La Furia De La Lectura: Por qué Seguir Leyendo En El Siglo XXI — Joaquín Rodríguez / Reading Fury: Why Keep Reading In The 21st Century by Joaquín Rodríguez (spanish book edition)

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Es un lugar común esgrimir que la lectura es capaz de hacernos mejores, intelectual y moralmente, y todos los planes de fomento y animación se basan, con absoluta ingenuidad, en promover los valores de la bondad, el goce y la erudición. ¿De verdad nos hace mejores personas leer? ¿Es realmente mejor una sociedad de lectores? ¿La lectura nos hace más sensibles, receptivos, compasivos e inteligentes? ¿Son las sociedades con los más altos índices de lectura aquellas donde se promueven, al mismo tiempo, los más altos valores de la dignidad humana?
El problema fundamental suele derivar de que las historias de la lectura las escriben quienes leen, no quienes no lo hacen o ni siquiera lo consideran. Si un lector empedernido escribe una historia de la lectura tenderá a ensalzar sus valores…
Necesitamos reflexionar sobre la relación que los lectores mantenemos con el objeto de nuestra devoción para vislumbrar de qué manera y por qué razones convendría extender nuestro fervor; que necesitamos comprender las razones de quienes no leen tomándolas en serio, porque ninguno de los que no leen se tienen a sí mismos por inferiores o imperfectos ni disponen de menos cualidades, aun cuando, sometidos a la presión de una situación de encuesta, siempre tenderán a expresar su buena voluntad cultural reconociendo el canon imperante en cada momento; que necesitamos adentrarnos en los entresijos históricos y antropológicos de la lectura, para entender la intrincada relación que los seres humanos han mantenido con ella…

Conjunto de ensayos que plantean preguntas para una actualización de los fundamentos de la promoción de la lectura y, por tanto, de su utilidad social, moral o política. La apelación a ejemplos históricos, desde la política cultural nacionalsocialista hasta los programas de alfabetización de Freire en la República Dominicana le sirven para alejar sus planteamientos de lugares comunes y exaltaciones de cánones y tópicos y a formular más preguntas qué respuestas.
Todo lector debería leer con la intención de poder conocer mejor los vericuetos de la lectura a lo largo de los años. Este libro te bombardea constantemente con una incalculable cantidad de datos que se traducen en enriquecedores sobretodo si de un lector hablamos, el libro nos lleva a cuestionar el por qué de la lectura, su importancia como herramienta de superación, cuestionar si leer nos hace mejor persona o si el origen de tu familia influye en lo lector que puedas ser, es por ello que esta obra sería fundamental si tu avidez lectora es imperativa.

