La Señora Potter No Es Exactamente Santa Claus — Laura Fernández / Mrs. Potter Isn’t Exactly Santa Claus by Laura Fernández (spanish book edition)

Había empezado, Madeline Frances MacKenzie, a pintar aquellos cuadros que hacía llegar a su hijo y también a su marido cuando su marido aún existía, y que, más que presumidas postales de los supuestos lugares de todo el mundo en los que, para ellos, se encontraba, eran paisajes interiores, pedazos de aquella, su otra vida detenida, la vida que dio comienzo cuando conoció a Keith Joyce, el tipo Underhill, sus enormes manos también manchadas de pintura, aquel olor que era su mismo olor mezclado con el olor a cigarrillos, la mirada perdida, el diminuto pincel asomando siempre de algún bolsillo, nada más poner un pie en el estudio de la calle Ottercove de aquel lugar tan cercano al presidio de Willamantic que en su mente no podía llamarse de otra manera que Willamantic. Lo había hecho para decirse a sí misma que la escisión no era más que eso, una escisión, y ella seguía ahí, en alguna parte, lanzándoles mensajes desde un presente ausente, como lo haría un fantasma que un buen día no hubiese tenido otro remedio que elegir entre seguir siendo de carne y hueso o convertirse en algo parecido a una etérea inspiración, porque a eso se decía, aspiraban sus cuadros, a decirle a su hijo, y también a Randal, que ella seguía ahí, con ellos, pero lejos, un lejos que impedía que se sentara malhumorada a la mesa por las noches, que apenas intercambiara palabra con nadie y que cuando lo hiciera, su ferocidad asustase, que disparase su frustración contra todo. Podría decirse que sus cuadros jugaban a sustituirla, conteniéndola a ella, y la posibilidad de otro mundo, uno en el que no existía aquella tienda, ni Kimberly Clark Weymouth, ni la forma que había tomado, con el tiempo, su familia, aquella familia que podía haber sido tantas otras cosas y había acabado siendo aquello, una casa en Mildred Bonk, una obsesión, un montón de lienzos esperándola, un niño que coleccionaba historias de ayudantes porque prefería ser la sombra de cualquiera a ser su propia sombra.

