Comerse A Buda: Vida Y Muerte Del Pueblo Tibetano A Manos Del Imperio Chino — Barbara Demick / Eat the Buddha: Life and Death in a Tibetan Town by Barbara Demick

El Tíbet tuvo fama durante siglos de ser un reino hermético. Sus encantos estaban ocultos por la barrera natural del Himalaya y una teocracia aislacionista presidida por una sucesión de dalái lamas, de cada uno de los cuales se creía que era la reencarnación de su predecesor. En la literatura sobre el Tíbet de los siglos XIX y XX abundan las historias de extranjeros que se introdujeron en el país disfrazados de monje o eremita.
Hoy en día no son los tibetanos quienen tienen cerrada la región, sino el Partido Comunista Chino. China, que lleva gobernando el Tíbet desde 1950, es muy reacia a permitir la entrada de visitantes extranjeros. Hay en Lhasa un aeropuerto con cajeros automáticos y un Burger King: la ciudad otrora sagrada se ha convertido en una atracción turística para el disfrute casi exclusivo de los chinos. Los extranjeros necesitan un permiso de viaje especial para visitar lo que China llama la Región Autónoma del Tíbet. Es raro que se les conceda este visado a estudiosos, diplomáticos, periodistas y cualquier otra persona con tendencia a hacer preguntas incómodas. Todo aquel que disponga de un visado chino puede en teoría acceder a los confines orientales de la meseta tibetana, que corresponden a las provincias de Sichuan, Qinghai, Gansu y Yunna; pero a los extranjeros se les suele rechazar en los puestos de control y prohibir registrarse en hoteles.
Apenas la mitad de la meseta tibetana corresponde a lo que el Gobierno chino denomina la Región Autónoma del Tíbet por razones históricas que explicaré más adelante. Sin embargo, la mayoría de los tibetanos viven en ciertas partes de las provincias de Sichuan, Qinghai y Yunnan que, pese a estar fuera de la región conocida oficialmente como el Tíbet, no dejan de ser tibetanas. De estos confines orientales de la meseta, que en los últimos decenios se han convertido en el corazón del Tíbet, proviene un buen número de los músicos, directores de cine, escritores y activistas tibetanos más famosos, así como de los lamas, entre ellos el dalái lama actual.
Ngawa está en la provincia de Sichuan, más o menos en el punto en que la meseta tibetana se encuentra con el territorio de China, lo que la convierte en un lugar estratégico. Para llegar allí normalmente hay que pasar por la capital de la provincia, Chengdu, una de las nuevas megaciudades chinas.
Ngawa está situada a más de tres mil metros de altitud, aunque a simple vista no lo parece, porque el terreno es bastante llano. El centro de la ciudad es una pequeña cinta de edificios que corta la pradera. La carretera principal, que figura como Ruta 302 en los mapas, atraviesa la ciudad: se puede ir de un extremo a otro en apenas un cuarto de hora. En 2013 se instaló el primer semáforo. Ngawa se encuentra en una zona rural, por lo que no es raro ver hombres a caballo. Hoy en día, sin embargo, los vecinos suelen desplazarse en motocicleta o pedicab. La mayoría de la gente mayor y algunos jóvenes llevan la vestidura típica tibetana, la chuba, con un trozo de tela a modo de cinturón; pero muchos optan por un equilibrio entre lo tradicional y lo práctico poniéndose un sombrero de cowboy y una cazadora abultada de piel de carnero o plumón. Las mujeres suelen llevar faldas largas.
En ambos extremos de Ngawa se alzan sendos monasterios budistas, templos con cubiertas doradas que reflejan la luz del sol y pintados de bermellón y amarillo oscuro. Estos colores, reservados para edificios monásticos, contrastan con la monotonía del paisaje.

Comerse a Buda: Vida Y Muerte del pueblo tibetano es un relato a cerca del pueblo tibetano contado a través de las historias de varias personas. Comenzando con una breve historia del Tíbet hasta la invasión china en 1950, la periodista Barbara Demick luego profundiza en la vida de los tibetanos comunes durante la ocupación china.
Lo que sigue es devastador, ya que aprendemos cómo los chinos tomaron el control de las vidas de los tibetanos, buscando borrar su cultura y religión únicas.
La autora cuenta las historias personales de varios tibetanos. Ella nos lleva al interior de sus vidas, retratando la riqueza de la cultura tibetana y el espíritu indomable del pueblo tibetano.
Si bien encontré este libro semi-interesante, a veces me pareció rígido y repetitivo a veces. Estaba intrigado al principio, especialmente leyendo sobre la infancia de la princesa Gonpo, hija de un ‘gyalpo’ local, «rey» en tibetano.
Al principio también disfruté de las historias de algunos de los otros, pero todos parecieron fusionarse después de un tiempo.
Los capítulos comienzan con fotografías de personas y lugares, y esta fue quizás mi parte favorita del libro.
No me gustó que muchas de las páginas estuvieran dedicadas a describir la autoinmolación y hablar de aquellos que realizaron este acto impactante. Es horrible y muestra cuán desesperados están algunos tibetanos por la libertad y el regreso del Dalai Lama del exilio. Por importante que sea, creo que se podría haber escrito mucho menos al respecto. Una vez mencionado, la autora vuelve al tema muchas veces. Por un lado, creo que es fundamental recordar a estas personas; por el otro, un capítulo hubiera bastado sin más menciones.
Por ejemplo, la palabra «inmolación» se usa 62 veces en el libro, sin incluir notas, y hay 275 páginas de texto, sin incluir las secciones de notas y glosario. Las palabras «inmolar» e «inmolador» se utilizan 19 veces cada una.
Me alegro de haber leído este libro porque aprendí más sobre el Tíbet.
Ngaba, una ciudad con 70.000 habitantes, es pequeña para los estándares de China. El primer semáforo se instaló en la década de 2010. Demick, jefa de la oficina de Los Angeles Times, ha realizado tres visitas distintas, ocultando su rostro para hacer sus entrevistas. Debe recurrir a esto porque la llamada Región Autónoma del Tíbet está casi totalmente prohibida para los periodistas extranjeros, pero al menos es posible visitar una ciudad de mayoría tibetana en una ‘Prefectura Autónoma’ en Sichuan.
Su libro se convirtió en una historia de la ciudad y un examen detenido de las relaciones entre el Partido Comunista Chino y el Tíbet. El primer encuentro fue en circunstancias extremas y difíciles. A principios de la década de 1930, las fuerzas comunistas estaban huyendo de los nacionalistas bajo Chiang Kai-Shek. Los comunistas casi se mueren de hambre. Hirvieron y se comieron la piel de los tambores. Se comieron las estatuas de ofrendas al Buda, algunas hechas de cera y mantequilla. Este acto de total sacrilegio fue el inicio de una relación volátil y desconfiada.
Lo que impide que este libro sea una historia más, una repetición más del sangriento catálogo de la opresión, es el detalle en los recuerdos de esas entrevistas de tibetanos por Demick. Una anciana recuerda haber visto un automóvil chino por primera vez cuando era una niña. Ella pensó que era un animal y trató de alimentarlo con pasto. Hubo momentos de cautelosa confianza y apertura, pero estos se ven interrumpidos por períodos de intenso sufrimiento y terror.
Los que se autoinmolan hoy no fueron los primeros en protestar contra el dominio chino. En 1958, un año tan malo que simplemente se lo conoce como ’58’ en tibetano o ‘el momento en que la tierra y el cielo cambiaron de lugar’, los nómadas se vieron obligados a vivir de forma cooperativa y sus rebaños de animales fueron confiscados. Esto fue parte del vasto experimento fallido de industrialización conocido como el Gran Salto Adelante. Los tibetanos más nómadas dependían por completo de esos animales para todo, por lo que se vieron forzados a la pobreza total. Murieron muchos miles.
Ngaba hoy está algo alejado de eso en el pasado: las calles están más limpias, hay algunas comodidades. Parece más limpio y próspero que sus vecinos. Quizás algunos de los funcionarios locales del partido habían intentado invertir en él como compensación a los agravios locales. Las imágenes del Dalai Lama están prohibidas; debido a ello, a la autora le confiscaron un Libro de Lonely Planet. Los monasterios que fueron demolidos se han reconstruido, pero están bajo estricta vigilancia. Un hombre de negocios tibetano se lamenta de que ahora es más rico, pero todavía no es libre.
Cuando Demick habla con los lugareños, sus demandas parecen casi modestas: pasaportes para viajes al exterior y más educación en tibetano. Pero dado el trato aplastante a otros grupos en los últimos años y la política estatal de control forzado, eso parece poco probable. El secretario del Partido de Xinjiang, Chen Quanguo, desde 2016 en adelante, fue anteriormente secretario del Partido del Tíbet. Demick dice que el nivel de terror para los tibetanos aquí se hace eco de Corea del Norte, y ella puede salirse con la suya diciendo esto ya que ha entrevistado a suficientes norcoreanos para escribir un libro al respecto.
Esta es una historia desgarradora; los tibetanos ahora parecen ignorados por el resto del mundo, mientras que el partido-estado vigilaba cada una de sus palabras y pensamientos.

