in times of impoverishment and were primarily «a form of self-help to escape poverty in particular circumstances.» Sometimes there was no other choice. And it is even more evident in other societies situated in vulnerable locations. The Norse society in which the Vikings arose is an illustrative example.
To dedicate yourself to the pirate life you first need to have a ship from which to steal and loot. In medieval times, when dealing with a newly created band of pirates, this problem was usually solved by instigating a mutiny aboard a merchant ship or warship, or by stealing a suitable but unprotected vessel at anchor. Many pirates began operating by one of these two methods. Unfortunately, however, the sources covering the Middle Ages do not explain in detail the beginnings of the pirate gangs: the available information tends to focus on pirates who had already built a reputation, such as Klaus Störtebeker or Godeke Michel, members of the Brothers of the victuals and the Likedeelers, or in corsairs like Eustaquio el Monje or Don Pero Niño, who got their ships from their respective sovereigns.
Every now and then, if a pirate was unlucky enough to run into warships on an anti-piracy mission, the hunter became hunted. Another risk that the hunting pirates ran was running out of drinking water and food far from propitious shores. Galleys that sailed for long periods were especially vulnerable due to their huge crews, which used to include more than a hundred rowers, as well as a considerable number of sailors and soldiers who had to be provisioned.
Pirate attacks did not just take place at sea; There was also high-level piracy in the form of true pirate fleets, large and small, conducting large-scale amphibious operations against targets on the ground. Saracen pirates in the days of the Abbasid and Fatimid caliphates (750-1258) often made organized raids on the Mediterranean shores of Christendom, from the Greek islands to France and Spain.
Viking and Wakō raiders had an advantage over defenders, as they could choose where to attack. They carried out surveillance operations along the coast, carried out amphibious landings to secure the beachheads, and then advanced even further inland, surprising from the rear and cunningly dominating the defensive forces. Whenever possible, the invaders made use of navigable river systems. The Vikings frequently sailed up the Rhine, the Seine, the Loire and the Guadalquivir to attack population centers such as Cologne, Trier, Paris, Chartres and Córdoba. Likewise, the wakō fleets ventured into central China, using the great river systems and canal networks to attack the cities of the interior. Eyewitness Xiu Jie recounted that, at first, “pirates only kidnapped people and forced their relatives to come to their lair to pay the ransom. Then they occupied our interior, stayed where they were, killed our commanding officers, attacked our cities and effectively created an irreversible situation. » The exploits of the Vikings and the Wakō were clearly something very different from the maritime confrontations that are associated with piracy. Their operations even raise the question of when pirates stopped being pirates and became something else: empire builders, for example. However, if piracy is defined as the act of committing robbery, kidnapping or violent acts at sea or from the sea without legal authority, it is clear that the Vikings and the Wakō were at the forefront of their operational development during the period. medieval and modern age.

