Sacramento — Antonio Soler / Sacrament by Antonio Soler (spanish book edition)

Una novela que ha estado fraguando más de 30 años y que en dos se ha elaborado. Una historia real, contará de la manera que sólo Antonio Soler puede relatarla. Comienza como una especie de memorias de como surgió la idea de la novela, el conocimiento de lo ocurrido con el padre Hipólito. La configuración del mapa sociológico de la época me ha parecido soberbio. La historia da escalofríos, es increíble como no se ha sabido nada de ello hasta ahora. Una gota más para acrecentar mi ateísmo y mi hastíohacia la institución eclesiástica.
A destacar ha sido contada sin caer en tópicos típicos esperables.

El ojo de Rafael Pérez Estrada dejó de ser un radar inquietante. Aquel ojo se convirtió en una puerta abierta a la inteligencia más luminosa y a la generosidad más clara. Habían pasado unos pocos años. Un tiempo escaso pero que, medido en referencia a mi relativa juventud y a la sucesión de los cambios sufridos, daba la impresión de que eran décadas separándome de mi vida anterior.
Podría resumir la relación con Pérez Estrada diciendo que después de una etapa de unos tres o cuatro años de cierta amistad, entramos en una fase de complicidad, reconocimiento y confidencias que marcaron un hito en mi vida y que, siguiendo con el resumen, podría quedar definido en la frase que, en un momento de extrema dificultad para mí, me dirigió Rafael.
Rafael Pérez Estrada murió en el año 2000, el guarismo que para las personas de mi generación representaba el futuro y que ahora empieza a ser un pasado lejano. Imagino que para la generación de Rafael ese año debía de suponer el umbral de lo desconocido al tiempo que el anuncio de una amenaza, la proximidad de un fin que él cumplió con un exceso de puntualidad. Murió Rafael Pérez Estrada y empezaron a irse otros amigos íntimos.

«Este no es el sitio donde yo viví.» El sitio donde él vivió estaba cubierto por un manto de plomo. Por una bóveda fabricada, como los nidos de los pájaros, con ramas pequeñas, despojos, miserias, y también con miedos y rumores que dificultaban el acceso de la luz.
El sitio en el que él vivió su reinado, ese periodo que para siempre quedaría en su memoria como el eje de su existencia, era un país en sombras. En el sitio en el que él vivió se exaltaban unas tinieblas que querían postergar el aire sensual que rompía en la orilla de esa ciudad estigmatizada por su reciente pasado rebelde. Morada de herejes. Altar de mártires en el que ahora se cumplía la justa venganza de los vencedores. El evangelio de la paz, la purga de los pecados.
Poblachón marino, laberinto de ruindades. Industria fallida. Ciudad que fue creciendo a golpes descontrolados…

Mal tiempo para el sacerdocio, Hipólito. Mal tiempo para llegar con el báculo a pastorear el rebaño salvaje. El campo andaba revuelto. Los corderos se habían hecho carnívoros y se habían aficionado a morder la sotana, a poner en la parrilla carne de cura. Mal tiempo para una ciudad que venía herida por la frustración de no haber llegado a convertirse en un vergel de la industria. La miel en los labios, la bilis en el estómago y en el paladar.
Metalurgia, textiles, exportaciones, chimeneas convertidas en quimera y transformando en pesadilla la existencia de una población obrera amontonada, avasallada, que había acudido desde las ciudades limítrofes o desde el interior montañoso de esa misma provincia al olor de una prosperidad que no cuajó y que sembró el descontento, la asociación, la lucha, la reivindicación proletaria. El ansia de transformación, de revancha o de revolución, llámenlo como quieran. Y tú ahí en medio, con el crucifijo en el pecho, con las ensoñaciones místicas todavía flotando por tu mente inquieta y el Cordero y el santoral, el olor del incienso pegado al ropaje. El manejo del hisopo todavía en prácticas.

Las guerras han acabado. Todo ese lío de los alemanes, los rusos, los americanos y los italianos. Hasta los turcos, dicen, estaban metidos en el berenjenal. Aquí, por el centro de la ciudad, desfiló el yerno de Mussolini, dicen que iba vestido de blanco y que parecía un dandy. Entonces creíamos que se iba a acabar el hambre, y la sangre, y el miedo. Todos los balcones de la calle Larios con banderas, la nuestra, la nacional, y la de los italianos. Cantaban himnos. Y hablaban de Alemania, los amigos. Éramos amigos hasta de los japoneses, decían.
Todos estaban más que contentos, se daban las manos y levantaban los brazos apuntando más alto que al horizonte y llenos de alegría, acompañando a la música. Por la noche tapia, por el día himnos y unas músicas muy bonitas, que levantaban el ánimo, a quien todavía tuviera ánimo y nuestra guerra no se hubiera llevado por delante a alguien de su familia, o algo suyo, su casa, una pierna, el trabajo.
Pero todo eso pasó, inmediatamente vino la otra guerra, la de los demás.

Hipólito Lucena, amparado en una impunidad que él consideraba inquebrantable, había ido demasiado lejos. Y no iba a detenerse. Ahí estaban los informes del dominico para atestiguarlo. Ni una amonestación ni un traslado serían suficientes en opinión de Benavent Escuín para acabar con esa deriva. Cortar por lo sano. Por el punto donde aún no ha llegado la gangrena. Esa era la única solución que el Obispo auxiliar contemplaba en el momento en el que cerró la carpeta, la guardó en el cajón, echó dos vueltas de llave y levantó la vista. José, el faraón, los sueños de la catástrofe.
Todo quedaba de puertas adentro. Se aplicaba aquella vieja norma que el papa Lucio III predicara ya en la Edad Media: «un crimen secreto es aquel que puede ser soportado por la Iglesia».
La sentencia se publicó en las Actas Apostolicae Sedis, lo que podríamos llamar el boletín oficial de la Santa Sede. En el documento no se mencionaba ningún detalle sobre lo que había motivado el proceso. Era una sentencia tipo, equivalente a la de otros muchos juicios sin trascendencia.
Nada se supo de todo aquello en Málaga. La vida continuaba sin que en apariencia nada hubiera cambiado. A la iglesia de Santiago Apóstol llegó un nuevo párroco. Algunas hipolitinas siguieron frecuentando esa iglesia. Otras nunca volvieron a pisarla.

