Érase Una Vez El Zorro Y El Erizo. Las Humanidades Y La Ciencia En El Tercer Milenio — Stephen Jay Gould / The Hedgehog, the Fox & the Magister’s Pox: Mending the Gap Between Science & the Humanities by Stephen Jay Gould

El zorro de Gesner encarna el engaño y la astucia que tradicionalmente se asocian a este importante símbolo de nuestra cultura: sentado sobre sus cuartos traseros, preparado para lo que sea, las patas delanteras rectas y extendidas, las posteriores listas para saltar, las orejas enhiestas y el pelo erecto a lo largo de toda la línea del lomo. Por encima de todo, su cara sonríe enigmática y abiertamente, desde las tiesas pestañas hasta la sonrisa larga y afectada, terminando en el ahusado hocico con los bigotes extendidos… Todo parece decir: «Mírame ahora, y después dime si has visto nunca algo que sea siquiera la mitad de avispado».
El erizo, en cambio, es largo y bajo, todo él expuesto y nada escondido. Toda la superficie superior de su cuerpo está recubierta de púas y sus pequeños pies se acomodan perfectamente bajo esta estera protectora superior. La cara, a mí, me parece sencillamente plácida: ni estúpida ni ausente, con la expresión, más bien, de una confianza severa pero completamente comprometida.
El zorro y el erizo no sólo representaban los símbolos distintos y bien conocidos de la astucia frente a la perseverancia. También habían estado explícitamente relacionados, desde el siglo VII a. C., en uno de los proverbios sobre animales más ampliamente conocidos, un refrán enigmático que consiguió una vida renovada en el siglo XX.

Para lo bueno y lo malo es un poquito demasiado Gould. Aunque me gusta que parezca disfrutar mostrando sus conocimientos. Y sus libros. Sabe latín y alemán. Bueno, no es que sepa cómo se escribe schwarz. La metáfora del zorro erizo (de Isiah Berlin) realmente no la entiendo. De acuerdo, el erizo solo conoce un truco. Pero muy eficiente. ¿Es esto ciencia o humanidades?
Habla de Snow, la invención de la tierra plana. No hay guerra entre las humanidades y la ciencia ya que una de las partes (la ciencia) no aparece. Lo que significa que no están interesados y no conocen ningún conflicto.
Los puntos expuestos en este libro son excelentes: las ciencias y las humanidades pueden aprender unas de otras, existen diferentes métodos para abordar los problemas que son igualmente válidos y el reduccionismo no es la respuesta. Las historias históricas que se cuentan para ilustrar estos puntos son divertidas e informativas, destacando personajes y rincones del pasado que al menos yo desconocía. El estilo también es agradable, metódico y erudito, con muchas notas a pie de página que brindan un contexto adicional.
Dicho todo esto, la introducción establece que se trataba de una extensión del libro de una charla que dio el autor. También establece que el libro no estaba completo cuando el autor murió y no se volvió a editar después de su muerte. Chico, muestra ambas cosas: este es uno de esos casos en los que se usaron muchas palabras donde menos palabras hubieran sido suficientes. En cuanto a la opción de edición, fue lo suficientemente razonable como para no intentar ajustar los hechos que presentó el autor, pero se podría haber realizado una revisión de edición para al menos detectar cosas como un error tipográfico en una referencia al propio libro anterior del autor. También pensé que el libro fue realmente decepcionante por la elección de proporcionar las figuras en blanco y negro en el mismo papel que el resto del texto. Esto es incluso algo que menciona el autor, que esta elección se hizo por razones de costo, pero estas son imágenes detalladas con texto y color pequeños, y las reproducciones son de muy mala calidad. Además, algunos de ellos tienen extrañas barras horizontales grises sobre secciones de ellos, que parecen ser problemas de reproducción de la imagen, como si la imagen no se hubiera cargado completamente en el momento de la impresión. Hubiera sido mucho más agradable tenerlos como inserciones a todo color en papel brillante, donde uno podría haber visto y apreciado todos los detalles a los que se hace referencia en el texto.

