Las Cicatrices De La Independencia. (Join or Die) El Violento Nacimiento De Los Estados Unidos — Holger Hoock / Scars of Independence: America’s Violent Birth by Holger Hoock

Las cicatrices de la independencia es una historia sobre la violencia. Es el primer libro acerca de la Revolución estadounidense y la Guerra de la Revolución que centra su enfoque analítico y narrativo en la violencia. Como tal, cuenta la historia de los combatientes, de los prisioneros y de los civiles –fueran hombres o mujeres, célebres o poco conocidos– que experimentaron la violencia como ejecutores, como testigos o como víctimas.

El autor le dice al lector al comienzo de este libro que quiere enfocarse en la violencia en la Revolución Americana.
Cita: «Es el primer libro sobre la Revolución Estadounidense y la Guerra Revolucionaria que adopta la violencia como su enfoque central analítico y narrativo».
Si bien menciona algunos libros que hablaban de violencia, en su mayoría historias regionales, su libro es de hecho el único que ofrece una historia completa de la violencia en esta guerra. Como él explica, fue una guerra civil, los patriotas lucharon contra los leales, con cada vez más crueldad. Su afirmación de que el público estadounidense de hoy no estaba al tanto de la violencia no es del todo cierta. La película de Mel Gibson «El patriota» mostraba parte de la crueldad británica.
Cowpens National Battlefield Park es el escenario de una batalla de la Guerra Revolucionaria (17-1-1780) entre soldados estadounidenses bajo el mando del general Daniel Morgan y la caballería británica / dragones bajo el mando del coronel Banastre Tarleton, modelo del principal villano de la película de Mel Gibson «El Patriota».
En la película, Gibson mata al malo. En la vida real, Tarleton regresó a Gran Bretaña, sirvió en el Parlamento, se convirtió en miembro del grupo de juego de cartas de Wellington y murió pacíficamente de vejez. Se puede encontrar más información en un excelente libro «Partisans and Redcoats» de Walter Edgar. El Sr. Edgar habló sobre su libro sobre C-SPAN. Comentó que algunos periódicos británicos protestaron por la brutalidad de la película «Patriota». Dijo que, de hecho, la película atenuó el comportamiento despiadado de los británicos. Además, afirmó que si los combatientes fueran juzgados por las leyes actuales, Tarleton sería considerado un criminal de guerra. Sin embargo, fue a decir que había crueldad en ambos lados, con los Lealistas / Tories y los soldados estadounidenses quemándose las casas de los demás. Tarleton es conocido por la batalla de Waxhaws, SC (29-5-1780), donde sus dragones atacaron y abrumaron a unos 400 patriotas de Virginia. Intentaron rendirse. Los hombres de Tarleton, siguiendo el ejemplo de su líder, mataron a todos.
Los soldados estadounidenses bajo el mando de Morgan derrotaron a los dragones de Tarleton en Cowpens. Tarleton escapó. Algunos soldados estadounidenses querían matar a todos los soldados británicos, gritando «¡Cuartos de Tarleton!» pero los oficiales estadounidenses lograron detener esto. Hay un sendero circular de aproximadamente 1.5 millas de largo con señales interpretativas.
El autor entra en detalles considerables sobre las crueldades patriotas y leales entre sí, comenzando alrededor de 1774 con tararear y emplumar a los funcionarios civiles británicos. Hay descripciones gráficas de violaciones y horribles asesinatos / torturas. No estaba al tanto del alcance de la violencia patriota / leal que no terminó con la derrota de los británicos en Yorktown, Virginia en 1781. Continuó y una ejecución leal de un líder patriota en 1782 casi descarrila las conversaciones de paz en curso entre los Estados Unidos y Gran Bretaña.
El autor es de Alemania y señala que no está predispuesto a las interpretaciones estadounidenses o británicas de la Guerra Revolucionaria. No hay ningún traductor en la lista y evidentemente habla inglés con fluidez, ya que su escritura es excelente. El autor realizó una gran cantidad de investigaciones recientes, muchas de ellas en fuentes primarias, es decir, cartas, diarios, periódicos contemporáneos y varios informes oficiales estadounidenses / británicos. Hay alrededor de 100 páginas de notas al pie. Estoy impresionado por la cantidad de investigación realizada por el autor.
La gran idea de este libro es que la Revolución Americana fue de hecho una guerra en la que la gente a veces era mala y no hacía cosas agradables. Esta será una revelación para todos aquellos cuyo único conocimiento de la Revolución Americana proviene de ver escuela de rock. El argumento se basa en la repetición monótona de historias individuales y rara vez se eleva por encima del nivel de la anécdota. No es que su tesis esté equivocada, simplemente parece obvio y un poco inútil. Realmente esperaba una mirada incisiva al nacimiento violento de la nación como progenitor de todo tipo de defectos inherentes y violencia continua (como se insinuó al principio). En cambio, hubo algunas historias bastante tibias sobre cómo los Patriotas eran a veces malos y los Torys (lo siento, «Leales» porque aparentemente Tory no es una palabra porcentual para los estándares de 2017) a veces dejaban sus pueblos por eso. Además, los soldados a veces hacían cosas malas.

