Irlanda Del Norte. Historia Del Conflicto – Luis Antonio Sierra / North Ireland. History of the Conflict by Luis Antonio Sierra (spanish book edition)

Libro para iniciarse en el tema del conflicto norirlandés. Quizá faltó algún dato relevante como el atentado a Margaret Tatcher en Brighton 1984. De todas formas un libro muy interesante, entretenido y recomendable.

Antes de la llegada del cristianismo allá por el siglo V, la isla de Irlanda era territorio celta. Las primeras olas de invasores llegaron a finales de la Edad del Bronce irlandesa y la cultura celta de finales de la Edad del Hierro conocida como La Tène llegó probablemente a Irlanda en el siglo II a. C. La mayoría de los restos encontrados de esta civilización se concentran en el Ulster y Connacht, zonas donde la tradición épica irlandesa tiene lugar y que cuenta con héroes como Cú Chulainn que luego tendrán cierta importancia dentro de la justificación ideológica protestante en Irlanda.
La población no Indoeuropea anterior a los celtas (Loíges en Leinster, Ciarraige en Connacht y el norte de Kerry, los Criuthni en el Ulster) sobrevivió al dominio celta, pero los documentos escritos del siglo V demuestran que todos estos habitantes habían asimilado plenamente la cultura y compartían una misma lengua. El gran reino del Ulster cuya capital estaba en la ciudad de Emain Macha (condado de Armagh) fue destruido por los Connachta hacia la mitad del siglo V. El príncipe de los Connachta, Niall, adquirió éxito y poder gracias a sus razzias en Bretaña y sus descendientes adoptaron el nombre dinástico de Uí Néill. Tres de sus hijos fundaron reinos en el noroeste del Ulster, otros controlaron las tierras de Mide y Brega y tuvieron éxito en sus luchas contra los Laigin de Leinster. Los mismos súbditos de Emain Macha se pusieron bajo protección de la dinastía Uí Néill y formaron una confederación de pequeños reinos subordinados a Niall.
A finales del siglo VIII, los vikingos comenzaron a atacar enclaves costeros, sobre todo monasterios. Lo que intentaban realmente no era destruir por destruir, sino que con el tiempo intentaron fundar bases permanentes en Irlanda. La primera fue instalada en la boca del río Liffey (origen de la ciudad de Dublín) y desde allí se prepararon grandes expediciones hacia el interior del país. Los monasterios de toda la isla sufrieron las razzias, pero el principal esfuerzo vikingo se centraba probablemente en acaparar tierras para asentarse ya que el gran crecimiento de población en tierras escandinavas forzaba a buscar nuevos asentamientos.
El éxito vikingo se debió en parte a que la Irlanda del siglo IX no tenía una organización política capaz de defender toda la isla.

En el siglo XIV las esferas de poder angloirlandesas se dieron cuenta de que era imposible mantener una defensa efectiva contra los insurgentes jefes gaélicos y como consecuencia de esta situación, la colonia se vio obligada a pedir ayuda a Inglaterra, auxilio el cual fue posible durante cierto tiempo. Pero Inglaterra tenía sus propios problemas como la guerra que mantenía contra Escocia y, sobre todo, la guerra de los Cien Años que mantuvo contra Francia desde 1338 hasta 145. A finales de este siglo la paz con Francia y la tregua firmada con Escocia permitieron al rey Ricardo II intervenir decisivamente en los asuntos irlandeses. En el otoño de 1394 se dirigió a la isla y pronto todos los grandes líderes gaélicos fueron sometidos. Parecía que el resurgir gaélico había sido controlado y el rey volvió a Inglaterra, pero a los pocos meses la guerra se reanudó y Ricardo II tuvo que regresar otra vez a Irlanda. Mientras que éste luchaba en Leinster, su gran enemigo, Enrique de Lancaster, llego a Inglaterra y se apoderó del trono, de manera que Ricardo tuvo que volver a Inglaterra sin solucionar el problema irlandés.
Irlanda era para Inglaterra una región fronteriza de señores angloirlandeses semiautónomos y de señores gaélicos completamente autónomos. Los primeros eran más poderosos y, por consiguiente, siguieron siendo leales a la corona, mientras que los segundos fueron olvidados por ésta. La reafirmación del poder inglés en Irlanda vino motivada por la necesidad de asegurar el flanco occidental y por hacer que este territorio se adecuase a las nociones religiosas, políticas, económicas y culturales del estado. El problema para conseguir esto residía en la combinación de medidas coactivas con otras pacíficas. Al principio se tendió a la conciliación, pero al venirse esta política abajo a finales del siglo XVI, se impuso la coacción y los traslados de población.
Enrique VIII se proclamó rey de Irlanda en 1541 a pesar de que no había asegurado eficazmente el dominio inglés en la isla. Su reinado inauguró una nueva etapa de la historia de Irlanda. Antes de Enrique VIII la corona inglesa tenía en su poder muy pocas partes de la isla, pero tanto él como sus sucesores consiguieron dominarla, y no sólo pusieron a todo el país bajo el control de un gobierno central, sino que también se aseguraron de que éste fuera inglés.

