Etimologías Para Sobrevivir Al Caos. Viaje Al Origen De 99 Palabras — Andrea Marcolongo / Alla Fonte Delle Parole: 99 Etimologie Che Ci Parlano Di Noi by Andrea Marcolongo

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Durante años también yo no he hecho más que «hojear» «el libro de mi memoria», en busca de aquellas palabras que me eran necesarias.
Etimológicamente «arrancaba los pétalos», uno a uno, de todos los lenguajes que componían mi intrincado discurso interior con el fin de descifrarme a mí misma en el mundo.
Buscaba la «rosa» de Giorgio Caproni, pero no encontraba nada más que espinas y la dureza cruel del tallo.
Solo ahora comprendo que no soy la única que está inmersa en una constante refriega con lo real: nos sucede a todos cuando no encontramos las palabras con las que expresar el mundo que nos rodea, y con las que expresarnos a nosotros mismos.
Sin palabras, quedamos elididos de la realidad.
Cuando me preguntan qué significa el arte de la etimología, solo puedo responder: «bizarría», vistosidad, rareza.
¡Qué palabra tan prodigiosa, «bizarro»! Desde luego no quiere decir «extravagante», «extraño» (o, peor aún, «alocado»).
Etimológicamente «bizarro» significa «picado», «pellizcado».
La palabra deriva de una onomatopeya romance que lleva aparejada una claridad infantil: el biz biz biz de un insecto molesto que zumba a nuestro alrededor en los atardeceres de verano, cuando estamos sentados a la espera de un perezoso crepúsculo, quizá con una copa de vino fresco entre las manos, y que de repente nos sobresalta.
La picadura de una abeja o de un mosquito que de pronto nos hace pegar un bote, nos despierta del letargo y nos cabrea.

Andrea Marcolongo nos ofrece un libro discontinuo. La idea de partida (sumar palabras por emociones, ilustrar las etimologías e historias privadas que las hacían importantes para la autora) es interesante, pero el desarrollo no es efectivo, no siempre. Hay páginas de la suerte, en las que la trama tiene éxito, a veces con resultados atractivos, y en otras (demasiadas) decididamente tortuosa, prolija, ineficaz. Me pregunté el por qué de esta prueba literaria nada apasionante (que contrasta con la reconocida profesionalidad de la autora en el ámbito académico), y estoy convencido de que saber poner la vida en el papel no es para todos, no de forma automática, no ahora, incluso si eres un gran erudito. Andrea Marcolongo ha publicado unas entrevistas muy interesantes que se pueden escuchar online, creo que es una gran profesora. Para escribir sobre sentimientos y emociones, tal vez, todavía tenga que vivir algunos años. Me encantará leerlo en una década: quién sabe …
Cada libro es un viaje. Como en la Odisea, un poema centrado en el viaje de Ulises, así en el libro de Marcolongo iniciamos un viaje lingüístico y volvemos a las raíces de nuestra humanidad. El libro examina 99 etimologías de algunas palabras que los humanos usan con frecuencia, haciendo un excursus lingüístico muy interesante y atractivo.
El libro entrelaza diversas disciplinas como la literatura, la filosofía, la ciencia, la astronomía, la botánica, la religión, la historia y por supuesto la lingüística.
Sabia es la búsqueda incesante de la verdad y la exaltación de las imperfecciones humanas a través de las palabras.
La escritora nos recuerda lo únicos que nos hacen nuestras debilidades e imperfecciones. Estas etimologías nos hacen remontarnos a nuestros orígenes y hacernos comprender que tanto el lenguaje como los gestos dicen algo sobre nosotros y reflejan perfectamente nuestro ser aunque muchas veces no lo notemos. La invitación final es poder hablar bien y decir las cosas con claridad y sinceridad para intentar sanar también nuestra alma. Hablar bien también significa sentirse bien consigo mismo.

