Rosario Dinamitera. Una Mujer En El Frente — Carlos Fonseca / Rosario Dinamitera. A Woman In The Battle by Carlos Fonseca (spanish book edition)

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Los setenta años transcurridos desde el inicio de la guerra civil no la han borrado de la memoria de quienes la sufrieron. El testimonio de los vencidos ha sido silenciado durante todo este tiempo, sepultado bajo el oprobio de los vencedores y el relato de las hazañas de sus generales. Ahora reclaman justicia, no venganza. La justicia de los tribunales, para borrar de los archivos oficiales tanta mentira acumulada que justificó condenas a muerte o largos años de prisión, y la de la memoria, que obliga a la imprescindible recuperación de lo vivido. Necesitan contar y que se les escuche; compartir con los demás la pesada carga que durante décadas han soportado en silencio. Ellos no iniciaron la guerra, se limitaron a defender la legalidad republicana que habían ganado en las urnas.

Una vida realmente increíble, una historia excepcional… Pero para ser honesta, me gustaría leer esta vida en una novela más bien escrita. De verdad el libro parece más a un documento histórico que a una novela – el estilo es demasiado rígido, los carácteres son tan lejanos y sus mundos interiores no se abren enfrente del lector.

Rosario Sánchez Mora.
Fue la única mujer que se alistó, sin que sus compañeras se atrevieran a apoyar o reprobar lo que acababa de hacer. Concluida la asamblea, todos los voluntarios quedaron convocados a las ocho de la mañana del día siguiente en el local que la JSU tenía en la vecina plaza de las Comendadoras.

Rosario había llegado hasta Buitrago para luchar, aunque desconocía el enorme contingente humano que se cernía sobre ella y sus compañeros. El Gobierno de Giral había decretado sin éxito el licenciamiento de cuantos cumplían el servicio militar en unidades facciosas, en un intento de que abandonaran las filas rebeldes y se reintegraran a sus casas. Las guarniciones de Valladolid, Segovia, Salamanca, Zamora, Logroño, Burgos y Palencia estaban con el enemigo y parte de sus efectivos se dirigían hacia la capital.
Rosario, aún débil, fue ingresada en el hospital de San José y Santa Adela, en la calle de Eloy Gonzalo, que también abandonó fechas después porque los heridos iban a ser evacuados a Levante. De nuevo en la calle, marchó a casa de irnos primos que vivían por Tetuán de las Victorias, una zona considerada segura, mientras intentaba contactar con el Campesino para reintegrase en su batallón, aunque fuera con una sola mano.
Rosario fue destinada al Comité de Agitación y Propaganda del Comisariado de la División, encargada del reparto del diario Mundo Obrero, de la organización de la biblioteca y de los actos culturales para los soldados. El comisario político de la unidad era en ese momento el cubano Pablo de la Torriente, que había sustituido a Valeriano Marquina, trasladado a otra unidad. Tenía treinta y cuatro años de edad y era natural de San Juan de Puerto Rico, aunque se había criado en La Habana, donde su familia se instaló cuando tenía sólo cinco años. Su padre era natural de la localidad santanderina de Hermosa, y él había viajado a España por primera vez siendo un niño, en 1903, para asistir en Santander al entierro de su abuelo paterno, el ingeniero Francisco de la Torriente Hernández.

Ella se encargaba de llevar personalmente la prensa, los telegramas y las órdenes dirigidas al Estado Mayor de cada brigada. Al acercarse el mediodía, Valentín y Fita preguntaban invariablemente: «¿Hoy dónde comemos, Chacha?». Lo hacían donde les pillaba. En la 101.ª Brigada, en la 209.ª o en la 10.ª Firmaba un vale por tres raciones para el coche del frente y tomaban el rancho del día, invariablemente patatas guisadas o arroz cocido, arreglado con distintos condimentos para cambiarle el sabor. Los hombres tomaban vino, y ella pedía un bote de leche condensada que luego regalaba a Valentín para que lo hiciera llegar a su familia. Después continuaban su tarea hasta que caía la tarde, y a las ocho regresaban de nuevo a Madrid.
Unos días después de la toma de Brunete, Rosario quiso recorrer las calles del pueblo cuya conquista había costado la sangre de muchos compañeros.
Cuando lo hizo no vio más que casas destrozadas y el suelo agujereado por las bombas de la artillería y de la aviación. Tenía el aspecto de un pueblo fantasma, si podía siquiera considerarse como tal. Sólo las placas de cerámica azul y letras blancas con el nombre de la localidad, que permanecían en la pared aún erguida de uno de los inmuebles, daban testimonio de que aquello fue un lugar habitado.

