Un Espía Impecable: Richard Sorge, El Maestro De Espías Al Servicio De Stalin — Owen Matthews / An Impeccable Spy: Richard Sorge, Stalin’s Master Agent by Owen Matthews

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Los espías son seres humanos imperfectos. Algunos son antisociales, otros son narcisistas, muchos son manipuladores, muchos más son codiciosos y algunos son francamente psicópatas. Pero dados los requisitos del comercio, quizás esas características sean más a menudo activos que pasivos.
En el caso de Richard Sorge, quizás el mejor espía del que nunca has oído hablar, la inteligencia combinada con la confianza, la lealtad y la osadía eran la otra cara de un aparente mujeriego, bebedor y libertino. No era un derrochador (aunque era un alcohólico y conducía múltiples asuntos, a menudo simultáneos). De hecho, Sorge es ampliamente considerado como uno de los espías más exitosos de todos los tiempos, pero, como se detalla en este libro, también fue quizás el espía más infrautilizado de su tiempo. La ironía es que si sus amos soviéticos lo hubieran tomado más en serio y lo hubieran desplegado de manera más efectiva, hay pocas dudas de que muchos más habrían oído hablar de él.
La larga carrera de Sorge, haciéndose pasar por periodista alemán en China y luego en Japón antes y durante la Segunda Guerra Mundial, es una lectura fascinante, aunque a veces encontré un desafío para hacer un seguimiento de todas las personas y organizaciones. Aun así, valió la pena prestar atención, ya que aprendí bastante sobre Japón durante la guerra que llenó algunos grandes vacíos en mi conocimiento.
Lo más impresionante de Sorge, según el autor, es que se las arregló para montar una tapadera casi impecable y una red de espías muy eficaz. Se abrió camino en la confianza de la embajada alemana en Japón y, al mismo tiempo, cultivó activos japoneses que le proporcionaron información privilegiada de los más altos niveles del ejército y el gobierno de Japón. Luego podría pulir aún más su reputación tanto entre los alemanes (transmitiendo información sobre Japón) como entre los japoneses (transmitiendo información sobre los alemanes), al tiempo que transmitía información sobre ambos países a sus amos soviéticos.
Desafortunadamente, los soviéticos desconfiaban de él, por una variedad de razones, entre ellas que era mitad alemán. También tenía conexiones con muchos que fueron exiliados o asesinados durante las purgas de Stalin. El propio Sorge, sin duda, habría sufrido su destino si no hubiera ignorado una orden de regresar de Japón a Rusia. Quedarse quieto le salvó la vida.
Los capítulos que tratan de la Gran Purga fueron algunos de los más interesantes para mí, aunque ya había leído bastante sobre este período anteriormente.
Hay ideas sobre las luchas de poder dentro del ejército japonés que a veces me sorprendieron. Siempre había asumido (erróneamente) que los japoneses habían adoptado una postura uniformemente agresiva hacia los Estados Unidos durante bastante tiempo antes de bombardear Pearl Harbor. Si bien es cierto que los planes para paralizar la flota del Pacífico de los EE.UU. Se establecieron a principios de 1941, la decisión de atacar fue, como se ha señalado con frecuencia, por el embargo de petróleo de los EE.UU. y la congelación de los activos japoneses. Sin embargo, la situación antes del ataque tenía más matices de lo que me había dado cuenta.
Pero volviendo a Sorge. El libro rastrea su carrera con gran detalle, con un gran elenco de informantes, amantes, diplomáticos desventurados, políticos intrigantes y muchos más. Sorge mantuvo su fachada de playboy borracho y mujeriego casi a la perfección. En un momento, la inteligencia alemana envió a un tal coronel Joseph Meisinger a Tokio para investigar a Sorge, de quien habían comenzado a sospechar. Sorge emprendió una ofensiva de amuletos, llevando a Meisinger a sus lugares favoritos para beber y echando humo por su… bueno, ya sabes qué. Meisinger informó a Berlín que Sorge era inofensivo. ¡Poco sabía!
Aparte de la tragedia de que Stalin se negó rotundamente a creer en la inteligencia más crítica de Sorge, la tragedia final es que Sorge había decidido regresar a la URSS apenas una semana antes de su arresto por los japoneses en octubre de 1941. Casi todo su círculo de espías fue capturado, y primero uno, luego otro, empezó a hablar.
“Sorge se dio cuenta de que sería inútil fingir que no había estado recopilando información confidencial. Pero también entendió que su mejor oportunidad de sobrevivir era fingir que trabajaba para el Reich, o más precisamente, admitir el trabajo que había estado haciendo para la inteligencia militar alemana, la Abwehr, mientras ocultaba sus vínculos con Moscú».
Luego, de repente, en el sexto día, Sorge se rompió. Después de solicitar un breve descanso, escribió una confesión larga y detallada. Fue juzgado y condenado a muerte ocho meses después. Tenía la esperanza de que el gobierno soviético interviniera en su nombre, pero a pesar de su innegable valor, salvar a Sorge «no ocupaba un lugar destacado en su lista de prioridades». Fue ahorcado el 7 de noviembre de 1944.
La ironía máxima fue que más tarde los soviéticos lo convirtieron en un héroe póstumo de la Unión Soviética. Parece que todavía les fue útil. El Muro de Berlín se había construido recientemente, y el liderazgo soviético consideró que sería un buen ejemplo para el pueblo de Alemania Oriental tener un “buen alemán” prosoviético en el que modelarse.

Richard Sorge fue un hombre con dos patrias. Hijo de padre alemán y de madre rusa nacido en Bakú en 1895, se movió en un mundo de alianzas inestables e infinitas posibilidades. Sorge pertenecía a aquella generación indignada y decepcionada que encontró nuevas y radicales ideas tras su experiencia en los campos de batalla de la primera guerra mundial; se convirtió en un fanático del comunismo y en el mejor espía de la Unión Soviética.

Richard Sorge fue un hombre malo que se convirtió en un gran espía; de hecho, en uno de los mejores espías que jamás han existido. La red de espionaje que construyó en el Tokio de la preguerra lo situó a solo un grado de separación de los niveles más altos del poder en Alemania, Japón y la Unión Soviética. Eugen Ott, el embajador alemán en Japón, que era al mismo tiempo su mejor amigo, su empleador y un informante involuntario, hablaba de forma regular con Hitler. El principal agente japonés de Sorge, Hotsumi Ozaki, era miembro del consejo asesor del gabinete y hablaba a menudo con el primer ministro, el príncipe Konoe. Y en Moscú, los jefes inmediatos de Sorge eran visitantes asiduos del despacho de Stalin en el Kremlin. Sorge sobrevivió como cabecilla de la red de espionaje de la inteligencia militar soviética en Tokio durante casi nueve años sin ser detectado, y ello a pesar de que el país estaba sumido en una manía histérica por los espías y la policía nunca dejó de buscar la fuente de las transmisiones de radio codificadas que la red realizaba con regularidad.
En el mundo de Sorge, incluso enemigos naturales como Hitler y Stalin, o Stalin y los militaristas japoneses, podían forjar alianzas (y romperlas). A diferencia de la mayoría de los espías del siglo XX, el espionaje de Sorge no fue solo una cuestión de agentes traicionados y operaciones secretas desbaratadas, sino que tuvo una relación aterradoramente directa con el destino de las naciones y el curso de la guerra en su conjunto.
A diferencia de muchos otros relatos del sombrío mundo del espionaje, una de las peculiaridades más llamativas de la historia de Sorge es que está extraordinariamente bien documentada.
Al igual que muchos otros espías, Sorge era un donjuán infatigable. Los talentos del espía y del seductor en serie están profundamente entrelazados. La inteligencia estadounidense calculaba que durante el tiempo que residió en Tokio tuvo aventuras con al menos treinta mujeres. Sin embargo, esas amantes también eran, en mayor o menor medida, peones que movilizaba en sus juegos de espía. Sorge las cautivaba (y las aterraba) con enloquecidos paseos nocturnos en motocicleta. Ante unas pocas reveló un rostro megalomaníaco: borracho, bailaba por toda la casa blandiendo una espada de samurái al tiempo que vociferaba que iba a matar a Hitler y convertirse en un dios. Incluso en sus momentos más íntimos, representaba el papel de alguien más grande e importante que él mismo. Ahora bien, aunque se quejaba a menudo de su soledad, no se permitió compartir con ninguna de esas mujeres la carga de los secretos que llevaba consigo. De un modo u otro, los testimonios de las amantes de Sorge nos proporcionan una valiosa perspectiva sobre el hombre que deseaba ser.
Tenía muchos amigos, pero apenas podía confiar en ninguno. Aunque pasaba la mayor parte de las noches fuera, de juerga en bares, fiestas y restaurantes, mintió y utilizó a casi todos los miembros de su amplio círculo de conocidos. De hecho, la facilidad mágica con que lograba que la gente se sintiera cómoda y relajada era su mayor destreza. El encanto de Sorge también consiguió mantenerlo con vida. Cuando el brutal coronel de la Gestapo Josef Meisinger, conocido como el «carnicero de Varsovia», llegó a Tokio para investigarle, Sorge lo llevó a los burdeles de Ginza y no tardó en convertir a su enemigo más letal en compañero de parranda.