El Gobierno inglés se dio cuenta rápidamente de que derrotar a los irlandeses no significaba necesariamente derrotar al catolicismo ya que, por ejemplo, existía en Irlanda un grupo que aunque católico, descendía de los ingleses. Los «ingleses viejos» ( Old English), como eran conocidos, dejaron de controlar el Gobierno de Irlanda, pero todavía poseían un tercio de la tierra del país y seguían siendo fieles a la corona inglesa. El gobierno, de todas formas, no estaba dispuesto a confiar en ellos, pero se vio obligado a aparentar que sí lo hacía ya que la guerra que el rey inglés, Carlos I, mantenía con España requería la ayuda económica de estos individuos. Pero cuando la guerra acabó y el dinero también se gastó, la promesa se rompió. Además, otro factor que contribuyó a la marginación de este grupo fue la presencia cada vez más importante de protestantes en el parlamento irlandés como consecuencia de la colonización del Ulster. El parlamento estaba controlado por Thomas Wentworth quien apoyaba decisivamente la causa protestante y rápidamente los «ingleses viejos» se dieron cuenta de que esta institución se iba a convertir en un instrumento que se iba a utilizar en contra de ellos. Por ejemplo, una de las medidas que tomó el parlamento fue la confiscación de un cuarto de las tierras de Connacht sin hacer distinción sobre si eran posesión de irlandeses gaélicos o de estos «ingleses viejos».
Una vez más, los acontecimientos que ocurrieron en Inglaterra tuvieron una influencia decisiva en Irlanda. El rey inglés, Carlos I, tuvo que convocar al parlamento de su país para pedirle su apoyo económico y militar cuando comenzó la guerra contra los presbiterianos en Escocia.

En definitiva, no se creó una comunidad protestante en el estricto sentido de la palabra, sino más bien una clase dominante de origen protestante.
En el este del Ulster no sólo pertenecían a la comunidad protestante los dueños de las tierras, sino que también la mayoría de los que las trabajaban eran protestantes, casi todos presbiterianos escoceses que llegaron a estas tierras como consecuencia de un nuevo flujo de inmigración. El levantamiento también tuvo un profundo efecto en la comunidad protestante del Ulster ya que provocó un sentimiento de solidaridad entre ellos situándolos frente a los católicos y definió su identidad y memoria históricas. De este período viene la creencia unionista de que su papel en Irlanda no es otro más que el de civilizar el país y asegurarlo para la corona británica.
La gran hambruna provocó entre la población irlandesa diferentes sentimientos respecto a la unión política con Gran Bretaña. Mientras que para una gran mayoría, en gran parte católica, era sinónimo de esperanzas frustradas, desigualdades y negación de libertad, para la minoría, fundamentalmente protestante, ésta estaba justificada y consideraban que había que mantenerla y apoyarla. Este último grupo estaba formado por la aristocracia terrateniente repartida por toda la isla, y en el Ulster por una comunidad protestante muy unida que comprendía a todas las clases sociales. Gracias al desarrollo industrial que experimentó el Ulster durante la primera mitad de este siglo, las condiciones económicas en la región eran mucho más favorables que en el resto de la isla, la consecuencia de esta situación fue la seguridad de los agricultores, que tenían sus tierras en arriendo, respecto a sus propiedades.

