La Frontera: Un Viaje Alrededor de Rusia a través de Corea del Norte, China, Mongolia, Kazajistán, Azerbaiyán, Georgia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Polonia, Letonia, Estonia, Finlandia, Noruega y también el Paso del Noreste — Erika Fatland / The Border: A Journey Around Russia Through North Korea, China, Mongolia, Kazakhstan, Azerbaijan, Georgia, Ukraine, Belarus, Lithuania, Poland, Latvia, Estonia, Finland, Norway, and the Northeast Passage by Erika Fatland

El cabo Dezhniov es el punto más oriental del continente euroasiático. Desde aquí hay más de 8500 kilómetros hasta Moscú, más de 6500 a Nueva York y menos de 90 kilómetros al cabo Príncipe de Gales, en Alaska, al otro lado del estrecho de Bering.
Justo debajo del faro había un puñado de casas grises de madera, expuestas a las inclemencias del tiempo: el viejo puesto de control fronterizo soviético. Al otro lado del estrecho los estadounidenses tenían sus propias instalaciones, y así, año tras año, estuvieron pertrechados cada uno a un lado del invisible telón de acero vigilándose mutuamente con prismáticos y radares enormes como casas.
A unos pasos del faro, hallé las ruinas de un poblado yupik. Los yupik son un pueblo aborigen emparentado muy de cerca con los inuit de Alaska y de Groenlandia; en la actualidad solo sobreviven unos 1700 en toda Rusia.
La frontera de Rusia no es solamente extensa, es la más extensa del mundo: en total 60.932 kilómetros. A modo de comparación, la circunferencia de la Tierra tiene 40.075 kilómetros. Casi las dos terceras partes de la frontera rusa discurren a lo largo de la costa, desde Vladivostok, en el este, hasta Múrmansk, en el oeste. Un enorme territorio casi deshabitado que gran parte del año está cubierto por el hielo y la nieve.
Mar y cielo, era todo lo que existía aún. La luz del verano ártico cambiaba de blanco a gris y a dorado; por las noches franjas algodonosas de color lila rosáceo se expandían por el cielo. Cada día seguía siendo parecido al anterior, aunque nunca estábamos en el mismo lugar. No obstante, era como si no nos moviéramos, continuábamos en el mismo camarote, sentados a la misma mesa, en la misma silla, y así, literalmente, los días se fundían unos en otros. El tiempo se detuvo y, a la vez, pasó demasiado veloz. De repente estábamos al final del camino…

Fatland, una noruega sensata pero aventurera de unos 30 años, lleva al lector a un viaje que da la vuelta a Rusia. Su historia mezcla muy bien la historia antigua, los acontecimientos políticos actuales y las historias personales de algunas de las muchas personas que conoce en sus duros viajes. Este es un libro agradable, hecho más que adecuado dado el tiempo pandémico de no viajar que todos estamos soportando ahora.
Una delicia de libros como estos es la oportunidad de adquirir conocimientos aleatorios interesantes. Por ejemplo, el material sobre el cruce del Mar Negro me ayudó a comprender por primera vez sus orígenes e importancia.
Al final, un lector sale con una apreciación renovada del tamaño físico de la antigua Unión Soviética y de las muchas alteraciones humanas en sus fronteras causadas por los zares y su heredero Stalin. Y, con Putin, la frontera sigue siendo palpitante.
Este libro, que vale la pena leer, proporcionará información más detallada sobre el estado de nuestro mundo en partes de las que yo, y tal vez usted, sabemos poco.
Fatland obviamente logra lo que se propuso hacer: educar a sus lectores sobre cómo es vivir cerca de la nación más notoriamente hostil del planeta. Anteriormente desconocía todo el conflicto en el Cáucaso y lo inestable que siempre ha sido esa región. Fatland nos muestra cómo las ciudades de los países fronterizos europeos a menudo fueron dañadas o destruidas durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, todas estas décadas después, «… ninguno de los [catorce] países por los que había viajado estaba sin heridas o cicatrices dejadas por su vecino, Rusia». Esta es una demostración perfecta de la maleabilidad de las vastas fronteras del imperio y su efecto en las personas que habitan esos espacios. Aunque su viaje fue notable, la forma en que Fatland lo presenta en estas páginas lo es aún más.

Grandes extensiones del país están cubiertas de tundra, taiga y bosque; difíciles de defender, fáciles de invadir. Pero las propias dimensiones, las enormes distancias, han constituido las mejores defensas de Rusia. A pesar de que el terreno al oeste de Moscú es llano, sin grandes cordilleras u otros obstáculos geográficos, ningún ejército extranjero ha conseguido conquistar Rusia desde el oeste. Cuando los ejércitos alcanzan Moscú, los soldados ya están extenuados y las provisiones se les han agotado; las comunicaciones con el oeste se han vuelto demasiado largas y las temperaturas demasiado frías. Sin embargo, no han faltado tentativas perseverantes: tanto los polacos como los suecos y los franceses se han arriesgado; por no hablar de los alemanes, tanto en 1914 como en 1941, con resultados catastróficos las dos veces.
La prodigiosa expansión de Rusia empezó en el siglo XVI con la conquista del kanato musulmán de Kazán, al este de Moscú, y después con la colonización de Siberia y del Lejano Oriente, iniciada por los cazadores de pieles. En 1613, cuando el primero de los Románov, el joven de veintidós años Mijaíl Fiódorovich Románov, fue coronado zar, el reino era ya tan grande que nadie sabía a ciencia cierta el número de habitantes, los pueblos aborígenes que el joven zar gobernaba o hasta dónde llegaban las fronteras externas de su reino.
Cien años y seis zares más tarde, todavía no se sabía con seguridad cuáles eran los confines de Rusia.
El descubrimiento de la ruta marítima hacia Alaska dio pie a la creación de la Compañía Ruso-Americana. Esta se fundó en 1799, cincuenta años después de la expedición de Bering, y su objetivo era colonizar Alaska, comerciar con los nativos y, lo más importante de todo, procurarse pieles. Los nativos, que fueron obligados a trabajar para los rusos, morían en masa a causa de enfermedades que los extranjeros llevaban consigo, como les ocurrió a seis millones de indios, más al sur, que habían sucumbido a la gripe, el sarampión y la tosferina doscientos años antes. Por otro lado, el fuerte comercial más meridional de la compañía se hallaba totalmente al sur, en Fort Ross, justo al norte de San Francisco, en California.
Alaska fue una anomalía en la historia de Rusia, una excepción: era el único territorio de tierra firme que no estaba unido físicamente al Imperio. Nunca vivieron muchos rusos en Alaska; en su mejor época, había unos ochocientos ciudadanos rusos en la colonia. Durante el siglo XIX disminuyó el abastecimiento de pieles valiosas, a la vez que los yanquis conquistaban cada vez más territorios de América del Norte. En 1867, en un momento en que la Compañía Ruso-Americana estaba relativamente bien administrada y se valoraba la posibilidad de ampliarla para la producción de madera, minerales y oro, el zar Alejandro II vendió Alaska a Estados Unidos por 7,2 millones de dólares. El promotor del lado americano fue el ministro de Asuntos Exteriores, William H. Seward. Este gran negocio, que sin exagerar hoy día puede considerarse la mejor adquisición de territorio de la historia, fue calificado con desprecio por la prensa americana como «la locura de Seward» o «la nevera de Seward».