Nombrar la realidad significa sustraerse a la confusión.
Desde la primera palabra pronunciada por el ser humano en la historia del lenguaje, el acto de asignar al mundo significantes —formas expresivas para decirlo— sirve para sacar del «caos» su significado, su contenido real.
Un acto, este, fundamentalmente intelectual: antes incluso de ser plasmada en palabras, a través de sonidos o signos gráficos, es en el pensamiento donde la realidad adquiere forma y consistencia. Solo si pensamos —si estamos dispuestos a pensar— en lo real, empezará a modelarse, saliendo a la luz desde la maraña indefinida de las meras percepciones y convirtiéndose en ideas.
Inmediatamente después llegan las palabras, el antídoto para no dejarnos hundir por el desorden de nuestra manera personal de sentir.
Cada individuo percibe la realidad que lo rodea de un modo único, irreemplazable.
Exactamente lo que hay que hacer cuando nuestros pensamientos están etimológicamente «confusos», del latín confundere, esto es, «fundir conjuntamente», «mezclar», vocablo que nace de la unión del prefijo «con-» y del verbo fundere, «verter». Echar en un caldero ingredientes diversos totalmente «a voleo», hacerlos cocer durante horas y «ver qué efecto tiene», como improvisados alquimistas de la existencia.
De ahí viene la «confusión», como en italiano confondere, en francés confondre, o en inglés to confuse.
«Estado de confusión», suele decirse como generosa atenuante para referirse a alguien que no está en condiciones de entender lo que hace o lo que dice.

Desde la primera vez en que fue pronunciada esta palabra hasta nuestros días, el intrincado «dédalo» —también se dice así, por antonomasia, a partir del nombre del constructor del «laberinto» del rey Minos de Creta—, no ha dejado nunca de inspirar a artistas, filósofos y arquitectos hasta los modernos programadores de algoritmos random. Llevando consigo toda su carga de inquietud, extravío y, al mismo tiempo, de tentación, de seductora fascinación.
El término deriva del griego λαβύρινθος (/labýrinthos/), de donde procede el vocablo latino labyrinthus, que enseguida se hizo panrománico —o sea, se ha conservado en todas las lenguas derivadas del latín, incluidos los dialectos—, contaminando también de paso las lenguas germánicas y eslavas. Pero lo importante, lingüísticamente hablando, es que la historia del étimo de λαβύρινθος es a su vez un «laberinto».
De origen indoeuropeo desde luego no es.
«Parece» griega, sí, pero la palabra es prehelénica; no se sabe exactamente de dónde llegó, ni cómo ni por qué.
En síntesis, se trata de un étimo de origen desconocido, capaz de hacer perder el juicio a los lingüistas a fuerza de intentos de entenderlo, avanzando con dificultad, a tientas, a lo largo de los senderos de las etimologías.

La primera hipótesis etimológica del «odio» no hace más que remitirnos a la repulsión, al rechazo del otro, a la repugnancia que provoca.
La segunda hipótesis, menos plausible, pero «no inverosímil», según Pianigiani (y para mí todavía más interesante, clara no ya en el diccionario etimológico, sino en nuestra percepción de lo real), relacionaría el acto de «odiar» con el de «roer», «corroer», partiendo de la base de la raíz inicial «od-/ed-».
Efectivamente, en griego antiguo se decía ὀδούς (/odoús/) para decir «diente», y todos, ¡ay de mí!, conocemos el «dolor insoportable», la ὀδύνη (/odýne/), que sentimos cuando de repente se nos hincha la boca como un globo a causa de un flemón, un absceso, exceso de furia «odontológica».
Siempre de la misma raíz, en latín se decía edo, exactamente igual que en griego ἔδω (/édo/), para designar el gesto de «comer», «devorar»: el odio incita a sentir una aversión tan fuerte que nos «corroe por dentro». Del adjetivo edax, derivado de edo, proviene en italiano un adjetivo, ya inusitado, edace, que nos habla de los disgustos que corroen el cuerpo y el alma.
A Nocentini, por su parte, no le cabe la menor duda: la palabra «odiar» derivaría del verbo griego ὀδύσσομαι (/odýssomai̯/), infinitivo de aoristo ὀδύσσασθαι (/odýssasthai̯/), que equivaldría a «encolerizarse», «enfadarse».

Del latín dolere, «sentir dolor» (pero también causarlo). A su vez, de la raíz indoeuropea *del- o *dal-, que nos remite a la madera tallada a golpe de hacha. O bien al hierro forjado una y otra vez a martillazos sobre el fuego. O, en términos más generales, al acto de percutir con un instrumento cortante.
No cabe etimología más precisa: exactamente así —«atravesados/apuñalados»— nos sentimos cuando percibimos el «dolor».
Desde siempre, en la historia del lenguaje humano, todo el mundo, hombres y mujeres, ha necesitado la palabra para decir cuánto «daño hace» una cosa; no existe médico ni medicina, lo único que hace falta es tragárselo. Y esperar a que ese «dolor» de un alma maltratada, apaleada y rota se pase.

