En Islas Extremas — Amy Liptrot / The Outrun: A Memoir by Amy Liptrot

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Tengo una extraña fascinación por los lugares remotos y aislados: el círculo polar ártico, la Antártida, los territorios del noroeste y, en este caso, las islas Orcadas frente a la costa norte de Escocia entre el Atlántico y el mar del Norte. La familia del padre de mi esposo es de las Islas Orkney, así que cuando leí una reseña de este libro y vi el escenario, estaba totalmente de acuerdo.
Estas son las memorias de una joven, Amy Liptrot, que está ansiosa por salir de su aburrida granja familiar en Orkney y dirigirse a Londres. Cuando lo hace, pierde todo el control y se convierte en una alcohólica furiosa, bebiendo hasta el punto de que no puede mantener un trabajo, mantener las relaciones o encontrar un lugar para vivir. Amy ingresa a un programa de rehabilitación y logra ser una de las pocas que puede dejar de beber. Ella regresa a su casa en las Islas Orkney para recuperarse y encontrar su verdadero yo nuevamente.
La narración de Amy es interesante, pero se vuelve repetitiva después de un tiempo. Ella comparte muchas, muchas, muchas veces cuánto quiere beber y tiene muchas, muchas, muchas metáforas de sus luchas por mantenerse sobria. Pero, la belleza salvaje azotada por el viento de esas islas solitarias y la flora y fauna que se encuentran allí son la verdadera revelación. Esa parte del libro era todo lo que esperaba y más. Escritura encantadora

Crecí entre los extremos y después los busqué yo misma, replicando inconscientemente experiencias olvidadas. Ahora sigo persiguiendo estados de euforia, pero lo hago desde un mayor autoconocimiento. Quiero vivir mi propia historia, pero tengo que vivirla sobria. Elijo la fuerza, la belleza, la creación.

El estruendo de la enfermedad mental, siempre presente en mi vida, se vio amplificado por el fanatismo religioso de mi madre y el entorno en el que nací, el perceptible y continuo romper de las olas en los acantilados. He leído sobre el asomeramiento: cómo aumenta la altura de las olas y después rompen al llegar a las aguas poco profundas de la costa. La energía no muere nunca. La energía de las olas, que se desplaza por el océano, se transforma en ruido, calor y vibraciones, que son asimilados por la tierra y pasan de generación en generación.
Desde su adolescencia mi padre ha sido tratado con terapia electroconvulsiva en cincuenta y seis ocasiones. Usada en los casos más severos de enfermedad mental, esta terapia consiste en administrar corrientes eléctricas al cerebro para inducir una convulsión. Nadie sabe bien cómo o por qué funciona pero los pacientes a menudo declaran sentirse mejor, al menos temporalmente.
En las Orcadas, hasta en los días más radiantes, sopla una brisa fresca que proviene del mar. Nos recuerda que estamos en una isla, aunque llamemos a la isla principal del archipiélago «Mainland», mientras que todo lo demás es el «sur». A principios de agosto, en cuanto terminan las ferias agrícolas, se acaba el verano y empiezan los vendavales que continuarán el resto del año. El otoño es breve, hay pocos árboles y el invierno llega volando.
Hay islas de algas, islas de plástico e islas de aguas residuales y otros desechos humanos. Tras las erupciones volcánicas, las balsas de piedra pómez que parecen islas pueden ir a la deriva por los océanos durante décadas. Hay islas de aves marinas, de frailecillos que se agrupan en busca de abrigo en los meses que pasan en el mar durante el invierno sin pisar tierra firme.

Cuando me fui de las Orcadas en el ferry había niebla; llegar a Gran Bretaña fue como aparecer en otro reino. Había traspasado una frontera, no solo del mar, sino de la imaginación.
En las Orcadas, el término dialectal flitting significa «mudarse». Lo pronunciaban con una nota de desaprobación o lástima: la pareja de ingleses frívolos que no consiguió echar raíces o la familia que tuvo que mudarse deprisa por problemas económicos. En Londres no hacía otra cosa que mudarme, pero estaba demasiado maltrecha para afrontarlo como una oportunidad. Quería hacerlo rápido para que nadie lo notara, deslizándome de una sombra a otra.