La frontera de Corea del Norte con Rusia es la más corta de todas, apenas 19 kilómetros de largo, sin embargo, hay pocos países sobre los que Rusia indirectamente haya tenido tanta influencia en nuestra era como Corea del Norte. Kim Jong-un no sería dictador hoy en día de no ser por Stalin. Hasta la Segunda Guerra Mundial, Corea estaba bajo dominio japonés. En 1945, la península fue dividida entre los vencedores, Estados Unidos y la Unión Soviética. Stalin necesitaba un líder leal para el nuevo Estado vasallo y la elección recayó en Kim Il-sung, que había pasado los años de la guerra en un campo militar soviético. Sin embargo, el mandatario enseguida mostró ser todo lo contrario a una obediente marioneta de Moscú. En lugar de seguir la política de la Unión Soviética, Kim Il-sung y sus sucesores siguieron su propio camino. La familia Kim se transformó en una dinastía de soberanos brutales, rodeados de un culto a la personalidad sin parangón en la época moderna. Los Kim se han convertido en reyes-dioses de la rara y aislada burbuja que constituye este país absurdo.
Pyongyang significa «país llano» o «país pacífico»; en todo caso, el primer significado es acertado: la capital norcoreana está situada en una planicie dividida en dos por el río Taedong. La mayoría de los bloques de viviendas son de la década de 1960, de cuando el país fue reconstruido a toda velocidad una vez terminada la guerra de la década de 1950 contra Corea del Sur. Millones de personas necesitaban un lugar donde vivir. El resultado fue la construcción de bloques baratos pero funcionales, muchos de veinte o treinta plantas. La mayoría de estas viviendas tienen ascensor, pero casi siempre están fuera de servicio. Aunque funcionen, pocos se arriesgan a usarlos debido a los constantes cortes de electricidad. Por eso la disputa por obtener las viviendas situadas en las plantas inferiores es dura. En la práctica, bastantes personas mayores de Pyongyang viven atrapadas en sus viviendas. En muchas de las plantas altas no hay agua, por eso gran parte de los pisos situados en la última planta están vacíos.
En mitad de la ciudad despunta el edificio más alto, el Ryugyong, un hotel futurista con forma similar a la de un cohete piramidal. El edificio se empezó a construir en 1987, debía tener 105 plantas y tres mil habitaciones. Se calculó que la edificación tardaría dos años en acabarse. En 1992, la economía de Corea del Norte colapsó como consecuencia de la caída de la Unión Soviética y la construcción se paró por completo. Durante dieciséis años, el hotel, del que solo se había levantado la estructura, permaneció inacabado, como un cascarón en el centro de la capital. En 2008 se retomó con brío la construcción, y en 2011 quedó terminado el exterior, casi todo acristalado y de un tono azul. La idea era que el hotel se inaugurara en 2012, cien años después del nacimiento de Kim Il-sung, pero no fue así.
Pyongyang es la cara visible del país para el exterior y el acceso a la ciudad está regulado severamente. Aunque el igualitarismo sea la idea central del comunismo, a las autoridades norcoreanas nunca les preocupó demasiado la igualdad. Más bien al contrario. A finales de la década de 1950, Kim Il-sung puso en marcha el songbun, una jerarquía piramidal, una especie de sistema de castas, en la que a todos los habitantes del país se los clasificaba en tres clases sociales principales: «el núcleo o amigables», la clase leal, categoría reservada para aquellos que le habían apoyado activamente en los años de la liberación, habían participado en la lucha contra el imperialismo japonés o destacado durante la Guerra de Corea; «los neutrales», clase constituida por la mayor parte de la población y a los que había que vigilar de cerca; y finalmente, «los hostiles o enemigos». Estas tres clases sociales principales se subdividen en casi cincuenta categorías. Se encomendó a siete mil burócratas y miembros del partido investigar el pasado de cada ciudadano para decidir su songbun. El trabajo concluyó en 1965, desde entonces el songbun de cada persona se hereda por vía paterna. El songbun de una persona decide, entre otras cosas, qué clase de vivienda y racionamiento va a recibir, a qué escuela o a qué trabajo él o ella tendrá acceso, el tratamiento médico y en qué tiendas podrá comprar. Pyongyang, por ejemplo, está reservada para las personas de «el núcleo o amigables» junto a algunos «neutrales» que realizan trabajos para los primeros.

El destino de la península de Corea estaba sellado. Poco después de la capitulación japonesa, la península fue dividida en dos a lo largo del paralelo 38. Las fuerzas soviéticas conservaron el control sobre el norte, mientras que Estados Unidos se hizo responsable de la parte del sur. Stalin necesitaba una marioneta para gobernar esa parte del país y la elección recayó en Kim Il-sung, que entonces tenía treinta y tres años. Este fue elegido porque dominaba el ruso y porque debido a que había vivido en el extranjero la mayor parte de su vida, no mantenía lazos con el Partido Comunista de Corea, de tendencia nacionalista. Pero después de tantos años en el extranjero, tenía oxidada su lengua materna. Antes de que Kim Il-sung pronunciara su primer discurso en octubre de 1945, el delegado de la Unión Soviética debió impartir a su protegido un curso de coreano.
La torre Juche es el edificio más alto de Pyongyang. Con una altura de 170 metros, fue construida en 1982 para conmemorar el setenta cumpleaños de Kim Il-sung y probablemente diseñada por Kim Jong-il. Parece ser que la estructura está compuesta de 25.550 bloques de granito, uno por cada día de los setenta años de la larga vida del mandatario, sin tener en cuenta los años bisiestos. En lo alto de la torre, sobre la plataforma panorámica se yergue una antorcha metálica iluminada de 45 toneladas de peso y 20 metros de alto.
El Juche es la ideología nacional de Corea del Norte, fue desarrollada por Kim Il-sung. Juche puede traducirse como «autosuficiencia» y es una especie de mezcla de marxismo-leninismo, estalinismo, maoísmo, confucionismo y el tradicional sistema social coreano. Esta ideología permitió a Kim Il-sung distanciarse con más facilidad de la Unión Soviética tras la muerte de Stalin. El dirigente norcoreano era enemigo acérrimo de las débiles reformas de Jruschov y sintonizaba mucho más con el dirigismo de Mao.
El año 2015 fue el Año de la Amistad entre Rusia y Corea del Norte. Según declaraciones del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, el objetivo era llevar la amistad a «cotas más altas». En febrero de 2016, Rusia firmó un acuerdo en el que se comprometía a devolver los ciudadanos norcoreanos que habían entrado ilegalmente en el país siempre que no corrieran riesgo de sufrir torturas o ser encarcelados. En teoría, eso implica que Rusia no puede devolver ni un solo refugiado norcoreano, pero la posibilidad de que Rusia les conceda el permiso de residencia es mínima. Entre 2011 y 2015, sesenta y ocho ciudadanos norcoreanos solicitaron asilo en Rusia. Solo dos de ellos han obtenido el estatus de refugiado. Sin embargo, hay muchos ciudadanos de Corea del Norte en Rusia: solo en los últimos años, Rusia ha concedido permiso de trabajo a cincuenta mil norcoreanos. Estos hacen diferentes trabajos de tipo manual bajo la vigilancia de guardias de su país. La mayor parte de su sueldo les es confiscado por el Gobierno norcoreano, que gana importantes sumas de dinero prestando mano de obra barata a Rusia y también a otros países de Asia y África.

Un bosque de acero, cristal y almacenes exclusivos centellaban ante nuestros ojos: Bulgari, Prada, Chanel, Gucci… Corea del Norte estaba solo a un corto trayecto en tren, pero aquel era otro mundo, lejos de la dictadura familiar, en el sentido más literal de la expresión. Estaba en Dalian. La palabra proviene del nombre ruso de la ciudad, Дальний, dalniy, que significa «lejos» y se remonta a los pocos años en que la ciudad estuvo bajo dominio ruso a finales del siglo XIX. En la actualidad, Dalian, con sus cerca de siete millones de habitantes, es una de las ciudades chinas que crece más rápidamente y fue seleccionada por China Daily como una de las ciudades con mejor calidad de vida.
La época en que los chinos necesitaron la ayuda de los rusos para establecer su red ferroviaria pasó a la historia hace mucho. En los últimos años, los ferrocarriles de China han experimentado un crecimiento explosivo. Los pasajeros casi se han duplicado a lo largo de esta última década y las líneas de ferrocarriles chinas son las más extensas del mundo, seguidas de las de Estados Unidos. Cada año, los trenes chinos transportan 2500 millones de pasajeros, cantidad que viene a ser más impresionante si se tiene en cuenta que la media de los viajes es de más de quinientos kilómetros de recorrido. La ampliación de la red ferroviaria china, y sobre todo los trenes de alta velocidad entre las grandes ciudades, es una imagen elocuente del explosivo desarrollo económico de China durante los últimos años. Literalmente, se ha producido a velocidad de tren expreso.
Antes de emprender este viaje, me advirtieron que China era como la India, excepto en las diarreas. Por eso iba preparada, pero los que me advirtieron de eso puede que no hayan estado en la India. Es verdad que en China también hay mucha gente por todas partes, todo es muy lento y el tráfico está totalmente parado la mayor parte del tiempo, eso si no se toma el tren de alta velocidad, que es casi tan caro como el avión. Pero si nos olvidamos de la contaminación del aire que flota como una tapa gris sobre las grandes ciudades, en general, las ciudades chinas son limpias y bien organizadas. Las colas son largas pero disciplinadas. Casi nadie se cuela. Todo tenía apariencia de estar organizado eficazmente. No se puede decir lo mismo de las grandes ciudades de la India.
Sin embargo, estas ciudades ordenadas y bien organizadas estaban repletas de viejos edificios de cemento, cuadrados y faltos de personalidad, o de modernos edificios acristalados junto a mares de luces de neón. Me resultaba difícil diferenciar una ciudad de otra, todas se parecían, con una afortunada excepción: Harbin. Esta ciudad era algo tan excepcional como una ciudad china con personalidad.

