Todavía Seguimos Aquí: Unas Memorias Del Holocausto — Esther Safran Foer / I Want You to Know We’re Still Here: A Post-Holocaust Memoir by Esther Safran Foer

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Mi certificado de nacimiento dice que nací el 8 de septiembre de 1946 en Ziegenhain, Alemania. La fecha es incorrecta, la ciudad es incorrecta, el país es incorrecto. Tardaría años en comprender por qué mi padre había falsificado ese documento. Por qué cada año mi madre entraba en mi habitación el 17 de marzo, me daba un beso y susurraba: «Feliz cumpleaños».
La reconstrucción de los fragmentos de mi historia familiar ha sido una tarea de toda una vida. Pertenezco al linaje de los supervivientes del Holocausto, lo cual, por definición, implica una historia trágica y complicada. Mi infancia estaba repleta de silencios interrumpidos por ocasionales revelaciones espeluznantes.

Ha pasado un tiempo desde que leí un libro sobre el Holocausto. Aunque no soy de fe judía, cada libro parece desenterrar sentimientos e imágenes que son simplemente abrumadoras. Sabiendo que se trataba de un libro de memorias, apodado ‘Una memoria posterior al Holocausto’, entré en él muy lentamente, mientras leía un par de otros libros, para nivelar el drama y la tristeza de este.
Descubrí que me gustaba y no me gustaba este libro. Hubo muchas secciones que profundizaron en la vida de la familia de Foer; me gustaron especialmente las partes que se refieren a su abuela. Pero también había partes que simplemente parecían fuera de lugar, como la repetida mención de los logros de su hijo.
Entiendo que tener que descubrir su historia pasada y su familia requeriría mucha resistencia e investigación. Y admiro a Foer por lo que emprendió, especialmente bajo los auspicios del Holocausto. Sin embargo, creo que este libro podría haber sido mejor si su hijo lo hubiera escrito.
Se trata de la historia familiar que su hijo Jonathan convirtió en una peculiar autoficción: un viaje en gran parte infructuoso que hizo a Ucrania para investigar la vida de su abuelo materno para su tesis de Princeton, y un viaje de seguimiento más productivo que ella hizo con su hijo mayor en 2009. Esther Safran Foer nació en Polonia y vivió en un campo de desplazados alemanes hasta que ella y sus padres emigraron a Washington, DC en 1949. Su padre se suicidó en 1954, convirtiéndolo casi en una víctima tardía del Holocausto . Las historias que escucha en Ucrania: la masacre de comunidades enteras; Los momentos de buena suerte que permitieron a sus padres sobrevivir y encontrarse por separado son notables, pero la prosa del libro, aunque capaz, nunca canta. Además, hace referencia a la novela de su hijo.

En los rincones más sombríos de mi mente habitan los fantasmas que me visitan desde los shtetls de Ucrania, esos pueblos donde en tiempos vivieron mis familiares y donde la mayoría de ellos murieron. Algunos de los detalles que tornan tan vívidas estas visiones son imaginados, porque crecí en una familia en la que los recuerdos eran demasiado terribles para plasmarse en palabras.
Mi madre contaría a sus nietos que, en realidad, no era comunista, que simplemente creía en la «igualdad de derechos». No obstante, sabemos que asistía a las reuniones. Quién sabe si aquello pudo tener algo de autoprotección, porque la pregunta de si trataron peor a los judíos los rusos, los alemanes o los ucranianos tenía una respuesta variable, dependiendo del momento. Y al menos durante algún tiempo, durante la ocupación rusa de Kolki, desde 1939 hasta 1941, ella fue recompensada por los rusos, primero con un empleo en una oficina y luego como gerente en una de las grandes tiendas regionales.

He llegado a aceptar que jamás conoceré la historia completa de mi padre: cómo sobrevivió a la guerra, los detalles precisos de lo que soportó, de lo que le atormentó y continuó proyectando sombras incluso sobre la nueva vida que forjó en Estados Unidos.
Aunque buena parte de lo que sé sobre la historia de mi familia lo he ido recopilando de manera deliberada y laboriosa, en un proyecto de investigación de toda una vida que me ha embarcado en una búsqueda del tesoro por las bibliotecas, por internet y por todo el globo, las líneas generales de la historia de Trochenbrod no requieren excavación alguna; el arco desde su creación hasta su violenta aniquilación se halla fácilmente accesible en los libros de historia.
Trochenbrod formaba parte de la Segunda República Polaca antes de pertenecer a la Unión Soviética, antes de ser ocupada por la Alemania nazi como parte del Pacto Ribbentrop-Mólotov, o Pacto Germano-Soviético de No Agresión, o Tratado de No Agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética…
Ignoro dónde estuvo mi padre durante la mayor parte de la guerra. Un antiguo vecino de Trochenbrod me dijo que estaba seguro de que fue hacia el este hasta Moscú. No acierto a imaginar cómo habría podido hacerlo y probablemente jamás lo sabré. Lo que sí que sé es que, al menos al final de la guerra, estuvo escondido en la casa de un vecino, el de la fotografía que mi madre logró conservar. Sobrevivió porque una persona de bien arriesgó su vida, y la de su esposa y sus hijos, al permitir que mi padre se escondiera en el granero que había detrás de su casa. No sé durante cuánto tiempo ni en qué momento de la ocupación alemana se ocultó allí. Los hijos del hombre hacían guardia fuera, turnándose y fingiendo jugar como una forma de estar atentos a la llegada de cualquier alemán. Afortunadamente, tras los exterminios, los alemanes entraban en el pueblo solo de manera intermitente.
La fotografía tiene unos garabatos al dorso. A lo largo de los años intentamos descifrarlos en vano. La palabra que éramos capaces de entender era algo parecido a Augustine , que pensábamos que podía formar parte de una dirección. Tal ve una persona…

