Después Del Muro: La Reconstrucción Del Mundo Tras 1989 — Kristina Spohr / Post Wall, Post Square: Rebuilding the World after 1989 by Kristina Spohr

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Creo que el concepto central del libro, una reordenación del mundo posterior a los 45, es muy interesante y útil. Y la idea de mirar no solo a Europa, sino también centrarse en Asia, también es muy buena. Aunque creo que el potencial de lo que podría haber sucedido es casi más interesante que lo que realmente sucedió, especialmente porque lo que realmente sucedió fue bastante conservador. Así que me hubiera gustado que se concentrara más en eso.
Cuando se trata de contar la historia real, en su mayoría hace un buen trabajo, aunque creo que a veces se centra demasiado en los detalles y, en términos relativos, no dedica suficiente tiempo a las cosas en contexto.
Una de las principales dificultades del libro es que, a veces, el recuento cronológico de los años posteriores a la Guerra Fría parece no estar anclado. Un enfoque más temático habría complementado el enfoque cronológico, ya que el lector no tendría que sacar conclusiones (que pueden no ser del autor) por sí mismo.
¡Realmente me encantó la conlusión / epílogo!
1) La retórica nacionalista de Putin es una consecuencia razonable del fracaso de Yeltsin para integrar a Rusia en el mundo occidental en 1992/3.
2) la retórica nacionalista de Xi es una continuación de la reafirmación del estado chino moderno de su hegemonía regional después de un siglo de humillación a manos de las potencias occidentales; La sombría relación histórica entre Occidente y China en la memoria reciente también profundiza aún más el abismo entre los dos sistemas de valores y los órdenes mundiales.
3) La economía de mercado puede no resultar necesariamente en una democracia liberal, como ha demostrado la República Popular China.
4) Como extensión del punto 3, ¿hasta dónde podemos esperar la convergencia futura de los órdenes mundiales? ¿Es el capitalismo lo único en lo que todos podemos estar de acuerdo? ¿La democracia liberal no es universal? ¿Y este conflicto entre democracia y autoritarismo (y sus variantes) pondrá necesariamente al mundo en una situación más peligrosa?
5) El final de la Guerra Fría marcó el comienzo de un mundo mucho más inestable. En palabras de Bush padre, «la imprevisibilidad es nuestro mayor enemigo»; Mientras que la segunda mitad del siglo XX era predecible en el sentido de que Estados Unidos podía moldear su política exterior contra la URSS, el siglo XXI parece presentar una miríada de desafíos desde varios rincones del mundo (Rusia, China, Oriente Medio, Corea del Norte. ..).
6) La forma en que Bush navegó el final de la Guerra Fría y la formación de su nuevo orden mundial realmente me empujó a apreciar la importancia de la diplomacia, en oposición a la retórica agresiva o las posturas militares (a las que Estados Unidos y la República Popular China están recurriendo). Mantener canales diplomáticos basados en el respeto mutuo de la soberanía y, lo que es más importante, en el reconocimiento de similitudes en lugar de diferencias irreconciliables, ciertamente puede limitar las posibilidades de conflictos no deseados y ampliar el campo de posibilidades de colaboración y cooperación. Después de todo, todos los países bajo un liderazgo racional aspirarían a las mismas cosas: mejores condiciones de vida, soberanía, prosperidad, paz …
7) ¿Sigo siendo un defensor de la unipolaridad estadounidense? ¿Es incluso factible considerando las realidades geopolíticas (aisladas entre el Pacífico y el Atlántico) y políticas (la oscilación de la población estadounidense entre el aislacionismo y el globalismo) de Estados Unidos?
8) De acuerdo, supongo que creo en el predominio global de los valores ‘occidentales’ (que no deberían ser etiquetados como ‘occidentales’ en primer lugar) pero también en la importancia del multilateralismo.

Mijaíl Serguéievich Gorbachov no era un líder soviético «normal». Nacido en 1931 en Privólnoye, un pequeño pueblo situado cerca de Stávropol, en el norte del Cáucaso, se crio viendo el sufrimiento ocasionado a su familia por el plan de colectivización de Stalin y más tarde por la Gran Purga. Cuando Gorbachov tenía diez años, su padre fue reclutado por el ejército y tardó cinco años en volver. Privólnoye esquivó la destrucción de la Gran Guerra Patriótica, pero Stávropol fue ocupado por los alemanes durante cinco meses entre 1942 y 1943, así que Gorbachov vivió de cerca los estragos del conflicto y no los olvidó. Académicamente dotado e interesado en la política, destacó en el colegio y fue promovido a una edad muy temprana por los líderes locales del Partido Comunista. Gracias a su mecenazgo, fue enviado a la prestigiosa Universidad Estatal de Moscú (MGU, por sus siglas en ruso) a estudiar derecho.
Aunque rondaba los cincuenta años, Gorbachov era casi un jovencito en comparación con el resto del Politburó soviético. Andrópov, casi diecisiete años mayor que él, sufrió un fallo renal agudo y murió en febrero de 1984. Su sucesor, Konstantin Chernenko, era dos décadas mayor que Gorbachov y falleció en marzo de 1985 por problemas de corazón y pulmón. Finalmente, los veteranos del Kremlin decidieron saltarse una generación y optar por Gorbachov. Al justificarle a Raisa por qué había aceptado el puesto, Mijaíl dijo: «En todos esos años […] ha sido imposible conseguir algo trascendental, algo a gran escala. Es como chocar contra un muro. Pero la vida lo exige. No podemos seguir así». Sin embargo, lo que había que hacer era mucho más difícil de determinar. En primer lugar, Gorbachov probó con una campaña contra el alcohol. Una vez que hubo fracasado, buscó remedios más profundos y nuevos eslóganes; primero fomentó la uskorenie («aceleración») y luego la perestroika («reestructuración») y la glásnost («transparencia»). Sin embargo, dichos conceptos no acarrearon cambios revolucionarios; Gorbachov seguía siendo un hombre del partido y quería reformar el sistema soviético para que fuera más viable y competitivo. Su lema era: «Vuelta a Lenin».
Sus frecuentes invocaciones a Lenin en parte pretendían justificar ante el partido sus políticas de innovación y reestructuración, que se desviaban claramente de las prácticas de Stalin y Brézhnev, las cuales, en opinión de Gorbachov, habían pervertido el «socialismo».

Durante su primer mandato Reagan había sido incapaz de entablar diálogo alguno con los achacosos ancianos del Kremlin, pero, con el ascenso de Gorbachov, de repente era posible no solo eso, sino también una negociación. En el transcurso de cuatro cumbres entre Ginebra, en noviembre de 1985, y Moscú, en mayo-junio de 1988, las conversaciones a menudo fueron acaloradas, pero los dos líderes fueron fraguando una relación basada en la confianza personal e incluso el afecto. Las radicales propuestas de reducción armamentística lanzadas por Gorbachov en Reikiavik en octubre de 1986 estuvieron a punto de convencer a Reagan, para consternación de algunos asesores conservadores. Cuando se reunieron en Washington en diciembre de 1987 ya se tuteaban. También había enjundia en la nueva relación. En la capital estadounidense, Reagan y Gorbachov renunciaron a toda una categoría armamentística en el Tratado sobre las Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, la primera vez que las superpotencias aceptaban reducir sus arsenales nucleares. Aquel fue un paso importante para distender la Guerra Fría y redujo las posibilidades de un conflicto nuclear. Los científicos atómicos atrasaron su célebre «reloj del apocalipsis» a seis minutos antes de la medianoche en lugar de tres. Y el 31 de mayo de 1988, cuando a Reagan le preguntaron en la plaza Roja si todavía consideraba a la URSS un «imperio del mal», respondió: «Hablaba de otros tiempos, de otras épocas».
Gorbachov pensaba a lo grande e iba mucho más allá de las bipolaridades convencionales de Este contra Oeste. Tras más de cuarenta años de Guerra Fría, estaba propugnando explícitamente la «desideologización de las relaciones entre estados» y, por tanto, decretando el fin del intervencionismo en el Tercer Mundo. De hecho, ahora que el mundo entero estaba abordando con seriedad el hambre, las enfermedades, el analfabetismo y «otros males de masas», abogó por reconocer «la primacía de la idea humana universal». Aun así, no pretendía abandonar los valores soviéticos: «Lo fundamental sigue siendo que la formación del periodo pacífico tendrá lugar bajo las condiciones de la existencia y rivalidad entre ellos de varios sistemas socioeconómicos y políticos». Sin embargo, añadió, «el significado de nuestras iniciativas internacionales, y uno de los dogmas fundamentales del nuevo pensamiento, es precisamente el de impartir a esta rivalidad la cualidad de una competencia sensata en condiciones de respeto por la libertad de elección y un equilibrio de intereses». Por tanto, los dos sistemas no se fusionarían, sino que su relación consistiría en un «codesarrollo» pacífico. De este modo, las superpotencias podrían trabajar juntas para «eliminar la amenaza nuclear y el militarismo», cuya erradicación era esencial para el desarrollo mundial y la supervivencia de la especie humana.

Bush, que se consideraba un experto en China, quería incluir a Pekín en una «sociedad transpacífica». «La importancia de China es muy clara para mí —le dijo a Brzezinski dos semanas después de ser elegido—. Me encantaría volver allí antes de que Deng abandone por completo el cargo. Creo que mantengo una relación especial con ese país.» Deng Xiaoping era el cerebro de las políticas de «reforma y apertura», la campaña iniciada tras la muerte de Mao Zedong en 1976 para abandonar la autárquica economía planificada y entrar con cautela en el mercado global. En 1989 el diminuto Deng tenía ochenta y cuatro años, y Bush quería explotar su vieja relación personal, que se remontaba a cuando el estadounidense había sido pseudoembajador en China entre 1974 y 1975. Para Bush, China era sinónimo de Deng.
Estados Unidos desempeñó un papel fundamental en esta revolución china. Aunque Deng al principio deseaba entablar relaciones con Europa occidental, Estados Unidos era su principal modelo, sobre todo desde la reveladora visita que hizo a principios de 1979, que supondría el inicio de unas relaciones diplomáticas plenas. «Lo que vio en Estados Unidos era lo que deseaba para la China del futuro.» Durante una trepidante gira de una semana de duración desde Washington D. C. hasta Seattle, las fábricas y granjas «lo dejaron boquiabierto». La tecnología y la productividad eran tan impresionantes que, según reconoció, no pudo dormir en varias semanas.
La Administración Carter anhelaba que las reformas de Deng triunfaran; también quería acercar más a China y Estados Unidos en una época en que la distensión empezaba a erosionarse y la relación con Moscú había quedado congelada en plena «Nueva Guerra Fría». Carter no solo normalizó las relaciones diplomáticas con China, sino que doce meses después le concedió el estatus de «nación más favorecida» (NMF), un prerrequisito esencial para un comercio bilateral más amplio. La RPC ingresó en el Banco Mundial en abril de 1980 y ese mismo mes ocupó el lugar de Taiwan en el FMI.
Bush también expuso las condiciones según las cuales la URSS sería admitida de nuevo «en el orden mundial». La extraordinaria retórica de Gorbachov no era suficiente; «las promesas nunca bastan». El Kremlin debía tomar «medidas positivas concretas». Las más importantes eran reducir las fuerzas soviéticas (en proporción a necesidades de seguridad legítimas), dar apoyo a la autodeterminación, «derribar el Telón de Acero» y encontrar soluciones diplomáticas junto con Occidente para resolver disputas regionales en todo el mundo, como en Afganistán, Angola y Nicaragua. Esos pasos posibilitarían una relación cuantitativamente nueva entre las dos superpotencias.