Richard Sorge nació en 1895 en Bakú, la ciudad más rica, corrupta y violenta del imperio ruso. Durante siglos, el petróleo y el gas habían estado brotando del suelo de forma natural en las tierras pantanosas junto al mar Caspio, donde la gente los veía estallar en llamas con una mezcla de miedo y veneración.
Al igual que para muchos miembros de su clase y generación, la experiencia de la guerra resultó para Sorge tremendamente impactante, pero también formativa. El joven y brillante disidente encontró que su razón comenzaba a rebelarse contra la inutilidad y la insensatez del conflicto. «Medité sobre lo que sabía de la historia y comprendí … cuán absurdas eran esas guerras que se repetían una y otra vez. Mi curiosidad política me llevó a preguntarme qué motivos había tras esta nueva guerra de agresión. ¿Quién deseaba capturar este objetivo a costa del sacrificio de tantas vidas?.
Sorge no se sentía muy feliz en esa Alemania y «no sabía qué hacer». Ofendido y asqueado por la corrupción de la vida civil, decidió regresar al único mundo adulto en el que alguna vez se había sentido cómodo: la camaradería de las trincheras. Se ofreció voluntario a regresar a su unidad incluso antes de que su convalecencia hubiera terminado oficialmente. Para entonces, las ofensivas lanzadas por los alemanes en el verano de 1915 en Gorlice-Tarnów, en Galitzia, y en los lagos de Masuria, en Prusia Oriental, habían empujado al ejército ruso centenares de kilómetros más allá de la frontera previa a la guerra. Sin embargo, cuando Sorge volvió con su regimiento descubrió que la mayoría de sus viejos amigos habían pagado ese avance con la vida. Los supervivientes estaban hastiados de la guerra.

En público, la caída de Sorge tuvo todos los visos de una desgracia. El 31 de octubre, el IKKI, con Piátnitski a la cabeza, votó de manera oficial y por unanimidad excluir al camarada Sorge de la Komintern, la organización a la que había dedicado la mitad de su vida adulta.
Lo que ocurrió en realidad fue algo diferente. Once días antes de la expulsión de Sorge, una reunión secreta del IKKI confirmó que había superado con éxito el proceso de «purga» (proshel chistku) y que podía considerarse «aprobado» (proveren). Sorge tuvo «conversaciones en términos personales con Piátnitski y Kuusinen sobre el proyecto» de su futura carrera. El primero de estos, además, había hablado sobre Sorge con su amigo el general Yan Kárlovich Berzin, el jefe del hermético Cuarto Directorio del Estado Mayor del Ejército Rojo. Para el mundo, Sorge había sufrido una caída ignominiosa, pero lo cierto es que había sido reclutado por Berzin, el hombre que le lanzaría a una carrera nueva, brillante y finalmente fatal en la que se dedicaría de lleno a penetrar los secretos de los enemigos de la URSS en el Lejano Oriente.
En Sorge, Berzin encontró a un recluta prometedor. Para empezar, no era el típico ratón de biblioteca cuatro ojos de la Komintern. Era un veterano de guerra, un hombre fuerte y recio que había trabajado en las minas paleando carbón y se había liado a puñetazos con matones reaccionarios en Aquisgrán. Sorge describiría luego a Berzin como «un amigo, un compañero de armas de ideas afines». N. V. Zvonareva, el secretario del general Berzin, evocaría más tarde que la relación entre ambos «era buena y cálida: se entendían el uno al otro». De hecho, incluso se parecían físicamente: ambos eran hombres altos, fuertes y de rostro severo.
Desde un punto de vista práctico, Sorge tenía credenciales académicas y periodísticas probadas que podían proporcionarle una fachada perfecta para misiones en el extranjero. Además, no era ruso, lo que lo libraba de la mácula más obvia asociada con el espionaje soviético. No cabe duda de que se había revelado demasiado independiente para el gusto de la Komintern, pero lo que Berzin estaba buscando era precisamente hombres capaces de trabajar por su cuenta. El Ejército Rojo necesitaba agentes buenos y los necesitaba cuanto antes.
Sorge, un espía adiestrado que contaba con una tapadera sólida, logró permanecer fuera del radar de la policía británica en Cantón. En cambio, Smedley, una periodista famosa por su compromiso socialista, tuvo más dificultades para mantener un perfil bajo. En julio, descubrió que la policía china de Shanghái había advertido a las autoridades cantonesas de que debían vigilar sus actividades, pues se sospechaba que estaba involucrada en la difusión de propaganda comunista. Como consecuencia de ese aviso, toda su correspondencia pasó a ser controlada por un censor. «Esta es una advertencia para futuras cartas», le escribió a Florence Sanger el 19 de julio de 1930. «George y Mary [el apodo que Smedley usaba para referirse a la policía británica] están de nuevo pendientes de mi correo. No vuelvas a hablar de amantes, revoluciones, etc.» Dada la situación, acudió al consulado general de Estados Unidos en Cantón para renovar su pasaporte y buscar la protección del cónsul, Douglas Jenkins. La periodista protestó por la vigilancia a la que la estaba sometiendo la policía china y advirtió (según informó a Washington el alarmado diplomático) que temía «que le disparen por la espalda».

Ozaki fue «el primero y más importante de mis colaboradores», diría Sorge a sus captores japoneses. Desde su llegada a Shanghái en 1928, Ozaki no solo había forjado contactos inigualables entre la comunidad diplomática y empresarial japonesa residente en la ciudad, sino también con las autoridades del Kuomintang y, en secreto, con el Partido Comunista Chino. Una de sus principales fuentes de información en Shanghái, tanto en materia de contactos como de chismorreos, era la Escuela de Cultura Común de Asia Oriental, una institución creada por el príncipe Konoe, un estadista de mentalidad liberal, con el propósito de fomentar el entendimiento entre Japón y China. La escuela era un referente para los jóvenes chinos de ideas izquierdistas (muchos licenciados en ella llegarían a ocupar altos cargos en el Gobierno de la China nacionalista) y, con frecuencia, Ozaki impartía allí conferencias sobre la política asiática. El periodista también hablaba a menudo con los simpatizantes comunistas del círculo de Smedley, que solían proporcionarle información sobre la difícil situación en las zonas del interior del país controladas por el PCCh. Asimismo, estaba en contacto frecuente con elementos projaponeses en el Gobierno de Nankín.
A finales del otoño de 1932, Sorge consideró que Rimm estaba preparado para gestionar la estación de Shanghái por su cuenta. Clausen y su aparato de radio se encontraban para entonces instalados en la Harbin ocupada por los japoneses, donde él se hacía pasar por comerciante. Y Smedley y Kawai trabajaban bien con Rimm. Lo único que Sorge no tenía posibilidades de transmitir a su sucesor era la amistad personal que había forjado con los oficiales de enlace alemanes. En diciembre de 1932, Sorge entregó la rezidentura y abordó un barco rumbo a Vladivostok.
En las Navidades de 1933, la infiltración de Richard Sorge en la aglutinada comunidad alemana de la capital japonesa era ya casi completa. A principios de diciembre, el Tägliche Rundschau había publicado su primer ensayo sobre la situación política en Japón, un trabajo que, según Sorge, «tuvo una recepción muy buena en Alemania». Más importante aún fue que le permitió ganarse el respeto del personal de la embajada. El secretario de comercio Josef Knoll era, en opinión de Sorge, «el número uno en lo que respecta al conocimiento de la política».

