El Retorno De Un Rey — William Dalrymple / Return of a King: The Battle for Afghanistan by William Dalrymple

Afganistán –o Jorasán, como los afganos habían denominado a esta región durante los dos últimos milenios– había gozado solo en contadas ocasiones de unidad política o administrativa. 3 Mucho más a menudo había sido una zona entre múltiples fronteras: un vasto territorio fracturado y disputado, formado por tramos montañosos, llanuras inundables y desiertos que lo separaban de sus vecinos, mejor organizados. En otras ocasiones, sus provincias formaban parte de la periferia de imperios rivales beligerantes. Rara vez las piezas del puzle encajaban formando un Estado coherente y autónomo.
Si nos atenemos a la geografía y la topografía de la región, todo había jugado siempre en contra del ascenso de dicho Estado, sobre todo, el gran esqueleto rocoso del Hindu Kush: una cadena de cimas nevadas, esculpidas en el hielo, con pendientes negras y hendidas que dividían el país en dos, como las costillas de una enorme caja torácica de piedra.
Además, las presencia de diversas tribus, etnias y lenguas fragmentaban la sociedad afgana: la rivalidad entre los tayikos, uzbekos, hazaras y los pastunes durranis y ghilzais; el cisma entre suníes y chiíes; las luchas intestinas endémicas entre los clanes y las tribus y, en especial, las cruentas contiendas entre linajes emparentados. Estas luchas, que se transmitían dramáticamente de generación en generación, son el símbolo del fracaso de los sistemas de justicia estatales. En muchos lugares, las venganzas familiares casi se convirtieron en un deporte popular –el equivalente afgano del críquet en los condados ingleses– y las matanzas perpetradas eran a menudo de espectacular envergadura.

Esta es la historia de una de las mayores derrotas militares de Gran Bretaña, la Primera Guerra Anglo-Afgana del siglo XIX.
Afganistán nunca ha sido un lugar fácil de ocupar o gobernar para los invasores extranjeros, como lo ha descubierto un invasor tras otro. Se lo ha llamado acertadamente «el cementerio de los imperios».
La fuerza británica invasora, que también comprende un gran contingente indio, sufrió un número asombroso de bajas y tuvo que retirarse.
El «Gran Juego» por el control de Asia Central, estaba entre Gran Bretaña y Rusia en ese momento. Gran Bretaña quería que su hombre, Shah Shuja, volviera al poder en Afganistán.
Cuando la primera fuerza británica fue masacrada, se envió un «ejército de retribución» para ajustar cuentas. Tomó su salvaje venganza y regresó rápidamente. Gran Bretaña, sin embargo, no lograría establecerse en Afganistán.
El relato de Dalrymple es más animado que otro libro bien conocido sobre el tema, El gran juego de Peter Hopkirk. El lector se encuentra con algunos personajes memorables, entre los que destaca Sir Alexander Burns (conocido en Afganistán como Sikandar).
Fue uno de los primeros espías en viajar a Asia Central y fue una figura clave en The Great Game. Su suerte se agotó, ya que permaneció en Afganistán. Dalrymple describe su destino con escalofriante detalle.
Existen sorprendentes paralelismos con las invasiones soviéticas y estadounidenses de Afganistán, cuando ambas superpotencias se vieron envueltas en un conflicto interminable y no pudieron ganar.
La historia comienza con la lucha por el poder entre dos poderosas tribus. Los Sadozais, los descendientes de Ahmed Shah Abdali, el gobernante y conquistador de un vasto imperio afgano. Y su Wazir, ministros y segundo al mando, los Barakzais.
Después de una larga lucha, Dost Muhammad Barakzai derrotó y persiguió a Shah Shuja (nieto de Ahmed Shah), el rey Sadozai, fuera de Afganistán. Shah Shuja, después de una estancia dolorosa con Ranjeet Singh (Gobernante de Punjab), partió hacia Ludhiana donde vivía bajo protección británica.
El escepticismo y la fobia rusa de algunos llevaron a una percepción común entre los británicos de que los rusos estaban tratando de cortejar a Dost Muhammad, y Afganistán se convertiría en una «Casa Rusia» si los británicos no tomaban medidas inmediatas. Afganistán fue estratégicamente importante para que los británicos estabilizaran y expandieran su control y comercio en Asia. Así que se hizo un plan, desafiando los informes de inteligencia que sugerían lo contrario, para invadir Afganistán e instalar a un títere Shah Shuja como rey y tomar el control indirecto de Afganistán.
El Shah fue reinstalado sin mucha oposición y con relativa facilidad con la ayuda de un fuerte ejército británico de 20.000.
Pero las cosas empezaron a ponerse amargas. A los siempre sensibles afganos no les gustan los invasores extranjeros y algunos de los encuentros más indecentes les hicieron aborrecer aún más a sus invasores británicos. Las tribus comenzaron a converger bajo el mando del hijo de Dost Muhammad, Akbar Khan, quien luego utilizó la narrativa de «Jihad contra los infieles», la táctica siempre útil, y comenzó una rebelión. La indecisión de la dirección condujo a una masacre generalizada de las fuerzas británicas. Hombres, mujeres y niños fueron masacrados y mutilados por los combatientes afganos, y solo un puñado de un ejército de 20.000 efectivos llegó a la seguridad del área controlada por los británicos. Un desastre sin precedentes y una humillante derrota para la nación más poderosa del momento.
Los británicos, tras una breve estancia, enviaron un «Ejército de Retribución» para quemar y saquear todo el país. Esta fue una misión exitosa. Una vez más, las mujeres fueron violadas y los niños asesinados, esta vez por despiadados soldados de la compañía.
Y la ironía de las ironías es que el difunto Shah Shuja fue reemplazado por Dost Muhammad, aquel cuyo régimen fue atacado antes en primer lugar para instalar a Shuja.
En medio de actos de terror y horrendas atrocidades, hay casos en los que se puede ver la belleza y la compasión; Lady Sale, Mackenzie, Lawrence y otros que soportaron con valentía todo lo que les sucedió con pura valentía.
Una hermosa narración hace que sea fácil de leer, el paisaje se describe con la idoneidad de un diario de viaje y los estudios de los personajes son fascinantes. Una lectura obligada para cualquiera que quiera saber por qué la guerra es el mayor de todos los males.