Ngawa también quería ser independiente de Lhasa. Los habitantes de la región no se consideraban súbditos del dalái lama, aunque le veneraban como líder espiritual. Peregrinaban a Lhasa, estudiaban en sus grandes monasterios y hacían negocios en la ciudad, donde tenían fama de ser comerciantes sagaces. Pertenecían al mismo grupo étnico que los demás tibetanos, con los que también compartían ciertas creencias y formas de vida. Tenían la misma lengua escrita (basada en un alfabeto procedente del norte de la India), aunque hablaban dialectos tan dispares que no se entendían los unos a los otros. Además se alimentaban, como ellos, principalmente de harina de cebada tostada al fuego: esta comida, conocida coma tsampa, era tan esencial para sobrevivir en la meseta que el término «tibetano» casi podía considerarse sinónimo de «persona que come tsampa». Con todo, los vecinos de Ngawa no eran súbditos del Gobierno de Lhasa ni observaban, por tanto, sus leyes.
En los primeros años del siglo XX, la caída de un imperio milenario como el chino dejó un peligroso vacío de poder. La República de China, fundada por Sun Yat-sen, apenas controlaba el territorio: la mayor parte del país estaba gobernado por diversas camarillas enfrentadas unas con otras. Fue el llamado periodo de los caudillos. En la década de 1930, el último emperador, el joven Puyi, expulsado de la Ciudad Prohibida cuando era niño, llevaba una vida disoluta en Manchukuo, el Estado títere que habían establecido los japoneses en el noreste de China. El resto del país estaba gobernado por el generalísimo Chiang Kai-shek. Este militar de talante pragmático había sucedido a Sun al frente del Kuomintang o Partido Nacionalista, y ahora se aferraba desesperadamente al poder mientras los japoneses invadían el país y un nuevo rival, el Partido Comunista Chino (que pronto dirigiría Mao Zedong), iba creciendo con rapidez y socavando su autoridad.
Los tibetanos de Ngawa apenas sabían nada de la política china. Estaban demasiado ocupados peleando con jefes tibetanos rivales para prestar atención a una guerra remota.
En cierto momento, los chinos descubrieron que, además de los tesoros de la civilización tibetana, los monasterios budistas contenían cosas comestibles: los tambores estaban hechos de pieles de animales que se podían comer después de hervirlas un buen rato. Los soldados conocían este método, porque ya se habían comido sus cinturones, sus zurrones, las correas de sus rifles y las riendas de sus caballos. También llegaron a comerse estatuillas hechas con mantequilla y harina de cebada, según cuentan unas memorias descubiertas por los estudiosos Jianglin Li y Matthew Akester, que han investigado a fondo este periodo.
Los tibetanos opusieron una resistencia feroz. La reina ordenó a mujeres y niños que se desplazaran a las montañas y reclutó a los hombres sanos para el combate. Los budistas ortodoxos, a los que repugna la matanza de animales, y que a menudo rezan por la mosca que se ahoga en su sopa, saben, sin embargo, pelear con fiereza cuando se les ataca. Pero a los tibetanos siempre les ha costado formar un ejército, porque la suya es una sociedad tradicional en la que el veinte por ciento de los varones son monjes, y estos religiosos se han propuesto cultivar el lado compasivo del carácter tibetano. La reina decretó que no se podían hacer excepciones: «Si luchamos no será solo por nuestro país, sino también por nuestra religión», les dijo a sus súbditos, según contaría más tarde un anciano tibetano.
Pertrechados de lanzas, fusiles de chispa y mosquetes, así como de amuletos para protegerse de las balas, los tibetanos combatieron con tenacidad en su territorio y al principio obtuvieron varias victorias. Frenaron el avance del Ejército Rojo cerca del monasterio Tsenyi…

A finales de 1936 abandonaron la meseta tibetana los últimos soldados que quedaban del Ejército Rojo. Muchos se desplazaron a Yan’an, donde se encontraba Mao, que había consolidado su poder en el Partido Comunista. En China continuaba la guerra civil, aunque de manera intermitente. Por lo demás, el devastador avance de los japoneses por el este del país y la matanza de cientos de miles de chinos en Nankín parecían de mayor trascendencia. En medio de la Segunda Guerra Mundial, los tibetanos tenían la esperanza de que las grandes potencias estuviesen por una vez demasiado ocupadas en otras partes del mundo para hostigarlos.
La propaganda comunista describiría más tarde la vida en el Tíbet precomunista como una especie de infierno feudal en el que los señores infligían torturas atroces a los siervos: fue este uno de los pretextos utilizados para conquistar la región. Carlson, sin embargo, observó una sociedad bien distinta: «En Ngawa estaba la gente corriente —recordaría más tarde en una entrevista—, y luego estaba la familia real, con la que tenía una buena relación. Pero yo no diría que en esa parte del Tíbet hubiese diferencias sociales muy claras: los estudiosos por un lado y la gente común por otro; la clase alta y la clase baja. Uno tenía la impresión de que existía igualdad».
El reino tenía lo que hoy se llamaría un sistema tributario progresivo. La población estaba dividida en cinco categorías según su nivel de riqueza. Una familia muy rica, por ejemplo, tenía que proporcionar al ejército del rey tres caballos, dos pistolas y trescientos cartuchos; y una pobre, un caballo y una lanza.
El rey fue sumiso hasta el final, cumpliendo todas las órdenes del Partido Comunista, sirviendo en sus comités y asambleas y asistiendo a sus reuniones. En el verano de 1958, cuando Gonpo, su madre y su hermana lloraban la muerte de su tío, convocaron al monarca para una reunión en Barkham, capital de la prefectura: una reunión urgente, según dijeron. Esta era la artimaña a la que solía recurrir el Partido para deponer a quienes le estorbaban. Estando el rey de viaje, el ejército se apoderó de su palacio y expulsó a su familia de Ngawa. El Partido Comunista ya se había desembarazado de los gobernantes de la meseta y podía hacer lo que quisiera con sus antiguos súbditos. Los tibetanos iban a ser tratados con aún mayor brutalidad que antes.