Sommelier (a todas luces bizarra, porque el nombre usado para designar al experto en buenos caldos deriva del provenzal saumalier, «arriero, conductor de bestias de carga», de donde luego, vaya usted a saber cómo, quizá a fuerza de llevar sobre el lomo frascas de vino, en el siglo XIX nació el sentido de «cantinero»). Y figuraos si me interesa la de «envinado».
Lo que más desearía —lo que necesito— es contar no solo de dónde llega nuestra palabra «vino», idéntica en español y en italiano, que, sin sufrir cambio alguno, ha aderezado y regado, literalmente «con verdaderos ríos» de licor, las mesas de todas las lenguas indoeuropeas.
Pero más aún tengo la intención de ponerme a la cola, armada de paciencia, a la espera de que llegue mi turno, junto a todos aquellos que desde hace milenios se han preguntado por qué el mar de Homero no es azul ni añil ni celeste, sino οἶνοψ πόντος (/ôi̯nops pontos/): «mar del color del vino a nuestros ojos». O sea, morado, purpúreo.
El latín vinum, que es el origen de nuestro «vino», del francés vin, del vinho portugués, o del rumano vin, se ha desbordado, como un barril abierto el día de la vendimia, y ha pasado también al alemán Wein, al serbocroata vino y al ruso vinó, al inglés wine, o al celta gwin.

Catarsis como «purificación», del griego κάθαρσις (/kátharsis/): en cierto sentido que solo los griegos sabían expresar, «volverse limpio», «puro», a partir del adjetivo καθαρός (/katharós/), seres humanos recién venidos al mundo. No por primera vez, sino una vez más.
La palabra se halla muy difundida, idéntica, en casi todas las lenguas. Y eso que sus interpretaciones han sido distintas más de cien veces y más de mil.
En medicina, a partir de Hipócrates, «catarsis» ha pasado a ser desintoxicación («dieta detox», diríamos en la actualidad) de lo que contamina, material o espiritualmente, el cuerpo: de todo «miasma».
Desde Pitágoras en adelante, la «catarsis» fue, en cambio, la resolución de un problema matemático; irónicamente yo diría que, desde el primer año del liceo clásico, es la entrega al profesor de la traducción de latín o de griego (más o menos arreglada de cualquier manera).

La etimología de la palabra está de nuevo «sin precisar». Preparémonos, porque, cuanto más descendamos, buzos del sentido, bajo la superficie de las cosas y de la expresión, más se adensa la oscuridad.
Sobre nosotros recae la tarea de encender una luz, por débil que sea, a través de los étimos.
En latín macula significaba «vacío», «laguna», una pequeña zona que interrumpe la uniformidad lisa de la superficie. Un color distinto. Con solución de continuidad. Extrañeza, sí, pero sin emisión de juicio alguno.
No existe ningún parangón seguro con las lenguas más próximas; lo más lejos que puede ir el italiano macchia es hasta el término español y portugués «mancha».
Muchas más cosas nos cuentan todas nuestras «mallas», que derivan de la misma palabra latina. No, por supuesto, las prendas de ropa usadas en el gimnasio que se tiran en la cesta de la ropa sucia para quitarles las «manchas» en la lavadora, sino el fruto del cuidado y la paciencia del trabajo con las agujas de tejer que conocían nuestras abuelas: el arte de entrelazar lana, seda o algodón (o el metal de las armaduras de la Edad Media).

La verdadera etimología de esta ave nocturna, también llamada «mochuelo» y en italiano civetta (y cuyo nombre científico, tras serle asignado por el naturalista Giovanni Antonio Scopoli en 1769, es Athene noctua), no se encuentra en los diccionarios. O, mejor dicho, no solo en los diccionarios. Nosotros llegaremos más allá.
Pero primero me gustaría hablar de la «lechuza» como símbolo de la sabiduría y el conocimiento.
Su rostro redondo, de ojos grandes, y su pico ganchudo siempre recordaron a los antiguos la medida áurea de la letra Φ (Phí), la inicial de la palabra griega φιλοσοφία (/philosophía/), la «filosofía».