Para estar en condiciones de salir de Alemania, necesitábamos un patrocinador capaz de garantizarnos un alojamiento y que prometiese ofrecer un empleo a mi padre, para que no nos convirtiéramos en cargas públicas. Mis padres pusieron un anuncio en el campamento, así como en el Forward , el diario neoyorquino en yidis, con la esperanza de encontrar algún pariente. Mi madre indicó su nombre, su apellido de soltera, su lugar de procedencia y los nombres de sus dos parejas de abuelos.
El apellido Bronstein llamó la atención de alguien en Nueva York. Resultó ser el tío de la media hermana mayor de mi madre, Lifsha. Preocupada por la posibilidad de que no quisiera respaldarla al saber que en realidad no era Lifsha, sino su media hermana y no una pariente consanguínea, mi madre le escribió. Su respuesta decía: «No importa. La familia es la familia».

Por fin llegó la parte más esperada del viaje: la visita a Lysche, o Krynychne, como actualmente se llama, donde nos reuniríamos con los nietos de Davyd Zhuvniruck, el hombre que pudo haber escondido a mi padre durante la guerra.
Anna nos informó sobre la familia. Ya sabíamos algo al respecto: la casa ancestral de Lysche, también conocido como Lyszceze y ahora llamado Krynychne, pertenecía al nieto mediano, Mycola. Nadiya, que era enfermera, era la mayor de los hermanos y la que había organizado los eventos de ese día. Uno de sus hijos trabajaba como programador informático en Lutsk.

Necesitaba hablarle a mi padre del viaje, contarle que había caminado siguiendo sus huellas por los caminos de tierra que serpentean entre Trochenbrod y Lysche, y que había visto el peral de su patio trasero. Quería que supiera que había estado en una casa ubicada ahora en el sitio exacto que una vez ocupara la suya, en la que él había vivido con su familia, y que había llegado a comprender al menos un poco por qué la vida había sido tan dura para él. Que había recitado el kadish por la vida y por las personas que él había perdido. Que había llorado por las cosas de las que jamás me había hablado.
También deseaba hablarle de sus cinco hermosos nietos y de sus bisnietos. Quería que supiera lo bien que habían ido las cosas, a pesar de todo lo acontecido.
Llevé piedras que había cogido en Lysche, el pueblo en el que él había vivido antes de la guerra, y un poco de tierra de las fosas comunes de Chetvertnia y Trochenbrod, donde por fin había desvelado sus secretos; o quizá no fuesen tanto secretos como una parte de su vida que le había resultado imposible compartir.
Mi madre murió con casi noventa y nueve años, el día 18 de diciembre del año 2018. En hebreo, el valor numérico del 18 es chai , que significa «vida». Esto le habría encantado a mi madre, una mujer supersticiosa: era una superviviente que, incluso en su muerte, estaba asociada con la vida.
Murió en nuestra casa, donde había vivido los últimos tres años y medio, una casa que había desaprobado cuando la compramos.

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My birth certificate says that I was born on September 8, 1946 in Ziegenhain, Germany. The date is wrong, the city is wrong, the country is wrong. It would take years to understand why my father had forged that document. Why every year my mother would come into my room on March 17, she would kiss me and whisper, «Happy birthday.»
Reconstructing the fragments of my family history has been the task of a lifetime. I belong to the lineage of Holocaust survivors, which by definition implies a complicated and tragic story. My childhood was filled with silences interrupted by occasional spooky revelations.

It has been a while since I have read a book on the Holocaust. Although I am not of Jewish faith, each book seems to dredge up feelings and images that are simply overwhelming. Knowing that this was a memoir – dubbed as ‘A Post Holocaust Memoir’ – I went into it very slowly, while also reading a couple other books, to even out the drama and sadness of this one.
I found that I both liked and disliked this book. There were plenty of sections that delved into the lives of Foer’s family – I especially liked the parts referring to her Grandmother. But there were also parts that just seemed out of place – such as her repeated mentioning of her sons achievements.
I understand that having to ferret out your past history and family would take a lot of resilience and research. And I admire Foer for what she undertook, especially under the auspice of the Holocaust. However, I believe this book may have been better had her son written it instead.
This is about the family history her son Jonathan turned into quirky autofiction (in Everything Is Illuminated): a largely fruitless trip he took to Ukraine to research his maternal grandfather’s life for his Princeton thesis, and a more productive follow-up trip she took with her older son in 2009. Esther Safran Foer was born in Poland and lived in a German displaced persons camp until she and her parents emigrated to Washington, D.C. in 1949. Her father committed suicide in 1954, making him almost a belated victim of the Holocaust. The stories she hears in Ukraine – of the slaughter of entire communities; of moments of good luck that allowed her parents to, separately, survive and find each other – are remarkable, but the book’s prose, while capable, never sings. Plus, she references her son’s novel.

