Rehenes — Nina Bouraoui / Otages by Nina Bouraoui

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No conozco la violencia ni he tenido una educación violenta ni bofetadas ni azotes con el cinturón ni insultos, nada. También me es ajena esa violencia que uno lleva dentro y que ejerce contra el otro, contra los otros.
Es una suerte, una suerte enorme. Somos pocos así, soy consciente de ello. Y no es que no conozca la violencia del mundo, la conozco, pero no me traspasa la piel.
Tengo compartimentos para resistir, así soy yo: separo las cosas. Nada malo puede contaminarme. He construido una auténtica fortaleza en mi interior. Conozco cada habitación y cada puerta de esa fortaleza. Sé cerrarlas cuando hay que cerrarlas y abrirlas cuando hay que abrirlas. Y me va bien así.
La alegría es algo que hay que moldear. No sucede por arte de magia. La alegría requiere meter las manos en la tierra, en el barro, en la arcilla, y ahí es donde es posible agarrarla, atraparla.
He buscado la alegría como loca, a veces he llegado a encontrarla y luego se me ha escapado volando como un pájaro, pero lo he aceptado y he seguido adelante, sin quejarme mucho o solamente un poco.
Había un muro entre mi marido y yo. Un muro que se había levantado poco a poco. Al principio, era una pequeña línea, luego se hizo un pequeño escalón. Nos veíamos todavía, pero tropezábamos cuando uno se acercaba al otro.
El escalón se volvió cada vez más alto y cada uno permaneció en su lado por temor a hacerse daño. Nuestras manos aún podían tocarse, pero había que hacer un esfuerzo. El cemento se espesaba. De pronto dejamos de vernos, de mirarnos, de sentirnos. El muro ya se había levantado y seguía creciendo.
Habíamos acabado sin llegar a decírnoslo porque, en el fondo, lo sabíamos. Esas cosas siempre se saben. Las tememos, pero las sabemos. Es falso eso de que es una sorpresa cuando el otro se marcha. Mentira.

Sylvie Meyer tiene 53 años, 2 hijos y ha estado separada de su esposo durante 1 año. Es íntegra, leal, fiel, pero su marido la ha abandonado. Ella sabe por qué. Ella sabe que a lo largo de los años se han alejado del hábito. No sabe cómo mostrar sus sentimientos. Algo está atascado dentro de Sylvie.
Desde su separación, su trabajo representa casi toda su vida pero un día se siente traicionada por su jefe para quien trabaja desde hace 21 años. Ella siente que él está usando y abusando de su poder, presionándola para que haga listas de empleados para observar.
De repente ya no aguanta más y comete la culpa, el secuestro. Quiere castigarlo a él en lugar de a todos los hombres que abusan de su poder.
Ella estaba contra la pared y este gesto finalmente la libera, y libera la violencia atrapada en ella durante tanto tiempo.
Nina Bouraoui cuenta cómo un dolor enterrado puede tomar el control de una vida que uno cree que está bajo control y en orden.
Nos sumergimos en el corazón de un momento de revuelta liberadora. Pasamos un momento en la cabeza de Sylvie para entenderla y eso nos hace querer protegerla.
Una historia como un aliento, una confesión.
La calidad de la historia es indiscutible y su mensaje enviado a los hombres por una mujer en desorden perfectamente comprensible y justificado. Sin embargo, esta novela se divide en 2 partes diferenciadas que, en mi opinión, moderan el placer de la lectura. Es decir, una primera parte en acción y una segunda solo en reflexión sin volver jamás a la historia.

El ruido es una falsa violencia. El ruido es la vida, nerviosa, loca, que palpita, que existe. El ruido es el corazón y el vientre. El ruido es la cólera y el rechazo. El silencio estaba en todas partes, en mí y fuera de mí. Era peligroso, pero no le presté atención. No me molestaba el silencio porque el silencio no molesta, sobre todo después de largas jornadas de trabajo, rodeada de máquinas, de compresores que calientan y reducen, en este tipo de industria, pesada, fuerte, sucia, aplastante.
La violencia estaba ahí, en todas partes, infiltrada, en mitad de la noche y de madrugada. Dentro de mis bolsillos y en mi piel, en mi mirada, en mis sueños. Ahí, como si fuera tinta. Adoptaba cualquier forma, cualquier textura, se ceñía a cualquier espacio, a cualquier hueco. Tenía un nombre, hoy lo sé, un nombre que corta: se llamaba silencio. Es su forma más peligrosa. Siempre creemos que el ruido es la violencia, pero no, en absoluto es así. El ruido es una falsa violencia. El ruido es la vida, nerviosa, loca, que palpita, que existe. El ruido es el corazón y el vientre. El ruido es la cólera y el rechazo. El silencio estaba en todas partes, en mí y fuera de mí. Era peligroso, pero no le presté atención. No me molestaba el silencio porque el silencio no molesta, sobre todo después de largas jornadas de trabajo, rodeada de máquinas, de compresores que calientan y reducen, en este tipo de industria, pesada, fuerte, sucia, aplastante.
Cuando regresaba a casa, el silencio me envolvía como la seda. Me revolcaba en él, sola en mi cama, ocupando el espacio vacío. La violencia me penetraba. Ya no oía a mis hijos, ni palabras ni voces, todo resbalaba sin llegar a quedarse. La violencia crecía, crecía, crecía. Y un buen día estalló de golpe cuando Victor Andrieu me llamó a su despacho.
Obedecí. Acosé, machaqué. Hice listas, establecí categorías. Realicé las clasificaciones. Al principio no me gustaba, pero cumplía con mi tarea, hombro con hombro con Victor Andrieu.
Espié, escuché, señalé. Interrogué, sermoneé. Hacía lo mismo que hace una poli. Estaba allí, pero ya no era yo. La grieta se había convertido en un agujero enorme por el que entraba todo. La violencia lo había invadido todo.