(Tianánmen) Es imposible determinar el número exacto de fallecidos; los cálculos oscilan entre 300 y 2.600. El noticiario estatal chino del 4 de junio se congratulaba del aplastamiento de una «rebelión contrarrevolucionaria» y destacaba las bajas policiales y militares. Los manifestantes no tardaron en desaparecer de la historia oficial china. Pero lo verdaderamente importante era que la breve y traumática batalla por la democracia había sido inmortalizada por los medios de comunicación internacionales. Además de los artículos sobre la carnicería y las muertes de civiles, aparecieron imágenes verdaderamente icónicas de la represión que se convirtieron en fetiches para los reformadores de todo el mundo como símbolos del 1989 perdido de China. Los dos iconos más notables fueron la foto de un hombre que parecía desafiar él solo a una hilera de tanques, y cuya suerte sigue siendo un misterio cautivador (se convertiría en el símbolo clásico del 1989 global: el poder del pueblo), y la Diosa de la Democracia, que evocaba llamativamente el motivo de lucha de los manifestantes. La mañana del 4 de junio, la estatua fue despedazada y sacada rápidamente de la plaza por los soldados encargados de la limpieza en medio de los escombros de una revolución fallida. Pero el mundo no lo olvidaría.
China reinventó el comunismo: por la fuerza. Durante el proceso, mientras la tragedia era emitida en tiempo real por televisión, los estudiantes se identificaron en el contexto de la Guerra Fría con los ideales occidentales de libertad, democracia y derechos humanos. El uso de tanques por parte del Gobierno chino contra estudiantes desarmados también trajo recuerdos de 1968, no solo de las protestas estudiantiles organizadas en todo el mundo, sino también de la represión del Ejército Rojo durante la Primavera de Praga, que había sacudido los cimientos del comunismo europeo. Deng había pasado a ser visto en general como un pérfido enemigo de la libertad y muchos se preguntaban si Gorbachov sería fiel a su discurso de la ONU, en el que renunció a la Doctrina Brézhnev y defendió la «libertad de elección». Ante la creciente agitación que se vivía en el bloque soviético y la propia URSS, ¿seguiría Gorbachov los pasos de Deng? ¿Saldrían los tanques a la calle en Europa del Este?…
En medio del furor en torno a Tiananmén, es fácil olvidar que el 4 de junio no fue solo un momento crucial para China. Aquel día Solidaridad llegó al poder en Polonia. Por tanto, la democracia también estaba en marcha en Europa del Este, y de manera bastante literal, ya que solo cuatro semanas antes el Gobierno comunista de Hungría había dado el trascendental paso de abrir su frontera de alambre de espino con Austria. Aquella ruptura era un resquicio hacia Occidente, en especial para los alemanes del Este cuyo derecho de ciudadanía reconocía la República Federal. En un momento en que China estaba atrincherándose en un nuevo modelo híbrido (un capitalismo embrionario controlado por los comunistas), el Telón de Acero estaba cayéndose a pedazos en Europa. Aquello supuso un desafío para el orden de la Guerra Fría en su conjunto, un reto que solo una de las dos superpotencias podría afrontar. Después de tratar con cautela a Mijaíl Gorbachov durante medio año, George H. W. Bush no tenía más opción que intervenir.

Día 4 de junio de 1989. Aquel domingo no solo fue un punto de inflexión en la historia moderna de China, sino también una fecha crucial para Polonia y para que Europa del Este saliera de la Guerra Fría. Muchos observadores lo señalaron como el día de las primeras elecciones «libres» y democráticas celebradas en Polonia desde la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, eso no era del todo cierto: el fin de la dictadura comunista en Polonia empezó con una votación amañada que salió mal. El Partido Comunista Polaco, enzarzado desde 1980 en una enervante lucha de poder con el movimiento sindicalista Solidaridad, satisfizo la petición de elecciones con la esperanza de controlar el proceso de reforma.
Garton Ash fue testigo de como los líderes de Solidaridad «iniciaban debates enfervorecidos, negociaciones tortuosas y conspiraciones de madrugada». Su reacción a los resultados electorales fue «una curiosa mezcla de exaltación, incredulidad y alarmismo. Alarmismo por las nuevas responsabilidades a las que se enfrentaban (los problemas del éxito), pero también cierto temor a que las cosas no fueran tan bien». Ese miedo, por supuesto, se vio acentuado por las noticias que llegaban desde China. A Solidaridad y a los líderes reformistas del Partido Comunista les habían recordado repentina y dolorosamente lo que podía suceder si había violencia, sobre todo con la presencia de unos cincuenta y cinco mil soldados del Ejército Rojo en territorio polaco. En vista de ello, hicieron todo lo posible por evitarla.
La cúpula de Solidaridad se dio cuenta de que debía atreverse a participar en la política nacional, dejar atrás su papel original de opositor y aceptar las responsabilidades propias del éxito electoral. Al Gobierno también lo sorprendieron los resultados. Había solicitado un voto de confianza cualificado al pueblo, que, en lugar de eso, ofreció un veredicto condenatorio sobre más de cuatro décadas de dominio comunista sostenido por las fuerzas externas del poder militar soviético. Ahora que Polonia se adentraba en aguas desconocidas, ambas partes se veían obligadas a trabajar juntas por temor a otro Tiananmén. Solidaridad y los comunistas parecían estar unidos en una comunidad del destino, incapaces de actuar por Polonia los unos sin los otros.
La intensa crisis internacional en Hungría también era el tema principal de la agenda cuando, el 12 de junio de 1989, Gorbachov se reunió con Kohl en Bonn en la que fue su primera visita de Estado a la RFA desde que ocupaba el cargo. «Estamos prestando mucha atención a las noticias llegadas desde Hungría —declaró el canciller—. Le he dicho a Bush que, en relación con Hungría, estamos actuando según un viejo proverbio alemán: dejad que la Iglesia siga en el pueblo. Eso significa que los húngaros deben decidir lo que quieren, pero nadie debe interferir en sus asuntos.» Gorbachov coincidió con esa apreciación.
Gorbachov era la primera vez que un líder soviético escribía oficialmente al G7. También era la primera vez que la URSS proponía no solo ampliar la cooperación económica, sino también una participación directa en tales iniciativas.
«La creación de una economía mundial cohesionada conlleva que la sociedad multilateral se sitúe en un nivel cualitativamente nuevo —escribió Gorbachov—. La cooperación multilateral entre el Este y el Oeste para afrontar problemas económicos globales va muy rezagada con respecto a sus lazos bilaterales. Este estado de cosas no parece justificado si tenemos en cuenta el peso que tienen nuestros países en la economía mundial.» Ello, afirmaba, era la extensión lógica de su programa de reestructuración económica nacional. «Nuestra perestroika es inseparable de una política que aspire a la plena participación en la economía mundial —añadía—. El mundo solo puede beneficiarse de la apertura de un mercado tan grande como la Unión Soviética.»
Como siempre, la retórica de Gorbachov era impresionante, incluso atractiva, y su deseo de incorporarse al G7, innegable. Pero Bush desconfiaba de los soviéticos. Sus reformas no habían avanzado lo suficiente como para darles pleno acceso al club de las grandes economías del mercado libre.
Los líderes comunistas estaban aferrándose al pasado. Gorbachov suscribía las realidades geopolíticas existentes pese a las grietas que estaban apareciendo en el Telón de Acero. Honecker persistía en la ilusión de que Alemania Oriental seguía siendo una nación socialista unida por la adhesión a las doctrinas del partido.
La intransigencia del régimen de la RDA durante las celebraciones y la creciente agitación social de las últimas semanas constituían una mezcla potencialmente explosiva. En menos de dos semanas, Honecker habría sido expulsado y, solo un mes después del cuadragésimo aniversario de la RDA, el 9 de noviembre, el Muro de Berlín habría caído sin resistencia. Había sido el principal símbolo de la Guerra Fría, la barrera que contenía a la población de Alemania Oriental y la estructura que mantenía unido a todo el bloque. La fiesta del 7 de octubre fue un teatro de las ilusiones, pero no había nada inevitable en lo que sucedió después.