Hacia 1931 Irlanda había logrado una gran independencia política aunque las cláusulas sobre defensa del tratado hacían dudar sobre la soberanía en el supuesto de que Gran Bretaña se viera envuelta en una nueva guerra. Pero los logros constitucionales y diplomáticos de Cosgrave se vieron minimizados a la vista del electorado cuando en 1925 el Gobierno irlandés fue obligado a reconocer la frontera existente entre Irlanda del Norte y el Estado Libre de Irlanda, hecho que dejaba zanjado definitivamente el problema de la división de la isla y que demostraba que la Comisión Fronteriza que supuestamente debía revisar la frontera había fracasado.
A pesar de haber perdido en la Guerra Civil y de pasar dos años en prisión (1923-24), Éamon de Valera no dejó la política y en 1926, una vez que rompió su alianza con los republicanos más extremistas, fundó, un nuevo partido, el Fianna Fáil (Soldados del Destino), y se presentó a las elecciones del año siguiente. Después de los comicios, tanto él como sus correligionarios ocuparon sus escaños en el Dáil formando parte de la oposición. Pero las siguientes elecciones, las de 1932, las gana el Fianna Fáil y de Valera se convierte en presidente del Estado Libre de Irlanda.
En 1936 se aprobó la Ley de Relaciones Externas ( External Relations Act) por la que se abolía la autoridad de la Corona británica. Al año siguiente se introdujo una nueva constitución diseñada para que se aplicase en toda la isla que reemplazaría a la que, según de Valera, había sido impuesta por la firma del Tratado Anglo-Irlandés. Ésta contemplaba que Irlanda era un estado democrático, independiente y soberano, pero estaría limitada a los 26.
Es el caso de la ciudad de Derry, donde el 80% de sus habitantes son católicos, siempre fue gobernada por un ayuntamiento unionista ya que, gracias a la manipulación de los distritos, unos nueve mil votantes unionistas elegían a doce concejales mientras que unos catorce mil electores nacionalistas elegían a ocho. Los ayuntamientos eran responsables en muchas ocasiones de dar trabajo, vivienda y otros beneficios a sus ciudadanos y como normalmente estaban controlados por unionistas, los católicos apenas conseguían ningún tipo de servicios del consistorio. Por ejemplo, una zona con una mayoría de población católica como es Fermanagh tenía un ayuntamiento unionista que, paradójicamente, durante los años sesenta empleó a 338 protestantes y sólo a 32 católicos.
De todas formas también es cierto que la discriminación no existía a todos los niveles y así tanto católicos como protestantes se beneficiaron de las mejoras en la educación o en la atención sanitaria.

En definitiva, el mundo parecía estar cambiando e inclinándose hacia un intento por solucionar conflictos que se prolongaban en el tiempo e Irlanda del Norte no debía quedarse al margen. De esta manera y favorecido por las circunstancias exteriores citadas, el principio de la década de los noventa también fue testigo de nuevas iniciativas para alcanzar la paz en Irlanda del Norte.
Los cambios ocurridos en la política británica a finales de 1990 también afectaron positivamente a la región. Margaret Thatcher, quien había mantenido durante algo más de once años una política de mano dura contra el movimiento republicano ya fuera político o militar, fue sustituida al frente del gobierno del Reino Unido por John Major ante la desilusión de su partido por la mala prensa que Thatcher se había ganado a lo largo de su mandato. Major era mucho más pragmático que su antecesora y, además, estaba firmemente convencido de que debía conseguirse un alto el fuego permanente en Irlanda del Norte como primer paso para alcanzar una paz duradera. Por otra parte, también era consciente de que el contexto europeo en el que tanto Irlanda como el Reino Unido se encontraban, facilitaría las cosas. Desde un punto vista financiero, la frontera entre el norte y el sur de Irlanda prácticamente se había desvanecido debido a las políticas económicas de la Unión Europea y, dadas las circunstancias hacia las que Europa se movía, la frontera política pronto dejaría de ser una realidad. Ya dentro del contexto norirlandés, la minoría católica comenzaba a dejar de serlo ya que el crecimiento demográfico de este sector de la población era muchísimo más elevado que el del protestante. Este hecho podría suponer en un futuro no muy lejano una Irlanda del Norte cuya población mayoritaria se decantase a favor de la unión con Irlanda. Teniendo todos estos factores en cuenta, los que se vieron envueltos en el proceso de paz, incluido Major, comprendieron que esta nueva situación era la clave para cambiar las relaciones inmovilistas que hasta ese momento habían existido.

