Humor — Terry Eagleton / Humour by Terry Eagleton

La risa es un fenómeno universal, lo cual no significa que sea un fenómeno uniforme. Las carcajadas, las risitas y todos esos términos denotan distintas modalidades físicas de la risa e implican, por lo tanto, cuestiones como el volumen, el tono, la altura, la velocidad, la fuerza, el ritmo, el timbre y la duración. Pero la risa también puede transmitir una amplia gama de disposiciones emocionales: puede ser alegre, sarcástica, taimada, estrepitosa, afable, maligna, burlona, desdeñosa, nerviosa, aliviada, cínica, cómplice, petulante, lasciva, incrédula, avergonzada, histérica, empática, inquieta, estupefacta, agresiva o sardónica, por no hablar de la risa meramente «social», que no tiene por qué expresar diversión en absoluto. De hecho, la mayoría de las clases de risa que acabo de enumerar tienen poco o nada que ver con el humor. La risa puede ser una señal más de alegría que de diversión, aunque es más probable que uno considere que algo es gracioso si se siente eufórico.

Este libro fue escrito para Terry Eagleton por Terry Eagleton. Para una verdadera comprensión, uno debe tener familiaridad con la filosofía (¿doctorado?), Haber trabajado en el campo de la psicología (¿más doctorados?) Durante al menos toda la vida y ser Terry Eagleton.
Una lectura difícil para un lego como yo. Cada dos páginas me dejaba preguntándome si debería tomar un curso de filosofía o leer todo lo que se menciona en las notas. Un tema común entre los filósofos contemporáneos que resume un tema. Una hazaña difícil, estoy seguro. Se asume y se justifica la expectativa de que esté familiarizado con el tema.
Aunque no entendí gran parte de eso, me interesan más las profundidades del humor, pero no por la ingeniosa prosa del Sr. Eagleton en momentos muy limitados, sino porque mi deseo de comprender el tema se quedó ausente.
Aquí, Eagleton tiene una visión más psicoanalítica del humor que en cualquier otro lugar, sin humor, si lo desea y si no está familiarizado con la jerga freudiana, puede ser una lectura difícil. En algunos aspectos, entierra el propio humor de Eagleton, por lo que hay menos risas de las que cabría esperar o desear. Esto también significa que no se mete en la personalidad en el sentido de reconocer u observar que el humor es una especie de fiesta movible, donde hay diferentes puntos de vista de lo que puede ser divertido o no. El humor físico, por ejemplo, rara vez me resulta gracioso, pero quizás Eagleton lo sepa en sentido general.
Aparte de la extensa sección de Freud, Eagleton también dedica algún tiempo a una obra de teatro teóricamente sobre el humor, pero que a mí me parece desprovista de él. Dicho esto, el resto del libro presenta ese tipo de visión paradójica, que me recordó en cierto modo la idea de Jung de que cierto tipo psicológico podría prestarse a ver el mundo como una especie de broma cósmica. Puede que se estén riendo, pero no hay humor de alegría o alegría, solo un reconocimiento de que el mundo es absurdo.
Si bien estoy siendo crítico, este no es de ninguna manera un mal libro, simplemente no uno que disfruté de la manera que esperaba. Hay otro material que encontré reflexivo e interesante desde perspectivas históricas y culturales.
Se nos ofrece un amplio espectro de teorías y de poéticas históricas del humor, que ciertamente no es una hazaña fácil de recopilar. A veces, Eagleton pierde la pista, lo que a veces conduce a una lectura tediosa y otras a observaciones verdaderamente perspicaces. El autor parece llegar al límite de sus indiscutibles dotes de retórico: aunque trata de hacer reír a su lector, solo lo consigue resumiendo chistes existentes o citando juegos de palabras. Este libro muestra lo difícil que es ser realmente divertido cuando se habla de humor.

El humor supone para los adultos lo que el juego supone para los niños, es decir, los libera del despotismo del principio de realidad y permite que el principio del placer disfrute de un rato de juego libre, aunque, eso sí, escrupulosamente regulado. Los niños y los bebés tal vez no sean demasiado ocurrentes ni tengan la capacidad de elegir el momento más oportuno para soltar un chascarrillo, pero disfrutan de lo alocado y del sinsentido tanto como de esa especie de balbuceo que quizá más adelante se convierta en poesía («música bucal», como lo llama Seamus Heaney) o humor surrealista.
Lo cómico y lo serio son modos cognitivos en conflicto, versiones enfrentadas acerca de la esencia de la realidad; no son solo estrategias discursivas o estados de ánimo alternativos.
Como el carnaval es un asunto estrictamente puntual, las victorias de las que con tanto entusiasmo habla Bajtín son, en realidad, bastante endebles. En cualquier caso, lo que resulta más interesante de su teoría sobre la risa es que considera el carnaval, que aparentemente es la más fantástica de todas las actividades, como una forma suprema de realismo, desde el punto de vista ético, pero también desde el epistemológico. Lo que nos proporciona una imagen verdadera de la realidad es una espectacular parodia.