En algún momento hacia finales de la primavera, Katia comunicó a Sorge que había perdido el bebé (probablemente en una etapa avanzada del embarazo, si bien el retraso de varios meses de la correspondencia microfilmada hace difícil precisarlo). «Todo ha salido muy distinto de como esperaba», le escribió él en una carta desolada que se concentra más en su propia desesperación que en los sentimientos de ella. «Me atormenta la idea de que me estoy haciendo viejo. Un deseo intenso de volver a casa pronto se ha apoderado de mí, pero, por el momento, eso no es más que un sueño … es duro estar aquí, muy duro.»
«¿Qué debo hacer? Es difícil decirlo», le escribió a Katia en el verano de 1936, en una carta que probablemente entregara él mismo a un correo en Shanghái. «El calor aquí es insoportable. Es como si estuvieras sentado en un invernadero, cubierto de sudor. Vivo en una casa pequeña, construida en el estilo local, con puertas corredizas en el interior y esteras tejidas en el suelo. La casa es bastante nueva y muy acogedora. Una anciana se ocupa de todas mis necesidades; si estoy en casa, me prepara la comida»…
Sorge tenía buenas razones para sentirse satisfecho con su trabajo. «Espero que pronto tengas la oportunidad de alegrarte por mí e incluso de sentirte orgullosa y convencerte de que “este servidor” es un tío bastante útil», le escribió a Katia. No obstante, si pensaba que el extraordinario trabajo que llevaba a cabo en Tokio se recibía con gratitud en Moscú, estaba muy equivocado. A finales de noviembre, pidió a Aino que acudiera a verlo cuanto antes. La agente «Ingrid» encontró a Sorge en su casa, estaba solo y, tras beberse casi una botella entera de whisky, completamente borracho. «Nos ordenan a todos regresar a Moscú, incluso a mí», le dijo. «De inmediato, vía Vladivostok.
A principios de 1937, Katia se trasladó del sótano de la calle Nizhni Kislovski a una habitación grande en la cuarta planta de un bloque de pisos en el dique de Sofia, al lado de la embajada británica y justo enfrente del Kremlin. La vista desde la ventana, le escribió encantada, «es tan grande que no podrías recorrerla en un año». Según le aseguró, se había llevado con ella toda la estantería de libros alemanes de Sorge. «A menudo intento imaginármelo, pero no lo consigo», le escribió él a propósito del piso que estaba destinado a ser su futuro hogar matrimonial.
Katia concentró parte del afecto que no podía prodigar a su marido ausente en una nueva colega de trabajo, Marfa Ivanovna Lezhnina-Sokolova, que había llegado a Moscú procedente de un pueblo cerca de Viatka (Kírov) y había sido asignada a su brigada en la fábrica. La joven estaba tan poco acostumbrada a la vida en la gran ciudad que incluso le daba las gracias a la máquina que daba la hora en el metro. Katia acogió a la recién llegada bajo su ala y comenzó a darle lecciones de lectura y escritura. Pronto Marfa se mudó al piso de su amiga.

Había otra razón para que Hitler no se sintiera muy inclinado a confiar en Japón como un baluarte eficaz contra Rusia. Las tropas japonesas estaban luchando de nuevo contra los soviéticos en una sección árida de la frontera soviético-mongola, y no puede decirse que las cosas les fueran muy bien. El «incidente de Nomonhan», conocido en Rusia como la batalla de Jaljin Gol, fue un conflicto limitado y un poco estrambótico que tendría profundas consecuencias para el resultado final de la segunda guerra mundial.
Se inició el 11 de mayo de 1939, cuando un destacamento de caballería de la prosoviética República Popular de Mongolia penetró en un área reclamada por Japón y una unidad de caballería del Ejército de Kwantung obligó a retroceder a los entre treinta y noventa jinetes que formaban el destacamento. Dos días después, los mongoles regresaron, pero lo hicieron en mayor número y con el apoyo de tropas soviéticas, enviadas a la región en virtud del pacto de asistencia mutua que Moscú y Ulán Bator habían alcanzado en 1936, un acuerdo que estipulaba que los soviéticos ayudarían a su vecino a defenderse de cualquier agresión, lo que de hecho extendía la frontera defensiva de la URSS hasta los límites meridionales y orientales de Mongolia. La fuerza conjunta soviético-mongola derrotó al regimiento de reconocimiento de la 23.ª División de Infantería del Ejército de Kwantung que había sido enviada para repelerla, que sufrió ciento dos bajas.
A partir de 1927, una corriente de desinformación a Tokio (y filtraciones a la inteligencia soviética) seguía a Komatsubara a dondequiera que se le destinaba. El militar, por ejemplo, encabezó la misión especial japonesa en Harbin desde 1932 hasta 1934; y el archivo central del ejército ruso en Podolsk alberga información detallada sobre Japón, China y Manchukuo a lo largo de un período que coincide con exactitud con el tiempo en que Komatsubara estuvo destinado allí (información que, en cambio, escasea antes de su llegada y después de su partida). En 1933, se recibieron en Moscú telegramas confidenciales procedentes de Japón en los que se revelaba que los japoneses pretendían arrebatar a la Unión Soviética el control del Ferrocarril Chino del Este. Y entre el material secreto proporcionado por un agente no identificado se incluye la escalofriante presentación que en agosto de 1932 hiciera en Harbin el jefe de Departamento Ruso del Estado Mayor japonés, recién llegado de Tokio, sobre la importancia de la guerra biológica como arma potencial contra la URSS; un informe que en su momento se consideró tan alarmante que tanto el mariscal Tujachevski como Stalin lo leyeron personalmente.
Más importante todavía fue el efecto que el conflicto tuvo en Tokio. La humillación del Ejército de Kwantung reforzó a quienes defendían la doctrina de la «expansión hacia el sur», la facción, liderada por la armada, partidaria de que Japón atacara a sus vecinos asiáticos y dejara en paz a la Unión Soviética. La renuencia de los japoneses a arriesgarse a sufrir una nueva derrota a manos del Ejército Rojo sería un factor decisivo para el resultado de la segunda guerra mundial.

Las pruebas de la magnitud que había alcanzado el espionaje de Sorge eran tan abrumadoras que el veredicto nunca estuvo en duda. Un detalle curioso del proceso es que una de las pruebas que los japoneses consideraron particularmente concluyentes fue el contenido de una caja de documentos personales que Sorge había confiado a su amigo Paul Wenneker. Después del arresto, Wenneker entregó la caja a las autoridades japonesas (no está claro si lo hizo por iniciativa propia o por orden del embajador Ott). Contenía viejas cartas de amor tanto de la exesposa alemana de Sorge, Christiane, como de su actual esposa, Katia. Eso demostró que Sorge no solo era un espía sino también que estaba casado, en secreto, con una ciudadana soviética.
Al inicio del proceso, las autoridades japonesas también tomaron la decisión de hacer por fin público el arresto de Sorge.