La verdadera razón detrás del envío de esta primera embajada británica a Afganistán estaba lejos de la India y de los pasos del Hindu Kush. Sus orígenes nada tenían que ver con Shah Shuja, el Imperio durrani o siquiera la complicada política de los príncipes del Indostán. En cambio, para seguir el rastro de sus verdaderas causas, hay que dirigirse a la Prusia nororiental y a una embarcación en medio del río Niemen.
En ese lugar, dieciocho meses antes, Napoleón, en el cénit de su poder, se había citado con el zar, Alejandro I, para negociar un tratado de paz. Dicha reunión tuvo lugar tras la derrota de Rusia en la batalla de Friedland, el 14 de junio de 1807.
La primera embajada en Afganistán de una potencia occidental partió de la residencia de la Compañía en Delhi el 13 de octubre de 1808, con el embajador acompañado por doscientos soldados de caballería, cuatro mil de infantería, una docena de elefantes y no menos de seiscientos camellos. La expedición era impresionante, pero estaba claro que este intento por parte de los británicos de acercarse a los afganos no pretendía conseguir la amistad de Shah Shuja sino, llanamente, aventajar a sus rivales imperiales: los afganos fueron tomados por meros peones en el tablero de ajedrez de la diplomacia occidental, dispuestos a ser sacrificados a voluntad. Esta política sembró un precedente que será emulado por diferentes potencias, en numerosas ocasiones, durante los años y décadas siguientes; y en cada una de dichas ocasiones los afganos demostrarían ser capaces de defender su inhóspito territorio con mayor eficiencia de la que cualquiera de sus futuribles manipuladores pudiera haber sospechado.

El informe secreto elaborado a petición del gobernador general para analizar el fracaso de la política en Afganistán resumió la situación con una brevedad devastadora. «Sha Shuja ha llevado a cabo diferentes tentativas fallidas de recuperar su trono», declaraba, y enumeraba las cuatro grandes derrotas de Shuja: el primer ejército sufrió una emboscada en los jardines mogoles de Nimla; el segundo se congeló en las nieves de Cachemira; el tercero saltó por los aires en Peshawar a causa de la explosión de su propia munición; y ahora, el cuarto, ha sido sorprendido en los jardines de Kandahar. «Ha mostrado gran energía y empeño en la preparación y en la dirección de sus expediciones, además de gran fortaleza ante la derrota; pero su valentía siempre le ha fallado en los momentos cruciales, defecto al que se le atribuyen sus desgracias».
Incluso Wade estaba dispuesto a admitir que su protegido parecía estar acabado. No obstante, en una conversación privada con el mercenario americano Josiah Harlan, sugirió una última opción que podría volver a poner a su amigo en pie. «Ahora no hay posibilidad de que Shuja sea restaurado en el trono», dijo, «a no ser que haya indicios tangibles de actividad diplomática rusa en Kabul».
Si los rusos intervinieran directamente en Afganistán con ayuda barakzai, Shuja podría ser de nuevo indispensable para las ambiciones británicas.
La popularidad de Shah Shuja «había sido constatada por su señoría merced al testimonio contundente y unánime de las máximas autoridades». Por esta razón, los británicos debían ayudar al legítimo gobernante de Kabul a «entrar en Afganistán rodeado de sus propias tropas». Esto también suponía una distorsión de la realidad. Después de treinta años de exilio llenos de comodidades, el sha –de casi sesenta años– estaba a punto de dirigir la cuarta expedición con el objetivo de intentar recuperar su trono. Sin embargo, esta vez iba a estar en cabeza de un ejército angloíndio, en defensa de los intereses británicos y vigilado de cerca por sus oficiales.
En nada se parecía a la vuelta a casa con la que Shuja había soñado durante décadas. Pero, en esta etapa avanzada de su vida, esto apenas importaba; para él y su corte, aquella no era una invasión injustificada, irracional o innecesaria: se trataba del retorno de un rey.