El humor surge de una gratificante impresión de la fragilidad, la estupidez o el carácter absurdo de nuestros congéneres. Esta idea puede hallarse en textos tan antiguos como el Libro de Salomón, en el que Jehová se ríe de las calamidades que tiene preparadas para los malvados. Se trata de uno de los escasos ejemplos de risa divina que aparecen en las escrituras hebreas, en la mayor parte de las cuales encontramos una risa más desdeñosa que afable. También hay una tradición agustina en la que Dios se ríe burlonamente de los pecadores que están en el infierno. Barry Sanders señala que la primera risa de la literatura occidental se encuentra en el libro primero de la Ilíada, cuando los dioses se burlan de la cojera de Hefesto, dios del fuego.
El término «comedia» puede ser degradante, además de positivo. Decir que alguien es un comediante, salvo que esa sea su actividad profesional, no es el más halagador de los elogios. El comediante Ken Dodd, acusado de evasión de impuestos, contrató a un abogado que lo defendió con éxito argumentando que, aunque algunos contables eran unos comediantes, no había muchos comediantes que fueran contables. La expresión «la comedia humana» puede sugerir que el dinamismo y la diversidad de la existencia humana proporcionan un gran deleite, como en el caso de La comedia humana de Balzac, pero también puede dar a entender que la especie humana es una especie de broma, que no hay que tomársela demasiado en serio.
La teoría de la superioridad plantea algunas preguntas muy interesantes sobre el estatus del lenguaje. Si las bromas son una forma de agresión verbal en vez de física, ¿esto reduce o intensifica su belicosidad? ¿Un insulto es preferible a un puñetazo en la nariz, o uno debería creer el antiguo refrán inglés según el cual «los palos y las piedras me pueden romper los huesos, pero las palabras me pueden hacer daño de verdad»? Una palabra puede acabar con una carrera, con una reputación o con un individuo más fácilmente que un golpe. Cotorrear y hacer chistes pueden parecer actividades más bien inocuas, pero forman parte de un continuo que se extiende hasta las injurias más infames. Y sin embargo, ¿puede una injuria ser excesivamente infame para quienes cometen genocidios o llevan a cientos de miles de personas a la ruina económica? ¿Las agresiones verbales son similares a esos comportamientos ritualizados por medio de los cuales algunos de los demás animales evitan enfrentarse en un auténtico combate, o son una forma de combate potencialmente mortal?.

Las duplicaciones y las repeticiones pueden ser incongruentes, ya que hay ciertos fenómenos —como los seres humanos, por ejemplo— que esperamos que sean inimitables, y cuando resultan no serlo, no sabemos qué hacer con nuestras expectativas.
Por muy útil que pueda resultar la teoría de la incongruencia, todavía estamos lejos de entender por qué nos reímos ante algunas manifestaciones de lo que está fuera de lugar y no ante otras. En lo que los filósofos llaman «errores categoriales» (imaginarse el alma como un órgano corporal invisible, por ejemplo), siempre hay alguna incongruencia implicada, pero pocos de ellos provocan hilaridad. Tampoco hemos podido arrojar luz sobre por qué algunas frases y situaciones en las que aparentemente no hay este tipo de discordancias nos parecen divertidas.

