Faraones Perdidos (Y Encontrados) — Benjamín Collado Hinarejos / Lost and Found Pharaohs by Benjamín Collado Hinarejos

De entre todas estas construcciones habría que destacar, sin duda, las grandes pirámides de Egipto, la única de las siete maravillas del mundo antiguo que ha llegado hasta nosotros, aunque curiosamente no ha sido en el interior de estos imponentes monumentos donde se han localizados los cuerpos de los faraones que hicieron posibles las extraordinarias construcciones egipcias, sino escondidos en modestas tumbas y sucias cuevas, en las que consiguieron esquivar a los ladrones a lo largo de los siglos.
El más reciente descubrimiento presenta además la paradoja de ser el único que sacó a la luz, no una, sino tres tumbas reales intactas, y sin embargo ser uno de los episodios menos conocidos de la arqueología egipcia. Y la culpable de esta circunstancia no es otra que la guerra, la maldita guerra que no solo borra de la faz de la tierra las vidas de los hombres, sino incluso la memoria de los faraones.

A pesar de haber leído todo lo que ha caído en mis manos sobre Egipto, a pesar de haber pisado tumbas reales en el Valle de los Reyes en Luxor, a pesar de haber contemplado los tesoros del Museo del Cairo, de Gizeh, de Menfis, a pesar de todo, este libro me ha enganchado. Son tantos los detalles que su autor describe que he vuelto a entrar en la KV 62 y he recordado lo que significa sentir Egipto. Muy recomendable como todos sus libros.

Momias, tesoros ocultos, ladrones de tumbas y maldiciones. Pocas combinaciones pueden resultar más irresistibles para el gran público, y si hay un lugar en el mundo en que todo esto se hace realidad por encima de los demás, ese es Egipto.
Estos elementos se entremezclan de forma sorprendente en la narración que ahora comenzamos, uno de los episodios más asombrosos y apasionantes de la arqueología de todos los tiempos: el descubrimiento en los acantilados de Deir el Bahari del lugar donde, hace 3.000 años, fueron escondidas por manos piadosas decenas de momias, entre las que se encontraban las de algunos de los más conocidos faraones de Egipto.
Son episodios como este los que han hecho que la civilización egipcia haya estimulado la imaginación de millones de personas durante siglos, y lo que ha llevado a que a lo largo de la historia sean muchos los que se hayan decidido a emprender el difícil viaje hasta el país del Nilo para ver con sus propios ojos algunas de las más impresionantes obras creadas jamás por el ser humano. Entre ellas la única de las siete maravillas del mundo antiguo que permanece en pie, la Gran Pirámide, construida en Gizeh como lugar de reposo del faraón Keops.
Lamentablemente, hasta bien entrado el siglo XIX no hubo intentos serios por parte de las autoridades locales por frenar los expolios. En 1835 se había creado el Servicio de Antigüedades Egipcias, que había ido recogiendo gran cantidad de piezas de las que aparecían por todo el país, pero los objetos se acumulaban sin más cuidados, primero en un pequeño edificio del centro de El Cairo y más tarde en la ciudadela de Saladino y, cuando en 1855 el emperador Maximiliano de Austria visitó Egipto, el virrey Abbas Pachá tuvo la ocurrencia de obsequiarle con todas las piezas recuperadas hasta ese momento, con lo que todo el trabajo realizado hasta entonces quedó en nada y hubo que comenzar otra vez desde cero.
Auguste Mariette, quien ponga coto a todos estos desmanes, o al menos quien lo intente. En 1850, el francés había sido enviado a Egipto por el Museo del Louvre para localizar y adquirir manuscritos coptos, pero llegó en el peor momento posible.