El cuarto intento de Shah Shuja de reconquistar su trono –considerado el inicio de la Primera Guerra Anglo-Afgana por los historiadores británicos– comenzó de forma tan caótica como los anteriores.
El plan era bueno. Primero se celebraría un acto oficial de despedida en Firozpur, en el Punyab, al que asistirían los tres firmantes de la «alianza tripartita». Después, como había sucedido cinco años antes, durante la última expedición de Shah Shuja, Afganistán sería invadido por dos rutas diferentes: un primer ejército, encabezado por el hijo mayor del sha, el príncipe heredero Timur, y asistido por el coronel Wade y un regimiento de musulmanes punyabíes enviado por Ranjit Singh, se desplazaría hacia el norte desde Peshawar y pasaría por el paso Jáiber hasta Jalalabad; el otro, de mucho mayor tamaño, dirigido por Shah Shuja, bajo la vigilancia de Macnaghten y asistido por las tropas de los ejércitos de las Compañías de Bengala y Bombay, se dirigiría al sur bordeando el Punyab –ya que Ranjit había prohibido que los soldados británicos pasaran a través de sus territorios– hacia el paso de Bolán para atacar el Afganistán meridional desde más al sur de Kandahar y luego proseguir hacia Gazni.
El Ejército del Indo se enfrentaba ahora a su primer gran desafío: Kandahar. Había rumores de que las unidades de caballería barakzais se encontraban en las inmediaciones, rodeando al ejército y listas para atacar, y, una noche, debido a unas informaciones falsas que avisaban de un ataque inminente, los soldados se despertaron, salieron ya en guardia de sus tiendas y se colocaron en formación defensiva. Estuvieron así, con los mosquetes preparados, hasta que salió el sol. Solo el desvío del curso de arroyo que abastecía el campamento, durante la noche y la misteriosa desaparición de los dos elefantes de Macnaghten indicaban la presencia de fuerzas hostiles invisibles que rondaban en torno a ellos a la espera de una oportunidad.
Fue una suerte para los invasores que los afganos no se decidieran a atacar entonces, ya que el ejército no se había recuperado de su travesía por los pasos de montaña y estaba roto. «En ese momento éramos incapaces de afrontar una guerra», anotó Thomas Gaisford en su diario. «Todos nuestros hombres requerían con urgencia un periodo de reposo y los caballos no hubieran podido sobrevivir a otra marcha.

Cuando los barakzais llegaron, por último, a Ludhiana a finales de diciembre, tanto en Kabul como en Simla respiraron tranquilos. Incluso sir Willoughby Cotton, que fue el encargado de escoltar al emir a su nueva residencia justo antes de retirarse como comandante militar británico en Afganistán, escribió a su sucesor para decirle: «No tendrás gran cosa que hacer. Aquí reina la paz».
Pero la insurgencia no había terminado. Akbar Khan, el hijo más combativo de Dost Mohammad, había logrado escapar de Bujará y pronto demostraría ser un nuevo y poderoso foco de resistencia, mucho más violento, despiadado y eficaz que su propio padre.

La retirada de Kabul comenzó poco después de las nueve de la mañana del día 6 de enero de 1842.
La noche anterior, el teniente Sturt, casi ya recuperado, había dinamitado parte del muro a la izquierda de la puerta trasera del acantonamiento para crear una brecha amplia por la que pudieran marchar, con mayor comodidad, los tres mil ochocientos cipayos, los setecientos soldados europeos de infantería y caballería y los catorce mil civiles del campamento. La operación se llevó a cabo al amanecer y la pared, derrumbada hacia el exterior, haría de puente para que todos pudieras cruzar el foso.
A través de la irregular apertura horadada en las murallas, el sol se alzaba sobre las deslumbrantes montañas blancas que rodeaban Kabul, lo que auguraba un día «muy claro y frío, con una capa de casi treinta centímetros de nieve».
A las nueve de la mañana del 6 de enero, al son de las cornetas y los tambores, los primeros soldados británicos salieron del acantonamiento y comenzaron a marchar, con la nieve hasta las rodillas, por la ruta a Jalalabad, en dirección al paso Khord Kabul. A pesar del brillante sol matinal, el termómetro de lady Sale registraba una temperatura «muy por debajo de cero».
Algunas señales invitaban al optimismo: aunque una centena de afganos se había congregado para presenciar la salida de los aspirantes a conquistadores, los ghazis que habían permanecido acechando a las puertas del cantón desaparecieron como por arte de magia, y la vanguardia de la columna marchaba sin encontrar la más mínima resistencia. Incluso los fuertes circundantes, que durante las seis últimas semanas habían acribillado a tiros el acantonamiento, estaban en completo silencio, «no se veía ni a un solo hombre sobre sus muros», como observó, aliviado, Hugh Johnson.