La caída del Muro, desde luego, no había sido el mejor momento de Kohl, y pasaría las tres semanas siguientes intentando recuperar terreno. Pero entonces iba a tomar la iniciativa con ganas de revancha.
La mayor parte de noviembre lo dedicó a responder a las demandas de otros en lugar de a desarrollar su propia agenda. El día 9, la noche trascendental para Alemania, ni siquiera estaba en el país. Cuando por fin logró salir de Polonia y volvió a Berlín, al día siguiente, las muchedumbres lo abuchearon. Tuvo que regresar a toda prisa a Varsovia para completar la visita interrumpida, pero una vez allí le costó más aplacar a los polacos, porque ya no se trataba solo de enterrar el pasado, sino de aliviar los temores sobre el futuro. Después de los tres días de reconciliación dedicados a la cultura —en Auschwitz y Silesia—, redondeó el viaje con un final cuidadosamente evaluado. Kohl anunció un paquete de ayudas equivalente a 2.200 millones de dólares, el mayor, con creces, de cualquier Gobierno occidental (Bush había ofrecido cien millones de dólares en su visita a Polonia a principios de julio). Además, el canciller condonó cuatrocientos millones de dólares en préstamos concedidos por Alemania Occidental desde los años setenta. Su intención con estas medidas era evitar que se volviera a hablar del tratado de paz suscrito tras la Segunda Guerra Mundial, que traería a colación los desafortunados problemas de las reparaciones de guerra y la frontera Oder-Neisse con Polonia. Por eso, en la rueda de prensa, cuando le preguntaron por la cuestión en la que todos estaban pensando —la «reunificación»—, el canciller replicó: «No hablamos de reunificación, sino de autodeterminación».
Evidentemente, Kohl tenía cuidado cuando hablaba en público de unidad y prefería defender sus argumentos basándose en los principios jurídicos estrictos del derecho de los alemanes del Este a la autodeterminación y en la disposición incluida en la Ley Básica de la RFA según la cual la unidad debería alcanzarse mediante el ejercicio del libre albedrío de los alemanes.
Había demasiadas incógnitas que tener en cuenta. A la sazón, Kohl apenas podía entender todas las connotaciones. A esas alturas, preveía que el complejo proceso de reconciliación, cooperación más estrecha y, por último, unificación se prolongaría por lo menos durante un decenio. Pero tenía claro lo más fundamental. Ese fin de semana en Oggersheim, se dedicó a prepararse mentalmente para lanzar un ataque por sorpresa: incorporar sin ambages el asunto de la unidad alemana a la agenda internacional.

El final de 1989 no fue completamente feliz para todo el mundo, por supuesto. Mientras Occidente disfrutaba de su cena de Navidad, las televisiones se llenaban de los últimos momentos de Nicolae y Elena Ceaușescu. El dictador absoluto de Rumanía durante veinticuatro años y su esposa murieron ejecutados por soldados del mismo ejército que, hasta solo unos días antes, había estado a sus órdenes.
Rumanía fue el último país del bloque soviético que experimentó un cambio revolucionario y el único que sufrió violencia a gran escala en 1989; según las cifras oficiales, murieron 1.104 personas y resultaron heridas 3.352. Fue el único en el que salieron los carros de combate, como en China, y los pelotones de fusilamiento se cobraron su venganza. Ello fue consecuencia de la dictadura personalista y arbitraria de Ceaușescu, la más repugnante de Europa del Este. Alejado de Moscú desde mediados de los años sesenta, el dictador también se había mantenido al margen de la agenda reformista y de la estrategia de cambio pacífico de Gorbachov.
¿Por qué estalló la rebelión en aquel Estado policial y represivo? A diferencia de los demás países del bloque, Ceaușescu había logrado saldar casi todas las deudas exteriores del país, pero a costa de grandes sacrificios para su pueblo, con un recorte tan brutal del consumo interno que las tiendas no tenían más que estanterías vacías, los hogares estaban sin calefacción y la electricidad estaba racionada a solo unas horas al día. Mientras tanto, Nicolae y Elena disfrutaban de un lujo grotesco.
A pesar de la horrible represión, la caída de los Ceaușescu no se debió a las protestas sociales sino a las tensiones étnicas. Rumanía contaba con una minoría húngara importante, alrededor de dos millones sobre una población total de veintitrés millones de habitantes, a los que se trataba como ciudadanos de segunda. El foco de conflicto fue la ciudad de Timisoara, en el oeste del país, donde se iba a expulsar al pastor y activista de los derechos humanos László Tőkés.
Rumanía fue la excepción en 1989. En todos los demás países, el cambio de régimen se llevó a cabo de forma sorprendentemente pacífica. En la vecina Bulgaria, Todor Zhivkov, que llevaba treinta y cinco años en el poder, más que ningún otro gobernante del bloque, había sido derrocado el 10 de noviembre. Pero el mundo no pareció darse cuenta porque los medios de comunicación estaban fascinados con la caída del Muro la noche anterior. En cualquier caso, lo de Bulgaria fue solo un golpe palaciego; a Zhivkov lo sustituyó su ministro de Exteriores, Petar Mladenov. El poder popular solo se hizo sentir de manera gradual. Las primeras manifestaciones callejeras en la capital, Sofía, comenzaron una semana larga después, el 18 de noviembre, con demandas de democracia y elecciones libres. El 7 de diciembre los distintos grupos de la oposición se unieron en la llamada Unión de Fuerzas Democráticas. Presionadas, las autoridades decidieron hacer más concesiones; el 11 de diciembre, Mladenov anunció que el Partido Comunista iba a renunciar al monopolio del poder y que la primavera siguiente se celebrarían elecciones pluripartidistas. Con todo, la caída repentina de Zhivkov no dio lugar a ningún traspaso importante de poder al pueblo, como en Polonia, ni a un programa de reformas radicales, como en Hungría; de ahí el término que se prefiere en Bulgaria en relación con 1989, «el cambio» (promianata). En unas semanas, el auténtico dinosaurio del Pacto de Varsovia había quedado relegado a la historia, y con escaso derramamiento de sangre.
El mayor símbolo de las revoluciones nacionales de 1989 fue Checoslovaquia. Ahí las cosas empezaron relativamente tarde. La clase dirigente comunista de Praga tenía reputación de autoritaria e intransigente. Miloš Jakeš, el líder del partido, había rechazado cualquier iniciativa reformista desde arriba, como en Hungría y Polonia. No obstante, había un contexto propicio. Los recuerdos de 1968 —solo habían pasado veinte años— estaban aún vivos y eran dolorosos. Los checos habían sido testigos de primera fila de la caída del Estado germanooriental, con los Trabis de colores chillones que resoplaban por la campiña y los refugiados que inundaban Praga. Y se sintieron electrizados por las escenas del 9 y el 10 de noviembre en Berlín. Una semana después, el 17, la conmemoración del asesinato de un estudiante checo a manos de los nazis cincuenta años antes se convirtió rápidamente en una manifestación contra el régimen que la policía disolvió por la fuerza. Ese fue el detonante.
Dicho de otra forma, por más problemas que pudiera tener Kohl con Mitterrand y en especial con Thatcher, no eran más que unos escollos. A la hora de construir un nuevo orden, sería imprescindible la colaboración de Bush y Gorbachov. Aun así, a finales de 1989 ambos dirigentes estaban profundamente inmersos en sus propios problemas: cómo forjar una verdadera relación personal a esas alturas, después de sus comienzos, lentos y a veces gélidos, y sobre todo cómo gestionar la delicada tarea de dejar atrás la Guerra Fría en el corazón de Europa.

Bush leyó cuatro principios que, en conjunto, resumían la posición de Estados Unidos sobre la reunificación alemana:
Debe perseguirse la autodeterminación sin perjuicio de sus resultados, y a estas alturas no debemos apoyar ninguna visión concreta.
En segundo lugar, la unificación debe producirse en el contexto del compromiso inquebrantable de Alemania con la OTAN y una Comunidad Europea cada vez más integrada, y con el debido respeto al papel jurídico y las responsabilidades de las potencias aliadas.
En tercer lugar, por el bien de la estabilidad de Europa en general, los pasos hacia la unificación deben ser pacíficos, graduales y parte de una estrategia paulatina.
Y por último, sobre la cuestión de las fronteras, debemos reiterar nuestro apoyo a los principios del Acta Final de Helsinki.

La principal preocupación de los estadounidenses era el segundo principio. Había que conseguir que una Alemania unida permaneciera en la OTAN…
Como nadie podía estar seguro de que Gorbachov fuera a poder sacar adelante su programa de reformas, el Departamento de Estado veía aún más motivos para «aprovechar» la que se consideraba «una situación favorable» para Estados Unidos y la OTAN, sobre todo para avanzar en el control de armas. Y, con el fin de crear una base sólida para la seguridad europea, la prioridad debería ser la conclusión del Tratado sobre las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE), porque, pensaba Baker, la abrumadora superioridad soviética en fuerzas convencionales era lo que «hacía concebible la guerra y ensombrecía la política en Europa». Si los estadounidenses lograban avanzar junto con Gorbachov en el FACE —sin perder de vista su propio programa de defensa—, reducirían a ojos vistas, en opinión de Baker, las opciones militares para futuros líderes soviéticos que pudieran ser menos proclives que Gorbachov a la cooperación.
Mientras que Bush y sus socios occidentales habían logrado cerrar filas en torno a la pertenencia de Alemania a la OTAN, Moscú estaba profundamente dividido. Por ejemplo, en Windhoek, durante su conversación con Genscher, Shevardnadze había propuesto cuatro opciones posibles:

1) Una Alemania unificada integrada en la OTAN;
2) una Alemania unificada neutral;
3) una revisión de los acuerdos de Potsdam de 1945; es decir, un tratado de paz integral que representara el fin definitivo de la Segunda Guerra Mundial, bajo la tutela de la CSCE;
4) la disolución simultánea de las dos alianzas y la creación de una estructura de seguridad paneuropea.
Otras posibilidades planteadas por el Kremlin fueron una zona desmilitarizada en Alemania o incluso la «doble adhesión» de Alemania a las dos alianzas, lo que significaría tropas de la OTAN en territorio de la antigua Alemania Occidental y tropas soviéticas en la antigua RDA.
A pesar de las alabanzas a Gorbachov, Helmut Kohl había sido el principal arquitecto de la nueva distensión entre Alemania y la Unión Soviética, y también su principal beneficiario. En la cumbre del Cáucaso —solventada en gran parte como él quería— había cogido el manto de la historia, sin duda, y con ese triunfo diplomático tenía ya prácticamente garantizado que pasaría a la posteridad como «el canciller de la unidad». Gracias a sus negociaciones bilaterales, casi en pie de igualdad, con las dos superpotencias, había marginado hábilmente a los británicos y los franceses y había hecho posible la emancipación de Alemania como actor internacional.