Después del congreso de los republicanos, los encuentros multipartidistas continuaron y, a mitad de mayo, Blair fijó una nueva fecha límite, el 30 de junio, para que los partidos norirlandeses alcanzaran un acuerdo sobre el desarme de los paramilitares y la entrada en funcionamiento del Gobierno del Ulster y su Parlamento. Este nuevo plazo era contemplado como inamovible tanto por Dublín como por Londres, sin duda provocado por los avances que se habían producido en la última ronda de conversaciones de la segunda semana de mayo. Pero esas buenas expectativas fueron rompiéndose a medida que avanzaba el mes y a finales de éste, Gerry Adams avisaba de la posibilidad de que éste pudiera quedarse completamente obsoleto ante la falta de acuerdo entre las partes. Cuando este libro se acabó a finales del mes de mayo de 1999, el futuro de Irlanda del Norte todavía seguía siendo muy incierto, como siempre.

El conflicto norirlandés ha sido erróneamente interpretado como un enfrentamiento religioso entre protestantes y católicos, pero esto no es del todo cierto. Lo que realmente existe en Irlanda del Norte es un conflicto sobre la identidad nacional que tiene asociados algunos otros aspectos, entre ellos la religión. El concepto o sentimiento de identidad nacional unionista tiene sus orígenes en el período de formación del Estado británico a principios del siglo XVII. La comunidad unionista define su identidad en términos de patriotismo británico y legitimidad constitucional. Para los protestantes del Ulster los valores e ideas originales que refrendan su presencia en la región siguen teniendo importancia ya que éstos asumieron las características de una comunidad fronteriza que sostiene las ideas de patriotismo cuando éstas habían perdido relevancia en Gran Bretaña.
Uno de los factores que puede contribuir al cambio de mentalidad es la educación. Desde la división de la isla en 1921, Irlanda del Norte ha tenido un sistema educativo que permitía la segregación respecto a la religión, es decir, que católicos y protestantes estudiaban por separado. Este esquema ha seguido reproduciéndose hasta nuestros días y ha contribuido a agravar las consecuencias del conflicto. El desconocimiento de la otra comunidad y la falta de contacto han provocado la aparición de muchos prejuicios entre católicos y protestantes, circunstancia que potencia el odio entre los grupos.
El frágil proceso de paz en el que está envuelta Irlanda del Norte tiene aspectos muy espinosos que solucionar como, por ejemplo, el asunto de las marchas de la Orden de Orange. Éstas, en número superior a tres mil durante todo el año pero fundamentalmente centradas entre los meses de julio y agosto, forman parte de la tradición cultural protestante, aunque los católicos las vean como una auténtica provocación ya que conmemoran la victoria de las tropas del rey protestante Guillermo de Orange sobre las del católico Jaime II en la Batalla del Boyne de 1690. Pero quizás éste aspecto no sea el que más irrita a los católicos, sino el hecho de que muchas de ellas cruzan a golpe de tambor y cánticos sectarios zonas o barrios donde la mayoría de la población es de origen católico con el consiguiente peligro de que esa actitud pueda provocar altercados. Mientras que muchos protestantes se niegan a cambiar una tradición que se remonta al siglo XIX, los sectores católicos piden, principalmente, que se prohíban los desfiles por sus barrios, es decir, que las rutas sean reorganizadas.

Harán falta altas dosis de tolerancia y flexibilidad entre los grupos políticos norirlandeses para que este asunto vea un final favorable para todos y se evite así volver a repetir las negativas experiencias de las tres últimas décadas.
Una de las preguntas que quedan por contestar está relacionada con el futuro político de la región. Después de la firma del Acuerdo del Viernes Santo el 10 de abril de 1998, todos los partidos políticos norirlandeses afirmaban que dicho acuerdo garantizaba sus aspiraciones, es decir, que para casi todos los unionistas, excepto el DUP de Paisley y el UKUP, el vínculo territorial entre Irlanda del Norte y el Reino Unido estaba asegurado y para nacionalistas y republicanos el tratado sentaba las bases para la futura unificación de las dos Irlandas.