Al caer la noche, el lunes 5 de marzo de 1770, pequeños grupos de bostonianos armados con porras cargadas con plomo, garrotes y alfanjes comenzaron a acosar a los oficiales y soldados británicos que encontraban solos por las calles de la ciudad. En otro lugar de la población, unos soldados amenazaron y atacaron a varios civiles. Corría el rumor de que un sargento desaparecido había sido asesinado y de que una tropa había apaleado a un vendedor de ostras. A eso de las ocho, unos individuos enfurecidos se enfrentaron a unos casacas rojas en el exterior de Murray’s Barracks, una refinería de azúcar situada en Draper’s Alley y Brattle Street, donde se acuartelaban efectivos del Ejército del Rey. Varias docenas más se habían reunido en Dock Square, el corazón comercial del antiguo Boston, en las cercanías del puerto. Muchos de ellos eran marineros que esgrimían palos y bastones; algunos arrancaron las patas de las mesas de los puestos del mercado.
Poco después de las nueve, las campanas repicaron por toda la ciudad: primero en la iglesia de Battle Square, al poco en la llamada Old Brick Church, en el oeste, y luego también en la de Old South. Era costumbre que este tañer de campanas nocturno sirviera para dar la alarma sobre algún incendio. Aquella noche, cercano ya el final del invierno, un gran número de vecinos salió a toda prisa de sus hogares con la intención de mover las máquinas apagafuegos y llevar sacos y cubos a través de las calles cubiertas de hielo, mientras las bandas armadas comenzaban a converger hacia el centro de la ciudad. Guiados por la luz de la luna creciente, los grupos formaron una multitud que aumentaba con rapidez ante la Casa de Aduana, en la esquina norte de King Street (actual State Street) y de la Royal Exchange Lane.
El lugar de su renovado encuentro, la Casa de Aduana, simbolizaba el detestado sistema imperial de impuestos que Gran Bretaña les había endosado a sus trece colonias de la costa del Atlántico después de su victoria en la Guerra de los Siete Años, en 1763. Gran Bretaña quería que las colonias contribuyeran a sufragar los gastos desembolsados durante el pasado conflicto y también los de su futura defensa. También que aportaran fondos para la manutención de un ejército de 10 000 soldados británicos apostado en Norteamérica. Durante años, Massachusetts había encabezado la oposición a estas nuevas políticas imperiales, tanto por vías legales como extralegales. Los bostonianos protestaron contra la Ley del Timbre (Stamp Act) que había establecido un nuevo impuesto a todo tipo de papel impreso. Después de que dicha ley fuera rechazada, arremetieron contra las Leyes de Townshend (Townshend Acts) que creaban tasas sobre productos de importación como el cristal, el plomo y el té.
Las autoridades británicas retrasaron los juicios del capitán Preston y sus hombres hasta el otoño, con la esperanza de que para entonces se hubieran templado los ánimos. John Adams, respaldado por los Hijos de la Libertad*** (Sons of Liberty), accedió a servir de abogado de los soldados acusados: en su opinión, todo individuo merecía un juicio justo. Adams argumentó que los casacas rojas habían actuado en defensa propia ante una masa provocadora; como mucho, los soldados eran culpables de homicidio, no de asesinato.

Un cuarto de milenio después, en la memoria popular sobre la Revolución estadounidense, la Masacre de Boston es una especie de anomalía: es un suceso violento que sí reconocemos y recordamos. Sin embargo, la Revolución también fue violenta en formas que no recordamos, o que no podemos llegar a imaginar, porque se les ha puesto una sordina o incluso porque han sido borradas por completo del relato convencional. Aunque desde el siglo XVIII se haya invocado a la Revolución estadounidense, una y otra vez, en defensa de todo tipo de causas –el ejemplo actual más prominente tal vez sea la oposición del Tea Party a la reforma del sistema de protección sanitaria–, su violencia inherente se ha minimizado a menudo. El resultado ha sido que se ha perpetuado una narración en exceso sentimental de la guerra que dio origen a los Estados Unidos. Incluso los retratos de los hambrientos y desharrapados soldados de George Washington, que nos los muestran tiñendo con sus pies de rojo la nieve de Valley Forge, son la evocación nostálgica de unos mártires, y no la representación de unos guerreros curtidos en batalla. La memoria popular estadounidense sobre esta época tiende a centrarse en unos admirables hombres blancos que debatían sobre la independencia en unas reverenciadas salas de Filadelfia, o en Mount Vernon y Monticello.
Hay buenas razones que explican por qué los estadounidenses pintan su revolución y su guerra de independencia como una historia heroica e inspiradora, como el triunfo de unos ideales elevados frente al abuso imperial, como una lucha unida y unificadora para construir una nación que desembocó en unos Estados Unidos libres e independientes. Sin embargo, al optar por lo anterior, corren el riesgo de ignorar lo que aquellos hechos tuvieron de divisivos y de violentos. Para comprender la Revolución y la guerra –el propio nacimiento de la nación– debemos devolver la violencia, en todas sus formas, al relato.
Con el término «violencia» me refiero al empleo de la fuerza física con la intención de matar, herir o causar daños a personas o a propiedades. También a la violencia psicológica, es decir, el empleo de amenazas, de tácticas de amedrentamiento, humillación y brutalidad para introducir el temor en la gente e influir en su conducta y sus decisiones. Los patriotas norteamericanos se sirvieron, para forzar el éxito interno de su revolución, de campañas de terror contra los lealistas. Los patriotas defendieron la independencia de su nueva nación ante el Imperio británico en la guerra de mayor duración que ha tenido lugar en Norteamérica. Los patriotas trataron de ganar esa guerra estableciendo una distinción entre formas válidas e ilegítimas de violencia.

Como demuestra la Masacre de Boston, a los seres humanos implicados en una lucha les resulta tentador recordar solo la violencia sufrida por su bando e ignorar la soportada por los demás. Es clave, por tanto, que nos acerquemos a la era de la Revolución de forma sistemática, a través de distintas perspectivas: las que nos ofrecen los patriotas, los lealistas, los británicos, los nativos norteamericanos, los negros y los alemanes que participaron. Esto nos permitirá superar las narrativas centradas en una única perspectiva nacional y nacionalista, tanto estadounidenses como británicas, y ver más allá de sus diversos mitos, exageraciones y omisiones. También nos ayudará a no caer en la trampa de categorizar a uno u otro bando como meras víctimas, traidores o crueles agresores durante lo que los estadounidenses llaman Guerra de la Revolución y los británicos denominan Rebelión Americana o Guerra de Independencia de Estados Unidos.
La Masacre de Boston también nos muestra que la violencia no puede separarse de las historias sobre la violencia. La realidad física de la violencia y las costumbres políticas, retóricas y morales en las que se insertó estaban entretejidas indefectiblemente. Las narraciones de la violencia, tanto como la ideología, ayudaron a formar alianzas y a movilizar apoyos, bien a favor de la independencia o bien del Imperio. Las historias de persecución, sufrimiento y sacrificio permitieron, tanto a patriotas como a lealistas –y también a los británicos–, darle un sentido a la Revolución, la guerra civil y la rebelión colonial. Por medio de dichas historias, cada bando reclamó para sí una superioridad moral con la que ganarse el apoyo de la población de las colonias y la simpatía de la opinión pública de Gran Bretaña y del resto de Europa. En la guerra, tanta influencia tuvo el poder de persuasión como la estrategia, el número de efectivos disponibles o la logística. No solo importaba la forma en que cada bando manejaba la guerra –tanto en sentido material como ético–, sino qué historias podía contar sobre su conducta y sobre la de sus adversarios.