Mitterrand reconoció que una Alemania unificada no sería problema para la Comunidad. Desde luego, le resultaba más fácil de digerir la idea de una Alemania más grande que admitir a la RDA como decimotercer miembro. No obstante, no lograba deshacerse de sus dudas. Por supuesto que Alemania estaba en una posición muy fuerte gracias a su economía. También lo había estado la Alemania de Guillermo II, pero el káiser había llevado a cabo «una mala política exterior que condujo a la guerra». A comienzos de los años noventa, por lo menos, había «una Alemania democrática que pertenecía a la Comunidad Europea» y, para estrechar ese lazo, propuso adelantar la CIG sobre la unión monetaria y no esperar a diciembre de 1990. Kohl lo rechazó de inmediato. No se iba a dejar chantajear por analogías históricas de medio pelo ni iba a aceptar un calendario para la UEM todavía más apremiante de lo que ya se había acordado. Al fin y al cabo, a él y a la RFA les interesaba celebrar la CIG después de las elecciones federales, a principios de diciembre.
La cena había sido un auténtico combate. Sin embargo, en conjunto, los resultados habían sido positivos. Francia y Alemania se habían comprometido a celebrar una cumbre extraordinaria de la CE en el plazo de dos meses para definir el futuro de la Comunidad. Todavía había que perfilar los detalles, como el equilibrio y la interconexión entre la unión política y la monetaria, pero lo que Kohl había denominado «el motor de Europa» estaba volviendo a funcionar.
La idea francoalemana de una cumbre extraordinaria de la CE recibió enseguida el apoyo del resto de la Comunidad. Se celebraría en Dublín en abril, con el primer ministro irlandés, Charles Haughey —el presidente de turno del Consejo Europeo—, como anfitrión. Y Francia y Alemania habían empezado ya a mantener una relación bilateral «mucho más intensa», con contactos permanentes entre funcionarios.
De hecho, Margaret Thatcher logró mantenerse completamente al margen del proceso de construcción de la nueva Europa.
Thatcher no solo había conseguido apartarse a sí misma y a su país de la política europea sino también de la otra gran negociación, en este caso entre Estados Unidos y la República Federal, que iba a dar forma al futuro del continente, en virtud de la cual Bush respaldó una rápida unificación alemana a cambio de que Kohl se comprometiera a que la Alemania unida permanecería en la OTAN. Esta línea de acción fue perseguida con especial firmeza tras la visita de Kohl a Camp David en febrero de 1990, con la aquiescencia de Thatcher pero pocas contribuciones por su parte. La marginación de Gran Bretaña era evidente desde hacía más de un año. Kohl había sido el primer dirigente extranjero en visitar a Bush tras su victoria electoral, el 15 de noviembre de 1988, y en mayo de 1989 el presidente, en el discurso que pronunció en Maguncia sobre «una Europa completa y libre», había elevado Alemania al estatus de «socio de Estados Unidos en el liderazgo».

La invasión iraquí de Kuwait, las sanciones de la ONU, el despliegue de tropas ordenado por Bush y la cumbre de Helsinki habían generado nuevos titulares que desterraron de las portadas de los diarios estadounidenses las batallas internas por los impuestos, pero el problema no había desaparecido en ningún momento. A principios de verano, el presidente había decidido que, para abordar el déficit presupuestario y alcanzar un acuerdo, se tragaría sus palabras si otros también lo hacían. Estaba dispuesto a transigir en lo de «leedme los labios», pero creía que, a cambio, los demócratas «tendrían que ceder en parte de su retórica sobre los impuestos y los privilegios».

¿Cómo se metió Gorbachov en aquel atolladero? Las raíces de la crisis soviética se remontaban a la génesis de la perestroika. Siempre había sido un político más visionario que práctico, y su ambición inicial de «volver a Lenin» (recuperar el marxismo-leninismo en su supuesta pureza, antes de que fuera contaminado por Stalin) demostró ser absolutamente utópica. A partir de 1987, intentó apartarse cada vez más de la economía planificada con aperturas graduales al mercado a la vez que atenuaba el control del Estado de partido único permitiendo cierto grado de oposición política.
Sin embargo, el resultado fue una medida transitoria que dejó a la URSS en una tierra de nadie económica en mitad de un pluralismo político confuso. Esto obedecía a la falta de una estrategia clara por parte de Gorbachov y también reflejaba su pragmática necesidad de trabajar con el viejo orden al tiempo que trataba de construir algo nuevo, aunque no estaba seguro de qué. Líderes de Europa del Este como Jaruzelski, Németh y Havel hacían frente a problemas similares, pero sus economías eran más pequeñas y el dogma de la planificación estaba menos arraigado. Asimismo, a partir de 1989 Polonia, Hungría y Checoslovaquia iniciaron drásticos programas para la plena adopción del mercado y se beneficiaron de importantes paquetes económicos y alimentarios llegados de Occidente. En 1990, las rudimentarias reformas del Kremlin habían sumido a la URSS en el caos económico en un momento de creciente agitación política. El avance hacia la reforma de los precios había generado una grave inflación, un fenómeno que la URSS no experimentaba desde la Segunda Guerra Mundial, y Gorbachov se vio obligado a responder con recursos como la emisión de más moneda. Los datos del índice oficial de precios soviético mostraban que, en 1990, las reservas de dinero crecieron un 21,5 por ciento, mientras que los ingresos y los gastos lo hicieron más de un 15 por ciento. Incluso en sectores totalmente controlados por el Estado, la inflación se situó en el 5,3 por ciento (frente a un 0,6 por ciento en 1988).
Los precios en los mercados agrícolas no regulados aumentaron un asombroso 71 por ciento en 1990. Mientras tanto, el rublo perdió un tercio de su valor respecto del dólar entre 1989 y 1991. «Los males económicos están muy arraigados en el sistema —señalaba casi con sutileza un informe de la CIA—, y los esfuerzos por reformarlo se verán ralentizados por la prioridad otorgada a estabilizar la economía.»
Es más, las titubeantes reformas de Gorbachov habían disparado el déficit presupuestario del Estado, que pasó de un 4 por ciento del PIB en 1985 a un 12 por ciento en 1989, o de unos 30.000 millones de rublos a alrededor de 125.000. Se habían potenciado las importaciones de Occidente, por ejemplo las fresadoras, para modernizar la industria soviética, pero los precios del petróleo y el gas se habían desplomado en los mercados mundiales, lo cual redujo aún más la renta nacional. La propiedad estatal de los medios de producción también estaba disolviéndose.

La política de la CE (como la de la CSCE) reflejaba su pasado y estaba atrapada en esas limitaciones históricas. La Comunidad nació como un proyecto de paz erigido sobre las ruinas de las dos guerras mundiales en un intento por domesticar el nacionalismo agresivo. No debía permitirse que la crisis yugoslava malograra la posibilidad de una Europa estable, pacífica y unida después de la Guerra Fría. De hecho, se temía que el conflicto fuera una repetición de lo sucedido a principios del siglo XX, cuando los Balcanes fueron el polvorín de la Gran Guerra, algo que el diplomático estadounidense George Kennan definió en 1979 como «la gran catástrofe, la más crucial, de este siglo». Malinterpretando por completo la situación sobre el terreno, los líderes occidentales creían que, si podía convencerse a los yugoslavos de que adoptaran esa visión europea, abandonarían su belicosidad primigenia. Existía asimismo una consideración más práctica. En lo tocante a la ampliación de la CE, una Yugoslavia unida era más fácil de integrar que seis países más pequeños. En vista de ello, la CE blandió la membresía como una zanahoria para que los yugoslavos depusieran su actitud. En mayo de 1991, Jacques Delors y Jacques Santer expresaron en nombre de la CE su apoyo a una Yugoslavia íntegra y ofrecieron ayuda económica por valor de entre cuatro mil y cinco mil millones de dólares con la condición de que el país mantuviera un mercado, una moneda y un ejército únicos, además de una política exterior conjunta, todo ello basado en mecanismos comunes para la defensa de los derechos humanos y de las minorías. La ilusoria política de la CE no hizo sino animar a Milošević a continuar con su campaña expansionista contra Croacia y Bosnia-Herzegovina, vendiendo la construcción de una Gran Serbia como la defensa de Yugoslavia, aunque ahora despojada de Eslovenia. La Realpolitik de la CE, que pretendía salvaguardar al disgregado Estado federal yugoslavo, sirvió para exacerbar la violencia.
Sin embargo, en aquel momento la mayoría de los políticos occidentales no lo veían así.

Los tratados START pusieron punto final a la Guerra Fría y aliviaron la amenaza existencial de una guerra nuclear a escala mundial. Con todo, a pesar de sus increíbles armas de destrucción masiva, la Rusia postsoviética ya no era la fuerza que había sido en la etapa bipolar. En realidad, START II era un pacto asimétrico entre dos países que no eran iguales en ningún sentido. Con Rusia despojada de su imperio, en 1992 Yeltsin parecía bochornosamente ávido de asociarse con Occidente e incluso integrarse en él.
Sin embargo, al firmar el Tratado START II, el mandatario ruso también habló de revitalizar a su país como gran potencia y forjarse nuevas oportunidades en el Lejano Oriente. De hecho, en la región Asia-Pacífico en su conjunto, el final de la Guerra Fría no había supuesto una ruptura como sí había ocurrido en Europa a partir de 1989, aunque, sin duda, los primeros años noventa fueron un momento de cambio. En aquel entonces, la Corea dividida parecía la gran anomalía del mundo posterior a la Guerra Fría, una anomalía cada vez más inquietante habida cuenta de las evidentes aspiraciones norcoreanas a convertirse en una potencia nuclear. Y, después de Tiananmén, Japón, el aliado asiático más fiel de Estados Unidos durante la Guerra Fría, con un auge económico calificado antaño de «sol naciente» en el embrionario siglo del Pacífico, empezaba a verse eclipsado por la República Popular China, un país mucho más grande y cada vez más dinámico. Esas cuestiones, que incluían la seguridad nacional, la rivalidad comercial y la proliferación nuclear, también preocupaban a Bush en su último año de presidencia.