A un kilómetro y medio de la granja, hay un cadáver de ballena descomponiéndose y yo me lanzó cuesta abajo entre las rocas para investigar. Unos órganos internos colosales están esparcidos entre algas y trozos de madera y la piel está extendida como una alfombra sobre las piedras. Mientras examino la carcasa, me pilla una ola de improviso y salto encima de la espina dorsal de tres metros para escapar, pero aun así se me llenan las botas de agua y baba podrida de ballena.
Hoy en día una ballena varada es un acontecimiento curioso o trágico, pero no hace tanto era una bendición. La carne se comía si estaba fresca, la grasa se utilizaba para hacer aceite para lámparas, lubricantes o para hacer jabón u otros productos, y las barbas en la construcción y para fabricar corsés. Solo había que saber buscar. Actualmente, los observadores de aves saben que las ballenas varadas atraen pájaros poco comunes. Mientras inspecciono este rorcual muerto en la cala, unas gaviotas blancas, en concreto gaviotas groenlandesas y gaviones hiperbóreos, más comunes en el Ártico, merodean por allí. Llegaron por un cambio que se produjo en el patrón meteorológico y ya llevan días aquí dándose un festín con los restos del animal.
Los orcadianos llevan milenios usando estos cetáceos para diferentes fines. En el asentamiento Knap de Howar, en Papa Westray, que tiene cinco mil años de antigüedad, hallaron un martillo de hueso de ballena. Según una teoría, las antiguas cubiertas, actualmente desaparecidas, de las casas neolíticas de Skara Brae fueron construidas utilizando costillas como vigas, debido a la escasez de madera, con pieles de animales estiradas entre ellas y quizá recubiertos de hierba.
En las islas más pequeñas de las Orcadas no solo te limita la costa sino los posibles empleos, las opciones de ocio, el clima y la elección de amistades. La vida es mucho más cómoda que a principios del siglo XX, cuando Copinsay y Faray fueron abandonadas y los isleños disponían de multitud de bienes, servicios y comunicaciones, pero muchas comunidades aún rozan el límite de la insostenibilidad.
Había deseado con todas mis fuerzas marcharme y vivir otras experiencias lejos de casa pero, como tanto otros isleños jóvenes, he regresado. Ahora que estoy aquí veo mi hogar con otros ojos, y me planteo si debería contribuir a revitalizarlas. Cuando estoy en Londres, las Orcadas se me antojan imaginarias.

El cielo nunca se oscurece del todo alrededor del solsticio de invierno, pero a la hora a la que debería hacerse de noche camino por la costa con viento fuerte y lluvia abundante hasta Knap of Howar. Me cobijo junto a la estructura neolítica y admiro, yo que sé bien lo que es construir muros de piedra, estas paredes curvas que han resistido cinco mil años. Me imagino viviendo aquí. Como en Rose Cottage, hay un fogón y una piedra para moler semillas y hacer pan. Podría estar a gusto bajo un techo hecho de costillas de ballena cubierto con pieles de animales.

La isla de Fair ya no desempeña ningún papel esencial en cuanto a defensa militar, pero dada su ubicación, al tener la singularidad de estar a kilómetros de cualquier punto, adquiere una importancia estratégica en la recogida de datos ornitológicos y meteorológicos.