Londres ha manifestado en muchas ocasiones que no tiene ningún interés económico en Irlanda del Norte, contribuyendo de esta manera a enfurecer más a los sectores unionistas y lealistas. Lo único que une a Gran Bretaña con los seis condados del Ulster son los muchos siglos de tradición histórica compartida, nada más. Y a desde los comienzos del conflicto, el Gobierno de Westminster anunció que no le importaría ceder la región a la República de Irlanda, pero en esos momentos los vínculos con la mayoría protestante eran muy fuertes y la situación de guerra civil encubierta no aconsejaba llevar a cabo dicha opción. Los años pasaron y Gran Bretaña se vio envuelta en la administración del territorio norirlandés con lo que ello significaba para seguir posponiendo la devolución. Últimamente, la postura británica ha sido reforzada, aunque también matizada, ya que la decisión sobre el desmembramiento del Ulster sólo podría llevarse a efecto después de que los ciudadanos así lo decidiesen en referéndum y no por la iniciativa particular de dos gobiernos. Es evidente que Irlanda del Norte sólo ha traído complicaciones a Gran Bretaña.

Además de que los atentados continúan, aunque a menor escala, la cultura de violencia y rencor existente en la región es una cuestión que puede tardar mucho tiempo en ser resuelta y mientras que los ciudadanos no se sientan seguros de sí mismos y sean capaces de respetar a su vecino de ideología contraria, los acuerdos políticos no podrán ser impuestos aunque esos mismos ciudadanos los hayan aprobado en referéndum. Las armas siempre estarán ahí y aunque se lleve a cabo el decomiso, volver a conseguirlas siempre es fácil:

«Si las armas se entregan, tiene que ser por parte de todos para que no haya nadie que luego pueda volver a cogerlas. De todas formas, nunca se sabe, ya que las treguas se pueden romper si los políticos no se esfuerzan para que el proceso de paz siga adelante». (Hugh McMonagle – IRA).

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Book to get started on the issue of the Northern Irish conflict. Perhaps some relevant information was missing, such as the 1984 attack on Margaret Tatcher in Brighton. In any case, a very interesting, entertaining and recommendable book.

Before the arrival of Christianity back in the 5th century, the island of Ireland was Celtic territory. The first waves of invaders arrived in the late Irish Bronze Age and the late Iron Age Celtic culture known as La Tène probably reached Ireland in the 2nd century BC. C. Most of the remains found of this civilization are concentrated in Ulster and Connacht, areas where the Irish epic tradition takes place and which has heroes like Cú Chulainn who will later have a certain importance within the Protestant ideological justification in Ireland.
The non-Indo-European population before the Celts (Loíges in Leinster, Ciarraige in Connacht and North Kerry, the Criuthni in Ulster) survived Celtic rule, but 5th century written documents show that all these inhabitants had fully assimilated the culture and they shared the same language. The great kingdom of Ulster whose capital was in the city of Emain Macha (County Armagh) was destroyed by the Connachta towards the middle of the fifth century. The prince of the Connachta, Niall, gained success and power thanks to his raids in Britain and his descendants adopted the dynastic name of Uí Néill. Three of his sons founded kingdoms in northwestern Ulster, others controlled the lands of Mide and Brega and were successful in their fights against the Laigin of Leinster. The same subjects of Emain Macha placed themselves under the protection of the Uí Néill dynasty and formed a confederation of small kingdoms subordinate to Niall.
In the late 8th century, the Vikings began attacking coastal enclaves, especially monasteries. What they were really trying to do was not destroy in order to destroy, but over time they tried to found permanent bases in Ireland. The first was installed at the mouth of the River Liffey (origin of the city of Dublin) and from there great expeditions were prepared towards the interior of the country. The monasteries of the whole island suffered the raids, but the main Viking effort was probably focused on grabbing land to settle since the great population growth in Scandinavian lands forced them to seek new settlements.
The Viking success was due in part to the fact that 9th century Ireland did not have a political organization capable of defending the entire island.