Una novela diferente y original. Al principio me costó entrar en ella, pero una vez que me acostumbré al estilo, la disfruté en buena medida. Kimberly Clark Weymouth es una ciudad fría e inhóspita, conocida por ser el lugar donde una conocida escritora, Loiuse Feldman, ambientó el clásico infantil La señora Potter no es exactamente Santa Claus. Esa publicación propició que Randal Peltzer, abriese una tienda de souvenirs. Ahora, su hijo Billy la quiere cerrar. ¿Le permitirá la ciudad hacerlo? Hasta ahí lo que nos dice la sinopsis.
¿Qué es lo que destaco?
La portada. Además de ser bonita, es alusiva a Louise Feldman, a su libro, a la tienda de souvenirs y la propia ciudad. ¡Una preciosidad y un acierto!
Los títulos de cada capítulo. Laura Férnandez ha emulado en ellos el estilo de novelas de otros tiempos, eso sí, con un toque muy personal.
El estilo narrativo. Original, especial y en ocasiones abrumador. Empezar cada capítulo es como entrar en un laberinto. Te lleva a tantas partes, que a su vez llevan a otras y a otras más, que temes perderte sin remedio. Cuando comencé el primero estuve a punto de sacar la libreta y hacer un croquis. No fue necesario. No sé cómo lo hace Laura, pero en el momento preciso, con una simple frase, te reconduce y te sitúa de nuevo. Es una constante durante toda la novela.
Hay que señalar también, el dominio de la cantidad de recursos que utiliza, paréntesis, parráfos enteros con mayúsculas o cursiva, comas muy bien sitúadas, etc. Todos ellos contribuyen a crear ese ese ambiente especial que tiene el libro.
La propia ciudad. Kimberly Clark Weymouth es un personaje más, quizá el más destacado. Como ya dije antes, es un lugar frío e inclemente. Pese a su eterno aspecto de postal navideña, o quizá por ello, da grima y ganas de salir corriendo. Ventiscas que te sorprenden a la vuelta de la esquina, montones de nieve que caen de repente. El cielo perpetuamente blanco, el resto perpetuamente helado. Con todo, lo peor no es ese invierno eterno, sino que la ciudad se ha convertido en una prisión para sus habitantes. Un lugar que no cambia y que no permite cambiar. La mayoría de sus ciudadanos desea que todo siga siempre igual, lo que les lleva a situaciones de lo más surrealista.
Los personajes, muchos y de lo más estrambótico. Cada uno de ellos mirando su ombligo, sumergido en su propia vida. Hay que leer la novela para entenderlo. Todos ellos protagonizan situaciones de lo más curiosas. No sabría con cuál quedarme, pero desde luego los Benson dan ellos solitos para varias novelas más.
El manejo del humor absurdo. Imagino que todos los que hemos leído a Tom Sharpe, nos hemos acordado de él ante las situaciones excéntricas que se dan en la novela. Sin embargo, aunque tiene muchos momentos hilarantes, no es una novela de humor. De hecho, ese humor absurdo parece ser un recurso más, que emplea Laura, para perfilar a sus personajes, para que comprendamos sus sentimientos y emociones, sus frustraciones y sus anhelos. Le bastan dos mayúsculas y un paréntesis, para que pasemos de la risa a la reflexión, a la emoción o a la compasión.
La maternidad y los conflictos madres, padres e hijos. Nos ha retratado muchos tipos de progenitores y muchos tipos de hijos. Padres presentes que están ausentes. Madres ausentes pero siempre presentes en la mente de sus hijos. Madres que no son capaces de serlo y se van. Hijos que huyen de las expectativas maternas, pero da igual donde vayan porque las llevan puestas. Hijas que han renunciado a existir para sus padres. Todo un elenco de casos que da qué pensar.
Por último, señalar algo que me ha llamado mucho la atención, el cómo retrata Laura a los escritores. A cuál más rarito y surrealista. No deja títere con cabeza.
En conclusión, una novela distinta con una estructura original. Muchos lectores pensarán que la novela es un ejercicio inútil de reescritura de las fantasías de una escritora, una de esas novelas que ensalzan los amigos para que luego la autora los halague a ellos en los medios donde colabora y así todos son los mejores escritores de su generación. En ese caso dirán que este libro está siendo sobrevalorado. No entiendo cómo ha ganado el Premio Ojo Crítico. Leerlo y tendréis la solución al dilema.

Embriagado por aquel éxito que no dejaba de crecer como crecían las barbas y los niños, pues al éxito de haber cerrado el trato, aquel trato millonario, con una famosa pareja de escritores, debía sumársele la adquisición, por fin, de su Harbor Motella, aquel pequeño edificio que iba a convertir en la cafetería en la que, cuando estuviese listo, quedaría con Ann Johnette para hablarle de su (CIUDAD SUMERGIDA), y cientos, puede que miles, de llamadas de la prensa de todas partes, por no hablar de los más que posibles clientes que se interesaban por aquel apartado y gélido lugar en el que podían comprarse casas encantadas, Stumpy Mac­Phail, en realidad, una todopoderosa versión de sí mismo, descolgó el teléfono de su oficina y, tras mantener una breve charla consigo mismo, de la que sólo dedujo que no había nada que temer, oh, (STUMPER), se dijo, pues así le había llamado en su artículo aquel periodista que era demasiado joven para tener toda aquella familia que decía tener, (STUMPER MACPHAIL), (NO TIENES NADA QUE TEMER), y no lo tienes porque tenías razón, (STUMPER), tenías razón y ella no, porque nadie aquí está (TIRANDO SU VIDA POR LA BORDA), llamó a su madre.