Las relaciones entre China y Rusia se vieron afectadas por la breve luna de miel entre Yeltsin y Occidente en la primera mitad de 1992. Al principio, la caída de la Unión Soviética hizo que Moscú dejara de tantear el terreno político en el Pacífico, mientras Yeltsin se concentraba en tratar de cimentar la democracia y una economía de mercado plena en lo que esperaba que fuera una «asociación en pie de igualdad» con Estados Unidos. Pero, a consecuencia de sus problemas políticos internos y su propia ansia de poder, al final se vio obligado a apaciguar a los conservadores y euroasianistas, que veían con escepticismo la «occidentalización». De resultas de ello, el Kremlin no tardó en dejar de hablar de «amistad» y de ser «aliados» de Occidente, y el breve «abrazo», durante el que Rusia se recreó en la idea de formar «plenamente parte del mundo democrático», llegó a su fin. En lugar de ello, empezaron a oírse proclamas a favor de una identidad específicamente rusa, enraizada en su historia gloriosa, y una retórica de «gran potencia», junto con las declaraciones sobre la importancia de su «entorno» y de los países de Asia y Oriente Próximo. “En otras palabras, después de un breve coqueteo con Estados Unidos, la política exterior rusa se orientó en 1992 hacia un enfoque más «equilibrado geográficamente», algo que se vio acompañado de una apreciación cada vez mayor del valor que tenía una relación mutuamente beneficiosa con Pekín.
Aun así, el Kremlin no abandonó una visión del mundo cuyo centro fundamental era Occidente; no solo Estados Unidos y la OTAN.
La declaración conjunta firmada el 17 de diciembre en Pekín por Yeltsin y el presidente chino, Yang Shangkun, defendía la política de «cooperación constructiva». Afirmaba que Rusia y China se consideraban «estados amigos» y que iban a «entablar relaciones de buena vecindad, amistad y cooperación en beneficio mutuo», de acuerdo con la Carta de Naciones Unidas, basándose en los principios de «respeto mutuo e integridad territorial, no agresión, no injerencia en los asuntos internos del otro, igualdad y beneficios recíprocos, coexistencia pacífica y otras normas jurídicas internacionales universalmente reconocidas». Además, concedía las vías políticas divergentes de ambos países pero afirmaba que «las diferencias de los sistemas políticos y las ideologías no deberían impedir el desarrollo normal de las relaciones entre estados».
Rusia, siempre obsesionada con su identidad como potencia europea y propensa a medir su envergadura militar en relación con la estadounidense, nunca iba a sentirse del todo cómoda con un giro total hacia el Lejano Oriente. Por otra parte, después de la Guerra Fría, Estados Unidos no solo siguió teniendo presencia en Europa a través de la OTAN sino también en Asia, gracias a su posición en Japón y Corea del Sur, de modo que se aseguró de seguir siendo una potencia en el Pacífico. En definitiva, para Moscú y Pekín, pero también para Washington, la dinámica de las relaciones transpacíficas era verdaderamente triangular. Y, para cada uno de los Tres Grandes, el límite entre ser interlocutores y ser rivales era equívoco y cambiante. Aunque al terminar la presidencia de Bush, tanto en poder duro como en poder blando, Estados Unidos era el más poderoso de los tres en la región del Pacífico y en el mundo, esa triangularidad no era garantía de ningún orden internacional estable a largo plazo.

A la hora de la verdad, «no hubo hueco para Rusia» en las revitalizadas organizaciones medulares de la nueva Europa, la UE y en particular la OTAN. El hecho de que la Alianza empezara a ser la única institución seria en materia de seguridad en Europa y «fuera de zona» hizo que, a largo plazo, fuese más problemática para el Kremlin. De hecho, a comienzos del siglo XXI su ampliación hasta las mismas fronteras de Rusia generó un distanciamiento que el Gobierno de Vladímir Putin aprovechó. Pero esa no fue la intención de los gestores conservadores de 1989-1991 ni cabe atribuirles la culpa; los principales dirigentes de la OTAN —Bush, Kohl, Thatcher, Mitterrand— se mostraban solícitos con Gorbachov y con la situación de su país en público, aunque en privado mantuvieran una posición de dureza. Esperaban que la Unión Soviética, una vez reformada del todo, pudiera ocupar un lugar fundamental en el sistema internacional, como núcleo estable y socio colaborador o, como dijo Gorbachov, como pilar «sólido» y «de fiar». Ni preveían ni deseaban que la URSS fuera a fragmentarse a finales de 1991. Y, cuando sucedió, adaptaron su estrategia para tratar de mantener unas relaciones en pie de igualdad con la Rusia postsoviética de Yeltsin. Así pues, Occidente se involucró a fondo en ayudar a Rusia en su transición a una democracia de mercado. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos conscientes de Estados Unidos y Alemania por no «aislar a Rusia» ni hacer que «pasara de ser un posible amigo a suponer un posible adversario», la relación con Moscú resultó muy compleja y estuvo llena de tensiones.

Trump no vaciló en insultar a estadistas; criticó sin descanso las alianzas de la posguerra como la OTAN y calificó de enemigos a la UE y a viejos socios europeos como Alemania. Coqueteó con Rusia y Corea del Norte y se retiró de acuerdos de control de armas. Su política de nacionalismo económico agresivo provocó una guerra comercial a gran escala con China por las políticas económicas depredadoras de Pekín y le llevó a repudiar el TLCAN (un legado especialmente significativo de Bush padre).
Lo malo es que la política internacional no es una sala de póquer en un casino de Trump, ni los tuits y las rabietas son una buena receta para mantener relaciones perdurables con los aliados o los adversarios. Provocar a los socios y socavar las alianzas solo sirve para envalentonar a los verdaderos rivales y animarlos a probar suerte, lo que debilita la estabilidad regional en Europa y la región de Asia-Pacífico. En términos generales, Trump ha reducido la diplomacia y el arte de gobernar a una caótica sucesión de puras transacciones, tratos en los que o se gana o se pierde; no precisamente la mejor reacción a los retos sistémicos y de alcance mundial planteados por Pekín y Moscú, que nadie ha expresado tan abiertamente como el ministro ruso de Asuntos Exteriores Serguéi Lavrov, según el cual es necesario forjar «un orden mundial postoccidental». O, como afirmó Vladímir Putin en junio de 2019: «La idea liberal» que había sostenido la democracia occidental durante decenios había «agotado su propósito» y se había «vuelto obsoleta».
Ha pasado mucho tiempo desde la presidencia de George H. W. Bush, pero algunas palabras suyas parecen hoy asombrosamente proféticas. En su mencionado discurso de despedida en Texas, advirtió: «En la economía, un mundo con inestabilidad creciente y nacionalismo hostil trastocará los mercados mundiales, desencadenará guerras comerciales y nos conducirá al declive económico». Y, a pesar de toda la retórica sobre un orden futuro basado en normas (y, esperaba, más pacífico y democrático), avisó a su público: «El nuevo mundo podría ser, con el paso del tiempo, tan amenazador como el viejo. Lo diré sin rodeos: si Estados Unidos renegase de su liderazgo, de su compromiso, cometería un error por el que las generaciones futuras, nuestros hijos, pagarían un precio muy alto».

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I think the central concept of the book – a reordering of the post-45 world – is a very interesting and useful one. And the idea of looking not just at europe but also focussign on Asia is also very good. Although I think the potential of what could have happened is almost more interesting than what actually happened, especially because what actually happened was actually pretty conservative. So i would have like if she focussed a lot more on that.
When it comes to telling the actual history she mostly does a good job, although i think she sometimes focusses a bit too much on the details and in relative terms spends not enough time to but things in context.
A major pitfall of PWPS is that the chronological retelling of the post-Cold War years seems unanchored at times. A more thematic approach would have complemented the chronological approach as the reader then would not have to draw conclusions (which may not be the author’s) on their own.
I really loved the conlusion/epilogue!
1) Putin’s nationalist rhetoric being a reasonable 0utcome of Yeltsin’s failure to integrate Russia into the Western world by 1992/3.
2) Xi’s nationalist rhetoric being a continuation of the modern Chinese state’s re-assertion of its regional hegemony after a century of humiliation at the hands of Western powers; the shady historical relationship between the West and China in recent memory also further deepens the gulf between the two value-systems and world orders.
3) Market economics may not necessarily result in liberal democracy, as the PRC has shown.
4) As an extension from point 3, how far can we expect the future convergence of world orders? Is capitalism the only thing we can all agree on? Is liberal democracy not universal? And will this conflict between democracy and authoritarianism (and its variants) necessarily put the world on a more dangerous footing?
5) The end of the Cold War ushered in a way more unstable world. In Bush Sr’s words, «unpredictability is our greatest enemy»; whereas the latter half of the 20th century was predictable in that the USA could shape its foreign policy against the USSR, the 21st century seems to present a myriad of challenges from various corners of the globe (Russia, China, Middle East, North Korea…).
6) The way Bush navigated the end of the Cold War and the formation of his new world order really pushed me to appreciate the importance of diplomacy, as opposed to aggressive rhetoric or military posturing (which the USA and PRC are falling back on). Maintaining diplomatic channels based on the mutual respect of sovereignty and more importantly, the recognition of similarities rather than irreconcilable differences, can certainly limit the chances of unwanted conflict and the expand the realm of possibilities for collaboration and cooperation. After all, every country under rational leadership would aspire to the same things — better living conditions, sovereignty, prosperity, peace…
7) Am i still a proponent of American unipolarity? Is it even feasible considering the geopolitical (isolated between the Pacific and the Atlantic) and political (the American populace’s oscillation between isolationism and globalism) realities of the USA?
8) ok i guess i believe in the global dominance of ‘Western’ values (which should not be labelled ‘Western’ in the first place) but also the importance of multilateralism.

Mikhail Sergeyevich Gorbachev was not a «normal» Soviet leader. Born in 1931 in Privólnoye, a small town near Stavropol in the North Caucasus, he grew up seeing the suffering caused to his family by Stalin’s collectivization plan and later by the Great Purge. When Gorbachev was ten years old, his father was drafted into the army and it took him five years to return. Privólnoye avoided the destruction of the Great Patriotic War, but Stavropol was occupied by the Germans for five months between 1942 and 1943, so Gorbachev experienced the ravages of the conflict closely and did not forget them. Academically gifted and interested in politics, he excelled in college and was promoted at a very young age by local Communist Party leaders. Thanks to his patronage, he was sent to the prestigious Moscow State University (MGU, for its acronym in Russian) to study law.
Although he was in his late fifties, Gorbachev was almost a youngster compared to the rest of the Soviet Politburo. Andropov, almost seventeen years his senior, suffered acute kidney failure and died in February 1984. His successor, Konstantin Chernenko, was two decades older than Gorbachev and died in March 1985 of heart and lung problems. Ultimately, the Kremlin veterans decided to skip a generation and opt for Gorbachev. In justifying to Raisa why he had accepted the position, Mikhail said: “In all those years… it has been impossible to achieve something momentous, something on a grand scale. It is like hitting a wall. But life demands it. We can’t go on like this. However, what had to be done was much more difficult to determine. First, Gorbachev tried a campaign against alcohol. Once he had failed, he sought deeper remedies and new slogans; he first he promoted uskorenie («acceleration») and then perestroika («restructuring») and glásnost («transparency»). However, these concepts did not bring about revolutionary changes; Gorbachev was still a party man and wanted to reform the Soviet system to make it more viable and competitive. His motto was: «Return to Lenin.»
His frequent invocations of Lenin were partly intended to justify to the party his policies of innovation and restructuring, which clearly deviated from the practices of Stalin and Brezhnev, which, in Gorbachev’s opinion, had perverted «socialism».