In the 14th century the Anglo-Irish spheres of power realized that it was impossible to maintain an effective defense against the insurgent Gaelic chiefs and as a consequence of this situation, the colony was forced to ask England for help, help which was possible for a certain time. weather. But England had its own problems such as the war it had against Scotland and, above all, the Hundred Years War against France from 1338 to 145. At the end of this century the peace with France and the truce signed with Scotland allowed the King Richard II decisively intervene in Irish affairs. In the fall of 1394 he made his way to the island and soon all the great Gaelic leaders were subdued. It seemed that the Gaelic revival had been controlled and the king returned to England, but within a few months the war resumed and Richard II had to return again to Ireland. While he was fighting in Leinster, his great enemy, Henry of Lancaster, came to England and seized the throne, so that Ricardo had to return to England without solving the Irish problem.
Ireland was to England a frontier region of semi-autonomous Anglo-Irish lords and fully autonomous Gaelic lords. The former were more powerful and consequently remained loyal to the crown, while the latter were forgotten by it. The reassertion of English power in Ireland was motivated by the need to secure the western flank and to make this territory conform to the religious, political, economic and cultural notions of the state. The problem in achieving this lay in the combination of coercive measures with other peaceful ones. At first there was a tendency towards conciliation, but when this policy collapsed at the end of the 16th century, coercion and population transfers were imposed.
Henry VIII was proclaimed King of Ireland in 1541 despite the fact that he had not effectively secured English rule on the island. His reign inaugurated a new stage in Irish history. Before Henry VIII the English crown held very few parts of the island, but both he and his successors managed to dominate it, and not only brought the whole country under the control of a central government, but also ensured that this was English.

The English Government quickly realized that defeating the Irish did not necessarily mean defeating Catholicism since, for example, there existed in Ireland a group that although Catholic, descended from the English. The ‘Old English’, as they were known, ceased to control the Government of Ireland, but they still owned a third of the country’s land and remained loyal to the English crown. The government, in any case, was not willing to trust them, but it was forced to pretend that it did, since the war that the English king, Carlos I, had with Spain required the financial help of these individuals. But when the war was over and the money was also spent, the promise was broken. In addition, another factor that contributed to the marginalization of this group was the increasingly important presence of Protestants in the Irish Parliament as a result of the colonization of Ulster. Parliament was controlled by Thomas Wentworth who was decisively supporting the Protestant cause and quickly the «Old English» realized that this institution was going to become an instrument to be used against them. For example, one of the measures taken by parliament was the confiscation of a quarter of Connacht’s lands without making a distinction as to whether they were the possession of Gaelic Irishmen or these ‘old English’.
Once again, events in England had a decisive influence on Ireland. The English king, Charles I, had to summon the parliament of his country to ask for its economic and military support when the war against the Presbyterians began in Scotland.

Ultimately, a Protestant community was not created in the strict sense of the word, but rather a ruling class of Protestant origin.
In eastern Ulster, not only did the landowners belong to the Protestant community, but also the majority of those who worked it were Protestant, almost all Scottish Presbyterians who came to these lands as a result of a new flow of immigration. The uprising also had a profound effect on the Ulster Protestant community as it sparked a feeling of solidarity among them by placing them in front of Catholics and defining their historical identity and memory. From this period comes the unionist belief that their role in Ireland is none other than to civilize the country and secure it for the British crown.
The great famine provoked among the Irish population different feelings about political union with Great Britain. While for a great majority, largely Catholic, it was synonymous with frustrated hopes, inequalities and denial of freedom, for the minority, fundamentally Protestant, it was justified and they felt that it had to be maintained and supported. The latter group consisted of the landed aristocracy spread throughout the island, and in Ulster by a tightly knit Protestant community comprising all social classes. Thanks to the industrial development that Ulster experienced during the first half of this century, the economic conditions in the region were much more favorable than in the rest of the island, the consequence of this situation was the safety of the farmers, who had their land in lease, regarding its properties.