The pirates’ use of violence was determined mainly by their «business model»: if the intention was to kidnap the crew and passengers for a reward, as was the case with the Mediterranean corsairs, the orang laut and the wakō, then the captives got a pretty good deal: they were «walking money.» On the other hand, if the main objective was looting and pillaging, the lives of the captives were in serious danger, especially if they had not surrendered without a fight and had thereby enraged the pirates. Women faced the added risk of being raped. However, although there were those who enjoyed what they did just for the sake of it, most pirates used violence in an instrumental way: for example, torture was a means of extracting information about hidden objects of value.
The acts of cruelty had an additional objective that went beyond the maximization of loot. They were also intended to send a message to different recipients: first, to the pirates themselves; secondly, to all those who sailed through the pirate waters …
Pirate hunting also depended on luck, a deep knowledge of possible hiding places, and a close familiarity with local maritime conditions, such as reefs and shoals, currents, and weather and winds. A lot of patience was also required, as is evident in the case of the first great expedition in 1404 of Don Pero Niño, carried out by order of his king, with the purpose of eliminating the powerful Castilian pirates who were indiscriminately harassing the merchant ships that they made the route between Spain and the Levant. While at anchor in Cartagena, Pero Niño learned that two famous Castilian pirates, Don González de Moranza and another named Arnaymar, had just attacked merchant ships off the shores of the Crown of Aragon.
Finally, it is interesting that, due to common causes, such as harsh living conditions, extreme poverty and endemic warfare, piracy manifested itself in much the same way in the three maritime regions examined above (the Mediterranean, the seas of the North and East Seas), although during this period these three foci of piracy remained highly isolated from each other. There are some exceptions: some privateers, such as Don Pero Niño, made raids into the North Sea from time to time from their main areas of operations in the Mediterranean, while Viking fleets sometimes came down to the Mediterranean from the north. However, in these waters all possible forms of piracy emerged on their own, from part-time pirates who usually fished but sporadically attacked ships more fragile than their own, to organized fleets: the Saracens in the Mediterranean, the Vikings in the north, and the Wakō in the east. Therefore, while it is fair to say that piracy was already a global phenomenon, in reality its origins were local. This is something to keep in mind when looking at the next period, the years between 1500 and 1914.

It is important to remember that the profession of pirate or corsair was dangerous and that the chances of dying were greater than those of getting rich. Although it is conceivable that there was at least a certain romanticism or love of adventure among those who chose to engage in piracy, a number of far more mundane push and pull factors also used to play a role. This, as we have already seen, was what happened between the years 700 and 1500, and it was also the case during the next four centuries that we will examine in this part.
The «pull» factor is easy to explain: the hope of getting rich, despite all the associated risks of dying prematurely. In fact, most of those who chose this career path would probably have agreed with pirate captain Bartholomew Roberts «Black Bart» (who was born in Casnewydd Bach, Wales, on May 17, 1682, and died before his fortieth birthday during a shipwreck in the waters of Cabo López, in Gabon, on February 10, 1722) who jokingly said that «a short and happy life will be my motto».
While the idea of becoming a pirate was sometimes quite attractive to freshwater sailors, it must have been even more tempting to seamen. In late 16th century England, an experienced sailor sailing aboard a Royal Navy warship could expect to earn around £ 1.10 for three months of work, while a privateer could earn a whopping. 15 pounds or more. Not surprisingly, experienced sailors, who were a marginal underclass of their own on the margins of «respectable» terrestrial society, accounted for the bulk of the recruits on corsairs and pirates alike. The trajectory of the early 17th century English pirate and privateer John Ward (c. 1552-1622) is a good example of this. Of unknown origins, he worked as an inshore fisherman off the coast of Kent before joining the privateering. Ward was promoted and ended up being rewarded with a captaincy.
However, not only did the English nobility flirt with piracy: so did the merchants. The lines between legal trade and smuggling combined with piracy, both illegal, were quite blurred: if the opportunity presented itself, a merchant ship could quickly become a pirate ship. For example, in 1592, a certain Captain Thomas White saw it as normal to capture two large Spanish ships that he crossed paths with, despite meeting strong resistance from their crews, during the return trip from a hitherto legitimate commercial voyage from London. to the Berber coast. The value of the booty (quicksilver, wine, golden missals and even a series of papal bulls) amounted to about 20,000 pounds or 2.6 million pounds in today’s money.
With the arrival of colonialism and imperialism, another factor was added: the feeling of cultural superiority of the Christian colonizers, of being «modern» and «civilized» as opposed to the autochthonous, «backward» and «uncivilized» who would soon be conquered. . Therefore, one should be cautious when examining Western sources of the time: they often use religion and even overemphasize it as a factor of «alterization» and as a justification for the right of Western colonizers to conquer and rule. a tale that incorporates the theme of «we» (honest European merchants) versus «them» (bloodthirsty and savage Malay pirates).