La manera más sencilla de viajar por tierra de China a Mongolia es con el tren expreso desde Pekín, por eso había viajado otra vez hacia el sur, a la capital china. Me aseguré de comprar un billete para un tren chino con destino final Ulán Bator, y no para uno de los muchos trenes rusos que continúan hasta Moscú. Si algo había aprendido de mis viajes por la antigua Unión Soviética, era a evitar a toda costa los trenes rusos. Los trenes chinos eran estupendos; limpios y bonitos, nuevos y modernos, pintados en tonos azul pastel. En cuanto perdimos de vista el smog gris que cubría Pekín, aparecieron colinas verdes y afiladas. Paulatinamente, las colinas disminuyeron su altura y el paisaje se tornó más llano. Las horas corrían. Tenía grandes planes acerca de todo lo que podría leer y escribir en el tren, pero en lugar de ello, me quedé mirando el paisaje neblinoso. Un par de veces me acerqué al vagón restaurante y comí un poco.
China reconoció la independencia de Mongolia en enero de 1946. En los diez años siguientes, Mongolia Exterior siguió formando parte de los nuevos mapas de China. Cada vez que se planteaba el tema sobre la posible entrada de Mongolia en las Naciones Unidas, Taiwán hacía uso del veto por parte de China. Hasta 1961, Mongolia no pudo pertenecer a la ONU como país miembro independiente. En la práctica, Mongolia continuó siendo un país satélite de la Unión Soviética hasta la caída del régimen comunista durante las protestas populares de 1990.
En 1921, cuando Mongolia fue independiente de facto, el país estaba entre los más pobres de Asia: el número de habitantes estaba un poco por encima de los seiscientos mil y la mortalidad entre los recién nacidos era tan alta que la tasa de crecimiento era negativa. La industria no existía, el ochenta por ciento del ganado pertenecía a señores feudales y el 98 por ciento de la población era analfabeta.
La Unión Soviética invirtió mucho dinero en el desarrollo de la República Popular de Mongolia. Construyeron carreteras, bloques de viviendas, hospitales y escuelas, y enviaron equipos de médicos y competentes ingenieros a las ciudades mongolas. En la década de 1980, el crecimiento de la población era el más elevado de Asia, el número de habitantes se triplicó y el analfabetismo fue prácticamente erradicado. Durante dicho proceso el alfabeto mongol tradicional fue sustituido por el cirílico.
El Gobierno soviético no actuaba así por pura bondad. Tal como remarcó Stalin durante su encuentro con Chiang Kai-shek en 1945, la situación de Mongolia era de gran importancia estratégica para la Unión Soviética. Dicha importancia quedó patente durante las disputas fronterizas con China en la década de 1960 (la cifra más alta de soldados que la Unión Soviética tuvo estacionados en territorio mongol fue de setenta mil). Además, Mongolia es inusualmente rica en hierro y minerales.
Después de que Mongolia pasó a ser una democracia en 1990, el movimiento se ha invertido otra vez. En la época comunista, más del 95 por ciento del comercio se hacía con la Unión Soviética. Actualmente es al revés, China, el ancestral enemigo de Mongolia, es indiscutiblemente su socio comercial más importante. Más del ochenta por ciento del total de sus exportaciones tienen como destino China, un hecho que quedaba físicamente subrayado por el último tramo de aquella lujosa carretera en dirección a la frontera. No sorprende que la nueva carretera asfaltada sea financiada por los chinos.

Hasta 1991, cuando Kazajistán se independizó, no pudimos hablar abiertamente de nuestra historia, cultura y lengua. Este centro, Vainakh, fue fundado en 1990. He sido el director durante veinte años. Tras la disolución de la Unión Soviética, muchos de mis amigos volvieron a Ingusetia, pero yo soy de Prigorodny y no tengo donde volver. Tras las deportaciones, Prigorodny fue ocupada por nuestros vecinos los osetios, y nunca nos han devuelto la ciudad. Si Prigorodny volviera a ser ingusetio, seguro que yo regresaría. Allí hace calor y yo ya soy un hombre mayor. Dicho esto, vivimos bien en Kazajistán. No nos falta de nada.
Aunque la mayoría volvió al Cáucaso tras la muerte de Stalin, siguen viviendo cerca de cincuenta mil ingusetios y chechenos en Kazajistán. Además, el país alberga a miles de alemanes, tártaros, coreanos, polacos, armenios, griegos y búlgaros junto a otras muchas nacionalidades y etnicidades. Una herencia permanente del brutal régimen de Stalin.
—Solo Stalin pudo haber planificado y ejecutado deportaciones de naciones enteras…

Abril de 2016, el conflicto entre Nagorno Karabaj y Azerbaiyán se recrudeció. Desde que se implementó la tregua en 1994, esta ha sido violada en siete mil ocasiones, pero entonces ocurrió la más cruenta. Durante cuatro días, en la llamada guerra de los Cuatro Días, se estima que 350 soldados perdieron la vida. Las autoridades azerbaiyanas sostienen que recuperaron 20 kilómetros cuadrados de tierra, mientras que las armenias afirman que solo perdieron 8 kilómetros cuadrados. Los dos bandos acusan al contrario de haber iniciado los ataques.
Cuando el humo de la artillería escampó y se evacuó a los muertos del campo de batalla y se intercambiaron los cadáveres en la frontera que no existe en realidad, la situación se tranquilizó de nuevo. Lo único que se sabe, con más o menos seguridad, es que el conflicto volverá a agravarse en el futuro y que hombres jóvenes de ambos bandos lo pagarán con su vida.

Georgia es un país pequeño, de solo 69.700 kilómetros cuadrados, un tamaño parecido al de Irlanda. Si no se cuenta ni Abjasia ni Osetia del Sur, las dos repúblicas separatistas que se independizaron en la década de 1990 y sobre las que el Gobierno georgiano no tiene ninguna influencia hoy en día, se le puede restar un 20 por ciento. La población ronda los 5 millones, casi como en Noruega. A pesar de su modesto tamaño, tres de los hombres más significativos en la historia de la Unión Soviética son georgianos: Eduard Shevardnadze, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Gorbachov y que después fue el segundo presidente de Georgia; Lavrenti Beria, uno de los principales responsables del terror ejercido en la década de los treinta y líder durante varios años del NKVD el Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores, y finalmente Iósif Dzhugashvili, más conocido como Stalin.
El 26 de agosto de 2008, Rusia reconoció a Osetia del Sur y Abjasia como Estados independientes y soberanos, argumentando que los países occidentales habían reconocido a Kosovo como país independiente el mismo año. Desde entonces la frontera con Osetia del Sur se cerró por el lado de Georgia. Hace poco se decidió en un referéndum añadir «Alania» al nombre de la república para parecerse más al hermano mayor del norte cuyo nombre completo es Osetia del Norte-Alania. En un principio los osetios del sur debían acudir a las urnas en 2016 para votar acerca de si Osetia del Sur debería reunificarse con Osetia del Norte y así pasar a formar parte oficialmente de Rusia, pero debido a las presiones de Moscú, dicho referéndum se ha aplazado indefinidamente. El hecho de que las autoridades de Osetia del Sur planifiquen organizar este tipo de referéndum dice mucho acerca de quién gobierna en realidad en la república separatista.
Actualmente viven solo algo más de cincuenta mil personas en Osetia del Sur. La mayoría de los georgianos se han marchado y muchos de ellos están en asentamientos más o menos permanentes de refugiados en territorio georgiano. Más que víctimas de una contienda étnica a nivel regional, se han convertido en piezas de ajedrez de una estrategia geopolítica de alto nivel. Y ahora sin ruido, continúa la competición del tira y afloja. El territorio de Osetia del Sur, más pequeño que la región noruega de Østfold, se expande lentamente, metro a metro, en la sombra. El fenómeno se denomina borderisation en inglés, es decir, «fronterización», y consiste en que una frontera territorial se ensancha con medios físicos como vallas, cercados de espino u otros, pero sin autorización. Cada año la valla fronteriza de Osetia del Sur se desplaza, aquí y allá, unos cientos de metros hacia el interior de Georgia, siendo las autoridades georgianas testigos impotentes. Y de nuevo, se sacrifica a ciudadanos corrientes en el altar de la geopolítica.

En sus orígenes, el mar Negro fue un gran lago de agua dulce, mucho menos profundo que el actual mar. Según investigaciones recientes, masas de agua del mar de Mármara y del Mediterráneo penetraron en el mar Negro hace unos once mil años. A causa del derretimiento de los glaciares después del último periodo de glaciación, el nivel de agua del Mediterráneo aumentó progresivamente durante un prolongado periodo de tiempo, y hace unos once mil años el agua se abrió paso a través de una delgada lengua de tierra situada en el actual Bósforo y penetró en el mar Negro. Quizá en solo diez años, el nivel del agua aumentó más de cien metros, y donde había un lago nació un mar. Cuando este proceso se aceleró al máximo, el mar llegó a ganar un kilómetro y medio al día de tierra, y, eficazmente y sin contemplaciones, inundó uno tras otro los poblados primitivos de la Edad de Piedra. La vida marítima también se transformó con rapidez. El ochenta por ciento de las especies marinas que hoy en día habitan el mar Negro proceden del Mediterráneo. Hay quien piensa que el veloz nacimiento de este mar originó el episodio bíblico sobre el Diluvio Universal del Viejo Testamento.
Hoy en día, a este mar se lo denomina mar Negro en la mayoría de las lenguas, aunque sus aguas no sean más negras que las de otro mar cualquiera. Quizá el término proceda de la oscura y densa niebla que a menudo se posa sobre la superficie de sus aguas, o por las tormentas de invierno que pueden ser muy violentas, de ahí todos esos buques naufragados en ese fondo marino sin vida.

Crimea era solo el principio, como pudo verse después. A raíz de la anexión de la península de Crimea, estallaron manifestaciones prorrusas en la región de Donbás, en el este de Ucrania. La situación empeoró rápidamente y en mayo, la República Popular de Lugansk y la República Popular de Donetsk se declararon independientes de Ucrania. Habían nacido dos nuevas repúblicas separatistas. Con el apoyo de Rusia, los sublevados prorrusos exigían que toda la región de Donbás, y, aún mejor, toda la región de Novoróssia, se separaran de Ucrania. Ciudades importantes como Sloviansk y Mariúpol fueron recuperadas por las fuerzas militares ucranianas a lo largo del verano y el otoño de 2014, pero los sublevados controlan todavía ciudades importantes de las provincias de Donetsk y Lugansk. A diferencia de cuando se produjo la anexión de Crimea, el Gobierno ruso todavía niega rotundamente haber enviado material militar o tropas regulares al este de Ucrania, pero existen numerosas fotografías hechas vía satélite y testigos que demuestran lo contrario.
Más de dos millones de personas han huido de la guerra que hasta el momento ha segado la vida de diez mil personas. Se han firmado varios armisticios, que en teoría debían ser permanentes, pero hasta ahora ninguno ha sido respetado más allá de unos pocos días consecutivos.
Desde el bloqueo de los tártaros de Crimea y de las blancas playas del mar Negro, puse rumbo al noreste. Y cuanto más me acercaba a la línea del frente de guerra, más corta era la distancia entre los controles militares. En la carretera, pronto hubo más vehículos militares que civiles. La guerra se acercaba cada vez más.