Los tibetanos no fueron las únicas víctimas del régimen comunista. Entre 1958 y 1962, el periodo del Gran Salto Adelante, se calcula que murieron treinta y seis millones de chinos. Este número lo hace equiparable a las mayores tragedias de un siglo atroz.
Los tibetanos, sin embargo, sufrieron aún más que los chinos de etnia han. Los desafueros comunistas empezaron antes y duraron más. En el periodo del Gran Salto Adelante, la hambruna fue la principal causa de muerte entre los chinos. Es verdad que muchos murieron en las sesiones de lucha, pero el número de arrestos preventivos no se puede comparar con el que se dio en el caso tibetano. En ciertas zonas del Tíbet fue detenido hasta el 20% de los habitantes, y de ellos, según las crónicas tibetanas, murió la mitad. Algunas prisiones eran poco más que fosos donde se apiñaban cientos de personas.
Los tibetanos hablan a menudo de «cuando los chinos invadieron»… pero los chinos les corrigen señalando que esa zona oriental de la meseta había formado parte de la China gobernada por la dinastía Qing desde principios del siglo XVIII. Sin embargo, los emperadores Qing eran manchúes, y este pueblo norteño, budista tibetano. En cambio, los chinos de etnia han eran casi unos desconocidos. ¿Y qué más da?, objetará uno. Cuando alguien que habla una lengua distinta a la tuya llega a tu pueblo, se apropia de tu casa, tu ropa, tus zapatos y tu comida, destruye lo que tienes por más sagrado, encarcela a los jóvenes de tu familia y mata a tiros a quienes resisten, tienes la sensación de sufrir una invasión aunque ese alguien sea conciudadano tuyo. Los tibetanos no están hablando de vidriosos conceptos de derecho internacional ni analizando la definición de soberanía, sino simplemente contando lo que vivieron.
En ese periodo se calcula que murieron 300.000 tibetanos, un número mayor que el de chinos que perecieron en la masacre perpetrada por las fuerzas de ocupación japonesas en Nankín, y por la que el Gobierno chino ha exigido a Japón que pida perdón repetidamente. En cambio, y exceptuando la postura que adoptó en 1980 Hu Yaobang, el gobernante más liberal que ha tenido China, las autoridades de este país nunca han sentido la necesidad de pedir perdón por lo ocurrido en el Tíbet, y aún hoy siguen fabricando un alud de propaganda para convencer al mundo de la suerte que tienen los tibetanos de vivir bajo el benéfico Gobierno del Partido Comunista.
En la década de 1950, Mao aún confiaba en ganar el apoyo del dalái lama, cuya popularidad, según creía, induciría a otros tibetanos a abrazar voluntariamente el comunismo. Si bien el Partido respetaba más o menos el Acuerdo de los Diecisiete Puntos, postergando los cambios radicales que deseaba introducir en el centro del Tíbet, se le estaba acabando la paciencia. Algunos miembros del ala dura del Partido consideraban que Mao estaba yendo demasiado despacio y debía olvidarse del dalái lama y buscar el respaldo del panchen lama, que había simpatizado con el comunismo desde el principio. Las tensiones internas se vieron agravadas por las acciones de las guerrillas de la provincia de Sichuan. El Gobierno chino exigió al dalái lama que enviara tropas tibetanas a la zona para atajar la sublevación: Tenzin Gyatso respondió advirtiendo que lo más probable era que sus soldados desertaran y se unieran a los guerrilleros.
A principios de 1959 habían llegado al centro del Tíbet desde el este unos 50.000 refugiados, que establecieron ciudades campamento en los alrededores de Lhasa.

Los dirigentes de Ciudad Roja que sobrevivieron a la rebelión fueron, sin embargo, castigados con dureza. De los cuatro dirigentes máximos, uno murió y dos (Alak Jigme Samten y Gabe Yonten Gyatso) fueron ajusticiados. Al hermano de Louri, Hongcheng Tashi, le conmutaron la pena capital por sus vínculos con notables de Chengdu, pero le condenaron a catorce años de cárcel. Fueron detenidas unas 30.000 personas. Delek fue interrogado durante tres meses en las dependencias administrativas de la ciudad. Casi todas las familias tibetanas que vivían en un radio de ciento cincuenta kilómetros alrededor de Ngawa tenían por lo menos un miembro en prisión. La rebelión, una de las más importantes que estallaron en el Tíbet en el periodo de la Revolución Cultural, dio a Ngawa fama de ciudad levantisca.
La insurrección acabó fracasando, pero, durante seis meses, los tibetanos criaron su propio ganado y practicaron libremente su religión en los monasterios, recitando oraciones y celebrando ritos. Los monjes llevaron sus hábitos. Los tibetanos alcanzaron a paladear la libertad, y su recuerdo sería difícil borrarlo.
En 1976, cuando murió Mao, Ngawa era una ciudad fantasma, un lugar tétrico y silencioso. Los veinticinco años de dominación comunista habían destruido más de lo que habían creado. No quedaban más que casuchas achaparradas de un color parduzco que las hacía casi indistinguibles de la tierra sobre la que se levantaban. El Gobierno había decidido imponer su idea de orden a la ciudad construyendo una nueva carretera que atravesaría el centro en línea recta (y que se acabaría llamando Ruta 302), pero aún no había tendido el asfalto. Las calles estaban llenas de polvo y barro. Las cunetas recogían las aguas de lluvia y los desperdicios y excrementos humanos.
Derruidos los monasterios, apenas quedaba nada que aliviara la grisura del paisaje o recreara la mirada. El mercado que había patrocinado el rey y que había convertido Ngawa en una ciudad atractiva para los negociantes había desaparecido hacía tiempo. No se veían comercios privados ni vendedores ambulantes: el Partido Comunista había prohibido la actividad comercial por juzgarla contraria a los preceptos del comunismo. El único negocio que había sobrevivido a la Revolución Cultural era una tienda que vendía herramientas agrícolas.