A lo largo de su carrera en el mundo del espionaje, Sorge había cometido muchos errores impulsivos, todos ellos relacionados con otros extranjeros como él: seducir a la esposa de su fuente más importante, estrellarse con la motocicleta mientras llevaba el bolsillo lleno de documentos comprometedores, alabar a Stalin durante una borrachera en un recinto repleto de nazis. Sin embargo, atacar a un oficial de la policía japonesa era un error de un nivel muy diferente. Comprendiendo que en cuestión de minutos podía terminar esposado…
El regalo final de Sorge a la amante que durante más tiempo lo había acompañado (y también, acaso agreguen algunos, la que lo había sufrido durante más tiempo) fue resolver sus problemas con la policía. Aproximadamente una semana después del segundo interrogatorio, Sorge la invitó a un restaurante de alto copete en Nihonbashi. Hanako se puso un kimono de seda para la ocasión. Para su sorpresa, no era la única invitada. El señor Tsunajima, uno de los intérpretes de la embajada alemana, apareció, vestido con elegancia, y luego se presentaron el oficial Aoyama y su jefe.
La última soflama etílica que Hanako le oiría a su amante, la más honesta de todas las que le había escuchado. Al día siguiente, Sorge le indicó que había llegado el momento de que se llevara sus pertenencias a casa de su madre. E insistió en darle dos mil dólares, que esta vez Hanako no rechazó.

En Moscú, el NKVD desconocía por completo la importancia de Sorge como espía, y al parecer había olvidado incluso que era el mismo agente Ramsay/Inson de la inteligencia militar sobre el que su propia rezidentura en Tokio había informado en octubre. Por lo demás, resulta evidente que el principal interés del NKVD en el caso Sorge era proteger a sus agentes Záitsev y Butkevich y evitar que quedaran al descubierto.
Boris Gudz, el viejo encargado de Sorge en el Cuarto Departamento, que para entonces trabajaba como conductor de autobús en Moscú, aventuró años después la posibilidad de que Stalin, furioso por la confesión de Sorge, se hubiera negado a intercambiarlo.19Sin embargo, lo más probable es que, mientras Sorge se congelaba en una celda, tecleando en su fiel máquina de escribir el relato de sus triunfos en el mundo del espionaje, Moscú sencillamente optara por desdeñar su caso. De hecho, el mismo expediente del NKVD sobre Sorge lo daba por error como fusilado en 1942. Y en el caso del Cuarto Departamento fue como si sus jefes se olvidaran de su existencia.
Centro ni siquiera se molestó en informar puntualmente a Katia del arresto de su esposo. Hasta el otoño de 1941 ella continuaría escribiéndole cartas y enviándolas a la sede del Cuarto Departamento.
No fue hasta el 15 de diciembre de 1942 cuando tanto Ozaki como Sorge fueron condenados por violar la Ley para la Preservación de la Seguridad Pública. Por tratarse de delitos castigados con la pena capital, el caso se remitió de inmediato Tribunal Supremo para que dictara sentencia. La TASS, la agencia de noticias oficial de la Unión Soviética, anunció que «ningún miembro del Gobierno soviético o la embajada soviética tiene relación directa con el caso».De manera extraoficial, un funcionario de la embajada soviética describió el juicio como «un complot diseñado por la quinta columna de Hitler en la guardia de élite y la policía especial. Moscú no sabe nada al respecto».
No está claro si Moscú se enteró alguna vez de que durante el juicio se reveló la relación de Sorge con Katia. La esposa rusa de Sorge no se mencionó en ninguna de las informaciones aparecidas en la prensa. En cualquier caso, es probable que la lógica despiadada de la policía secreta sencillamente exigiera que se depuraran los cabos sueltos del caso. El expediente de Katia señala que desde octubre de 1941 se la puso bajo vigilancia. En noviembre de 1942, fue despedida de la fábrica en la que trabajaba y luego detenida. En junio de ese año, su historial laboral recoge «críticas con una advertencia formal de irresponsabilidad e impuntualidad». Como causa oficial de su despido se menciona el Artículo 47 (D) del Código del Trabajo, a saber, «actividad delictiva», pero no de qué naturaleza.
Katia Maximova fue condenada a cinco años de exilio interno en Bolshaya Murta, un pueblo a unos ciento veinte kilómetros de Krasnoyarsk, en el centro de Siberia. En la primavera de 1943, escribió dos cartas a su hermana en Moscú quejándose de que pasaba mucho frío, estaba hambrienta y se sentía muy débil. Ese verano, cayó gravemente enferma y fue ingresada en el hospital local. Allí la cuidó Liubov Ivanovna Kozhymakina, quien en 2011 recordaba que la paciente tenía «ojos grandes y grises …
La cuestión de qué influencia tuvo exactamente la información proporcionada por Sorge en la toma de decisiones de Stalin es objeto de un gran debate en la historiografía rusa. Sin embargo, dada la amplia circulación que tuvieron sus informes no cabe duda de que el Cuarto Departamento, los principales miembros del politburó y la jefatura del Ejército Rojo habían comenzado por fin a confiar en la información que enviaba. Hacia finales de septiembre, las tropas del distrito militar del Lejano Oriente empezaron a ser trasladadas en cantidades ingentes al oeste para enfrentarse a los alemanes en las planicies de la Rusia europea. En diciembre, quince divisiones de infantería, tres divisiones de caballería, mil quinientos tanques y unos mil setecientos aviones fueron reubicados. En total, Stalin desplazaría más de la mitad de las tropas disponibles en Siberia para la defensa de Moscú. Aunque esos movimientos dejaban el Extremo Oriente soviético en una situación de extrema vulnerabilidad en caso de que en 1942 se produjera el ataque japonés, todos estaban convencidos de que la mejor manera de proteger el este de Rusia era vencer a los alemanes en el oeste, algo de lo que Sorge ya había advertido en diversas ocasiones.
Ciertas versiones soviéticas de la historia de Sorge, en gran parte ficcionadas, hacen que el ministro de Asuntos Exteriores japonés, Mamoru Shigemitsu, se presente de forma inesperada en la embajada de la URSS en Tokio durante una recepción en la víspera del Día de la Revolución, el 6 de noviembre de 1944, para ofrecer al embajador Yákov Málik una última oportunidad de salvar a su agente. Sin embargo, Mijaíl Ivanov, entonces agregado militar en la capital japonesa, desmiente esa historia. Ivanov confirma que, en efecto, esa noche Shigemitsu habló con Málik, pero lo que le interesaba al japonés era el mantenimiento de una buena relación entre Japón y la URSS en un momento en que el vendaval de la guerra soplaba con claridad contra Alemania. El caso de Sorge no se mencionó en la conversación.

Ni los alemanes ni los rusos tenían ningún interés en dar a Sorge un entierro apropiado, por lo que se le sepultó en el cementerio de Zoshigaya, cerca de la prisión de Sugamo; una tabla de madera indicaba el lugar en el que descasaban sus restos. En julio de 1945, los bombardeos aliados destruyeron la prisión. La casa de Sorge también se quemó, junto con todos sus libros, que su abogado defensor había donado a la oficina del fiscal. Hanako no se enteró de la ejecución de Sorge hasta octubre de 1945, dos meses después de la capitulación de Japón, cuando las autoridades de ocupación aliadas publicaron los detalles del caso en la prensa local. La historia completa causó sensación, sobre todo porque muchos japoneses de izquierdas empezaron a considerar a Ozaki como un héroe y un patriota, alguien que había hecho frente al militarismo mientras otros guardaban un vergonzoso silencio. Su historia inspiró varias películas y obras de teatro, incluido el drama Un japonés llamado Otto (1962), de Junji Kinoshita. Lo libros publicados en japonés sobre la red de espionaje de Sorge superan el centenar, y una próspera Sociedad Sorge, con sede en Tokio, celebra conferencias anuales muy concurridas.