La República Popular de Donetsk se declaró independiente del resto de Ucrania el 12 de mayo de 2014. Al principio, muchos creyeron que el territorio iba a ser parte íntegra de Rusia, como Crimea, pero ahora es más probable que Donetsk acabe como Abjasia, Nagorno Karabaj u Osetia del Sur: una república separatista, una paria internacional, no reconocida por el resto del mundo. Hasta el momento nadie ha reconocido la República Popular de Donetsk, ni siquiera Rusia.
Construir un Estado desde la base, además uno que nadie quiere reconocer, supone un enorme y minucioso trabajo. Era evidente que uno de los aparatos más importantes, el de propaganda, trabajaba día y noche. Toda Donetsk estaba empapelada con carteles a todo color; muchos animaban a los jóvenes a alistarse en el ejército, otros agradecían con efusiva retórica la ayuda rusa, y en algunos el presidente Aleksandr Zajárchenko* felicitaba el 8 de marzo a las mujeres de la ciudad.

Minsk quedó tan destruido durante la guerra que incluso llegó a plantearse seriamente la posibilidad de trasladar la capital de Bielorrusia en lugar de reconstruirla. De las ruinas se alzó una gran ciudad moderna, de calles anchas y rascacielos impersonales. Minsk, como el país, es totalmente llana; es como si la ciudad se expandiera ilimitadamente en todas direcciones. En un bloque de viviendas sin encanto y situado fuera del centro, vive el que fue el primer jefe de Estado de la Bielorrusia independiente, Stanislav Shushkévich, con su mujer, Irina.
En el invierno de 2017, cuando a pesar de estas subvenciones directas o indirectas, Bielorrusia se negó a pagar el precio acordado para el petróleo y el gas ruso, los rusos respondieron con una reducción de la entrega de crudo libre de impuestos. Además, realizaron controles en la frontera con Bielorrusia. Esto último fue seguramente una reacción a que Bielorrusia, debido a un reciente acuerdo con la Unión Europea sobre «asociación de movilidad» ese mismo invierno, introdujo los cinco días de estancia sin visado para ciudadanos de ocho países. Al final de la conferencia de prensa maratoniana, Lukashenko lanzó una amenaza que posiblemente ni él se creyera: «¡Nos las apañaremos sin el petróleo ruso! ¡Sí, será difícil, pero la libertad no se puede medir en dinero!».
Una semana después de las detenciones masivas de marzo, Lukashenko fue a Moscú para ver qué podía conseguir. Volvió al país con promesas de concesión de un crédito por valor de 1000 millones de dólares para pagar el gas que se le había suministrado en 2016 y rebajas en el precio de dicho combustible para 2018 y 2019. El mismo otoño, los dos países realizaron operaciones militares conjuntas, las denominadas Zapad 2017 (Occidente 2017).

El paso fronterizo entre Letonia y Estonia atraviesa una ciudad. Una caseta con marquesina es todo lo que quedaba de la vieja estación fronteriza que fue clausurada en 2007, cuando los países bálticos pasaron a ser miembros del espacio Schengen.
Los alemanes de Báltico denominaron Walk a la ciudad, un nombre que aparece por primera vez en fuentes escritas en 1286. Durante la lucha por la independencia que tuvo lugar tras la Primera Guerra Mundial entre Estonia y Letonia, las partes implicadas no se pusieron de acuerdo acerca de a qué lado de la frontera debía situarse la ciudad. Al final los británicos, que apoyaban la lucha de los bálticos por la liberación de alemanes y rusos, tomaron una decisión salomónica: en 1920, el coronel Stephen Tallents decidió que la ciudad se dividiera en dos, y así se hizo. En la actualidad, cerca de seis mil habitantes pueblan la Valka letona, mientras que Valga, en el lado estonio, tiene el doble de habitantes.
Al igual que en Letonia, en Estonia un parte considerable de sus habitantes son de origen ruso y muchos de ellos no tienen la ciudadanía:
—Trescientas veinte mil personas, una cuarta parte de la población, son de origen ruso —dijo Lauristin—, noventa mil de las cuales no tienen la ciudadanía estonia. La mitad de ellas no la quieren. Aparte de no poder ser policías ni votar en las elecciones parlamentarias, gozan del resto de los derechos existentes ahora. La otra mitad sí quieren la ciudadanía estonia, pero no consiguen pasar el examen de estonio. A ellos hay que ayudarles, pero Estonia es un país pequeño y el estonio es una lengua minoritaria. Los rusos de Finlandia aprenden finlandés rápidamente si están motivados. El tema de la lengua es una cuestión poscolonial. Los rusos eran los que mandaban en las épocas del zar y de la Unión Soviética. Eran los colonizadores, pero ahora son una minoría aquí. No les resulta fácil.

En Eckerö, en pleno mar Báltico, en el extremo occidental de las islas Åland, hay un edificio de ÅCorreos tan elegante que parece estar construido para una capital grande y poderosa. Rodeado de mar, rocas y bosque, y construido según el estilo imperial clásico, el edificio de 80 metros de largo por 70 metros de ancho se hace notar. Fue diseñado por el italiano Carlo Bassi y el alemán Carl Ludvig Engel, arquitecto este último que diseñó la plaza del Senado y la catedral de Helsinki.
Según las historias que se cuentan en Åland, el zar Alejandro I pasó por Eckerö en 1819 tras visitar al rey sueco. En Grisslehamn, en el lado sueco, se había construido hacía poco un fantástico edificio aduanero de piedra. En Eckerö, al contrario, había una miserable y pequeña casa rural, en tan mal estado que el administrador de Correos y el aduanero preferían pagar de su bolsillo otro alojamiento antes que vivir allí gratis. Ver aquel miserable edificio de Correos conmovió al zar. Cuando llegó a Helsinki, le pidió al arquitecto Engel que diseñara un nuevo edificio de Correos y Aduanas, que representara dignamente la frontera occidental rusa. El diseño acabó siendo uno los edificios de estilo imperial más espléndidos de la actual Finlandia.
La historia podría ser cierta, pues no hay duda de que el edificio de Correos y Aduanas de Eckerö está construido para impresionar, pero lo más cerca que Alejandro I estuvo de Eckerö fue en Åbo, ya en el continente. En cambio, Nicolás I, su hermano y sucesor, visitó Åland posteriormente para inspeccionar cómo progresaban los trabajos de construcción de la fortaleza de Bomarsund. Entonces el edificio de Correos, tras un dificultoso nacimiento, estaba ya en activo.
Finlandia había estado sometida a Rusia durante unos escasos veinte años, tras haber formado parte de Suecia durante casi siete siglos. En el siglo XVII, Suecia era una gran potencia europea, como se ha dicho. Sin embargo, a principios del siglo XVIII, el joven e inmaduro rey Carlos XII topó con alguien superior a él en la persona del zar Pedro el Grande durante la Gran Guerra del Norte. La guerra estuvo perdida ya en 1709 tras la catastrófica derrota de Poltava, pero ninguna de las partes depuso las armas. En 1713, las tropas rusas invadieron Finlandia y en poco tiempo habían sometido todo el país y también las islas Åland, donde asesinaron, saquearon e hicieron prisioneros.
En 1960 se inauguró una estatua ecuestre de Mannerheim en Helsinki. Que los finlandeses desearan homenajear a su gran mariscal con un monumento idóneo en la capital no es de extrañar. Es más sorprendente que en San Petersburgo se descubriera en 2016 una placa en su honor en su vieja escuela, la academia de caballería de Nicolás II. El jefe de la administración presidencial rusa, Serguéi Ivánov, pronunció un discurso con ocasión de la inauguración de la placa y el ministro de Cultura estuvo presente. Como oficial del KGB, Ivánov había estado estacionado en Helsinki y quizá pensó que podía ser oportuno dedicar una placa honorífica al famoso general finlandés también en San Petersburgo. Después de todo, antes de haber sido héroe de la liberación, había servido en el ejército del zar durante treinta años. Las acusaciones y protestas no se hicieron esperar: ¿cómo se podía dedicar una placa honorífica a un nazi? Unos días después de la inauguración, la placa fue rociada con pintura roja, igual que lo fue el soldado de bronce de Tallin. Pasados unos meses, se retiró la placa para siempre. Al mismo tiempo Serguéi Ivánov fue cesado como jefe de la administración presidencial de Putin, sin que exista necesariamente una relación directa entre el cese y la desafortunada placa.
A los finlandeses, por el contrario, siempre les parece que se le dedican pocas alabanzas a Mannerheim, y solamente los dos últimos años han visto la luz cuatro biografías del mariscal de campo: Gustaf Mannerheim, de Dag Sebastian Ahlander; Mannerheim: marsken, masken, myten (Mannerheim: mariscal, máscara, mito), de Herman Lindqvist; Mannerheim, de Martti Turtola, y Gustaf Mannerheim: Aristokrat i vadmal (Gustaf Mannerheim: aristócrata en ropa de trabajo), de Henrik Meinander.