Las élites gobernantes de la Europa antigua y medieval no sentían un gran aprecio por el humor. Da la impresión de que, desde las épocas más remotas, la risa siempre ha sido una cuestión de clase: hay una clara distinción entre la diversión civilizada y las risotadas vulgares. Aristóteles insiste en la diferencia entre el humor de la gente educada y la maleducada en su Ética a Nicómaco. Asigna un distinguido lugar al ingenio, situándolo junto a la amistad y la sinceridad como una de las tres virtudes sociales, pero el tipo de ingenio del que habla requiere refinamiento y educación, como cuando se emplea la ironía.
Es interesante advertir que el elogio se va volviendo cada vez más ácido a medida que se desarrolla, hasta que lo que comenzó como un halago paternalista se transforma en un azote. Aquí aparece el prototipo del gaélico: guiñando el ojo y con una sonrisa en los labios, pero aferrando con demasiada fuerza una jarra de cerveza.
Gladys Bryson señala que algunos teóricos escoceses de la Ilustración distinguen entre un orden social basado en el parentesco y las tradiciones y un orden basado en relaciones más impersonales, y que en la mayor parte de los casos se decantan por el primero.
Los ingleses siempre han sentido cierta simpatía por los caprichosos, los desobedientes y los inconformistas, por los hombres y las mujeres que, como los personajes excéntricos de Dickens, no aceptan más ley que la suya. Estos personajes son una caricatura del ciudadano inglés nacido libre.
Los placeres que proporciona el ingenio son, pues, complejos. Disfrutamos simultáneamente de sus aspectos formales y estéticos, de la habilidad con la que se enuncia el comentario, de la economía de su sucinto lenguaje que nos permite ahorrar esfuerzo, del libre devaneo de la mente, de las inversiones, subversiones, sorpresas y dislocaciones del contenido, de la satisfacción intelectual que supone «pillarlo» y de la exhibición de personalidad que implica, mientras que la malicia, la insolencia o el desdén que pueden acechar tras una frase ingeniosa nos procuran también una descarga indirecta. Además, nos solazamos sádicamente al ver cómo el blanco del comentario se queda desconcertado e incómodo durante unos momentos. La forma de ingenio que hemos examinado es característicamente patricia, pero hay que recordar que también hay modalidades plebeyas del humor.
Los placeres que proporciona el ingenio son, pues, complejos. Disfrutamos simultáneamente de sus aspectos formales y estéticos, de la habilidad con la que se enuncia el comentario, de la economía de su sucinto lenguaje que nos permite ahorrar esfuerzo, del libre devaneo de la mente, de las inversiones, subversiones, sorpresas y dislocaciones del contenido, de la satisfacción intelectual que supone «pillarlo» y de la exhibición de personalidad que implica, mientras que la malicia, la insolencia o el desdén que pueden acechar tras una frase ingeniosa nos procuran también una descarga indirecta. Además, nos solazamos sádicamente al ver cómo el blanco del comentario se queda desconcertado e incómodo durante unos momentos. La forma de ingenio que hemos examinado es característicamente patricia, pero hay que recordar que también hay modalidades plebeyas del humor.

La caída de lo elevado a lo bajo que supone el carnaval es un elemento central del cristianismo, del mismo modo en que la impresionante cuestión de la salvación se relaciona con asuntos cotidianos como atender a los enfermos y dar de comer a los hambrientos. El Evangelio de san Lucas promete que quienes lloran ahora, en referencia a los afligidos y desposeídos, después reirán (aunque también invierte esta inversión advirtiendo que quienes ríen ahora, en referencia a los adinerados y autocomplacientes, después llorarán). Ese profundo sentimiento de serenidad y euforia conocido como la «gracia divina» se manifiesta, entre otras cosas, en la piedad, la cordialidad y la capacidad de perdonar humanas. Tanto en la eucaristía como en el carnaval, la carne y la sangre se convierten en un medio de comunión y solidaridad entre seres humanos. Sin embargo, aunque el Nuevo Testamento recomienda una existencia relajada, sin ansiedades, en la que uno viva como los lirios del campo y entregue sus bienes a los pobres, también presenta a su protagonista con una espada en alto, lo cual impone una división absoluta entre quienes buscan la justicia y el compañerismo y quienes dan la espalda a esta inflexible campaña. Como el carnaval, el Evangelio combina la alegría de la liberación con un espíritu un tanto violento e intransigente. Las maldiciones de Cristo, dirigidas a esos respetables personajes religiosos que depositan una carga extra sobre la espalda de quienes ya están extremada y dolorosamente oprimidos, son por lo menos tan aterradoras como las de Rabelais, aunque menos divertidas. El cristianismo también tiene un toque de comedia negra. Dios envía a su único hijo a salvarnos, a ayudarnos a superar nuestros apuros.

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Laughter is a universal phenomenon, which does not mean that it is a uniform phenomenon. Laughter, giggles, and all of these terms denote different physical modes of laughter, thus involving issues such as volume, pitch, height, speed, strength, rhythm, timbre, and duration. But laughter can also convey a wide range of emotional dispositions: it can be lighthearted, sarcastic, devious, boisterous, affable, malicious, mocking, dismissive, nervous, relieved, cynical, complicit, petulant, lewd, incredulous, embarrassed, hysterical, empathetic. , restless, dumbfounded, aggressive or sardonic, not to mention merely «social» laughter, which need not express amusement at all. In fact, most of the kinds of laughter I’ve just listed have little or nothing to do with humor. Laughter can be a sign of joy rather than amusement, although you are more likely to consider something to be funny if you are feeling euphoric.