Queremos comprender las relaciones continuamente agitadas entre la ciencia y estos otros magisterios de nuestro ser completo (en este caso, y para este libro, las interacciones entre la ciencia y las humanidades), haríamos bien en remontarnos a los inicios de la ciencia moderna, intentando comprender de qué modo los iniciadores de la Revolución Científica del siglo XVII entendieron su tarea, sus retos, sus enemigos y sus logros. (He comentado el otro gran seudoconflicto, la opuesta lucha entre la ciencia y la religión, en un libro previo, Ciencia «versus» religión. Un falso conflicto). En particular, ¿de qué forma estos creadores de la ciencia moderna interpretaron las disciplinas tradicionales del estudio humanístico? ¿De qué forma, todavía más concreta (y para anunciar un tema primario de este libro), la percepción de determinados modos humanísticos de estudio como impedimentos que había que apartar, más que como aliados que había que cultivar, establecieron un desgraciado, aunque comprensible (y probablemente inevitable) contexto inicial para la interacción? ¿Por qué razón esta idea de conflicto inherente continúa floreciendo siglos después literalmente de que el crecimiento y éxito de la ciencia destruyera cualquier razón de ser concebible para una tal beligerancia e incultura?.
1. El conflicto inicial entre la ciencia y las humanidades («el rito y los derechos de una primavera que separa» en el título de esta primera parte) asistió inevitablemente al nacimiento de la ciencia moderna en la Revolución Científica del siglo XVII. Los chicos grandes y aposentados no ceden nunca voluntariamente el terreno, y los recién llegados tienen que estar preparados para una lucha agresiva, aunque sólo sea como ritual de iniciación.
2. Documentaré, « esta desavenencia inevitable e inicial entre la ciencia y las humanidades preguntando qué es lo que los arquitectos de la Revolución Científica pensaban que necesitaban superar (sobre un ejemplo específico de conflicto con las tradiciones humanísticas y religiosas; sobre problemas con las humanidades; sobre tensiones con el poder religioso y la ortodoxia).
3. Este conflicto, inicialmente comprensible, se convirtió en necio y dañino hace mucho tiempo. La ciencia triunfó en aquellas amplias áreas que justamente pertenecen a sus técnicas y experiencia. En cambio, la ciencia no tiene por qué contender por el terreno intelectual fuera de los límites de sus métodos asombrosamente exitosos. Así, el momento para la paz llegó hace mucho tiempo; y la paz aportaría grandes bendiciones a los dos bandos, pues cada uno de ellos tiene mucho que aprender de los éxitos del otro.
4. Aunque puede calificarse a estas proclamas de pasadas de moda en una época que exalta el pluralismo y rechaza las soluciones definitivas, argumento que podemos identificar una manera correcta y otra equivocada de conseguir una curación adecuada de nuestro antiquísimo conflicto entre la ciencia y las humanidades. Este camino adecuado resalta el respeto por discernimientos absolutamente distintos, inherentes a las diferentes profesiones, y rechaza el lenguaje (y la práctica) del valor y subsunción jerárquicos. La consiliencia, en la definición del inventor del término, surge de un baturrillo de afirmaciones independientes, no por subsunción bajo una enseña independiente de falsa unión.

Quizá no habrá siempre una Inglaterra, pero esta nación insular hace gala de algunos ejemplos impresionantes de estabilidad, un atributo fomentado en gran manera por el impresionante hecho de que, desde 1066, ninguna invasión a gran escala por fuerzas extranjeras ha asolado el país. Las universidades de Oxbridge proporcionan varios ejemplos sorprendentes, entre ellos el New College, Oxford, así llamado por su inicio en 1379, como un advenedizo entre los sectores más antiguos de la universidad. De la misma manera, varias cátedras con nombre han tenido una continuidad de siglos. Por ejemplo, Stephen Hawking presta servicio ahora como profesor lucasiano de matemáticas, la misma cátedra y título que ocupó Isaac Newton. Cambridge continúa manteniendo el prestigioso cargo de profesor woodwardiano de geología, la primera cátedra en esta disciplina establecida en una universidad inglesa.
Los líderes de la Revolución Científica encontraron realmente contendientes intelectuales genuinos de fuerza considerable, críticos poderosos que poseían todas las ventajas de la incumbenciay el peso de la tradición. Apenas podemos reprochar a la ciencia que haya sido un poco beligerante en su infancia.