Buchenwald, el «bosque de las hayas», el mismo lugar en el que Johann Wolfgang von Goethe caminaba junto a Eckermann durante sus largos paseos por el Ettersberg, el mismo lugar en el que Goethe revelaba a su interlocutor una certeza cuestionable: «Veo más y más que la poesía es un bien común de la humanidad y que aparece en todas partes y en todas las edades en cientos y cientos de personas»,4 como si la lectura y la apreciación de la belleza intrínseca de la composición literaria fueran universalmente evidentes.
El campo de concentración de Buchenwald, una de las posibles encarnaciones del infierno humano en la tierra; la Hausgarten de Goethe en la calle Frauenplan de Weimar, apenas a 11 kilómetros del averno, símbolo de todos los refinamientos humanistas de la época. La oposición tangible y casi inescrutable entre la posibilidad real del mal absoluto y la esperanza siempre agazapada de la fraternidad, tema que en el fondo se convertiría en el hilo conductor de las obras de aquel joven a lo largo del resto de su vida. La escritura como reflexión y rememoración, como ejercicio de examen y averiguación, como remota posibilidad de comprensión.
La biblioteca del campo, ubicada originalmente en el Bloque 1 y trasladada, junto a la encuadernadora, en 1938, al Bloque 5, fue constituida originalmente en el otoño de 1937 con una dotación de 3000 volúmenes gracias a las órdenes del comandante del campo, Karl Otto Koch, un contable de formación que participó en la Infantería alemana en la Primera Guerra Mundial, que fue apresado por los británicos hasta octubre de 1919 y que, en el transcurso de su vida laboral en la banca alemana, sería juzgado y encarcelado por falsificación documental. Karl Otto Koch ingresaría en la NSDAP en marzo de 1931 y, en septiembre de ese mismo año, llegaría a formar parte de la SS. Durante los dos años siguientes Koch recibió el encargo de formar un cuerpo de policía auxiliar que acabó subordinado a la SS Totenköpfeverbände, una de las instituciones ejecutivas más importantes dentro del régimen nazi en la supresión y aniquilación de opositores.
Fue en esta nueva reglamentación, en su sección 16, donde se mencionaba por primera vez las bibliotecas de los campos de concentración y se institucionalizaban como una dependencia más. «La biblioteca del campo», decía el artículo, «puede ser utilizada por todos los prisioneros. Puede prohibirse su uso, mediante orden, a algunos presos individuales. Los volúmenes deben ser manejados cuidadosamente y devueltos en el plazo de una semana.» Lo cierto, sin embargo, es que no existió durante el periodo nazi una política centralizada de despliegue de bibliotecas en los campos. Lo que sucedió, más bien, es que la convicción de muchos de los comandantes de los campos de concentración en el poder rehabilitador de la lectura, en su capacidad para precipitar la necesaria reeducación ideológica, les llevó a aceptar su apertura. Este convencimiento en su poder sanatorio fue compartido por los propios presos, que fueron en muchos casos quienes abastecieron por distintos medios y mecanismos los fondos de las bibliotecas.
El histriónico, enteco y despiadado Goebbels acumuló todo el poder que en ese momento podía acopiarse en el ámbito de las letras, los libros, las editoriales y las bibliotecas. Después de una larga contienda con el otro ideólogo del régimen, Rosenberg, fue el propio Führer quien, en 1936, dirimió a favor del primero el reparto de dependencias y responsabilidades. En un intrincado organigrama de relaciones y departamentos, Goebbels, Ministro de Propaganda y de formación del pueblo, asumía el control efectivo sobre la Cámara de los Escritores del Reich, la Cámara de Comercio del Libro Alemán, la Escuela de Formación del Reich de Comercio del Libro y la Biblioteca Alemana en Leipzig, etcétera.
Si hemos de hacer caso a su amigo de juventud August Kubizek, Hitler vivió su juventud volcado en los libros y la lectura, absolutamente persuadido de su valor formativo, devotamente acomodado al sosiego e introversión que exigen su consulta.

Los libros eran su mundo entero. En Linz, para poder procurarse los libros que quería, se inscribió en tres bibliotecas. En Viena utilizaba la Biblioteca Hof de una manera tan industriosa que una vez tuve que preguntarle, seriamente, si su intención era leerse toda la biblioteca, lo que, por supuesto, me valió algunas observaciones groseras.

¿Quién puede asegurar que la lectura, algo tan aparentemente insustancial en relación con el enfrentamiento entre Eros y Tánatos, pueda ayudarnos a enfrentarnos al Mal, en mayúscula?, ¿cabe atribuir a la lectura propiedades curativas y atenuantes para detener los impulsos de agresión y autodestrucción que pueblan las páginas de nuestra historia?, ¿no es una práctica casi insignificante en relación con las magnitudes que se enfrentan?…