No es casualidad que cada lengua llame al arco iris a su manera, sopesando si vale la pena celebrar primero la lluvia o la luz después; en inglés es rainbow, literalmente «arco de la lluvia».
En serbocroata es duga, «lo que es largo». En francés es fielmente el arc-en-ciel, el «arco en el cielo», sin descomponerse lo más mínimo.
En griego el arco iris llevaba el nombre de una mujer, y viceversa: Ἶρις (/Îris/), hija de Taumante y de Electra, era la mensajera «de áureas alas» de los dioses (Homero, Ilíada, VIII, 398), encargada de llevar a los hombres los designios de Zeus. La personificación del arco iris. Y de los ojos que brillan, «iridiscentes». «Iris» no se limitaba a anunciar: el étimo de su nombre provendría del verbo εἴρω (/éi̯ro/), «contar», decir. Al mismo tiempo, coloreaba de emociones ese círculo —arco— que rodea la pupila del ojo y que siempre será, aunque solo sea por un milímetro, de un matiz distinto entre un ser humano y otro: el iris.
El español ha sido la única lengua que no ha tenido miedo ni supersticiones a la hora de llamar por su nombre a este fenómeno: ha sido siempre el «arco iris».

Las primeras sílabas, fa-fa, que un niño aprende a pronunciar, con esos dulcísimos errores y esas «bizarras» tergiversaciones que merecerían un libro entero para que no las olvidáramos una vez llegados a la edad adulta.
Una «pajarita», un lazo à papillon, anudada alrededor del cuello cualquier día de fiesta, la elegancia «de otros tiempos», aunque solo sea una vez.
Farfalla en italiano, papillon en francés… «Mariposa.»
La raíz la encontramos en el antiguo verbo griego παιπάλλω (/pai̯pállo/), «sacudir, «vibrar», de donde procede el sustantivo παιπάλημα (/pai̯pálema/), «argucia, sutileza a la hora de hablar», propia del que tiene don de palabra; de ahí viene el latín papilio, -onis, «mariposa».
Exactamente igual que en el moderno francés papillon, que no es solo la pajarita, el lazo que nos ponemos al cuello. Y el étimo de nuestros «párpados» y de las palpebre italianas, que se levantan y se bajan, imperceptibles y veloces. Las alas de los ojos.
El italiano, por su parte, ha preferido cambiar de camino lingüístico: la farfalla derivaría de una onomatopeya romance, una voz que intentaría imitar el susurro de un batir de alas ligeras. Y así dice far-far.
El alemán Falter, «polilla», lo mismo que el longobardo (lombardo) *fifaltra, sorprendentemente echa a volar directamente en Oriente; el vocablo deriva del árabe farfar, que significa «criatura mágica», «duendecillo», «gnomo».
La butterfly inglesa, que contiene la dulzura de este insecto, más tierno que la «mantequilla», butter, y, por tanto, no destinado, desde luego, a acabar en la red de cualquier cazador de insectos de colores. Y la «mariposa» española, pura poesía que data del siglo XV: literalmente «¡Ven aquí, María!», de la apócope «Mari»y la segunda persona del imperativo del verbo «posar».

La etimología de esta florecilla, sin embargo, es muy grande: sorprendentemente significa «perla». En efecto, «margarita» deriva del griego μαργαρίτης (/margarítes/), mientras que μάργαρος (/márgaros/) era la concha que la encerraba.
Y si en sánscrito mañjari significaba «gema» que nace de un árbol o tal vez del agua, exactamente igual que las perlas, también encontramos la misma palabra en antiguo persa en la forma marvārīd.
En el vocablo «margarita» —en italiano margherita— asistimos a uno de los fenómenos etimológicos más raros que se han dado nunca. Como rarísimo o, mejor dicho, único es el amor entre el maestro y Margarita. O sea, la probable unión, en una sola palabra, de dos raíces indoeuropeas: una es *mar-, de donde procede «perla», y la otra *gar-, que en las lenguas posteriores adquiere el significado de «brillo», «resplandor».

