Al Servicio De Su Majestad: La Familia Real Y Los Espías. 50 Años De Conspiraciones, Manipulaciones Y Ocultamientos — Fernando Rueda Rieu / In His Majesty’s Service: The Royal Family And The Spies. 50 Years Of Conspiracies, Manipulations And Concealments by Fernando Rueda Rieu (spanish book edition)

Interesante libro del autor en el cual desvela algo que a tenor de las preguntas de periodistas parecía estar en duda. Esta duda no es otra que los servicios secretos – o el servicio secreto- procura salvaguadar a la corona, y con ello, al rey como cúspide del sistema político Español.
El autor mejora sus dos obras anteriores y, que el problema de este tipo de obras, radica en si serán invenciones o no; eso queda a gusto del lector.
Se disfruta, hay operaciones de todo tipo y, nos maliciamos que el autor se debe haber guardado temas de tipo » salseo». Leeran operaciones de importancia, bretes creados por torpeza o, mala leche y, ante todo sabrán del servicio abnegado de unos funcionarios peculiares que, hacen de tripas corazón en muchas ocasiones por salvaguadar su patria.
Lo negativo que el período descrito desde la llegada del Rey Emérito hasta Aznar-Gonzaléz está muy basado en la obra del fallecido Alfredo Grimaldos.
Da información de una de las personas más informadas sobre esta parte del Estado.
Quedan preguntas importantes de las que yo tengo muchas dudas puestos que los medios (propios de los servicios secretos) para conseguir los fines (¿propios de una democracia avanzada?) yo no lo veo…

Junio de 2014. Faltaban pocos días para la abdicación. Juan Carlos había tomado la decisión con un sufrimiento interior inimaginable. Carente de fuerzas para seguir peleando, iba a cambiar radicalmente su vida. Nunca se le pasó por la cabeza verse en aquella tesitura, los reyes deben ocupar el trono hasta el día de su muerte. Habían pasado casi treinta y nueve años desde el momento en que asumió la Jefatura del Estado, unos cuantos más desde que Franco le proclamara heredero y aún más desde que inició conscientemente su pelea personal por ganarse al dictador y a los influyentes del país para que depositaran en él una confianza que el pueblo español mayoritariamente le negaba. No solo pertenecía a los antipáticos Borbones, quería heredar a un dictador amado por sus fieles y repudiado por sus oponentes. Era difícil que ambos bandos coincidieran en algo, pero lo hacían en su rechazo al pretendiente a rey.
En aquellos momentos de soledad, en los que solo restaba el acto oficial de la firma del traspaso de poderes a su hijo Felipe, debieron de pasar por su cabeza muchos momentos vividos en los que solo su astucia, buen hacer, mano derecha, su famosa campechanía, habían sido decisivos para superar las contrariedades que amenazaban con acabar primero con sus sueños de ser rey, después con asentar la Jefatura del Estado y finalmente con ser un monarca querido que dejara la Corona en perfecto estado para ser ejercida por su heredero. Parecía que todo iba bien pero al final se torció; al menos así era como él lo veía.

Juan Carlos no tardaría mucho en meterse en ese mundo oscuro de espías no profesionales que obtenían información en un lado del frente para pasarlo al otro y que en algunos casos hacían exactamente lo contrario. Dobles agentes llevados por sus creencias a apoyar la monarquía y, al mismo tiempo, a servir al régimen para garantizarse la vista gorda por su proximidad a don Juan.
Algunos formaban parte del círculo próximo a su padre, lo que les permitía asistir a reuniones y escucharle hablar por teléfono con terceros. Don Juan vivía en la permanente sospecha, pero Juan Carlos tendría que madurar y vivir en propia carne esos dobles juegos para discernir que no podía fiarse de la mayor parte de la gente que le rodeaba y seleccionar un ramillete de leales. Muchas veces se equivocó y pronto descubrió que los informantes de Franco, más profesionales, y los de su padre, no le perdían de vista ni a sol ni a sombra.
Franco y don Juan se odiaban, se soportaban en la distancia y habían decidido que Juan Carlos se educara en Madrid con todas las ventajas e inconvenientes que ello suponía para ambas partes. Los espías del dictador tuvieron permanentemente abierto el frente de Estoril y no cejaron en los siguientes años en el control exhaustivo de su hijo y de todas las personas que le rodeaban. A nadie se le permitía la mínima sospecha de traición.
Las presiones procedentes de Franco para que dejara la vida de crápula no fueron las únicas que Juan Carlos debió soportar. Sus padres también entraron en el contubernio para que hiciera un matrimonio a conveniencia del futuro de la monarquía.
A principios de 1960, el dictador recibió información que colocaba a María Gabriela de Saboya en el corazón de Juan Carlos. Eso sí, al mismo tiempo mantenía una relación con Olghina Nicolis, condesa de Robilant. Estaba cansado de los continuos flirteos del joven y que pusiera los ojos en mujeres con mentalidad demasiado moderna y abierta, como la hija de los últimos reyes de Italia, que no cumplía con los valores dominantes en su España.
Don Juan y doña María de las Mercedes se activaron para acabar con la vida frívola de su hijo y manipularon lo que pudieron para facilitar que se acercara a Sofía, hija de los reyes de Grecia. Era perfecta, más bien tímida, pero muy seria y consciente de los deberes que conllevaba pertenecer a una familia real.
Más o menos inducido, Juan Carlos terminó enamorándose. El noviazgo lo vendieron los medios europeos como un cuento de hadas, una tendencia que se repetiría con frecuencia en los enlaces reales que terminarían como el rosario de la aurora, como el del príncipe Carlos de Inglaterra y lady Di.
Juan Carlos ya había identificado con claridad quiénes pertenecían a su bando y quiénes estaban en contra. El día de la votación para ser designado sucesor, hubo diecinueve procuradores en Cortes que votaron negativamente, a pesar de estar presente Franco mirándoles a la cara. Entre ellos algunos monárquicos que consideraban que no podía ser rey pasando por encima de su padre. Otros muchos no se atrevieron a hacerlo, incluidos los falangistas antimonárquicos, aunque rechazaban igualmente que el nieto de Alfonso XIII llegara a ser jefe del Estado. Obedecieron las órdenes de Franco, pero en el futuro harían todo lo posible para evitarlo. Un importante núcleo que será hostil mientras Franco viva e incluso después.
Para cumplir el objetivo de ser coronado y mantenerse en el poder, el príncipe sabía que más allá del imprescindible apoyo político necesitaba a dos instituciones vinculadas estrechamente en ese momento, parcialmente independientes en su funcionamiento. Por un lado, los militares, a cuyo sector más joven se estaba ganando poco a poco, eran los cadetes que habían estudiado con él, a los que recibía a veces en pequeños grupos y otras en solitario. La labor de seducción con los generales se basó en la lealtad hasta la médula que mantenían hacia Franco, que había dejado bien claro su depósito de confianza en el príncipe. A estos los convocaba en un ambiente más de etiqueta en el palacio de La Zarzuela y trataba de ganárselos pensando en el futuro. En estas reuniones, siempre recitaba palabras amables de admiración hacia el dictador.
Por otro lado, estaban los espías. Durante sus años de estancia en España había aprendido que si quería sobrevivir en el complicado mundo conspiranoico de la dictadura y en el que viniera después, le era imprescindible disponer de peones en las alcantarillas del Estado. Para su suerte, los dos servicios secretos más importantes eran militares: el del Alto Estado Mayor y la Organización Contrasubversiva Nacional (OCN).

Uno de los grandes escándalos de la época tuvo su origen en ese momento histórico. Desde el poder todo se puede hacer si no hay control. La «Operación Promesa» montada por San Martín para controlar a las capas influyentes de la sociedad de cara a los acontecimientos que se avecinaban con un Franco mayor y el régimen en decadencia, estuvo acompañada de una decisión, secreta y controvertida, que creó un peligroso hábito al que nadie pondría límite en muchos años. Pusieron en marcha un archivo con todas las personalidades del país con influencia en ese momento o con proyección de futuro, personas que destacaban en su profesión y podrían hacer carrera en el mundo de la política. Allí acumularon toda la información que permitía discernir la valía y los defectos de cualquier ciudadano relevante.
Oficialmente serviría al SECED para ayudar al presidente en la difícil tarea de seleccionar a los futuros integrantes del gobierno y a los altos cargos de la Administración. Cuando Carrero Blanco quería hacer un nombramiento importante acudía a San Martín y le pedía una lista de candidatos. Con esta sorprendente metodología, el almirante recibió informes muy favorables de personalidades de la época como Cruz Martínez Esteruelas o Carlos Arias Navarro.
Esta es la versión defendida por algunos agentes. Sin embargo, la realidad fue mucho más cruda y agresiva. Elaboraron concienzudos informes sobre la vida pública de los escogidos y los complementaron con detalladas investigaciones sobre su vida privada, buscando la parte más oscura, sus debilidades: comportamientos corruptos y desórdenes en la vida personal, según el concepto de la época, como amistades sospechosas, amantes o adicciones de cualquier tipo.
Si en su juventud Juan Carlos descubrió que podía ser espiado por cualquier persona que le rodeara, con el paso de los años, tras finalizar sus estudios y contraer matrimonio, no tardó en constatar que otros países también querían saberlo todo sobre él. Cómo era su personalidad, sus relaciones privadas, sus intenciones para el futuro de España… su codicia por conseguir información carecía de límites.
El principal interesado era Estados Unidos, el gran aliado de la dictadura, que la había sacado del ostracismo tras la Segunda Guerra Mundial. Un día, tres miembros del SECED —uno de ellos me lo relataría— fueron a visitarle al palacio de La Zarzuela para recomendarle precaución en sus actividades, muchos servicios de inteligencia extranjeros estaban interesados en conocer lo que hacía y sus opiniones sobre la transición que se avecinaba. Encontraron a un príncipe receptivo a los consejos y muy interesado en conocer su trabajo.
Entre los años 1972 y 1975, al menos la CIA y el SECED —también hubo sospechas sobre varios servicios de inteligencia europeos— tuvieron pinchados en algún momento los teléfonos de La Zarzuela. Al margen de las conversaciones, deseaban enterarse de la identidad de las personas con las que se reunía, que debían figurar en la lista elaborada por el control de acceso al palacio de La Zarzuela. Motivo por el cual el príncipe había diseñado una estratagema para que determinados invitados no aparecieran en ese listado y, si era posible, circularan por el palacio sin ser vistos por la mayor parte del personal.

Juan Carlos sabía que llegar a ser rey era más complicado de lo que nadie podía imaginar, imposible sin contar con los apoyos imprescindibles. Más cuando uno es un príncipe que quiere suceder a un dictador mal visto en la mayor parte del mundo. No solo se trataba de ocupar el trono, mantenerlo después parecía algo especialmente arduo. Contaba con la simpatía y el respaldo de las monarquías de todo mundo, con cuyos representantes hablaba frecuentemente y a los que pedía consejo. Pero no era suficiente.
Su primer objetivo había sido granjearse el respaldo de los militares y de los servicios secretos, al que había seguido el acercamiento a las personalidades influyentes del país. Seguía sin ser suficiente. Necesitaba más para evitar que hasta la muerte de Franco alguien le descabalgara de su privilegiada posición, para posteriormente poder luchar por asentarse en lo que sería una complicadísima Jefatura del Estado. Precisaba un aliado con crédito que fortaleciera su posición en España y le facilitara el respaldo internacional. Solo había un socio con esas características: la Administración de Estados Unidos y su agencia de inteligencia, la CIA.
La operación de apoyo a Juan Carlos solo había comenzado. Nixon se había reunido con Franco, le había respaldado a pesar de las críticas que recibía en Europa por la represión de la oposición, pero no terminaba de fiarse de que cambiara de opinión y la Transición fuera un desastre.
Al mes siguiente de la visita del príncipe, Nixon se reunió con el general Vernon Walter. Era un tipo listo, hablaba perfectamente español y tenía influyentes amigos militares, lo que vendría muy bien para la misión que le iba a encargar. Quería que, como enviado especial suyo, se reuniera con Franco, a ser posible a solas, para plantearle con claridad que ya estaba muy mayor, empezaba a tener enfermedades graves y debía preparar su sucesión, en la que Estados Unidos quería ayudar. Debía hacerla en vida para evitar altercados que pudieran dejar resquicios por los que se colocaran los comunistas.
El escenario del encuentro en El Pardo entre Franco y Walter fue bastante cercano al ideal para que el estadounidense le hablara crudamente de su muerte, aunque el dictador tenía decidido que moriría en la cama y Juan Carlos solo le sucedería en ese momento.