La turbulenta existencia de Shuja terminó, igual que gran parte de su vida, en tragedia. Su muerte prematura no dejó ningún legado para sus sucesores: tal y como relata Maulana Hamid Kashmiri, sus hijos y nietos se convirtieron en «ovejas sin pastor». Aunque, tras la masacre del ejército de Kabul, parecía que la vuelta de los sadozais era una posibilidad, a su muerte, sus hijos y su hermano ciego Shah Zaman se encontraron en una situación desesperada y con muy pocas posibilidades de consolidar el poder de su dinastía. En palabras de Herati: para los sadozais «el día se convirtió en la noche más oscura […]. Su majestad tenía sesenta y cinco años cuando fue asesinado; a lo largo de este tiempo, había vivido triunfos, sufrido desventuras y aprendido a desconfiar de sus volubles súbditos. Shah Shuja al-Mulk, de noble linaje, nunca habría mostrado ingratitud hacia los ingleses, agradecido por todos los años de su hospitalidad, pero las repetidas malas decisiones de Macnaghten lo comprometieron de tal manera que anularon cualquier esperanza de recuperación».
La muerte de Shuja no supuso, sin embargo, el final de las masacres ni de la guerra: el Ejército de Castigo de Pollock marchaba hacia Jalalabad, aún con el cadáver del sha tendido sobre el polvo de Kabul, y, como lady Sale ya había escuchado decir a sus nerviosos carceleros, dicho contingente ni tomaba prisioneros ni daba tregua.
La tarde del 6 de abril de 1842, la artillería de Akbar Khan posicionada en los alrededores de Jalalabad entró en acción y lanzó una ronda de salvas. El fuego de los cañones continuó durante toda la noche, y estuvo acompañado del sonido de los festejos, de la música y de los bailes procedentes del otro lado de las obras de asedio, que la guarnición oía desde la muralla.
Akbar Khan ordenó las salvas para celebrar la muerte de Shuja y el golpe mortal que los barakzais acababan de asestar a sus rivales y eternos enemigos, los sadozais. Sin embargo, en la ciudad sitiada, los cañonazos se interpretaron de manera diferente: la guarnición sabía que Pollock estaba a punto de intentar la difícil hazaña de tomar por la fuerza el paso Jáiber, por lo que supusieron que las salvas de victoria celebraban su derrota. Un informe falso de un informante británico, en el que se corroboró tal error, además añadía que Akbar Khan había enviado refuerzos al paso para aniquilar lo que quedaba del contingente de Pollock.

Se dice que los británicos entraron por segunda vez en Afganistán para liberar a los prisioneros ingleses: gastaron lakhs y lakhs en sobornar a los afganos para que les permitieran pasar, dejaron miles de muertos más y revelaron, asimismo, su verdadera naturaleza al demoler los mercados de Kabul y regresar con premura a la India. Pretendían establecerse en el país y frenar cualquier avance ruso en la zona; no obstante, a pesar de todo el dinero que gastaron y de todas las vidas que sacrificaron en el camino, los únicos frutos que cosecharon fueron la ruina y la vergüenza. Si los ingleses hubieran sido capaces de conquistar y mantenerse en Afganistán, nunca habrían abandonado una tierra en la que crecen cuarenta y cuatro tipos diferentes de uvas y muchas otras frutas –como manzanas, granadas, peras, ruibarbo, moras, sandías y melones cantalupo, albaricoques, melocotones, etc.–. Y agua helada, imposible de encontrar en ninguna llanura de la India.
«La invasión angloíndia de Afganistán», que supuso un despilfarro de dinero, equipamiento militar y vidas humanas, «tanto de negros como de blancos», había sido, escribió,
Una lucha desigual entre los traicioneros cuervos indios y los valientes halcones afganos: cada vez que los primeros tomaban una montaña, en la montaña de al lado estallaba una rebelión. En verdad, los ingleses nunca, de ninguna manera, habrían conseguido pacificar Jorasán, ni siquiera tras años de ocupación. De los ingleses y sus tropas indias de cuervos quedan solo los huesos insepultos esparcidos por las laderas de las montañas de Afganistán, mientras que los valientes guerreros afganos buscaron el martirio y salieron victoriosos de este mundo y del que vendrá: ¡Bienaventurados sean aquellos que beben de la copa del martirio!