Hay dos clases de personas. Las que ganan y las que pierden. A veces he creído ganar para tranquilizar mi conciencia, pero lo cierto es que he perdido mucho y lo poco que me quedaba lo he destruido.

La puta tristeza que tú nunca has comprendido, y de la que nunca te he hablado, la que lo ha quemado todo. Estate tranquilo, vive tu vida, esa tristeza es solo mía y, fíjate, mientras te escribo me gusta que exista, porque eso quiere decir que yo también sigo existiendo.

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I am not aware of violence nor have I had a violent upbringing or slapping or belt spanking or name calling, nothing. The violence that one carries within and that exercises against the other, against others, is also foreign to me.
It is fortunate, enormous luck. We are few like that, I am aware of it. And it’s not that I don’t know the violence of the world, I know it, but it doesn’t go through my skin.
I have compartments to resist, that’s how I am: I separate things. Nothing bad can contaminate me. I have built a real fortress within myself. I know every room and every door in that fortress. I know how to close them when they need to be closed and open them when they need to be opened. And I do well like this.
Joy is something that needs to be shaped. It doesn’t happen by magic. Joy requires putting your hands in the earth, in the mud, in the clay, and that’s where you can grab it, catch it.
I have searched for joy like crazy, sometimes I have come to find it and then it has flown away from me like a bird, but I have accepted it and moved on, without complaining much or just a little.
There was a wall between me and my husband. A wall that had been raised little by little. At first, it was a small line, then a small step was made. We still saw each other, but we stumbled when one approached the other.
The step grew higher and higher and each one remained on their side for fear of hurting themselves. Our hands could still touch, but it took an effort. The cement was thickening. Suddenly we stop seeing each other, looking at each other, feeling ourselves. The wall had already been raised and was still growing.
We had ended up without actually telling each other because, deep down, we knew it. Those things are always known. We fear them, but we know them. It is false that it is a surprise when the other leaves. Lie.

Sylvie Meyer is 53 years old, has 2 children and has been separated from her husband for 1 year. She is upright, loyal, faithful, but her husband has abandoned her. She knows why. She knows that over the years they have drifted away from the habit. She doesn’t know how to show her feelings. Something is stuck inside Sylvie.
Since her separation, her work represents almost her entire life but one day she feels betrayed by her boss for whom she has worked for 21 years. She feels that he is using and abusing her power, pressuring her to make lists of employees to observe.
She suddenly can’t take it anymore and commits the blame, the kidnapping. She wants to punish him instead of all the men who abuse her power.
She was against the wall and this gesture finally frees her, and releases the violence trapped in her for so long.
Nina Bouraoui tells how a buried pain can take control of a life that one believes is under control and in order.
We plunge into the heart of a moment of liberating revolt. We spend a moment in Sylvie’s head to understand her and that makes us want to protect her.
A story like a breath, a confession.
The quality of the story is indisputable and her message sent to men by a woman in disarray is perfectly understandable and justified. However, this novel is divided into 2 different parts that, in my opinion, moderate the pleasure of reading. That is, a first part in action and a second only in reflection without ever returning to history.

The noise is a false violence. Noise is life, nervous, crazy, throbbing, that exists. The noise is the heart and the belly. The noise is anger and rejection. Silence was everywhere, in me and outside of me. It was dangerous, but I didn’t pay attention to it. The silence did not bother me because silence does not bother, especially after long hours of work, surrounded by machines, compressors that heat and reduce, in this type of industry, heavy, strong, dirty, overwhelming.
The violence was there, everywhere, infiltrated, in the middle of the night and at dawn. Inside my pockets and on my skin, in my eyes, in my dreams. There, as if it were ink. It took any shape, any texture, it conformed to any space, any gap. It had a name, today I know, a name that cuts: it was called silence. It is its most dangerous form. We always believe that noise is violence, but no, it is not like that at all. The noise is a false violence. Noise is life, nervous, crazy, throbbing, that exists. The noise is the heart and the belly. The noise is anger and rejection. Silence was everywhere, in me and outside of me. It was dangerous, but I didn’t pay attention to it. The silence did not bother me because silence does not bother, especially after long hours of work, surrounded by machines, compressors that heat and reduce, in this type of industry, heavy, strong, dirty, overwhelming.
When I returned home, the silence enveloped me like silk. I wallowed in it, alone in my bed, occupying the empty space. Violence penetrated me. I no longer heard my children, neither words nor voices, everything slipped without actually staying. The violence grew, grew, grew. And one fine day it suddenly exploded when Victor Andrieu called me into his office.
I obeyed. I harassed, I crushed. I made lists, I established categories. I did the classifications. At first I didn’t like it, but I did my job, shoulder to shoulder with Victor Andrieu.
I spied, I listened, I pointed. I questioned, lectured. He did the same thing a cop does. She was there, but she was no longer me. The rift had become a huge hole through which everything entered. Violence had invaded everything.

There are two kinds of people. Those who win and those who lose. Sometimes I have believed I won to ease my conscience, but the truth is that I have lost a lot and what little I had left I have destroyed.

The fucking sadness that you have never understood, and that I have never told you about, the one that has burned everything. Be calm, live your life, that sadness is only mine and, mind you, while I write to you I like that it exists, because that means that I also continue to exist.

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