La tortura de Malcom, casi cuatro años posterior a la Masacre de Boston, sucedió en un momento en que la ciudad volvía a situarse en el centro de la discordia entre las colonias y la autoridad imperial. Después de que Gran Bretaña sacase las tropas de Boston y rechazara la aprobación de la mayoría de las Leyes de Townshend, habían seguido tres años de mayor tranquilidad. Sin embargo, en 1773, las tensiones volvían a aumentar de nuevo. El gobierno británico decidió sufragar los salarios del gobernador de Massachusetts y de los jueces con la suma que se recaudaba mediante el impuesto del té, que no se había eliminado. Esta decisión no tuvo en cuenta a la asamblea de la propia colonia. Además, la Ley del Té de aquel año, promulgada para ayudar a la Compañía de las Indias Orientales a pagar su deuda, concedió a un número reducido de comerciantes, los llamados consignatarios del té, el derecho exclusivo, monopolístico, de la venta de té en Norteamérica. Pronto, una coalición de políticos, artesanos y comerciantes de Boston que habían sido desplazados de dicho comercio pusieron el punto de mira en dichos consignatarios y en sus almacenes. El 16 de diciembre de 1773, varios cientos de individuos –comerciantes, artesanos, aprendices y adolescentes del lugar, entre los que estaba el zapatero Hewes– abordaron tres barcos amarrados en el embarcadero de Griffin y arrojaron 46 toneladas de té por la borda para impedir su venta.
Las Leyes Coercitivas (llamadas también Leyes Intolerables por los rebeldes), en lugar de servir para contener la insurgencia norteamericana, tal como había esperado el gobierno británico, ayudaron a aunar la opinión pública en sentido inverso por todas las colonias. Mientras, desde Nuevo Hampshire hasta Virginia, los colonos continuaban sus protestas relacionadas con el té, a lo largo de la primavera y el verano de 1774 también se organizaron para emprender una acción política concertada.
Los patriotas habían comenzado a militarizarse, los lealistas hicieron lo propio, formando asociaciones que iban desde Connecticut y Massachusetts hasta las colonias sureñas. En el momento en que los patriotas comenzaban a movilizarse, 400 lealistas acudieron por su parte a una reunión en Westchester (Nueva York), en abril de 1775. Algunos de ellos fundaron una asociación para defender el orden imperial, así como sus vidas, libertades y propiedades. A medida que los patriotas intensificaban sus actividades, los lealistas hacían otro tanto formando unidades militares en secreto. Sin embargo, en otros lugares, las asociaciones patriotas superaban con mucho a las lealistas: aquel mismo abril, unos 2500 patriotas de Massachusetts desarmaron a 300 lealistas que se habían asociado en Freetown para mantener «al vecindario sujeto a la autoridad del rey».

El tormento psicológico y la violencia física desempeñaron un papel mucho más grande en la supresión de la disidencia de lo que se suele admitir. La infraestructura que los patriotas crearon para la revolución, que a menudo se celebra como innovadora –es innegable que los comités creados al nivel de las pequeñas comunidades, en el de los distritos y en el de las colonias fueron un logro significativo de movilización política–, fue para los lealistas un aparato de opresión y de terror.

Lo que los insurgentes norteamericanos defendían como resistencia legítima ante la tiranía imperial, para su soberano era traición. Ya después del Motín del Té de Boston, en 1773, algunos políticos británicos habían pedido que rodaran cabezas. Un par del reino sugirió: «Colgad, arrastrad y descuartizad a cincuenta de ellos»***. El 23 de agosto de 1775, después de que Jorge III se negara a recibir la Petición de la rama de olivo que el Congreso Continental le había enviado en julio, como último recurso para evitar la guerra, el Consejo Privado emitió una proclamación «para sofocar la rebelión y la sedición». Declaraba que los norteamericanos estaban entonces en «abierta y declarada rebelión por […] traicioneramente preparar, ordenar y alistar tropas para ir a la guerra contra nosotros». Cuando los insurgentes se enteraron de que el rey se había negado a recibir su leal petición y que los había declarado rebeldes, los de ideas más radicales se consagraron desde entonces al objetivo de cortar los lazos con el Imperio.

Si queremos valorar la justicia militar en su contexto histórico, debemos recordar que la ley anglo-norteamericana de la época imponía castigos corporales –entre otros, los latigazos– de forma muy habitual a los civiles, tanto hombres como mujeres, por delitos contra las personas o contra la propiedad. Y, aunque es cierto que el siglo XVIII fue un periodo de transición desde los castigos ejemplarizantes hacia los códigos penales modernos, hubo dos excepciones muy importantes: la disciplina militar y la esclavitud. El terror del látigo se enseñoreaba en los buques que transportaban a los esclavos y en las plantaciones coloniales. Aunque los abolicionistas comenzaban ya entonces a señalar las espaldas llenas de cicatrices de los esclavos como una acusación infamante, las reformas humanitarias de la disciplina militar aún tardarían en llegar muchos años. Los que abogaban por las flagelaciones militares –como el propio comandante en jefe de la nueva república, que también era propietario de esclavos– no cesaron de proclamar que eran indispensables para la disciplina castrense.
No podemos estar seguros de que Washington presenciara en persona el castigo corporal de alguno de sus soldados. Sin embargo, ya cuando era un joven coronel había promulgado órdenes estrictas contra los actos de pillaje durante las marchas y en los alrededores de los campamentos.