This book was written for Terry Eagleton by Terry Eagleton. For a true understanding one must have a familiarity of philosophy (doctorate?), worked in the field of psychology (more doctorates?) for at least a lifetime and be Terry Eagleton.
A tough read for a layman such as myself. Every other page left me wondering if I should take a course in philosophy or read everything referred to in the notes. A common theme among contemporary philosophers summarizing a subject. A tough feat I’m sure. The expectation that you are familiar with the subject is assumed and warranted.
Although much of it was lost on me, I am more interested in the depths of humour, but not because of Mr. Eagleton’s witty prose at very limited times but because my desire to understand the subject was left wanting.
Here, Eagleton takes a more psychoanalytic view of humour than anywhere else, humourless, if you like and if you’re not familiar with Freudian jargon it can be a tough read. In some respects it buries Eagleton’s own humour, so there are fewer laughs than might be expected or hoped for. This too means he doesn’t get into personality in the sense of acknowledging or observing that humour is a bit of a movable feast, where there are different views of what might be funny, or not. Physical humour, for instance, is rarely funny at all to me, but then maybe Eagleton knows this in the general sense.
Apart from the lengthy Freud section, Eagleton also spends some time on a play notionally about humour, but which to me seems devoid of it. Having said that, the rest of the book presents that kind of paradoxical view, which reminded me in a way of Jung’s idea that a certain psychological type might lend it self to seeing the world as a kind of cosmic joke. They might be laughing, but there’s no humour of merriment or joy, just a recognition that the world is absurd.
While I’m being critical, this is by no means a bad book, just not one I found myself enjoying in the way I hoped. There’s other material which I found thoughtful and interesting from historical and cultural perspectives.
We are offered a broad spectrum of theories and of historical poetics of humour, which is certainly not an easy feat to compile. Sometimes Eagleton loses track, which at times leads to tedious reading and at others to truly insightful observations. The author seems to reach the limits of his unquestionable skills as a rhetorician: though he tries to make his reader have a good laugh, he only succeeds in this regard when summarising existing jokes or quoting pun lines. This book shows how difficult it is to be genuinely funny when talking about humour.

Humor means for adults what play means for children, that is, it frees them from the despotism of the reality principle and allows the pleasure principle to enjoy a free time of play, although, yes, it is scrupulously regulated. Children and babies may not be very witty or have the ability to choose the most opportune moment to blurt out, but they enjoy the wild and nonsensical as much as that kind of babbling that may later turn into poetry ( «Mouth music,» as Seamus Heaney calls it) or surreal humor.
The comic and the serious are cognitive modes in conflict, conflicting versions about the essence of reality; they are not just discursive strategies or alternative moods.
Since carnival is strictly a one-off affair, the victories Bakhtin speaks so enthusiastically about are actually quite flimsy. In any case, what is most interesting about his theory of laughter is that he regards carnival, which is apparently the most fantastic of all activities, as a supreme form of realism, from the ethical point of view, but also from the epistemological. What gives us a true picture of reality is a spectacular parody.

Humor arises out of a gratifying impression of the frailty, stupidity, or absurdity of our fellows. This idea can be found in texts as old as the Book of Solomon, in which Jehovah laughs at the calamities he has in store for the wicked. It is one of the few examples of divine laughter that appears in the Hebrew scriptures, in most of which we find a laugh that is more dismissive than amiable. There is also an Augustinian tradition in which God laughs derisively at sinners in hell. Barry Sanders points out that the first laugh in Western literature is found in the first book of the Iliad, when the gods mock the lameness of Hephaestus, god of fire.
The term «comedy» can be degrading as well as positive. To say that someone is a comedian, unless that is his professional activity, is not the most flattering of praise. Comedian Ken Dodd, accused of tax evasion, hired a lawyer who successfully defended him arguing that while some accountants were comedians, there weren’t many comedians who were accountants. The expression «the human comedy» may suggest that the dynamism and diversity of human existence provide great delight, as in the case of Balzac’s The Human Comedy, but it may also imply that the human species is a kind of joke. , that it is not necessary to take it too seriously.
The superiority theory raises some very interesting questions about the status of language. If teasing is a form of verbal rather than physical aggression, does this reduce or intensify your bellicosity? Is an insult preferable to a punch to the nose, or should one believe the old English saying that «sticks and stones can break my bones, but words can really hurt me»? A word can end a career, a reputation or an individual more easily than a hit. Chattering and joking may seem rather innocuous activities, but they are part of a continuum that extends to even the most heinous injuries. And yet, can an injury be excessively heinous to those who commit genocide or lead hundreds of thousands of people to financial ruin? Are verbal assaults similar to those ritualized behaviors whereby some of the other animals avoid engaging in actual combat, or are they a potentially deadly form of combat?.