In East Asian waters, pirates also resorted to deception and cunning to capture the well-armed and well-defended high-seas junks that were their prey. However, they did not limit themselves to imitating the behavior of harmless merchant ships at sea and also assaulted ships in ports and navigated the main Chinese river systems, often even looting unsuspecting riverine populations, dressing up as civil servants, troops. of the militia, boatmen or itinerant merchants and behaved as such. This crude ploy worked many times to perfection, and the pirates looted river traffic or cities, taking them by surprise without ever encountering resistance.
Another frequently used tactic was to swarm around a larger, better-armed ship, wolf pack style, with several ships acting together. The first buccaneers (mostly French) active in Caribbean waters in the seventeenth century used this system, either in conjunction with the tactic of deception and cunning or by lightning strikes from well-chosen positions to lay ambushes. Using smaller canoes and pirogues as their preferred craft, they made good use of their renowned marksmanship, circling the attacked ship and choosing the crew members one by one, targeting mostly the deck officers and the helmsman to destroy the chain. command, making the ship ungovernable. Similar swarm attacks were also the preferred tactic in eastern waters: local pirate vessels were inferior in size and firepower to the Chinese and Western ships they encountered. The Malay tribes of the sea, such as the Iranun of Mindanao, the Balanguingui of the Jolo archipelago and the Iban of Borneo had a reputation for mercilessly attacking in this way, if concealment and cunning did not work, almost all the ships with which they were used. they would stumble and never have mercy on the Europeans they encountered on those ships, whether they resisted or not.
Much better than fighting individual pirates at sea or in inlets, but also more dangerous, was taking the fight back to their bases to shut them down once and for all. The wars fought from the 16th to the early 19th centuries by various Western naval powers (initially Spain and its allies Genoa and the Knights Hospitaller, and later also the Netherlands, France and England / Great Britain) against the Barbary corsairs Algiers, Tripoli and Tunisia provide a better understanding of the difficulties that accompanied those campaigns.
As Britain’s unsuccessful efforts to form a combined Anglo-Dutch-Spanish alliance against Algiers demonstrate, the fight against piracy was not just a tactical issue, it was also a political issue. As with today’s global war on terror, the wars on piracy relied on a ‘coalition of volunteers’ to succeed. Out of their own interest, the maritime powers of the day could play very cynical moves: an English consul in Syria in 1611 would say that ‘there were difficulties in uniting sovereigns in order to put an end to piracy, as some do not dislike it. pirates exist and they are glad to see certain markets harassed. «The attitude of the French towards multinational operations against Berber pirates is revealing: in 1729, an anonymous memorandum bluntly stated that» we are convinced that it is not in our interests that all Barbary corsairs are destroyed, since then we would be on a par with all the Italians and the peoples of the North Sea ». This was also one of the main reasons why even the great European military powers tolerated the tribute system for so long: paying tribute to the Barbary States was still cheaper than equipping a naval expedition, while also giving them an advantage. trade on poorer competing states that could not afford to pay the tribute, with the result that their ships came under regular attack.

How had piracy changed and evolved during the period of the rise of European maritime power? The main factors driving the opting for piracy continued to be poverty, unemployment and harsh living conditions, on the one hand, and greed or fascination for easy money, on the other, to which religion was occasionally added. . What led to the conversions remained a complex mix of push and pull factors, the exact composition of which depended on local circumstances. Many times a certain degree of coincidence forced the hand of individuals like Zheng Yi Sao, Contreras, Le Golif or Exquemelin, and sometimes even an adventurous spirit, as in the case of Stede Bonnet or William Dampier. However, these were few and far between: even Elizabeth I’s «adventurous knights» were motivated primarily by greed.
Some forms of piracy persisted and others disappeared. Privateering in the Mediterranean continued without interruption from the Middle Ages to the end of this period, as waves of pirates continued to harass the shores of China and frequent the waters of the South China Sea. In the northern waters, piracy and small-scale privateering continued unabated, but large-scale incursions by huge pirate fleets such as the Brethren of the victuals, or the great coastal incursions of the Vikings, were already a thing. From the past. It is not that piracy has gone out of style in the waters of the North; rather, some profound changes unleashed by colonialism and Western imperialism attracted (one could almost say «exported») many Western explorers, adventurers and, of course, pirates to the distant shores of the New World. Those of Central and South America offered immense treasures of gold, silver and pearls; those from the Far East, products such as spices; those of China, silks and porcelain, as well as gold, silver, diamonds, emeralds and other precious stones.