Los dioses no necesitaban de la escritura pero los humanos, para gobernarse, precisaban que la extrema volubilidad y variabilidad de la expresión oral se acomodara a un estándar reconocido y en ese movimiento de normalización lo importante acabaría siendo el enunciado y no la enunciación, el texto fijado por escrito y no su exposición, la consolidación y la acumulación de los saberes en libros que se leerían quedamente y no la transmisión de las convenciones fundamentales a través de la relación oral.
A Aristóteles le interesa el arte de la imitación y representación mediante la palabra escrita y tiene por autosuficiente una tragedia escrita sin necesidad de que sea enunciada o representada.
En Libros y libreros en la Antigüedad, el refinado y seductor Alfonso Reyes nos cuenta que «tras la ruina de Grecia, Roma cayó bajo la mágica influencia de la cultura helénica. Los libros griegos se derramaron en Roma a montones, primeramente en calidad de botín. También se trasladaron a Roma algunos traficantes griegos de libros. Eran a la vez editores y vendedores al detalle. Pronto el negocio librero comienza a organizarse en forma». Es cierto que Roma, tiempo después, recogería aquella herencia y se convertiría en la cabal civilización del libro alcanzando el paroxismo de la normalización escrita en todos los órdenes de la vida. Quizá convenga, sin embargo, diferenciar claramente entre el comercio creciente de libros y su acumulación, y el gusto y la práctica de la lectura —tal como hoy la entendemos—, porque si bien el afán por la adquisición de obras escritas que engrosaran las bibliotecas personales de los más pudientes se convirtió en una práctica tan corriente como ostentosa, lo cierto es que no parece existir rastro alguno de algo a lo que pudiéramos llamar literatura y, menos aún, lectura personal y reflexiva. Más todavía: la lectura seguramente no fuera nunca percibida en Roma como una práctica digna porque en una situación en la que uno de los dos interlocutores está forzosamente ausente, no existe reciprocidad, no cabe que exista el verdadero intercambio entre iguales que constituye la base de una realidad compartida. La acumulación escrita del conocimiento, la normalización sistemática de patrones y sentencias y el libro como medio de preservación de la memoria fueron, sin duda, formas acatadas e incluso reverenciadas pero, por mucho que Ovidio se jactara en su exilio de ser el autor más leído del mundo y de que sus libros anduvieran en manos de todos los vecinos de Roma y aún en manos de los jóvenes, los viejos y las damas de Viena, lo cierto es que la práctica de la lectura íntima y silenciosa no pudo ser una experiencia mayoritaria.
El teatro romano es, por eso y sobre todo, una oda al poder de la enunciación y una celebración del remake construido a partir de los fragmentos, situaciones y personajes proporcionados por los antecedentes griegos. Enfrentados a la ambigüedad radical del texto, a su terco silencio, una población de no lectores no podía reclamar ni desear otra cosa que no fuera la reanimación oral de las inscripciones silenciosas y el reavivamiento de los principales temas de la tradición griega mediante su recontextualización en el tiempo y el espacio romanos. Gran parte de la producción lírica y dramática romana provino de la adaptación y transferencia de textos griegos al latín, de la acomodación de escenas y protagonistas griegos a la lengua del imperio romano. Uno de los casos más conocidos es el de Virgilio.
No han existido nunca los textos puros, y si algunos han existido algunas veces, se han reinterpretado, adaptado, modificado y transformado hasta que han dicho algo a quienes debían escucharlos.

El lenguaje nos hace ser lo que somos y la lectura contribuye a que nuestra capacidad de verbalización sea superior, a que nuestra voluntad no quede secuestrada automáticamente por nuestra emoción, a que nuestras habilidades de racionalización e interiorización se incrementen, pero siendo una condición necesaria para la fundamentación de esas habilidades parece una práctica muy precaria, insuficiente, para resistirse a las transformaciones de los hábitos y prácticas vinculados a la revolución digital. ¿Cómo conseguir que en la escuela se trabaje con las textualidades derivadas del libro que obligan a formas de reflexión más distanciadas y críticas, al tiempo que se fomentan formas de apropiación creativas mediante el uso de los medios digitales? ¿Cómo conseguir que los profesores presten atención a la suma importancia de la atención, que empleen todas sus energías iniciales en capturar y canalizar la atención de sus alumnos para que aprendan a seleccionar, discriminar e interpretar correctamente los estímulos que reciben? ¿Cómo evitar el choque que se produce entre profesores hijos de la tipografía que desdeñan la aportación de los medios contemporáneos y nativos digitales que ignoran la existencia de las páginas escritas? ¿Cómo garantizar la coexistencia constructiva de ambas formas sin ganadores ni perdedores? ¿Podremos llegar a entender que vale la pena preservar la arquitectura textual derivada de los libros no como un mero residuo arqueológico sino como uno de los fundamentos de una forma específica de racionalidad?…
Quienes se dedican al desarrollo de sistemas de inteligencia artificial han descubierto que para que esos sistemas puedan seguir evolucionando deben descartar el procesamiento masivo de información que proporciona el poder de computación en beneficio de la focalización, el reconocimiento, la selección y la discriminación de los elementos más señalados y significativos desarrollando dos entidades que trabajan en paralelo: una que aprende a prestar atención y otra que aprende a nombrar aquello que ha sido filtrado y discriminado por la primera entidad, algo que los seres humanos llevan haciendo desde que lo son, algo que llevan haciendo, especialmente, desde que leen.