A los soviéticos les tomó mucho más tiempo exhumar la memoria de Sorge de entre los millones de víctimas de Stalin. En 1956, se rehabilitó oficialmente a Katia Maximova, así como a los colegas de su esposo en la Komintern y el Cuarto Departamento que habían perecido en las purgas. No obstante, hubo que esperar a 1964 para que el caso llamara la atención del sucesor de Stalin, Nikita Jrushchov, tras la presentación en el Festival de Cine de Moscú de una película franco-alemana sobre la vida del espía. Qui êtes-vous, Monsieur Sorge? (1961), del director francés Yves Ciampi en 1961, se basaba en gran medida en el relato, en extremo fantasioso, de Meissner, que incluso se representó a sí mismo en el filme. Sin embargo, cuando Jrushchov vio la película (Zhúkov y Gólikov también asistieron a la proyección, como tuvimos ocasión de mencionar), decidió que quería tener una respuesta propia a la pregunta planteada por el título de Ciampi. Se creó una comisión oficial para reunir documentos y recabar los testimonios de los oficiales de la inteligencia soviética que habían trabajado con Sorge; los resultados de su investigación (incluidos extractos sorprendentemente amplios de la secretísima correspondencia el Cuarto Departamento y Tokio) se publicaron en un libro.
Las autoridades de la URSS decidieron que Sorge debía añadirse al panteón oficial de los santos soviéticos. Hacía poco que se había levantado el Muro de Berlín y el pueblo de Alemania Oriental necesitaba un héroe prosoviético y antifascista, un buen alemán que fuera también un patriota ruso. Sorge se convirtió en un Héroe de la Unión Soviética a título póstumo, y una voluminosa lápida adornada con una imagen de la medalla se añadió al monumento original, mucho más decoroso, de Hanako en su tumba en Tokio.
Se bautizó con su nombre una calle en Moscú, en la que se instaló una escultura que lo representa como una figura imponente que emerge, envuelta en una gabardina, de una cortina de sombras. También se bautizó con su nombre un buque, y se imprimió un sello de correos de diez kopeks con su rostro arrugado. El padre del autor, que entonces era profesor visitante en la Universidad de Moscú, compró uno de esos sellos por petición de William Deakin, el director del St Antony’s College de la Universidad de Oxford. Deakin estaba trabajando en la primera obra académica escrita en Occidente sobre el caso y en 1966 el sello terminaría sirviendo para ilustrar la cubierta de la primera edición de The Case of Richard Sorge. Ese mismo año, se publicó en la Unión Soviética la primera novela basada en la carrera de Sorge; nacía así en Rusia una curiosa tradición literaria que en 2017 incluía al menos media docena de biografías ficcionadas del famoso espía.
Sorge disfrutó de otro estallido de fama con aprobación oficial hacia finales de la década de 1970.
Por último, en 1982 se inauguró un monumento en su honor en Bakú, su ciudad natal, una extraña escultura en la que una enorme pared de bronce, perforada por un par de ojos gigantes, pretende representar la mirada del espionaje soviético, a la que nada escapa.
La Unión Soviética había canonizado oficialmente a Sorge como uno de sus héroes. Sin embargo, todas esas estatuas y libros nunca podrán borrar por completo la desconfianza y la indiferencia de la URSS hacia el más grande de sus espías y mucho menos el hecho de que, al final, lo había traicionado. Ningún otro agente soviético sirvió a Moscú tan bien o durante tanto tiempo. La red de espionaje que Sorge construyó ocupa un lugar único en la historia del espionaje moderno por la forma en que consiguió acceder a los círculos internos del poder tanto de Alemania como de Japón. No obstante, en el momento de mayor peligro para su país adoptivo, la atmósfera de paranoia que Stalin había creado hizo que se pasara por alto la información más valiosa y urgente que enviara a Moscú. Como individuo, Sorge tenía defectos, pero como espía era impecable: valiente, brillante e implacable. Su tragedia fue tener por jefes a unos cobardes corruptos que antepusieron sus propias carreras a los intereses vitales del país al servicio del cual él entregó su vida.

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Spies are flawed human beings. Some are antisocial, others are narcissistic, many are manipulative, still many more are greedy, and a few are downright psychopathic. But given the requirements of the trade, perhaps those characteristics are more often assets than liabilities.
In the case of Richard Sorge, perhaps the greatest spy you’ve never heard of, intelligence combined with confidence, loyalty, and daring were the flip side of an apparent womanizing, hard-drinking, louche wastrel. He was no wastrel (though he was an alcoholic and conducted multiple, often simultaneous affairs). Indeed, Sorge is widely regarded as one of the most successful spies of all time, but, as detailed in this book, he was also perhaps the most underutilized spy of his time. The irony is that had his Soviet masters taken him more seriously and deployed him more effectively, there’s little doubt that many more would have heard of him.
Sorge’s long career, posing as a German journalist in China and then Japan before and during the Second World War, makes fascinating reading, though at times I found keeping track of all the various people and organizations to be challenging. Still, it paid off to pay attention, for I learned quite a bit about Japan during the war that filled in some large gaps in my knowledge.
What was most impressive about Sorge, according to the author, is that he managed to assemble both an almost faultless cover and a highly effective spy ring. He wormed his way into the confidence of the German embassy in Japan, and at the same time cultivated Japanese assets who gave him inside information from the highest levels of Japan’s military and government. He could then further burnish his reputation both among the Germans (by passing on information about Japan) and the Japanese (by passing on information about the Germans), all the while passing on information about both countries to his Soviet masters.
Unfortunately, he was distrusted by the Soviets, for a variety of reasons, not the least being that he was half German. He also had connections to many who were exiled or killed during Stalin’s purges. Sorge himself no doubt would have suffered their fate had he not ignored a command to return from Japan to Russia. Staying put saved his life.
The chapters dealing with the Great Purge were some of the most interesting to me, although I had read quite a bit about this period previously.
There are insights into power struggles within the Japanese military which I found at times surprising. I had always assumed (mistakenly) that the Japanese had adopted a uniformly aggressive stance toward the U.S. for quite some time before bombing Pearl Harbor. While it is true that plans to cripple the U.S. Pacific fleet were being laid early on in 1941, the decision to attack was, as has been frequently noted, prompted by the U.S. oil embargo and freezing of Japanese assets. The situation before the attack was more nuanced than I had realized, however.
But getting back to Sorge. The book tracks his career in great detail, with a large cast of informers, lovers, hapless diplomats, scheming politicians, and many more. Sorge maintained his façade of the drunken, womanizing, playboy to near perfection. At one point, German intelligence sent a certain Colonel Joseph Meisinger to Tokyo to investigate Sorge, whom they had begun to suspect. Sorge went on a charm offensive, taking Meisinger out to his favorite drinking haunts and blowing smoke up his… well, you know what. Meisinger reported back to Berlin that Sorge was harmless. Little did he know!
Aside from the tragedy that Stalin steadfastly refused to believe Sorge’s most critical intelligence, the final tragedy is that Sorge had decided to return to the USSR just a week before his arrest by the Japanese in October 1941. Nearly his entire spy ring was netted, and first one, then another, began to talk.
“Sorge realized it would be useless to pretend that he had not been collecting sensitive intelligence. But he also understood that his best chance of survival was to pretend to be working for the Reich – or more precisely, to admit to the work he had been doing for German military intelligence, the Abwehr, while concealing his ties to Moscow.”
Then suddenly, on day six, Sorge broke. After requesting a short rest, he wrote a long, detailed confession. He was tried and sentenced to death eight months later. He had hopes that the Soviet government would intervene on his behalf, but despite his undeniable value, saving Sorge “did not rank high on their list of priorities.” He was hanged on November 7, 1944.
The ultimate irony was that later the Soviets made him a posthumous Hero of the Soviet Union. It seems he was still useful to them. The Berlin Wall had recently been built, and the Soviet leadership felt that it would be a good example for the East German people to have a pro-Soviet “good German” to model themselves on.