In the darkest corners of my mind live the ghosts that visit me from the shtetls of Ukraine, those towns where my relatives once lived and where most of them died. Some of the details that make these visions so vivid are imagined, because I grew up in a family where the memories were too terrible to put into words.
My mother would tell her grandchildren that she was not really a communist, that she simply believed in «equal rights.» However, we know that she attended the meetings. Who knows if that could have had some self-protection, because the question of whether the Russians, the Germans or the Ukrainians treated the Jews worse had a variable answer, depending on the moment. And at least for some time, during the Russian occupation of Kolki, from 1939 to 1941, she was rewarded by the Russians, first with a job in an office and then as a manager in one of the large regional stores.

I have come to accept that I will never know the full story of my father: how he survived the war, the precise details of what he endured, what he tormented him and continued to cast shadows even on the new life he forged in the United States. United.
Although much of what I know about my family’s history has been deliberately and painstakingly compiled, in a lifelong research project that has embarked me on a treasure hunt through libraries, the internet, and everything else. the globe, the outlines of the Trochenbrod story require no excavation; the arc from its creation to its violent annihilation is easily accessible in history books.
Trochenbrod was part of the Second Polish Republic before belonging to the Soviet Union, before being occupied by Nazi Germany as part of the Ribbentrop-Molotov Pact, or German-Soviet Non-Aggression Pact, or Non-Aggression Treaty between Nazi Germany and the Soviet Union …
I don’t know where my father was for most of the war. A former neighbor of Trochenbrod told me that he was sure he went east to Moscow. I can’t imagine how he could have done it and probably never will. What I do know is that, at least at the end of the war, he was hiding in the house of a neighbor, the one in the photograph that my mother managed to keep. He survived because a good person risked his life, and that of his wife and his children, by allowing my father to hide in the barn behind his house. I don’t know for how long or at what point during the German occupation he hid there. The man’s children stood guard outside, taking turns and pretending to play as a way of keeping an eye out for the arrival of any German. Fortunately, after the exterminations, the Germans entered the town only intermittently.
The photograph has some scribbles on the back. Over the years we have tried to decipher them to no avail. The word that we were able to understand was something like Augustine, which we thought could be part of a direction. Maybe a person sees …

In order to be able to leave Germany, we needed a sponsor capable of guaranteeing us accommodation and promising to offer my father a job, so that we would not become public charges. My parents posted an ad in the camp, as well as in Forward, the New York Yiddish daily, hoping to find a relative. My mother indicated her name, her maiden name, her place of origin, and the names of her two sets of grandparents.
The Bronstein last name caught the eye of someone in New York. It turned out to be the uncle of my mother’s older half-sister, Lifsha. Worried that he might not want to endorse her knowing that she was not actually Lifsha, but her half-sister and not a blood relative to hers, my mother wrote to her. Her response said, “It doesn’t matter. The family is the family».

Finally the most anticipated part of the trip arrived: the visit to Lysche, or Krynychne, as it is now called, where we would meet the grandchildren of Davyd Zhuvniruck, the man who may have hidden my father during the war.
Anna briefed us on the family. We already knew something about it: the ancestral home of Lysche, also known as Lyszceze and now called Krynychne, belonged to the middle grandson, Mycola. Nadiya, who was a nurse, was the oldest of the siblings and the one who had organized the events for that day. One of her sons worked as a computer programmer in Lutsk.

I needed to tell my father about the trip, tell him that he had walked in his footsteps along the dirt roads that wind between Trochenbrod and Lysche, and that he had seen the pear tree in his backyard. I wanted him to know that he had been in a house now located exactly where hers once occupied, where he had lived with his family, and that he had come to understand at least a little why life had been so hard. for him. That he had recited the kaddish for life and for the people he had lost. That he had cried for the things he had never told me about.
She also wanted to tell her about his five beautiful grandchildren and his great-grandchildren. He wanted him to know how well things had gone, despite everything that had happened.
I carried stones that he had collected in Lysche, the town in which he had lived before the war, and some dirt from the mass graves of Chetvertnia and Trochenbrod, where he had finally revealed his secrets; or maybe they weren’t so much secrets as a part of his life that she had found impossible to share.
My mother died when she was almost ninety-nine years old, on December 18, 2018. In Hebrew, the numerical value of 18 is chai, which means «life.» This would have enchanted my mother, a superstitious woman: she was a survivor who, even in her death, was associated with life.
She died in our house, where she had lived for the last three and a half years, a house that she had disapproved of when we bought it.

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