La potencia de la lectura dramatizada en voz alta que representa a diferentes personajes, roles y puntos de vista sirve para contrastar y desnudar valores morales, ¿por qué no la utilizamos con más frecuencia e intención en el aprendizaje de la lectura? ¿Por qué no la usamos para dotarla de un sentido mucho más amplio y profundo, contraponiendo las palabras de unos y otros en un ejercicio de iluminación y catarsis conjunta? ¿Por qué no permitimos a quienes deberían apoderarse de los textos encarnar las palabras, dejarse poseer por ellas, intentando entender las razones de quienes las pronuncian? ¿Por qué no intentamos entender que la mejor manera de leer es haciendo revivir a los personajes, teatralizando y distinguiendo sus sentimientos, acercándolos a la realidad del que lee?.
La lectura entendida como forma íntima y global de resistencia. ¿Cómo trasladar esa fortaleza indeleble y duradera de la escritura y la lectura, contra todo afán de dominio o explotación, a quienes las ignoran o las desdeñan? ¿No valdrá la pena rescatar del olvido a Ajmátova y a tantos otros poetas y escritores que lucharon y murieron por abrir espacios de resistencia que han configurado nuestro mundo actual?17 ¿No convendría insistir en la vigencia de las arquitecturas librescas como muro de contención contra la dominación y la manipulación? ¿No sería provechoso hacer valer ante los jóvenes de cualquier época, como quería Chéjov, que la literatura puede tener la capacidad de «eliminar gota a gota el esclavo que llevan dentro», que todos llevamos dentro, que la literatura es un espacio de libertad personal que puede preservar nuestra soberanía incluso en los tiempos más difíciles?.
Cuando la mayoría de la humanidad no leía no cabía ni siquiera percibir ese estado como una carencia de algo que vendría después. Hoy no deberíamos desdeñar a los no lectores: si creemos que vale la pena, con todo, extender ese hábito para que todo el mundo pueda alcanzar a distinguir las grandes obras, algo tendremos que hacer. Pero debería ser algo muy distinto a lo que hemos venido haciendo.

Leer no es algo natural. Menos aún lo es el gusto por la lectura, el deleite por los libros o la literatura. Por eso la ingenuidad de las campañas de lectura que apelan a mejoras personales intangibles no pueden tener la más mínima repercusión sobre la predisposición de personas que no han recibido herencia o refuerzo cultural alguno. Y si ya resultaba difícil persuadir a los no lectores del provecho de la lectura en un campo cultural donde predominaba la presencia de los libros como referente indiscutible, más aún lo es hoy en un campo cultural absolutamente fragmentado en el que los libros han pasado a ocupar un lugar periférico y en el que las jerarquías instituidas por aquellos mismos que estaban interesados en que existieran categorizaciones claras han desaparecido. Esta última cuestión suele pasarse por alto y resulta, sin embargo, interesante: gran parte del esfuerzo de los intelectuales se dirige a generar la creencia en el valor de aquello sobre lo que se disputa y se discute. En esto no son diferentes a los agentes de cualquier otro campo. Las porfías intelectuales sobre tendencias, autores, estilos y narrativas y la lucha consiguiente por establecer una jerarquía, siquiera parcial y temporal, de las lecturas recomendables, son en gran medida un empeño por fomentar la creencia en el valor de sus polémicas. Que todos reconozcamos, por una parte, el monopolio del que disponen para establecer la jerarquía de las lecturas aconsejables y, por otra, que aceptemos la necesidad misma del producto sobre el que discuten. Producir, por tanto, la creencia en el valor del producto y acatar la jerarquía de los bienes culturales tal como viene dada por el pronunciamiento de los expertos y de los críticos (un ejercicio regular al que se presta gustosamente, sobre todo, la prensa escrita y los medios de comunicación).

Es imprescindible comenzar a narrar desde el yo cuando se es pequeño, cuando queremos que el potencial lector se adentre en una historia haciéndola suya, se identifique con sus personajes y entienda la disparidad de sus puntos de vista pero, a medida que uno crece y cae en la cuenta de que ese conocimiento es parcial, forzosamente incompleto, conviene alzar la vista para construir el espacio histórico de las distintas voces que concurren en una situación, para intentar comprender la génesis de sus convicciones y disparidades, y para eso seguramente convenga abandonar cierto narcisismo narrativo y esconderse tras las letras.
La lectura nos regala tiempo a cambio, eso sí, de que le dediquemos tiempo.
Leer sosiega, apacigua el paso del tiempo, remansa su devenir en una balsa en la que podemos flotar reposadamente. Puede que el reloj siga midiendo implacable la sucesión de los eventos vinculados al paso del tiempo, que convierta una convención de medida en un empuje avasallador, pero si creemos los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por David Lewis en el Mindlab International de la Universidad de Sussex, el 68 por ciento de los voluntarios sometidos a la investigación declararon que la lectura reducía considerablemente sus niveles de estrés, que su práctica era cien por cien más efectiva que cualquier bebida tranquilizante, que era un 300 por ciento más relajante que un paseo y un 700 por ciento más que jugar a un videojuego. Practicar la lectura durante, solamente, seis minutos, sería suficiente para reducir los niveles de estrés en un 60 por ciento al aminorarse el nivel de latidos del corazón, al favorecer la relajación muscular y al alterar, definitivamente, el estado mental del lector.