Rosario no sabía qué hacer. Desconocía la suerte de su marido, del que no tenía noticias desde hacía meses. Podía estar muerto, prisionero de los fascistas o, en el mejor de los casos, podía haber logrado pasar a Francia. Su padre estaba en Valencia y suponía que intentaría salir de España. Continuar en la capital era un riesgo demasiado grande: ella había combatido en el frente, era militante comunista y había trabajado para la Pasionaria. Decidió huir dejando a su hija Elena con su madre. Era una persona mayor y no tendría problemas para regresar al pueblo y reanudar allí su vida hasta que su marido y sus hijos pudiesen reencontrarse con ella. Mientras, podía criar a su nieta hasta que ella se reuniera con Francisco, a quien soñaba con localizar al otro lado de la frontera. Tenía que huir a Valencia, buscar a su padre y escapar con él.

Los detenidos de Villarejo eran enviados a la cárcel de Aranjuez, pero la masificación de dicha prisión hizo que llevaran a Rosario a la de Getafe, en la que convivían hombres y mujeres. Hacía escasamente un mes que gobernaban el centro penitenciario Eugenio Vargas y su esposa, María Irigaray. Ni un funcionario más. Tampoco había celdas. Los hombres estaban encerrados en el piso superior, y cerca de trescientas mujeres se repartían en tres estancias de la planta baja.
Nada más ingresar, Rosario comprendió que estaba en el infierno. Los pozos negros que recogían las aguas fecales estaban anegados; no había agua, que llevaba un camión del Ejército, y el rancho era facilitado por un Batallón de Trabajadores: unas cuarenta raciones para trescientas mujeres.
Hasta que los militares facilitaron algunos calderos, y otros que se encontraron abandonados, no comenzó a funcionar algo parecido a una cocina. El menú se limitaba a arroz y patatas guisadas con agua y pimentón.
Las internas no conocían las andanzas de don Eugenio, pero sí algunas de sus debilidades. Tenía una interna de confianza, Aguedita, que estaba presa por haber participado en la quema de imágenes de santos en la plaza de su pueblo. Contaban que ella sacó la de san Antonio de la iglesia y se puso a bailar con él antes de arrojarlo a las llamas.
Las duras condiciones de vida no eran nada comparadas con las madrugadas en las que sacaban a los hombres a fusilar. El tintineo de una campanilla se colaba por las ventanas enrejadas para anunciar el paso del carro de la basura, que se utilizaba para trasladar a los condenados a muerte hasta el paredón. Se escuchaban las pisadas de las mulas, «toc, toc», y las ruedas de madera al rodar por la tierra. Los hombres, de pie, se sujetaban unos a otros, y a ambos lados del carromato caminaban guardias civiles y falangistas armados. Las descargas de los fusiles y los tiros de gracia resonaban en el silencio. La prisión permanencia en calma hasta que los primeros rayos de sol ponían la vida en marcha.
La existencia de Rosario discurría anodina mientras la causa que le había sido incoada seguía su marcha, ajena por completo a ella. Dos vecinos más de Villarejo, además del Chato Cuesta y Segundo Espejo, avalaban la denuncia de Serafín.