La violación, que para la ley inglesa, desde antiguo, era un delito punible con la muerte, se definía en el mundo británico como el ilegítimo «conocimiento carnal de una mujer por la fuerza y contra su voluntad». Según las leyes de la guerra imperantes, aclaradas además por el principal autor sobre derecho internacional, Emer de Vattel, los ejércitos invasores y ocupantes tenían ciertos derechos sobre las mujeres, ya que estas eran enemigas. Sin embargo, en tanto que no presentaran resistencia activa a las tropas invasoras, los soldados no tenían «derecho a maltratar sus personas, ni a usar ninguna violencia contra ellas», ni tampoco con los «niños, varones ancianos débiles y personas enfermas». Para Vattel, se trataba de «una máxima de justicia y humanidad tan clara que, en el presente, todas las naciones con un mínimo grado de civilización la reconocen».
Como sucede en la mayoría de las guerras y en la mayoría de las sociedades, la tasa de violaciones durante la Guerra de la Revolución es imposible de cuantificar. Es casi seguro que se cometieron muchas más atrocidades de ese tipo que las que se denunciaron. Washington, Livingston, Witherspoon y sus colegas del comité del Congreso admitían que la violación iba a ser «más difícil de demostrar que cualquiera de las otras [atrocidades, incluidas las cometidas en el campo de batalla], dado que la persona víctima del abuso, así como sus parientes, son en general reacias a llevar cuestiones de este tipo al conocimiento público». El número de soldados violadores juzgados era aún más reducido, y todavía menor el de los que eran castigados. Las circunstancias, a menudo, imponían el silencio a las víctimas de las violaciones. Estas eran intimidadas mediante amenazas, o carecían de testigos que corroboraran sus versiones, o temían la humillación adicional y las consecuencias sociales de que se debatiera acerca de su integridad sexual en público. Incluso los soldados británicos se referían a los casos ocultos de violación cometidos por sus camaradas.

El cautiverio fue, sin duda, una experiencia de violencia y sufrimiento. Sin embargo, durante la Guerra de la Revolución también podemos encontrar muestras de compasión en el conjunto de la sociedad que los custodiaba. Los civiles británicos se habían mostrado sensibles a la situación de los prisioneros rebeldes desde el comienzo, cuando escritores como Miserecors y Humanitas les recordaban el Agujero negro de Calcuta. En 1777, el Edicto de North sirvió para unir, en contra del mismo, a los británicos que se movían por razones humanitarias y a los que eran contrarios a la guerra. Además de la violencia ejercida por la ley, la visión o los relatos de los sufrimientos de los cautivos norteamericanos en suelo inglés también movieron a los británicos sensibilizados a la entrega de donativos. Otros introducían dinero en los cajetines de caridad que los prisioneros habían fabricado y luego colocado en las puertas de las prisiones. Los periódicos imprimían notas de agradecimiento de presos que prometían informar a sus paisanos norteamericanos de que había «caballeros en Inglaterra con el corazón abierto a los sentimientos humanitarios».
En 1780, Gran Bretaña ya no se limitó a enviar cautivos rebeldes a destinos lejanos del Imperio: la Guerra de la Revolución estadounidense se había convertido en un conflicto de dimensiones globales que se desarrollaba en múltiples continentes y océanos. Esto se debió al dramático giro geopolítico que trajo consigo la alianza firmada por los Estados Unidos con Francia en 1778 y las posteriores entradas en la guerra de Francia, España y las Provincias Unidas (los Países Bajos). Sin embargo, las ramificaciones de la alianza franco-estadounidense iban más allá de un cambio geoestratégico. Al abrazarse la nueva república estadounidense al tradicional archienemigo de Gran Bretaña, también se alteraron las placas tectónicas de la política británico-estadounidense y la dinámica de la guerra. La alianza con Francia, de modos tal vez no previstos por sus arquitectos diplomáticos, sentó las bases de una mayor escalada de la violencia en Norteamérica.

Solo unas semanas después de la Masacre de Baylor, los «salvajes buscadores de la paz británicos» iniciaban su campaña en el Sur. Antes de que acabara el año habrían tomado Savannah en Georgia y, unos seis meses después, Charleston en Carolina del Sur. La mayor parte de las historias de la segunda mitad de la guerra se fijan, sobre todo, en el teatro de operaciones meridional. Sin embargo, fue en el Norte donde tanto el Ejército británico como el continental lanzaron campañas de terror casi simultáneas en el verano de 1779. Las predicciones de John Adams de incendios en las costas y «masacre en las fronteras» se harían realidad. En cuanto a la violencia en la frontera, sin embargo, los estadounidenses iban a convertirse no solo en víctimas, sino también en agresores.
El maíz había sido un elemento fundamental de la cultura iroquesa durante siglos. Era su principal alimento y estaba estrechamente ligado a sus mitos originarios y su vida espiritual. Durante la invasión, los campos de maíz fueron los más difíciles de destruir. Los continentales estaban asombrados por la enorme escala de los cultivos de maíz indios, el tamaño de las fincas, la altura de los tallos que medían más de 3, de 4 y hasta de 5 m, y las mazorcas de incluso 40 cm de largo. Numerosos grupos del ejército, a veces la totalidad del mismo, se detenían, de vez en cuando, uno o varios días a cortar los tallos o a quemarlos.
Los historiadores de la Guerra de la Revolución suelen prestar poca atención al año 1779. Al no suceder batallas importantes, pareciera que la guerra estaba estancada. Sin embargo, esa no fue, desde luego, la sensación que tuvieron las poblaciones que fueron objeto de las campañas de terror de aquel verano. En la frontera, la violencia revolucionaria impuso una agenda inequívocamente expansionista, con una fuerte carga de choque racial. En Iroquoia, los efectos de la Guerra de la Revolución se sufrieron durante décadas. Al acabar 1779, el grueso de las operaciones militares en Norteamérica se había desplazado hacia el sur. Después de que británicos y estadounidenses promulgaran amenazas y contraamenazas en la batalla de los manifiestos, quedaba por ver si de veras estaban preparados para librar una guerra sin límites. Mientras que Gran Bretaña americanizaba el conflicto confiando cada vez más en lealistas blancos armados y en soldados y trabajadores negros, los habitantes del Sur –patriotas y lealistas, blancos y negros– se enzarzaron en una guerra civil de una crueldad especialmente brutal. Además, igual que en la frontera occidental, en el Sur –donde los esclavos negros constituían entre el 40 y el 60 % de la población– la guerra estuvo ligada de un modo indisoluble a la violencia racista.
La movilización de un número mayor de negros, del modo que sucedió en la defensa de Savannah, era parte de la nueva estrategia británica provocada por cambios dramáticos en el contexto internacional de la guerra. Después de que Francia hubiera entrado en la contienda en 1778, en calidad de aliado de los Estados Unidos, España –aunque todavía sin reconocer la independencia de dicha nación– declaró la guerra a Gran Bretaña al año siguiente con la esperanza de recobrar posesiones perdidas como la Florida, Jamaica, Gibraltar y Menorca. Lo que había sido en su comienzo una guerra norteamericana había mutado en conflicto mundial. En 1779, las fuerzas navales y terrestres británicas ya se enfrentaban a las potencias borbónicas en Centroamérica y en el Caribe, en África occidental y en la India, así como en Europa, donde los españoles bloqueaban Gibraltar y los franceses se preparaban para invadir las islas británicas. Desde la perspectiva de Londres, la guerra contra las trece colonias rebeldes norteamericanas ya no era el teatro de operaciones más importante en la nueva lucha que Gran Bretaña libraba a escala global.
Los estrategas británicos que planearon y aplicaron el giro estratégico hacia el Sur se demostraron incapaces de controlar, en beneficio propio, los efectos de la violencia que desataron con su americanización de la guerra por dos vías diferenciadas. Los excesos brutales de la Legión Británica de Tarleton, así como los cometidos por milicias y otras fuerzas irregulares, les alienaron el favor de una población cansada de la guerra y también sirvieron para recordarle a la misma los motivos de su larga lucha. El apoyo lealista resultó difícil de preservar en las áreas que no estuvieran bajo la protección directa del ejército británico; la expectativa de despertar la ira de sus vecinos enfriaba el entusiasmo de los lealistas. La guerra en el Sur confirmó por qué era necesario respetar unos códigos en la guerra: «[…] una guerra en la que la violencia de los medios socava los fines políticos es contraproducente». El deseo de venganza de los lealistas erosionó las posibilidades británicas de pacificar el Sur y de diseñar la reconciliación.
La guerra ofreció nuevas posibilidades a los negros que anhelaban obtener su libertad individual y oponerse al sistema esclavista, pero también nuevas amenazas. Los esclavos de las plantaciones expuestos a los peligros de la guerra, así como los que luchaban por uno u otro bando siendo aún esclavos o que ya eran libres, experimentaron tanto la violencia racial como la de la guerra, pues ambas, además, se reforzaban una a la otra. Para muchos miles, dicha combinación resultó letal. La utilización por los británicos de más lealistas blancos y más negros, por tanto, no alcanzó los objetivos que pretendía, pero sí que encarneció mucho la guerra en el Sur, una guerra cargada de odios civiles y raciales. Y, si la paz llegó demasiado tarde para antiguos esclavos como Harry, partes del teatro de operaciones septentrional también experimentaron las consecuencias de la guerra hasta bastante después de la rendición británica en Yorktown.