El área funeraria de Tebas, situada frente a Luxor, en la orilla occidental del Nilo, se compone de tres zonas bien diferenciadas: el Valle de los Reyes, el Valle de las Reinas, y la necrópolis de los nobles, esta última dispuesta a lo largo de la ladera que se extiende entre las tierras de cultivo y los abruptos cortados que delimitan el valle del Nilo. Sobre estas tumbas está construida Gurna, con lo que sus habitantes ni siquiera tenían que salir de casa para realizar sus excavaciones clandestinas, tarea en la que se afanaban de forma más que efectiva. Es imposible saber cuántas tumbas fueron expoliadas y cuántas piezas desaparecieron vendidas a intermediarios sin escrúpulos, o directamente a los turistas ávidos de un recuerdo con el que presumir a su regreso a casa. Y lo que es mucho peor, cuántos objetos de oro y plata, primorosamente trabajados y decorados, han desaparecido para siempre fundidos en crisoles clandestinos y convertidos en vulgares lingotes vendidos al peso.
Hay que admitir que fue más fácil «colar» la falsificación porque los bellos cartonajes polícromos que cubren la supuesta momia, y que muestran el retrato del difunto, sí que son auténticos, pertenecientes a un sacerdote del dios Min de nombre Nesmin, y datados en la Baja Época, con lo que el valor de la pieza, tanto histórico como de simple curiosidad, permanece intacto, aunque en la última remodelación del museo esta haya sido retirada de la exposición.
Durante la década de 1870, años de dura lucha de Mariette contra los saqueadores y traficantes, empezaron a aparecer en el activo mercado negro egipcio y en diversos países europeos, algunas piezas que en seguida atrajeron la atención de los expertos por su calidad, haciendo saltar todas las alarmas. Destacaban ushebtis, vasos decorados y, sobre todo, algunos papiros de muy buena factura y perfectamente conservados.
Ya en 1870, el mismo Mariette había comprado en Suez dos papiros, en muy buenas condiciones, que habían pertenecido a la reina Hennutaui aunque, dado que desgraciadamente el tráfico de antigüedades era en aquellos momentos algo corriente, no le dio mayor importancia.

Son muchos los investigadores que dudan de la versión del descubrimiento casual de la tumba que dieron los Abder Rassul, e incluso algunos consideran que el hallazgo se realizó bastantes años antes de lo que ellos reconocen (quizá ya en 1860). Y es muy posible que no entraran en ella solo en tres ocasiones, ya que hay bastantes indicios de que pudieron vender, además de lo que ellos admiten, muchos otros objetos entre los que figura, al menos, una momia completa. Además, cuando en el año 2007, las autoridades egipcias se decidieron por fin a derruir las viviendas de Gurna para poder realizar excavaciones en su subsuelo, localizaron cerca de un centenar de objetos procedentes de esta tumba escondidos en varias casas, lo que deja bien claro que no dijeron la verdad.
Con bastante frecuencia, desconocemos la verdadera identidad de los cuerpos y en muchos otros casos hay serias dudas de que los nombres que figuran tanto en los ataúdes como en las mismas vendas de las momias se correspondan con la realidad, ya que se han detectado importantes diferencias, por ejemplo, entre las edades de algunos de estos faraones al morir, comprobadas con las tecnologías actuales, y los años de reinado que se les asignan tanto en monumentos como en listas reales. Por ejemplo, el estudio de la supuesta momia de Tutmosis III indica que murió a los 35/40 años, mientras que las fuentes indican que reinó al menos 55. Los datos no cuadran, y lo peor de todo es que no es un caso aislado.
A finales de Julio de 1881, el hallazgo del escondite de las momias reales de Deir el Bahari (Bautizado como tumba DB-320) fue dado a conocer al mundo en París, y el 15 de septiembre en Berlín, en el marco del Congreso Internacional de Orientalistas, causando una gran conmoción entre los egiptólogos de todo el mundo, que ni en sueños imaginaron poder encontrarse cara a cara con algunos de los más célebres reyes de Egipto, que gobernaron el país del Nilo durante una de sus épocas de mayor esplendor.
En un intento por animar a otros ladrones de tumbas a compartir sus secretos, Maspero recompensó a Mohamed Abder Rassul con 500 libras esterlinas y lo contrató además como capataz de las excavaciones que se desarrollaran en Tebas, ya que estaba convencido de que si ponía tanto empeño en su nuevo trabajo como en sus anteriores actividades no dejaría de darles muchas alegrías, algo que se vería confirmado unos años más tarde.

Los robos habían comenzado mucho antes, el grueso de los expolios se produciría a partir de la XX dinastía, sobre todo durante el conocido como Tercer Periodo Intermedio (aprox. 1070 a 655 a. C.), un periodo de decadencia y crisis, tanto económica como política, cuando el poder de los faraones disminuye y se muestran incapaces de controlar tan vasto imperio. De hecho solo gobernaban de forma efectiva el norte del país, el área del delta, desde su capital, establecida en Tanis, mientras que en el sur los verdaderos gobernantes serán los sacerdotes de Amón, desde su centro de poder en el templo de Karnak. Durante este periodo los constructores de tumbas reales se quedaron sin trabajo, y el poblado de Deir el Medina fue abandonado.
Y estos robos no serían llevados a cabo únicamente por simples salteadores de tumbas, sino también por los propios guardianes y obreros de las necrópolis, altos funcionarios locales, sacerdotes e, incluso, por los mismos faraones, que se apropiaron de gran cantidad de objetos valiosos robados de las sepulturas de sus antecesores. Esto lo podemos comprobar en tumbas de las dinastías XXI y XXII como la del faraón Psusenes I, que reinó aproximadamente entre el 1036 y el 989 a. C.