A diferencia de Noruega, donde la frontera es custodiada por soldados que hacen el servicio militar, nuestra frontera es vigilada por guardias profesionales que se consideran parte de las fuerzas policiales —explicó Jouni—. Ahora gran parte del trabajo se hace con cámaras, coches y motos de nieve, pero en mi época pasábamos mucho tiempo al aire libre, caminábamos mucho. Para llegar al trabajo, en la estación fronteriza, tenía que caminar treinta kilómetros. Siempre me ha gustado la vida al aire libre, así que para mí era un buen trabajo. Pero en la época en que conocí a mi mujer y estábamos enamorados, era difícil pasar dos semanas seguidas aislado en el trabajo…
Tardamos tres horas en llegar a Treriksrøysa, situado en la cima de una suave cresta. Por primera vez en muchos meses ponía los pies en tierra noruega. La frontera estaba marcada con un mojón. En lo alto del mojón hecho de piedras había un triángulo blanco, el punto fronterizo.
La frontera ruso-noruega se extiende a lo largo de 196 kilómetros y representa menos del 8 por ciento del total. Pero mientras que las fronteras con Finlandia y Suecia son abiertas e informales, marcadas con discretos letreros y algún que otro control aduanero, la frontera con Rusia está patrullada por soldados armados de la base militar de Sør-Varanger. Kirkenes es la única ciudad noruega con comisionado de fronteras propio.
La relación mercantil de los habitantes del norte con los rusos no es nueva. En el siglo XVIII, los barcos comerciales rusos empezaron a recalar en los asentamientos comerciales y en las costas de los fiordos del norte de Noruega. Los comerciantes provenían de las tierras cercanas al mar Blanco y de la península de Kola. Esta zona fue llamada Pomorie, que significa «tierras junto al mar», «tierras costeras», y los que allí vivían fueron llamados los pomor. El comercio con ellos se llamó el comercio pomor y se convirtió en una importante fuente económica y de ingresos para ambas partes. Los pomor aportaban cereales y harina principalmente, pero también sal, carne, guisantes, hierro, troncos de madera, jabón y otros productos útiles que cambiaban por pescado, producto de gran demanda en Rusia debido a los muchos días de ayuno que promulgaba la Iglesia ortodoxa. Más adelante se empezó a usar dinero, y en muchos lugares de Noruega del Norte se usó el rublo como moneda. Entre los rusos y los noruegos se desarrolló una lengua propia, la llamada ruso-noruega o moja-po-tvoja, «mitad tuya, mitad mía», como la denominaban los rusos. Se conservan unas cuatrocientas palabras, principalmente rusas y noruegas, pero también palabras con elementos del sami, del inglés, del alemán y del holandés.
Con la reconstrucción de la línea de ferrocarril de Múrmansk durante la Primera Guerra Mundial cambió la situación de la península de Kola. Esta línea de ferrocarril va de Petrozavodsk, en Carelia, a la ciudad portuaria de Múrmansk, fundada en 1916. Con Múrmansk, Rusia obtuvo finalmente un gran puerto libre de hielo, en el norte, y desde entonces el desarrollo industrial, demográfico, ideológico y geográfico de la zona experimentó un rápido crecimiento.
En 1920, los bolcheviques cedieron Petsamo a Finlandia. Noruega obtuvo frontera directa con Rusia por primera vez el 4 de septiembre de 1944, cuando Finlandia fue obligada a aceptar las duras condiciones del acuerdo de paz y Petsamo volvió a formar parte de la República Socialista Soviética Federada de Rusia.
Año y medio más tarde, el 18 de octubre, el Ejército Rojo cruzó la frontera noruega y expulsaron a los ocupantes alemanes. Kirkenes fue liberada por los rusos el 25 de octubre de 1944, siendo la primera ciudad noruega libre de alemanes.

Rusia sigue siendo un país gigante. Es cuatro veces más grande que la Unión Europea, casi el doble de grande que Estados Unidos y China. La frontera de Rusia, tal como está descrita aquí, posiblemente sea pronto historia. Quizá se ampliará primero para reducirse después, como la lucha tortuosa de una serpiente ante la muerte. Pero a largo plazo, es difícil concebir cómo con sus casi doscientas nacionalidades y grupos étnicos, sus 17 millones de kilómetros cuadrados y sesenta mil kilómetros de su larga frontera, puede seguir existiendo como un todo articulado después de una generación, dentro de cien o doscientos años.
En 1991, Rusia ganó ocho nuevos vecinos. Muy pronto podrían ser más. Una de las causas de que Yeltsin y después Putin sofocaran con tanta fuerza las sublevaciones en Chechenia, era el miedo a que el imperio se fragmentara todavía más. En la actualidad, Chechenia está controlada con mano de hierro por el dictador Ramzán Kadýrov, pero tanto los telones de acero como los puños de hierro pueden oxidarse y corroerse, a veces de la noche a la mañana.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/29/sovietistan-un-viaje-por-las-republicas-de-asia-central-erika-fatland-sovjetistan-en-reise-gjennom-turkmenistan-kasakhstan-tadsjikistan-kirgisistan-og-usbekistan-sovjetistan-a-trip/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/02/la-frontera-un-viaje-alrededor-de-rusia-a-traves-de-corea-del-norte-china-mongolia-kazajistan-azerbaiyan-georgia-ucrania-bielorrusia-lituania-polonia-letonia-estonia-finlandia-noruega-y/

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Cape Dezhniov is the easternmost point of the Eurasian continent. From here it is more than 8500 kilometers to Moscow, more than 6500 to New York and less than 90 kilometers to Cape Prince of Wales in Alaska, across the Bering Strait.
Just below the lighthouse were a handful of gray wooden houses, exposed to the elements: the old Soviet border checkpoint. Across the straits the Americans had their own facilities, and thus, year after year, they were each armed on one side of the invisible Iron Curtain, watching each other with binoculars and radars huge as houses.
A few steps from the lighthouse, I found the ruins of a Yupik village. The Yupik are an aboriginal people closely related to the Inuit of Alaska and Greenland; today only about 1,700 survive in all of Russia.
Russia’s border is not only extensive, it is the longest in the world: a total of 60,932 kilometers. For comparison, the circumference of the Earth is 40,075 kilometers. Almost two-thirds of the Russian border runs along the coast, from Vladivostok in the east to Murmansk in the west. A huge, almost uninhabited territory that is covered by ice and snow for much of the year.
Sea and sky, it was all that still existed. The arctic summer light changed from white to gray to gold; at night, pinkish-purple, cottony stripes stretched across the sky. Each day was still similar to the previous one, although we were never in the same place. However, it was as if we did not move, we continued in the same cabin, sitting at the same table, in the same chair, and thus, literally, the days merged into each other. Time stopped and, at the same time, it passed too quickly. Suddenly we were at the end of the road …

Ms. Fatland, a sensible but adventuresome Norwegian in her 30s, takes reader on a journey that circumnavigates Russia. Her story nicely mixes ancient history, current political events, and the personal stories of some of many people she meets on her hard travels. This is an enjoyable book, made all the more than suitable given the pandemic time of non-travel we are all now enduring.
A delight of books such as these is the opportunity to acquire interesting random knowledge. For instance, the material on crossing the Black Sea help me understand for the first time its origins and importance.
In the end, a reader comes away with a renewed appreciation for the physical size of the old Soviet Union and for the many human disruptions on its borderlands caused by czars and their heir Stalin. And, with Putin the border remains a pulsating one.
This book, well worth reading, will provide more, detailed information on the state of our world in parts that I, and maybe you, know little about.
Fatland obviously achieves what she set out to do: educate her readers about what it’s like to live in close proximity to the most notoriously hostile nation on the planet. I was previously unaware of all of the conflict in the Caucasus and how unstable that region has always been. Fatland shows us how cities in European border countries were often damaged or destroyed during WWII. However, all these decades later, “…none of the [fourteen] countries I had travelled through were without wounds or scars left by their neighbor, Russia.” This is a perfect demonstration of the malleability of the empire’s vast borders and its effect on the people who inhabit those spaces. Though her journey was remarkable, the way Fatland presents it on these pages is even more so.

Large areas of the country are covered with tundra, taiga and forest; difficult to defend, easy to invade. But the very dimensions, the enormous distances, have constituted the best defenses of Russia. Although the terrain west of Moscow is flat, with no large mountain ranges or other geographical obstacles, no foreign army has managed to conquer Russia from the west. By the time the armies reach Moscow, the soldiers are already exhausted and their supplies have run out; communications with the west have become too long and temperatures too cold. However, persistent attempts have not been lacking: the Poles, the Swedes and the French alike have taken risks; not to mention the Germans, both in 1914 and 1941, with catastrophic results both times.
Russia’s prodigious expansion began in the 16th century with the conquest of the Muslim Khanate of Kazan, east of Moscow, and later with the colonization of Siberia and the Far East, initiated by fur hunters. In 1613, when the first of the Romanovs, the twenty-two-year-old Mikhail Fyodorovich Romanov, was crowned Tsar, the kingdom was already so large that no one knew for sure the number of inhabitants, the aboriginal peoples that the young Tsar ruled or even where the outer borders of his kingdom reached.
One hundred years and six tsars later, it was still not clear what the confines of Russia were.
The discovery of the sea route to Alaska led to the creation of the Russo-American Company. It was founded in 1799, fifty years after the Bering expedition, and its goal was to colonize Alaska, trade with the Natives, and most important of all, procure furs. The natives, who were forced to work for the Russians, died en masse from diseases that foreigners carried with them, as did six million Indians further south who had succumbed to the flu, measles, and whooping cough. two hundred years before. On the other hand, the company’s southernmost trading stronghold was entirely to the south, at Fort Ross, just north of San Francisco, California.
Alaska was an anomaly in Russian history, an exception: it was the only territory on the mainland that was not physically attached to the Empire. Never many Russians lived in Alaska; in its prime, there were about eight hundred Russian citizens in the colony. During the 19th century, the supply of valuable furs dwindled as the Yankees conquered more and more North American territories. In 1867, at a time when the Russo-American Company was relatively well managed and the possibility of expanding it to produce lumber, minerals, and gold was being valued, Tsar Alexander II sold Alaska to the United States for $ 7.2 million. . The promoter of the American side was the Minister of Foreign Affairs, William H. Seward. This great deal, which without exaggeration today can be considered the best acquisition of territory in history, was contemptuously described by the American press as «the madness of Seward» or «the refrigerator of Seward.»

