Los Once — Pierre Michon / The Eleven (Les Onze) by Pierre Michon

¿Los ve, caballero? A los once, a todos ellos, de izquierda a derecha: Billaud, Carnot, Prieur, Prieur, Couthon, Robespierre, Collot, Barère, Lindet, Saint-Just, Saint-André. Invariables y erguidos. Los Comisarios. El Gran Comité del Gran Terror. Cuatro metros coma treinta por tres, algo menos de tres. El cuadro de ventoso. El cuadro tan improbable, que tenía cuanto era preciso para no ser, que fácilmente habría podido, habría debido, no ser, tanto que quien se queda a pie firme delante de él se echa a temblar por si no hubiera sido y calibra la suerte extraordinaria de la Historia y de la de Corentin. Temblamos como si fuéramos nosotros quienes estuviéramos en el bolsillo de la suerte. El cuadro, que pintó la mano de la Providencia, tal y como hubieran dicho cien años antes, tal y como lo decía también Robespierre en casa de su patrona, la señora Duplay, como si hubiera estado en Port-Royal. El cuadro hecho de hombres en aquella época en que los cuadros estaban hechos de Virtudes. El sencillísimo cuadro sin sombra de complicación abstracta alguna. El cuadro que encargaron en un arrebato, y quizá borrachos, los exaltados de la Casa de la Villa, la Comuna, los feroces hijos de altas picas, los tribunos lemosines, el cuadro, que Robespierre no quería por nada del mundo, que tampoco querían los otros, que no querían quizá diez de once (¿Somos acaso unos tiranos para que idolatren nuestras Imágenes en el aborrecido palacio de los tiranos?), pero que se encargó y se pagó y se hizo.

Más de 200 años después de su creación, un narrador anónimo se encuentra junto a su sujeto sin voz en el Louvre mientras estudian Los once, «la pintura más famosa del mundo». Creado por François-Élie Corentin en 1794, la pintura retrata a los once miembros del Comité de Seguridad Pública dirigido por Robespierre, mientras están parados alrededor de una mesa llena de hogazas de pan de cuatro libras y vino Clamart. El historiador francés Michelet describió la pintura como una «última cena secular» en su obra de 1852 Historia de la Revolución Francesa, y su descripción de 12 páginas de Los Once en su libro se ha mantenido como la interpretación definitiva de la obra maestra desde entonces.
El narrador de esta novela discute la pintura con su tema y afirma que hay mucho más en su creación que la descripción defectuosa de Michelet. Describe brevemente la vida de Corentin, quien creció en la ciudad fluvial de Combleux y floreció bajo la devoción eterna de su madre y su abuela; su padre, un poeta fracasado; y el motivo del encargo de la pintura durante el Reinado del Terror que siguió a la Revolución Francesa. El Terror, que duró de 1793 a 1794, fue una época en la que una lucha de poder entre Robespierre, Danton y Hébert llevó a la ejecución de decenas de miles de ciudadanos franceses considerados enemigos de la Revolución. El narrador describe las acciones y motivaciones de los once miembros del Comité de Seguridad Pública y retrata la difícil posición en la que se encontraban muchos partidarios de sus principales miembros.
Los Once, que se publicó originalmente como Les Onze y ganó el prestigioso Grand Prix du roman de l’Académie française en 2009, es una novela corta deliberada y no lineal, que fue una lectura tediosa a veces pero que finalmente se convirtió en una historia interesante y valiosa en su final.
Los Once, pintada por el Tiépolo del Terror, François-Elie Corentin. Pero no se preocupen, ya que Pierre Michon presenta en esta novela un análisis sobre aquella pintura tan olvidada por los críticos y académicos, que encierra un gran secreto sobre la historia de la Revolución Francesa. Sin olvidar también la vida de su autor, su árbol genealógico, y el momento clave en que la pintura fue encargada.
¡Pero lo sorprendente es que todo eso que menciona Michon NO EXISTE! Entonces, ¿qué acabo de leer? ¿Por qué pasé veinte páginas leyendo la descripción de un cuadro ficticio –que sorprendentemente parece real, y rememora a La ronda de noche de Rembrandt–, y un autor que presuntamente ayudó al verdadero Tiépolo a pintar el fresco más grande del mundo?
Porque Michon es un genio perverso, que –haciendo uso de un lenguaje digno del periodo al que se refiere– lleva de la mano al lector sobre un momento que SÍ existió, refiriéndose a personas que también fueron reales, pero que fueron plasmadas por la eternidad por alguien que es un mero invento del autor, quien también decidió crearse una obra de arte que puede ser admirada en el Louvre, si se pasa de alto a aquel cuadro de la mujer sonriente.