La palabra «hado» deriva de fatum, el participio pasado del verbo fari, «decir», «hablar», que desciende de la raíz indoeuropea *bha-, la misma de la que viene el griego φημί (/phemí/), «contar».
De esa misma palabra no solo provienen los horóscopos, sino también las «fábulas». Inolvidable, y no solo en las clases del antiguo bachillerato, era el final de todas las historias de Esopo: Ὁ μῦθος δηλοῖ ὅτι… (/ho mýthos delôi̯ hóti…/), «la fábula muestra que…».
Muestra ante todo que primero hay que contarla, o sea, decirla por medio de palabras.
De un origen relacionado directamente con la misma raíz, pero con un resultado popular, encontramos el fado portugués, que designa el género musical típico de la ciudad de Lisboa (y, desde 2011, reconocido por la Unesco como patrimonio inmaterial de la humanidad), interpretado por una voz que dialoga con una «guitarra portuguesa», con acompañamiento de la viola do fado y del cavaquinho, una guitarra de tipo español que produce armonías y bajos.
De la palabra fatum, «hado», deriva el nombre de esta música desgarradora que tiene el poder de suscitar la saudade, una melancolía que roza la nostalgia —sin llegar a serlo— cuando se habla de emigración, de lejanía, de separación, de dolor, de sufrimiento.

Solo el «lenguaje» tiene la fuerza y el talento de dar forma a las cosas y de plasmar la realidad.
Frente al descuido, hablar constituye la cura y el antídoto.
Es necesario, pues, rebelarnos ante la pereza verbal, que siempre es síntoma de pereza intelectual. Hacer algún «movimiento», porque toda revolución pasa a través de la «lengua».
«Lenguaje» es la última etimología de este libro. La nonagésima nona.

Con certeza absoluta, etimológica: el espejo de la lengua que utilizamos nos refleja solo y únicamente a nosotros.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/02/14/la-lengua-de-los-dioses-9-razones-para-amar-el-griego-andrea-marcolongo-la-lingua-geniale-9-ragioni-per-amare-il-greco-gods-language-9-reasons-to-love-classic-greek-by-andrea/

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/19/la-medida-de-los-heroes-un-viaje-iniciatico-a-traves-de-la-mitologia-griega-andrea-marcolongo-la-misura-eroica-il-mito-degli-argonauti-e-il-coraggio-che-spinge-gli-uomini-ad-amare-the-m/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/06/etimologias-para-sobrevivir-al-caos-viaje-al-origen-de-99-palabras-andrea-marcolongo-alla-fonte-delle-parole-99-etimologie-che-ci-parlano-di-noi-by-andrea-marcolongo/

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F6A346C3-30AF-4706-852C-A8765FC9C2A3For years, I too have done nothing but «leaf through» «the book of my memory», in search of those words that were necessary for me.
Etymologically, I “plucked the petals”, one by one, of all the languages that made up my intricate inner speech in order to decipher myself in the world.
He was looking for Giorgio Caproni’s «rose», but found nothing but thorns and the cruel hardness of the stem.
Only now do I understand that I am not the only one who is immersed in a constant fray with reality: it happens to all of us when we cannot find the words with which to express the world around us, and with which to express ourselves.
Without words, we are elided from reality.
When they ask me what the art of etymology means, I can only answer: «bizarre», showiness, rarity.
What a wonderful word, «bizarre»! It certainly does not mean «extravagant,» «strange» (or worse, «crazy»).
Etymologically «bizarre» means «chopped», «pinched.»
The word derives from a romance onomatopoeia that carries a childish clarity: the biz biz biz of an annoying insect that buzzes around us on summer evenings, when we are sitting waiting for a lazy twilight, perhaps with a glass of wine fresh in the hands, and that suddenly startles us.
The sting of a bee or a mosquito that suddenly makes us hit a boat, wakes us up from lethargy and makes us angry.