El recuerdo del sacrificio de los patriotas era, compatible con la reconciliación. De hecho, lo primero era parte necesaria de lo segundo, ya que los vencedores de la Revolución les recordaban a sus antiguos adversarios que la reintegración se la debían a la magnanimidad de quienes los habían derrotado, sus vecinos moralmente superiores. Tras el violento conflicto mediante el que se construyó la nación, el sufrimiento de los lealistas, por otro lado, no tenía papel alguno en el futuro relato de la fundación de los Estados Unidos.
Aunque tanto los vencedores de la Revolución primero como, después, cada vez también en mayor medida los perdedores ayudaron a construir los Estados Unidos de la posguerra, las cicatrices continuaron señalando las profundas divisiones que habían escindido tan recientemente a la sociedad estadounidense.
Si por un lado los patriotas veían en las viejas cicatrices que exhibían un motivo de orgullo nacional, los lealistas en cambio no tenían más remedio que esconder sus traumas. El relato nacional dominante del martirio patriota acusaba a los lealistas de falta de patriotismo y de disidencia antiestadounidense. Se los eliminó del discurso dominante, y un manto de amnesia colectiva ocultó la violencia que los patriotas habían ejercido sobre sus vecinos.
En la conciencia histórica estadounidense casi no hallamos rastro alguno de las amenazas, maltratos físicos y encarcelamientos soportados por miles de individuos. Los patriotas controlaron la historia de la Revolución, de la guerra y de la paz, en los monumentos y en la historiografía, en los desfiles revolucionarios y en los discursos del 4 de julio.

En un momento en que los estadounidenses comienzan a enfrentarse a muchas verdades dolorosas sobre su sociedad, de forma tal vez más directa de lo que ha sido habitual durante mucho tiempo, es posible que ya estén listos para reevaluar también los inicios de su propia nación. Si abandonan su mitificación romántica de aquella guerra, el blanqueamiento y el olvido interesado de la violencia de la era revolucionaria podrá dar paso a una nueva evaluación y a un recuerdo honesto que permita, a la vez, una celebración orgullosa y agradecida y una reflexión franca acerca de las ambivalencias y los legados contradictorios del violento nacimiento de la nación.

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The Scars of Independence is a story about violence. It is the first book about the American Revolution and the Revolutionary War to focus its analytical and narrative focus on violence. As such, it tells the story of combatants, prisoners and civilians – men or women, famous or little known – who experienced violence as perpetrators, as witnesses or as victims.

The author tells the reader at the beginning of this book that he wants to focus on violence in the American Revolution.
Quote: «It is the first book on the American Revolution and the Revolutionary War to adopt violence as its central analytical and narrative focus.»
While he does mention some books that spoke of violence, mostly regional histories, his book is indeed the only one to offer a comprehensive history of the violence in this war. As he explains, it was a civil war, Patriots fighting Loyalists, with ever more cruelty. His claim that today’s American public was not aware of the violence is not quite true. The Mel Gibson movie «The Patriot» depicted some of the British cruelty.
Cowpens National Battlefield Park is the site of a Revolutionary War battle (1-17-1780) between US soldiers under Gen. Daniel Morgan and British cavalry/dragoons under Colonel Banastre Tarleton, model for the chief bad guy in the Mel Gibson movie «Patriot.»
In the movie, Gibson kills the bad guy. In real life, Tarleton went back to Britain, served in Parliament, became a member of Wellington’s card playing group, and died a peaceful death of old age. More info can be found in an excellent book»Partisans and Redcoats» by Walter Edgar. Mr. Edgar spoke about his book on C-SPAN. He commented that some British newspapers protested about the brutality in the movie «Patriot.» He said that, in fact, the movie toned down the British ruthless behavior. He further stated if the combatants were judged by today’s laws, Tarleton would be considered a war criminal. However, he went to say that there was cruelty on both sides, with Loyalists/Tories and US soldiers burning each others homes. Tarleton is notorious for the battle of Waxhaws, SC (5-29-1780), where his dragoons attacked and overwhelmed about 400 Virginia patriots. They attempted to surrender. Tarleton’s men, following their leader’s example, killed every last one.
US soldiers under Morgan defeated Tarleton’s dragoons at Cowpens. Tarleton escaped. Some US soldiers wanted to kill all the British soldiers, crying «Tarleton’s Quarters!» but US officers managed to stop this. There is a loop trail about 1.5 miles long with interpretive signs.
The author goes into considerable detail of Patriot and Loyalist cruelties against each other, starting about 1774 with tarring and feathering of British civilian officials. There are graphic descriptions of rape and gruesome killings/torture. I was not aware of the extent of Patriot /Loyalist violence which did not end with the defeat of the British at Yorktown, Virginia in 1781. It continued and a Loyalist execution of a Patriot leader in 1782 very nearly derailed the ongoing peace talks between the US and Britain.
The author is from Germany and points out that he is not biased towards the US or British interpretations of the Revolutionary War. There is no translator listed and he is evidently fluent in English as his writing is excellent. The author did a great deal of fresh research, much of it in primary sources, i.e., letters, diaries, contemporary newspapers and various US/British official reports. There are about 100 pages of footnotes. I am impressed by the amount of research done by the author.
The Big Idea of this book is that the American Revolution was in fact a war in which people were sometimes mean and did Not Nice things. This will be a revelation to everyone whose sole knowledge of the American Revolution comes from watching Schoolhouse Rock. The argument is made through monotonous repetition of individual stories and rarely rises above the level of anecdote. It’s not that his thesis is wrong, it just seems obvious and kind of pointless. I was truly hoping for an incisive look at the violent birth of the nation as a progenitor for all sorts of inherent flaws and continuing violence (as is hinted at the beginning). Instead, there were some rather tepid stories about how the Patriots were sometimes mean and the Torys (sorry, «Loyalists» because apparently Tory is not a p.c. word by 2017 standards???) sometimes left their towns because of it. Also, soldiers sometimes did bad things.