Carrero no se lo había puesto fácil a Estados Unidos en los últimos años y se lo complicó aún más tras ser nombrado presidente. Defender los intereses del país suponía exigirles mayores contrapartidas. El convenio bilateral era humillante, tenían que tratar a España como a un igual y facilitar la entrada en la OTAN, aunque fuera una dictadura mal vista.
Como arma negociadora para que atendieran sus reclamaciones, en octubre de 1973 —cuatro meses después de ser nombrado presidente— tomó una decisión inaudita. Durante la guerra del Yom Kipur, no autorizó el uso de las bases a los aviones estadounidenses que volaban en apoyo de Israel. A pesar de que en la práctica se hizo la vista gorda ante algunos reabastecimientos por aviones nodriza en cielo español y aterrizajes sin autorización previa, las autoridades estadounidenses lo interpretaron como un signo agresivo e imperdonable de enemistad.
Lo que no supieron en ese momento fue el principal motivo que había detrás de esa decisión y que afectaba al príncipe. Se había anunciado una crisis del petróleo, con un alza de precios por parte de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) que podía dañar la depauperada economía.
Fue la primera gran gestión internacional del heredero. Envió un mensajero al rey Faisal bin Abdulaziz de Arabia Saudí, que controlaba una de las mayores producciones de petróleo del mundo. La respuesta fue rápida: le entregarían todo el petróleo que necesitara. La parte oscura de la operación fue, según algunos, que incluía una comisión por la mediación. No he podido encontrar ninguna constancia de que el poder político o el servicio secreto lo supieran, ni siquiera de que Juan Carlos se llevara una sola peseta. En Arabia Saudí solo exigieron una contrapartida: no apoyar a Israel y sus amigos durante la guerra.

Juan Carlos percibió un cambio desagradable: el SECED aumentó el control sobre sus actividades. No era solo la certeza de los pinchazos telefónicos. Amparándose en los errores cometidos en el asesinato de Carrero y en informes policiales y de inteligencia sobre maniobras de ETA para secuestrarle a él o a alguien de su familia, el despliegue de seguridad se disparó. Argumentos poderosos para convencer a otros, pero el príncipe no era tonto: suponía que Arias habría ordenado a Valverde que le tuviera informado al detalle de todas sus actividades.
El acuerdo con la CIA para dar prioridad a las operaciones necesarias para preparar adecuadamente la sucesión de Franco. La primera fue la «Operación Lucero». Perseguía evitar la desaparición del régimen por la fuerza tras la muerte del dictador. Había que garantizar el libre movimiento y la vida de las autoridades del Estado y de los principales líderes políticos, militares, sindicales y de la Iglesia. Debían controlar la situación en las calles, proteger las instalaciones civiles vitales, nada de sublevaciones comunistas, que tanto miedo les daban.
La segunda era la «Operación Tránsito», llamada «Alborada» en la Casa Real: buscaba preparar al príncipe para que, tras la muerte de Franco, se desenvolviera con soltura como rey en unos momentos complicados en los que el protocolo y las relaciones políticas jugarían un papel fundamental. Uno de los gestos que el nuevo monarca debía llevar a cabo era saludar de una forma más amable al presidente de Alemania, Walter Scheel, que al francés, Giscard d’Estaing.
Igual que en la etapa de San Martín, con Valverde la «Operación Promesa» fue la más complicada y la de más calado. Los miembros del SECED continuaron sus contactos con políticos y sindicalistas no afectos al régimen para convencerles de que el príncipe traería las reformas con impulso y paciencia, pero sin la ruptura requerida por muchos de ellos. Mantuvieron la aparente contradicción de vigilar al príncipe, por un lado, y por otro conseguirle el respaldo de los disidentes.

Estados Unidos estaba ayudando a España de cara a la Transición y al mismo tiempo abrió otra unión temporal de intereses con Marruecos para que el Sahara pasara a su dominio. En el diseño inicial de la operación participaron agentes de la CIA con un gabinete de estudios estratégicos ubicado en Londres y financiado por Kuwait, cuyos resultados le entregaron para su aprobación al secretario de Estado, Henry Kissinger.
Tras hacerse pública la voluntad española descolonizadora, Hassan recurrió a la ONU y el caso de la autodeterminación pasó a la Corte Internacional de Justicia para que dilucidara los antecedentes históricos. Marruecos consiguió su objetivo de ganar tiempo: España paró el referéndum.
La dialéctica marroquí fue sumamente agresiva, pero España se mantuvo en sus trece. El gobierno de Arias no quería que el conflicto prosperara y siguió con sus planes. Durante los primeros meses de 1975 el Ejército comenzó a ejecutar la «Operación Golondrina». Poco a poco trajeron de regreso a las tropas y desmantelaron sus instalaciones. Todo dentro de unos planes secretos que no tardaron en llegar a oídos de los agentes de la CIA destacados en España. Según documentos de la agencia estadounidense conocidos muchos años después, el príncipe filtró a su contacto directo en España, el embajador Stabler, los objetivos de Franco con respecto al Sahara. Lo haría durante meses.
Mientras, la CIA implementaba su confabulación en contacto permanente con sus socios marroquíes y la interlocución directa entre Walter y Hassan. Decidieron llevar a cabo una marcha pacífica de cientos de miles de marroquíes sobre el Sahara que ha pasado a la historia como la «Marcha Verde».
Solo faltaba el beneplácito oficial de la Administración Ford. El 21 de agosto de 1975, Kissinger mandó un telegrama desde la embajada de su país en Beirut, en el que utilizando lenguaje en clave autorizaba el inicio de la operación que debía concluir con la entrega del Sahara a Marruecos: «Laissa podrá andar perfectamente dentro de dos meses. Él la ayudará en todo». «Laissa» es la Marcha Verde y «Él» es Estados Unidos.

Cuando Juan Carlos regresó a España, Arias dedujo que no iba a durar mucho en el puesto. Los motivos que le llevaban a asirse al cargo ya carecían de peso frente a un rey que había adquirido la fortaleza de la que carecía en un primer momento. El 1 de julio se consumó el cese durante un breve despacho entre ambos en el que Juan Carlos le espetó que el gobierno estaba desunido, había críticas y desconfianzas, una gran parte de ellas contra él: «Carlos, yo todo esto lo sé porque me llega, y no tengo los servicios de información que tienes tú; así que, antes que a mí, todas estas historias te habrán llegado a ti».
En el último momento, el rey mostró el pesar que le perseguía desde que era príncipe, los servicios secretos no le prestaban la atención que creía merecer…

Antes de su llegada a la Presidencia del Gobierno, Suárez era consciente del papel fundamental que había jugado el SECED para facilitar la llegada del rey y controlar las actividades de los grupos de derecha e izquierda. No tuvo dudas de la necesidad de poner al frente a alguien con experiencia, abierto a las nuevas ideas y, especialmente, leal. Era complicado fiarse de la gente en la nueva tesitura política y necesitaba a alguien a su lado con esas cualidades.
Suárez le reservó en su agenda de trabajo a Cassinello la primera reunión del día. Necesitaba tener acceso a una información detallada de lo que pasaba en España, principalmente desde el punto de vista político, a la que parcialmente pretendió no dar acceso el rey, al menos en un primer momento.
No obstante, las formas cambiaron a mejor para Juan Carlos.
El Plan Jano fue una de las armas más poderosas. Los espías utilizaron su archivo para convencer a los más díscolos, planteándoles a las claras que conocían determinados detalles de su vida que de ser desvelados podrían arruinar su carrera profesional —corrupciones, comportamientos deshonestos— o su vida familiar —relaciones extramatrimoniales y demás—. Sus buenos resultados hicieron que Jano, creado como una operación permanente durante el franquismo, estuviera activa muchos años más, aunque ese tipo de espionaje es impropio en un régimen democrático.
Los hombres de Cassinello también mantuvieron frecuentes reuniones con dirigentes de la oposición para que confiaran en el proceso que estaban poniendo en marcha y estuvieran tranquilos porque iba a salir adelante. Era imprescindible que liberales, socialistas o comunistas no presionaran con manifestaciones en la calle y estuvieran callados, como si no existieran.
El 23 de enero de 1978 Bourgón entregó el informe a Suárez, Gutiérrez Mellado y al rey. Algunos sostienen que Juan Carlos, que ya conocía las conspiraciones de salón en marcha porque estaban metidos algunos destacados monárquicos, actuó de motor para que el CESID transmitiera la información a Suárez.
Conocida también como «Operación De Gaulle», en definitiva era una salida planteada por un grupo de civiles influyentes que corría en paralelo a los «ruidos de sables», los movimientos golpistas de grupos militares para acabar con la Transición.
El rey mostró mucho interés por el informe y pidió a Bourgón que profundizara en el tema buscando más información y más detalles, algo que su leal jefe del espionaje llevó a cabo. Suárez lo vio como un respaldo del CESID al rey en contra de él. El mes anterior, Juan Carlos le había pedido un cambio de orientación del gobierno porque no iba en el camino adecuado para solucionar los problemas de España. Él no había hecho caso y le había llegado información de que ante el creciente distanciamiento entre los dos, el monarca le estaría poniendo los cuernos con los socialistas. Pensaba que había una vía jerárquica —evidente—, el servicio secreto dependía de él.
Los agentes de la época, por el contrario, consideraban que Suárez pretendía controlar los movimientos del palacio de La Zarzuela y que ellos se limitaban a cumplir con su trabajo de informar a todas las autoridades del Estado. Olvidaban que el servicio secreto estaba exclusivamente a las órdenes del gobierno y que no eran el órgano de información del rey.
Suárez no se fiaba de los militares, querían llevarle por unos caminos a los que él se oponía. No aceptaba sus presiones y el CESID estaba lleno de militares. La Operación Golpe de Timón asentaba sus sospechas de que los espías instigaban desestabilizaciones, que Bourgón infundía ideas al rey en contra de lo que estaba haciendo desde el palacio de La Moncloa. No quedaba otra: Bourgón fuera del CESID.

Juan Carlos se mantuvo al margen del Golpe de Timón. Su pesimismo por lo que pudiera ser de España con Suárez ayudó a crear el ambiente golpista. Presionó al presidente hasta agotarle y conseguir su dimisión. Y antes manipuló al ministro Rodríguez Sahagún para que destinara a Armada a Madrid como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército, puenteando a Suárez. Cuando este se enteró de lo que había hecho sin consultarle, el todavía presidente le hizo un vaticinio a su ministro de Defensa: «Acabas de firmar la autorización para que se produzca en España un golpe de Estado y cuando veas a Armada al frente de los golpistas recordarás que ha sido tu culpa».
Con lo que nadie contaba era con la independencia del teniente coronel Tejero. Nada más entrar en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, su primer gesto metería el miedo en el cuerpo al rey. Lo vimos todos los españoles en la transmisión de televisión: los guardias civiles penetraron pegando tiros al aire para someter a los diputados y al gobierno.
Juan Carlos había aceptado la salida constitucional que le habían vendido, pero no debía aparecer ninguna manifestación de violencia, era una condición básica. ¿Cómo convencer a los españoles de la conveniencia de la «solución Armada» con un inicio como ese retransmitido en directo a los hogares de España y del mundo? Hasta Milans del Bosch quedó descolocado por el sonido de los disparos.
El rey no controló el golpe y los acontecimientos sucedieron sin su intervención. Solo cuando Armada fracasó en su intento de convencer a Tejero, él intervino para frenar a los generales rebeldes y desligarse de todo lo que había pasado. Esa noche, los españoles quedaron convencidos de que el monarca había salvado la democracia.
La conspiración del silencio para encubrir las responsabilidades comenzó en cuanto Armada salió derrotado del Congreso de los Diputados. Ni siquiera había podido dirigirse a los diputados secuestrados. Los organizadores y los que se iban a subir al carro participando en el gobierno de concentración propuesto por Armada —casi todos los partidos políticos—, pusieron en marcha la maquinaria para crear distancia, lavarse las manos respecto a los que pudieran resultar encausados, mostrar su satisfacción por el papel del rey y defender la democracia frente a los ataques de los golpistas. Pero algunos espías defensores de la ley iban a permitir que todo se supiera.
Javier Calderón quedó tan poco tocado por las repercusiones del golpe, que años después regresó al servicio secreto como jefe máximo, como si nada hubiera ocurrido. O, quizás, por lo bien que lo había hecho en el 23-F. Pero ya llegaremos a esta parte de la historia.