Duplications and repetitions can be incongruous, as there are certain phenomena — such as humans, for example — that we expect to be inimitable, and when they turn out not to be, we don’t know what to do with our expectations.
As useful as the incongruity theory may be, we are still a long way from understanding why we laugh at some manifestations of what is out of place and not at others. In what philosophers call «categorical errors» (imagining the soul as an invisible bodily organ, for example), there is always some incongruity involved, but few of them cause hilarity. Nor have we been able to shed light on why some phrases and situations in which apparently there are no such disagreements seem funny to us.

The ruling elites of ancient and medieval Europe had no great appreciation for humor. It seems that from the earliest times, laughter has always been a matter of class: there is a clear distinction between civilized amusement and vulgar laughter. Aristotle insists on the difference between the humor of educated and rude people in his Ethics to Nicomacheus. He assigns a distinguished place to wit, placing it next to friendship and sincerity as one of the three social virtues, but the kind of wit of which he speaks requires refinement and education, as when using irony.
Interestingly, the compliment becomes increasingly acidic as it unfolds, until what began as a paternalistic compliment turns into a spanking. Here is the prototype of the Gaelic: winking and smiling, but clutching a mug of beer too tightly.
Gladys Bryson points out that some Scottish Enlightenment theorists distinguish between a social order based on kinship and traditions and an order based on more impersonal relationships, and that in most cases they prefer the former.
The English have always had a certain sympathy for the wayward, the disobedient, and the nonconformist, for the men and women who, like Dickens’s eccentric characters, accept no more law than their own. These characters are a caricature of the free-born English citizen.
The pleasures that ingenuity provides are thus complex. We simultaneously enjoy its formal and aesthetic aspects, the skill with which the commentary is enunciated, the economy of its succinct language that allows us to save effort, the free wandering of the mind, the investments, subversions, surprises and dislocations of the mind. content, the intellectual satisfaction that «getting it» entails and the display of personality that it implies, while the malice, insolence, or disdain that can lurk behind a witty phrase also provide us with an indirect discharge. In addition, we sadistically bask in seeing how the target of the comment remains puzzled and uncomfortable for a few moments. The form of wit we have examined is characteristically patrician, but it must be remembered that there are plebeian forms of humor as well.
The pleasures that ingenuity provides are thus complex. We simultaneously enjoy its formal and aesthetic aspects, the skill with which the commentary is enunciated, the economy of its succinct language that allows us to save effort, the free wandering of the mind, the investments, subversions, surprises and dislocations of the mind. content, the intellectual satisfaction that «getting it» entails and the display of personality that it implies, while the malice, insolence, or disdain that can lurk behind a witty phrase also provide us with an indirect discharge. In addition, we sadistically bask in seeing how the target of the comment remains puzzled and uncomfortable for a few moments. The form of wit we have examined is characteristically patrician, but it must be remembered that there are plebeian forms of humor as well.

The fall from high to low that carnival entails is central to Christianity, just as the awesome question of salvation is related to everyday matters like caring for the sick and feeding the hungry. The Gospel of Luke promises that those who cry now, referring to the afflicted and dispossessed, will later laugh (although it also reverses this investment by warning that those who laugh now, referring to the wealthy and self-indulgent, will later cry). That deep feeling of serenity and euphoria known as «divine grace» is manifested, among other things, in human piety, warmth, and forgiveness. Both in the Eucharist and in Carnival, flesh and blood become a means of communion and solidarity between human beings. However, although the New Testament recommends a relaxed existence, without anxieties, in which one lives like the lilies of the field and gives his goods to the poor, it also presents his protagonist with a raised sword, which imposes an absolute division between those who seek justice and fellowship and those who turn their backs on this uncompromising campaign. Like carnival, the Gospel combines the joy of liberation with a somewhat violent and uncompromising spirit. The curses of Christ, directed at those respectable religious figures who place an extra burden on the backs of those already extremely and painfully oppressed, are at least as terrifying as those of Rabelais, though less amusing. Christianity also has a touch of black comedy. God sends his only son to save us, to help us overcome our troubles.

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