Andrea Marcolongo offers us a discontinuous book. The starting idea (adding words for emotions, illustrating the etymologies and private stories that made them important to the author) is interesting, but the development is not effective, not always. There are lucky pages, in which the plot is successful, sometimes with attractive results, and in others (too many) decidedly tortuous, long-winded, ineffective. I wondered why this non-exciting literary test (which contrasts with the recognized professionalism of the author in the academic field), and I am convinced that knowing how to put life on paper is not for everyone, not automatically, not now, even if you are a great scholar. Andrea Marcolongo has published some very interesting interviews that can be heard online, I think she is a great teacher. To write about feelings and emotions, she may, she still have to live a few years. I will love reading it in a decade – who knows …
Each book is a journey. As in the Odyssey, a poem centered on the journey of Ulysses, so in Marcolongo’s book we begin a linguistic journey and return to the roots of our humanity. The book examines 99 etymologies of some words that humans use frequently, making a very interesting and engaging linguistic excursus.
The book intertwines various disciplines such as literature, philosophy, science, astronomy, botany, religion, history and of course linguistics.
Sabia is the incessant search for truth and the exaltation of human imperfections through words.
The writer reminds us of the uniqueness that our weaknesses and imperfections do to us. These etymologies make us go back to our origins and make us understand that both language and gestures say something about us and perfectly reflect our being although many times we do not notice it. The final invitation is to be able to speak well and say things clearly and sincerely to try to heal our soul as well. Speaking well also means feeling good about yourself.

Naming reality means avoiding confusion.
From the first word uttered by the human being in the history of language, the act of assigning signifiers to the world — expressive forms to say it — serves to extract its meaning, its real content, from «chaos».
An act, this one, fundamentally intellectual: before even being expressed in words, through sounds or graphic signs, it is in thought that reality acquires shape and consistency. Only if we think — if we are willing to think — about the real, will it begin to shape itself, emerging from the indefinite tangle of mere perceptions and turning into ideas.
Immediately after, the words arrive, the antidote for not letting ourselves sink into the disorder of our personal way of feeling.
Each individual perceives the reality that surrounds him in a unique, irreplaceable way.
Exactly what to do when our thoughts are etymologically «confused», from Latin confundere, that is, «to fuse together», «to mix», a word that comes from the union of the prefix «with» and the verb to melt, «to pour ». Pouring various ingredients completely «broadcast» into a cauldron, cook them for hours and «see what effect it has», like makeshift alchemists of existence.
That’s where the «confusion» comes from, as in Italian confondere, in French confondre, or in English to confuse.
«State of confusion» is often said as a generous mitigating factor to refer to someone who is not in a position to understand what he is doing or saying.

From the first time this word was pronounced to the present day, the intricate «daedalus» —also called that way, par excellence, from the name of the builder of the «labyrinth» of King Minos of Crete— has never stopped inspire artists, philosophers and architects to modern random algorithm programmers. Carrying with him all his load of restlessness, loss and, at the same time, of temptation, of seductive fascination.
The term derives from the Greek λαβύρινθος (/ labýrinthos /), from which comes the Latin word labyrinthus, which soon became pan-Romanesque —that is, it has been preserved in all languages derived from Latin, including dialects—, also contaminating the Germanic and Slavic languages. But the important thing, linguistically speaking, is that the history of the ethym of λαβύρινθος is in turn a «labyrinth.»
Of Indo-European origin it is certainly not.
«It looks» Greek, yes, but the word is pre-Hellenic; It is not known exactly where it came from, how or why.
In short, it is an ethym of unknown origin, capable of making linguists lose their minds through attempts to understand it, groping along the paths of etymologies.

The first etymological hypothesis of «hatred» only refers us to repulsion, to the rejection of the other, to the disgust that it provokes.
The second hypothesis, less plausible, but «not implausible», according to Pianigiani (and for me even more interesting, clear not only in the etymological dictionary, but in our perception of the real), would relate the act of «hating» with that of «Gnaw», «corrode», starting from the base of the initial stem «od- / ed-».
Indeed, in ancient Greek δούς (/ odoús /) was used to say «tooth», and all of us, alas! We know the «unbearable pain», the ὀδύνη (/ odýne /), which we feel when suddenly we are the mouth swells like a balloon from phlegmon, abscess, excess «dental» fury.
Always from the same root, in Latin it was said edo, exactly as in Greek ἔδω (/ édo /), to designate the gesture of «eating», «devouring»: hatred incites us to feel such a strong aversion that it «corrodes us inside». From the adjective edax, derived from edo, comes in Italian an adjective, already unusual, edace, which speaks of the troubles that corrode the body and soul.
For Nocentini, for his part, there is no doubt: the word «hate» would derive from the Greek verb ὀδύσσομαι (/ odýssomai̯ /), an aorist infinitive ὀδύσσασθαι (/ odýssasthai̯ /), which would be equivalent to «get angry», «to get angry» .