During his first term, Reagan had been unable to engage in any dialogue with the ailing elders of the Kremlin, but with the rise of Gorbachev, suddenly not only that, but also a negotiation was possible. Over the course of four summits between Geneva in November 1985 and Moscow in May-June 1988, the talks were often heated, but the two leaders forged a relationship based on personal trust and even affection. The radical arms reduction proposals launched by Gorbachev in Reykjavik in October 1986 came close to convincing Reagan, to the dismay of some conservative advisers. When they met in Washington in December 1987, they were already familiar with each other. There was also substance in the new relationship. In the US capital, Reagan and Gorbachev renounced an entire weapons category in the Intermediate-Range Nuclear Forces Treaty, the first time the superpowers agreed to reduce their nuclear arsenals. That was an important step to defuse the Cold War and reduced the chances of a nuclear conflict. Atomic scientists set their famous «apocalypse clock» back to six minutes before midnight instead of three. And on May 31, 1988, when Reagan was asked in Red Square if he still considered the USSR an «empire of evil,» he replied: «He was talking about other times, other times».
Gorbachev was thinking big and going far beyond conventional East vs. West bipolarities. After more than 40 years of the Cold War, he was explicitly advocating the «de-ideologization of relations between states» and thus decreeing the end of interventionism in the Third World. In fact, now that the entire world was seriously addressing hunger, disease, illiteracy, and «other mass ills,» he advocated recognizing «the primacy of the universal human idea.» Even so, he did not intend to abandon Soviet values: «The fundamental thing remains that the formation of the peaceful period will take place under the conditions of the existence and rivalry between them of various socio-economic and political systems.» However, he added, “the meaning of our international initiatives, and one of the fundamental dogmas of the new thought, is precisely that of imparting to this rivalry the quality of a sensible competition under conditions of respect for freedom of choice and a balance of interests». Therefore, the two systems would not merge, but their relationship would consist of a peaceful «co-development». In this way, the superpowers could work together to «eliminate the nuclear threat and militarism», the eradication of which was essential for world development and the survival of the human species.

Bush, who considered himself an expert on China, wanted to include Beijing in a «trans-Pacific society.» «The importance of China is very clear to me,» he told Brzezinski two weeks after being elected. I’d love to get back there before Deng completely leaves office. I think I have a special relationship with that country. » Deng Xiaoping was the mastermind of «reform and opening up» policies, the campaign launched after Mao Zedong’s death in 1976 to abandon the self-sufficient planned economy and cautiously enter the global marketplace. Tiny Deng was eighty-four years old in 1989, and Bush wanted to exploit his old personal relationship, dating back to when the American had been a pseudo-ambassador to China between 1974 and 1975. For Bush, China was synonymous with Deng.
The United States played a pivotal role in this Chinese revolution. Although Deng initially wished to establish relations with Western Europe, the United States was his main model, especially since the revealing visit he made in early 1979, which would mark the beginning of full diplomatic relations. «What he saw in America was what he wanted for the China of the future.» During a fast-paced, week-long tour from Washington, DC to Seattle, factories and farms «blew him away.» The technology and productivity were so impressive that, by his own admission, he hadn’t been able to sleep for several weeks.
The Carter Administration wanted Deng’s reforms to succeed; He also wanted to bring China and the United States closer together at a time when detente was beginning to erode and relations with Moscow had been frozen in the midst of the «New Cold War.» Carter not only normalized diplomatic relations with China, but twelve months later granted it «most favored nation» (MFN) status, an essential prerequisite for broader bilateral trade. The PRC joined the World Bank in April 1980 and that same month took Taiwan’s place in the IMF.
Bush also laid out the conditions under which the USSR would be re-admitted «into the world order.» Gorbachev’s extraordinary rhetoric was not enough; «Promises are never enough.» The Kremlin was to take «concrete positive steps.» The most important were to reduce Soviet forces (in proportion to legitimate security needs), support self-determination, «tear down the Iron Curtain» and find diplomatic solutions together with the West to resolve regional disputes around the world, as in Afghanistan. , Angola and Nicaragua. Those steps would enable a quantitatively new relationship between the two superpowers.

(Tiananmen) It is impossible to determine the exact number of deceased; estimates range from 300 to 2,600. The Chinese state news on June 4 welcomed the crushing of a «counterrevolutionary rebellion» and highlighted police and military casualties. The protesters soon disappeared from official Chinese history. But what was really important was that the brief and traumatic battle for democracy had been immortalized by the international media. In addition to articles on the carnage and civilian deaths, truly iconic images of repression appeared and became fetishes for reformers around the world as symbols of China’s lost 1989. The two most notable icons were the photo of a man who seemed to challenge a line of tanks by himself, and whose fate remains a captivating mystery (it would become the classic symbol of global 1989: the power of the people), and the Goddess Democracy, which conspicuously evoked the protestors’ motive for struggle. On the morning of June 4, the statue was ripped apart and hastily removed from the square by soldiers tasked with cleaning up amid the rubble of a failed revolution. But the world would not forget it.
China reinvented communism: by force. During the process, while the tragedy was broadcast in real time on television, the students identified in the context of the Cold War with the Western ideals of freedom, democracy and human rights. The use of tanks by the Chinese government against unarmed students also brought back memories of 1968, not only of organized student protests around the world, but also of the repression by the Red Army during the Prague Spring, which had shaken the foundations of the European communism. Deng had come to be seen in general as a perfidious enemy of freedom and many wondered if Gorbachev would be faithful to his UN speech, in which he renounced the Brezhnev Doctrine and defended «freedom of choice.» Faced with the growing unrest in the Soviet bloc and the USSR itself, would Gorbachev follow in Deng’s footsteps? Would tanks hit the streets in Eastern Europe? …
Amid the furor around Tiananmen, it’s easy to forget that June 4 was not just a pivotal moment for China. That day Solidarity came to power in Poland. Democracy was therefore underway in Eastern Europe as well, and quite literally, as only four weeks earlier the communist government of Hungary had taken the momentous step of opening its barbed wire border with Austria. That break was a loophole to the West, especially for East Germans whose right to citizenship was recognized by the Federal Republic. At a time when China was entrenched in a new hybrid model (an embryonic capitalism controlled by the communists), the Iron Curtain was falling apart in Europe. This posed a challenge to the Cold War order as a whole, a challenge that only one of the two superpowers could meet. After treating Mikhail Gorbachev cautiously for half a year, George H. W. Bush had no choice but to intervene.

June 4, 1989. That Sunday was not only a turning point in modern Chinese history, but also a crucial date for Poland and for Eastern Europe to emerge from the Cold War. Many observers pointed to it as the day of the first «free» and democratic elections held in Poland since the Second World War.
However, that was not entirely true: the end of the communist dictatorship in Poland began with a rigged vote that went wrong. The Polish Communist Party, engaged since 1980 in a nerve-racking power struggle with the Solidarity trade union movement, complied with the request for elections in the hope of controlling the reform process.
Garton Ash witnessed Solidarity leaders «engaging in heated debates, tortuous negotiations and conspiracies at dawn.» His reaction to the election results was “a curious mixture of exaltation, disbelief and scaremongering. Alarmism about the new responsibilities they faced (the problems of success), but also a certain fear that things were not going so well. That fear, of course, was accentuated by the news from China. Solidarity and the reformist leaders of the Communist Party had been suddenly and painfully reminded of what could happen if there was violence, especially with the presence of some 55,000 Red Army soldiers on Polish territory. In view of this, they did their best to avoid it.
The Solidarity leadership realized that it should dare to participate in national politics, leave behind its original role as an opponent and accept the responsibilities of electoral success. The government was also surprised by the results. He had requested a qualified vote of confidence from the people, who instead offered a damning verdict on more than four decades of communist rule sustained by the external forces of Soviet military power. Now that Poland was entering uncharted waters, both sides were forced to work together for fear of another Tiananmen. Solidarity and the communists seemed to be united in a community of destiny, unable to act for Poland without each other.
The intense international crisis in Hungary was also at the top of the agenda when, on June 12, 1989, Gorbachev met Kohl in Bonn in what was his first state visit to the FRG since he held office. . «We are paying close attention to the news from Hungary,» declared the chancellor. I have told Bush that, in relation to Hungary, we are acting according to an old German proverb: let the Church stay in the village. That means that the Hungarians must decide what they want, but no one must interfere in their affairs. » Gorbachev agreed with that assessment.
Gorbachev was the first time that a Soviet leader officially wrote to the G7. It was also the first time that the USSR proposed not only expanding economic cooperation, but also direct participation in such initiatives.
«Creating a cohesive world economy brings multilateral society to a qualitatively new level,» Gorbachev wrote. Multilateral cooperation between East and West in tackling global economic problems lags far behind their bilateral ties. This state of affairs does not seem justified if we take into account the weight that our countries have in the world economy. » This, he claimed, was the logical extension of his national economic restructuring program. «Our perestroika is inseparable from a policy that aims at full participation in the world economy,» he added. The world can only benefit from the opening of a market as big as the Soviet Union. »
As always, Gorbachev’s rhetoric was impressive, even engaging, and his desire to join the G7 was undeniable. But Bush distrusted the Soviets. His reforms had not advanced far enough to give them full access to the club of large free market economies.
Communist leaders were clinging to the past. Gorbachev subscribed to existing geopolitical realities despite the cracks that were appearing in the Iron Curtain. Honecker persisted in the illusion that East Germany remained a socialist nation united by adherence to party doctrines.
The intransigence of the GDR regime during the celebrations and the growing social unrest in recent weeks constituted a potentially explosive mix. In less than two weeks, Honecker would have been expelled and, just a month after the fortieth anniversary of the GDR, on November 9, the Berlin Wall would have fallen without resistance. It had been the main symbol of the Cold War, the barrier that contained the East German population and the structure that held the entire bloc together. The party on October 7 was a theater of illusions, but there was nothing inevitable about what happened next.