Era 1989, un año fatídico: faltaban apenas unos meses para que se produjera la masacre de Tiananmén y terminara bruscamente la era de la tolerancia. Las medidas represivas alcanzaron a todo el país, desde Pekín hasta Ngawa y Lhasa. Fue el deprimente final de la década de 1980, una época relativamente feliz para China. En enero de 1989, el panchen lama se desplomó y murió de un aparente ataque cardíaco. Gonpo no llegó a hablar en tibetano con él. La reencarnación del lama suscitó un conflicto que agriaría aún más las relaciones entre el pueblo tibetano y el Partido Comunista. Gonpo y su hija consiguieron llegar a Dharamsala y entrevistarse con el dalái lama, que obtendría el premio Nobel de la Paz ese mismo año. Pero el clima político la disuadió de volver a Nankín. Estaba de nuevo exiliada.
A las escuelas monásticas se las suele criticar por lo anticuado de sus métodos. Los alumnos tienen que aprender las cosas de memoria, y, cuando se les cierran los ojos por el aburrimiento, el maestro les azota con una vara. Kirti, sin embargo, parecía más bien un internado de élite. En la escuela, inaugurada en 1994, se enseñaban matemáticas y ciencias, además de las asignaturas tradicionales, como filosofía budista y lengua tibetana. Disgustado por las deficiencias de la educación que había recibido como joven monje, el dalái lama había urgido a los monasterios tibetanos a ofrecer un currículo más moderno. Había muchos escritores, cineastas y estudiosos tibetanos que se habían educado en monasterios. De Kirti habían salido figuras tan destacadas como Lobsang Chokta Trotsik, vicepresidente de la asociación Tibetan Writers Abroad [Escritores Tibetanos en el Extranjero], una rama de PEN Club Internacional, y Go Sherab Gyatso, ensayista y bloguero.

En marzo de 2008 hubo protestas en toda la región. Unos hombres a caballo tomaron por asalto un pueblo cercano al monasterio Labrang. La policía disparó a los manifestantes en Kardze (o Ganzi, en chino), otra ciudad de la provincia de Sichuan. De los disturbios que se produjeron fuera de Lhasa, los de Ngawa fueron, sin embargo, los más sangrientos, lo que le dio fama de ciudad levantisca. «Dice un dicho que, cuando hay un incendio en Lhasa, el humo aparece en Ngawa», me contaría unos años más tarde el director de una asociación de exiliados. En Lhasa, la rebelión, en su mayor parte pacífica, se vio enturbiada por una serie de agresiones contra civiles, acciones radicalmente contrarias a la doctrina del dalái lama sobre la no violencia. Hubo grupos de tibetanos que se dedicaron a atacar al azar a ciudadanos chinos de etnia han que iban en motocicleta por la calle mayor de la ciudad, y también quemaron comercios propiedad de musulmanes de etnia hui. Estos hechos eran consecuencia de las tensiones que desde hacía mucho tiempo existían entre budistas y musulmanes de la región. Murieron al menos veinte personas, entre ellas todos los miembros de una familia hui, que fueron quemados [vivos] en sus tiendas.
Los tibetanos de Ngawa fueron los más fieles al ideal de la no violencia: no descargaron su ira con los civiles chinos, sino solo con la policía y el ejército. Hubo unos cuantos actos de saqueo, pero por lo general se respetaron los comercios regentados por ciudadanos de etnia hui, ejemplo de la tradicional concordia que existía entre tibetanos y musulmanes en la ciudad. En ese día de combates sangrientos no se anunció, por lo demás, ningún herido grave entre los vecinos chinos de Ngawa.

La autoinmolación es una tradición antigua entre los budistas chinos, que la consideran una manifestación de devoción religiosa, y un fenómeno nada raro en la India, donde la practican tanto budistas como hindúes. Los tibetanos, en cambio, desaprueban la práctica y el suicidio en general: el cuerpo es transitorio, ciertamente, pero, según ellos, quitarse la vida supone sustraerse al ciclo natural de la muerte y del renacimiento. Además es un acto de violencia contra los microbios que habitan en el cuerpo.
En 1998, Thubten Ngodrup, un exiliado tibetano que vivía en Nueva Delhi, se suicidó prendiéndose fuego mientras la policía intentaba poner fin a la huelga de hambre que estaban haciendo varios miembros del Congreso de la Juventud Tibetana. En 2006, otro tibetano residente en la India se quemó a lo bonzo en señal de protesta contra la visita del presidente chino, Hu Jintao, pero sobrevivió. Parecía improbable, sin embargo, que estos hechos aislados llegaran a crear una costumbre.
Después del incidente de Tapey, nadie en Ngawa creía que fueran a producirse más autoinmolaciones.
Por cada budista que sostenía que su religión prohibía el suicidio había muchos más que consideraban a los suicidas bodhisattvas, porque habían sacrificado su vida en aras de la iluminación espiritual de sus semejantes. Algunos alegaban que, en una encarnación anterior, Buda se había dado a sí mismo de comer a una tigresa que se estaba muriendo de hambre para evitar que devorara a sus cachorros recién nacidos. Otros encontraron una justificación doctrinal de la autoinmolación en el Lotus Sutra, un importante texto budista escrito hacia el siglo I d. C., y que cuenta cómo un bodhisattva conocido como el rey medicinal se inmoló prendiéndose fuego.
Para los estudiosos que indagaron en la historia de las autoinmolaciones (o autocremaciones, por utilizar un término más técnico) se hizo evidente que los budistas tibetanos eran unos principiantes en comparación con los chinos, que llevaban prendiéndose fuego con frecuencia desde el siglo IV.

Para los tibetanos era motivo de orgullo que sus compatriotas que se inmolaban se hubiesen imbuido de la doctrina del dalái lama sobre la no violencia hasta tal punto que solamente se hacían daño a sí mismos.

Dharamsala atraía a los tibetanos por el clima relativamente fresco, el aire puro que se respiraba en las montañas y lo auspicioso del nombre: la palabra hindi Dharamsala significa «morada del dharma». En la ciudad todo eran laderas y escarpaduras y apenas se veía ninguna planicie: el paisaje no se parecía mucho al del Tíbet. A lo lejos, sin embargo, se divisaban unas estribaciones nevadas del Himalaya. Alrededor del dalái lama surgió una especie de Tíbet paralelo que hacía a los exiliados recordar su patria. La Administración Central Tibetana tenía sus ministros y su parlamento, además de escuelas, un museo, una biblioteca, un aparato burocrático y hasta un examen para ser funcionario. («No tenemos un país, pero sí una burocracia», me explicó un portavoz de la administración tibetana a modo de disculpa por el hecho de que se requiriera un pase de prensa para visitar una escuela.) Los locales vacíos empezaron a albergar multitud de hoteles, cafeterías con menús multilingües y especialidades de diversas regiones, librerías inglesas, talleres de yoga y boutiques que vendían cuencos tibetanos y rosarios.
En 2011, el dalái lama abandonó oficialmente la jefatura del Gobierno en el exilio y se la cedió a un primer ministro electo, poniendo así fin a una teocracia multisecular. Si bien estaba orgulloso de este experimento democratizador, su decisión dio al traste con las negociaciones, porque los chinos se niegan a dialogar con nadie que no sea él. Las invectivas contra el dalái lama han continuado hasta hoy.
Gonpo casi no podía contener las lágrimas al hablar del punto muerto en el que estaban las negociaciones: «Su Santidad ha dicho claramente que no persigue la independencia. Les hemos hecho todas las concesiones posibles. Hemos llegado al fondo del pozo. Me duelen mucho las cosas que dicen de Su Santidad, los insultos que profieren contra él. Con esa actitud no hacen sino complicar aún más las cosas con los tibetanos. No sé lo que están pensando».
Para Gonpo es una cuestión muy personal. La discordia entre China y el pueblo tibetano afecta profundamente no solo a su familia, sino también a su espíritu.