Los GAL actuaron entre los años 1983 y 1987, durante los cuales cometieron 27 asesinatos. Hay datos de que el taller de la unidad operativa fabricó el sello para las reivindicaciones, una muestra más de que conocían lo que estaba pasando y alguna colaboración tuvieron.
Durante esos años Felipe González tuvo la certeza de que si las actuaciones de los GAL salían mal, podrían intentar llegar hasta él, pero, si conseguían tirar el muro de contención, también podrían llegar hasta el rey. Los dos, al menos, tenían algún conocimiento de lo que estaba pasando.
Los agentes que estaban en el ajo resumen que para Juan Carlos el GAL era algo que había que hacer y el gobierno lo hizo: «El rey no estuvo implicado activamente en el GAL como lo estuvo en el 23-F, en el que él era el motor. No le interesaba implicarse en la lucha antiterrorista. Manglano se dio cuenta de la simbiosis de intereses socialistas y de la Corona, mucho mayores de los que podía haber generado Fraga con la Corona».
Tras el descubrimiento de la implicación del Estado en la guerra sucia, comenzaron las investigaciones judiciales. Uno de los jueces de la Audiencia Nacional que se empecinó en sacar a relucir la verdad fue Baltasar Garzón. Rebeca Quintans cuenta que en 1989, durante el inicio de la instrucción del caso contra los policías José Amedo y Michel Domínguez, Garzón almorzó en el restaurante Lhardy con doce personas. Delante de esos testigos contó que el rey lo había llamado a Zarzuela y se había sincerado: «Yo de ti no avanzaba en eso del GAL.

Durante la década de los ochenta, las relaciones del rey con Estados Unidos continuaron siendo buenas, a pesar de las dificultades de entendimiento que hubo entre Felipe González y los americanos, especialmente por el tema de la OTAN, ahora sí, ahora no, y la reducción de su despliegue militar en España. El presidente pasará a la historia por atreverse a poner coto a las actividades de la CIA en España, a esa creencia que había arraigado durante el franquismo y el inicio de la Transición de que podían operar como si fuéramos una más de sus repúblicas bananeras. Tras el intento de dos «ciáticos» de colocar micrófonos en el interior del palacio de La Moncloa antes de la entrevista de González con el ministro de Exteriores ruso, Andrei Gromyko, celebrada en 1984, y el posterior descubrimiento de una operación para intentar chantajear al vicepresidente Alfonso Guerra con su vida privada, toda la delegación oficial de la CIA fue expulsada. Prometieron desde la sede de Langley no volver a hacerlo. Evidentemente mentían.
No pasó mucho tiempo antes de que consiguieran agujerear las comunicaciones del palacio de La Zarzuela, sin que el CESID se enterara. La empresa suiza Crypto AG les vendió los más modernos equipos para encriptar sus comunicaciones, para lo que contaron con el visto bueno previo de los especialistas de Manglano.
No valoraron adecuadamente la historia del creador de la firma, Boris Hagelin, que había emigrado a Estados Unidos en 1940 para evitar la persecución nazi en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Disponía de una tecnología de encriptación muy avanzada y los espías estadounidenses pactaron con él que no la entregara a países enemigos. Con el paso de los años, la CIA le propuso un acuerdo: podía vendérsela a quien quisiera pero abriendo antes en el programa una puerta secreta que les permitiera iluminar las comunicaciones que sus equipos oscurecían. Muchos países cayeron en la trampa, como Egipto, El Vaticano, Argentina, Irán y España.
Solo en 1992, cuando el comercial de la compañía Hans Bühler fue detenido en Irán, saltaron las alarmas.

La etapa de Aznar en la Presidencia del Gobierno no varió un ápice la relación de dependencia directa del servicio secreto con respecto al rey. El teniente general Javier Calderón había demostrado su lealtad a la monarquía durante la Transición y volvió a hacerlo.
Antes de sustituirle en 2001, el Partido Popular llevó a cabo la modernización que no se había atrevido a hacer el PSOE: designar a un civil. Es habitual en Occidente, alguien sin relación con los militares, de confianza del gobierno, un intermediario para ejecutar el control político sobre la institución. Dan igual sus escasos o nulos conocimientos del mundo de la inteligencia, para ayudarle e iluminarle están los profesionales que ocupan la Secretaría General y la Dirección de Inteligencia.
En lo que Aznar no siguió la corriente de los países democráticos fue en cuanto a la dependencia, pues lo mantuvo adscrito al Ministerio de Defensa. El elegido, sorprendentemente, no fue uno de los suyos. Jorge Dezcallar era un diplomático de prestigio perteneciente al amplio círculo del rey. Cuando se produjeron situaciones conflictivas, se las tuvo tiesas con el gobierno del PP y ayudó al rey en todo lo que necesitó, por muy delicados que fueran los encargos para un servicio secreto.
La llegada de José Luis Rodríguez Zapatero supuso un cambio radical. El presidente socialista no se opuso de entrada a la petición del rey para que su hombre, Dezcallar, continuara en el puesto. Fue el ministro de Defensa, José Bono, el que se negó en rotundo. Sabía el poder e influencia que facilitaba el CNI y quería a alguien de confianza en el puesto vinculado a él, no al rey. Se mantuvo firme ante las presiones procedentes del palacio de La Zarzuela y sacó adelante la candidatura de Alberto Saiz. Comenzaba la etapa más complicada de la monarquía con un jefe del servicio secreto. Saiz aceptó la tradición del CNI de informar al rey, aunque no aparezca mención alguna en los textos legales, pero actuó con cierta distancia cuando fue preciso.

En octubre elaboraron un informe señalando los riesgos de dejar la empresa petrolífera en manos de un enemigo estratégico, cuando era la única empresa de España capaz de aportar recursos energéticos al país. Añadían otras consideraciones como que Rusia controlaría el mercado español y ganaría influencia en el Magreb.
Los ministros del ramo mostraron también su radical oposición a que la empresa perdiera su españolidad, y Zapatero, en un papel más diplomático, se opuso a que una estatal como Gazprom interviniera en la operación, pero dejó la puerta abierta a Lukoil como empresa privada. Maquillajes aparte, su oposición a la opción rusa era total.
Juan Carlos presionó a Zapatero a favor de la operación. Le pidió que no pusiera trabas y lo hizo con su habitual insistencia, sus llamadas continuas por teléfono. El CNI interpretó que se movía por sus buenas relaciones con Putin, acrecentadas por los contactos directos, de menor nivel, de Corinna. Aunque no se engañaron: el motivo principal de su interés era agradar a su novia, que ganara mucho dinero, porque cuando estaba ella de por medio no atendía a razones. Hasta la embajada de Estados Unidos mostró extrañeza cuando se enteró del papel del rey de la empresa de Putin. La operación no salió, pero Juan Carlos había cometido por primera vez el grave error de no defender escrupulosamente los clarísimos intereses españoles. Debía haber predominado su papel como jefe del Estado.
Saiz hizo un gran trabajo en el CNI. Lo modernizó y en muchas áreas lo colocó en la vanguardia de los servicios secretos europeos. Zapatero estaba muy satisfecho con su trabajo, hasta el punto de que cuando iba a cumplir el máximo legal de cinco años en el cargo decidió renovarle por un nuevo periodo. Lo que ocurrió fue que había tenido mano dura con los agentes que no cumplían el trabajo tal y como él deseaba, y cesó a más de cuarenta durante su mandato. Los descontentos se aliaron y filtraron a la prensa denuncias sobre corrupciones nada propias de un director, de las que se defendió dando todo tipo de explicaciones. Sin embargo, la presión periodística y del PP no frenó y se vio obligado a dimitir el 2 de julio de 2009. El rey le había dado su apoyo cuando estalló el escándalo y apoyó la postura de Zapatero de intentar mantenerle en el cargo, pero cuando vio que resbalaba por la pendiente, se unió al presidente del Gobierno y apoyó a otro candidato.
La ministra Chacón intentó colocar a alguien de su cuerda, pero de nuevo sin éxito.

Rajoy rompió con el pasado y se atrevió a copiar el modelo occidental: se llevó el CNI al lugar político en el que debía estar, alejado del Ministerio de Defensa y cerca de él: el Ministerio de la Presidencia, unido a la Vicepresidencia del Gobierno. Demostración patente de que Soraya Sáenz de Santamaría se iba a convertir en el peso pesado del Ejecutivo. Al rey no le pareció bien, pataleó un poco, pero se terminó conformando por una razón básica: quien manejaba los hilos en el día a día, el que podía ayudarle en sus problemas, era Félix Sanz, un tipo lo suficientemente hábil como para que el servicio secreto siguiera preocupándose por sus asuntos.
Lo que no admitió Juan Carlos fue la propuesta de Rajoy de sustituir a Sanz. Fue tal la intensidad con que se opuso, que Rajoy no se atrevió a tocarle y le concedió un tiempo de gracia. Sabedor de la inestabilidad de su puesto, Sanz no tardó mucho en labrar una estupenda relación con Sáenz de Santamaría, a pesar de las reticencias iniciales de la dirigente del PP, apoyada por otros altos cargos. El director del CNI había hecho carrera con los socialistas, a los que había sido muy leal, pero alguna gente le habló muy bien de él. Encajaba en el perfil de los militares que se convierten en cargos de confianza de un gobierno, a pesar de haber sido designados por otro anterior de distinto signo. Por si acaso, Sáenz de Santamaría se cubrió las espaldas con el nombramiento de la secretaria general, la número dos del servicio, en la persona de Beatriz Méndez de Vigo, hermana de un alto cargo histórico del PP.

Durante la etapa del tándem Soraya Sáenz de Santamaría-Félix Sanz, las peripecias de Corinna circularon por una especie de circo romano, la princesa que no era princesa, la Zu Sayn-Wittgenstein que en realidad se llamaba Larsen, la novia que sabía que su amado estaba casado, pero se cabreaba cuando descubría que compartía relación con una tercera mujer. En definitiva, la mujer que encandiló a un rey influenciable hasta convertirse en el amor de su vida, por la que estaba dispuesto a tirarlo todo por la borda.
Alberto Saiz no se había atrevido a darle consejos al monarca sobre cómo debía comportarse en su vida privada, no era su cometido. Pero sí le había dejado claro que no era una relación aconsejable, que Corinna solo pretendía sacar provecho de su amistad y podía llenar de arenas movedizas el futuro de la Corona. De poco sirvieron sus alertas, aunque tampoco consiguió que Zapatero le hiciera caso. Juan Carlos era diestro en el manejo de las relaciones institucionales y había convencido a ministros como Moratinos del interesante trabajo que Corinna podía llevar a cabo en su nombre a favor de los intereses españoles.
El rey encontró en Sanz el pañuelo de lágrimas que no había tenido con Saiz: quería vivir con Corinna, incluso casarse con ella. Lo desveló la propia amante: en 2009, «mi padre me dijo que el rey había ido a visitarle y le dijo que estaba muy enamorado de mí y que pretendía casarse conmigo (…). También le dijo que no podía hacerlo enseguida, que llevaría un tiempo. Quería que mi padre supiera que iba en serio conmigo». También cuenta que previamente, ese mismo año, le propuso matrimonio: «Obviamente, cuando algo así sucede es muy emotivo (…). Y yo estaba muy enamorada de él, pero anticipaba —soy estratega política— que iba a ser muy difícil. Y pensé que podría desestabilizar la monarquía. Por eso nunca llegué a perseguir la idea de la boda. Solo lo tomé como una prueba de la seriedad de la relación».
Ni el dinero ni nada consiguió frenar a Corinna mientras Juan Carlos soportaba sus ansias de grandeza y sus malos humos. Sanz, Spottorno y el resto de sus vigilantes cuidadores, con la ayuda de los agentes del CNI controlando discretamente sus movimientos, contemplaban más que preocupados la caída libre de la monarquía. La presión de la alemana, quería decidir sobre lo que hacía el monarca y ocupar un lugar privilegiado, sería uno de los detonantes de la abdicación del rey.
Mujer fría y planificadora, decidió jugar sus cartas para conseguir su objetivo de dejar de ser una más de las muchas amantes y convertirse en alguien influyente. Contrató una agencia de comunicación para que le diseñara un cambio de imagen que la presentara en España, y en el mundo entero, como una mujer independiente, bien conectada, a la que el rey estimaba no solo por cariño sino por sus amplios contactos y su experiencia. Todos debían saber que era culta e inteligente. Ella era la que hacía favores a Juan Carlos, la que ayudaba desinteresadamente al gobierno español, a sus empresas y en general a los ciudadanos españoles. Una mujer con la que cualquiera querría compartir su vida, lógico que el rey estuviera loco por ella.
El CNI, según se concluye de las palabras del general, no la conocía de nada. Este desmarque tan radical obviaba que la alemana visitó su despacho en 2004, cuando estaba ocupado por su antecesor Alberto Saiz, con la intención de que la ayudara a llevar a cabo unos actos utilizando la imagen del rey, que durante los siguientes cuatro años la sometieron a un espionaje permanente y que Sanz había continuado controlando sus actividades hasta ese momento.