Rosario firmaba en presencia del director el testimonio de liquidación de su condena, que, descontado el tiempo que llevaba en prisión, no extinguiría hasta el 29 de junio de 1969. Era el primer trámite para preparar su traslado a la cárcel de Ventas, en Madrid, el mayor almacén de mujeres que pudiera imaginarse. Cuatro mil reclusas en un edificio pensado para cuatrocientas cincuenta. Si Getafe le parecía el infierno, estaba aún por vivir un encierro mucho más duro.
La cárcel de Ventas se alzaba en los límites de Madrid. Era un edificio de nueva planta inaugurado en 1933 como centro pionero para la reinserción de mujeres. El Gobierno republicano lo utilizó como prisión de hombres, y acabada la guerra recuperó su uso original. Tenía capacidad para cuatrocientas cincuenta reclusas, cifra que en aquel otoño de 1939 se multiplicaba por diez. En sus celdas individuales se apiñaban hasta una docena de mujeres, y la falta de espacio obligaba a muchas a dormir en pasillos, escaleras y lavabos. Se comía una vez al día, y las condiciones de salubridad eran inexistentes, lo que facilitaba la propagación de todo tipo de parásitos: piojos, pulgas, chinches…, que provocaban sarna, tiña y otras enfermedades. No había día que no falleciera alguna interna o alguno de los centenares de niños de corta edad que vivían con sus madres.
Rosario hizo el recorrido entre Getafe y Ventas custodiada por dos guardias civiles que permanecieron en silencio, sin dirigirse la palabra entre ellos. En el trayecto se cruzaron con un camión en el que ondeaba una bandera roja y negra de la Falange, los mismos colores de la CNT.
La prisión de Durango era un convento de monjas francesas en el que hasta no hacía mucho tiempo tomaban sus votos las novicias. Prisión o convento, se trataba de un enorme edificio de tres plantas, con ese aire grave de las edificaciones desprovistas de todo ornato, levantadas como ejemplo de austeridad y recogimiento. Cada día llegaban expediciones de toda España, y el recinto se vio pronto abarrotado con más de dos mil mujeres. Había presas políticas, pero también prostitutas y ladronas que compartían espacio a regañadientes.
Rosario permanecía en la tercera planta, donde estaba instalado el departamento de madres. Una orden ministerial de marzo limitaba a los tres años la edad máxima hasta la que los niños podían convivir con sus madres en prisión. El resto debían ser entregados a otros familiares y, en caso de que estos no pudieran hacerse cargo de ellos, ingresados en un hospicio.
El 28 de marzo de 1942, sábado y víspera de domingo de Ramos, las verjas de Saturrarán se cerraron a su espalda. No quiso mirar atrás. Lloró atravesada por un cúmulo de sensaciones encontradas: alegría por la libertad recuperada, tristeza por las compañeras que dejaba atrás. Ella no lo sabía, pero apenas unas horas antes, a las cinco y media de la madrugada, había muerto en la cárcel reformatorio de Alicante su querido Miguel Hernández, víctima de una larga enfermedad agravada por su penoso tránsito por numerosas prisiones.

El Gobierno de Franco había anulado los matrimonios civiles de la República y ella era una mujer soltera a efectos legales. Su situación se veía agravada, además, por el matrimonio canónico de su marido con otra mujer.
Pensó por un instante que no podía reprocharle nada, que habían pasado años sin verse, sin saber nada uno del otro; pero al momento alejaba esas ideas de su cabeza y se decía que ella nunca dejó de pensar en él ni perdió la esperanza de encontrarlo. Ahora lo había conseguido, y sin embargo se sentía más vacía que nunca.
Pasaron meses hasta que recibió una carta con franqueo de Barcelona, pero no era Francisco quien le escribía, sino su esposa. Era una carta fría, descortés, en la que Socorro contaba lo felices que eran, lo mucho que Paco quería a sus dos hijos, Humberto y María Jesús, y, además, esperaban a un tercero que estaba en camino. Rosario tomó la misiva como lo que era, una invitación a no inmiscuirse en sus vidas, y le respondió pidiendo que no volviera a escribirle. No quería saber nada de ellos.
El tiempo le ayudó a cerrar la herida del desamor y le hizo fijarse en Domingo, el cuñado de Rufina, un hombre trece años mayor…
De nuevo se encontró perdida y sola, y de nuevo fue Rufina quien acudió a su ayuda, proponiéndole que vendiera tabaco americano en la calle. Un vecino de su inmueble traía cigarrillos de contrabando y si se lo pedía podía venderle a ella. Se ofreció a dejarle el dinero, que ya le devolvería cuando su situación fuera más deshogada. Además, podía dejar con ellos a Elena y a Rosarito mientras trabajaba. «Los niños son siempre una alegría», le dijo.
Comenzó a vender en la plaza de la Cibeles, esquina con Alcalá, tabaco nacional Bisonte e Ideales, que compraba en un estanco en el número 9 de la avenida de la Albufera, y americano Phillip Morris y Palmer. Los primeros se los compraban por cajetillas o sueltos, y para los segundos tenía clientes fijos que le hacían pedidos por cartones, que ella misma les servía en sus domicilios o les llevaba a hoteles como el Palace. Diez pesetas era la ganancia por cartón, que a ella le daban para vivir tras muchas horas en la calle, hiciera frío o calor.
Rosario vendió tabaco durante seis años en la plaza de Cibeles, hasta que los dueños del estanco en el que compraba los cartones le alquilaron otro establecimiento que tenían en la calle Peñaprieta número 20. La muchacha que hasta entonces se ocupaba del negocio se casó con el dueño de una taberna y se marchó con su marido. Rosario se hizo cargo de él durante veintidós años, hasta que se jubiló. No regresó a Villarejo de Salvanés hasta pasados más de treinta años desde el final de la guerra, para visitar la tumba de su madre. La anterior vez que lo hizo fue como miliciana, con dos días de permiso, para ver a sus padres y recoger algo de ropa antes de regresar al frente de Somosierra.
El estanco le permitió salir adelante en los duros años de la posguerra y sacar adelante a sus dos hijas. La mayor, Elena, se casó con un joven norteamericano y se marchó a vivir a Estados Unidos. Allí trabajó en una fábrica de pantalones vaqueros que llegó a dirigir. Desde entonces vive con su marido en Texas, aunque periódicamente viaja a Madrid. Rosario, la pequeña, inició la carrera de Derecho, que dejó al casarse. Vive en la capital y se encarga de atender a su madre cuando lo necesita.
Cuando escribo estas líneas, Rosario tiene 86 años y una memoria prodigiosa que le permite recordar con detalle acontecimientos ocurridos hace setenta años. Vive sola en la casa que compró en las proximidades de la plaza del Conde de Casal, rodeada de cuadros que ella misma pinta y de recuerdos que se afana en conservar escribiéndolos en grandes cuadernos de anillas. Desde la fragilidad de su edad, sigue siendo una mujer de carácter, obstinada y rebelde, convencida de que aquello por lo que luchó merecía la pena.