La peculiar idea de que la ciencia utiliza la observación pura e insesgada como método único y elemental para descubrir la verdad de la naturaleza opera como el mito fundacional (y, me atrevería a afirmar, bastante pernicioso) de mi profesión. Los científicos no pueden aproximarse al mundo de este modo ni siquiera si así lo desearan cabalmente; porque, como una vez señaló N. R. Hanson, el distinguido filósofo de la ciencia, «la huella de pezuña hendida de la teoría» hace necesariamente su intrusión en cualquier programa de observación. Así tiene que ser, y así debe ser.
Los científicos cuidadosos han reconocido siempre la necesidad filosófica y las ventajas prácticas de las observaciones hechas para poner a prueba las preferencias teóricas, en lugar de ser registradas de manera promiscua como ítems aleatorios de una lista negligente.

Nuestras interpretaciones simplistas de la historia occidental, como se mencionó anteriormente, tienden a ilustrar cualquier lucha entre la ciencia y el poder secular como parte de una «guerra entre la ciencia y la teología», o como «ciencia contra religión»; pero yo rechazo enérgicamente esta dicotomía peligrosa y simplista. El poder secular o estatal, al menos en unos cuantos episodios cruciales, suprimió activamente la difusión de los métodos y conclusiones científicos. Dados los enmarañamientos entre las principales instituciones de la época, la base ideológica para suprimir una afirmación científica encontraba por lo general su expresión en términos religiosos, con argumentos condenados (como en el caso canónico de Galileo) porque supuestamente violaban preceptos religiosos que los líderes seculares consideraban importantes a la hora de justificar su derecho permanente a sostener las riendas del poder.
El estilo del imprimátur, aprobado por el inquisidor de Bolonia, suena a nuestros oídos modernos como algo espeluznante. El primer censor aprueba, citando la afirmación convencional de que allí no encontró «nihil contra sanctae fidei dogmata, vel probatos mores» («nada contra los dogmas de la sagrada fe o de la moral aceptada»).
Lavoisier desapareció de los descubrimientos y publicaciones que habían salvado a una revolución que ahora estaba presta a acabar también con su vida. Lavoisier tuvo su cita con la guillotina sólo tres meses antes de la abrupta finalización del Terror y la subsiguiente condena a la guillotina del guillotinador Robespierre. El amargo elogio del amigo íntimo de Lavoisier, el matemático Lagrange, puede figurar como un recordatorio dramático y algo más que simbólico de lo lentamente que construimos nuestras frágiles estructuras intelectuales, y de lo rápido que pueden venirse abajo cuando los celotas y los filisteos toman el poder: «Les ha llevado sólo un instante cortar esta cabeza, pero Francia quizá no produzca otra igual en un siglo».

Al promover la causa del nuevo saber, adquirido mediante observación y experimento bajo una concepción básicamente mecanicista de la causación natural, y al negar la premisa principal del Renacimiento de que el saber progresaría mejor recuperando la comprensión que se consiguió en Grecia y Roma, los líderes de la Revolución Científica popularizaron dos metáforas con extensos linajes en la literatura occidental. Pero estas antiguas máximas desarrollaron bordes afilados en un razonamiento bastante consciente (y a menudo virulentamente pendenciero) que avanzó a través del mundo intelectual de la Francia y la Inglaterra del siglo XVII y principios del XVIII, y que entró en el registro de la historia como el debate entre los antiguos y los modernos.
Francis Bacon, encarnación de la Revolución Científica, promovió su imagen favorita con tanta energía, y con tanta frecuencia, que la máxima llegó a conocerse como la paradoja de Bacon. La formulación es, ciertamente, una paradoja verdadera y literal; es decir, un problema con dos resoluciones contradictorias, cada una de ellas lógica y correcta en su propio contexto.
Desde el alba de la meditación humana registrada, nuestros mejores filósofos han advertido, y por lo general han lamentado, nuestra fuerte tendencia a enmarcar cualquier cuestión compleja como una batalla entre dos campos opuestos.
Si, en general, la dicotomía representa un modo tan equivocado de clasificar la estructura de la naturaleza o las formas del discurso humano; y si, en particular, hemos errado de manera tan deplorable cada vez que hemos ilustrado la historia de la interacción entre la ciencia y las humanidades como una serie de episodios de lucha dicotómica, entonces ¿por qué esta falacia del raciocinio, como la proverbial moneda falsa, sigue apareciendo para envenenar nuestra comprensión y agriar nuestras relaciones?.
Sólo puedo expresar una esperanza final de que la consumación de una unión tan favorable pueda no sólo destruir para siempre el mito estéril de la dicotomía, sino que pueda asimismo, en la saludable hibridación de modos mentales (que tanto tiempo hace que las humanidades han comprendido, y que tan bien practican) con técnicas de observación y experimento (que de manera tan fructífera han explotado las ciencias), producir un grupo de descendientes mixtos que denuncien que el concepto de dicotomía de oposición entre la ciencia y las humanidades es una negación necia de nuestras capacidades y complejidades mentales, una trampa no menos dañina y restrictiva del potencial humano que nuestros antiguos esfuerzos para mantener las inexistentes razas humanas a la vez separadas y desiguales.