La conservación de una cultura no tiene por qué ser un peligro para una superpotencia que lleva camino de convertirse en la primera economía mundial. Desgraciadamente, me di cuenta de que las autoridades chinas no opinan igual.

No se sabe bien cuántos chinos viven en Ngawa: muchos de los nuevos inmigrantes siguen teniendo su residencia en sus ciudades de origen a efectos legales. Casi todos los vendedores de frutas y verduras y la mayoría de los proprietarios de restaurantes son chinos y musulmanes de etnia hui. El terremoto que azotó la provincia de Sichuan en 2008 y que tuvo su epicentro en Wenchuan, en la prefectura de Ngawa, produjo una nueva afluencia de inmigrantes que habían visto destruidas sus casas y lugares de trabajo; pero también se estaban instalando en la ciudad numerosos chinos de clase media. Una noche, cuando paseaba por el centro de Ngawa, vi a multitudes de hombres y mujeres jóvenes con atuendo formal salir de oficinas y dirigirse a los populares restaurantes especializados en caldero mongol mientras hablaban animadamente en chino.
Los expertos en China suelen hablar de un pacto tácito entre el Partido Comunista y el pueblo chino: el crecimiento económico a cambio de la aceptación de un régimen de partido único. El Partido está intentando aplicar la misma fórmula con los tibetanos, y puede que haya funcionado, porque muchos de los tibetanos a los que he conocido están muy contentos con las mejoras económicas producidas por setenta años de Gobierno comunista. Esta actitud no puede atribuirse enteramente a la propaganda. Los tibetanos no quieren retroceder en lo material. Ojalá les ofreciese el Gobierno chino lo mismo que a los chinos de etnia han. No me refiero a elecciones libres, ni tan siquiera a la libertad de expresión, es decir, los derechos que existen en los países democráticos, sino a los derechos fundamentales de los que disfrutan la mayoría de los ciudadanos chinos. El derecho a desplazarse libremente por su país. El derecho a obtener un pasaporte. El derecho a viajar y enviar a los hijos a estudiar al extranjero. El derecho a estudiar su propia lengua. El derecho a exhibir el retrato de su líder espiritual.
El miedo con el que viven los tibetanos es equiparable al que he notado en Corea del Norte.

Los tibetanos no están confinados en campos de reeducación, pero sufren los continuos embates de la propaganda comunista. Las autoridades les exhortan a colgar el retrato de Xi Jinping y la bandera china en casa, y a veces se lo ordenan.
A principios de 2020, el panorama no es nada alentador. En Ngawa, en el mes de marzo, se comunicó a los padres que la escuela primaria #3 pasaría a impartir las clases en chino. Era el último colegio que quedaba en el país donde la enseñanza era principalmente en tibetano. El cambio de lengua (que se va a producir en otoño) ya ha suscitado quejas y peticiones por parte de docentes y padres. Por lo demás, las autoridades chinas han aprovechado la crisis del coronavirus para tomar nuevas medidas de control de la población. Es obligatorio, por ejemplo, ejecutar en el smartphone una aplicación que asigna a cada persona un color de una gama de tres (verde, amarillo, rojo) según las probabilidades que tenga de estar infectado o contagiar el virus. Con este dato se le puede prohibir a uno el acceso a lugares públicos. Es posible que esta novedad tecnológica se siga utilizando mucho después de que haya pasado la pandemia.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/07/20/querido-lider-vivir-en-corea-del-norte-barbara-demick-nothing-to-envy-ordinary-lives-in-north-korea-by-barbara-demick/

https://weedjee.wordpress.com/2022/02/24/comerse-a-buda-vida-y-muerte-del-pueblo-tibetano-a-manos-del-imperio-chino-barbara-demick-eat-the-buddha-life-and-death-in-a-tibetan-town-by-barbara-demick/

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Tibet had a reputation for centuries as a hermetic kingdom. His charms were hidden by the natural barrier of the Himalayas and an isolationist theocracy presided over by a succession of Dalai Lamas, each of whom was believed to be the reincarnation of his predecessor. In the literature on Tibet of the 19th and 20th centuries, stories abound of foreigners who entered the country disguised as monks or hermits.
Today it is not the Tibetans who have closed the region, but the Chinese Communist Party. China, which has ruled Tibet since 1950, is very reluctant to allow foreign visitors to enter. There is an airport in Lhasa with ATMs and a Burger King: the once sacred city has become a tourist attraction for the almost exclusive enjoyment of the Chinese. Foreigners need a special travel permit to visit what China calls the Tibet Autonomous Region. Scholars, diplomats, journalists and anyone else with a tendency to ask uncomfortable questions is rarely granted this visa. Anyone who has a Chinese visa can theoretically access the eastern reaches of the Tibetan plateau, which correspond to the provinces of Sichuan, Qinghai, Gansu and Yunna; But foreigners are often turned away at checkpoints and banned from checking into hotels.
Only half of the Tibetan plateau corresponds to what the Chinese Government calls the Tibet Autonomous Region for historical reasons that I will explain later. However, most Tibetans live in certain parts of Sichuan, Qinghai and Yunnan provinces which, despite being outside the region officially known as Tibet, are still Tibetans. From these eastern reaches of the plateau, which in recent decades have become the heart of Tibet, come a number of the most famous Tibetan musicians, film directors, writers and activists, as well as lamas, including the current dalai lama.
Ngawa is in Sichuan province, more or less at the point where the Tibetan plateau meets the territory of China, making it a strategic location. To get there you usually have to go through the provincial capital, Chengdu, one of the new Chinese megacities.
Ngawa is located at an altitude of more than three thousand meters, although at first glance it does not seem so, because the terrain is quite flat. The center of the city is a small ribbon of buildings that cuts through the prairie. The main highway, which appears as Route 302 on the maps, runs through the city: you can go from one end to the other in just a quarter of an hour. In 2013 the first traffic light was installed. Ngawa is in a rural area, so it is not uncommon to see men on horseback. Nowadays, however, residents often travel by motorcycle or pedicab. Most of the older people and some young people wear the typical Tibetan clothing, the chuba, with a piece of cloth as a belt; But many opt for a balance between traditional and practical by donning a cowboy hat and a puffy sheepskin or down jacket. Women often wear long skirts.
At both ends of Ngawa stand Buddhist monasteries, temples with golden roofs that reflect the sunlight and painted in vermilion and dark yellow. These colors, reserved for monastic buildings, contrast with the monotony of the landscape.

