Nada Será Igual. Un Viaje A La Economía Del Futuro — Martín Tetaz / Nothing Will Be The Same. A Journey To The Economy Of The Future by Martín Tetaz (spanish book edition)

Desde un punto de vista y de una experiencia a la vez local y académicamente global Tetaz anuncia sus frondosas conclusiones apoyándose en la explosión tecnológica que permite a quien esté interesado comparar ideas con los titanes de la ciencia y la filosofía qué han ya expresado sus tesis y contratesis y luchan por lograr las síntesis que todos ansiamos.
Una serie de reflexiones e hipótesis sobre las tendencias mundiales que nos llevan a la revolución de la singularidad.

Aunque la versión es polémica y existen otras teorías, se dice que el logo de la manzana mordida que identifica los productos de Apple es un homenaje a Turing, que se infringió la muerte comiendo una fruta que previamente había inyectado con cianuro, en un cuadro depresivo agudo causado por la intolerancia social y la condena estatal a las preferencias sexuales diferentes.
Los algoritmos tienen además la ventaja de que no se cansan y pueden interactuar con el contexto a velocidades supersónicas en comparación con las personas. Para tener una idea de la potencia, AlphaZero necesitó cuatro horas de aprendizaje para ganarle al programa insignia del ajedrez, Stockfish, mientras que en veinticuatro horas de práctica había sido capaz de triunfar sobre los grandes maestros del go.
Buena parte de este boom de la inteligencia artificial radica en que, tal como ocurría en el ejemplo de AlphaZero, las computadoras están, en cierto modo, aprendiendo a pensar, pues parecen tener la capacidad de elucidar correlatos y relaciones entre los datos, que es precisamente la definición de inteligencia general que daba el padre del concepto, el psicólogo y estadístico inglés Charles Spearman.
En un mundo ideal, estas capacidades potencian la inteligencia humana y multiplican exponencialmente la productividad. En otra de las tantas posibilidades del destino mienten y manipulan, implantando ideas y construyendo peligrosas creencias colectivas. Tanto la capacidad de interpretar emociones como incluso la de empatizar con otros son entrenables y permiten mejorar notablemente las capacidades de interacción social de chicos que poseen trastornos del espectro autista, lo que sugiere que podrían desarrollarse algoritmos de affective learning lo suficientemente flexibles como para ajustar sus respuestas al contexto.

Hay dos potenciales modificaciones que lograrían que el sistema oriente los recursos sociales a lograr un mayor bienestar. Una posibilidad es reconocer el diferencial de esfuerzo, de suerte tal que quien dedica cinco horas de su tiempo a resolver el problema de otra persona cobre cinco veces más que quien arregla inconvenientes que insumen una quinta parte de ese trabajo. La otra posibilidad es que el sistema premie con más dinero a los que dedican su tiempo y demás recursos a resolver problemas que resulten más valiosos para los otros.
La uberización de la economía resulta interesante porque interpela a esa propuesta de dos maneras diferentes, aunque complementarias. En primer lugar, porque la utilización más eficiente de la información que generan los algoritmos de inteligencia artificial permite resolver más problemas en menos tiempo, con menos recursos, intermediando con mayor agilidad entre los que tienen necesidades y los que cuentan con las herramientas o conocen el modo de resolverlas. En segundo lugar, porque pone el foco tanto en el costo de la solución como en el bienestar que genera. Por esta razón un viaje en día de lluvia en un barrio de difícil acceso puede valer cinco veces más que ese transporte con la misma cantidad de kilómetros un día de sol por la costanera. Entonces la uberización permite aumentar la eficiencia técnica, resolviendo los problemas de la gente con menos gasto de recursos, y la económica, al lograr una mayor creación de valor social.
Estamos entrando en la primera etapa de una nueva economía en la que todo producto se reduce a un algoritmo capaz de formarlo prácticamente de la nada, con un costo marginal despreciable, toda vez que ese producto pueda viajar por internet, triangular satélites y materializarse en cualquier lugar.
Vamos a un mundo que estará más interconectado, pero que también será paradójicamente mucho más estratificado, donde cambiarán de forma dramática las formas de representación simbólica de lo que cada uno quiere comunicar, abriendo la posibilidad de que las personas vendan sus gustos y preferencias en la forma de marcas customizadas.