Puso la figura de su padre bajo la forma de los once asesinos del rey, del Padre de la nación, los once parricidas, como llamaban a la sazón a los asesinos de reyes.
Fíjese en cómo cambian los reflejos en el cristal cuando uno cambia algo de sitio. Con qué claridad veo la levita negra de Couthon, de pronto, en su silla de oro ácido. No, oro no, azufre, el oro es para Saint-Just. Y, si doy un par de pasos, qué lujo en los flecos españoles de la faja tricolor del representante Saint-André, en el otro extremo. Dos pasos más y todo está oscuro. ¿Qué miran ahí debajo, caballero? ¿Qué revancha? ¿Qué derrota?.
Los Once, mucho antes del gran cuadro de sombra en donde la claridad, pieza por pieza, está enterrada; mucho antes de que el oro, el azufre, el azul, el blanco, el rojo de los colores trinos de la República una e indivisible bailasen en lo negro, se alzasen sosegadamente contra el fondo de la noche. En Combleux es de día. Están el río, el cielo, el verano. Falta mucho para ventoso. Es a Combleux adonde hay que volver para ver bien al niño; y para ver bien a las dos mujeres, con amplias faldas claras, que se doblegan apasionadamente hacia él.
¿Ya está usted donde debe? ¿Nota bien el exceso de deseo y la escasez de justicia? ¿Lleva pegada a la piel la máscara del amor? ¿Es Sade y Jean-Jacques Rousseau? Bien está, podemos volver al cuadro. Podemos volvernos de nuevo hacia Los Once.
Once lemosines, ¿estamos? Once lemosines de pro. Once barones de pro, en pie y mirando entrar a su madre, caballero, joven y desnuda, en la sala baja de un palacio del marqués de Sade. Once rubitos cortando cabezas, es decir, tajando en las faldas de sus madres.

¿Sabes pintar dioses y héroes, ciudadano pintor? Lo que te pedimos es una asamblea de héroes. Píntalos como a dioses o como a monstruos, o incluso como a hombres, si te lo pide el cuerpo. Pinta el Gran Comité del año II. El Comité de Salvación Pública. Conviértelos en lo que quieras: santos, tiranos, ladrones, príncipes. Pero ponlos todos juntos, en una propicia sesión fraterna, como a hermanos.
De este encargo, caballero, lleva todo el mundo dos siglos agobiándose para entender el porqué. Es un encargo político, eso es evidente; caigamos pues así de bajo por un instante y hablemos de política. Vamos a poner en marcha otra vez ese viejo teatro de sombras.
Los tres partidos, pues, por llamarlos así, la trinidad, una trinidad desmembrada, con sus tres grandes papeles: Robespierre que era en persona los Derechos del Hombre; Danton que era el más cansado, que ya había dejado de disputarle ese título, que hacía como que iba más despacio, pero que se iba escurriendo, con toda su mole desbocada, hacia la cuchilla; Hébert y sus muchedumbres, los exagerados, populistas o bolcheviques, no lo sé ni lo quiero saber, que hemos adquirido la costumbre de considerar, con justicia o sin ella, la hez de la tierra, y que tenían aún la esperanza de pararle los pies a Robespierre. Esa trinidad es la estampa popular que conocemos; pero había una multitud de partidos diversos, no menos verdaderos pero sí menos espectaculares, que se injertaban en esa trinidad, y asumían el papel de esta o aquella hipóstasis en contra de las otras dos para salvar el poder o el pellejo, que, por entonces, era lo mismo. Entre esos clanes más difusos, estaban los clubes, los Jacobinos, que pertenecían a Robespierre; los Cordeleros, que pertenecían un día a Hébert y otro a Danton; estaban los periódicos, de los que sacaba Hébert la parte más indiscutible de su poder, de la misma forma que lo hizo antes Marat en vida. También las clases sociales eran partidos, como quien dice; los aristócratas que quedaban, escondidos o activos; la alta burguesía y la baja; el proletariado, es decir, los lemosines; y a toda esa gente la llevaba el viento de un partido a otro; y, por encima de todo y de propina, tirando para todos lados y desnortando a todo el mundo, el otro orbe lemosín, la madre de los monstruos, las jaurías de la desdicha, las arpías de ambos sexos, el aceite en el fuego, la sal en la llama; las jaurías quejumbrosas y asesinas de la plebe eterna, ladrando; y con esos ladridos nadie oía ya nada.
Qué relación tiene esto con el cuadro? La siguiente, para empezar: esos «partidos», caballero, eso a lo que he llamado partidos, en aquella temporada de crescendo teatral, de escalada maximalista en la que todos alzaban la voz sólo para distinguirse de la voz del otro, para taparla y, en último término, para arrojarla al cesto junto con la cabeza que la emitía, los partidos, decía, no eran ya sino papeles teatrales. Ya no se trataba de opiniones, sino de teatro; es algo que sucede con frecuencia en política; y sucede siempre, en pintura, cuando ésta representa la política con la forma muy sencilla de hombres, pues las opiniones no se pintan y los papeles, sí.