Richard Sorge was a man with two homelands. Born in Baku in 1895, the son of a German father and a Russian mother, he moved in a world of unstable alliances and infinite possibilities. Sorge belonged to that outraged and disappointed generation that found radical new ideas after his experience on the battlefields of the First World War; he became a fan of communism and the best spy for the Soviet Union.

Richard Sorge was a bad man who became a great spy; in fact, he is one of the best spies that ever lived. The spy ring he built in prewar Tokyo placed him only one degree apart from the highest levels of power in Germany, Japan, and the Soviet Union. Eugen Ott, the German ambassador to Japan, who was at the same time his best friend, his employer and an unwitting informant, spoke regularly with Hitler. Sorge’s top Japanese agent, Hotsumi Ozaki, was a member of the cabinet’s advisory council and spoke often with the prime minister, Prince Konoe. And in Moscow, Sorge’s immediate bosses were regular visitors to Stalin’s office in the Kremlin. Sorge survived as head of the Soviet military intelligence spy ring in Tokyo for almost nine years without being detected, despite the country being in a hysterical mania for spies and the police never stopped searching for the source. of the encrypted radio transmissions that the network made regularly.
In Sorge’s world, even natural enemies like Hitler and Stalin, or Stalin and the Japanese militarists, could forge alliances (and break them). Unlike most spies of the 20th century, Sorge’s espionage was not just a matter of betrayed agents and derailed secret operations, but had a frighteningly direct relationship with the fate of nations and the course of the war in its wake. set.
Unlike many other tales from the grim world of espionage, one of the most striking peculiarities of Sorge’s story is that it is remarkably well documented.
Like many other spies, Sorge was a tireless ladyboy. The talents of the spy and the serial seducer are deeply intertwined. American intelligence estimated that during the time he resided in Tokyo he had affairs with at least thirty women. However, these lovers were also, to a greater or lesser extent, pawns that he mobilized in his spy games. Sorge wowed (and terrified) them with crazed night motorcycle rides. Before a few he revealed a megalomaniac face: drunk, he danced around the house brandishing a samurai sword while shouting that he was going to kill Hitler and become a god. Even in his most intimate moments, he played the role of someone greater and more important than himself. Now, although he often complained about his loneliness, he did not allow himself to share with any of these women the burden of the secrets that he carried with him. In one way or another, the testimonies of Sorge’s mistresses provide us with valuable insight into the man he wanted to be.
He had many friends, but he could hardly trust any of them. Although he spent most of his nights out, partying in bars, parties and restaurants, he lied and used almost every member of his wide circle of acquaintances. In fact, the magical ease with which he made people feel comfortable and relaxed was his greatest skill. Sorge’s charm also managed to keep him alive. When the brutal Gestapo Colonel Josef Meisinger, known as the «Butcher of Warsaw», arrived in Tokyo to investigate him, Sorge took him to the brothels of Ginza and soon turned his most deadly enemy into a partying partner.

Richard Sorge was born in 1895 in Baku, the richest, most corrupt and violent city in the Russian empire. For centuries, oil and gas had been gushing out of the ground naturally in the marshy lands by the Caspian Sea, where people watched them burst into flames with a mixture of fear and reverence.
As for many members of his class and generation, the experience of the war was tremendously shocking for Sorge, but also formative. The brilliant young dissident found that his reason was beginning to rebel against the futility and folly of the conflict. «I meditated on what I knew about history and realized … how absurd were those wars that were repeated over and over again. My political curiosity led me to wonder what reasons were behind this new war of aggression. Who wanted to capture this target at the cost of the sacrifice of so many lives?
Sorge was not very happy in that Germany and «did not know what to do.» Offended and disgusted by the corruption of civilian life, he decided to return to the only adult world in which he had ever felt comfortable: the camaraderie of the trenches. He volunteered to return to his unit even before his convalescence had officially ended. By then, the offensives launched by the Germans in the summer of 1915 at Gorlice-Tarnów in Galicia and the Masurian lakes in East Prussia had pushed the Russian army hundreds of kilometers beyond the pre-war border. . However, when Sorge returned to his regiment, he discovered that most of his old friends had paid for that advance with their lives. The survivors were fed up with the war.

In public, Sorge’s fall had all the signs of a disgrace. On October 31, the IKKI, led by Piátnitsky, officially voted unanimously to exclude Comrade Sorge from the Comintern, the organization to which he had dedicated half of his adult life.
What actually happened was something different. Eleven days before Sorge’s expulsion, a secret IKKI meeting confirmed that he had successfully passed the ‘purge’ (proshel chistku) process and could be considered ‘approved’ (proveren). Sorge had «conversations in personal terms with Piátnitsky and Kuusinen about the project» of his future career. The first of these, moreover, had spoken about Sorge with his friend General Yan Kárlovich Berzin, the head of the hermetic Fourth Directorate of the Red Army General Staff. To the world, Sorge had suffered an ignominious fall, but the truth is that he had been recruited by Berzin, the man who would launch him into a new, brilliant and ultimately fatal career in which he would dedicate himself fully to penetrating the secrets of enemies. of the USSR in the Far East.
At Sorge, Berzin found a promising recruit. To begin with, he was not your typical four-eyed Comintern bookworm. He was a war veteran, a tough, strong man who had worked in the mines shoveling coal and had fist-hitting with reactionary thugs in Aachen. Sorge would later describe Berzin as «a friend, a like-minded comrade in arms.» N. V. Zvonareva, the secretary of General Berzin, would later recall that the relationship between the two «was good and warm: they understood each other.» In fact, they even resembled each other physically: they were both tall, strong, and stern-faced men.
From a practical standpoint, Sorge had proven academic and journalistic credentials that could provide him with a perfect front for missions abroad. Furthermore, he was not Russian, which spared him the most obvious blemish associated with Soviet espionage. There is no doubt that he had proved too independent for the Comintern’s taste, but what Berzin was looking for was precisely men capable of working for him. The Red Army needed good agents and it needed them as soon as possible.
Sorge, a trained spy with a solid cover, managed to stay under the radar of the British police in Canton. Instead, Smedley, a journalist famous for her socialist commitment, had a harder time keeping a low profile. In July, she discovered that the Chinese police in Shanghai had warned the Cantonese authorities that they should monitor her activities, as she was suspected of being involved in spreading Communist propaganda. As a result of that notice, all of her correspondence was controlled by a censor. «This is a warning for future letters,» she wrote to Florence Sanger on July 19, 1930. «George and Mary [her nickname Smedley used to refer to the British police] are again on the lookout for my mail. Don’t ever talk about lovers, revolutions, etc. » Given her situation, she went to the United States Consulate General in Canton to renew her passport and seek the protection of the consul, Douglas Jenkins. The journalist protested the surveillance she was being subjected to by the Chinese police and warned (the alarmed diplomat reported to Washington) that she feared «that they would shoot her in the back.»