La ciencia necesita de las humanidades para enseñarnos el lado tortuosa y ricamente subjetivo de nuestra propia empresa, para instruirnos en habilidades óptimas para la comunicación y para situar las fronteras adecuadas a nuestras competencias; con el fin de que todos podamos trabajar juntos, para el bien de la humanidad, uniendo nuestras habilidades objetivas con nuestra sabiduría ética para formar un escudo y un arma en esta época de peligro inmediato.

Esopo termina elogiando a la abeja e inventando un proverbio que forma una de las conexiones más encantadoras en inglés. Y de este modo la frase «dulzura y luz» (propiedades directas de la miel y la cera) entró en nuestro léxico de adagios como culminación de la defensa de Swift, a través de Esopo, de la extensa colmena de nuestras mayores tradiciones intelectuales.
En cuanto a nosotros, los antiguos, estamos contentos con la abeja, para no fingir nada por nuestra parte, más allá de nuestras alas y nuestra voz, es decir, nuestros vuelos y nuestro lenguaje; en cuanto al resto, sea lo que sea que hayamos obtenido, ha sido mediante una infinita labor, y búsqueda, y moverse por todos los rincones de la naturaleza. La diferencia es que, en lugar de inmundicia y ponzoña, hemos elegido en cambio llenar nuestras colmenas con miel y cera, con lo que hemos proporcionado a la humanidad las dos cosas más nobles, que son la dulzura y la luz.

Las sagas y los relatos primordiales humanos suelen presentar nuestras emociones más profundas y nuestras necesidades más prácticas como polos opuestos que, o bien moran en tensión en nuestro interior, o bien compiten por el predominio como seres personificados del mundo exterior (superhéroes y villanos en los modernos libros de cómics, como versiones populares de los antiguos dioses y demonios, por ejemplo): mata para obtener beneficios personales o sacrifícate para la salvación nacional; baila hasta morir (compra hasta caerte) o estudia hasta quedarte ciego. Como científico e historiador natural, noto especialmente el fuerte tirón personal de la oposición entre una fascinación irreductible (equivalente al amor) por cada uno de los minúsculos detalles de la variedad natural, y un gran anhelo (equivalente a la emoción) ante la perspectiva de que un modo común de explicación, un principio regulador, pueda dar sentido a toda la gloriosa diversidad.
El camino de la consiliencia se abrirá para acoger a los justos, pero también para redimir a los necios: «Y habrá allí una calzada y camino, que se llamará la vía santa … Él mismo guiará al caminante, y los simples no se descarriarán».
¿Acaso los principales documentos de la Ilustración no incluían la «búsqueda de la felicidad» entre aquellos pocos derechos que no podemos elegir vender por un plato de potaje, porque la búsqueda sigue siendo tan inalienable como el propio intelecto?.