Eat the Buddha: Life and Death in a Tibetan Town is an up close account of the Tibetan people told through the stories of several individuals. Beginning with a short history of Tibet up until the Chinese invasion in 1950, journalist Barbara Demick then delves into the lives of ordinary Tibetans during the Chinese occupation.
What follows is devastating, as we learn how the Chinese took control of Tibetans lives, seeking to wipe out their unique culture and religion.
Ms. Demick tells the personal stories of several Tibetans. She takes us inside their lives, portraying the richness of Tibetan culture and the indomitable spirit of the Tibetan people.
While I found this book semi-interesting, it felt dry at times and repetitive at times. I was intrigued in the beginning, especially reading about the childhood of the princess Gonpo, daughter of a local ‘gyalpo’, «king» in Tibetan.
I initially enjoyed the stories of some of the others too but they all just seemed to meld together after awhile.
Chapters begin with photographs of the people and places, and this was perhaps my favourite part of the book.
I disliked that many of the pages were devoted to describing self immolation and talking about those who performed this shocking act. It is horrific and it shows just how desperate some Tibetans are for freedom and to have the Dalai Lama return from exile. Important as that is, I think much less could have been written about it. Once mentioned, the author returns to the subject many times. On one hand, I think it is essential to remember these people; on the other, one chapter would have sufficed without further mentioning.
For instance, the word «immolation» is used 62 times in the book, not including notes – and there are 275 pages of text, not including the notes and glossary sections. The words «immolate» and «immolator» are each used 19 times.
I’m glad I read this book because I learned more about Tibet.
Ngaba, a town with 70,000 residents, is small by the standards of China. The first traffic light was installed in the 2010s. Demick, a bureau chief for the Los Angeles Times, has made three separate visits, concealing her face to make her interviews. She must resort to this because the so-called Tibet Autonomous Region is almost totally off-limits for foreign journalists, but visiting a majority-Tibetan town in an ‘Autonomous Prefecture’ in Sichuan is at least possible.
Her book became a history of the town and a close examination of the relationships between the Chinese Communist Party and Tibet. The first encounter was under extreme and difficult circumstances. In the early 1930s, the Communist forces were on the run from the Nationalists under Chiang Kai-Shek. The Communists were driven nearly to starvation. They boiled and ate the skin off drums. They ate the statues of offering to the Buddha, some made of wax and butter. This act of total sacrilege was the start of a volatile and distrustful relationship.
What stops this book from being just another story, just another repeating of the bloody catalog of oppression is the detail in the memories of those Tibetans Demick interviews. One elderly woman remembers seeing a Chinese car for the first time when she was a young girl. She thought it was an animal and tried to feed it grass. There were some times of cautious trust and opening up, but these are interrupted by periods of intense suffering and terror.
Those who self-immolate today were not the first to protest against Chinese rule. In 1958 – a year so bad it is simply referred to as ’58’ in Tibetan or ‘the time when earth and sky changed places’, the nomads were forced into cooperative living and their herds of animals were confiscated. This was part of the vast failed experiment in industrialization known as the Great Leap Forward. The more nomadic Tibetans were wholly dependent on those animals for everything, and so they were forced into total poverty. Many thousands died.
Ngaba today is removed somewhat from that in the past – the streets are cleaner, there are some amenities. It looks cleaner and more prosperous than its neighbors. Perhaps some of the local party officials had tried to invest in it as an offset to local grievances. Images of the Dalai Lama are prohibited – the author had a Lonely Planet Book confiscated because of it. Monasteries that were demolished have been rebuilt, but they’re under heavy surveillance. One Tibetan businessman laments that he’s wealthier now but he’s still not free.
When Demick speaks to the locals, their demands seem almost modest – passports for external travel, and more Tibetan-language education. But given the crushing treatment to other groups in recent years, and state policy of enforced control, that seems unlikely. The Party Secretary of Xinjiang, Chen Quanguo from 2016 onwards was previously Party Secretary of Tibet. Demick says the level of terror for the Tibetans here echoes North Korea, and she can get away with saying this as she’s interviewed enough North Koreans to write a book on it.
This is a heartbreaking story; the Tibetans now seem overlooked by the rest of the world, while the party-state would surveil their every word and thought.

Ngawa also wanted to be independent from Lhasa. The inhabitants of the region did not consider themselves subjects of the Dalai Lama, although they revered him as a spiritual leader. They made pilgrimages to Lhasa, studied in its great monasteries, and did business in the city, where they were reputed to be shrewd traders. They belonged to the same ethnic group as other Tibetans, with whom they also shared certain beliefs and ways of life. They had the same written language (based on an alphabet from northern India), although they spoke such disparate dialects that they did not understand each other. They also ate, like them, mainly on fire-roasted barley flour: this food, known as tsampa, was so essential to survival on the plateau that the term «Tibetan» could almost be considered synonymous with «person who eats tsampa.» However, the residents of Ngawa were not subjects of the Lhasa Government and therefore did not observe its laws.
In the early years of the 20th century, the fall of a millennial empire like the Chinese left a dangerous power vacuum. The ROC, founded by Sun Yat-sen, barely controlled the territory: most of the country was ruled by various cliques at odds with each other. It was the so-called period of the caudillos. In the 1930s, the last emperor, the young Puyi, expelled from the Forbidden City as a child, led a dissolute life in Manchukuo, the puppet state that the Japanese had established in northeast China. The rest of the country was ruled by Generalissimo Chiang Kai-shek. This pragmatic military man had succeeded Sun at the head of the Kuomintang or Nationalist Party, and now he desperately clung to power as the Japanese invaded the country and a new rival, the Chinese Communist Party (soon to be led by Mao Zedong), was growing with success. quickly and undermining their authority.
The Ngawa Tibetans knew little about Chinese politics. They were too busy fighting rival Tibetan chiefs to pay attention to a remote war.
At one point, the Chinese discovered that, in addition to the treasures of Tibetan civilization, Buddhist monasteries contained edible things: the drums were made of animal skins that could be eaten after boiling for a long time. The soldiers knew this method, because they had already eaten their belts, their bags, the straps of their rifles and the reins of their horses. Statuettes made with butter and barley flour also came to be eaten, according to memoirs discovered by scholars Jianglin Li and Matthew Akester, who have thoroughly investigated this period.
The Tibetans put up fierce resistance. The queen ordered women and children to move to the mountains and recruited healthy men for combat. Orthodox Buddhists, who are repulsed by the slaughter of animals, and who often pray for the fly drowning in their soup, nevertheless know how to fight fiercely when attacked. But it has always been difficult for Tibetans to form an army, because theirs is a traditional society in which twenty percent of the men are monks, and these religious have set out to cultivate the compassionate side of the Tibetan character. The queen decreed that no exceptions could be made: «If we fight it will not only be for our country, but also for our religion,» she told her subjects, as an elder Tibetan would later tell.
Armed with spears, flintlock rifles, and muskets, as well as amulets to ward off bullets, the Tibetans fought tenaciously in their territory and initially won several victories. They stopped the advance of the Red Army near the Tsenyi monastery …

At the end of 1936 the last remaining soldiers of the Red Army left the Tibetan plateau. Many went to Yan’an, where Mao, who had consolidated his power in the Communist Party, was located. In China, the civil war continued, albeit intermittently. Otherwise, the devastating advance of the Japanese through the east of the country and the slaughter of hundreds of thousands of Chinese in Nanjing seemed of greater importance. In the midst of World War II, Tibetans hoped that the great powers were for once too busy in other parts of the world to harass them.
Communist propaganda would later describe life in pre-communist Tibet as a kind of feudal hell in which lords inflicted heinous torture on serfs: this was one of the pretexts used to conquer the region. Carlson, however, observed a very different society: «In Ngawa there were ordinary people,» he would later recall in an interview, «and then there were the royal family, with whom he had a good relationship. But I would not say that in that part of Tibet there were very clear social differences: scholars on the one hand and ordinary people on the other; the upper class and the lower class. One had the impression that there was equality.
The kingdom had what today would be called a progressive tax system. The population was divided into five categories according to their level of wealth. A very wealthy family, for example, had to provide the king’s army with three horses, two pistols, and three hundred cartridges; and a poor man, a horse and a spear.
The king was submissive to the end, carrying out all the orders of the Communist Party, serving on its committees and assemblies, and attending its meetings. In the summer of 1958, when Gonpo, his mother and his sister were mourning the death of his uncle, they summoned the monarch for a meeting in Barkham, the prefectural capital – an urgent meeting, they said. This was the trick used by the Party to depose those who hindered it. While the king was traveling, the army seized his palace and expelled his family from Ngawa. The Communist Party had already gotten rid of the rulers of the plateau and could do whatever it wanted with its former subjects. The Tibetans were to be treated with even greater brutality than before.