Es curioso comprobar cómo los adolescentes que practican con asiduidad la fanfiction profesan un respeto imperecedero por la obra que manipulan. Conocen todos sus detalles, han disfrutado con cada una de sus páginas o escenas, y precisamente por eso están en condiciones de imaginar de manera fundamentada qué prolongaciones podrían añadirse que no deterioren el original, sino que añadan capas adicionales de interpretación y significado. Adaptaciones que, actualizando el marco temporal original, acerquen argumentos y personalidades a nuestro propio tiempo descubriendo la inagotable fuente de significación que fundamenta la trama original. Quizá eso mismo sea un texto o drama clásico: el que ofrece inagotables maneras de ser interpretado y actualizado.
El fracaso y el abandono escolares, la alfabetización deficiente…, en el límite muchas veces del analfabetismo funcional, deberían interpretarse, en realidad, como un acto de resistencia: el de no compartir ni querer participar de un lenguaje impuesto que establece una jerarquía de legitimidades a priori, desdeñando cualquier otra expresión como indigna o impropia. No se trata, como algunos osados opinadores hacen, de pensar que es una cuestión de falta de esfuerzo y concentración, porque el problema es que, para invertir esfuerzo y sopesar que valga la pena dedicarle atención exclusiva a algo, cualquiera —sobre todos los jóvenes de la generación que ha crecido rodeada de redes digitales de participación— valoraría si van a permitirle implicarse creativamente y van a tomar en serio sus sentimientos y sus emociones, su lenguaje y su punto de vista, o va a tratarse, simplemente, de la perorata sobre el inasequible Olimpo de las obras consagradas.

Para leer, por tanto, es necesario despertar la conciencia a los distintos estilos en los que están expresados los textos, porque el estilo no es un aderezo sino la expresión de una forma de ver el mundo y de la naturaleza de las relaciones sociales. La única garantía de cordura y relativa ecuanimidad es intentar objetivar nuestro propio punto de vista entendiendo lo que le debe a la posición desde la que se enuncia (y comprendiendo, de paso, lo que cada estilo debe a la posición desde la que se generó).
Desde este punto de vista la lectura puede ser, también, un laboratorio moral, no porque quepa o sea deseable reducir la literatura a mera catequesis o simple propaganda, sino porque la literatura es la suma indivisible de una forma de expresión con marcado carácter estético en la que se revela una dimensión ética y política.
¿Puede llevarnos tan lejos la lectura, puede depararnos una forma de comprensión más afinada de la realidad y de lo que nos rodea, puede convertirse en un instrumento de autoanálisis y de averiguación de las razones de los demás? ¿Puede ser algo más que el ejercicio baldío e inacabable de la construcción de cánones literarios? ¿Puede resguardarnos contra el mal, quizá no contra el mal en mayúsculas, pero sí contra los agravios y adversidades cotidianos, como un instrumento de lucidez y racionalidad?.

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It’s a common place to claim that reading is capable of making us better, intellectually and morally, and all promotion and animation plans are based, with absolute naivety, on promoting the values of goodness, enjoyment and scholarship. Does reading really make us better people? Is a readers society really better? Does reading make us more sensitive, receptive, compassionate and intelligent? Are the societies with the highest reading rates those where the highest values of human dignity are promoted, at the same time?
The fundamental problem usually stems from the fact that reading stories are written by those who read, not by those who do not or do not even consider it. If an inveterate reader writes a history of reading he will tend to extol its values …
We need to reflect on the relationship that readers have with the object of our devotion to envision in what way and for what reasons our fervor should be extended; We need to understand the reasons of those who do not read taking them seriously, because none of those who do not read consider themselves inferior or imperfect or have fewer qualities, even though, under the pressure of a survey situation, they will always tend to express their cultural goodwill by recognizing the prevailing canon at all times; that we need to delve into the historical and anthropological ins and outs of reading, to understand the intricate relationship that human beings have maintained with it …

A set of essays that pose questions for an update of the fundamentals of promoting reading and, therefore, of its social, moral or political utility. Appealing to historical examples, from National Socialist cultural politics to Freire’s literacy programs in the Dominican Republic, serve to steer him away from platitudes and exaltation of canons and clichés and to ask more questions than answers.
Every reader should read with the intention of being able to better understand the intricacies of reading over the years. This book constantly bombards you with an incalculable amount of data that translates into enriching, especially if we talk about a reader, the book leads us to question the reason for reading, its importance as a tool for self-improvement, to question whether reading makes us a better person or if the origin of your family influences how much a reader you can be, that is why this work would be essential if your reading avidity is imperative.