¿Qué puede ser más poderoso que combinar la virtud de un objetivo claro que se busca con afán, de forma inexorable y sin compromiso (la manera del erizo), y la flexibilidad de una amplia gama de estrategias hábiles y distintas para llegar al lugar señalado, de manera que alguien o algo consiga pasar, sea cual sea la vigilancia y la resolución de un enemigo (la manera del zorro)? Considero que la consiliencia de igual condición entre la ciencia y las humanidades es una combinación de gran potencia para nuestro pequeño mundo de estudiosos porque tal unión de entidades completamente independientes, siempre en contacto estrecho y mutuamente reforzador, y siempre a la búsqueda de un objetivo común de fomentar las maneras y los medios del intelecto humano, combina tan diestramente las diferentes fortalezas del zorro y del erizo que hemos de ganar (o al menos dominar), mientras no permitamos que los detractores malogren nuestra resolución y nuestro lazo comunes. (El modelo de consiliencia de Wilson mediante unificación reduccionista en una única jerarquía no sólo interpreta erróneamente la naturaleza innata de las similitudes y diferencias en estos dos estilos intelectuales, sino que también impide la flexibilidad de la experiencia conjunta en unión fecunda al glosar las diferencias en la búsqueda de la quimera de la falsa unificación).
¿Cómo podía triunfar así el pobre censor frente a la utilización por parte de Gesner, inconsciente pero combinada, de las estrategias del zorro y el erizo? Tantos lugares y maneras de insertar los nombres agraviantes, con lo que se reducía la probabilidad de encontrar hasta el último de ellos (la estrategia flexible del zorro); y tantas repeticiones, simples y que acababan por entorpecer la mente, del mismo nombre en el mismo contexto básico: proverbios según Erasmo, proverbios según Erasmo, proverbios según Erasmo (el único modo obstinado del erizo). El pobre hombre, simplemente, no podía ser perfecto ante un ataque de tediosa herejía. ¿Adivina el lector dónde falló?.
Si nos dirigimos a la página dedicada a los proverbios en el capítulo «De Echino» (sobre el erizo) del libro de Gesner, encontramos el nombre de Erasmo, cumplidamente tachado cuatro veces
La declaración más famosa de la Ilustración norteamericana, hecha por el estimable señor Jefferson. Ahora terminaré realmente citando al todavía más estimable señor Franklin, nuestro gran héroe ilustrado, en uno de los más espléndidos retruécanos que jamás se hayan acuñado en inglés. Tal como él declaró para el pueblo de América, y para las trece colonias de «e pluribus unum» (y, como yo digo, para las maravillosas e iluminadoras diferencias entre las ciencias y las humanidades, todo al servicio potencial del único gran objetivo de la sabiduría), será mejor que estemos unidos, o con toda seguridad acabaremos colgados por separado.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/08/15/brontosaurus-y-la-nalga-del-presidente-stephen-jay-gould/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/03/erase-una-vez-el-zorro-y-el-erizo-las-humanidades-y-la-ciencia-en-el-tercer-milenio-stephen-jay-gould-the-hedgehog-the-fox-the-magisters-pox-mending-the-gap-between-science-amp/

——————–

Gesner’s fox embodies the deception and cunning traditionally associated with this important symbol of our culture: sitting on its hindquarters, ready for whatever, front legs straight and extended, hind legs ready to pounce, ears perched and the erect hair along the entire line of the loin. Above all, his face smiles enigmatically and openly, from the stiff eyelashes to the long and affected smile, ending in the tapered muzzle with the extended whiskers … Everything seems to say: «Look at me now, and then tell me if you have ever seen something that be even half as smart. ‘
The hedgehog, on the other hand, is long and short, all of it exposed and nothing hidden. The entire upper surface of his body is covered with spikes and his little feet nestle perfectly under this protective upper mat. The face, to me, seems simply placid: neither stupid nor absent, with the expression, rather, of a severe but completely committed confidence.
The fox and the hedgehog not only represented the distinct and well-known symbols of cunning versus perseverance. They had also been explicitly related, from the 7th century BC. C., in one of the most widely known proverbs about animals, an enigmatic saying that got a renewed life in the 20th century.