Ozaki was «the first and most important of my collaborators,» Sorge would tell his Japanese captors. Since his arrival in Shanghai in 1928, Ozaki had not only forged unrivaled contacts among the Japanese business and diplomatic community residing in the city, but also with the Kuomintang authorities and, secretly, with the Chinese Communist Party. One of his main sources of information in Shanghai, both in terms of contacts and gossip, was the East Asian School of Common Culture, an institution created by Prince Konoe, a liberal-minded statesman, for the purpose of promoting understanding. between Japan and China. The school was a landmark for left-minded Chinese youth (many graduates would go on to hold high positions in the government of nationalist China), and Ozaki frequently gave lectures on Asian politics there. The journalist also spoke often with communist sympathizers in Smedley’s circle, who used to provide him with information about the plight in the CCP-controlled areas of the interior of the country. He was also in frequent contact with pro-Japanese elements in the Nanking Government.
In the late autumn of 1932, Sorge felt that Rimm was ready to run the Shanghai station on her own. Clausen and his radio set were by then installed in Japanese-occupied Harbin, where he was posing as a merchant. And Smedley and Kawai worked well with Rimm. The only thing Sorge had no chance of passing on to his successor was the personal friendship he had forged with the German liaison officers. In December 1932, Sorge surrendered the rezidentura and boarded a ship bound for Vladivostok.
By Christmas 1933, Richard Sorge’s infiltration of the agglutinated German community in the Japanese capital was almost complete. In early December, the Tägliche Rundschau had published its first essay on the political situation in Japan, a work which, according to Sorge, «was very well received in Germany.» More importantly, it allowed him to earn the respect of embassy staff. Secretary of Commerce Josef Knoll was, in Sorge’s opinion, «number one when it comes to knowledge of politics.»

Sometime towards the end of spring, Katia informed Sorge that he had lost the baby (probably late in the pregnancy, although the delay of several months in the microfilmed correspondence makes it difficult to pinpoint). «Everything has turned out very differently from what he expected,» he wrote in a bleak letter that focuses more on her own despair than on her feelings. ‘I am tormented by the idea that I am getting old. An intense desire to go home soon has taken hold of me, but for the moment, that is only a dream … it is hard to be here, very hard. »
«What should I do? It’s hard to say, ‘he wrote to Katia in the summer of 1936, in a letter that he probably delivered himself to a post office in Shanghai. “The heat here is unbearable. It is as if you are sitting in a greenhouse, covered in sweat. I live in a small house, built in the local style, with sliding doors on the inside and woven mats on the floor. The house is quite new and very cozy. An old woman takes care of all my needs; if I’m at home, she prepares my food »…
Sorge had good reason to be satisfied with his work. «I hope you soon have the opportunity to be happy for me and even to feel proud and convince yourself that ‘this servant’ is quite a useful guy,» he wrote to Katia. However, if he thought that the extraordinary work he carried out in Tokyo was gratefully received in Moscow, he was very wrong. At the end of November, he asked Aino to come see him as soon as possible. Agent «Ingrid» found Sorge at her house, he was alone and, after drinking almost a whole bottle of whiskey, completely drunk. «They order us all to return to Moscow, including me,» he told her. Immediately via Vladivostok.
In early 1937, Katia moved from the basement of Nizhni Kislovski Street to a large room on the fourth floor of an apartment block on the Sofia dike, next to the British embassy and directly opposite the Kremlin. The view from the window, she happily wrote him, «is so great that you could not see it in a year. He had taken Sorge’s entire shelf of German books with her, she assured him. «I often try to imagine it, but I can’t,» he wrote about the flat that was destined to be her future matrimonial home.
Katia concentrated part of the affection that she could not lavish on her absent husband on a new work colleague, Marfa Ivanovna Lezhnina-Sokolova, who had come to Moscow from a town near Viatka (Kirov) and had been assigned to her brigade at the factory. The young woman herself was so unaccustomed to life in the big city that she even thanked the machine that told the time on the subway. Katia took her newcomer under her wing and began giving her reading and writing lessons. Soon Marfa moved into her friend’s apartment.

There was another reason why Hitler was not too inclined to trust Japan as an effective bulwark against Russia. Japanese troops were once again fighting the Soviets in an arid section of the Soviet-Mongol border, and it cannot be said that things were going very well for them. The ‘Nomonhan Incident’, known in Russia as the Battle of Jaljin Gol, was a limited and somewhat bizarre conflict that would have profound consequences for the final outcome of the Second World War.
It began on May 11, 1939, when a cavalry detachment from the pro-Soviet Mongolian People’s Republic entered an area claimed by Japan and a cavalry unit of the Kwantung Army forced the thirty to ninety horsemen that formed the detachment. Two days later, the Mongols returned, but they did so in greater numbers and with the support of Soviet troops, sent to the region under the mutual assistance pact that Moscow and Ulaanbaatar had reached in 1936, an agreement that stipulated that the Soviets they would help their neighbor to defend itself from any aggression, which in effect extended the defensive border of the USSR to the southern and eastern limits of Mongolia. The joint Soviet-Mongol force defeated the reconnaissance regiment of the 23rd Infantry Division of the Kwantung Army that had been sent to repel it, which suffered one hundred and two casualties.
Beginning in 1927, a stream of disinformation to Tokyo (and leaks to Soviet intelligence) followed Komatsubara wherever it was destined. The military man, for example, headed the Japanese special mission in Harbin from 1932 to 1934; and the central archive of the Russian army in Podolsk houses detailed information on Japan, China and Manchukuo over a period that exactly coincides with the time that Komatsubara was stationed there (information that, however, is scarce before his arrival and after your departure). In 1933, confidential telegrams from Japan were received in Moscow revealing that the Japanese intended to wrest control of the Chinese Eastern Railway from the Soviet Union. And among the secret material provided by an unidentified agent is the chilling presentation that in August 1932 the head of the Russian Department of the Japanese General Staff, recently arrived from Tokyo, made in Harbin on the importance of biological warfare as a potential weapon against the USSR; a report that at the time was considered so alarming that both Marshal Tukhachevsky and Stalin read it personally.
More important still was the effect the conflict had on Tokyo. The humiliation of the Kwantung Army reinforced those who defended the doctrine of «expansion to the south», the faction, led by the army, in favor of Japan attacking its Asian neighbors and leaving the Soviet Union alone. The reluctance of the Japanese to risk further defeat at the hands of the Red Army would be a decisive factor in the outcome of the Second World War.

The evidence of the magnitude of Sorge’s espionage was so overwhelming that the verdict was never in doubt. A curious detail of the process is that one of the pieces of evidence that the Japanese considered particularly conclusive was the contents of a box of personal documents that Sorge had entrusted to his friend Paul Wenneker. After the arrest, Wenneker turned the box over to the Japanese authorities (it is not clear whether he did so on his own initiative or on the orders of Ambassador Ott). It contained old love letters from both Sorge’s German ex-wife, Christiane, and his current wife, Katia. That proved that Sorge was not only a spy but also that he was secretly married to a Soviet citizen.
Early in the process, the Japanese authorities also made the decision to finally make Sorge’s arrest public.

Throughout his career in the world of espionage, Sorge had made many impulsive mistakes, all of them related to other foreigners like him: seducing the wife of his most important source, crashing on the motorcycle while carrying a pocket full of compromising documents. , praise Stalin during a binge in a compound full of Nazis. However, attacking a Japanese police officer was a mistake on a very different level. Realizing that in a matter of minutes he could end up handcuffed …
Sorge’s final gift to the lover who had been with him the longest (and also, some might add, the one who had suffered the longest) was to resolve his problems with the police. About a week after the second questioning, Sorge invited her to a high-pompadour restaurant in Nihonbashi. Hanako donned a silk kimono for the occasion. To her surprise, she was not the only guest. Mr. Tsunajima, one of the interpreters from the German embassy, appeared, elegantly dressed, and then Officer Aoyama and his chief introduced themselves.
The last alcoholic rant that Hanako would hear from her lover, the most honest of all the ones she had ever heard from him. The next day, Sorge indicated that it was time for him to take her belongings to his mother’s house. And he insisted on giving her two thousand dollars, which this time Hanako did not refuse.