Buchenwald, the ‘beech forest’, the same place where Johann Wolfgang von Goethe walked with Eckermann during his long walks on the Ettersberg, the same place where Goethe revealed to his interlocutor a questionable certainty: ‘I see more and more than poetry is a common good of humanity and appears everywhere and at all ages in hundreds and hundreds of people ”, 4 as if reading and appreciating the intrinsic beauty of literary composition were universally evident .
The Buchenwald concentration camp, one of the possible incarnations of human hell on earth; Goethe’s Hausgarten on Frauenplan Street in Weimar, barely 11 kilometers from the underworld, symbol of all the humanist refinements of the time. The tangible and almost inscrutable opposition between the real possibility of absolute evil and the ever lurking hope of brotherhood, a theme that would ultimately become the common thread in the works of that young man throughout the rest of his life. Writing as reflection and remembrance, as an examination and inquiry exercise, as a remote possibility of understanding.
The camp library, originally located in Block 1 and moved, together with the binder, in 1938, to Block 5, was originally constituted in the fall of 1937 with an endowment of 3,000 volumes thanks to the orders of the camp commander, Karl Otto Koch, an accountant by training who served in the German Infantry in World War I, who was imprisoned by the British until October 1919 and who, during his working life in the German bank, would be tried and imprisoned for counterfeiting documentary film. Karl Otto Koch would join the NSDAP in March 1931 and, in September of that same year, he would become part of the SS. For the next two years, Koch was commissioned to form an auxiliary police force that ended up subordinate to the SS Totenköpfeverbände, one of the most important executive institutions within the Nazi regime in suppressing and annihilating opponents.
It was in this new regulation, in its section 16, where concentration camp libraries were mentioned for the first time and were institutionalized as one more unit. ‘The camp library,’ the article said, ‘can be used by all prisoners. Their use may be prohibited, by order, to some individual prisoners. Volumes must be handled carefully and returned within a week. » The truth, however, is that there was no centralized policy of deploying libraries in the camps during the Nazi period. Rather, what happened is that the conviction of many of the concentration camp commanders in the rehabilitating power of reading, in its ability to precipitate the necessary ideological re-education, led them to accept its openness. This conviction in its sanatorium power was shared by the prisoners themselves, who in many cases were the ones who supplied the library funds through different means and mechanisms.
The histrionic, enticing and ruthless Goebbels accumulated all the power that at that time could be gathered in the field of letters, books, publishing houses and libraries. After a long contest with the other ideologue of the regime, Rosenberg, it was the Führer himself who, in 1936, decided in favor of the former the division of dependencies and responsibilities. In an intricate organizational chart of relations and departments, Goebbels, Minister of Propaganda and People’s Formation, assumed effective control over the Reich Chamber of Writers, the German Book Chamber of Commerce, the Reich Training School of Commerce of the Book and the German Library in Leipzig, etcetera.
If we are to pay attention to his youthful friend August Kubizek, Hitler lived his youth devoted to books and reading, absolutely persuaded of his educational value, devoutly accommodated to the calm and introversion that his consultation requires.

The books were the whole world of him. In Linz, in order to procure the books he wanted, he enrolled in three libraries. In Vienna he used the Hof Library in such an industrious way that I once had to ask him, seriously, if it was his intention to read the entire library, which, of course, earned me some rude remarks.

Who can assure that reading, something so apparently insubstantial in relation to the confrontation between Eros and Thanatos, can help us to confront Evil, in capital letters? Can reading be attributed curative and mitigating properties to stop the impulses of aggression and self-destruction that populate the pages of our history? Isn’t it an almost insignificant practice in relation to the magnitudes that are faced? …