It should be noted that greed and grievances may explain the individual choices that underlie the rise of modern piracy, but, as in previous centuries, this is only part of the answer to why they become pirates and it is not always very convincing.
In Nigeria, where there is this nexus between pirates and the authorities, attempts «to explain the problem from the angle of poverty are insufficient in view of the poor governance in Nigerian coastal states»: behind the steady increase in piracy in the Gulf of Guinea is the «criminalization of politics and the politicization of crime».
The final difference between our time and the previous periods of piracy is, simply, that, as a consequence of the social changes that have occurred throughout the centuries, warrior and fearsome tribal societies such as the Vikings or the Iranun and the Balanguingui they no longer sail the seas. History and tradition have not been forgotten, but are now mostly commemorated in events and celebrations, rather than inspiring people to pursue this profession.
The threat by ISIS to extend its land jihad to the sea shows that religion continues to be a powerful instrument for «alterization,» that is, for dividing between «us» and «them,» and thereby continues to confer on piracy. a semblance of respectability, as in earlier periods. Today, organizations like the famous Abu Sayyaf Group (ASG), based in the southern Philippines, describe themselves as militant Islamists: they apparently fight for a cause far more noble than mere enrichment. personal and thus seem more like a respectable guerrilla movement than a brutal criminal gang that also carries out pirate raids as part of their business model. Furthermore, while, as we have seen, any ship can be a legitimate target for Somali pirates themselves, regardless of the flag it flies or the religious affiliation of its crew, al-Shabaab glorifies these pirates as defenders of Somali waters against to a new generation of «Western Crusaders.» Interestingly, the age-old theme of «crusaders versus jihadists» continues to have a certain force – a very useful method of justifying one’s own side while denigrating the other’s.

There is at least some good news regarding state support for piracy: Having played such a prominent role in enabling piracy in the past, no state is currently actively supporting pirates to harass their neighbors’ maritime traffic. However, the key word here is ‘actively’.
Although there are currently some maritime regions in dispute, there are fewer and fewer gray areas in which control and sovereignty are deputed, while the ability of States to enforce law and order not only on land, but also also in the sea, it has been increasing.

The pirate groups currently active in the South China Sea and the Straits of Malacca, in the Arabian Sea and in the Gulf of Guinea, also seem to have learned the lesson that «bigger» does not necessarily mean «better.» In an age of surveillance not just by sea, but by air using helicopters, maritime patrol aircraft and even drones, the art of hiding in plain sight is more important than ever. Imitating the behavior of the innumerable inshore fishing boats and small trawlers always present in the coastal waters of these maritime regions is easy: the only difference between a pirate ship and a fishing vessel is that the former is equipped with grapples and ladders. , accessories that reveal the intention to commit pirate acts, and its crew is usually armed with assault rifles and grenade launchers. The similarity between the ships makes it quite difficult to catch pirates if they are not caught on the spot: all they need to transform into harmless fishermen is to throw the ladders and grapnels overboard. And in certain areas, such as the Somali coast.
Nigerian pirates’ penchant for lethal violence (including shootings with Nigerian security guards and military ships), as opposed to Somali pirates, who tend to avoid such confrontations, indicates the diversity of tactics used by modern pirates . As in previous periods, whether or not lethal and gratuitous violence is carried out depends to a large extent on what the pirates are after: especially the cargo of the ship and the valuable objects of the crew and passengers, as it happened, for For example, with the Brothers of the victuals or the pirates of the golden age, or mainly to the passengers and the members of the crew, either to demand a ransom for them or to sell them as slaves, as was the case of the corsairs of the Mediterranean or Malaysian pirates.
There are different ways of classifying the variants of piracy used by modern pirates, but, in general, they can be divided into the following categories (in ascending order of violence): the simple theft of a ship at anchor; armed / violent robbery of ships en route; the hijacking of ships en route to take hostages and demand ransom; and, finally, the hijacking of ships to turn them into «ghost ships» (that is, ships «without legal registration that sail the seas for illicit purposes»).