El 2 de junio de ese año la Casa Real hizo pública la abdicación en su hijo Felipe VI. Todo había terminado, al menos su reinado de casi cuarenta años. De haberse conocido sus escándalos tapados por gobiernos y el servicio secreto, es difícil que hubiera podido sobrevivir hasta entonces.
Como resume Pedro J. Ramírez: «Lo esencial es que el jefe del Estado decidió engañar al Estado. Que el refrendatario, sancionador y firmante de las leyes escogió incumplir sus obligaciones legales. Que nuestro más alto cargo público optó por estafar al público. Que el primer receptor de fondos del erario conspiró para sustraer al erario una elevada cantidad de millones, justo cuando más exhaustas y necesitadas estaban sus arcas».
Nada de lo que hizo Juan Carlos hasta ese momento constituyó delito. La Constitución establece que el jefe del Estado es inviolable e irresponsable ante la ley mientras ejerza el cargo. Una inviolabilidad que, como escribe Rafael Fraguas, «le facultó para instalarse en un limbo alegal y amoral, que parece haber descoyuntado la trabazón de legalidad y legitimidad sobre la que todo Estado democrático debe basarse».

En los años anteriores a su coronación, con el escándalo de las tormentosas relaciones de su padre con Corinna, participó activamente en las medidas de todo tipo adoptadas por el jefe de la Casa Real y el director del CNI. Creó una relación de confianza con Sanz, remando juntos en la misma dirección para salvar la monarquía.
En todo el tiempo que pasó hasta mediados de 2021 —cierre del presente manuscrito—, se estableció entre Felipe y Paz Esteban una relación cordial y sobre todo muy profesional. La etapa de Juan Carlos había quedado atrás. Los estrechos lazos de conspiración entre la monarquía y los espías habían desaparecido. Para Esteban, el rey y el gobierno eran sus clientes. Robles mandaba y ella obedecía, sin interferencias. Ni siquiera del rey.
Tras el escándalo de Botsuana, fueron muchos los que vieron la necesidad de introducir cambios en la monarquía. Políticos, como el presidente Rajoy y el líder de la oposición Rubalcaba, y jefes de la Casa Real, primero Alberto Aza y luego Rafael Spottorno. Sin embargo, se repitió el papel fundamental del CNI, gracias al impulso y la decisión de Sanz.
La mentalidad de Juan Carlos siempre estuvo volcada en el servicio secreto como solucionador de sus problemas. Con Sanz llegó a un alto nivel de confianza y amistad, alguien que veía los problemas con sentido de Estado, siempre buscando soluciones a su favor y en pro de la monarquía.
Para Sanz, fue una tarea complicada convencerle de la necesidad de abdicar a favor de su hijo para acabar con el desprestigio de la Corona. Se opuso totalmente a que Juan Carlos lo dejara todo por amor, que dejara sus responsabilidades exclusivamente para casarse con Corinna. Ese no era el camino.
Sanz también fue un asesor para el todavía príncipe, al que siempre le ha gustado escuchar las opiniones de la gente que sabe de los temas antes de adoptar sus propias decisiones. De ahí brotaron algunas resoluciones que adoptó poco después de su toma de posesión, del todo desagradables, que su padre no había sido capaz de enfrentar.
La primera fue quitar el ducado de Palma a su hermana Cristina y a su marido. Y la segunda, introducir medidas de control externo sobre el presupuesto de la Casa Real, acompañadas de la decisión de terminar con algunos regalos que habían provocado malestar en la sociedad.
Juan Carlos había conseguido ocupar el trono, se había sostenido a pesar de los graves problemas y había controlado su sucesión gracias al servicio secreto. Por eso no es de extrañar que cuando iba a abandonarlo todo, decidiera hacer una última visita silenciosa a su sede central. Una semana antes de la abdicación, con poca escolta, se desplazó a la avenida del Padre Huidobro para reunirse con Félix Sanz. Era el reconocimiento discreto a una institución que llevaba protegiéndole más de cuarenta años.
Tras la abdicación, Sanz mantuvo la estupenda relación que había creado con Felipe. Acudía a despachar con él semanalmente y siguió informándole de las novedades que se producían en los casos pendientes de su cuñado y de la amante de su padre.
El nuevo rey no tuvo dudas de la lealtad de Sanz, solo comparable a la que el director del espionaje mantuvo con Soraya Sáenz de Santamaría, una política seducida por el gran relaciones públicas. Sanz supo desde el primer momento que Felipe daría al servicio muchos menos problemas que su padre. Por este motivo, pudo centrarse en la batalla contra Corinna y en la irrupción en escena de un insospechado aliado de esta, el comisario José Villarejo, que adquirió un papel decisivo en la guerra contra la monarquía.

Enrique García Castaño. Con el paso de los años fui conociendo algunos de sus trabajos para el Ministerio del Interior, siempre oscuros, siempre en las alcantarillas más sucias.
Me interesó muchísimo su relación con el traficante de armas Monzer al Kassar, un sirio que vivía bajo su protección, si se puede decir así, en Marbella. Tenía base en España para sus negocios y a cambio ayudaba al Ministerio del Interior en misiones puntuales, como la liberación de rehenes franceses en Oriente Medio, un favor pedido por el espionaje galo.
El asunto Al Kassar sirvió para dejarme claro algo muy importante: Villarejo estaba abiertamente enfrentado al servicio secreto comandado por Alonso Manglano. Peleaban abiertamente por controlar al traficante y por contar con su apoyo. En una ocasión, Manglano consiguió que le abriera el cauce de comunicación con el conflictivo servicio de inteligencia sirio, su país de origen. Villarejo despreciaba a «los cecilios», consideraba que eran muy malos y que él era quien realmente controlaba a Al Kassar, algo que el tiempo demostraría cierto.
Este tipo de enfrentamientos no cesó desde la década de los noventa. Los policías y los espías nunca se han llevado bien, la convivencia había sido difícil antes y nunca dejaría de serlo hasta hoy mismo. Pero es que Villarejo era el más deslenguado a la hora de hablar del servicio secreto.
Muchos temas conflictivos y delicados de los gobiernos de González, Aznar, Zapatero y Rajoy pasaron por las manos del policía reconvertido en agente secreto. Le arropaban porque veían en él al policía capaz de solucionar, sin escrúpulos, esas operaciones que no podían encargar a otros compañeros más legalistas. Responsables de Interior le temían por todo lo que conocía de las actividades de los antecesores del Ministerio del Interior, pero terminaban encargándole las misiones más enfangadas.
Esta situación adquirió un nuevo tinte cuando varios de los asuntos más o menos privados de Villarejo empezaron a pasar por problemas y vio por detrás la mano del CNI fastidiándole con intención. No tenía miedo a nadie y disponía de un arsenal de información contra muchas personas importantes que le blindaba frente a los que intentaban acosarle. Al menos, eso es lo que pensaba. Durante la etapa del gobierno popular de Rajoy, no calculó adecuadamente la reacción de la pareja que en esos momentos controlaba las alcantarillas: la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y el general Sanz Roldán.
Poniendo el foco en los hechos más graves, el primer enfrentamiento se produjo en abril de 2014. El protagonista fue Yongping Wu Liu, imputado en el caso Emperador —la trama había sido destapada dos años antes— contra una mafia china dirigida por Gao Ping, involucrada en blanqueo de capitales, fraude fiscal y contrabando. El detonante fue el descubrimiento de que una agente del CNI, con el poco original alias de María, presionó a Wu Liu para que contara todo lo que sabía contra Carlos Salamanca, el comisario del aeropuerto de Barajas. El policía se había convertido en objetivo del servicio de inteligencia tras negarse a facilitar información sobre los movimientos de ciudadanos españoles sin recibir previamente la correspondiente orden judicial. El empresario chino, harto de la presión de la espía, montó un dispositivo con detectives que grabaron uno de sus encuentros. Después, Wu Liu denunció en el juzgado de guardia las presiones recibidas.
Villarejo demostró un odio incalculable hacia Sanz, pero lo que realmente ansiaba era disponer de artillería para frenar a los que buscaban meterle en la cárcel y nada mejor que conocer los secretos más íntimos de Juan Carlos. Ya conocía de oídas algunas de sus implicaciones en negocios nada legales y sus relaciones extramatrimoniales que tanto dinero habían costado al Estado. Pero Corinna le podía abrir otros horizontes, era una fuente directa, su testimonio era valiosísimo y muy creíble.
El panorama en España había cambiado de una forma relevante. El jefe del Estado era desde hacía unos años Felipe y el presidente del Gobierno había pasado a ser poco tiempo antes Pedro Sánchez. Los protagonistas no solo eran diferentes, más aún, no tenían nada que ver con los que habían protagonizado las relaciones Corona-servicio secreto durante los anteriores casi cincuenta años.
Problemas del pasado a los que Felipe no sumaría otros generados por él mismo. Desde que era joven, su vida amorosa siempre había estado más controlada, sin mezclarse con esas compañías conflictivas que tanto atraían a Juan Carlos. No obstante, cuando contaba con veintipocos años, sus relaciones con chicas habían dado trabajo al servicio secreto. Volvamos al pasado, a sus inicios como príncipe, para descubrir cómo el servicio secreto estuvo presente en su vida sin que se enterara.

La lista de conquistas del príncipe Felipe durante su juventud fue muy larga, al menos según la prensa del corazón. Le relacionaron, entre otras, con Victoria de Carvajal, Yasmín Gahuri, Gabriela Sebastián de Erice, Viviana Dellavedova o Viviana Corcuera. La realidad es que antes de casarse tuvo tres relaciones más largas e intensas: Isabel Sartorius, Gigi Howard y Eva Sannum.
La importancia del heredero de la Corona obligó al servicio secreto a estar pendiente de las personas que se relacionaban con él, aunque no hay constancia de que le informaran de sus trabajos.
Conoció a Letizia Ortiz y terminaron casándose. Desde entonces forman una pareja sin relaciones extramatrimoniales. Por esta vía no ha dado trabajo al CNI. Igual que en los temas económicos, que tanto habían obsesionado a su padre y que terminaron ensuciando su imagen pública.
Hasta ese momento, las relaciones de Felipe con el servicio secreto habían tenido aspectos complicados, algunos que no le gustaron y otros de los que no llegó a enterarse hasta pasado un tiempo. Contaba con dieciocho años en 1986 cuando un informe del entonces CESID advirtió de la necesidad de aumentar sus medidas de seguridad ante la posibilidad de que la banda terrorista ETA intentara asesinarle. Dos atentados del comando Madrid habían alertado de la soltura con que se movían los pistoleros. Acababa de ser proclamado heredero de la Corona y había cumplido su primer año como cadete en la Academia General Militar de Zaragoza. El documento de los espías consideraba que su vida corría más peligro incluso que la del presidente González.
Es posible que la alarma le llegara, pero de lo que es seguro es de que no le informaron de lo que ocurrió un año antes, en 1985. Tras fracasar varias intentonas golpistas, los sectores ultraderechistas que quedaban libres diseñaron un plan para acabar con el rey y de paso con toda la familia real y los miembros más destacados del gobierno socialista. Tendría lugar el 2 de junio de 1985, durante el desfile anual de las Fuerzas Armadas que se celebraría en La Coruña.
Juan Carlos le anunció el noviazgo a Dezcallar. ¿Para qué se lo comunicó? ¿Cómo un mero cotilleo durante uno de sus habituales despachos? «El príncipe tiene novia y es muy guapa», le pudo decir como cuentan muchos padres a sus amigos. No tiene sentido.
Juan Carlos se lo comunicó porque deseaba que el servicio secreto llevara a cabo una investigación previa, lo que, como hemos visto, técnicamente se llama un «control integral de relaciones», al igual que habían hecho con dos de sus novias anteriores. Su currículum como periodista era público y notorio, pero deseaba saber todo sobre su vida privada, familia, amigos, novios, contactos o asuntos económicos.
Que debía quedar en el más absoluto secreto no era algo que mencionaran en esa conversación, sobraba. Era una costumbre en el CNI, y antes en el CESID, llevar a cabo investigaciones sobre las personas notorias que entraban en relación con la Casa Real. El objetivo era detectar si podían suponer un peligro para la monarquía. La mayor parte de las veces esas investigaciones eran puestas por escrito y entregadas a Juan Carlos. Algunas otras terminaban en la mesa del jefe político del servicio e incluso en la del presidente del Gobierno.
Durante el enlace en la catedral de la Almudena y la posterior celebración en el Palacio Real, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado montaron un despliegue pocas veces visto. Solo hubo un momento crítico. Dieron una alarma que obligó a despegar desde la base de Cuatro Vientos a dos helicópteros con tiradores de élite. Por suerte fue una falsa alarma. Los invitados nunca supieron que Bono, Saiz y las fuerzas policiales estuvieron deseando todo el día que se acabaran los actos y todo el mundo volviera a casa. El centro de control estuvo instalado en el bunker de La Moncloa, desde donde se coordinó la operación.
Fue el inicio de una nueva vida para la ya princesa Letizia. Una vida en la que en los primeros momentos se sintió espiada, pero no por agentes del CNI, sino por sus propios escoltas, que al mismo tiempo que la protegían también la vigilaban.