The gods did not need writing but humans, in order to govern themselves, required that the extreme volubility and variability of oral expression be accommodated to a recognized standard and in this movement of normalization the important thing would end up being the statement and not the enunciation, the text fixed in writing and not its exposition, the consolidation and accumulation of the knowledge in books that would be read quietly and not the transmission of the fundamental conventions through the oral relationship.
Aristotle is interested in the art of imitation and representation through the written word and considers a written tragedy to be self-sufficient without the need for it to be stated or represented.
In Books and Bookshelves in Antiquity, the refined and seductive Alfonso Reyes tells us that “after the ruin of Greece, Rome fell under the magical influence of Hellenic culture. Greek books spilled into Rome in droves, primarily as booty. Some Greek book dealers also moved to Rome. They were both publishers and retailers. Soon the bookseller business begins to organize itself well ». It is true that Rome, some time later, would collect that inheritance and would become the complete civilization of the book, reaching the paroxysm of written normalization in all aspects of life. Perhaps it is convenient, however, to clearly differentiate between the growing trade in books and their accumulation, and the taste and practice of reading – as we understand it today – because although the desire for the acquisition of written works that swelled libraries The personalities of the wealthiest became a practice as common as it was ostentatious. The truth is that there does not seem to be any trace of what we could call literature and, even less, personal and reflective reading. Moreover, reading was surely never perceived in Rome as a worthy practice because in a situation in which one of the two interlocutors is necessarily absent, there is no reciprocity, there is no possibility that there is a true exchange between equals that constitutes the basis of a shared reality. The written accumulation of knowledge, the systematic normalization of patterns and sentences, and the book as a means of preserving memory were undoubtedly respected and even revered forms, but no matter how much Ovid boasted in his exile of being the most widely read author of the world and that his books were in the hands of all the residents of Rome and even in the hands of the young, the old and the ladies of Vienna, the truth is that the practice of intimate and silent reading could not be a majority experience.
The Roman theater is, for this and above all, an ode to the power of enunciation and a celebration of the remake built from the fragments, situations and characters provided by the Greek antecedents. Faced with the radical ambiguity of the text, with its stubborn silence, a population of non-readers could not demand or wish for anything other than the oral revival of the silent inscriptions and the revival of the main themes of the Greek tradition through their recontextualization in Roman time and space. Much of Roman lyrical and dramatic production came from the adaptation and transfer of Greek texts to Latin, from the accommodation of Greek scenes and characters into the language of the Roman Empire. One of the best known cases is that of Virgilio.
Pure texts have never existed, and if some have sometimes existed, they have been reinterpreted, adapted, modified and transformed until they have said something to those who should listen to them.

Language makes us what we are and reading contributes to our verbalization capacity being superior, our will not being automatically hijacked by our emotion, our rationalization and internalization abilities increase, but being a necessary condition for The foundation of these skills seems a very precarious practice, insufficient to resist the transformations of habits and practices linked to the digital revolution. How to ensure that the school works with the textualities derived from the book that force more distanced and critical forms of reflection, while at the same time fostering forms of creative appropriation through the use of digital media? How to get teachers to pay attention to the utmost importance of attention, to use all their initial energies in capturing and channeling the attention of their students so that they learn to select, discriminate and correctly interpret the stimuli they receive? How to avoid the clash that occurs between teachers who are children of typography who disdain the contribution of contemporary media and digital natives who ignore the existence of written pages? How to guarantee the constructive coexistence of both forms without winners or losers? Can we come to understand that it is worth preserving textual architecture derived from books not as a mere archaeological residue but as one of the foundations of a specific form of rationality? …
Those who are dedicated to the development of artificial intelligence systems have discovered that in order for these systems to continue to evolve, they must discard the massive information processing provided by computing power in favor of the targeting, recognition, selection and discrimination of elements. more marked and significant by developing two entities that work in parallel: one that learns to pay attention and the other that learns to name what has been filtered and discriminated against by the first entity, something that human beings have been doing since they are, something that they have been doing, especially, since they read.

The power of dramatized reading aloud that represents different characters, roles and points of view serves to contrast and reveal moral values, why not use it more frequently and with intention in learning to read? Why don’t we use it to give it a much broader and deeper meaning, contrasting the words of one and the other in an exercise of enlightenment and joint catharsis? Why don’t we allow those who should take possession of the texts to embody the words, to let themselves be possessed by them, trying to understand the reasons of those who pronounce them? Why don’t we try to understand that the best way to read is by bringing the characters back to life, dramatizing and distinguishing their feelings, bringing them closer to the reality of the person who reads?
Reading understood as an intimate and global form of resistance. How to transfer that indelible and lasting strength of writing and reading, against any desire for dominance or exploitation, to those who ignore or disdain them? Isn’t it worth rescuing Akhmatova and so many other poets and writers from oblivion who fought and died to open spaces of resistance that have shaped our world today? domination and manipulation? Wouldn’t it be helpful to assert to young people of any age, as Chekhov wanted, that literature can have the ability to «drop by drop the slave inside us,» that we all carry inside, that literature is a space of freedom staff who can preserve our sovereignty even in the most difficult of times?.
When the majority of humanity did not read, this state could not even be perceived as a lack of something that would come later. Today we should not disdain non-readers: if we believe that it is still worth spreading that habit so that everyone can distinguish the great works, we will have to do something. But it should be something very different from what we have been doing.