As night fell on Monday, March 5, 1770, small groups of Bostonians armed with lead-laden batons, clubs and cutlasses began to harass British officers and soldiers they found alone on the streets of the city. Elsewhere in the town, soldiers threatened and attacked several civilians. Rumor had it that a missing sergeant had been killed and that a troop had beaten up an oyster seller. Around eight o’clock, enraged individuals confronted redcoats outside Murray’s Barracks, a sugar refinery located on Draper’s Alley and Brattle Street, where troops from the King’s Army were stationed. Several dozen more had gathered in Dock Square, the commercial heart of old Boston, near the harbor. Many of them were sailors who wielded sticks and poles; some tore the legs off the tables of the market stalls.
Shortly after nine o’clock, the bells rang throughout the city: first in the church in Battle Square, then in the so-called Old Brick Church in the west, and then in Old South as well. It was customary that this nightly ringing of bells served to raise the alarm about a fire. That night, near the end of winter, a large number of residents rushed out of their homes with the intention of moving the fire extinguishers and carrying sacks and buckets through the ice-covered streets, while the armed gangs began to converge towards the city center. Guided by the light of the crescent moon, the groups formed a rapidly growing crowd outside the Customs House at the north corner of King Street (now State Street) and Royal Exchange Lane.
The place of their renewed rendezvous, the Customs House, symbolized the detested imperial tax system that Great Britain had endorsed on its thirteen colonies on the Atlantic coast after its victory in the Seven Years’ War in 1763. Great Britain wanted the colonies to help defray the expenses incurred during the past conflict and also those of its future defense. Also to provide funds for the maintenance of an army of 10,000 British soldiers stationed in North America. For years, Massachusetts had led the opposition to these new imperial policies, both through legal and extralegal channels. Bostonians protested against the Stamp Act, which had established a new tax on all types of printed paper. After that law was rejected, they lashed out at the Townshend Acts that created taxes on imported products such as glass, lead and tea.
The British authorities delayed the trials of Captain Preston and his men until the autumn, hoping that by then tempers would have tempered. John Adams, backed by the Sons of Liberty ***, agreed to serve as counsel for the accused soldiers: in his opinion, every individual deserved a fair trial. Adams argued that the Redcoats had acted in self-defense in the face of a provocative crowd; at best, the soldiers were guilty of murder, not murder.

A quarter of a millennium later, in popular memory of the American Revolution, the Boston Massacre is something of an anomaly: it is a violent event that we do recognize and remember. However, the Revolution was also violent in ways that we do not remember, or that we cannot imagine, because they have been muted or even because they have been completely erased from the conventional narrative. Although the American Revolution has been invoked over and over again since the 18th century in defense of all sorts of causes – perhaps the most prominent current example being the Tea Party’s opposition to health protection reform – its Inherent violence has often been downplayed. The result has been that an overly sentimental account of the war that gave birth to the United States has been perpetuated. Even the portraits of George Washington’s ragged and hungry soldiers, which show them staining the Valley Forge snow with their feet red, are nostalgic evocation of martyrs, not battle-hardened warriors. Popular American memory of this time tends to focus on admirable white men debating independence in revered Philadelphia halls, or at Mount Vernon and Monticello.
There are good reasons why Americans paint their revolution and their war for independence as a heroic and inspiring story, as the triumph of lofty ideals in the face of imperial abuse, as a united and unifying struggle to build a nation that led to Free and independent America. However, by opting for the above, they run the risk of ignoring what was divisive and violent in those events. To understand the Revolution and the war – the very birth of the nation – we must return violence, in all its forms, to the story.
By the term «violence» I mean the use of physical force with the intention of killing, injuring or causing damage to persons or property. Also to psychological violence, that is, the use of threats, intimidation, humiliation and brutality tactics to introduce fear into people and influence their behavior and decisions. The American patriots used, to force the internal success of their revolution, of terror campaigns against the loyalists. Patriots defended the independence of their new nation from the British Empire in the longest war ever to take place in North America. The patriots tried to win that war by making a distinction between valid and illegitimate forms of violence.