La DB 320 fue la primera cachette real localizada pero no la única, ya que solo unos años más tarde, en 1898, será el arqueólogo francés Víctor Loret el que descubra que en el interior de la tumba de Amenofis II (la KV 35) no solo se enterró a este faraón.
Esta tumba todavía fue protagonista de un desgraciado incidente pocos años después de su hallazgo, y es que, en contra de la opinión de su descubridor, las autoridades egipcias decidieron que parte de las momias habían de dejarse en el lugar en el que fueron encontradas. Así que cuando terminaron los trabajos de documentación y retirada de los hallazgos materiales, la entrada se volvió a tapiar dejando allí los cuerpos de Amenofis II, las tres momias sin vendas y la momia tirada sobre la barca. Pero en 1901 los saqueadores volvieron a actuar. Entraron en la tumba y sacaron al rey de su sarcófago en busca de las joyas que ellos creían que todavía conservaba. Finalmente, lo único que se llevaron fue la barca sobre la que descansaba la otra momia junto a la entrada, que fue destrozada. Los daños sobre la momia de Amenofis no fueron graves, pero los hechos demostraron que la mentalidad de algunos de los lugareños había cambiado muy poco en los últimos tres milenios.
El hallazgo del escondite de las momias reales de Deir el Bahari supuso un verdadero terremoto en los ámbitos científicos de su tiempo. Además del altísimo valor arqueológico del hallazgo, significó algo aún más importante, la constatación de que todavía quedaba mucho por descubrir del Egipto faraónico a pesar de que eran muchos los que ya en aquella época consideraban que el momento de los grandes descubrimientos había pasado.

El tiempo pasaba, y los hallazgos no llegaban. Lord Carnarvon comenzaba a perder la paciencia al ver que su dinero se esfumaba sin obtener nada a cambio, y llegó un momento en el que le planteó abiertamente a Carter que quizá los demás tenían razón y no quedaba nada por descubrir allí. Era hora de dejar el Valle.
Pero Carter se negaba a abandonar, no hasta haber explorado hasta el último rincón de ese triángulo, para él mágico, donde estaba convencido de que les esperaba el rey niño durmiendo su sueño de siglos. Habían estado excavando durante cinco años sí, pero en realidad habían sido solo ocho meses de trabajo efectivo. No era tanto. Ante la negativa de Carnarvon, Carter incluso se ofreció a realizar una última campaña de excavación pagándola de su propio bolsillo.
Conmovido por la ciega confianza del arqueólogo, Lord Carnarvon cedió y le concedió una última oportunidad. Si ese invierno no encontraban nada abandonarían el Valle definitivamente.
No deja de ser curioso que el faraón más conocido por el gran público sea un rey históricamente poco significativo que no tuvo tiempo de realizar hechos relevantes durante su corto reinado.
Hoy sabemos que Tutankamón (1336/5 a 1327/5 a. C.) era hijo del «rey hereje» Amenofis IV (Akenatón), que llevó a cabo una revolución religiosa en Egipto por la que cerró los antiguos templos y estableció el culto a un único dios, el disco solar Atón. Además construyó una nueva capital a la que llamó Akhetaton en un lugar que hoy conocemos como Tell el Amarna. Estas dos acciones hicieron que el poder de los sacerdotes de Amón en Tebas se redujera drásticamente, al igual que sus ingresos, lo que granjeó al faraón innumerables y muy poderosos enemigos.
Carter llegó a Luxor el 22 de octubre de 1922 para su última campaña en el Valle de los Reyes. Su situación era delicada, así que no había tiempo que perder. Puso a su equipo manos a la obra y para el día tres de noviembre ya habían sacado a la luz buena parte de las cabañas de piedra que se extendían delante de la tumba de Ramsés VI y cuya excavación habían ido demorando durante seis campañas. Una vez las estudiaron y levantaron un plano de su disposición exacta, las derribaron para poder excavar el metro de tierra que quedaba bajo ellas hasta llegar a la roca virgen, pero ese sería el trabajo del día siguiente.
Cuando Carter regresó por la mañana se sorprendió por el silencio en la excavación. No se oía el rítmico golpeteo de las herramientas ni los cantos con los que los obreros lo acompañaban. ¿Por qué habían parado los trabajadores? Alguien llegó corriendo. Había aparecido un escalón tallado en la roca justo debajo de la primera cabaña que habían derruido.
A su izquierda se amontonaban partes de carros desmontados, mientras que frente a ellos se podían distinguir enormes lechos con cabezas de animales, cajas y arcas, vasijas de mil formas, multitud de cajitas de forma ovoide, arcos, bastones…, así hasta más de 600 objetos, pero cuando se recuperaron del aturdimiento inicial se dieron cuenta de que no había rastro de sarcófagos o ataúdes por ningún sitio.
Pronto descubrieron que al fondo había dos estatuas de madera de tamaño natural colocadas una frente a la otra, y entre ellas se podía distinguir perfectamente otra puerta tapiada y sellada. Sin duda allí descansaría el rey, quien sabe entre qué riquezas. O quizá lo que les esperaba al otro lado de la pared era otra sala igual a la que veían, o varias… Su imaginación volaba desbocada, y es que después de ver lo que tenían ante ellos, ya no podían poner límites a sus pensamientos. Todo era posible. Y más al descubrir, debajo de uno de los lechos situados frente a la entrada, un pequeño agujero que daba paso a otra sala de reducido tamaño (el conocido como anexo) repleta de objetos amontonados en un caótico desorden, sin duda causado por los ladrones.
Hay indicios que hacen pensar que, al menos en una ocasión, los ladrones fueron sorprendidos en el interior de la tumba o mientras huían con el botín. El más evidente es un paquetito hecho con un chal del rey que contenía un puñado de anillos de oro y que con seguridad habría sido utilizado por uno de los ladrones para transportarlos atados a su cuerpo por si tenía que escapar y dejar el resto del botín. Estos anillos se habían reintegrado al interior de una caja a la que no pertenecían, algo que sabemos porque en la tapa de muchas de las cajas hay una lista con los objetos que contenían. Esto ha facilitado la confección del inventario de la tumba y también ha permitido saber de la existencia de muchos de los objetos hoy desaparecidos.