Reading is not natural. Even less is the taste for reading, the delight in books or literature. That is why the naivety of reading campaigns that appeal to intangible personal improvements cannot have the slightest impact on the predisposition of people who have not received any inheritance or cultural reinforcement. And if it was already difficult to persuade non-readers of the benefit of reading in a cultural field where the presence of books predominated as an indisputable reference, it is even more so today in an absolutely fragmented cultural field in which books have come to occupy a peripheral place and in which the hierarchies instituted by those who were interested in having clear categorizations have disappeared. This last question is often overlooked and is nevertheless interesting: much of the effort of intellectuals is directed at generating a belief in the value of what is disputed and discussed. In this they are no different than agents in any other field. The intellectual quarrels about trends, authors, styles, and narratives, and the consequent struggle to establish a hierarchy, even partial and temporary, of recommended readings, are largely an effort to foster a belief in the value of their polemics. That we all recognize, on the one hand, the monopoly they have to establish the hierarchy of advisable readings and, on the other, that we accept the very need of the product they are discussing. Produce, therefore, the belief in the value of the product and abide by the hierarchy of cultural assets as it is given by the pronouncement of experts and critics (a regular exercise that is gladly lent, above all, the written press And the media).

It’s essential to begin to narrate from the self when one is small, when we want the potential reader to enter a story making it his own, identify with its characters and understand the disparity of their points of view but, as one grows and falls Taking into account that this knowledge is partial, necessarily incomplete, it is convenient to look up to construct the historical space of the different voices that concur in a situation, to try to understand the genesis of their convictions and disparities, and for that it is surely convenient to abandon a certain narrative narcissism and hiding behind the lyrics.
Reading gives us time in return, yes, we dedicate time to it.
Reading calmly, calms the passage of time, reverses its becoming in a raft in which we can float peacefully. The clock may continue to relentlessly measure the succession of events linked to the passage of time, turning a measurement convention into an overwhelming push, but we do believe the results of research carried out by David Lewis at the University’s Mindlab International from Sussex, 68 percent of the volunteers tested reported that reading significantly reduced their stress levels, that reading was 100 percent more effective than any calming drink, that it was 300 percent more relaxing than a walk and 700 percent more than playing a video game. Practicing reading for just six minutes would be enough to reduce stress levels by 60 percent by slowing down the heartbeat, promoting muscle relaxation, and definitely altering the reader’s mental state.

It is curious to see how the adolescents who practice fan fiction regularly profess an undying respect for the work they manipulate. They know all its details, they have enjoyed each of its pages or scenes, and precisely because of this they are in a position to imagine in an informed way what extensions could be added that do not damage the original, but rather add additional layers of interpretation and meaning. Adaptations that, updating the original time frame, bring arguments and personalities closer to our own time, discovering the inexhaustible source of meaning that underlies the original plot. Perhaps that is a classic text or drama: the one that offers inexhaustible ways to be interpreted and updated.
School failure and dropouts, de fi cient literacy …, often bordering on functional illiteracy, should in reality be interpreted as an act of resistance: that of not sharing or wanting to participate in an imposed language that establishes a hierarchy of a priori legitimacies, disdaining any other expression as unworthy or improper. It is not, as some daring opinion-makers do, to think that it is a matter of lack of effort and concentration, because the problem is that, to invest effort and weigh that it is worth dedicating exclusive attention to something, anyone – especially young people of the generation that has grown up surrounded by digital networks of participation – I would assess whether they are going to allow them to be creatively involved and are they going to take their feelings and emotions, their language and their point of view seriously, or is it simply going to be the spiel on the unaffordable Olympus of consecrated works.

To read, therefore, it is necessary to awaken the conscience to the different styles in which the texts are expressed, because the style is not a dressing but the expression of a way of seeing the world and the nature of social relationships. The only guarantee of sanity and relative equanimity is to try to objectify our own point of view by understanding what it owes to the position from which it is stated (and understanding, incidentally, what each style owes to the position from which it was generated) .
From this point of view, reading can also be a moral laboratory, not because it fits or is desirable to reduce literature to mere catechesis or simple propaganda, but because literature is the indivisible sum of a form of expression with a marked aesthetic character in which reveals an ethical and political dimension.
Can reading take us so far, can it give us a more refined understanding of reality and what surrounds us, can it become an instrument for self-analysis and for finding out the reasons of others? Can it be something more than the endless and empty exercise of the construction of literary canons? Can it protect us against evil, perhaps not against evil in capital letters, but against daily grievances and adversities, as an instrument of clarity and rationality?.

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