En el pueblo de Jagdalak, el 12 de enero de 1842, los últimos doscientos soldados británicos, al borde de la congelación, se vieron rodeados por miles de ghilzais y solo un puñado de ellos logró superar la barrera de espinas que les habían preparado. Nuestro recibimiento en abril fue, afortunadamente, bastante más cálido. Era la primera visita de mi anfitrión a su hogar desde que había sido nombrado ministro, por lo que los orgullosos aldeanos prepararon a su antiguo comandante una excursión nostálgica por las colinas, aromatizadas por el tomillo silvestre y el ajenjo, y sus laderas, cubiertas de acebos y moreras y a la sombra de los álamos blancos. Aquí, en la cima de los picos circundantes, cerca de la torre de vigilancia donde los cipayos desnudos y muertos de frío habían intentado refugiarse, se encontraban los restos de los viejos búnkeres y trincheras desde los que los muyahidines de Jagdalak habían desafiado a las tropas soviéticas. Una vez terminada la excursión, los aldeanos nos prepararon un banquete, al más puro estilo timúrida, en un huerto de albaricoques en lo más profundo del valle: nos sentamos en alfombras bajo las parras y las flores de granada mientras los platos de kebab y pilaf con pasas iban sucediéndose, uno detrás de otro, ante nosotros.
Cuando mis anfitriones mencionaron, de pasada, el sitio donde se encontraba la barrera de espinas y otros lugares del pueblo donde los británicos habían sido masacrados en 1842, comparamos nuestras respectivas memorias familiares sobre la guerra. Les hablé de mi tío bisabuelo, Colin Mackenzie, que había sido tomado como rehén muy cerca de allí, y les pregunté si veían algún paralelo entre la situación actual y la de entonces. «Es exactamente lo mismo» dijo Jagdalak. «En ambas ocasiones, los extranjeros han venido por sus propios intereses, no por los nuestros. Dicen que son nuestros amigos y que nos quieren ayudar, pero mienten».
«Incluso hoy, cualquiera que venga a Afganistán se enfrentará al mismo destino que sufrieron Burnes, Macnaghten y Brydon», apuntó Mohammad Khan, nuestro anfitrión en el pueblo y dueño del huerto donde estábamos sentados.

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Afghanistan – or Khorasan, as the Afghans had called this region for the past two millennia – had only rarely enjoyed political or administrative unity. 3 Much more often it had been a zone between multiple borders: a vast, fractured and contested territory, made up of stretches of mountains, floodplains, and deserts that separated it from its better-organized neighbors. At other times, its provinces were part of the periphery of rival belligerent empires. Rarely did the pieces of the puzzle fit together to form a coherent and autonomous state.
If we look at the geography and topography of the region, everything had always played against the rise of that state, especially the great rocky skeleton of the Hindu Kush: a chain of snow-capped peaks, sculpted in the ice, with black slopes. and cleft that divided the country in two, like the ribs of a huge stone rib cage.
Furthermore, the presence of diverse tribes, ethnic groups and languages fragmented Afghan society: the rivalry between the Tajiks, Uzbeks, Hazaras and the Durrani and Gilzai Pashtuns; the schism between Sunnis and Shiites; the endemic infighting between clans and tribes, and especially the bloody disputes between related lineages. These struggles, which were dramatically passed down from generation to generation, are symbolic of the failure of state justice systems. In many places, family revenge almost became a popular sport – the Afghan equivalent of cricket in the English counties – and the killings perpetrated were often spectacular in scope.