The pursuit of pirates active at sea seemed to have always been hampered by an imbalance in numbers: too few warships tasked with patrolling vast maritime regions to pursue too many pirates. Although the arrival of steamboats gave pirate hunters a huge technological advantage, it was impossible to bridge this numerical difference. The same initial mismatch between the two hindered the anti-piracy measures that several multinational organizations launched at the beginning of the 20th century, such as the European Union’s Operation Atalanta, NATO’s Operation Ocean Shield and the Combined Operations Force. 151 (CTF 151).

If states really want to reduce the scourge of piracy, they will have to start on land: ‘Since pirates, like other people, must live on land, it is on land that they must be stopped; naval power alone is not enough to combat piracy. ‘ The logical first step is to establish (in the case of weak states like the Philippines or Indonesia) or restore (in the case of failed states like Somalia) public order on the ground. Although it is not an easy task, in the case of Somalia there is a glimmer of hope: the secessionist province of Somaliland and the semi-autonomous province of Puntland have successfully restored a reasonable degree of order, effectively curbing the piracy emanating from their shores. However, public order on land is not the only answer. For marginalized fishing communities, there is a need to develop specialized welfare programs to improve their lives and offer them a real choice as to which career to pursue: in the 1970s, Malaysia launched a poverty eradication program aimed at small fishermen for that very reason. Despite much-debated shortcomings in the program, such as embezzlement or rivalries between various government authorities, piracy disappeared off the coast of Malaysia.
The fight against piracy is not only a tactical and operational problem, it is also a political problem. As is the case in the current war on global terrorism, the wars on piracy depend on a successful «collateral of volunteers».
At the moment, the role of private maritime security companies is rather limited: to provide armed security guards to ships with high-value cargoes that navigate in piracy-prone waters or to oil rigs and FPADs located in those waters. . In the current context of piracy in the Gulf of Guinea, the Straits of Malacca and the South China Sea, and the risk posed by the still-existing and low-profile Somali pirates, the private maritime security sector is booming.
By looking at piracy around the world and over time, we can discern the broad trajectories of the «piracy cycle,» that is, the emergence, growth, maturity, and decline of piracy in a given region. As the large-scale operations of the Vikings, Iranun, Balanguingui, and Chinese pirate fleets demonstrate, piracy often starts out modestly but, given the opportunity, grows in strength and size, sometimes becoming a truly political force. formidable. In a sense, this is also reminiscent of Sir Francis Drake’s motto: Sic parvis magna («Greatness is born from small beginnings»). If piracy remains uncontrolled in its early stages, what started out as opportunism can quickly escalate into organized maritime raids. Once the defensive forces weaken, and the seats of political and military power are on the brink of collapse, once seasonal marauders become long-time occupiers and state-builders in their own right, like the Vikings.
Most importantly, to deal with pirates on land and at sea, in all current piracy hotspots, a functioning regime of order at sea is necessary, which increases the risks to pirates while at the same time reduce your profits. Of course, this requires the political will of coastal states, as well as some maritime capacity in the form of adequate ships and personnel. As the Somali and Gulf of Guinea piracy cases highlight, none of this can be taken for granted.

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