El 29 de marzo de 1924, mientras Carter seguía apartado de las excavaciones, ocurrió algo que a punto estuvo de hacer que los problemas se multiplicaran para él. Ese día diversas autoridades, acompañadas por ayudantes egipcios y occidentales, se dispusieron a hacer un inventario de las piezas extraídas de la tumba hasta el momento. Se dirigieron hasta la tumba KV-15, que como vimos anteriormente venía siendo utilizada como taller de restauración y almacén de los objetos recuperados, y allí la comisión quedó gratamente sorprendida por la minuciosidad del trabajo de Carter que, entre otras cosas, catalogaba cada objeto con una única referencia que era anotada por triplicado: en un inventario general, en la caja que contenía la pieza y en la pieza misma.
Había una que llamó la atención de los visitantes. Estaba cerrada e identificada por una etiqueta como vino tinto. La abrieron y encontraron algo que los dejó boquiabiertos: se trataba una de las obras de arte más delicadas encontrada en la tumba, una escultura de madera representando al Faraón Niño saliendo de una flor de loto, elaborada en el inconfundible estilo Amarna.
Lo cierto es que las sospechas de que Carter y Lord Carnarvon sacaron pequeñas piezas de la tumba sin reflejarlas en los registros son una constante desde el mismo momento del descubrimiento, y también es verdad que en diversos museos americanos y europeos se exhiben piezas con el nombre de Tut. Se sabe, por ejemplo, que a la muerte de Carter una serie de objetos procedentes de la tumba, y que no figuraban en los inventarios, fueron reintegrados discretamente al museo de El Cairo, y en 2011 el Museo Metropolitano de Nueva York firmó un acuerdo con el gobierno egipcio por el que devolvía diecinueve piezas que habían sido sacadas de forma irregular de la tumba de Tutankamón y del país. En su mayor parte eran fragmentos sin un gran valor, pero también había piezas destacables, como un pequeño perro de bronce.

A las dos menos diez de la madrugada del 5 de abril de 1923 Lord Carnarvon moría a los 57 años de edad. Sus últimas palabras fueron: «he escuchado su llamada y le sigo».
En su certificado médico figura como causa del fallecimiento la neumonía, que habría sido causada por las complicaciones derivadas de la infección de la picadura.
Según su hijo, en el momento del fallecimiento de su padre se produjo un apagón en El Cairo que obligó a llevar velas a su habitación, y nada más llegar con el cadáver de Lord Carnarvon a su finca de Highclere, en Inglaterra, su perrita Susie, que lo había acompañado en numerosas ocasiones en sus viajes a Egipto, comenzó a aullar y murió súbitamente (Otras versiones indican que la muerte de la perra fue simultánea a la de Carnarvon). Este fue el origen de la maldición de Tutankamon.
En relación al supuesto apagón en El Cairo en el momento del fallecimiento de Lord Carnarvon, los investigadores recuerdan que hasta no hace mucho estos cortes en el suministro eléctrico no eran infrecuentes.
Otros investigadores han optado por tratar de identificar posibles elementos que pudieran favorecer de una manera u otra una mortalidad temprana del personal que directamente hubiera trabajado en las tumbas o con momias, desarrollando diversas teorías:
• Venenos. Según esta teoría, los sacerdotes egipcios habrían sido capaces de desarrollar venenos, tanto de origen animal como vegetal, aptos para resistir miles de años en el ambiente cerrado de las tumbas, con el objetivo de que cualquiera que entrara en ellas falleciera. Hasta ahora nadie ha encontrado la más mínima traza de estos posibles venenos.
• Hongos. Esta teoría fue lanzada por el doctor Ezzedin Taha, de la Universidad de El Cairo, que anunció haber encontrado rastros del hongo Aspergillus níger en numerosos empleados de museos que habían trabajado con momias y otros artefactos procedentes de tumbas egipcias. Estos hongos normalmente no causarían la muerte, pero sí inflamación del sistema respiratorio y fiebre, dos de los síntomas que presentaban muchos de los fallecidos. Y por supuesto, también podían agravar otras.