La guerra de Corinna no había acabado. Necesitaba seguir atacando a la Corona, era la única forma de intentar salvarse de los juicios que se le venían encima y de intentar blanquear una imagen destrozada. Dicen que solo sus amigos rusos, los más alejados de los intereses de España, la seguían tratando.
El papel del CNI había ayudado a que el nuevo rey pusiera distancia con los problemas de su padre y las nuevas andanadas ya no afectaban profundamente a la monarquía. Con un Felipe al margen de la vida de su padre, el tiempo haría olvidar los errores pasados.
De hecho, pasó casi desapercibida la denuncia de Corinna sobre que el acoso del CNI se había mantenido en 2020 durante el confinamiento por el Covid.

La salida de Sanz de la dirección del CNI se debió exclusivamente al final de su segundo mandato. Diez años era tiempo más que de sobra para permanecer en el puesto y había que abrir la sucesión. En un primer momento, se quedó ocupando el puesto en funciones la secretaria general, Paz Esteban. Era un tiempo político convulso y el gobierno de Pedro Sánchez prefirió esperar para nombrar sustituto. Esteban era la persona de mayor confianza de Sanz en el servicio, conocía los temas tan bien como él y le garantizaba la tranquilidad de que mantendría su línea de actuación. Eso era lo mejor que le podía pasar a la monarquía.
En febrero de 2020, un mes después de la constitución del gobierno de coalición PSOE-Podemos, la ministra de Defensa, Margarita Robles, consiguió colocar en el puesto a su candidata, la misma Paz Esteban que había estado en funciones medio año. Robles se había rodeado desde su llegada al cargo de miembros del servicio secreto, la principal Esperanza Casteleiro, antigua secretaria general, que de jefa de su gabinete pasaría a ser secretaria de Estado. Sabía que Esteban continuaría la línea de Sanz y atendería sus demandas, pero no le importó, para ella la defensa de la monarquía también era muy importante.
El rey había encajado con ella durante su etapa de interinidad. Le pareció bien el nombramiento cuando se lo propuso Robles. Esa postura supuso un cambio radical con la habitual del anterior rey. Felipe no pujó porque la persona al frente del CNI fuera alguien más vinculado a él, un hombre, en este caso una mujer, del rey. Un símbolo de los nuevos tiempos que habían comenzado.
No quiere decir que el rey abandone la pretensión de contar con el respaldo del servicio secreto, pero ha dejado claro que sus preocupaciones por influir son distintas. En los últimos cincuenta años se ha creado una tradición en el servicio secreto, algo connatural a sus miembros: están para proteger a la monarquía.
Paz Esteban le sigue informando periódicamente de todos los temas que afectan al Estado, duplicando la mayor parte de las informaciones que entrega al gobierno. Le surte de los dosieres que le solicita sobre temas concretos y le pone al día permanentemente de los asuntos que colean —y colearán— vinculados a su padre.
Falta por ver cómo se desarrolla el complicado asunto que vive España en relación a los fervorosos defensores de la república. No tardaremos mucho en enterarnos de si el CNI busca información sobre los partidos que defienden esa opción, algo ahora mismo fuera de la ley, porque son legales y eso le impide espiarles. Porque, además, uno de ellos es Podemos y está en el gobierno. Si Félix Sanz tuvo mucho cuidado con este asunto, Esteban, una profesional con larga carrera en el servicio secreto, no parece que vaya a osar traspasar esa línea.
Fuera del palacio de La Zarzuela, Juan Carlos sigue manteniendo una estrecha relación con su viejo amigo y espía Félix Sanz, al que le consulta cada una de sus actuaciones y le pide apoyo en temas delicados. Un Sanz que tras jubilarse fue contratado con una gran nómina por Iberdrola como asesor para temas internacionales, lo que hizo preguntarse a algún especialista si había sido un movimiento de caución, por lo que pueda sobrevenir. Aunque quizás sea más simple: le han puesto un sueldo para que siga cuidando los asuntos del emérito. Una prueba más de que la monarquía y el CNI seguirán caminando juntos. La Unidad de Defensa de los Principios Constitucionales estará al quite.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/18/las-alcantarillas-del-poder-fernando-rueda/

https://weedjee.wordpress.com/2017/06/11/el-regreso-del-lobo-fernando-rueda-rieu/

https://weedjee.wordpress.com/2017/10/17/la-casa-ii-el-cni-agentes-operaciones-secretas-y-acciones-inconfesables-de-los-espias-espanoles-fernando-rueda-the-house-ii-cni-agents-secret-operations-and-unspeakable-actions-of/

https://weedjee.wordpress.com/2020/03/28/destruccion-masiva-nuestro-hombre-de-bagdad-fernando-rueda-massive-destruction-our-baghdad-man-by-fernando-rueda-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/22/al-servicio-de-su-majestad-la-familia-real-y-los-espias-50-anos-de-conspiraciones-manipulaciones-y-ocultamientos-fernando-rueda-rieu-in-his-majestys-service-the-royal-family-and-the/

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Interesting book by the author in which he reveals something that according to journalists’ questions seemed to be in doubt. This doubt is none other than the secret services – or the secret service – seeks to safeguard the crown, and with it, the king as the top of the Spanish political system.
The author improves on his two previous works and, that the problem with this type of works lies in whether they will be inventions or not; that is up to the reader’s liking.
He is enjoyed, there are operations of all kinds and, we are naughty that the author must have kept themes of the «salseo» type. They will read important operations, gaps created by clumsiness or bad temper and, above all, they will know of the selfless service of some peculiar officials who, on many occasions, bite the bullet to safeguard their homeland.
The negative that the period described from the arrival of the King Emeritus to Aznar-Gonzaléz is very much based on the work of the late Alfredo Grimaldos.
He gives information from one of the most informed people about this part of the state.
There are still important questions that I have many doubts about since the means (of the secret services) to achieve the ends (of an advanced democracy?) I do not see …

June 2014. The abdication was only a few days away. Juan Carlos had made the decision with unimaginable inner suffering. Lacking the strength to keep fighting, he was going to radically change his life. It never occurred to him to see himself in that situation, the kings must occupy the throne until the day of his death. Almost thirty-nine years had passed from the moment he assumed the Head of State, a few more since Franco proclaimed him heir and even more since he consciously began his personal fight to win over the dictator and the country’s influencers to deposit in him a trust that the Spanish people for the most part denied him. Not only did he belong to the unsympathetic Bourbons, he wanted to inherit a dictator loved by his faithful and repudiated by his opponents. It was difficult for both sides to agree on something, but they did so in their rejection of the would-be king.
In those moments of loneliness, in which only the official act of the signing of the transfer of powers to his son Felipe remained, many moments lived in which only his cunning, good work, right hand, his famous Campechanía, had been decisive to overcome the setbacks that threatened to end first with his dreams of being king, then with establishing the Headquarters of the State and finally with being a beloved monarch who left the Crown in perfect condition to be exercised by his heir. It seemed that everything was going well but in the end it went wrong; at least that’s how he saw it.

Juan Carlos would not take long to get into that dark world of non-professional spies who obtained information on one side of the front to pass it on to the other and in some cases did the exact opposite. Double agents led by his beliefs to support the monarchy and, at the same time, to serve the regime to guarantee a blind eye due to his proximity to don Juan.
Some were part of the circle close to his father, which allowed them to attend meetings and listen to him speak on the phone with third parties. Don Juan lived in permanent suspicion, but Juan Carlos would have to mature and live these double games in his own flesh to discern that he could not trust most of the people around him and select a bunch of loyalists. Many times he was wrong and he soon discovered that Franco’s informants, more professional, and those of his father, did not lose sight of him in the sun or in the shade.
Franco and don Juan hated each other, they supported each other at a distance and had decided that Juan Carlos should be educated in Madrid with all the advantages and disadvantages that this entailed for both parties. The spies of the dictator had the Estoril front permanently open and did not give up in the following years in the exhaustive control of his son and of all the people around him. No one was allowed the slightest suspicion of treason.
The pressure from Franco to leave the life of a crab were not the only ones that Juan Carlos had to endure. His parents also entered into conspiracy to make a marriage at the convenience of the future of the monarchy.
At the beginning of 1960, the dictator received information that placed María Gabriela de Saboya in the heart of Juan Carlos. Of course, at the same time he had a relationship with Olghina Nicolis, Countess of Robilant. He was tired of the young man’s continuous flirtations and his eyes on women with too modern and open mindedness, such as the daughter of the last kings of Italy, who did not comply with the dominant values in his Spain.
Don Juan and doña María de las Mercedes were activated to end the frivolous life of his son and manipulated what they could to facilitate his approach to Sofía, daughter of the kings of Greece. She was perfect, rather shy, but very serious and aware of the duties that belonging to a royal family entailed.
More or less induced, Juan Carlos ended up falling in love. The courtship was sold by the European media as a fairy tale, a trend that would be repeated frequently in royal marriages that would end as the rosary of dawn, such as that of Prince Charles of England and Lady Di.
Juan Carlos had already clearly identified who belonged to his side and who was against it. On the day of the vote to be appointed successor, there were nineteen court attorneys who voted negatively, despite Franco being present looking them in the face. Among them some monarchists who considered that he could not be king by going over his father. Many others did not dare to do so, including the anti-monarchist Falangists, although they also rejected the fact that Alfonso XIII’s grandson should become head of state. They obeyed Franco’s orders, but in the future they would do everything possible to prevent it. An important nucleus that will be hostile as long as Franco lives and even afterwards.
To fulfill the objective of being crowned and staying in power, the prince knew that beyond the essential political support he needed two institutions closely linked at that time, partially independent in their operation. On the one hand, the military, whose younger sector he was gradually winning over, were the cadets who had studied with him, whom he received sometimes in small groups and sometimes alone. The work of seduction with the generals was based on the loyalty to the marrow that they maintained towards Franco, which had made it very clear his trust in the prince. These he summoned in a more formal atmosphere in the palace of La Zarzuela and tried to win them over by thinking about the future. At these meetings, he always recited kind words of admiration for the dictator.
On the other hand, there were the spies. During his years of stay in Spain he had learned that if he wanted to survive in the complicated conspiracy world of the dictatorship and in which he came later, it was essential for him to have pawns in the sewers of the State. Fortunately for him, the two most important secret services were military: the High General Staff and the National Counter-Subversive Organization (OCN).