D.O.M.
HIPÓLITO LUCENA MORALES
Que falleció en Málaga el día 27 de octubre de 1985 habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición apostólica de Su Santidad.

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A novel that has been setting up more than 30 years and that in two has been developed. A real story, will count on the way that only Antonio Soler can relate her. He begins as a kind of memories of how the idea of the novel arose, the knowledge of what happened with Father Hipólito. The configuration of the sociological map of the time has seemed superb. The story gives chills, it is incredible as nothing of it has been known until now. A drop more to increase my atheism and my hasty the ecclesiastical institution.
Highlighting has been counted without falling into typical expected topics.

The eye of Rafael Pérez Estrada ceased to be a disturbing radar. That eye became an open door to the brightest intelligence and the clearest generosity. It had been a few years. A scarce time but that, measured in reference to my relative youth and the succession of the changes suffered, gave the impression that they were decades separating me from my previous life.
Could summarize the relationship with Pérez Estrada saying that after a stage of about three or four years of certain friendship, we enter a phase of complicity, recognition and confidences that marked a milestone in my life and that, following with the summary, it could be Defined in the phrase that, in a moment of extreme difficulty for me, Rafael went.
Rafael Pérez Estrada died in the year 2000, the guarian who for the people of my generation represented the future and that now begins to be a distant past. I imagine that for the generation of Rafael that year he had to suppose the threshold of the unknown while the announcement of a threat, the proximity of an end that he fulfilled an excess of punctuality. Rafael Pérez Estrada died and other intimate friends began to leave.

«This is not the place where I lived.» The site where he lived was covered by a lead cloak. For a manufactured vault, like the nests of the birds, with small branches, spoils, miseries, and also with fears and rumors that made it difficult to access light.
The site in which he lived the reign of him, that period that forever would be in his memory as the axis of the existence of him, was a country in shadows. On the site where he lived were exalted some darkness that wanted to postpone the sensual air that broke on the shore of that stigmatized city by the recent rebellious past of him. Residence of heretics. Altar of martyrs in which the just revenge of the victors was fulfilled. The Gospel of Peace, the purge of sins.
Marine Pobble, Labyrinth of Ruindades. Failed industry City that was growing out uncontrolled …

Bad weather for the priesthood, Hipólito. Bad time to get with the staff to graze the wild flock. The field was scrambled. The lambs had become carnivores and had been fond of biting the Sotana, to put heal meat on the grill. Bad weather for a city who was wounded by the frustration of not having become a Vergel of the industry. Honey on the lips, bile in the stomach and on the palate.
Metallurgy, textiles, exports, chimneys converted into chimera and transforming into a nightmare the existence of a stacked, overwhelming population, which had come from the bordering cities or from the mountainous interior of that same province to the smell of a prosperity that does not curve and that He sowed discontent, association, struggle, proletarian claim. The anxiety of transformation, revenge or revolution, call it as they want. And you there in between, with the crucifix on the chest, with mystical hedgeners still floating through your restless mind and the lamb and the santoral, the smell of incense stuck to the garment. The handling of the hyssop still in practices.

The wars have finished. All that mess of the Germans, the Russians, the Americans and the Italians. Even the Turks, they say, they were stuck in the eggjenal. Here, through the center of the city, said Mussolini’s son-in-law, say he was dressed in white and that looked like a dandy. Then we believed that hunger was going to end, and blood, and fear. All balconies on Calle Larios with flags, ours, the national, and that of Italians. They sang hymns. And they talked about Germany, friends. We were friends up to the Japanese, they said.
Everyone was more than happy, they got their hands and raised their arms pointing higher than the horizon and full of joy, accompanying music. At night Tapia, for the day hymns and very nice music, who raised his spirits, who still had courage and our war would not have taken ahead of someone from his family, or something his, his house, one leg, the job.
But all that happened, the other war came immediately, that of others.

Hipólito Lucena, covered in an impunity that he considered unwavering, had gone too far. And he was not going to stop. There were the Dominican reports to testify it. Neither an admonition nor a transfer would be sufficient in Benavent Escuin’s opinion to end that drift. Cut for the healthy. For the point where the gangrene has not yet arrived. That was the only solution that the auxiliary bishop contemplated at the time he closed the folder, put it in the drawer, threw two turns of key and looked up. José, Pharaoh, the dreams of the catastrophe.
Everything remained from doors inside. That old rule was applied that Pope Lucio III already predicted in the Middle Ages: «A secret crime is one who can be supported by the Church.»
The sentence was published in the Actas Apostolicae Sedis, which we could call the Official Gazette of the Holy See. In the document, no detail was mentioned about what the process had motivated. It was a kind sentence, equivalent to that of many other judgments without transcendence.
Nothing was known about everything in Malaga. Life continued without appearance nothing would have changed. A new parish priest arrived at the Church of Santiago Apóstol. Some hypolitins continued to frequent that church. Others never tread again.

RIP
Hipólito Lucena Morales
That she died in Málaga on October 27, 1985, having received the saints sacraments and the apostolic blessing of Holiness of Him.

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