A tiny little bit too much Gould. Although I like it that he seems to get his pleasure in displaying his knowledge. And his books. He knows Latin and German. Well, not that he knows how to spell schwarz. The hedgehog fox metaphor (from Isiah Berlin) I do not really get. Okay, the hedgehog does know only one trick. But very efficient. Is this science or humanities?
He talks about Snow, the invention of the flat earth. There is no war between humanities and science since one party (science) does not show up. Meaning they are not interested and do not know about any conflict.
The points made in this book are excellent ones: the sciences and the humanities can learn from each other, there are different methods of approaching problems that are equally valid, and reductionism is not the answer. The historical stories told to illustrate these points are enjoyable and informative, highlighting characters and corners of the past of which I at least was unaware. The style is also enjoyable, methodical, and erudite, with many footnotes providing additional context.
All that said, the introduction states that this was a book-length extension of a talk the author gave. It also states that the book was not complete when the author died, and was not edited further after his death. Boy do both of those things show – this is one of those cases where many words were used where less words would have sufficed. As for the editing choice, it was reasonable enough to not try and adjust the facts the author presented, but a copy-editing pass could have been done to at least catch things like a typo in a reference to the author’s own previous book. I also thought the book was really let down by the choice to provide the figures in black and white on the same paper as the rest of the text. This is even something the author mentions, that this choice was made for cost reasons, but these are detailed images with small text and color, and the reproductions are of very poor quality. In addition, some of them have odd grey horizontal bars over sections of them, which look to be image rendering issues, as though the image had not fully loaded at the time of printing. It would have been so much nicer to have had these as full-color inserts on glossy paper, where one could have actually seen and appreciated all the detail referred to in the text.

We want to understand the continually agitated relationships between science and these other magisteriums of our whole being (in this case, and for this book, the interactions between science and the humanities), we would do well to go back to the beginnings of modern science, trying understand how the initiators of the 17th century Scientific Revolution understood their task, their challenges, their enemies, and their achievements. (I have discussed the other great pseudo-conflict, the opposite struggle between science and religion, in a previous book, Science «versus» religion. A false conflict). In particular, how did these creators of modern science interpret the traditional disciplines of humanistic study? In what way, even more concretely (and to announce a primary theme of this book), did the perception of certain humanistic modes of study as impediments to be removed, rather than as allies to be cultivated, establish a disgraceful, though understandable? (and probably unavoidable) initial context for the interaction? Why does this idea of inherent conflict continue to flourish literally centuries after the growth and success of science destroyed any conceivable reason for such belligerence and ignorance?
1. The initial conflict between science and the humanities («the rite and rights of a spring that separates» in the title of this first part) inevitably attended the birth of modern science in the Scientific Revolution of the seventeenth century. Large, lodged boys never willingly give ground, and newcomers have to be prepared for an aggressive fight, if only as a ritual of initiation.
2. I will document, “this inevitable and initial rift between science and the humanities by asking what the architects of the Scientific Revolution thought they needed to overcome (on a specific example of conflict with humanistic and religious traditions; on problems with the humanities ; on tensions with religious power and orthodoxy).
3. This initially understandable conflict became foolish and harmful long ago. Science triumphed in those broad areas that belong precisely to its techniques and experience. In contrast, science does not have to contend for intellectual ground outside the confines of its astonishingly successful methods. Thus, the moment for peace came a long time ago; and peace would bring great blessings to both sides, for each has much to learn from the other’s successes.
4. Although these proclamations can be described as old-fashioned in an age that extols pluralism and rejects definitive solutions, I argue that we can identify a right and a wrong way to achieve a proper healing of our age-old conflict between science and the humanities. This proper path highlights respect for absolutely different discernments inherent in different professions, and rejects the language (and practice) of hierarchical value and subsumption. Consilience, in the inventor’s definition of the term, arises from a hodgepodge of independent assertions, not subsumption under an independent banner of false union.

There may not always be an England, but this island nation boasts some impressive examples of stability, an attribute greatly fostered by the impressive fact that, since 1066, no large-scale invasions by foreign forces have plagued the country. The Oxbridge colleges provide several striking examples, including New College, Oxford, so named from its inception in 1379, as an upstart among the older sections of the university. In the same way, several named chairs have had a continuity of centuries. For example, Stephen Hawking now serves as a Lucasian professor of mathematics, the same chair and title that Isaac Newton held. Cambridge continues to hold the prestigious position of Woodwardian Professor of Geology, the first chair in this discipline established at an English university.
The leaders of the Scientific Revolution did find genuine intellectual contenders of considerable strength, powerful critics who possessed all the advantages of incumbency and the weight of tradition. We can hardly blame science for being a bit belligerent in its infancy.