One of the great scandals of the time had its origin in that historical moment. Everything can be done from power if there is no control. The «Operation Promise» mounted by San Martín to control the influential layers of society in the face of the events that were to come with an older Franco and the regime in decline, was accompanied by a secret and controversial decision, which created a dangerous a habit that no one would limit for many years. They started a file with all the personalities of the country with influence at that time or with a projection for the future, people who stood out in their profession and could make a career in the world of politics. There they accumulated all the information that allowed them to discern the worth and defects of any relevant citizen.
Officially, it would serve the SECED to help the president in the difficult task of selecting future members of the government and senior members of the Administration. When Carrero Blanco wanted to make an important appointment, he went to San Martín and asked for a list of candidates. With this surprising methodology, the admiral received very favorable reports from personalities of the time such as Cruz Martínez Esteruelas or Carlos Arias Navarro.
This is the version defended by some agents. However, the reality was much harsher and more aggressive. They prepared conscientious reports on the public life of the chosen ones and supplemented them with detailed investigations into their private lives, looking for the darkest part, their weaknesses: corrupt behaviors and disorders in personal life, according to the concept of the time, as suspicious friendships, lovers or addictions of any kind.
If in his youth Juan Carlos discovered that he could be spied on by anyone around him, over the years, after finishing his studies and getting married, he soon realized that other countries also wanted to know everything about him. How was his personality, his private relationships, his intentions for the future of Spain … his greed for information was limitless.
The main interested party was the United States, the great ally of the dictatorship, which had brought it out of ostracism after the Second World War. One day, three members of the SECED – one of them would tell me about it – went to visit him at the La Zarzuela palace to recommend caution in his activities, many foreign intelligence services were interested in knowing what he was doing and his opinions on the transition that took place. looming. They found a prince receptive to advice and very interested in knowing his work.
Between 1972 and 1975, at least the CIA and the SECED – there were also suspicions about various European intelligence services – had La Zarzuela’s phones tapped at some point. Apart from the conversations, they wanted to find out the identity of the people he was meeting, who should appear on the list drawn up by the access control to the La Zarzuela palace. Which was why the prince had devised a ploy so that certain guests would not appear on that list and, if possible, would circulate around the palace without being seen by most of the staff.

Juan Carlos knew that becoming king was more complicated than anyone could imagine, impossible without the essential support. More when one is a prince who wants to succeed a dictator frowned upon in most of the world. It wasn’t just about occupying the throne, maintaining it afterward seemed especially arduous. He had the sympathy and support of monarchies around the world, with whose representatives he spoke frequently and from whom he sought advice. But it was not enough.
His first objective had been to gain the support of the military and the secret services, which had been followed by reaching out to the country’s influential personalities. He was still not enough. He needed more to prevent someone from dismounting him from his privileged position until Franco’s death, so that he could later fight to settle in what would be a very complicated Head of State. He needed a credible ally to strengthen his position in Spain and facilitate international support. There was only one partner with those characteristics: the United States Administration and its intelligence agency, the CIA.
The operation to support Juan Carlos had only just begun. Nixon had met with Franco, had supported him despite the criticism he received in Europe for the repression of the opposition, but he could not quite trust that he would change his mind and the Transition would be a disaster.
The month after the prince’s visit, Nixon met with General Vernon Walter. He was a smart guy, he spoke Spanish perfectly and had influential military friends, which would come in handy for the mission he was going to entrust him with. He wanted him, as his special envoy, to meet with Franco, if possible alone, to clearly state that he was already very old, was beginning to have serious illnesses and should prepare his succession, in which the United States wanted help. He had to do it in life to avoid altercations that could leave loopholes through which the Communists were placed.
The scene of the meeting in El Pardo between Franco and Walter was close enough to the ideal for the American to speak crudely about his death, although the dictator had decided that he would die in bed and Juan Carlos would only happen to him at that moment.

Carrero had not made it easy for the United States in recent years and made it even more difficult after being named president. Defending the interests of the country meant demanding greater compensation from them. The bilateral agreement was humiliating, they had to treat Spain as an equal and facilitate entry into NATO, even if it was a frowned upon dictatorship.
As a negotiating tool for them to attend to his claims, in October 1973 – four months after being appointed president – he made an unprecedented decision. During the Yom Kippur war, he did not authorize the use of the bases by US planes flying in support of Israel. Despite the fact that in practice they turned a blind eye to some refueling by motherships in Spanish skies and landings without prior authorization, the US authorities interpreted it as an aggressive and inexcusable sign of enmity.
What they did not know at the time was the main reason behind that decision and that it affected the prince. An oil crisis had been announced, with a price hike by the Organization of the Petroleum Exporting Countries (OPEC) that could damage the impoverished economy.
It was the first major international management of the heir. He sent a messenger to King Faisal bin Abdulaziz of Saudi Arabia, who controlled one of the largest oil productions in the world. The response was quick: they would deliver all the oil he needed. The dark part of the operation was, according to some, that it included a commission for mediation. I have not been able to find any evidence that the political power or the secret service knew about it, not even that Juan Carlos took a single peseta. In Saudi Arabia they only demanded one counterpart: not supporting Israel and her friends during the war.

Juan Carlos noticed an unpleasant change: the SECED increased control over his activities. It wasn’t just the certainty of phone taps. Relying on the mistakes made in Carrero’s murder and on police and intelligence reports on ETA maneuvers to kidnap him or someone from his family, the security deployment skyrocketed. Powerful arguments to convince others, but the prince was not a fool: he supposed that Arias would have ordered Valverde to keep him fully informed of all his activities.
The agreement with the CIA to prioritize the operations necessary to adequately prepare for Franco’s succession. The first was «Operation Lucero.» It sought to prevent the disappearance of the regime by force after the death of the dictator. The free movement and life of the State authorities and the main political, military, union and Church leaders had to be guaranteed. They had to control the situation in the streets, protect vital civil facilities, no communist uprisings, which frightened them so much.
The second was «Operation Transit», called «Dawn» in the Royal Household: it sought to prepare the prince so that, after Franco’s death, he could function with ease as king in difficult moments in which protocol and political relations they would play a fundamental role. One of the gestures that the new monarch had to carry out was to greet the President of Germany, Walter Scheel, in a more friendly way than to the French, Giscard d’Estaing.
As in the San Martín stage, with Valverde «Operation Promise» was the most complicated and the most profound. The members of the SECED continued their contacts with politicians and trade unionists not attached to the regime to convince them that the prince would bring the reforms with momentum and patience, but without the rupture required by many of them. They maintained the apparent contradiction of keeping an eye on the prince, on the one hand, and on the other, getting him the backing of the dissidents.

The United States was helping Spain in the face of the Transition and at the same time it opened another temporary union of interests with Morocco so that the Sahara would pass to its dominion. The initial design of the operation involved CIA agents with a strategic studies office located in London and financed by Kuwait, the results of which were handed over to Secretary of State Henry Kissinger for approval.
After the decolonization Spanish will was made public, Hassan appealed to the UN and the case of self-determination went to the International Court of Justice to elucidate the historical background. Morocco achieved its goal of buying time: Spain stopped the referendum.
The Moroccan dialectic was extremely aggressive, but Spain remained in its thirteen. The Arias government did not want the conflict to prosper and continued with his plans. During the first months of 1975, the Army began to carry out «Operation Swallow.» Little by little they brought the troops back and dismantled their facilities. All within secret plans that soon reached the ears of the CIA agents stationed in Spain. According to documents from the US agency known many years later, the prince leaked to his direct contact in Spain, Ambassador Stabler, Franco’s objectives with respect to the Sahara. He would do it for months.
Meanwhile, the CIA implemented its conspiracy in permanent contact with its Moroccan partners and direct dialogue between Walter and Hassan. They decided to carry out a peaceful march of hundreds of thousands of Moroccans on the Sahara that has gone down in history as the «Green March».
The only thing missing was the official approval of the Ford Administration. On August 21, 1975, Kissinger sent a telegram from his country’s embassy in Beirut, in which, using code language, he authorized the start of the operation that was to conclude with the delivery of the Sahara to Morocco: “Laissa will be able to walk perfectly within two months. He will help her in everything. «Laissa» is the Green March and «He» is the United States.

When Juan Carlos returned to Spain, Arias deduced that he was not going to last long in the position. The reasons that led him to take office already lacked weight compared to a king who had acquired the strength that he lacked at first. On July 1, the dismissal was consummated during a brief dispatch between the two in which Juan Carlos snapped at him that the government was disunited, there were criticisms and mistrust, a large part of them against him: “Carlos, I know all this because I it arrives, and I don’t have the information services that you have; so, before me, all these stories will have reached you ».
At the last moment, the king showed the regret that he had persecuted since he was a prince, the secret services did not pay him the attention that he believed he deserved …

Before his arrival to the Presidency of the Government, Suárez was aware of the fundamental role that the SECED had played in facilitating the arrival of the king and controlling the activities of groups on the right and left. He had no doubts about the need to put someone who was experienced, open to new ideas, and especially loyal at the helm. It was difficult to trust people in the new political position and he needed someone at his side with those qualities.
Suárez reserved the first meeting of the day in his work agenda for Cassinello. He needed to have access to detailed information about what was happening in Spain, mainly from a political point of view, to which he partially pretended not to give the king access, at least at first.
However, the forms changed for the better for Juan Carlos.
The Janus Plan was one of the most powerful weapons. The spies used his file to convince the most unruly, making it clear that they knew certain details of his life that if revealed could ruin his professional career – corruption, dishonest behavior – or his family life – extramarital affairs and so on. Its good results made Jano, created as a permanent operation during the Franco regime, active for many more years, although this type of espionage is inappropriate in a democratic regime.
Cassinello’s men also held frequent meetings with opposition leaders so that they could trust the process they were launching and rest assured that it was going to move forward. It was essential that liberals, socialists or communists did not press with demonstrations in the streets and were silent, as if they did not exist.
On January 23, 1978, Bourgón delivered the report to Suárez, Gutiérrez Mellado, and the king. Some argue that Juan Carlos, who already knew about the salon conspiracies underway because some prominent monarchists were involved, acted as the engine for the CESID to transmit the information to Suárez.
Also known as «Operation De Gaulle», in short it was an exit proposed by a group of influential civilians who ran in parallel to the «noise of sabers», the coup movements of military groups to end the Transition.
The king showed great interest in the report and asked Bourgón to delve into the subject looking for more information and more details, something that his loyal head of espionage carried out. Suárez saw it as a CESID endorsement of the king against him. The previous month, Juan Carlos had asked him to change the government’s orientation because he was not on the right track to solve Spain’s problems. He had ignored and had received information that in the face of the growing distance between the two, the monarch would be cheating on him with the socialists. He thought there was a hierarchical path — obvious — the secret service depended on him.
The agents of the time, on the contrary, considered that Suárez intended to control the movements of the La Zarzuela palace and that they were limited to fulfilling their work of informing all the State authorities. They forgot that the secret service was exclusively at the orders of the government and that they were not the king’s information organ.
Suárez did not trust the military, they wanted to take him along paths that he opposed. He did not accept his pressure and the CESID was full of military personnel. Operation Timon Coup established his suspicions that spies were instigating destabilization, that Bourgón was instilling ideas in the king against what he was doing from the palace of La Moncloa. There was no other: Bourgón outside the CESID.

Juan Carlos stayed out of the Timón Coup. His pessimism about what could become of Spain with Suárez helped create the coup atmosphere. He pressured the president until he was exhausted and got him to resign. And before that, he manipulated Minister Rodríguez Sahagún to assign the Armada to Madrid as second chief of the Army General Staff, bypassing Suárez. When he found out what he had done without consulting him, the still president made a prediction to his defense minister: «You have just signed the authorization for a coup d’état to take place in Spain and when you see the Armada at the head of the coup plotters you will remember that it was your fault ».
What nobody counted on was the independence of Lieutenant Colonel Tejero. As soon as he entered the chamber of the Congress of Deputies, his first gesture would put fear in the body of the king. All the Spaniards saw it on the television broadcast: the civil guards entered, firing shots into the air to subdue the deputies and the government.
Juan Carlos had accepted the constitutional solution that they had sold him, but no manifestation of violence should appear, it was a basic condition. How to convince Spaniards of the convenience of the «Armed solution» with a start like that broadcast live to homes in Spain and the world? Even Milans del Bosch was shocked by the sound of the shots.
The king did not control the coup and events happened without his intervention. Only when Armada failed in its attempt to convince Tejero, did he intervene to stop the rebel generals and detach himself from everything that had happened. That night, the Spanish were convinced that the monarch had saved democracy.
The conspiracy of silence to cover up responsibilities began as soon as the Armada was defeated by the Congress of Deputies. He had not even been able to address the kidnapped deputies. The organizers and those who were going to get on the bandwagon participating in the concentration government proposed by Armada – almost all the political parties – set in motion the machinery to create distance, wash their hands with respect to those who could be prosecuted, show their satisfaction with the role of the king and defending democracy against the attacks of the coup plotters. But some law enforcement spies were going to let it all get out.
Javier Calderón was so little touched by the repercussions of the coup, that years later he returned to the secret service as the top boss, as if nothing had happened. Or, perhaps, because of how well he had done in 23-F. But we will get to this part of the story.