This is the story of one of Britain’s greatest military defeats,the First Anglo-Afghan War of the nineteenth century.
Afghanistan has never been an easy place for foreign invaders to occupy or govern as one invader after another has discovered.It has aptly been called,»the graveyard of empires».
The invading British force,also comprising a large Indian contingent,suffered a staggering number of casualties and had to retreat.
The «Great Game» for control of Central Asia,was on between Britain and Russia at the time. Britain wanted its man,Shah Shuja,back in power in Afghanistan.
When the first British force was massacred,an «army of retribution» was sent to settle the score. It took its savage revenge and returned swiftly. Britain would,however, not gain a foothold in Afghanistan.
Dalrymple’s account is livelier than another well known book on the subject,Peter Hopkirk’s,The Great Game. The reader meets some memorable characters,most notably,Sir Alexander Burns (known in Afghanistan as Sikandar).
He was the among the first spies to travel to Central Asia,and was a key figure in The Great Game. His luck was to run out,as he stayed on in Afghanistan.His fate is described in chilling detail by Dalrymple.
There are striking parallels to the Soviet and US invasions of Afghanistan,when both superpowers found themselves mired in endless conflict,and couldn’t win.
The story begins with the power struggle between two powerful tribes. The Sadozais, the descendants of Ahmed Shah Abdali, the ruler and conqueror of a vast Afghan empire. And their Wazir, ministers and second in commands, the Barakzais.
After a long struggle Dost Muhammad Barakzai defeated and chased Shah Shuja (Grandson of Ahmed Shah), the Sadozai King out of Afghanistan. Shah Shuja, after a painful stay with Ranjeet Singh (Ruler of Punjab), left for Ludhiana where he lived under British protection.
The skepticism and Russo phobia of some, led to a common perception among the British that Russians were trying to woo Dost Muhammad, and Afghanistan was to become a “Russia House” if The British didn’t take immediate action. Afghanistan was strategically important for the British to stabilize and expand their control and trade in Asia. So a plan was made, defying the intelligence reports suggesting otherwise, to invade Afghanistan and install a puppet Shah Shuja as the king, and take indirect control of Afghanistan.
The Shah was then reinstalled without much opposition and with relative ease with the help of a strong British army of 20,000.
But things started to get sour, The ever sensitive Afghans dislike the foreign invaders and a few most indecent encounters made them abhor their British invaders all the more so. The tribes started converging under Dost Muhammad’s son Akbar khan, who then used the narrative of “Jihad against the Infidels”, the ever useful tactic, and started a rebellion. The indecisiveness of the leadership led to widespread massacre of British forces. Men, women and children were butchered and maimed by the Afghan fighters, and only a handful of a 20,000 strong army, reached to the safety of British controlled area. A disaster without precedent and a humiliating defeat to the most powerful nation at the time.
The British after brief stay, sent an “Army of Retribution”, to burn and pillage the whole country. This was a successful mission. Once again women were raped and children were butchered, this time by merciless company soldiers.
And the irony of ironies is that the deceased Shah Shuja was then replaced by Dost Muhammad, the one whose regime was attacked earlier in the first place to install Shuja.
Amid acts of terror and horrendous atrocities, there are instances where beauty and compassion can be seen; Lady Sale, Mackenzie, Lawrence and others who bravely endured all that befell them with sheer bravery.
A beautiful narrative makes it an easy read, the scenery is described with aptness of a travelogue and the character studies are fascinating. A must read for anyone who wants to know why war is the greatest of all evils.

The real reason behind sending this first British embassy to Afghanistan was far from India and the footsteps of the Hindu Kush. Its origins had nothing to do with Shah Shuja, the Durrani Empire, or even the complicated politics of the Hindustan princes. Instead, to trace its true causes, you have to go to Northeast Prussia and a boat in the middle of the Nemen River.
In that place, eighteen months before, Napoleon, at the zenith of his power, had met with the tsar, Alexander I, to negotiate a peace treaty. This meeting took place after the defeat of Russia at the Battle of Friedland, on June 14, 1807.
The first embassy in Afghanistan of a Western power set out from the Company’s residence in Delhi on October 13, 1808, with the ambassador accompanied by two hundred cavalrymen, four thousand infantry, a dozen elephants, and no fewer than six hundred camels. . The expedition was impressive, but it was clear that this attempt by the British to get closer to the Afghans was not intended to win the friendship of Shah Shuja, but rather to outrun their imperial rivals: the Afghans were taken over as mere pawns on the game board. chess of Western diplomacy, ready to be sacrificed at will. This policy set a precedent that will be emulated by different powers, on numerous occasions, during the following years and decades; and on each such occasion the Afghans would prove capable of defending their inhospitable territory with greater efficiency than any of their future manipulators could have suspected.