The fall of the Wall, of course, had not been Kohl’s best moment, and he would spend the next three weeks trying to regain ground. But then he was going to take the initiative wanting revenge.
Most of November he spent responding to the demands of others rather than developing his own agenda. On the 9th, the momentous night for Germany, he was not even in the country. When he finally managed to get out of Poland and back to Berlin, the next day, the crowds booed him. He had to rush back to Warsaw to complete the interrupted visit, but once there he found it more difficult to placate the Poles, because it was no longer just a matter of burying the past, but of alleviating fears about the future. After the three days of reconciliation dedicated to culture – in Auschwitz and Silesia – he rounded off the trip with a carefully evaluated ending. Kohl announced a $ 2.2 billion aid package, by far the largest of any Western government (Bush had offered $ 100 million on his visit to Poland in early July). In addition, the chancellor forgave four hundred million dollars in loans granted by West Germany since the 1970s. His intention with these measures was to prevent the peace treaty signed after World War II from being spoken of again, which would bring up the unfortunate problems of war reparations and the Oder-Neisse border with Poland. That is why, at the press conference, when asked about the issue everyone was thinking about – «reunification» – the chancellor replied: «We are not talking about reunification, but about self-determination.»
Obviously, Kohl was careful when he spoke publicly of unity and preferred to defend his arguments on the basis of the strict legal principles of the East German right to self-determination and the provision in the FRG Basic Law that unity should be achieved through the exercise of the free will of the Germans.
There were too many unknowns to consider. At the time, Kohl could barely understand all the connotations. At this point, he anticipated that the complex process of reconciliation, closer cooperation and ultimately unification would take at least a decade. But he was clear about the most fundamental. That weekend in Oggersheim, he set about mentally preparing himself to launch a surprise attack: squarely putting the issue of German unity on the international agenda.

The end of 1989 was not completely happy for everyone, of course. As the West enjoyed its Christmas dinner, televisions were filled with the last moments of Nicolae and Elena Ceaușescu. The absolute dictator of Romania for twenty-four years and his wife were executed by soldiers of the same army that, until just days before, had been under his command.
Romania was the last Soviet bloc country to experience revolutionary change and the only one to experience large-scale violence in 1989; According to official figures, 1,104 people died and 3,352 were injured. It was the only one in which the tanks came out, as in China, and the firing squads took their revenge. This was the consequence of the personalistic and arbitrary dictatorship of Ceaușescu, the most disgusting in Eastern Europe. Away from Moscow since the mid-1960s, the dictator had also stayed on the sidelines of Gorbachev’s reformist agenda and strategy for peaceful change.
Why did the rebellion break out in that repressive police state? Unlike the other countries of the bloc, Ceaușescu had managed to pay off almost all the foreign debts of the country, but at the cost of great sacrifices for his people, with such a brutal cut in domestic consumption that the stores had nothing but empty shelves, the Homes were without heat and electricity was rationed to only a few hours a day. Meanwhile, Nicolae and Elena enjoyed a grotesque luxury.
Despite the horrible repression, the fall of the Ceaușescu was not due to social protests but to ethnic tensions. Romania had a significant Hungarian minority, around two million out of a total population of 23 million, who were treated as second-class citizens. The focus of the conflict was the city of Timisoara, in the west of the country, where the pastor and human rights activist László Tőkés was to be expelled.
Romania was the exception in 1989. In all other countries, regime change was carried out in a surprisingly peaceful way. In neighboring Bulgaria, Todor Zhivkov, who had been in power for 35 years, longer than any other bloc ruler, had been overthrown on November 10. But the world did not seem to notice because the media was fascinated by the fall of the Wall the night before. In any case, Bulgaria was just a palace coup; Zhivkov was replaced by his Foreign Minister Petar Mladenov. People’s power only gradually made itself felt. The first street demonstrations in the capital, Sofia, began a long week later, on November 18, with demands for democracy and free elections. On December 7, the different opposition groups united in the so-called Union of Democratic Forces. Under pressure, the authorities decided to make more concessions; On December 11, Mladenov announced that the Communist Party was going to renounce its monopoly of power and that multi-party elections would be held the following spring. Yet the sudden fall of Zhivkov did not result in any major handover of power to the people, as in Poland, nor in a program of radical reforms, as in Hungary; hence the term that is preferred in Bulgaria in relation to 1989, «the change» (promianata). Within weeks, the true dinosaur of the Warsaw Pact had been relegated to history, and with little bloodshed.
The greatest symbol of the 1989 national revolutions was Czechoslovakia. There things started relatively late. The Communist ruling class in Prague had a reputation for being authoritarian and uncompromising. Miloš Jakeš, the party leader, had rejected any reform initiative from above, as in Hungary and Poland. However, there was a favorable context. The memories of 1968 — only twenty years had passed — were still alive and painful. The Czechs had been first-rate witnesses to the fall of the East German state, with garishly colored Trabis puffing across the countryside and refugees flooding Prague. And they were electrified by the scenes of November 9 and 10 in Berlin. A week later, on the 17th, the commemoration of the murder of a Czech student by the Nazis fifty years earlier quickly turned into a demonstration against the regime that the police forcibly dissolved. That was the trigger.
In other words, as much trouble Kohl might have with Mitterrand and especially Thatcher, they were just stumbling blocks. When building a new order, the collaboration of Bush and Gorbachev would be essential. Even so, at the end of 1989 both leaders were deeply immersed in their own problems: how to forge a true personal relationship at this point, after its slow and sometimes icy beginnings, and above all how to manage the delicate task of leaving the War behind. Cold in the heart of Europe.

Bush read four principles that, together, summed up America’s position on German reunification:
Self-determination must be pursued without prejudice to its results, and at this point we must not endorse any concrete vision.
Second, unification must occur in the context of Germany’s unwavering commitment to NATO and an increasingly integrated European Community, and with due respect for the legal role and responsibilities of the Allied Powers.
Third, for the sake of the stability of Europe in general, the steps towards unification must be peaceful, gradual and part of a gradual strategy.
And finally, on the question of borders, we must reiterate our support for the principles of the Helsinki Final Act.

The main concern of the Americans was the second principle. It was necessary to ensure that a united Germany remained in NATO …
Since no one could be sure that Gorbachev would be able to carry out his reform program, the State Department saw even more reason to «take advantage» of what was seen as «a favorable situation» for the United States and NATO, especially to move forward. in gun control. And, in order to create a solid foundation for European security, the priority should be the conclusion of the Treaty on Conventional Armed Forces in Europe (CFE), because, Baker thought, the overwhelming Soviet superiority in conventional forces was what ‘ it made war conceivable and overshadowed politics in Europe. ‘ If the Americans succeeded in advancing alongside Gorbachev in the FACE – without losing sight of their own defense program – they would narrowly, in Baker’s view, the military options for future Soviet leaders who might be less inclined than Gorbachev to cooperate. .
While Bush and his Western partners had succeeded in closing ranks over Germany’s NATO membership, Moscow was deeply divided. For example, in Windhoek, during his conversation with Genscher, Shevardnadze had proposed four possible options:

1) A unified Germany integrated into NATO;
2) a neutral unified Germany;
3) a review of the Potsdam Accords of 1945; that is to say, a comprehensive peace treaty that would represent the definitive end of the Second World War, under the tutelage of the CSCE;
4) the simultaneous dissolution of the two alliances and the creation of a pan-European security structure.
Other possibilities raised by the Kremlin were a demilitarized zone in Germany or even Germany’s «double accession» to the two alliances, which would mean NATO troops in former West German territory and Soviet troops in the former GDR.
Despite Gorbachev’s praise, Helmut Kohl had been the main architect of the new detente between Germany and the Soviet Union, and also its main beneficiary. At the summit of the Caucasus — largely resolved as he wanted — he had undoubtedly taken up the mantle of history, and with that diplomatic triumph he was now practically guaranteed that he would go down to posterity as «the chancellor of unity.» Thanks to his bilateral negotiations, almost on an equal footing, with the two superpowers, he had cleverly sidelined the British and the French and made possible the emancipation of Germany as an international actor.

Mitterrand recognized that a unified Germany would not be a problem for the Community. Of course, the idea of a larger Germany was easier to digest than to admit the GDR as a thirteenth member. Still, he couldn’t get rid of his doubts. Of course Germany was in a very strong position thanks to its economy. So had Wilhelm II’s Germany, but the kaiser had carried out «bad foreign policy that led to war.» At the beginning of the 1990s, at least, there was «a democratic Germany that belonged to the European Community» and, to tighten that bond, he proposed to advance the IGC on monetary union and not wait until December 1990. Kohl rejected it outright. righ now. He was not going to be blackmailed by half-baked historical analogies, nor was he going to accept an even more pressing schedule for EMU than had already been agreed. After all, he and the FRG were interested in holding the IGC after the federal elections in early December.
Dinner had been a real fight. However, on the whole, the results had been positive. France and Germany had committed to holding an extraordinary EC summit within two months to define the future of the Community. Details, such as the balance and interconnection between political and monetary union, still had to be worked out, but what Kohl had called «the engine of Europe» was working again.
The Franco-German idea of an extraordinary EC summit quickly received the support of the rest of the Community. It would be held in Dublin in April, with the Irish Prime Minister, Charles Haughey – the incumbent President of the European Council – as host. And France and Germany had already begun to maintain a «much more intense» bilateral relationship, with permanent contacts between officials.
In fact, Margaret Thatcher managed to stay completely out of the process of building the new Europe.
Thatcher had managed not only to separate herself and her country from European politics but also from the other great negotiation, in this case between the United States and the Federal Republic, which was to shape the future of the continent, by virtue of which Bush backed a swift German unification in exchange for Kohl’s pledge that a united Germany would remain in NATO. This line of action was pursued with particular vigor after Kohl’s visit to Camp David in February 1990, with Thatcher’s acquiescence but little input on her part. Britain’s marginalization had been evident for more than a year. Kohl had been the first foreign leader to visit Bush after his electoral victory on November 15, 1988, and in May 1989 the president, in his Mainz speech on «a complete and free Europe,» had elevated Germany to the status of «America’s partner in leadership.»

The Iraqi invasion of Kuwait, the UN sanctions, the Bush-ordered troop deployment and the Helsinki summit had generated new headlines that banished internal tax battles from the front pages of American newspapers, but the problem had not gone away. in any moment. In early summer, the president had decided that, to address the budget deficit and reach an agreement, he would buy his words if others did too. He was willing to compromise on «read my lips,» but he believed that, in return, the Democrats «would have to give up some of their rhetoric about taxes and privileges».