From the Latin dolere, «to feel pain» (but also to cause it). In turn, from the Indo-European root * del- or * dal-, which refers us to wood carved with the blow of the ax. Or to wrought iron again and again with hammering on the fire. Or, more generally, the act of striking with a cutting instrument.
There is no more precise etymology: exactly like this – «pierced / stabbed» – we feel when we perceive «pain.»
Ever since, in the history of human language, everyone, men and women, has needed the word to say how much «damage» a thing does; there is no doctor or medicine, all you need is to swallow it. And wait for that «pain» of a battered, beaten and broken soul to pass.

Sommelier (obviously bizarre, because the name used to designate the expert in good wines derives from the Provençal saumalier, «muleteer, driver of beasts of burden», from where later, you know how, perhaps by dint of carrying on the loin bottles of wine, in the nineteenth century the meaning of «bartender» was born). And imagine if I’m interested in the «envinado» one.
What I would most like – what I need – is to tell not only where our word «wine» comes from, identical in Spanish and Italian, which, without undergoing any change, has literally spiced and watered, literally «with real rivers» of liquor, the tables of all Indo-European languages.
But even more I intend to get in line, armed with patience, waiting for my turn to come, together with all those who for millennia have wondered why Homer’s sea is neither blue nor indigo nor blue, but οἶνοψ πόντος (/ ôi̯nops pontos /): «sea of the color of wine in our eyes». I mean, purple, purple.
The Latin vinum, which is the origin of our «wine», the French vin, the Portuguese vinho, or the Romanian vin, has overflowed, like a barrel opened on harvest day, and has also passed into the German Wein, the Serbo-Croatian came and Russian came, English wine, or Celtic gwin.

Catharsis as «purification», from the Greek κάθαρσις (/ kátharsis /): in a sense that only the Greeks knew how to express, «become clean», «pure», from the adjective καθαρός (/ katharós /), human beings who have just come to the world. Not for the first time, but once again.
The word is very widespread, identical, in almost all languages. And that their interpretations have been different more than a hundred times and more than a thousand.
In medicine, from Hippocrates, «catharsis» has become detoxification («detox diet», we would say today) of what contaminates, materially or spiritually, the body: of all «miasma».
From Pythagoras onward, «catharsis» was instead the resolution of a mathematical problem; Ironically I would say that, from the first year of the classical high school, it is the delivery to the teacher of the translation from Latin or Greek (more or less arranged in any way).

The etymology of the word is again «not specified.» Let us prepare ourselves, because the further we descend, divers of meaning, under the surface of things and of expression, the more the darkness thickens.
On us falls the task of lighting a light, however weak it may be, through the ethics.
In Latin macula meant «void», «lagoon», a small area that interrupts the smooth uniformity of the surface. A different color. With solution of continuity. Strangeness, yes, but without any judgment whatsoever.
There is no sure comparison with the closest languages; the farthest Italian macchia can go is to the Spanish and Portuguese term «mancha.»
Many more things tell us all our «meshes», which are derived from the same Latin word. Not, of course, the clothes used in the gym that are thrown in the laundry basket to remove the «stains» in the washing machine, but the fruit of the care and patience of working with the knitting needles that they knew our grandmothers: the art of weaving wool, silk or cotton (or the metal of armor from the Middle Ages).

The true etymology of this nocturnal bird, also called «owl» and in Italian civetta (and whose scientific name, after being assigned to it by the naturalist Giovanni Antonio Scopoli in 1769, is Athene noctua), is not found in the dictionaries. Or rather, not just in dictionaries. We will go further.
But first I would like to talk about the «owl» as a symbol of wisdom and knowledge.
His round face, large eyes, and hooked beak always reminded the ancients of the golden measure of the letter Φ (Phí), the initial of the Greek word φιλοσοφία (/ philosophía /), «philosophy».

It is no coincidence that each language calls the rainbow in its own way, considering whether it is worth celebrating the rain first or the light later; in English it is rainbow, literally «rain bow.»
In Serbo-Croatian it is duga, «what is long.» In French it is faithfully the arc-en-ciel, the «arch in the sky,» without breaking down in the least.
In Greek the rainbow bore the name of a woman, and vice versa: Ἶρις (/ Îris /), daughter of Taumante and Electra, was the messenger «with golden wings» of the gods (Homer, Iliad, VIII, 398), in charge of bringing the designs of Zeus to men. The personification of the rainbow. And of the eyes that shine, «iridescent.» «Iris» was not limited to announcing: the ethym of her name would come from the verb εἴρω (/ éi̯ro /), «to tell», to say. At the same time, she colored with emotions that circle – arc – that surrounds the pupil of the eye and that will always be, even if only by a millimeter, of a different hue between one human being and another: the iris.
Spanish has been the only language that has not had fear or superstitions when it comes to calling this phenomenon by its name: it has always been the «rainbow».