By 1931 Ireland had achieved great political independence, although the treaty’s defense clauses cast doubt on sovereignty in the event that Great Britain were involved in a new war. But Cosgrave’s constitutional and diplomatic achievements were minimized in the eyes of the electorate when in 1925 the Irish Government was forced to recognize the existing border between Northern Ireland and the Irish Free State, a fact that finally settled the problem of division. of the island and that it showed that the Border Commission that was supposed to review the border had failed.
Despite having lost in the Civil War and spending two years in prison (1923-24), Éamon de Valera did not leave politics and in 1926, once he broke his alliance with the most extremist Republicans, he founded a new party , the Fianna Fáil (Soldiers of Destiny), and ran for election the following year. After the elections, both he and his co-religionists took their seats in the Dáil as part of the opposition. But the following elections, those of 1932, were won by Fianna Fáil and de Valera became president of the Irish Free State.
In 1936 the External Relations Act was passed, abolishing the authority of the British Crown. The following year a new constitution designed to apply to the entire island was introduced to replace the one that, according to de Valera, had been imposed by the signing of the Anglo-Irish Treaty. This contemplated that Ireland was a democratic, independent and sovereign state, but it would be limited to 26.
This is the case of the city of Derry, where 80% of its inhabitants are Catholic, it was always governed by a unionist city council since, thanks to the manipulation of the districts, some 9,000 unionist voters elected twelve councilors while about fourteen a thousand nationalist voters elected eight. The municipalities were responsible on many occasions for providing work, housing and other benefits to their citizens and as they were normally controlled by unionists, the Catholics hardly got any type of services from the consistory. For example, an area with a majority Catholic population such as Fermanagh had a unionist town hall which, paradoxically, during the 1960s employed 338 Protestants and only 32 Catholics.
However, it is also true that discrimination did not exist at all levels and thus both Catholics and Protestants benefited from improvements in education or health care.

In short, the world seemed to be changing and leaning towards an attempt to resolve conflicts that were prolonged in time and Northern Ireland should not be left out. In this way and favored by the aforementioned external circumstances, the beginning of the 1990s also witnessed new initiatives to achieve peace in Northern Ireland.
Changes in British politics in the late 1990s also positively affected the region. Margaret Thatcher, who had maintained a heavy-handed policy against the republican movement, whether political or military, for just over eleven years, was replaced as head of the UK government by John Major to the disappointment of her party by the bad press that Thatcher had been earned throughout her tenure. Major was much more pragmatic than his predecessor and, furthermore, he firmly believed that a permanent ceasefire in Northern Ireland should be achieved as the first step to achieving lasting peace. On the other hand, he was also aware that the European context in which both Ireland and the United Kingdom found themselves would make things easier. From a financial point of view, the border between the north and south of Ireland had practically vanished due to the economic policies of the European Union and, given the circumstances towards which Europe was moving, the political border would soon cease to be a reality. . Already within the Northern Irish context, the Catholic minority began to cease to be so since the demographic growth of this sector of the population was much higher than that of the Protestant. This fact could mean in the not too distant future a Northern Ireland whose majority population is in favor of union with Ireland. Taking all these factors into account, those who were involved in the peace process, including Major, understood that this new situation was the key to changing the immobile relations that had existed until that moment.

After the Republican congress, the multiparty meetings continued and, in mid-May, Blair set a new deadline, June 30, for the Northern Irish parties to reach an agreement on the disarmament of the paramilitaries and the entry into operation of the Ulster Government and its Parliament. This new deadline was regarded as immovable by both Dublin and London, undoubtedly caused by the progress that had taken place in the last round of talks in the second week of May. But those good expectations were broken as the month progressed and at the end of it, Gerry Adams warned of the possibility that it could become completely obsolete due to the lack of agreement between the parties. When this book was finished at the end of May 1999, the future of Northern Ireland was still very uncertain, as always.