Volvamos a empezar de izquierda a derecha: Billaud, Carnot, Prieur, Prieur, Couthon, Robespierre, Collot, Barère, Lindet, Saint-Just, Saint-André. Los comisarios. Billaud, la levita de pequín y las botas; Carnot, la hopalanda, la levita de pequín y las botas; Prieur de Cóte-d’Or a la nación, con el plumero en la cabeza; Prieur de Marne, a la nación, con el plumero encima de la mesa; Couthon, la levita de pequín y los inútiles zapatos de hebilla en los pies de paralítico, sentado en la silla de azufre; Robespierre, la levita de pequín y los zapatos de hebilla; Collot, la hopalanda, la levita de pequín y las botas, sin corbata; Barère, la levita de pequín y los zapatos de hebilla; Lindet, la levita de pequín y los zapatos de hebilla; Saint-Just, la levita de oro; Jean Bon Saint-André, a la nación, con el plumero en la mano.

El título, puesto a posteriori, es aproximativo, el cuadro está apenas esbozado, hay zonas grandes en blanco porque Géricault lo pintó cuando ya llevaba la muerte al hombro. Pero se ajusta en todo a cuanto he dicho.
No podía ser de otra forma.
Y es que, caballero, el esbozo de Géricault no tiene más valor que el de haberle valido de inspiración a Su Señoría el A posteriori en persona, Michelet, Jules Michelet por citar su nombre completo en el registro civil, esas doce páginas definitivas que se refieren a Los Once, que establecen a Los Once y los colocan en pie ante la tradición historiográfica por los siglos de los siglos.
Michelet aborrece ese cuadro tanto como lo admira, porque es una sagrada cena falsificada, y no la falsifica la ausencia de Cristo, que poco le importaba a Michelet e incluso que lo tenía encantado, no, falsificada porque el alma colectiva que en él se ve no es el Pueblo, el alma inefable de 1789, es la vuelta del tirano global que se hace pasar por el pueblo. No once apóstoles, once papas.
Y las potestades en la lengua de Michelet se llaman la Historia.

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Do you see them, sir? At eleven, all of them, from left to right: Billaud, Carnot, Prieur, Prieur, Couthon, Robespierre, Collot, Barère, Lindet, Saint-Just, Saint-André. Invariable and upright. The Commissioners. The Great Committee of the Great Terror. Four meters point thirty three, something less than three. The windy box. The painting so improbable, that it had everything necessary not to be, that it could easily have been, it should have, not to be, so much so that whoever stands firm in front of it starts to tremble if it had not been and calibrates the extraordinary luck of History and that of Corentin. We tremble as if we were the ones who were in the pocket of luck. The painting, which he painted the hand of Providence, as they would have said a hundred years before, as Robespierre also said at the home of his landlady, Madame Duplay, as if she had been in Port-Royal. The painting made of men at that time when paintings were made of Virtues. The very simple painting without shadow of any abstract complication. The painting that they commissioned in a fit, and perhaps drunk, the exalted of the House of the Villa, the Commune, the fierce sons of high pikes, the Limousin tribunes, the painting, that Robespierre did not want for the world, that they did not want either. the others, who did not want perhaps ten out of eleven (Are we perhaps tyrants to idolize our Images in the hated palace of tyrants?), but who was commissioned and paid for and done.