The secret report prepared at the request of the governor general to analyze the failure of politics in Afghanistan summed up the situation with devastating brevity. «Sha Shuja has made various unsuccessful attempts to regain the throne from him,» he declared, listing Shuja’s four great defeats: the First Army was ambushed in the Mughal gardens of Nimla; the second froze in the snows of Kashmir; the third was blown up in Peshawar by the explosion of his own ammunition; and now, the fourth, has been surprised in the gardens of Kandahar. «He has shown great energy and determination in preparing and directing his expeditions, as well as great strength in the face of defeat; but his bravery has always failed her at crucial moments, a defect to which his misfortunes are attributed.
Even Wade was willing to admit that his protégé seemed to be finished. However, in a private conversation with the American mercenary Josiah Harlan, he suggested one last option that he could put his friend back on his feet. «Now there is no possibility of Shuja being restored to the throne,» he said, «unless there are tangible indications of Russian diplomatic activity in Kabul.»
If the Russians intervened directly in Afghanistan with Barakzai help, Shuja could once again be indispensable to British ambitions.
The popularity of Shah Shuja «had been confirmed by his honor thanks to the convincing and unanimous testimony of the highest authorities.» For this reason, the British had to help the rightful ruler of Kabul to «enter Afghanistan surrounded by his own troops.» This was also a distortion of reality. After thirty years of exile full of comforts, the shah – almost sixty years old – was about to lead the fourth expedition with the aim of trying to regain the throne from him. However, this time he was to be at the head of an Anglo-Indian army, defending British interests and closely watched by his officers.
It was nothing like the homecoming Shuja had dreamed of for decades. But, at this late stage in his life, this hardly mattered; for him and his court, this was not an unwarranted, irrational, or unnecessary invasion: it was the return of a king.

Shah Shuja’s fourth attempt to regain his throne – considered the start of the First Anglo-Afghan War by British historians – began as chaotically as the previous ones.
The plan was good. An official farewell ceremony would first be held in Firozpur, Punjab, attended by the three signatories of the «tripartite alliance». Later, as had happened five years before, during Shah Shuja’s last expedition, Afghanistan would be invaded by two different routes: a First Army, led by the shah’s eldest son, Crown Prince Timur, and assisted by Colonel Wade and a Punjabi Muslim regiment sent by Ranjit Singh, would move north from Peshawar and pass through the Jáiber pass to Jalalabad; the other, much larger, led by Shah Shuja, under Macnaghten’s watch and assisted by troops from the armies of the Bengal and Bombay Companies, would head south along the Punjab – since Ranjit had forbidden the soldiers to British will pass through their territories – to the Bolan Pass to attack southern Afghanistan from further south to Kandahar and then proceed to Gazni.
The Indus Army now faced its first great challenge: Kandahar. There were rumors that Barakzai cavalry units were in the immediate vicinity, surrounding the army and ready to attack, and one night, due to false information that warned of an imminent attack, the soldiers woke up, already left on guard of their tents and took up defensive formation. They stayed that way, with their muskets at the ready, until the sun came up. Only the diversion of the stream that supplied the camp during the night and the mysterious disappearance of the two Macnaghten elephants indicated the presence of invisible hostile forces hovering around them, waiting for an opportunity.
It was fortunate for the invaders that the Afghans did not decide to attack then, as the army had not recovered from its journey through the mountain passes and was broken. «At the time we were incapable of facing war,» Thomas Gaisford noted in his diary. “All our men urgently required a period of rest and the horses could not have survived another march.

When the Barakzais finally arrived in Ludhiana at the end of December, both Kabul and Simla breathed easy. Even Sir Willoughby Cotton, who was commissioned to escort the emir to his new residence just before he retired as British military commander in Afghanistan, wrote to his successor to say, ‘You won’t have much to do. Here peace reigns.
But the insurgency was not over. Akbar Khan, Dost Mohammad’s most combative son, had managed to escape from Bukhara and would soon prove to be a powerful new focus of resistance, far more violent, ruthless and effective than his own father’s.

The withdrawal from Kabul began shortly after 9 a.m. on January 6, 1842.
The night before, Lieutenant Sturt, almost recovered, had dynamited part of the wall to the left of the cantonment’s rear door to create a wide gap through which the three thousand eight hundred sepoys, the seven hundred soldiers could march more comfortably. European infantry and cavalry and the fourteen thousand civilians of the camp. The operation was carried out at dawn and the wall, collapsed towards the outside, would act as a bridge so that everyone could cross the moat.
Through the jagged opening drilled in the walls, the sun was rising over the dazzling white mountains that surrounded Kabul, predicting a day «very clear and cold, with a layer of almost a foot of snow».
At 9 a.m. on January 6, to the sound of horns and drums, the first British soldiers emerged from the cantonment and began to march, knee-deep in snow, down the road to Jalalabad, in the direction of Khord Pass. Kabul. Despite the bright morning sun, Lady Sale’s thermometer read «well below zero.»
Some signs invited optimism: although a hundred Afghans had gathered to witness the departure of the would-be conquerors, the ghazis who had remained lurking at the gates of the canton disappeared as if by magic, and the vanguard of the column marched without find the slightest resistance. Even the surrounding forts, which for the past six weeks had riddled the cantonment with gunfire, were completely silent, «not a single man was seen on its walls,» as Hugh Johnson remarked with relief.