Parece poco probable que acabe teniendo razón el sociólogo esloveno Slavoj Žižek y que las nuevas formas de creación de valor arrasen con el capitalismo, al debilitar las estructuras sobre las que se edifican los derechos de propiedad. No sabemos si la solución surgirá de la coordinación supra nacional de los estados, del avance tecnológico privado, de una inteligencia artificial construida por instituciones público-privadas, o de la emergencia de nuevas formas de comercialización. Es probable que asistamos a una articulación novedosa entre esas fuerzas, donde los estados, los privados, las instituciones y la propia tecnología ayuden a proteger la creación de valor y a socializar los datos. Aunque de esto último, no estoy tan seguro.
Es plausible pensar que la nueva organización de la producción tendrá alto impacto de género, porque el tipo de empleo que se reduce es dominado por los hombres, mientras que el que se incorpora al terreno mercantil es llevado adelante proporcionalmente más por las mujeres. A su turno, la menor demanda de trabajadores en las industrias tradicionales y el mayor requerimiento de capacidades cognitivas en el mercado de trabajo reducirán las brechas salariales de género, premiando a las mujeres, que dominan en una proporción de dos a uno las graduaciones en estudios superiores.

La disrupción tecnológica impone una tendencia, pero cada sociedad tiene anticuerpos conservadores que algunas veces frenan el cambio y en otras oportunidades imprimen las formas de la resistencia.

Muchas monedas virtuales también cayeron presa de esta dinámica y entonces hay millonarias inversiones publicitarias para apuntalar el ingreso de más compradores, con la ayuda de un ejército de interesados que buscan inflar la moneda que han comprado en las redes sociales, que sin demanda transaccional alguna necesitan que siga alimentándose la rueda de inversores para que la cotización se sostenga.
También hay excepciones de criptomonedas que no buscan la demanda especulativa, sino por el contrario, garantizar la estabilidad de la que hablaba Hayek. Las llamadas stablecoins, como por ejemplo tether, que es la tercera moneda en capitalización de mercado y que tiene su valor pegado al del dólar y respaldado por una canasta de monedas y activos de reserva que la convierten en la más estable de todas las virtuales.
No solo los megarricos son cada vez más ricos, sino que no son los mismos. A diferencia de otros períodos, la movilidad social es tan notable que solo 64 de los 400 son herederos de grandes fortunas, mientras que otros 67 recibieron «pequeñas» herencias que tuvieron la capacidad de multiplicar para entrar en este selecto club. La gran mayoría formada por 269 ultrarricos hizo sus fortunas de cero; 71 de ellos son tecnológicos. El embajador de este grupo de newcomers es Tim Sweeney, el dueño de Epic Games, la compañía creadora del Fortnite, que entró en el ranking de 2019, en el puesto 150, con cuatro billones y medio de dólares.
Si la pandemia muestra algún efecto sobre las grandes fortunas, como hemos dicho, es el de acelerar la transformación que generó muchas de esas riquezas, a punto tal que según Bloomberg los 500 billonarios más grandes del mundo sumaron 1,8 trillones americanos de dólares a sus patrimonios durante 2020, y Elon Musk, que según Forbes estaba en el puesto 31 a principios del año pasado, con 24.000 millones, hoy es el hombre más rico del planeta con 208 mil millones de dólares, mientras que Bezos no pudo retener el primer puesto a pesar de haber incrementado su fortuna en casi 70.000 millones.

Contrariamente a los pronósticos apocalípticos, habrá más oportunidades. Pero tendremos que acostumbrarnos a tener una heterogeneidad cada vez mayor en los resultados, con una estratificación social mucho más marcada. O viviremos tiempos de grandes convulsiones sociales, si el sistema político no encuentra el modo de lidiar con esas diferencias.