Nunca me he considerado, y me resisto a serlo, el tipo de persona saludable que disfruta estando al aire libre. Sin embargo, mis nuevas experiencias me arrastran siempre fuera de casa. Se dan momentos conmovedores y espléndidos: una tarde, durante unos pocos segundos, en la que un macho de aguilucho pálido de color plateado vuela junto a mi coche; la marsopa que se asomaba a la superficie alrededor de nuestra barquita; el espectáculo maravilloso de los animales saliendo al campo tras pasar el invierno en el establo, saltando y retozando con la cola apuntando al cielo de alegría.
Estoy en caída libre pero cojo al vuelo todas estas cosas mientras desciendo. Quizá sea esto lo que sucede. He dejado las adicciones, no creo en Dios y me ha ido mal en el amor, así que ahora es cuando encuentro mi felicidad y la válvula de escape en el mundo que me rodea.
Bucear es una experiencia completamente nueva. Me adentro en un nuevo ecosistema, estimulando mi mente y mis sentidos, liberándome de la triste rutina. Después, estoy pletórica y renovada, deseando hablarle a los demás de este mundo extraño, que rara vez visitamos, y que tan cerca se encuentra de nuestra vida cotidiana, de los secretos bajo los embarcaderos y en las esquinas de los aparcamientos.
No me he vuelto loca. Mi padre ya no se medica para controlar su trastorno maníaco depresivo y lleva años sin ponerse mal de verdad. Ha encontrado la forma de sobrellevarlo, de reconocer lo que lo desencadena, de entender los cambios y la disposición del fondo marino.
Desde que no bebo, a veces la vida normal me sorprende y me llena de alegría. Esta realidad impresionante puede llegar a parecer una alucinación.

El clima de las Orcadas es más bien moderado, con temperaturas más altas que otros lugares de latitud similar, gracias a la corriente del Golfo. No obstante, el viento es nuestra principal característica y su persistencia es lo que más les cuesta asimilar a los que acaban de llegar. Los granjeros luchan contra el viento y, en general, pierden la batalla.
El viento, junto con el salitre del aire, es la razón fundamental por la que no hay árboles en la granja y solo unos pocos en las Orcadas. La gente ni se molesta en colocar esos endebles comederos de pájaros o instalar invernaderos que saldrían volando con el primer vendaval, y es raro ver paraguas. Este año, el árbol de Navidad de Papay estaba clavado con cemento, ya que los últimos salieron volando.
A mí, como crecí con el viento, me encanta. Me entusiasma como a los terneros en el campo, juguetones en la tempestad.

El gobierno escocés tiene el ambicioso objetivo de que las fuentes de energía renovables generen el cien por cien del consumo eléctrico anual en 2030. En un mundo en el que empiezan a escasear los combustibles fósiles, y que intenta reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, las Orcadas, reconocidas como «centro mundial» de estas tecnologías, ofrecen esperanza.
En la última década, las autoridades locales, los empresarios y los políticos que venían de visita han anunciado los beneficios económicos que obtendría el archipiélago gracias a las energías renovables, como los de la industria petrolera de Flotta en los últimos cuarenta años. Todo desarrollo requiere enormes cambios en la infraestructura, por lo que están construyendo nuevos puertos para favorecer esta industria floreciente, facilitando que lleguen a la costa los enormes buques de servicio.
En las Orcadas se encuentra el Centro Europeo de Energía Marina (EMEC), donde los investigadores desarrollan nuevas tecnologías. En alta mar, al oeste de Mainland, están probando dispositivos con los que aprovechar la energía mareomotriz y undimotriz. La «serpiente marina» Pelamis es un dispositivo móvil articulado con pistones llenos de aceite que logran una transformación hidroeléctrica, y los dispositivos Oyster convierten el agua a presión en electricidad.

Un motivo por el que el alcohol es adictivo es porque no cumple muy bien su función. Es difícil hartarse de algo que nunca termina de funcionar del todo. Me proporcionaba un alivio temporal, por lo que lo perseguía sin descanso, era mi Fata Morgana, aunque después me hiciera sentir peor. Para mí, el alcohol se había convertido en un espejismo. No era una solución, pero tenía la esperanza de seguir acudiendo a él como una desesperada.
Cada vez que tengo el impulso de beber intento analizar esa falsa promesa. Siento desasosiego y necesito algo que me haga sentir desenvuelta y cómoda. Quiero algo que me relaje. Sin embargo, también comprendo que esos momentos de ansiedad son necesarios e inevitables y que hacen que me sienta al límite, que es donde tengo mis mejores ideas. Yo provengo del límite, del extremo. Es mi hogar.
Beber no soluciona nada. Después, los problemas siguen ahí. En Londres me estaba escondiendo de mi familia y de mi vida en las Orcadas, rompiendo lazos e intentando huir. Al regresar tuve que enfrentarme a ello y ahora las Orcadas tratan de retenerme. La gente es amable y me ofrece oportunidades.