Los faraones enterrados en Tanis pertenecían a las dinastías XXI y XXII, que a su vez están encuadradas en el denominado Tercer Periodo Intermedio, una época de inestabilidad y fragmentación del poder.
A lo largo de la XX dinastía, el poder de los faraones se había ido debilitando de una forma importante. Por un lado los faraones entregaron cada vez más territorios a los templos, sobre todo al de Amón en Tebas, con lo que llegó un momento en que el primer sacerdote de este templo rivalizaba en poder con el mismo rey; mientras que por otra parte surgieron nuevos grupos políticos, también poderosos, que minaban la autoridad real. Uno de estos colectivos era el de los libios, que originalmente habían llegado como prisioneros de guerra y fueron asentados durante los siglos anteriores en colonias militares; con el tiempo se convirtieron en egipcios de pleno derecho, aunque sin perder su identidad, y su influencia no dejó de crecer hasta llevar a alguno de sus miembros al trono.
A pesar de los ataúdes de plata y las máscaras de oro estas tumbas son fiel reflejo de un momento de decadencia de unos reyes incapaces de volver a unificar el país bajo un solo gobernante como habían hecho sus predecesores, y no solo eso, sino que con ellos comienza el fin de la cultura egipcia, porque a partir de ese momento todos los faraones serán extranjeros, ningún egipcio volverá a ocupar el trono unificado del Alto y Bajo Egipto. Libios, nubios, persas, griegos y romanos se harán sucesivamente con el poder del País del Nilo, en un camino descendente que llevará, inexorablemente, a la desaparición de esta milenaria cultura.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/29/sexo-y-erotismo-en-el-antiguo-egipto-benjamin-collado-hinarejos-sex-and-erotism-in-ancient-egypt-by-benjamin-collado-hinarejos/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/30/faraones-perdidos-y-encontrados-benjamin-collado-hinarejos-lost-and-found-pharaohs-by-benjamin-collado-hinarejos/

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Among all these constructions we should highlight, without a doubt, the great pyramids of Egypt, the only one of the seven wonders of the ancient world that has come down to us, although curiously it has not been inside these imposing monuments where the bodies of the pharaohs who made the extraordinary Egyptian constructions possible, but hidden in modest tombs and dirty caves, in which they managed to avoid thieves throughout the centuries.
The most recent discovery also presents the paradox of being the only one to uncover not one, but three intact royal tombs, and yet being one of the least known episodes in Egyptian archeology. And the culprit of this circumstance is none other than war, the cursed war that not only wipes off the face of the earth the lives of men, but even the memory of the pharaohs.

Despite having read everything that has fallen into my hands about Egypt, despite having stepped on royal tombs in the Valley of the Kings in Luxor, despite having contemplated the treasures of the Cairo Museum, Gizeh, Memphis, Despite everything, this book has me hooked. There are so many details that its author describes that I have re-entered KV 62 and I have remembered what it means to feel Egypt. Highly recommended like all his books.

Mummies, hidden treasures, grave robbers and curses. Few combinations can be more irresistible to the general public, and if there is a place in the world where all this becomes reality above all others, it is Egypt.
These elements are intertwined in a surprising way in the narrative that we now begin, one of the most astonishing and exciting episodes in archeology of all time: the discovery on the cliffs of Deir el Bahari of the place where, 3,000 years ago, they were hidden by pious hands dozens of mummies, among which were those of some of the best known pharaohs of Egypt.
It is episodes like this that have made the Egyptian civilization have stimulated the imagination of millions of people for centuries, and what has led to many throughout history who have decided to undertake the difficult journey to the Nile country to see with your own eyes some of the most impressive works ever created by man. Among them the only one of the seven wonders of the ancient world that remains standing, the Great Pyramid, built in Gizeh as a resting place for Pharaoh Khufu.
Unfortunately, until well into the 19th century there were no serious attempts by local authorities to stop the looting. In 1835 the Egyptian Antiquities Service had been created, which had been collecting a large number of pieces that appeared throughout the country, but the objects were accumulated without further care, first in a small building in the center of Cairo and later in the Saladin citadel and, when Emperor Maximilian of Austria visited Egypt in 1855, Viceroy Abbas Pachá had the idea of presenting him with all the pieces recovered up to that moment, with which all the work carried out until then came to nothing and had to start over from scratch.
Auguste Mariette, whoever puts a stop to all these excesses, or at least who tries. In 1850, the French had been sent to Egypt by the Louvre Museum to locate and acquire Coptic manuscripts, but he arrived at the worst possible time.