North Korea’s border with Russia is the shortest of all, barely 19 kilometers long, yet there are few countries over which Russia has indirectly had as much influence in our era as North Korea. Kim Jong-un would not be a dictator today were it not for Stalin. Until World War II, Korea was under Japanese rule. In 1945, the peninsula was divided between the victors, the United States and the Soviet Union. Stalin needed a loyal leader for the new vassal state and the choice fell on Kim Il-sung, who had spent the war years in a Soviet military camp. However, the president immediately showed himself to be the complete opposite of an obedient Moscow puppet. Instead of following the policies of the Soviet Union, Kim Il-sung and his successors went their own way. The Kim family morphed into a dynasty of brutal rulers, surrounded by a cult of personality unmatched in modern times. The Kims have become god-kings of the rare and isolated bubble that constitutes this absurd country.
Pyongyang means «flat country» or «peaceful country»; in any case, the first meaning is correct: the North Korean capital is located on a plain divided in two by the Taedong River. Most of the housing blocks are from the 1960s, from when the country was rebuilt at top speed after the 1950s war with South Korea ended. Millions of people needed a place to live. The result was the construction of cheap but functional blocks, many with twenty or thirty stories. Most of these homes have an elevator, but they are almost always out of service. Even if they work, few take the risk of using them due to constant power outages. That is why the dispute to obtain the houses located on the lower floors is tough. In practice, quite a few older people in Pyongyang are trapped in their homes. In many of the upper floors there is no water, so a large part of the apartments located on the top floor are empty.
In the middle of the city stands the tallest building, the Ryugyong, a futuristic hotel shaped like a pyramid rocket. The building began to be built in 1987, it should have 105 floors and three thousand rooms. It was estimated that the building would take two years to complete. In 1992, North Korea’s economy collapsed as a result of the fall of the Soviet Union and construction came to a complete halt. For sixteen years, the hotel, of which only the structure had been built, remained unfinished, like a shell in the center of the capital. In 2008 construction was resumed with vigor, and in 2011 the exterior was finished, almost all glass and in a blue tone. The idea was for the hotel to open in 2012, one hundred years after the birth of Kim Il-sung, but it didn’t.
Pyongyang is the visible face of the country to the outside and access to the city is severely regulated. Although egalitarianism is the central idea of communism, the North Korean authorities were never very concerned about equality. Quite the contrary. In the late 1950s, Kim Il-sung launched the songbun, a pyramidal hierarchy, a kind of caste system, in which everyone in the country was classified into three main social classes: «the core or friendly «, the loyal class, a category reserved for those who had actively supported him in the years of liberation, had participated in the fight against Japanese imperialism or had been prominent during the Korean War; «The neutrals,» a class made up of the majority of the population and who had to be closely watched; and finally, «the hostiles or enemies.» These three main social classes are subdivided into almost fifty categories. Seven thousand bureaucrats and party members were tasked with researching each citizen’s past to decide their songbun. The work concluded in 1965, since then the songbun of each person is inherited by the father. A person’s songbun decides, among other things, what kind of housing and rationing he or she will receive, what school or job he or she will have access to, medical treatment, and which stores to shop at. Pyongyang, for example, is reserved for «core or friendly» people alongside some «neutrals» who do work for the former.

The fate of the Korean peninsula was sealed. Shortly after the Japanese capitulation, the peninsula was divided in two along the 38th parallel. Soviet forces retained control over the north, while the United States took responsibility for the southern part. Stalin needed a puppet to rule that part of the country and the choice fell on Kim Il-sung, then thirty-three years old. He was chosen because he was fluent in Russian and because he had lived abroad for most of his life, he had no ties to the nationalist-leaning Communist Party of Korea. But after so many years abroad, his mother tongue had rusted. Before Kim Il-sung delivered his first speech in October 1945, the delegate from the Soviet Union had to teach his protégé a Korean course.
The Juche Tower is the tallest building in Pyongyang. Standing 170 meters tall, it was built in 1982 to commemorate Kim Il-sung’s 70th birthday and probably designed by Kim Jong-il. It appears that the structure is made up of 25,550 granite blocks, one for each day of the seventy years of the president’s long life, without taking leap years into account. At the top of the tower, on the panoramic platform stands an illuminated metal torch weighing 45 tons and 20 meters high.
Juche is the national ideology of North Korea, it was developed by Kim Il-sung. Juche can be translated as «self-sufficiency» and is a kind of mixture of Marxism-Leninism, Stalinism, Maoism, Confucianism, and the traditional Korean social system. This ideology allowed Kim Il-sung to more easily distance himself from the Soviet Union after Stalin’s death. The North Korean leader was a staunch enemy of Khrushchev’s weak reforms and was much more in tune with Mao’s rule.
The year 2015 was the Year of Friendship between Russia and North Korea. According to statements by the Russian Foreign Ministry, the aim was to take friendship to «higher heights.» In February 2016, Russia signed an agreement pledging to return North Korean citizens who had entered the country illegally as long as they were not at risk of torture or imprisonment. In theory, that implies that Russia cannot return a single North Korean refugee, but the possibility of Russia granting them a residence permit is minimal. Between 2011 and 2015, sixty-eight North Korean citizens applied for asylum in Russia. Only two of them have obtained refugee status. However, there are many North Korean citizens in Russia: in recent years alone, Russia has granted work permits to fifty thousand North Koreans. They do different manual type jobs under the supervision of their country’s guards. Most of their salary is confiscated by the North Korean government, which makes large sums of money by lending cheap labor to Russia and other countries in Asia and Africa as well.

A forest of steel, glass and exclusive warehouses sparkled before our eyes: Bulgari, Prada, Chanel, Gucci … North Korea was only a short train ride away, but this was another world, far from the family dictatorship, in the more literal sense of the expression. I was in Dalian. The word comes from the Russian name for the city, Дальний, dalniy, which means «far away» and dates back to the few years the city was under Russian rule in the late 19th century. Today, Dalian, with its nearly seven million inhabitants, is one of the fastest growing Chinese cities and was selected by China Daily as one of the cities with the best quality of life.
The time when the Chinese needed the help of the Russians to establish their rail network is long gone. In recent years, China’s railways have seen explosive growth. Passengers have nearly doubled over the past decade, and Chinese rail lines are the longest in the world, followed by those in the United States. Every year, Chinese trains transport 2.5 billion passengers, an amount that is even more impressive if one takes into account that the average of the trips is more than five hundred kilometers long. The expansion of the Chinese rail network, and especially high-speed trains between large cities, is an eloquent picture of China’s explosive economic development in recent years. Literally, it has occurred at express train speed.
Before embarking on this trip, I was warned that China was like India, except for diarrhea. So I was prepared, but those who warned me about that may not have been to India. It is true that in China there are also many people everywhere, everything is very slow and the traffic is completely stopped most of the time, that is if you do not take the high-speed train, which is almost as expensive as the plane. But if we forget about the air pollution that floats like a gray cap over big cities, Chinese cities are generally clean and well organized. The lines are long but disciplined. Hardly anyone sneaks in. Everything had the appearance of being efficiently organized. The same cannot be said for large cities in India.
Yet these orderly, well-organized cities were filled with old, boxy, characterless concrete buildings or modern glass-enclosed buildings alongside seas of neon lights. It was difficult for me to tell one city from another, they all looked alike, with one lucky exception: Harbin. This city was something as exceptional as a Chinese city with personality.