As the Boston Massacre demonstrates, it is tempting for human beings involved in fighting to remember only the violence suffered by their side and ignore that endured by others. It is key, therefore, that we approach the era of Revolution in a systematic way, through different perspectives: those offered by the patriots, the loyalists, the British, the Native Americans, the blacks and the Germans who participated. This will allow us to move beyond narratives centered on a single national and nationalist perspective, both American and British, and see beyond its various myths, exaggerations and omissions. It will also help us not to fall into the trap of categorizing one or the other side as mere victims, traitors or cruel aggressors during what the Americans call the Revolutionary War and the British call the American Rebellion or the American War of Independence.
The Boston Massacre also shows us that violence cannot be separated from stories about violence. The physical reality of violence and the political, rhetorical and moral customs in which it was inserted were inextricably interwoven. Narratives of violence, as well as ideology, helped form alliances and mobilize support, either for independence or for the Empire. The stories of persecution, suffering and sacrifice allowed patriots and loyalists alike – and the British alike – to make sense of the Revolution, the civil war and the colonial rebellion. Through these stories, each side claimed for itself a moral superiority with which to win the support of the population of the colonies and the sympathy of public opinion in Great Britain and the rest of Europe. In war, the power of persuasion was as influential as strategy, the number of available troops, or logistics. It was not just the way each side handled the war that mattered – both materially and ethically – but what stories they could tell about their conduct and that of their adversaries.

Malcolm’s torture, almost four years after the Boston Massacre, occurred at a time when the city was once again at the center of contention between the colonies and imperial authority. After Great Britain drew troops out of Boston and rejected the passage of most of the Townshend Laws, three more quiet years had followed. However, in 1773, tensions rose again. The British government decided to meet the salaries of the Massachusetts governor and judges from the amount raised by the tea tax, which had not been eliminated. This decision did not take into account the assembly of the colony itself. In addition, the Tea Act of that year, promulgated to help the East India Company pay its debt, granted a small number of merchants, the so-called tea consignees, the exclusive, monopolistic right to sell tea. in North America. Soon, a coalition of Boston politicians, artisans, and merchants who had been displaced from the trade targeted these consignees and their warehouses. On December 16, 1773, several hundred individuals – local merchants, artisans, apprentices, and teenagers, including the shoemaker Hewes – boarded three boats moored at Griffin Pier and threw 46 tons of tea overboard to prevent its sale.
The Coercive Laws (also called Intolerable Laws by the rebels), instead of serving to contain the North American insurgency, as the British government had hoped, helped to unite public opinion in the opposite direction throughout the colonies. As settlers continued their tea-related protests from New Hampshire to Virginia, throughout the spring and summer of 1774 they also organized for concerted political action.
The patriots had begun to militarize, the loyalists did the same, forming associations that ranged from Connecticut and Massachusetts to the southern colonies. At the time when the patriots began to mobilize, 400 loyalists turned out for their part to a meeting in Westchester (New York), in April 1775. Some of them founded an association to defend the imperial order, as well as their lives, liberties and properties. As the Patriots intensified their activities, the Loyalists did the same by forming military units in secret. In other places, however, patriot associations far outnumbered loyalists: that same April, some 2,500 Massachusetts patriots disarmed 300 loyalists who had associated in Freetown to keep «the neighborhood under the authority of the king.»

Psychological torment and physical violence played a much larger role in suppressing dissent than is often admitted. The infrastructure that the patriots created for the revolution, which is often celebrated as groundbreaking – it is undeniable that the committees created at the small community, district and colony levels were a significant achievement of political mobilization. It was for the loyalists an apparatus of oppression and terror.

What the US insurgents defended as legitimate resistance to imperial tyranny, for their sovereign, was treason. Already after the Boston Tea Party in 1773, some British politicians had called for heads to roll. A couple from the kingdom suggested, «Hang, drag, and dismember fifty of them.» On August 23, 1775, after George III refused to receive the Petition for the Olive Branch that the Continental Congress had sent him in July, as a last resort to avoid war, the Privy Council issued a proclamation ‘to quell rebellion and sedition. It declared that the Americans were then in «open and declared rebellion for … treacherously preparing, ordering and enlisting troops to go to war against us.» When the insurgents learned that the king had refused to accept his loyal request and that he had declared them rebels, those of more radical ideas devoted themselves from then on to the objective of severing ties with the Empire.

If we want to assess military justice in its historical context, we must remember that the Anglo-American law of the time imposed corporal punishment – among others, whipping – very regularly on civilians, both men and women, for crimes against people. or against property. And while it is true that the 18th century was a period of transition from exemplary punishments to modern penal codes, there were two very important exceptions: military discipline and slavery. The terror of the whip reigned supreme on the ships that carried slaves and on the colonial plantations. Although abolitionists were already beginning to point to the scarred backs of slaves as a disgraceful accusation, humanitarian reforms of military discipline would still take many years to come. Those who advocated military floggings – like the commander-in-chief of the new republic himself, who was also a slave owner – did not cease to proclaim that they were indispensable for military discipline.
We cannot be sure that Washington witnessed the corporal punishment of any of his soldiers in person. However, even when he was a young colonel he had issued strict orders against acts of pillage during marches and around the camps.

Rape, which had long been a crime punishable by death in English law, was defined in the British world as the illegitimate «carnal knowledge of a woman by force and against her will.» According to the prevailing laws of war, further clarified by the main author on international law, Emer de Vattel, the invading and occupying armies had certain rights over women, since they were enemies. However, as long as they did not actively resist the invading troops, the soldiers had «no right to mistreat their persons, nor to use any violence against them», nor against «children, weak old men and sick people». For Vattel, it was «a maxim of justice and humanity so clear that, at present, all nations with a minimum degree of civilization recognize it.»
As in most wars and in most societies, the rate of rape during the Revolutionary War is impossible to quantify. It is almost certain that many more such atrocities were committed than were reported. Washington, Livingston, Witherspoon and their colleagues on the Congressional committee admitted that the rape would be «more difficult to prove than any of the other [atrocities, including those committed on the battlefield], since the abused person, like their relatives, they are generally reluctant to bring issues of this kind to the public record. ‘ The number of rape soldiers tried was even smaller, and even fewer were punished. Circumstances often silenced rape victims. They were intimidated by threats, or lacked witnesses to corroborate their accounts, or feared the additional humiliation and social consequences of having their sexual integrity discussed in public. Even the British soldiers referred to the hidden cases of rape committed by their comrades.