Tibetans were not the only victims of the communist regime. Between 1958 and 1962, the period of the Great Leap Forward, an estimated thirty-six million Chinese died. This number makes it comparable to the greatest tragedies of an atrocious century.
The Tibetans, however, suffered even more than the Han Chinese. Communist outrages started earlier and lasted longer. In the Great Leap Forward period, famine was the leading cause of death among the Chinese. It is true that many died in the fighting sessions, but the number of pre-trial arrests cannot be compared to that of the Tibetan case. In certain areas of Tibet, up to 20% of the inhabitants were arrested, and of them, according to Tibetan chronicles, half died. Some prisons were little more than moats where hundreds of people were crowded.
Tibetans often speak of «when the Chinese invaded» … but the Chinese correct them by noting that this eastern part of the plateau had been part of China ruled by the Qing dynasty since the early 18th century. However, the Qing emperors were Manchu, and this northern people, Tibetan Buddhist. In contrast, the Han Chinese were almost unknown. And what difference does it make? One will object. When someone who speaks a language other than yours comes to your village, appropriates your house, your clothes, your shoes and your food, destroys what you hold most sacred, imprisons the young people of your family and shoots those who resist, you have the feeling of suffering an invasion even if that someone is your fellow citizen. Tibetans are not talking about glassy concepts of international law or analyzing the definition of sovereignty, but simply recounting what they lived through.
An estimated 300,000 Tibetans died in this period, a greater number than the Chinese who perpetrated in the massacre perpetrated by the Japanese occupying forces in Nanjing, and for which the Chinese government has repeatedly demanded that Japan apologize. On the other hand, and with the exception of the position adopted in 1980 by Hu Yaobang, the most liberal ruler that China has had, the authorities of this country have never felt the need to apologize for what happened in Tibet, and even today they continue to manufacture an avalanche of propaganda to convince the world of the fate of Tibetans to live under the beneficial Government of the Communist Party.
In the 1950s, Mao still hoped to win the support of the Dalai Lama, whose popularity he believed would induce other Tibetans to willingly embrace communism. Although the Party more or less respected the Seventeen Point Agreement, postponing the radical changes it wanted to introduce in central Tibet, it was running out of patience. Some of the Party’s hard-wing members felt that Mao was going too slowly and should forget about the Dalai Lama and seek the backing of the Panchen Lama, who had sympathized with communism from the beginning. Internal tensions were aggravated by the actions of the guerrillas in Sichuan province. The Chinese government demanded that the Dalai Lama send Tibetan troops to the area to stop the uprising: Tenzin Gyatso responded by warning that his soldiers would most likely defect and join the guerrillas.
By early 1959, some 50,000 refugees had arrived in central Tibet from the east, establishing camp towns around Lhasa.

The Red City leaders who survived the rebellion were, however, severely punished. Of the four top leaders, one died and two (Alak Jigme Samten and Gabe Yonten Gyatso) were executed. Louri’s brother, Hongcheng Tashi, had his death sentence commuted for his ties to Chengdu notables, but was sentenced to fourteen years in prison. About 30,000 people were arrested. Delek was interrogated for three months in the administrative offices of the city. Almost all Tibetan families living within a hundred and fifty kilometers around Ngawa had at least one member in prison. The rebellion, one of the most important that broke out in Tibet in the period of the Cultural Revolution, gave Ngawa the reputation of a rebellious city.
The insurrection eventually failed, but for six months Tibetans raised their own livestock and freely practiced their religion in monasteries, reciting prayers and performing rituals. The monks wore their robes. Tibetans managed to taste freedom, and their memory would be difficult to erase.
In 1976, when Mao died, Ngawa was a ghost town, a dark and silent place. The twenty-five years of communist rule had destroyed more than they had created. There was nothing left but squat shacks of a brownish color that made them almost indistinguishable from the ground on which they stood. The government had decided to impose its idea of order on the city by building a new highway that would cross the center in a straight line (and that would eventually be called Route 302), but the asphalt had not yet been laid. The streets were full of dust and mud. The gutters collected rainwater and human waste and excrement.
With the monasteries demolished, there was hardly anything left to alleviate the grayness of the landscape or recreate the look. The market that the king had sponsored and that had made Ngawa an attractive city for merchants was long gone. There were no private businesses or street vendors to be seen: the Communist Party had banned commercial activity, judging it contrary to the precepts of communism. The only business that had survived the Cultural Revolution was a shop that sold agricultural tools.

It was 1989, a fateful year: the Tiananmen massacre was only a few months away and the era of tolerance came to an abrupt end. The repressive measures reached the entire country, from Beijing to Ngawa and Lhasa. It was the depressing end of the 1980s, a relatively happy time for China. In January 1989, the Panchen Lama collapsed and died of an apparent heart attack. Gonpo never spoke Tibetan with him. The reincarnation of the lama sparked a conflict that would further sour relations between the Tibetan people and the Communist Party. Gonpo and his daughter managed to reach Dharamsala and meet with the Dalai Lama, who would win the Nobel Peace Prize that same year. But the political climate deterred her from returning to Nanking. She was exiled again.
Monastic schools are often criticized for their outdated methods. The pupils have to learn things by heart, and when their eyes are closed from boredom, the teacher whips them with a stick. Kirti, however, looked more like an elite boarding school. The school, which opened in 1994, taught mathematics and science in addition to traditional subjects such as Buddhist philosophy and the Tibetan language. Disgusted by the shortcomings of the education he had received as a young monk, the Dalai Lama had urged Tibetan monasteries to offer a more modern curriculum. There were many Tibetan writers, filmmakers, and scholars who had been educated in monasteries. Out of Kirti had come such prominent figures as Lobsang Chokta Trotsik, vice president of the Tibetan Writers Abroad association, a branch of PEN Club International, and Go Sherab Gyatso, essayist and blogger.