The easiest way to travel by land from China to Mongolia is with the express train from Beijing, which is why I had traveled south again, to the Chinese capital. I made sure to buy a ticket for a Chinese train bound for Ulaanbaatar, and not for one of the many Russian trains that continue to Moscow. If I had learned anything from my travels through the former Soviet Union, it was to avoid Russian trains at all costs. The Chinese trains were great; clean and nice, new and modern, painted in pastel blue tones. As soon as we lost sight of the gray smog that covered Beijing, sharp green hills appeared. Gradually, the hills decreased in height and the landscape became flatter. The hours ticked by. I had big plans about everything I could read and write on the train, but instead I stared out at the misty landscape. A couple of times I walked over to the dining car and ate a little.
China recognized Mongolia’s independence in January 1946. For the next ten years, Outer Mongolia continued to be part of the new maps of China. Whenever the issue of Mongolia’s possible entry into the United Nations was raised, Taiwan used China’s veto. Until 1961, Mongolia could not join the UN as an independent member country. In practice, Mongolia continued to be a satellite country of the Soviet Union until the fall of the communist regime during popular protests in 1990.
In 1921, when Mongolia was de facto independent, the country was among the poorest in Asia: the number of inhabitants was slightly over 600,000 and mortality among newborns was so high that the growth rate was negative. . The industry did not exist, eighty percent of the cattle belonged to feudal lords and 98 percent of the population was illiterate.
The Soviet Union invested a lot of money in the development of the Mongolian People’s Republic. They built roads, apartment blocks, hospitals and schools, and sent teams of doctors and competent engineers to Mongolian cities. In the 1980s, population growth was the highest in Asia, the number of inhabitants tripled, and illiteracy was practically eradicated. During this process the traditional Mongolian alphabet was replaced by Cyrillic.
The Soviet Government did not act like this out of sheer goodness. As Stalin remarked during his meeting with Chiang Kai-shek in 1945, the situation in Mongolia was of great strategic importance to the Soviet Union. This importance was evident during the border disputes with China in the 1960s (the highest number of soldiers that the Soviet Union had stationed in Mongolian territory was seventy thousand). Also, Mongolia is unusually rich in iron and minerals.
After Mongolia became a democracy in 1990, the movement has been reversed again. In communist times, more than 95 percent of trade was with the Soviet Union. Currently it is the other way around, China, the ancient enemy of Mongolia, is indisputably its most important trading partner. More than eighty percent of its total exports are destined for China, a fact that was physically underlined by the last stretch of that luxurious highway heading to the border. Not surprisingly, the new asphalt road is financed by the Chinese.

Until 1991, when Kazakhstan became independent, we were not able to speak openly about our history, culture and language. This center, Vainakh, was founded in 1990. I have been the director for twenty years. After the dissolution of the Soviet Union, many of my friends returned to Ingushetia, but I am from Prigorodny and I have nowhere to return. After the deportations, Prigorodny was occupied by our neighbors, the Ossetians, and the city has never been returned to us. If Prigorodny were to be Ingush again, I would surely return. It is hot there and I am already an old man. That said, we do live well in Kazakhstan. We do not lack anything.
Although most returned to the Caucasus after Stalin’s death, about 50,000 Ingush and Chechens still live in Kazakhstan. In addition, the country is home to thousands of Germans, Tatars, Koreans, Poles, Armenians, Greeks and Bulgarians along with many other nationalities and ethnicities. A permanent legacy of the brutal Stalin regime.
«Only Stalin could have planned and executed deportations of entire nations …

April 2016, the conflict between Nagorno Karabakh and Azerbaijan escalated. Since the truce was implemented in 1994, it has been violated seven thousand times, but then the bloodiest happened. During four days, in the so-called Four Day War, an estimated 350 soldiers lost their lives. The Azerbaijani authorities claim that they recovered 20 square kilometers of land, while the Armenians claim that they only lost 8 square kilometers. The two sides accuse the other of having initiated the attacks.
When the smoke from the artillery cleared and the dead were evacuated from the battlefield and the bodies were exchanged at the border that does not actually exist, the situation calmed down again. The only thing that is known, with more or less certainty, is that the conflict will escalate again in the future and that young men on both sides will pay for it with their lives.

Georgia is a small country, measuring only 69,700 square kilometers, about the size of Ireland. If you don’t count Abkhazia and South Ossetia, the two separatist republics that became independent in the 1990s and over which the Georgian government has no influence today, you can subtract 20 percent. The population is around 5 million, almost like in Norway. Despite their modest size, three of the most significant men in the history of the Soviet Union are Georgians: Eduard Shevardnadze, Minister of Foreign Affairs in the Gorbachev Government and later the second president of Georgia; Lavrenti Beria, one of the main perpetrators of the terror exercised in the 1930s and leader for several years of the NKVD, the People’s Commissariat for Internal Affairs, and finally Iósif Dzhugashvili, better known as Stalin.
On August 26, 2008, Russia recognized South Ossetia and Abkhazia as independent and sovereign states, arguing that Western countries had recognized Kosovo as an independent country the same year. Since then the border with South Ossetia has been closed on the Georgian side. It was recently decided in a referendum to add «Alania» to the name of the republic to more closely resemble the northern brother whose full name is North Ossetia-Alania. Initially the South Ossetians were supposed to go to the polls in 2016 to vote on whether South Ossetia should reunify with North Ossetia and thus become officially part of Russia, but due to pressure from Moscow, this referendum has been postponed indefinitely. The fact that the South Ossetian authorities plan to organize this type of referendum says a lot about who actually rules in the breakaway republic.
Currently just over fifty thousand people live in South Ossetia. Most Georgians have left and many of them are in more or less permanent refugee settlements on Georgian territory. More than victims of ethnic strife at the regional level, they have become chess pieces for a high-level geopolitical strategy. And now without noise, the tug-of-war competition continues. The territory of South Ossetia, smaller than the Norwegian region of Østfold, is slowly expanding, meter by meter, in the shade. The phenomenon is called borderization in English, that is to say, «bordering», and it consists in that a territorial border is widened with physical means such as fences, hedgerows or others, but without authorization. Every year the border fence of South Ossetia moves, here and there, a few hundred meters into the interior of Georgia, with the Georgian authorities being helpless witnesses. And again, ordinary citizens are sacrificed on the altar of geopolitics.

Originally, the Black Sea was a large freshwater lake, much shallower than the current sea. According to recent research, bodies of water from the Sea of Marmara and the Mediterranean penetrated the Black Sea about eleven thousand years ago. Due to the melting of the glaciers after the last ice age, the water level in the Mediterranean rose progressively over a long period of time, and about eleven thousand years ago the water made its way through a thin spit of land located in the present Bosphorus and penetrated into the Black Sea. Perhaps in just ten years, the water level rose more than a hundred meters, and where there was a lake a sea was born. When this process was accelerated to the maximum, the sea gained a mile a day of land, and efficiently and unceremoniously, it flooded one after another the primitive villages of the Stone Age. Maritime life also changed rapidly. Eighty percent of the marine species that inhabit the Black Sea today come from the Mediterranean. Some think that the swift rise of this sea originated the biblical episode about the Universal Flood of the Old Testament.
Today, this sea is called the Black Sea in most languages, although its waters are no blacker than those of any other sea. Perhaps the term comes from the dark and dense fog that often rests on the surface of its waters, or from winter storms that can be very violent, hence all those shipwrecks on that lifeless seabed.

Crimea was only the beginning, as could be seen later. Following the annexation of the Crimean peninsula, pro-Russian demonstrations broke out in the Donbas region of eastern Ukraine. The situation quickly worsened and in May, the Lugansk People’s Republic and the Donetsk People’s Republic declared themselves independent from Ukraine. Two new separatist republics had been born. With the support of Russia, the pro-Russian rebels demanded that the entire Donbas region, and, even better, the entire Novorossia region, be separated from Ukraine. Major cities such as Sloviansk and Mariupol were retaken by Ukrainian military forces throughout the summer and fall of 2014, but the rebels still control major cities in the Donetsk and Luhansk provinces. Unlike when the Crimea was annexed, the Russian government still strongly denies having sent military material or regular troops to eastern Ukraine, but there are numerous satellite photographs and witnesses to the contrary.
More than two million people have fled the war that has so far claimed the lives of 10,000 people. Several armistices have been signed, which in theory should be permanent, but so far none have been honored for more than a few consecutive days.
From the blockade of the Crimean Tatars and the white beaches of the Black Sea, I headed northeast. And the closer I got to the front line, the shorter the distance between the military checkpoints. On the road, there were soon more military vehicles than civilians. The war was getting closer and closer.

The Donetsk People’s Republic declared itself independent from the rest of Ukraine on May 12, 2014. At first, many believed that the territory was going to be an integral part of Russia, such as Crimea, but now it is more likely that Donetsk will end up as Abkhazia, Nagorno Karabakh or South Ossetia: a separatist republic, an international pariah, not recognized by the rest of the world. So far no one has recognized the Donetsk People’s Republic, not even Russia.
Building a state from the base, and one that no one wants to recognize, involves a huge and meticulous job. It was evident that one of the most important machines, the propaganda machine, worked day and night. All of Donetsk was plastered with full-color posters; Many encouraged young people to join the army, others thanked the Russian help with effusive rhetoric, and in some on March 8 President Aleksandr Zajárchenko * congratulated the women of the city.

Minsk was so destroyed during the war that he even seriously considered moving the capital from Belarus instead of rebuilding it. From the ruins rose a great modern city, with wide streets and impersonal skyscrapers. Minsk, like the country, is completely flat; it is as if the city expanded limitlessly in all directions. Stanislav Shushkevich, the former head of state of independent Belarus, lives in a charmless block of flats outside the center with his wife, Irina.
In the winter of 2017, when despite these direct or indirect subsidies, Belarus refused to pay the agreed price for Russian oil and gas, the Russians responded with a reduction in the delivery of duty-free crude. In addition, they carried out checks on the border with Belarus. The latter was surely a reaction to Belarus, due to a recent agreement with the European Union on a «mobility partnership» that same winter, introducing the five-day visa-free stay for citizens of eight countries. At the end of the marathon press conference, Lukashenko launched a threat that he might not even believe: “We will do without Russian oil! Yes, it will be difficult, but freedom cannot be measured in money! »
A week after the mass arrests in March, Lukashenko went to Moscow to see what he could achieve. He returned to the country with promises to grant a loan worth 1 billion dollars to pay for the gas that had been supplied to him in 2016 and reductions in the price of said fuel for 2018 and 2019. The same autumn, the two countries carried out operations joint military forces, the so-called Zapad 2017 (Occidente 2017).