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I have a weird fascination with remote and isolated places – the Arctic circle, Antarctica, the Northwest Territories, and in this case, the Orkney Islands off Scotland’s north coast between the Atlantic and the North Sea. My husband’s father’s family is from the Orkney Islands so when I read a review of this book and saw the setting, I was all in.
This is a memoir of a young woman, Amy Liptrot, who can’t wait to get off her unexciting family farm in Orkney and head to London. When she does, she loses all control and becomes a raging alcoholic, drinking herself to the point that she cannot hold a job, keep relationships going or find a place to live. Amy enters a rehab program and manages to be one of the very few who are able to stop drinking. She moves back home to the Orkney Islands to recover and find her true self again.
Amy’s narration is interesting, but it does get repetitive after a while. She shares many, many, many times how much she wants to drink and has many, many, many metaphors for her struggles to remain sober. But – the wild windswept beauty of those lonely islands and the flora and fauna found there are the real revelation. That part of the book was all I hoped for and more.
Lovely writing.

I grew up between extremes and then sought them out myself, unconsciously replicating forgotten experiences. Now I continue to pursue states of euphoria, but I do it from a greater self-knowledge. I want to live my own story, but I have to live it sober. I choose the force, the beauty, the creation.

The din of mental illness, always present in my life, was amplified by the religious fanaticism of my mother and the environment in which I was born, the perceptible and continuous crashing of the waves on the cliffs. I have read about peeking: how the waves rise in height and then break as they reach the shallow waters of the shoreline. Energy never dies. The energy of the waves, which travels through the ocean, is transformed into noise, heat and vibrations, which are assimilated by the earth and passed from generation to generation.
Since his teens my father has been treated with electroconvulsive therapy fifty-six times. Used in the most severe cases of mental illness, this therapy consists of administering electrical currents to the brain to induce a seizure. No one knows quite how or why it works, but patients often report feeling better, at least temporarily.
In Orkney, even on the brightest days, a cool breeze blows from the sea. It reminds us that we are on an island, even if we call the main island of the archipelago «Mainland», while everything else is the «south.» At the beginning of August, as soon as the agricultural fairs end, the summer ends and the gales begin that will continue the rest of the year. Autumn is short, there are few trees, and winter comes flying.
There are islands of algae, islands of plastic, and islands of sewage and other human waste. After volcanic eruptions, island-like pumice rafts can drift through the oceans for decades. There are islands of seabirds, of puffins that gather in search of shelter in the months they spend at sea during winter without stepping on land.

When I left Orkney on the ferry it was foggy; arriving in Britain was like appearing in another kingdom. He had crossed a border, not only of the sea, but of the imagination.
In Orkney, the dialect term flitting means «to move.» They pronounced it on a note of disapproval or pity: the frivolous English couple who failed to put down roots or the family who had to move quickly due to financial problems. In London I did nothing but move, but I was too battered to face it as an opportunity. I wanted to do it fast so that no one would notice, sliding from one shadow to another.

About a mile from the farm, there is a decomposing whale carcass and I dove down the hill among the rocks to investigate. Colossal internal organs are scattered among algae and pieces of wood and the skin is spread like a carpet on the stones. As I examine the carcass, I am caught in a sudden wave and jumped over the ten-foot spine to escape, but my wellies and rotten whale slime still fill up.
Today a beached whale is a curious or tragic event, but not so long ago it was a blessing. The meat was eaten fresh, the fat was used to make oil for lamps, lubricants or to make soap or other products, and beards in construction and to make corsets. You just had to know how to search. Today, bird watchers know that stranded whales attract rare birds. As I inspect this dead fin whale in the cove, some white gulls, specifically Greenlandic gulls and hyperborean gabions, more common in the Arctic, are prowling there. They arrived because of a change in the weather pattern and they have been here for days feasting on the remains of the animal.
Orcadians have been using these cetaceans for millennia for different purposes. At the 5,000-year-old Knap settlement of Howar on Papa Westray, they found a whale bone hammer. According to one theory, the old roofs, now defunct, of the Neolithic houses of Skara Brae were built using ribs as beams, due to the scarcity of wood, with animal skins stretched between them and perhaps covered with grass.
In the smaller islands of the Orkney you are not only limited by the coast but also the possible jobs, the leisure options, the climate and the choice of friends. Life is much more comfortable than at the beginning of the 20th century, when Copinsay and Faray were abandoned and the islanders had a multitude of goods, services and communications, but many communities still touch the edge of unsustainability.
I had wanted so badly to leave and have other experiences away from home but, like so many other young islanders, I have returned. Now that I am here I see my home with different eyes, and I wonder if I should help to revitalize them. When I’m in London, Orkney seems imaginary to me.