More than 200 years after its creation, an unnamed narrator stands alongside his voiceless subject in the Louvre as they study The Eleven, «the world’s most famous painting». Created by François-Élie Corentin in 1794, the painting portrays the eleven members of the Committee for Public Safety led by Robespierre, as they stand around a table filled with four-pound loaves of bread and Clamart wine. The French historian Michelet described the painting as a «secular last supper» in his 1852 work History of the French Revolution, and his 12 page description of The Eleven in his book has stood as the definitive interpretation of the masterpiece since then.
The narrator of this novel discusses the painting with his subject, and claims that there is much more to its creation than Michelet’s flawed description of it. He briefly describes the life of Corentin, who grew up the river town of Combleux and flourished under the undying devotion of his mother and grandmother; his father, a failed poet; and the reason for the painting’s commission during the Reign of Terror which followed the French Revolution. The Terror, which lasted from 1793-94, was a time in which a power struggle between Robespierre, Danton and Hébert led to the execution of tens of thousands of French citizens deemed enemies of the Revolution. The narrator describes the actions and motivations of the eleven members of the Committee for Public Safety, and portrays the difficult position that many supporters of its leading members found themselves in.
The Eleven which was originally published as Les Onze and won the prestigious Grand Prix du roman de l’Académie française in 2009, is a deliberate and nonlinear short novel, which was a tedious read at times but ultimately gelled into an interesting and worthwhile story at its end.
The Eleven, painted by the Tiepole of Terror, François-Elie Corentin. But do not worry, since Pierre Michon presents in this novel an analysis of that painting so forgotten by critics and academics, which contains a great secret about the history of the French Revolution. Without also forgetting the life of its author, his family tree, and the key moment in which the painting was commissioned.
But the surprising thing is that all that Michon mentions DOES NOT EXIST! So what did I just read? Why did I spend twenty pages reading the description of a fictional painting – surprisingly real, reminiscent of Rembrandt’s The Night Watch – and an author who allegedly helped the real Tiepolo paint the world’s largest fresco?
Because Michon is a perverse genius, who – using language worthy of the period to which he refers – leads the reader by the hand of a moment that DID exist, referring to people who were also real, but who were shaped for eternity by someone who is a mere invention of the author, who also decided to create a work of art that can be admired in the Louvre, if that painting of the smiling woman is overlooked.

He put the figure of his father in the form of the eleven assassins of the king, the Father of the nation, the eleven parricides, as the killers of kings were called at that time.
Notice how the reflections on the glass change when you move something. How clearly I see Couthon’s black frock coat, suddenly, in his acid gold chair. No, not gold, sulfur, gold is for Saint-Just. And, if I take a couple of steps, what a luxury in the Spanish fringes of the tricolor sash of Representative Saint-André, at the other end. Two more steps and everything is dark. What are you looking at under there, gentleman? What revenge? What defeat?
Los Eleven, long before the great shadow painting where clarity, piece by piece, is buried; long before the gold, the sulfur, the blue, the white, the red of the trill colors of the one and indivisible Republic danced in the black, rose peacefully against the background of the night. In Combleux it is daytime. There is the river, the sky, the summer. There is a long way to go to windy. It is to Combleux that you have to go back to see your child well; and to get a good look at the two women, in wide pale skirts, who bow passionately towards him.
Are you already where you should? Do you feel well the excess of desire and the lack of justice? Does the mask of love stick to your skin? Is it Sade and Jean-Jacques Rousseau? Okay, we can go back to the painting. We can turn back to Los Eleven.
Eleven Limousines, are we? Eleven Limousines of pro. Eleven pro barons, standing and watching his mother, a young and naked knight, enter the lower room of a palace of the Marquis de Sade. Eleven little blondes cutting heads, that is, cutting into their mothers’ skirts.