The burial area of Thebes, located in front of Luxor, on the western bank of the Nile, is made up of three well-differentiated areas: the Valley of the Kings, the Valley of the Queens, and the necropolis of the nobles, the latter arranged along the along the slope that stretches between the farmland and the steep cliffs that delimit the Nile Valley. Gurna is built on these graves, so its inhabitants did not even have to leave home to carry out their clandestine excavations, a task in the one that they toiled in a more than effective way. It is impossible to know how many graves were looted and how many pieces disappeared sold to unscrupulous intermediaries, or directly to tourists eager for a souvenir to show off on their return home. And what is much worse, how many gold and silver objects, beautifully worked and decorated, have disappeared forever, melted in clandestine crucibles and turned into vulgar ingots sold by weight.
It must be admitted that it was easier to «sneak in» the forgery because the beautiful polychrome cartons that cover the supposed mummy, and that show the portrait of the deceased, are authentic, belonging to a priest of the god Min named Nesmin, and dated in the Low Epoch, with which the value of the piece, both historical and of simple curiosity, remains intact, although in the last remodeling of the museum it has been removed from the exhibition.
During the 1870s, years of hard struggle by Mariette against looters and traffickers, some pieces began to appear on the active Egyptian black market and in various European countries, some pieces that immediately attracted the attention of experts for their quality, making them jump all alarms. Ushebtis, decorated vases and, above all, some very well-made and perfectly preserved papyri stood out.
Already in 1870, Mariette himself had bought in Suez two papyri, in very good condition, which had belonged to Queen Hennutaui, although, since the antiques trade was unfortunately common at that time, he did not give it much importance.

Many researchers doubt the Abder Rassul version of the accidental discovery of the tomb, and some even consider that the find was made many years earlier than they acknowledge (perhaps as early as 1860). And it is very possible that they did not enter it only three times, since there are enough indications that they were able to sell, in addition to what they admit, many other objects among which there is at least one complete mummy. In addition, when in 2007, the Egyptian authorities finally decided to demolish the houses of Gurna in order to carry out excavations in their subsoil, they located about a hundred objects from this tomb hidden in several houses, which makes it very clear they didn’t tell the truth.
Quite often, we do not know the true identity of the bodies and in many other cases there are serious doubts that the names that appear both on the coffins and on the bandages of the mummies correspond to reality, since important differences have been detected , for example, between the ages of some of these pharaohs at death, verified with current technologies, and the years of reign that are assigned to them both in monuments and in royal lists. For example, the study of the supposed mummy of Tuthmosis III indicates that he died at 35/40 years, while sources indicate that he reigned at least 55. The data do not add up, and worst of all, it is not an isolated case .
At the end of July 1881, the discovery of the hiding place of the royal mummies of Deir el Bahari (baptized as tomb DB-320) was made known to the world in Paris, and on September 15 in Berlin, within the framework of the International Congress of Orientalists, causing a great commotion among Egyptologists around the world, who never dreamed of being able to meet face to face with some of the most famous kings of Egypt, who ruled the country of the Nile during one of its times of greatest splendor.
In an attempt to encourage other grave robbers to share their secrets, Maspero rewarded Mohamed Abder Rassul with £ 500 and also hired him as foreman for the excavations that would take place in Thebes, as he was convinced that if he put so much effort In his new job as in his previous activities, he would not fail to give them many joys, something that would be confirmed a few years later.

The robberies had begun much earlier, the bulk of the looting would occur from the XX dynasty, especially during the so-called Third Intermediate Period (approx. 1070 to 655 BC), a period of decline and crisis, both economic as well as political, when the power of the pharaohs diminishes and they are unable to control such a vast empire. In fact they only ruled effectively the north of the country, the delta area, from their capital, established in Tanis, while in the south the true rulers will be the priests of Amun, from their center of power in the temple of Karnak. During this period the builders of royal tombs were left without work, and the town of Deir el Medina was abandoned.
And these robberies would not be carried out only by simple grave robbers, but also by the guardians and workers of the necropolis, high local officials, priests and even by the pharaohs themselves, who appropriated a large number of valuable objects stolen from the graves of their ancestors. We can verify this in the tombs of the XXI and XXII dynasties such as that of the pharaoh Psusenes I, who reigned approximately between 1036 and 989 BC.