In Moscow, the NKVD was completely unaware of Sorge’s importance as a spy, and had apparently even forgotten that he was the same Ramsay / Inson military intelligence agent that his own rezidenture in Tokyo had reported in October. For the rest, it is clear that the main interest of the NKVD in the Sorge case was to protect his agents Záitsev and Butkevich and to prevent their exposure.
Boris Gudz, Sorge’s old manager in the Fourth Department, who was then working as a bus driver in Moscow, ventured years later the possibility that Stalin, furious at Sorge’s confession, had refused to exchange him.19 However, he did. More likely, while Sorge froze in a cell, typing the account of his successes in the world of espionage on his trusty typewriter, Moscow simply chose to dismiss his case. In fact, the same NKVD file on Sorge mistakenly gave him as shot in 1942. And in the case of the Fourth Department it was as if his heads forgot his existence.
Centro did not even bother to promptly inform Katia of the arrest of her husband. Until the fall of 1941 she would continue to write him letters and send them to the headquarters of the Fourth Department.
It was not until December 15, 1942, that both Ozaki and Sorge were convicted of violating the Law for the Preservation of Public Safety. Because they are crimes punishable by capital punishment, the case was immediately referred to the Supreme Court for sentencing. The TASS, the official news agency of the Soviet Union, announced that «no member of the Soviet government or the Soviet embassy has a direct connection to the case.» Unofficially, a Soviet embassy official described the trial as «a plot designed by Hitler’s fifth column in the elite guard and special police. Moscow knows nothing about it».
It is unclear whether Moscow ever learned that Sorge’s relationship with Katia was revealed during the trial. Sorge’s Russian wife was not mentioned in any of the press reports. In any case, it is likely that the ruthless logic of the secret police simply demanded that the loose ends of the case be cleaned up. Katia’s file indicates that since October 1941 she was placed under surveillance. In November 1942, she was fired from the factory where she worked and later detained. In June of that year, her employment record includes «criticism with a formal warning of irresponsibility and tardiness.» As the official cause for her dismissal, Article 47 (D) of the Labor Code is mentioned, that is, «criminal activity», but not of what nature.
Katia Maximova was sentenced to five years of internal exile in Bolshaya Murta, a town about 120 kilometers from Krasnoyarsk, in central Siberia. In the spring of 1943, she wrote two letters to her sister in Moscow complaining that she was very cold, she was hungry, and she felt very weak. That summer, she fell seriously ill and was admitted to the local hospital. There she was cared for by Liubov Ivanovna Kozhymakina, who in 2011 recalled that the patient had «big gray eyes …
The question of exactly what influence the information provided by Sorge had on Stalin’s decision-making is the subject of much debate in Russian historiography. However, given the wide circulation of his reports, there is no doubt that the Fourth Department, the main members of the Politburo and the Red Army leadership had finally begun to trust the information he sent. Towards the end of September, troops from the Far Eastern military district began to be moved in large numbers west to engage the Germans on the plains of European Russia. In December, fifteen infantry divisions, three cavalry divisions, 1,500 tanks, and some 1,700 aircraft were relocated. Altogether, Stalin would displace more than half of the troops available in Siberia for the defense of Moscow. Although these movements left the Soviet Far East extremely vulnerable in the event of the Japanese attack in 1942, everyone was convinced that the best way to protect eastern Russia was to defeat the Germans in the west. of what Sorge had already warned on several occasions.
Certain largely fictionalized Soviet versions of Sorge’s story cause Japanese Foreign Minister Mamoru Shigemitsu to show up unexpectedly at the USSR embassy in Tokyo during a reception on the eve of Revolution Day. , on November 6, 1944, to offer Ambassador Yakov Malik one last chance to save his agent. However, Mikhail Ivanov, then a military attaché in the Japanese capital, denies that story. Ivanov confirms that Shigemitsu did indeed speak to Málik that night, but the Japanese was interested in maintaining a good relationship between Japan and the USSR at a time when the gale of war was clearly blowing against Germany. Sorge’s case was not mentioned in the conversation.

Neither the Germans nor the Russians had any interest in giving Sorge a proper burial, so he was buried in the Zoshigaya cemetery, near Sugamo prison; a wooden board indicated the place where his remains were resting. In July 1945, Allied bombardments destroyed the prison. Sorge’s house also burned down, along with all of his books, which his defense attorney had donated to the prosecutor’s office. Hanako did not learn of Sorge’s execution until October 1945, two months after Japan’s capitulation, when the Allied occupation authorities published details of the case in the local press. The whole story caused a sensation, especially as many left-wing Japanese began to regard Ozaki as a hero and a patriot, someone who had stood up to militarism while others were shamefully silent. His story inspired several films and plays, including Junji Kinoshita’s drama A Japanese Named Otto (1962). There are more than 100 books published in Japanese on Sorge’s spy ring, and a thriving Tokyo-based Sorge Society holds well-attended annual conferences.

It took the Soviets much longer to exhume Sorge’s memory from among Stalin’s millions of victims. In 1956, Katia Maximova was officially rehabilitated, as were her husband’s colleagues in the Comintern and the Fourth Department who had perished in the purges. However, it was not until 1964 that the case was brought to the attention of Stalin’s successor, Nikita Khrushchev, after the presentation at the Moscow Film Festival of a Franco-German film about the life of the spy. Qui êtes-vous, Monsieur Sorge? (1961), by French director Yves Ciampi in 1961, was largely based on the extremely fanciful tale of Meissner, who even portrayed himself in the film. However, when Khrushchev saw the film (Zhukov and Gólikov also attended the screening, as we had occasion to mention), he decided that he wanted to have his own answer to the question posed by Ciampi’s title. An official commission was created to gather documents and collect the testimonies of Soviet intelligence officers who had worked with Sorge; the results of his research (including surprisingly comprehensive excerpts from top-secret correspondence the Fourth Department and Tokyo) were published in a book.
The USSR authorities decided that Sorge should be added to the official pantheon of Soviet saints. The Berlin Wall had recently been erected and the people of East Germany needed a pro-Soviet and anti-fascist hero, a good German who was also a Russian patriot. Sorge became a Hero of the Soviet Union posthumously, and a voluminous headstone adorned with an image of the medal was added to the much more dignified original monument of Hanako at her grave in Tokyo.
A street in Moscow was named after him, in which a sculpture was installed that represents him as an imposing figure that emerges, wrapped in a raincoat, from a curtain of shadows. A ship was also named after him, and a ten kopeck postage stamp was printed with his wrinkled face. The author’s father, who was then a visiting professor at Moscow University, bought one of the stamps at the request of William Deakin, the headmaster of St Antony’s College, Oxford University. Deakin was working on the first academic work written in the West on the case and in 1966 the stamp would end up serving to illustrate the cover of the first edition of The Case of Richard Sorge. That same year, the first novel based on Sorge’s career was published in the Soviet Union; Thus was born in Russia a curious literary tradition that in 2017 included at least half a dozen fictionalized biographies of the famous spy.
Sorge enjoyed another burst of fame with official approval in the late 1970s.
Finally, in 1982 a monument was inaugurated in his honor in Baku, his hometown, a strange sculpture in which a huge bronze wall, pierced by a pair of giant eyes, pretends to represent the gaze of Soviet espionage, to which nothing escapes.
The Soviet Union had officially canonized Sorge as one of its heroes. Yet all those statues and books will never be able to completely erase the USSR’s mistrust and indifference towards his greatest of his spies, much less the fact that, in the end, he had betrayed him. No other Soviet agent served Moscow as well or for as long. The spy ring that Sorge built occupies a unique place in modern espionage history for the way in which he gained access to the inner circles of power in both Germany and Japan. However, at the time of greatest danger to his adoptive country, the atmosphere of paranoia that Stalin had created caused the most valuable and urgent information he sent to Moscow to be overlooked. As an individual, Sorge had flaws, but as a spy he was flawless: brave, brilliant, and ruthless. His tragedy was having corrupt cowards as bosses who put their own careers before the vital interests of the country in the service of which he gave his life.

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