¿Qué impuesto debería pagar, por ejemplo, el algoritmo de Netflix, que aprende las preferencias de películas de cada miembro del hogar, con mayor precisión y en menor tiempo que el que le tomaba al empleado del videoclub de mi barrio adivinar el género que me gustaba? Porque si algo nos enseñan los desarrollos de la inteligencia artificial que estamos viendo es que la mayoría de los robots no son robots en el sentido de la imagen que se activa en la mente de cada uno de nosotros cuando pensamos en un robot y ni siquiera tienen la forma de los brazos artificiales de una planta de montaje de autos. Los robots que vienen con la disrupción de la inteligencia artificial son algoritmos, redes neuronales que aprenden conectando problemas, con soluciones valoradas positivamente por los usuarios, hasta que logran identificar el proceso generador de datos que lleva de unos a los otros.
El apoyo masivo a las medidas regulatorias de los estados demuestra que es necesario un cambio cultural antes de que la tecnología pueda explotar a pleno el potencial de los precios. En primer lugar, porque la gente le asigna un valor de justicia a cada precio, y si bien los economistas entendemos que se trata de vectores informativos que resumen las novedades sobre la escasez de cada producto, a la gente le molestan los cambios bruscos en los precios que se producen cuando hay un shock que aumenta de golpe la escasez, puesto que piensan que los comerciantes o productores se están aprovechando de la desgracia.
Es difícil especular sobre el futuro porque, aunque podamos hacer estimaciones sobre el impacto de la tecnología en la productividad y conjeturas varias sobre cuáles serán los inventos de los próximos años, no tenemos la menor idea de qué hará la gente con el tiempo que le sobre, cuando descubran que no se trata de un fenómeno transitorio por culpa de un virus, sino de algo que llegó para quedarse.

¿De quién son los datos? Ya no se trata de salvaguardar la privacidad de nuestro numero telefónico, de los resultados de nuestros análisis clínicos, o de los temas que hablamos con un profesional, bajo prometido secreto. La información construye realidades virtuales difíciles de diferenciar. Tan es así que la propia realidad puede deconstruirse en una suma de datos y sus relaciones.

A la ciencia ficción le encanta jugar con esa idea de grupos de resistencia que con cierto romanticismo se enfrentan a versiones evolucionadas, como cíborgs o extraterrestres, desde Terminator hasta Blade Runner, pero el mundo de la singularidad tendrá sus propias resistencias.
El primer segmentador social será económico.
El segundo será el poder de acceso a los datos, que salvo que haya un esfuerzo global de los principales gobiernos del mundo por regularlos, se concentrarán cada vez más en cabeza de sociedades como Google o Facebook. Esto es fundamental para que puedan desarrollarse los algoritmos de la inteligencia artificial, porque el alimento de las redes neuronales recursivas son los datos.
El tercer segmentador serán las barreras culturales religiosas e ideológicas, que harán que en muchos lugares la gente no se anime a colocarse prótesis que los conviertan en cíborgs, o limiten esa posibilidad a una casta, o un género, mientras que otros disfruten de jugar a ser Dios.
El cuarto segmentador serán las instituciones que en muchos casos catalizan los cambios, pero que, en otros casos, como ocurre con algunos gremios cooptados, o partidos políticos de regiones feudales, los frenarán para mantener sus privilegios, postergando el acceso masivo de buena parte de la población al mundo de la singularidad.
Estos últimos dos factores pueden además contribuir a desarrollar movimientos de resistencia en el sentido que lo plantean los films de ciencia ficción; grupos terroristas que ataquen lo símbolos de la disrupción tecnológica, no necesariamente con el uso de violencia física, sino por ejemplo bloqueando institucionalmente los cambios, o construyendo sistemas de representación simbólica de valores incompatibles con el avance de la inteligencia artificial.

Es un mundo tremendamente desigual, con contrastes espeluznantes; no es el fin del homo sapiens como pensaba Harari, sino su caída del centro del sistema, que pasará a estar gobernado por los datos. Pero esa preponderancia tampoco termina con la ideología, con las religiones ni con la política, porque cualquier inteligencia artificial que no tuviera la capacidad de mentir no pasaría la prueba de Turing de la selección natural y acabaría siendo dominada por aquellos capaces de engañar.

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From a point of view and from an experience that is both local and academically global, Tetaz announces its lush conclusions relying on the technological explosion that allows anyone interested to compare ideas with the titans of science and philosophy that have already expressed their theses and contrast and strive to achieve the syntheses that we all crave.
A series of reflections and hypotheses on world trends that lead us to the singularity revolution.