The DB 320 was the first real cachette located but not the only one, since only a few years later, in 1898, it was the French archaeologist Víctor Loret who discovered that inside the tomb of Amenophis II (KV 35) there was no only this pharaoh was buried.
This tomb was still the protagonist of an unfortunate incident a few years after its discovery, and it is that, against the opinion of its discoverer, the Egyptian authorities decided that part of the mummies had to be left in the place where they were found. So when the documentation work and removal of the material finds were finished, the entrance was walled up again, leaving there the bodies of Amenophis II, the three mummies without bandages and the mummy lying on the boat. But in 1901 the looters returned to action. They entered the tomb and pulled the king out of his sarcophagus in search of the jewels that they believed he still kept. Finally, the only thing they took was the boat on which the other mummy rested next to the entrance, which was destroyed. The damage to the mummy of Amenophis was not serious, but the facts showed that the mentality of some of the locals had changed very little in the last three millennia.
The discovery of the hiding place of the royal mummies of Deir el Bahari was a real earthquake in the scientific fields of its time. In addition to the extremely high archaeological value of the find, it meant something even more important, the realization that there was still much to discover about Pharaonic Egypt, despite the fact that many already at that time considered that the time of the great discoveries had passed.

Time passed, and the findings did not come. Lord Carnarvon began to lose patience as he saw his money disappear without getting anything in return, and there came a time when he openly raised to Carter that perhaps the others were right and there was nothing left to discover there. It was time to leave the Valley.
But Carter refused to leave, not until he had explored every corner of that triangle, for him magical, where he was convinced that the child king awaited them, sleeping his dream of centuries. They had been digging for five years yes, but in reality it had been only eight months of actual work. It wasn’t so much. In the face of Carnarvon’s refusal, Carter even offered to conduct a final digging campaign at his own expense.
Moved by the archaeologist’s blind confidence, Lord Carnarvon relented and gave him one last chance. If they found nothing that winter, they would leave the Valley for good.
It is still curious that the pharaoh best known to the general public is a historically insignificant king who did not have time to carry out relevant events during his short reign.
Today we know that Tutankhamun (1336/5 to 1327/5 BC) was the son of the «heretical king» Amenophis IV (Akhenaten), who carried out a religious revolution in Egypt by which he closed the ancient temples and established the cult to a single god, the solar disk Aten. He also built a new capital that he called Akhetaton in a place we know today as Tell el Amarna. These two actions caused the power of the priests of Amun in Thebes to be drastically reduced, as well as their income, which won the pharaoh countless and very powerful enemies.
Carter arrived in Luxor on October 22, 1922 for his last campaign in the Valley of the Kings. His situation was delicate, so there was no time to lose. He put his team to work and by the third of November they had already brought to light a good part of the stone huts that extended in front of the tomb of Ramses VI and whose excavation they had been delaying for six campaigns. Once they studied them and made a plan of their exact arrangement, they demolished them to be able to excavate the meter of earth that was under them until they reached the virgin rock, but that would be the work of the next day.
When Carter returned in the morning he was surprised by the silence in the excavation. You could not hear the rhythmic pounding of the tools or the songs with which the workers accompanied him. Why had the workers stopped? Someone came running. A step carved into the rock had appeared just below the first hut that had been demolished.
Parts of dismantled carts were piled up to their left, while in front of them you could make out huge beds with animal heads, boxes and chests, vessels of a thousand shapes, a multitude of ovoid-shaped boxes, arches, walking sticks …, even more than 600 objects, but when they recovered from the initial stun they realized that there was no trace of sarcophagi or coffins anywhere.
They soon discovered that in the background were two life-size wooden statues facing each other, and between them another bricked up and sealed door could be clearly distinguished. No doubt the king would rest there, who knows between what riches. Or perhaps what awaited them on the other side of the wall was another room just like the one they were seeing, or several … Their imagination was running wild, and after seeing what they had before them, they could no longer put limits on their thoughts. Everything was possible. And even more when discovering, under one of the beds located in front of the entrance, a small hole that gave way to another small room (known as annex) full of objects piled up in a chaotic disorder, undoubtedly caused by thieves .
There are indications that, on at least one occasion, the thieves were caught inside the tomb or while fleeing with the loot. The most obvious is a small package made with a king’s shawl that contained a handful of gold rings and that would surely have been used by one of the thieves to transport them tied to his body in case he had to escape and leave the rest of the loot. These rings had been reintegrated into a box to which they did not belong, something we know because on the lid of many of the boxes there is a list of the objects they contained. This has facilitated the making of the inventory of the tomb and has also made it possible to know of the existence of many of the objects that are now missing.