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The seventy years that have passed since the beginning of the civil war have not erased it from the memory of those who suffered it. The testimony of the defeated has been silenced during all this time, buried under the reproach of the victors and the account of the exploits of their generals. Now they demand justice, not revenge. The justice of the courts, to erase from the official files so much accumulated lies that justified death sentences or long years in prison, and that of memory, which requires the essential recovery of what has been experienced. They need to count and be heard; share with others the heavy burden they have borne in silence for decades. They did not start the war, they limited themselves to defending the republican legality that they had won at the polls.

Rosario Sánchez Mora.
She was the only woman who enlisted, without her companions daring to support or disapprove of what she had just done. After the assembly, all the volunteers were summoned at eight in the morning the next day at the premises that the JSU had in the neighboring Plaza de las Comendadoras.

Rosario had come to Buitrago to fight, although she was unaware of the huge human contingent that loomed over her and hers, her companions. Giral’s government had unsuccessfully decreed the discharge of those who were performing military service in factional units, in an attempt to get them to leave the rebel ranks and rejoin their homes. The garrisons of Valladolid, Segovia, Salamanca, Zamora, Logroño, Burgos and Palencia were with the enemy and part of their troops were heading towards the capital.
Rosario, still weak, was admitted to the San José and Santa Adela Hospital, on Eloy Gonzalo Street, which she also left afterwards because the wounded were to be evacuated to Levante. Back on the street, she marched home from cousins who lived in Tetuán de las Victorias, an area considered safe, while she tried to contact the Peasant to reintegrate into his battalion, even if she went with only one hand.
Rosario was assigned to the Agitation and Propaganda Committee of the Division Commissariat, in charge of the distribution of the newspaper Mundo Obrero, the organization of the library and the cultural events for the soldiers. The political commissioner of the unit was at that time the Cuban Pablo de la Torriente, who had replaced Valeriano Marquina, transferred to another unit. She was thirty-four years old and a native of San Juan, Puerto Rico, although she had grown up in Havana, where her family settled when she was only five years old. Her father was a native of the Santander town of Hermosa, and he had traveled to Spain for the first time as a child, in 1903, to attend the funeral in Santander of his paternal grandfather, the engineer Francisco de la Torriente Hernández.