The Northern Irish conflict has been erroneously interpreted as a religious confrontation between Protestants and Catholics, but this is not entirely true. What really exists in Northern Ireland is a conflict over national identity that is associated with some other aspects, including religion. The concept or feeling of unionist national identity has its origins in the formation of the British state in the early seventeenth century. The Unionist community defines its identity in terms of British patriotism and constitutional legitimacy. For the Protestants of Ulster the original values and ideas that endorse their presence in the region continue to have importance since they assumed the characteristics of a border community that supports the ideas of patriotism when these had lost relevance in Great Britain.
One of the factors that can contribute to the change of mentality is education. Since the island’s division in 1921, Northern Ireland has had an educational system that allowed for segregation with respect to religion, meaning that Catholics and Protestants studied separately. This pattern has continued to be reproduced to this day and has contributed to aggravating the consequences of the conflict. The ignorance of the other community and the lack of contact have caused the appearance of many prejudices between Catholics and Protestants, a circumstance that increases hatred between the groups.
The fragile peace process in which Northern Ireland is involved has very thorny issues to solve, such as the issue of the Orange Order marches. These, in number greater than three thousand throughout the year but mainly centered between the months of July and August, are part of the Protestant cultural tradition, although Catholics see them as an authentic provocation since they commemorate the victory of the king’s troops Protestant William of Orange over those of the Catholic James II in the Battle of the Boyne in 1690. But perhaps this aspect is not the one that most irritates Catholics, but the fact that many of them cross sectarian areas or areas with the beat of a drum and chanting. neighborhoods where the majority of the population is of Catholic origin with the consequent danger that this attitude could cause altercations. While many Protestants refuse to change a tradition that dates back to the 19th century, the Catholic sectors are asking, mainly, that parades through their neighborhoods be prohibited, that is, that the routes be reorganized.

High doses of tolerance and flexibility will be needed among Northern Irish political groups for this matter to see a favorable end for all and thus avoid repeating the negative experiences of the last three decades.
One of the questions that remain to be answered is related to the political future of the region. After the signing of the Good Friday Agreement on April 10, 1998, all Northern Irish political parties claimed that the agreement guaranteed their aspirations, that is, for almost all Unionists, except the Paisley DUP and the UKUP, the link Territory between Northern Ireland and the United Kingdom was assured and for nationalists and republicans the treaty laid the foundations for the future unification of the two Irlandes.

London has stated on many occasions that it has no economic interest in Northern Ireland, thereby further enraging the unionist and loyalist sectors. The only thing that links Britain to the six counties of Ulster is the many centuries of shared historical tradition, nothing more. And from the beginning of the conflict, the Westminster Government announced that it would not mind giving up the region to the Republic of Ireland, but at that time the ties with the Protestant majority were very strong and the situation of disguised civil war did not advise leading to carry out that option. The years passed and Great Britain was involved in the administration of the Northern Irish territory with what this meant to continue postponing the return. Lately, the British position has been reinforced, although also nuanced, since the decision on the dismemberment of Ulster could only be carried out after the citizens so decided in a referendum and not by the private initiative of two governments. Obviously Northern Ireland has only brought complications to Britain.

In addition to the fact that the attacks continue, albeit on a smaller scale, the culture of violence and rancor that exists in the region is an issue that can take a long time to be resolved and while citizens do not feel sure of themselves and are capable of respecting to its neighbor with a contrary ideology, political agreements cannot be imposed even if those same citizens have approved them in a referendum. The weapons will always be there and even if the seizure takes place, getting them back is always easy:

«If the weapons are surrendered, it has to be by everyone so that there is no one who can later take them again. In any case, you never know, since truces can be broken if politicians do not make an effort to move the peace process forward. (Hugh McMonagle – IRA).

2 pensamientos en “Irlanda Del Norte. Historia Del Conflicto – Luis Antonio Sierra / North Ireland. History of the Conflict by Luis Antonio Sierra (spanish book edition)

  1. Hace tiempo visité Belfast y era curioso visitar el colegio protestante y luego el colegio católico, ver la parte protestante de Belfast y luego la católica. Admirar sus muros con tanto contenido político y social, visitar el jardín del recuerdo y los restos del IRA que hay por Belfast. Mucho se ha escrito, pero es visitando Belfast cuando realmente se respira el conflicto que hubo y aún hay.

    • Sin duda, yo lo he vivido con bodas entre católico y protestante y los padres poniendo l mayor de los problemas, estos conflictos dejan mucha huella y no se van por arte de magia. Belfast, Derry son sitios así

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