The peculiar idea that science uses pure and unbiased observation as the only elementary method of discovering the truth of nature operates as the foundational (and, I daresay, quite pernicious) myth of my profession. Scientists cannot approach the world in this way even if they fully wish to do so; for, as N. R. Hanson, the distinguished philosopher of science, once pointed out, «the cleft hoofprint of theory» necessarily makes its intrusion into any program of observation. This is how it must be, and this is how it must be
Careful scientists have always recognized the philosophical necessity and practical advantages of observations made to test theoretical preferences, rather than being promiscuously recorded as random items on a neglected list.

Our simplistic interpretations of Western history, as mentioned above, tend to illustrate any struggle between science and secular power as part of a «war between science and theology,» or as «science versus religion»; but I strongly reject this dangerous and simplistic dichotomy. Secular or state power, in at least a few crucial episodes, actively suppressed the spread of scientific methods and conclusions. Given the entanglements between the main institutions of the time, the ideological basis for suppressing a scientific claim generally found its expression in religious terms, with arguments condemned (as in the canonical case of Galileo) because they allegedly violated religious precepts that secular leaders they considered important in justifying their permanent right to hold the reins of power.
The style of the imprimatur, approved by the Bologna inquisitor, sounds creepy to our modern ears. The first censor approves, citing the conventional assertion that he there he found «nihil contra sanctae fidei dogmata, vel probatos mores» («nothing against the dogmas of sacred faith or accepted morality»).
Lavoisier disappeared from the discoveries and publications that had saved a revolution that was now poised to end his life as well. Lavoisier had his appointment with the guillotine only three months before the abrupt ending of the Terror and the subsequent guillotine sentence of the guillotiner Robespierre. The bitter praise of Lavoisier’s close friend, the mathematician Lagrange, may stand as a dramatic and more than symbolic reminder of how slowly we build our fragile intellectual structures, and how quickly they can collapse when the Zealots and Philistines take over. power: «It took them only an instant to cut off this head, but France may not produce another like it in a century».

By promoting the cause of new knowledge, acquired through observation and experiment under a basically mechanistic conception of natural causation, and by denying the main premise of the Renaissance that knowledge would progress better by recovering the understanding that was achieved in Greece and Rome, the leaders of the Scientific Revolution popularized two metaphors with extensive lineages in Western literature. But these ancient maxims developed sharp edges in a fairly conscious (and often virulently quarrelsome) reasoning that advanced through the intellectual world of seventeenth and early eighteenth century France and England, and entered the record of history as the debate between the ancients and the moderns.
Francis Bacon, incarnation of the Scientific Revolution, promoted his favorite image so vigorously, and so frequently, that the maxim came to be known as Bacon’s paradox. The formulation is certainly a true and literal paradox; that is, a problem with two contradictory resolutions, each of them logical and correct in its own context.
Since the dawn of recorded human meditation, our best philosophers have warned, and generally lamented, our strong tendency to frame any complex issue as a battle between two opposing camps.
If, in general, dichotomy represents such a wrong way of classifying the structure of nature or the forms of human speech; And if, in particular, we have so deplorably erred every time we have illustrated the history of the interaction between science and the humanities as a series of episodes of dichotomous struggle, then why this fallacy of reasoning, like the proverbial coin False, does it keep popping up to poison our understanding and sour our relationships?
I can only express a final hope that the consummation of such a favorable union may not only destroy forever the sterile myth of dichotomy, but may also, in the healthy hybridization of mental modes (which the humanities have long understood , and how well they practice) with observation and experiment techniques (which the sciences have so fruitfully exploited), produce a group of mixed descendants who denounce that the concept of oppositional dichotomy between science and the humanities is a foolish denial of our mental capacities and complexities, a trap no less damaging and restrictive of human potential than our ancient efforts to keep the nonexistent human races both separate and unequal.