She was in charge of personally taking the press, the telegrams and the orders addressed to the General Staff of each brigade. As midday approached, Valentín and Fita invariably asked: «Where do we eat today, Chacha?» They did it where it caught them. In the 101st Brigade, in the 209th or in the 10th I would sign a voucher for three servings for the car in front and they would eat the day’s ranch, invariably stewed potatoes or cooked rice, dressed with different condiments to change the taste. The men drank wine, and she asked for a bottle of condensed milk that she then gave to Valentine so that he could send it to her family. Afterwards they continued their task until evening fell, and at eight o’clock they returned to Madrid again.
A few days after the capture of Brunete, Rosario wanted to walk the streets of the town whose conquest had cost the blood of many of her companions.
When she did, she saw nothing but destroyed houses and the ground pierced by artillery and aviation bombs. It had the look of a ghost town, if it could even be considered as such. Only the blue ceramic plates and white letters with the name of the town, which remained on the still upright wall of one of the buildings, testified that this was an inhabited place.

She Rosario did not know what to do. She was unaware of the fate of her husband, from whom she had not heard from for months. He could be dead, a prisoner of the fascists or, at best, he could have made it to France. Her father was in Valencia and he assumed that he would try to leave Spain. Continuing in the capital was too great a risk: she had fought at the front, was a communist militant and had worked for La Pasionaria. She decided to flee leaving her daughter Elena with her mother. She was an elderly person and would have no problem returning to the village and resuming her life there until her husband and her children could meet her again. Meanwhile, she could raise her granddaughter until she reunited with Francisco, whom she dreamed of locating across the border. She had to flee to Valencia, find her father and escape with him.

The Villarejo detainees were sent to the Aranjuez prison, but the overcrowding of said prison led them to take Rosario to the Getafe prison, where men and women lived together. For barely a month, the Eugenio Vargas penitentiary and his wife, María Irigaray, had ruled. Not one more official. There were no cells either. The men were locked up on the upper floor, and about three hundred women were divided into three rooms on the ground floor.
As soon as she entered, Rosario understood that she was in hell. The cesspools that collected the sewage were flooded; there was no water, it was carrying an Army truck, and the ranch was provided by a Battalion of Workers: about forty rations for three hundred women.
It was not until the military provided some cauldrons, and others that were found abandoned, that something similar to a kitchen began to function. The menu was limited to rice and potatoes stewed with water and paprika.
The inmates did not know about Don Eugenio’s adventures, but they did know about some of his weaknesses. He had a trusted inmate, Aguedita, who was imprisoned for having participated in the burning of images of saints in her town square. They said that she took that of Saint Anthony out of the church and began to dance with him before throwing him into the flames.
The harsh living conditions were nothing compared to the early mornings when men were taken out to be shot. The tinkling of a bell filtered through the barred windows to announce the passing of the garbage cart, which was used to transport the condemned to death to the wall. You could hear the footsteps of the mules, «knock, knock,» and the wooden wheels rolling on the ground. The men, standing, held each other, and on both sides of the wagon walked civil guards and armed Falangists. Rifle volleys and coups de grace echoed in the silence. The prison remained calm until the first rays of the sun set life in motion.
Rosario’s existence ran bland while the cause that had been brought to her continued her march, completely alien to her. Two more residents of Villarejo, in addition to Chato Cuesta and Segundo Espejo, endorsed Serafín’s complaint.