Captivity was undoubtedly an experience of violence and suffering. However, during the Revolutionary War we can also find signs of compassion in the whole of the society that guarded them. British civilians had been sensitive to the plight of rebel prisoners from the beginning, when writers like Miserecors and Humanitas reminded them of the Black Hole of Calcutta. In 1777, the Edict of North served to unite, against it, the British who moved for humanitarian reasons and those who were against the war. In addition to the violence exerted by the law, the vision or the accounts of the sufferings of the North American captives on English soil also moved the sensitized British to the delivery of donations. Others put money into the charity boxes that the prisoners had made and then placed on the doors of the prisons. Newspapers printed thank-you notes from prisoners who promised to inform their American countrymen that there were «gentlemen in England with open hearts to humanitarian sentiments.»
By 1780, Britain no longer limited itself to sending rebellious captives to distant destinations in the Empire: the American Revolutionary War had become a global conflict unfolding on multiple continents and oceans. This was due to the dramatic geopolitical turn brought about by the alliance signed by the United States with France in 1778 and the subsequent entries into the war by France, Spain and the United Provinces (the Netherlands). However, the ramifications of the Franco-American alliance went beyond a geostrategic shift. As the new American republic embraced the traditional archenemy of Great Britain, the tectonic plates of British-American politics and the dynamics of the war were also altered. The alliance with France, in ways perhaps not foreseen by its diplomatic architects, laid the foundations for a further escalation of violence in North America.

Only weeks after the Baylor Massacre, the «savage British peace seekers» began their campaign in the South. Before the year was out they would have taken Savannah in Georgia and, about six months later, Charleston in South Carolina. Most of the stories of the second half of the war are set, above all, in the southern theater of operations. However, it was in the North that both the British and Continental Army launched almost simultaneous terror campaigns in the summer of 1779. John Adams’s predictions of coastal fires and «frontier slaughter» would come true. As for border violence, however, Americans were to become not only victims, but also aggressors.
Corn had been a fundamental element of Iroquois culture for centuries. It was their main food and was closely linked to their original myths and their spiritual life. During the invasion, the cornfields were the hardest to destroy. The mainlanders were amazed by the enormous scale of the Indian corn crops, the size of the farms, the height of the stalks measuring more than 3, 4 and even 5 m, and the ears even 40 cm long. Numerous groups of the army, sometimes the entire army, stopped, from time to time, for a day or several to cut the stalks or to burn them.
Historians of the Revolutionary War tend to pay little attention to the year 1779. With no major battles taking place, it seems that the war was stagnant. However, this was not, of course, the feeling that the populations that were the objects of the terror campaigns of that summer had had. On the border, revolutionary violence imposed an unequivocally expansionist agenda, heavily charged with racial shock. In Iroquoia, the effects of the Revolutionary War were suffered for decades. By the end of 1779, the bulk of military operations in North America had shifted south. After the British and Americans issued threats and counter-threats in the battle of the manifestos, it remained to be seen whether they were truly prepared to wage war without limits. While Britain was Americanizing the conflict by relying more and more on armed white loyalists and black soldiers and workers, the people of the South – patriots and loyalists, black and white – engaged in a civil war of especially brutal cruelty. Furthermore, as on the western frontier, in the South – where black slaves constituted between 40 and 60% of the population – the war was inextricably linked to racist violence.
The mobilization of a larger number of blacks, as in the defense of Savannah, was part of the new British strategy brought about by dramatic changes in the international context of the war. After France had entered the fray in 1778, as an ally of the United States, Spain – although still not recognizing the independence of that nation – declared war on Great Britain the following year in the hope of regaining lost possessions such as Florida, Jamaica, Gibraltar and Menorca. What had originally been an American war had morphed into a world conflict. By 1779, British naval and land forces were already facing Bourbon powers in Central America and the Caribbean, in West Africa and India, as well as in Europe, where the Spanish were blocking Gibraltar and the French were preparing to invade the islands. British. From London’s perspective, the war against the thirteen rebellious North American colonies was no longer the most important theater of operations in Britain’s new struggle on a global scale.
The British strategists who planned and applied the strategic turn towards the South proved incapable of controlling, for their own benefit, the effects of the violence that they unleashed with their Americanization of the war in two different ways. The brutal excesses of Tarleton’s British Legion, as well as those committed by militias and other irregular forces, alienated them from the favor of a war-weary population and also served to remind them of the reasons for their long struggle. Loyalist support proved difficult to preserve in areas not under the direct protection of the British Army; the expectation of arousing the ire of their neighbors chilled the loyalists’ enthusiasm. The war in the South confirmed why it was necessary to respect codes in warfare: «[…] a war in which media violence undermines political ends is counterproductive.» The loyalists’ desire for revenge eroded Britain’s chances of pacifying the South and engineering reconciliation.
The war offered new possibilities for blacks who yearned to obtain their individual freedom and oppose the slave system, but also new threats. Plantation slaves exposed to the dangers of war, as well as those who fought for one side or the other while still slaves or who were already free, experienced both racial and war violence, since both were also reinforced. at each other. For many thousands, this combination proved lethal. The use by the British of more white and black loyalists, therefore, did not achieve the objectives it intended, but it did make the war in the South very fierce, a war charged with civil and racial hatred. And, if peace came too late for former slaves like Harry, parts of the northern theater of operations also experienced the aftermath of war well after the British surrender at Yorktown.

The memory of the sacrifice of the patriots was compatible with reconciliation. In fact, the first was a necessary part of the second, since the victors of the Revolution reminded their former adversaries that their reintegration was due to the magnanimity of those who had defeated them, their morally superior neighbors. After the violent conflict by which the nation was built, the suffering of the Loyalists, on the other hand, played no role in the future account of the founding of the United States.
Although both the victors of the Revolution first and then increasingly the losers helped build the postwar America, the scars continued to point to the deep divisions that had so recently split American society.
If on the one hand the patriots saw in the old scars that they exhibited a motive of national pride, the loyalists on the other hand had no choice but to hide their traumas. The dominant national account of patriot martyrdom accused loyalists of a lack of patriotism and anti-American dissent. They were removed from the dominant discourse, and a cloak of collective amnesia concealed the violence that the patriots had brought to bear on their neighbors.
In the American historical consciousness we find almost no trace of the threats, physical abuse and imprisonment endured by thousands of individuals. Patriots controlled the history of the Revolution, of war, and of peace, in monuments and historiography, in revolutionary parades, and in July 4 speeches.

At a time when Americans are beginning to grapple with many painful truths about their society, perhaps more directly than has been customary for a long time, they may already be ready to reassess their own nation’s beginnings as well. If they abandon their romantic mythologization of that war, the whitening and self-interested forgetting of the violence of the revolutionary era may give way to a new evaluation and an honest memory that allows, at the same time, a proud and grateful celebration and a frank reflection on of the ambivalences and contradictory legacies of the violent birth of the nation.

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