Desde que se habían cruzado con el cartel, un helado montón de podrida madera verde que daba la bienvenida a aquel sitio nevado, (BIENVENIDOS A KIMBERLY CLARK WEYMOUTH), decía, (EL HOGAR DE LA SEÑORA POTTER) (JOU JOU JOU), Louise no había dejado de rezongar, oh, rezongaba, en una voz a menudo incomprensiblemente alta, lo suficientemente alta como para abrirse camino entre el borboteo incesante del radiador de aquel montón de chatarra. Decía (¿HAS VISTO ESO?) y era como si palmoteara a su alrededor mientras hablaba, decía, (QUIERO DECIR, ¿NICK?) (¿HAS VISTO ESO?), no veía nada, estaba a oscuras, palmoteaba…
Las cosas con Sam seguían siendo las cosas con Sam. Aunque no eran exactamente las cosas con Sam. A veces él se quedaba a dormir en la boutique del rifle, y a veces era ella la que se quedaba a dormir en Mildred Bonk. Mildred Bonk ya no parecía Mildred Bonk, y era extraño pero a Bill le gustaba. Era como poseer otro mundo. Un mundo dentro del mundo que no podía decirse que no le recordara en extremo a aquel mundo dentro del mundo que había imaginado Louise Cassidy Feldman. A veces, al contemplar la ladera de la montaña desde aquella pequeña cabaña a la que sólo podía accederse a través de aquel telesilla tan extrañamente fuera de lugar como él mismo, podía ver descender a los tres esquiadores de aquella postal, la postal que había dado sentido a la vida de su padre, y también a la de su madre, aquella postal sin la que a lo mejor él no existiría, y podía oírles gritar (¡UUAAAAUUUU!) y (¡ESTO ES LA MOOOONDA, JAKE!), gritaban aquellos esquiadores que jamás sabrían de qué manera habían expandido el mundo, (¿NO VAMOS DEMASIADO RÁPIDO?) y (¿DÓNDE ESTÁ JANE?) (¡JAAAAAAANE!), y cuando eso ocu­rría, le embargaba, como a la escritora, la cabeza recostada en aquel imaginario sillón afelpado, una profunda sensación de paz, la clase de sensación de paz con la que sólo un viajero incansable puede llegar a toparse alguna vez, esto es, la de alguien que jamás se ha sentido en casa sintiéndose en casa por primera vez.

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Had started, Madeline Frances Mackenzie, to paint those paintings that made her husband arrived at her husband when her husband still existed, and that, more than presumed postcards of the supposed places around the world in which, for them, It was, were interior landscapes, pieces of that, his other life detained, the life he started when he met Keith Joyce, the Underhill guy, his huge hands also stained with painting, that smell that was his smell mixed with the smell To cigarettes, the lost gaze, the tiny brush always poking from some pocket, as soon as I put a foot in the study of the Ottercove Street of that place so close to Willamantic Presidio who in his mind could not be called other than Willamantic. I had done it to say herself that the split was nothing more than that, a split, and she was still there, somewhere, throwing them messages from an absent present, as a ghost would have not had another remedy to choose between remaining meat and bone or become something similar to an ethereal inspiration, because that was said, they aspired by their paintings, to tell their son, and also to Randal, that she was still there, with them, but away , A far that prevented him from sitting down to the table at night, who barely exchanged word with anyone and when he did, his ferocity frightens, pulling his frustration against everything. It could be said that his paintings they played replacing it, containing it, and the possibility of another world, one in which there was no tent, nor Kimberly Clark Weymouth, nor the way he had taken, with time, his family, that family That it could have been so many other things and had finished being that, a house in Mildred Bonk, an obsession, a lot of canvases waiting for her, a child who collected helper stories because he preferred to be the shadow of either to be his own shadow.