The GALs acted between 1983 and 1987, during which they committed 27 murders. There is data that the workshop of the operating unit manufactured the stamp for the claims, one more proof that they knew what was happening and had some collaboration.
During those years, Felipe González was certain that if the GAL’s actions went wrong, they could try to reach him, but if they managed to pull down the retaining wall, they could also reach the king. The two of them, at least, had some knowledge of what was going on.
The agents who were at the helm summarize that for Juan Carlos the GAL was something that had to be done and the government did it: «The king was not actively involved in the GAL as he was in 23-F, in which he was the motor. He was not interested in getting involved in the fight against terrorism. Manglano realized the symbiosis of socialist and Crown interests, much greater than those that Fraga could have generated with the Crown.
After the discovery of the State’s involvement in the dirty war, judicial investigations began. One of the judges of the National Court who insisted on bringing out the truth was Baltasar Garzón. Rebeca Quintans says that in 1989, at the beginning of the investigation of the case against the police officers José Amedo and Michel Domínguez, Garzón had lunch at the Lhardy restaurant with twelve people. In front of those witnesses, he said that the king had called him to Zarzuela and he had been sincere: «I was not making progress on you about the GAL.

During the eighties, the king’s relations with the United States continued to be good, despite the difficulties of understanding that existed between Felipe González and the Americans, especially on the issue of NATO, now yes, now no, and the reduction of its military deployment in Spain. The president will go down in history for daring to put an end to the activities of the CIA in Spain, to that belief that had taken root during the Franco regime and the beginning of the Transition that they could operate as if we were one of its banana republics. After the attempt by two «sciatics» to place microphones inside the palace of La Moncloa before González’s interview with the Russian Foreign Minister, Andrei Gromyko, held in 1984, and the subsequent discovery of an operation to try to blackmail the Vice President Alfonso Guerra with his private life, the entire official CIA delegation was expelled. They promised from Langley headquarters not to do it again. They were obviously lying.
It was not long before they managed to pierce the communications of the La Zarzuela palace, without the CESID finding out. The Swiss company Crypto AG sold them the most modern equipment to encrypt their communications, for which they had the prior approval of Manglano specialists.
They did not adequately appreciate the story of the creator of the firm, Boris Hagelin, who had emigrated to the United States in 1940 to avoid Nazi persecution in Europe during World War II. He had very advanced encryption technology and the American spies agreed with him not to hand it over to enemy countries. Over the years, the CIA proposed an agreement: he could sell it to whoever he wanted but opening a secret door earlier in the program that would allow them to illuminate the communications that their equipment obscured. Many countries fell into the trap, such as Egypt, the Vatican, Argentina, Iran and Spain.
Only in 1992, when the company’s commercial Hans Bühler was arrested in Iran, did the alarms go off.

Aznar’s stage in the Presidency of the Government did not vary one iota from the relationship of direct dependence of the secret service with respect to the king. Lieutenant General Javier Calderón had demonstrated his loyalty to the monarchy during the Transition and did so again.
Before replacing him in 2001, the Popular Party carried out the modernization that the PSOE had not dared to do: appoint a civilian. It is common in the West, someone unrelated to the military, trusted by the government, an intermediary to execute political control over the institution. No matter your little or no knowledge of the world of intelligence, to help and enlighten you are the professionals who occupy the General Secretariat and the Intelligence Directorate.
In what Aznar did not follow the trend of democratic countries was in terms of dependency, since he kept him attached to the Ministry of Defense. The chosen one, surprisingly, was not one of their own. Jorge Dezcallar was a prestigious diplomat belonging to the king’s wide circle. When conflictive situations arose, he had them stiff with the PP government and helped the king in everything he needed, no matter how delicate the orders for a secret service were.
The arrival of José Luis Rodríguez Zapatero represented a radical change. The socialist president did not immediately oppose the king’s request for his man, Dezcallar, to continue in office. It was the Defense Minister, José Bono, who flatly refused. He knew the power and influence that the CNI provided, and he wanted someone trustworthy in the position linked to him, not the king. He stood firm in the face of pressure from the La Zarzuela palace and pushed through the candidacy of Alberto Saiz. The most complicated stage of the monarchy began with a head of the secret service. Saiz accepted the tradition of the CNI to inform the king, although no mention appears in the legal texts, but he acted with some distance when necessary.

In October they produced a report pointing out the risks of leaving the oil company in the hands of a strategic enemy, when it was the only company in Spain capable of providing energy resources to the country. They added other considerations such as that Russia would control the Spanish market and gain influence in the Maghreb.
The ministers of the sector also showed their radical opposition to the company losing its Spanishness, and Zapatero, in a more diplomatic role, opposed that a state company like Gazprom intervened in the operation, but left the door open to Lukoil as a private company. Makeups aside, his opposition to the Russian option was total.
Juan Carlos pressured Zapatero in favor of the operation. He asked her not to hinder him and he did it with his usual insistence, his continuous phone calls. The CNI interpreted that he was motivated by his good relations with Putin, enhanced by the direct, lower-level contacts of Corinna. Although they were not deceived: the main reason for her interest was to please her girlfriend, who would earn a lot of money, because when she was involved, she did not listen to reasons. Even the US embassy showed surprise when it learned of the role of the king of Putin’s company. The operation did not succeed, but Juan Carlos had made the serious mistake for the first time of not scrupulously defending the very clear Spanish interests. His role as head of state must have dominated.
Saiz did a great job at the CNI. He modernized it and in many areas placed it at the forefront of the European secret services. Zapatero was very satisfied with his work, to the point that when he was going to serve the legal maximum of five years in office, he decided to renew him for a new term. What happened was that he had had a hard hand with the agents who did not carry out the work as he wanted, and he laid off more than forty during his tenure. The discontents joined forces and leaked to the press complaints about corruption not typical of a director, from which he defended himself by giving all kinds of explanations. However, journalistic and PP pressure did not stop and he was forced to resign on July 2, 2009. The king had given him his support when the scandal broke out and supported Zapatero’s position of trying to keep him in office, but when he saw that he was slipping down the slope, he joined the Prime Minister and supported another candidate.
Minister Chacón tried to place someone on her rope, but again without success.

Rajoy broke with the past and dared to copy the Western model: he took the CNI to the political place where it should be, away from the Ministry of Defense and close to it: the Ministry of the Presidency, together with the Vice Presidency of the Government. Clear demonstration that Soraya Sáenz de Santamaría was going to become the heavyweight of the Executive. The king did not think it was right, he kicked a bit, but he ended up conforming for a basic reason: the one who handled the strings on a day-to-day basis, the one who could help him in his problems, was Félix Sanz, a guy skilled enough to The Secret Service continued to worry about his affairs.
What Juan Carlos did not admit was Rajoy’s proposal to replace Sanz. The intensity with which he objected was such that Rajoy did not dare to touch him and gave him a time of grace. Aware of the instability of his position, Sanz did not take long to forge a wonderful relationship with Sáenz de Santamaría, despite the initial reluctance of the PP leader, supported by other high positions. The director of the CNI had made a career with the Socialists, to whom he had been very loyal, but some people spoke highly of him. He fit the profile of the military who become positions of trust in a government, despite having been appointed by a previous one of a different sign. Just in case, Sáenz de Santamaría covered her back with the appointment of the secretary general, the number two of the service, in the person of Beatriz Méndez de Vigo, sister of a high historical position of the PP.

During the stage of the Soraya Sáenz de Santamaría-Félix Sanz tandem, Corinna’s adventures circulated through a kind of Roman circus, the princess who was not a princess, the Zu Sayn-Wittgenstein who was actually called Larsen, the bride who knew that her beloved was married, but got angry when he discovered that he shared a relationship with a third woman. In short, the woman who dazzled an influential king to become the love of his life, for whom he was willing to throw everything away.
Alberto Saiz had not dared to give the monarch advice on how she should behave in his private life, it was not his job. But he had made it clear to her that it was not an advisable relationship, that Corinna only wanted to take advantage of her friendship and could fill the future of the Crown with quicksand. Her alerts were of little use, although she didn’t get Zapatero to pay attention to her either. Juan Carlos was skilled in the management of institutional relations and had convinced ministers like Moratinos of the interesting work that Corinna could carry out on her behalf in favor of Spanish interests.
The king found in Sanz the handkerchief of tears that he had not had with Saiz: he wanted to live with Corinna, even marry her. Her own lover revealed it: in 2009, «my father told me that the king had come to visit him and told him that he was very much in love with me and that he intended to marry me (…). He also told her that he couldn’t do it right away, that it would take a while. He wanted my father to know that he was serious with me. He also says that previously, that same year, he proposed to her: “Obviously, when something like this happens it is very emotional (…). And I was very much in love with him, but I anticipated — I’m a political strategist — that it was going to be very difficult. And I thought it might destabilize the monarchy. That’s why I never really pursued the idea of the wedding. I just took it as proof of the seriousness of the relationship.
Neither money nor anything managed to stop Corinna while Juan Carlos endured her longing for greatness and her bad smoke. Sanz, Spottorno and the rest of their vigilant caretakers, with the help of the CNI agents discreetly controlling their movements, contemplated the free fall of the monarchy with more than concern. The pressure of the German, wanted to decide on what the monarch did and occupy a privileged place, would be one of the triggers for the abdication of the king.
A cold and planning woman, she decided to play her cards to achieve her goal of ceasing to be one of her many lovers and becoming someone of influence. She hired a communication agency to design a makeover for her that would present her in Spain, and throughout the world, as an independent, well-connected woman, whom the king esteemed not only for affection but for her extensive contacts and her experience. Everyone should know that she was cultured and intelligent. She was the one who did favors for Juan Carlos, the one who selflessly helped the Spanish government, its companies and Spanish citizens in general. A woman with whom anyone would want to share her life, it was logical that the king was crazy about her.
The CNI, as it is concluded from the words of her general, did not know her at all. This radical departure made it obvious that the German woman visited her office in 2004, when it was occupied by her predecessor Alberto Saiz, with the intention of having him help her carry out acts using the image of the king, which she was subjected to for the next four years to a permanent espionage and that Sanz had continued to control his activities until that moment.

On June 2 of that year the Royal House made public the abdication of his son Felipe VI. It was all over, at least his reign of almost forty years. Had it been known about his scandals covered by governments and the secret service, it is difficult that she could have survived until then.
As Pedro J. Ramírez sums up: «The essential thing is that the head of the State decided to deceive the State. That the endorser, sanctioner and signatory of the laws chose to breach his legal obligations. That our highest public office chose to swindle the public. That the first recipient of funds from the treasury conspired to subtract from the treasury a high amount of millions, just when his coffers were most exhausted and in need ».
Nothing that Juan Carlos did up to that point constituted a crime. The Constitution establishes that the Head of State is inviolable and irresponsible before the law while he is in office. An inviolability that, as Rafael Fraguas writes, «empowered him to settle in an allegal and amoral limbo, which seems to have dislocated the link of legality and legitimacy on which every democratic state must be based».