The border crossing between Latvia and Estonia runs through a city. A booth with a canopy is all that was left of the old border station that was closed in 2007, when the Baltic countries became members of the Schengen area.
The Baltic Germans called the city Walk, a name that first appears in written sources in 1286. During the struggle for independence that took place after World War I between Estonia and Latvia, the parties involved did not agree about which side of the border the city should be located. In the end the British, who supported the Baltic struggle for the liberation of Germans and Russians, made a Solomonic decision: in 1920, Colonel Stephen Tallents decided that the city should be divided in two, and this was done. Today, about 6,000 inhabitants populate the Latvian Valka, while Valga, on the Estonian side, has twice as many inhabitants.
As in Latvia, in Estonia a considerable part of its inhabitants are of Russian origin and many of them do not have citizenship:
«Three hundred and twenty thousand people, a quarter of the population, are of Russian origin,» Lauristin said, «ninety thousand of whom do not have Estonian citizenship.» Half of them don’t want it. Apart from not being able to be a policeman or vote in parliamentary elections, they enjoy the rest of the rights that now exist. The other half do want Estonian citizenship, but cannot pass the Estonian test. You have to help them, but Estonia is a small country and Estonian is a minority language. Russians in Finland learn Finnish quickly if they are motivated. The language issue is a post-colonial issue. The Russians were the rulers in the times of the Tsar and the Soviet Union. They were the colonizers, but now they are a minority here. It is not easy for them.

In Eckerö, in the middle of the Baltic Sea, at the western tip of the Åland Islands, there is an ÅCorre building so elegant that it appears to be built for a large and powerful capital. Surrounded by sea, rocks and forest, and built according to the classical imperial style, the 80-meter-long by 70-meter wide building stands out. It was designed by the Italian Carlo Bassi and the German Carl Ludvig Engel, the latter architect who designed the Senate Square and the Helsinki Cathedral.
According to stories told in Åland, Tsar Alexander I passed through Eckerö in 1819 after visiting the Swedish king. In Grisslehamn, on the Swedish side, a fantastic stone customs building had recently been built. In Eckerö, on the contrary, there was a miserable little country house, in such bad condition that the Postmaster and the customs officer preferred to pay for other accommodation out of their own pockets rather than live there for free. Seeing that miserable Post Office building moved the Tsar. When he arrived in Helsinki, he asked the architect Engel to design a new Post and Customs building, worthily representing Russia’s western border. The design turned out to be one of the most splendid imperial-style buildings in present-day Finland.
The story could be true, as there is no doubt that the Eckerö Post and Customs building is built to impress, but the closest Alexander I came to Eckerö was in Åbo, already on the mainland. Instead, Nicholas I, his brother and his successor, subsequently visited Åland to inspect how the construction work on the Bomarsund fortress was progressing. Then the Post Office building, after a difficult birth, was already in operation.
Finland had been subject to Russia for a mere twenty years, having been part of Sweden for nearly seven centuries. In the seventeenth century, Sweden was a great European power, as has been said. However, in the early 18th century, the young and immature King Charles XII ran into someone superior to him in the person of Tsar Peter the Great during the Great Northern War. The war was lost as early as 1709 after the catastrophic defeat at Poltava, but neither side laid down their arms. In 1713, Russian troops invaded Finland and in no time had subdued the entire country and also the Åland Islands, where they murdered, looted, and taken prisoners.

In 1960 an equestrian statue of Mannerheim was inaugurated in Helsinki. That the Finns wanted to honor their great marshal with a suitable monument in the capital is not surprising. It is more surprising that in St. Petersburg a plaque in his honor was discovered in 2016 in his old school, the cavalry academy of Nicholas II. The head of the Russian presidential administration, Sergei Ivanov, gave a speech on the occasion of the inauguration of the plaque and the Minister of Culture was present. As a KGB officer, Ivanov had been stationed in Helsinki and perhaps thought it might be appropriate to dedicate a plaque to the famous Finnish general in Saint Petersburg as well. After all, before he was a liberation hero, he had served in the tsar’s army for thirty years. The accusations and protests were swift: how could you dedicate a plaque to a Nazi? A few days after the inauguration, the plaque was sprayed with red paint, as was the Bronze Soldier from Tallinn. After a few months, the plate was removed forever. At the same time, Sergei Ivanov was removed as head of Putin’s presidential administration, without necessarily a direct relationship between the dismissal and the unfortunate plaque.
The Finns, on the other hand, always find that Mannerheim gets little praise, and only in the last two years have four biographies of the quarterback seen the light: Dag Sebastian Ahlander’s Gustaf Mannerheim; Mannerheim: marsken, masken, myten (Mannerheim: marshal, mask, myth), by Herman Lindqvist; Mannerheim, by Martti Turtola, and Gustaf Mannerheim: Aristokrat i vadmal (Gustaf Mannerheim: aristocrat in work clothes), by Henrik Meinander.

Unlike Norway, where the border is guarded by soldiers doing military service, our border is patrolled by professional guards who consider themselves part of the police force, ”Jouni explained. Now much of the work is done with cameras, cars and snowmobiles, but in my day we spent a lot of time outdoors, we walked a lot. To get to work at the border station, I had to walk twenty miles. I’ve always liked the outdoors so it was a good job for me. But by the time I met my wife and we were in love, it was difficult to spend two weeks in a row isolated at work …
It took us three hours to reach Treriksrøysa, situated on top of a gentle ridge. For the first time in many months I was setting foot on Norwegian land. The border was marked with a cairn. At the top of the stone cairn was a white triangle, the border point.
The Russian-Norwegian border stretches 196 kilometers and accounts for less than 8 percent of the total. But while the borders with Finland and Sweden are open and informal, marked with discreet signs and the occasional customs checkpoint, the border with Russia is patrolled by armed soldiers from the Sør-Varanger military base. Kirkenes is the only Norwegian city with its own border commissioner.
The mercantile relationship of the northern inhabitants with the Russians is not new. In the 18th century, Russian commercial ships began to call in commercial settlements and on the shores of the fjords of northern Norway. Traders came from the lands near the White Sea and the Kola Peninsula. This area was called Pomorie, which means «lands by the sea», «coastal lands», and those who lived there were called the Pomor. Trade with them was called pomor trade and it became an important source of income and income for both parties. The Pomor mainly supplied cereals and flour, but also salt, meat, peas, iron, wooden logs, soap and other useful products that they exchanged for fish, a product in great demand in Russia due to the many days of fasting that the Orthodox Church promulgated. . Later money began to be used, and in many places in Northern Norway the ruble was used as currency. Between the Russians and the Norwegians a language of their own developed, the so-called Russian-Norwegian or moja-po-tvoja, «half yours, half mine,» as the Russians called it. About four hundred words are preserved, mainly Russian and Norwegian, but also words with elements of Sami, English, German and Dutch.
With the reconstruction of the Murmansk railway line during World War I, the situation on the Kola Peninsula changed. This railway line runs from Petrozavodsk, in Karelia, to the port city of Murmansk, founded in 1916. With Murmansk, Russia finally obtained a large ice-free port in the north, and since then industrial, demographic, ideological and geographical area of the area experienced rapid growth.
In 1920, the Bolsheviks ceded Petsamo to Finland. Norway obtained a direct border with Russia for the first time on September 4, 1944, when Finland was forced to accept the harsh conditions of the peace agreement and Petsamo rejoined the Russian Federated Soviet Socialist Republic.
A year and a half later, on October 18, the Red Army crossed the Norwegian border and drove out the German occupiers. Kirkenes was liberated by the Russians on October 25, 1944, being the first German-free Norwegian city.

Russia is still a giant country. It is four times the size of the European Union, almost twice the size of the United States and China. The Russian border, as described here, may soon be history. Perhaps it will widen first and then shrink, like a serpent’s tortuous struggle in the face of death. But in the long run, it is difficult to conceive how with its almost two hundred nationalities and ethnic groups, its 17 million square kilometers and sixty thousand kilometers of its long border, it can continue to exist as an articulated whole after a generation, a hundred or two hundred years from now. years.
In 1991, Russia gained eight new neighbors. Very soon there could be more. One of the reasons why Yeltsin and later Putin put down the uprisings in Chechnya so forcefully was the fear that the empire would become even more fragmented. Today Chechnya is controlled with an iron fist by the dictator Ramzan Kadyrov, but both Iron Curtains and Iron Fists can rust and corrode, sometimes overnight.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/29/sovietistan-un-viaje-por-las-republicas-de-asia-central-erika-fatland-sovjetistan-en-reise-gjennom-turkmenistan-kasakhstan-tadsjikistan-kirgisistan-og-usbekistan-sovjetistan-a-trip/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/02/la-frontera-un-viaje-alrededor-de-rusia-a-traves-de-corea-del-norte-china-mongolia-kazajistan-azerbaiyan-georgia-ucrania-bielorrusia-lituania-polonia-letonia-estonia-finlandia-noruega-y/

2 pensamientos en “La Frontera: Un Viaje Alrededor de Rusia a través de Corea del Norte, China, Mongolia, Kazajistán, Azerbaiyán, Georgia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Polonia, Letonia, Estonia, Finlandia, Noruega y también el Paso del Noreste — Erika Fatland / The Border: A Journey Around Russia Through North Korea, China, Mongolia, Kazakhstan, Azerbaijan, Georgia, Ukraine, Belarus, Lithuania, Poland, Latvia, Estonia, Finland, Norway, and the Northeast Passage by Erika Fatland

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