The first syllables, fa-fa, that a child learns to pronounce, with those sweet mistakes and those «bizarre» misrepresentations that would deserve a whole book so that we do not forget them once we reach adulthood.
A «bow tie», a bow à papillon, tied around the neck on any holiday, the elegance «of other times», even if only once.
Farfalla in Italian, papillon in French… «Butterfly.»
The root is found in the ancient Greek verb παιπάλλω (/ pai̯pállo /), «shake,« vibrate », from which comes the noun παιπάλημα (/ pai̯pálema /),« cunning, subtlety when speaking », typical of the one who has gift of word; that’s where the Latin papilio comes from, -onis, «butterfly.»
Exactly the same as in the modern French papillon, which is not only the bow tie, the bow that we put around our necks. And the ethics of our «eyelids» and of the Italian palpebre, which rise and fall, imperceptible and fast. The wings of the eyes.
The Italian, for his part, has preferred to change his linguistic path: the farfalla would derive from a romance onomatopoeia, a voice that would try to imitate the whisper of a beating of light wings. And so it says far-far.
The German Falter, «moth,» like the Longobard (Lombard) * fifaltra, surprisingly flies directly into the East; the word derives from the Arabic farfar, which means «magical creature», «pixie», «gnome».
The English butterfly, which contains the sweetness of this insect, more tender than the «butter», butter, and, therefore, not destined, of course, to end up in the net of any hunter of colored insects. And the Spanish «butterfly», pure poetry dating from the 15th century: literally «Come here, María!», From the apocope «Mari» and the second person of the imperative of the verb «pose».

The etymology of this flower, however, is very large: surprisingly it means «pearl.» Indeed, «margarita» derives from the Greek μαργαρίτης (/ margarítes /), while μάργαρος (/ margaros /) was the shell that enclosed it.
And if in Sanskrit manjari meant «gem» that arises from a tree or perhaps from water, just like pearls, we also find the same word in Old Persian in the form marvārīd.
In the word «margarita» —in Italian margherita— we witness one of the rarest etymological phenomena that have ever occurred. As extremely rare or, rather, unique is the love between the teacher and Margarita. That is, the probable union, in a single word, of two Indo-European roots: one is * mar-, from which «pearl» comes, and the other * gar-, which in later languages acquires the meaning of «brilliance», «radiance».

The word «hado» derives from fatum, the past participle of the verb fari, «to say», «to speak», which descends from the Indo-European root * bha-, the same one from which comes the Greek φημί (/ phemí /), » tell».
From that same word come not only horoscopes, but also «fables.» Unforgettable, and not only in the old high school classes, it was the end of all Aesop’s stories: Ὁ μῦθος δηλοῖ ὅτι… (/ ho mýthos delôi̯ hóti… /), “the fable shows that…”.
It shows first of all that it must first be told, that is, say it through words.
From an origin directly related to the same root, but with a popular result, we find the Portuguese fado, which designates the typical musical genre of the city of Lisbon (and, since 2011, recognized by Unesco as an intangible heritage of humanity), played by a voice that dialogues with a «Portuguese guitar», accompanied by the viola do fado and the cavaquinho, a Spanish-type guitar that produces harmonies and basses.
From the word fatum, «hado», derives the name of this heartbreaking music that has the power to arouse saudade, a melancholy that borders on nostalgia — without actually being so — when speaking of emigration, distance, separation, of pain, suffering.

Only «language» has the strength and talent to shape things and to capture reality.
In the face of carelessness, talking is the cure and the antidote.
It is therefore necessary to rebel against verbal laziness, which is always a symptom of intellectual laziness. Make some «movement», because every revolution happens through the «language.»
«Language» is the last etymology of this book. The ninety-ninth.

With absolute, etymological certainty: the mirror of the language that we use reflects only and only us.

Books from the author commented in the blog:

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