The sky is never quite dark around the winter solstice, but at night time I walk along the coast with strong winds and heavy rain to Knap of Howar. I take shelter next to the Neolithic structure and I admire, I who know well what it is to build stone walls, these curved walls that have withstood five thousand years. I imagine living here. As in Rose Cottage, there is a fire pit and a stone for grinding seeds and making bread. You could be at ease under a roof made of whale ribs covered in animal skins.

The island of Fair no longer plays any essential role in terms of military defense, but given its location, having the uniqueness of being kilometers from any point, it acquires a strategic importance in the collection of ornithological and meteorological data.

I have never considered myself, and I resist being, the type of healthy person who enjoys being outdoors. However, my new experiences always drag me away from home. There are moving and splendid moments: one afternoon, for a few seconds, in which a silver-colored male harrier flies alongside my car; the porpoise that surfaced around our little boat; the wonderful spectacle of the animals going out into the fields after spending the winter in the stable, jumping and frolicking with their tails pointing to the sky with joy.
I am in free fall but I catch all these things on the fly while descending. Perhaps this is what happens. I have stopped addictions, I do not believe in God and love has gone badly, so now is when I find my happiness and the escape valve in the world around me.
Diving is a completely new experience. I enter a new ecosystem, stimulating my mind and my senses, freeing myself from the sad routine. Afterwards, I am full and renewed, wanting to tell others about this strange world, that we rarely visit, and how close it is to our daily lives, to the secrets under the piers and on the corners of the parking lots.
I have not gone crazy. My father is no longer taking medications to control his manic depressive disorder, and he has not been seriously ill for years. He has found a way to cope, to recognize what triggers it, to understand the changes and the arrangement of the seabed.
Since I haven’t been drinking, normal life sometimes surprises me and fills me with joy. This impressive reality can seem like a hallucination.

The Orkney climate is rather moderate, with higher temperatures than other places of similar latitude, thanks to the Gulf Stream. However, the wind is our main characteristic and its persistence is the hardest thing for those who have just arrived to assimilate. Farmers fight the wind and generally lose the battle.
The wind, along with the saltpeter in the air, is the fundamental reason why there are no trees on the farm and only a few in Orkney. People don’t even bother putting up those flimsy bird feeders or setting up greenhouses that would blow off with the first gale, and umbrellas are rare. This year Papay’s Christmas tree was nailed down with cement as the last ones were blown off.
As I grew up with the wind, I love it. It thrills me like calves in the field, playful in the storm.

The Scottish government has an ambitious goal that renewable energy sources generate 100 per cent of annual electricity consumption by 2030. In a world where fossil fuels are becoming scarce, and which is trying to reduce carbon dioxide emissions to the atmosphere, Orkney, recognized as the «world center» of these technologies, offer hope.
In the last decade, visiting local authorities, businessmen and politicians have announced the economic benefits that the archipelago would derive from renewable energy, such as those of the Flotta oil industry in the last forty years. All development requires huge changes in infrastructure, so new ports are being built to support this burgeoning industry, making it easier for huge service vessels to reach shore.
In Orkney there is the European Marine Energy Center (EMEC), where researchers develop new technologies. Offshore, west of the Mainland, they are testing devices with which to harness tidal and wave energy. The Pelamis «sea serpent» is an articulated mobile device with oil-filled pistons that achieve a hydroelectric transformation, and the Oyster devices convert pressurized water into electricity.

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