How did Gorbachev get into this quagmire? The roots of the Soviet crisis went back to the genesis of perestroika. He had always been a more visionary than a practical politician, and his initial ambition to «go back to Lenin» (to recover Marxism-Leninism in its supposed purity, before he was contaminated by Stalin) proved to be utterly utopian. Beginning in 1987, he tried to move further and further away from the planned economy with gradual openings to the market while at the same time easing the control of the one-party state by allowing some degree of political opposition.
However, the result was a transitory measure that left the USSR in an economic no-man’s-land amid confused political pluralism. This was due to Gorbachev’s lack of a clear strategy and also reflected his pragmatic need to work with the old order as he tried to build something new, although he was not sure what. Eastern European leaders such as Jaruzelski, Németh and Havel faced similar problems, but their economies were smaller and the dogma of planning was less entrenched. Also, starting in 1989, Poland, Hungary and Czechoslovakia began drastic programs for full market adoption and benefited from significant economic and food packages from the West. By 1990, rudimentary Kremlin reforms had plunged the USSR into economic chaos at a time of increasing political turmoil. The move towards price reform had generated severe inflation, a phenomenon the USSR had not experienced since World War II, and Gorbachev was forced to respond with resources such as the issuance of more currency. Data from the official Soviet price index showed that, in 1990, money reserves grew by 21.5 percent, while income and expenditures grew by more than 15 percent. Even in sectors fully controlled by the state, inflation stood at 5.3 percent (up from 0.6 percent in 1988).
Prices in unregulated agricultural markets rose a staggering 71 percent in 1990. Meanwhile, the ruble lost a third of its value to the dollar between 1989 and 1991. «Economic ills are deeply ingrained in the system,» he pointed out almost confidently. subtlety a CIA report – and efforts to reform it will be slowed by the priority given to stabilizing the economy. »
What’s more, Gorbachev’s faltering reforms had skyrocketed the state’s budget deficit, which went from 4 percent of GDP in 1985 to 12 percent in 1989, or from about 30 billion rubles to about 125,000. Imports from the West, such as milling machines, had been boosted to modernize Soviet industry, but oil and gas prices had plummeted on world markets, further reducing national income. State ownership of the means of production was also dissolving.

The policy of the EC (like that of the CSCE) reflected its past and was trapped in those historical limitations. The Community was born as a peace project built on the ruins of the two world wars in an attempt to tame aggressive nationalism. The Yugoslav crisis must not be allowed to undermine the possibility of a stable, peaceful and united Europe after the Cold War. In fact, it was feared that the conflict was a repeat of what happened at the beginning of the 20th century, when the Balkans were the powder keg of the Great War, something that the American diplomat George Kennan defined in 1979 as «the great catastrophe, the most crucial , of this century ». Completely misinterpreting the situation on the ground, Western leaders believed that if the Yugoslavs could be persuaded to adopt that European vision, they would abandon their original bellicosity. There was also a more practical consideration. When it came to the enlargement of the EC, a united Yugoslavia was easier to integrate than six smaller countries. In view of this, the EC brandished membership like a carrot for the Yugoslavs to denounce their attitude. In May 1991, Jacques Delors and Jacques Santer expressed on behalf of the EC their support for a whole Yugoslavia and offered economic aid worth between four and five billion dollars on the condition that the country maintain a market, a A single currency and army, as well as a joint foreign policy, all based on common mechanisms for the defense of human and minority rights. The illusory EC policy did nothing but encourage Milošević to continue his expansionist campaign against Croatia and Bosnia-Herzegovina, selling the construction of a Greater Serbia as the defense of Yugoslavia, although now stripped of Slovenia. The EC’s Realpolitik, which sought to safeguard the disintegrated Yugoslav federal state, served to exacerbate the violence.
However, at that time most Western politicians did not see it that way.

The START treaties put an end to the Cold War and alleviated the existential threat of nuclear war on a global scale. Yet despite its incredible weapons of mass destruction, post-Soviet Russia was no longer the force it had been in the bipolar stage. In reality, START II was an asymmetric pact between two countries that were not the same in any sense. With Russia stripped of her empire, in 1992 Yeltsin seemed embarrassingly eager to associate with and even integrate with the West.
However, by signing the START II Treaty, the Russian president also spoke of revitalizing his country as a great power and forging new opportunities in the Far East. In fact, in the Asia-Pacific region as a whole, the end of the Cold War had not been a rupture as it had in Europe since 1989, although, without a doubt, the early 1990s were a time of change. Back then, divided Korea looked like the great anomaly of the post-Cold War world, an increasingly disturbing anomaly given North Korea’s obvious aspirations to become a nuclear power. And after Tiananmen, Japan, America’s most loyal Asian ally during the Cold War, with an economic boom once called a «rising sun» in the embryonic Pacific century, was beginning to be overshadowed by the People’s Republic of China, a much larger and increasingly dynamic country. Those issues, which included national security, trade rivalry and nuclear proliferation, also preoccupied Bush in his final year as president.

Relations between China and Russia were affected by the brief honeymoon between Yeltsin and the West in the first half of 1992. At first, the fall of the Soviet Union caused Moscow to stop testing the political ground in the Pacific, while Yeltsin he concentrated on trying to cement democracy and a full market economy in what he hoped would be an «equal partnership» with the United States. But as a result of his internal political troubles and his own lust for power, he was ultimately forced to appease conservatives and Eurasianists, who viewed «Westernization» with skepticism. As a result, the Kremlin soon stopped talking about «friendship» and being «allies» of the West, and the brief «embrace», during which Russia indulged in the idea of being «fully part of the democratic world. «, It ended. Instead, proclamations in favor of a specifically Russian identity, rooted in its glorious history, and a «great power» rhetoric began to be heard, along with declarations about the importance of its «environment» and of the countries of Asia. and the Middle East. In other words, after a brief flirtation with the United States, Russian foreign policy shifted in 1992 towards a more ‘geographically balanced’ approach, something that was accompanied by a growing appreciation of the value of a mutually beneficial relationship. with Beijing.
Still, the Kremlin did not abandon a worldview whose fundamental center was the West; not just the United States and NATO.
The joint statement signed on December 17 in Beijing by Yeltsin and Chinese President Yang Shangkun defended the policy of «constructive cooperation». It stated that Russia and China considered themselves «friendly states» and that they would «establish relations of good neighborliness, friendship and cooperation for mutual benefit», in accordance with the Charter of the United Nations, based on the principles of «mutual respect and territorial integrity. , non-aggression, non-interference in the internal affairs of the other, equality and reciprocal benefits, peaceful coexistence and other universally recognized international legal norms ”. Furthermore, he conceded the divergent political paths of both countries but affirmed that «differences in political systems and ideologies should not impede the normal development of relations between states.»
Russia, always obsessed with her identity as a European power and prone to measuring its military size relative to that of the United States, was never going to be entirely comfortable with a total turn to the Far East. On the other hand, after the Cold War, the United States not only continued to have a presence in Europe through NATO but also in Asia, thanks to its position in Japan and South Korea, thus ensuring that it remained a power. In the pacific. Ultimately, for Moscow and Beijing, but also for Washington, the dynamics of trans-Pacific relations was truly triangular. And, for each of the Big Three, the boundary between being interlocutors and being rivals was equivocal and changing. Although at the end of the Bush presidency, both in hard and soft power, the United States was the most powerful of the three in the Pacific region and in the world, this triangularity was not a guarantee of any stable international order in the long term.

When push came to shove, «there was no room for Russia» in the revitalized core organizations of the new Europe, the EU, and in particular NATO. The fact that the Alliance was becoming the only serious security institution in Europe and «out of the zone» made it more problematic for the Kremlin in the long run. In fact, at the beginning of the 21st century, its expansion to the very borders of Russia generated a distancing that the government of Vladimir Putin took advantage of. But that was not the intention of the conservative managers of 1989-1991, nor can they be blamed; NATO’s top leaders – Bush, Kohl, Thatcher, Mitterrand – were solicitous of Gorbachev and the situation in their country in public, even though in private they maintained a tough position. They hoped that the Soviet Union, once completely reformed, could occupy a fundamental place in the international system, as a stable nucleus and collaborative partner or, as Gorbachev put it, as a «solid» and «trustworthy» pillar. They neither anticipated nor desired that the USSR would fragment at the end of 1991. And when it did, they adapted their strategy to try to maintain equal relations with Yeltsin’s post-Soviet Russia. Thus, the West was deeply involved in helping Russia in its transition to a market democracy. However, despite conscious efforts by the United States and Germany not to «isolate Russia» or make it «go from being a possible friend to a possible adversary,» the relationship with Moscow proved highly complex and fraught with tension. .

Trump did not hesitate to insult statesmen; He relentlessly criticized postwar alliances like NATO and called the EU and old European partners like Germany enemies. He flirted with Russia and North Korea and pulled out of gun control deals. His policy of aggressive economic nationalism sparked a full-scale trade war with China over Beijing’s predatory economic policies and led him to repudiate NAFTA (an especially significant legacy of Bush Sr.).
The downside is that international politics is not a poker room in a Trump casino, nor are tweets and tantrums a good recipe for maintaining lasting relationships with allies or adversaries. Taunting partners and undermining alliances only serves to embolden true rivals and encourage them to try their luck, weakening regional stability in Europe and the Asia-Pacific region. Generally speaking, Trump has reduced diplomacy and the art of government to a chaotic succession of pure transactions, deals in which you either win or lose; not exactly the best reaction to the global and systemic challenges posed by Beijing and Moscow, which no one has expressed as openly as Russian Foreign Minister Sergey Lavrov, according to which it is necessary to forge «a post-western world order.» Or, as Vladimir Putin put it in June 2019: «The liberal idea» that had sustained Western democracy for decades had «exhausted its purpose» and had «become obsolete.»
It has been a long time since George H. W. Bush’s presidency, but some of his words seem astonishingly prescient today. In the aforementioned farewell speech to him in Texas, he warned: «In the economy, a world with increasing instability and hostile nationalism will disrupt world markets, unleash trade wars and lead to economic decline.» And, despite all the rhetoric about a future rule-based order (and, he hoped, more peaceful and democratic), he warned his audience: ‘The new world could be, over time, just as threatening as the old. I will say it bluntly: if the United States were to deny its leadership, its commitment, it would make a mistake for which future generations, our children, would pay a very high price.

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