In March 2008 there were protests throughout the region. Men on horseback stormed a town near Labrang Monastery. Police shot protesters in Kardze (or Ganzi, in Chinese), another city in Sichuan province. Of the riots outside Lhasa, those in Ngawa were, however, the bloodiest, giving it a reputation as a rebellious city. «There is a saying that when there is a fire in Lhasa, smoke appears in Ngawa,» the director of an exile association would tell me a few years later. In Lhasa, the largely peaceful rebellion was marred by a series of attacks against civilians, actions radically contrary to the Dalai Lama’s doctrine of non-violence. Groups of Tibetans were engaged in randomly attacking Han Chinese citizens who were riding motorcycles on the main street of the city, and they also burned shops owned by Hui Muslims. These events were the result of long-standing tensions between Buddhists and Muslims in the region. At least twenty people were killed, including all members of a Hui family, who were burned [alive] in their tents.
The Ngawa Tibetans were the most faithful to the ideal of non-violence: they did not vent their anger on Chinese civilians, but only on the police and the army. There were a few acts of looting, but shops run by ethnic Hui citizens were generally respected, an example of the traditional harmony that existed between Tibetans and Muslims in the city. On that day of bloody fighting, no serious injuries were otherwise announced among Ngawa’s Chinese neighbors.

Self-immolation is an ancient tradition among Chinese Buddhists, who consider it a manifestation of religious devotion, and a not uncommon phenomenon in India, where it is practiced by both Buddhists and Hindus. Tibetans, on the other hand, disapprove of the practice and suicide in general: the body is transitory, to be sure, but, according to them, taking one’s own life means escaping the natural cycle of death and rebirth. It is also an act of violence against the microbes that live in the body.
In 1998, Thubten Ngodrup, a Tibetan exile living in New Delhi, committed suicide by setting himself on fire while the police tried to end a hunger strike being carried out by various members of the Tibetan Youth Congress. In 2006, another Tibetan living in India burned himself like a bonze in protest against the visit of Chinese President Hu Jintao, but he survived. It seemed unlikely, however, that these isolated events created a custom.
After the Tapey incident, no one in Ngawa believed that more self-immolations would occur.
For every Buddhist who held that his religion forbade suicide, there were many more who considered bodhisattvas suicidal, because they had sacrificed their lives for the spiritual enlightenment of their fellow men. Some alleged that, in a previous incarnation, Buddha had fed himself to a starving tigress to prevent him from devouring her newborn cubs. Others found a doctrinal justification for self-immolation in the Lotus Sutra, an important Buddhist text written around the 1st century AD. C., and that tells how a bodhisattva known as the medicinal king immolated himself by setting himself on fire.
It became clear to scholars who dug into the history of self-immolations (or self-cremations, to use a more technical term) that Tibetan Buddhists were beginners compared to the Chinese, who had been setting themselves on fire frequently since the fourth century.

It was a source of pride for Tibetans that their self-sacrificing compatriots had imbued themselves with the Dalai Lama’s doctrine of non-violence to such an extent that they only hurt themselves.

Dharamsala attracted Tibetans because of the relatively cool climate, the pure air that was breathed in the mountains, and the auspiciousness of the name: the Hindi word Dharamsala means «abode of dharma.» In the city it was all slopes and steep slopes and hardly any plains to be seen: the landscape was not much like that of Tibet. In the distance, however, there were snow-capped foothills of the Himalayas. Around the Dalai Lama emerged a kind of parallel Tibet that made the exiles remember their homeland. The Central Tibetan Administration had its ministers and its parliament, as well as schools, a museum, a library, a bureaucratic apparatus and even an exam to be a civil servant. («We don’t have a country, but we do have a bureaucracy,» a spokesman for the Tibetan administration explained to me by way of apology for the fact that a press pass was required to visit a school.) The empty premises began to host crowds of people. hotels, cafes with multilingual menus and specialties from various regions, English bookstores, yoga workshops, and boutiques selling Tibetan bowls and rosaries.
In 2011, the Dalai Lama officially left the head of government in exile and handed it over to an elected prime minister, thus ending a multi-secular theocracy. While he was proud of this democratizing experiment, his decision ruined the negotiations, because the Chinese refuse to dialogue with anyone other than him. The invectives against the Dalai Lama have continued to this day.
Gonpo could hardly contain his tears when speaking of the deadlock in which the negotiations were: “His Holiness of him has clearly said that he does not pursue independence. We have made all possible concessions to them. We have reached the bottom of the well. The things they say about his Holiness, the insults they utter against him, hurt me a lot. With that attitude they only make things even more complicated with the Tibetans. I don’t know what they are thinking.
For Gonpo it is a very personal matter. The discord between China and the Tibetan people deeply affects not only his family, but also his spirit.

The preservation of a culture does not have to be a danger for a superpower that is on its way to becoming the world’s leading economy. Unfortunately, I realized that the Chinese authorities are not of the same opinion.

It is not clear how many Chinese live in Ngawa: many of the new immigrants continue to reside in their cities of origin for legal purposes. Almost all the fruit and vegetable vendors and the majority of the restaurant owners are Chinese and Hui Muslims. The earthquake that struck Sichuan province in 2008 and which had its epicenter in Wenchuan, in Ngawa prefecture, produced a new influx of immigrants who had seen their homes and workplaces destroyed; But many middle-class Chinese were also settling in the city. One night as I was strolling through downtown Ngawa, I saw crowds of young men and women in formal attire walk out of offices and head to popular Mongolian cauldron specialty restaurants while talking animatedly in Chinese.
Experts in China often speak of an unspoken pact between the Communist Party and the Chinese people: economic growth in exchange for acceptance of a one-party regime. The Party is trying to apply the same formula with the Tibetans, and it may have worked, because many of the Tibetans I have met are very happy with the economic improvements brought about by seventy years of communist rule. This attitude cannot be attributed entirely to propaganda. Tibetans do not want to back down materially. I wish the Chinese government would offer them the same as the Han Chinese. I am not talking about free elections, not even freedom of expression, that is, the rights that exist in democratic countries, but the fundamental rights enjoyed by the majority of Chinese citizens. The right to move freely in your country. The right to obtain a passport. The right to travel and send children to study abroad. The right to study your own language. The right to display the portrait of your spiritual leader.
The fear that Tibetans live with is comparable to what I have noticed in North Korea.

Tibetans are not confined to re-education camps, but they suffer the continuous onslaught of communist propaganda. The authorities urge them to hang the portrait of Xi Jinping and the Chinese flag at home, and sometimes order them to do so.
At the beginning of 2020, the outlook is not encouraging. In Ngawa, in March, parents were informed that Primary School # 3 would move to teach in Chinese. It was the last remaining school in the country where the teaching was mainly in Tibetan. The change of language (which will take place in the autumn) has already raised complaints and requests from teachers and parents. For the rest, the Chinese authorities have taken advantage of the coronavirus crisis to take new measures to control the population. It is mandatory, for example, to run an application on the smartphone that assigns each person a color from a range of three (green, yellow, red) according to their chances of being infected or spreading the virus. With this information, one can be prohibited from accessing public places. This technological novelty may continue to be used long after the pandemic has passed.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/07/20/querido-lider-vivir-en-corea-del-norte-barbara-demick-nothing-to-envy-ordinary-lives-in-north-korea-by-barbara-demick/

https://weedjee.wordpress.com/2022/02/24/comerse-a-buda-vida-y-muerte-del-pueblo-tibetano-a-manos-del-imperio-chino-barbara-demick-eat-the-buddha-life-and-death-in-a-tibetan-town-by-barbara-demick/

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