On March 29, 1924, while Carter was still away from the excavations, something happened that almost made problems multiply for him. That day, various authorities, accompanied by Egyptian and Western assistants, prepared to make an inventory of the pieces extracted from the tomb so far. They went to tomb KV-15, which, as we saw previously, had been used as a restoration workshop and warehouse for recovered objects, and there the commission was pleasantly surprised by the thoroughness of Carter’s work, which, among other things, cataloged each object with a single reference that was recorded in triplicate: in a general inventory, in the box that contained the piece and in the piece itself.
There was one that caught the attention of visitors. It was closed and identified by a label as red wine. They opened it and found something that left them speechless: it was one of the most delicate works of art found in the tomb, a wooden sculpture representing the Child Pharaoh emerging from a lotus flower, made in the unmistakable Amarna style.
The truth is that the suspicions that Carter and Lord Carnarvon removed small pieces from the tomb without reflecting them in the records are a constant from the moment of discovery, and it is also true that pieces with the name are exhibited in various American and European museums by Tut. It is known, for example, that on Carter’s death a series of objects from the grave, and which were not in the inventories, were discreetly returned to the Cairo Museum, and in 2011 the Metropolitan Museum of New York signed an agreement with the Egyptian government by which he returned nineteen pieces that had been removed irregularly from the tomb of Tutankhamun and the country. For the most part they were fragments of little value, but there were also remarkable pieces, such as a small bronze dog.

At ten minutes to two in the morning on April 5, 1923, Lord Carnarvon died at the age of 57. His last words were: «I have heard his call and I follow him.»
In his medical certificate, pneumonia, which would have been caused by complications derived from the infection of the bite, appears as the cause of his death.
According to his son, at the time of his father’s death there was a blackout in Cairo that forced him to bring candles to his room, and as soon as he arrived with Lord Carnarvon’s corpse at his estate in Highclere, in England, his dog Susie , who had accompanied him on numerous occasions on his travels to Egypt, began to howl and died suddenly (Other versions indicate that the dog’s death was simultaneous to Carnarvon’s). This was the origin of the curse of Tutankhamun.
Regarding the alleged blackout in Cairo at the time of Lord Carnarvon’s death, the researchers recall that until not long ago these power outages were not uncommon.
Other researchers have chosen to try to identify possible elements that could favor in one way or another an early mortality of personnel who directly had worked in the tombs or with mummies, developing various theories:
• Poisons. According to this theory, the Egyptian priests would have been able to develop poisons, both of animal and vegetable origin, capable of withstanding thousands of years in the closed environment of the tombs, with the aim that anyone who entered them would perish. So far no one has found the slightest trace of these possible poisons.
• Mushrooms. This theory was launched by Dr. Ezzedin Taha of the University of Cairo, who announced that he had found traces of the fungus Aspergillus niger in numerous museum employees who had worked with mummies and other artifacts from Egyptian tombs. These fungi would not normally cause death, but they would cause inflammation of the respiratory system and fever, two of the symptoms that many of the deceased presented. And of course, they could also aggravate others.

The pharaohs buried in Tanis belonged to the XXI and XXII dynasties, which in turn are framed in the so-called Third Intermediate Period, a time of instability and fragmentation of power.
Throughout the 20th dynasty, the power of the pharaohs had been significantly weakened. On the one hand, the pharaohs gave more and more territories to the temples, especially that of Amun in Thebes, with which there came a time when the first priest of this temple rivaled in power with the king himself; while on the other hand new political groups emerged, also powerful, that undermined royal authority. One of these collectives was that of the Libyans, who had originally arrived as prisoners of war and were settled during the previous centuries in military colonies; Over time they became Egyptians in their own right, although without losing their identity, and their influence did not stop growing until they brought one of their members to the throne.
Despite the silver coffins and gold masks, these tombs are a faithful reflection of a moment of decadence of kings unable to re-unify the country under a single ruler as their predecessors had done, and not only that, but also with they begin the end of the Egyptian culture, because from that moment all the pharaohs will be foreigners, no Egyptian will return to occupy the unified throne of Upper and Lower Egypt. Libyans, Nubians, Persians, Greeks and Romans will successively take over the power of the Country of the Nile, in a downward path that will inexorably lead to the disappearance of this ancient culture.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/29/sexo-y-erotismo-en-el-antiguo-egipto-benjamin-collado-hinarejos-sex-and-erotism-in-ancient-egypt-by-benjamin-collado-hinarejos/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/30/faraones-perdidos-y-encontrados-benjamin-collado-hinarejos-lost-and-found-pharaohs-by-benjamin-collado-hinarejos/

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