In the years before his coronation, with the scandal of his father’s stormy relations with Corinna, he actively participated in the measures of all kinds adopted by the head of the Royal Household and the director of the CNI. He created a trusting relationship with Sanz, rowing together in the same direction to save the monarchy.
In all the time that passed until mid-2021 – closing of this manuscript – a cordial and above all very professional relationship was established between Felipe and Paz Esteban. The stage of Juan Carlos had been left behind. The close conspiratorial ties between the monarchy and the spies had disappeared. For Esteban, the king and the government were his clients. Robles commanded and she obeyed, without interference. Not even from the king.
After the Botswana scandal, many saw the need for changes in the monarchy. Politicians, such as President Rajoy and the leader of the opposition Rubalcaba, and heads of the Royal House, first Alberto Aza and then Rafael Spottorno. However, the fundamental role of the CNI was repeated, thanks to the impulse and decision of Sanz.
Juan Carlos’s mentality was always focused on the secret service as a solver of his problems. With Sanz he reached a high level of trust and friendship, someone who saw problems with a sense of state, always looking for solutions in his favor and in favor of the monarchy.
For Sanz, it was a complicated task to convince him of the need to abdicate in favor of his son to end the discredit of the Crown. He was totally opposed to Juan Carlos leaving everything for love, leaving his responsibilities exclusively to marry Corinna. That was not the way.
Sanz was also an advisor to the still prince, who has always liked to listen to the opinions of people who know about the issues before making his own decisions. Out of this sprang some resolutions he made shortly after he took office, quite unpleasant, that his father had not been able to face.
The first was to remove the duchy of Palma from her sister Cristina and her husband. And the second, to introduce external control measures on the budget of the Royal House, accompanied by the decision to end some gifts that had caused unrest in society.
Juan Carlos had managed to occupy the throne, had sustained himself despite serious problems and had controlled his succession thanks to the secret service. So it’s no wonder that when he was about to drop everything, he decided to pay one last silent visit to his headquarters. A week before his abdication, with little escort, he went to Avenida del Padre Huidobro to meet with Félix Sanz. It was the discreet recognition of an institution that had been protecting him for more than forty years.
After his abdication, Sanz maintained the wonderful relationship that he had created with Felipe. She went to dispatch with him weekly and continued to inform him of the news that occurred in the pending cases of his brother-in-law and his father’s mistress.
The new king had no doubts about Sanz’s loyalty, only comparable to that which the spy director maintained with Soraya Sáenz de Santamaría, a policy seduced by the great public relations. Sanz knew from the first moment that Felipe would give the service much less trouble than his father. For this reason, he was able to focus on the battle against Corinna and on the appearance on the scene of an unsuspected ally of hers, Commissioner José Villarejo, who acquired a decisive role in the war against the monarchy.

Enrique García Castaño. Over the years I got to know some of his jobs for the Ministry of the Interior, always dark, always in the dirtiest sewers.
I was very interested in his relationship with the arms dealer Monzer al Kassar, a Syrian who lived under his protection, if you can say so, in Marbella. He was based in Spain for his business and in return helped the Ministry of the Interior in specific missions, such as the liberation of French hostages in the Middle East, a favor requested by French espionage.
The Al Kassar affair served to make something very important clear to me: Villarejo was openly confronted with the secret service commanded by Alonso Manglano. They fought openly to control the trafficker and to have his support. On one occasion, Manglano managed to open the channel of communication with the conflictive Syrian intelligence service, his country of origin. Villarejo despised «the caecilians», he considered that they were very bad and that he was the one who really controlled Al Kassar, something that time would prove true.
This type of confrontation has not stopped since the 1990s. Cops and spies have never gotten along, coexistence had been difficult before and would never stop being until today. But Villarejo was the most foul-mouthed when it came to talking about the secret service.
Many controversial and sensitive issues of the González, Aznar, Zapatero and Rajoy governments passed through the hands of the policeman who had become a secret agent. They clothed him because they saw in him the policeman capable of solving, without scruples, those operations that they could not entrust to other more legalistic comrades. Interior officials feared him for everything he knew about the activities of the predecessors of the Ministry of the Interior, but ended up entrusting him with the most muddy missions.
This situation took on a new hue when several of Villarejo’s more or less private affairs began to run into problems and he saw from behind the hand of the CNI intentionally annoying him. He was not afraid of anyone and had an arsenal of information against many important people that shielded him from those who tried to harass him. At least that’s what he thought. During the stage of the popular government of Rajoy, he did not adequately calculate the reaction of the couple who at that time controlled the sewers: Vice President Sáenz de Santamaría and General Sanz Roldán.
Focusing on the most serious events, the first confrontation took place in April 2014. The protagonist was Yongping Wu Liu, accused in the Emperor case – the plot had been uncovered two years before – against a Chinese mafia led by Gao Ping, involved in money laundering, tax fraud and smuggling. The trigger was the discovery that a CNI agent, with the unoriginal alias of María, pressured Wu Liu to tell everything he knew against Carlos Salamanca, the Barajas airport commissioner. The police officer had become a target of the intelligence service after refusing to provide information on the movements of Spanish citizens without previously receiving the corresponding court order. The Chinese businessman, fed up with the pressure of the spy, set up a device with detectives who recorded one of their encounters. Later, Wu Liu denounced the pressure received at the courthouse.
Villarejo showed an incalculable hatred towards Sanz, but what he really wanted was to have artillery to stop those who wanted to put him in jail and nothing better than knowing the most intimate secrets of Juan Carlos. He already knew from hearsay some of his implications in non-legal businesses and his extramarital affairs that had cost the State so much money. But Corinna could open other horizons for him, she was a direct source, her testimony was invaluable and very credible.
The panorama in Spain had changed in a relevant way. The head of State had been Felipe for a few years and the Prime Minister had become Pedro Sánchez a short time before. The protagonists were not only different, moreover, they had nothing to do with those who had starred in the Crown-secret service relations for the previous almost fifty years.
Problems from the past to which Felipe would not add others generated by himself. Since he was young, his love life had always been more controlled, without mixing with those conflicting companies that so attracted Juan Carlos. However, when he was in his early twenties, his relationships with girls had given the secret service work. Let’s go back to the past, to his beginnings as a prince, to discover how the secret service was present in his life without his knowing it.

The list of conquests of Prince Felipe during his youth was very long, at least according to the press of the heart. They related him, among others, to Victoria de Carvajal, Yasmín Gahuri, Gabriela Sebastián de Erice, Viviana Dellavedova or Viviana Corcuera. The reality is that before marrying he had three longer and more intense relationships: Isabel Sartorius, Gigi Howard and Eva Sannum.
The importance of the heir to the Crown forced the secret service to be aware of the people who were related to him, although there is no evidence that they informed him of his work.
He met Letizia Ortiz and they ended up getting married. Since then they have formed a couple without extramarital affairs. In this way, he has not given the CNI a job. As in economic matters, which had so obsessed his father and ended up dirtying his public image.
Until that moment, Felipe’s relations with the secret service had had complicated aspects, some that he did not like and others that he did not find out about for a while. He was eighteen years old in 1986 when a report from the then CESID warned of the need to increase his security measures before the possibility that the terrorist group ETA would try to assassinate him. Two attacks by the Madrid command had warned of the ease with which the gunmen were moving. He had just been proclaimed heir to the Crown and had completed his first year as a cadet at the General Military Academy of Zaragoza. The spies’ document considered that his life was in greater danger even than that of President González.
It is possible that the alarm reached him, but what is certain is that they did not inform him of what happened a year before, in 1985. After several coup attempts failed, the far-right sectors that were left free designed a plan to end the king and incidentally with the entire royal family and the most prominent members of the socialist government. It would take place on June 2, 1985, during the annual parade of the Armed Forces to be held in La Coruña.
Juan Carlos announced the engagement to Dezcallar. Why did he tell you? Like a mere gossip during one of his usual dispatches? «The prince has a girlfriend and is very pretty,» he was able to tell her as many parents tell his friends. Has no sense.
Juan Carlos told him because he wanted the secret service to carry out a preliminary investigation, which, as we have seen, technically is called a «comprehensive relationship control», as they had done with two of his previous girlfriends . His resume as a journalist was public and notorious, but he wanted to know everything about his private life, family, friends, boyfriends, contacts or financial matters.
That he should remain in the most absolute secrecy was not something they mentioned in that conversation, he had plenty of it. It was a custom at the CNI, and earlier at CESID, to carry out investigations on notorious people who entered into relationship with the Royal Household. The objective was to detect if they could pose a danger to the monarchy. Most of the time these investigations were put in writing and delivered to Juan Carlos. Some others ended up at the table of the political chief of the service and even the President of the Government.
During the meeting in the Almudena Cathedral and the subsequent celebration in the Royal Palace, the State Security Forces and Bodies mounted a display rarely seen. There was only one critical moment. They gave an alarm that forced two helicopters with elite shooters to take off from the Cuatro Vientos base. Luckily it was a false alarm. The guests never knew that Bono, Saiz, and the police forces were hoping all day for the acts to end and everyone to go home. The control center was installed in the La Moncloa bunker, from where the operation was coordinated.
It was the beginning of a new life for the already princess Letizia. A life in which she felt spied on in the first moments, but not by CNI agents, but by her own bodyguards, who while protecting her from her also watched over her.

Corinna’s war was not over. She needed to keep attacking the Crown, it was the only way to try to save herself from the judgments that were coming upon her and to try to whitewash a shattered image. They say that only her Russian friends, those furthest from the interests of Spain, continued to treat her.
The role of the CNI had helped the new king to distance himself from the problems of his father, and the new volleys no longer deeply affected the monarchy. With Felipe on the fringes of his father’s life, time would make past mistakes forget.
In fact, Corinna’s complaint that the CNI’s harassment had continued in 2020 during confinement by Covid went almost unnoticed.

The departure of Sanz from the leadership of the CNI was due exclusively to the end of his second term. Ten years was more than enough time to stay in the position and the succession had to be opened. At first, the secretary general, Paz Esteban, remained in office. It was a turbulent political time and the Pedro Sánchez government preferred to wait to appoint a replacement. Esteban was Sanz’s most trusted person in the service, she knew the issues as well as he did and guaranteed the peace of mind that she would maintain his line of action. That was the best thing that could happen to the monarchy.
In February 2020, a month after the constitution of the PSOE-Podemos coalition government, the Defense Minister, Margarita Robles, managed to place her candidate, the same Paz Esteban, who had been in office for half a year. Robles had surrounded himself since her arrival to the position of members of the secret service, the main Esperanza Casteleiro, a former secretary general, who from her head of cabinet would become secretary of state. She knew that Esteban would continue the line of Sanz and attend to her demands, but she did not care, for her the defense of the monarchy was also very important.
The king had fitted in with her during her interim stage. She was happy with her appointment when Robles proposed it. That posture was a radical change from the usual one of the previous king. Felipe did not bid because the person in charge of the CNI was someone else linked to him, a man, in this case a woman, of the king. A symbol of the new times that had begun.
He does not mean that the king abandons the pretense of having the backing of the secret service, but he has made it clear that his concerns about influencing him are different. In the last fifty years a tradition has been created in the secret service, something innate to its members: they are there to protect the monarchy.
Paz Esteban continues to periodically inform her of all the issues that affect the State, duplicating most of the information that she delivers to the government. She supplies him with the dossiers that she requests on specific topics and she permanently updates him on the issues that are – and will continue – related to her father.
It remains to be seen how the complicated issue that Spain is experiencing in relation to the fervent defenders of the republic unfolds. It won’t take long to find out if the CNI is looking for information about the parties that defend that option, something outside the law right now, because they are legal and that prevents it from spying on them. Because, in addition, one of them is Podemos and he is in the government. If Félix Sanz was very careful with this matter, Esteban, a professional with a long career in the secret service, does not seem to dare to cross that line.
Outside the palace of La Zarzuela, Juan Carlos continues to maintain a close relationship with his old friend and spy Félix Sanz, whom he consults on each of his performances and asks for his support on sensitive issues. A Sanz who after retiring was hired with a large payroll by Iberdrola as an advisor for international issues, which made a specialist wonder if it had been a surety movement, so that it may occur. Although perhaps it is simpler: they have put a salary to him so that it continues taking care of the emeritus subjects. One more proof that the monarchy and the CNI will continue to walk together. The Unit for the Defense of Constitutional Principles will be at the fore.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/18/las-alcantarillas-del-poder-fernando-rueda/

https://weedjee.wordpress.com/2017/06/11/el-regreso-del-lobo-fernando-rueda-rieu/

https://weedjee.wordpress.com/2017/10/17/la-casa-ii-el-cni-agentes-operaciones-secretas-y-acciones-inconfesables-de-los-espias-espanoles-fernando-rueda-the-house-ii-cni-agents-secret-operations-and-unspeakable-actions-of/

https://weedjee.wordpress.com/2020/03/28/destruccion-masiva-nuestro-hombre-de-bagdad-fernando-rueda-massive-destruction-our-baghdad-man-by-fernando-rueda-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/22/al-servicio-de-su-majestad-la-familia-real-y-los-espias-50-anos-de-conspiraciones-manipulaciones-y-ocultamientos-fernando-rueda-rieu-in-his-majestys-service-the-royal-family-and-the/

2 pensamientos en “Al Servicio De Su Majestad: La Familia Real Y Los Espías. 50 Años De Conspiraciones, Manipulaciones Y Ocultamientos — Fernando Rueda Rieu / In His Majesty’s Service: The Royal Family And The Spies. 50 Years Of Conspiracies, Manipulations And Concealments by Fernando Rueda Rieu (spanish book edition)

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