Shuja’s turbulent existence ended, like much of his life, in tragedy. His premature death left no legacy for his successors: as Maulana Hamid Kashmiri relates, his children and grandchildren became «sheep without a shepherd.» Although, after the Kabul army massacre, it seemed that the return of the Sadozais was a possibility, at their death, their children and their blind brother Shah Zaman found themselves in a desperate situation and with little chance of consolidating the power of their dynasty. In the words of Herati: for the Sadozais «the day became the darkest night […]. His majesty was sixty-five years old when he was assassinated; Throughout this time, he had lived triumphs, suffered misfortunes, and learned to distrust his fickle subjects. Shah Shuja al-Mulk, of noble lineage, would never have shown ingratitude towards the English, grateful for all the years of his hospitality, but Macnaghten’s repeated bad decisions compromised him in such a way that they nullified any hope of recovery.
Shuja’s death did not mean, however, the end of the massacres or the war: Pollock’s Punishment Army was marching on Jalalabad, still with the shah’s body lying on the dust of Kabul, and, as Lady Sale had already heard say to his nervous jailers, said contingent neither took prisoners nor gave truce.
On the afternoon of April 6, 1842, Akbar Khan’s artillery positioned around Jalalabad went into action and fired a round of salvos. The cannon fire continued throughout the night, accompanied by the sound of festivities, music and dancing from the other side of the siege works, heard by the garrison from the wall.
Akbar Khan ordered the salutes to celebrate Shuja’s death and the fatal blow the Barakzais had just dealt against their rivals and eternal enemies, the Sadozais. In the besieged city, however, the cannon shots were interpreted differently: the garrison knew that Pollock was about to attempt the difficult feat of taking the Jáiber Pass by force, so they assumed that the salutes of victory celebrated defeat. of the. A false report from a British informant, corroborating such an error, further added that Akbar Khan had sent reinforcements to the pass to wipe out what was left of Pollock’s contingent.

The British are said to have entered Afghanistan a second time to free English prisoners: they spent lakhs and lakhs bribing Afghans to allow them to pass, left thousands more dead, and revealed their true nature by demolishing markets. from Kabul and rush back to India. They wanted to establish themselves in the country and stop any Russian advance in the area; Yet despite all the money they spent and all the lives they sacrificed along the way, the only fruits they reaped were ruin and shame. If the English had been able to conquer and stay in Afghanistan, they would never have left a land where forty-four different types of grapes and many other fruits grow – such as apples, pomegranates, pears, rhubarb, blackberries, watermelons, and cantaloupe melons. apricots, peaches, etc.–. And icy water, impossible to find on any plain in India.
«The Anglo-Indian invasion of Afghanistan», which was a waste of money, military equipment and human lives, «both black and white,» had been, he wrote,
An unequal fight between the treacherous Indian ravens and the brave Afghan hawks: every time the former took a mountain, a rebellion broke out on the next mountain. In truth, the English never, in any way, would have succeeded in pacifying Khorasan, not even after years of occupation. Only the unburied bones of the English and their Indian troops of ravens remain scattered on the slopes of the mountains of Afghanistan, while the brave Afghan warriors sought martyrdom and emerged victorious from this world and from which to come: Blessed are those who drink from the cup of martyrdom!

In the village of Jagdalak, on January 12, 1842, the last two hundred British soldiers, on the brink of freezing, were surrounded by thousands of Ghilzai, and only a handful of them managed to overcome the barrier of thorns that had been prepared for them. Our welcome in April was, thankfully, quite a bit warmer. It was my host’s first visit to his home since he had been appointed minister, so the proud villagers arranged for their former commander a nostalgic excursion through the hills, scented with wild thyme and wormwood, and their slopes, covered with holly and mulberry trees and in the shade of white poplars. Here, on top of the surrounding peaks, near the watchtower where the naked and cold-blooded sepoys had tried to take refuge, were the remains of the old bunkers and trenches from which the Mujahideen of Jagdalak had challenged the troops. Soviet Once the excursion was over, the villagers prepared a feast for us, in the purest Timurid style, in an apricot orchard deep in the valley: we sat on rugs under the vines and pomegranate flowers while plates of kebab and pilaf with raisins they were happening, one after another, before us.
When my hosts mentioned, in passing, the site of the barrier of thorns and other places in town where the British had been massacred in 1842, we compared our respective family memories of the war. I told them about my great-great-uncle, Colin Mackenzie, who had been taken hostage very close by, and asked if they saw any parallels between the current situation and then. «It’s exactly the same,» said Jagdalak. “Both times, the foreigners have come for their own interests, not ours. They say they are our friends and that they want to help us, but they lie.
«Even today, anyone who comes to Afghanistan will face the same fate that Burnes, Macnaghten and Brydon suffered,» said Mohammad Khan, our host in the village and owner of the orchard where we were sitting.

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