Rosario signed in the presence of the director the testimony of liquidation of his sentence, which, after deducting the time he had been in prison, would not expire until June 29, 1969. It was the first procedure to prepare his transfer to the Ventas prison in Madrid , the largest women’s store imaginable. Four thousand inmates in a building designed for four hundred and fifty. If Getafe seemed like hell to her, she was yet to experience a much harsher confinement.
The Sales prison stood on the outskirts of Madrid. It was a new building inaugurated in 1933 as a pioneering center for the reintegration of women. The republican government used it as a men’s prison, and after the war it recovered its original use. It had capacity for four hundred and fifty inmates, a figure that in that autumn of 1939 was multiplied by ten. Their individual cells were crammed with up to a dozen women, and lack of space forced many to sleep in hallways, stairways and toilets. It was eaten once a day, and sanitary conditions were non-existent, which facilitated the spread of all kinds of parasites: lice, fleas, bed bugs …, which caused scabies, ringworm and other diseases. There was not a day that an inmate or one of the hundreds of young children who lived with their mothers did not die.
Rosario made the journey between Getafe and Ventas guarded by two civil guards who remained silent, without speaking to each other. On the way they came across a truck waving a red and black flag of the Falange, the same colors of the CNT.
The Durango prison was a convent of French nuns in which, until recently, novices took their vows. Prison or convent, it was a huge three-story building, with that grave air of buildings devoid of all ornament, built as an example of austerity and seclusion. Expeditions arrived every day from all over Spain, and the compound was soon crowded with more than two thousand women. There were political prisoners, but also prostitutes and thieves who reluctantly shared space.
Rosario remained on the third floor, where the mothers’ department was installed. A March ministerial order limited the maximum age until which children could live with their mothers in prison to three years. The rest had to be handed over to other relatives and, if they could not take care of them, admitted to a hospice.
On March 28, 1942, Saturday and the eve of Palm Sunday, the gates of Saturrarán were closed behind her. She didn’t want to look back. She cried through an accumulation of conflicting sensations: joy for the freedom recovered, sadness for the companions she left behind. She did not know it, but just a few hours earlier, at 5.30 in the morning, her beloved Miguel Hernández had died in the Alicante reformatory prison, victim of a long illness aggravated by his painful passage through numerous prisons.

The Franco Government had annulled the civil marriages of the Republic and she was a single woman for legal purposes. Her situation was further aggravated by the canonical marriage of her husband to another woman.
She thought for an instant that she couldn’t reproach him for anything, that they had spent years without seeing each other, without knowing anything about each other; but she instantly put those ideas out of her head and told herself that she never stopped thinking about him nor did she lose hope of finding him. She now she had succeeded, and yet she felt emptier than ever.
Months passed until she received a letter postage from Barcelona, but it was not Francisco who wrote to her, but her wife. It was a cold, impolite letter, in which Socorro recounted how happy they were, how much Paco loved her two children, Humberto and María Jesús, and, furthermore, they were waiting for a third who was on the way. Rosario took the letter for what it was, an invitation not to interfere in her life, and responded by asking her not to write to her again. She wanted nothing to do with them.
Her time helped him close the wound of her lack of love and she made him notice Domingo, Rufina’s brother-in-law, a man thirteen years older than her …
She again found herself lost and alone, and again it was Rufina who came to her aid, proposing that she sell American tobacco on the street. A neighbor of her building brought smuggled cigarettes and if he asked, he could sell to her. She offered to leave him her money, which she would return to him when her situation was more unburdened. Also, she could leave Elena and Rosarito with them while she worked. «Children are always a joy,» she told him.
She began to sell in the Plaza de la Cibeles, on the corner of Alcalá, national tobacco Bisonte e Ideales, which she bought in a tobacconist at 9 Avenida de la Albufera, and American Phillip Morris and Palmer. The former were bought by packs or loose, and for the latter she had regular customers who made requests for cartons, which she herself served at her homes or took them to hotels like the Palace. Ten pesetas was the profit per cardboard, which they gave her to live on after many hours on the street, whether it was hot or cold.
Rosario sold tobacco for six years in the Plaza de Cibeles, until the owners of the tobacconist where she bought the cartons rented another establishment that they had at number 20 Peñaprieta Street. The girl who until then was in charge of the business married him. owner of a tavern and left with her husband. She Rosario took care of him for twenty-two years, until she retired. She did not return to Villarejo de Salvanés until more than thirty years after the end of the war, to visit the grave of her mother. The previous time she did it, she went as a militiawoman, with two days’ leave, to see her parents and pick up some clothes before returning to the front of Somosierra.
The tobacconist allowed him to get ahead in the harsh postwar years and raise her two daughters. The eldest, Elena, married a young American and went to live in the United States. There she worked in a jeans factory that she managed to run. Since then she lives with her husband in Texas, although she periodically travels to Madrid. Rosario, the little girl, started a career in Law, which she left when she got married. She lives in the capital and takes care of her mother when she needs it.
As I write these lines, Rosario is 86 years old and has a prodigious memory that allows her to recall events that occurred seventy years ago in detail. She lives alone in the house that she bought near the Plaza del Conde de Casal, surrounded by paintings that she herself paints and memories that she strives to preserve by writing them in large ring-bound notebooks. From the fragility of her age, she remains a woman of character, stubborn and rebellious, convinced that what she fought for was worth it.

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