A different and original book. At first it cost me to enter it, but once I got used to style, I enjoyed it well. Kimberly Clark Weymouth is a cold and inhospitable city, known as the place where a well-known writer, Loision Feldman, ambient the classic Children Mrs. Potter is not exactly Santa Claus. That publication featured Randal Peltzer, opened a souvenir shop. Now, the son of him Billy wants to close her. Will it allow the city to do it? Up there what the synopsis tells us.
What do I emphasize?
The cover. In addition to being beautiful, it is allusive to Louise Feldman, to her book, to the souvenir shop and the city itself. Gorgeous and a success!
The titles of each chapter. Laura Fernandez has emulated in them the style of novels of other times, yes, with a very personal touch.
The narrative style. Original, special and sometimes overwhelming. Start each chapter is like entering a labyrinth. It takes you to so many parts, which in turn lead to others and others, that you fear losing you without remedy. When I started the first I was about to take out the notebook and make a sketch. It was not necessary. I do not know how Laura does it, but at the precise moment, with a simple phrase, she reconnects you and puts you again. It is a constant throughout the novel.
It should also be noted, the domain of the amount of resources she uses, parentheses, whole paragraphs with capital letters or italics, eats very well placed, etc. All of them contribute to creating that special environment that the book has.
The city itself. Kimberly Clark Weymouth is a more character, maybe the most outstanding. As I said before, it is a cold and inclement place. Despite his eternal appearance of Christmas postcard, or maybe therefore, he gives a Grima and desire to run. Ventisca that surprise you around the corner, lots of snow that suddenly fall. The perpetually white sky, the rest perpetually ice cream. All in all, the worst is not that eternal winter, but the city has become a prison for its inhabitants. A place that does not change and that does not allow changing. Most of their citizens want everything to always follow the same, which takes them to situations of the surrealistic.
The characters, many and the most elaborate. Each of them looking at him, submerged in his own life. You have to read the novel to understand it. They all star in situations of the most curious. I would not know with what to stay, but certainly the Benson give them alone for several more novels.
The handling of absurd humor. I imagine that all those who have read Tom Sharpe, we have remembered him before the eccentric situations that occur in the novel. However, although he has many hilarious moments, he is not a humor novel. In fact, that absurd mood seems to be another resource, which employs Laura, to profile the characters of her, so that we understand her feelings and emotions, her frustrations and her longings. It is enough two capital letters and a parenthesis, so that we pass from laughter to reflection, emotion or compassion.
Motherhood and mothers conflicts, parents and children. He has portrayed many types of progenitors and many types of children. Parents present who are absent. Absent mothers but always present in the minds of their children. Mothers who are not able to be and leave. Children who flee from maternal expectations, but it does not matter where they go because they wear them. Daughters who have given up to exist for their parents. All a cast of cases that give you to think.
Finally, point out something that has drawn me a lot of attention, how portrays Laura to the writers. To which more rare and surrealist. She does not leave puppet with head.
In conclusion, a different novel with an original structure. Many readers will think that the novel is a useless exercise of rewriting the fantasies of a writer, one of those novels that make friends so that the author can then halage them in the media where he collaborates and so all are the best writers of his generation. In that case they will say that this book is being overvalued. I do not understand how the critical eye prize has won. Read it and you will have the solution to the dilemma.

Intoxicated by that success that did not stop growing as the beards and children grew, because the success of having closed the treatment, that millionaire treatment, with a famous couple of writers, had to join the acquisition, finally, its Harbor Motella, That small building that was going to turn into the cafeteria where, when I was ready, I would be with Ann Johnette to talk about her (Submerged city), and hundreds, maybe, of calls from the press from everywhere, not to mention of the most than possible clients who were interested in that section and icy place where enchanted houses could be bought, Stumpy Macphail, in reality, an almighty version of himself, he picked up his office and, after keeping a brief talk with him same, of which he only deduced that there was nothing to fear, oh, (Stumper), it was said, because that was also called in his article that journalist who was too young to have all that family who said he had, (Stumper Macp Hail), (You have nothing to fear), and you do not have it because you were right, (stumper), you were right and she does not, because nobody here is (throwing her life overboard), he called on his mother.

Since they had crossed the poster, an ice cream pile of rotten green wood who welcomed that snowy site, (welcome to Kimberly Clark Weymouth), said, (the home of Mrs. Potter) (Jou Jou Jou), Louise He had not stopped laughing, Oh, Row, in a often incomprehensibly high voice, high enough to make his way between the incessant robbum of the radiator of that pile of scrap. She said (Have you seen that?) And it was as if she palmated around her while she was talking, he said, (I mean, Nick?) (Have you seen that?), I did not see anything, I was dark, Palmotea …
Things with Sam were still things with Sam. Although they were not exactly things with Sam. Sometimes he stayed to sleep in the rifle boutique, and sometimes it was she who stayed to sleep in Mildred Bonk. Mildred Bonk no longer looked like Mildred Bonk, and it was strange but Bill liked it. It was like possessing another world. A world within the world that he could not say that he did not immediately remembered that world within the world who had imagined Louise Cassidy Feldman. Sometimes, by contemplating the slope of the mountain from that small cabin that could only be accessed through that chairlift as strangely out of place like himself, he could see descending the three skiers of that postcard, the postcard he had given sense to the life of his father, and also that of his mother, that postcard without which maybe he would not exist, and he could hear them screaming (uuaaaauuuu!) And (this is the mooonda, jake!), they shouted Those skiers who would never know how the world had expanded, (do not we go too fast?) And (Where is Jane?) (JaaaaaAne!), And when that happened, she was overwhelming, as a writer, head reclooked in that imaginary smooth armchair, a deep feeling of peace, the kind of peace sensation with which only one tireless traveler can ever run, that is, someone who has never felt at home feeling at home by first time.

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