Science needs the humanities to teach us the tortuous and richly subjective side of our own company, to instruct us in optimal communication skills and to set the appropriate boundaries for our competencies; so that we can all work together, for the good of humanity, uniting our objective abilities with our ethical wisdom to form a shield and a weapon in this time of immediate danger.

Aesop ends up praising the bee and inventing a proverb that forms one of the loveliest connections in English. And so the phrase «sweetness and light» (direct properties of honey and wax) entered our adage lexicon as the culmination of Swift’s defense, through Aesop, of the vast hive of our greatest intellectual traditions.
As for us, the ancients, we are happy with the bee, not to pretend anything on our part, beyond our wings and our voice, that is, our flights and our language; As for the rest, whatever we have obtained, it has been through infinite labor, and search, and moving through all corners of nature. The difference is that, instead of filth and poison, we have chosen instead to fill our hives with honey and wax, thereby providing humanity with the two noblest things, which are sweetness and light.

Sagas and primordial human tales often present our deepest emotions and most practical needs as polar opposites that either dwell in tension within us, or compete for dominance as personified beings from the outside world (superheroes and villains in the world). modern comic books, such as popular versions of ancient gods and demons, for example) – kill for personal gain or sacrifice for national salvation; Dance until you die (buy until you fall) or study until you go blind. As a scientist and natural historian, I especially note the strong personal pull of the opposition between an irreducible fascination (equivalent to love) for every minute detail of natural variety, and a great longing (equivalent to emotion) at the prospect of that a common mode of explanation, a regulative principle, can make sense of all the glorious diversity.
The path of consilience will be opened to welcome the just, but also to redeem the fools: «And there will be a causeway and a path, which will be called the holy way … He himself will guide the traveler, and the simple will not go astray» .
Didn’t the main Enlightenment documents include the «pursuit of happiness» among those few rights that we cannot choose to sell for a plate of pottage, because the pursuit remains as inalienable as the intellect itself?

What can be more powerful than combining the virtue of a clear goal that is eagerly pursued, inexorably and without compromise (the hedgehog way), and the flexibility of a wide range of skillful and distinct strategies to get to the right place. , so that someone or something gets through, whatever the vigilance and resolve of an enemy (the fox way)? I consider that the consilience of equal status between science and the humanities is a combination of great power for our small world of scholars because such a union of completely independent entities, always in close contact and mutually reinforcing, and always in search of a common goal In fostering the ways and means of the human intellect, it so cleverly combines the different strengths of the fox and the hedgehog that we must win (or at least dominate), as long as we do not allow naysayers to spoil our common resolve and bond. (Wilson’s model of consilience by reductionist unification in a single hierarchy not only misinterprets the innate nature of the similarities and differences in these two intellectual styles, but also prevents the flexibility of joint experience in fruitful union by glossing over the differences in the search for the chimera of false unification).
How could the poor censor thus triumph over Gesner’s unconscious but combined use of the strategies of the fox and the hedgehog? So many places and ways to insert offending names, reducing the likelihood of finding every last one (the flexible fox strategy); and so many simple, mind-numbing repetitions of the same name in the same basic context: Erasmus proverbs, Erasmus proverbs, Erasmus proverbs (the only stubborn way of the hedgehog). The poor man simply could not be perfect in the face of a bout of tedious heresy. Guess where he failed?
If we go to the page dedicated to proverbs in the chapter «De Echino» (on the hedgehog) of Gesner’s book, we find the name of Erasmus, dutifully crossed out four times
The most famous statement of the American Enlightenment, made by the estimable Mr. Jefferson. Now I will actually end by quoting the still more estimable Mr. Franklin, our great illustrated hero, in one of the most splendid puns ever coined in English. As he declared for the people of America, and for the thirteen colonies of «e pluribus unum» (and, as I say, for the marvelous and illuminating differences between the sciences and the humanities, all potentially serving the one great goal of wisdom), we better be united, or we will surely end up hanging separately.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/08/15/brontosaurus-y-la-nalga-del-presidente-stephen-jay-gould/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/03/erase-una-vez-el-zorro-y-el-erizo-las-humanidades-y-la-ciencia-en-el-tercer-milenio-stephen-jay-gould-the-hedgehog-the-fox-the-magisters-pox-mending-the-gap-between-science-amp/

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.