Although the version is controversial and there are other theories, it is said that the logo of the bitten apple that identifies Apple products is a tribute to Turing, who inflicted death by eating a fruit that he had previously injected with cyanide, in a depressive condition acute caused by social intolerance and state condemnation of different sexual preferences.
The algorithms also have the advantage that they do not tire and can interact with the context at supersonic speeds compared to people. To get an idea of the power, AlphaZero needed four hours of training to beat the flagship chess program Stockfish, while in twenty-four hours of practice it had been able to triumph over the great masters of go.
Much of this boom in artificial intelligence lies in the fact that, as in the AlphaZero example, computers are, in a certain way, learning to think, since they seem to have the ability to elucidate correlates and relationships between data, which is precisely the definition of general intelligence given by the father of the concept, the English psychologist and statistician Charles Spearman.
In an ideal world, these capabilities enhance human intelligence and exponentially multiply productivity. In another of the many possibilities of destiny they lie and manipulate, implanting ideas and building dangerous collective beliefs. Both the ability to interpret emotions and even to empathize with others are trainable and allow to significantly improve the social interaction skills of children with autism spectrum disorders, suggesting that affective learning algorithms could be developed flexible enough to adjust their responses to context.

There are two potential modifications that would make the system direct social resources to achieve greater well-being. One possibility is to recognize the difference in effort, such that someone who dedicates five hours of their time to solving someone else’s problem earns five times more than those who fix problems that take up a fifth of that work. The other possibility is that the system rewards more money to those who dedicate their time and other resources to solving problems that are more valuable to others.
The uberization of the economy is interesting because it challenges this proposal in two different, although complementary, ways. In the first place, because the more efficient use of the information generated by artificial intelligence algorithms allows solving more problems in less time, with fewer resources, mediating with greater agility between those who have needs and those who have the tools or know the way to solve them. Second, because it focuses both on the cost of the solution and the well-being it generates. For this reason, a trip on a rainy day in a neighborhood with difficult access can be worth five times more than that transport with the same number of kilometers on a sunny day along the waterfront. So uberization allows increasing technical efficiency, solving the problems of people with less expenditure of resources, and economic efficiency, by achieving greater creation of social value.
We are entering the first stage of a new economy in which every product is reduced to an algorithm capable of forming it practically from nothing, with a negligible marginal cost, since that product can travel over the internet, triangulate satellites and materialize in any place.
We are going to a world that will be more interconnected, but which will also be paradoxically much more stratified, where the forms of symbolic representation of what each one wants to communicate will change dramatically, opening the possibility for people to sell their tastes and preferences in the form of custom brands.

It seems unlikely that the Slovenian sociologist Slavoj Žižek will be right and that new forms of value creation will sweep away capitalism by weakening the structures on which property rights are built. We do not know if the solution will arise from the supra-national coordination of the states, from private technological advancement, from an artificial intelligence built by public-private institutions, or from the emergence of new forms of commercialization. We are likely to witness a novel articulation between these forces, where states, private entities, institutions and technology itself help protect the creation of value and socialize data. Although of the latter, I am not so sure.
It is plausible to think that the new organization of production will have a high gender impact, because the type of employment that is reduced is dominated by men, while that which is incorporated into the commercial field is carried out proportionally more by women. In turn, the lower demand for workers in traditional industries and the greater requirement of cognitive skills in the labor market will reduce gender pay gaps, rewarding women, who dominate in a ratio of two to one the graduations in studies superiors.

Technological disruption imposes a trend, but each society has conservative antibodies that sometimes slow down change and at other times imprint the forms of resistance.