Can you paint gods and heroes, a painter citizen? What we ask of you is an assembly of heroes. Paint them like gods or like monsters, or even like men, if your body asks you to. Paint the Great Committee of the year II. The Public Safety Committee. Make them whatever you want: saints, tyrants, thieves, princes. But put them all together, in a propitious fraternal session, like brothers.
The whole world has been straining for this commission for two centuries to understand why. It is a political commission, that is evident; So let’s drop that low for a moment and talk about politics. We are going to start that old shadow theater again.
The three parties, then, to call them that, the trinity, a dismembered trinity, with its three great roles: Robespierre who was in person the Rights of Man; Danton, who was the most tired, who had already stopped challenging him for that title, who was pretending to be slowing down, but was slipping, with all his unbridled bulk, towards the blade; Hébert and his crowds, the exaggerated, populists or Bolsheviks, I do not know or want to know, that we have acquired the habit of considering, with justice or without it, the dregs of the earth, and that they still hoped to stop him. to Robespierre. That trinity is the popular stamp that we know; But there were a multitude of diverse parties, no less true but less spectacular, that grafted themselves into that trinity, and assumed the role of this or that hypostasis against the other two to save power or skin, which, at that time , it was the same. Among those more diffuse clans were the clubs, the Jacobins, which belonged to Robespierre; the Rope Makers, who once belonged to Hébert and another to Danton; there were the newspapers, from which Hébert drew the most indisputable part of his power, in the same way that Marat did before in life. The social classes were also parties, as one might say; the aristocrats who remained, hidden or active; the upper and lower bourgeoisie; the proletariat, that is, the Limousines; and all those people were carried by the wind from one party to another; and, above all and as a tip, pulling everywhere and distracting everyone, the other Limousin orb, the mother of monsters, the packs of misery, the harpies of both sexes, the oil in the fire, the salt in the flame; the complaining and murderous packs of the eternal mob, barking; and with those barks no one heard anything anymore.
How does this relate to the painting? The next one, to begin with: those «parties», gentleman, what I have called parties, in that season of theatrical crescendo, of maximalist escalation in which everyone raised their voices only to distinguish themselves from the voice of the other, to cover it up and Ultimately, to throw it into the basket together with the head that emitted it, the games, he said, were no longer but theatrical roles. It was no longer about opinions, but about theater; it is something that happens frequently in politics; and it always happens, in painting, when it represents politics with the very simple form of men, since opinions are not painted and papers, yes.

Let’s start over from left to right: Billaud, Carnot, Prieur, Prieur, Couthon, Robespierre, Collot, Barère, Lindet, Saint-Just, Saint-André. The commissioners. Billaud, the Peking frock coat and boots; Carnot, the holland, the Peking frock coat and the boots; Prieur de Cóte-d’Or to the nation, with the feather duster on his head; Prieur de Marne, to the nation, with the feather duster on the table; Couthon, the Peking frock coat and the useless buckled shoes on the feet of the paralytic, sitting on the sulfur chair; Robespierre, the Peking frock coat and the buckled shoes; Collot, the holland, the Peking frock coat and the boots, without a tie; Barère, the Peking frock coat and the buckle shoes; Lindet, the Peking frock coat and the buckled shoes; Saint-Just, the golden frock coat; Jean Bon Saint-André, to the nation, with duster in hand.

The title, put a posteriori, is approximate, the painting is barely sketched, there are large blank areas because Géricault painted it when he was already carrying death on his shoulder. But it conforms in everything to what I have said.
It could not be otherwise.
And it is that, gentleman, the outline of Géricault has no more value than that of having served as inspiration to Your Honor the A posteriori in person, Michelet, Jules Michelet for citing his full name in the civil registry, those twelve definitive pages that are they refer to Los Once, which establishes Los Once and places them before the historiographic tradition forever and ever.
Michelet hates that painting as much as he admires it, because it is a falsified sacred supper, and it is not falsified by the absence of Christ, which Michelet cared little about and even enchanted, no, falsified because the collective soul that is seen in it It is not the People, the ineffable soul of 1789, it is the return of the global tyrant who masquerades as the people. Not eleven apostles, eleven popes.
And the powers in Michelet’s language are called History.

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