Many virtual currencies also fell prey to this dynamic and so there are millions of dollars in advertising investments to prop up the entry of more buyers, with the help of an army of interested parties who seek to inflate the currency they have bought on social networks, which without any transactional demand need that the wheel of investors continues to be fed so that the price is sustained.
There are also cryptocurrency exceptions that do not seek speculative demand, but on the contrary, guarantee the stability that Hayek spoke of. The so-called stablecoins, such as tether, which is the third currency in market capitalization and has its value close to the dollar and backed by a basket of currencies and reserve assets that make it the most stable of all virtual ones.
Not only are the mega-rich getting richer, but they’re not the same. Unlike other periods, social mobility is so remarkable that only 64 of the 400 are heirs to great fortunes, while another 67 received «small» inheritances that had the ability to multiply to enter this select club. The vast majority of 269 ultra-rich made their fortunes from scratch; 71 of them are technological. The ambassador of this group of newcomers is Tim Sweeney, the owner of Epic Games, the creator of Fortnite, which entered the 2019 ranking, in position 150, with four and a half billion dollars.
If the pandemic shows any effect on the great fortunes, as we have said, it is to accelerate the transformation that generated many of those riches, to the point that according to Bloomberg the 500 largest billionaires in the world added 1.8 trillion US dollars to his wealth during 2020, and Elon Musk, who according to Forbes was ranked 31st at the beginning of last year, with 24,000 million, today is the richest man on the planet with 208 billion dollars, while Bezos could not retain the first put despite having increased his fortune by almost 70,000 million.

Contrary to apocalyptic forecasts, there will be more opportunities. But we will have to get used to having an increasing heterogeneity in the results, with a much more marked social stratification. Or we will live in times of great social upheaval, if the political system does not find a way to deal with these differences.

What tax should the Netflix algorithm pay, for example, which learns the movie preferences of each household member, with greater precision and in less time than it took the employee of the video store in my neighborhood to guess the genre I was using? liked? Because if the developments of artificial intelligence that we are seeing teach us something, it is that most robots are not robots in the sense of the image that is activated in the mind of each one of us when we think of a robot and do not even have the shape of the artificial arms of a car assembly plant. The robots that come with the disruption of artificial intelligence are algorithms, neural networks that learn by connecting problems, with solutions valued positively by users, until they manage to identify the data-generating process that leads from one to the other.
Massive support for state regulatory measures shows that a cultural shift is necessary before technology can fully exploit price potential. In the first place, because people assign a value of fairness to each price, and although economists understand that these are informational vectors that summarize the news about the scarcity of each product, people are annoyed by sudden changes in prices. prices that occur when there is a shock that suddenly increases scarcity, since they think that traders or producers are taking advantage of the misfortune.
It is difficult to speculate about the future because, although we can make estimates about the impact of technology on productivity and various guesses about what the inventions will be in the next few years, we have no idea what people will do with the time that they have left. , when they discover that it is not a transitory phenomenon due to a virus, but something that is here to stay.

Who owns the data? It is no longer about safeguarding the privacy of our telephone number, the results of our clinical tests, or the issues we discuss with a professional, under promised secrecy. Information builds virtual realities that are difficult to differentiate. So much so that reality itself can be deconstructed in a sum of data and its relationships.

Science fiction loves to play with that idea of resistance groups that with a certain romanticism face evolved versions, such as cyborgs or aliens, from the Terminator to Blade Runner, but the world of the singularity will have its own resistances.
The first social segmenter will be economic.
The second will be the power of access to data, which unless there is a global effort by the main governments of the world to regulate it, will be increasingly concentrated at the head of companies such as Google or Facebook. This is essential for artificial intelligence algorithms to develop, because the food of recursive neural networks is data.
The third segmenter will be the cultural, religious and ideological barriers, which will make people in many places not encouraged to put on prostheses that turn them into cyborgs, or limit that possibility to a caste, or a gender, while others enjoy playing games. be God.
The fourth segmenter will be the institutions that in many cases catalyze the changes, but that, in other cases, as occurs with some co-opted unions, or political parties from feudal regions, will stop them from maintaining their privileges, postponing the massive access of a good part of the population to the world of singularity.
These last two factors can also contribute to the development of resistance movements in the sense posed by science fiction films; Terrorist groups that attack the symbols of technological disruption, not necessarily with the use of physical violence, but for example by institutionally blocking changes, or building systems of symbolic representation of values incompatible with the advance of artificial intelligence.

It is a tremendously uneven world, with eerie contrasts; It is not the end of homo sapiens as Harari thought, but its fall from the center of the system, which will become governed by data. But that preponderance doesn’t end ideology, religions, or politics either, because any artificial intelligence that didn’t have the ability to lie would fail the Turing test of natural selection and would end up being dominated by those capable of deceiving.

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